Arte Vasco (VI)
. La escultura moderna (1875-1939)
1.19.1. Presentación
A
pesar de que la escultura religiosa tuvo continuidad durante la primera mitad
del siglo XIX, la creación de estados centralistas fuertes y el poder que
otorgaron a la Academia como encargada de los asuntos artísticos marcaron otros
objetivos y funciones para la escultura. La Revolución
Francesa[1]
otorgó al arte la función de crear modelos para la educación del ciudadano y
por lo tanto la dimensión pública del arte en general y de la escultura en particular
adquirió gran importancia en este momento. Además los nuevos mandatarios
burgueses impulsaron la necesidad de reconocer ciertos personajes y
acontecimientos por medio de la escultura, y por lo tanto, sobre todo las
ciudades, comenzaron a poblarse de monumentos durante el siglo XIX. Para ello
la escultura académica fue un instrumento apropiado, ya que aseguraba el
control sobre las interpretaciones políticas y de la historia que promovían los
gustos centralizados de los estados burgueses.
Entre los monumentos encargados a
artistas de fuera del País Vasco, los más destacables son el monumento
funerario a Gayarre en Roncal y el monumento a Diego Lopez de Haro en el centro
de Bilbao[2],
ambos de Mariano Benlliure. Entre los escultores vascos de este momento debemos
mencionar a Marcial
Agirre, cuyo trabajo más conocido es el monumento a Okendo en
Donostia. Concretamente, la escultura
que rinde homenaje a Antonio de Oquendo (San Sebastián,1575-La Coruña, 1640) en
la plaza que lleva su nombre, fue encargada en 1878 por el Ayuntamiento
donostiarra al escultor bergarés Marcial Aguirre, autor de las efigies
dedicadas a guipuzcoanos ilustres que adornan la fachada del Palacio Foral. Durante
tres años, el autor tuvo que luchar con la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando, que no terminaba de dar su visto bueno a la obra por cuestiones de
detalle: el Oquendo de Aguirre les parecía demasiado joven, dudaban del rigor
histórico de la coraza que vestía... A esas dificultades se les unieron las
presupuestarias, pero finalmente la estatua pudo ser inaugurada el 12 de
septiembre de 1894, aniversario de una trascendental victoria de Oquendo sobre
los holandeses.
El comienzo de la modernidad se
caracterizó por el deseo de romper con las normas académicas, por lo que
algunas de las novedades que llegaban de París se proponían poner en cuestión
la autoridad de la Academia y promover posturas más experimentales basadas en
la subjetividad.
Comparada con la pintura, la
escultura tuvo muchas dificultades para aplicar los cambios propuestos por la
modernidad, por lo que las propuestas de escultores como Rodin tardaron en
llegar al País Vasco. Uno de los primeros escultores en adoptar las novedades
europeas fue el bilbaíno Nemesio
Mogrobejo, que después de aceptar el clasicismo[3]
como vía para deshacerse de las normas académicas, consiguió aplicar algunas de
las lecciones de Rodin y del modernismo centroeuropeo.
De todas maneras, fue Francisco
Durrio quien asimiló claramente las novedades de la modernidad
parisina. Pasó toda su vida en la capital francesa y su trabajo recibió gran
influencia del simbolismo y de la renovación de la forma por parte del
naturalismo modernista, sobre todo en joyas, en pequeñas esculturas decorativas
y en los monumentos públicos en los que trabajó. Haciendo hincapié en este
personaje, Francisco Durrio, escultor, orfebre y ceramista, nació en Valladolid
en 1868. Siendo todavía un niño, su familia se trasladó a vivir a Bilbao, al
calor del despegue. Recibió sus primeras nociones de arte en el estudio del
pintor Antonio Lecuona, muy tradicionalista y académico, en donde coincidió con
otros futuros artistas de gran importancia para el posterior desarrollo
cultural. Alos trece años, en 1881, se inscribió como alumno en la Escuela de
Artes y Oficios de Bilbao, haciendo constar que era escultor, indicio tanto de
su vocación como de su determinación. Poco tiempo estuvo en dicha escuela,
quizás por lo insatisfactorio de la enseñanza que allí se impartía, pues ese
mismo año marchó a Madrid, en donde trabajó como aprendiz en el taller del
escultor Justo Gandarias. La primera constancia cierta de su presencia en la
capital francesa data de 1888, en donde se quedaría a vivir hasta su
fallecimiento en 1940, si bien fueron numerosas las ocasiones en que regresó a
Bilbao, por lo que mantuvo intactas y vivas todas sus relaciones de amistad y
profesionales con gentes del País Vasco. En
suma, el escultor Francisco Durrio fue uno de los primeros artistas españoles
en instalarse en París, hacia 1884-1885, inaugurando una tendencia que
siguieron la mayor parte de los protagonistas de la modernidad. Durrio tuvo una
estrecha amistad con Paul Gauguin, lo que le permitió observar de cerca una
actitud de ruptura con las divisiones académicas tradicionales en el arte.
Desde este punto de vista, abordó el trabajo en orfebrería y cerámica, cuyo
ideario artístico presenta claros débitos con el francés; en estas obras unía
el simbolismo con un patente sentido decorativo y una voluntad de integración
del gran arte con las artes menores. La valoración de la orfebrería como
actividad artística se vivía en el París de la época gracias a la obra de
orfebres ligados al Art
Nouveau como René Lalique
y artistas como Alphonse Mucha, con el que aprendió Durrio. Su aportación a
este proceso se basó en la ampliación del repertorio temático hacia temas
orientales y simbolistas, así como en el trabajo con una gran variedad de
tipologías (sortijas, hebillas[4],
colgantes y broches[5]). Otro
importante logro de Durrio fue su capacidad para definir la metamorfosis y
transformación de las formas, lo que convierte a estas piezas en destacados
ejemplos escultóricos.
En líneas muy generales, destacaremos que en el Salón de
Otoño de 1905, en París, Matisse asombró al mundo con su arte fauve (fiera). Pero el fauvismo[6], pese a su apariencia y el “culto a lo feo”,
no llegó a atentar contra la realidad en la forma en que lo haría el cubismo de
Picasso y Braque, que la descoyuntaron. El dadaísmo[7]
de Tzara impulsó la cristalización en 1925 del surrealismo[8],
cuya paternidad se atribuye a Miró. A partir de 1945 se desarrolla un arte no
figurativo, expresivo, rico de materia y libre de todo orden compositivo, el
llamado informalismo de Tàpies, Fontana, etc. La incorporación de objetos de
uso habitual al “cuadro” provocó la crisis del informalismo. De ahí surgió el pop-art y las formas de realismo social.
Cuando la escultura-pintura posee movilidad propia, como en Calder, se entra en
lo que se ha llamado arte cinético.
Los
orígenes del Cubismo giran en torno a 1907, fecha en la que Picasso concluye
Las Señoritas de Avignon, que será el punto de partida. George Braque junto con
Picasso son los inspiradores del movimiento y algunos de los principales maestros
son Juan Gris, Fernand Leger, Jean Metzinger y Albert Gleizes, pero con
anterioridad, Cézanne ya habría marcado el camino. Cézanne recibió la
influencia del Impresionismo y reaccionó contra él. Rechazó la impresión en
favor de una comprensión más profunda de la realidad. Su fórmula era la
forma-color. Él cree que la naturaleza no se dibuja, sino que se manifiesta a
través del color. Cuanto más color se precisa más aparece el dibujo de los
objetos, pero aparece en la forma. Por eso, la pintura de Cézanne no es una
pintura dibujada, sino una pintura de volúmenes, de formas. Y una vez creadas,
hay que relacionarlas entre sí, surgiendo aquí el problema de los planos, que
lo impulsa a mirar los objetos desde varios puntos de vista. Estas lecciones
fueron asumidas por el cubismo que hará un replanteamiento de la obra de arte,
de las formas, de la perspectiva, el movimiento, el volumen, el espacio, el
color, etc. Crea un nuevo lenguaje pictórico y estético que implica una nueva
relación entre el espectador y la obra de arte. El espectador ya no puede
contemplarla sin más, sino que tiene que reconstruirla en su mente para poder
comprenderla. El Cubismo es un arte mental, se desliga completamente de la
interpretación o semejanza con la naturaleza, la obra de arte tiene valor en sí
misma, como medio de expresión de ideas. La desvinculación con la naturaleza se
consigue a través de la descomposición de la figura en sus partes mínimas, en
planos, que serán estudiados en sí mismos y no en la visión global de volumen. Así
un objeto puede ser visto desde diferentes puntos de vista, rompiendo con la
perspectiva[9]
convencional y con la línea de contorno. Desaparecerán las gradaciones de luz y
sombra y no se utilizarán los colores de la realidad, apareciendo en las
representaciones el blanco y negro. Las formas geométricas invaden las
composiciones. Las formas que se observan en la naturaleza se traducirán al
lienzo de forma simplificada, en cubos, cilindros, esferas. Nunca cruzaron el
umbral de lo abstracto[10],
la forma siempre fue respetada.
Los principales temas serán los retratos y las naturalezas muertas urbanas[11].
Los principales temas serán los retratos y las naturalezas muertas urbanas[11].
Esto abrió vías de renovación para la siguiente generación que trabajó
durante los primeros años del siglo XX. Muchos de los artistas de esta época
que pasaron temporadas de formación en París tuvieron como meta aplicar la
modernidad postimpresionista al contexto del País Vasco. Aunque la pintura fue,
aparentemente, la protagonista del momento, no hay grandes diferencias con la
escultura en aspiraciones y realizaciones artísticas.
Quintín de
Torre fue el escultor más interesante de esta generación. Al
igual que sus compañeros pintores tuvo como reto conseguir un equilibrio entre
la modernidad parisina de finales del siglo XIX y la tradición que hubo de
rastrear en la escultura del barroco español. Así, pues, Quintín de Torre y
Berástegui nació en Bilbao en 1877 y murió en la misma ciudad en 1966. Comenzó
su formación en su ciudad natal, en la Escuela de Artes y Oficios, y en un
taller de imaginería. En 1902 marchó a París, gracias a una beca concedida por
la Diputación y el Ayuntamiento; de esta ciudad, en la que permaneció por
espacio de cinco años, vuelve fuertemente influido por Rodin y por Meunier. Se
estableció entonces en Valladolid para estudiar la labor de los antiguos
imagineros[12],
campo hacia el que sentía un particular interés y que fue una constante a lo
largo de su obra (algunas de sus mejores obras son los pasos de Semana Santa).
De nuevo en Bilbao, tomó parte en numerosas exposiciones y fundó, en 1911, la Asociación de Artistas
Vascos. En 1927 se instaló en Madrid pero, mientras tanto, continuó en contacto
con el círculo bilbaíno; durante esta época realizó numerosos encargos y fue
premiado varias veces.
Este proyecto de modernidad basado en la tradición no tuvo gran éxito en la
escultura, o por lo menos no consiguió atraer a muchos profesionales si hacemos
caso a la poca cantidad de escultores de interés que conocemos en el período
anterior a la Guerra Civil. Valentín
Dueñas, uno de los alumnos de Durrio, puede ser uno de los
pocos escultores interesantes que trabajó durante los años 20; en palabras de
Xabier Sáenz de Gorbea: “Derivado de la actitud modernista de Durrio y la más
sintética de Mogrobejo, nos encontramos con la obra de Dueñas. Más desigual, su
obra pasa de reconstrucciones del pasado a alegorías simbolistas y a
contorsiones más violentas donde no se pierde el espíritu de un modelado[13]
que descubre la abundancia anatómica de los personajes".
Más tarde, en la década de los años
30, será Joaquín
Lucarini quien acapare el interés de la escultura de los años de
la República. Joaquín Lucarini Macazaga (1905-1969), siempre apegado al
figurativismo, su estilo es ecléctico. Su obra está marcada por un clasicismo
en el que destaca el virtuoso tratamiento de la figura humana, a menudo
estilizada. No obstante lo dicho, en los años treinta Lucarini
estableció paralelismos entre las formas de la naturaleza y las geométricas,
simplificando sus formas. Comenzó a utilizar líneas rectas, simples y
funcionales, planos cortantes y volúmenes achatados, de ritmos paralelos,
eliminación de detalles, dinámica futurista[14]
y sentido ornamental, evidenciando la influencia del vigente art
decó.
A pesar de lo dicho, debemos buscar en el San Sebastián de los años 30 al
escultor que iba a protagonizar la renovación de la escultura después de la
Guerra, nos referimos a Jorge Oteiza,
figura clave de la vanguardia de la década de los cincuenta, que junto a Narkis Balenciaga
viajará a América justo antes del conflicto. Sus ensayos con nuevos materiales
como el cemento y la unión entre la figuración y la experimentación casi científica
en sus obras anuncian las características de su obra posterior, que se engloba
dentro de lo que se llama arte experimental[15].
La Guerra
Civil truncó la carrera de muchos artistas vascos; algunos
murieron en la guerra, otros tuvieron que exiliarse y otros se condenaron o
autocondenaron al silencio. Por lo tanto, el panorama artístico de los años de
posguerra fue penoso, ya que el franquismo
miraba con desconfianza todas las tendencias modernas e imponía un arte
académico de corte muy conservador en las instancias oficiales.
La vuelta de Oteiza en 1948 supuso la posibilidad de continuar por el
camino comenzado durante los años 30. Ideológicamente, Oteiza luchó por cohesionar y revitalizar el decaído
mundo artístico vasco, pero se topó con la desidia de las instituciones, tanto
las del régimen franquista como las del nacionalismo vasco en la clandestinidad.
En lo artístico, continuó sus especulaciones en torno a la desocupación del
espacio escultórico, creando piezas cada vez más esenciales y místicas. Para entonces algunos artistas más jóvenes habían empezado ya unas
trayectorias personales fuera del academicismo franquista, como por ejemplo Eduardo
Chillida que, tras una estancia en París había comenzado a
trabajar en una dirección más renovadora.
Como lugar de encuentro de todas estas vías actuó la construcción de la Basílica de
Aranzazu, donde convivieron arquitectos, escultores y pintores
jóvenes con otros que contaban ya una carrera más consolidada. El encuentro
entre Oteiza, Basterretxea e Ibarrola en
Aranzazu fue la semilla que dio lugar al Movimiento de Escuela Vasca que
dominará el panorama artístico de mediados de los años 60 en adelante.
En el grupo guipuzcoano denominado Gaur, participaron el escultor Remigio
Mendiburu, además de los mencionados Oteiza, Chillida y
Basterretxea; en Bizkaia, el grupo Emen tuvo entre sus participantes a los
escultores Vicente
Larrea y José Ramón Carerra; en Álava, Orain contaba con Jesús
Etxebarria y en Navarra, Denok debía agruparse en torno a José
Ulibarrena.
Las trayectorias y obras de Oteiza y Chillida dejaron una enorme huella en
los escultores vascos de los años 70, aunque algunos escultores siguieron
tendencias más personales y propias del contexto internacional (Encuentros de
Pamplona de 72). En este sentido Andrés Nagel puede ser el más representativo
de la independencia hacia los dos escultores mencionados, con una obra más
figurativa, materiales modernos como el plástico[16] y
la utilización del color[17].
Los años 80 supusieron, en cambio, la revisión de algunos de los
presupuestos difundidos por Oteiza en un tipo de escultura que heredaba del
maestro su rigurosidad formal como punto de partida de planteamientos
conceptuales y éticos comprometidos. Es lo que en un momento se llamó
"nueva escultura vasca" y que agrupó bajo este nombre a Ángel Bados, Txomin
Badiola, Juan Luis
Moraza y Mª Luisa
Fernández.
Esta tendencia fue trasmitida a las siguientes generaciones en los años 90
por medio de los talleres que algunos de estos artistas impartieron en
Arteleku, el centro de arte que creó la Diputación de Gipuzkoa a finales de los
80 en San Sebastián. Casi todos los artistas más jóvenes del panorama vasco
actual se formaron en la Facultad de Bellas Artes de la UPV y pasaron por
Arteleku en algún momento.
Como colofón podemos mencionar que casi ninguno de ellos se considera
estrictamente escultor y que utilizan gran variedad de medios expresivos para
sus fines, por lo tanto no podríamos hablar exclusivamente de escultura o
escultores en el sentido tradicional de la palabra para analizar el arte a
partir de los años 90, a pesar de que muchos de ellos continúan con los
procesos de la escultura como punto de partida para su obra.
Centrándonos, por tanto, en la exposición que
vamos a hacer, está claro que desde el último cuarto del siglo diecinueve hasta la primera
mitad del veinte, la escultura vasca pasa por avatares muy diversos y no
siempre aclarados. El presente texto trata de valorar los principales factores
históricos que influyen en la producción e intenta estudiar los trabajos
plásticos de los autores más importantes. A lo largo de todo este tiempo se
producen tres fases. En la primera etapa, los talleres locales decimonónicos no
alcanzan grandes logros ni consiguen prestigio social y artístico, aquí o en el
exterior, con la sola excepción de Marcial Aguirre. A
partir de la década de 1880 surge un período dominado por los creadores
formados en Artes y Oficios. Unos artistas que como Paco Durrio,
Nemesio Mogrobejo, Lorenzo Fernández de Viana, Higinio Basterra, Moisés Huerta,
Fructuoso Orduna, Quintín de Torre, León Barrenechea, Isidoro Uribesalgo,
Valentín Dueñas, Julio Beobide, se debaten entre las tres
actitudes que predominan, las tradicionalistas, las modernizantes y las
novecentistas, marcos de actuación bastante estrechos e intercambiables a lo
largo de la evolución y a través de los distintos encargos y propuestas. Por
último, durante la República surge un nuevo contexto en el que junto a la
continuidad emerge una segunda renovación moderna con el trabajo de Joaquín
Lucarini, o un cierto reflejo vanguardista en la primera obra de Jorge
Oteiza, que acrecenterá el patrimonio cultural[18] de la Comunidad.
La
experiencia creativa de más de cincuenta años de escultura está repleta de
hechos y circunstancias. Se trata de elegir y reseñar aquellos que son más
importantes y fundamentales para presentar el balance del estado de la
cuestión, revisar las fuentes existentes y estudiar a las personalidades más
importantes desde la doble perspectiva de lo formal y los contenidos al objeto
de establecer una valoración histórico artística basada en la estética
comparada, contrastando las obras locales con los resultados internacionales.
De modo general, los creadores vascos se asoman poco y no todos a las novedades
plásticas y tampoco dan rienda suelta a las propias obsesiones y experiencias
cotidianas. Los escultores llevan a cabo un cierto seguimiento del oficio y el estudio
del pasado escultórico con el objetivo de realizar los encargos y encarnar los
intereses de quienes les solicitan los trabajos. Para Miguel Unamuno esta
situación converge en una escultura que se caracteriza por su honradez y
timidez. La idea de la honradez sigue siendo el más importante carácter de los
artífices vascos. Una cualidad que se basa en el aprendizaje concienzudo, la
dedicación absoluta el tiempo que haga falta y la sinceridad de llevar a cabo
el trabajo que estiman que deben realizar.
La
timidez conlleva una cierta cortedad de miras. Es que son muchos los artífices
que se quedan no sólo en planteamientos continuistas sino también en la
exclusiva realización de los encargos que les hacen las instituciones y los
particulares. Existen algunas protestas que se hacen en el seno de la
Asociación de Artistas Vascos o entre los propios autores con ocasión de
determinados fallos de concursos estatuarios, pero falta un más drástico afán
de ruptura con los planteamientos sociales dominantes e incluso con el poder
del pequeño sistema artístico local, lo que también se produce en las prácticas
pictóricas.
Por
una causa u otra hay ausencia de grandes proyectos cuyos programas sean
ambiciosos y propicien obras que tengan un gran empuje creativo y alcancen mayor
significación artística. La excepción está en las monumentales aportaciones de
Alberto del Palacio, principalmente su magnífico "Árbol de los
fueros" de 1894, una obra para ser instalada en el centro de la ciudad, en
plena Plaza Elíptica de Bilbao. Hay que anotar asimismo, el panteón de
Echevarrieta para Getxo o el complejo programa del Monumento a la Victoria de
1920 para París, obras de Paco Durrio o los
propósitos de Nemesio Mogrobejo por llevar a cabo trabajos en torno a la muerte
de Orfeo o la Divina Comedia de Dante.
La
asunción de cierta severidad, tono grave y concisión plástica son cualidades
que también cae atribuir a la producción escultórica. Unas características que
se atribuyen a los gustos sociales imperantes y son asimiladas por los autores
en obras donde la materia destaca con rotundidad, como algo palpable. Se afirma
la masa y el volumen, más que los silueteados y las estilizaciones lineales de
la modernidad, huyéndose de las florituras de aquellos trabajos que abusan del
discurso formal y del virtuosismo por el virtuosismo.
En
conjunto, puede decirse que en distintas dosis se entremezclan algunos
elementos de la tradición y ciertos estilemas más actuales. Un cruce que se
produce entre cierta ingenuidad idealista y el candor narrativo de la
representación figurativa.
