jueves, 25 de julio de 2024

ENSAYO FILOSÓFICO, Existencialismo y marxismo.

Crítica de la razón dialéctica n. 1960, Jean-Paul Sartre llama “ideología” a su propia teoría, el existencialismo. Dice: el existencialismo es “un sistema parasitario que ha vivido en las márgenes del Saber, que se opuso a él inicialmente y que hoy intenta integrarse en él”. El Saber es el marxismo. La definición que Sartre da de él es sin duda la más elogiosa que éste ha recibido; para construirla, Sartre llega incluso a inventar una nueva acepción para la palabra “filosofía”. Habla de ésta como una entidad discursiva o una figura muy especial del discurso social que sería todo eato a la vez: una “totalización del saber, un método, una idea reguladora, un arma ofensiva y una comunidad de lenguaje”. El marxismo sería “la filosofía de nuestro tiempo”, la tercera y última de las filosofías propias de la historia moderna -después de la de Descartes-Locke y la de Kant-Hegel. El elogio de Sartre es directo y franco; no tiene nada de irónico, no pretende carcomer al objeto elogiado hasta dejarlo en puro cascarón, pero es un elogio que termina por ser contraproducente. Contradice la conocida afirmación de Marx y Engels en La ideología alemana, que reconoce esa capacidad de “dominar”, de “totalizar el saber”, no a las ideas del proletariado revolucionario, sino a “las ideas de la clase dominante”. A esta descripción, que comparte en principio, Sartre contrapone sin embargo la observación de que, “cuando la clase ascendente toma conciencia de sí misma, esta toma de conciencia actúa a distancia sobre los intelectuales y desagrega las ideas en sus cabezas.” La presencia real del marxismo, insiste, “transforma las estructuras del Saber, suscita ideas y cambia, al descentrarla, la cultura de las clases dominantes”.   La distinción puede parecer bizantina, pero es sustancial. Mientras Marx habla del dominio de las ideas de los dominantes como un hecho propio de la reproducción del orden establecido, Sartre habla del dominio de la nueva “filosofía” como algo que tiene lugar dentro del enfrentamiento entre ese orden y las fuerzas sociales y políticas que lo impugnan. Puede ser, diría Marx, que la clase de los trabajadores “lleve las de ganar” en esta lucha, y sea “dominante” es este sentido, pero, aquí y ahora, el dominio efectivo sigue estando del lado del capital y las clases a las que favorece. El elogio de Sartre resultaría así contraproducente porque, al elevar al marxismo a la categoría de “el Saber” de nuestro tiempo, desactiva en el discurso de Marx de aquello que su autor más preciaba en él: su carácter crítico. Para Marx, en efecto, el discurso de los trabajadores revolucionarios es un discurso de la transición y para la transición “de la pre-historia a la historia”, y en esa medida carece de la consistencia propia de los saberes históricos que acompañan el establecimiento de un orden económico y social; es un discurso que tiene la misma fuerza y la misma evanescencia que caracteriza al proceso de transición: un discurso parasitario-demoledor, des-constructor del discurso dominante. Su obra inaugural, El capital, no es la “primera piedra” de un nuevo edificio, el del Saber Proletario, no lleva el título de “tratado de economía política comunista”, sino que se autocalifica simplemente de “crítica de la economía política”, una contribución a la crítica general del “mundo burgués” o de la modernidad capitalista.   Una vez que Sartre ha presentado su definición del “marxismo” como “la filosofía irrebasable de nuestro tiempo”, la pregunta que se impone consecuentemente la formula él mismo: “¿Por qué entonces el “existencialismo” ha guardado su autonomía? ¿Por qué no se ha disuelto en el marxismo?” Y su respuesta es contundente: “Porque el marxismo”, que sólo puede ser una totalización que se re-totaliza incesantemente, ”se ha detenido”. Toda filosofía es práctica, añade, “el método es un arma social y política”, y la práctica marxista, habiéndose sometido al “pragmatismo ciego” del “comunismo” estalinista, ha convertido a su teoría en un “idealismo voluntarista”. Sartre no percibe que las miserias de lo que él reconoce como “marxismo” no se deben a un problema de velocidad, a que el marxismo se ha detenido recientemente, sino más bien a una cuestión de sentido, a que lleva ya un buen tiempo -desde las fechas en que el propio Marx tomó distancia de sus discípulos “marxistas”- de haber abjurado de su vocación crítica.   De lo que se trata para el existencialismo, plantea Sartre, es de ayudar al “marxismo” a salir de su marasmo teórico, y de hacerlo introduciendo en él lo que el existencialismo puede mejor que nadie: la exploración de la dimensión concreta, es decir, singular de los acontecimientos, a través de las “instancias de mediación práctico-inertes” que conectan a los individuos con sus entidades colectivas y con la historia. Las condiciones objetivas determinan, sin duda, la realización de todo acto humano, pero ese acto no es el producto de esas condiciones, sino siempre el resultado de una decisión humana libre. El existencialismo puede enseñarle al “marxismo” que la dimensión de “lo vivido” en medio del cumplimiento o la frustración de un proyecto no es un subproducto del proceso histórico sino su verdadera substancia.   El esfuerzo teórico de Sartre en su obra de aporte al “marxismo” es descomunal. Las 755 densas páginas de su   Crítica de la razón dialéctica rebosan creatividad; hay en ellas innumerables conceptos y argumentos nuevos -“praxis e historia de la escasez”, la “serialidad” y lo “colectivo”, el “juramento” y el “grupo en fusión”, la “mediación” y “lo práctico-inerte”- que su autor presenta a través de ejemplos concretos de comprensión histórica, tan diferentes entre sí como la toma de la Bastilla, en el un extremo, y la identificación de Flaubert con Madame Bovary, en el otro. Se trata sin embargo de un esfuerzo cuyos resultados efectivos fueron marginales, por no decir nulos. El “marxismo” tenía razón al no querer enterarse de la obra de Sartre y permitir sólo una discusión escasa e insubstancial de la Crítica. Y es que, en verdad, el aporte de Sartre resultaba para él un regalo envenenado. Para el “marxismo” con el que Sartre polemiza -“marxismo de la segunda internacional” (Korsch) o “marxismo soviético” (Marcuse) o “marxismo del socialismo realmente existente” (Bahro)-, la conciencia de clase del proletariado sólo podía consistir en la suma de aquiescencias individuales de los proletarios a un proyecto histórico global anti-capitalista existente de antemano, heredado de la Socialdemocracia alemana por los bolcheviques leninistas, y radicalizado por ellos; un proyecto que cada uno de los proletarios recibía inmediatamente adjudicado, en la medida en que era un ejemplar singular más, perteneciente a la clase obrera dentro del conjunto de la realidad masiva de la sociedad moderna. Pensar, siguiendo el aporte de Sartre, que la “conciencia de clase proletaria” pudiera consistir en el “compromiso” generalizado, en la coinciden  cia de las sus innumerables iniciativas singulares individuales de los proletarios, dirigidas a la construcción del proyecto histórico anti-capitalista, era algo estructuralmente imposible para ese “marxismo”, implicaba su autonegación. Aceptar una definición así equivalía para él a un suicidio. Se trataba de un marxismo que concebía al movimiento histórico del cual pretendía ser la expresión teórica, no como una novedad verdadera, como el acontecimiento revolucionario que Marx vio en él, como una ruptura del continuum que comienzaría, según W. Benjamin, por un “tirar de la palanca del freno de emergencia en el tren de la historia”, sino solamente como la continuación mejorada de un mismo viaje, como la reiteración perfeccionada de un mismo proceso, el del progreso de “la humanidad” o de “las fuerzas productivas”. El “marxismo” cuyo rescate el Sartre de 1960 se empeña en creer todavía posible era una teoría constitutivamente incapaz de concebir la conciencia de clase de los trabajadores como una conciencia identificadora concreta, superadora de la identidad masiva, esto es abstracta, “re-serializadora”, que se genera automáticamente en el proceso de trabajo fabril capitalista diseñado en el siglo XIX (la del contingente obrero sindicalizado en la CGT-Renault o en la CTM-Luz y Fuerza, por ejemplo). Era una doctrina que debía detestar puritanamente lo que venía con los nuevos tiempos: el juego libre, aparentemente caótico, de la constitución de una conciencia de clase revolucionaria a partir de experiencias laborales y de identidades vitales completamente diferentes entre sí, pero todas ellas lejanas de la tutoría uniformizadora del mundo fabril, y rebeldes ante ella. Sorprendido por el movimiento estudiantil del 68, en el que aparecía ya el juego libre de la afirmación revolucionaria, ese “marxismo” no supo otra cosa que condenarlo por “pequeño-burgués”. Sartre tuvo entonces que responder: “Lo que reprocho a todos aquellos que insultaron a los estudiantes es no haber visto que ellos expresaban una reivindicación nueva, la de soberanía. En la democracia, todos los hombres deben ser soberanos, es decir, poder decidir lo que hacen, no solos, cada uno en su rincón, sino juntos.” Afirmación que completó al entrevistar a uno de los dirigentes estudiantiles: “Lo que tiene de interesante la acción de ustedes es que pone a la imaginación en el poder... Ustedes tienen una imaginación mucho más rica que que la de sus mayores, así lo prueban las frases que se leen en los muros de la Sorbona. Algo ha salido de ustedes que sorprende, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que es ahora. A eso llamo yo una ampliación del campo de los posibles. No renuncien a ello.”   Hay, sin duda, un marxismo distinto, que sí habría podido enriquecerse con el aporte de Sartre; es el marxismo que había comenzado a formularse mucho antes, en los años veinte, a partir de la primera catástrofe del siglo XX y el descubrimiento de un “Marx maduro” (el de El Capital) diferente del canónico, que se podía leer a la luz del Marx de juventud (el de los Manuscritos económico-filosóficos); es el marxismo que se había bosquejado en el libro de Georg Lukács, Historia y conciencia de clase, y que, para 1933, cuando la barbarie nacionalsocialista vino a clausurar la historia moderna, pugnaba apenas por salir a las calles, descendiendo del plano filosófico de un Bloch, un Korsch, un Marcuse, un Horkheimer o un Benjamin. Se trata sin embargo de un marxismo que quedó para el futuro, que en la Francia de la segunda posguerra era prácticamente desconocido y que por tanto no podía pensar siquiera en competir con el “marxismo” canónico, ni en calidad de “método” ni de “idea reguladora” de la actividad política obrera y su organización “comunista”.   Al presentar su idea del “marxismo” como “el saber de nuestro tiempo”, Sartre se refiere a una configuración de la opinión pública que correspondió propiamente al “momento de la liberación” en Europa, posterior a la II Guerra Mundial y la derrota del nazismo, y en especial a los años sesenta; era un conjunto de expectativas e ideas, de inquietudes y mitos, que, al tener un equivalente que es de signo contrario en nuestros días, parece aun más distante de nosotros, subrayando la extrañeza que hay entre la situación de esos años y la actual. Se vivía entonces como si fuera un comienzo lo que en verdad -ahora lo sabemos- era el episodio final de esa época a la que Georg Lukács llamó “la época de la actualidad de la revolución”. La revuelta estudiantil, que comenzaba a prepararse en esos años en Berlín y que culminaría en “París: mayo del 68”, partía de dos certezas que el existencialismo de Sartre había contribuido a formar decisivamente: la de que, por debajo de las políticas absurdas de los “partidos comunistas”, la revolución proletaria estaba en marcha y era indetenible, y la de que la acción política de los ciudadanos en las calles y plazas de su ciudad, guiada por la palabra y la razón, podía adoptar ese proyecto proletario y transformar la sociedad de manera a la vez radical y democrática. Sólo veinte años más tarde quedaría claro que la figura del trabajador fabril del siglo XIX, a partir de la cual el “marxismo” había construido la identidad proletaria, había sido sustituida en la realidad por una figura muy diferente, mucho más diferenciada y compleja, y de que los brillantes discursos de los jóvenes que llamaban a que “la imaginación tome el poder” resonaban en un ágora que estaba siendo ya desmantelada por una sociedad capitalista diferente, cuyos consensos se construyen en otras partes y de otras maneras, vaciando de contenido e importancia al escenario de la política.   