Arte Vasco (V)
. El
impresionismo y el postimpresionismo
En pintura, la modernidad estaba
dando sus frutos a fines del decenio 1860-1870 y principios de 1880, pero antes
de que éstos afloraran se vivió un intenso momento posromántico de bella
factura en los premios de la Exposición Bilbaína de 1882, con obras de Anselmo
Guinea y Mamerto Seguí. La puesta al día llegó de la mano de la Europa moderna,
con focos de irradiación en París y Bruselas, cuyo principal receptor y difusor
fue Adolfo Guiard (En la terraza y El cho, ambas de 1886). El conjunto de
seis exposiciones organizadas entre 1900 y 1910 permitió que, junto al
anterior, algunas obras de Pablo Uranga, Francisco Iturrino, Aurelio Arteta,
Juan Echevarría o Valentín Zubiaurre pudieran ser contempladas a la par que
lienzos de Paul Gaugin, Pablo Picasso, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Darío de
Regoyos…
El impresionismo fue un movimiento
pictórico iniciado en Francia durante el último tercio del siglo XIX como
reacción frente al academicismo[1], y
cuya influencia se extendió por buena parte de Europa y América, hasta bien
entrado el siglo XX. Propone unos nuevos valores pictóricos y formales,
consistentes principalmente en la revalorización de la luz y del color respecto
al trazado del dibujo[2],
como medios más adecuados para expresar las impresiones inmediatas y auténticas
suscitadas en el artista por la naturaleza que le rodea; de ahí la predilección
por el uso de la pincelada rápida y jugosa, y el abandono del claroscuro[3].
Este movimiento abrió el camino en Europa a toda la pintura moderna.
MONUMENTO A
ARRIAGA
La difícil gestación de esta obra
(1907-1933) se remonta a marzo de 1905, en que se tramita al Ayuntamiento una
moción para erigir un monumento al músico bilbaíno Juan Crisóstomo Arriaga (1806-1826) con
motivo del centenario de su nacimiento. La idea es aprobada y se organiza un
concurso de proyectos que gana Francisco Durrio, que el 13 de enero de 1907
suscribe un contrato con el Ayuntamiento,
aunque no terminará el monumento hasta muchos años después; el ejecutor
del mismo fue el escultor Valentín Dueñas, considerado como la mano derecha de
Durrio, y artista cuya obra se entiende sólo como una repetición de la de éste.
Finalmente inaugurado en agosto de 1933, el conjunto atiende a un simbolismo[4] en
el que la musa del arte, Melpómene, de una vitalidad expresiva genial, eleva su
queja al infinito por la muerte prematura del músico. En señal de protesta,
golpea su seno con la lira, representativa del árbol de la vida, y de las cuerdas
brota el llanto. El agua-llanto-música es acogido religiosamente por la máscara[5]
del basamento[6],
símbolo de la eternidad, que, con las sienes apoyadas en las manos que nacen
del muro en actitud de tranquila meditación, devuelva a su vez y con lágrimas,
su dolor. Los frisos situados en la parte baja de la base representan, con los
pájaros fijados en el pentagrama, la expresión viva del canto. Por último, el
agua del estanque viene a ser la imagen de la vida, de la que se escapa hacia
arriba el ser del músico. En el fondo, este monumento funerario viene a
representar un reposo en el silencio de la muerte. Desde otro punto de vista,
el Monumento a Juan Crisóstomo de Arriaga está situado en eel exterior del Museo de Bellas Artes de Bilbao, siendo
una de las obras más destacadas de Francisco Durrio. Consta de una escultura en
bronce dorado, dispuesta sobre basamenttoy pedestal de granito rosa, que
representa a Euterpe, musa de la música, en un gesto que simboliza el dolor por
la prematura muerte del célebre compositor bilbaíno.
El Impresionismo es un movimiento
pictórico que surge en Francia a finales del S. XIX en contra de las fórmulas
artísticas impuestas por la Academia Francesa de Bellas Artes, que fijaba los
modelos a seguir y patrocinaba las exposiciones oficiales en el Salón parisino.
El objetivo de los impresionistas
era conseguir una representación del mundo espontánea y directa.
El Impresionismo parte del
análisis de la realidad. Hasta ahora la pintura reproducía un escenario en el
que ocurría un acontecimiento que conformaba el mensaje para el espectador.
Ahora, se quiere que la obra reproduzca la percepción visual del autor en un
momento determinado, la luz y el color real que emana de la naturaleza en el
instante en el que el artista lo contempla. Se centrarán en los efectos que
produce la luz natural sobre los objetos y no en la representación exacta de
sus formas ya que la luz tiende a difuminar los contornos. Ven colores que
conforman cosas, y esto es lo que plasman, formas compuestas por colores que
varían en función de las condiciones atmosféricas y de la intensidad de la luz.
Todo esto hace que elaboren una serie de un mismo objeto en diferentes
circunstancias atmosféricas y temporales, no les importa el objeto, sino las
variaciones cromáticas que sufre éste a lo largo del día.
Los impresionistas eliminaron los
detalles minuciosos y tan sólo sugirieron las formas, empleando para ello los
colores primarios (azul, rojo y amarillo) y los complementarios (naranja, verde
y violeta). Consiguieron ofrecer una ilusión de la realidad aplicando
directamente sobre el lienzo pinceladas de color cortas y yuxtapuestas.
Aunque los hallazgos del impresionismo
francés resultaron decisivos para la pintura del S. XX, conceptos como los de
luz y color se encontraban ya en la pintura veneciana de mediados del S. XVI.
Efectos que también están presentes en obras realizadas por Hals, Velázquez y
Goya. Los antecedentes inmediatos los encontramos en los pintores como John
Constable, Turner, Corot y en la escuela de Barbizón, con su aportación de la
pintura al aire libre.
El término impresionistas les fue
impuesto de modo peyorativo por el crítico Louis Leroy al ver la obra de
Monet Impresión atardecer o Impresión sol naciente en
la exposición de 1874. Lo habitual era exponer en el Salón Oficial, pero los
nuevos artistas, conocidos como "Los Rechazados", tenían que buscar
lugares alternativos donde les permitieran exhibir sus obras.
Así, la primera exposición
impresionista tuvo lugar el 15 de Abril de 1874 en el Salón del fotógrafo
Nadar. Las figuras principales del movimiento fueron Eduard Manet, Degas,
Claude Monet, Auguste Renoir, Morisot, Pisarro y Sisley.
Ya
en suelo español, en pintura, Pancho Bringas introdujo la costumbre de ilustrar
con imágenes los carteles de toros, y representó escenas costumbristas tanto
del País Vasco como de diversos lugares de España. Mayor repercusión tuvo la
obra pictórica de Antonio Lecuona, quien obtuvo un considerable éxito en las
exposiciones nacionales de Madrid. Concretamente, Antonio María Lecuona Echániz
(Tolosa, 1831-Ondárroa, 1907) se inició en la pintura con Cosme Duñabeitia. En
1847 se trasladó a Madrid, asistiendo a las clases de la Academia de Bellas
Artes de San Fernando. En 1850 consiguió una plaza de dibujante científico.
Obtuvo diversos premios en las exposiciones nacionales de Bellas Artes. Abrió
taller en Madrid en 1856. Permaneció en la capital hasta 1872 en que se
trasladó a Bilbao, donde abrió un taller en la calle de La Cruz. Allí impartió
clases entre otros a futuras figuras como Adolfo Guiard, Manuel Losada y Paco
Durrio. Fue nombrado pintor de cámara del pretendiente al trono Carlos VII. Famoso fue un cuadro suyo
titulado Juramento de don Carlos de
Borbón bajo el árbol de Gernika como señor de Vizcaya el tres de julio de 1875.
Al año siguiente de su realización, y al entrar en la villa foral las tropas
cristinas, éstas quemaron el lienzo. Otros cuadros suyos son Etcheco Jauna, San Ignacio herido en la heróica defensa de Pamplona, Retrato
de Iparraguirre, etc.
En
otro sentido, refiriéndonos a Paul Cézanne (1839-1906) y a su influencia posterior, es obligatorio precisar que el
primer Salón de Otoño de 1904 le dedicó una sala de forma exclusiva, en lo que sería un
acontecimiento fundamental para el devenir de las primeras vanguardias[7]
y una especie de reconocimiento casi póstumo, pues el artista moriría apenas
dos años después. Dicha exposición confirmó a Cézanne como el padre de cubistas
y fauvistas, y ejerció un gran impacto sobre artistas como Picasso, Braque o Derain. La tendencia
constructivista de Cézanne fue la semilla que germinó en el movimiento cubista,
además de ser pionero en su concepción del color, que trató como elemento
pictórico independientemente de la forma. Compaginó así el estilo directo y
vivaz del impresionismo con la precisión en la composición, el ritmo y la cadencia
en un intento de «solidificar el impresionismo», como él mismo declaró.
Consagrado definitivamente en la retrospectiva que se le dedicó un año después
de su muerte, Cézanne es considerado una de las figuras más influyentes del
arte del siglo XX.
1.15. El
cambio de siglo del XIX al XX
El último cuarto del siglo XIX fue
el período en el que se gestó y consolidó en el País Vasco una base económica,
política y social, que dio lugar a una intensa actividad constructora,
edificatoria y urbanística que no estuvo exenta de una dispersión de estilos,
traducida en una grandilocuente arquitectura. Así, en Donostia-San Sebastián
ofrecen un interés subrayable, entre otros, los trabajos de Luis Aladrén en
colaboración con Adolfo Morales de los Ríos con el Gran Casino (1882-1887),
actual Ayuntamiento; de Francisco Urcola, con el teatro Victoria Eugenia
(1909); y el palacio de Miramar, obra del inglés Seldom Wornum (1881-1893). Los
representantes del modernismo donostiarra fueron R. Cortázar y Luis Elizalde.
Dentro del dinamismo industrial, financiero y empresarial de Bilbao destacan
por su eclecticismo monumental, las dos realizaciones principales del
arquitecto Joaquín Rucoba: el teatro Arriaga (1890) y el Ayuntamiento (1892).
Luis Aladrén fue también el responsable del palacio de la Diputación (Bilbao, 1897-1900); y
Francisco de Cubas desplegó su fantasía bávara sobre el castillo de Butron
(Gatika, Bizcaia, 1888) y los conocimientos románicos sobre la Universidad de
Deusto (1886). Sobre Luis Aladrén anotaremos que fue un arquitecto español nacido en Zaragoza.
Titulado en 1881, realizó casi toda su obra en San Sebastián y Bilbao. En ésta
última realizó importantes edificios que iniciaron el desarrollo de ésta
ciudad. Entre sus edificios destacan, la Joyería Aladrén en Zaragoza (1885), el
Antiguo Gran Casino de San Sebastián (actualmente Ayuntamiento, 1887), el
interior de la Diputación Foral Guipuzcoana (1887), que había sido destruida
unos pocos años antes por un incendio y la Casa Urbieta (1890), todos ellos
junto a Adolfo Morales; la Villa Almudena en Miraconcha (1894), el Convento de
las Siervas de María (1886), la Casa Montero en la alameda de Rekalde y el
Palacio de la Diputación Foral en Bilbao (1900), obra de estructura neoclásica
y profusa decoración neoplateresca en las que se ven signos inequívocos de
modernismo. En los últimos años de su vida fue vencido por la enfermedad y tuvo
que dejar sus obras en manos de otros arquitectos que las finalizaron.
Encuadrados
en la denominada segunda generación, a pesar de que la cronología[8] de
sus obras se extiende a lo largo de una etapa que concluye en 1918, se
encuentran algunos arquitectos con trayectorias profesionales largas y
prolíficas. Entre ellos figuran Ricardo Bastida, con unos interesantes
comienzos modernistas que cristalizaron en el cine Olimpia (1906) y la Alhóndiga Central de Vinos (1909), ambos en Bilbao; Alberto de
Palacio (puente colgante-transbordador de Portugalete, 1894); Pablo Alzola
(marquesina de la Estación del Norte de Donostia-San Sebastián)…
En
escultura, destacan los talleres imagineros[9]
bilbaínos de Serafín Basterra y de Vicente Larrea, creadores de sendas sagas
familiares. Tras su viaje a París en 1898, Higinio Basterra introdujo en Bilbao
la influencia de Rodin[10],
manifestada en sus torsos. Sin embargo, la figura clave de este fin de siglo es
el ceramista, orfebre y escultor Francisco Durrio, formado entre Bilbao y
París. Sus obras más importantes son el panteón[11]
de la familia Etxevarrieta en el cementerio de Getxo (Bizkaia, 1903-1923) y el
monumento a Arriaga, en Bilbao. En el terreno estético, el romanticismo afirmó
la autonomía de la fantasía frente al intelecto.
Así,
pues, en pintura y escultura, el romanticismo tuvo sus orígenes en la primera
mitad del s. XIX, y representó una reacción contra la rigidez académica y la
afirmación de una libertad y eclecticismo absolutos. Se abandonaron los modelos
de la antigüedad clásica a favor de los ideales medievales y orientalizantes,
así como de una exaltación de la naturaleza. En pintura fueron ejemplos
representativos Théodore Rousseau, Géricault y Delacroix en Francia; Blake y
Turner en Gran Bretaña; los nazarenos alemanes y, en España, Madrazo, Esquivel,
Villaamil y los nazarenos catalan
Por otro lado, Francisco Durrio
Madrón fue un escultor español, nacido en Valladolid (para otros en Bilbao) en
1868 (también se especula con otras fechas: 1867, 1875, 1876...) y muerto en
París en 1940. Aunque sobre la vida de este artista no hay demasiados datos, se
sabe que en el año 1881 figura en la lista de alumnos de la Escuela de Artes y
Oficios de Bilbao. Siete años más tarde marcha a París, donde se establece
definitivamente, y allí se convierte en una de las personalidades relevantes de
la bohemia, no sólo por sus propias obras, sino como mecenas de otros artistas
principiantes. Mantuvo una sólida amistad con artistas de la talla de Gauguin,
Picasso, Zuloaga, Mogrovejo, etc. Fue un
hombre multidisplinar en su trabajo, fue escultor, ceramista y orfebre;
Participó en numerosas exposiciones tanto en París como en Bilbao, ciudad donde
pasó temporadas esporádicas. Finalmente murió pobre y solo en París. Fue un gran artista, en nuestros días injustamente olvidado, que realizó
una importante obra marcada por el signo de la renovación y el vanguardismo,
fundamentalmente a partir del modernismo. Gran parte de sus obras se hallan en
el Museo de Arte Moderno de Bilbao y otras en el Centro de Arte Reina Sofía de
Madrid, también en el Museo del Palacio de Tokio de París. Sus investigaciones
en el campo de la cerámica le llevaron a interesarse por las culturas más
primitivas, como se puede ver en la obra Cabeza; asimismo,
realizó jarrones, sortijas y hebillas en plata cincelada, de líneas curvas y
cerradas, totalmente modernistas, cuya influencia se dejó sentir más tarde en
Gargallo. Realizó también una talla en plata de San
Cosme y una Máscara de hombre,
en bronce. Cabe destacar el momumento a Arriaga, en Bilbao, una de sus escasas
obras monumentales, que no fue instalada en la ciudad hasta mucho más tarde
debido a las agrias críticas que suscitó su concepción -una musa desnuda
tocando la lira-, demasiado moderna para la época
En pintura, la
modernidad estaba dando sus frutos a fines del decenio 1860-1870 y principios
de 1880, pero antes de que éstos afloraran se vivió un intenso momento posromántico
de bella factura en los premios de la Exposición Bilbaína de 1882, con obras de
Anselmo Guinea y Mamerto Seguí. La puesta al día llegó de la mano de la Europa
moderna, con focos de irradiación en París y Bruselas, cuyo principal receptor
y difusor fue Adolfo Guiard (En la
terraza y El cho, ambas de 1886).
El conjunto de seis exposiciones organizadas entre 1900 y 1910 permitió que,
junto al anterior, algunas obras de Pablo Uranga, Francisco Iturrino, Aurelio
Arteta, Juan Echevarría o Valentín Zubiaurre pudieran ser contempladas a la par
que lienzos de Paul Gaugin, Pablo Picasso, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Darío
de Regoyos…
El
impresionismo fue un movimiento pictórico iniciado en Francia durante el último
tercio del siglo XIX como reacción frente al academicismo[12],
y cuya influencia se extendió por buena parte de Europa y América, hasta bien
entrado el siglo XX. Propone unos nuevos valores pictóricos y formales,
consistentes principalmente en la revalorización de la luz y del color respecto
al trazado del dibujo[13],
como medios más adecuados para expresar las impresiones inmediatas y auténticas
suscitadas en el artista por la naturaleza que le rodea; de ahí la predilección
por el uso de la pincelada rápida y jugosa, y el abandono del claroscuro[14]. Este
movimiento abrió el camino en Europa a toda la pintura moderna.
1.16. El eclecticismo en el País Vasco
1.16.1. Arquitectura ecléctica
En el ámbito
arquitectónico, la influencia del romanticismo, aunque tarde y de un modo
superficial también llegó a Euskal Herria. Los mejores ejemplos de esta nueva
sensibilidad los encontramos en las artes plásticas, aunque el historicismo[15]
en el campo de la arquitectura también obtuvo un gran éxito. Y es que el
territorio vasco en su conjunto y, especialmente, las provincias costeras,
conocieron durante este período un crecimiento espectacular de sus principales
ciudades, motivado no sólo por el impacto de la Revolución industrial[16],
que inició en ese momento su primera fase, sino también por otros factores
entre los que destacó el desarrollo del turismo. De ahí que ciudades como
Donostia, Baiona, Biarritz o Bilbao, derribaran sus murallas y comenzaran a
crecer demandando un arte que respondiese a sus nuevas necesidades. Por ello, a este período que se
extendió durante la segunda mitad del siglo XIX se le denomina eclecticismo ya
que, aunque la sensibilidad predominante fue la romántica[17],
durante el mismo fueron muchos los estilos que surgieron y se combinaron sin
que predominase ninguno en solitario. De hecho, en arquitectura, además del
historicismo, el modernismo también dejó su huella en Euskal Herria. Sin
embargo, lo más interesante es vislumbrar, cómo las nuevas formas y estilos que
revolucionaron el arte contemporáneo -la arquitectura del hierro, por ejemplo-
también comenzaron a llegar al territorio vasco. Aunque la
arquitectura de estilo ecléctico fue la principal protagonista de este período,
a finales del siglo XIX la burguesía europea apostó por un nuevo estilo que se
denomina modernismo. El modernismo promulgaba la superación del eclecticismo y
buscaba la inspiración en las formas vegetales y orgánicas. En Euskal Herria
este nuevo estilo más innovador sólo influyó superficialmente en las fachadas
de los edificios y, sobre todo, en el ámbito de las artes aplicadas. No
obstante, el modernismo aportó a la arquitectura de Euskal Herria una
utilización más sobria del lenguaje en lo decorativo y un hábil empleo de los
materiales. La utilización
de nuevos materiales como el hierro y el hormigón[18],
constituyó el preludio de una auténtica revolución en el ámbito arquitectónico;
de hecho, la utilización de estos nuevos materiales no sólo transformó y
condicionó el modo de construir, sino también la estética, permitiendo apostar
por la sobriedad y las líneas rectas en el diseño[19]
de las formas. Sin embargo, a pesar de que la industria vasca basó su
desarrollo económico en el apreciado metal, son escasas las construcciones que
se conservan de este período realizadas en hierro u otros materiales
innovadores. En cuanto tanto a los ejemplos
materiales como a los nombres de los arquitectos más representativos del
período, a partir de ahora es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la
abundancia de los mismos.
1.16.2.
Escultura
Desde mediados del siglo XIX, la suma de las revoluciones políticas,
económicas y científicas han traído que la vida, haya adquirido una vertiginosa
capacidad de transformación. Este nuevo factor ha influido en todas las facetas
de la sociedad y, por tanto, también en la cultura[20]
y, concretamente, en el arte. Por ello, la homogeneidad estilística de otros
períodos anteriores ha desaparecido, y han surgido numerosos, sucesivos y, en
muchas ocasiones, simultáneos movimientos artísticos que han intentado
responder a las necesidades de una sociedad en constante proceso de cambio. Por
consiguiente, los artistas han comprendido que podían y debían abandonar los
lenguajes utilizados hasta entonces y apostar por crear nuevas formas que
expresasen la singularidad de cada uno de ellos ya que, por fin, su capacidad
creativa había sido liberada. No
es fácil escribir una historia de la escultura en unos períodos históricos en
los cuales el término no existía. El concepto de escultura es relativamente
moderno, ya que hasta el Renacimiento no se habla en términos de escultura para
referirse a la actividad artística que trata del volumen de tres dimensiones en
el espacio. Las distintas técnicas utilizadas, como la talla[21] y
la fundición[22]
se consideraban actividades diferentes y costó mucho trabajo unirlas bajo el
concepto de escultura. Además,
muchas veces, los trabajos que consideramos escultóricos de períodos antiguos
responden más a conceptos bidimensionales que a tridimensionales y, por ello,
añaden una dificultad a los problemas conceptuales planteados anteriormente. Deberemos
de enfrentarnos a estos problemas y algunos más al analizar la producción
escultórica en el País Vasco, sobre todo ante los objetos realizados antes del
siglo XVI, momento en el que llega a nuestro país el concepto de escultura, e
incluso más tarde, ya que hasta el siglo XVIII no terminó de normalizarse el
concepto moderno de arte. El
desarrollo económico del País Vasco a partir de finales del siglo XIX trajo
consigo el sistema del arte moderno a nuestro país, sobre todo a Bilbao. Este
hecho supuso el comienzo de la pintura moderna y la conversión de la ciudad en
un centro importante de producción, con la particularidad de que la pintura
cobró un protagonismo especial.
1.16.3. Pintura y artes plásticas
En las artes plásticas también predominó el
eclecticismo[23],
y así, romanticismo[24],
historicismo y costumbrismo[25],
fueron los principales estilos que se cultivaron tanto en la pintura como en la
escultura. De todos modos, técnica y formalmente se continuó con el más
estricto de los clasicismos y el cambio de estilo sólo se aplicó temáticamente. La primera generación de pintores
vascos la constituyeron, entre otros, Francisco
Bringas, Antonio
María de Lecuona, Juan de
Barroeta y Eduardo
Zamacois; estos artistas fusionaron el romanticismo con el
costumbrismo, realizando una pintura de género que comenzó a tener cierto éxito
entre la burguesía vasca ya que abordaba temas tanto relacionados con el ámbito
rural vasco como con la propia burguesía. En
cambio, la siguiente generación, en la que destacaron José de
Echenagusia, Ignacio Díaz
Olano, Alejandro Irureta, Rogelio
Gordón e Ignacio
Ugarte, sí comenzó a dar señales de los cambios que se
avecinaban. Entre las principales novedades que aportaron, señalar la apuesta
que realizaron por el paisaje, con lo que ello suponía de avance en la libertad
creadora, y por la pintura de historia, en la que comenzaron a establecer
algunos de los modelos que posteriormente se desarrollaron con gran éxito. Sin embargo, los primeros signos de cambio
también los encontramos a finales del siglo XIX y, concretamente, en las dos
últimas décadas. Influidos por los estilos renovadores que se estaban
desarrollando principalmente en Francia -impresionismo, simbolismo,
postimpresionismo-, un grupo de pintores vascos decidió adaptar a sus estilos
algunos de los signos y elementos de modernidad que se estaban desarrollando en
Europa. Entre los pintores que decidieron apostar por combinar el clasicismo
que se desarrollaba en Euskal Herria[26]
con estos nuevos estilos, destacaron Anselmo
Guinea, Adolfo
Guiard y, sobre todo, Darío de
Regoyos; mientras que los dos primeros sólo tomaron algunos de
los recursos técnicos más característicos del impresionismo sin abandonar el
dibujo, Regoyos apostó por el impresionismo en su esencia. En cuanto a la
escultura, aunque las circunstancias fueron las mismas, los principales
artistas que trabajaron en Euskal Herria procedieron de otros territorios.
Entre los escultores de los que se conserva obra destacamos a Mariano
Benlliure. Nació en Valencia, en 1862. Perteneció a una familia humilde
que, con el tiempo, aportaría dos destacadas figuras al mundo del arte: los
pintores Juan Antonio y José Benlliure, sus hermanos mayores. Expuso su primera
obra a los nueve años. En su juventud se dedicó a la pintura de temática
taurina, pero un viaje a Roma, en 1879, determinó su vocación exclusiva de
escultor, después de conocer la obra de Miguel Ángel. Su estilo se caracteriza
por una cuidada ejecución dentro del realismo anecdótico. Sus obras recogen
hechos cotidianos y tipos de la calle. Realizó, además, numerosos monumentos
dedicados a relevantes personalidades como, por ejemplo, Alfonso XII o
Isabel la Católica. Murió en Madrid, en 1947. Entre su producción, destaca su Maqueta para el mausoleo de Julián Gayarre,
monumento que obtuvo en 1900 la Medalla de Honor de Escultura de la Exposición
Universal de París.
1.17.
Arte Contemporáneo
El
término arte contemporáneo ha sido utilizado para designar genéricamente el
arte y la arquitectura realizados durante el S. XX. El cuestionamiento de los
principios artísticos que se inició en las últimas décadas del S. XIX tuvo una
influencia decisiva en la formación del espíritu crítico propio del S XX. Esta
revolución estética no depende de los arbitrios de una generación de artistas,
ya que estos no hacen más que traducir las concepciones intelectuales y
sociales de un momento histórico. Por tanto, son los cambios filosóficos,
científicos y políticos los que exigen del arte una forma diferente de afrontar
la realidad.
A
finales del S. XIX y principios del S. XX Europa vivía en una situación
caracterizada por la inestabilidad social, la rivalidad económica y política
entre las distintas naciones, que desemboca en la Primera Guerra Mundial, y una
fecunda productividad en el ámbito científico e intelectual. En ello el arte se
vio afectado y empezaron a surgir múltiples corrientes que se denominaron
"ismos", eran las diferentes rupturas con los modelos de belleza
dominantes en la época. No todas las tendencias se suceden linealmente en el
tiempo, sino que muchas son coetáneas y tienen interrelaciones entre sí. Las
vanguardias no se pueden entender intentando establecer un orden cronológico,
hasta la II Guerra Mundial tienen lugar las primeras vanguardias artísticas o
vanguardias históricas, mientras que pasada la guerra aparecen las segundas
vanguardias y el postmodernismo.
1.17.1.
La Arquitectura del
hierro y los nuevos materiales
En el ámbito
arquitectónico, la influencia del romanticismo, aunque tarde y de un modo
superficial también llegó a Euskal Herria. Los mejores ejemplos de esta nueva
sensibilidad los encontramos en las artes plásticas, aunque el historicismo[27]
en el campo de la arquitectura también obtuvo un gran éxito. Y es que el
territorio vasco en su conjunto y, especialmente, las provincias costeras,
conocieron durante este período un crecimiento espectacular de sus principales
ciudades, motivado no sólo por el impacto de la Revolución industrial[28],
que inició en ese momento su primera fase, sino también por otros factores
entre los que destacó el desarrollo del turismo. De ahí que ciudades como
Donostia, Baiona, Biarritz o Bilbao, derribaran sus murallas y comenzaran a
crecer demandando un arte que respondiese a sus nuevas necesidades. Por ello, a este período que se
extendió durante la segunda mitad del siglo XIX se le denomina eclecticismo ya
que, aunque la sensibilidad predominante fue la romántica[29],
durante el mismo fueron muchos los estilos que surgieron y se combinaron sin
que predominase ninguno en solitario. De hecho, en arquitectura, además del
historicismo, el modernismo también dejó su huella en Euskal Herria. Sin embargo,
lo más interesante es vislumbrar, cómo las nuevas formas y estilos que
revolucionaron el arte contemporáneo -la arquitectura del hierro, por ejemplo-
también comenzaron a llegar al territorio vasco. En España, las estructuras de hierro se empezaron a
aplicar en primer lugar en las estaciones de ferrocarril. El hierro permitirá la aparición del rascacielos. Los
primeros se construyeron en Chicago, con carácter comercial, siendo su máximo
represenntante Sullivan. Las posibilidades arquitectónicas del hierro anuncian
el racionalismo, que será el estilo arquitectónico del siglo XX. Aunque
la arquitectura de estilo ecléctico fue la principal protagonista de este
período, a finales del siglo XIX la burguesía europea apostó por un nuevo
estilo que se denomina modernismo. El modernismo promulgaba la superación del
eclecticismo y buscaba la inspiración en las formas vegetales y orgánicas. En
Euskal Herria este nuevo estilo más innovador sólo influyó superficialmente en
las fachadas de los edificios y, sobre todo, en el ámbito de las artes
aplicadas. No obstante, el modernismo aportó a la arquitectura de Euskal Herria
una utilización más sobria del lenguaje en lo decorativo y un hábil empleo de
los materiales. La
utilización de nuevos materiales como el hierro y el hormigón[30],
constituyó el preludio de una auténtica revolución en el ámbito arquitectónico;
de hecho, la utilización de estos nuevos materiales no sólo transformó y
condicionó el modo de construir, sino también la estética, permitiendo apostar
por la sobriedad y las líneas rectas en el diseño[31]
de las formas. Sin embargo, a pesar de que la industria vasca basó su
desarrollo económico en el apreciado metal, son escasas las construcciones que
se conservan de este período realizadas en hierro u otros materiales
innovadores. Además, el
racionalismo fue un movimiento
arquitectónico tendente a la radical renovación de los procesos técnicos y de
las formas de la arquitectura considerada también en relación con sus fines
sociales. Desarrollado en Europa después de la Primera Guerra Mundial,
propugna, entre otras cosas, el empleo cada vez más extendido de los materiales
y de los procesos más modernos.
En cuanto tanto a los ejemplos
materiales como a los nombres de los arquitectos más representativos del
período, a partir de ahora es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la
abundancia de los mismos.
Se ha indicado más arriba como en el
conjunto de la arquitectura del XIX, la arquitectura del eclecticismo se
hace presente tanto en las grandes aglomeraciones como en las medianas y
pequeñas poblaciones, es decir que el eclecticismose dejó
sentir, en una medida u otra, en todos aquellos lugares que se vieron afectados
por los cambios y evoluciones que sufrió el país más o menos desde 1868, fin
del reinado de Isabel II, durante la llamada Restauración borbónica, y hasta
las dos primeras décadas del siglo XX. Fue durante la Restauración cuando se
concretan dos acontecimientos fundamentales: la finalización de las guerras
civiles (las guerras carlistas) y la extensión del fenómeno de la industrialización.
De otro lado, fueron las capitales Bilbao, San Sebastián y Vitoria los lugares
donde el desarrollo de este eclecticismo -con
excepciones- se manifestó de una forma más amplia, más rica y más significativa,
de ahí que nos circunscribamos a dichas ciudades, al considerar que en el resto
del territorio, en los diferentes pueblos, lo que se produce es, en general, un
reflejo de lo que sucede en aquellas.
Señalábamos
más arriba como cada ciudad es diferente y lo es por su tamaño, función y edad.
El crecimiento, la transformación, la modificación y cambio que caracterizan
las distintas etapas de la evolución de una ciudad no es absolutamente
coincidente con el de las otras, de modo que la arquitectura que se realiza en
las tres ciudades en este momento, si bien tiene en común el lenguaje
utilizado, no se hermanan en cuanto a volumen o riqueza (calidad, diversidad,
significación).
Las
ubicaciones geográficas que presentan las tres ciudades son totalmente distintas,
su orografía y paisajes no pueden ser más dispares, aunque no así el tamaño de
los pequeños núcleos urbanos que conformaban cada una de las poblaciones a
mediados de este siglo XIX. No obstante las tres sufrieron importantes
agresiones que dañaron seriamente su caserío.
Pero
en 1900 la población de Bilbao estaba en 83. 306 habitantes, San Sebastián
pasaba a 37. 812, cifra a la que había que añadir la población flotante en el
periodo estival, mientras que Vitoria reflejaba una densidad de 30. 701
habitantes, de los que 26. 333 correspondían al casco urbano. Si nos
adentramos hasta el año 1920 (112. 819, 61. 774 y 34. 785) respectivamente,
tendremos que el índice poblacional de Bilbao se sitúa en 629, el de San
Sebastián en 388, mientras que el de Vitoria se coloca en 186.
Tanto
Bilbao como San Sebastián vieron pronto la necesidad de salir de sus límites
territoriales y plantearon la oportunidad de un proyecto de Ensanche,
privilegio que solo había correspondido a otras dos capitales Barcelona -Plan
de Ildefonso Cerdá para Barcelona (1855-1860)- y Madrid -Plan de Carlos Castro
(1857-1860)-. En 1864 se aprobó el Proyecto de Antonio Cortázar para San
Sebastián, mientras que Bilbao hubo de esperar a la pacificación tras la última
guerra carlista en 1876[32] para ver aplicado
definitivamente el suyo. Vitoria, por su parte, crecerá siguiendo los
tradicionales planes de alineaciones.
Los ensanches posibilitaron
la creación de una nueva ciudad. En el caso de Bilbao, problemas
jurisdiccionales le impidieron su deseo de ocupar la casi totalidad de las
anteiglesias vecinas. Los proyectistas, los ingenieros Pablo Alzola y Ernesto
Hoffmeyer y el arquitecto Severino Achúcarro se decantaron por un trazado
ortogonal bastante regular, con una Gran Vía central de 26 metros de ancho y
dos diagonales que se cruzaban aproximadamente en ángulo recto en una plaza
elíptica. Tanto la cuadrícula como las vías diagonales nos remiten a I. Cerdá y su Plan para Barcelona, aunque el
principio de zonificación, es decir de segregación por clases sociales tan
propio de este siglo, parece tomado del Plan Castro para Madrid. Dentro
del trazado se dispusieron una serie de plazas y en la continuación del trazado
y en las cercanías del gran parque público que se propuso, estaba prevista una gran
plaza al estilo de las tradicionales plazas mayores españolas. No se
concretaban los lugares que habían de ocupar los edificios públicos que
terminaron distribuyéndose por la ciudad sin mayor dilación.
Fueron
varias las causas que ralentizaron la ocupación de los nuevos territorios,
entre ellas las legales ya citadas y las que hacían referencia a la propiedad
de los mismos. La creación de la ciudad se dejó enteramente a merced de la
iniciativa privada, pues Bilbao hubo de extenderse por terrenos de propiedad particular
y en este sentido la falta de acuerdos y las continuas tensiones entre
propietarios y Administración contribuyeron a ese estancamiento. La
construcción del Ensanche se reservó así a las clases más adineradas y la
ocupación de sus 159 hectáreas fue lenta de modo que antes que se hubieran
cubierto, en 1905, ya se vio lo necesidad de plantear una Ampliación del
Ensanche con el fin de proporcionar a la ciudad terreno más barato para
continuar su expansión.
La
arquitectura del Eclecticismo en Bilbao se extendió
así en varias áreas de la ciudad: por un lado, por su Casco Viejo, que lejos de
abandonarse conoció una amplia reconstrucción de su destruido caserío, de modo
que siguió manteniendo un importante peso en la ciudad.
Por
otra, la ocupación de la nueva ciudad se fue concretando en el primer tramo de
la Gran Vía y sus manzanas adyacentes. A pesar de que este primer tramo se
había reservado inicialmente a viviendas unifamiliares de alto
nivel, pronto se vio ocupado por firmas financieras, seguros, la actividad
financiera y comercial suplantó así a la residencial en este sector próximo a
la plaza más metropolitana, la plaza Circular donde se situaba la más
importante estación de ferrocarril. La zona del Campo de Volantín continuó
siendo la zona residencial por excelencia.
Pero
el sector de la ciudad que más creció durante esta época del eclecticismo fue
el de los llamados arrabales y suburbios de la ciudad, zonas periféricas, a
veces localizadas en lugares imposibles, sin infraestructuras ni servicios, muchas
veces de dificultoso acceso y que fueron los receptores del grueso de la masiva
inmigración que caracterizó este momento de la vida ciudadana bilbaína. Barrios
como Achuri, el Cristo y Uríbarri, pero sobre todo el cercano a las minas, el
popular barrio de San Francisco. Bilbao hubo de enfrentarse a uno de sus
constantes y acuciantes problemas, la escasez y carestía de vivienda en
general, pero sobre todo para las clases trabajadoras.