La
escultura, dominada en algunos artistas por el clasicismo[19], se ha visto siempre como
un medio más atrasado a la hora de las innovaciones que la pintura. Se olvidan
que esta dependencia es general, pues también se produce en la evolución que se
da en las vanguardias históricas europeas y americanas de la primera mitad de
siglo. El caso es que entre nosotros el mito de la pintura vasca ha prevalecido
por encima de lo escultórico. Basta observar la cantidad de letra impresa dedicada
a uno u otro ámbito. La que se refiere a lo tridimensional es muy poca, y no ha
cambiado mucho la situación en la actualidad.
La
escultura vasca de esta época, en nuestra opinión, es una especie de pariente
pobre en medio de los resplandores míticos que proyecta la tan traída y llevada
pintura vasca como la escultura de posguerra. Lo que no
quiere decir que sea menos interesante que las obras de su tiempo, sino que
cuenta con menor publicidad, reconocimiento social y adecuada respuesta
historiográfica. Ante esta injusta situación está algo olvidada y es poco
conocida. Su divulgación debe ser un reto y un enigma. Un reto ante la ausencia
de sistematización y los muchos datos no aclarados todavía. Y un enigma porque
no se ha dado todavía el verdadero alcance valorativo de la escultura.
La
escultura es un lenguaje artístico poco agradecido. A las dificultades
inherentes de toda creación, se añaden, en este caso, las derivadas de una
especificidad muy condicionante. No debemos olvidar los problemas técnicos y
procedimentales que entraña el oficio de escultor. Es preciso mayor tiempo de
formación y realización, y las materias primas y las herramientas son de un
costo muy elevado. El escultor, necesita un gran espacio para poder trabajar.
Los gastos de transporte, embalaje y almacenamiento añaden nuevos problemas.
Los artífices, muchas veces, se ven impelidos a utilizar materiales no
duraderos como barros, yesos o escayolas de más bajo costo, previo paso a
establecerlas definitivamente en bronces, aleaciones metálicas o piedras.
Muchas veces, la falta de medios y la existencia de encargos fallidos han
dejado grandes obras a la suerte del tiempo y de circunstancias externas que
han hecho que muchas de aquellas obras hayan sido destruidas. Esculturas, en
algún caso, más interesantes que las de mero encargo por cuanto en ellas se
proyecta la auténtica personalidad del artista al realizarlas por deseo propio,
sin intermediarios ajenos a su propia decisión. Además, hay casos increíbles de
desidia y de irresponsabilidad, tanto en los niveles privados, círculos de
familiares y coleccionistas, como en los niveles públicos en los que el
esquilmo al patrimonio artístico de la escultura vasca ha sido muy alarmante.
Obras rotas, troceadas, desaparecidas para siempre, perdidas e incluso nos
atreveríamos a decir robadas. Que en lo que concierne a las obras que custodian
nuestras Instituciones, supone un acto grave de piratería increíble que habla
de desidia y desinterés. Todo parece igual y nada importa. Va siendo hora que se
verifique la catalogación y el estado de conservación del patrimonio artístico
para saber qué es lo que se tiene y, si es posible, seguir la pista de lo que
falta para poder recuperarlo.
Un
ambiente general de cambio se produce en la sociedad vasca tras los desastrosos
resultados de las sucesivas guerras carlistas. La bonanza económica, el
crecimiento demográfico y la voluntad de las gentes permite, entre otros
factores, la creación de ensanches en las ciudades y pueblos. Este crecimiento
urbanístico y de estudio del territorio posibilita la construcción de
edificios, mobiliario urbano y equipamientos de todo tipo, con los que validar
práctica y simbólicamente la emergencia de la nueva sociedad. Asimismo y junto
a todo este esplendor arquitectónico y de infraestructuras, se incrementa la
presencia de la escultura en el ámbito público, religioso y privado. Una
demanda que va a ser satisfecha por los artífices preparados artesanalmente en
las Escuelas de Artes y Oficios.
En
consecuencia, el desarrollo del auge industrial y comercial, el rápido
enriquecimiento de algunos, el notable crecimiento de las ciudades y la
irrupción de una burguesía dinámica, son algunas claves que permiten explicar
la emergencia de un nuevo marco creativo que hizo dar un brusco giro al alelado
espíritu artístico anterior.
A
la vista de la Exposición Provincial de Bilbao de
1882, poco se puede augurar las repetidas exposiciones de arte moderno que se
iban a presentar tan sólo dieciocho años después, durante la primera década del
siglo veinte. Y es que en aquel momento quienes ganan medalla de oro son los
pintores Anselmo Guinea y Clemente Salazar y el escultor Bernabé de Garamendi,
quien presenta un Cristo de repetida iconografía.
Muchos
de aquellos burgueses, rápidamente enriquecidos, por necesidades de su status o
porque sus intereses económicos venían, preferentemente, de fuera de España e
incluso por un cierto diletantismo, se afanan en la idea de modernizarse, por
otra parte algo bastante común en este tiempo finisecular. Al mismo tiempo que
cambian las estructuras sociales e ideológicas, se transforma el paisaje de
cada día y las gentes con la afluencia constante de personas venidas de otros
rincones. De la misma manera que se debía estar al día en los avances
tecnológicos necesarios a sus industrias y explotaciones. Igualmente los más
acaudalados iban reuniendo en torno a sí ostentosidades que manifestaran su
poder económico, que en la época era también poder político e ideológico, por
cómo se compraban los votos. El auge permite ir creando grandes mansiones y
palacios, que necesitan ser llenados con todo tipo de objetos en los que las
artes plásticas ocupan un importante lugar social. Incluso, algunos se
convierten en mecenas para los artistas, coleccionando sus obras, pagándoles
viajes, haciéndoles encargos y en algún caso distinguiéndoles con su amistad.
Un respeto que venía a ser una especie de brindis de admiración y una
superación de las barreras sociales.
Bilbao,
especialmente, como Florencia o las ciudades hanseáticas, e igual que otras
ciudades de su tiempo, al mismo tiempo que se transforma en un centro
financiero y comercial de primer orden se moderniza como ciudad y alienta
nuevas voces y compromisos artísticos, gracias, en principio, a una
sensibilización general de cambio, de vigor y movimiento y gracias a esa labor
de dilentatismo y la aportación económica que algunos de los burgueses
desarrollan.
De
la creación de ese espíritu de utilitarismo y de ideas domesticadoras de la
nueva clase proletaria en ascenso, surge la Escuela de Artes y
Oficios de Bilbao en 1880. Desde el punto de vista artístico su
fundación viene a ser un factor de innegable importancia, cuyo impulso no se ha
valorado como se merece. Bien puede decirse que, en apenas una generación
durante el corto período de quince años, la situación cambia sustancialmente,
tanto de modo cualitativo como y sobre todo cuantitativamente. Y es que la
citada institución es el núcleo en el que germinan numerosas vocaciones
artísticas. Por la vía de la profesionalización de la enseñanza se abre una
nueva manera de conocer los rudimentos y entresijos del arte, dado que hasta
entonces sólo existían las posibilidades de estudiar fuera si se disponían de
los medios económicos adecuados o bien la de estudiar en casa con pintores o escultores
locales de no excesiva calidad, aunque cumplieron su papel en aquella
situación.
Artes
y Oficios fue, sobre todo, un lugar donde aunaron experiencias gentes de muy
distinta condición y cualificación posterior, desde los arquitectos Camina,
Guimón o Ugalde a los escritores Tomás Meabe y los hermanos Leopoldo y Ricardo
Gutiérrez Abascal, el último de los cuales fue conocido como Juan de la Encina.
Junto a ellos, pintores y escultores, decoradores, tallistas, etc., como
Larroque, Arrúe, Durrio, Mogrobejo, Quintín de Torre... Fue un necesario caldo
de cultivo, quizá no del todo suficiente para muchas de las incipientes
aspiraciones de los artistas de la época. Lugar de reunión, de encuentro, de
sensibilización y de sueños que constituyó su propio Museo dentro de la Escuela
cuando en Bilbao aún no existía ni se hablaba del tema. Fue, por lo tanto, no
sólo una plataforma para los inspirados sino también un lugar de
sensibilización general. E incluso llegó a ser un centro de presión a la medida
de los tiempos que corrían. Y es que con actuaciones no demasiado agrias, algo
aduladoras y bajo el espíritu de la corrección logró algún que otro objetivo:
promovió becas, auxiliándose en Ayuntamiento y Diputación. Captó fondos y
concedió premios, ayudas y compensaciones para los mejores alumnos.
Las
becas o pensiones artísticas para estudiar en el extranjero son decisivas a la
hora de continuar la preparación adquirida. Supuso el contrapunto necesario
para no limitar ni limitarse. La salida al exterior fue el paso siguiente a
dar: la confrontación con lo aprendido. La posibilidad del intercambio y de
maniobrar especulando, emprendiendo caminos o balbuceos con una cierta
despreocupación.
El
destino de nuestros becados se polariza entre París y Roma como corresponde a
la época. París aporta el frescor del espíritu nuevo, el progreso y la
modernidad. Roma proporciona el equilibrio y la norma, el ideal y el rigor del
oficio bien aprendido, aquello que se denomina obra bien hecha. Son dos
actitudes palpablemente diferentes que acaban repercutiendo en los jóvenes
artistas. Su influencia por tanto es bastante determinante y en buena medida
dan la pauta para diferenciar y valorar el sentido de cada práctica. Unos,
aspirantes a la modernidad, plantean tímidas posiciones innovadoras. Otros
vienen con la lección necesaria del oficio. Por último, otros intentan
sintetizar ambos aires o bien se mantienen en posturas eclectizantes. Y es que
la mayoría, por no decir todos, no llegan a comprender casi nada desde el
debate vanguardista que se produce a partir de los cubistas en Francia o los
futuristas en Italia. La tardía excepción se produce en el Oteiza inicial,
esencial y existencial de los años treinta.
A
la hora de tomar en consideración los programas icónicos y el sentido de los
argumentos temáticos no debe desdeñarse la influencia de las ideologías
emergentes y dominantes en la época, que son resultantes sintomáticos de la
situación general que se vive.
La
pérdida foral supuso una respuesta mayoritaria a favor del mantenimiento de los
derechos. Un espíritu foralista que se manifiesta en todo el espectro político,
desde las posiciones conservadora y liberales, hasta los carlistas, los
euskalerriakos y los incipientes nacionalismos. Esta idea defensiva supuso la
acentuación romántica de lo característico, con el fin de definir la propia
especificidad. Una singularidad que, incluso, llega a concretarse en la
fijación temática de las obras que deben realizarse para la obtención de las
pensiones, en la idea de hacer notar la filiación de los artistas. Si esta
mirada a lo cercano no incide en la elección de los conceptos plásticos, sí que
interviene en los contenidos, siquiera parcialmente, surgiendo manifestaciones
costumbristas vascas, de carácter festivo y acentuación característica. También
les influye la nueva ideología socialista que lucha por los derechos de los
trabajadores, lo que se evidencia en la plasmación de un panorama obrero, tanto
derivado de los sectores primarios como los secundarios, así surgen mineros,
marinos, trabajadores portuarios y labriegos. Se da, por lo tanto, una temática
específica caracterizada por lo reconocible como lo vasco y por lo reconocible
con el mundo del trabajo. Y junto a ellos los muy presentes géneros
tradicionales de la escultura, como puede ser la iconografía religiosa, los
pasos de Semana Santa, el busto y el retrato en relieve, el panteón funerario,
las lápidas de homenajes y agradecimientos, las alegorías, los nuevos
monumentos y la decorativa y funcional edilicia.
Para
que la escultura se vaya desligando de la dictadura del encargo fue muy
importante el que comienzan a realizarse muestras privadas y
públicas de los trabajos. Un caso muy especial fue la
organización de exposiciones denominadas de arte moderno que tuvieron lugar
durante toda la primera década del inicio de siglo en Bilbao y que continuarían
con otros nombres en las siguientes décadas bajo otros acentos y custodias. Me
refiero a las exposiciones regionales de arte vasco, a las exposiciones
subsiguientes a los Congresos de Estudios Vascos, a las colectivas de los
distintos grupos de artistas, a las exposiciones de Noveles Guipuzcoanos e
incluso a las muestras de artistas vascongados del museo y las distintas
asociaciones desde AAV hasta Unión Arte. Unas exposiciones que plantean la posibilidad
de que los artistas pueden hacer obra sin que necesariamente fueran encargados
para hacerla. También tienen la virtud de que abrieron caminos al incipiente
comercio del arte. Un sector que se inició desde los escaparates de cualquier
comercio y pronto se especificó en la constitución de verdaderas Salas de Arte,
como la Sala Delclaux, Mapey, Majestic Hall o los salones de las asociaciones
artísticas.
Pronto
no siempre coinciden los intereses de los creadores con los de las
instituciones ni tampoco con los gustos estéticos mayoritarios, y los artistas
para defenderse se constituyen en pequeñas células de presión conformando
grupos con los que intentan favorecer la nueva producción, divulgando estos
productos y estableciendo sistemas distributivos propios. La Asociación
de Artistas Vascos se constituye en 1911. Poco después, con otro
espíritu e ideología, se crea la Sociedad de Artistas Vascos y de
Aficionados a las Artes Plásticas en 1913, que a finales de 1914
se transforma en el denominado Círculo de Bellas Artes y Ateneo. Las dos
asociaciones tienen notorio protagonismo en la vida cultural y artística del
país. No sólo por la presencia activa en las diferentes manifestaciones
artísticas de sus miembros, sino también por la influencia que tienen al contar
ambas instituciones con Salas de Exposiciones. En 1917 surge tímidamente una
tercera asociación, que, sin nombre inicial, contó con la presencia de
cincuenta miembros muy jóvenes, reunidos en la Escuela de Artes y
Oficios de Bilbao. Y finalmente durante la República, en 1933, se
conforma Unión Arte, un grupo que frente al esteticismo y calidad de unos y al
señorío de otros trajo un espíritu plural, abierto a todas las capas sociales,
ideologías políticas y distintos niveles creativos.
La
escultura de este período no tiene grandes ni excesivos éxitos internacionales
como los tuvo la pintura. No llega a oponer demasiado frente al éxito y el
reconocimiento de Zuloaga que en 1898 le fue adquirida una obra por el Gobierno
francés o que en 1903 se le otorgó Medalla de Oro en la Bienal de Venecia. A lo
sumo ese camino por el reconocimiento exterior se da en las influencias que
tiene Paco Durrio en el París de la época, los iniciales
éxitos de Quintín de Torre al obtener una Mención Honorífica en el Salón de los
Artistas Franceses de 1903, la invitación hecha a Mogrobejo para exponer en la
Bienal de Venecia de 1905, los éxitos en concursos internacionales que tiene
Moisés Huerta, o la confirmación en 1920 de Paco Durrio con
el "Monumento a los Héroes" o "Templo a la Victoria"
presentado en el Salón de Otoño, que le supuso la máxima recompensa, además de
la Roseta de la Legión de Honor Francesa.
En
el ámbito español las recompensas son muchas, obteniendo medallas y menciones
honoríficas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, organizadas por el
estado. La nómina es muy grande y prácticamente muchos de los escultores
obtienen estos galardones, desde Marcial Aguirre hasta
Moisés Huerta o Fructuoso Orduna.
En
el período se produce un proceso muy revelador que manifiesta la importancia y
el reconocimiento que irán teniendo. Si durante las últimas décadas del siglo
diecinueve y los principios del veinte los más importantes trabajos
escultóricos se conceden a artistas de fuera, muchas de las veces sin tan
siquiera haber lugar a concurso alguno, desde comienzos de siglo la situación
varía y los escultores vascos comienzan a ganar algunos concursos de
realización de obra y existe la conciencia de que realmente hay en el país un
plantel de escultores capacitados técnicamente y con un cierto nivel,
comenzando a haber encargos directos y certámenes restringidos a la única
participación de los autores locales.
La
existencia de una mejor consideración de los escultores vascos permite el
desarrollo de estrategias con el fin para cimentar la carrera artística,
satisfacer intereses y gustos ya establecidos para mejor obtener el
correspondiente honor, la susodicha medalla o el encargo. Una situación que
dados los intereses generales dominantes influye en aparcar las capacidades de
innovación y la irrupción de intereses como la obtención de la fama, el
prestigio social y el dinero.
Marcial Aguirre es el primer escultor de Euskal Herria en el
sentido moderno. Cuenta con una preparación académica en San Fernando
de Madrid y Roma. Tiene relación con los más importantes artistas del momento,
incluso es amigo del pintor Luis Rosales quien le retrata en varias ocasiones.
Participa en la vida oficial, obtiene becas y premios, gana concursos
escultóricos y se presenta a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes,
alcanzando algún galardón. Y sobre todo lleva a cabo una carrera profesional
realizando intervenciones públicas en el ensanche de la nueva ciudad, así como
realiza esculturas fuera del exclusivo marco del encargo. Sabe adaptar los
conocimientos procedimentales y tiene un buen hacer plástico, pero le falta
ligar un proyecto con voz propia para poder confirmarle en uno de los primeros
planos de la actualidad artística del momento.
Nacido
en Bergara el 22 de noviembre de 1841, Marcial Aguirre fallece
en San Sebastián el 10 de mayo de 1900. Primero se forma junto a su padre
Joaquín, autor de panteones en Elorrio y Donosti. En 1841 comienza estudios en
el Seminario instaurado por los Caballeritos de Azkoitia. Estuvo dos años
becado por la Diputación guipuzcoana en Roma, ciudad a la que se traslada el 9
de julio de 1864 y donde estudia con Obici. Vuelve a San Sebastián en 1868,
después de contraer matrimonio con la austriaca Lavinia Wittmer, hermana de un
conocido pintor. Desde entonces, alterna trabajos de escultura con actividades
industriales.
Junto
a la irrupción de nuevos repertorios icónicos, Marcial Aguirre adopta
los valores neoclásicos, como queda patente en la escultura de "La
justicia" que hace durante su estancia italiana en piedra trabertina[20], cuya estructura
piramidal y su estatismo le revela anclada en las posturas academizantes del
momento. Su colocación en el tejado del edificio del Juzgado de Bergara resulta
poco atractiva y no permite una observación adecuada.
" Estatua
de San Ignacio de Loyola " (1867), está hecha en mármol blanco de
Italia y mide algo más de dos metros de altura. Fue expuesta en la Exposición
Nacional de BBAA de 1867, consiguiendo una segunda medalla. Adquirida por la
Diputación Foral de Gipuzkoa en 1868, se colocó delante de la escalinata el 11
de mayo de 1882. El 5 de julio de 1888 se la dispuso sobre un nuevo pedestal de
más de dos metros de alto, con lo que el conjunto alcanza una altura de cinco
metros y medio. Plásticamente, destaca la verticalidad y el volumen-masa, tiene
pliegues elementales y sin movilidad. El personaje es efigiado de modo serio y
meditativo, en una de sus manos porta un rollo con el lema Obediencia y bajo un
pie se dispone un libro que simboliza las herejías pisoteadas.
Más
interés tiene el Monumento a Cosme Damián Churruca (1884-85),
colocado en medio de la plaza del Ayuntamiento de Mutriku. Es de mármol de
Carrara, y la estatua mide dos metros y medio de alto. El diseño del pedestal
es del arquitecto Nicomedes de Mendivil, y su labra corresponde a Jacinto
Matheu Forster (1833-1898), profesor que fue de la donostiarra Escuela de Artes
y Oficios. La primera piedra del conjunto se puso en 1865.
En
1867 es Francisco Javier Gómez de Logroño, quien se ofrece para llevarlo a cabo
con una obra presentada ese año en la Exposición Nacional de Bellas Artes,
desestimándose la realización. Después, en 1882, Marcial de Aguirre solicita
hacer la estatua en mármol o en bronce. El yeso obtuvo premio en la exposición
nacional de BBAA. El monumento está dedicado a Churruca por su heroico
comportamiento en Trafalgar en 1761. Al acudir en una chalupa a auxiliar a unas
baterías flotantes que estaban incendiándose, el efigiado aparece con el brazo
extendido y actitud de mando. En el gesto y los ademanes, sigue también los
cánones neoclásicos de orden estructural, proporciones armoniosas, claridad de
líneas, severidad plástica y modelado suave y contorneado. Introduce algunos
otros signos, como los apoyos traseros en escudos y banderolas y el movimiento
exhibido al desplegar el brazo en el espacio. Una separación del cuerpo que
introduce cierta tensión estructural, que es bien recogida por los apoyos.
El Monumento
a Okendo (1894) es su obra cumbre. Realizado en bronce y piedra de
Motrico está situado actualmente en un espacio muy abierto del primer ensanche
de San Sebastián que permite observarlo desde una amplia distancia. Dedicado a
Antonio de Oquendo y Zandategui (1577-1640), almirante de la marina española,
fue inaugurado en septiembre de 1894 con el modelo en yeso. La estatua en
bronce que alcanza la nada despreciable altura de cinco metros, se colocó en
marzo de 1895. El pedestal llega a medir hasta diez metros de altura e integra
relieves, placas y escudos distribuidos por los distintos planos y cuerpos que
lo constituyen, cuyos distintos materiales utilizados aportan un interesante
diálogo cromático.