Lejana para los jóvenes de hoy, difícil de descifrar, la relación de afinidad polémica de Sartre con el “marxismo” les permite sin embargo reconocer en nuestros días la virulencia escondida de todo un orden de problemas que las últimas décadas nos han acostumbrado a dar por inexistente o ya resuelto. Les permite plantearse preguntas como estas, de puro corte sartreano marxista: ¿La historia es en verdad, como los   mass media no se cansan de inducirnos a creer, algo que viene ya hecho por la circunstancias dadas? ¿El progreso de la modernidad capitalista es un destino ineluctable dentro del cual nacimos y en el que igualmente moriremos? ¿Es imparable la devastación de lo natural y lo humano que viene con ese progreso y que vemos avanzar sin obstáculos? ¿Se trata únicamente de que, quien pueda, encuentre en ella un “nicho de bienestar” mientras termina el proceso? ¿No son precisamente esta aceptación y este oportunismo –actitudes que el ser humano, como ser libre, puede sustituir por sus contrarias- el rasgo fundamental de esa devastación? A continuación vamos a dar un vocabulario, que va a estar compuesto de los principales términos del existencialismo. Vocabulario de términos existencialista Absurdo Es inconcebible aquello que va en contra del sentido común y de la lógica, lo contradictorio. Etimológicamente el término ‘absurdo’ proviene del latín, de absurdus (de “sordo”), “de mal sonido” o “fuera de tono”, “lo que produce algo ininteligible”. A menudo el sentir popular identifica el absurdo con lo que de momento no comprende, llegando a restringir su significado a lo ininteligible, desde un determinado estado de su experiencia. Pero hay que advertir que la experiencia no puede ser criterio de lo absurdo, porque lo que para una persona puede parecerle absurdo desde un determinado nivel de experiencia, puede dejar de serlo en un estado subsiguiente. Así, por ejemplo, habrá quienes, ateniéndose a la experiencia, consideren absurdo pensar que sea la Tierra la que se mueve, y no el Sol; o la idea de los antípodas, porque ignoran determinadas leyes que explican lo que le parece absurdo. No siempre el empirismo es criterio seguro ni de la verdad, ni del absurdo. Porque existen ideas, nociones y pensamientos que sin ser representables en símbolos visibles, sí son concebibles. Tampoco es lícito equiparar la idea de lo absurdo y de lo falso. El error tiene su lógica tan inflexible como la verdad, y es susceptible de sistematización, tal y como se prueba a lo largo de la historia de la filosofía. Siguiendo con ejemplo de la cosmología, será falsa la teoría de que el Sol gira alrededor de la Tierra, pero no es absurdo el sistema de Ptolomeo. Podemos concluir que el alcance legítimo de lo absurdo es lo contradictorio, lo inconcebible y lo irracional. Es la negación del pensamiento y de sus leyes, pero no la de la experiencia, que puede ser contradicha por experiencias ulteriores. Es frecuente también equiparar lo absurdo con lo ilógico. En ese contexto se habla de la demostración ad absurdum, que consiste en probar que la no admisión de la tesis, implica lo contradictorio y lo irracional. En realidad se trata de un argumento válido para rechazar el error, pero no tanto para probar la verdad. La noción del absurdo ha jugado un papel importante en varios autores que han centrado su reflexión en torno a la existencia humana, unos para reforzar su sentido religioso, otros para fundamentar una existencia atea. Para Kierkegaard, lo absurdo es el hecho de que "la verdad eterna se ha hecho temporal, que Dios se ha encarnado, ha nacido, ha crecido como cualquier otro ser humano". La fe se ve abocada, precisamente, a creer esto, a creer el absurdo. Resuena aquí la expresión de Tertuliano: Credo quia absurdum est ('Lo creo porque es absurdo'). Algunos existencialistas han utilizado este término para expresar lo que parece ser tratable por la razón, pero que, sin embargo trasciende los límites de la racionalidad. Así, Sartre erigirá su filosofía de la libertad sobre la experiencia del absurdo (véase también existencialismo). En un mundo sin sentido, apartado de Dios, el hombre debe confeccionarse su propio destino: "Eres lo que haces de tu vida". Para Sartre y Camus, la experiencia del absurdo es la experiencia más auténtica de la existencia. Este sentimiento lo ve reflejado en el mito de Sísifo, condenado a empujar una gran piedra hasta la cima de una colina, desde donde rueda sin cesar pendiente abajo, para comenzar de nuevo la subida. El absurdo de nuestra existencia es el que se nos exija continuamente nuestra voluntad y nuestro esfuerzo, sin llegar nunca a una realización definitiva. El absurdo es también un importante rasgo del contexto más amplio del existencialismo, expresado en el denominado teatro del absurdo, tal como se presenta en el teatro de Samuel Beckett. Angustia Estado de inquietud o ansiedad en el que se encuentra un sujeto que espera de manera inminente un acontecimiento dramático del que generalmente no conoce ni su origen ni las consecuencias que puede tener. Este acontecimiento es vivido como una amenaza aunque no obedezca a un peligro real. Normalmente existe una gran desproporción entre la intensidad de la angustia y su objeto. La reacción afectiva del individuo se caracteriza por el desconcierto, la incertidumbre y el pavor, y suele ir acompañada de síntomas somáticos como palpitaciones, palidez, dificultad respiratoria, sudores o temblores, etc., que se producen como respuesta a situaciones traumáticas. La angustia no sólo es una defensa del individuo que le avisa de un posible peligro y le advierte de la necesidad de apartarse de él, sino también una manifestación externa de las dificultades del individuo para resolver sus conflictos. Cogito Con esta expresión, Descartes designa tanto la primera verdad absolutamente indudable ("pienso luego existo"), como la realidad a la que se refiere dicha creencia: la mente. En la filosofía cartesiana la mente o "res cogitans" es una sustancia caracterizada esencialmente por el atributo del pensamiento, y se opone radicalmente al cuerpo o "res extensa". Sólo los hombres poseen mente y cuerpo, el resto de seres, incluidos los animales, son sólo cuerpo. Cogito es un verbo latino que significa “yo pienso”. Hace referencia al “pienso, luego existo” de Descartes y a la función del pensamiento en las filosofías posteriores. Así, en el existencialismo, siguiendo las huellas de la filosofía cartesiana y de la fenomenología, tiene como punto de partida la subjetividad del individuo. La subjetividad se expresa en esta verdad: “pienso luego soy”; ésta es la verdad absoluta de la conciencia captándose a sí misma, y a partir de ella se ha de construir la filosofía. En “El existencialismo es un humanismo” considera Sartre que este punto de partida es, además, indispensable si queremos darle dignidad al hombre y no convertirlo en objeto. El problema del materialismo es que trata al hombre como un objeto, como una cosa más del mundo; pero el existencialismo quiere reivindicar para el hombre un conjunto de valores distintos a los del reino material. Y esto es posible si nos captamos a nosotros mismos como sujetos, y nos captamos como sujetos en el ámbito de la verdad, del conocimiento. Pero hay una novedad fundamental en la idea sartriana del cogito respecto de la cartesiana: la subjetividad que se alcanza no es la subjetividad individual, es la intersubjetividad; en el cogito uno no se descubre solamente a sí mismo sino también a los otros. En el cogito nos captamos a nosotros mismos, pero nos captamos a nosotros mismos frente al otro; dicho de otro modo: para la filosofía cartesiana lo indudable era la propia subjetividad, lo dudable lo exterior a ella, incluidas las otras subjetividades; para Sartre lo indudable es tanto la propia subjetividad como la ajena: el otro es tan cierto para nosotros como nosotros mismos. Compromiso En la filosofía existencialista de Sartre, dado que la neutralidad es imposible, el compromiso pasa a ser lo más propio del hombre. En este sentido Sartre habla de “hombre comprometido”. Cogito es un verbo latino que significa “yo pienso”. Hace referencia al “pienso, luego existo” de Descartes y a la función del pensamiento en las filosofías posteriores. Condición humana Sartre considera que no existe la o naturaleza humana. Esto quiere decir que en nosotros no encontramos unos rasgos fijos que determinen el ámbito de posi¬bles comportamientos o el de posibles características que podamos tener. Para muchos autores esta afirmación es exagerada. Sartre rechaza la existencia de una naturaleza espiritual o física que pueda determinar nuestro ser, nuestro destino, nuestra conducta. Para él el hombre en su origen es algo indeterminado, y sólo nuestras elecciones y acciones forman el perfil de nuestra personalidad. Pero con estas afirmaciones Sartre se enfrenta a un problema: si no existe una naturaleza común a todos los hombres, ¿por qué llamamos hombres a todos los hombres?, ¿en qué nos fijamos para reconocer en el otro a un semejante? Seguramente preocupado por estas dificultades en “El existencialismo es un humanismo” introduce el concepto de “condición humana” (que para algunos intérpretes viene a ser un remedo de la noción de esencia o naturaleza): la condición humana, nos dice, es “el conjunto de los límites a priori que bosquejan su situación fundamental en el universo”. Estos límites son comunes a todos los hombres; es el marco general en el que invariablemente se desenvuelve la vida humana. Resume este marco básico de la vida humana en los puntos siguientes: 1. estar arrojado en el mundo; 2. tener que trabajar; 3. tener que vivir en medio de los demás; 4.tener que ser mortal. Todo individuo, toda sociedad, se ha tenido que enfrentar a estos hechos inevitables y ha resuelto de distintos modos los problemas vitales a los que conducen. Con estos cuatro puntos Sartre se refiere a la inevitable sociabilidad humana, a la inevitable libertad en la que vive el hombre y a la inevitable indigencia material de nuestra existencia, indigencia que obliga al trabajo y a las distintas formas de organización social que sobre el trabajo se levantan. La existencia de la “condición humana” es lo que puede hacernos comprensibles los distintos momentos históricos y las vidas particulares; aunque los proyectos humanos sean distintos no nos son extraños porque todos son formas de enfrentarse a estos límites. En este sentido todo proyecto, por muy individual que parezca, tiene un valor universal: “hay universalidad en todo proyecto en el sentido de que todo proyecto es comprensible para todo hombre”. Conducta de mala fe La autenticidad es una vida que asume la libertad consustancial a nuestro ser, vida de realización plena, consciente y sin concesiones del propio proyecto vital. Por el contrario, se llama “conducta de mala fe” a la conducta que intenta esconder la responsabilidad de los propios actos. La buena fe es la sinceridad; la mala fe, la duplicidad que, para Sartre, se torna en mentira de la conciencia para consigo misma. Contingencia Es un rasgo común a todas las cosas (incluido el hombre). Es “el estar de más”, el existir de modo gratuito, sin que exista justificación o necesidad alguna para ello. Posiblemente esta concepción de la gratuidad absoluta de la realidad, de la ausencia de sentido, proyecto o necesidad en el mundo, es el elemento más característico del existencialismo sartreano. De ahí que la experiencia filosófica más importante sea la de la comprensión, no sólo intelectual sino también vital, del absurdo de la existencia. Sartre llama “náusea” a esta experiencia originaria del ser, y la desarrolla en diversos escritos, pero