ENSAYO, Cien años de literatura vasca en castellano.
La reciente publicación del libro 2050 km. de palabras. Antología de relatos vasco-canaria (Baile del Sol), en la que once escritores vascos comparten espacio con otros tantos procedentes de las islas afortunadas nos sirve de excusa para reflexionar sobre un conjunto de autores nacidos o formados en Euskadi que se manejan en la lengua de Cervantes. Es de recibo ahondar en la narrativa que se está haciendo en la tierra de Unamuno y Pío Baroja. Una narrativa alejada del estatus político, de las exclusiones lingüísticas o de las definiciones sobre el ser o no “vasco”. Seguramente algún avispado lector dirá que la nómina es incompleta y por tanto sesgada. Pero no pretendemos ser una enciclopedia de autores, ya que ésta la realizó en su momento el recientemente fallecido Elías Amézaga. Y también aquélla quedó inconclusa. Aunque en muchas ocasiones los medios de comunicación definan como escritor vasco a quien plasma en papel sus historias en euskera y cuya producción sobrepasa las fronteras gracias a las pertinentes traducciones (lo que vendría a ser un autor euskaldun), lo cierto es que una pléyade de autores buscan desarrollar su carrera literaria desde la perspectiva del idioma mayoritario en Euskadi. De ahí que salgan nombres tan interesantes como Toti Martínez de Lezea, Juan Bas, Pedro Urgarte, Espido Freire, Juan Manuel de Prada o Fernando Marías. Muchos de ellos, y dada la dificultadad de avanzar literariamente en nuestra tierra, han decidido afincarse en Madrid o Barcelona, centros neurálgicos de la producción editorial en España. Y en muchos casos con evidente éxito; la bilbaína Espido Freire, por ejemplo, no sólo es la escritora más joven en haber ganado el Premio Planeta (Melocotones helados), sino que sigue construyendo sus mundos personales, casi oníricos, en novelas como Irlanda, Nos espera la noche o Soria Moria. Un caso parecido le ocurre a Juan Manuel de Prada, que desde Madrid ha cimentado algunos de los momentos más intensos de la actual narrativa en castellano. Las máscaras del héroe, La tempestad (con la que también obtuvo el Planeta) o El séptimo velo pueden servir como ejemplo. Fernando Marías comenzó escribiendo guiones para la televisión, pero pronto su carrera literaria se disparó gracias a novelas tan interesantes como La luz prodigiosa, El niño de los coroneles, La mujer de las salas grises o El mundo se acaba todos los días, obras que han demostrado la versatilidad del escritor bilbaíno. Como de igual manera ha hecho el donostiarra Fernando Aramburu, quien desde hace más de dos décadas reside en Alemania. Aramburu saltó a la fama tras la publicación de Fuegos con limón. Su último libro, Los peces de la amargura, muestra sin ambages la situación de las víctimas del terrorismo de ETA. Una reflexión hecha desde la distancia y que le ha valido elogiosas críticas. Por último, cabe citar a la bilbaína Nerea Riesco, quien desde la capital hispalense se ha mostrado como una de las promesas de la narrativa actual; con El país de las mariposas obtuvo el IX Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. El pasado año publicó Ars Magica, mezcla de novela histórica , novela negra y grimorio que ha sido traducida ya a varios idiomas. Mención aparte merece Raúl Gerra Garrido, que ha desarrollado parte de su carrera narrativa desde San Sebastián; La carta, Tantos inocentes, El otoño siempre hiere o La soledad del ángel de la guarda son ejemplos de su especial universo narrativo. O Antonio Altarriba, quien ha publicado obras como Cuerpos entretejidos y que con La memoria de la nieve obtuvo el premio Euskadi. Pero no todos han salido del País Vasco para desarrollar sus carreras. Si bien es cierto que a la mayoría de los escritores que viven en Euzkadi no se les podría definir como profesionales de la escritura, hay unos pocos que viven en nuestra tierra sólo de escribir; el caso más significativo es el de la ya mencionada Toti Martínez de Lezea o Juan Bas, último premio Euzkadi de Literatura, que ha sabido mezclar con habilidad ciertas dosis del género negro con pinceladas de ironía y esperpento, en novelas en las que abundan los personajes a veces grotescos, suburbiales, siempre sugerentes. Destaca Pacho Murga, protagonista de dos de sus obras más celebradas: Alacranes en su tinta y Voracidad. Por su parte, Ramiro Pinilla se ha mostrado como uno de los narradores vascos más sobresalientes de hoy en día. Su enorme trilogía Verdes valles, colinas rojas no sólo le ha colocado en la senda de los reconocimientos (Premio Euskadi, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Narrativa), sino que con ella ha sabido describir todo un siglo de luchas sociales en el País Vasco. Sin olvidar al navarro Miguel Sánchez-Ostiz, autor de novelas como La gran ilusión con la que obtiene los Premios Herralde y Euskadi de Literatura o de No existe tan lugar con el que recibe el Premio Nacional de la Crítica en 1977. Nuestra nómina se enriquece además, con nombres tan señeros como los de Álvaro Bermejo, Javier Mina, Jon Juaristi (Premio Azorín de Novela), Iñaki Ezkerra, José Ramón Blanco, que han dedicado buena parte de su obra