El
conjunto es bastante ambicioso y alcanza un vuelo considerable. Y es que el uso
del bronce que procede de la fundición de unos cañones provenientes de Santoña,
permite aligerar el peso de la figura, no necesitar unos anclajes muy anchos y
posibilitar gestos más naturales al abrir las piernas y hacer pasar el espacio.
El porte y movilidad de la estatua manifiesta un cierto influjo romántico.
El
pedestal está formado por diversas partes, escalinata, zócalo poligonal, cuatro
pilastras angulares con escudos. El tronco dispone inscripciones, alegorías de
la Guerra y la Marina y dos relieves muy destacables, representan el combate de
Pernambuco entre Oquendo y Hanspater en 1631 y la batalla de las dunas entre
Oquendo y Trump, en 1639. De formato rectangular, presta gran atención a los
detalles que capta. Para ello emplea un modelado bastan-te cambiante y
nervioso, con lo que se muestra muy perceptivo y atento al entorno. Unos
efectos y valores cambiantes que provocan cambios de luz y se acercan a las
sensaciones táctiles y sensitivas del impresionismo.2
Los
talleres artesanales dispersos por los distintos herrialdes de Euskal Herria
tienen la virtud de satisfacer las numerosas demandas religiosas, pero también
comienzan a realizar algunos encargos públicos y trabajos privados de bustos
y estatuaria funeraria. Muchas son empresas de carácter
familiar, la mayoría, no firman todavía sus producciones y además extienden el
oficio desde el siglo diecinueve hasta la primera mitad del veinte. Con mayor o
menor habilidad y recursos materiales, priman la realización de lo que se les
pide, y apenas piensan en labrar una propia concepción del arte, la época o la
vida personal o el entorno.
En
Bizkaia existe, primero, una serie de pequeños talleres dedicados a obras
menores de imaginería religiosa. Después y dada la envergadura de determinados
encargos, los más importantes se unen para realizar trabajos comunes de mayor
importancia civil y trascendencia pública, algunos de ellos tan importantes
como los relacionados con los nuevos equipamientos ciudadanos, casos del
edificio del Ayuntamiento, la realización del mausoleo de Uribarrena y
Aguirrebengoa en Lekeitio o el primer monumento público erigido en homenaje a
una persona concreta, el dedicado a Astarloa en Durango. La colaboración entre
los escultores puede suponer tanto necesidades de organización del trabajo como
que no disponen de suficientes medios materiales o humanos para efectuar unos
programas icónicos de mayor complejidad.
Hacia
1875, el censo de escultores vizcaínos está compuesto por cuatro talleres. El
principal es el formado por Bernabé Garamendi Zaldívar (Bilbao,
11-6-1833-1898) y Serafín Basterra Eguiluz (Bilbao, 12-10-1850 ó 1851- 1927),
que se unen ese mismo año y abren espacio, sucesivamente, en la Plaza Nueva,
Los Fueros, María Muñoz y Ribera 5. También trabajan los talleres de Adolfo
Areizaga Orueta (Bilbao, 12-11-1850-1918), calificado de escultor y marmolista
en sucesivas clasificaciones, Marcos Ordozgoiti (Vitoria, 1824-1875) y Mateo
José de Beltrán Manterola (Orozco, 21-9-1829), con espacios abiertos en la
calle Sombrerería, 4, Estación 4 y Zabalbide, 7, respectivamente.
Al
iniciar su andadura la Escuela de Artes y Oficios en 1880, el número se amplía
durante las dos últimas décadas del siglo. No sólo se ofrece mayor formación a
toda la generación siguiente, sino que hay mucho más trabajo y hacia 1892 la
nómina está compuesta por la nada desdeñable suma de diez artífices.
Durante
el siglo diecinueve no son muy abundantes los ejemplos escultóricos concebidos
por artistas vizcaínos que se alejen del exclusivo tema religioso. No tienen un
verdadero pulso creativo y poseen cierto carácter repetitivo y convencional,
llevando a cabo un tipo de estatuaria cuyos temas se incorporan muy tímidamente
a modelos plásticos menos encorsetados.
Entre
todos ellos destaca Bernabé Garamendi Zaldívar (Bilbao,
1833- 1898). Entre sus distinciones: Gran Cruz de Isabel la Católica en la
Exposición de 1871 y medalla de oro de Bilbao en la Exposición Regional de
1897. Es asimismo el triunfador en la Exposición Provincial que tuvo lugar en
1882, al obtener el máximo galardón junto al pintor Anselmo Guinea.
Inicialmente, debe viajar a Italia. Interviene en el retablo mayor de San
Vicente de Abando (1860-64), con traza del arquitecto Juan Blas de Hormaeche,
donde hace la imagen de San Vicente, por la que cobra 6000 reales de vellón.
También trabaja en la casa de don Nicolás de Olaguíbel. Realiza en 1868 un
crucifijo para el cementerio de Begoña, por 600 reales. Hace los leones del
puente de los Fueros en 1869. Después, se ofrece a participar en el Monumento a
los Auxiliares de Mallona, solicitando la apertura de un concurso público.
Asimismo lleva a cabo la más modesta labra de la fachada de la Misericordia de
Bilbao. En el campo de la estatuaria funeraria dispone
obras en los cementerios de Deva, Ramales, Mundaca y Arceniega, concibiendo
algunos modelos que luego fueron repetidos por los herederos de su taller.
El
que no firme las obras parece indicar que no se considera un artista en el
sentido moderno del término. Tal parece que el eclecticismo es la nota
dominante. Las esculturas Fides y Spes que lleva a cabo hacia 1875 para la
iglesia Santo Tomás de Villanueva de Portugalete poseen un empaque sereno y
desapasionado, cuya simetría e idealización le sitúa en una línea neoclásica.
Mientras que los doce apóstoles de la Basílica de Begoña tienen unos rostros de
intensa expresividad. En cualquier forma, lleva a cabo una actuación plástica
que da forma a las aspiraciones de aquel tiempo, ejecutando otros trabajos
religiosos, como los que efectúa en las iglesias de San Nicolás de Bari de
Algorta, San Nicolás de Bari de Bilbao o el santuario de la Virgen de la Antigua,
donde hace la réplica para la fachada del Santuario de Nuestra Señora de la
Antigua, en la que interviene su "discípulo" Serafín Basterra, según
indica Ana María Canales Cano.
Tuvo
taller en la calle de los Fueros y en la Plaza Nueva. En 1875 se asocia con
Serafín Basterra, con quien, por estar soltero, incluso comparte vivienda en la
calle Somera 8 y 10. Avecindado en Begoña, dona su casa para unas escuelas de
niños y niñas, por cuyo motivo se le erige en 1907 un pequeño monumento, obra
de Higinio Basterra, autor del panteón inaugurado con gran pompa en 1918.
Junto
a su socio, trabaja en algunas de las más importantes actuaciones escultóricas
de la época, como el monumento a Pedro Pablo de Astarloa en Durango (1886), el
mausoleo a Uribarren y Aguirrebengoa en Lekeitio (1886) y seis estatuas del
Ayuntamiento bilbaíno (inauguradas el 17 de abril de 1892).
En
el mausoleo dedicado a José Javier Uribarren y Jesusa Aguirrebengoa , encargo
del municipio de Lekeitio para uno de los laterales de la Iglesia de San José,
participan también los talleres de Aréizaga y Larrea. El trabajo costó unos
doce mil duros que fueron totalmente sufragados por el Ayuntamiento.
En
1885, un año antes de la inauguración del monumento, escribe Azcárraga y
Régil que se debe al matrimonio Uribarren-Aguirrebengoa la financiación de
una importante serie de instituciones locales. Desde la Escuela Oficial de
Náutica cuya fundación fue llevada a cabo en 1862 junto a José Luis Abaroa,
hasta la Residencia de ancianos o el Colegio de San José, la Escuela para niñas
huérfanas regentada por religiosas de las Hijas de la Caridad. Referencias que
se manifiestan en el trabajo escultórico, tanto de modo directo como mediante
representaciones alegóricas, según un programa icónico trazado por el arquitecto Casto
de Zabala . Sin embargo, entre la descripción de la obra en yeso
y su definitiva realización en mármol hay diferencias no achacables a
deterioros posteriores, sino a un cambio de planteamiento efectuado durante el
proceso o quizá al equívoco del historiador. Y es que, en la visita que hace al
estudio de la calle María Muñoz de Bilbao, el citado autor observa el proceso
en el que se encuentran los trabajos y describe la existencia de dos ancianos
situados a uno y otro lado del lecho mortuorio, pero finalmente sólo se coloca
una figura masculina a la izquierda, mientras que una niña reza a la derecha.
Se trata en ambos casos de sendas simbolizaciones del dolor, manifestado por
las distintas gentes que disfrutaron de las benéficas donaciones de la pareja.
Además, en los frontales del lecho hay tres escuetos relieves que muestran la
arquitectura de sus fundaciones y aluden directamente a su generosidad.
El
conjunto es de lo más singular del momento pues en él se revive un eclecticismo
no exento de calidad. Por un lado está el idealismo[21] amanerado del ángel que
aguarda en lo alto con las dos coronas. Por otro, el realismo de las filigranas
en los ropajes y la cuidada fisonomía de los yacentes obtenida por medio de
fotografías. Pero hay que destacar muy especialmente el naturalismo conmovido
de las figuras compungidas de ambos lados, que están como sacadas de la
percepción de modelos vivos. Una composición asimétrica, en la que reviste de
dignidad a ricos y pobres, mayores y niños. Se trata, en definitiva, de una
pieza que no sólo concita el sentido religioso, sino que relaciona los
individuos menos favorecidos con las clases más pudientes.
En
la elaboración de la obra, se recurrió a los principales artífices de la
provincia, proponiendo un reparto de papeles. Por las diferencias de mármol y
las distintas habilidades plásticas, es de suponer que Aréizaga y Larrea
hicieran las partes menos nobles del conjunto, los relieves pueden ser del
primero y el ángel del segundo. El motivo central, como observa Azcárraga
Regil, fue hecho por el taller más importante, el de Garamendi y Basterra.
Como
indica Azcárraga Régil: " Los señores Garamendi y Basterra,
renombrados escultores, cuyas obras han merecido tantos laureles, tienen en su
arte esa laboriosidad y perseverancia, esa corrección en el dibujo, esa
limpieza en el modelar, esa perfección en las formas, ese conocimiento del
ideal clásico, que dan rica inspiración a su mente y que imprimen el sello de
la inmortalidad a sus obras ". Se encuentran en lo más alto de la
profesión, y están llevando a cabo la realización del monumento a Astarloa de
Durango (1886), la primera escultura pública de carácter conmemorativo
levantada en Bizkaia. En solitario, su colaborador Serafín
Basterra Eguiluz (1850-1927), quien llega a firmar algunos
trabajos, es autor de un busto a Antonio Trueba (h. 1881), un Sagrado Corazón
de Jesús, en Wuhu (China), diversos panteones, parte escultórica de la torre,
puerta principal y tres altares de la catedral de Santiago de Bilbao.
A
su vez, Vicente Larrea Aldama (1852-1922) tiene
taller en Ribera 15 y 14, siendo asimismo profesor de modelado y dibujo de
adorno en la Escuela de Artes y Oficios. Pasa 9 años en París, e introduce las
vidrieras de Maumejean, una empresa que abre representación en San Sebastián.
Su obra pública más importante, es la escultura del monumento a Samaniego en
Laguardia (1883). Fundida en Santa Ana de Bolueta, pese a su discreto modelado
se abre a los nuevos modos productivos y utiliza como material el hierro dulce,
estando ornada asimismo por un kiosko diseñado por el arquitecto Severino
Achúcarro.
Por
su parte, Adolfo Aréizaga Orueta (1850-1918) tiene
local en Bilbao para llevar a cabo su trabajo como marmolista y dispone de
sierras montadas en la antigua fábrica de sartenes Madalen-Oste en Durango,
mientras que dispone de otro espacio en la Plaza Circular 1, para el desempeño
escultórico. Trabaja en la iglesia Santo Tomás de Villanueva de los Agustinos
de Portugalete. De este empeño existen en la villa jarrillerra cuatro figuras
vestidas con trajes populares de distintas zonas de Bizkaia que simbolizan a
las cuatro estaciones. Hechas en 1878, representan un flujo romántico de
atención a lo característico y popular del país. Son piezas donde entrecruza
intereses plásticos y etnográficos, así como vincula el ciclo anual con el de
la vida. Así "Neska de Txorierri" simboliza la primavera,
"Baserritarra de Orozko", el verano, "Etxekoandre", el
otoño, "Jauntxo de Arratia", el invierno, proceden del jardín de los
Agustinos.
El
capítulo de colaboraciones no se cierra con la obra de Lekeitio. Unos años
después, en 1892, se produce un nuevo esfuerzo común con ocasión de la
elaboración de los trabajos escultóricos para la fachada del Ayuntamiento
bilbaíno. Allí trabajan de nuevo Bernabé de Garamendi, Vicente Larrea y
Serafín Basterra quienes realizan las estatuas de la Ley y la Justicia, en
mármol de Carrara y 3´10 metros de alto, los dos maceros y los dos heraldos en
piedra de Fontecha así como los cinco bustos de mármol blanco, el del centro
representa a don Diego López de Haro, fundador de la villa, a la derecha está
Francisco Antonio de Gardoqui, en la izquierda surge Juan Martinez de Recalde,
mientras que en los cuerpos laterales se representa a Tristán Díaz de
Leguizamon y a Nicolás de Arriquibar. En esta amplia empresa se ven apoyados
por autores menores como José Soler de Deusto o Tomás
Fiat (con taller en la calle Cristo, 16 de Bilbao). El primero
colabora con el arquitecto Rucoba en la decoración escultórica del teatro
Arriaga. El segundo es autor de un busto[22] de Juan Crisóstomo
Arriaga.
Hay
que recordar que el cambio de siglo supone un momento de febril actividad en el
trabajo público. La modernización de las ciudades y los pueblos que conlleva la
iluminación eléctrica, el alcantarillado u otros ejemplos de higiene y
salubridad, es paralela al progreso en los equipamientos urbanos y a una nueva
idea del ornato artístico con el doble sentido funcional y decorativo, tales
como fuentes, bancos, pilastras[23] y ánforas[24]. Fundada hacia 1848, la
empresa Fundiciones Santa Ana de Bolueta cubre, junto a otras sociedades
posteriores, el importante papel de equipar jardines y plazas con piezas
mitológicas y elementos ornamentales fundidos en hierro dulce. En este sentido
hay que recordar que, según José María Azcárraga Regil, la fuente de Bermeo,
comúnmente conocida en la actualidad como la Tarasca, fue obra del malogrado
Marcos de Ordozgoiti, quien al parecer trabaja para la citada empresa en el
retoque y la elaboración de los moldes de las estatuas de tritones[25], cuadrigas y demás piezas
existentes en pueblos como Guernica, Lekeitio, Getxo o los jardines del Arenal
y Albia, en Bilbao.
En
Gipuzkoa, durante el siglo diecinueve, el taller más importante es el de Marcial
Aguirre . También trabaja el mallorquín Jacinto
Mattheu Forster , quien desempeña el puesto de profesor en la
Escuela de Artes y Oficios. Pero, los más importantes trabajos levantados en
las distintas villas guipuzcoanas se encargan directamente a autores foráneos,
unos monumentos erigidos para honrar a los más importantes personajes locales.
Durante la primera mitad del veinte sigue habiendo falta de confianza en los
autores locales, hay presencias escultóricas de artistas españoles, caso
de Victorio Macho , realizador del nuevo monumento a
Elcano, y sobre todo trabajan algunos escultores procedentes de Álava,
como Lorenzo Fernández de Viana que realiza el
desaparecido monumento a Dugiols en Tolosa, o el grupo de la catedral
gazteizarra apadrinado por el arquitecto Julián de Apraiz, compuesto por Emilio
Molina, Juan Piqué y José Riu que lleva a cabo monumentos como el de Viteri en
Mondragón de 1911 o el del Centenario donostiarra en 1913. Algún encargo, como
el de Urdaneta de Ordizia (1904) lo realiza Isidoro Uribesalgo (1873-1928),
quien también estudia en Vitoria. Sólo con la mayoría de edad alcanzada
por León Barrenechea vuelve a haber un autor local
con cierto interés, llegando a hacer el monumento a la Reina María Cristina de
Donostia en 1918. Otros artífices no tendrán tanta pujanza: son los casos
de Julio Echeandía (1872-1943), que realiza el
monumento al Padre Mendiburu de Oiartzun en 1922. De Tomás Altuna y Agustín
Fermín , se conocen gran cantidad de panteones, más tradicionales
y recetarios los salidos del taller del primero que los más modernos del
segundo. Poco importantes van a ser las aportaciones públicas y estéticas
de Vicente Cobreros Uranga , e incluso de Julio
Beobide (1891-1969) o Carlos Elguezua (1898-1988).
Asimismo, las múltiples obras de José Díaz Bueno (1890)
que se establece en Gipuzkoa a partir de 1914, no alcanzan un nivel importante.
Hay que esperar a los tiempos de la República para que haga su irrupción nuevos
modos de entender el arte, con Jorge Oteiza (1908-2003)
como cabeza visible de una incipiente vanguardia.
En
Álava, la formación inicial se da en la local Escuela de Artes y Oficios
fundada en 1881, donde surge algún autor local como el mencionado Marcos
Ordozgoiti. Más adelante, el entorno de la construcción de la nueva catedral
crea necesidades de mano de obra atrayendo a una importante cantidad de
artesanos originarios de Italia, como los Venturini, Lucarini,
Puliti y otros. Es en este contexto cuando se funda la Escuela
práctica de modelado y talla de las nueva catedral y llegan artífices como los
ya mencionados Molina, Piqué y Riu .
De
los primeros tiempos son los talleres religiosos de los Valdivieso en Payueta,
Moraza u Rubio, junto al muy débil Carlos Imbert ,
autor de las estatuas de Prudencio Mª Verastegui y Miguel Ricardo de Álava,
diputados generales, para ser colocadas delante del Palacio Foral de
Álava, o el primer Marcos Ordozgoiti (1824-1875),
así como los comienzos del mejor Lorenzo Fernández de Viana Ugarte (1866-1929),
cuando hace las cuatro virtudes cardinales para el palacio arzobispal de
Montehermoso (1907), distintos trabajos para la catedral Nueva (1909-10), algún
panteón del cementerio de Santa Isabel o el laureado Santo Job de Betoño
(1908). Más adelante surgen nuevos autores, como los menores Víctor
Guevara Hueto (1898-1957), José Marín Bosque (1888-1968), José
Luis Gonzalo Bilbao (1906-1976), Después vendrán los más
interesantes y atractivos, Isaac Díez Ibarrondo o la
bilbainizada saga de los Lucarini , Joaquín (1905-1969)
y su hermano Amador (1907-1971). Finalmente, el
riojano Daniel González (1893-1969) se instala en la
capital alavesa y pone unas gotas de modernidad en la Vitoria de los treinta.
Durante
el siglo diecinueve, apenas existe un taller local en Navarra que tenga el
respaldo oficial. Así, cuando se realiza la obra del nuevo palacio para la
Diputación Foral es el alavés Carlos Imbert quien
lleva a cabo la ornamentación y simbología escultórica. Igualmente se encarga
algunas estatuas a autores foráneos como José Piquer, autor del mausoleo a
Espoz y Mina en el Claustro de la Catedral, Antonio José Palao y su hijo Carlos
Palao. Más tarde, cuando después de la gamazada de 1893-94 y por suscripción
popular, se plantea erigir un monumento a los Fueros (1903), el diseño es obra
del arquitecto Manuel Martínez de Ubago Lizarraga (1869-1929),
y corresponde al muy modesto marmolista Ramón Carmona seguir
sus dictados. Según avanza el siglo veinte, aparecen Ramón Arcaya (1891-1943)
y el laureado Fructuoso Orduna (1893-1973), autores
con nombre y cierta voz, capaces de resolver las nuevas necesidades.
La estatuaria
funeraria pública es una práctica artística no muy conocida y
apenas estudiada, y sin embargo es un importante legado en el País Vasco. Su
desarrollo está ligado al establecimiento de los cementerios civiles. Es un
tipo de escultura que pone en relación sentimientos religiosos y planteamientos
estéticos, un género creativo que vincula los gustos sociales y los intereses
de los artistas. Todos los escultores vascos han trabajado en el medio. Hay
diferencias de calidad, códigos plásticos y modelos tipológicos. Reciben la herencia
del pasado, pero también van a evolucionar.
Durante
el último cuarto del siglo diecinueve, las estatuas asumen el ciclo cultural
del neoclasicismo y sólo muy tímidamente se abren al romanticismo. Los
escultores tienen todavía un carácter artesanal. Se dedican a resolver con
eficacia los programas icónicos solicitados. No hay una total conciencia del
lenguaje plástico y son fieles continuadores de lo conocido. Labran de acuerdo
a los dictámenes de la repetición y la costumbre. Siguen principalmente los planteamientos
del encargo y los gustos sociales imperantes. Los casos más notables son
Jacinto Matheu Forster y Agustín Fermín en Guipúzcoa, el alavés Marcos
Ordozgoiti o los vizcaínos Bernabé de Garamendi, Serafín Basterra y Vicente
Larrea.