En
lo que respecta a San Sebastián, un paso trascendente fue el del reconocimiento
de la inutilidad de las fortificaciones que constreñían su casco urbano e
impedían su expansión. Con el derribo en 1863 de la ciudadela y de las
murallas, la ciudad se extendió hacia el Este donde se fue ganando terreno al
mar utilizando como relleno los escombros de las murallas y hacia el Sur
siguiendo el citado proyecto de ensanche de Antonio Cortázar. Este había
quedado finalista junto a otro arquitecto, Martín Saracíbar,
que si bien no pudo ver concretada su propuesta, si hubo de ser tenida en
cuenta por Cortázar en lo que se refiere a la solución del Bulevard, cuestión
que se considera crucial para el devenir de la ciudad, decantándola hacia
una especialización turística.
La
nueva ciudad se trazó siguiendo rígidamente un esquema regular, de cuadrícula.
La ampliación del puerto, en 1870, en la vecina localidad de Pasajes, donde se
podía disponer con mayor facilidad los tinglados y las conexiones ferroviarias
en un suelo más barato, hizo que la mayor parte del tráfago y la industria se
trasladaran allí, conservando San Sebastián solo un pequeño puerto pesquero de
modo que su bahía, La Concha, con su forma semicircular pudo reservarse
definitivamente al baño y los deportes marítimos.
Si
bien la casi reciente edificación del viejo casco se hizo manteniendo la
primitiva densidad, la del Ensanche se comenzó con gran holgura. Ambas partes
de la ciudad se separaron con el Bulevard de considerable anchura, que quedó
cerrado a la bahía por el monumental Casino municipal, ante cuya fachada,
orientada al Sureste, se abrió una gran plaza adornada con jardines. El futuro
de la ciudad quedaba claramente programado.
Partiendo
del citado bulevard, se desarrolla hacia el Sureste un esquema viario
rígidamente ortogonal, compuesto por calles de 20 metros de ancho y tres
hileras de manzanas rectangulares con las esquinas achaflanadas, hasta otra vía
amplia, la Avenida de la Libertad, situada en la prolongación del único puente
que atravesaba antiguamente el Urumea, el Puente de Santa Catalina. En la
hilera central se ha eliminado una manzana, disponiendo en su lugar la Plaza de
Guipúzcoa, una plaza cerrada de fachadas unitarias, a caballo entre las
tradicionales plazas mayores española o las francesas, rodeada de pórticos y
adornada por jardines.
A
pesar de que la iniciativa privada jugó un importante papel en el Ensanche de
la ciudad, la propiedad de los terrenos no era meramente particular, y
contrariamente a Bilbao, aquí intereses comunes acercaron las posturas de
particulares y Administración de modo que la ocupación de las manzanas fuera
rápida. Así que este primitivo ensanche se prolongó con otro a partir de la
Avenida de Libertad citada, para el que se adoptó un tipo de manzanas más
estrechas (50x54 frente a 56x84), casi cuadradas, una zona en la que se fue más
restrictivo con los espacios libres. La única plaza de extensión considerable
se vio ocupada por la iglesia del Buen Pastor, hábilmente colocada en el eje de
la calle Hernani, saliendo del rígido esquema general, de forma que el edificio
de la iglesia sirve de cierre visual de esta calle prolongación de la calle
Mayor del casco antiguo que conduce a la a la fachada principal de la iglesia
de Santa María, creándose así un eje perfectamente rematado en ambos extremos.
Esta plaza presenta también un carácter unitario, estando parcialmente
porticada. En esta segunda parte del Ensanche, los paseos que sirven de límites
laterales, tanto por el lado del río como por el del mar, inciden oblicuamente
en el viario. Con el fin de que estos paseos no tuvieran unas fachadas
demasiado fragmentadas se dispuso en ellos, de forma algo inorgánica, unas
manzanas estrechas y alargadas.
Poco
a poco todo el llano disponible en la península se cubrirá por los dos ensanches,
por viviendas de pisos de alquiler, donde se desarrollará el eclecticismo,
mientras que a lo largo de la vertiente septentrional, con vistas hacia la
Concha aparecerán algunas residencias unifamiliares y como remate, el palacio
Real de Miramar, residencia de los Reyes durante los meses de estío, que se
alza sobre un saliente rocoso.
Se
puede decir que lo que hoy constituye el centro de San Sebastián se construye
entre 1867 y 1910, quedando de esta forma todo el espacio ocupado. La ciudad
sigue su expansión con la construcción de numerosos edificios públicos y obras
de infraestructura urbana, en un periodo que podemos considerar fechado entre
1890 y 1925 y con especial intensidad entre 1905 y 1915.
La
burguesía pasó pronto a ocupar las nuevas edificaciones de pisos mientras que
el casco viejo permaneció como lugar de habitación más popular. Por su parte el
principio de zonificación se continuó en el nuevo diseño de la ciudad. Las
intervenciones en su casco antiguo parecen escasas o al menos no guardan
relación con las registradas en el Casco Viejo bilbaíno. En lo que se refiere
al problema de la escasez y carestía de la habitación, si bien es cierto que
también se dejan oír en esta ciudad, su gravedad no es comparable a la del
ejemplo anterior.
En
lo que respecta a Vitoria[33] fue también el aumento de
población lo que evidenció la necesidad de contar con suelo urbano para
construir nuevas viviendas, esto y el deseo de disponer de una vía principal
que comunicara el casco urbano con la estación del ferrocarril, 500 m al Sur de
la vieja ciudad, fue lo que motivó la expansión del caserío en dicha dirección.
Como ya se ha mencionado, dicha extensión se hizo siguiendo el denominado Plan
de Alineaciones de la calle Estación que, poco a poco, se fue configurando como
un verdadero Plan de Ensanche, sobre una superficie de 25'5 hectáreas cuya
definitiva aprobación no se dio hasta 1865. El proyecto final, tras varias
tentativas, fue realizado por el arquitecto titular de la ciudad Francisco de
Paula Hueto y se centraba en el trazado de una vía principal, la calle de la
estación (actual calle Dato), con una anchura de 60 pies y una longitud de 810
y una serie de calles secundarias. La trama viaria respondía también a la
cuadrícula, pero en el caso de Vitoria la regularidad de las manzanas no se
mantuvo ni en su dimensión ni en su forma. Ello se debe, al parecer, a que la
trama viaria fue adaptada, en gran parte, a la primitiva red de caminos rurales
existentes entre las huertas y campos del Sur de Vitoria, con la finalidad de
reducir al máximo los costes del ensanche derivados de las expropiaciones que
habría que efectuar para el trazado de las nuevas calles.
Una
vez salvadas las dificultades de orden legal y administrativo, se procedió a la
urbanización de calles como General Álava, San Prudencio, Manuel Iradier.
" Al mismo tiempo se procedía al relleno de las manzanas creadas,
en un proceso que se incrementa a partir de 1875 configurándose los límites de
la ciudad del XIX, hasta llegar al plano de 1887 de Dionisio Casañal, donde sus
límites quedan enmarcados por las actuales calles de San Ignacio y antiguo
cuartel de Santo Domingo al norte, línea férrea al sur, calles Francia, Paz y
Rioja al este y Cercas bajas, Vicente Goicoechea y par-que de la Florida al
oeste ".
Se
critica la extrema estrechez de la calle Dato y su desplazamiento del eje
natural y lógico que debía unir la Plaza Nueva con la estación de ferrocarril,
hecho que se achaca directamente a la defensa de unos determinados
intereses.
Parece
que el casco viejo de Vitoria, tras la destrucción por las guerras, sufrió un periodo
de deterioro y abandono y según se denuncia también perdió alguno de sus
edificio más emblemáticos, con lo que en este periodo se vivió un paulatino
abandono de las viejas residencias para instalarse en las de nueva construcción
que iban apareciendo en las calles recién creadas. En el caso de Vitoria, la
ocupación de las nuevas calles, tras salvar una serie de obstáculos, se hizo
con prontitud sobre todo a partir de 1868, de tal modo que para 1887 aparecen
ya representadas todas las calles del Ensanche, más la calle del Sur (actual
calle Manuel Iradier) que no figuraba en el proyecto aprobado. El
principio de zonificación se hizo presente igualmente en Vitoria si tenemos en
cuenta que el casco antiguo se reservó a la población obrera y artesana así como
a empleados y pequeños comerciantes, mientras que el barrio residencial se
ubicaría al sur de la vía férrea y al Oeste de la calle Comandante Izarduy,
zona de chalets y de hermosas residencias ocupadas por la alta burguesía
vitoriana y por la aristocracia. El barrio moderno y burgués lo situaremos así
en pleno llano con los límites de la carretera de Castilla, la vía férrea y las
calles Independencia y Rioja, es el lugar de la burguesía más o menos
heterogénea.
En
lo referente al problema de la vivienda en Vitoria también se dejó sentir sobre
todo entre las clases más desheredadas, aunque la toma de conciencia y los
intentos de solución a nivel local no se produjeron de manera expresa hasta la
década de 1920, siendo los antecedentes escasos.
De
alguna manera las tres ciudades tuvieron la oportunidad de crear ciudades
nuevas, de hecho los ensanches se conciben como
ciudades aparte, en el sentido de que se proyectan a espaldas de la ciudad
preexistente, sin demasiada relación con ella y con unos planteamientos
igualmente distintos. Las nuevas ciudades surgen bajo los actualizados
preceptos de la higiene y la circulación, no obstante, bajo una uniformidad
morfológica y arquitectónica, de larga tradición, que se concreta en sus
trazados en forma de parrilla a base de manzanas regulares ordenadas conforme a
calles rectas de distinta amplitud. Se buscan ciudades modernas, con servicios,
en las que se va instalando la clase en ascenso, la burguesía, una nueva clase
que demanda una innovada forma de vivir que representa un cambio de mentalidad.
Quizá por este motivo en todas los casos se observa un deliberado desinterés
por relacionar lo nuevo con lo preexistente.
"Las
ciudades fueron percibidas como iconos de modernidad, como una expresión nítida
de las sustanciales mutaciones que se experimentaban. La ciudad de los ensanches era
el mejor símbolo de los nuevos tiempos, creando un nuevo paisaje, a la vez que
se convertía en el marco en que se desarrollaban las nuevas relaciones sociales
e innovadoras formas de pensamiento y de acción".
Como
fondo debemos recordar que el hecho urbano es, en buena medida, un hecho
arquitectónico, de ahí nuestra insistencia en destacar la responsabilidad de la
arquitectura, del eclecticismo, desde el momento en que
las modernas calles y plazas van tomando forma.
Las
calles como elementos fundamentales del espacio urbano, generadoras de ciudad,
desde el momento en que a un lado y al otro de un camino se forma una
aglomeración, serán los ejes de tránsito y comunicación a la vez que de
crecimiento lineal continuo del núcleo urbano. La ruptura de la escala
parcelaria vigente en los viejos cascos y la división por calles transversales
de la calle principal serán la matriz sobre la que irá levantándose la
edificación. Al mismo tiempo la altura de los edificios, lo mismo que la
anchura de la calzada, serán esenciales a la hora de valorar su adecuación con
el espacio urbano y el instrumento para su materialización serán las Ordenanzas
de Construcciones que cada ciudad redacta separadamente. Luego la arquitectura
le imprimirá su definitivo carácter.
Otro
elemento, la plaza, esa agrupación de edificios dispuestos en torno a un
espacio libre, que puede ser de planta regular o irregular y su alzado puede
presentar arquitectura heterogénea o uniforme, es también esencial en la nueva
configuración de la ciudad y, hablando de plazas, llama la atención como en
estas modernas poblaciones todavía la plaza mayor tradicional sigue
jugando un papel relevante. Un espacio íntimamente relacionado con el periodo
anterior (recordar nuestras tres plazas mayores), pero que no obstante sigue
vigente en este proceso de modernización.
San
Sebastián repitió dos veces el esquema de plaza mayor (la
Plaza de Guipúzcoa y la Plaza del Buen Pastor), mientras que en Bilbao la
proyectada Plaza de los Arcos no se llevó a efecto debido, entre otros motivos,
a la lentitud con que fue consolidándose el Ensanche. Tanto en la plaza de
Guipúzcoa como en la de los Arcos de Bilbao se pretendía instalar en uno de sus
márgenes los locales del Consistorio, hecho que viene a confirmar ese carácter
tradicional y conservador.
Por
otro lado, volveremos a recordar que la práctica totalidad de los edificios
públicos de nuestras ciudades se levantaron en este momento -en el caso de
Vitoria conviene decir que ya contaba con ellos desde el periodo inmediatamente
precedente-, edificios públicos que, en buena parte de los casos, pasan a
construirse en el Ensanche, aunque no siempre por voluntad o previsión y no de
forma inmediata ya que, en el caso concreto de Bilbao, la carestía y escasez de
los solares del viejo casco fueron los motivos que impulsaron el traslado de
algunos de estos edificios a un Ensanche que se veía aún como algo sin
consistencia. San Sebastián por su parte reserva un amplio solar de su parte
vieja para instalar su principal mercado.
Se
ha mencionado a Ildefonso Cerdá y a Carlos Castro como los modelos más claros
en la ideación de las nuevas ciudades pero además como marco de referencia
debemos citar el modelo de Haussmann para París. El Prefecto Haussmann,
mano derecha de Napoleón III en la radical transformación que sufrió París a
mediados del siglo XIX, va a ser la cita obligada para buen número de ciudades
europeas y americanas y lo será también para las ciudades españolas. Los
principios basados en la simetría axial y en las vistas para lograr efectos
monumentales, la tarea de abrir, comunicar y extender las conexiones a estas
composiciones monumentales, la inclusión de extensas zonas verdes en el
interior y la periferia de la ciudad, el aprovisionamiento de instalaciones
cloacales, alumbrado, y la preocupación por determinar un ancho adecuado a los
requerimientos del tráfico de una capital siempre en aumento, serán
consignas que se seguirán en nuestras ciudades donde, además, se adoptan
algunos de los instrumentos para su plasmación ya que las Ordenanzas de
construcción de Bilbao -me consta que las de San Sebastián[34]-, en sus progresivas
ampliaciones y rectificaciones son en no pocos aspectos un reflejo, cuando no
un auténtico calco, de las de París, con las que además siguen una relación
correlativa. En ellas se inspiran para establecer las dimensiones de las calles
y a la hora de establecer la proporción entre la altura de los edificios y la
anchura de las calles. También las que dictaminan la altura y el número de
pisos así como los vuelos que han de presentar las nuevas construcciones.
Tanto
en París como en nuestras ciudades, estas Ordenanzas marcaron de forma estricta
la configuración de los bloques de viviendas de pisos, determinando
definitivamente el tamaño, volumen ocupacional, número de pisos, y en buena
parte fueron las responsables de la sensación de orden, de disciplina y
uniformidad que caracterizan sobre todo a las primeras calles de nuestros ensanches.
El cambio de Ordenanzas irá posibilitando, siempre dentro de su rigidez,
cambios en las estructuras y formas de los inmuebles y dará opción a los
arquitectos a ir incorporando nuevos materiales, distribuciones interiores más
actualizados y exteriores más libres. Los concursos de fachadas, iniciativa
también importada de París, serán en este sentido el aliciente que se propuso
desde la Administración, para potenciar una mayor creatividad entre los
profesionales, aunque su repercusión e incidencia fue a penas perceptible.
En
conclusión, los ensanches sirvieron de marco para el
florecimiento de una copiosa y variada arquitectura protagonizada por el eclecticismo,
tendencia que coincidió rigurosamente con ellos y los acompañó en su
consolidación. El eclecticismo será además una
fórmula cuya flexibilidad, polivalencia y versatilidad le aseguraron una
pervivencia y un éxito que a pesar de las crisis y de las actualizaciones y
rectificaciones que irán surgiendo en el discurrir de estas décadas, se
prolongará a todo lo largo del periodo, es decir más o menos desde finales de
los años 70 del siglo XIX hasta las dos primeras décadas del siglo XX.
Situaremos
alrededor de 1920 el límite de nuestro trabajo y no es que consideremos que
el eclecticismo tiene aquí una frontera definitiva,
pero es que aproximadamente a partir de esta fecha se van detectando una serie
de cambios a la hora de abordar la arquitectura, variaciones a veces
significativas, otras menos perceptibles pero que marcan un giro, una nueva
dirección. Seguimos ante una arquitectura ecléctica, de
hecho algunos estudiosos la han llamado arquitectura de los epígonos del eclecticismo,
pero a partir de ahora se observa una creciente atención por solucionar
problemas funcionales, se cuestiona el hecho de entender la arquitectura bajo
los principios del fachadismo y de la ornamentación y se intenta primar
aspectos más tectónicos y constructivos. La necesidad de incorporar los nuevos
materiales y sobre todo a replantearse el papel de la arquitectura en una
sociedad marcada por fuertes desigualdades ante la que los arquitectos se veían
frente al reto moral de proporcionar, a todos, una vivienda digna. A partir de
estas fechas se constata, aunque a veces solo sea en forma de buenas
intenciones y no por parte de todos, la necesidad de subirse al tren de la
modernidad, de incorporarse, en definitiva, a la vanguardia arquitectónica
europea.
Además
los arquitectos tienen tendencia a preferir proyectos de construcción de obras
públicas, ya que durante mucho tiempo consideraban la construcción de viviendas
como una actividad puramente lucrativa, en cambio lo público les permitía
ejercicios más artísticos, más grandiosos. Ya lo decía el arquitecto bilbaino
Enrique Epalza " Las joyas son inseparables de la riqueza y las
que mejor abrillantan la riqueza de un pueblo son las joyas arquitectónicas,
las que entran por los ojos, las primeras que se enseñan a un foráneo, las que
dejan en el ánimo impresión menos borrable ", en definitiva,
las más monumentales, de modo que en referencia a lo mismo es frecuente leer
cosas como: " Con Morales de los Ríos, Aladrén y Echave, la
arquitectura monumental moderna hace su aparición en nuestra ciudad, encarnada
en tres de sus edificios más hermosos: la actual Casa Consistorial, el Palacio
Provincial y la actual catedral del buen Pastor ". O
" Creo que con los citados edificios Diputación, Casino, Buen
Pastor, puente de Santa Catalina está hecho el recuento de los más principales
florones de nuestra ciudad en el desarrollo del Ensanche de 1863 ". Y
es que la condición de monumentalidad requerirá los recursos del "Grand
Art", del gran estilo que estaba en el Renacimiento francés o italiano,
reinterpretados por modernos arquitectos como el paradigmático Garnier en su
reproducida fórmula de la Opera de París, pero también en el Manierismo y en el
Barroco, así como en el Rococó. En definitiva, en todos aquellos repertorios de
elementos artísticos y reglas compositivas capaces de reproducir los efectos
artísticos ligados a la idea de monumento. Es significativo que cuando nos
referimos a los edificios que alojan nuestras tres diputaciones provinciales
usamos el término "Palacio". También se denominó palacio a la sede de
Justicia en San Sebastián e incluso a la célebre Sociedad cultural conocida
como El Sitio, ubicada en pleno casco viejo bilbaíno, le fue otorgado el título
de Palacio de La Libertad, recibiendo un tratamiento formal acorde con esta
denominación. El "Grand Art" se deja sentir también en edificios como
Teatros, Círculos de Bellas Artes, Casinos y Sociedades recreativas, incluso
cuando se habla del Mercado de la Brecha se le define como " uno
de los edificios monumentales de carácter urbano más destacado de San Sebastián ". Sin
embargo, en los grandes templos, caso de la catedral del Buen Pastor, la
Iglesia de San Ignacio en San Sebastián, la Residencia de los Padres Jesuitas o
la llamada Quinta Parroquia en Bilbao, o la rotunda Nueva Catedral de Vitoria,
se juzgó como el estilo más acorde, el gótico de los grandes templos y
catedrales medievales, de modo que en la publicación que se realiza sobre la
Catedral de Vitoria, podemos leer la justificación de cómo para esta joya
arquitectónica se debía escoger, como tipo, la planta de la Catedral de Notre
Dame de Chartres, para las dimensiones, las más próximas a las de Burgos y
Toledo y, una fachada con reminiscencias de Santa Clotilde de París, dando como
resultado un aspecto parecido al de San Miguel de Viena.
Por
otro lado, se puede decir que la condición de monumental se produce allí donde
la arquitectura destaca dentro del conjunto del tejido urbano. A veces coincide
con un espacio amplio y despejado y en un recinto delimitado o en una
exposición aislada. En este caso se encuentran la casi totalidad de nuestros
edificios públicos, tanto de los citados por ser quizá los más representativos,
pero también se da en otros como la Universidad de Deusto, diversos edificios
de Escuelas Públicas (tanto en Bilbao como en San Sebastián), centros de
beneficencia como la Misericordia o la Casa Cuna de Bilbao. Esa ubicación destacada,
que contribuye a la monumentalidad del edificio, se da igualmente en el Gran
Casino de San Sebastián, frente a los Jardines de Alderdi Eder, " hasta
el punto que se hace difícil imaginar que otro edificio pudiera situarse en su
emplazamiento privilegiado ", algo que nuevamente se repite
en el caso de la situación del Teatro Arriaga de Bilbao. Gracias a esta
monumentalidad algunos edificios ordenan jerárquicamente la forma regular o
irregular de un gran espacio público, de modo que el realce visual significa
también el realce social. Así podemos leer cosas como " Echave con
su estilo gótico, dotó a la ciudad de un ensanche prócer en líneas generales y
muy bien dotado, la catedral del Buen Pastor es uno de los edificios que,
urbanamente considerado, más prestigia a nuestra urbe ".
La
consideración de la condición pública ciudadana, civil, que el edificio tiene y
que le convierte en institución, en la representación que la sociedad hace de
sí misma y de su propio orden a través de las instituciones expresadas mediante
el lenguaje arquitectónico, será otro de los argumentos para esta
monumentalidad.
Pero
esta condición de monumental, este interés de los arquitectos por realizar
arte, no se limita a los edificios que podíamos llamar públicos sino que está
igualmente presente en la arquitectura privada.
Una
importante carga monumental se observa en gran parte de las residencias
unifamiliares de la gran burguesía. Los palacios y palacetes que salpicaron el
ensanche bilbaíno fueron buena muestra de ello y los escasos ejemplos que nos
han quedado, tales como el Palacio de Chávarri, el Palacio de Olábarri en pleno
Campo Volantín o la sede actual del Athletic Club de Bilbao, en la Alameda de
Mazarredo, lo dejan patente. Pero no fueron sino el anticipo de lo que luego
supuso la exclusiva población de Neguri, una población recién creada a orillas
del mar donde trasladarían sus residencias las más influyentes y adineradas
familias de industriales, propietarios de minas o astilleros, banqueros¿ Así, a
finales del siglo XIX, pero sobre todo a lo largo de las primeras décadas del
XX, surgirían auténticas mansiones sobre solares y calles recién trazadas, con
construcciones tan representativas como el Palacio Lezama Leguizamón, el
palacio Barbier, el Palacio Rosales o la gran propiedad de Artaza en la
carretera de la Avanzada. Otras poblaciones cercanas como Las Arenas,
Portugalete o Algorta serán igualmente receptoras de este tipo de
construcciones. Si continuamos con San Sebastián, tendremos que referirnos, por
solo citar el ejemplo más significativo, al Palacio Miramar, propiedad de la
Regente Mª Cristina, cuya situación y lenguaje parece responder igualmente a la
dignidad de su propietaria. Y si nos desplazamos a Vitoria, algunos de los
chalets y residencias de la Avenida Fray Francisco, entre los que citaremos
Ajuria Enea, actual sede del Gobierno Vasco, vienen a ilustrar esta afirmación.
Son los tiempos de la Belle Époque[35].
Pero
es que el afán de monumentalidad se deja sentir igualmente en las viviendas de
pisos. Un recorrido por las calles de nuestros ensanches y
la contemplación de los edificios que las conforman dejan constancia de esta
búsqueda de presencia, de empaque, de monumentalidad, que va tomando mayor
importancia a medida que van transcurriendo las décadas y cuando las Ordenanzas
de construcción así lo posibilitan. Desde las más sencillas y sobrias en las
últimas décadas del XIX, aún influenciadas por el neoclasicismo a otras más
exuberantes y barroquizadas, campo de pruebas para los clasicismos, modernismos,
nacionalismos o regionalismos. La organización de los mismos responde en su
origen a una fórmula palacial, que se conformará de tres partes en cuanto a la
altura, el bajo, los pisos nobles (destacando el principal) y el último tratado
en ático y limitado por una larga tira del entablamento y la cornisa del
tejado.
La
historia del inmueble del XIX revela un cuidado constante por preservar los
valores de la tradición clásica llevándolos a la estética seriada y a la gran
escala. El "Grand Art" será aquí adaptado a las articulaciones de la
fachada y a los motivos decorativos, todo perfectamente jerarquizado de la
mayor riqueza a lo más despojado. Esta graduación es correlativa a la imagen de
la ciudad y tiene como función expresar el status de tal o cual punto preciso,
del más importante al menos importante y contribuye al principio de
zonificación y de segregación social mencionados.
También
en este sentido de lo monumental pueden entenderse las ya citadas plazas
mayores. Las comentadas Plaza de Guipúzcoa y Plaza del Buen Pastor en San
Sebastián tienen entre otras, esta función y en este sentido es significativo
que la Plaza de los Arcos de Bilbao, proyectada a imagen y semejanza de sus
homólogas donostiarras, concretamente de la Plaza de Guipúzcoa, fuera criticada
y retardada su construcción, además de los motivos ya citados, por
considerársela de insuficiente carácter monumental.
Casi
a modo de conclusión podría decirse que toda la construcción de este periodo
tendía en un grado u otro a la monumentalidad o al menos, que los arquitectos
buscaban imprimir a sus edificios esa necesaria y esperada carga artística. No
obstante ser un momento en que la sociedad está fuertemente jerarquizada esta
monumentalidad compartida, aunque en grados, venía a ser una especie de "democratización"
del arte. Desde el edificio más humilde al más representativo y principal,
todos buscaban una presencia en la ciudad y una presencia digna y artística que
el eclecticismo estaba en condiciones de satisfacer
de modo que esta cualidad pudo ser una de las causas de su éxito y de la
pervivencia de sus fórmulas. Como decíamos, se buscaba con ello una
monumentalización de la ciudad, aspecto que es particularmente claro en San
Sebastián, donde la imagen artística y monumental de la ciudad se concibe como
un reclamo necesario para atraer lo que sería la razón de ser de su propia
existencia, el turismo, de modo que es la única de las tres que tiene entre sus
presupuestos municipales uno reservado exclusivamente al
embellecimiento. Así, arquitectura pública y arquitectura privada
mantienen aquí un nivel de calidad equiparable, pero también Bilbao precisa de
esa monumentalidad para reflejar el poderío pecuniario al que aludirá Guiard, y
lo mismo sucede con Vitoria, cabeza al fin y al cabo de la provincia.
Antes
de dejar este apartado sobre lo monumental sería quizá necesario hacer una
breve alusión al interés que suscita en estas fechas la conservación y
restauración precisamente del patrimonio monumental, aunque es probable que esa
atención viniera más motivada por las destrucciones que siguieron a las guerras
carlistas que por la conciencia y el aprecio del mismo. El control de la
situación estaba en manos de la Comisión Provincial de Monumentos y de la
Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero lo cierto es que la escasa
formación de nuestros arquitectos en este campo hizo que las teorías de
Viollet-le-Duc fueran las únicas aceptadas por los profesionales, hasta el
punto de que fue este arquitecto francés el inspirador de la teoría y la
práctica de la restauración en España durante este siglo XIX. La presencia
del arquitecto francés en Madrid, las alusiones de algunos arquitectos a su
figura y la amplia difusión de sus textos entre los profesionales son buena
muestra de ello. Siendo un capítulo de nuestra arquitectura escasamente
estudiado, resulta difícil valorar el alcance de la política de restauraciones
en el País Vasco, pero puede afirmarse que fueron muy abundantes y que
afectaron a nuestros principales monumentos. En el caso concreto de Bilbao fue
en estas fechas cuando se procedió, en mayor o menor medida, a la
reconstrucción y restauración de los más destacados templos de la ciudad. Fue
el caso de la reconstrucción de la Catedral de Santiago, de la construcción de
la nueva fachada de la Basílica de Begoña, y de intervenciones, menos
determinantes, tanto en San Antón como en San Vicente e incluso en San Nicolás.
En el caso de Vitoria, también se procedió a la restauración de la torre de la
Catedral de Santa Mª, a la restauración y construcción del pórtico de la
Iglesia de San Pedro a la construcción de la torre de San Vicente, así como a
la restauración de los espléndidos palacios de la Casa del Cordón y del Palacio
Villa Suso en plena Plaza del Machete.49
En
lo que se refiere a San Sebastián, parece que fue en el curso del siglo XIX
cuando se emprenden obras en la Parroquia de San Vicente que se continuarían
bien avanzado el siglo siguiente, así como en la Basílica de Santa María.
Todas
estas intervenciones coinciden con denuncias por derribo de edificios
significativos dentro de los antiguos cascos urbanos, tal es el caso ya citado
de Vitoria o de Bilbao, donde Delmas se duele de que al mismo tiempo que
se están restaurando los viejos templos se de luz verde para la desaparición
del viejo puente de San Antón, símbolo y emblema del escudo de la ciudad.
" Si es verdad lo que dice uno de los más insignes historiadores
de nuestro tiempo, que los grados de ilustración y riqueza de los pueblos se
manifiestan y deben apreciarse por el número y grandiosidad de sus monumentos
públicos modernos y por los que han sabido conservar de la antigüedad, a
Bilbao, que es nuestra patria y Villa mas importante de las Provincias
Bascongadas, este dicho u opinión le coloca por lo más bajo de la escala de la
inteligencia y de los recursos pecuniarios ".
Al
mismo tiempo que se iban creando infraestructuras, como traída de agua (San
Sebastián entre 1896 y 99), la instalación de las redes de alcantarillado y
saneamiento (se inicia al mismo tiempo que el agua entre 1896- 99), la
instalación de luz (1895 luz eléctrica en San Sebastián) o incluso teléfono
(Bilbao desde 1886), otros nuevos (o actualizados) servicios que requirieron
nuestras ciudades fueron ayuntamientos, diputaciones, hospitales, instituciones
benéficas, cementerios, centros culturales y de recreo, parroquias y grandes
templos así como lavaderos, mercados, estaciones de ferrocarril etc., todos
precisaron la creación de una serie de edificios capaces de cumplir las
funciones y necesidades específicas, tanto en sus distribuciones interiores
como en las exteriores. Según señala Mignot, ya desde el siglo XVIII los
arquitectos franceses sitúan el progreso de su arte en el de las
distribuciones. Todos los programas, desde los de los hoteles hasta incluso los
de las iglesias, son revisados. Jamás se había reflexionado tanto sobre la
relación entre espacios y modos de vida, sobre el ritual religioso o sobre la
salud de los enfermos. Nunca la arquitectura había sido tan dependiente de los
programas. Resultado de este interés y de estas investigaciones será el
establecimiento de unas elaboradas tipologías que, ratificadas en buena medida
por la Ecole Beaux Arts, se difundirán por toda Europa y llegarán a nuestro
país.
No
se puede hablar así de una originalidad tipológica ni en lo público ni en lo
privado. Es sabido que entre los arquitectos era muy habitual el uso de una
bibliografía (libros, revistas nacionales pero sobre todo extranjeras) tanto
durante su formación en las Escuelas de Arquitectura (estrechamente relacionadas
con la de Beaux Arts de París) como en su etapa profesional. Recordemos que
algunos de los arquitectos vascos tienen una relación cercana con el vecino
país donde realizan estudios Severino Achúcarro, Antonio Cortázar, o Adolfo
Morales de los Ríos.
De
igual manera circulaban con profusión los libros de modelos que servían también
de inspiración a arquitectos y maestros de obras, con lo cual los tipos y
modelos adoptados se ajustaban con gran facilidad a los tipos y modelos
utilizados tanto en el resto de España como en Europa. Parece que el eclecticismo presentó
una enorme fascinación por el arquetipo traducido en la Catedral del siglo
XIII, la pequeña iglesia parroquial medieval, el castillo de la Edad Media, el
palacio italiano renacentista o barroco, el ayuntamiento de los Países Bajos.
Esta tendencia, que no era nueva en la historia del arte, sí presentó la
novedad de la diversidad y a la vez de la libertad para establecer
combinaciones.
De
la misma manera, se aceptó la utilización de determinados materiales como el
hierro o el cristal para un tipo de edificios como estaciones de ferrocarril o
mercados.
Programas
de distribución de los interiores y la aplicación de determinados estilos para
su exterior fueron pues adoptados, lo mismo que se instituyó esa tendencia
del eclecticismo, repetidamente destacada, a considerar
que cada tipología tenía su estilo o lenguaje decorativo más adecuado.
Así,
cundió el ya mencionado modelo palacial urbano de fuerte sabor italiano pero
aderezado con elementos franceses -o de otro origen- tanto en la arquitectura
pública como en la privada. De volúmenes regulares y distribuciones interiores
en los que dominan los grandes ejes y la simetría, destaca, el cuerpo o
basamento al que tanto su tratamiento como los materiales empleados infunden un
aspecto de solidez. Tendencia a destacar el "piano nobile" o piso
principal gracias a la inclusión de una serie de elementos, muchas veces
exclusivamente ornamentales, que inciden sobre él y le convierten en elemento
jerarquizador del conjunto. A partir de él, y en los pisos superiores, a la
menor altura de los mismos viene a sumarse una reducción en el tratamiento
decorativo. Potentes cubiertas y a veces también la presencia de atrevidos
aleros vienen a rematar el edificio. Es la fórmula para edificios
gubernamentales como Ayuntamientos (el de Bilbao), palacios de Justicia (como
el de San Sebastián) o Diputaciones (las de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya por
cierto, tan similar al Palacio de Justicia de Roma 1886-1910, de Giuglielmo
Calderini), aunque también es perfectamente aplicable al Banco de Bilbao, el
primer banco que se instaló en la ciudad, todavía en un solar del casco viejo,
o al Instituto Provincial (hoy sede de la Institución Koldo Mitxelena) y a la
Escuela de Artes y Oficios (actual sede de Correos y Telégrafos), ambos en San
Sebastián, así como a los teatros principales de ambas ciudades.
El
Teatro fue una de las tipologías mejor aceptadas en este siglo XIX hasta el
punto de que ninguna población que se preciase podía prescindir de él, No
obstante, parece que la aportación española al debate acerca de la concreción
de un modelo tipo de teatro fue más bien escasa, así que se asimilaron,
como en otros casos, a los modelos foráneos. Para el Teatro Arriaga se optó por
un teatro cuyo auditorio seguía al pie de la letra la tradición de los teatros
neobarrocos del XIX, y, para su fachada se plagió casi literalmente la del
Teatro de Renaissance de París. Por su parte, el Teatro Victoria Eugenia de San
Sebastián adoptó igualmente la tipología entroncada con los modelos europeos,
solo que se levantó quince años después, de modo que para su envoltura se
eligió un estilo más actualizado, más nacional: el neoplateresco.
Para
el Gran Casino de San Sebastián se tuvo como referencia el Casino de Montecarlo, obra
de Garnier, tanto para su programa como para la composición de sus
espectaculares fachadas. También es la espectacularidad el efecto buscado por
Ramón Cortázar cuando proyecta, en un lenguaje ya periclitado incluso para la
época, la Caseta Real de Baños y el Balneario de la Perla. Sin salir de San
Sebastián, y puesto que se ha señalado su vocación festiva y turística, sabemos
que en los años 20 contaba con unos 25 hoteles acreditados en la ciudad que
encabezaba el "María Cristina" y en cuya cola se situaba el
"Olasagasti". El Hotel Mª Cristina, verdadero buque insignia,
reclutó los servicios de un especialista, el arquitecto de origen francés
Charles Mewes, autor de hoteles de las cadenas Palace y Ritz (hoteles Ritz de
Paris y de Madrid). Con una situación privilegiada, que comparte con el
mencionado teatro Victoria Eugenia a orillas del Urumea, su lenguaje
internacional y cosmopolita trata de reforzar la visión moderna de la ciudad.