a la narrativa. Una lista que, con ausencias acaso imperdonables, mantiene las letras vascas en lo más alto de la narrativa en castellano. Recorrida una parte del camino del nuevo milenio -superada ya la polémica sobre su inicio- se hace necesaria una mirada retrospectiva al siglo que ha finalizado, lleno de grandes y, a veces, trágicos acontecimientos históricos. De una manera paralela o transversalmente la cultura ha jugado un papel importante. La literatura de gran parte del siglo XX, en concreto desde el año 1939 al 1984, fue repasada por el novelista Raúl Guerra Garrido. Por lo que este Breve resumen se va a centrar en la literatura vasca en castellano publicada durante los cien últimos años, el siglo XX, para completar una primera mirada. El poeta granadino Luis García Montero en varios de sus artículos se ha referido al proceso de normalización de la poesía española durante la década de los ochenta, hecho plenamente conseguido. Este proceso se puede extender a otros géneros como la narrativa o el ensayo , no así al teatro , en cuanto escritura. Pero en el País Vasco esta normalización ha venido predeterminada por una cuestión que ha generado bastantes opiniones, algunas de ellas enfrentadas: ¿quién es escritor vasco? Se trata de una polémica que estalló a partir de una serie de artículos periodísticos, publicados en 1978, aunque sus inicios habría que remontarlos a finales de los sesenta en opinión de Jon Juaristi. En 1979, estos artículos fueron recogidos en Narrativa vasca actual. Antología y polémica (Madrid, Zero-Zyx). El primero de estos artículos fue el titulado Sobre el escritor vasco de Raúl Guerra Garrido, en donde el autor comienza quejándose de que: “En demasiadas conferencias, cursos y libros sobre la cultura vasca, al llegar el turno de la nómina de escritores se produce una ausencia que oscila entre la ignorancia pueblerina o el insulto demagógico; la ausencia es la de escritores vascos que se expresan en castellano”. Pasados casi diez años, en 1988, Jon Juaristi también se refirió al olvido de los escritores vascos en español por parte de los historiadores de la literatura española. Una de las causas de esta marginación según Juaristi, “se encuentra en un estereotipo de lo vasco que ha sido moneda corriente entre los intelectuales españoles: […] la imagen del pueblo vasco como una comunidad encerrada tras sus fronteras orográficas y lingüísticas, incapaz de expresarse en un idioma tan diferente al suyo como el castellano; se ha mantenido con sorprendente constancia desde los escritores renacentistas hasta nuestro siglo”. A este respecto, Pedro de Miguel y José Luis González, en su “Casi prólogo” a la Antología de Narradores Vascos (Antología de la narrativa breve vasca actual, Pamplona, Hierbaola, 1992), escriben: “explicar las razones del casi total desconocimiento de las letras vascas fuera de nuestro país resultaría aburrido, complejo y peligrosamente lacrimógeno: la falta de una -horrible expresión- política cultural para promocionar a nuestros escritores, la ausencia de editoriales sólidas que puedan acoger las obras de creación, la tradicional lejanía de los focos culturales -Madrid, Barcelona-, el atávico individualismo que nos distingue…” Volviendo a la polémica y una vez expresada su queja, Guerra Garrido explica a continuación, lo que para él significa ser “escritor vasco”: “Por escritor vasco entiendo, y esto es fundamental, a todo vasco que escribe con intención literaria, o cultista en temas varios, sin que sea admisible, por aquello de la libertad, el que tenga que ajustarse a unas coordenadas previstas para ser así calificado. Por vasco está claro que se entiende, después de las elecciones generales del pasado junio, a todo aquel ciudadano que suda su plusvalía en Euskadi”. Al artículo de Guerra Garrido le siguieron los de Xabier Kintana, Elías Amézaga, Martín de Ugalde, entre otros. Elías Amézaga, si bien constata la marginación que sufren los escritores vascos en castellano -entre los que se encuentra-, cree que la “lucha” del euskera por sobrevivir exigía un apoyo mayor e inmediato. Aunque él piensa, en definitiva, que “vasco es hoy quien ama lo vasco y lucha por lo que ama”. Por su parte, Martín de Ugalde se refiere a la discriminación que han venido sufriendo los vascohablantes desde hace casi ciento cincuenta años: “No sólo no le han dejado escribir en su lengua materna, sino que le han cortado la lengua”. Para Juaristi, contrario al hincapié de la vertiente lingüística de los autores citados anteriormente, “el problema, en el fondo, no es de índole lingüística, sino ideológico , en el peor sentido. No reside tanto en una dialéctica de lenguas o literaturas como en la hegemonía social de una concepción restrictiva y excluyente de la vasquidad. La tediosa, interminable polémica en torno a quién es y a quién no es “escritor vasco” ha absorbido las energías de muchos escritores que habrían podido emplearlas en mejor causa si la cuestión se hubiese planteado desde el principio en sus verdaderos términos, es decir, quiénes son o no son escritores nacionalistas. En definitiva, para Juaristi, “la cuestión no debería ser quién es escritor