En
la primera mitad del siglo veinte algunos talleres van a irse actualizando.
Partiendo de una industrialización artesanal, intentan individualizar ciertos
trabajos en función del programa propuesto. Los creadores de espíritu
tradicionalista no siempre consiguen logros personales. Al estar muy cercanos a
la clientela y sus demandas, les hace ser eclécticos, y variar de propuestas
continuamente. La traslación de la personalidad del autor a la obra se produce
no sin conflicto y siempre en relación con la demostración de oficio y el buen
hacer. En este contexto, destacan los trabajos de Lorenzo Fernández de Viana,
Miguel García de Salazar, Higinio Basterra y Ramón Arcaya.
El
intento de dar a la producción un sello distintivo, hace que el protagonismo se
desplace de la mera realización a los planteamientos plásticos y el uso de
referentes emergentes. Surgen así reminiscencias de los gustos modernos
entremezclados con el simbolismo decimonónico. El arte ahora es una apuesta por
la personalidad y la diferencia, actitud innovadora que proporciona
significativas e importantes creaciones, caso de buena parte de los trabajos de
Francisco Durrio o Nemesio Mogrobejo o ciertos elementos del continuista
Valentín Dueñas.
Algunos
autores actualizan las recetas plásticas sin perder de vista el pasado. Su
programa es ser antiguos y modernos a la vez, y llevan a cabo un especial
equilibrio entre realismo figurativo e idealismo. El máximo exponente
novecentista es Quintín de Torre. Pero también el regreso al orden clasicista
de Valentín Dueñas es fiel continuador de estos postulados.
El contexto de la República
proporciona la emergencia de unos lenguajes más simplificados y estilizados.
Los volúmenes, planos y líneas se sitúan entre la conciencia dinámica del
futurismo[26], el
diseño art-déco y una mayor presencia de la geometría. Estos planteamientos no
sólo se encuentran en nuevos autores como Joaquín Lucarini, sino que incluso
alcanza al taller decimonónico que Altuna tiene en San Sebastián.
A
lo largo de más de medio siglo de desarrollo, la estatuaria
funeraria pública ha ido conformando pautas y estableciendo
novedades, algunas de inequívoco carácter cubista. Los grupos escultóricos
funerarios no siempre se encuentran en buen estado y muchas de las obras
necesitan ser restauradas. Es un rico patrimonio que es preciso conocer,
estudiar y valorar histórico-artísticamente para preservar su memoria.
Entre
las dos últimas décadas del diecinueve y la proclamación de la República, los
escultores trabajan desde premisas como el espíritu tradicional, la conciencia
moderna o la síntesis novecentista, marcos de actuación
que sirven de telón de fondo a los más diversos trabajos. No son empeños
cerrados ni definitivos sino que se producen desplazamientos, interrelaciones y
pronunciamientos eclécticos, consecuencia tanto de las evoluciones personales
como de tener que realizar concesiones eco-nómicas o de las demandas de cada
obra. Por otra parte, el contexto político e ideológico de los años treinta
ofrece, no sólo continuidad de principios sino también nuevas variables, como
cierta apertura al art-decó y a la voluntad vanguardista.
La
actitud tradicional es una apuesta a lo seguro que no a lo fácil, porque el
desarrollo del oficio y el traslado del conocimiento plástico a la obra supone
trabajo, exige esfuerzo y necesita mucha atención.
El
espíritu conservador se manifiesta en la dependencia de los temas que se les
solicita e impone quien encarga los trabajos. Viven sobre todo de realizar las
obras solicitadas, tanto por las instituciones religiosas y civiles como por
los nuevos patronos de la emergente burguesía. Los artistas están abocados a
modelar y tallar imaginería religiosa para las nuevas Iglesias o para pasos de
Semana Santa, así como realizan también muchos bustos, contadas placas
conmemorativas, abundante estatuaria funeraria y
algún monumento público.
La
mayoría son escultores de vena academizante, que desarrollan la labor de
representación figurativa con seguridad y buen nivel formal. No fallan ni
tienen grandes altibajos. Lo suyo es cumplir los programas icónicos con
honestidad y mayor o menor habilidad de ejecución. Aportando calidades
artesanas, dan aquello que saben, sin grandes innovaciones interpretativas ni
afanes de voz personal o con búsqueda de lenguajes nuevos. Se debaten entre
cierto realismo mimético y algunas derivaciones naturalistas más sueltas.
Por
un lado, está el aprendizaje directo en el taller; por otro, el aherroja-miento
del espíritu académico en formas y contenidos. La prevalencia del oficio
produce su efecto en el resultado escultórico al afirmar el trato directo con
los materiales y colocar la labor reflexiva en un muy segundo plano. Además,
las distintas Academias, tanto las españolas como las foráneas, aportan un
marco impositivo en la etapa formativa e incluso después. Y es que una Real
Orden de 18649 impone que todos los conjuntos
escultóricos erigidos deben contar con el visto bueno de la Real Academia de
Bellas Artes de San Fernando, previo examen, lo que supone un importante
dirigismo estético. Unos planteamientos que sin duda moldean el gusto y que
también se producen a la hora de admitir los trabajos en las Exposiciones
Nacionales y a la hora de la concesión de las correspondientes medallas.
Así
las cosas, la mayoría de los escultores tienen una manera de entender el trabajo
artístico que tiene poco o nada que ver con la idea de creatividad que se
postula desde la modernidad exterior y se está llevando a cabo, principalmente
en Francia y en otros focos europeos, a la búsqueda de conceptos como la
originalidad y la innovación. Y es que antes que un profesional autónomo e
independiente, el artista es una especie de artesano que repite modos de
trabajo sin cuestionarse el lenguaje, ni los materiales o los gustos estéticos.
Aunque puedan concebir motivos y temas arraigados en la sociedad de su tiempo,
el escultor tradicionalista se deja llevar por el peso de los grandes de todos
los tiempos. Se sitúan entre la fuerza y la terribilitat de Miguel Ángel, el
refinamiento de Cellini o Verrocchio, las imaginerías manieristas y barrocas
españolas. Tampoco discuten los cánones clásicos, como el equilibrio, la
armonía, las proporciones entre las partes y el todo. Simplemente, aceptan la
herencia del sistema de representación sometido a reglas por los académicos,
sin separarse demasiado.
Hay
dos generaciones de autores que vinculan todas o parte de sus obras al espíritu
tradicionalista. En la primera, están escultores como Lorenzo
Fernández de Viana (1866-1929), Federico Sáenz (1869-1941), Isidoro
Uribesalgo (1873-1928), Higinio Basterra (1876-1957), Miguel
García de Salazar (1877-1959) o Moisés Huerta
(1881-1962).
A
la segunda ornada pertenecen: José Larrea Echániz (1890-1975), Julio
Beobide (1891-1969), Manuel Moreno San Román (1891-1969), José
María Garrós Reguant (Bilbao, 1893-1970), Juan
Guraya (1893-1965), Ramón Arcaya (1891-1943)
y Fructuoso Orduna (1893-1973).
Muchos
de ellos desarrollan todas sus propuestas adscritas a esta voluntad, otros, por
el contrario, evolucionan y tienen etapas distintas, mientras que se dan
también los casos de quien modifica los planteamientos de una pieza a otra, en
función del encargo o el tipo de intervención a realizar.
Los
artífices más representativos son Higinio Basterra y Moisés Huerta. El primero,
relegado al contexto local, está vinculado a un taller artesanal de amplia
implantación y larga impronta, que recoge la herencia de Garamendi, su padre
Serafín y recibe asimismo los aportes de su hermano Manuel. El segundo llegado
de crío a Bilbao, con apenas seis meses, confronta su obra en los más distintos
foros españoles e internacionales. Ambos llevan una tarea titánica y cuentan
con un muy numerosos e importante catálogo de obras.
Higinio
Basterra destaca a edad muy temprana. Comienza su andadura en la empresa
familiar, siendo apadrinado por Bernabé de Garamendi. Continúa su formación en
la Escuela de Artes y Oficios, siendo el primer alumno que imparte clases en el
centro, pues apenas cuenta 14 años y es profesor en un curso femenino.
Participa en el concurso de pensión de 1892-93, cediendo ante el trabajo de
Nemesio Mogrobejo. En 1898, una comisión mixta de Diputación, Ayuntamiento y
Artes y Oficios acuerda la concesión de una beca que se prorroga hasta 1902.
Estudia en la Academia Julián de París y se considera seguidor de Auguste Rodin
con el que alcanza una mayor conciencia lingüística. Los motivos que desarrolla
inicialmente manifiestan la continuidad tradicional del taller familiar, como
ocurre en el panteón de Garamendi (h. 1898) o los bustos a Casilda de Iturriza
y Lorenzo Múgica (1901). Pero la mayoría de los primeros trabajos sólo se
conocen por referencias escritas o por vetustas fotografías. La primera obra
que expone es Un herido (1894) y manifiesta una tendencia de
testimonio social que continúa posteriormente. En las piezas que manda de París
puede observarse una temática alegórica muy próxima al modernismo de
entresiglos, como Consuelo (el abrazo) . Realiza asimismo
obras de carácter funcional, como una chimenea en la que se evidencia de nuevo
la influencia del autor de la Puerta del Infierno. Unas tentaciones
impresionistas que se manifiestan en el gusto por perfiles curvos[27], ritmos dinámicos,
cuerpos desnudos, modelados turgentes de dentro a fuera, torsos muy detallados,
así como texturas donde la luz cabrillea y se detiene fragmentariamente.
Actitud aperturista que a veces aparece de modo parcial en alguna parte y que
alterna con encargos mas tradicionalistas. La temática social y costumbrista no
le es ajena durante la primera década del siglo veinte. Por un lado realiza
grupos obreros y mineros, como Barrenadores (1907) Y por otra
parte atiende deportes autóctonos, caso del lanzamiento de barra, cuyo Palankari hecho
en 1912 desapareció de la casa de Juntas de Gernika a final de los años
setenta.
En
1911 obtiene la cátedra de modelado del natural en la Escuela de
Artes y Oficios de Bilbao, obteniendo la plaza después de modelar una
figura desnuda durante tres meses compitiendo con cinco opositores: Pascual
Aurrecoechea, Federico Sáenz, Juan Goitia y Quintín Torre. El Jurado
calificador estuvo compuesto por Julio Polo, Luis Lund, Antonio Aramburu, Luis
Basterra, Manuel Losada y Miguel García de Salazar. Es una pena que también se
haya perdido este trabajo. De título " El miedo ",
es una demostración de sus grandes dotes plásticas. Una escultura en la que
analiza la tensión del personaje con cierto tono épico y sin escaparse
demasiado de los cánones imperantes. La docencia que ejerce ininterrumpidamente
hasta la guerra civil permite pensar que le influye a una cierta continuidad
clásica y grandes exigencias formales, demostrando ser tanto un tallista
virtuoso como un modelador interesante.
Al
firmar muchas obras realizadas en el taller, todos los trabajos de Higinio
Basterra no alcanzan las mismas calidades formales, sin embargo es un escultor
a valorar que no ha tenido demasiada suerte en la historiografía vasca. De él,
suele afirmarse que su formación fue importante pero que no llegó a madurar con
propia voz a pesar de introducir en Bilbao el ímpetu rodiniano. ¿A qué cabe
achacar el olvido que se tiene a su obra? Hay que convenir que la producción
repetitiva del taller de su padre, Serafín Basterra, muy fértil en estas
fechas, opacó parte de sus capacidades y además suele vérsele excesivamente
vinculado a aquellos trabajos. Por otra parte, no forma parte de la Asociación
de Artistas Vascos, un grupo de creadores que se ha llevado la
atención de los historiadores, lo que da la equivocada idea que tras ellos no
había sino aficionados locales o pura retórica tradicionalista. Fue además un
incordio para los escultores que participaron en la Asociación, al desarrollar
muchos de los trabajos a los que aspiraban. Por contra, se alinea con la Sociedad
de Artistas Vascos y de Aficionados a las Artes Plásticas (1913),
después denominado Círculo de Bellas Artes y Ateneo (1914), ocupando cargos de
tesorero y vicecontador. Además, al desarrollar casi exclusivamente obra de
encargo durante las décadas de los años veinte y treinta, no existen piezas en
el mercado ni en las colecciones públicas, con lo que su conocimiento actual es
muy impreciso y vago, de apenas unas pocas piezas, sin que se haya catalogado
su trabajo. Asimismo, forma parte del núcleo de los perdedores en la guerra
civil, sufriendo la postración posterior.
Y
sin embargo, las disponibilidades compositivas son bastante más amplias y
complejas de lo que habitualmente suele constarse. Y es que pese a que muchas
piezas son consecuencia de intereses ajenos, sabe llevar a cabo empresas no
repetitivas, siendo capaz de las más dificultosas de las representaciones.
Lleva a cabo una importante nómina de piezas, fundamentalmente en iglesias y
cementerios, que no siempre están en buen estado. Desempeña asimismo diversos
cargos, como profesor en Artes y Oficios hasta ser depurado por los franquistas
y en el Museo de Reproducciones[28], donde participa en la
realización de la catalogación.
Las
aportaciones a la escultura funeraria de Higinio Basterra son muchas en número
y muy variadas en composiciones y planteamientos. La tumba dedicada a la
familia Maestre (1928) recoge un ciclo sugerente que en parte nos reenvía a
Brueghel. A lo alto, un vigilante relieve de Dios que todo lo ve, que parece
estar hecho por otras manos. Y a la altura del suelo, dos figuras de tamaño
natural avanzan frontalmente. La resolución plástica es digna de encomio. El
modelado anatómico es simplificado pero tiene ritmo y turgencia interior.
Utiliza los paños de modo magistral, mostrando las desnudeces del hombre y de
la mujer que vagan ciegos por el reino de las oscuridades.
Higinio
Basterra es un gran trabajador que se acompaña de numerosos operarios y
discípulos para poder atender a un gran número de demandas. Sus obras de
carácter funerario se encuentran dispersas por los cementerios de toda la
provincia, sólo firmaba en los casos más personales, como los grupos
escultóricos ejecutados para los cementerios de Derio, Begoña, Deusto, Gernika,
Santurtzi o Plencia.
Comienza
su actuación muy cercano a los preceptos neoclásicos de sus maestros, como se
manifiesta en el Mausoleo hecho a la memoria de Bernabé de Garamendi, en
Begoña. Es su primera gran obra, hecha en vida del fallecido escultor, no se
coloca sino tiempo después, tras unas complicadas negociaciones con la
Anteiglesia e interviniendo la aseguradora. Está concebida bajo la austeridad
del orden, la serenidad y la armonía. Corona el monumento un ángel anunciador
que eleva un dedo al cielo, y se encuentra en muy malas condiciones.
Sus
trabajos posteriores tienen unas disposiciones de mayor naturalidad, incluso
cuando se trata de argumentos religiosos. Así, el ángel de la tumba de Azcue
está muy humanizado. Su reflexiva presencia recibe la influencia de la postura
del pensador de Rodin, aunque tenga un modelado muy distante. Recoge sólo el
repertorio icónico. Y lo relaciona con un monolito en forma de triángulo, un
elemento utilizado por Cánova, muy simple y que rehuye del decorativismo.
La
mujer de la tumba de Pedro Menchaca es una persona de la época, pierde los
atributos divinos. Se trata de una mujer que tiene una actitud de recogimiento.
Recuerda incluso composiciones pictóricas como las de las rederas. Frente a la
aceptada resignación y el silencio del dolor, se acentúa la creencia en la fe
en el caso de dos de los programas escultóricos, el de la familia Ibarrola y el
de Fernández Uníbaso. La doliente y dramática Magdalena de las dos tumbas, se
hinca de rodillas, introduce un modelado más valorado y líneas diagonales y
afronta la cruz o la figura del Sagrado Corazón respectivamente.
Higinio
Basterra fue un prolífico e influyente escultor, que tuvo un gran dominio sobre
la materia que produce cierto distancia con el tema y algo de frialdad que
envuelve nuestra mirada por las mil y una sutilidades de sus esfumados y
veladuras. Basterra es el caso típico de artista dotadísimo que después de los
primeros años se entrega a los gustos sociales dominantes, trabajando
constantemente por encargo. Sin pasarse del todo a las innovaciones y distintos
gustos emergentes, se mantuvo fiel a una estatuaria de alto oficio no exenta de
aperturas impresionistas provenientes de Rodin.
En
la escultura del País Vasco de principios de siglo Moisés Huerta ocupa un papel
significativo entre el cultivo a la tradición y su evolución. Nacido en Muriel
de Zapardiel (Valladolid) en 1881, llega a Bilbao con apenas seis meses y
fallece en 1962. Escultor de profesión, hace el aprendizaje inicial en la Escuela
de Artes y Oficios de Bilbao y en talleres de escultura, como el
de Querol, y de imaginería y ebanistería, como el de Celaya. En 1905 continúa
su preparación en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de
Madrid. Concluye su período de estudios con una Beca para la Academia Española
de Roma (1909-1913), confrontando sus aptitudes con los escultores más importantes,
como Victorio Macho.
Junto
a trabajos formativos, desarrolla inicialmente cierta tendencia social con
obras como El Pinche y la Mina (1905). Incluso alcanza la
caricatura costumbrista con una serie de tipos vascos que realiza hacia 1908.
El
clima de la capital italiana le imbuye de un espíritu clásico que se traduce en
los planteamientos estéticos y en los motivos de corte mitológico. Trabaja
fundamentalmente en el desnudo, como en la obra perdida de Las Parcas (1912-13)
o en el interesante Salto de Leucade (1910-11) del Círculo de
Bellas Artes de Madrid. Tiempo después realiza también tanto el pequeño pero
potente Palankari (1934) como los gigantescos hombre y mujer
prehistóricos de dos metros y medio de altura.
Hizo
retratos espléndidos, y dejó esparcidos por todo el País Vasco monumentos tan
diversos como los dedicados al banquero Abaroa en Lekeitio (1934) o los dos de
Enrique de Areilza para Górliz (1926) y Hospital Civil de Bilbao (1928), o el
del Padre Vitoria en la capital alavesa (1945). También trabajó motivos
mitológicos, como el Mercurio del Banco de Bilbao (1920-22), o la Minerva del
Instituto de Bilbao (h. 1925), imaginería religiosa, como el San Juan de la
Iglesia de Gernika (1929).
Obtiene
bastantes honores y reconocimientos. En 1906 se le concede una Mención
honorífica y en 1912 logra primera medalla con el "Salto de
Leucade" en las exposiciones Nacionales de Bellas Artes de
Madrid, mientras que más tarde es nombrado presidente del Jurado de Escultura
de la edición de 1917 de la citada Exposición Nacional de Bellas Artes.
Moisés
Huerta tiene convicción acerca de sus facultades y se enfrenta a los retos de
los concursos internacionales y locales, muchas veces recurriendo a unos fallos
muy polémicos y viciados, como el certamen de monumento al Maestro Valle
(1920).
Asimismo,
tuvo una notable actividad en la isla de Cuba, donde dejó numerosas obras
tantos de escala modesta como de formato monumental. Su relación con la isla
comienza en 1916, al trasladarse allí después de haber ganado en Italia un
premio para realizar un Mausoleo. Tiempo después, presenta el proyecto de
Monumento al general Máximo Gómez (1916- 18), concurso internacional celebrado
en 1919, donde obtiene el 2º premio, detrás del italiano Aldo Gamba. En 1925,
trabaja en el Monumento dedicado a las Víctimas del Maine y en el Mausoleo del
Conde del Rivero, para lo que marcha a la Habana y Nueva York, donde deja un
retrato en piedra de dicho conde en el Museo Norteamericano. Hacia 1929 lleva a
cabo el Busto del Presidente Machado de Cuba, expuesto en Casa Mar antes de
llevarlo a la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
La
presencia internacional continúa con su participación en la Bienal de Venecia
(1924), la realización de un monumento en Hiroshima (destruido), y presentando
dos proyectos para el concurso internacional de monumento al General Luis Botha
de Ciudad del Cabo (1928).
En
los bustos evoluciona y de los más clásicos pasa a otros más naturalistas. Unos
son humildes, otros resultan más pomposos y están realizados con gran riqueza
de materiales, combinando mármol de Carrara, de Mañaria y bronce que aportando
los contrastes de sus diferentes colores y cualidades.
A
la busca de nuevas soluciones transforma sus cualidades plásticas en torno al
final de los años veinte. Lleva acabo unas internas líneas curvas y volúmenes
cóncavos, en los que la materia se presenta de modo muy fluido y con gran
dinamismo, casos del Monumento a Esparza en Sestao (1928) o el grupo Abundancia
para el edificio de la Unión y el Fénix de Bilbao (1929-31).