Cuando pocos años más tarde el arquitecto Manuel Mª Smith se encargue de
realizar el Hotel Carlton para Bilbao, también situado en lugar principal, no
dudará en aplicar ese mismo lenguaje hotelero internacional, esta vez más
tendente al barroquismo, pero también solidamente ratificado y aceptado en
otras experiencias internacionales.
No
vamos a detenernos en cada una de las tipologías adoptadas en nuestras ciudades
pero quizá convendría citar algunas destacadas por la calidad de su adaptación,
tal fue el caso del Hospital de Basurto. Ya en San Sebastián, José de
Goicoa había proyectado su Hospital de S. Antonio Abad por el sistema de
pabellones, pero relacionados entre sí por una serie de corredores, E. Epalza,
casi 20 años después (en 1895), optaría por el sistema de pabellones totalmente
aislados e independientes convenientemente orientados y hábilmente compuestos a
base de ladrillo y material cerámico. Una tipología que a
decir de Pevsner suponía un signo de autoridad progresista, así como de un
arquitecto progresista.
Es
de destacar también el interés mostrado por algunos arquitectos en el capítulo
de la arquitectura escolar, sobre todo en el curso de las primeras décadas del
siglo que fue cuando se procedió a la fundación y consolidación de centros
educativos, tanto de carácter público como privado. En ese lugar se inscribe
los trabajos teóricos de Sáenz de Barés y las obras prácticas de Ricardo
Bastida, concretadas en obras como las Escuelas de Félix Serrano, o las de
Múgica en la calle Ribera, ambas en Bilbao.
Antes,
otros edificios educativos como la Universidades de Deusto y la Escuela de
Ingenieros Industriales, también en Bilbao, habían adoptado igualmente
tipologías experimentadas en otras instituciones tanto nacionales como
foráneas.
Como
ya se ha mencionado, la combinación hierro y cristal, tal y como sucedió en
otros muchos lugares, se asoció a construcciones como mercados y
estaciones de ferrocarril. En el apartado de los mercados, en el de la
Brecha de Cortázar, en San Sebastián, se utilizó el hierro para la cubierta,
dejando las paredes de sillería. Así mismo, el hierro figura en la estructura
del desaparecido mercado de abastos de Vitoria, obra de Javier Aguirre y en el
que se aplicó el sistema Brondit. Sin embargo fue en Bilbao donde se
experimentó con el tipo de pabellones de hierro y cristal a la manera de Les
Halles de París, tanto en el antiguo mercado de la Ribera, hoy desaparecido,
como en el primitivo mercado del Ensanche también derruido. En lo que se
refiere a las estaciones del ferrocarril, para la estación del Norte de San
Sebastián se contrató a un ingeniero francés que reprodujo los modelos vigentes
en su país en ese momento y la construcción de la marquesina se encomendó a los
talleres de Gustave Eiffel.
El
hierro también estuvo igualmente presente en la estación de Santander de
Bilbao. Ubicada en un complejo desnivel y abierta a modo de gran mirador sobre
el Nervión, adoptó una forma a caballo entre la tipología berlinesa llamada
"tipo isla" y los cargueros de las bocas de mina.
Capítulo
aparte por su interés y calidad merecerían los puentes, tanto los levantados
sobre el Urumea como sobre el Nervión, tanto los de hierro como los de obra.
Bolsa
y bancos, almacenes y edificios de oficinas, centros de beneficencia,
cementerios y sobre todo el dilatado capítulo de la arquitectura religiosa
demandarían igualmente una más detenida atención, tanto por el interés que
suscitan algunos casos concretos como por las relaciones que, como vemos, se
establecen respecto a otros ámbitos más próximos o más lejanos, lamentablemente
carecemos del espacio necesario para ello.
No
obstante sí debemos destacar uno de los apartados sin duda más ricos y más
complejos dentro de los tipos y programas desarrollados en la arquitectura de
este periodo y que se sitúa en el campo de la arquitectura privada y en las dos
tipologías básicas: viviendas unifamiliares y viviendas de pisos.
La
vivienda unifamiliar asumió el modelo de vivienda burguesa europea que había
sido el resultado de la hábil hibridación entre las casas de recreo clásicas
(casinos y villas italianas) con edificios de tipo rural (casas de campesinos,
cottages). De las primeras tomaron la regularidad de las plantas, la amplitud
de las distribuciones y determinados aspectos estilísticos, mientras que de las
segundas adoptaron ciertos detalles decorativos y determinados materiales.
Así
se fueron configurando una serie de modelos aceptados y adaptados a los
distintos países europeos. En la difusión de estos modelos fue de vital
importancia la distribución de los libros y recopilaciones entre las que
destacan los de origen francés e inglés principalmente.
En
el siglo XIX las plantas y los volúmenes de esta arquitectura unifamiliar
partieron de los modelos clásicos y regulares pero a medida que nos acercamos a
la frontera del nuevo siglo la mayor complejidad de la demanda evidenció la
limitación de esos tipos, de modo que los programas se enriquecieron lo que
irregularizó las formas de las plantas al mismo tiempo que se complicaron sus
fachadas. Las fuentes de información se habían ido ampliando en forma de
libros, revistas, boletines, folletos de la más variada procedencia que van
entrando en los estudios de nuestros arquitectos, al mismo tiempo que se
suscriben a las revistas nacionales de arquitectura. Por otro lado, los
frecuentes congresos y certámenes nacionales e internacionales, facilitaron la
toma de contacto con la problemática y las nuevas tendencias que paulatinamente
iban incorporándose a la práctica arquitectónica. Siguiendo con la vivienda
unifamiliar, su evolución en el caso concreto de Bilbao puede seguirse de forma
clara si arrancamos de las primeras construcciones realizadas en el Campo
Volantín (entre aproximadamente 1880 -aunque había construcciones
preexistentes- y 1900, continuamos luego en pleno ensanche, en el barrio de
Indauchu (1903-1918), para desembocar en la ya mencionada población de Neguri
(1906-1920) y alrededores. En su devenir fue importante la incorporación de
modelos ingleses -con su pintoresquismo, su especial sentido de las
distribuciones y del confort-, tan caros y conocidos por la burguesía vizcaína
como fruto de los frecuentes intercambios comerciales. Dentro de esa influencia
inglesa se inscribe igualmente la creación del prestigioso Club de la Bilbaína
para el que su arquitecto, Emiliano Amann, se inspiró claramente en los
célebres y exclusivos clubs británicos.
En
lo que respecta a los edificios de viviendas, el referente se centra, en
nuestra opinión, en el modelo francés, o más precisamente en el modelo
parisino, al que acompañará en buena manera en su devenir. Si en la década de 1880,
incluso más tarde, aún perviven resabios del severo neoclasicismo -sobre todo
en viviendas de bajo nivel-, concretado en la regularidad de los volúmenes, la
uniformidad en el tratamiento de las plantas y la discreción en lo ornamental,
pronto conocerá un amplio desarrollo el tipo haussmanniano que definirá un tipo
de edificio claramente jerarquizado y que se conformará en tres partes en
cuanto a la altura. El bajo (que puede incluir una planta entresuelo y
destinado a usos comerciales), que recibe un tratamiento específico como
basamento, los pisos nobles (piso principal y piso medio), que en las
construcciones especulativas pueden llegar a 3 (siempre en altura decreciente y
tratamiento ornamental diferenciado), y el último tratado en ático y limitado por
una larga tira del entablamento o bien por la cornisa del tejado. Sobremonta el
conjunto o bien un piso retranqueado que arranca normalmente partir de la
primera crujía, o bien un piso bajo cubiertas abierto al exterior en forma de
buhardillas. Este modelo, que aunque no es el único tendrá gran éxito y una
dilatada permanencia, se complementa con algunas aportaciones plenamente
locales como son la escasa ocupación de los bajos por viviendas (en nuestras
ciudades salvo raras excepciones se reservan exclusivamente a usos
comerciales), a veces la inclusión de fuertes y tradicionales aleros de madera,
pero y sobre todo un elemento imprescindible en toda vivienda burguesa que se
precie, el mirador, elemento que poco tiene que ver con el bow-window francés,
fórmula de origen inglés y que aparece tímidamente en París en torno a
1885-90. La disposición de hileras de miradores, a base de madera y
cristal, en forma de caja y superpuestos a las fachadas, reforzarán los
principales ejes de las mismas, abrirán las estancias más nobles de la casa a
la calle y contribuirán a dar esa sensación de orden, de proporción a las
composiciones imprimiéndoles, además, un inconfundible pintoresquismo. La
presencia de miradores será una constante en las tres ciudades, en las que actuó
de elemento de segregación, hasta el punto de que su exclusión delata un nivel
del edificio muy por debajo de la media. Sin embargo, la utilización de los
nuevos materiales (hierro, cemento[36]) permite que los
edificios ganen en altura, dando lugar a los rascacielos contemporáneos.
Respecto
a las distribuciones interiores, son varios los tipos y numerosas las
excepciones de modo que es difícil establecer una medida o patrón. Con todo se
puede decir que abunda el tipo de inmueble que aloja dos viviendas por planta,
divididas por un eje perpendicular a la calle, donde se ubica la escalera. Se
observa una tendencia al reagrupamiento de las estancias de recepción en la
fachada, mientras que un largo corredor nos lleva, al mismo tiempo que
distribuye los dormitorios, a estancias como la cocina, a veces el comedor y
los cuartos del servicio. Se puede hablar también de una clara jerarquización
dentro de las estancias de la casa, de la más noble (gabinete) a la más
sencilla (habitación del servicio), pasando por el comedor, el dormitorio
principal, etc. Poco a poco se van incorporando nuevas estancias al tiempo que
va variando su ubicación dentro del programa general de la casa.
En
principio, siguiendo una tradición tipo palladiana, las plantas tienden a la
simetría y a la distribución de los volúmenes equivalentes, no obstante, lo
mismo que sucediera con las viviendas unifamiliares, las actualizadas
exigencias de los ciudadanos marcadas por la evolución y por la introducción de
nuevos adelantos técnicos irán modificando y enriqueciendo considerablemente
los esquemas.
Antes
de abandonar este apartado y siguiendo con las tipologías de vivienda, tan solo
quisiéramos mencionar el hecho de que fue durante este período dominado por
el eclecticismo, cuando van concretándose algunas
propuestas de viviendas destinadas a la clase trabajadora. Bilbao será la
pionera a la hora de adoptar, aunque muy tímidamente, modelos ensayados más
ampliamente en otros países europeos. Así, antes de la Ley de Casas Baratas
(1911) ya se habían producido experiencias como la barriada del Barrio de la
Cruz en las Calzadas de Mallona (1904) o la ciudad jardín de Iralabarri,
iniciada en 1907 siguiendo los modelos ingleses y que se puede contar como una
de las experiencias más punterasde cuantas se estaban realizando entonces
en España.
Hay algo en lo que parecen ponerse de acuerdo los estudiosos de la
arquitectura de este periodo y es sobre la fuerte influencia que ejerció la
arquitectura francesa en nuestra arquitectura. Durante su formación, como ya se
ha mencionado, los arquitectos y maestros de obras recibieron el influjo de la
poderosa Academia Beaux Arts de París y con ciertos años de retraso, otras
veces con más rapidez, fueron incorporando sus dictados gracias a los libros y
textos, a revistas a congresos, viajes¿
Mientras Giner de los Ríos66 insistía en el fuerte sabor
francés que tenían las construcciones de este momento, otro contemporáneo,
Leonardo Rucabado,67 a su llegada a Bilbao en 1900 se hacía eco del tributo que hubieron
de pagar los viejos colegas al llamado Renacimiento francés que todo lo
invadía. Un Renacimiento francés que a decir de L. Hautecoeur comienza con
" la admiración por el estilo Luis XIV (que) fue la reacción
contra la rocalla. Después que los románticos se fijaran en el estilo Luis
XIII, pasaron a fijarse en el estilo del final del XVII. La vuelta al estilo
Luis XIV vino favorecido por la apertura delMuseo de Versalles . Luego
se puso de moda el estilo Luis XV que se llamó también Estilo
Pompadour; más tarde, y debido a la admiración que profesaba la Emperatriz
Eugenia por María Antonieta, el estilo Luis XVI ".68 El llamado
estilo de los Luises, en el que se van mezclando influencias de todos los
momentos históricos citados, a los que venía a sumarse el influjo del renacimiento
italiano, conoció un dilatado periodo de vigencia y culminó durante el llamado
Segundo Imperio con Napoleón III y el ya citado barón Haussman a la cabeza de
las reformas de París. Fue entonces cuando se completaron las obras del Louvre
y cuando se levanta la Opera de París, de modo que en mayor o menor medida gran
parte de las construcciones europeas de este momento dejaron sentir este fuerte
influjo llegado de esa ciudad.
Pero no solo será el estilo francés con su particular interpretación de los
órdenes y motivos clásicos y renacentistas, con esa abundancia y variedad de
columnas, capiteles y entablamentos, la única fuente de inspiración, ya que
tras asumir el estilo renacentista, vendrían otros como los estilos medievales,
el morisco e influencias de la más diversas procedencias traducidas en nuestras
construcciones unifamiliares (alpinas, renacimiento italiano, cottage inglés,
renacimiento flamenco¿). A partir de 1900 se van incorporando otras tendencias
como el Modernismo o el estilo Secesión. Para pasar, a partir de la primera
década de este siglo XX, a introducir lenguajes más locales y más propiamente
nacionales, caso del regionalismo neo-vasco o neo-montañés. Pero estos estilos
no solo se suceden sino que se yuxtaponen y se mezclan lo que dará lugar a una
arquitectura multiforme y ecléctica en la que los elementos se descomponen y se
descontextualizan para conformar repertorios diversos que luego se aplican con
total libertad en el proyecto. En un edificio de fuerte sabor clasicista
podemos encontrar así algún elemento gótico (caso de la fachada de la
Universidad de Deusto), mientras que lo morisco se asoma en una fachada de
concepción modernista (el Teatro Campos de Bilbao).
De otro lado es clara la importancia que adopta la ornamentación a la hora
de determinar la categoría de un edificio hasta el punto de que, en este
momento, su ausencia le niega su misma razón de ser. Si no hay ornamentación no
hay arte, si no hay arte, no hay arquitectura. El factor artístico, pues,
será la meta de cualquier edificio ecléctico sea cual sea su condición y en
este sentido, como señala I. Solá Morales, en el momento de abordar el
proyecto, el arquitecto más que plantearse qué estilo ha de emplear, se pone
ante la situación de qué decoración elegir. Las fachadas adquieren un gran
protagonismo desde el momento en que se convierten en la carta de presentación
de un edificio, la envoltura era primordial, los interiores, la funcionalidad,
el aprovechamiento de los espacios, pasaba a un segundo plano, de ahí que se asocie eclecticismo con fachadismo.
A pesar de la libertad de que disfrutaban los arquitectos a la hora de
elegir sus repertorios, entre los más conscientes hay no obstante una
preocupación por estar desarrollando un arte moderno, es decir, un arte
adaptado a su tiempo. Perciben que están tomando de prestado a los estilos del
pasado, pero conciben esto como un impasse como una situación de compromiso
" Antes era el estilo el que se imponía al artista , dirá
Viollet-le-Duc, ahora es el artista quien debe descubrir el
estilo". La frustración ante las dificultades de encontrar ese estilo
moderno y los riesgos de no saber medir cantidad, calidad y diversidad de la
ornamentación podían llevar al pastiche, a la exageración, transgrediendo
principios como mesura, decoro, dignidad, buen gusto tan caros por otro lado a
la burguesía. Se da así una situación en la que el retorno nostálgico hacia el
pasado coincide con una confianza en el progreso que se manifiesta en la
incorporación de nuevos materiales y adelantos técnicos, pero por otro lado se
observa un pesimismo acerca de la arquitectura contemporánea, de modo que las
críticas y autocríticas se repiten entre los arquitectos extranjeros
reflejándose igualmente en las páginas de las revistas de arquitectura
nacionales " el eclecticismo, entendido no como
una entidad estilística, sino como una actitud, un modo de hacer y de entender
la profesión, era la nota característica de la arquitectura de la época, y
siempre entendido como periodo de transición hacia ese estilo propio, original
y originariamente español ".
En esa espera, los distintos estilos fueron adaptándose a nuestras
construcciones de modo que como ya se ha indicado, el estilo Gran Renacimiento
francés, a veces aderezado de una fuerte impronta barroca fue considerado
idóneo para la tipología palacial, de tal forma que en un grado u otro nos lo
encontramos en los grandes edificios públicos a los que se ha hecho referencia,
en fin en todos aquellos que, como ya se mencionó más arriba, reclamaban una
fuerte monumentalidad. Claro que también puede estar presente este clasicismo,
quizá más comedido, en otros edificios como las escuelas de Amara y de Zuloaga,
el antiguo Colegio de los Ángeles, Colegio de San José, todos en San Sebastián;
también en edificios como el actual Instituto Vasco de la Mujer en Vitoria,
Escuela de Félix Serrano, de Cervantes y Maestro García Rivero, de Bilbao, la
Sociedad Recreativa "El Sitio"¿ y por supuesto en buen número de
viviendas unifamiliares y edificios de viviendas en los ensanches de
las tres ciudades. Como ya se ha dicho, la utilización de nuevos materiales
permite el crecimiento de los edificios[37].
Como se ha apuntado, los lenguajes medievalistas con predominio del
goticismo, se dejan sentir en la práctica totalidad de edificios religiosos;
Catedral Nueva de Vitoria, Catedral del Buen Pastor e iglesia de San Ignacio en
San Sebastián, la de la Residencia de los Padres Jesuitas y la Quinta Parroquia
en Bilbao, pero también en la Iglesia y Convento de los Jesuitas, Convento
Siervas de María, Convento de Reparadoras, Iglesia de las Carmelitas en San
Sebastián o el Noviciado de las Carmelitas y Monasterio de las Salesas de
Vitoria. El cementerio de Derio también presenta una arquitectura cercana a
este lenguaje, lo mismo que algunos centros de enseñanza como el de los Padres
Escolapios de Bilbao, por solo citar algunos ejemplos. En lo que se refiere a
la arquitectura privada, en Bilbao es raro encontrar motivos medievales como
decoración de las fachadas, -algún caso aislado como el de la calle Bertendona
nº 8-, sin embargo en San Sebastián lo vemos en algunos ejemplos tan
representativos como en el Paseo Salamanca nº 2 o nº 7, incluso en la calle
Padre Larroca nº 1-3, ya en la avanzada fecha de 1905 y mezclado con sabor
modernista. Esta misma combinación goticismo-modernismo solo que notablemente
más acentuada se observa en Vitoria, en la Casa Parroquial de Santa María cuya
cronología notablemente tardía asciende a 1929.
La arquitectura morisca tuvo una
particular aceptación en los edificios de recreo y fue considerada
especialmente apta para plazas de toros o establecimientos como cafés (buen
ejemplo es el Iruña, de Bilbao), aunque en el mismo Bilbao, en pleno corazón
del edificio del Ayuntamiento nos topamos como uno de los salones neo-árabes
más espectaculares de cuantos se realizaron en España. Excepcionalmente aparece
decoración morisca en la vivienda privada. Sabemos de un pequeño chalet situado
en el Campo de Volantín de Bilbao hoy desaparecido, aunque el caso más
llamativo se encuentra en el Paseo Fray Francisco de Vitoria, Villa Sofía, una
sofisticada y exótica residencia que diseñó el arquitecto Julio Saracíbar como
habitación propia y en la que no escatimó fantasía a la hora de elegir los más
variados elementos ornamentales. En cuanto a viviendas de pisos quizá el caso
más representativo se encuentre en Bilbao, en el nº 2 de la calle Ledesma. Con
el paso del siglo comenzó a hacerse más visible la influencia de la
arquitectura modernista. Aunque está siendo motivo de estudio, parece que puede
adelantarse que en el País Vasco fue un estilo que no conoció un excesivo
arraigo, si tenemos además en cuenta que para algunos era sinónimo de
"frivolidad" o de exceso ornamental, y tampoco puede hablarse de una
modernismo con características locales específicas ya que nos encontrábamos
lejos de las bases culturales, ideológicas, históricas e incluso religiosas que
dieron origen al modernismo en Barcelona. Aquí fue asimilado como un
estilo más. En cada una de nuestras ciudades el modernismo tuvo, no obstante
sus particularidades. Ricardo Bastida, desde su cargo de Arquitecto Municipal
en Bilbao y tras su formación como arquitecto en Barcelona, dejó constancia de
su paso por dicha ciudad y por las enseñanzas de Domenech i Montaner cuando
aborda edificios públicos como la Alhóndiga, los lavaderos (luego mercadillos)
de Castaños y San Mamés, el Centro de Desinfecciones y de la Casa de Leche en
Urazurrutia. En todos ellos deja traslucir la concepción racionalista del
maestro catalán citado, utilizando un lenguaje sobrio en decoración y un hábil
empleo de los materiales, ladrillo y cerámica. Por lo demás sabemos
de algunos establecimientos industriales con motivos modernistas, pero en el
campo de la vivienda privada salvo el chalet plenamente modernista, en la línea
decorativa de un Gaudí, realizado por Leonardo Rucabado tras su reciente
llegada a Bilbao desde Barcelona, el chalet de Enrique Ocio (desaparecido), o
la vivienda de pisos sita en la Alameda de Recalde nº 34, con un revestimiento
decorativo obra del decorador Darroguy, los motivos modernistas se salpican por
algunas fachadas del Ensanche, aunque su presencia no es relevante.
Tampoco en San Sebastián el modernismo tuvo un marcado papel pero sí fue
más frecuente en los edificios de viviendas, si bien se reduce a los motivos
decorativos de sus fachadas y sobre todo al de los portales. El modernismo aquí
parece influenciarse más en las corrientes francesa, belga, italiana o vienesa
que en las catalanas, aunque a veces se encuentra mixtificado con motivos
clasicistas tradicionales que neutralizan su modernidad. Se concentra en
edificios de calles como Prim (entre 1900-1910), Sánchez Toca, Paseo de
Francia. No parece que cundió sin embargo el modernismo en los edificios
públicos e ignoramos si lo hizo en arquitectura industrial, quizá desaparecida
como en el caso de Bilbao.
" El Modernismo deja sus muestras, aunque no demasiado abundantes ,
en Vitoria”. Vitoria participa de lo
que últimamente se viene llamando modernismo periférico y que tiene
pocas o ninguna conexión con el modernismo catalán. Si éste, siguiendo a
Sambricio, puede considerarse como una arquitectura regional, el vitoriano de
ningún modo tiene características regionalistas ". Ana de Begoña
sitúa los edificios modernistas más significativos entre aproximadamente 1903,
con la casa de J. Saracíbar para Heraclio Fournier en la calle de San Antonio
esquina calle Sur, y el edificio del arquitecto Francisco Albiñana para Antonio
Bonilla, de 1916.
El Secesionismo se deja sentir tras la celebración en Viena del VIII
Congreso Internacional (1908) al que acuden algunos arquitectos vascos, entre
ellos el ya citado Leonardo Rucabado, quien a su vuelta dejará en Bilbao dos
muestras de su paso por la capital austriaca en un edificio unifamiliar en
Indauchu, copia casi literal de una obra de O. Wagner y en otro de viviendas en
la Calle Elcano nº 13.
El País Vasco se dejó también invadir por las corrientes nacionalistas que
soplaban tanto en Europa como en España. A la crisis por la búsqueda de un
estilo moderno se sumó la ya citada necesidad de encontrar un estilo nacional
"lejos de los extranjerismos que nos invaden". Ya la fecha de 1898,
con la pérdida de las colonias y la constatación de la decadencia en que estaba
sumido el País, desató una crisis que provocó la reacción entre los arquitectos
que sentían la necesidad de restablecer la dignidad nacional gracias a un
estilo propiamente español. Nuestro Pabellón de la Exposición Universal de
París de 1900 encumbró al neoplateresco como un estilo genuino y
representativo. Un ejemplo del uso de ese lenguaje se concreta en el citado
Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, obra proyectada por Francisco Urcola
en 1909 y en la que manifiesta expresamente su deseo de renunciar a la
arquitectura foránea identificándose con los postulados de quienes pretendían
rescatar una arquitectura más propiamente española.
A partir de 1910 esta corriente regeneradora busca en las arquitecturas
regionales la base para una nueva arquitectura. Dos serán las posturas: una que
aboga por el estudio en profundidad de estas arquitecturas vernáculas populares
y anónimas, a fin de sacar las conclusiones constructivas que de ellas se
derivan y reflejarlas luego en una arquitectura sincera, al margen de las manifestaciones
grandilocuentes del los estilos históricos; y otros que buscan perpetuar la
arquitectura como problema de fachada y que optan por la recuperación de las
arquitecturas regionales en las que junto a elementos populares se toman, sobre
todo, elementos de la arquitectura palacial que luego se aplican sobre las
estructuras modernas. " El hecho de vestir las necesidades
modernas con un ropaje antiguo, constituye ya una evolución ", dirá
L. Rucabado, quien tras abjurar de su etapa anterior se convertirá en auténtico
paladín de esta orientación tradicionalista y retrógrada. Regionalismo
neo-montañés y regionalismo neo-vasco comenzarán a extenderse por nuestras
construcciones, en principio y en particular en las grandes residencias
unifamiliares, caso de algunas citadas en Neguri, aunque se dio también en
ciertas viviendas de pisos de alto nivel, lo que se observa tanto en Bilbao
como en San Sebastián. Sin embargo, en Vitoria la aplicación de estos lenguajes
regionales se patentiza también en la arquitectura pública, en el edificio de
Correos y Telégrafos firmado por Luis Díaz Tolosana en 1922.
Como decimos, a veces estos repertorios ornamentales responden a un estilo
más o menos definido, pero es muy frecuente encontrar los elementos mezclados,
de modo que, en ocasiones, resulta difícil establecer una clara filiación. De
ahí que podamos insistir sobre el hecho de que el eclecticismo más que una opción estilística era una disposición, una forma de
entender la profesión. Una forma de trabajo que posibilitaba ejercicios libres
en los que los arquitectos podían elegir entre un gran número de repertorios
pero con los que tenían que enfrentarse a nuevos retos como era el cambio de
las Ordenanzas, fruto de las nuevas necesidades, el uso del hormigón y otros materiales
nuevos o ampliamente perfeccionados, la creciente necesidad de incorporar el
ascensor, la presencia del automóvil, en definitiva, asumir la modernidad. Pero
este reto, si bien se va perfilando a lo largo de estas dos primeras décadas
del siglo XX, se patentizará a partir de 1920.
Se echa de menos un estudio acerca de los materiales y métodos de
construcción en este periodo tan rico en producciones. La revolución industrial llevó inevitablemente a la revolución paralela
de los métodos de construcción y uno de los aspectos más destacados será la
incorporación del hierro. Parece que la preocupación por la nueva tecnología
del hierro y su aprovechamiento en la construcción data ya de la época de
Isabel II. En principio su aplicación se centra en obras de ingeniería como
edificios de carácter industrial así puentes, mercados, estaciones de
ferrocarril, aunque también para edificios recreativos tales como circos, frontones,
quioscos, plazas de toros. Todos mostrarán sus atrevidas estructuras de hierro
que en principio diseñarán ingenieros y arquitectos franceses e ingleses
traídos expresamente, y que luego aplicarán los arquitectos vascos en cada una
de las provincias con resultados notables. El hierro se incorporará igualmente
a la estructura de las viviendas sustituyendo los pilares de madera por los
llamados pies de fundición, mientras que el primer suelo del edificio deberá ir
en bovedilla. A partir de aproximadamente 1880 se observa, al menos en Bilbao,
esta incorporación aunque pervive con estructuras antiguas, sobre todo en las
construcciones más humildes. Las Ordenanzas contribuirán a la erradicación de
los viejos sistemas con la prohibición de construir entramados de madera en los
muros de fachada medianeros y contiguos y cajas de escalera que deberán ser de
fábrica.
Pero el Eclecticismo, por su carácter,
demandaba unos materiales en consonancia y en este sentido la abundancia de
canteras en torno a las tres ciudades facilitó el uso de nobles materiales para
las construcciones, lo que se pone de manifiesto en la lectura de las numerosas
memorias de los proyectos en las que encontramos piedra arenisca, piedra
caliza, mármoles... La piedra (muchas veces en forma de sillería[38]) se usará para basamentos[39], también en cornisas, en
forma de modillones y en ciertos elementos decorativos, siempre en consonancia
con la calidad de la construcción. Paulatinamente, no obstante y en base al
nivel de la construcción, se sustituirá la piedra natural por la piedra
artificial.
Es notable también la incorporación del ladrillo, que en Bilbao
concretamente adquiere verdadera calidad tanto en edificios públicos como en
viviendas de alquiler. En Vitoria, el ladrillo rojo combinado con la piedra empezó a introducirse con la construcción de
los nuevos cuarteles, y tuvo una época de florecimiento en los edificios
castrenses77 (los antiguos cuarteles de Flandes por ejemplo). En San Sebastián no
es muy abundante el uso del ladrillo ni en los
edificios públicos ni en los privados, quizá porque era considerado un material
que se adaptaba peor a la impronta que se pretendía dar a sus edificaciones. Es
escaso el uso de material cerámico polícromo en las tres capitales si
exceptuamos los de carácter modernista, pero abunda la madera en los miradores,
a veces con resultados notables, y sobre todo es de destacar la calidad y
variedad de los trabajos de hierro en antepechos de ventanas y balcones y a
veces en los armazones de los miradores. En cuanto a las cubiertas, abundan las
de teja árabe, aunque en los edificios públicos a base de grandes cúpulas,
sobre todo en el caso de San Sebastián, así como en algunas residencias, abunda
la pizarra. Para los interiores, madera para los suelos y baldosa hidráulica
son los materiales más empleados.
En Europa la técnica del hormigón armado fue desarrollándose a lo largo de
la última década de 1800. Irradiada desde Francia llegó al País Vasco en 1900
gracias a dos concesiones del sistema Hennebique otorgadas a dos industriales,
uno en Bilbao y otro en San Sebastián. Fue precisamente entre 1899 y 1900 cuando
se construye el primer edificio en hormigón armado en el País Vasco (incluso el
primero en toda España): una fábrica de harinas conocida como La Ceres. A
partir de este momento, las experiencias se repetirán, en principio dentro de
la edificación pública, la alhóndiga de R. Bastida en 1905, parece una de las
primeras construidas enteramente en hormigón) hasta pasar a la edificación
privada, lo que no se produce hasta la década de los años 20. Coincidiendo con
la incorporación del hormigón en las construcciones privadas se produjo un
fenómeno curioso en San Sebastián y fue la sustitución de los tradicionales
miradores de madera por otros nuevos de hormigón, con vuelos y dimensiones
mucho mayores, así como la incorporación de los nefastos levantes de una o
incluso de dos alturas. Ambos hechos han marcado definitivamente el aspecto de
calles y plazas, desfigurando en buena medida el carácter de los ensanches decimonónicos.
Hasta 1844, fecha de la creación de la Escuela Especial de Arquitectura de
Madrid[40], la Academia de
Bellas Artes de San Fernando fue el único organismo oficial capacitado para
expedir el título de Arquitecto. A partir de 1871 comenzó a funcionar también
la Escuela de Arquitectura de Barcelona, de modo que con el paso del tiempo los
arquitectos pudieron formarse en uno u otro lugar. Pedro Navascués señala que
el foco más rico del eclecticismo español fue no
obstante la Escuela de Madrid, seguida de la Barcelona y añade " Es
difícil definir, por hoy, las diferencias entre una y otra, pues
conceptualmente el eclecticismo midió actitudes; no obstante, la óptica formal
tiende a contemplar modelos regionales en Barcelona, mientras que en Madrid
suelen tener un carácter internacional ".
En el caso del País Vasco la mayor parte de los arquitectos, cuya nómina va
a ser muy nutrida sobre todo en la capital vizcaína y alrededores, tanto los
responsables del diseño de los ensanches de las nuevas
poblaciones como los ejecutores de los principales edificios públicos y buena
parte de los edificios privados, se formaron en Madrid. De los datos que
conocemos se desprende que los estudios en Barcelona no comienzan a ser
frecuentes sino a partir de 1890 y los arquitectos que surgen de la nueva
Escuela son, al menos en el caso concreto de Bilbao, en buena medida los
introductores del modernismo y de los regionalismos arquitectónicos.
Tras finalizar los estudios, encontramos a los arquitectos de vuelta a sus
lugares de origen, allí comienzan su andadura profesional, los más afortunados
desde los cargos de Arquitecto Municipal o Arquitecto Provincial, situación que
no les impide ejercer igualmente para una clientela privada. La mayor parte de
estos arquitectos dedicados a la Administración son nacidos en la capitales
respectivas o en la provincia, hecho que es más notorio conforme pasa el
tiempo.84 Como decíamos ellos serán los responsables del diseño de buena parte
de los edificios públicos aunque, cuando se trata de un edificio de particular
relevancia, se recurra a la fórmula del concurso público.
La convocatoria de estos certámenes, para cuyo fallo se requería a la
Academia de Bellas Artes de San Fernando, era de ámbito estatal y suponía un
acontecimiento de interés para todos los profesionales quienes participaban,
siempre ocultos bajo un emblema o un seudónimo que garantizara su anonimato,
arquitectos de diversa procedencia y condición. En ocasiones los concursos
daban lugar al asentamiento de un arquitecto en la ciudad organizadora, uno de
los casos más notables fue quizá el de Luis Aladrén quien, junto a Adolfo
Morales de los Ríos, obtendría el proyecto del Gran Casino de San Sebastián
tras ganar el Concurso. Poco después, también junto a Morales de los Ríos,
conseguiría la reconstrucción de la Diputación de Guipúzcoa y poco más tarde y,
ya en solitario, ejecutaría el proyecto del edificio de la Diputación de
Vizcaya. Luis Aladrén se convirtió así en uno de los profesionales más
reconocidos tanto en San Sebastián como en Bilbao. En ambas ciudades dejaría
también obras privadas aunque escasas, dada su prematura muerte.
No obstante en ocasiones la presencia de un arquitecto foráneo vino
provocada por el prestigio que ostentaba, es el caso del Marqués de Cubas,
autor del proyecto de la Universidad de Deusto y del romántico Castillo de
Butrón, también pudo pesar la fama en la elección de Javier de Luque, quien
junto al también prestigioso Julián de Apraiz resolverán la nueva Catedral de
Vitoria. El reconocimiento profesional, o a veces también el capricho, pueden
requerir la presencia de arquitectos extranjeros en nuestras ciudades, tal fue
el caso de Charles Meuwe, arquitecto de origen francés y como ya se ha
comentado "famoso" por sus hoteles, de Selden Wornum, arquitecto de
Londres especialista en residencias aristocráticas en la vecina Biarritz, o de
Paul Hankar, requerido por Victor Chávarri para engarzar en pleno corazón del
ensanche bilbaíno una muestra del pintoresco Renacimiento bruselés. Claro que
en ninguno de los casos tenemos constancia de la presencia física del técnico,
ya que la dirección de sus obras, fue encomendada a algún arquitecto
local.
Un hecho llama la atención y es el escaso intercambio de profesionales
dentro del País vasco. Lo cierto es que cada uno tendió a circunscribirse a su
estricto territorio y exceptuando el caso de los arquitectos vitorianos Martín Saracíbar y Julio Saracíbar, el primero
trabajando en San Sebastián para el proyecto del Ensanche y su hijo desde el
cargo de arquitecto municipal de Bilbao desde 1877, es raro encontrar esa
permuta entre técnicos. Entre las escasas noticias que tenemos en este sentido
está el proyecto del Convento de Las Salesas de Vitoria, realizado por el
guipuzcoano Cristóbal Lecumberri y cuyos planos reformó y dirigió Fausto
Iñiguez de Betolaza. Por su parte, en el famoso concurso del Puente de
María Cristina entraron en concurso los arquitectos e ingenieros Miguel
Otamendi y Vicente Machimbarrena o Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, por
cierto nombres que asociamos igualmente a concursos de puentes bilbainos. pero
lo más curioso es que el jurado estuviera compuesto por una más que nutrida
representación vizcaina, así los ingenieros Evaristo Churruca, Pablo Alzola,
Enrique Gadea, Recaredo de Uhagón y Marcelo Sarasola. Por cierto, finalmente
sería el ingeniero madrileño José Eugenio Ribera, junto al arquitecto Julio M.