vasco, sino quién es ciudadano vasco, y la respuesta a ello se encuentra en nuestro Estatuto de Autonomía”. Pedro de Miguel y José Luis González en el prólogo anteriormente citado, tras hacer referencia a la polémica recogida en la Narrativa vasca actual, en Antología y polémica, plantean en los siguientes términos que “las páginas iniciales reproducían varios artículos periodísticos de finales de los setenta centrados en una pretendida polémica relativa a la lengua: la supuesta discriminación del escritor vasco en castellano y la defensa, como réplica, de un apoyo explícito al euskera en aquellos tiempos de recuperación de la democracia”, terminan afirmando que “después de estos doce años, el enunciado del problema continúa siendo el mismo, sin el tono tan beligerante de entonces. Así, en 1996, el escritor Pedro Ugarte en la conferencia que sobre “Literatura vasca en castellano, hoy” dictó en el Aula de Cultura del periódico El Correo (Vitoria) constata este hecho: “Pero a esa situación diglósica , a nivel social, entre el euskera y el castellano, se une en sentido contrario un fenómeno no menos desequilibrado. De un tiempo a esta parte, el euskera cuenta entre nosotros con un sistema literario extraordinariamente fuerte, mientras que el castellano, el castellano que hablan los vascos o el castellano-vasco, o como quiera que ustedes puedan llamarlo, se mueve a efectos culturales en medio de la penuria más absoluta, en la indigencia más completa y pertinaz”. Fuera de polémicas “sobre el sexo de los ángeles”, como la ha calificado Arantza Urretabizkaia, la literatura vasca en español sigue viva en Euzkadi. Aunque muchas veces en la frontera de lo problemático, porque como ha confesado Jon Juaristi “personalmente, estoy harto de agradecer que me perdonen el pecado de escribir en español, lengua que, si aún sobrevive, parece debérselo a una razón de Estado que a mí se me escapa”. Lo cierto es que esta normalización está completándose en el caso vasco. Jon Kortazar, recientemente, ha constatado este hecho: “la literatura que en este país se escribe en castellano va dando poco a poco síntomas de encontrarse en una estabilidad mayor que en otros momentos y está casi a punto de convertirse, sin demasiadas exageraciones, en un sistema literario donde convergen escritores, editores y lectores”. Con la pintura en el rostro, como los indios de las películas de mi infancia, me dispongo a rastrear las huellas de los libros publicados. Tarea no siempre fácil porque muchos de ellos se pierden en ediciones que pasan desapercibidas. Centrándonos en la narrativa y la poesía , una de las vías más rápidas y cómodas de darse a conocer es a través de las antologías , sobre todo, en el campo poético. Aunque esta promoción se ha extendido asimismo a la narrativa, en concreto, se echa mano de un género tan apropiado como es el cuento , género muy frecuentado por los escritores vascos. Todas, a diferentes criterios de elección, pretenden dar a conocer la obra de escritores a un número más amplio de lectores, y como escribe en su diario uno de los personajes de la novela de Fernando Aramburu, Fuegos con limón: “¿Qué otra cosa puede esperar un escritor sino que se le conozca?”. La misma labor de promoción vienen haciendo las numerosas revistas que se editan, la mayoría de ellas con una existencia corta. En prosa , una de las antologías más sobresalientes es la coordinada por Julia Otxoa, Narrativa corta en Euzkadi (Madrid, VOSA, 1992) en la que sólo da cabida a autores que escriben en español. De ese mismo año es la que llevan a cabo Pedro de Miguel y José Luis González, Narradores vascos. Antología de la narrativa breve vasca actual (Pamplona, Hierbaola, 1992), donde se seleccionan autores que escriben en euskera -traducidos- y los que escriben en español. Anteriormente, en el número 11 de la revista Literatura, promovida por la editorial donostiarra, La primitiva Casa Baroja, interesante intento de lanzar un proyecto editorial vasco donde tuvieran cabida las dos lenguas, dedicó sus páginas a un grupo de narradores vascos donde se recogían cuentos de dos autores veteranos, como Santiago Aizarna y Ángel García Ronda, seguidos de una interesante nómina de autores jóvenes por los que se apostaba. Por último, destaca la antología coordinada por Antonio Altarriba, Los que más cuentan. Antología selecta e inédita de escritores vascos (Vitoria, Papeles de Zabalanda, 1995), en donde el antólogo nos propone: “un compendio que no quiere preservar del tiempo sino abrir un espacio. No busca tanto dar testimonio como crear expectativa. Por eso los relatos que siguen son todos inéditos”. El uso de las antologías está mucho más extendido en poesía. En 1987, apareció Antología poética vasca. A los 50 años de Gernika (Madrid, VOSA). Interesante es también la antología que sobre poetas vascas, coordinada por Julia Otxoa, publicó la editorial madrileña Torremozas, de la que hay que subrayar su dedicación a la poesía hecha por mujeres, con el título Emakume olerkariak. Poetas vascas (Madrid, Torremozas, 1990). Pero una antología que va a pasar a la historia de la literatura es la publicada por la revista malagueña Litoral, con