Moisés
Huerta es un escultor potente y recio, realista e idealista. Puede lo mismo
concebir una talla aristada y afacetada, señalando los planos de manera
autónoma, como en las distintas piezas de tipos vascos, como someterse a las
normas más clásicas, ofrecer rodinianas referencias temáticas y un modelado
dotado de flexibles curvas.
Viviendo
del encargo, apenas se desvió de una sujeción que desempeñó con honradez.
Cuando éste remitía, realiza series de obras pequeñas con temas muy diversos:
toros, bailaoras y cristos crucificados.
Después
de la guerra civil participa en la elaboración de la estatuaria franquista,
dejando sus ejemplos en el destruido monumento a Mola de Bilbao (1945), en la
estatua de Franco de Zaragoza (1946-48) o en el arco de Triunfo de la
Universitaria de Madrid (1952-56). Establecido en la capital, es profesor en la
Escuela de San Fernando de Madrid. Como recuerda Martín Chirino, desarrolla una
labor docente siempre afable y dispuesto a trasladar todos sus conocimientos.
Llega incluso a ser nombrado Académico de la Real Academia de Bellas Artes en
1942.
Sin
que la vanguardia supusiera poco o nada para él, apenas desarrolla la
modernidad. Creativamente, Roma y su tradición, Castilla y la suya, fueron
sombras demasiado poderosas. Quizá, su propia exigencia y las necesidades del
momento ni el contexto daban más de sí.
En
cualquier forma, un honrado trabajador de legado fecundo y rotundo. Las obras
de Moisés Huerta se debaten entre la tradición, tanto de oficio como de
representación, y la apertura expresiva de nuevos modelos que buscan carácter y
fuerza, así como tratan captación del movimiento y la luz, buscando carácter y
fuerza. El artista es uno de los más dotados y significativos escultores
tradicionalistas que sabe igualmente abrirse hacia cierto sincretismo. Tanto
tallista como modelador, conoce todos los materiales y en todos trabaja:
madera, mármol, terracota, escayola y bronce.
El
programa de becas que comienza en la última década del siglo diecinueve y
continúa después, así como la labor encomiable de algunos mecenas que sufragan
gastos o realizan encargos con los que poder vivir conlleva la necesaria salida
al exterior a fin de respirar nuevos aires y extraer mayores posibilidades de
conocimiento del arte, tanto del pasado como del presente. La consecuencia es
que algunos artistas se acercan a ideas nuevas, planteamientos diferentes,
otros gustos y sensibilidades. Se produce en este escogido grupo una cierta
distancia respecto a lo conocido e incluso negación de la repetida tradición.
Ante un clima de avidez de novedades, manifiestan no sólo distintos modos de
entender el arte sino unos resultados que evolucionan los sistemas de
representación en clara relación con las nuevas maneras de entender la vida.
Adoptan un marco de búsqueda, originalidad y diferencia que tiene que ver con
el planteamiento de la modernidad. La revolución francesa había abierto la
espita a la libertad[29] de los individuos, y los
artistas reniegan de los pasados vínculos con los distintos poderes y
encargantes para decir lo que quieren y en la forma que quieren y necesitan
para ofrecer la visión personal del entorno de la época o para descargar la voz
interior de su subjetividad.
En
este marco se propicia una nueva manera de afrontar el presente, el artista es
un espadachín que convierte en eterno lo transitorio como quería Baudelaire. Un
creador que escruta el entorno, lo percibe atentamente y capta lo que le llama
la atención de lo que sucede a su alrededor.
Es
un contexto en el que la búsqueda de lo nuevo en paralelo a la búsqueda de
autenticidad propicia ir a los orígenes y propugna un renovado interés por
cierto exotismo decadentista, al hilo del influjo de Gauguin.
También
influye la creación de un nuevo ornamento dinámico, vinculado a los gustos
modernistas donde se da una aceleración agitada del espacio y el tiempo por
medio de látigos y volutas curvilíneas, muy del gusto de las sociedades
urbanas.
El
arte moderno es un arte que busca la excitación e implicación de los sentidos,
unas emociones y sensaciones que posibilita un nuevo interés por las artes
aplicadas para una sociedad democrática.
También
se habla de la internacionalización de las sociedades avanza-das, y su
culminación en un lenguaje artístico bastante común y general, entendible no en
las situaciones locales sino en las ciudades más modernizadas.
Paradigma
de la tendencia moderna, es un monumento no erigido y proyectado por el
arquitecto Alberto del Palacio (1856-1939). Su
Monumento a los Fueros (1894), lo concibe un año después de la inauguración del
Puente Colgante. Se trata de una gigantesca representación del árbol de
Gernika, una gran estructura de hierro con brazos y una plataforma superior
para observar el Abra desde la Plaza Elíptica de Bilbao, sabiendo aunar
eficacia, función y significación temática.
La
búsqueda de la originalidad y la diferencia se puede rastrear en la mayoría de
los trabajos de Paco Durrio (1868-1940), algunos
de Nemesio Mogrobejo (1875-1910), muchos de Valentín
Dueñas (1888- 1952), bastantes de un muy variopinto Manolo
Basterra (1882 -1960).
Nemesio Mogrobejo Abásolo (1875-1910) es un artista que posee esa rara y
especial cualidad de dotar de sentimiento a la materia, tanto en las obras
iniciales como en las dos etapas posteriores, una más moderna, otra más
sincrética.
En
la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, consigue
distintos premios y es el primer escultor vizcaíno al que se le concede pensión
artística. Ocurre en 1893, cuando se la disputa Higinio Basterra. Es entonces
un autor ortodoxo con las demandas y exigencias escultóricas. Instalado en
París desde 1894, desarrolla entonces un período en el que se vincula a la
conciencia decorativa y sensual del modernismo. Un influjo que llega hasta fin
de siglo y que se manifiesta en todo tipo de temas, tanto tradicionales como
nuevos. Son dos las obras que entrega a las instituciones vizcaínas. En
"Maternidad" (1895) se encuentran ya algunos elementos curvilíneos,
como los látigos modernistas. Pero es en Eva donde llega a una culminación
plástica que permite situar sus iniciales ideales estéticos. Toda una
declaración de intereses con la que se abre al presente de los nuevos gustos
artísticos pero sin renunciar a las herencias del pasado. Responde a la
anatomía femenina y la confronta con un naturalismo dinámico no exento de gracia
ornamental.
La
figura de Eva es de tamaño natural y se eleva ágil y esbelta.
Tiene la virtud de girar como un tornillo, gracias a la musicalidad de los
ritmos marcados por los distintos perfiles de los brazos y las piernas,
movilidad que también se manifiesta en el volteo de la cabeza hacia atrás, la
torsión del tronco y el alzamiento de una de las piernas que obliga a levantar
la base por el lado del pie de apoyo. Igualmente, la disposición de las
extremidades mar-can ágiles diagonales cuyas líneas forman dinámicos
triángulos. La luz se deposita en unos puntos y resbala sobre las superficies.
Emplea texturas pulidas en unas partes, más variables en otras, que muestran
una turgencia que no sólo es epidérmica sino que también surge desde el
interior. Dentro de una armoniosa naturalidad, hay un sentido del movimiento
que rompe la frontalidad, elimina la simetría, huye de la grave verticalidad y
abre la masa al espacio circundante, sin renunciar a las virtudes del bulto
redondo. Para estos trabajos, el artista usa no sólo modelo vivo, sino también
se documenta con fotografías de cuerpos desnudos en la naturaleza.
En Eva se
manifiesta especialmente el ideal femenino, su propio título propicia el
significado. Se trata de una armoniosa y delicada mirada al cuerpo de la mujer.
Desde
un punto de vista de los modelos plásticos, se patentiza una especie de acuerdo
entre tradición y modernidad, característica de la última etapa de su obra. En
un cierto agiornamento, da cabida a los nuevos impulsos sintetizantes del modernismo
así como establece alguna apertura al movimiento y a la tactilidad variable de
las superficies impresionistas. Con gran naturalidad, la escultura permite
mirar en todo su contorno. Cuidando, además, el conjunto y el fragmento,
posibilita multiplicidad de miradas y perspectivas desde los distintos enfoques
y ángulos de visión.
La
pieza es de las pocas que logra pasar a bronce el propio artista, de ahí
también su importancia. Una labor que el bilbaíno desempeña en Barcelona,
ciudad a la que acude en septiembre de 1908 para fundirla junto a otras piezas.
El proceso de Eva es largo y complicado, culminándolo en 1909. Tiene que hacer
continuos retoques y acabados sobre el yeso. Después de la fundición, la
cincela durante un mes. Es un tiempo en el que pasó por no pocos contratiempos
físicos y económicos, según manifiesta Juan de la Encina.10 Eva es sin duda un importante logro, pleno de gracia
y elegantes ritmos que dinamizan la mirada escultórica desde los más distintos
puntos de vista.
Otras
obras tienen mayor vocación efectista y están muy influidas por la tendencia
que los más atrevidos creadores franceses o catalanes comienzan a desarrollar,
es el caso de Pierrot (1896). Más intensa es la lápida para la tumba de Paula
Scheneck, compañera y madre de su hijo, a la que conoce en las clases nocturnas
de la Academia Colarossi de 1896 y con la que comparte una especie de idilio
permanente, mantenido más allá de la muerte acaecida en 1898. Una desgracia a
la que responde con una importante lápida sepulcral instalada en el cementerio
de Gratz (1899). Un trabajo realizado después de muchos estudios y bocetos de
cuya importancia habla que lo presente en una Exposición en Viena, alcanzando
un gran éxito. El relieve es de estructura orgánica y cuenta con un poema de
Charles Morice trasladado a la materia, de modo curvilíneo, así como un relieve
de figura femenina desnuda.
Es
igualmente muy importante el "Busto de Dolores Ibáñez de Aldecoa"
(1897), cuya escayola revela un modelado suave y sensual al mismo tiempo que un
cierto brutalismo en los hombros y el pecho al dejar claramente al descubierto
las huellas procesuales sobre la superficie. Tiene asimismo, unas referencias
orgánicas, entre vegetales y animales en la base. Se trata, sin duda de un
inmejorable ejemplo modernista, en el que se manifiestan internas alegorías
dedicadas a la mujer.
La
segunda etapa se produce con el cambio de siglo. En 1900, se traslada a París
donde ve la exposición de Rodin, cuya influencia recibe muy hondamente. En 1901
tiene un serio fracaso al intentar realizar un gran grupo de figuras desnudas
de tamaño natural, conjunto inspirado en el infierno de Dante cuyo yeso se le
arquea durante el secado. Al obtener la pensión de 1902, en reñida competencia
con Quintín de Torre, elige Italia como lugar de formación, primero se instala
en Florencia y luego en Roma. Es entonces cuando el mundo clásico aparece en
reñida competencia con los influjos impresionistas. El primer trabajo que
presenta es Il Risveglio , adecuado contrapunto masculino al
canon femenino de Eva. Con la escultura el artista bilbaíno alcanza una
renovada confianza en sus posibilidades plásticas. El reto resultó totalmente
satisfactorio. Aunque se le nota atado a cierto idealismo manierista, no puede
ocultar rastros de mayor naturalismo y un modelado turgente que recuerda al
primer Rodin.
La
disposición del cuerpo recuerda a la de La edad del bronce ,
uno de los trabajos de Auguste Rodin que fue muy controvertido al exponerse en
el Salón de 1877. En ambos casos, se trata de un cuerpo masculino desnudo que
levanta hacia delante una de sus extremidades superiores y la flexiona por el
codo hasta tocar la cabeza con la palma de la mano, aunque con el brazo
cambiado.
Frente
a la mayor morbidez expresiva de la obra del escultor francés, en Il
Risveglio hay cierto idealismo clásico, así como un equilibrio algo
estático en la disposición corporal. Pese a ello, la anatomía es poderosa y
plena, celebrando una emergencia no demasiado intensa y contenida, como si se
desperezara lentamente. Y es que la obra, durante su primera presentación
pública, se denominó El despertar , cuyo título responde
a la traducción del italiano.
Durante
los cuatro años de pensión realiza obras tan significativas como " La
muerte de Orfeo " o " Hero y Leandro ",
cuyos amores imposibles y lastrados por el poder del destino parecen
relacionarse con su propia vida. El bronce del primero fue fundido por Quintín
de Torre, quien retocó el yeso originario y dio las pertinentes pátinas.
Después de mil vicisitudes
físicas y contratiempos económicos de los que habla con tanta intensidad Juan
de la Encina, el canto del cisne de su obra está representado por cuatro
bajorrelieves de plata que efectúa en 1909, uno de ellos será el motivo elegido
por la Asociación de
Artistas Vascos como logotipo alegórico de la citada
sociedad artística. Especialmente interesante resulta " Ugolino ",
otra historia dramática recogida en la Divina Comedia de Dante en la que el
personaje resiste al castigo comiendo la carne de sus hijos. Mogrobejo enmarca
la escena en un gran óvalo y con horror vacui muestra los cuerpos desnudos,
enfatizando ciertas partes del cuerpo con tensión expresionista y acentuados
claroscuros[30].
Un
artista más estrictamente moderno es Francisco Durrio de Madrón. Como he
indicado, nace en Valladolid, según se manifiesta en su primera matrícula
de estudios, así lo recoge su acta de defunción en el Hospital Saint Antoine de
París y nunca se presenta a las becas y pensiones para vizcaínos. Recientemente
Mariano Gómez de Caso ha encontrado su partida de nacimiento en la capital
castellana.
De
sus primeras andanzas hay escasas informaciones, salvo que sube a la buhardilla
de la calle de La Cruz, coincidiendo con Unamuno, para recibir clases de
Lecuona, un modesto pintor local. Con trece años se apunta en la Escuela
de Artes y Oficios de Bilbao y hace constar que es escultor.
Aparece con el apellido Madrón y está bajo la tutela de su madre Adorina
Granié, lo que puede indicar que no vive con su padre y que forma parte de una
nueva estructura familiar.
El
mismo año de 1881 se traslada a Madrid, donde permanece un año con el escultor
Justo Gandarias en el taller de la Ronda de Atocha. Poco más se sabe hasta que
en 1888 marcha a París con la ayuda del bilbaíno Cosme Echebarrieta, al que
habría conocido por su relación con su hijo Ignacio, dos años menor que el
artista. Lleva el encargo del Mausoleo del citado financiero. Durante 15 años
se afanó trabajando en diferentes maquetas, hasta once proyectos que no
llegarían a realizarse. Ya en torno a 1903, aparece el obelisco[31] que existe en la obra del
Cementerio de Getxo, finalmente terminado hacia 1923. Un proceso muy largo para
una obra realmente singular.
Francisco Durrio es el caso
del artista que recoge inicialmente unas demandas estéticas y las continúa
durante toda la vida, sin apenas apartarse demasiado de las primeras
inclinaciones plásticas. En el París finisecular se relaciona y vincula con el
núcleo de artistas cercano a Paul Gauguin (Pont-Aven[32]
es el nombre dado a un grupo de artistas que en torno a Gaugin se reunieron a
fines del siglo XIX), al cual sigue y del que es un amigo inquebrantable.
Incluso, a la partida del artista francés para su último viaje a Tahití, le
deja una importante nómina de piezas, las cuales trata de vender en más de una
ocasión a las instituciones vascas.
Durrio
adapta el finisecular sintetismo simbolista a la cerámica, una preocupación que
le conduce a tratar de dar con un horno especial para la cocción de sus piezas,
incluso en los últimos años sigue suspirando por conseguirlo.
Las
condiciones de trabajo de los primeros tiempos le hace desarrollar algunos
bustos junto a encargos como el de la familia Sota para el palacio de Ibaigane,
donde desarrolla un programa icónico del mundo rural vasco que no se aleja
demasiado de las humoradas bienintencionadas de José Arrúe. Pero el pulso
creativo de Durrio vuela más alto y se relaciona con todo lo más granado del
momento, Picasso incluido, al que ayuda y del que no entiende nada a partir de
la evolución cubista. Su postura estética está más cerca del halago para los
sentidos, del disfrute sinestésico del arte, así como de la plasmación de ideas
relacionadas con las aportaciones de las grandes civilizaciones históricas,
desde la oriental a lo egipcio. Sentido de la evasión que le proporciona un
cierto distanciamiento de las normas clásicas. Un arte que en muchos casos no
elimina la función, como ocurre en el importante trabajo de joyas que lleva a
cabo o el proporcionar rostros de Cristo a los jarrones según deformaciones y colores
caprichosos.
Durrio
no tiene un catálogo de obra demasiado amplio, pero, sin embargo, realiza dos
trabajos que por sí mismos, están entre lo más importante que se hace en este
tiempo. Ambas son obras de largo aliento temporal y de un programa iconográfico
complejo y cargado de sentido.
El
San Cosme de la tumba de la familia Echevarrieta es una de las más importantes
aportaciones hechas en el campo de la estatuaria religiosa vasca en la primera
mitad de siglo. Fechado entre 1903 y 1923, está situado en el interior de una
cripta, aunque es visible desde la magnífica puerta de acceso, también obra del
artista nacionalizado francés.
La
estatua refleja una intensidad verdaderamente febril. En actitud orante e
íntimamente recogido, ladea su figura terriblemente delgada. Con el rostro
demacrado se sumerge en la actividad interior, dejando constancia de la
anatomía ligeramente alargada de la calavera. El artista trabaja la materia con
total dominio insistiendo en los detalles anatómicos con sutileza y suavidad
pero dejando constancia de una cierta descarga emocional. Su contenida impronta
expresionista le aproxima a otros autores internacionales, como George Minne.
El santo es un ser espiritual pero humano, como las figuras lánguidas y
doloridas de Wilhelm Lehmbruck. La anchura de la cabeza por la parte de arriba
y su fino pulido recuerdan al busto de Baudelaire hecho por Raymond Duchamp
Villon. La talla no rehuye el tratamiento de los volúmenes ni el de las
texturas[33].
La materia recoge con total plasticidad el eco de la sublimada representación.
Durrio
es ante todo un maravilloso modelador y no se le conoce demasiados trabajos
como tallista, más allá de las concreciones esquemáticas del pedestal del
monumento a Arriaga. Bien posible es que habiendo hecho el pequeño San Cosme en
plata, la pieza de mármol la hubiera realizado su discípulo Valentín Dueñas.
La
puerta de acceso a la cripta[34] de los enterramientos es
especialmente interesante. Es de hierro forjado y tiene una estructura lineal,
calada y muy etérea que, como una celosía, permite observar el espacio, deja
entrar la luz y sirve para higienizar el lugar. En la parte de abajo hay una
representación de sol radiante y vibrantes satélites. Y en el cuerpo mayor se
distribuye una enorme tela de araña con mariposas atrapadas en la red. Por
último, tiene una estrecha cancela arriba donde vuelve a mostrar seis mariposas
de frente y con las alas desplegadas. En las jambas del marco hay igualmente
otras referencias animales. El conjunto representa una visión frágil de una
vida en la que, pese al agitado vuelo, el ser humano está atrapado y no puede
escapar.
Existe
otra verja igual en el Museo francés de Maubege, donde se encuentra desde 1956,
tras exponerse en el Salón de Otoño de 1931. El metal no le fue ajeno pues llega
a confeccionar unas interesantes y escultóricas joyas donde aloja distintas
representaciones simbolistas.
Más
problemática y compleja resulta la realización del Monumento a Arriaga. Su
historia es harto rocambolesca pues transcurre veintisiete años entre la
confección del proyecto en 1906 y la inauguración en 1933.
Con
motivo del centenario del nacimiento del músico en marzo de 1905 se aprueba en
el Ayuntamiento de Bilbao una moción para erigir en el Arenal u otro paseo
público un monumento alegórico que no exceda de las diez mil pesetas, luego se
elevan a veinte mil. A tal fin se abrió un concurso público entre los artistas
residentes en Bilbao o los que hayan sido becados por Ayuntamiento y
Diputación, otorgándose un premio de 500 y dos de 250 pesetas, siendo los
honorarios de la labor artística del orden de as 4. 500 ptas.
El
proyecto de Paco Durrio llega fuera de plazo al
concurso abierto por el Ayuntamiento, para celebrar el centenario del
nacimiento del músico bilbaíno. El 20 de abril el jurado compuesto por Plácido
Zuloaga, Juan Rochelt, Manuel Losada, Ricardo Bastida y Leopoldo Gutiérrez
otorga el primer premio a la obra del artista afincado en París, segundo queda
el banco de Nemesio Mogrobejo, siguiéndoles el boceto de Quintín de Torre, aunque
estimando que sólo los dos primeros reúnen condiciones para ser realizados.
Tras las protestas de Torre, se concede el tercer premio a Larrea, en acuerdo
adoptado por la Comisión después de visto el informe del jurado. Pero el
trabajo no llega a realizarse en los plazos previstos y en 1914 queda archivado
el contencioso, sin acuerdo posible entre las partes.
En
1931 se vuelve a retomar el asunto. Después de no pocos avatares va a
encargarse a Valentín Dueñas, discípulo de Durrio y de acuerdo con él, la realización
final del conjunto en su estudio de Madrid.