particularmente en su novela homónima. Dasein Vocablo alemán que en el lenguaje corriente significa "existir" (como verbo) o "existencia" (como sustantivo). M. Heidegger lo convirtió en concepto central de su obra fundamental Sein und Zeit (Ser y Tiempo), y desde entonces el vocablo alemán ha entrado frecuentemente en su forma original en el vocabulario filosófico. En realidad expresa más el hecho de existir que la idea de existencia. El término viene referido con propiedad solamente al ser humano, pues implica la conciencia de la existencia. Sólo el hombre puede decir del Dasein que es "mío", o "soy yo mismo". Solamente él es capaz de preguntarse por el "ser" (Sein), y por el "sentido del ser" (Sinn des Seines). De esta forma Heidegger quiere expresar con el término "la entidad que cada uno de nosotros por sí mismo es". Sin duda, el término es intraducible en el sentido en que ha sido empleado por Heidegger. Hay que tratar de evitar reducir la analítica del mismo a una antropología o a una simple filosofía de la existencia. A veces ha sido traducido como 'realidad humana', o también como 'ser ahí' (traducción literal de Da 'ahí', y Sein 'ser'), enfatizando de esta forma la idea de Heidegger para quien el "ser en el mundo", es constitutivo del hombre, porque el hombre es sólo en cuanto es ahí. Así se entiende cómo para Heidegger la esencia del Dasein sea la Existencia. El Dasein es un término neutral, que no obliga a considerar al hombre como una entidad biológica, como una conciencia o como un ser esencialmente racional. El hombre está en el mundo, pero sin estar confinado a un lugar o tiempo: lo trasciende, y está aquí junto a otros eventos pasados o presentes. El Dasein en el sentido heideggeriano, no tiene ninguna esencia determinada. Su ser consiste en sus posibilidades, en lo que puede hacer de sí mismo. La característica básica del Dasein es su apertura para percibir todo aquello que se encuentra en su presencia. Esta presencia le constituye en un ser abierto a diversas posibilidades, es decir, a la libertad en su modo de ser. En realidad nada se estructura como definitivo, porque es la propia apertura de la presencia, en sentido ontológico, la que abre siempre las posibilidades, tanto en dirección a la autenticidad como a la inautenticidad. La presencia en el movimiento del ser es absorbida por la angustia que implica un reconocerse como un ser-para-la-muerte, pero es precisamente en esa dirección como el individuo se totaliza. En un sentido muy distinto, y hasta contrario, ha sido usado el término por Jaspers, quien distingue entre Dasein y Existenz. El primero es el ser como algo dado, mientras que la Existenz es el único ser que se hace a sí mismo. Para Kant y Hegel, el Dasein es el "ser determinado", en el espacio y en el tiempo, y también la existencia de Dios. Para Hegel, por ejemplo, el Dasein expresa el ser abstracto, fijo, fruto de la "desaparición" del devenir del concreto real. Derelicción Para Heidegger, se llama derelicción a un estado del ser humano, cuya característica es la de estar solo y abandonado “en el mundo”. Ek-stase Utilizada por Heidegger y Sartre para hablar de un ser que está situado fuera de sí mismo. Para Sartre, los tres ek-stases de la temporalidad son el pasado, el presente y el futuro. En sí El ser-en-sí es el ser de las cosas, es decir, la realidad no humana. La ontología es la parte de la filosofía que aspira a darnos una descripción del ser, nos cuenta en qué consiste el ser y cuál o cuáles son los seres fundamentales. Sartre desarrolla su teoría ontológica en su obra fundamental “El ser y la nada”. En esta obra divide la realidad en dos regiones: el ser-en-sí y el ser-para sí (o de forma abreviada, lo en-sí y lo para-sí). El ser-para-sí es el ser de las personas, es la persona en tanto que subjetividad, en tanto que dotada de conciencia y libertad. El ser-en-sí es el ser de las cosas, de los objetos, de las realidades no humanas. Sartre hace una presentación abstracta del ser-en-sí, presentación que recuerda al ser de Parménides: “El ser es. El ser es en-sí. El ser es lo que es”. Con la afirmación “el ser es” Sartre quiere señalar que el ser es positividad, realidad, actualidad; en el ser no está presente la nada, ni la diferenciación, ni el movimiento, simplemente es. Por ser compacto, denso, homogéneo, no incluye en su interior duplicidad alguna; Sartre rechaza las nociones tradicionales de acto y potencia, apariencia y realidad; la nada no está presente en el ser, es un atributo que nosotros introducimos en la realidad, como cuando decimos que la semilla no es árbol pero puede serlo, o señalamos que un semicírculo es un círculo incompleto; en el ser-en-sí no hay duplicidad de potencia y acto: sólo desde nuestra perspectiva la semilla es árbol en potencia, puesto que noso¬tros esperamos que así sea, nos representamos el futuro, ponemos la semilla en el futuro y la observamos como árbol; al representárnosla en el futuro como árbol trasladamos esta forma de ser al presente e introducimos esa potencialidad en la realidad actual de la semilla; del mismo modo, en el caso del semicírculo interpretado como un círculo incompleto, es nuestra mente la que completa la figura y proyecta en lo real la ausencia. El ser-en-sí no es consciente, pues la consciencia exige una especie de escisión, de hueco en el ser, y el ser-en-sí es lleno. El ser en-sí es increado; la noción de creación de lo real le parece absurda a Sartre; pero por otro lado el ser-en-sí no es causa de sí, simplemente es. Y por ser de este modo, sin justificación, ni sentido alguno, sin poder ser explicado o deducido, está demás; es un puro hecho, sin causa, sin razón, su existencia es absurda. Dialéctica de la Cosificación Con esta expresión Sartre se refiere a la forma inevitablemente conflictiva de relacionarse las personas. El trato con los demás es siempre un conflicto entre libertades, un enfrentamiento en el que se busca cosificar a los demás y evitar ser cosificado por ellos. Ya se ha dicho que la categoría humana fundamental es la de la libertad. Lo que nos hace personas es nuestra capacidad y necesidad para construirnos a nosotros mismos en función de nuestros proyectos. Esta dimensión es también lo que nos hace sujetos, no meras cosas. Las cosas no tienen subjetividad, ni voluntad, ni metas, ni están abiertas al futuro, las personas sí. Pero el hombre necesita del otro para su propia realización y para el reconocimiento de sí mismo; no es posible la vida humana solitaria. En este punto se plantea una cuestión fundamental: ¿es posible tratar al otro como a un sujeto, como un ser que tiene sus propios proyectos, como un ser libre? La respuesta de Sartre es pesimista: no. Invariablemente, en la relación con los demás o bien el otro nos tratará como meras cosas o bien nosotros lo trataremos a él; yo intento esclavizar al otro y el otro intenta esclavizarme a mí. La esencia de las relaciones interpersonales es el conflicto. Sartre expresa gráficamente esta idea señalando que “el infierno son los otros”. El conflicto de las libertades puede tomar muchas formas pero se desenvuelve en dos actitudes principales: o bien uno se esfuerza en reducir al otro al estado de objeto para afirmarse como libertad, o bien uno asume su ser objeto, se convierte libremente en cosa delante de otro para captar su libertad, para reconocerle como sujeto. Existencial En metafísica, para Heidegger, designa “el ser en su conjunto y en tanto que tal” y no la existencia particular vivida de tal o cual. El existencial se inscribe en el marco de una problemática ontológica del “ser existente”. Facticidad Designa la contingencia del mundo para Fichte. La fenomenología de Heidegger y de Sartre utiliza este término para marcar la ausencia de fundamento y de razón de la existencia humana. Sartre la relaciona incluso con el absurdo al invocar la poderosa libertad. En Filosofía es el carácter de lo que existe de hecho, o de lo que es un hecho. Historicidad Concierne al carácter histórico de un acontecimiento. Para los existencialistas, se trata de la condición de la existencia humana que, anclada en un pasado, tiende hacia el devenir. El concepto de historicidad es uno de los conceptos clave a la hora de dar cuenta de las teorías historicistas de autores como Dilthey, Mannheim, Troeltsch, etc. En este ámbito se ha empleado en al menos dos sentidos: para designar todo lo característico de lo histórico, por un lado, y como rasgo general de todo lo real en cuanto real, por otro. En el primero de estos sentidos, se ha supuesto que la historicidad es el nombre con el que caracterizar todos los rasgos de la historia humana. En el segundo, se ha supuesto que todo lo real tiene como propiedad fundamental la historicidad. Un concepto tal podría parecer en principio inútil o redundante, ya que no agrega gran cosa al simple concepto de historia o de "lo histórico". Sin embargo, con el concepto de historicidad muchos han pretendido referirse al ser histórico. Se convertiría de esta forma en un concepto ontológico que tendría su justificación en la medida en que la filosofía de la historia destaca los problemas ontológicos por encima de otros de cualquier tipo (gnoseológicos, lógicos, etc.). Por otra parte, es necesario revisar aquí el tratamiento que Heidegger hace del vocablo "historicidad" (en sus dos formas, Geschichtlichkeit e Historizität), ya que en este autor tal concepto adquiere más alcance posiblemente que en cualquiera otro que se haya ocupado de él. La primera cuestión es establecer la diferencia que existe entre esas dos palabras alemanas que pueden traducirse en castellano por "historicidad". Historizitäthace referencia al carácter de la Historia en cuanto una serie de cuestiones que se plantea el Dasein (el ser-ahí, que viene a identificarse con el hombre en cuanto que ser-en-el-mundo). Pero, por otra parte, el hombre se plantea tales cuestiones relativas a la Historizität porque está determinado en su ser por la Geschichtlichkeit, y aquí entra en juego entonces el segundo término. Parece que la historicidad es previa a la historia, ya que, en palabras del propio Heidegger, "Historicidad quiere decir la 'estructura del ser', del 'gestarse', del 'ser ahí' en cuanto tal, sobre la base del cual antes que nada, es posible lo que se dice una 'historia mundial' y pertenece históricamente a la historia mundial". En otras palabras, y según la opinión de Ferrater Mora, "la historicidad no es para Heidegger simplemente la característica de la historia en cuanto lo pasado, sino el rasgo fundamental de lo que puede llamarse 'la posibilidad de constituir la historia'. La historicidad no resulta de la historia, sino que ésta resulta de aquélla". De esta forma, dada la significación que el concepto de historicidad tiene en el historicismo, no puede decirse que la idea de historicidad en Heidegger sea propiamente historicista, ya que el historicismo es más bien la posición en la que se reconoce la historicidad como fundamento de lo histórico. Libertad Para Sartre, la libertad es la categoría antropológica fundamental, el rasgo más típicamente humano. En “El existencialismo es un humanismo” nos dice Sartre que la idea del hombre como un ser libre es una consecuencia inevitable del ateísmo Compara la concepción creacionista, la concepción según la cual Dios ha creado al mundo y al hombre, con la visión técnica del mundo. En el caso de los objetos artificiales la esencia precede a la existencia; la esencia es el conjunto de rasgos que invariablemente deben estar presentes en un objeto para que este objeto sea lo que es. Cuando queremos fabricar un objeto primero nos hacemos una idea de él, nos formamos un concepto en el que se incluyen las cualidades que le van a definir y su utilidad, su finalidad; el concepto expresa en el nivel del pensamiento la esencia del objeto que vamos a fabricar. Así actuamos, por ejemplo, en el caso de un libro o un cortapapel: el artesano se ha inspirado en el concepto de libro o de cortapapel; intenta que en todo aquello a lo que llamamos libro o cortapapel estén presentes los rasgos que piensa mediante el concepto o idea correspondiente. En este sentido se puede decir que la esencia es anterior a la existencia, puesto