Zapata quien se haría con el proyecto de este puente monumental que se
inauguraría en 1905. Tiempo después, en los años 20, volvemos a encontrarnos a
Ribera junto a ¿su hermano o hijo? el ingeniero J. Emilio Ribera proponiendo el
que sería el primer plan de Metro para Bilbao. Volviendo a San Sebastián,
hacia 1917 el arquitecto bilbaíno Pedro Guimón plantearía un proyecto para la
ordenación de las villas de Ondarreta.
De cualquier forma, lo que si parecieron compartir, al menos las dos grandes
ciudades, fue la lucha de intereses que se desató entre los arquitectos y
maestros de obras y que fue haciéndose más y más enconada a medida que
discurrían las décadas. Los Maestros de Obras eran técnicos de titulación media
que podían obtener su titulación tanto en la Academia de Bellas Artes de San
Fernando de Madrid como en escuelas provinciales dependientes de aquella, como
las de Sevilla, Valencia o Valladolid. Fue en esta última, la Escuela de la
Purísima Concepción de Valladolid la que, junto a Madrid, donde se formaron
buena parte de estudiantes vascos, muy probablemente atraídos por la proximidad
geográfica.
Las atribuciones de ambos eran, en principio, diferentes, ya que si bien
los arquitectos[41]
podían intervenir en cualquier tipo de construcción, los maestros de obras
tenían que ceñirse a los encargos privados pues no podían intervenir en las
obras públicas sino en calidad de segundo director. En los primeros momentos,
mientras los ensanches crecían de forma
acelerada y el volumen de trabajo se acumulaba, la labor de estos maestros de
obras fue aceptada incluso por los arquitectos, de hecho el porcentaje de
edificios de los ensanches de las tres
ciudades atribuibles a estos técnicos medios es realmente notable. Sin embargo,
las cada vez más nutridas promociones de arquitectos fueron desplazándoles, al
mismo tiempo que emprendían una denodada lucha desde todos los frentes, corporativo,
político, legislativo en vistas a frenar la actividad de sus rivales.
La titulación de maestros de obras fue definitivamente abolida en 1871,
pero se daba la circunstancia de que algunos maestros de obras, instalados
desde años atrás, como era el caso de Daniel Escondrillas. Domingo Fort y Pedro
Peláez en Bilbao, o José Galo Aguirresarobe, José E. Escoriaza Domingo
Eceiza en San Sebastián, o Pantaleón Iradier y Juan Antonio Garayzabal en
Vitoria, habían alcanzado un reconocimiento profesional y una clientela
sobresalientes lo que provocaba el rechazo de los nuevos y los viejos
arquitectos que veían vulnerados sus derechos y, lo que es peor, su campo de
actividad, máxime cuando los encargos comienzan a escasear. Paulatinamente
asistiremos a la desaparición (bien por cuestiones de edad, bien por traslado)
de los viejos maestros de obras y al desplazamiento de los más nuevos hacia las
poblaciones periféricas. No obstante, con el paso del tiempo también el cargo
de arquitecto municipal y las obras en poblaciones como Ondárroa, Plencia,
Baracaldo, Tolosa, serán igualmente requeridos y apetecidos por los
arquitectos, desalojando de nuevo a los técnicos medios. La profesión entró así
en una vía muerta y aunque no dejaron de trabajar hasta su literal extinción,
su labor se vio cada vez más limitada.
Se ha hecho referencia más arriba al papel desempeñado por los foros,
certámenes, congresos y sobre todo también por las publicaciones como vehículos
de información acerca de cuanto estaba aconteciendo en el campo de la arquitectura
tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En el campo de la teoría o de la
reflexión escrita se echa no obstante de menos una mayor participación por
parte de nuestros técnicos locales. Los escritos sobre arquitectura en este
periodo son más bien escasos, si exceptuamos alguna Memoria, algún artículo
aislado en la Prensa local, quizá la excepción esté en el varias veces citado
arquitecto Leonardo Rucabado, quien dejó clara constancia de su visión de la
arquitectura y del papel que debía jugar en varios foros y en artículos de
ámbito nacional, pero sobre todo en aquella polémica ponencia presentada
precisamente en el VI Congreso Nacional de Arquitectura celebrado en San
Sebastián en 1915 "Orientaciones para el resurgimiento de una arquitectura
nacional". Habrá que esperar a los años 20 para que se impulse esta
faceta crítica entre los arquitectos y entre los estudiosos de la arquitectura
coincidiendo con la aparición de la que parece ser la primera revista del País
Vasco dedicada exclusivamente a los temas de la arquitectura y la construcción,
que se inició bajo el título La Construcción y las Artes Decorativas y
a la que luego sucedería Propiedad y Construcción .
1.17.2.
Escultura
Desde mediados del siglo XIX, la suma de las revoluciones políticas,
económicas y científicas han traído que la vida, haya adquirido una vertiginosa
capacidad de transformación. Este nuevo factor ha influido en todas las facetas
de la sociedad y, por tanto, también en la cultura[42]
y, concretamente, en el arte. Por ello, la homogeneidad estilística de otros
períodos anteriores ha desaparecido, y han surgido numerosos, sucesivos y, en
muchas ocasiones, simultáneos movimientos artísticos que han intentado responder
a las necesidades de una sociedad en constante proceso de cambio. Por
consiguiente, los artistas han comprendido que podían y debían abandonar los
lenguajes utilizados hasta entonces y apostar por crear nuevas formas que
expresasen la singularidad de cada uno de ellos ya que, por fin, su capacidad
creativa había sido liberada. No
es fácil escribir una historia de la escultura en unos períodos históricos en
los cuales el término no existía. El concepto de escultura es relativamente
moderno, ya que hasta el Renacimiento no se habla en términos de escultura para
referirse a la actividad artística que trata del volumen de tres dimensiones en
el espacio. Las distintas técnicas utilizadas, como la talla[43] y
la fundición[44]
se consideraban actividades diferentes y costó mucho trabajo unirlas bajo el
concepto de escultura. En nuestros días, se llama “escultura” al arte de
esculpir, de crear formas y figuras tridimensionales, trabajando sobre
materiales duros (mármol, piedra, madera, etc.) para excavar o entallar, o bien
modelando en la forma deseada masas plásticas (arcilla, yeso, cera, etc.). Las
técnicas utilizadas están en estrecha relación con los materiales empleados: en
la escultura plástica se realiza una gradual modulación hasta alcanzar la forma
deseada; en la escultura de mármol u otra piedra se desengrosa la masa excavando con instrumentos adecuados;
la escultura en bronce o en otros metales requiere un proceso de fusión. Además,
muchas veces, los trabajos que consideramos escultóricos de períodos antiguos
responden más a conceptos bidimensionales que a tridimensionales y, por ello,
añaden una dificultad a los problemas conceptuales planteados anteriormente. Deberemos
de enfrentarnos a estos problemas y algunos más al analizar la producción escultórica
en el País Vasco, sobre todo ante los objetos realizados antes del siglo XVI,
momento en el que llega a nuestro país el concepto de escultura, e incluso más
tarde, ya que hasta el siglo XVIII no terminó de normalizarse el concepto
moderno de arte. El
desarrollo económico del País Vasco a partir de finales del siglo XIX trajo
consigo el desarrollo del arte moderno a
nuestro país, sobre todo a Bilbao. Este hecho supuso el comienzo de la pintura
moderna y la conversión de la ciudad en un centro importante de producción, con
la particularidad de que la pintura cobró un protagonismo especial.
1.17.3. La pintura y las artes plásticas
En las artes plásticas también
predominó el eclecticismo[45],
y así, romanticismo[46],
historicismo y costumbrismo[47], fueron
los principales estilos que se cultivaron tanto en la pintura como en la
escultura. De todos modos, técnica y formalmente se continuó con el más
estricto de los clasicismos y el cambio de estilo sólo se aplicó temáticamente. La primera generación de pintores
vascos la constituyeron, entre otros, Francisco
Bringas, Antonio
María de Lecuona, Juan de
Barroeta y Eduardo
Zamacois; estos artistas fusionaron el romanticismo con el
costumbrismo, realizando una pintura de género que comenzó a tener cierto éxito
entre la burguesía vasca ya que abordaba temas tanto relacionados con el ámbito
rural vasco como con la propia burguesía. En
cambio, la siguiente generación, en la que destacaron José de
Echenagusia, Ignacio Díaz
Olano, Alejandro Irureta, Rogelio
Gordón e Ignacio
Ugarte, sí comenzó a dar señales de los cambios que se
avecinaban. Entre las principales novedades que aportaron, señalar la apuesta
que realizaron por el paisaje, con lo que ello suponía de avance en la libertad
creadora, y por la pintura de historia, en la que comenzaron a establecer
algunos de los modelos que posteriormente se desarrollaron con gran éxito. Sin embargo, los primeros signos de cambio
también los encontramos a finales del siglo XIX y, concretamente, en las dos
últimas décadas. Influidos por los estilos renovadores que se estaban
desarrollando principalmente en Francia -impresionismo, simbolismo,
postimpresionismo-, un grupo de pintores vascos decidió adaptar a sus estilos
algunos de los signos y elementos de modernidad que se estaban desarrollando en
Europa. Entre los pintores que decidieron apostar por combinar el clasicismo
que se desarrollaba en Euskal Herria[48]
con estos nuevos estilos, destacaron Anselmo
Guinea, Adolfo
Guiard y, sobre todo, Darío de
Regoyos; mientras que los dos primeros sólo tomaron algunos de
los recursos técnicos más característicos del impresionismo sin abandonar el
dibujo, Regoyos apostó por el impresionismo en su esencia. En
cuanto a la escultura, aunque las circunstancias fueron las mismas, los
principales artistas que trabajaron en Euskal Herria procedieron de otros
territorios. Entre los escultores de los que se conserva obra destacamos a
Mariano Benlliure.
1.18.
El siglo XX y
Euzkadi
La Arquitectura ecléctica
En el siglo XX, en el ámbito
arquitectónico[49]
las primeras manifestaciones arquitectónicas modernas
llegaron a través de Euskal Herria. Sin embargo, los movimientos de vanguardia,
tanto culturales como artísticos, desarrollados durante este período en otras
áreas de Europa aquí no se conocieron. De hecho, en Euskal Herria durante este
período no surgieron movimientos de vanguardia sino que, generalmente, y con
retraso, se adaptaban y se amoldaban los procedentes del exterior a las
características del arte que se realizaba en nuestro territorio. Por todo ello,
a esta primera etapa del siglo XX, que en el ámbito europeo se le denomina
período de vanguardia, en el contexto vasco es conocida como fase de
modernidad.
Durante las primeras décadas del siglo XX, el eclecticismo fue el estilo predominante
en la mayoría de las obras arquitectónicas realizadas en Euskal Herria. Sin
embargo, la aportación más importante y trascendental de este período fue la
aparición del lenguaje moderno. Este nuevo lenguaje que se propuso desde su
creación hacer coincidir la forma con la función, emplear los nuevos
materiales, eliminar la decoración superflua de los edificios, destacar la
estética[50]
de los propios valores expresivos de las formas y utilizar formas geométricas,
se articuló como la respuesta arquitectónica a las necesidades de la sociedad
del momento. Mencionaremos nada más un templo católico, trazado por Miguel Fisac (Daimiel, 1913). Se trata de la
Parroquia de la Coronación, de Vitoria.
En este templo la atracción hacia el altar se obtiene contraponiendo un muro recto,
eestático, a otro curvo. Pero el templo ha de llenar otras necesidades.
Primeramente se encuentra el bautisterio,ya que por medio de este sacramento se
ingresa en la grey cristiana. Los confesionarios
se mantienen separados para no estorbar a la misa. Y existe una capilla
recogida, para misas privadas y meditación.
En cuanto tanto a los ejemplos materiales como a los nombres de los
arquitectos más representativos del período, a partir de ahora, como ya hemos
dicho con anterioridad, es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la
abundancia de los mismos.
En
suma, por lo tanto, en el siglo XX, en el ámbito arquitectónico[51]
las primeras manifestaciones arquitectónicas modernas
llegaron a través de Euskal Herria.
Durante las primeras décadas del siglo XX, el eclecticismo fue el estilo
predominante en la mayoría de las obras arquitectónicas realizadas en Euskal
Herria: a través de una nueva estética[52].
Como
señala Claude Mignot, desde los monumentos símbolo como la Estatua de la
Libertad, el Big Ben, el Arco de Triunfo o el Sagrado Corazón, hasta la escuela
o el ayuntamiento más humilde de una pequeña población, el siglo XIX marca
profundamente el paisaje arquitectónico urbano y rural, pero esa arquitectura
tan familiar es desconcertante por su abundancia, su variedad y, a veces
también, por su fealdad.
Esta
idea puede ser trasladado al País Vasco ya que durante ese siglo fue cuando
surgieron en nuestras ciudades los monumentos, plazas públicas, jardines,
ayuntamientos, palacios de justicia, cárceles, cuarteles, aduanas, bolsas,
bibliotecas, cementerios, pero también cuando se levantan otros edificios más
modernos fruto directo de la revolución industrial, como
fueron las estaciones de ferrocarril, o las casas para la burguesía.
Arquitectura y edificios que imprimieron un sello indeleble a cada de una de
aquellas ciudades hasta el punto de constituir definitivamente su fisonomía.
Así, el Casino de San Sebastián (actual Ayuntamiento), la Diputación de Vizcaya
o la Catedral de Vitoria son aún hoy un referente claro a la hora de
identificar cada una de estas capitales, y los edificios de viviendas que
colmaron los trazados de los respectivos ensanches decimonónicos
son en la actualidad motivo de estudio, atención y protección como parte
indiscutible y valiosa de nuestro patrimonio arquitectónico.
Pero
volviendo sobre la cita del Mignot es preciso insistir, sin detrimento de otros
aspectos, en los fenómenos de cantidad y variedad como factores decisivos de
esta arquitectura decimonónica. En cuanto a la cantidad, habría que recordar
que es en el curso del siglo XIX, mas bien de su segunda mitad, cuando por
efecto de la revolución industrial -que afectaría de
forma desigual y distinta a cada uno de los territorios- se produce un enorme
crecimiento de nuestras ciudades, con mayor intensidad por lo que se refiere a
Bilbao y Sebastián y, en menor medida también a Vitoria, que pasarán de ser
pequeños núcleos urbanos de estructura medieval a convertirse, dada además su
condición de capitales de provincia, en modernas urbes.
Hablamos
de variedad en el sentido de que se trata de una actividad que debe satisfacer
necesidades muy diversas, pues la ciudad demanda infraestructuras,
higienización y unos equipamientos administrativos, de servicios y de ocio cada
vez más complejos, se precisan edificios para la nueva población, pero además,
se exigirá que estén a la altura de las aspiraciones de las renovadas
administraciones. Uno de los problemas será buscar una arquitectura que sea
capaz de responder en lo funcional y en lo representativo a las expectativas
que se abren. Como señala I. Solá Morales " La culminación de esta
empresa estará en la consecución de un lenguaje que dé forma a las esperanzas
del progreso material que se han puesto en esta operación de urbanización. Un
espíritu basado en la fe en el progreso, en los ideales ilustrados de la
civilización y de la racionalidad que el desarrollo material comporta. Un
lenguaje ideológico que consolide el poder de esta nueva burguesía con las
imágenes de la representación del propio poder ".2 Se precisaba de una arquitectura válida para la
público y lo privado, para poblaciones de un número variable de habitantes, un
lenguaje para tres ciudades distintas y que dirimen precisamente en estos
momentos sus diferentes orientaciones y destinos, opciones en las que, como
decíamos, la arquitectura jugará un papel decisivo.
Bilbao
surge con vocación de metrópoli al amparo de la fuerte industrialización que
se genera en ambas márgenes de su ría, por lo que el área de influencia se
amplía a las poblaciones cercanas, preludio de lo que más adelante sería el
Gran Bilbao. La acumulación de riqueza y poder se pondrá de manifiesto no solo
en la construcción de imponentes edificios fabriles, sino en su misma
ubicación, ya que se harían incluso con importantes solares en el centro mismo
de la ciudad, pero también en la instalación casi inmediata de todo un complejo
sistema ferroviario con sus respectivas estaciones, en la creación de centros
financieros, y significativamente en los edificios que señalan el dominio
político como la Diputación o el Ayuntamiento.
Por
su parte San Sebastián tiende a una mayor especialización y a lo largo de este
siglo XIX se va conformando y definiendo como una ciudad estacional para el
reposo y vacaciones de la Realeza española así como para el veraneo y
turismo en general, pero sobre todo sabrá aprovechar una de sus fuentes de
ingresos más lucrativas, el juego. Se decantará así por el modelo de ciudad
balneario, bella, bien cuidada, a la manera de Baden Baden, Ostende, Brighton o
la vecina Biarritz, de modo que será la ciudad del Casino, los hoteles, los
baños de mar.
A
su vez Vitoria, tras perder con la Aduana uno de sus mayores y más seguros
ingresos, deberá explotar su estratégica situación geográfica como enclave
militar y como lugar de unión del País Vasco con la meseta castellana, de ahí
el interés que supuso para ella la construcción de la estación del ferrocarril
como motor del desarrollo de la ciudad hacia el sur y la consiguiente
conformación en la zona de una serie de calles residenciales.
Para
las tres ciudades se echó mano de esta arquitectura polivalente y universal,
que se aprendía en las Escuelas oficiales de Arquitectura (primero solo la de
Madrid, luego desde 1871 también la de Barcelona), una arquitectura que
practicaron sin excepción las generaciones de arquitectos surgidas a partir de
la segunda mitad del XIX y al menos durante la primera década del XX, una
arquitectura ampliamente consensuada, aunque veremos también ampliamente
contestada y que en lo estilístico y lo formal, es conocida como historicismo y
o eclecticismo.
La escultura moderna: de la Academia a su desaparición
A pesar de que la escultura religiosa
tuvo continuidad durante la primera mitad del siglo XIX, la creación de estados
centralistas fuertes y el poder que otorgaron a la Academia como encargada de
los asuntos artísticos marcaron otros objetivos y funciones para la escultura.
La Revolución
Francesa[53]
otorgó al arte la función de crear modelos para la educación del ciudadano y
por lo tanto la dimensión pública del arte en general y de la escultura en
particular adquirió gran importancia en este momento. Además los nuevos
mandatarios burgueses impulsaron la necesidad de reconocer ciertos personajes y
acontecimientos por medio de la escultura, y por lo tanto, sobre todo las
ciudades, comenzaron a poblarse de monumentos durante el siglo XIX. Para ello
la escultura académica fue un instrumento apropiado, ya que aseguraba el
control sobre las interpretaciones políticas y de la historia que promovían los
gustos centralizados de los estados burgueses.
Entre los monumentos encargados a
artistas de fuera del País Vasco, los más destacables son el monumento
funerario a Gayarre en Roncal y el monumento a Diego Lopez de Haro en el centro
de Bilbao[54],
ambos de Mariano Benlliure. Entre los escultores vascos de este momento debemos
mencionar a Marcial
Agirre, cuyo trabajo más conocido es el monumento a Okendo en
Donostia. Concretamente, la escultura
que rinde homenaje a Antonio de Oquendo (San Sebastián,1575-La Coruña, 1640) en
la plaza que lleva su nombre, fue encargada en 1878 por el Ayuntamiento
donostiarra al escultor bergarés Marcial Aguirre, autor de las efigies
dedicadas a guipuzcoanos ilustres que adornan la fachada del Palacio Foral, que
preside la plaza de Guipúzcoa, de marcada influencia
francesa. El Palacio fue construido entre 1879 y 1888. La zona central está
ocupada por los jardines románticos del siglo XIX, donde se alza el monumento al
compositor José María Usandizata, obra de Llimones; y en torno a ellos hileras
de casas porticadas configuran el solar rectangular de la plaza Durante
tres años, el autor tuvo que luchar con la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando, que no terminaba de dar su visto bueno a la obra por cuestiones de
detalle: el Oquendo de Aguirre les parecía demasiado joven, dudaban del rigor
histórico de la coraza que vestía... A esas dificultades se les unieron las
presupuestarias, pero finalmente la estatua pudo ser inaugurada el 12 de
septiembre de 1894, aniversario de una trascendental victoria de Oquendo sobre
los holandeses.
El comienzo de la modernidad se
caracterizó por el deseo de romper con las normas académicas, por lo que
algunas de las novedades que llegaban de París se proponían poner en cuestión
la autoridad de la Academia y promover posturas más experimentales basadas en
la subjetividad.
Comparada con la pintura, la
escultura tuvo muchas dificultades para aplicar los cambios propuestos por la
modernidad, por lo que las propuestas de escultores como Rodin tardaron en
llegar al País Vasco. Uno de los primeros escultores en adoptar las novedades
europeas fue el bilbaíno Nemesio
Mogrobejo, que después de aceptar el clasicismo como vía para
deshacerse de las normas académicas, consiguió aplicar algunas de las lecciones
de Rodin y del modernismo centroeuropeo.
De todas maneras, fue Francisco
Durrio quien asimiló claramente las novedades de la modernidad
parisina. Pasó toda su vida en la capital francesa y su trabajo recibió gran
influencia del simbolismo[55] y
de la renovación de la forma por parte del naturalismo modernista[56],
sobre todo en joyas, en pequeñas esculturas decorativas y en los monumentos
públicos en los que trabajó. Haciendo hincapié en este personaje, Francisco
Durrio, escultor, orfebre[57] y
ceramista, nació en Valladolid en 1868. Siendo todavía un niño, su familia se
trasladó a vivir a Bilbao, al calor del despegue. Recibió sus primeras nociones
de arte en el estudio del pintor Antonio Lecuona, muy tradicionalista y
académico[58],
en donde coincidió con otros futuros artistas de gran importancia para el
posterior desarrollo cultural. Alos trece años, en 1881, se inscribió como
alumno en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, haciendo constar que era
escultor, indicio tanto de su vocación como de su determinación. Poco tiempo
estuvo en dicha escuela, quizás por lo insatisfactorio de la enseñanza que allí
se impartía, pues ese mismo año marchó a Madrid, en donde trabajó como aprendiz
en el taller del escultor Justo Gandarias. La primera constancia cierta de su
presencia en la capital francesa data de 1888, en donde se quedaría a vivir
hasta su fallecimiento en 1940, si bien fueron numerosas las ocasiones en que
regresó a Bilbao, por lo que mantuvo intactas y vivas todas sus relaciones de
amistad y profesionales con gentes del País Vasco. En suma, el escultor Francisco Durrio fue uno de los primeros
artistas españoles en instalarse en París, hacia 1884-1885, inaugurando una
tendencia que siguieron la mayor parte de los protagonistas de la modernidad.
Durrio tuvo una estrecha amistad con Paul Gauguin, lo que le permitió observar
de cerca una actitud de ruptura con las divisiones académicas tradicionales en
el arte. Desde este punto de vista, abordó el trabajo en orfebrería y cerámica,
cuyo ideario artístico presenta claros débitos con el francés; en estas obras
unía el simbolismo con un patente sentido decorativo y una voluntad de
integración del gran arte con las artes menores. La valoración de la orfebrería
como actividad artística se vivía en el París de la época gracias a la obra de
orfebres ligados al Art
Nouveau como René Lalique
y artistas como Alphonse Mucha, con el que aprendió Durrio. Su aportación a
este proceso se basó en la ampliación del repertorio temático hacia temas orientales
y simbolistas, así como en el trabajo con una gran variedad de tipologías
(sortijas, hebillas[59],
colgantes y broches[60]).
Otro importante logro de Durrio fue su capacidad para definir la metamorfosis y
transformación de las formas, lo que convierte a estas piezas en destacados
ejemplos escultóricos.
En líneas muy generales, destacaremos que en el Salón de
Otoño de 1905, en París, Matisse asombró al mundo con su arte fauve (fiera). Pero el fauvismo[61], pese a su apariencia y el “culto a lo feo”,
no llegó a atentar contra la realidad en la forma en que lo haría el cubismo de
Picasso y Braque, que la descoyuntaron. El dadaísmo[62]
de Tzara impulsó la cristalización en 1925 del surrealismo[63],
cuya paternidad se atribuye a Miró. A partir de 1945 se desarrolla un arte no
figurativo, expresivo, rico de materia y libre de todo orden compositivo, el
llamado informalismo de Tàpies, Fontana, etc. La incorporación de objetos de
uso habitual al “cuadro” provocó la crisis del informalismo. De ahí surgió el pop-art y las formas de realismo social.
Cuando la escultura-pintura posee movilidad propia, como en Calder, se entra en
lo que se ha llamado arte cinético.
Los orígenes del Cubismo giran en torno a 1907, fecha en la
que Picasso concluye Las Señoritas de Avignon, que será el punto de partida.
George Braque junto con Picasso son los inspiradores del movimiento y algunos
de los principales maestros son Juan Gris, Fernand Leger, Jean Metzinger y
Albert Gleizes, pero con anterioridad, Cézanne ya habría marcado el camino.
Cézanne recibió la influencia del Impresionismo y reaccionó contra él. Rechazó
la impresión en favor de una comprensión más profunda de la realidad. Su
fórmula era la forma-color. Él cree que la naturaleza no se dibuja, sino que se
manifiesta a través del color. Cuanto más color se precisa más aparece el
dibujo de los objetos, pero aparece en la forma. Por eso, la pintura de Cézanne
no es una pintura dibujada, sino una pintura de volúmenes, de formas. Y una vez
creadas, hay que relacionarlas entre sí, surgiendo aquí el problema de los
planos, que lo impulsa a mirar los objetos desde varios puntos de vista. Estas
lecciones fueron asumidas por el cubismo que hará un replanteamiento de la obra
de arte, de las formas, de la perspectiva, el movimiento, el volumen, el espacio,
el color, etc. Crea un nuevo lenguaje pictórico y estético que implica una
nueva relación entre el espectador y la obra de arte. El espectador ya no puede
contemplarla sin más, sino que tiene que reconstruirla en su mente para poder
comprenderla. El Cubismo es un arte mental, se desliga completamente de la
interpretación o semejanza con la naturaleza, la obra de arte tiene valor en sí
misma, como medio de expresión de ideas. La desvinculación con la naturaleza se
consigue a través de la descomposición de la figura en sus partes mínimas, en
planos, que serán estudiados en sí mismos y no en la visión global de volumen.
Así un objeto puede ser visto desde diferentes puntos de vista, rompiendo con
la perspectiva[64]
convencional y con la línea de contorno. Desaparecerán las gradaciones de luz y
sombra y no se utilizarán los colores de la realidad, apareciendo en las
representaciones el blanco y negro. Las formas geométricas invaden las
composiciones. Las formas que se observan en la naturaleza se traducirán al
lienzo de forma simplificada, en cubos, cilindros, esferas. Nunca cruzaron el
umbral de lo abstracto[65],
la forma siempre fue respetada. Los principales temas serán los retratos y
las naturalezas muertas urbanas[66].
En realidad, las Las Señoritas de Avignon anuncian la producción cubista de Picasso, donde
rompe con todas las normas tradicionales de la pintura figurativa fragmentando
la perspectiva en volúmenes cuadrados y angulosos. El título se refiere aun
burdel barcelonés situado en una calle con el mismo nombre. Vemos el influjo de
Cézanne, del arte ibérico y de la escultura negra. Las mujeres que aparecen
desnudas tienen desfigurados sus rostros, algunas de ellas recuerdan máscaras
africanas. Con los presupuestos del cubismo analítico realiza Desnudo
con toalla, La fábrica de Horta de Ebro, y retrato de
Ambosio Vollard. En Naturaleza muerta con silla de rejilla, Guitarra y
en Naturaleza muerta introduce el collage. A partir de 1915 dirigirá su atención hacia otros
campos de investigación e irá definiéndose su eclecticismo reelaborando
experiencias anteriores con gran libertad, como el surrealismo y el
expresionismo.
Esto abrió vías de renovación para la siguiente generación que trabajó
durante los primeros años del siglo XX. Muchos de los artistas de esta época
que pasaron temporadas de formación en París tuvieron como meta aplicar la
modernidad postimpresionista al contexto del País Vasco. Aunque la pintura fue,
aparentemente, la protagonista del momento, no hay grandes diferencias con la
escultura en aspiraciones y realizaciones artísticas.
Quintín de
Torre fue el escultor más interesante de esta generación. Al
igual que sus compañeros pintores tuvo como reto conseguir un equilibrio entre
la modernidad parisina de finales del siglo XIX y la tradición que hubo de
rastrear en la escultura del barroco español. Así, pues, Quintín de Torre y
Berástegui nació en Bilbao en 1877 y murió en la misma ciudad en 1966. Comenzó
su formación en su ciudad natal, en la Escuela de Artes y Oficios, y en un
taller de imaginería. En 1902 marchó a París, gracias a una beca concedida por
la Diputación y el Ayuntamiento; de esta ciudad, en la que permaneció por
espacio de cinco años, vuelve fuertemente influido por Rodin y por Meunier. Se
estableció entonces en Valladolid para estudiar la labor de los antiguos
imagineros[67],
campo hacia el que sentía un particular interés y que fue una constante a lo
largo de su obra (algunas de sus mejores obras son los pasos de Semana Santa).
De nuevo en Bilbao, tomó parte en numerosas exposiciones y fundó, en 1911, la Asociación de Artistas
Vascos. En 1927 se instaló en Madrid pero, mientras tanto, continuó en contacto
con el círculo bilbaíno; durante esta época realizó numerosos encargos y fue
premiado varias veces.
Este proyecto de modernidad basado en la tradición no tuvo gran éxito en la
escultura, o por lo menos no consiguió atraer a muchos profesionales si hacemos
caso a la poca cantidad de escultores de interés que conocemos en el período
anterior a la Guerra Civil. Valentín
Dueñas, uno de los alumnos de Durrio, puede ser uno de los
pocos escultores interesantes que trabajó durante los años 20; en palabras de
Xabier Sáenz de Gorbea: “Derivado de la actitud modernista de Durrio y la más
sintética de Mogrobejo, nos encontramos con la obra de Dueñas. Más desigual, su
obra pasa de reconstrucciones del pasado a alegorías simbolistas y a
contorsiones más violentas donde no se pierde el espíritu de un modelado[68]
que descubre la abundancia anatómica de los personajes".
Más tarde, en la década de los años
30, será Joaquín
Lucarini quien acapare el interés de la escultura de los años de
la República. Joaquín Lucarini Macazaga (1905-1969), siempre apegado al
figurativismo, su estilo es ecléctico. Su obra está marcada por un clasicismo
en el que destaca el virtuoso tratamiento de la figura humana, a menudo estilizada.
No obstante lo dicho, en los años treinta Lucarini estableció paralelismos entre
las formas de la naturaleza y las geométricas, simplificando sus formas.
Comenzó a utilizar líneas rectas, simples y funcionales, planos cortantes y
volúmenes achatados, de ritmos paralelos, eliminación de detalles, dinámica
futurista[69] y sentido ornamental,
evidenciando la influencia del vigente art
decó.
A pesar de lo dicho, debemos buscar en el San Sebastián de los años 30 al
escultor que iba a protagonizar la renovación de la escultura después de la
Guerra, nos referimos a Jorge Oteiza,
figura clave de la vanguardia de la década de los cincuenta, que junto a Narkis Balenciaga
viajará a América justo antes del conflicto. Sus ensayos con nuevos materiales
como el cemento y la unión entre la figuración y la experimentación casi científica
en sus obras anuncian las características de su obra posterior, que se engloba
dentro de lo que se llama arte experimental[70].
La vuelta de
Oteiza en 1948 supuso la posibilidad de continuar por el camino comenzado
durante los años 30. Ideológicamente, Oteiza luchó por cohesionar y revitalizar el
decaído mundo artístico vasco, pero se topó con la desidia de las
instituciones, tanto las del régimen franquista como las del nacionalismo vasco
en la clandestinidad. En lo artístico, continuó sus especulaciones en torno a
la desocupación del espacio escultórico, creando piezas cada vez más esenciales
y místicas. Pero volviendo sobrre nuestros pasos, sus primeras
esculturas, figurativas y con un cierto aire arcaizante, nacieron bajo la
influencia de artistas como Jacob Epstein, Alberto
Sánchez y, sobre todo, Pablo Picasso. Ya en los años
treinta, junto a sus amigos los pintores Narkis de Balenciaga y Nicolás de
Lekuona, se introdujo en la vida artística de San Sebastián a través de
diversas exposiciones y concursos. En 1935, junto con Balenciaga, viajó a Sudamérica, iniciando un periplo de casi
quince años, en los que el joven Oteiza no dejó terreno por explorar: se
imbuyó de movimientos de vanguardia como
el cubismo y el constructivismo, estudió la estatuariaa megalítica de las
culturas amerindiass… A principios de la década de los cuarenta empezó a
introducir oquedades en sus esculturas. Aquellas incipientes exploraciones
sobre el hueco y el volumen (en la línea del gran escultor británico Henry
Moore) habrían de devenir el cauce creativo por el que discurrirían sus
producciones posteriores. En 1948 regresó al País Vasco, instalándose en
Bilbao. El panorama que se encontró era a todas luces desolador; nada quedaba
de aquel ímpetu cultural que había florecido durante la República. En lo
artístico, continuó sus especulaciones en torno a la desocupación del espacio
escultórico, creando piezas cada vez más esenciales y místicas. En 1950 se le
adjudicó la estatuaria para la nueva basílica de Aránzazu (Guipúzcoa),
proyectada por el arquitecto Francisco
Javier Sáenz de Oiza. Su intervención fue polémica desde el principio: la
heterodoxa iconografía del friso de los Apóstoles (representó catorce) así como
su estética, demasiado vanguardista para el gusto de las instituciones
eclesiásticas, provocaron que la Comisión Pontificia paralizara la ejecución de
las piezas por considerarlas sacrílegas. A instancias del papa Pablo VI, el proyecto se
reanudó en 1968. Las puertas del templo, realizadas por un joven Eduardo
Chillida en hierro y en un estilo geométrico espacialista,
causaron una honda impresión en Oteiza. Tanto fue así que en los años cincuenta
(su período artístico más fructífero) abandonó definitivamente la figuración y
se adentró por un camino de depuración formal y de diálogo entre la materia y
el vacío. Su particular forcejeo con el volumen y el espacio llegaría a su
cenit en series como Desocupación de la esfera (1957-1958)
y Cajas vacías o Cajas Metafísicas (1958),
en las que el objeto quedaba desmaterializado casi por completo en favor de un
espacio que él entendía metafísico y espiritual. Escultor, poeta, filósofo y
arquitecto vocacional, Jorge Oteiza fue uno de los artistas más importantes del
siglo XX. En su obra supo conjugar la magia y la espiritualidad de los monumentos
megalíticos, especialmente los del País Vasco, con las innovaciones formales de
los movimientos de vanguardia. Igualmente, su labor pedagógica, así como sus
aportaciones en el campo de la estética y la teoría del arte, contribuyeron a
forjar varias generaciones de escultores, algunos de ellos tan señalados como
Andreu Alfaro o Txomin Badiola. Para
entonces algunos artistas más jóvenes habían empezado ya unas trayectorias personales fuera
del academicismo franquista, como por ejemplo Eduardo Chillida que, tras una estancia en París había comenzado a
trabajar en una dirección más renovadora. Volviendo al principio del relato, Eduardo
Chillida Juantegui es el escultor vasco más destacado del siglo XX, continuador
de la tradición de Julio González y Pablo Picasso. Nació en 1924 en San
Sebastián. Su actividad comienza en torno a 1948, cuando se traslada a París.