la edición de Patricio Hernández, Poesía vasca contemporánea (Málaga, 1995). En todas ellas se seleccionan poetas que escriben en las dos lenguas: euskera y castellano. Este mismo criterio es el que se mantiene en las traducciones que sobre poetas vascos se están realizando. Peculiar es el caso italiano y como resultado de esta salida al exterior es la antología a cargo de Emilio Coco, Antología della poesía basca contemporanea (Milano, Cocetti Editore, 1994). Un sistema literario para estar consolidado debe dar cabida a diferentes generaciones. Los narradores más veteranos son los nacidos en la década de los veinte, algunos de ellos ya fallecidos: Antonio Menchaca (1921-2002), Ramiro Pinilla (1923), Luis de Castresana (1924-1986) o José Mª Mendiola (1929-2003). Menchaca nos acercó literariamente el auge y la decadencia de la orilla derecha de la ría bilbaína. Ramiro Pinilla, ganador del Premio Nadal en 1960 con Las ciegas hormigas, ha mantenido su compromiso con la literatura, ya sea con la escritura, ya sea con su difusión. A este empeño se debe la iniciativa que junto a J. J. Rapha Bilbao pusieron en marcha con el nombre de Libropueblo, editorial que intentó acercar a los ciudadanos los libros, por ejemplo, vendiéndolos en la calle y dignamente editados. Aquí publicó su novela Verdes valles, colinas rojas un caso singular que es el de Santiago Aizarna, colaborador habitual de la prensa escrita, que mantiene la mayoría de su obra inédita, ya que su empeño es con la escritura, no con la publicación. Aún así, en 1986, La Primitiva Casa Baroja publicó El ojo insomne. En 1987, un año posterior a su fallecimiento, apareció una novela de Luis de Castresana, El sembrador. En una nota escrita en 1986, Castresana nos cuenta la historia de esta novela: “Escribí esta novela en Ámsterdam en 1955, fue prohibida en España y publicada en Londres en 1961[…] La he reescrito, con algunos retoques actualizadores, y hoy la ofrezco por fin al lector español en su versión última y definitiva”. En una generación posterior hay que situar a Raúl Guerra Garrido, Jorge González Aranguren, Ángel García Ronda, Luciano Rincón, Anthon Obeso, Rafael Castellano o J. J. Rapha Bilbao; estos dos últimos nacidos ya en la década de los cuarenta, como Manuel Blanco Chivite o Fernando Savater. Guerra Garrido ha sido el novelista que más ha luchado por la profesionalización del escritor, contribuyendo a través de la Asociación Colegial de Escritores a mejorar los derechos de los escritores. En 1987, publicó La mar es mala mujer, para la mayoría de los críticos la novela más completa de Guerra Garrido. Fue llevada al cine con el título “Terranova”. En 1990, en la colección Austral de la editorial Espasa Calpe, se volvió a editar con un estudio introductorio de Juan Cruz Mendizábal. Nos narra Raúl la lucha de Antxón contra el paso del tiempo, es significativo que la novela arranque con la edad del protagonista, a través de sus amores; Ainara y la mar. Pero su triunfo, que es lo que nos narra el autor, sólo le da un respiro para prepararse ante un nuevo combate. Esta novela se sitúa en la épica del mar, que ya habían tratado dos novelistas vascos como Pío Baroja e Ignacio Aldecoa. Una temática que no ha abandonado Guerra Garrido es la de la violencia terrorista, así en La carta le da palabras al miedo de la opresión. Otro tipo de violencia, más patológica, es la que narra en Tantos inocentes. Uno de sus últimos libros es El otoño siempre hiere, donde más reflexiona Raúl sobre la escritura, con ciertos datos autobiográficos, pero sabiendo que es recomendable: “desconfiar de la novela y mucho más no conceder crédito a la poesía: el poeta no dudará nunca en transmutar los álamos en robles si su intención es rimar el paisaje fluvial con sus nobles intenciones. Entre los autores nacidos en la década de los cincuenta destacamos a: Antonio Altarriba, Miguel González San Martín, Seve Calleja, Luisa Etxenike, Iñaki Ezkerra, Álvaro Bermejo o Fernando Aramburu. Álvaro Bermejo cuenta ya con una amplia obra, en la que apuesta por la temática histórica, que le ha valido numerosos premios, el último de ellos el XXXIII Premio Ateneo de Sevilla con La piedra imán, aunque se sale de nuestra época de estudio. Quizás constituye el premio que lo dé a conocer fuera de Euskadi definitivamente. Su estilo se caracteriza por un cierto barroquismo y por una riqueza lingüística deslumbrante. Fernando Aramburu con su novela Fuegos con limón (1996), consiguió un reconocimiento crítico y aunque parecía que salía de la nada contaba ya con obras publicadas en poesía y narrativa. Aramburu nos introduce en La Placa, el nombre de un grupo literario trasunto de CLOC, grupo del que fueron progenitores Aramburu y Álvaro Bermejo. Pero, además de la crónica de una generación de escritores noveles, nos encontramos en la novela con una crítica al sistema literario español. Cabe reconocer en ella muchos detalles calcados de las peripecias reales del grupo CLOC, no poco de su humor alborotador y bastante del clima sombrío de la sociedad en la que surgió, pero todo fue reinventado para convenir a los trazos de un mundo significativo, cuyo sentido no tenía por qué