En
el acto inaugural se entregaron unas cuartillas en las que se explica
puntualmente el simbolismo del monumento:
"La
Musa del Arte eleva su queja al infinito por la muerte prematura del Genio. En
señal de protesta golpea su seno con la lira, y de sus cuerdas brota el llanto
que es acogido religiosamente por la máscara del basamento, símbolo de la
eternidad que con sus sienes apoyadas en las manos que nacen del muro en
actitud de tranquila meditación, devuelve a su vez, en lágrimas, su dolor.
Los
frisos situados en la parte baja de la base, representan por los pájaros
fijados en el pentagrama, la expresión viva del canto.
Los
mascarones[35]
colocados en la parte posterior del monumento son, asimismo, dos grifos,
representativos de la meditación que, al dejar caer el agua por sus bocas sobre
la taza, produce, naturalmente, sonidos a manera de surtidores de
inspiración".
Es
una obra dividida en dos partes muy diferenciadas. Los volúmenes de piedra que
conforman el pedestal tienen claras reminiscencias egipcias, mientras que el
bronce de la figura se inscribe en la síntesis simbolista e ideísta. Una obra
espléndida y sinestésica, por la que la mirada lo mismo resbala por la
superficie, que se detiene en el agua y es elevada hacia lo más alto.
Paco Durrio es un vasco de adopción por su formación y porque
contribuyó como pocos al desarrollo del arte moderno de Euskal Herria,
acogiendo a otros autores en París o trayendo obras de los más singulares
creadores de la escena francesa. Importante animador cultural que no siempre
encontró el eco a sus solicitaciones, pero que gracias a él, se puede admirar
el Gauguin del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Hay
un grupo de autores que actualizan las recetas plásticas con síntesis muy
diversas. Su programa es ser antiguos y modernos a la vez, y llevan a cabo un
especial equilibrio entre idealismo y realismo figurativo. Es un planteamiento
estético que se conoce como novecentismo, cuyo máximo exponente es Quintín de
Torre, quien utiliza temas del pasado y también se acerca a nuevos asuntos
cargados de acentos peculiares. Lo suyo es la armonía. Ni un movimiento
violento ni un estatismo absoluto, una síntesis entre la atención a algunos
detalles y la visión de conjunto, pliegues simplificados y leves, superficies
pulidas y simples, sin la variación formalista de la teoría de los valores ni
tampoco la turgencia de Rodin, simplemente líneas armoniosas, delicadas y curvilíneas.
Las
distintas generaciones novecentistas supieron hacer presente aquel " realismo
idealizado, particularmente característico ", que según Azcárate
define a la escultura de Anchieta y sus seguidores durante los siglos XVI y
XVII. Una suma de razón y medida, tradición e historia, gravedad espiritual y
arte asimilado de corte moderno.
Joaquín
Torres García ofrece una angulación muy precisa del impulso novecentista en la
plástica. El artista uruguayo afincado en Barcelona no sólo expone en la Asociación
de Artistas Vascos sino que incluso da en 1920 una conferencia en
Bilbao. Según el creador constructivista: "¡ tendríamos que ver
con ojos propios este mar... los olivos y los pinos, la viña. los naranjos,
este cielo azul y, sobre todo, el hombre de aquí, nuestra religión, nuestras
fiestas, nuestro vivir! ". Para continuar diciendo, " tradición
nuestra ha de ser todo lo que se ajuste a la tierra ". Si se
ponen a estas frases los precisos acentos vascos de los paisajes, tradiciones
populares y la gente, se tiene una definición del arte y las intenciones
novecentistas, cuyas claves se encuentran no sólo en la elección de los temas
sino también en los modos creativos y la utilización de determinadas sintaxis y
rasgos plásticos.
En
los novecentistas hay conciencia de mirarse tanto en Europa como de beber en
las propias fuentes, para verse reflejados en un arte que debe mucho a la
configuración geográfica, al clima, a los hombres y que, como dice Jardí,
" se traduce en una temática y un repertorio formal muy característico ".
En escultura se manifiesta en la plasmación de escenas mineras, faenas
agrícolas y marineras, manifestaciones populares y deportivas, el trabajo y el
descanso de la fiesta, donde se caracteriza a la figura humana de modo fuerte
y, a la vez, muy idealmente.
Los
novecentistas quieren ser naturales y se acercan con naturalidad plástica.
Utilizan líneas simples y construcciones sobrias, para ver a las personas en
sus ocupaciones cotidianas. Como recuerda Jardí, " siempre
tratando de atrapar plásticamente lo que hay de eterno en los hombres y las
mujeres de aquí y que perdurará, pese a los cambios de civilización y las
influencias de moda ".
La
actitud sintetizadora del novecentismo inicial se prolonga en la plástica que
surge en la década de los años veinte, tanto por la renovación sintáctica de
algunos autores del período anterior, como muy especialmente por las
aportaciones de una nueva generación.
Los
modelos del segundo novecentismo no están muy alejados del regreso al orden
habido después de la primera guerra mundial, una tendencia que incluso alcanza
a Picasso, cuyo espíritu grecorromano influye a buena parte de la escena
europea del momento. Un planteamiento que se sitúa tanto como respuesta a las
vanguardias positivas, como es una reacción a las vanguardias negativas del
antiarte y está contra la asimilación de las distintas tendencias por los
extremos ideológicos.
Además,
las propuestas del segundo novecentismo podemos encontrarlas a nivel local en
el poeta Ramón Basterra, que en sus escritos conjunta las dos vertientes
principales: atención preferente al ambiente y paisaje vasco, y lo que
denominó escolástica del Pirineo y su teoría del romanismo
Esto es, un arte tanto basado en la realidad inmediata como inscrito asimismo
en las normas y reglas clásicas. Es una idealidad que recompone los datos
exteriores y los confronta con un modelo previo.
Entre
el orden clásico y la apertura naturalista a los nuevos iconos costumbristas y
sociales, se sitúan las obras de Quintín de Torre (1877-1966), algunas de León
Barrenechea (1892-1939-43?) Moisés Huerta (1881-1962), Lorenzo Fernández de
Viana (1866-1929).
Nacido
en Bilbao en 1877 y fallecido en Espinosa de los Monteros en 1966, Quintín de
Torre es el más importante representante del novecentismo escultórico vasco.
Como tantos otros autores se forma en la Escuela de Artes y
Oficios de Bilbao. Inicialmente, estuvo vinculado al nacionalismo,
incluso es amigo de Sabino Arana y llega a plantear en 1910 un monumento a su
memoria en colaboración con Higinio Basterra. Beligerante con las instituciones
a través de su participación en la Asociación de Artistas Vascos,
sociedad de la que fue presidente y fundador en 1911, es agradecido con las
ayudas institucionales recibidas entre 1901-1902 y 1902-1906 e hizo entrega de
una serie de obras como El Perdón (h. 1902) y ¿Por
qué? (1903) al Ayuntamiento de Bilbao, o Cabeza de San Juan (h.
1904), El Canto de Lartaun (1904) y Hacia la vida
eterna (1905) a la Diputación de Vizcaya, trabajos que lamentablemente
se encuentran desaparecidos. Con ello, se han perdido las piezas más autónomas
de su quehacer escultórico.
El
trabajo de Quintín de Torre no es unitario en propósitos y resultados
plásticos, y sin embargo tiene un sello personal que le hace inconfundible. En
el busto dedicado a Emiliano Uruñuela (1904), hace una importante declaración
de principios estéticos al inscribir el significativo lema "El Arte por el
Arte", una de las claves de la evolución moderna. Pese a ello tiene que
realizar gran cantidad de encargos, desde bustos y cabezas de retrato hasta
imágenes religiosas, pasos de Semana Santa para Bilbao, Zamora y
Orihuela, estatuaria funeraria para cementerios de
Begoña, Derio, Getxo, Durango y Llodio, lápidas conmemorativas (Iturribarría) y
monumentos diversos como el de Eugenio Garay en Artziniega (1912), para el
Banco de Bilbao en Madrid (1922) y Ramón Basterra en Bilbao (1935). Una nómina
extensa, en definitiva, de proyectos en los que mantiene el eco de una voz
interesada en captar la dignidad del ser humano que se centra en unos rostros
genéricos a los que hace brotar la individualidad de los sentimientos.
La
producción más personal de Quintín de Torre cabe relacionar con las dos etapas
del novecentismo vasco, una más social y abierta a los temas cercanos, la otra
con mayor conciencia clásica. En ambos casos sabe conciliar los ecos
tradicionales con las modernas innovaciones plásticas, asumiendo temas
relacionados con el contexto local y los argumentos más genéricos.
En
la primera etapa, que lleva a cabo en las dos primeras décadas del siglo
veinte, adopta un planteamiento de síntesis, desarrolla un modelado suave y
naturalista, con poses graves y serenas, pero al mismo tiempo tiene un gran
sentido de la armonía y el equilibrio mediante la simetría de sus facciones y
el idealismo de unas representaciones muy atentas a lo social y el
costumbrismo. La obra más característica de este período la concibe en 1913,
cuando expone Patrón Vasco, Gabarrero o El timonel , barro
expuesto en la Exposición de Arte Moderno de la Asociación de
Artistas Vascos, pieza de tamaño natural que se pasa a bronce (con el
uso de la fundición[36]) y coloca en el jardín
del palacio Ibaigane en Bilbao. Tenía la inscripción "¡Gora Euzkadi
Azkatuta!", actualmente borrada. Es una escultura en la que se concilian
los valores sociales y la relación con el entorno. Manifiesta el mundo del
trabajo y lo envuelve en unas genéricas señas de identidad, con cierto tono de
epopeya grandilocuente. Está basado en la percepción del entorno y tiene
conexión con la realidad, pero también es idealista en el rostro y modela el
cuerpo muy esquemáticamente y sin demasiada atención a los detalles.
Su
evolución le lleva después a seguir el espíritu clásico del renacimiento
italiano y la escultura policromada castellana, así como la alemana coloración
de los mármoles.
El
monumento al maestro Valle inaugurado en 1922 es un conjunto muy
interesante, en el que se revela su acercamiento a la antigüedad. Está dedicado
a Aureliano Valle y Tellaeche (1846-1918), quien fuera compositor de obras como
la ópera "Bide-Onera", director y miembro fundador de la Coral de
Bilbao.
El
trabajo es una alegoría. Como Durrio en el Homenaje a Arriaga (1906-1933), se
inclina no en aprehender el rostro del músico sino en proclamar las virtudes
artísticas. Si aquél es el primer monumento proyectado que renuncia a mostrar
las cualidades físicas del homenajeado, el dedicado a Valle es el primero en
concretar tal planteamiento al inaugurarse mucho antes. En ambas piezas, el
agua es un material plástico que se emplea para algo más que como fuente
ornamental. Los dos monumentos tienen carátulas, hacen referencia al pentagrama
y destacan a una figura humana desnuda de carácter simbólico. Frente al espacio
abierto, Quintín de Torre prefiere la protección de un gran muro de dos
alturas, cuyo vano central conforma una ventana que le sirve para enmarcar el
esfuerzo de la figura y para disponer una cortina de agua. Mientras el artista
afincado en París destaca la femenina inspiración de la Musa Melpómene, el
bilbaíno representa el poderoso cuerpo masculino del Triunfo que avanza hacia
delante y emerge de una masa sin pulir, significando la gran voluntad y enorme
energía que es preciso tener para alcanzar el éxito. Es por ello que porta un
laurel entre sus manos, como si fuera una pesada roca. Para Emiliano Uruñuela,
los dos rostros de mármol blanco pulido representan al coro mixto, de sus bocas
mana el agua "para deslizarse confundida, rumorosa y sonora por los cinco
escalones, como por las cinco líneas del pentagrama".
El
Monumento a Aureliano Valle es muy representativo del estilo de transición de
Quintín de Torre. Se sitúa entre el primer interés moderno por una
esquematización no ajena ni al turgente modelado de Rodin ni a la síntesis
naturalista de Meunier y su evolución hacia planteamientos más clásicos.18
Quintín
de Torre fue un estudioso y contó con una buena biblioteca. Tuvo tal éxito que
algunas de sus producciones fueron repetidas por artesanos. Para Barañano, G.
de Durana y Juaristi fue una "verdadera esponja en la que acomodan todo
tipo de estilos". Sin embargo sus múltiples trabajos están tejidos
con una estética unificadora y sobre todo demuestran la existencia de una voz
que resulta inconfundible.
Durante
la República los talleres de los hermanos Basterra y Moisés Huerta son los que
se llevan la mejor parte en concursos y encargos del entorno de Bilbao,
mientras que en Pamplona trabaja Ramón Arcaya, por Álava anda el riojano Daniel
González, y en Guipúzcoa destaca Julio Beobide. A su vez,
Miguel García de Salazar, Quintín de Torre, Valentín Dueñas, León Barrenechea y
Fructuoso Orduna están instalados en Madrid. Pero al mismo tiempo surge una
nueva generación, principalmente encabezada por la emergente pujanza de Joaquín
Lucarini y un Jorge Oteiza a caballo entre Madrid y
Donostia.
En
la empresa de los hermanos Basterra, destaca la labor de Manolo. Autor de
tendencia renovadora que tiene una actuación particularmente intensa en este
período. Instala en 1930 el insólito monumento-fuente dedicado a Antonio Trueba
en Montellano. Una pieza que tiene claras reminiscencias románticas al plantear
un espacio abierto y ruinoso. Además, en 1931 coloca un busto en homenaje a
José María Acha para el campo de fútbol Ibaiondo del Arenas de Guecho. Obra que
hizo decir al poeta y crítico de arte Adolfo de Larrañaga: "Dinamismo y
estatismo es igual a serenidad; tal es la fórmula de este busto de abolengo
rodiniano", y seguía "Lo anecdótico no es lo universal".
Igualmente,
otros escultores empiezan a despuntar llevando a cabo trabajos que continúan
los planteamientos y las iconografías anteriores. Jóvenes como Arturo Acebal
Idígoras, Ricardo Iñurria, Tomás Martínez Arteaga y Enrique Barros, junto a
otros menos conocidos como Julián Alangua, Tomás Castro o Manolo Cacicedo.
Todos ellos forman parte de la Asociación Unión Arte, andan por los veinte años
y se encuentran en plena efervescencia. Acebal Idígoras (1908-1977) compagina
la escultura con la pintura, y trabaja con Gustavo de Maeztu en su
"invento" de cementos vitrificados[37] que exponen en la Asociación
de Artistas Vascos (1932), unas piezas de formas sintéticas y
elementales. Ricardo Iñurria (1908-1995) trabaja en el taller de los Basterra y
empieza a despuntar tanto en pintura como sobre todo en escultura. Una beca particular
le lleva a estudiar a París, haciendo imágenes religiosas e iconografía
nacionalista de manera sobria y poderosa. Tomás Martínez Arteaga (1906-1962)
pasa de una obra moderna y simbolista a una estatuaria muy clásica y religiosa.
Para Enrique Barros (1905-1990), es su mejor época: realiza un par de
panteones, el monumento a García Barbón en Verín, busto al doctor Otaegui y
expone sus esculturas nada menos que en Viena. Después se perdería en todo tipo
de labores.
El
autor más representativo de la evolución plástica que se produce durante los
años treinta, es el alavés Joaquín Lucarini. Nacido en
1905 y fallecido en 1969, se forma en la Escuela de Artes y
Oficios de Bilbao, ciudad donde establece su taller, para después
estudiar en París e iniciar un periplo de viajes por Italia, gracias a las
ayudas de la Diputación Foral de Álava.
Joaquín Lucarini es un escultor en ascenso durante la época de la
República, momento en el que lleva a cabo su obra más consistente y personal.
Algunos de los más importantes trabajos se encuentran en ámbitos públicos,
exentos o sobre edificios, y una buena cantidad de ellos no ha sobrevivido al
paso del tiempo y sólo se conoce por boceto o alguna añeja fotografía.
Entre
las piezas de exterior, cabe recordar las que hizo hacia 1929-30 para el
edificio del Club Deportivo de la Alameda Recalde de Bilbao, obra del
arquitecto Pedro Ispizua. Se trata de unos relieves realizados en cemento, en
los que plasma pelotaris, palistas, atletas y montañeros con una excelente veta
expresionista. Pese a los estrechos márgenes en los que quedan encerradas, la
figuras vibran y están distorsionadas con una gran capacidad expresiva. El
artista capta dinámicamente el movimiento con ritmos cambiantes sobre un fondo
uniforme y mediante enérgicos pliegues. También realiza otras piezas de
temática deportiva, como Boxeador o Lanzador de peso (1932).
Viene,
después, una etapa muy renovadora con la que el sistema figurativo es doblegado
a una geometría de líneas rectas paralelas e insistentes. Es el caso de La
Victoria de la Música (1932), que está por derecho propio entre las
más importantes esculturas vascas de la época. Siguiendo esta línea de
simplificación plástica, realiza distintos panteones, lápidas y algunas
estatuas de exterior, como el granito negro de "La Equitativa"
(1935), situada en los Jardines de Albia de Bilbao.
Es
un período en el que de modo muy esquemático, como indica Cezanne al utilizar
el cilindro, el cubo y la esfera en la representación, establece paralelismos
entre las formas de la naturaleza y las geométricas. Utiliza líneas rectas,
simples y funcionales, planos cortantes, volúmenes achatados, construcciones
muy limpias y de gran eficacia, de ritmos paralelos, eliminación de detalles,
dinámica futurista y sentido ornamental a lo art decó. Incluso, no duda en
plasmar los nuevos valores sociales emergentes, como el antimilitarismo o la
solidaridad.
La
obra posterior a la guerra civil tiene menos interés. Pierde capacidad de
innovación y búsqueda, contentándose con resolver las esculturas siguiendo
gustos sociales dominantes y las indicaciones de los numerosos clientes. Vivir
de la escultura nunca ha sido fácil y menos en las circunstancias de la época,
con una guerra de por medio, por lo que el artista alavés tuvo que dejar aparcados
los propios argumentos y necesidades plásticas para seguir los dictámenes y los
programas de quienes le encargaban. Gracias a una portentosa facilidad sabe
resolver con eficacia la ejecución de todo tipo de imágenes. Entre las obras de
este período hay que recordar al imponente tigre que corona un edificio
industrial en Deusto, que es presentado como un símbolo del Bilbao de su
tiempo.
Nacido
en 1908 y fallecido en 2003, la obra posterior ha opacado los interesantes
trabajos efectuados por Jorge Oteizadurante la década de
los treinta, algo a lo que ha contribuido la pérdida de muchas piezas de este
período. Antes de dedicarse plenamente al arte, el artista de Orio lleva a cabo
estudios de medicina en Madrid. Un trozo de masilla le conduce a la escultura,
según ha indicado el propio autor. Las primeras obras realizadas durante el
final de los años veinte tienen vocación estructural. Son volúmenes
prismáticos, con reminiscencias tanto de populares tallas medievales como de
síntesis cubistas. Es el caso de Maternidad (1928-29) una
rocosa piedra de planos cortantes y expresión ruda. Consolida su actuación al
ganar en 1931 el primer premio en Artistas Noveles de Guipúzcoa.
El
Adán y Eva. F= arco tangente F/C , es un cemento singular de carácter
muy rupturista. Tiene espíritu transgresor y ofrece una insólita versión de los
primeros pobladores quienes aparecen representados más como monos que como
seres humanos. Une así las referencias religiosas y las confirmaciones
científicas de la teoría de la evolución. Plásticamente, destaca el volumen-
masa. Como en las múltiples versiones de El beso de Brancusi,
uno se divide en dos, al mismo tiempo que dos es uno. La ecuación del título se
ha transcrito sobre la superficie de modo expresivo. La lógica y la biología le
van a ayudar en su búsqueda "matemática" de las relaciones
espaciales. Busca una biología del espacio, pero al mismo tiempo necesita una
estética existencial para llegar al hombre y a la vida.
Así,
paralelamente, realiza las cabezas de los artistas que junto a él componen una
célula proto-vanguardista, caso de los retratos de Sarriegui y Balenciaga en
1933, o los de familiares como Víctor Embil, el político Joseba Rezola en 1934
o el boxeador Paulino Uzcudun" (1935). Unos volúmenes aplastados muy
esenciales que tienen gran contundencia plástica y cierto brutalismo primitivo.
En
1933 vuelve a ganar en Artistas Noveles de Gipuzkoa y al siguiente año hace una
exposición en San Sebastián junto a Narkis Balenziaga y Nicolás Lekuona donde
ahonda en su indagación innovadora. Asume una plástica redonda, recibe las
influencias de Alberto Sánchez y Dimitri Txaplin. Emplea un repertorio formal,
de volúmenes esenciales. Busca lo originalidad y "encierra" lo
orgánico en cierta conciencia geométrica.
En
1935, viaja a Buenos Aires con Narkis Balenziaga, donde exponen juntos. En
Santiago de Chile realiza una muy singular exposición individual con materiales
encontrados. Es el momento en el que realiza el Retrato al poeta Zadi Zañartu.
Un guijarro de superficie pulida al que se ha grabado un gran ojo avizor. Si el
arte puede imitar a la naturaleza, la naturaleza también imita al arte.