Allí entabla amistad con Pablo Palazuelo. Sus primeras esculturas son obras
figurativas. En todas ellas, el punto de partida es la escultura griega
arcaica, pero se aprecia ya su preocupación por la forma interior además de
tener un marcado sentido monumental. Los juegos de volúmenes y los valores de
la masa lo acercan al lenguaje de Henry Moore. Empezó a modelar obras
figurativas[71], pero poco a poco tendió
hacia formas más abstractas. En Hernani, en una fragüa, el hierro introduce un
cambio fundamental en su trayectoria. Emprende entonces un ciclo de esculturas
no imitativas, yendo en aumento su preocupación por la introducción de espacios
abiertos. Huye de la imitación de la naturaleza y va en busca de la creación e
invención. Cada una de sus obras plantea un problema espacial que trata de
resolver con la ayuda del material, según las características o propiedades del
mismo. Centrado en el empleo del hierro ejecutó a veces unas obras de macizo
aspecto y otras más aéreas. Siempre intentando captar el espacio a base de
ritmos geométricos que lo estructuraban arquitectónicamente. En 1957 abre una nueva
etapa de experimentación. Hasta entonces, en su lenguaje predominaban las
líneas horizontales, verticales y curvas y ahora adoptará ritmos lineales más
movidos e inquietos, de difícil comprensión.Tambbiénn elabora variaddas
composiciones que asentadas en rudos bloques de granito o madera, parecen
extender sus ritmos al espacio con gran ligereza, a pesar del material, que no
lo oculta. En un primer momento, el hierro fue el material preferido para
la búsqueda espacial, pero posteriormente introdujo otros materiales como la
madera, el hormigón, el acero, la piedra o el alabastro. Chillida optará por
unos materiales u otros de acuerdo a las posibilidades estructurales de los
mismos. Elegirá el alabastro, cuya cualidad pone en relieve con la ayuda de la
luz para hacer referencias a la Arquitectura. Desde la década de 1980, se especializa en la instalación de piezas de
grandes dimensiones en espacios urbanos o en la naturaleza, que contraponen la
masa y el espacio. En la última parte de su vida, el propio Chillida constituyó
el museo Chillida-Leku, en el caserío de Zabalaga, Hernani. Es una construcción
tradicional vasca remodelada por el escultor y rodeada de un gran espacio de
jardines que alberga la obra del artista.
Como lugar de encuentro de todas estas vías actuó la construcción de la Basílica de
Aranzazu, donde convivieron arquitectos, escultores y pintores
jóvenes con otros que contaban ya una carrera más consolidada. El encuentro
entre Oteiza, Basterretxea e Ibarrola en
Aranzazu fue la semilla que dio lugar al Movimiento de Escuela Vasca que
dominará el panorama artístico de mediados de los años 60 en adelante. Concretamente,
en 1951, en lugar de seguir acometiéndose las continuas tareas de reforma
parcial y ampliación, se decidió hacer una basílica nueva que fuese
verdaderamente solemne por su dimensión y empaque, pero sobre todo que se
expresase en un lenguaje artístico moderno, para lo cual se convocó un concurso
de ideas. El proyecto ganador para la realización de la nueva iglesia fue el de
Francisco Sáenz de Oiza y Luis Laorga, aunque la huella del escultor Jorge de Oteiza, autor de las
esculturas de los 14 apóstoles de la fachada,
está presente en todo el conjunto. Las puertas de hierro, como se ha
dicho, son de Eduardo Chillida y las pinturas de Nestor Basterretxea y Lucio
Muñoz.
En el grupo guipuzcoano denominado Gaur, participaron el escultor Remigio
Mendiburu, además de los mencionados Oteiza, Chillida y
Basterretxea; en Bizkaia, el grupo Emen tuvo entre sus participantes a los
escultores Vicente
Larrea y José Ramón Carerra; en Álava, Orain contaba con Jesús
Etxebarria y en Navarra, Denok debía agruparse en torno a José
Ulibarrena.
Las
trayectorias y obras de Oteiza y Chillida dejaron una enorme huella en los
escultores vascos[72]
de los años 70, aunque algunos escultores siguieron tendencias más personales y
propias del contexto internacional (Encuentros de Pamplona de 72). En este
sentido Andrés Nagel puede ser el más representativo de la independencia hacia
los dos escultores mencionados, con una obra más figurativa, materiales
modernos como el plástico[73] y
la utilización del color[74].
Andrés Nagel Tejeda (San Sebastián, 1947) es
un pintor, escultor y grabador español, uno de los artistas vascos actuales de mayor proyección
internacional. De gustos eclécticos, muy viajero y con un largo historial de
exposiciones, su obra en pintura, escultura y grabado se puede etiquetar
como figuración postmoderna, enmarcada en la reacción que se
opuso, en los años 60 y 70, a la vía abstracta e informalista entonces
predominante. Nagel aborda mayormente temas sociales con sarcasmo e
irreverencia, en un estilo que a ratos recuerda a la Nueva
figuración madrileña y
que adopta influencias del pop art (colorido y temas urbanos),
del surrealismo (enfoques chocantes y
humorísticos) y del arte povera (uso de materiales humildes
y desechos).
Los años 80 supusieron, en cambio, la revisión de algunos de los
presupuestos difundidos por Oteiza en un tipo de escultura que heredaba del
maestro su rigurosidad formal como punto de partida de planteamientos
conceptuales y éticos comprometidos. Es lo que en un momento se llamó
"nueva escultura vasca" y que agrupó bajo este nombre a Ángel Bados, Txomin
Badiola, Juan Luis
Moraza y Mª Luisa
Fernández.
Esta tendencia fue trasmitida a las siguientes generaciones en los años 90
por medio de los talleres que algunos de estos artistas impartieron en
Arteleku, el centro de arte que creó la Diputación de Gipuzkoa a finales de los
80 en San Sebastián. Casi todos los artistas más jóvenes del panorama vasco
actual se formaron en la Facultad de Bellas Artes de la UPV y pasaron por
Arteleku en algún momento.
Como colofón podemos mencionar que casi ninguno de ellos se considera
estrictamente escultor y que utilizan gran variedad de medios expresivos para
sus fines, por lo tanto no podríamos hablar exclusivamente de escultura o
escultores en el sentido tradicional de la palabra para analizar el arte a
partir de los años 90, a pesar de que muchos de ellos continúan con los
procesos de la escultura como punto de partida para su obra.
1.18.3. Costumbrismo,
impresionismo y “Art Nouveau” en la pintura vasca
Como ha quedado claro en el apartado anterior, se puede afirmar que el País
Vasco fue importador de pintura hasta mediados del siglo XIX aproximadamente.
Por tanto, no hay talleres remarcables de calidad que pudieran ofrecer o
renovar modelos. Cualquier
aproximación preliminar para una definición de un concepto como el de
“vanguardia artística”, lábil y problemático, exige un primer merodeo por su
genealogía en cuanto subsume concepciones y prácticas artísticas de naturaleza
heteróclita. Desde sus orígenes, emparentado con la Revolución francesa, el
concepto de vanguardia ha anudado de manera dispar y
precaria el ámbito del arte y el de la acción política transformadora. Como ha
observado Huyssen, Saint Simon ya atribuía un papel vanguardista al artista en
la construcción del Estado ideal y la nueva edad de oro del futuro; y asimismo
lo hacía el socialista utópico Charles Fourier, que vinculó esa vanguardia
artística al anarquismo socialista y a las subculturas
bohemias. La impronta vanguardista surge en los orígenes de la modernidad[75].
Antes de que pudiera asociarse también a una estética de la experimentación
formal y de la fragmentación, ya llevaba inscrita su primera aporía cultural
ligada a esa tensión entre avanzadilla y conformismo como han evaluado otros
estudios críticos, entre los que sobresalen los de Hans Magnus Enzensberger
(1973) y Matei Calinescu (1987). La vanguardia artística tendrá
que esperar; pero será en parte fruto futuro de esta nueva dinámica alentada
por esos pintores modernos y de eslabones intermedios que asumirán los
lenguajes artísticos de la modernidad prevanguardista. Tales eslabones
artísticos serán, entre otras figuras emergentes, los pintores fauves Francisco
Iturrino (1864-1924) y Juan Echeverría (1875-1931), así como Aurelio Arteta
(1879-1940) miembro fundador de la asociación de Artistas Vascos (1911-1936).
El cubismo tuvo una excéntrica resonancia en el pintor de Hernani, Alfonso de
Olivares (1898-1936), que teorizó incluso sobre ese movimiento en su ensayo Arte
moderno (1934). Merecería la pena explorar críticamente la aportación
de este artista que vivió en París entre los años 1923 y 1932, donde trabó
amistad con Picasso, Gris, Durrio y otros. Sin
embargo, durante el siglo XIX seremos testigos del cambio que se opere en los
pintores del País Vasco primero y en la pintura del País Vasco después. Algunos
pintores vascos comenzaron a destacar en las academias de París y Madrid,
aunque pocos de ellos alcanzaron renombre internacional. Como modelo de pintor académico
del siglo XIX podemos poner al baionés Leon Bonnat
(1833-1922), que tras su formación en la Academia pasó la obligada estancia en
Roma durante cinco años, para regresar de vez en cuando a París y a su lugar de
origen, donde buscaba temas de inspiración para una pintura académica y
reglada. Retratos, cuadros de historia, alegorías y cuadros de género, entre
los que incluyó paisajes y tradiciones vascos, conforman la obra del pintor que
tenía su mercado en París y en una clientela adinerada europea. Entre los que pasaron
por la Academia madrileña podemos mencionar a Pancho
Bringas, Eduardo
Zamacois, Antonio
Lecuona, Juan
Barroeta, José
Etxenagusia, Eugenio
Azkue, Alejandrino
Irureta, Eugenio Arruti y
Ricardo Ugarte. Algunos de ellos poco a poco se instalaron en Bilbao impulsados
por el cambio económico que había empezado a experimentar la ciudad. Durante las últimas décadas del
siglo XIX Bilbao comenzó a dar los primeros pasos para convertirse en un centro
artístico importante: burgueses adinerados demandando arte y dispuestos a
actuar de mecenas, consideración de la obra de arte como producto de mercado,
desarrollo de las infraestructuras artísticas (Escuela de Artes y Oficios[76],
puntos de venta, exposiciones, encuentros de artistas), y atención social cada
vez mayor hacia el arte.
Estos cambios coincidieron con la transformación que sufrió el arte dando
lugar al arte
moderno, en los años finales del siglo XIX y principios del XX.
Los artistas ya no estaban interesados en seguir las reglas impuestas por la
Academia, por lo que algunos de los artistas bilbaínos optaron por conocer las
novedades parisinas de primera mano en lugar de pasar por la academia
madrileña. Un ejemplo de ello es Adolfo
Guiard, que en 1878 eligió París para su formación como artista,
para luego regresar a Bilbao con las novedades aprendidas en la capital
francesa y dar comienzo a la pintura moderna en el País Vasco. Junto a él
también destacó Darío
de Regoyos, que siendo de origen asturiano se asentó en el País
Vasco después de un período formativo en Bruselas. Así las tendencias
impresionistas y postimpresionistas consiguieron romper con la academia y poner
las bases de lo que será uno de los centros artísticos más dinámicos de la
Península, junto a Barcelona.
Otros pintores más jóvenes continuaron por la senda abierta por Guiard y
Regoyos, entre ellos Ignacio
Zuloaga, Manuel
Losada y Francisco
Iturrino. Algo más tarde, en las primeras décadas del siglo XX
serán Ángel
Larroque, Alberto Arrúe, José Arrúe, Aurelio
Arteta, Gustavo
Maeztu, Antonio
Guezala, Juan
Etxebarria, Julián Tellaetxe y,
de alguna manera, los hermanos Valentín y Ramón
Zubiaurre, quienes continuarán un tipo de pintura heredera del
postimpresionismo, pero basada en la tradición e inspirada en temas vascos.
Con la llegada del nuevo siglo XX, Regoyos, Guiard y Losada habían
comenzado a organizar exposiciones de arte moderno en Bilbao y, algo más tarde,
en 1911, muchos de los artistas mencionados anteriormente fundaron la
Asociación de Artistas Vascos, con la intención de incidir más y mejor en la
sociedad. El Museo Artium[77],
cuyo nombre completo es Artium, Centro-Museo
Vasco de Arte Contemporáneo está ubicado en Vitoria-Gasteiz (Álaba).
También la crítica de arte comenzó a teorizar sobre el arte de su época,
por lo que se comenzó a hablar de arte vasco o de comienzos del arte vasco,
sobre todo desde que Juan
de la Encina (pseudónimo de Ricardo Gutiérrez Abascal) publicara el
libro La Trama del Arte Vasco en 1919. Desde ese momento las polémicas
sobre la existencia hipotética del arte vasco se multiplicaron, aunque
generalmente se hablaba sobre pintura vasca. Precisamente la supremacía de la
pintura es una de las características del arte de esta época.
El proyecto de arte moderno, conservador y vasco, de principios de siglo
tuvo continuidad en los años 20 y 30 con pintores más jóvenes. Aunque la
modernidad postimepresionista continuó dominando la obra de estos jóvenes,
algunas novedades plásticas de las vanguardias fueron calando de forma desigual
y fuera de su contexto teórico, como por ejemplo en la obra de José María
Ucelay, Juan Aranoa, José Benito
Bikandi o Jerónimo Urrutia.
En los años de la República algunas tendencias vanguardistas como el
surrealismo tuvieron gran influencia en el arte español y vasco en particular.
Los artistas más jóvenes del momento querían quitarse el peso de la tradición o
plantearon una relación diferente con ella. De la misma manera en que se puede
ver una vuelta a los orígenes en la escultura de Oteiza[78], se
puede observar una postura similar en la obra de su amigo Nicolás
Lekuona; es una muestra de las relaciones con el surrealismo
madrileño como se puede ver también en la obra de Juan Cabanas
Erauskin, Jesús
Olasagasti y Carlos
Ribera.
Por último una influencia mayor de la generación de principios de siglo,
con un proyecto moderno pero no rupturista, la podemos encontrar en la obra de Gaspar
Montes Iturrioz, Bienabe
Artia y Mauricio
Flores Kaperotxipi.
El destino de la pintura, y en general, de las
artes se presenta particular-mente ligado en este período temporal al de la
política y la economía y las transformaciones de tipo sociológico e ideológico
que la evolución de ambas provocan en la sociedad vasca de la época. El acento
que los distintos autores ponen en uno u otro marca el punto de partida de los
análisis sobre el arte de esta época y, de alguna manera, tiñe la visión y las
valoraciones que se presentan tanto sobre esta etapa en su conjunto como sobre
las trayectorias y realizaciones de los artistas individualmente considerados.
Por otra parte, existe una casi total unanimidad, particularmente entre
quienes han estudiado más recientemente el arte de esta época, a la hora de
considerar que es en ella, precisamente, cuando puede situarse el verdadero punto
de arranque de la pintura en el País Vasco o, dicho de otro
modo, cuando la pintura que se hace en
él empieza a tener una entidad diferenciada y a adquirir un mayor protagonismo
cultural tanto en la propia sociedad vasca como en la española.
Es, asimismo, común el acuerdo en resaltar lo que supone el fin de la
última guerra carlista (1876) en cuanto pérdida y posibilidad. Pérdida de los
Fueros que genera sentimientos de agravio y nostalgia, de miedo a la disolución
de lo propio y deseos de mantenerlo, de inseguridad ante el futuro¿ Y de
posibilidad en cuanto que la paz y la abolición de las particularidades forales
facilitan el desarrollo económico con los cambios de todo tipo antes
mencionados.
El origen de las transformaciones estaría en las nuevas posibilidades de
comercialización del hierro a la que se liga, directa o indirectamente, el
proceso de expansión económica. El crecimiento de las
compañías mineras fundadas antes y de las nuevas que surgen para la exportación de este
metal desde inicios de la década de los setenta, es extraordinariamente
significativo. Son en su mayoría compañías extranjeras, británicas
especialmente, que cuentan con importante participación también del capital
español y, específicamente, del capital vizcaíno, las que canalizan entre el 80
y el 90% de las exportaciones del hierro que, a través del puerto de Bilbao, se
destinan fundamentalmente a Inglaterra. La intensa actividad exportadora viene
a potenciar la de las industrias ya establecidas en décadas anteriores, pero cuyo
crecimiento no se consolida hasta la época de la Restauración
(1874-1902), y provoca el nacimiento de las nuevas que surgen en esta
coyuntura favorable.
Son estas actividades las que contribuyen a la consolidación de una burguesía de industriales y comerciantes de
alto poder adquisitivo, a la que, casi todos los autores, consideran factor
imprescindible para el desarrollo y difusión de las distintas formas culturales
y, de manera específica, para el desarrollo de la pintura. A la burguesía correspondería la estimulación de las artes, bien por un
sincero interés cultural, bien por el mero deseo de emulación de los
comportamientos de las clases burguesas europeas, bien por el simple deseo de
ostentación económica y cultural. Sin embargo, no parece que la burguesía vasca
acertara a representar, de una forma consciente y continuada, el papel
estimulador que le hubiera correspondido, al menos hasta comienzos del nuevo
siglo.
Menor es la incidencia que suele otorgarse al hecho de que la expansión
económica determina el desarrollo de los centros urbanos y provoca, poco a
poco, la transformación de las viejas ciudades en modernas urbes, proceso que
se produce casi en paralelo. Ello supone quizá olvidar, o infravalorar, el que
la cultura, en todas sus manifestaciones, necesita el caldo de cultivo de la
ciudad con cuanto de pluralidad ésta puede ofrecer. Sin el desarrollo de una
sociedad urbana, sin la complejidad que la ciudad posibilita, las
manifestaciones culturales existentes se ven abocadas a una vida lánguida, en
la que se reproducen modelos pero, pocas veces, se asimilan y, menos aún, se
crean. Quizá la falta de pujanza de las ciudades, y de lo que éstas representan
socialmente, pueda explicar la pobreza del panorama pictórico anterior a la
época que nos ocupa y el hecho de que la modernidad no se asiente hasta que las
ciudades se consoliden.
Ya se ha indicado antes la importancia que se otorga a la abolición de los
Fueros -21 de julio de 1876- en cuanto factor de pérdida de una tradición
sólidamente establecida que las viejas leyes habían venido consagrando. A los
sentimientos que genera se atribuyen el renovado interés por los temas
costumbristas de una parte y la mayor atención a la temática histórica de otra,
como una forma de recordar el valor de lo arrebatado y de contri-buir a
restaurar la peculiar identidad que se siente amenazada.
En cuanto a la primera, sin embargo, habría que resaltar la influencia de
otro fenómeno ligado al desarrollo industrial como es la masiva llegada de
nueva población, de los nuevos trabajadores que la industria requería. El
fenómeno, iniciado décadas antes, se intensifica particularmente a partir de la
Restauración y ello significa la incorporación de nuevos ciudadanos que traen
tradiciones, costumbres y formas de vida diferentes, en un proceso que se
caracteriza en el caso del País Vasco, y especialmente en Vizcaya, por su
singular rapidez. No resulta difícil entender que este proceso generara
inquietud, prevención y recelo, ante el temor de que se diluyeran las señas de
identidad propias de la comunidad receptora, por lo que, en un movimiento que
parece repetirse históricamente, surge con fuerza el deseo de preservar y
reivindicar lo propio, que se idealiza y magnifica. Y, junto a ello, o como su
consecuencia, se aprecia un cierto desprecio de lo foráneo, visto como extraño
y contrario.
Será la conjunción de estos sentimientos de pérdida, los derivados de la
abolición de los Fueros y los que se producen como consecuencia de la expansión
de las ciudades y de la llegada de nueva población, los que cristalicen en el
pensamiento del incipiente nacionalismo que, más tarde, ya en las primeras
décadas del XX, fomentará precisamente la temática denominada costumbrista como
medio de crear un arte específicamente vasco.
Sin embargo, es preciso no olvidar que la temática costumbrista hunde sus
raíces en la visión romántica que, entre otros aspectos, presta una especial
atención a aquellas costumbres tradicionales, populares o típicas, que reflejan
la que se entiende como genuina forma de ser y vivir de las gentes del pueblo,
de sus tradiciones y valores, y lo hace, además, desde una perspectiva
mitificada e idealizada en la que las clases populares, especialmente las del
entorno rural, son siempre contrapuestas al modelo que personifica la ciudad
creciente y crecida al calor de la industrialización. Este modelo de costumbrismo asumido en el Romanticismo pervive largamente en la cultura pictórica
europea del siglo XIX, ya que el Realismo posterior, aunque introduzca en
ocasiones una visión más objetiva y desapasionada y fije su atención en la
dureza del trabajo, continúa difundiendo las imágenes de los campesinos y sus
tareas, los usos rurales, los oficios tradicionales, en definitiva, mucho de lo
que se temía que desapareciera en pocas décadas. Por ello, no resulta extraño
que la tradición de escenas de este tipo perviva igualmente en la pintura española y tenga arraigo en la del País Vasco, cuando, además, el
tema seguía resultando del gusto de la burguesía que tenía una especial
predilección por los cuadritos de pequeño formato con retazos de la vida
campesina.
Sin embargo, las pinturas de costumbres del último
cuarto del siglo XIX y de comienzos del XX presentan en cierta manera un
aspecto diferente. La óptica se centra en los tipos, las formas de vida, los
pueblos y los paisajes de una determinada zona pero con el propósito, ahora, de
resaltar lo diferencial y lo específico, aquello que es únicamente propio de
una comunidad o región. Quizá por ello, aunque se siga utilizando el término costumbrismo podría ser preferible emplear el de regionalismo[79] reservando el
primero para la pintura de raíz
romántica, la del costumbrismo andaluz de los
Bécquer o del madrileño de Alenza, por ejemplo. O denominarla castiza ya que en
ella subyacen muchos de los rasgos del espíritu que Unamuno analizaba en su
ensayo En torno al casticismo. Con ello quizá se alcanzara mejor a comprender
las distancias y diferencias entre una visión y otra y los objetivos de quienes
decidían promoverla y cultivarla.
No cabe duda de que la temática popular debía ser considerada muy adecuada
por el nacionalismo, empeñado en recrear la tradición cultural vasca en clara
contraposición con otras identidades nacionales. No obstante, si bien este tipo
de escenas fueron también cultivadas en ocasiones en el País Vasco por los
pintores de la generación anterior a 1876, o anterior a la modernidad, éstos
nunca lo hacen en exclusiva, es decir, también representan esas escenas con
protagonistas de otros lugares -como harán algunos de los representantes de las
generaciones posteriores, es cierto-, pero, sobre todo, lo harán en una
situación diferente, fuera del marco del debate y los intereses artísticos del
nacionalismo. En las décadas siguientes y, especialmente, en las primeras del
siglo XX, las demandas y los objetivos serán mucho más explícitos y concretos
en su formulación que lo que fueron al principio. Ismael Manterola, en su tesis
doctoral Hermes y los pintores vascos de su tiempo , menciona
un artículo de Ramón de Belausteguigotia5 publicado en dicha revista en
1919, que resulta bastante clarificador al respecto. Belausteguigotia, de
ideología nacionalista, señala -en palabras de Manterola- que lo popular es la
base del nacionalismo. " Propone recuperar el 'espíritu de la
aldea', alertando de los peligros de recuperar sólo lo folklórico y dejar a un
lado el espíritu que sustenta lo aldeano. No se debe recuperar sólo lo
superficial, las costumbres externas que aparecen ante nosotros en el campo (o
por lo menos no sólo eso), sino un estado de espíritu ". Forma de
pensar que fue bastante común al nacionalismo no sólo en el País Vasco sino en
todos los nacionalismos europeos, los cronológicamente anteriores y los
contemporáneos.
Por ello, resulta poco comprensible que, en una época marcada por estos
debates político-culturales, en la que tantas lecturas subliminales se extraían
de las obras artísticas, pueda considerarse que algunos pintores cultivaban
este tipo de escenas de una forma totalmente natural e inconsciente, ajena y
completamente al margen de las demandas del nacionalismo, o bien, que sólo las
recreaban por cuestiones de supervivencia, por adecuarse a las exigencias del
exiguo mercado. Lejos de favorecer una valoración positiva de los
artistas, este planteamiento contribuye a deformar su imagen al presentarlos
como "angélicos seres dedicados a sublimidades estéticas y con los cables
de contacto con el mundo exterior completamente cortados durante el proceso de
creación".
Aunque no existiera una voluntad explícita de hacer un arte al servicio de
la política, esta demanda estaba en la calle, el debate sobre la eficacia de
las imágenes sobre la conciencia colectiva estaba en pleno auge y, dentro de
él, un sector, importante e influyente, reclamaba precisamente ese tipo de
escenas con personajes, costumbres, formas de vida y entorno propios de un
lugar concreto, el País Vasco, con el fin de que contribuyeran a reforzar una
determinada identidad ofreciendo de ella una imagen diferenciada. El papel
desempeñado, consciente o inconscientemente, por los pintores fue tan efectivo
como reconoce Pedro Manterola cuando escribe:
"Casi todos los artistas del momento cooperaron a lo que se ha
llamado pintura etnológica vasca, pero los Zubiaurre,
los Arrue, Tellaeche o Arteta, por citar sólo algunos de los más distinguidos,
son un buen testimonio del compromiso de nuestra pintura con los intereses sicológicos, sociológicos y políticos de la
comunidad vasca recién nacida a las formas de las sociedades modernas. Este
trabajo, no solo coopera activamente a la construcción de un modelo social, a
la instauración de un mito, a la potenciación de una creencia sobre una
sociedad perdida, un mundo feliz adornado de todos los datos que construyen las
utopías románticas: natural, sencillo, armónico y hermoso, sino que es el
principal responsable de la configuración de un biotipo de hombre vasco con
unos rasgos morfológicos tan definidos, que ni los estudios de Aranzadi o
Barandiarán hubieran hecho prosperar sin la presencia y el éxito alcanzado por
cuadros como el que representan los "Layadores" de Arteta o el
poderoso y solemne dios del mar, "El marinero vasco Santhi Andia"
de Ramón de Zubiaurre".
El que la cooperación fuera absolutamente voluntaria o se produjera de
forma indirecta es un dato difícil de verificar en el caso de cada uno de los
pintores individualmente considerados. Ello no obsta, salvo que se quiera
mantener a los artistas al margen de 'su' realidad cotidiana, para que su
contribución fuera efectiva ya que los mensajes inconscientes, al presentarse
semiocultos " calan subliminalmente en el espectador de manera
mucho más efectiva que los mensajes explícitos, los cuales por su evidencia
suelen ser objeto de aprobación o rechazo desde el primer momento en que son
contemplados, lo que, a su vez, suele impedir una posterior valoración
exclusivamente estética ".
Y es que las valoraciones exclusivamente estéticas pocas veces se han
producido en el ámbito de las artes, particularmente en las literarias,
plásticas o arquitectónicas. Las obras artísticas son realidades llenas de
significados e implicaciones, conscientes o inconscientes, que cualquier
crítica suele escudriñar con particular cuidado, sobre todo, cuando puede
intuirse que, directa o indirectamente, prestan su contribución a otros
intereses. Como indica Linda Nochlin hablando de la temática de Courbet y
de la opinión de muchos de sus contemporáneos sobre su compromiso político, no
es preciso que los mensajes sean claros e inequívocos, las obras y los autores,
pueden ser valorados también por aquello que no dicen, por su desvinculación de
las corrientes imperantes, por su visión alternativa y contraria a la
dominante, es decir, por no reflejar aquello que se espera de ellos adecuándose
a los gustos y modos establecidos.
De otra parte, si los artistas son sujetos en la historia, tampoco pueden
obviarse -por parte de ellos y por quien analice su obra- los cambios de
mentalidad y las propuestas que sobre la actividad artística se hayan
realizado. Los artistas de fines de siglo, también los siguientes, son
herederos de una tradición que desde el Romanticismo había incorporado a su
ideario sobre arte, junto a otros, conceptos como el de creación, libertad e
independencia, a los que el Realismo había añadido el de sinceridad a la hora
de representar exactamente lo que se ve, sin idealizaciones ni sublimaciones.
Por ello, sin negar los intentos de dirigismo político o estético por parte de
cualquier tipo de poder y su influencia, sin minusvalorar tampoco las
necesidades materiales de los artistas y su lucha por sobrevivir, no siempre
puede recurrirse a unos y otras para explicar el cultivo de una determinada
temática o forma de hacer, especialmente cuando éstas se prolongan en el
tiempo. La conciencia de los artistas en cuanto tales y su situación si no habían
cambiado radicalmente sí lo habían hecho de forma sustancial como para que
pueda ser posible no considerar, al menos en cierta medida, que el trabajo que
realizaban no fuera fruto de una elección personal, reflexiva y voluntaria. Y
más en quienes estaban dispuestos a afrontar críticas, polémicas y desaires por
adoptar vías de modernidad[80] artística.
Por consiguiente, cuando en los temas se proyecta una visión de la realidad
un tanto idealizada, o cuando se decide representar un tipo de tema resaltando
sus aspectos más duros o menos agradables, cuando se elige un protagonista u
otro, e incluso cuando se decide la forma y el color, la pincelada y la textura
hay siempre una elección voluntaria que tampoco puede ser ajena al efecto que
la obra va a causar en el espectador. Por ello, cabe suponer que quienes al
tratar campesinos, marineros, tipos populares o paisajes tiñen las escenas de
un sentimiento poético y nostálgico, o engrandecen y embellecen personajes y
ambientes, o los dotan de un cierto sentido épico, buscan precisamente esos
rasgos y características y son conscientes de que, muy probablemente, tendrán
que causar en quienes contemplen sus obras algo de las sensaciones
experimentadas y recreadas por ellos mismos.
Por otra parte, los estudios sobre la situación del arte a fines del siglo
XIX y comienzos del XX en España vienen insistiendo en la relación de los
artistas del País Vasco, especialmente con los catalanes. En la época que Bozal
denomina fin de siglo uno de los objetivos que se persiguen en Cataluña
"cuando se abordan y configuran los rasgos de la modernidad" es
"la búsqueda de una identidad nacional catalana que afirma sus diferencias
respecto de Madrid, acentuando el cosmopolitismo y la existencia de una
tradición propia, además de una realidad social y económica claramente
diversa".11 Dada la similitud de situaciones políticas, económico-sociales y, en
menor medida, culturales entre el País Vasco y Cataluña, este rasgo, al igual
que otros que expone, podría hacerse extensible, a mi juicio, al caso vasco lo
que corroboraría la idea de que el cultivo de temas protagonizados y
ambientados en una cultura específica, como la vasca, persigan explícitamente,
o contribuyan indirectamente, a ese objetivo de buscar una identidad nacional,
aunque se pretenda, y a veces se consiga, no caer en regionalismos folklóricos.
Igualmente, podría entenderse que el espíritu ambivalente y ecléctico que
anima El Cercle de San Lluc (1893) que, en palabras de Bozal,
-" por una parte, es antimodernista, conservador y tradicionalista,
vuelve su mirada al pasado, a la Edad Media y los valores cristianos en ella
dominantes; por otra, enlaza con el modernismo en su afán de transcender la
anécdota¿, en su espiritualismo, que mira al simbolismo " -
no era tampoco lejano a los artistas del País Vasco, venía ya impregnando
muchas de las obras anteriores a la constitución del Cercle y continuaría
manifestándose en algunas de las posteriores.
La pintura de historia, como se sabe, tiene
una larga trayectoria en el siglo XIX al ser el género preferido y más
considerado por las instituciones, el que mayor valoración y reconocimiento
tenía en los certámenes oficiales y el que permitía la consagración definitiva
de los pintores. Su tratamiento, no obstante, experimenta también variaciones en
cuanto al tema, en función de los cambios en la situación política y de las
tendencias ideológicas y sociológicas. Desde el punto de vista estilístico, se
irán acusando, en distinta medida y con diferencias en su resultado, las
influencias de las principales tendencias aún vigentes tanto en Madrid y
Barcelona como en Europa, particularmente las existentes en el foco
romano -todavía principal destino de la mayoría de los pintores-, también
de París, a donde, poco a poco, se van orientando los intereses formativos de
los vascos e incluso las de influencia alemana, como las del romanticismo
nazareno, o las inglesas, significativamente las prerrafaelistas.
En el caso del País Vasco, la abolición de los Fueros, marca un punto de
inflexión en la pintura de historia. No se abandonan
totalmente los temas sobre personajes reales y de leyenda del pasado español,
pero comienzan a proliferar los pertenecientes a la tradición vasca, a veces
histórica y a veces mítica, tomando como fuente de inspiración, sobre todo en el
último caso, las novelas ambientadas en el Medievo, que tanto influyeron en
la pintura decimonónica. La
reclamación de estos asuntos será muy frecuente pues, a través de ellos, se
quiere fundamentar la existencia de la identidad nacional y de las tradiciones,
especialmente las jurídicas y políticas, que la ley abolitoria había venido a
interrumpir.
Aunque Reyero interpreta la existencia de este tipo de temas fuera de
Cataluña y, en menor medida de Valencia, como una mera "manifestación del
orgullo local" en la que sólo tangencialmente podría verse una exaltación
nacionalista, González de Durana, en su artículo ya citado, expone
detalladamente el temprano intento de convocar un concurso para premiar cuadros
sobre la historia del Señorío de Vizcaya -octubre de 1876-, como un claro
ejemplo del interés por promover una temática que recordara la larga tradición
de autonomía política. Es decir, existía un contenido político y un fin
pedagógico-propagandístico concretos en los objetivos que animaban a los promotores
del concurso.17 Será en la Exposición Provincial de Vizcaya de 1882 cuando los
cuadros presentados logren dar forma pictórica a los objetivos perseguidos por
el fuerismo y así, pese a las críticas, se reconocerán también los valores
ideológicos que, principalmente, contenían el Jaun Zuria jurando
defender la independencia de Vizcaya de Guinea y El árbol
malato de Seguí .
El éxito de los cuadros de historia y su efectividad como medio de
adoctrinamiento determinará, por tanto, que también en los años posteriores se
sigan sucediendo los encargos realizados por distintas instituciones para la
decoración de sus edificios más representativos. A este propósito, por ejemplo,
se orientarán los trabajos de José Echenagusía tanto para la Diputación Foral
de Guipúzcoa - La jura de los Fueros Guipuzcoanos por el Rey Alfonso
VIII de Castilla, el año 1200 en 1890 -, como para la de Vizcaya
- La apoteosis de Vizcaya, La jura de los Fueros por Fernando el
Católico en Santa María de Guernica el año 1476, y La Constitución de las
hermandades de Vizcaya, por el Corregidor Gonzalo Moro, en 1394 ,
(también conocida como La pacificación de los bandos oñacino y gamboino
ante el Corregidor Gonzalo Moro, en 1394) realizadas en 1901-, o los
de Marcoartu, Catad ahí a vuestro Señor que os lo demandaba y La jura
de los Fueros por la Reina Isabel la Católica en un portal de la calle Tendería .
A medida de que el pensamiento nacionalista vaya definiendo sus posiciones
y alcance mayor grado de protagonismo político, los fines y la función que se
pretende cumplan los cuadros serían expuestos de forma mucho más clara,
planteando la utilización de imágenes y símbolos que posibiliten una lectura
inequívoca y sugerentemente reivindicativa.
Al igual que la pintura de historia, los cuadros de tema
religioso de las décadas de los ochenta y los noventa se inspiraban todavía en
modelos que remiten a la tradición romántica neomedievalista del siglo XIX. La
pervivencia de este tipo de asuntos sobre personajes y episodios bíblicos o las
figuras de santos, denotan la importancia del componente religioso en la
sociedad vasca de la época, componente que también el nacionalismo asumiría
como una de las señas de identidad de lo genuinamente vasco como señalaría el
propio Sabino Arana[81]: " El amor a
la Patria, es y será siempre, después de la fe cristiana, la fuente inagotable
en donde beban inspiración para sus inmortales concepciones todos los que sigan
la brillante senda del arte ". Junto a obras de claro
contenido religioso como la famosa Llegada al Calvario de
Echenagusía de 1884 o la muy posterior La proclamación de la Virgen de
Aránzazu como Patrona de Guipúzcoa (1925) de Salaverría, hay todo un
abanico de cuadros en los que se expresa el sentimiento religioso en escenas
populares y en ceremonias tradicionales de carácter litúrgico. Parece en ellos
que las gentes del campo fueran depositarias de las antiguas virtudes y
mantuvieran incólume la fe de sus antepasados, conservando un sentido
espiritual de la vida que en los ambientes urbanos estaba en retroceso. Este
tipo de representaciones, en las que no son infrecuentes los rasgos alegóricos
y simbólicos, están cercanas a las que se realizaban en la Escuela de Olot y
poseen un carácter evocativo próximo al de los catalanes del Cercle, según ya
se ha apuntado.