ser el que pretendieron las acciones del grupo, así que decidí emprender la tarea de componerla, pensando encararla como otra investigación literaria más”. Un ejercicio interesante es leer la historia de estos jóvenes aspirantes a escritores a dos bandas, la literaria y la académica. Y no extraña que las obras de Álvaro Bermejo y Fernando Aramburu sean de las más interesantes actualmente, porque ya en el momento de la ruptura del grupo se sabían escritores. González San Martín y Luisa Etxenike son dos novelistas que han formado parte del catálogo que ofrece la editorial Bassarai, de Vitoria. Otros narradores vascos por los que apuesta la editorial, dirigida por Kepa Murua son: Enrique Gutiérrez Ordorika, José Isasi Urdangarin, Amado Gómez Ugarte y Pedro Ugarte. Editorial que poco a poco se va convirtiendo en un referente del mundo editorial vasco. Pedro Ugarte es uno de los escritores vasco que han roto las fronteras vascas, favorecido por ser finalista del prestigioso Premio Herralde de Novela, en 1996, con su libro Los cuerpos de las nadadoras, construido con pequeños capítulos, que podrían leerse autónomamente, aunque leídos en conjunto nos dan una novela interesante. Un novelista, que con una sola novela ha recibido varios premios –IX Premio de Narrativa Torrente Ballester y Premio de Novela Ciudad de la Laguna– y unas críticas muy favorables es Fernando Palazuelos con La trastienda azul. Novela que en principio parece que nos está contando dos historias paralelas, y sólo al final comprobamos que las dos narraciones nos conducen al mismo nombre: Julián Tanguy. Al acierto de su estructura debemos unir la espléndida reconstrucción del París de finales del siglo XIX. Entre los autores más jóvenes, Javier Salinas con su primera novela, Las maravillas de mi vida (2000), ha despertado el interés de la crítica. Con una estructura aparentemente caótica nos va conduciendo a un final bien cerrado por el narrador. Pero la que ha roto las fronteras y se ha convertido en un referente de los jóvenes escritores es Espido Freire que con apenas 25 años consiguió el premio más comercial de todos los que se convocan en España, el Premio Planeta en 1999, con Melocotones helados. Espido apuesta por la literatura con componentes fantásticos. Uno de los fenómenos que más destaca en la literatura actual, es el auge de las novelas históricas; entre sus cultivadores está Toti Martínez de Lezea, que sigue el camino que ya había emprendido Mila Beldarrain. Las obras que últimamente han conseguido un mayor éxito pertenecen a este género. Otro de los géneros que cuentan con un gran número de lectores es la novela negra, entre los narradores vascos que se han dedicado a ella hay que citar a Blanco Chivite, Fernández Urbina o José Javier Abasolo. Entrando en el campo de la poesía, los poetas más veteranos atraen la atención de generaciones más jóvenes. A la poesía de Javier de Bengoechea la revista Cuadernos Hispanoamericanos dedicó un número, el 437, en el año 1986; en el que ofreció una selección de sus poemas bajo el título de Poemas a cuenta. También Vidal de Nicolás, cuya obra ha sido recogida en diferentes antologías, ha publicado un libro de carácter autobiográfico con el título Vidal de Nicolás. Escritos, poemas y vivencias (2001), edición que ha llevado a cabo José Bilbao, que aunque se sale de nuestro período sirve de reconocimiento a su compromiso con la poesía y con su tierra. El grupo de poetas, que se reunió en torno a la revista Kantil (SanSebastián) –algún día habrá que hacer un estudio sobre ella–, estaba formado entre otros por Carlos Aurtenetxe, Jorge González Aranguren o Ángel García Ronda. La obra de Carlos Aurtenetxe fue recogida con el título de Palabra perdida en el año 1990 en la colección “Poesía vasca, hoy”, editada por la Universidad del País Vasco y cuyo objetivo es editar la obra de diferentes poetas, a través de una edición crítica. El número 1 estaba dedicado a la poesía de otro miembro de Kantil, Jorge González Aranguren, a la que ha calificado su compañero Aurtenetxe como: “de alta escuela, musical y formalmente hablando, y su aliento de vivísima sensibilidad. Su refinado dominio del verbo le permite expresar esa complejidad que él sabe contemplar con agudeza en un tono íntimo y dulcemente escéptico. Él sabe como nadie de las pequeñas agridulzuras cotidianas, de las bellas derrotas de las horas”, extensión y precio tiene una salida difícil al mercado. Otros autores que forman parte de la colección son el donostiarra Fernando Aramburu y el bilbaíno Iñaki Ezkerra. Pero volviendo a Carlos Aurtenetxe, esta edición de todos sus poemas nos da a conocer un poeta con una obra extensa, pero bastante desconocida y sobre él escribe Fernando Aramburu en su prólogo: “Persona de trato afable y de temperamento pacífico, casi humilde”; en cambio, su poesía es “agresiva de raíz, y en ella, salvo contada excepciones, la intensidad del aguijonazo sesobrepone por lo general a la belleza filológica de la ejecución”. Una mención especial merece Pablo González de Langarika, en primer lugar, por su labor poética y, en segundo lugar, por la labor que viene realizando como director de la revista de