El
artista sigue estudiando y evoluciona de las formas poliédricas de Lipchitz, al
huevo de Brancusi, el ocho de Arp y hasta el bastón de Picasso, eligiendo la
pirámide sobre el vértice en la escultura de Altazor.
Lo
que viene después de la guerra es una historia en la que reflexión y
sentimiento encuentran el eco de una investigación en torno al espacio. De la
estatua como masa a la escultura energética, llegando a conclusiones
conceptuales, experimentales y poéticas en torno al espacio y el vacío
plástico. Un proceso que le conduce a la desmaterialización, al activismo, la
poesía y la monumentalización pública.
El
escultor depende más que el pintor del consenso social. Le resulta más difícil
llevar a cabo las ideas e inquietudes personales, y muchas obras se quedan sólo
en proyectos no realizados. No sólo tiene grandes dificultades de aprendizaje
técnico por los muchos procedimientos y materiales que debe conocer y utilizar,
sino que el tiempo de realización es mayor y tiene que hacer un gran desembolso
para pagar el coste de los materiales, las herramientas, el transporte, el
embalaje, el montaje, el almacenaje y el mayor tamaño de los talleres.
La
escultura tiene además la mala fortuna de la fragilidad. Bastantes piezas se
han perdido al haberlas dejado en escayola y no tener los autores ni su familia
medios para trasladarlas a un material más definitivo. Otras, incluso, han
desaparecido de los lugares oficiales donde se encontraban. Algunos trabajos
públicos sufren los ataques vandálicos o de las inclemencias temporales.
Finalmente, el derribo de edificios se ha llevado por delante más de una
estatua.
La
escultura de entre 1875 y 1939 no tiene nada que desmerecer, y se encuentra a
un nivel conceptual semejante al de la pintura. Hay importantes artífices
decimonónicos, como Marcial Aguirre. Revela ejemplos
tradicionales tan importantes como los de Higinio Basterra y Moisés Huerta.
Acepta las innovaciones modernas, con los significativos casos de Francisco
Durrio y Nemesio Mogrobejo. Propicia trabajos serenos y equilibrados como los
del novecentista Quintín de Torre. Y ofrece la nueva modernidad de Joaquín
Lucarini y las innovaciones vanguardistas de Jorge
Oteiza.
Como ha quedado claro en el apartado anterior, se puede afirmar que el País
Vasco fue importador de pintura hasta mediados del siglo XIX aproximadamente.
Por tanto, no hay talleres remarcables de calidad que pudieran ofrecer o
renovar modelos. Cualquier
aproximación preliminar para una definición de un concepto como el de
“vanguardia artística”, lábil y problemático, exige un primer merodeo por su
genealogía en cuanto subsume concepciones y prácticas artísticas de naturaleza
heteróclita. Desde sus orígenes, emparentado con la Revolución francesa, el
concepto de vanguardia ha anudado de manera dispar y
precaria el ámbito del arte y el de la acción política transformadora. Como ha
observado Huyssen, Saint Simon ya atribuía un papel vanguardista al artista en
la construcción del Estado ideal y la nueva edad de oro del futuro; y asimismo
lo hacía el socialista utópico Charles Fourier, que vinculó esa vanguardia
artística al anarquismo socialista y a las subculturas
bohemias. La impronta vanguardista surge en los orígenes de la modernidad[40].
Antes de que pudiera asociarse también a una estética de la experimentación
formal y de la fragmentación, ya llevaba inscrita su primera aporía cultural
ligada a esa tensión entre avanzadilla y conformismo como han evaluado otros
estudios críticos, entre los que sobresalen los de Hans Magnus Enzensberger
(1973) y Matei Calinescu (1987). La vanguardia artística tendrá
que esperar; pero será en parte fruto futuro de esta nueva dinámica alentada
por esos pintores modernos y de eslabones intermedios que asumirán los
lenguajes artísticos de la modernidad prevanguardista. Tales eslabones
artísticos serán, entre otras figuras emergentes, los pintores fauves Francisco
Iturrino (1864-1924) y Juan Echeverría (1875-1931), así como Aurelio Arteta
(1879-1940) miembro fundador de la asociación de Artistas Vascos (1911-1936).
El cubismo tuvo una excéntrica resonancia en el pintor de Hernani, Alfonso de
Olivares (1898-1936), que teorizó incluso sobre ese movimiento en su
ensayo Arte moderno (1934). Merecería la pena explorar
críticamente la aportación de este artista que vivió en París entre los años
1923 y 1932, donde trabó amistad con Picasso, Gris, Durrio y otros. Sin
embargo, durante el siglo XIX seremos testigos del cambio que se opere en los
pintores del País Vasco primero y en la pintura del País Vasco después. Algunos
pintores vascos comenzaron a destacar en las academias de París y Madrid,
aunque pocos de ellos alcanzaron renombre internacional. Como modelo de pintor
académico del siglo XIX podemos poner al baionés Leon Bonnat
(1833-1922), que tras su formación en la Academia pasó la obligada estancia en
Roma durante cinco años, para regresar de vez en cuando a París y a su lugar de
origen, donde buscaba temas de inspiración para una pintura académica y
reglada. Retratos, cuadros de historia, alegorías y cuadros de género, entre
los que incluyó paisajes y tradiciones vascos, conforman la obra del pintor que
tenía su mercado en París y en una clientela adinerada europea. Entre los que pasaron
por la Academia madrileña podemos mencionar a Pancho
Bringas, Eduardo
Zamacois, Antonio
Lecuona, Juan
Barroeta, José
Etxenagusia, Eugenio
Azkue, Alejandrino
Irureta, Eugenio Arruti y
Ricardo Ugarte. Algunos de ellos poco a poco se instalaron en Bilbao impulsados
por el cambio económico que había empezado a experimentar la ciudad. Durante las últimas décadas del
siglo XIX Bilbao[41]
comenzó a dar los primeros pasos para convertirse en un centro artístico
importante: burgueses adinerados demandando arte y dispuestos a actuar de
mecenas, consideración de la obra de arte como producto de mercado, desarrollo
de las infraestructuras artísticas (Escuela de Artes y Oficios, puntos de
venta, exposiciones, encuentros de artistas), y atención social cada vez mayor
hacia el arte.
Estos cambios coincidieron con la transformación que sufrió el arte dando
lugar al arte
moderno, en los años finales del siglo XIX y principios del XX.
Los artistas ya no estaban interesados en seguir las reglas impuestas por la
Academia, por lo que algunos de los artistas bilbaínos optaron por conocer las
novedades parisinas de primera mano en lugar de pasar por la academia
madrileña. Un ejemplo de ello es Adolfo
Guiard, que en 1878 eligió París para su formación como
artista, para luego regresar a Bilbao con las novedades aprendidas en la
capital francesa y dar comienzo a la pintura moderna en el País Vasco. Junto a
él también destacó Darío
de Regoyos, que siendo de origen asturiano se asentó en el País Vasco
después de un período formativo en Bruselas. Así las tendencias impresionistas
y postimpresionistas consiguieron romper con la academia y poner las bases de
lo que será uno de los centros artísticos más dinámicos de la Península, junto
a Barcelona.
Otros pintores más jóvenes continuaron por la senda abierta por Guiard y
Regoyos, entre ellos Ignacio
Zuloaga, Manuel
Losada y Francisco
Iturrino. Algo más tarde, en las primeras décadas del siglo XX
serán Ángel
Larroque, Alberto Arrúe, José Arrúe, Aurelio
Arteta, Gustavo
Maeztu, Antonio
Guezala, Juan
Etxebarria, Julián
Tellaetxe y, de alguna manera, los hermanos Valentín y Ramón
Zubiaurre, quienes continuarán un tipo de pintura heredera del
postimpresionismo, pero basada en la tradición e inspirada en temas vascos.
Con la llegada del nuevo siglo XX, Regoyos, Guiard y Losada habían
comenzado a organizar exposiciones de arte moderno en Bilbao y, algo más tarde,
en 1911, muchos de los artistas mencionados anteriormente fundaron la
Asociación de Artistas Vascos, con la intención de incidir más y mejor en la
sociedad. El Museo Artium[42],
cuyo nombre completo es Artium,
Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo está ubicado en Vitoria-Gasteiz
(Álaba).
También la crítica de arte comenzó a teorizar sobre el arte de su época,
por lo que se comenzó a hablar de arte vasco o de comienzos del arte vasco,
sobre todo desde que Juan
de la Encina (pseudónimo de Ricardo Gutiérrez Abascal) publicara el
libro La Trama del Arte Vasco en 1919. Desde ese momento las polémicas
sobre la existencia hipotética del arte vasco se multiplicaron, aunque
generalmente se hablaba sobre pintura vasca. Precisamente la supremacía de la
pintura es una de las características del arte de esta época.
El proyecto de arte moderno, conservador y vasco, de principios de siglo
tuvo continuidad en los años 20 y 30 con pintores más jóvenes. Aunque la
modernidad postimepresionista continuó dominando la obra de estos jóvenes,
algunas novedades plásticas de las vanguardias fueron calando de forma desigual
y fuera de su contexto teórico, como por ejemplo en la obra de José María
Ucelay, Juan Aranoa, José Benito
Bikandi o Jerónimo Urrutia.
En los años de la República algunas tendencias vanguardistas como el
surrealismo tuvieron gran influencia en el arte español y vasco en particular.
Los artistas más jóvenes del momento querían quitarse el peso de la tradición o
plantearon una relación diferente con ella. De la misma manera en que se puede
ver una vuelta a los orígenes en la escultura de Oteiza, se
puede observar una postura similar en la obra de su amigo Nicolás
Lekuona; es una muestra de las relaciones con el surrealismo
madrileño como se puede ver también en la obra de Juan Cabanas
Erauskin, Jesús
Olasagasti y Carlos
Ribera.
Por último una influencia mayor de la generación de principios de siglo,
con un proyecto moderno pero no rupturista, la podemos encontrar en la obra de Gaspar
Montes Iturrioz, Bienabe
Artia y Mauricio
Flores Kaperotxipi.
Antes de meternos
con otro punto, queremos destacar los frescos de Josep María Sert (Barcelona,
1874-1945) en el Museo de San Telmo. Los
lienzos de Sert, en la iglesia de San Telmo, son uno de los más preciados
tesoros del museo. En 1929, al restaurar la iglesia de San Telmo -y pensar cómo
adecuarla al nuevo destino que iba a tener el convento como museo- se acordó,
siguiendo el consejo del pintor Ignacio Zuloaga, que las paredes quedaran
recubiertas de pinturas en las que se plasmasen las efemérides de nuestro pueblo.
Esta labor se encomendó al pintor Josep M. Sert, que la realizó en 17 paños -11
lienzos- y sobre una extensión de 784 m2. Entre 2007 y 2013 los lienzos fueron
restaurados. Las once escenas de San Telmo están realizadas a base de veladuras, es decir barniz con color,
sobre un fondo metálico, representan temas de la vida y de la historia
guipuzcoana: sus hombres, sus actividades tradicionales, sus hazañas y sus
creencias.
Cualquier aproximación preliminar para una definición de un concepto como
el de "vanguardia artística", lábil y
problemático, exige un primer merodeo por su genealogía en cuanto subsume
concepciones y prácticas artísticas de naturaleza heteróclita. Desde sus
orígenes, emparentado con la Revolución Francesa, el concepto de vanguardia ha
anudado de manera dispar y precaria el ámbito del arte y el de la acción
política transformadora. Como ha observado Huyssen, Saint Simon ya atribuía un
papel vanguardista al artista en la construcción del Estado ideal y la nueva
edad de oro del futuro; y asimismo lo hacía el socialista utópico Charles
Fourier, que vinculó esa vanguardia artística al anarquismo
socialista y a las subculturas bohemias. La impronta vanguardista surge en
los orígenes de la modernidad, y es sabido cómo ya Baudelaire percibió agudamente
las primeras paradojas trufadas en su definición metafórica al apropiarse de un
termino militar: " Más metáforas militares: los poetas de combate.
La literatura de vanguardia. Esta tendencia a las metáforas militares es un
signo del espíritu, no militante en sí, pero hechos para la disciplina -es
decir, para la conformidad-, espíritus congénitamente domésticos, belgas que
sólo pueden pensar en sociedad ". Antes de que pudiera
asociarse también a una estética de la experimentación formal y de la fragmentación,
ya llevaba inscrita su primera aporía cultural ligada a esa tensión entre
avanzadilla y conformismo como han evaluado otros estudios críticos, entre los
que sobresalen los de Hans Magnus Enzensberger (1973) y Matei Calinescu
(1987).
En el clima convulso de la Comuna de París, en 1871, será Rimbaud quien pedirá a los poetas, lo nuevo en las ideas y las formas,
asumiendo el artista el rol de vidente y el de nuevo Prometeo que multiplicará
el progreso. De este modo convergirá la genuina representación de la vanguardia
en su doble dimensión artística y política. Esta deriva hacia la acción
transformadora recorrerá la historia de las diferentes vanguardias europeas, aunque se manifestará débilmente en el contexto vasco.
No obstante, de acuerdo con la posición de Calinescu, " la
vanguardia propiamente dicha no existió con anterioridad al último cuarto de
siglo XIX, a pesar de que toda época tiene sus rebeldes y negadores (... ) De
modo que la vanguardia, vista como punta de lanza de la modernidad estética en
libertad, es una realidad reciente, como la palabra que, en su significado
cultural, se supone que la designa ". Entendida de esta
manera, relacionada con la modernidad estética no se puede hablar con propiedad
en el caso vasco de una vanguardia hasta el inicio de los años treinta: tal
desfase conlleva una asincronía que marcará su propio devenir. ¿Cómo podría ser
de otra manera si ni siquiera la modernidad cultural, cuyo punto de partida
quizás habría que situarlo a partir de la abolición fuerista en 1876, habría
generado una tradición propia en las artes? Kosme de Barañano, Javier González
de Durana y Jon Juaristi, en su estudio pionero sobre el arte en el País Vasco
(1987), resaltan la aportación de dos pintores que pudieron acceder a los focos
de renovación artísticas que eran París y Bruselas: Adolfo Guiard (1860-1916) y
Darío de Regoyos (1857-1913):
"el primero, tras siete largos años vividos junto a los impresionistas
franceses, trajo y difundió desde 1886 todo un código artístico y vital, constituyéndose
en revulsivo de la atonía local, a la vez que guía para los jóvenes que se
iniciaban en la pintura. El segundo aportó el radicalismo estético y social de
los círculos bruselenses, patentizándolos en un intensa producción, que apenas
si vendía en mínima parte, y en un activismo de propaganda del arte".
La vanguardia artística tendrá que
esperar; pero será en parte fruto futuro de esta nueva dinámica alentada por
esos pintores modernos y de eslabones intermedios que asumirán los lenguajes
artísticos de la modernidad prevanguardista. Tales eslabones artísticos serán,
entre otras figuras emergentes, los pintores fauves Francisco Iturrino
(1864-1924) y Juan Echeverría (1875-1931), así como Aurelio Arteta (1879-1940)
miembro fundador de la asociación de Artistas Vascos (1911-1936). El cubismo
tuvo una excéntrica resonancia en el pintor de Hernani, Alfonso de Olivares
(1898-1936), que teorizó incluso sobre ese movimiento en su ensayo Arte
moderno (1934). Merecería la pena explorar críticamente la aportación
de este artista que vivió en París entre los años 1923 y 1932, donde trabó
amistad con Picasso, Gris, Durrio y otros.
En aquel tiempo, el atraso del desarrollo moderno no impedirá el
alumbramiento precario a la vez que minoritario de expresiones culturales que
anticipaban esa modernidad estética. La peculiar tensión entre esa modernidad y
la tradición artística en el País Vasco, muy condicionada por las cuestiones de
la identidad colectiva y determinadas ideologías etnicistas que definían el
programa estético del Renacimiento vasco, ha sido ampliamente estudiada por
Carlos Martínez Gorriarán e Imanol Aguirre en su magnífico estudio Estética de
la diferencia (1995). Muestran la ambivalencia que el arte vasquista
mantuvo desde sus orígenes con el vanguardismo: mientras Regoyos, Durrio y
Guiard lo conectaron con el impresionismo y el simbolismo; otros como Iturrino
y Echeverría se distanciaron de esa estética vasquista debido precisamente a
las exigencias renovadoras y cosmopolitas de su propio vanguardismo.
Tanto Jaime Brihuega como Valeriano Bozal han abordado en
profundidad los primeros atisbos vanguardistas en un contexto que sería más
apropiado denominar de renovación de las artes. Sin embargo, será prematuro
considerar la existencia de una conciencia y una dinámica vanguardista como
acontecía ya en algunas ciudades europeas. Empero cabría reconocer la
emergencia de algunas individualidades sobresalientes cuya aportación tiene una
resonancia internacional (Picasso, Miró, Dalí, Gris,... ), junto a la iniciativa
excepcional de Ramón Gómez de la Serna, tenaz introductor del futurismo y de
otras corrientes internacionales. En el País Vasco primaba una concepción del
arte de tono costumbrista y tardorromántico representada principalmente por la
aportación de los hermanos Zubiaurre, al tiempo que surgían propuestas más
avanzadas como las de los fauves mencionados, además de la impronta poderosa de
Ignacio Zuloaga. Durante la década de los años veinte se incrementarán
notablemente los viajes e intercambios con París, donde ya se habían instalado
con anterioridad Picasso, Julio González, Vázquez Díaz, Juan Gris, María
Blanchard, así como el artista vasco José María Ucelay. Esa interacción
generará el humus propicio para la consolidación de una modernidad pictórica que
catalizará otras prácticas artísticas.
Se demorará entonces la irrupción genuina de las primeras vanguardias artísticas vascas al periodo comprendido entre 1925
y 1936. La generación de José Manuel Aizpúrua (1904-1936),
Narkis Balenciaga (1905-1935), Jesús Olasagasti (1907-1955), Juan Cabanas
Erauskin (1907-1979), Carlos Ribera (1906-1976), Nicolás Lecuona (1913-1937), y
Jorge Oteiza (1908-2003) integrarán la primera tentativa consciente de
renovación vanguardista, tal y como ha sido profundamente estudiado por Adelina
Moya.
Cabe señalar una fecha emblemática en el contexto ibérico. Se trata del año
1925, cuando se celebra en Madrid la I Exposición de Artistas Ibéricos que cuenta con una heterogénea
participación vasca (Arteta, Arrúe, Echeverría, los hermanos Zubiaurre,
Tellaeche, Guezala, Ucelay, Urrutia, Bicandi, García, Pérez Orúe, Sáenz de
Tejada, Quintín de la Torre y Dueñas, junto a otra no menos dispar compañía de
artistas españoles como Dalí, Benjamín Palencia, Alberto, Bores, Ferrant,
Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz). Mientras en ese contexto se celebraba ese
ímpetu renovador, en Europa aparecían los primeros síntomas de decadencia e
institucionalización del espíritu vanguardista.
El realismo, con el ascendiente notable de Dalí, fue una formidable veta
expresiva que se localizó sobre todo en Zaragoza, Santa Cruz de Tenerife y
Madrid. En Euskadi, tendrá un eco débil aunque se puede reconocer en obras
de Nicolás Lekuona y de Carlos
Ribera. La conflictiva situación histórica que precedió a la Guerra Civil,
impidió que se consolidasen las tramas vanguardistas más allá de la rutilante
presencia de algunas individualidades en el contexto internacional.
Las primeras vanguardias representaron
una fase o estadio de la propia modernidad. A pesar de la impugnación
permanente que sostuvieron, en sus diferentes expresiones, sobre la cultura
moderna asentada en la autonomía no es posible separar la experiencia moderna
de la vanguardista. Son dos caras de Jano que refieren una identidad plural y
no unívoca. Algunos rasgos que han definido el modernismo y que también fueron
recreados o contesta-dos en grados diversos por las primeras vanguardias desde su origen son: la defensa de la autonomía del arte, la escisión entre arte y cultura
cotidiana, o entre arte y política, y la pulsión de lo nuevo que renueva sin
cesar el mito del progreso. Sobre esa situación las vanguardias históricas han desplegado una disparidad de tentativas de
conciliación de esas escisiones que han adquirido una forma paradójica,
antinómica, o a veces contradictoria muy difícil de superar.
Cabe reconocer, como lo han descrito diversos acercamientos críticos, así
uno de los más recientes firmados por Eduardo Subirats, que:
"los programas estéticos de las vanguardias han sido siempre ubicuos, contradictorios, ambiguos. La dialéctica de
ruptura y disolución de los lenguajes artísticos, y de experimentación e
instauración de un orden nuevo, a la vez formal y civilizatorio, que atraviesa
su edad heroica, está llena de contrasentidos y puntos ciegos. Las vanguardias históricas conforman un aleatorio horizonte, tanto si se las
considera como proyecto artístico cuanto si se las comprende como utopía
civilizatoria".