Como se indicaba al principio la pintura carecía de una sólida tradición en el País Vasco hasta estos años del
último tercio del siglo, pese a la existencia de un grupo de
"precursores", entre los que sobresalen Francisco
"Pancho" Bringas y Eduardo Zamacois, Juan de Barroeta o Antonio Mª de Lecuona, entre una nómina de
pintores de orientaciones, realizaciones y relevancia dispares.
Las referencias efectuadas hasta aquí a las influencias estilísticas y
temáticas nazarenas, puristas o prerrafaelistas, muestran que los modelos
pictóricos que se adoptan provienen del extranjero, aunque contaran ya con el
respaldo de los círculos académicos más conservadores, y que es, en un primer
momento, mediante ellos como se pretende conseguir el formalizar una tradición
pictórica propia. A estas influencias se sumarán, paulatinamente, las del arte
barroco español y Goya, así como otros planteamientos novedosos que, en este
caso, provienen del que París como que irá sustituyendo a Roma como centro de
referencia y formación para los artistas.
El proceso de formalización de una tradición pictórica propia no iba a ser
ni corto ni lineal por lo que, en la transición entre un siglo y otro, será el
eclecticismo el rasgo que mejor defina la situación de la pintura en el País Vasco. Un eclecticismo derivado de la convivencia de
propuestas que, como las citadas, suponen la pervivencia de modelos consagrados
con otras consideradas modernas que, como el naturalismo de Manet, el
simbolismo, o el impresionismo, van a ir
determinando, no sin resistencias ni controversias, el cambio. Hay, por tanto,
una mezcla de tradición y renovación que, al igual que ocurre en otros ámbitos
europeos y españoles, es el rasgo más sobresaliente de este período de fin de
siglo, ambiguo, ambivalente y plural en el que se gesta la modernidad, concepto
un tanto impreciso y heterogéneo que, como plantea Bozal, se presta a
diferentes enfoques y valoraciones.
No resulta fácil precisar en qué momento exacto se produce la llegada de la
modernidad al País Vasco ya que, como en otros casos, es aventurado fijarle una
fecha de nacimiento y dependería de la conjunción de diversos factores, tanto
culturales y puramente artísticos como socio-económicos. Sin embargo, los
estudios sobre la pintura de este período
vinculan en general la introducción de la modernidad a la vuelta de París
de Adolfo Guiard en 1886 y a la
venida de Bruselas de Darío de Regoyos, en 1890, vinculación
ya reconocida incluso por la crítica contemporánea y posterior.
Quizá por ello, llama la atención que Bozal, quien dedica un amplio
análisis a la obra de Regoyos, resuma la figura de Guiard en muy pocas líneas
y, probablemente, por considerarle todavía un pintor más vinculado al siglo XIX
que al XX, no llegue a apreciar el carácter pionero de sus realizaciones y
su influencia en el desarrollo posterior de la pintura en el País Vasco. Sin embargo, dicho carácter quedaba ya claramente
precisado en la primera investigación sobre la trayectoria vital y artística
de Adolfo Guiard (1860-1916)
-realizada hace ya veinte años por González de Durana-, en la que, junto a
un exhaustivo estudio de su obra, se aportaban los datos que fundamentan la
valoración de este pintor como una figura innovadora que destacaría en
contraste con el panorama, un tanto lánguido, existente en Bilbao y en el
conjunto del País Vasco.
Todos los estudios sobre Guiard coinciden en señalar su formación inicial
con Antonio Mª de Lecuona, su elección de
Barcelona frente a Madrid para profundizar en su aprendizaje de la mano de
Martí Alsina y, sobre todo, la transcendencia de su decisión de orientar sus
pasos hacia París donde se acentuaría su interés por el realismo -ya
naturalismo- y entraría en contacto con el reciente Impresionismo que, a su vuelta, él mismo mostraría en Bilbao a través de El
aldeano de Baquio . Obra que expuso en 1888 y con la que se origina el
primer debate de importancia sobre el arte moderno y la modernidad en el País
Vasco.
Sin embargo, a mi juicio, aceptando que el Impresionismo no fue un movimiento homogéneo, no sería nunca Guiard un
impresionista en la estela directa de Monet, Pissarro o Sisley, es decir, de
quienes centraban toda su atención en las sensaciones ópticas. Guiard se
situaría más bien en la estela de Degas, a quien conoció y cuya influencia
-directa o indirecta- es patente en la preocupación por los valores del dibujo,
en su concepción de la línea, en el sentido del color y, especialmente, en esa
capacidad de mirada sobre los personajes de la vida cotidiana, intimista,
psicológica y subjetiva.
Guiard ofrece del impresionismo una visión
ecléctica. Partiendo de las influencias anteriores, intensifica, a través
del impresionismo, su interés por la
representación de escenas en el exterior de la vida en la ciudad y de las
diversiones y ambientes ligados a ella, de paisajes habitados o deshabitados
por trabajadores rurales o industriales, reflejando la diversidad de formas de
vida existentes en su entorno.
En sus cuadros se aprecia la preocupación por la atmósfera y la luz, pero
no parece que su objetivo fuera la captación directa e inmediata de éstas
cuando la " realización de un cuadro de pequeñas dimensiones podía
durar, para hacerlo bien, hasta un mes ". No obstante,
cuando cultiva el paisaje campesino fuera de la ciudad -en Baquio o en la ría
de Guernica-, en contacto directo con la naturaleza y en formatos reducidos
- Manzano en flor (1890-91), Manzano joven sobre la
era (1891), Aldeanita en las labores del campo, Paisaje con
aldeana (ambos de 1892), o Busturia (1893)-, es
cuando más se identifica con el impresionismo óptico y más
estricto, al que parece volver en algunas obras de los últimos años de su vida,
como Camino rural (1912-1915), o Murguía (1914). En otras, tanto previas como
contemporáneas a las citadas - El Cho (1887), La
vuelta del trabajo (1889), La siega (1890), De
promesa (1894), El atorrante o Las viejas (ambos
de 1910)-, por el contrario, está presente su voluntad de definir y delimitar
las figuras y de darles mayor consistencia formal y visual. Por el tema y por
la forma de tratarlo, Guiard se revela aquí cercano a la visión y a
interpretación de Millet, quien también había dotado a sus representaciones de
un sentimiento espiritual y había dignificado la figura de los campesinos,
ofreciendo de ellos una imagen mucho más idealizada de la que podía apreciarse
en los cuadros de Courbet.
La insistencia en los temas rurales y en sus personajes característicos, el
sentido de permanencia y la emoción contenida con que los representa, tan
cercanos a las interpretaciones de los catalanes, aunque no llegaran a
satisfacer plenamente las exigencias del nacionalismo -y por ello fuera
criticado-, sí traslucen su voluntad de contribuir, temáticamente al menos, a
la configuración de una pintura que habría de
servir de base para la creación de la pretendida personalidad pictórica vasca.
A mi juicio y tal como exponía más arriba, es difícil separar la mentalidad
nacionalista de Guiard y su compromiso con ella, claramente demostrado, de su
obra y del sentido de la misma. No es preciso que el artista manifieste claramente
ese compromiso, que haga sus obras al dictado directo de una ideología, para
que sea menos efectiva su contribución a los postulados de la misma.
Con todo la contribución de Guiard a la modernización de la pintura en el País Vasco es indudable. No
sólo será quien introduzca el Impresionismo sino que, en
línea consecuente con su voluntad de que la pintura refleje hechos e ideas, también incorporará el lenguaje alegórico y
evocativo presente en los cuadros de Gauguin y, en cierta medida, cercanos al
Simbolismo[82]
y al Modernismo. Creo que en los bocetos para las vidrieras de la Casa de
Juntas de Guernica, si bien Guiard no podría ser calificado de estricto
simbolista, si late un espíritu épico, un sentido de dignificación de la
realidad más allá de la realidad misma -que se traduce en la composición y en
el tratamiento de las formas-, que pretende trascender la mera representación
documental, en perfecta consonancia con la visión que manifestaban sus cuadros
sobre campesinos.
Aunque Darío de Regoyos (1857-1913) es
considerado por Bozal como una personalidad "cuya proyección va más allá
de los límites peninsulares y que, dentro de la Península, no podemos adscribir
a un foco regional" tradicionalmente se le ha venido incluyendo en
todos los estudios sobre el arte en el País Vasco como una forma de reconocer
su contribución a la modernización de la pintura y su activo
papel en la vida artística vasca en esta época entre dos siglos.
Dicha vinculación parece corresponderse, por otra parte, con los sentimientos
del propio pintor que, si bien había nacido en Ribadesella (Asturias) y había
conocido los planteamientos modernos de los círculos de Bruselas -en los que
participó activamente- y de París, desde joven mantendría un estrecho contacto
con el País Vasco con cuyo paisaje y luz se sentía identificado ya que, según
se desprende de algunos de sus escritos, los juzgaba más adecuados para dar
cuenta de sus sensaciones sobre las armonías y los contrastes lumínicos y
cromáticos. De cualquier forma, es preciso reconocer que, dada su personalidad
inquieta y su continuo afán viajero, Regoyos también da forma e interpreta
otros muchos de los ambientes y paisajes de la España de la época,
constituyendo un referente indudable tanto para comprenderla como para valorar algunos
de los caminos que la pintura posterior habría
de explorar.
La obra de Regoyos, en efecto, es una de las que más claramente muestra el
interés por explorar las distintas vías que se abrían a la pintura en esta época entre dos siglos. Buen conocedor de Goya y la pintura barroca española, cultivador temprano de un naturalismo expresionista
- Alrededores de Bruselas, La diligencia de Segovia (1882) -,
parece aproximarse al Simbolismo - La dama ante el espejo (1885), La
noche de los difuntos (1886)-, pero es, sobre todo, quien más
decididamente apuesta por la visión y la técnica del Impresionismo - Tendido de sombra (1882), El baño en
Rentería (1899), El arco iris, El tren de las 16 horas,
noviembre. San Sebastián (ambos de 1900), El maíz, deshielo (1901)-,
que experimenta también con el Puntillismo -El retrato de Dolores Otaño
(1892), Las redes (1893), El paseo de Alderdi Eder (1894)-,
y se interesa por la pintura ingenua y
primitiva, es, igualmente, un pintor que no descuida los contenidos temáticos,
aproximándose tanto a las concepciones expresionistas como a las simbólicas en
una notable variedad de asuntos, escenarios, personajes y ambientes, tanto de
la vida urbana y los trabajos industriales, como del entorno rural y costero.30
A través de cualquiera de ellos, Regoyos parece proyectar en sus cuadros el
resultado de su mirada, mostrar de qué forma su sensibilidad le ha hecho
experimentar la realidad con la finalidad, probablemente, de que el espectador
experimente parecidas sensaciones. Es esa atención a la transmisión inmediata y
a la proyección subjetiva de lo que ve -y sobre lo que no parece efectuar
ninguna selección-, el factor que determina lo que, a veces se juzga, como
descuido técnico de alguna de sus obras y la razón probable de su aparente primitivismo,
a través del que se aproxima a su admirado Gauguin.
Pero, será sobre todo " su manera de sentir el paisaje por
medio de la pintura, estar abierto a la
naturaleza, más que la idea clásica de consultar la naturaleza, [... ] lo que
asimilaron los pintores vascos de las siguientes generaciones " -en
palabras de Manterola-31 entre quienes no se encontrará,
por consiguiente, una influencia inmediata de los planteamientos técnicos de
Regoyos, pese a que sus cuadros consiguieran proporcionar una imagen típica del
paisaje vasco que ha perdurado largamente.
En los dos pintores anteriores se ha podido observar cómo se solapan y
entrecruzan distintas orientaciones y formas de hacer que han sido valoradas de
forma muy distinta cuando se analizan en el caso del bilbaíno Anselmo Guinea
(1854-1906), a quien, en algunos estudios, se ha llegado a definir como un
" artista desorientado, aturdido por las múltiples tendencias "
que " se incorporó a las nuevas orientaciones de la pintura,
olvidado hasta cierto punto lo hecho con anterioridad y recorriendo en diez
años lo que la pintura europea había hecho en cincuenta ".
Es, precisamente, la multiplicidad de tendencias y la no siempre evitable
necesidad de adecuarse al mercado para sobrevivir, lo que podía provocar como
resultado el eclecticismo de muchos de los pintores de la época, tanto de los
que trabajaban en el País Vasco como de los que lo hacían en otras latitudes y
contextos. Pero, también, el eclecticismo, o el carácter sincrético de las
trayectorias pictóricas de muchos artistas, puede entenderse como un empeño
consciente por explorar las nuevas posibilidades y planteamientos, como una
actitud por superar las limitaciones de lo conocido y consolidado, como un paso
adelante, aunque este paso no tenga por qué ser siempre revolucionario. Son,
por otra parte, frecuentes en la historia del arte moderno, los ejemplos de
trayectorias zigzagueantes y suele señalarse esta característica, precisamente,
como uno de los rasgos de la modernidad frente a otros períodos que parecen
poseer una mayor unidad estilística y temática. Desde esa óptica, no sólo
Guinea sino otros pintores del momento, merecerían una revisión más detallada
que enjuiciara sus vidas y obras, sobre las que no existen siempre datos
absolutamente fiables y contrastados lo que puede propiciar la supervivencia de
criterios que se aplican como clichés fijos y se repiten una y otra vez.
Anselmo Guinea era un artista formado en Roma que ya había alcanzado cierto
prestigio desde el temprano concurso de 1882 en el que presentó su famosa
versión de la leyenda de Jaun Zuria, ya mencionada. Su formación académica
determina la consiguiente importancia del dibujo que en su obra será un
elemento fundamental sin que ello suponga merma en la riqueza y luminosidad del
color, características constantes en toda su pintura. De su atención a las tendencias imperantes en la época es buen testimonio
su preocupación, entre realista y naturalista, por la vida cotidiana,
personajes, paisajes y costumbres, tanto de Italia del País Vasco, que
representa con el detalle y minuciosidad, a veces un tanto preciosista, en
diversos momentos de su vida - Aldeana (1875), Idilio
en Arratia (1889)-. Dentro de estas escenas sobre la vida cotidiana
experimentará también con los efectos de la luz sobre la atmósfera ambiental y
sobre las formas y el color, dando lugar a obras tan distintas como La
sirga (1892), A la sirga en el muelle (1893), Salladores (1893), Paisaje
en Zorrozaurre (1896), Cristiano (1897), o Gente . Puente
de Roma (1904), que demuestra su conocimiento de las técnicas y de las
preocupaciones de los impresionistas, la atención a Manet y las derivaciones
del naturalismo, que pudo conocer de primera mano en su estancia París. Pero,
también, "introduce en la pintura vasca un cierto espíritu
simbolista", palpable en los frescos que pinta para el Palacio de la
Diputación de Vizcaya, y que matiza el realismo costumbrista de las vidrieras
para el Palacio de Ibaigane. Y todo ello, aunque mantenga los encargos de tipo
convencional.
Probablemente, no pueda considerarse a Guinea un precursor, ni tan siquiera
un genuino renovador de la pintura de su época,
pero tampoco fue un pintor estático, anclado en modelo periclitados, ni ajeno a
los movimientos que impulsarían el cambio en la pintura vasca, como demuestra su apoyo y participación en las primeras Exposiciones de
Arte Moderno que, organizadas por los propios pintores y sin participación
institucional, se celebraron a partir de 1900, y el hecho de que suscribiera el
manifiesto contra Mariano Benlliure por sus descalificaciones del Impresionismo. Quizá, por ello, resulte más justa su consideración como
"modelo de artista regional, quien consumió la mayor parte de su tiempo y
talento en dignificar la práctica artística local, sin que su obra llegara a
proyectar excesivamente fuera de ella".
La estela realista se prolonga en la obra de otros pintores que también
podrían ser calificados como regionales, dada su escasa significación para el
resto de la Península o el extranjero, -donde ocasionalmente pueden cosechar
algún éxito-, así como al hecho de que tampoco se involucren activamente en la
renovación del arte local -salvo excepciones, como Berrueta o Ugarte- sobre el
que ejercen una influencia no demasiado significativa. En sus obras pueden
encontrarse algunos ecos de las novedades técnicas en circulación mezcladas con
un realismo académico del que no supieron, o quisieron, desprenderse totalmente
y que les vincula a las tendencias más conservadoras que existían en el arte
español.
Algunos de ellos, como José Echenagusía (1844-1912) o Pedro Alejandrino
Irureta (1851-1912), Macario Marcoartu (1858-1905) o Vicente Berrueta
(1867-1909), desarrollan la mayor parte de su obra en el siglo XIX y la que
realizan a principios del XX sigue idénticos derroteros pues, aunque traten de
asimilar las innovaciones, su espíritu y sensibilidad se mantendrán fieles al
siglo anterior.
Un caso similar podría ser Ignacio Ugarte (1858-1914), que estudió en
Madrid y en Roma donde entraría en contacto con la vertiente "luminista"
del realismo practicada por su amigo Sorolla, que, sin embargo, nunca llegó a
seguir estrictamente, si bien, en algunas de sus composiciones se percibe cómo
aflora un sentido del color más vivo y alegre y una mayor atención a los
efectos lumínicos, como muestra en Las sardineras (1892), Las
planchadoras , o Retrato de familia , en las que se
aprecia que su técnica no es nunca estrictamente impresionista.
El conjunto de la obra de Ugarte refleja la obsesión por el verismo propia
del Realismo[83]
que, en las décadas finales del XIX, se muestra interesado por prestar su
atención a algunos temas de tipo social con una cierta carga sentimental y
moralizante, a veces, dotada incluso de un cierto sentido crítico. Esta
vertiente del Realismo tendría bastante aceptación entre la burguesía y en los
certámenes oficiales precisamente porque, al potenciar los valores narrativos,
podía entroncar en cierta medida con los planteamientos de la pintura de historia, sugiriendo un tipo de lectura intelectual y sentimental,
alejada de la comprensión del arte como evasión, pero al margen de los
aparatosos temas propios de las representaciones históricas.
Ugarte cultivaría esta vertiente quizá más comprometida en obras en las que
retrata ambientes de marginación - Casa de Misericordia en San
Sebastián (1895)-, o las condiciones del trabajo en la época - Sardineras
donostiarras (1892), Limpiando las redes (1894), La
vuelta de la pesca (1897), Esperando la pesca (1913)-.
Sin embargo, esta temática -con la que parece sintonizar con el Sorolla
de ¡Aún dicen que el pescado es caro! (1895)-, convive en
Ugarte con las amables representaciones, llenas de tipismo y sin ningún afán
crítico, de los personajes populares entre los que representa tanto a los tipos
vascos como a aquellos otros que formaban parte de la imaginería habitual en la
España de entonces: gitanas, manolas, floreras¿
La convivencia entre tradición y modernidad
en la pintura del País Vasco, por consiguiente, es un hecho cierto que no parece
alterarse tampoco en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, es
precisamente con el nuevo siglo cuando los impulsos renovadores de los pioneros
parecen, por fin, cuajar en la importante iniciativa que supone la organización
de las Exposiciones de Arte Moderno, que se celebrarían en Bilbao.
Las exposiciones, que serían seis y se celebrarían en 1900, 1901, 1903,
1905, 1906 y 1910, marcan un hito en la evolución y el desarrollo del arte en
el País Vasco porque constituyen la primera manifestación de la voluntad de los
artistas modernos de incidir directa y activamente en la vida cultural
introduciendo un elemento que propiciara el debate e impulsara, decisivamente,
la ansiada modernización que no terminaba de producirse. Su historia y su
significado ya han sido puestos de manifiesto en los estudios de González de
Durana -quien en su obra sobre Guiard trazaba un completo estudio de las
mismas- y en las obras generales posteriores, por lo que no voy a
detenerme en analizar lo que en ellas está claramente expuesto.
Sin embargo, la agitación cultural y los impulsos renovadores que podrían
derivarse de las exposiciones, de publicaciones como El Coitao (1908)
e, incluso, de las nuevas propuestas vanguardistas europeas que empezaban a
darse a conocer, no parecen variar el rumbo de muchos pintores cuya vida,
aunque iniciada en el XIX, se prolonga a lo largo de las tres o cuatro primeras
décadas del siglo XX.
Un caso paradigmático puede ser el de Ignacio Díaz de Olano (1860-
1936), que nunca renunciaría a su formación académica y al realismo
ecléctico asimilado desde su juventud. Las poéticas representaciones que ofrece
del mundo rural vasco contrapuesto a la ciudad, - Familia (1899), Cogiendo
helechos , El rebaño o La vuelta de la
romería (1903)-, junto a su tendencia a la anécdota costumbrista,
cargada a veces de tintes moralizantes, significan la pervivencia, bien dentro
del siglo XX, de un tipo de pintura que ya parecería
superada. Y que, sin embargo, continuaría siendo del gusto de las mentalidades
burguesas y conservadoras.
En la misma línea de continuidad con la tradición podría situarse al
vitoriano Fernando de Amárica (1866-1956), que es el pintor de dedicación
más constante, y casi exclusiva, al tema del paisaje. Sin embargo, su estancia
en el taller de Sorolla en 1898 reorienta su inicial formación hacia el
iluminismo del levantino. A través de su experiencia y del conocimiento directo
de la obra de los impresionistas, sus paisajes muestran una constante
preocupación por reflejar con precisión los datos visuales obtenidos directamente,
atendiendo a los efectos lumínicos mediante una técnica derivada del impresionismo.
La influencia de Guiard sobre Ignacio Zuloaga (1870-1945), Pablo
Uranga (1861-1934) y Manuel Losada (1865-1949), no impide que la obra de
estos fluctúe entre la tradición y la modernidad y que no sea vinculada
netamente a las posiciones más innovadoras de la primera mitad de siglo. Y
ello, pese a la fama internacional del primero y sus relaciones con muchos de
los protagonistas de la vanguardia del País, a la participación de Uranga en
las Exposiciones de Arte Moderno y en la de París de 1902, y al decisivo papel
de Losada como promotor de las citadas exposiciones y del Museo de Bellas Artes
de Bilbao. Sin embargo, los tres siempre aparecen más vinculados a los intentos
de regeneración histórica, social y cultural planteados por la Generación del
98, movimiento que tradicionalmente se ha entendido contrapuesto a la verdadera
modernidad.
Entre los argumentos que se han venido esgrimiendo para fundamentar la
relación de estos pintores con la Generación del 98, un factor esencial sería
el interés que demuestran por el pasado artístico español, -personificado
especialmente en El Greco, Velázquez, Ribera y Goya-, cuyas aportaciones habían
sido tan revalorizadas en Francia durante todo el siglo XIX. El otro, la
constante representación en su obra de los tipos y paisajes que actúan como
emblema de una Castilla convertida en encarnación de la identidad de España, en
cuya recuperación parecen empeñados los intelectuales de la Generación del 98.
En la obra de Zuloaga las interpretaciones sobre temas propios de lo
español -a través de lo castellano, preferente pero no exclusivamente-, se
expresarán en cuadros de gran formato tratando de situar el género, a la manera
del Realismo, a la misma altura que la gran pintura de historia, porque, en definitiva, con estas escenas que
pretende despojar de contenido folclórico, trata de alcanzar la representación
del alma, de la esencia, de lo español -El reparto del vino (1900), El
garrochista (1901)-. De esta forma pretendía dotar a su pintura de un sentido de trascendencia que la engarzara con la tradición de
espiritualidad que había existido en la pintura española y en quien él tanto admiraba El Greco. Espiritualidad y
trascendencia que impregnan muchas de sus obras pero especialmente las de
contenido religioso como Los Flagelantes ( Los
Penitentes ) (1908) o El Cristo de la sangre (1911).
Por ello, su pintura no es
exactamente reflejo de una realidad vista sino de una realidad sentida; por ello,
permanece ajena a las sugestiones visuales y a las experiencias mudables que
habían determinado la pintura impresionista y,
también por ello, su pintura acusa una gran
falta de naturalidad que va más allá del empleo de recursos expresionistas.
El peso del tema es tan destacado en Zuloaga, su protagonismo es tan
evidente, que ha dejado en un segundo plano cuantos planteamientos novedosos
pudieran existir en el conjunto de su obra. Tanto en la composición - Las
dos amigas, Sevilla o Amigas (1896)- como en el
empleo del color - Estudio en grises (1896)-, como por la
presencia de elementos simbolistas y expresionistas[84] - Retrato de la
Condesa Mathieu de Noailles (1913), Retrato de Doña Rosita
Gutiérrez (1915), que él siempre reinterpreta y amalgama de una manera
un tanto desordenada y confusa. Así parecía reconocerlo Ortega y Gasset cuando,
en uno de sus frecuentes artículos sobre el pintor recogidos en La Pintura Vasca, escribía: " La pintura de Zuloaga, como tal pintura, carece
de unidad, es ecléctica. Métodos, tradiciones, intenciones en parte antagónicos
coexisten en esos cuadros, sin que por sí mismos puedan llegar a la unidad. O
mejor dicho: la unidad de la pintura de Zuloaga es una presión violenta a la
que la voluntad del artista somete los elementos y tendencias disparejos ".
Ese eclecticismo, en el que fluctúa a lo largo de su vida, es lo que
produce la sensación de que su obra obedece y da continuidad más a la tradición
del XIX que a cualquier planteamiento de la modernidad del XX. Que podría ser un
buen ejemplo de la pervivencia del espíritu del fin de siglo, con toda su carga
de ambivalencia, una pervivencia que también se apreciará en otros artistas
que, bien entrado el siglo XX, continúan cultivando la pintura regionalista.
A ella, dentro de los intentos por crear la tradición de un arte
específicamente vasco y en el contexto de los primeros debates serios sobre su
existencia, pertenece la obra de algunos pintores como los hermanos Zubiaurre:
Valentín (1879-1963) y Ramón (1882-1969), los Arrúe, especialmente,
Alberto (1878-1944), José (1885-1977) y Ricardo (1890-1978), y el
recientemente recordado, Ángel Larroque (1874-1961). Serán ellos, entre
otros, los que, sin renunciar a la herencia de la pintura española, se empeñarán en dar forma a un arte moderno que, sin
embargo, pudiera ser reconocido inequívocamente como vasco. Por ello, tratan en
su pintura, preferente pero no
exclusivamente, las costumbres, los paisajes, los ambientes y los tipos
populares vascos, reflejándolos de manera realista, aunque en ocasiones con un
cierto tinte nostálgico o épico, o con alusiones simbólicas. En consecuencia,
su pintura puede enmarcarse
dentro de aquel regionalismo que tan ampliamente se estaba desarrollando en el
arte español. Por otra parte y, a veces a su pesar, ese apego a lo propio, a lo
vivido y conocido, sería utilizado por el pensamiento nacionalista, ya más
formalizado y consolidado políticamente, que intentará convertir sus pinturas en icono representativo de su ideología.
En todo el período encerrado en los límites cronológicos propuestos, puede
deducirse, por lo expuesto hasta aquí, que la única tendencia que parece
afianzada en la pintura del País Vasco es la que se
suele designar como costumbrismo[85], denominación que,
más arriba, proponía sustituir por regionalismo. Una tendencia cuya continuidad
se basa, sobre todo, en la consideración del asunto del que se ocupan las pinturas. De Impresionismo sólo podría
hablarse con propiedad, a mi juicio, en relación con Regoyos y Guiard que son
quienes parecen asumir con más continuidad y consciencia el alcance de este
movimiento. No creo que sea posible encontrar en la pintura que se hace en esta época en el País Vasco ningún ejemplo del "Art Nouveau", entendido éste como estilo con una configuración más o menos
concreta. Hay sí tendencias modernistas si se valoran los elementos que
aparecen de forma discontinua y desigual en muchos pintores, o si se entiende
éste como una actitud propia de una época, el fin de siglo, que parece en este
caso prolongarse hasta un tiempo que ya no habría de ser el suyo.
No quisiera concluir sin recordar que cualquier revisión sobre la pintura de esta época permite constatar que son muchos los artistas a la
espera de un estudio que recupere su memoria y su pintura, como único medio de poder terminar de comprender un período complejo y
crucial para el arte del País Vasco.
[1]
ACADÉMICO:
Que se atiene a normas consideradas como clásica. Se dice asimismo de un trabajo correcto y canónico, pero falto de inspiración o que repite con
fidelidad pedantesca temas y formas tradicionales.
[2]
DIBUJO:
1. Representación gráfica por
medio de líneas, trazos y sombras, obtenido mediante lápiz, pluma u otro
objeto semejante. 2. Representación
en laa quepredominael trazo sobre el color.
[3]
CLAROSCURO:
Arte de disponer en una pintura el
contraste de luces y sombras. Aplícase concretamente al modo de destacar las
figuras iluminaadas sobre un fondo obscuro.
[4]
SIMBOLISMO:
Cualquier tendencia que en Arte use frecuentemente de símbolos, buscando el
conocimiento intelectivo y la expresión conceptual. El simbolismo por
antonomasia es el francés del siglo XIX que en pintura está bien representado
por Gauguin y los nabi o nabíes.
[5]
MÁSCARA:
Cubierta del rostro, careta o antifaz. No sólo
oculta el rostro de quien la lleva,
sino que también le otorga significados simbólicos. En la actualidad,
cuando se recurre a ellas, es para dar mayor teatralidad al personaje,
potenciar la expresión corporal, distanciar de los acontecimientos a los
espectadores o para mostrar la cosificación del ser humano.
[7]
VANGUARDISMO:
Serie de movimientos o “ismos” que implicaron una profunda ruptura con la
estética del siglo XIX, tanto con el Realismo como con el Naturaliismo.
Surgieeron así nuevas formas de expresión artística innovadoras. Estos ismos
aparecen a partir de 1910 (futurismo, cubismo, dadaísmo…). Así, movimientos
como el parnasianismo, el simbolismo o el modernismo representan una
preparación para esta honda innovación. El vanguardismo modifica la
estética de todas las artees, tanto en su rechazo del pasado commo en la
falta de interés por la representación objetiva de la rrealidad. Su ansia de
originalidad no se bassa siempre en una
concepción pesimista, sino en unna apuesta vital y desenfadada. Su desarrollo
significó una nueva relación entre el arte y la
realidad.
[8]
ANTONI
GAUDÍ:
(Reus, España, 1852 - Barcelona, 1926) Arquitecto español. La obra de Antoni
Gaudí se inscribe dentro del movimiento modernista, aunque lo supera
ampliamente por la originalidad de sus concepciones y su capacidad para romper
moldes y crear nuevas soluciones. Nacido en el seno de una familia de
caldereros, se trasladó a Barcelona para estudiar arquitectura, disciplina en
la que se graduó en 1878. Inicialmente colaboró en algunos despachos de
renombrados arquitectos de la época (con Josep Fontseré proyectó la
cascada, las rejas metálicas y las puertas del parque de la Ciudadela de
Barcelona), antes de abordar en solitario el proyecto de la Cooperativa
Mataronense, un ambicioso complejo del que sólo se llevaron a cabo la fábrica y
un quiosco de servicios. En 1883 fue nombrado arquitecto del templo expiatorio
de la Sagrada Familia, la obra que ocupó toda su vida y que se considera su
principal realización artística, a pesar de que quedó inconclusa y sin un
proyecto bien definido. En los primeros años se ocupó de la construcción de la
cripta (1883-1891) y el ábside (1891-1893), y compaginó su trabajo en el templo
con diversos encargos civiles, como la villa denominada El Capricho, en
Comillas, o la casa Vicens, en Gracia, para Manuel Vicens. Por entonces entró
en contacto con el conde de Güell, con quien mantuvo una relación casi de
mecenazgo renacentista. Güell le encargó en primer lugar algunos pabellones
para su finca de Pedralbes y el palacio de la calle Nou de la Rambla
(1886-1891), donde Gaudí introdujo nuevos elementos constructivos como el arco
parabólico. Luego se ocupó del colegio de las teresianas de la calle de
Ganduxer y del palacio episcopal de Astorga, que no terminó a consecuencia de
la muerte de su mentor, el obispo Juan Bautista Grau Vallespinós. Bastan estas
obras de la primera
época para individualizar algunas de las constantes de la arquitectura
gaudiniana, desde su peculiar recreación del gótico hasta su predilección por
las formas curvas y dinámicas, la aplicación a la arquitectura de técnicas de
decoración artesanas (vidrieras, hierro forjado, muebles diseñados por él
mismo) y su singular empleo de los mosaicos de fragmentos de cerámica de vivos
colores. En 1891
abordó la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia, de cuyas cuatro torres
sólo se había construido una a la muerte del arquitecto, la que dio la pauta
para el bosque de torres en que debía convertirse el templo. Poco después de
1892, los Fernández y Andrés le encargaron una casa en León, conocida como Casa
de los Botines, y por las mismas fechas realizó un proyecto de misión para Tánger
que no se llevó a cabo. En lo sucesivo, sus principales encargos fueron
inmuebles de pisos, como la casa Calvet, la casa Batlló y la casa Milà, más
conocida como La Pedrera y culminación en cierto modo del genio de Gaudí por la
singular concepción de su fachada ondulada de piedra y hierro forjado y por el
conjunto de chimeneas helicoidales de la azotea.
200 IMAGINERÍA:
(de imagen): Arte de la talla o pintura
de imágenes sagradas.
[10]
AUGUSTE RODIN (1840-1917): Indudablemente no puede considerarse el arte de Rodin al
margen del arte de Edgar Degas. Ambos supieron
persistir en el realismo otorgándole una nueva dimensión escultórica, en un
intento por descubrir nuevas posibilidades en la estructura de la figura. La
obra madura del escultor está, evidentemente, vinculada a los principios
fundamentales del impresionismo, pues ambos tienden a representar el poder de
los elementos naturales. Tanto los impresionistas como el propio escultor emplearon
la luz en sus obras. Las alusiones literarias, así como el desacuerdo y la
despreocupación en el arte de Rodin están también relacionados con el
impresionismo. Su obra marca la cima del movimiento romántico y abarca toda la
gama de posibilidades plásticas, desde la espontaneidad de los movimientos
hasta el patetismo heroico. Rodin evidenció la creación de la forma partiendo
del caos como proceso dramático prometeico, influencia que recibió de Medardo
Rosso. La obra de Rodin fue el inicio y el final de la escultura impresionista,
pero sobre todo marcó un principio escultórico y revolucionario que ejercería
una influencia determinante en los escultores posteriores y en numerosos
artistas modernos.
[11]
PANTEÓN:
Monumento funnerario dedicado a varias personas, o a alguien especialmente
ilustre, sobre todo si es monumental.
[12]
ACADÉMICO:
Que se atiene a normas consideradas como clásicas. Se dice asimismo de un trabajo correcto y canónico, pero falto de inspiración o que repite con
fidelidad pedantesca temas y formas tradicionales. Es decir, perteneciente o
relativo a la modalidad artística denominada academia, que se basa en el
estudio de una figura entera y desnuda, tomada del natural y aislada de
cualquier otro elemento.
[13]
DIBUJO:
1. Representación gráfica por
medio de líneas, trazos y sombras, obtenido mediante lápiz, pluma u otro
objeto semejante. 2. Representación
en laa quepredominael trazo sobre el color.
[14]
CLAROSCURO:
Arte de disponer en una pintura el
contraste de luces y sombras. Aplícase concretamente al modo de destacar las
figuras iluminaadas sobre un fondo obscuro.
[15]
HISTORICISMO:
Corriente de pensamiento que surge en Alemania
a finales del siglo XIX impulsada por la obra de W. Dilthey, a raíz de su
distinción entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu,
basada en la distinción ontológica entre el mundo natural y el mundo histórico,
al que considera el resultado de la acción única e irrepetible de los seres
humanos. Los hechos a los que tal acción da lugar quedan vinculados al contexto
en que se produce, y a la relación entre el pasado y el presente, únicos
elementos que pueden permitir su comprensión. Dilthey se opone a las
concepciones de la historia de los románticos y de los idealistas, al afirmar
que las verdades y valores son relativos a cada época, y no la manifestación de
lo Absoluto o de cualquier otra esencia universal, negando así toda finalidad
última y trascendente de la historia. W. Windelband, H. Rickert, G.