poesía Zurgai, de la que fue fundador en 1981. Revista que ha dedicado diversos números a poetas vascos, convirtiéndose en un referente de la poesía vasca actual. Entre los poetas recogidos en las páginas de Zurgai está Jon Juaristi que por el hecho de empezar a publicar tarde, siguiendo los pasos de su paisano Unamuno, se le ha situado en una generación más joven de poetas, que fuera de polémicas son conocidos como poetas de la experiencia , aunque a la poesía de Juaristi habría que unir el tono gris de Vinogrado, un Bilbao ficticio con heridas muy reales; y el sonido de la lluvia de su ciudad natal, que aunque mantenga una relación amor-odio con ella, en la distancia siempre escuchará su voz. Otros de los rasgos de la poesía de Juaristi, es la narratividad ; en esta misma línea se encuentra Pedro Ugarte que ha acabado por renunciar a la poesía porque “me da la sensación que cada vez estoy más alejado de ella. Los poemas, cada vez más narrativos , se acercan a glosas de cuentos o esquinas narrativas. Al final, eso va llegar a un agotamiento”. Por último hay que destacar que es una poesía, la de Jon Juaristi, con un fuerte tono civil, componente que encontramos en los poemas de Julia Otxoa, sobre todo, en su poemario La nieve en los manzanos (2000). Uno de los aspectos que más destaca en la poesía de Jon Juaristi es el empleo de la métrica tradicional , entre los que destaca el soneto . En las palabras liminares a su último poemario Prosas (en verso) (Madrid, Hiperión, 2002), “Menosprecio de aldea”, pone de relieve este hecho: “Tanto esfuerzo pusiste en que no te confundieran con un poeta vasco y acabas convertido en un sonetista bilbaíno más de la interminable saga que ha producido la dulce Vinagrado (Iturriberri, Unamuno, Basterra, Otero, Bengoechea, Aresti, Irigoyen, Fernández de la Sota)”. José Fernández de la Sota dedicó un libro a esta estrofa, aunque con el título de Esto no es un soneto (1996). Interesante es el poema “Los porqués de un soneto”, porque, en el fondo, en él está la esencia de todo poema. Metro del que fue un gran cultivador Blas de Otero y a este poeta esta dedicado uno de los poemas que componen Todos los santos (1997), con el que obtuvo Fernández de la Sota el I Premio Internacional de Poesía Antonio Machado y el Premio Euskadi de Literatura en 1998. La métrica también la encontramos en los poemas de la bilbaína Marifeli Maizkurrena. Si actualmente las voces femeninas son frecuentes, en la primera parte del siglo XX, eran excepciones. Por eso, aunque sus obras aparecieron a lo largo del siglo pasado, hay que referirse a la publicación de las obras completas de dos poetas vascas tan significativas como Ernestina de Champourcin, representante de la generación del 27 y conocedora del exilio tras la guerra civil y Ángela Figuera, encuadrada en la poesía social junto a Blas de Otero y Gabriel Celaya. Con el título Poesía a través del tiempo (Barcelona, Anthropos, 1991), el catedrático donostiarra José Ángel Ascunce recoge la mayoría de los poemas de Ernestina de Champourcin, acompañado por un prólogo interesante donde nos ofrece un estudio sobre los mismos. La edición de las Obras completas de Ángela Figuera, a cargo de Roberta Quance, se publicó en 1986, en una de las editoriales más prestigiosa en poesía, Hiperión. Entre los más jóvenes, destaca el poemario de Javier Alcibar, El baile de los cojos (1999). Desde muy joven ha optado por este género y según ha confesado: “No podría escribir otra cosa que poesía y no sé muy bien la razón. Los recursos expresivos que me ofrece son totalmente válidos para mí. En mi opinión, la poesía es el género literario más cercano al acto creador, el que más directamente recoge el sentimiento que lo ha inspirado”. Nada más apropiado que recoger las palabras de Pedro Ugarte que abren este poemario, ya que fue el lector de una primera versión, para conocer lo que podemos encontrar en él: “El baile de los cojos propone un diálogo constante con la muerte y con ese período transitorio de conciencia que denominamos vida”. Pero en esta poesía también cuentan “los puntos, las comas, o la ausencia premeditada de cualquiera de esos signo, de cualquier trazo o palabra, representa un consciente y meditado rasgo expresivo”.Javier Alcibar atina con la elección del poema que cierra el libro, “No me busquen aquí”. La poesía contemporánea ha tenido que luchar contra la idea de que la poesía es la expresión directa de los sentimientos del poeta y reivindicar su oficio. José Carlos Mainer en el curso “Cartografía del ensayo español: de Clarín a 1936”, que impartió en la UIMP, en agosto de 2001, expresó su convicción de que el ensayo se crea, actualmente, en la prensa. Ésta ofrece un espacio apropiado para expresar las ideas –recordemos que ensayo, en la segunda acepción del Diccionario de la RAE aparece definido como “escrito, generalmente breve, constituido por pensamientos del autor sobre un tema…”– y, sobre todo, la inmediatez. Hecho este último que favorece una respuesta rápida, facilitando el intercambio de las ideas; en definitiva, la naturaleza del ensayo es la de entablar el debate. Una gran parte de los escritores vascos escriben