que primero es el concepto del objeto y luego su existencia concreta; la existencia concreta se intenta acomodar a la esencia que se expresa en la definición del objeto. Según Sartre, los que conciben a Dios como creador lo identifican con un artesano superior, el artesano del mundo: cuando Dios crea las cosas del mundo las crea a partir de la idea que se ha hecho de ellas, del mismo modo que el artesano crea un libro a partir de la idea que de él se ha formado, y por ello el hombre individual es una realización del concepto de hombre que Dios tiene en su mente. En la Edad Moderna la noción de Dios entra en crisis, pero no ocurre lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia. El existencialismo, añade Sartre, es un ateísmo coherente. Sartre declara la peculiar posición del hombre respecto del resto de seres: empieza existiendo, no teniendo un ser propio, empieza siendo una nada, y se construye a sí mismo a partir de sus proyectos; el hombre es lo que ha proyectado ser. De este modo, Sartre relaciona la libertad con la falta de naturaleza: tener una naturaleza o esencia implica que el ámbito de conductas posibles están ya determinadas; que algo tenga una naturaleza quiere decir que el tipo de conductas posibles que le pueden acaecer está restringida o limitada por su propio ser; pero el hombre no tiene naturaleza, no tiene una esencia, por lo que es libre y es lo que él mismo ha decidido ser. La reivindicación sartriana de la libertad es tan radical que le lleva a negar cualquier género de determinismo. No No cree en el determinismo teológico, ni biológico ni social: ni Dios nos ha dado un destino irremediable, ni la Naturaleza ni la sociedad determinan absolutamente nuestras posibilidades, nuestra conducta. Somos lo que hemos querido ser y siempre podremos dejar de ser lo que somos. Los fines que perseguimos no nos vienen dados ni del exterior ni del interior, de una supuesta naturaleza, es nuestra libertad la que los elige. Como dice en “El existencialismo es un humanismo”, no se nace héroe o cobarde, al héroe siempre le es posible dejar de serlo, como al cobarde superar su condición. Estamos condenados a ser libres: condenados porque no nos hemos dado a nosotros mismos la libertad, no nos hemos creado, no somos libres de dejar de ser libres. Aunque todo hombre está en una situación, nunca ella le determina, antes bien, la libertad se presenta como el modo de enfrentarse a la situación (al entorno, el prójimo, el pasado). Ni siquiera los valores, la ética, se presentan como un límite de la libertad, pues en realidad, dice Sartre, los valores no existen antes de que nosotros los queramos, no existen los valores como realidades independientes de nuestra voluntad, los valores morales los crea nuestra determinación de hacer real tal o cual estado de cosas. Al escoger unos valores en vez de otros, la voluntad les da realidad. La libertad se refiere a los actos y voliciones particulares, pero más aún a la elección del perfil básico de mí mismo, del proyecto fundamental de mi existencia, proyecto que se realiza con las voliciones particulares. Esta idea sartriana tiene dos importantes consecuencias: • hace al hombre radicalmente responsable: no tenemos excusas, lo que somos es una consecuencia de nuestra propia libertad de elección; somos responsables de nosotros mismos, pero también del resto de la humanidad; lo que trae consigo el sentimiento de angustia y, en los casos de huida de la responsabilidad, la conducta de mala fe; • hace del existencialismo una filosofía de la acción: de forma un tanto paradójica el existencialismo se presenta como una filosofía optimista; paradójica puesto que parecería que al declarar el carácter absurdo de la vida, el ser el hombre “una pasión inútil”, podría fomentar la pasividad, la quietud, pero dado que el hombre es lo que él mismo se ha hecho, dado que se declara que cada hombre es la suma de sus actos y nada más, nos incita a la acción, a ser más de lo que somos: no existe ningún ser que nos haya creado y que dirija nuestra conducta de uno u otro modo. Nada Lo que no es. Para Heidegger, “la Nada no es el opuesto indeterminado frente al existente, sino que se desvela como componente del ser de este existente”. En suma, la nada para Heidegger no es la negación de un ente, sino aquello que posibilita el no y la negación. La nada es el elemento dentro del cual flota, braceando por sostenerse, la Existencia. Mirada Mirada es el título con el que Sartre designa la presencia de la otra subjetividad ante mi conciencia. Sartre considera que es un dato de experiencia la presencia del otro como sujeto: el otro nos es presente de un modo manifiesto en la experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la comunicación. Cuando sentimos que alguien nos mira, sentimos que estamos ante otra subjetividad, ante otra conciencia, no ante un mero objeto; del otro que se nos hace presente de este modo podemos temer que se enfrente a nuestros proyectos, a nuestra libertad; sentimos que estamos delante de un ser con el que podemos contar, o al que nos hemos de oponer, delante de un ser que nos valora y pone en cuestión lo que somos, lo que queremos, nuestro ser. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación. Náusea La náusea es la experiencia filosófica fundamental. Se trata de la sensación que nos produce la realidad al comprender su gratuidad, su contingencia absoluta. La náusea aparece al sentir el carácter absurdo de la existencia, al captar la realidad como algo superfluo, contingente; los existentes (nosotros incluidos) venimos de la nada, existimos sin justificación alguna y terminaremos en la nada. Hemos sido arrojados a la existencia, y del mismo modo seremos arrojados a la muerte. Óntico Que concierne a la existencia concreta y cotidiana de los existentes (Dasein). En la filosofía de Heidegger, dícese de la reflexión que se refiere a los entes en cuanto tales, en contraposición a la reflexión ontológica. Ontología Es otra manera de decir metafísica. Tiene el ser como objeto, “el ser en cuanto ser” para Aristóteles, el ser como existencia para los existencialistas. Este término surgió a comienzos del siglo XVII para designar el saber del ser en general, el ser en cuanto ser cuyo cometido básico había asignado Aristóteles a la filosofía primera, junto a la investigación sobre el Ente (Dios). La difusión del término se debe a la obra Ontología de Wolff (1729), quien entendía la ontología como metafísica general, preliminar a los tres saberes metafísicos especiales que son: la psicología racional, la cosmología racional y la teología racional. La ontología se entiende, por una parte, como el saber del ser en sí, del ser último o irreductible, de un primer ente del cual dependen todos los entes. En este caso la ontología es verdadera metafísica, es decir, el saber de la realidad o de la existencia en el sentido propio del vocablo. Por otro lado, la ontología parece tener como misión la determinación de aquello en lo cual los entes consisten y aun de aquello en que consiste el ser en sí mismo. Es, entonces, un saber de las esencias y no de las existencias. Como disciplina especial de la filosofía la ontología ha sido cultivada durante los siglos XVIII y XIX tanto por filósofos de tendencia escolástica, racionalismo moderno, fenomenología, filosofía de la existencia, como por otros autores y tendencias. Igual diversidad existe en el siglo XX. Entre otros filósofos podemos citar como paradigmas a Husserl, Heidegger, Hartmann... Ontológico Perteneciente a la ontología, o que concierne al ser. Para Heidegger se opone a óntico y caracteriza al ser del existente. Ser-para-sí El ser-para-sí es el hombre en lo que tiene de ser humano y no de realidad cosificada, es decir, el ser sujeto o subjetividad. La parte de nosotros que va más allá de las cosas es la subjetividad, la conciencia. En el hombre podemos distinguir dos niveles de ser distintos, el propiamente humano y libre, y la parte común con los seres no humanos, la dimensión de cosa u objeto, la existencia ya hecha; a esta última la llama Sartre “la facticidad del para-sí” y tiene cuatro aspectos principales: 1. el hombre es cosa, en primer lugar, por su cuerpo; es un cuerpo entre los demás cuerpos; 2. el hombre es facticidad por su pasado: el pasado es la parte de nosotros que ya está hecha, terminada, y, como tal, que no podemos modificar; en tanto que busco realizar una meta hago mi propio ser, soy sujeto, pero en la medida en que tengo una historia, una biografía, ya soy, tengo rasgos con los que debo contar, que me pueden definir, soy un objeto; 3. el hombre es cosa también por su situación la circunstancia concreta que nos toca vivir puede limitar nuestras posibilidades de escoger; precisamente la libertad apa-rece como un enfrentamiento con la situación, como el afán de dejarla de lado, de superarla; 4. finalmente, y en el límite, la muerte nos convierte definitivamente en una cosa, en algo ya fijo, establecido; y la muerte es algo gratuito pero inevitable, está fuera de mis posibilidades, está más allá de mi subjetividad. Con ella culmina el absurdo de la existencia: “Es absurdo que hayamos nacido, es absurdo que muramos”. El en-sí y el para-sí son dos formas de la conciencia, cuya distinción procede de la filosofía de Hegel y que ha tenido repercusiones en la filosofía existencialista. Algo (una conciencia, una idea) es en-sí cuando su potencial ser-para-sí aún no ha sido desarrollado. En general, el en-sí es una determinación no realizada y requiere de la reflexión y del avance a un estadio superior de conciencia o de realidad para cumplirse como para-sí. Ser-para-otro El ser-para-otro es la disposición del ser-para-sí que le relaciona con los otros seres humanos. En su conferencia “El existencialismo es un humanismo”, Sartre rechaza varios malentendidos a los que dio lugar su filosofía. Uno de los más importantes se refería al hecho de que el existencialismo parecía ser una filosofía de la subjetividad y por lo tanto, concluyeron sus críticos, de la individualidad (del individualismo burgués, para los críticos de izquierdas). Pero Sartre rechaza esta interpretación, y lo hace precisamente rechazando el individualismo más radical, el solipsismo. El solipsismo es la doctrina filosófica según la cual es indudable la existencia de uno mismo y radicalmente dudosa e injustificable la existencia de los otros seres, incluidas las otras personas. Si uno sigue el camino cartesiano para el descubrimiento de una verdad indudable, puede concluir que es indudable la existencia de la mente propia, pero a costa de resultarle al menos problemática la existencia de los otros seres. Sabemos que Descartes consigue superar el solipsismo con el recurso de la existencia y bondad de Dios, que le sirve de garantía de la creencia en la existencia de los otros objetos. Sartre acepta esta línea de búsqueda de una verdad indudable, aunque cree innecesario recurrir a Dios para justificar la creencia en la existencia de las otras subjetividades: la filosofía, nos dice, debe partir de una verdad no problemática, de una verdad indudable y ésta es el famoso “pienso luego existo” y la subjetividad; pero considera que la idea de una subjetividad humana encerrada en sí misma, la idea del solipsismo, carece de sentido. El hombre posee una dimensión social, no es un ser aislado. Ser-ahí En la filosofía de Hegel, se trata del ser en cuanto que ha recibido una determinación cualitativa. En la filosofía existencialista, en general, el ser-ahí es el existente humano que se realiza de manera concreta en el mundo. Y, por último, en la filosofía de Heidegger, este término designa exclusivamente la existencia humana, en cuanto que es comprensión del ser. Serio Grave, que no se ríe. Sartre opone la angustia a la seriedad, que se ajusta a los valores recibidos: “La angustia es la elección reflexiva de la libertad por sí misma […], se opone a la seriedad que escoge los valores a partir del mundo y que reside en la sustantivación tranquilizadora y cosificadora de los valores”. Vigilancia Para Heidegger, actitud de la conciencia despierta frente al mundo. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------  

CHAMANISMO.