Simmel, M. Weber y O. Spengler, defendieron también posturas historicistas, en
Alemania, y B. Croce y A. Gramsci lo hicieron en Italia. El historicismo
influirá también en otras corrientes filosóficas, como el existencialismo, la
fenomenología y la hermenéutica, siendo, por el contrario, duramente criticado
y rechazado por el estructuralismo y el neopositivismo.
[16]
REVOLUCIÓN
INDUSTRIAL:
.Amplio proceso de
cambios económicos, políticos y sociales que llevó a los países de Europa
Occidental a convertirse en sociedades industriales. Iniciada por Gran Bretaña
en la segunda mitad del siglo XVIII se extendió luego a otros países -Bélgica,
Holanda, Francia, los Estados Unidos, Alemania, etc.- durante el curso de la
siguiente centuria. La Revolución Industrial no fue un proceso violento, como
el de casi todas las revoluciones políticas, sino un conjunto de cambios
graduales y acumulativos, que sin embargo significó una verdadera aceleración
con respecto al ritmo de las transformaciones de los siglos precedentes. Desde
el punto de vista tecnológico la Revolución Industrial se caracterizó, en esta
primera fase, por el uso intensivo de la máquina de vapor, lo que permitió
multiplicar enormemente la cantidad de energía disponible para la producción.
Se inventaron y desarrollaron un sinnúmero de máquinas, entre las cuales cabe
citar especialmente la máquina de hilar, generalizándose la producción y el
empleo del hierro y, luego, del acero. Estos cambios tecnológicos tuvieron dos
efectos de gran trascendencia: por una parte, se modificó completamente la
organización industrial, pasándose de un sistema de manufacturas basado en el
trabajo artesanal a la fábrica moderna, donde se concentraban un gran número de
obreros y se hacía uso intensivo de la división del trabajo; por otra parte, la
producción industrial se incrementó considerablemente, creando una oferta de
bienes manufacturados que no tenía precedentes y abaratando estos productos de
modo significativo. La demanda de trabajo de las industrias nacientes impulsó
la migración de la población rural hacia las ciudades; una nueva clase de
obreros asalariados comenzó a crecer, hasta el punto de constituirse en muchos
países en la mayoría de la población. El campo, aunque despoblándose, no redujo
la oferta de productos agrícolas: ello fue debido en parte a los nuevos instrumentos
que la industria estaba en condiciones de proveer y, en general, a una mejoría
notable en las técnicas de producción que ya venían modificándose desde tiempo
atrás. Las economías surgidas de la Revolución Industrial se caracterizaron, en
consecuencia, por un uso mucho más intensivo del capital que el que era típico
de las economías agrarias precedentes. La incorporación de capital y la
creación constante de nuevas tecnologías aumentó la productividad, elevando el
nivel de consumo de la población y desarrollando un amplio mercado de bienes y
servicios así como, más lentamente, un vigoroso mercado de capitales. Todos
estos cambios se realizaron en el curso de unas pocas décadas, transformando
radicalmente la fisonomía de los países de Europa Occidental y de los Estados
Unidos. Pero el proceso no se detuvo: a mediados del siglo XIX comenzó lo que
algunos llaman una "Segunda Revolución Industrial", o una segunda
fase de la misma, caracterizada por el auge de la producción de acero, el
tendido de líneas férreas, los adelantos de la industria química y, algo
después, el uso extendido de la electricidad. En realidad no tiene mayor
sentido hablar de diversas fases o revoluciones industriales, puesto que el
proceso de desarrollo -una vez logrado el impulso inicial- se ha desplegado de
un modo ininterrumpido hasta nuestros días. Tampoco parece adecuado extender el
término de revolución industrial a los procesos de cambio que se producen en
nuestros días en una multitud de países, pues las condiciones de partida son
muy diferentes a las de Inglaterra en 1750 y porque la industria ha cambiado
radicalmente desde aquellos años. Los procesos sociales, por otra parte,
guardan sólo una muy ligera semejanza con los que prevalecieron durante el
período que hemos reseñado. Por eso conviene emplear, para los casos del
presente, el término más abstracto y menos restringido de
industrialización.
[17]
ROMANTICISMO:
Movimiento cultural que en la primera mitad del siglo XIX reaccionó vivamente
contra el academicismo reinante, y sobre todo contra el neoclásico, dirigiendo
su atención a otro tipo de temas, especialmente los relativos a la Edad Media y
al pasado nacional, tratándolos en arte de manera apasionada e idealizada, y, a
veces, revolucionaria y detonante. El romanticismo pictórico introdujo
definitivamente en arte la valoración del color y la materia a la par o incluso
por encima del dibujo y la forma.
[18]
HORMIGÓN:
Mezcla compuesta de piedras menudas y mortero de cemento y arena. La principal
característica del hormigón es su resistencia a la comprensión, que dependerá
en buena parte del contenido de agua de la mezcla primitiva, aunque varía
también en función de otros factores, como tiempo, condiciones de fraguado y
calidad de los materiales. Otra propiedad importante es la duración, ya que
puede soportar las más duras condiciones de intemperie. En las partes de mayor
esfuerzo es importante utilizar un hormigón denso y una perfecta armazón de
acero.
[19]
DISEÑO:
Fase de realización de una obra de arte, intermedia entre la concepción y su
acabado. DISEÑO INDUSTRIAL: Aplicación de una idea o técnica artística a
una actividad o producto industrial.
[20]
CULTURA:
El término cultura es utilizado en dos sentidos
principales: el más antiguo, derivado de los ideales clásicos de la formación humana,
y el más moderno, derivado de la etnología y la antropología cultural. En el primer sentido, influido
por la tradición clásica de la "paideia" griega o la
"humanitas" latina, el término se utiliza para referirse al grado de
conocimientos y al refinamiento de la conducta que posee una persona,
adquiridos mediante un proceso educativo que busca la plena realización de las
capacidades humanas. En el segundo
sentido, se entiende por cultura el conjunto de conocimientos, prácticas,
creencias, tradiciones, producciones artísticas, técnicas, y formas de vida
propias de un determinado grupo humano, que derivan de su vida social,
independientemente de que se circunscriba o no a un territorio definido en
términos de estado-nación o a una u otra época del desarrollo de la humanidad,
primitiva o moderna.
[22]
FUNDICIÓN:
1. Procedimiento para obtener
esculturas en bronce. Las dos maneras tradicionales se describen en el término
cera perdida. 2. Muchos autores
llaman fundición de arena al procedimiento de fundición con cera y alma interior, más complicado y largo
que el primero, pero mucho más barato por la cantidad de bronce que ahorra y
porque, una vez hecho el modelo, se trabaja con el molde que se obtiene,
quedando aquél siempre dispuesto para ser objeto de nuevos moldes, lo que
permite hacer tiradas en serie de una
misma ppieza.
[23]
ECLECTICISMO:
En Arte, corriente estética que admira
las obras maestras de todos los tiempos y estilos.
[24]
ROMANTICISMO:
Movimiento cultural que en la primera mitad del siglo XIX reaccionó vivamente
contra el academicismo reinante, y sobre todo contra el neoclásico, dirigiendo
su atención a otro tipo de temas,
especialmente los relativos a la Edad Media y al pasado nacional, tratándolo en
arte de manera apasionada e idealizada,
y, a veces, revolucionaria y detonante. El romanticismo pictórico introdujo
definitivamente en arte la valoración del color y la materia a
la par o incluso por encima del
dibukjo y la forma.
[25]
COSTUMBRISMO: Es una tendencia o movimiento artístico que refleja los
usos y costumbres de la sociedad, referidos a
una región o país concreto y al conjunto de su folclore tradicional.
Tuvo un especial desarrollo a partir de las tesis estéticas del Romanticismo y
muy diversa manifestación en la literatura y la pintura del siglo xix. Especialmente asociado
a España y
lo español, y ya en el marco de la pintura del periodo isabelino. Lafuente Ferrari lo definió como
«corriente que cultiva ciertos aspectos en la observación de la realidad
nacional... sentida como pintoresca».
[26]
EUSKAL
HERRIA (que
significa país del euskera) es el término en euskera con que se
hace referencia, según la Sociedad de Estudios Vascos, «a un espacio
o región cultural europea, situado a ambos lados de los Pirineos y que
comprende territorios de España y Francia. Por lo tanto, se conoce como Euskal
Herria o Vasconia al espacio
en el que la cultura vasca se manifiesta en toda su dimensión». El
término Euskal Herria está documentado en distintas formas
desde el siglo XVI, hasta la unificación de la grafía en euskera propuesta
por Koldo
Mitxelena en 1968 Aparece en el manuscrito del alavés Juan
Pérez de Lazarraga —datado
entre 1564 y 1567—, escrito
como eusquel erria y eusquel erriau y en la
traducción del Nuevo Testamento del
labortano Joanes
Leizarragapublicada
en 1571 como heuscal herrian o Heuscal-Herrian. Empieza a ser
empleado en castellano fundamentalmente a partir del siglo XIX, si bien en
esta engua ha sido más frecuente históricamente la forma Vasconia. Dicho
territorio se encuentra repartido en diferentes organizaciones
político-administrativas: Álava (en
euskera, Araba), Vizcaya(Bizkaia), Guipúzcoa (Gipuzkoa),
que conforman la autonomía del País Vasco, y Navarra (Nafarroa),
en España; y Baja
Navarra (Nafarroa
Beherea), Labort (Lapurdi)
y Sola (Zuberoa),
en Francia Sectores
del nacionalismo
vasco y
parte del vasquismo derivan sus proyectos políticos de este
concepto, desbordando el ámbito cultural, por lo que estos proyectos son
altamente controvertidos. Otros autores, limitándose únicamente a su
concepción antropológica o cultural,
utilizan como equivalente las formas castellanas y más antiguas de «Vasconia» o
«País Vasco» Como Basque Country (Spain and France), es citada por
la guía de viajes Lonely Planet en tanto
que uno de los diez destinos turísticos favoritos para 2009, dentro de
su blue list.
[27]
HISTORICISMO:
Corriente de pensamiento que surge en Alemania
a finales del siglo XIX impulsada por la obra de W. Dilthey, a raíz de su
distinción entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu,
basada en la distinción ontológica entre el mundo natural y el mundo histórico,
al que considera el resultado de la acción única e irrepetible de los seres
humanos. Los hechos a los que tal acción da lugar quedan vinculados al contexto
en que se produce, y a la relación entre el pasado y el presente, únicos
elementos que pueden permitir su comprensión. Dilthey se opone a las
concepciones de la historia de los románticos y de los idealistas, al afirmar
que las verdades y valores son relativos a cada época, y no la manifestación de
lo Absoluto o de cualquier otra esencia universal, negando así toda finalidad
última y trascendente de la historia. W. Windelband, H. Rickert, G.
Simmel, M. Weber y O. Spengler, defendieron también posturas historicistas, en
Alemania, y B. Croce y A. Gramsci lo hicieron en Italia. El historicismo
influirá también en otras corrientes filosóficas, como el existencialismo, la
fenomenología y la hermenéutica, siendo, por el contrario, duramente criticado
y rechazado por el estructuralismo y el neopositivismo.
[28]
REVOLUCIÓN
INDUSTRIAL:
.Amplio proceso de
cambios económicos, políticos y sociales que llevó a los países de Europa
Occidental a convertirse en sociedades industriales. Iniciada por Gran Bretaña
en la segunda mitad del siglo XVIII se extendió luego a otros países -Bélgica,
Holanda, Francia, los Estados Unidos, Alemania, etc.- durante el curso de la
siguiente centuria. La Revolución Industrial no fue un proceso violento, como
el de casi todas las revoluciones políticas, sino un conjunto de cambios
graduales y acumulativos, que sin embargo significó una verdadera aceleración
con respecto al ritmo de las transformaciones de los siglos precedentes. Desde
el punto de vista tecnológico la Revolución Industrial se caracterizó, en esta
primera fase, por el uso intensivo de la máquina de vapor, lo que permitió
multiplicar enormemente la cantidad de energía disponible para la producción.
Se inventaron y desarrollaron un sinnúmero de máquinas, entre las cuales cabe
citar especialmente la máquina de hilar, generalizándose la producción y el
empleo del hierro y, luego, del acero. Estos cambios tecnológicos tuvieron dos
efectos de gran trascendencia: por una parte, se modificó completamente la
organización industrial, pasándose de un sistema de manufacturas basado en el
trabajo artesanal a la fábrica moderna, donde se concentraban un gran número de
obreros y se hacía uso intensivo de la división del trabajo; por otra parte, la
producción industrial se incrementó considerablemente, creando una oferta de
bienes manufacturados que no tenía precedentes y abaratando estos productos de
modo significativo. La demanda de trabajo de las industrias nacientes impulsó
la migración de la población rural hacia las ciudades; una nueva clase de
obreros asalariados comenzó a crecer, hasta el punto de constituirse en muchos
países en la mayoría de la población. El campo, aunque despoblándose, no redujo
la oferta de productos agrícolas: ello fue debido en parte a los nuevos
instrumentos que la industria estaba en condiciones de proveer y, en general, a
una mejoría notable en las técnicas de producción que ya venían modificándose
desde tiempo atrás. Las economías surgidas de la Revolución Industrial se
caracterizaron, en consecuencia, por un uso mucho más intensivo del capital que
el que era típico de las economías agrarias precedentes. La incorporación de
capital y la creación constante de nuevas tecnologías aumentó la productividad,
elevando el nivel de consumo de la población y desarrollando un amplio mercado
de bienes y servicios así como, más lentamente, un vigoroso mercado de
capitales. Todos estos cambios se realizaron en el curso de unas pocas décadas,
transformando radicalmente la fisonomía de los países de Europa Occidental y de
los Estados Unidos. Pero el proceso no se detuvo: a mediados del siglo XIX
comenzó lo que algunos llaman una "Segunda Revolución Industrial", o
una segunda fase de la misma, caracterizada por el auge de la producción de
acero, el tendido de líneas férreas, los adelantos de la industria química y,
algo después, el uso extendido de la electricidad. En realidad no tiene mayor
sentido hablar de diversas fases o revoluciones industriales, puesto que el
proceso de desarrollo -una vez logrado el impulso inicial- se ha desplegado de
un modo ininterrumpido hasta nuestros días. Tampoco parece adecuado extender el
término de revolución industrial a los procesos de cambio que se producen en
nuestros días en una multitud de países, pues las condiciones de partida son
muy diferentes a las de Inglaterra en 1750 y porque la industria ha cambiado
radicalmente desde aquellos años. Los procesos sociales, por otra parte,
guardan sólo una muy ligera semejanza con los que prevalecieron durante el
período que hemos reseñado. Por eso conviene emplear, para los casos del
presente, el término más abstracto y menos restringido de
industrialización.
[29]
ROMANTICISMO:
Movimiento cultural que en la primera mitad del siglo XIX reaccionó vivamente
contra el academicismo reinante, y sobre todo contra el neoclásico, dirigiendo
su atención a otro tipo de temas, especialmente los relativos a la Edad Media y
al pasado nacional, tratándolos en arte de manera apasionada e idealizada, y, a
veces, revolucionaria y detonante. El romanticismo pictórico introdujo
definitivamente en arte la valoración del color y la materia a la par o incluso
por encima del dibujo y la forma.
[30]
HORMIGÓN:
Mezcla compuesta de piedras menudas y mortero de cemento y arena. La principal
característica del hormigón es su resistencia a la comprensión, que dependerá
en buena parte del contenido de agua de la mezcla primitiva, aunque varía
también en función de otros factores, como tiempo, condiciones de fraguado y
calidad de los materiales. Otra propiedad importante es la duración, ya que
puede soportar las más duras condiciones de intemperie. En las partes de mayor
esfuerzo es importante utilizar un hormigón denso y una perfecta armazón de
acero.
[31]
DISEÑO:
Fase de realización de una obra de arte, intermedia entre la concepción y su
acabado. DISEÑO INDUSTRIAL: Aplicación de una idea o técnica artística a
una actividad o producto industrial.
[32]
LAS
GUERRAS CARLISTAS: Será en la “segunda guerra
carlista" (1872 - 1876), en la que las aspiraciones de parte de los
vascos de recuperar la soberanía se ven truncadas por la derrota de las
tropas carlistas, lo que ocasiona el reforzamiento del centralismo español y
pérdida definitiva de los regímenes forales. El conflicto carlista vasco estuvo
condicionado por las tensiones sociales entre partidarios y detractores de la
permanencia de los regímenes forales. Mientras los propietarios rurales
deseaban su pervivencia, los comerciantes, residentes principalmente de las
ciudades, deseaban su supresión o modificación. Los primeros se identificaban
mayoritariamente con el absolutismo, a pesar de que Fernando VII, padre de Isabel
II, también había intentado la supresión de los fueros.
[33]
VITORIA: La ciudad de
Vitoria tiene su origen en una fundación visigoda, denominada Gasteiz. En la
segunda mitad del siglo XII, el rey navarro Sancho VI El Sabio se
apoderó de la población y su territorio, en el año 1181. Una de las decisiones
del monarca fue la de cambiar el nombre a la población, que pasó a llamarse
Vitoria, conmemorando su triunfo. En el siglo XIII, con Alfonso
VIII como rey, Vitoria pasa a formar parte de Castilla. En este periodo
refuerza su carácter de localidad industriosa y comercial, convirtiéndose en un
gran mercado de lana y de hierro. Un importante contingente de población judía
hace de Vitoria una de las ciudades económicamente más activas del norte
peninsular, carácter que continuará a lo largo de los siglos siguientes. Entre
1368 y 1373 Vitoria fue reintegrada al Reino de Navarra, por cesión
de Pedro I el Cruel. Reintegrada a Castilla a finales del siglo XIV,
en 1431 Juan II le otorgó el título de ciudad. A lo largo del siglo
XV, Vitoria vivió las luchas intestinas entre los Ayala y los Calleja, y, en
1492, la expulsión de los judíos repercutirá negativamente, provocando un largo
período de decadencia. En 1520 Vitoria participó del movimiento de
las Comunidades, aunque la rebelión acabó con la ocupación de la ciudad
por las tropas del conde de Salvatierra. La crisis económica se prolonga hasta
el siglo XVIII, en el que el desarrollo agrícola del entorno comienza a
levantar a la depauperada población. En consecuencia, a medida que crece la
actividad económica, la llegada de nuevos pobladores obliga a la ciudad a
extenderse por la llanura, hecho que continúa durante los siglos XIX y XX.
Vitoria fue una de las ciudades en las que triunfó la sublevación
de Franco, aunque debió sufrir intensamente las penalidades propias de la
guerra civil. Acabada la dictadura de Franco, durante la transición a la
democracia, Vitoria vivió en 1976 una huelga general, duramente reprimida.
Vitoria es, desde 1980, sde del gobierno autónomo vasco. Son muchos los
monumentos que el paso de la historia ha dejado en Vitoria. El más destacado es
la catedral de Santa María, erigida en el estilo gótico del siglo XIV sobre una
antigua capilla románica. También del siglo XIV son las iglesias de San Miguel
y San Pedro. La Basílica de San Prudencio fue construida entre los siglos XII y
XII, y presenta un precioso ábside. La Capilla de Santiago, del siglo XV,
alberga excelentes obras de arte en su interior. Como edificios civiles hay que
destacar la Casa del Cordón, del siglo XV, el Palacio de Villasuso, del XVI; la
Casa Torre de los Anda, del XVI, situada en el corazón de la Vitoria medieval:
la Plaza de la Brullería. Más que notables son también el Palacio de los
Escoriaza-Esquibel o el Convento de San Antonio, edifico éste del año 1604.
Según diversos estudios, Vitoria es una de las ciudades con mayor calidad de
vida de España, algo a lo que sin duda ayudan sus plazas -por ejemplo, la Plaza
de España o Plaza Nueva, de estilo neoclásico, sede del Ayuntamiento; o la de
los Fueros, con una estatua de Chillida-, así como sus museos
-Naipes, Bellas Artes, Ciencias Naturales, Armas, etc-.
[34]
SAN
SEBASTIÁN: Pequeña población de pescadores del
Cantábrico, a los pies del Monte Urgull, habrá que esperar hasta el año 1014
para que aparezca la primera referencia escrita sobre esta localidad. Ese año,
el rey Sancho III el Mayor de Navarra hace redactar un diploma por el
cual la población es entregada en donación al monasterio de Leire. A finales
del siglo XII, Sancho VI otorga el Fuero de Estella, documento a
partir del cual se fomenta el crecimiento de San Sebastián como salida marítima
de Navarra. Los privilegios son confirmados por el rey Alfonso
VIII en el año 1200, época en la que pertenece al reino de Castilla. El desarrollo
de la economía lanar castellana impulsa a San Sebastián como puerto de salida
de este producto hacia los puertos del norte de Europa. También se favorece la
construcción de barcos. Ambas actividades, comercio y astillero, impulsan la
economía de la ciudad, que crece considerablemente en las centurias siguientes,
más aún tras el descubrimiento de América, labor para la que será creada, en el
siglo XVIII, la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. La cercanía a Francia
hará que San Sebastián -Donostia, en euskera- se encuentre en el centro de las
disputas franco-españolas. Entre los años 1476 y 1512 se producen varios
asedios, en los que la población es sometida a una dura prueba. En recompensa a
su resistencia, Carlos V le concede el título de "muy noble y
leal", aunque no será hasta el año 1662 cuando obtenga sus propios fueros.
En 1808 San Sebastián es ocupada por las tropas de Napoléon, quienes
permanecieron en ella hasta 1813. Los ejército anglo-portugueses, mandados
por Wellington, echaron a los franceses, pero la ciudad quedó asolada.
Reconstruida de nuevo, a mediados del siglo XIX será el lugar elegido para el
asueto de la alta aristocracia y burguesía españolas. La llegada de la
reina Isabel II en 1845, para curarse de una afección cutánea en las
aguas del Cantábrico, hará que con ella se desplace la corte, costumbre que se
repetirá cada verano. Y con la corte, llegan nuevas posibilidades económicas y
un aumento de su población que, como en otros casos, se traduce en el derribo
de las viejas murallas para construir nuevos barrios. Las nuevas construcciones
se realizaron siguiendo la corriente modernista que imperaba en la época, y a
San Sebastián llegaban nuevas invenciones como el tranvía, el alumbrado
eléctrico o el teléfono. El desarrollo de San Sebastián continuó en las décadas
siguientes, sin perder su carácter cosmopolita y abierto, aunque ciertamente
algo elitista. Fruto de esto fue la construcción del Hotel María Cristina, del
Teatro Victoria Eugenia o del Casino, desde 1947 ocupado por el Ayuntamiento.
También siguió su crecimiento demográfico y así, si en 1880 contaba con 20.823
habitantes, en 1995 ya eran 65.930 las almas que poblaban sus calles y
edificios. La industrialización de la década de los 60 del siglo XX afectó
también a San Sebastián. La ciudad acogió una buena cantidad de población
inmigrante del campo, creciendo en desorden. En la década de los 90 se intentó
atajar el caos urbanístico con un Plan General que ha logrado hacer una ciudad
más habitable y dotada de personalidad propia. El Centro Kursaal,
de Rafael Moneo, o la rehabilitación de la Parte Vieja, entre otras
actuaciones, han conseguido abrir San Sebastián a la modernidad sin perder de
vista su tradición cultural. Además de los monumentos citados, hay que nombrar a
las iglesias de Santa María del Coro, de construcción románica reformada en el
siglo XVI y la de San Vicente (XVI); el Monasterio de San Telmo (XVI); el
Convento de Santa Teresa (XVII); el Castillo de Santa Cruz de la Mota o El
Macho, medieval, ampliado en el siglo XVI; la Catedral del Buen Pastor,
construcción del siglo XIX debida a Manuel de Echave, o el Palacio de Miramar,
edificado según un proyecto de 1888 y residencia estival de la monarquía
española.
[35]
BELLE ÉPOQUE (justo
al cierre del siglo XIX): La Belle Époque corresponde, aproximadamente, al
mismo periodo denominado hoy Fin de siglo o Fin de siècle, justo al cierre del siglo XIX; no
obstante, mientras ésta es una denominación común para el conjunto de Europa e
incluso para Norteamérica, el rótuloBelle Époque sólo
se aplicó en origen al París de ese periodo de entreguerras que va desde los
años ochenta (o noventa, de acuerdo con el parecer de algunos estudiosos) hasta
la llegada de la Primera Guerra Mundial en 1914 (a este respecto, hay un común
acuerdo en todas las fuentes de información manejadas). El optimismo de la
época llevó, ya entonces, a hablar de una nueva Edad de Oro (y aún pasaría
francia por dos momentos similares: los Années Folles y
los Trente Glorieuses). Ese periodo produjo un sentimiento
de esa índole a causa, antes de nada, de varias décadas de una economía pujante
y saneada; de hecho, el franco no varió de valor entre 1815 y 1914, y Francia
tuvo una larga fase de crecimiento industrial desde 1874 hasta esa última
fecha; los salarios subieron notablemente durante ese periodo, al igual que las
rentas agrarias; al mismo tiempo, la inflación apenas fue tan baja que apenas
se percibía el incremento de los precios. Los resultados generales invitaban,
así pues, al optimismo. Ese estado de salud de la economía se plasmó en las
ciudades y, particularmente, en París, donde se continuó con el proyecto de
renovación absoluta de la cité iniciado
por Napoleón III; de hecho,
las teorías de Haussmann se
plasmaron en la urbe, sus estrechas calles se sanearon al convertirse en
amplias avenidas; por doquier, surgieron nuevos edificios y un mobiliario
urbano que hizo de París una ciudad especialmente cómoda y atractiva. Son los
años de los arquitectos Eiffel o Perret, de diseñadores
industriales como los grandes artistas de la Escuela de Nancy, Louis Majorelle, Émile Gallé, Victor Prouvé o Hector Guimard. También
la publicidad tiene ahora un nombre que imprime carácter a la época: Alphonse Mucha. Esa
bonanza económica y ese bienestar ciudadano cuentan con un claro reflejo en las
artes plásticas, como se percibe particularmente en la pintura impresionista
(aunque, por esos años, ya se disponía del auxilio de la fotografía y el cine);
junto a ella, la literatura refleja el protagonismo absoluto de las clases
acomodadas, con sus modas, sus hábitos y su ritmo de vida; no obstante, en este
retrato de una sociedad, también tienen su espacio las clases populares y, por
supuesto, el propio artista. La época acoge a parnasianos y a los
estetas de la decadencia y ve constituirse el art nouveau y
el modernismo en clave
literaria; al mismo tiempo, en los últimos años de esta periodo de esplendor
artístico, se avanza decididamente hacia las vanguardias. El retrato
que del artista de la época se nos ofrece abunda en imágenes de cierto
"malditismo" y, por supuesto, en estampas correspondientes a la
bohemia o bohème. Si en pintura nuestra mente
acude a Degas o Toulouse-Lautrec (hay
pintores interesados por reflejar esa misma sociedad en Norteamérica, Europa
Central o Cataluña), en literatura tal vez sea Marcel Proust, en À la recherche du temps perdu, quien mejor logra
transmitir ese ambiente. El gran escultor del momento es Rodin; sin embargo, a
pesar de su estilo diverso, tampoco debemos olvidar los nombres de Maillol y Bourdelle. A pesar de que
la Belle Époque es etiqueta que se ha aplicado preferentemente a un lugar y una
época, también se emplea hoy de forma lata para alcanzar al conjunto de las
culturas occidentales y a su burguesía en las fechas indicadas, ya se trate de
una ciudad centroeuropea como Viena, de una norteamericana como Boston, o de
una peninsular como Barcelona.
[36]
CEMENTO:
Materia pulvurulenta que forma con el agua o con una solución salina unapasta
plástica capaz de aglomerar, al
endurecerse, sustancias muy variadas. Característica del cemento es el
fenómeno del fraguado, que tiene lugar en contacto con el agua, gracias a la
formación de aluminatos hidratos, con un posterior endurecimientoque confiere
al producto dureza y resistencia. Según la rapidez del fenómeno, en estrecha
relación con los componentes, los cementos pueden clasificcarseen cemento de fraguado lento y cementos de fraguado rápido. Cuando se
habla de cementoen las construcciones civiles
se hace referencia siempreal cemento
hidráulico o cemento Portland,
que se endurece y fragua tanto con el aire como en presencia de agua.
[37]
RASCACIELOS:
Edificio de grandes dimensiones cuya altura es considerablemente
más alta que su anchura. Aunque en un principio se diseñaron con la idea de que
sirvieran como vivienda en aquellos lugares donde la carestía del suelo
obligaba a soluciones verticales en las grandes urbes, hoy día el concepto de
rascacielos se define como un edificio de formas colosales que suele estar
dedicado al sector servicios y en el que se contemplan medidas de seguridad e
higiene extraordinarias que no sólo faciliten la labor de rescate en caso de
que exista la necesidad de una urgente evacuación, sino que ofrezcan un
considerable número de comodidades acordes con el concepto que hoy existe de
"edificios inteligentes", capaces de regular por sí solos la
temperatura interna y otros aspectos relacionados con la seguridad. La huida
hacia arriba en las ciudades por el problema de la escasez de suelo ha sido la
responsable de uno de los fenómenos arquitectónicos más impresionantes del
siglo XX y que continúa en el siglo XXI: los rascacielos. Verdaderas obras de
arte en numerosos casos, la construcción de rascacielos se ha convertido en una
batalla por alcanzar la mayor altura de un edificio a escala mundial. En un
principio, los edificios comenzaron a construirse de forma cuadrangular,
ocupando toda o la mayor parte de la anchura de su manzana, pero la ley comenzó
a exigir que la anchura viniese determinada por la de la calle en la que se
ubica el edificio, para que el sol llegase al suelo; con esto, los arquitectos
comenzaron a estilizar los edificios hasta conseguir obras de arte escalonadas
a las que remataban con artísticas estructuras puntiagudas. Quizás los más
bellos ejemplos de la primera mitad del siglo XX se encuentren en la ciudad de
Nueva York, auténtica cuna de este tipo de edificios (aunque los primeros
ejemplos de rascacielos se dieran en la ciudad de Chicago), donde la
construcción se estaba convirtiendo en un grave problema por la reducida
superficie de la isla de Manhattan. El Empire State Building, con sus 381 m, y
el edificio Chrysler, de 319 m, fueron, en su momento, los más bellos y más
altos rascacielos del mundo, sobre todo el primero, que ha sido el símbolo de
la ciudad de Nueva York, tanto o más que la Estatua de la Libertad, aunque el
segundo tiene más valor si cabe porque es uno de los pocos ejemplos de
edificios de tamaña altura que ha seguido las pautas de un movimiento artístico,
en este caso el Art Déco.
[38]
SILLERÍA:
1. Conjunto de asientos situados en
el coro de las iglesias. 2. Obra de
fábricahecha de sillares asentados unos sobre otros y en hiladas de juntas
finas; conjunto de estos sillares o
piiedras labradas.
[39]
BASAMENTO:
Parte baja de un edificio, situada sobre los ccimientos.También especie de dado
sobre el que apoya la columna.
[40]
ESCUELA
TÉCNICA SUPERIOR DE ARQUITECTURA DE MADRID: Creada
como institución independiente en 1848 con el nombre de la Escuela Especial de
Arquitectura de Madrid, fue la primera escuela de arquitectura
en España. Antes de realizarse aquí, los cursos de Arquitectura tenían lugar
en el antiguo Colegio Imperial de la calle de Estudios, junto a la Catedral de
San Isidoro. Ahora, es una de las escuelas más importante de España, siendo la
escuela con más alumnos de la Universidad Politécnica de Madrid. Este edificio
fue construido en los años 30 y representó una gran innovación debido a su
planta asimétrica y abierta. Inicialmente, las fachadas estaban forradas
con ladrillo fino con decoraciones, dinteles, jambas y pilastras remarcadas por
granito. La entrada principal estaba aplacada con piedra arenisca, lo que la
dotaba de una imagen monumental que se relacionaba además con la arquitectura
existente en Ciudad Universitaria. Durante la Guerra Civil, el edificio quedó
en primera línea de frente y fue gravemente dañado por los bombardeos. Para la
reconstrucción del edificio tras la guerra se decidió forrar todas las fachadas
con piedra; se demostraba así el poderío del nuevo régimen, ocultando de paso
que era imposible encontrar en los años 40 ladrillos de calidad suficiente para
colocar en fachada. Con el tiempo muchos elementos del proyecto inicial, como
puertas ventanas o porches fueron también modificados, aunque en los últimos
años se están recuperando y mejorando algunos de estos espacios.
[41]
ARQUITECTO:
Persona que concibe y realiza el proyecto de la construcción de edificios de
todas las clases, y dirige la ejecución de las obras.
[42]
CULTURA:
El término cultura es utilizado en dos sentidos
principales: el más antiguo, derivado de los ideales clásicos de la formación
humana, y el más moderno, derivado de la etnología y la antropología cultural. En el primer sentido, influido
por la tradición clásica de la "paideia" griega o la
"humanitas" latina, el término se utiliza para referirse al grado de
conocimientos y al refinamiento de la conducta que posee una persona,
adquiridos mediante un proceso educativo que busca la plena realización de las
capacidades humanas. En el segundo
sentido, se entiende por cultura el conjunto de conocimientos, prácticas,
creencias, tradiciones, producciones artísticas, técnicas, y formas de vida
propias de un determinado grupo humano, que derivan de su vida social,
independientemente de que se circunscriba o no a un territorio definido en
términos de estado-nación o a una u otra época del desarrollo de la humanidad,
primitiva o moderna.
[44]
FUNDICIÓN:
1. Procedimiento para obtener
esculturas en bronce. Las dos maneras tradicionales se describen en el término
cera perdida. 2. Muchos autores
llaman fundición de arena al procedimiento de fundición con cera y alma interior, más complicado y largo
que el primero, pero mucho más barato por la cantidad de bronce que ahorra y
porque, una vez hecho el modelo, se trabaja con el molde que se obtiene, quedando
aquél siempre dispuesto para ser objeto de nuevos moldes, lo que permite hacer
tiradas en serie de una misma ppieza.
[45]
ECLECTICISMO:
En Arte, corriente estética que admira
las obras maestras de todos los tiempos y estilos.
[46]
ROMANTICISMO:
Movimiento cultural que en la primera mitad del siglo XIX reaccionó vivamente
contra el academicismo reinante, y sobre todo contra el neoclásico, dirigiendo
su atención a otro tipo de temas,
especialmente los relativos a la Edad Media y al pasado nacional, tratándolo en
arte de manera apasionada e idealizada,
y, a veces, revolucionaria y detonante. El romanticismo pictórico introdujo
definitivamente en arte la valoración del color y la materia a
la par o incluso por encima del
dibukjo y la forma.
[47]
COSTUMBRISMO: Es una tendencia o movimiento artístico que refleja los
usos y costumbres de la sociedad, referidos a
una región o país concreto y al conjunto de su folclore tradicional.
Tuvo un especial desarrollo a partir de las tesis estéticas del Romanticismo y
muy diversa manifestación en la literatura y la pintura del siglo xix. Especialmente asociado
a España y
lo español, y ya en el marco de la pintura del periodo isabelino. Lafuente Ferrari lo definió como
«corriente que cultiva ciertos aspectos en la observación de la realidad
nacional... sentida como pintoresca».