asiduamente en periódicos. A los tradicionales periódicos del Grupo Correo hay que unir dos grandes empresas que han apostado por una edición vasca como son El País y El Mundo , que han incorporado entre sus firmas a diferentes escritores. Pero, volviendo al libro, se ha impuesto un tipo de ensayo que está emparentado con lo novelesco y cuyo mayor cultivador es Jon Juaristi. En el prólogo a Vestigios de Babel (Madrid, Siglo XXI, 1992), confiesa: “Pero lo cierto es que no he intentado escribir un texto científico ni erudito. Es más, sospecho que estos vestigios babélicos se hallan más próximos a la Novela que a la Historia”. Aunque había publicado varios ensayos anteriormente como El linaje de Aitor (Madrid, Taurus, 1987) o El chimbo expiatorio (Bilbao, Ediciones El Tilo, 1994), será con El bucle melancólico –Premio Espasa Hoy, 1997–, cuando va a llegar a un número mayor de lectores. La mayoría de los ensayos de Juaristi nacen de una necesidad de cuestionarse las nacionalidades colectivas. Las reflexiones sobre el tema comenzaron a hacerse presente en las numerosas horas de conversación que mantuvo con Gabriel del Moral Zabala, al que siempre considerará su maestro. Muchos de los ensayistas vascos siguen esta línea. El tema que predomina es la historia del País Vasco y, en concreto, el terrorismo . Este interés por conocer el origen de la violencia que vive el País Vasco y sus consecuencias, que padecemos todos, se explica también porque ésta es la negación de la palabra y sin palabras no hay literatura; y la literatura, en definitiva, es una fiesta de la palabra. La reflexión sobre esta dicotomía palabra/violencia la realizan atinadamente Inmaculada Jáuregui y Pablo Méndez en su artículo “Violencia y cultura”, publicado en la revista Cuadernos de Alzate (nº 22, 2000; pp. 111-130) No faltan los ensayos académicos, centrados en autores de la primera mitad del siglo XX, sobre todo en Pío Baroja –Jesús María Lasagabaster, Pío Baroja (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1989); Mª Jesús Korkostegi, Pío Baroja y la gramática (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1993)–; o Miguel de Unamuno –Mª de la Mercedes Landa, Unamuno y el País Vasco (Bilbao, Universidad de Deusto, 1990); Elena Aparicio, La novela intrahistórica: presencia de Lev Tolstoi en “Paz en la guerra” de Miguel de Unamuno (Leioa, Universidad del País Vasco, 1995). Destacan también los estudios sobre poetas como Juan de Larrea –Juan Manuel Díaz de Guereñu, La poesía de Juan de Larrea: creación y sentido. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1988–, Gabriel Celaya –José Ángel Ascunce, Gabriel Celaya: contexto, ética y estética. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1994– o Ángela Figuera –José Ramón Zabala, Ángela Figuera, una poesía en la encrucijada. San Sebastián, Universidad de Deusto, 1994. Iñaki Beti se ha acercado a dos novelistas vascos de gran importancia en la segunda mitad del siglo XX como Martín Santos y Ramiro Pinilla: Luis Martín Santos (San Sebastián, Universidad de Deusto, 1991) y La narrativa de Ramiro Pinilla: aproximación semiológica (Bilbao, Universidad de Deusto, 1989). Mariano Ángel Marrodán se ha ocupado de un escritor polifacético como es Elías Amézaga en Elías Amézaga. Escritor del pueblo vasco (Madrid, Ediciones Beramar, 1990). Juan José Lanz en La luz inextinguible. Ensayos sobre literatura vasca actual (Madrid, Siglo XXI, 1993) nos ofrece un acercamiento a autores más contemporáneos. El autor actual que ha merecido una mayor atención ha sido Raúl Guerra Garrido. Entre los ensayos que se han ocupado de su obra hay que destacar, en primer lugar, el de Ángel Ortiz Alfau, fallecido recientemente, que de una forma un tanto heterodoxa, pero muy interesante, nos acerca al autor y a su obra en Raúl Guerra Garrido (San Sebastián, La Primitiva Casa Baroja, 1989). La óptica más académica la da Juan Cruz Mendizábal en Lo cotidiano y la situación límite: la narrativa de Raúl Guerra Garrido (Madrid, Júcar, 1993). Por último, me gustaría referirme al ensayo de Ángel García Ronda, amigo de Raúl y gran lector de su obra desde sus inicios, Breve parte de guerra (Madrid, Huerga & Fierro, 1998), donde “en este ejercicio antiacadémico que me he propuesto, me niego a plantear esquemas clasificatorios, de modo que la cosa irá saliendo a lo largo de las líneas, si quiere salir, y veremos cuáles son los platos que más le gustan a nuestro escritor y qué condimentos usa con más frecuencia. Este paseo nos lo irá diciendo en las próximas páginas, y si no, espero que al menos habremos obtenido una idea del escritor y de lo que ha querido decirnos a lo largo de ya treinta años y de docena y media de ilusiones que son sus libros –por el momento–” (pág. 15). Ángel García nos ofrece un tipo de ensayo poco practicado en España. Sus reflexiones nacen de un conocimiento extraordinario, pero también de las vivencias compartidas con Guerra Garrido. Desde fuera, al acercarme a la literatura vasca, lo primero que me llamó la atención fue la falta de puentes que unieran a escritores euskaldunes y los que escriben en español. Arantza Urretabizkaia se quejaba de que ella podía leer a