A través de rituales, que varían en función de la cultura y de la sociedad, el chamán guía a una persona para que alcance un estado alterado de conciencia y consiga interactuar de algún modo con el mundo espiritual. Estos rituales pueden incluir a veces, aunque no siempre, el consumo de raíces o plantas psicoactivas como, por ejemplo, la ayahuasca. A menudo se utilizan para tratar problemas emocionales tras la pérdida, por ejemplo, de un ser querido o para tratar determinadas adicciones. Por otro lado, en algunos países como Perú se siguen manteniendo ceremonias de ofrendas conocidas como pagos a la tierra o Pachamama guiadas por un chamán para establecer un vínculo de reciprocidad y como señal de respeto a la naturaleza. Una práctica ancestral de la cosmovisión andina todavía presente. Un chamán es un brujo o hechicero: una persona que se supone que dispone de un poder sobrenatural que le permite contactarse con espíritus, curar enfermedades, predecir el futuro o incidir sobre las condiciones meteorológicas, entre otras cuestiones. Con respecto a la etimología del término «chamán» existe más de una interpretación. Algunos señalan que se trata de un derivado del sustantivo shamán en el idioma siberiano llamado tungu, que puede traducirse como «el que sabe«, y que se encuentra relacionado con el verbo «saber», que en este caso sería sha. Sin embargo, otros estudiosos creen que el significado se aproxima a «trabajar con el fuego y con el calor, quemar o calentar»; en este contexto, al usarse en referencia a una persona puede entenderse como «alguien capaz de transformar la energía», y esto nos lleva a lo expresado en los párrafos anteriores. Quienes apoyan esta interpretación de la palabra «chamán» creen que debería ser traducida como «persona que conoce el éxtasis», dado que estas personas se distinguen precisamente por las experiencias extáticas. Los chamanes, por lo tanto, pueden alterar la realidad a través de mecanismos que no responden a la lógica de la naturaleza. Muchos pueblos aborígenes, a lo largo de la historia, confiaron en la figura de este tipo de hechiceros. En África, Asia, Oceanía y América se usa este término para designar a la persona que posee las características antes mencionadas, especialmente en las sociedades dedicadas a la caza y la recolección. También se usaba en algunas culturas prehistóricas del continente europeo. Con respecto a la caza, en ciertas partes del mundo se cree que los chamanes pueden percibir el mejor sitio para conseguir presas y hasta modificar los factores del clima para facilitar la tarea. Un sujeto se convierte en chamán por herencia, por elección divina o mediante ciertos rituales de iniciación. Para cumplir con sus funciones en la comunidad, los chamanes en ocasiones recurren al consumo de sustancias alucinógenas que alteran su estado de conciencia. Al sistema de creencias y prácticas vinculadas a los chamanes se denomina chamanismo. Los alcances del chamanismo varían de acuerdo a cada cultura. Más allá de las diferencias, puede decirse que todos los chamanes tienen la facultad de interactuar con los espíritus, que pueden ser malignos o bondadosos. En su comunicación y su trato con estos espíritus, el chamán puede curar aquellos males provocados por los espíritus malignos. El chamán, por otra parte, puede entrar en trance (mediante el consumo de alucinógenos u otro método) para tener visiones. El papel de los chamanes en las comunidades gira en torno a la posesión de sabiduría, de un conocimiento que trasciende el tiempo y el espacio y que, como se deduce de lo explicado hasta el momento, se transmite de generación en generación. En otras palabras, el chamán tiene acceso a un plano en el que se comparten las experiencias para enriquecer a los vivos de los conocimientos adquiridos en el pasado, pero también para que entre ellos puedan compartirlos y elevarse espiritualmente. Los chamanes pueden entablar comunicaciones con los espíritus con diferentes objetivos, y uno de ellos es reparar los errores que cometen los integrantes de las comunidades en las que comparten sus habilidades. De esta manera, son capaces de recuperar la armonía entre el ser humano, el mundo material y su propio mundo espiritual. El chamanismo es la creencia en el poder espiritual de los chamanes, figuras vinculadas con el animismo y que son comunes en las comunidades tribales primitivas. Estos chamanes son curanderos ancestrales que creen poder contactar mediante ritos al mundo de los espíritus, para solicitarles que intervengan a favor de su voluntad, de modo tal de realizar algún tipo de proeza mística o religiosa. En los inicios de la humanidad, los chamanes jugaban un rol importante como sacerdotes de la tribu, y eran al mismo tiempo sanadores, sacerdotes, herbalistas. De vez en cuando también eran líderes militares o políticos, dependiendo de la organización de la comunidad, ya que medicina, religión y política eran, en un inicio, parte de un todo cultural desorganizado, al menos para estándares modernos. El chamanismo, así, ha sido practicado desde tiempos prehistóricos en todas las geografías del mundo, y en muchas sobrevive hasta nuestros días, acompañado por la creencia en un mundo poblado por espíritus con los que puede hacerse contacto, a través de los rituales adecuados. Para ello, los chamanes suelen vestir un ropaje específico, a menudo con pieles de animales totémicos o guardianes, cuyos espíritus invocan a menudo para llevar a cabo tareas especiales. Así, por ejemplo, un chamán podía invocar al espíritu del jaguar para que dotara de fiereza a los guerreros de la tribu antes de una batalla, por ejemplo. La palabra “chamán” proviene de las tribus túrquicas y mongolas del centro de Asia, y se traduce aproximadamente como “el que sabe”. Su uso en ciertos contextos puede ser equivalente a “brujo” o “médico brujo”. Por otro lado, su empleo en la antropología designa ciertas tendencias religiosas modernas (neochamanismo o neopaganismo) ha sido fuertemente cuestionado por quienes consideran que constituye una apropiación cultural que borra el verdadero sentido del término original. A grandes rasgos, el chamanismo se caracteriza por lo siguiente: Consiste en la práctica de una curación espiritual o mágica, a manos de un sacerdote animista llamado “chamán”. El chamán lidia con las situaciones del mundo real a través de ritos, danzas o invocaciones, cuyo fin es atraer a los espíritus convenientes. También es común que encabecen rituales y procedimientos de la tribu, con fines jurídicos, políticos, bélicos o sociales. Como doctrina, el chamanismo puede entenderse como una forma de animismo. Sin embargo, es practicado únicamente por el chamán, en tanto líder espiritual de la comunidad. A pesar de ser líderes espirituales, los chamanes no forman parte de una institución reconocible, sino que transmiten sus conocimientos de una generación de chamanes a la siguiente, de manera oral y particular. El cargo de chamán puede estar reservado para hombres o para mujeres, dependiendo de la cultura, y suele otorgarle a la persona el derecho de usar ropajes especiales, como pieles o vestimentas rituales. El baile, la música, los alucinógenos y el trance pueden ser parte de sus prácticas usuales. El chamanismo es común a las distintas culturas ancestrales o prehistóricas de la humanidad. Su presencia, con distintos nombres, responsabilidades y modos de intervención en la comunidad, forma parte de las tendencias comunes de los modos de organización primitiva de la humanidad. En ese sentido, es el antecedente de todas las religiones organizadas, cuyos inicios se remontan al período Paleolítico Superior, antes de la invención de la agricultura y el sedentarismo. Muchas de sus prácticas místicas y simbólicas se mantuvieron de un modo u otro en las religiones politeístas de las culturas antiguas, aunque posteriormente fueron perseguidas y marginadas por el auge de los monoteísmos en Europa y el Medio Oriente. Es posible que la cacería de brujas haya sido el fin de muchas formas de chamanismo tradicional europeo. El chamán tradicionalmente cumple con algunos de los siguientes roles en la tribu: • Curandero y médico hechicero, a través de la sanación espiritual. • Líder espiritual y religioso, a cargo de los rituales tradicionales de la tribu, como los sacrificios rituales o los ritos de iniciación. • Recopilador de los relatos y las tradiciones de la comunidad, así como de recitarlos y transmitirlos a las generaciones jóvenes, a modo de maestro espiritual. • Adivinar el futuro e interpretar las señales (ómenes) de los dioses, a menudo como método colectivo para enfrentar un peligro o tomar una decisión política. • Preparar a los muertos y liderar los ritos fúnebres, de haberlos. • Preparar espiritualmente a los guerreros para la cacería o para la guerra, y en ocasiones acompañarlos como una especie de capellán. • Servir de mediador en los conflictos internos de la tribu y como consejero para los caudillos. • Distinguir los alimentos permitidos de los prohibidos, identificar hierbas benéficas y lidiar con los espíritus de los animales tras la cacería. • Celebrar los rituales de casamiento, de haberlos. En México sobreviven muchas formas de chamanismo heredadas de las culturas precolombinas, y que forman parte del bagaje cultural de cada una de las etnias o naciones que constituyen parte de la cultura mexicana. Los chamanes predominan en las áreas rurales, y suelen conservar muchas de sus prácticas ancestrales, como portadores de una medicina tradicional, marginada por los saberes modernos. Existen, sin embargo, curanderos tradicionales que velan por la preservación de sus tradiciones. Hay casos modernos de chamanes que rescatan su legado en los Estados de Chiapas, Oaxaca, Morelos, Sonora y el propio D. F. Sin embargo, para llegar a ellos hace falta disponer de información privilegiada, dado que no cualquier advenedizo o timador puede brindar la experiencia verdadera del legado del chamanismo. El chamanismo se refiere a una clase de creencias y prácticas tradicionales similares al animismo. Dentro de esas creencias, los chamanes obtienen su poder de las fuerzas de la naturaleza, incluyendo las de los animales, para mediar entre el mundo ordinario y el mundo de los espíritus, por lo general en estados alterados de consciencia. Aseguran tener la capacidad de controlar el tiempo, profetizar, interpretar los sueños, usar la proyección astral y viajar a los mundos superior e inferior. Las tradiciones de chamanismo han existido en todo el mundo desde épocas prehistóricas. Algunos especialistas en antropología definen al chamán como un intermediario entre el mundo natural y espiritual, que viaja entre los mundos en un estado de trance. Una vez en el mundo de los espíritus, se comunica con ellos para conseguir ayuda en la curación, la caza o el control del tiempo. Michael Ripinsky-Naxon describe a los chamanes como «personas que tienen fuerte ascendencia en su ambiente circundante y en la sociedad de la que forman parte». Un segundo grupo de antropólogos discute el término chamanismo, señalando que es una palabra para una institución cultural específica que, al incluir a cualquier sanador de cualquier sociedad tradicional, produce una uniformidad falsa entre estas culturas y crea la idea equívoca de la existencia de una religión anterior a todas los demás. Otros les acusan de ser incapaces de reconocer las concordancias entre las diversas sociedades tradicionales. El chamanismo se basa en la premisa de que el mundo visible está impregnado por fuerzas y espíritus invisibles de dimensiones paralelas que coexisten simultáneamente con la nuestra, que afectan a todas las manifestaciones de la vida. En contraste con el animismo, en el que todos y cada uno de los miembros de la sociedad implicada lo practica, el chamanismo requiere conocimientos o capacidades especializados. Se podría decir que los chamanes son los expertos empleados por los animistas o las comunidades animistas. Sin embargo, los chamanes no se organizan en asociaciones rituales o espirituales, como la religión. Un chamán es una persona que practica rituales de chamanismo y que se encarga de sanar y de restaurar el equilibrio mediante diversas técnicas de sanación. Los chamanes consideran que los problemas que sufre una persona están relacionados con un desequilibrio espiritual. Formalmente, el chamanismo es una religión de los pueblos Ural-Altaicos del norte de Asia y Europa, caracterizada por la creencia de que el mundo invisible de dioses, demonios y espíritus ancestrales responde solo a los chamanes. El chamán mira a través de los ojos del alma, que no del cuerpo; habla, pero no son simples sonidos guturales emanados de su garganta, sino que la que se escucha es una voz surgida del “más allá”, de seres espirituales que se manifiestan por su conducto. El cargo de chamán puede estar reservado para hombres o para mujeres, dependiendo de la cultura, y suele otorgarle a la persona el derecho de usar ropajes especiales, como pieles o vestimentas rituales. El baile, la música, los alucinógenos y el trance pueden ser parte de sus prácticas rituales. Fundamentalmente el chamán de una comunidad lleva a cabo dos tipos de rituales: los curativos y los funerarios, si bien para desempeñar este papel ha de pasar por una experiencia iniciática previa. La travesía del héroe es una iniciación a las realidades del periplo del alma. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

CIEN AÑOS DE LITERATURA VASCA EN CASTELLANO.