[48]
EUSKAL
HERRIA (que
significa país del euskera) es el término en euskera con que se
hace referencia, según la Sociedad de Estudios Vascos, «a un espacio
o región cultural europea, situado a ambos lados de los Pirineos y que
comprende territorios de España y Francia. Por lo tanto, se conoce como Euskal
Herria o Vasconia al espacio
en el que la cultura vasca se manifiesta en toda su dimensión». El
término Euskal Herria está documentado en distintas formas
desde el siglo XVI, hasta la unificación de la grafía en euskera propuesta
por Koldo
Mitxelena en 1968 Aparece en el manuscrito del alavés Juan
Pérez de Lazarraga —datado
entre 1564 y 1567—, escrito
como eusquel erria y eusquel erriau y en la
traducción del Nuevo Testamento del
labortano Joanes
Leizarragapublicada
en 1571 como heuscal herrian o Heuscal-Herrian. Empieza a ser
empleado en castellano fundamentalmente a partir del siglo XIX, si bien en
esta engua ha sido más frecuente históricamente la forma Vasconia. Dicho
territorio se encuentra repartido en diferentes organizaciones
político-administrativas: Álava (en
euskera, Araba), Vizcaya(Bizkaia), Guipúzcoa (Gipuzkoa),
que conforman la autonomía del País Vasco, y Navarra (Nafarroa),
en España; y Baja
Navarra (Nafarroa
Beherea), Labort (Lapurdi)
y Sola (Zuberoa),
en Francia Sectores
del nacionalismo
vasco y
parte del vasquismo derivan sus proyectos políticos de este
concepto, desbordando el ámbito cultural, por lo que estos proyectos son
altamente controvertidos. Otros autores, limitándose únicamente a su
concepción antropológica o cultural,
utilizan como equivalente las formas castellanas y más antiguas de «Vasconia» o
«País Vasco» Como Basque Country (Spain and France), es citada por
la guía de viajes Lonely Planet en tanto
que uno de los diez destinos turísticos favoritos para 2009, dentro de
su blue list.
[49]
Ahora,
aunque podíamos haber elegido otros muchos momentos, podría leerse La arquitectura en Europa, obra de
Gilbert LUIGI, que se encuentra en la Col. Flash nº 50, y que ha sido publicada
por Acento Editorial (2ª ed., Madrid, septiembre de 1997). Este libro traza el
recorrido de la arquitectura en Europa desde el año mil hasta finales del siglo
XX, poniendo en evidencia la especificidad del hecho arquitectónico, pero sin
perder de vista sus estrechas relaciones con el desarrollo de las ciudades. Las
obras escogidas son tratadas en el contexto de la sociedad en que se han
producido, a fin de atender a todas las fuerzas en juego a la hora de
considerar la relación entre concepción artística y función social en la
arquitectura. Un glosario con los términos técnicos imprescindibles completan
este panorama del románico al posmodernismo.
[50]
ESTÉTICA:
Disciplina filosófica que estudia la belleza y el arte; teoría del arte.
Etimológicamente, el término griego significa conocimiento de las cosas sensibles. Fue el filósofo
alemán Baumgarten (siglo XVIII) quien, en virtud de la identificación por él
sostenida entre arte y conocimiento sensible, cuyo objetivo es la belleza, dio al término el significado
actual de filosofía de la belleza y del arte. La estética, como disciplina
teórica, abarca desde el plano filosófico metafísico hasta los estudios
concretos de las obras de arte.
[51]
Ahora,
aunque podíamos haber elegido otros muchos momentos, podría leerse La arquitectura en Europa, obra de
Gilbert LUIGI, que se encuentra en la Col. Flash nº 50, y que ha sido publicada
por Acento Editorial (2ª ed., Madrid, septiembre de 1997). Este libro traza el
recorrido de la arquitectura en Europa desde el año mil hasta finales del siglo
XX, poniendo en evidencia la especificidad del hecho arquitectónico, pero sin
perder de vista sus estrechas relaciones con el desarrollo de las ciudades. Las
obras escogidas son tratadas en el contexto de la sociedad en que se han
producido, a fin de atender a todas las fuerzas en juego a la hora de
considerar la relación entre concepción artística y función social en la
arquitectura. Un glosario con los términos técnicos imprescindibles completan
este panorama del románico al posmodernismo.
[52]
ESTÉTICA:
Disciplina filosófica que estudia la belleza y el arte; teoría del arte.
Etimológicamente, el término griego significa conocimiento de las cosas sensibles. Fue el filósofo
alemán Baumgarten (siglo XVIII) quien, en virtud de la identificación por él
sostenida entre arte y conocimiento sensible, cuyo objetivo es la belleza, dio al término el significado
actual de filosofía de la belleza y del arte. La estética, como disciplina
teórica, abarca desde el plano filosófico metafísico hasta los estudios
concretos de las obras de arte.
[53]
REVOLUCIÓN
FRANCESA (1789-1799) ha sido tradicionalmente considerada como el
indicador del final de una época histórica y el punto de arranque de una nueva
etapa: la Edad Contemporánea. Por este motivo puede aceptarse que, aunque
cronológicamente el siglo XIX comenzase en 1801, históricamente se inició en
1789. Ciertamente, el estallido de la Revolución Francesa señala una línea divisoria
entre dos sistemas sociopolíticos opuestos: en el Antiguo Régimen, anterior a
la Revolución Francesa, el absolutismo monárquico regía una sociedad feudal; en
el Nuevo Régimen surgido tras la misma, en cambio, reconocemos muchos de los
rasgos que caracterizan la organización política y social del mundo
contemporáneo.
[54]
LA
SEGUNDA GENERACIÓN DE ARTISTAS VASCOS
(1920-1926). Este paso hacia la vanguardia que apreciamos en los artistas catalanes,
o afincados en Cataluña en aquel momento, podemos apreciarla también en un
grupo de artistas vascos. En primer lugar, los pintores que han sido
denominados por la crítica, los fauvistas españoles, y cuya producción supera
los planteamientos del fauvismo francés. Francisco
Iturrino(1864-1924), que expuso con Picasso en
París en 1901 en la galería Vollard, y fue amigo personal de Matisse,
con el que trabaja en el sur de Francia, es quien mejor representa esta
tendencia. El fauvismo de Iturrino es distinto porque incorpora la temática de
la España profunda, que dota de sentido dramático a la pintura fauvista.
Trabajando sobre una temática muy distinta, Juan de
Echevarría (1875-1931) elabora una serie de magníficos bodegones,
a base de jarrones de flores, cestos de frutas, manteles..., en una iconografía
reducida que utilizaba como soporte de un juego colorístico de gran
complejidad. Por otro lado, queremos destacar la personalidad de Francisco
Durrio (1868-1940), que tuvo una gran amistad con Gauguin y Picasso y
que reparte su vida entre París y
Bilbao. Su producción no es muy abundante pero practica, además de la
escultura, la cerámica y la orfebrería. Como escultor, Durrio se caracteriza
por sus diseños estilizados, que están dotados al mismo tiempo de
extraordinaria expresividad; expresividad que refuerza estilizando, hasta la
desproporción, sus figuras. Sus bustos y cabezas son de una gran belleza, y
destacan sus monumentos conmemorativos y funerarios, entre los que señalaremos
el dedicado al músico Arriaga (Bilbao,
19071933) con un elaborado programa iconográfico. Como orfebre, parte del
estilo Art Nouveau de Lalique para
derivar hacia un primitivismo muy en la linea de las actitudes que se definían
en el París de la época, pero que nadie aplicó a la orfebrería. . Julio González y Pablo Gargallo en
su faceta como orfebres son deudores de Durrio, así como los bajorrelieves de
Nemesio Mogrovejo (1875-1910). Hemos pretendido aquí ofrecer una sintética
visión de las artes plásticas en los años del fin de siglo, un período dominado
por las tensiones entre las distintas regiones, y por la convivencia de
manifestaciones en la linea de la tradición con actitudes vanguardistas. Estas
vanguardias, sin embargo, acabarán definiéndose en el París de
las primeras décadas del siglo XX pues no pudieron ser asimiladas en España, ni
en la central ni en la periférica, en aquel momento más ilustrada y potente
económicamente.
[55]
SIMBOLISMO:
Cualquier tendencia que en Arte use frecuentemente de símbolos, buscando el
conocimiento intelectivo y la expresión conceptual. El simbolismo por
antonomasia es el francés del siglo XIX que en pintura está bien representado
por Gauguin y los nabis o nabíes. Pont Aven (Bretaña, Francia) es el nombre
dado a un grupo de artistas que en torno a Gauguin se reunieron a finales del
siglo XIX. Según L. Botté se interesaron por un arte simplificado y decorativo,
falto de matices intermedios en lo cromático. Este grupo se halla en la base de
los que más tarde serían llamados Nabíes.
[56]
MODERNISMO
(también: Modern Style y Liberty, en inglés; Art nouveau, en francés; Wiener
sezession y Jugendstil, en
alemán; Floreale, en italiano).
Estilo nacido a fines del siglo XIX que tomó su primer nombre de la casa
inglesa Liberty and Co. Es un estilo
rebuscado, móvil, con un dinamismo espiral (coup
de fouet), amante del arabesco fantástico y cuyo mayor mérito consiste en
haber adecuado los productos artísticos a la vida moderna y los objetos
modernos al gusto artístico. El modernismo puso fin a los eclecticismos reinantes y a los academicismos en boga. En
Arquitectura, constituye (por el empleo de diseños atrevidos y de materiales
nuevos como el cemento armado) el punto de partida del quehacer contemporáneo.
Destaca su influencia en las artes industriales y decorativas, donde se acusa
el empleo de temas floraales y de la fauna acuática. Actualmente se usa con
preferencia el término Art nouveau para
designar a este modo artístico.
[58]
ACADÉMICO:
Que se atiene a normas consideradas como clásicas. Se dice asimismo de un
trabajo correcto y canónico, pero falto de inspiración, o que repite con
fidelidad pedantesca temas y formas tradicionales.
[59]
HEBILLA:
Pieza generalmente de metal, compuesta normalmente de una patilla o vástago y
uno o varios pasadores. Sirve para abrochar.
[60]
BROCHE:
Conjunto de dos piezas de metal una de las cuales encaja en la otra. Sirve para
prender ropas o prender algo a ellas.
[61]
FAUVISMO
(del francés fauve = salvaje). (Salvajismo) Movimiento en que sus
pintores emplean sólo tonos puros, inventados, sin relación con la realidad,
surgido en 1905. Negaron la licitud de buscar la forma a través de la luz y la
sombra o la representación del espacio basada en el claroscuro. Así, pues, el fauvismo fue
un movimiento pictórico originado
en Francia, alrededor de
1904-1908. Luego se desarrolló a otros países, en años posteriores.
Generalmente es caracterizado por un empleo provocativo del color. Su nombre
procede de la expresión les fauves ‘las fieras’, dado por el
crítico de arte Louis Vauxcelles al conjunto
de obras presentadas en la Sala VII de la tercera exposición
del Salón
de Otoño,
en el Gran
Palacio de París, en 1905. Lo usó por
primera vez en su crítica de arte publicada en el
periódico Gil Blas, el 17 de octubre de 1905, en un artículo
dedicado al salón
artístico.
Fue un movimiento sincrético donde se usaban e incluían características
de movimientos
artísticos próximos,
en su espíritu de transformación de volver a la pureza de los recursos, de
no ser sumisos ante la herencia pictórica, el grupo quería ir más allá de lo
logrado en la pintura, razón por la cual fueron vanguardistas. Con distinción
y separación, algunos consideran como el precursor o el líder de este
movimiento a Henri
Matisse.
Por otra parte, Guillaume
Apollinaire le
atribuye la invención del fauvismo a Henri Matisse y André Derain. Otra
posición afirma sobre "un triángulo esencial del fauvismo” con Matisse,
Derain y Maurice de Vlaminck, para surgir y desarrollarse, al debilitarse esa
unión, se desvanece el movimiento. Otro enfoque menciona a tres artistas como
creadores del fauvismo.
[62]
DADAÍSMO: Es un movimiento cultural y artístico
que surgió en 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich (Suiza). Fue propuesto
por Hugo
Ball,
escritor de los primeros textos dadaístas; posteriormente, se unió el
rumano Tristan
Tzara que
llegaría a ser el emblema del dadaísmo. Una característica fundamental del
dadaísmo es la oposición al concepto de razón instaurado por el positivismo. El dadaísmo se
caracterizó por rebelarse en contra de las convenciones literarias, y
especialmente artísticas, por burlarse del artista burgués y de su
arte. Su actividad se extiende a gran variedad de manifestaciones artísticas,
desde la poesía a la escultura pasando por
la pintura o la música. Para los
miembros del Dadaísmo, este era un modus vivendi que hacían
presente al otro a través de los gestos y actos dadaístas: acciones que
pretendían provocar a través de la expresión de la negación dadaísta. Al
cuestionar y retar el canon literario y artístico, el Dadaísmo crea una especie
de antiarte moderno, es
una provocación abierta al orden establecido.
[63]
SURREALISMO
(del francés surréalisme). Tendencia
literaria y artística nacida en Francia hacia 1924, bajo el patrocinio de André
Breton. La ausencia de controles racionales sobre la expresión caracteriza a
este movimiento, que usa profusamente de imágenes de procedencia psíquica,
onírica y subjetivista, procurando reflejar lo inconsciente y subconsciente en
oposición a lo factual y objetivo. Dalí, Miró, Ernst y Arp son algunos de sus
nombres principales. En origen, tiene relaciones con el dadaísmo. Es galicismo
por suprarrealismo.
[64]
PERSPECTIVA:
Modo de representar en una superficie los objetos de manera que aparezcan en la
forma y disposición en que se muestran a la vista en la realidad.
[65]
ABSTRACTO: Es una forma de expresión artística que
prescinde de toda figuración y propone una nueva realidad distinta a la
natural. Usa un lenguaje visual de forma, color y línea para
crear una composición que puede existir con independencia de referencias
visuales del mundo real. Abarca movimientos como el Expresionismo abstracto, el suprematismo,
el action painting, De Stijl o
el constructivismo.
[66]
NATURALEZA
MUERTA: Pintura que representa una composición
a base de seres inanimados (animales muertos, vegetales y cosas). El término
procede del siglo XVIII, aunque el género es mucho más antiguo.
[67]
IMAGINERÍA
(de imagen). Arte de la talla o pintura de imágenes sagradas. En la imaginería
española, ya en el siglo XV destaca Damián Forment, seguido por Alonso
Berruguete y el patético Juan de Juni. El realismo de los siglos XVI y XVII se
manifiestaen dos escuelas: la castellana, llena de vigor (Gregorio Hernández) y
la sevillana, más viva y popular (Martínez Montañés, Alonso Cano y Pedro de
Mena). En las dos escuelas, la atención de los artistas se polariza en la
Pasión. La decadencia del siglo XVIII solo se detiene en el murciano Salzillo.
[68]
MODELADO:
Ejecución en barro o cera del modelo que se propone el artista reproducir en
una substancia consistente. Por otro lado, en pintura se llama así a todo lo
que da a una pintura aspecto de bulto redondo.
[69]
FUTURISMO:
Fundado por Marinetti en 1909, este ismo busca expresar el dinamismo de la vida
moderna, mecanizada e industrializada, dando la sensación del movimiento o de
los sentimientos dinámicos, simultaneando las posiciones sucesivas de los
cuerpos, pero de tal modo que la forma pueda ser entendida por el espectador,
para hacerle partícipe de lo representado. Se relaciona con el cubismo en
algunos aspectos –descomposición en planos y volúmenes- y estudia sobre todo el
movimiento, prescindiendo de las líneas continuas, de la armonía y del “buen
gusto”. Balla, Carrá, Severini y Boccioni son sus figuras más destacadas.
[70]
ARTE
EXPERIMENTAL: Es un modo sencillo y bastante preciso
de denominar a las tendencias vanguardistas del arte y, en general, al arte
contemporáneo, subrayando su condición constante de búsqueda (partiendo o no de
planteamientos teóricos elaborados) de nuevos modos de expresión y acceso a las
emociones y sensaciones.
[71]
FIGURACIÓN:
Término por el que se conoce a una serie de pintores que, en pleno
auge del informalismo y de las tendencias abstractas en España, en los años
cincuenta pintaban con elementos figurativos, sin estar encuadrados en las
tendencias de realismo social, paisajismo o neocubismo. Entre otros, hay que
destacar a Luis García Ochoa, Antonio Quirós, Juan Barjola, Joaquín Pacheco,
Ángel Medina, Carmen Laffon, Fernando Mignoni, Agustín Ubeda, Antonio Guijarro,
Lozano, Redondela, Manuel G. Raba, Beulas y Francisco Nieva.
[72]
Se
aconseja la lectura de la obra El Arte
contemporáneo, de Julián Muñoz Goulin, que ha visto la luz en la Col. Flash
nº 161, y que haa editado Acento Editorial (Madrid, 2000). ¿Son los artistas
contemporáneos “especialistas dde la burla”? ¿Puede llegar a considerarse una
obra de arte incluso la “merda d’artista”? Poccas cosas nos sorprenden ya en el
arte actual, que ha llegado a convertirse en un fabuloso mercado, y donde es
muy difícil mantener una postura
crítica. Este libro ofrece una útil panorámicaa del arte del siglo XX:
clasificación, nombres propios,
tendencias, características… en el mundo y en España.
[73]
PLASTICO: En su
significado más general, se aplica a las sustancias de similares estructuras
que carecen de un punto fijo de evaporación y poseen,
durante un intervalo de temperaturas, propiedades de elasticidad y flexibilidad que
permiten moldearlas y adaptarlas a diferentes formas y aplicaciones. Sin
embargo, en sentido concreto, nombra ciertos tipos de materiales sintéticos
obtenidos mediante fenómenos de polimerización o multiplicación
semi-natural de los átomos de carbono en las largas cadenas moleculares de
compuestos orgánicos derivados del petróleo y otras
sustancias naturales. La palabra plástico se usó originalmente como adjetivo
para denotar un escaso grado de movilidad y facilidad para adquirir cierta
forma, sentido que se conserva en el término plasticidad.
[74]
COLOR:
La fuente del color es la luz del sol o luz blanca que, cuando pasa a través de
un prisma de cristal, se descompone en
los siete colores del espectro.
Según la clasificación tradicional de
los colores hay tres primarios, simples o fundamentales: rojo, amarillo y azul;
su mezcla entre sí dos a dos determina
los tres colores secundarios o binarios:
naranja (rojo más amarillo), verde (azul más amarillo) y violeta (azul
más rojo). A su vez, sucesivas mezclas de estos seis colores, dos a dos, dan
los intermedios.
[75]
MODERNIDAD:
En términos de tiempo y espacio, el concepto de conocimiento se analiza con los
cambios de la modernidad a la posmodernidad. Se considera el inicio de la
modernidad con la Ilustración francesa en el siglo XVIII hasta finalizada la
Segunda Guerra Mundial, lo que significó el auge del pensamiento racional, el
materialismo, el cientifismo, el progreso, la superación, la crítica, la
vanguardia, la naturaleza y la realidad social como objeto de conocimiento
objetivo, y de la ideología frente a la teología. Hubo una transición del
concepto medieval de percepción por el moderno concepto de conocimiento
objetivo. En la modernidad predominan las teorías de Newton, Descartes, Bacon,
Locke, Hume y otros. Se planteó como un espacio de progresiva transparencia, y
como espacio de un proyecto de emancipación. La modernidad es entendida o
caracterizada como efecto de superación crítica.
[76] ESCUELA
DE ARTES Y OFICIOS: Fue una institución educativa fundada en 1871 en Madrid, la
primera de su tipo de las creadas
en España. Formó parte del Real Conservatorio de Artes. Fue
fundada en 5 de mayo de 1871, a partir de un decreto con la rúbrica del
ministro de Fomento, Manuel Ruiz Zorrilla, y del rey Amadeo I. La escuela
impartía la enseñanza de aritmética y nociones de álgebra, geometría, nociones de geometría descriptiva y sus aplicaciones elementales a las sombras, perspectiva, corte de
piedras, hierro y maderas, nociones de física, química e historia natural, nociones
de mecánica, máquinas,
manejo de las máquinas más usuales y de las herramientas de artes y
oficios, tecnología;
principios generales de construcción, con nociones
y ejercicios, prácticos de medición de terrenos, nivelación y cubicaciones,
dibujo geométrico, de figura, de adorno, copia del yeso y objetos de artes y
oficios, modelados y vaciados. Surgió en el seno del denominado Real Conservatorio de
Artes. El 5 de noviembre de 1886 fue transformada
en la Escuela Central de Artes y Oficios al tiempo que se independizaba del Conservatorio,
mediante un decreto con la rúbrica de Carlos Navarro y Rodrigo y de la reina regente María Cristina.
[77]
MUSEO
ARTIUM DE VITORIA: Es
un museo dedicado al arte y la cultura contemporáneas ubicado en Vitoria-Gasteiz (Álava, País
Vasco). El Museo cuenta con una importante colección de arte vasco
y español de los siglos XX y XXI. Artium se distingue además por sus
exposiciones temporales, tanto colectivas -con temas vinculados al tiempo
actual- como individuales. Por sus salas han pasado algunas de los principales
y más significativos creadores del panorama nacional e internacional. El
edificio es una singular construcción cuyas tres cuartas partes se encuentran
bajo el nivel de la calle, lo que le ha dado el apelativo de museo-bodega, y es
obra del arquitecto vitoriano José Luis Catón. El Museo se inauguró el 26 de
abril de 2002. El museo surgió de la
colaboración de la Diputación Foral de Álava,
propietaria de la mayor parte de los fondos que integran la Colección
Permanente y titular del edificio, con el Gobierno
Vasco, el Ministerio de Cultura
de España y el Ayuntamiento
de Vitoria-Gasteiz. Su inauguración tuvo lugar el 26 de abril de 2002.
Previamente, en febrero de 2001, se constituyó la Fundación ARTIUM de Álava,
con el fin de dirigir y gestionar el futuro Centro-Museo Vasco de Arte
Contemporáneo. Su Patronato está constituido por las instituciones públicas que
participaron en la construcción y puesta en marcha de ARTIUM y las entidades
privadas que, participando en el Programa de Miembros Corporativos de la
Fundación, adquieren la condición de patronos privados. Fuera de este esquema
funciona el Programa de Miembros Asociados, orientado a aquellas personas que
desean vincularse al ARTIUM con una participación especial en sus ofertas de
actividades.
[78]
JORGE
OTEIZA (Orio, 1908-San Sebastián, 2003). Nació en el seno
de una familia acomodada que había prosperado en el negocio de la hostelería.
Introvertido y acosado por temores irracionales, tuvo una infancia triste,
alejada de los juegos y las riñas de los demás niños. Entre 1914 y 1920 cursó el
bachillerato en el Colegio del Sagrado Corazón de San Sebastián y en el de los
Capuchinos de Lekaroz, Navarra. En esos años de formación su personalidad
cambió radicalmente. Se volvió más extravertido y sociable: no sólo cultivó el
boxeo y el teatro amateur, sino que también trabó amistad con incipientes
artistas como el pintor Juan Cabanas o el músico Nicanor Zabaleta. En 1927 se trasladó a Madrid con el propósito de
estudiar arquitectura, aunque, por razones burocráticas, finalmente tuvo que
matricularse en medicina. Pese a que nunca terminaría la carrera (la abandonó
en el tercer curso para apuntarse en la Escuela de Artes y Oficios), la
asignatura de bioquímica despertó su interés por la escultura, por la
experimentación de lo que él definió como «biología del espacio». Fue también
en la capital de España donde se acentuó, desde posiciones sociales y de izquierdas,
su conciencia identitaria vasca. En 1928 su padre y su hermano, después de la
quiebra del negocio familiar, emigraron a Argentina, teniendo él que
responsabilizarse de su madre y sus cinco hermanos pequeños. Para poder
costearse los estudios, trabajó de camarero, de contable en una frutería e
incluso de linotipista. Aun así, pasó grandes dificultades económicas y durante
una larga temporada estuvo alimentándose con la sopa para indigentes que
repartían en un convento. Sus primeras esculturas, figurativas y con un cierto
aire arcaizante, nacieron bajo la influencia de artistas como Jacob Epstein,
Alberto Sánchez y, sobre todo, Pablo Picasso.
Ya en los años treinta, junto a sus amigos los pintores Narkis de Balenciaga y
Nicolás de Lekuona, se introdujo en la vida artística de San Sebastián a través
de diversas exposiciones y concursos. Así, en 1931 fue galardonado con el
primer premio en el IX Concurso de Artistas Noveles Guipuzcoanos. En 1935,
junto con Balenciaga, viajó a Sudamérica, iniciando un periplo que lo llevaría
a Argentina primero y a Chile, Colombia y Perú en los años sucesivos. En los
casi quince años que estuvo en tierras americanas el joven Oteiza no dejó
terreno por explorar: fue profesor en la Escuela Nacional de Cerámica de Buenos
Aires, participó en Santiago de Chile en la creación del teatro político
experimental, se imbuyó de movimientos de vanguardia como el cubismo y el
constructivismo, estudió con devoción la estatuaria megalítica de las culturas
amerindias... Y además, conoció a quien fue el gran amor de su vida, Itziar
Carreño, con la que se casó en 1938. A principios de la década de los cuarenta
empezó a introducir oquedades en sus esculturas. Aquellas incipientes exploraciones
sobre el hueco y el volumen (en la línea del gran escultor británico Henry
Moore) habrían de devenir el cauce creativo por el que discurrirían sus
producciones posteriores. En 1948 regresó al País Vasco, instalándose en
Bilbao. El panorama que se encontró era a todas luces desolador; nada quedaba
de aquel ímpetu cultural que había florecido durante la República. En 1950 se
le adjudicó la estatuaria para la nueva basílica de Aránzazu (Guipúzcoa),
proyectada por el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza. Su intervención
fue polémica desde el principio: la heterodoxa iconografía del friso de los
Apóstoles (representó catorce) así como su estética, demasiado vanguardista
para el gusto de las instituciones eclesiásticas, provocaron que la Comisión Pontificia
paralizara la ejecución de las piezas por considerarlas sacrílegas. A
instancias del papa Pablo VI, el proyecto se reanudó en 1968. Las puertas del
templo, realizadas por un joven Eduardo
Chillida en hierro y en un estilo geométrico espacialista,
causaron una honda impresión en Oteiza. Aunque durante años ambos escultores
serían enemigos acérrimos (más por parte de Oteiza que de Chillida), lo cierto
es que la poética desplegada en aquellas puertas, aun sin que él lo reconociera
nunca, determinó en gran manera la evolución de su obra. Tanto fue así que en
los años cincuenta (su período artístico más fructífero) abandonó
definitivamente la figuración y se adentró por un camino de depuración formal y
de diálogo entre la materia y el vacío. El éxito y el reconocimiento
internacional no se hicieron esperar y en 1957 ganó el primer premio de
escultura de la Bienal de São Paulo, en Brasil, con la serie Propósito experimental. Su particular forcejeo con el
volumen y el espacio llegaría a su cenit en series como Desocupación de la esfera (1957-1958) y Cajas vacías o Cajas Metafísicas (1958),
en las que el objeto quedaba desmaterializado casi por completo en favor de un
espacio que él entendía metafísico y espiritual.
259 CONSTRUCTIVISMO
(en ruso, Konstruktivizm). Movimiento
abstracto vanguardista ruso nacido hacia 1913. Su fundador, Tatlin, afirmó la
necesidad de las formas abstractas relacionadas con la industria y la técnica.
Este arte, geométrico, lineal, funcional, realizaba obras a las que se denominó
estructuras útiles.
[79]
REGIONALISMO:
El regionalismo aboga por formasde gobierno que faciliten y promocionen el
desarrollo de instituciones culturales y políticas propias en el seno de
politeyas plurales. Su programa propugna la descentralización o devolución de
poderes desde instancias estatales
centrales a autoridades regionales. No aspira a la plena soberanía política,
pero sí a un nivel competencial mayor que la mera delegación administrativa.
Por otro lado, el regionalismo refleja un nivel de politización ciudadana en
las instancias subestatales, el cual no implica el mismo grado de compromiso
afectivo que genera el nacionalismo. A menudo una región es el producto de una
reestructuración sociopolítica de carácter administrativo y no suscita, por
tanto, la misma alianza social y
autoadscripción entre sus ciudadanos que el de una nación. Ello puede variar de
resultas de los procesos de socialización subsiguientes. Cuando los sentimientos regionalistas se sostienen
en una base étnica propia (etnorregionalismo), su categorización diferencial
con respecto a los lazos afectivos nacionalistas (etnonacionalismo) es tenuey
de difícil delimitación conceptual. Ello se ilustra con la autotransformación
de los partidos políticos regionalistas en nacionalistas.
[80]
MODERNIDAD:
El término es traducción del concepto
original de modernité que Baudalaire
introdujo en el siglo XIX entendida como
la forma de experimentar lo que es nuevo. Un siglo más tarde, la noción
más comúnmente utilizada de modernidad se refiere a los modos de vida u
organización social que surgieron en Europa a partir del siglo XVII
aproximadamente y que se difundieron desde el Siglo de las Luces a nivel
mundial. Es por ello por lo que la noción más simple y ampliamente aceptada
asocia modernidad con un período de
tiempo y una localización geográfica concreta. La época histórica moderna de
Europa se toma como meta a alcanzar en
los procesos de modernización que en períodos posteriores (en las décadas de
los años cincuenta y sesenta) y en otras latitudes (países africanos y
asiáticos) se lleva a cabo. La idea de modernidad va unida al desarrollo del
arte europeo, pero la sobrepasa. La modernidad cultural envuelve a las esferas
teórica, práctica y estética, diferenciadas al paso del proceso de
modernización social desde el final del siglo XVIII. En la década siguiente,
empieza a hablarse de postvanguardia, de postmodernismo en la esfera estética,
y de postmodernidad en la cultura. En los años ochenta algunos autores
sostienen que nos hallamos frente al comienzo de una nueva era que trasciende y
supera la misma modernidad. A. Giddens centra el debate en 1990, al señalar la
índole reflexiva del concepto e interpretarlo en términos institucionales de
las discontinuidades del desarrollo social moderno, en contraste con la idea
decimonónica de progreso.
[81]
SABINO
ARANA Y GOIRI (1865-1903). Consideraba que era
necesario dejar a un lado el independentismo vizcaíno e impulsar la unidad de
acción entre todos los vascos, porque a través de esta unidad, se conseguiría
más rápidamente que las libertades forales de cada uno de los territorios
vascos se reinstaurasen, ante según él, tanto atropello de españoles y
franceses contra las libertades vascas, que no dejaban otro camino a los vascos
que la independencia, con lo que dio lugar al lema "Zazpiak Bat"
(saspíak bat; "Las siete regiones vascas unidas"). El 11 de
septiembre de 1898, tres años después de la fundación del PNV, Sabino Arana
obtiene, por primera vez, el acta de diputado provincial por su partido con
4.545 votos vizcaínos. Sabino Arana, político influenciado por las corrientes
románticas, nacionalistas y racistas de finales del siglo XIX en Europa, y
precursor del nacionalismo vasco, consideró que la forma tradicional Euskal
Herria ("tierra del euskera" o
"país del euskera"), utilizada por los vascos para designar a su
tierra como mínimo desde el siglo VI d.C. (siglo en el que se culminó el
desarrollo del euskera
común) no era apropiada para designar a la
patria de los vascos, ya que estaba enraizada en una noción de pertenencia
basada en el idioma común, en vez de en el nacimiento en una tierra
determinada, que era lo común en las naciones europeas más importantes de
cultura indoeuropea. Cualquiera podía ser vasco si aprendía la lengua vasca, es
decir, que los vascos disponían, por tradición cultural, de la noción de pertenencia
menos excluyente existente en aquella época en Europa, algo que era
incompatible con la visión de Sabino Arana de lo que consideraba debía ser una
nación europea moderna, basada en el nacimiento en una tierra determinada y en
la pureza de raza de sus habitantes. Además, este término era utilizado por los
carlistas de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya (ideología mayoritaria en
estos territorios cuando surgió el nacionalismo vasco), que eran firmes
defensores de la españolidad de los vascos, por lo que, según Sabino Arana, el
término Euskal Herria utilizado por los carlistas estaba "ensuciado de
españolismo". Con lo que, finalmente, acabaría inventando el neologismo
Euzkadi que significa: "tierra de los vascos".
[82]
SIMBOLISMO:
Cualquier tendencia que en Arte use frecuentemente de símbolos, buscando el
conocimiento intelectivo y la expresión conceptual. El simbolismo por
antonomasia es el francés del siglo XIX que en pintura está bien representado por Gauguin (Véase
Pont-Aven) y los nabis o nabíes. En definitiva, el simbolismo es
difícilmente circunscribible a ningún país, estilo o momento histórico
determinado. Sus miembros son muy dispares, y además conviven en el tiempo con
un movimiento que es también difícil de clasificar, el Art Nouveau. El
rasgo que más une a los distintos autores es, dentro de la necesidad de
revitalización del arte propio del neoimpresionismo, la espiritualidad,
entendida tanto desde la fantasía como desde la visión mística. El apoyo
literario de figuras como Baudelaire o Moréas es
fundamental para entender sus propuestas estéticas, lo mismo que ocurrió
con Rodin en
la escultura. Entre los autores del movimiento, cada uno con sus peculiares
características, debe destacarse a Van
Gogh, Munch y Bernard.
[83]
REALISMO
CRÍTICO: Actitud o tendencia estética que
intenta reproducir fielmente la realidad. Se diferencia del naturalismo en que
es menos crudo y descarnado, ya que el realismo añade a la intención
reproductivauna relación dialéctica y un
juicio del artista sobre la realidad interpretada. Desde otro punto de
vista, el realismo es un movimiento pictórico que alcanza su máxima expresión
en Francia (s. XIX). Aunque alcanza a otros campos, tuvo especial importancia
en literatura. Su intención es plasmar objetivamente la realidad, representando
la realidad directamente, no existiendo temas preferidos porque cualquier tema
es válido, será una pintura sin argumento, captando la imagen y no un
desarrollo narrativo. Ideológicamente estará ligado a las ideas de izquierdas,
representando a las clases más desfavorecidas de la reciente sociedad
industrial. Los autores más importantes serán Millet, Coubert o Daumier. Por
otra parte, el realismo es una tendencia del arte realista hacia un tono
político que se ha desarrollado en distintos períodos y lugares a lo largo de
todo el siglo XX. En Rusia supone una vuelta al lenguaje del realismo tras los
logros abstractos del Suprematismo y el Constructivismo. Surge tras la muerte
de Lenin, y a partir de la exposición de 1926 Vida y costumbres de los
pueblos de la URSS. A partir de entonces se rechaza toda
investigación moderna y se adoptan todas las rancias normas del pasado,
reduciendo el arte a un instrumento de propaganda política. La vanguardia es
puesta fuera de la ley y perseguida; algunos artistas son encarcelados. Gabo,
Pevsner, Chagall y Kandinsky volvieron a Europa occidental, otros llegaron
incluso al suicidio. Se desarrolla por tanto un arte de temas
histórico-revolucionarios, de grandes lienzos conmemorativos en el caso de la
pintura; se da también un gran desarrollo del género del retrato.
[84]
EXPRESIONISMO:
Movimiento artístico nacido a fines del
siglo XIX, opuesto al realismo que caracterizaba a los impresionistas.
Se preocupa mucho menos de reproducir la realidad aparente y sus formas o armonías, que de trasladar
al arte la expresiónde los sentimientos
y del mundo de las vivencias interiores del artista. Se trata de un movimiento artístico que se inicia a
finales del s. XIX, despreocupado por el realismo y ocupado por mostrar los
sentimientos y el mundo y vivencias interiores del artista. Intentan reflejar
de modo general las incertidumbres y temores del ser humano frente a la época
contemporánea de avance y guerras. Los más conocidos son Munch y Ensor, y los
grupos El Puente (Dresde, 1905) y El Jinete Azul (Munich,1911).
[85]
COSTUMBRE:
El término costumbre ha acumulado una gran variedad de significados a lo largo
de la historia, pero hoy se halla devaluado y en desuso en el campo de las
ciencias sociales. Según una corriente de pensamiento que se remonta a
Aristóteles y culmina con los folcloristas decimonónicos, designa la segunda
naturaleza o el modo de vida específicamente humano de un grupo social, siendo
un antecedente del término cultura. Una acepción restringida tiende a
identificarla con regularidades de conducta efectivas y de arraigo duradero, colectivamente
mantenidas. En consecuencia, las costumbres oscilan desde los meros usos,
rutinas o hábitos (regularidades de hecho, por ejemplo, hacer la siesta) hasta
los mores, preceptos morales o
convenciones que conllevan carácter vinculante (Durkheim habla al respecto de “física de costumbres”) o el
derecho consuetudinario (codificación jurídica derivada de usos habituales de
un país).

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