los escritores que escriben en español, pero que la mayoría de éstos no podían leer a los euskaldunes. Durante estos años, se han publicado diversos estudios que están acercando la literatura euskérica a los que lo desconocemos. A esta labor ha dirigido algunos de sus esfuerzos investigadores Jon Kortazar. A él, se debe Literatura vasca. Siglo XX (San Sebastián, Etor, 1990), o su estudio de poesía vasca contemporánea, La pluma y la tierra (Zaragoza, Prames, 1999). Un libro en el que colabora también Jon Kortazar es Los escritores. Hitos de la literatura clásica euskérica (Vitoria, Fundación Sancho el Sabio, 1996). Una historia de la literatura en euskera a través de los diferentes escritores que en cada época han sido más representativos. Por último, la historia más completa hasta ahora publicada es Historia de la literatura vasca, coordinada por Patri Urkizu y editada por la UNED en el año 2000. Anteriormente, Jon Juaristi editó una historia de la Literatura vasca (Madrid, Taurus, 1987). Todos estos estudios nos ayudan a situar en un contexto más acertado a los escritores que han sido traducidos como Anjel Lertxundi, Ramón Saizarbitoria, Arantza Urretabizkaia, Bernardo Atxaga, Felipe Juaristi, Pako Aristi o Mari Irigoien, entre otros. Pero, sobre todo, a unir dos realidades: el español y el euskera, porque hay muchos escritores que están a gusto con los dos idiomas, aunque a la hora de la escritura opten por uno en particular. En el capítulo 49 de Fuegos con limón, Fernando Aramburu, en un espléndido ejercicio de ironía hace una crítica al sistema literario. En cuanto al teatro , el Alcalaíno en su conferencia-humor dice: “Pos como decía y por acabar, yo pienso de que el teatro está chupao, colegas. Yo aunque me esté chungo, porque yo paso de chulear, bueno pos yo me levanto si quiero un drama o una comedia a la semana, por mi madre”. Si existe esa facilidad en su escritura, no existe en su publicación. Hay que destacar la trayectoria de José María Bellido, José Martín Elizondo o Elías Amézaga. Una obra prolífica es la del dramaturgo donostiarra Rafael Mendizábal. Entre sus obras podemos destacar, La abuela echa humo (O. M. Teatro, 1991), Feliz cumpleaños, señor ministro (Editorial J. García Verdugo, 1993) o Gente guapa, gente importante (La Avispa Editorial, 2000). Ignacio Amestoy es otro de los autores que ha publicado y estrenado sus obras. Dos de ellas sirvieron para el lanzamiento definitivo de dos grupos vascos: con Doña Elvira, imagínate Euskadi (1985) el grupo Geroa consiguió su consolidación. Era la primera vez que un grupo teatral se ponía frente al asunto de la lucha armada de una manera directa; por otra parte, la obra Todos tenemos la misma historia, lanzó al grupo Teatro Gasteiz fuera de las fronteras del País Vasco. Este grupo montó también Pasionaria, ¡No pasarán! (Madrid, Fundamentos, 1994) en 1993. Otras obras de Ignacio Amestoy son: Durango, un sueño, 1493 (1989); Betizu, el toro rojo (1990), Gernika, un grito, 1937 (1994), publicadas ambas por la editorial Fundamentos en 1996. Otro dramaturgo interesante es David Barbero, que ha recibido diferentes premios, entre los más importantes destacan el Calderón de la Barca, que convoca el Ministerio de Cultura, en 1991 por La vida imposible de Marilyn (Diputación Provincial de Burgos, 1998); el Francisco Avellaneda, del Gobierno Vasco, en 1990 por Un hombre muy enamorado (Bilbao, Laida, 1991) o el Ciudad de Palencia por Gambito de dama, editado por Hiru (Hondarribia), en 1999. El novelista Álvaro Bermejo ha probado fortuna con el teatro con E lucevan, le Stelle (Bilbao, Laga, 1993). La editorial de Hondarrribia, a través de su colección Skene, ha editado al joven autor Xabi Puerta, La piel prestada o Perros de la lluvia (1998) o la obra colectiva de El Taller Literario La Galleta del Norte, Surtido y crujir de comedietas (2000). Las características de estas comedietas , según Josu Montero, autor del prólogo, son: el humor absurdo y en ocasiones descabellado, la crítica feroz e irreverente de la vida cotidiana y la poesía. Algunas de las obras creadas por la Galleta interesaron a la compañía Karraka, que las puso en escena con gran éxito. A este colectivo pertenece, desde su inicio en 1983, Josu Montero, que obtuvo el Premio del Concejo de Santurtzi con la obra Pedazos de Sara (Ayuntamiento de Santurtzi, 1989). Pero lo cierto es que es un género que no cuenta con el apoyo de las editoriales ni de los lectores. Quizás a muchos les haya podido parecer este artículo demasiado árido por el exceso de datos. Pero con la experiencia de la desolación que produce no tener nada sobre lo que ir construyendo una visión completa de la literatura vasca escrita en español, he querido dejar constancia de su existencia y creo que de estos nombres deben nacer estudios más profundos ya que, como escribe Wayne C. Booth en su libro Retórica de la ironía: “Toda investigación es, en el mejor de los casos, un intento, una aproximación, algo que puede servir de estímulo para entablar un nuevo diálogo, y no un conjunto de afirmaciones de lo que es la verdad”. Las puertas están abiertas . -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