La reciente publicación del libro 2050 km. de palabras. Antología de relatos vasco-canaria (Baile del Sol), en la que once escritores vascos comparten espacio con otros tantos procedentes de las islas afortunadas nos sirve de excusa para reflexionar sobre un conjunto de autores nacidos o formados en Euskadi que se manejan en la lengua de Cervantes. Es de recibo ahondar en la narrativa que se está haciendo en la tierra de Unamuno y Pío Baroja. Una narrativa alejada del estatus político, de las exclusiones lingüísticas o de las definiciones sobre el ser o no “vasco”. Seguramente algún avispado lector dirá que la nómina es incompleta y por tanto sesgada. Pero no pretendemos ser una enciclopedia de autores, ya que ésta la realizó en su momento el recientemente fallecido Elías Amézaga. Y también aquélla quedó inconclusa. Aunque en muchas ocasiones los medios de comunicación definan como escritor vasco a quien plasma en papel sus historias en euskera y cuya producción sobrepasa las fronteras gracias a las pertinentes traducciones (lo que vendría a ser un autor euskaldun), lo cierto es que una pléyade de autores buscan desarrollar su carrera literaria desde la perspectiva del idioma mayoritario en Euskadi. De ahí que salgan nombres tan interesantes como Toti Martínez de Lezea, Juan Bas, Pedro Urgarte, Espido Freire, Juan Manuel de Prada o Fernando Marías. Muchos de ellos, y dada la dificultadad de avanzar literariamente en nuestra tierra, han decidido afincarse en Madrid o Barcelona, centros neurálgicos de la producción editorial en España. Y en muchos casos con evidente éxito; la bilbaína Espido Freire, por ejemplo, no sólo es la escritora más joven en haber ganado el Premio Planeta (Melocotones helados), sino que sigue construyendo sus mundos personales, casi oníricos, en novelas como Irlanda, Nos espera la noche o Soria Moria. Un caso parecido le ocurre a Juan Manuel de Prada, que desde Madrid ha cimentado algunos de los momentos más intensos de la actual narrativa en castellano. Las máscaras del héroe, La tempestad (con la que también obtuvo el Planeta) o El séptimo velo pueden servir como ejemplo. Fernando Marías comenzó escribiendo guiones para la televisión, pero pronto su carrera literaria se disparó gracias a novelas tan interesantes como La luz prodigiosa, El niño de los coroneles, La mujer de las salas grises o El mundo se acaba todos los días, obras que han demostrado la versatilidad del escritor bilbaíno. Como de igual manera ha hecho el donostiarra Fernando Aramburu, quien desde hace más de dos décadas reside en Alemania. Aramburu saltó a la fama tras la publicación de Fuegos con limón. Su último libro, Los peces de la amargura, muestra sin ambages la situación de las víctimas del terrorismo de ETA. Una reflexión hecha desde la distancia y que le ha valido elogiosas críticas. Por último, cabe citar a la bilbaína Nerea Riesco, quien desde la capital hispalense se ha mostrado como una de las promesas de la narrativa actual; con El país de las mariposas obtuvo el IX Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. El pasado año publicó Ars Magica, mezcla de novela histórica , novela negra y grimorio que ha sido traducida ya a varios idiomas. Mención aparte merece Raúl Gerra Garrido, que ha desarrollado parte de su carrera narrativa desde San Sebastián; La carta, Tantos inocentes, El otoño siempre hiere o La soledad del ángel de la guarda son ejemplos de su especial universo narrativo. O Antonio Altarriba, quien ha publicado obras como Cuerpos entretejidos y que con La memoria de la nieve obtuvo el premio Euskadi. Pero no todos han salido del País Vasco para desarrollar sus carreras. Si bien es cierto que a la mayoría de los escritores que viven en Euzkadi no se les podría definir como profesionales de la escritura, hay unos pocos que viven en nuestra tierra sólo de escribir; el caso más significativo es el de la ya mencionada Toti Martínez de Lezea o Juan Bas, último premio Euzkadi de Literatura, que ha sabido mezclar con habilidad ciertas dosis del género negro con pinceladas de ironía y esperpento, en novelas en las que abundan los personajes a veces grotescos, suburbiales, siempre sugerentes. Destaca Pacho Murga, protagonista de dos de sus obras más celebradas: Alacranes en su tinta y Voracidad. Por su parte, Ramiro Pinilla se ha mostrado como uno de los narradores vascos más sobresalientes de hoy en día. Su enorme trilogía Verdes valles, colinas rojas no sólo le ha colocado en la senda de los reconocimientos (Premio Euskadi, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Narrativa), sino que con ella ha sabido describir todo un siglo de luchas sociales en el País Vasco. Sin olvidar al navarro Miguel Sánchez-Ostiz, autor de novelas como La gran ilusión con la que obtiene los Premios Herralde y Euskadi de Literatura o de No existe tan lugar con el que recibe el Premio Nacional de la Crítica en 1977. Nuestra nómina se enriquece además, con nombres tan señeros como los de Álvaro Bermejo, Javier Mina, Jon Juaristi (Premio Azorín de Novela), Iñaki Ezkerra, José Ramón Blanco, que han dedicado buena parte de su obra a la narrativa. Una lista que, con ausencias acaso imperdonables, mantiene las letras vascas en lo más alto de la narrativa en castellano. Recorrida una parte del camino del nuevo milenio -superada ya la polémica sobre su inicio- se hace necesaria una mirada retrospectiva al siglo que ha finalizado, lleno de grandes y, a veces, trágicos acontecimientos históricos. De una manera paralela o transversalmente la cultura ha jugado un papel importante. La literatura de gran parte del siglo XX, en concreto desde el año 1939 al 1984, fue repasada por el novelista Raúl Guerra Garrido. Por lo que este Breve resumen se va a centrar en la literatura vasca en castellano publicada durante los cien últimos años, el siglo XX, para completar una primera mirada. El poeta granadino Luis García Montero en varios de sus artículos se ha referido al proceso de normalización de la poesía española durante la década de los ochenta, hecho plenamente conseguido. Este proceso se puede extender a otros géneros como la narrativa o el ensayo , no así al teatro , en cuanto escritura. Pero en el País Vasco esta normalización ha venido predeterminada por una cuestión que ha generado bastantes opiniones, algunas de ellas enfrentadas: ¿quién es escritor vasco? Se trata de una polémica que estalló a partir de una serie de artículos periodísticos, publicados en 1978, aunque sus inicios habría que remontarlos a finales de los sesenta en opinión de Jon Juaristi. En 1979, estos artículos fueron recogidos en Narrativa vasca actual. Antología y polémica (Madrid, Zero-Zyx). El primero de estos artículos fue el titulado Sobre el escritor vasco de Raúl Guerra Garrido, en donde el autor comienza quejándose de que: “En demasiadas conferencias, cursos y libros sobre la cultura vasca, al llegar el turno de la nómina de escritores se produce una ausencia que oscila entre la ignorancia pueblerina o el insulto demagógico; la ausencia es la de escritores vascos que se expresan en castellano”. Pasados casi diez años, en 1988, Jon Juaristi también se refirió al olvido de los escritores vascos en español por parte de los historiadores de la literatura española. Una de las causas de esta marginación según Juaristi, “se encuentra en un estereotipo de lo vasco que ha sido moneda corriente entre los intelectuales españoles: […] la imagen del pueblo vasco como una comunidad encerrada tras sus fronteras orográficas y lingüísticas, incapaz de expresarse en un idioma tan diferente al suyo como el castellano; se ha mantenido con sorprendente constancia desde los escritores renacentistas hasta nuestro siglo”. A este respecto, Pedro de Miguel y José Luis González, en su “Casi prólogo” a la Antología de Narradores Vascos (Antología de la narrativa breve vasca actual, Pamplona, Hierbaola, 1992), escriben: “explicar las razones del casi total desconocimiento de las letras vascas fuera de nuestro país resultaría aburrido, complejo y peligrosamente lacrimógeno: la falta de una -horrible expresión- política cultural para promocionar a nuestros escritores, la ausencia de editoriales sólidas que puedan acoger las obras de creación, la tradicional lejanía de los focos culturales -Madrid, Barcelona-, el atávico individualismo que nos distingue…” Volviendo a la polémica y una vez expresada su queja, Guerra Garrido explica a continuación, lo que para él significa ser “escritor vasco”: “Por escritor vasco entiendo, y esto es fundamental, a todo vasco que escribe con intención literaria, o cultista en temas varios, sin que sea admisible, por aquello de la libertad, el que tenga que ajustarse a unas coordenadas previstas para ser así calificado. Por vasco está claro que se entiende, después de las elecciones generales del pasado junio, a todo aquel ciudadano que suda su plusvalía en Euskadi”. Al artículo de Guerra Garrido le siguieron los de Xabier Kintana, Elías Amézaga, Martín de Ugalde, entre otros. Elías Amézaga, si bien constata la marginación que sufren los escritores vascos en castellano -entre los que se encuentra-, cree que la “lucha” del euskera por sobrevivir exigía un apoyo mayor e inmediato. Aunque él piensa, en definitiva, que “vasco es hoy quien ama lo vasco y lucha por lo que ama”. Por su parte, Martín de Ugalde se refiere a la discriminación que han venido sufriendo los vascohablantes desde hace casi ciento cincuenta años: “No sólo no le han dejado escribir en su lengua materna, sino que le han cortado la lengua”. Para Juaristi, contrario al hincapié de la vertiente lingüística de los autores citados anteriormente, “el problema, en el fondo, no es de índole lingüística, sino ideológico , en el peor sentido. No reside tanto en una dialéctica de lenguas o literaturas como en la hegemonía social de una concepción restrictiva y excluyente de la vasquidad. La tediosa, interminable polémica en torno a quién es y a quién no es “escritor vasco” ha absorbido las energías de muchos escritores que habrían podido emplearlas en mejor causa si la cuestión se hubiese planteado desde el principio en sus verdaderos términos, es decir, quiénes son o no son escritores nacionalistas. En definitiva, para Juaristi, “la cuestión no debería ser quién es escritor vasco, sino quién es ciudadano vasco, y la respuesta a ello se encuentra en nuestro Estatuto de Autonomía”. Pedro de Miguel y José Luis González en el prólogo anteriormente citado, tras hacer referencia a la polémica recogida en la Narrativa vasca actual, en Antología y polémica, plantean en los siguientes términos que “las páginas iniciales reproducían varios artículos periodísticos de finales de los setenta centrados en una pretendida polémica relativa a la lengua: la supuesta discriminación del escritor vasco en castellano y la defensa, como réplica, de un apoyo explícito al euskera en aquellos tiempos de recuperación de la democracia”, terminan afirmando que “después de estos doce años, el enunciado del problema continúa siendo el mismo, sin el tono tan beligerante de entonces. Así, en 1996, el escritor Pedro Ugarte en la conferencia que sobre “Literatura vasca en castellano, hoy” dictó en el Aula de Cultura del periódico El Correo (Vitoria) constata este hecho: “Pero a esa situación diglósica , a nivel social, entre el euskera y el castellano, se une en sentido contrario un fenómeno no menos desequilibrado. De un tiempo a esta parte, el euskera cuenta entre nosotros con un sistema literario extraordinariamente fuerte, mientras que el castellano, el castellano que hablan los vascos o el castellano-vasco, o como quiera que ustedes puedan llamarlo, se mueve a efectos culturales en medio de la penuria más absoluta, en la indigencia más completa y pertinaz”. Fuera de polémicas “sobre el sexo de los ángeles”, como la ha calificado Arantza Urretabizkaia, la literatura vasca en español sigue viva en Euzkadi. Aunque muchas veces en la frontera de lo problemático, porque como ha confesado Jon Juaristi “personalmente, estoy harto de agradecer que me perdonen el pecado de escribir en español, lengua que, si aún sobrevive, parece debérselo a una razón de Estado que a mí se me escapa”. Lo cierto es que esta normalización está completándose en el caso vasco. Jon Kortazar, recientemente, ha constatado este hecho: “la literatura que en este país se escribe en castellano va dando poco a poco síntomas de encontrarse en una estabilidad mayor que en otros momentos y está casi a punto de convertirse, sin demasiadas exageraciones, en un sistema literario donde convergen escritores, editores y lectores”. Con la pintura en el rostro, como los indios de las películas de mi infancia, me dispongo a rastrear las huellas de los libros publicados. Tarea no siempre fácil porque muchos de ellos se pierden en ediciones que pasan desapercibidas. Centrándonos en la narrativa y la poesía , una de las vías más rápidas y cómodas de darse a conocer es a través de las antologías , sobre todo, en el campo poético. Aunque esta promoción se ha extendido asimismo a la narrativa, en concreto, se echa mano de un género tan apropiado como es el cuento , género muy frecuentado por los escritores vascos. Todas, a diferentes criterios de elección, pretenden dar a conocer la obra de escritores a un número más amplio de lectores, y como escribe en su diario uno de los personajes de la novela de Fernando Aramburu, Fuegos con limón: “¿Qué otra cosa puede esperar un escritor sino que se le conozca?”. La misma labor de promoción vienen haciendo las numerosas revistas que se editan, la mayoría de ellas con una existencia corta. En prosa , una de las antologías más sobresalientes es la coordinada por Julia Otxoa, Narrativa corta en Euzkadi (Madrid, VOSA, 1992) en la que sólo da cabida a autores que escriben en español. De ese mismo año es la que llevan a cabo Pedro de Miguel y José Luis González, Narradores vascos. Antología de la narrativa breve vasca actual (Pamplona, Hierbaola, 1992), donde se seleccionan autores que escriben en euskera -traducidos- y los que escriben en español. Anteriormente, en el número 11 de la revista Literatura, promovida por la editorial donostiarra, La primitiva Casa Baroja, interesante intento de lanzar un proyecto editorial vasco donde tuvieran cabida las dos lenguas, dedicó sus páginas a un grupo de narradores vascos donde se recogían cuentos de dos autores veteranos, como Santiago Aizarna y Ángel García Ronda, seguidos de una interesante nómina de autores jóvenes por los que se apostaba. Por último, destaca la antología coordinada por Antonio Altarriba, Los que más cuentan. Antología selecta e inédita de escritores vascos (Vitoria, Papeles de Zabalanda, 1995), en donde el antólogo nos propone: “un compendio que no quiere preservar del tiempo sino abrir un espacio. No busca tanto dar testimonio como crear expectativa. Por eso los relatos que siguen son todos inéditos”. El uso de las antologías está mucho más extendido en poesía. En 1987, apareció Antología poética vasca. A los 50 años de Gernika (Madrid, VOSA). Interesante es también la antología que sobre poetas vascas, coordinada por Julia Otxoa, publicó la editorial madrileña Torremozas, de la que hay que subrayar su dedicación a la poesía hecha por mujeres, con el título Emakume olerkariak. Poetas vascas (Madrid, Torremozas, 1990). Pero una antología que va a pasar a la historia de la literatura es la publicada por la revista malagueña Litoral, con la edición de Patricio Hernández, Poesía vasca contemporánea (Málaga, 1995). En todas ellas se seleccionan poetas que escriben en las dos lenguas: euskera y castellano. Este mismo criterio es el que se mantiene en las traducciones que sobre poetas vascos se están realizando. Peculiar es el caso italiano y como resultado de esta salida al exterior es la antología a cargo de Emilio Coco, Antología della poesía basca contemporanea (Milano, Cocetti Editore, 1994). Un sistema literario para estar consolidado debe dar cabida a diferentes generaciones. Los narradores más veteranos son los nacidos en la década de los veinte, algunos de ellos ya fallecidos: Antonio Menchaca (1921-2002), Ramiro Pinilla (1923), Luis de Castresana (1924-1986) o José Mª Mendiola (1929-2003). Menchaca nos acercó literariamente el auge y la decadencia de la orilla derecha de la ría bilbaína. Ramiro Pinilla, ganador del Premio Nadal en 1960 con Las ciegas hormigas, ha mantenido su compromiso con la literatura, ya sea con la escritura, ya sea con su difusión. A este empeño se debe la iniciativa que junto a J. J. Rapha Bilbao pusieron en marcha con el nombre de Libropueblo, editorial que intentó acercar a los ciudadanos los libros, por ejemplo, vendiéndolos en la calle y dignamente editados. Aquí publicó su novela Verdes valles, colinas rojas un caso singular que es el de Santiago Aizarna, colaborador habitual de la prensa escrita, que mantiene la mayoría de su obra inédita, ya que su empeño es con la escritura, no con la publicación. Aún así, en 1986, La Primitiva Casa Baroja publicó El ojo insomne. En 1987, un año posterior a su fallecimiento, apareció una novela de Luis de Castresana, El sembrador. En una nota escrita en 1986, Castresana nos cuenta la historia de esta novela: “Escribí esta novela en Ámsterdam en 1955, fue prohibida en España y publicada en Londres en 1961[…] La he reescrito, con algunos retoques actualizadores, y hoy la ofrezco por fin al lector español en su versión última y definitiva”. En una generación posterior hay que situar a Raúl Guerra Garrido, Jorge González Aranguren, Ángel García Ronda, Luciano Rincón, Anthon Obeso, Rafael Castellano o J. J. Rapha Bilbao; estos dos últimos nacidos ya en la década de los cuarenta, como Manuel Blanco Chivite o Fernando Savater. Guerra Garrido ha sido el novelista que más ha luchado por la profesionalización del escritor, contribuyendo a través de la Asociación Colegial de Escritores a mejorar los derechos de los escritores. En 1987, publicó La mar es mala mujer, para la mayoría de los críticos la novela más completa de Guerra Garrido. Fue llevada al cine con el título “Terranova”. En 1990, en la colección Austral de la editorial Espasa Calpe, se volvió a editar con un estudio introductorio de Juan Cruz Mendizábal. Nos narra Raúl la lucha de Antxón contra el paso del tiempo, es significativo que la novela arranque con la edad del protagonista, a través de sus amores; Ainara y la mar. Pero su triunfo, que es lo que nos narra el autor, sólo le da un respiro para prepararse ante un nuevo combate. Esta novela se sitúa en la épica del mar, que ya habían tratado dos novelistas vascos como Pío Baroja e Ignacio Aldecoa. Una temática que no ha abandonado Guerra Garrido es la de la violencia terrorista, así en La carta le da palabras al miedo de la opresión. Otro tipo de violencia, más patológica, es la que narra en Tantos inocentes. Uno de sus últimos libros es El otoño siempre hiere, donde más reflexiona Raúl sobre la escritura, con ciertos datos autobiográficos, pero sabiendo que es recomendable: “desconfiar de la novela y mucho más no conceder crédito a la poesía: el poeta no dudará nunca en transmutar los álamos en robles si su intención es rimar el paisaje fluvial con sus nobles intenciones. Entre los autores nacidos en la década de los cincuenta destacamos a: Antonio Altarriba, Miguel González San Martín, Seve Calleja, Luisa Etxenike, Iñaki Ezkerra, Álvaro Bermejo o Fernando Aramburu. Álvaro Bermejo cuenta ya con una amplia obra, en la que apuesta por la temática histórica, que le ha valido numerosos premios, el último de ellos el XXXIII Premio Ateneo de Sevilla con La piedra imán, aunque se sale de nuestra época de estudio. Quizás constituye el premio que lo dé a conocer fuera de Euskadi definitivamente. Su estilo se caracteriza por un cierto barroquismo y por una riqueza lingüística deslumbrante. Fernando Aramburu con su novela Fuegos con limón (1996), consiguió un reconocimiento crítico y aunque parecía que salía de la nada contaba ya con obras publicadas en poesía y narrativa. Aramburu nos introduce en La Placa, el nombre de un grupo literario trasunto de CLOC, grupo del que fueron progenitores Aramburu y Álvaro Bermejo. Pero, además de la crónica de una generación de escritores noveles, nos encontramos en la novela con una crítica al sistema literario español. Cabe reconocer en ella muchos detalles calcados de las peripecias reales del grupo CLOC, no poco de su humor alborotador y bastante del clima sombrío de la sociedad en la que surgió, pero todo fue reinventado para convenir a los trazos de un mundo significativo, cuyo sentido no tenía por qué ser el que pretendieron las acciones del grupo, así que decidí emprender la tarea de componerla, pensando encararla como otra investigación literaria más”. Un ejercicio interesante es leer la historia de estos jóvenes aspirantes a escritores a dos bandas, la literaria y la académica. Y no extraña que las obras de Álvaro Bermejo y Fernando Aramburu sean de las más interesantes actualmente, porque ya en el momento de la ruptura del grupo se sabían escritores. González San Martín y Luisa Etxenike son dos novelistas que han formado parte del catálogo que ofrece la editorial Bassarai, de Vitoria. Otros narradores vascos por los que apuesta la editorial, dirigida por Kepa Murua son: Enrique Gutiérrez Ordorika, José Isasi Urdangarin, Amado Gómez Ugarte y Pedro Ugarte. Editorial que poco a poco se va convirtiendo en un referente del mundo editorial vasco. Pedro Ugarte es uno de los escritores vasco que han roto las fronteras vascas, favorecido por ser finalista del prestigioso Premio Herralde de Novela, en 1996, con su libro Los cuerpos de las nadadoras, construido con pequeños capítulos, que podrían leerse autónomamente, aunque leídos en conjunto nos dan una novela interesante. Un novelista, que con una sola novela ha recibido varios premios –IX Premio de Narrativa Torrente Ballester y Premio de Novela Ciudad de la Laguna– y unas críticas muy favorables es Fernando Palazuelos con La trastienda azul. Novela que en principio parece que nos está contando dos historias paralelas, y sólo al final comprobamos que las dos narraciones nos conducen al mismo nombre: Julián Tanguy. Al acierto de su estructura debemos unir la espléndida reconstrucción del París de finales del siglo XIX. Entre los autores más jóvenes, Javier Salinas con su primera novela, Las maravillas de mi vida (2000), ha despertado el interés de la crítica. Con una estructura aparentemente caótica nos va conduciendo a un final bien cerrado por el narrador. Pero la que ha roto las fronteras y se ha convertido en un referente de los jóvenes escritores es Espido Freire que con apenas 25 años consiguió el premio más comercial de todos los que se convocan en España, el Premio Planeta en 1999, con Melocotones helados. Espido apuesta por la literatura con componentes fantásticos. Uno de los fenómenos que más destaca en la literatura actual, es el auge de las novelas históricas; entre sus cultivadores está Toti Martínez de Lezea, que sigue el camino que ya había emprendido Mila Beldarrain. Las obras que últimamente han conseguido un mayor éxito pertenecen a este género. Otro de los géneros que cuentan con un gran número de lectores es la novela negra, entre los narradores vascos que se han dedicado a ella hay que citar a Blanco Chivite, Fernández Urbina o José Javier Abasolo. Entrando en el campo de la poesía, los poetas más veteranos atraen la atención de generaciones más jóvenes. A la poesía de Javier de Bengoechea la revista Cuadernos Hispanoamericanos dedicó un número, el 437, en el año 1986; en el que ofreció una selección de sus poemas bajo el título de Poemas a cuenta. También Vidal de Nicolás, cuya obra ha sido recogida en diferentes antologías, ha publicado un libro de carácter autobiográfico con el título Vidal de Nicolás. Escritos, poemas y vivencias (2001), edición que ha llevado a cabo José Bilbao, que aunque se sale de nuestro período sirve de reconocimiento a su compromiso con la poesía y con su tierra. El grupo de poetas, que se reunió en torno a la revista Kantil (SanSebastián) –algún día habrá que hacer un estudio sobre ella–, estaba formado entre otros por Carlos Aurtenetxe, Jorge González Aranguren o Ángel García Ronda. La obra de Carlos Aurtenetxe fue recogida con el título de Palabra perdida en el año 1990 en la colección “Poesía vasca, hoy”, editada por la Universidad del País Vasco y cuyo objetivo es editar la obra de diferentes poetas, a través de una edición crítica. El número 1 estaba dedicado a la poesía de otro miembro de Kantil, Jorge González Aranguren, a la que ha calificado su compañero Aurtenetxe como: “de alta escuela, musical y formalmente hablando, y su aliento de vivísima sensibilidad. Su refinado dominio del verbo le permite expresar esa complejidad que él sabe contemplar con agudeza en un tono íntimo y dulcemente escéptico. Él sabe como nadie de las pequeñas agridulzuras cotidianas, de las bellas derrotas de las horas”, extensión y precio tiene una salida difícil al mercado. Otros autores que forman parte de la colección son el donostiarra Fernando Aramburu y el bilbaíno Iñaki Ezkerra. Pero volviendo a Carlos Aurtenetxe, esta edición de todos sus poemas nos da a conocer un poeta con una obra extensa, pero bastante desconocida y sobre él escribe Fernando Aramburu en su prólogo: “Persona de trato afable y de temperamento pacífico, casi humilde”; en cambio, su poesía es “agresiva de raíz, y en ella, salvo contada excepciones, la intensidad del aguijonazo sesobrepone por lo general a la belleza filológica de la ejecución”. Una mención especial merece Pablo González de Langarika, en primer lugar, por su labor poética y, en segundo lugar, por la labor que viene realizando como director de la revista de poesía Zurgai, de la que fue fundador en 1981. Revista que ha dedicado diversos números a poetas vascos, convirtiéndose en un referente de la poesía vasca actual. Entre los poetas recogidos en las páginas de Zurgai está Jon Juaristi que por el hecho de empezar a publicar tarde, siguiendo los pasos de su paisano Unamuno, se le ha situado en una generación más joven de poetas, que fuera de polémicas son conocidos como poetas de la experiencia , aunque a la poesía de Juaristi habría que unir el tono gris de Vinogrado, un Bilbao ficticio con heridas muy reales; y el sonido de la lluvia de su ciudad natal, que aunque mantenga una relación amor-odio con ella, en la distancia siempre escuchará su voz. Otros de los rasgos de la poesía de Juaristi, es la narratividad ; en esta misma línea se encuentra Pedro Ugarte que ha acabado por renunciar a la poesía porque “me da la sensación que cada vez estoy más alejado de ella. Los poemas, cada vez más narrativos , se acercan a glosas de cuentos o esquinas narrativas. Al final, eso va llegar a un agotamiento”. Por último hay que destacar que es una poesía, la de Jon Juaristi, con un fuerte tono civil, componente que encontramos en los poemas de Julia Otxoa, sobre todo, en su poemario La nieve en los manzanos (2000). Uno de los aspectos que más destaca en la poesía de Jon Juaristi es el empleo de la métrica tradicional , entre los que destaca el soneto . En las palabras liminares a su último poemario Prosas (en verso) (Madrid, Hiperión, 2002), “Menosprecio de aldea”, pone de relieve este hecho: “Tanto esfuerzo pusiste en que no te confundieran con un poeta vasco y acabas convertido en un sonetista bilbaíno más de la interminable saga que ha producido la dulce Vinagrado (Iturriberri, Unamuno, Basterra, Otero, Bengoechea, Aresti, Irigoyen, Fernández de la Sota)”. José Fernández de la Sota dedicó un libro a esta estrofa, aunque con el título de Esto no es un soneto (1996). Interesante es el poema “Los porqués de un soneto”, porque, en el fondo, en él está la esencia de todo poema. Metro del que fue un gran cultivador Blas de Otero y a este poeta esta dedicado uno de los poemas que componen Todos los santos (1997), con el que obtuvo Fernández de la Sota el I Premio Internacional de Poesía Antonio Machado y el Premio Euskadi de Literatura en 1998. La métrica también la encontramos en los poemas de la bilbaína Marifeli Maizkurrena. Si actualmente las voces femeninas son frecuentes, en la primera parte del siglo XX, eran excepciones. Por eso, aunque sus obras aparecieron a lo largo del siglo pasado, hay que referirse a la publicación de las obras completas de dos poetas vascas tan significativas como Ernestina de Champourcin, representante de la generación del 27 y conocedora del exilio tras la guerra civil y Ángela Figuera, encuadrada en la poesía social junto a Blas de Otero y Gabriel Celaya. Con el título Poesía a través del tiempo (Barcelona, Anthropos, 1991), el catedrático donostiarra José Ángel Ascunce recoge la mayoría de los poemas de Ernestina de Champourcin, acompañado por un prólogo interesante donde nos ofrece un estudio sobre los mismos. La edición de las Obras completas de Ángela Figuera, a cargo de Roberta Quance, se publicó en 1986, en una de las editoriales más prestigiosa en poesía, Hiperión. Entre los más jóvenes, destaca el poemario de Javier Alcibar, El baile de los cojos (1999). Desde muy joven ha optado por este género y según ha confesado: “No podría escribir otra cosa que poesía y no sé muy bien la razón. Los recursos expresivos que me ofrece son totalmente válidos para mí. En mi opinión, la poesía es el género literario más cercano al acto creador, el que más directamente recoge el sentimiento que lo ha inspirado”. Nada más apropiado que recoger las palabras de Pedro Ugarte que abren este poemario, ya que fue el lector de una primera versión, para conocer lo que podemos encontrar en él: “El baile de los cojos propone un diálogo constante con la muerte y con ese período transitorio de conciencia que denominamos vida”. Pero en esta poesía también cuentan “los puntos, las comas, o la ausencia premeditada de cualquiera de esos signo, de cualquier trazo o palabra, representa un consciente y meditado rasgo expresivo”.Javier Alcibar atina con la elección del poema que cierra el libro, “No me busquen aquí”. La poesía contemporánea ha tenido que luchar contra la idea de que la poesía es la expresión directa de los sentimientos del poeta y reivindicar su oficio. José Carlos Mainer en el curso “Cartografía del ensayo español: de Clarín a 1936”, que impartió en la UIMP, en agosto de 2001, expresó su convicción de que el ensayo se crea, actualmente, en la prensa. Ésta ofrece un espacio apropiado para expresar las ideas –recordemos que ensayo, en la segunda acepción del Diccionario de la RAE aparece definido como “escrito, generalmente breve, constituido por pensamientos del autor sobre un tema…”– y, sobre todo, la inmediatez. Hecho este último que favorece una respuesta rápida, facilitando el intercambio de las ideas; en definitiva, la naturaleza del ensayo es la de entablar el debate. Una gran parte de los escritores vascos escriben asiduamente en periódicos. A los tradicionales periódicos del Grupo Correo hay que unir dos grandes empresas que han apostado por una edición vasca como son El País y El Mundo , que han incorporado entre sus firmas a diferentes escritores. Pero, volviendo al libro, se ha impuesto un tipo de ensayo que está emparentado con lo novelesco y cuyo mayor cultivador es Jon Juaristi. En el prólogo a Vestigios de Babel (Madrid, Siglo XXI, 1992), confiesa: “Pero lo cierto es que no he intentado escribir un texto científico ni erudito. Es más, sospecho que estos vestigios babélicos se hallan más próximos a la Novela que a la Historia”. Aunque había publicado varios ensayos anteriormente como El linaje de Aitor (Madrid, Taurus, 1987) o El chimbo expiatorio (Bilbao, Ediciones El Tilo, 1994), será con El bucle melancólico –Premio Espasa Hoy, 1997–, cuando va a llegar a un número mayor de lectores. La mayoría de los ensayos de Juaristi nacen de una necesidad de cuestionarse las nacionalidades colectivas. Las reflexiones sobre el tema comenzaron a hacerse presente en las numerosas horas de conversación que mantuvo con Gabriel del Moral Zabala, al que siempre considerará su maestro. Muchos de los ensayistas vascos siguen esta línea. El tema que predomina es la historia del País Vasco y, en concreto, el terrorismo . Este interés por conocer el origen de la violencia que vive el País Vasco y sus consecuencias, que padecemos todos, se explica también porque ésta es la negación de la palabra y sin palabras no hay literatura; y la literatura, en definitiva, es una fiesta de la palabra. La reflexión sobre esta dicotomía palabra/violencia la realizan atinadamente Inmaculada Jáuregui y Pablo Méndez en su artículo “Violencia y cultura”, publicado en la revista Cuadernos de Alzate (nº 22, 2000; pp. 111-130) No faltan los ensayos académicos, centrados en autores de la primera mitad del siglo XX, sobre todo en Pío Baroja –Jesús María Lasagabaster, Pío Baroja (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1989); Mª Jesús Korkostegi, Pío Baroja y la gramática (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1993)–; o Miguel de Unamuno –Mª de la Mercedes Landa, Unamuno y el País Vasco (Bilbao, Universidad de Deusto, 1990); Elena Aparicio, La novela intrahistórica: presencia de Lev Tolstoi en “Paz en la guerra” de Miguel de Unamuno (Leioa, Universidad del País Vasco, 1995). Destacan también los estudios sobre poetas como Juan de Larrea –Juan Manuel Díaz de Guereñu, La poesía de Juan de Larrea: creación y sentido. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1988–, Gabriel Celaya –José Ángel Ascunce, Gabriel Celaya: contexto, ética y estética. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1994– o Ángela Figuera –José Ramón Zabala, Ángela Figuera, una poesía en la encrucijada. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1994. Iñaki Beti se ha acercado a dos novelistas vascos de gran importancia en la segunda mitad del siglo XX como Martín Santos y Ramiro Pinilla: Luis Martín Santos (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1991) y La narrativa de Ramiro Pinilla: aproximación semiológica (Bilbao, Universidad de Deusto, 1989). Mariano Ángel Marrodán se ha ocupado de un escritor polifacético como es Elías Amézaga en Elías Amézaga. Escritor del pueblo vasco (Madrid, Ediciones Beramar, 1990). Juan José Lanz en La luz inextinguible. Ensayos sobre literatura vasca actual (Madrid, Siglo XXI, 1993) nos ofrece un acercamiento a autores más contemporáneos. El autor actual que ha merecido una mayor atención ha sido Raúl Guerra Garrido. Entre los ensayos que se han ocupado de su obra hay que destacar, en primer lugar, el de Ángel Ortiz Alfau, fallecido recientemente, que de una forma un tanto heterodoxa, pero muy interesante, nos acerca al autor y a su obra en Raúl Guerra Garrido (San Sebastián, La Primitiva Casa Baroja, 1989). La óptica más académica la da Juan Cruz Mendizábal en Lo cotidiano y la situación límite: la narrativa de Raúl Guerra Garrido (Madrid, Júcar, 1993). Por último, me gustaría referirme al ensayo de Ángel García Ronda, amigo de Raúl y gran lector de su obra desde sus inicios, Breve parte de guerra (Madrid, Huerga & Fierro, 1998), donde “en este ejercicio antiacadémico que me he propuesto, me niego a plantear esquemas clasificatorios, de modo que la cosa irá saliendo a lo largo de las líneas, si quiere salir, y veremos cuáles son los platos que más le gustan a nuestro escritor y qué condimentos usa con más frecuencia. Este paseo nos lo irá diciendo en las próximas páginas, y si no, espero que al menos habremos obtenido una idea del escritor y de lo que ha querido decirnos a lo largo de ya treinta años y de docena y media de ilusiones que son sus libros –por el momento–” (pág. 15). Ángel García nos ofrece un tipo de ensayo poco practicado en España. Sus reflexiones nacen de un conocimiento extraordinario, pero también de las vivencias compartidas con Guerra Garrido. Desde fuera, al acercarme a la literatura vasca, lo primero que me llamó la atención fue la falta de puentes que unieran a escritores euskaldunes y los que escriben en español. Arantza Urretabizkaia se quejaba de que ella podía leer a los escritores que escriben en español, pero que la mayoría de éstos no podían leer a los euskaldunes. Durante estos años, se han publicado diversos estudios que están acercando la literatura euskérica a los que lo desconocemos. A esta labor ha dirigido algunos de sus esfuerzos investigadores Jon Kortazar. A él, se debe Literatura vasca. Siglo XX (San Sebastián, Etor, 1990), o su estudio de poesía vasca contemporánea, La pluma y la tierra (Zaragoza, Prames, 1999). Un libro en el que colabora también Jon Kortazar es Los escritores. Hitos de la literatura clásica euskérica (Vitoria, Fundación Sancho el Sabio, 1996). Una historia de la literatura en euskera a través de los diferentes escritores que en cada época han sido más representativos. Por último, la historia más completa hasta ahora publicada es Historia de la literatura vasca, coordinada por Patri Urkizu y editada por la UNED en el año 2000. Anteriormente, Jon Juaristi editó una historia de la Literatura vasca (Madrid, Taurus, 1987). Todos estos estudios nos ayudan a situar en un contexto más acertado a los escritores que han sido traducidos como Anjel Lertxundi, Ramón Saizarbitoria, Arantza Urretabizkaia, Bernardo Atxaga, Felipe Juaristi, Pako Aristi o Mari Irigoien, entre otros. Pero, sobre todo, a unir dos realidades: el español y el euskera, porque hay muchos escritores que están a gusto con los dos idiomas, aunque a la hora de la escritura opten por uno en particular. En el capítulo 49 de Fuegos con limón, Fernando Aramburu, en un espléndido ejercicio de ironía hace una crítica al sistema literario. En cuanto al teatro , el Alcalaíno en su conferencia-humor dice: “Pos como decía y por acabar, yo pienso de que el teatro está chupao, colegas. Yo aunque me esté chungo, porque yo paso de chulear, bueno pos yo me levanto si quiero un drama o una comedia a la semana, por mi madre”. Si existe esa facilidad en su escritura, no existe en su publicación. Hay que destacar la trayectoria de José María Bellido, José Martín Elizondo o Elías Amézaga. Una obra prolífica es la del dramaturgo donostiarra Rafael Mendizábal. Entre sus obras podemos destacar, La abuela echa humo (O. M. Teatro, 1991), Feliz cumpleaños, señor ministro (Editorial J. García Verdugo, 1993) o Gente guapa, gente importante (La Avispa Editorial, 2000). Ignacio Amestoy es otro de los autores que ha publicado y estrenado sus obras. Dos de ellas sirvieron para el lanzamiento definitivo de dos grupos vascos: con Doña Elvira, imagínate Euskadi (1985) el grupo Geroa consiguió su consolidación. Era la primera vez que un grupo teatral se ponía frente al asunto de la lucha armada de una manera directa; por otra parte, la obra Todos tenemos la misma historia, lanzó al grupo Teatro Gasteiz fuera de las fronteras del País Vasco. Este grupo montó también Pasionaria, ¡No pasarán! (Madrid, Fundamentos, 1994) en 1993. Otras obras de Ignacio Amestoy son: Durango, un sueño, 1493 (1989); Betizu, el toro rojo (1990), Gernika, un grito, 1937 (1994), publicadas ambas por la editorial Fundamentos en 1996. Otro dramaturgo interesante es David Barbero, que ha recibido diferentes premios, entre los más importantes destacan el Calderón de la Barca, que convoca el Ministerio de Cultura, en 1991 por La vida imposible de Marilyn (Diputación Provincial de Burgos, 1998); el Francisco Avellaneda, del Gobierno Vasco, en 1990 por Un hombre muy enamorado (Bilbao, Laida, 1991) o el Ciudad de Palencia por Gambito de dama, editado por Hiru (Hondarribia), en 1999. El novelista Álvaro Bermejo ha probado fortuna con el teatro con E lucevan, le Stelle (Bilbao, Laga, 1993). La editorial de Hondarrribia, a través de su colección Skene, ha editado al joven autor Xabi Puerta, La piel prestada o Perros de la lluvia (1998) o la obra colectiva de El Taller Literario La Galleta del Norte, Surtido y crujir de comedietas (2000). Las características de estas comedietas , según Josu Montero, autor del prólogo, son: el humor absurdo y en ocasiones descabellado, la crítica feroz e irreverente de la vida cotidiana y la poesía. Algunas de las obras creadas por la Galleta interesaron a la compañía Karraka, que las puso en escena con gran éxito. A este colectivo pertenece, desde su inicio en 1983, Josu Montero, que obtuvo el Premio del Concejo de Santurtzi con la obra Pedazos de Sara (Ayuntamiento de Santurtzi, 1989). Pero lo cierto es que es un género que no cuenta con el apoyo de las editoriales ni de los lectores. Quizás a muchos les haya podido parecer este artículo demasiado árido por el exceso de datos. Pero con la experiencia de la desolación que produce no tener nada sobre lo que ir construyendo una visión completa de la literatura vasca escrita en español, he querido dejar constancia de su existencia y creo que de estos nombres deben nacer estudios más profundos ya que, como escribe Wayne C. Booth en su libro Retórica de la ironía: “Toda investigación es, en el mejor de los casos, un intento, una aproximación, algo que puede servir de estímulo para entablar un nuevo diálogo, y no un conjunto de afirmaciones de lo que es la verdad”. Las puertas están abiertas . -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------