Así sucede también en el acontecer de las vanguardias vascas, aunque con modulaciones propias determinadas por el específico contexto
histórico, cultural y político. Por referirme sólo ahora a la sociedad GU,
fundada en el año 1934 en Donostia, y a sus eventos que reunían efímeramente a
lo más sobresaliente de la emergente vanguardia vasca, sabido es que acogió a
artistas de sensibilidades artísticas e ideológicas de índole diversa y
antagónica, desde filonacionalistas hasta partidarios de Falange joseantoniana
(así, Cabanas Erauskin y los arquitectos José Manuel Aizpúrua y Lagarde eran destacados miembros, y con esa
ideología asimismo simpatizaban los pintores Olasagasti y Ribera). Tal
coexistencia de postulados estéticos y políticos antagónicos no dejaba de
expresar una paradoja más en el origen de tales vanguardias.
De esa excéntrica constelación vanguardista sobresalen las figuras de Nicolás Lekuona y de José Manuel Aizpúrua, dos creadores que
han tenido un reconocimiento tardío e insuficiente en la valoración de las primeras vanguardias ibéricas. Su muerte prematura en la Guerra
Civil, truncó sus respectivas trayectorias que tal vez hubieran elevado su
consolidación al grado de genios. Junto a Oteiza hubieran constituido la tríada
por excelencia del vanguardismo vasco. Lekuona, en su versatilidad expresiva
que acoge sus momentos surrealistas tanto en su pintura como en sus
fotomontajes y fotografías (¿cómo no reconocerlo también en sus autorretratos..
?), metafísicos o de la fotografía documental soviética, pareciera desplegar un
juego de heterónimos o de máscaras. Por su parte Aizpúrua, en su breve y
asombrosa trayectoria profesional (1927-1936) trazó una variedad de proyectos
arquitectónicos que, a pesar de su juventud, revelaban una rara madurez
creativa. No extraña entonces que Santiago Amón lo definiera como "el
príncipe del racionalismo de la arquitectura española". Fue miembro
destacado del movimiento GATEPAC[43] y llegó a asistir a
varios congresos internacionales del CIAM en el año 1929 y 1930. Pero el punto
ciego de esa fulgurante trayectoria, o la paradoja más intempestiva sigue residiendo
en su concepción racionalista de la arquitectura (más próxima al programa
moderno y utópico de Le Corbusier) contrastada con su compromiso político de
signo falangista. Recordemos que fue destacado militante de Falange Española;
no obstante, fue también amigo de García Lorca y fundador de la asociación de
artistas GU. Tuvo asimismo cierta afinidad con el futurismo italiano. Una
paradoja, enunciada hace muchos años por Juan Daniel Fullaondo, por este genial
arquitecto: su fulgurante y genial contribución a la arquitectura moderna vasca
y española, no ha tenido la atención crítica que ciertamente merecía
Las primeras vanguardias vascas son periféricas
pero con múltiples conexiones con la escena ibérica (con Madrid,
principalmente), y con la de París. Jaime Brihuega, en un texto de 1974,
ha subrayado la declinación nueva que determinados conceptos artísticos de la
vanguardia europea suscitaron en su penetración en el contexto español. En
cuanto a las manifestaciones formales más reconocibles en la vanguardia ibérica
encuentra:
"fuertes elementos de un cubismo avanzado y heredero de las últimas
consecuencias a las que se le había llevado en el resto de Europa; abunda sobre
todo una gran gama de acepciones surrealistas (tal vez la inclinación más
generalizada) que a veces pone al descubierto facetas líricas, mágicas o
simples evoluciones encaminadas al ejercicio de una pura creación formal; en
ocasiones advertimos la sombra de una inspiración metafísica o el desarrollo
libre de la expresión automática".
Este enfoque privilegia una atención a las cuestiones formales y se inhibe
de una ponderación de la praxis artística vinculada en la mayoría de los casos
a una praxis vital y política de signo utópico.
Otras antinomias y aporías tienen que ver con las paradojas que se han
constituido en el proceso moderno. La autonomía del arte, por ejemplo, era
contestada al tiempo que se reedificaba en una práctica artística de carácter
elitista. Eduardo Subirats ha retomado la atención que Poggioli dispuso sobre
el cuestionamiento de la autonomía del arte que desde el dadaísmo, el
surrealismo y el futurismo, tomó la forma de " agonismo paradójico "
o " derrotismo positivo ", "que definió en
términos de una inmolación del yo en aras del arte del futuro". La
negación simplista del arte autónomo lejos de promover su superación
emancipadora en la praxis vital y política, condujo a ese callejón sin salida
en el que convergieron posiciones nihilistas y agonistas, sacrificiales y
místicas, lúdicas y grotescas.
En otro orden de cosas está, la diferenciación alto/bajo, o la hostilidad
hacia la cultura de masas. A esta distinción Huyssen la ha denominado la
" Gran división " y " que resulta mucho
más importante para la comprensión teórica e histórica que, según muchos
críticos, separa al posmodernismo del modernismo ". Debido a
la asincronía de la emergencia de las vanguardias vascas esa división apenas tuvo relevancia. Con todo, será en periodo
posterior con los grupos de la escuela vasca en los años sesenta cuando
aparecen debates relacionados con esa cuestión. Eric Hobsbawm, en una breve
incursión ensayística sobre las vanguardias históricas,
enfatiza la tesis de que en el terreno de las artes visuales (se refiere sobre
todo a la pintura) no alcanzaron su objetivo de mediar en el conocimiento y
aprehensión del mundo, debido a sus límites tecnológicos. Es decir, se han
quedado a la zaga de otras prácticas visuales (así el cine como paradigma) que
expresan mejor el espíritu de los tiempos al incorporar una tecnología más
compleja y participar con mayor potencia en la cultura de masas. En palabras de
este célebre historiador, " la historia de las vanguardias
visuales del siglo XX es la lucha contra la obsolescencia tecnológica ". Sin
embargo, esta consideración crítica, no pondera suficientemente la aportación
de esas vanguardias a la renovación
de la experiencia del arte y de la praxis vital. Pero volviendo a la tesis de
partida de Huyssen (" la vanguardia histórica aspiró a desarrollar
una relación alternativa entre arte elevado y cultura de masas, y debería en
consecuencia distinguirse del modernismo, que insistía en la hostilidad
esencial entre lo alto y lo bajo ") le permite " distinguir
a la vanguardia histórica tanto del modernismo de fines de siglo diecinueve
como del modernismo de entreguerras ". Tesis que no podría
aplicarse sin más a la experiencia vasca de esa misma época. Los modos en que
se manifestó esa "oposición elástica" requieren de otros análisis que
superan los objetivos de estas breves notas.
Todas las utopías son deprimentes porque no dejan lugar para el
azar, la diferencia, lo 'diverso'. Todo está puesto en orden y el orden reina.
Detrás de cada utopía hay siempre un gran diseño taxonómico: un lugar para cada
cosa y cada cosa en su lugar .
Georges Perec (1985) Pensar / Clasificar .
Ha dejado escrito Pierre Bourdieu (1982): " Utopismo, esta
negación mágica de lo real " Sobre esa negación paradójica
han cabalgado casi todas las vanguardias históricas. Uno
de los mitos más asociados a éstas refiere cierta dimensión utópica que se ha
bifurcado en horizontes antagónicos: sean de signo socialista o comunista, sea
de orientación fascista, lo constatable era que acogían elementos autoritarios.
Resulta paradigmático el futurismo[44] italiano, tan fraterno
con la mitología del fascismo italiano, que fue una referencia central para
las vanguardias homónimas en el
escenario español y vasco. Conocido es como Ramiro Ledesma (y por imitación a
éste, José Antonio) sentía al igual que Marinetti unas pulsiones convulsas y
las más de las veces paradójicas que se plasman en sus incendiarios discursos
irredentistas. Así Ledesma elogiaba la contumacia del carlismo, y al igual que
los primeros embriones de Arditti y los futuristas, ensalzaba "el gesto
implacable de los anarquistas".
A menudo su retórica discursiva se reducía a unas cuantas proclamas sobre
una suerte de "arriba lo nuevo, abajo lo viejo". Así en 1922
construye el siguiente galimatías:
¡Viva el mundo nuevo!¡Viva la Italia fascista!¡Viva la Rusia
soviética!¡Viva la España que haremos!¡Abajo las democracias burguesas y
parlamentarias!
Al igual que sucedía en una Italia ruralizada y decimonónica, los
auténticos fascistas españoles en un alarde de candidez política sin
precedentes, manifestaban un desprecio por la vieja España que al fin y a la
postre era la única que podía admitirles (problema del fascismo de izquierdas
en Italia y en menor medida en España). En realidad, como a los futuristas
italianos, a los intelectuales y artistas que aceptaron esta nueva bandera lo
que les interesaba era precisamente la parte menos política y más vitalista de
estos movimientos (cuestión esta ciertamente interesante que fue apreciada por
Sorel en relación a la violencia revolucionaria: la acción es en sí misma el
gesto revolucionario por antonomasia, y la plástica y la ideología no son mas
que un atrezzo reducible a palabras alternantes que descoloquen al
adversario).
En el ámbito del constructivismo también encontramos esa sublimación
idealizada de la acción. El Manifiesto realista (1920) presentado por Gabo y
Pevsner comenzaba con la siguiente declaración: " Más allá de las
tempestades cotidianas, ante las puertas de un futuro virgen, proclamamos hoy,
para vosotros artistas, escultores, músicos, actores, poetas, todos aquellos
para quienes el arte no es un simple pretexto, sino una verdadera fuente de
gozo, proclamamos: Palabra y acción ".
Quizá se podría caer en la sospecha que algunos artistas se decantaron por
una determinada tendencia más por afinidades y simpatías artísticas que por
convicciones ideológicas. La ambigüedad y labilidad del clima cultural y
político favoreció esa situación contradictoria.
Tomemos el caso del surrealismo y sus diversas declinaciones en contextos
diferentes. Ya en sus primeros pasos, tras la estela heterodoxa y cáustica de
Dadá, el movimiento surrealista combinó un anhelo revolucionario y trasgresor
con un discurso imperativo y una praxis sectaria comandada por Breton, que
provocó un larga secuencia de conflictos y escisiones. No obstante, y
paradójicamente, como sostienen Calvo Serraller y González García:
"fuera o dentro de la ortodoxia, quienes en uno o en otro momento
participaron en las actividades del grupo, firmaron manifiestos y declaraciones
o acudieron a sus grandes exposiciones internacionales, hicieron realidad la
constante negativa del surrealismo de convertirse en una escuela ideológica o
en un istmo "artístico". Quizás esos disidentes, poetas, pintores o
ensayistas, sean ahora, lejos ya del esplendor provocativo de los años treinta,
ese surrealismo oculto que Breton exigía en el segundo manifiesto. Bataille,
(... ) y tantos otros dejan bien claro, contra quienes querían ver muerto
sepultado al surrealismo, que esta fue la gran vanguardia del siglo y su más
lúcida mirada sobre el mundo. Y Breton, sólo al fin de tanto condenar a sus
amigos y, al fin, escéptico y tranquilo, podrá ser siempre reconocido como el
animador de esa coherencia en la dispersión".
Walter Benjamín, que reconoció como pocos la potencia de las propuestas
surrealistas para producir iluminaciones profanas y para "ganar las
fuerzas de la ebriedad para la revolución", consideraba que su
proyecto se aproximaba a la utopía del Manifiesto Comunista .
Con todo, la pretensión, tanto surrealista y dadaísta (al igual que la de
otras vanguardias), de desbordar el arte desde la propia acción artística para
hacer "otra cosa", topó con innumerables condicionantes, siendo los
trágicos acontecimientos bélicos que atravesaron Europa, y la deriva
autoritaria de la revolución soviética, los más relevantes.
Las vanguardias históricas
representaron el último momento de la ilustración moderna en cuanto asumieron
una concepción teleológica del progreso en el arte, y también en el sentido de
que la dimensión utópica que afirmaban para el arte y la experiencia estética
podría mediar entre los ámbitos diferenciados de la cultura moderna, y de ese
modo permitiría contrarrestar la deriva instrumental de la racionalización
moderna. El fracaso de las tentativas vanguardistas añade un nuevo eslabón más
(tras los aportados por el romanticismo, el republicanismo o el socialismo) a
la cadena de la razón insatisfecha, al no poder concluir sus proyectos
emancipatorios.
Uno de los legados que ha llegado hasta el arte actual refiere la pulsión
de lo nuevo que emerge a lomos de la estética de la originalidad postulada por
las diversas corrientes vanguardistas. Contrasta con el modo de innovar en el
arte clásico y en el romántico. En el primero, "paradójicamente, no puede
dejar de esforzarse por sustraerse a la norma clásica, de buscar lo nuevo,
aunque sea menor y secundario"; mientras que en el segundo, "la obra
de arte es necesariamente original, nueva y por último única". En
ambos la obra de arte es "un momento de exploración del mundo (... ), pero
es también la huella de una invención; por eso es una reserva insondable -tal
vez infinita, como dice Schelling- de efectos sobre quien, al final del proceso
artístico, es su destinatario y algo así como su productor asociado: el
espectador. Lo nuevo, en arte, es también cuestión de contemplación y de
recepción".27 Plantea una posición recurrente y tan perentoria como paradójica que
se reconoce en las vanguardias: "el arte nuevo
no puede nacer más que de la exigencia de nuevas ideas que piden ser
expresadas; pero estas nuevas ideas son ideas del arte y nada más que del arte.
(... ) Para Schönberg, lo mismo que para Chirico y para muchos otros inventores
de arte, la idea está "encadenada a bases eternas"; contrariamente a
los estilos que no dejan de cambiar, la idea " nunca puede morir ".
Otra paradoja recurrente: los manifiestos vanguardistas al tiempo que
transgredían las convenciones estéticas heredadas legislaban nuevos postulados
artísticos y nuevos modos de contestación política. Tanto en la dimensión
estética como en la social y política, se impuso cierta dinámica compleja de
diferencia y repetición que en cada contexto específico tomó formas
particulares, pero sin superar su lógica antinómica y paradójica
Estas jornadas de arte se proponen una revisión del arte vasco entre 1875 y
1939. Este periodo acoge acontecimientos convulsos y se cierra con el muro
levantado por la victoria franquista sobre la truncada experiencia de la
República. Todo ello conformará radicalmente el devenir de las
incipientes vanguardias artísticas y
culturales. Como consecuencia de esa situación, una censura dramática se
interpondrá entre generaciones de artistas y entre los que se exilan y los que
aceptan el nuevo régimen. Oteiza comandará un gesto altamente simbólico tras su
regreso de América a Euskadi, al tomar en el año 1949 un edificio en Bilbao
para transformarlo en un centro para el renacimiento cultural. Lo llamaron
"Academia Arteta", pero apenas pudo funcionar debido al desalojo
realizado por la policía. Pero, no obstante, ahí se rehizo un vínculo cortado
con la memoria de la primera vanguardia desaparecida, que tendrá prolongación
en los años sesenta.
La cuestión de la fundamentación de las divisiones periodológicas se
relaciona con el modo de concebir el proceso histórico: sea afirmado como
continuidad o como discontinuidad temporal. Michel Foucault se ha referido a
las consecuencias epistemológicas de una u otra opción en su conocido
ensayo La arqueología del saber (1969): privilegia la
discontinuidad histórica como instrumento y como objeto de investigación, y
derivará de ello el rechazo a la idea de que la recepción del pasado histórico
por la conciencia presente exija la continuidad de una memoria común. Entonces
la noción de archivo se opone a la de tradición; mas las rupturas y
discontinuidades no por ello dejan de articularse en un acontecer histórico de
larga duración.
En el contexto vasco la constelación de sensibilidades y proyectos
artísticos de signo vanguardista articulados en los años veinte y treinta
quedaron cortados por las consecuencias de la guerra civil. Sólo Oteiza,
primero en su andadura latinoamericana y posteriormente, a partir de su regreso
a Euskadi en 1948, retomará una de las líneas apenas esbozadas en sus inicios.
En realidad, la consideración de vanguardia a determinados movimientos y
postulados es a menudo una construcción ulterior a las propias experiencias
agrupadas bajo esa denominación.
José Ferrater Mora en su célebre Diccionario de Filosofía define
la noción de "paradoja" desde el horizonte retórico:
"Etimológicamente 'paradoja' significa "contrario a la
opinión"; esto es, "contrario a la opinión recibida y común".
Cicerón decía que lo que los griegos llaman paradoja "lo llamamos nosotros
cosas que maravillan". La paradoja maravilla porque propone algo que
parece asombroso que pueda ser tal como se dice que es. A veces se usa
'paradoja' como equivalente a 'antinomia'; mas propiamente se estima que las
antinomias son una clase especial de paradojas, a saber, las que engendran
contradicciones que no obstante parecen haberse usado para defender las formas
de razonamiento aceptadas como válidas".
He utilizado las nociones de paradoja y antinomia en dos niveles de
análisis: uno, como metáforas del uso extraño de los modos de enunciación
artístico, esos lenguajes plásticos y visuales que han dislocado la
representación tradicional; el otro, se referirá a la interacción de sus
programas artísticos con su praxis política.
Se han señalado algunas ambivalencias en los postulados estéticos y en la
praxis de las primeras vanguardias artísticas: esa
ambivalencia nuclear del concepto " vanguardia "
refleja la aporía que les condujo a su decadencia y su rápida
institucionalización por el mundo y agencias del arte. La distinción entre
paradoja y antinomia no es nítida en ocasiones: como ha observado Ricoeur la
" paradoja " comparte con la " antinomia "
el hecho de no poder ser resueltas: en ambos casos, " dos
proposiciones resisten ser refutadas con la misma fuerza, con lo que sólo se
las puede aceptar o rechazar conjuntamente ". Sin embargo, la
paradoja difiere de la antinomia en que, en su caso, las dos tesis en cuestión
se basan en el mismo universo discursivo. En este sentido, se puede hablar de
la incurable condición paradójica de la idea de cultura, tal
como se conformó en el umbral de la era moderna porque, aunque proyectada sobre
la condición humana de todos los tiempos, las ideas irreconciliables
amalgamadas en ella habían surgido de la misma experiencia histórica.
Las antinomias han estado presentes también en las segundas vanguardias y en la declinación post del arte actual, dado que refieren una
contradicción que no muestra su resolución, designa dos proposiciones
contrapuestas. Lo mismo sucede con las paradojas que afectaron a las vanguardias históricas. Esa noción como expresión vinculada a la lógica y a la
retórica, informa de la coexistencia de elementos, proposiciones o sentidos
incompatibles. La singular economía significativa de la paradoja se puede
reconocer en una gran diversidad de ámbitos de conocimientos y de experiencias.
En las vanguardias artísticas el
impulso de lo nuevo era a su vez la matriz de su obsolescencia futura, y
también lo que se afirmaba como tradición de lo nuevo, como la denominara
Greemberg, socavaba su propia consolidación. La ruptura innovadora, como impronta
indeleble de la modernidad, está en la base de la tradición que constituye en
su devenir. De modo que la empresa vanguardista también ha podido, como la
modernidad, aparecer como relevo histórico -y plenamente historizable- de la
tradición. José Jiménez en su libro Teoría del arte (2002) ha sintetizado
cabalmente el carácter antinómico y paradójico que ha constituido la
experiencias de las vanguardias históricas.
Señala cuatro antinomias que derivan de mantenimiento y reproducción de la
esfera del arte como un espacio culturalmente escindido:
Una paradoja más, en la que enfatiza la mirada crítica de Subirats:
" Las vanguardias fueron la última consecuencia del esteticismo
del final de siglo y del decadentismo que lo atravesaba; no su superación. Ellas
apantallaron la crisis real de las culturas históricas europeas bajo las luces
de candilejas de su utopía de un nuevo reino a la vez tecnológico y
espectacular ". Operaban en un tiempo que no les pertenecía y su
herencia perdura más como etiqueta simbólica en la competencia entre campos y
prácticas artísticas, que como promesa de emancipación social y cultural. El
límite de las artes se ha ampliado pero no ha desaparecido como esfera
autónoma. Este juego de paradojas permisivas" reconocible en las segundas vanguardias de los años sesenta y setenta, es en la situación de la creación
contemporánea uno de los rasgos más definitorios.
Son necesarias aún nuevas aproximaciones críticas que sigan aventando las
convulsiones, acontecimientos y las ideas que germinaron en las primeras vanguardias vascas, que exploren las paradojas de esa
constelación heteróclita, sus utopías lábiles y sus fracasos. El arte, para
Adorno, no se deja reducir a una función, ni siquiera a unas pocas: tal es su
función. Esa es, al fin y al cabo, la fértil paradoja que recrearon las
diversas expresiones vanguardistas, bajo poéticas y praxis plurales.
1.20.Los orígenes de la modernidad en el arte vasco:
Arte vasco y compromiso político
Me
he planteado desarrollar esta ponencia sobre los orígenes de la
modernidad en el País Vasco desde el punto de vista de las
relaciones que se establecieron en la doble dirección que señalan los
componentes de su subtítulo, esto es, los compromisos confesados o enmascarados
de algunos políticos vascos con el arte, principalmente con las formas para su
difusión y su manipulación, y los compromisos conscientes o inconscientes de
determinados artistas vascos con la política, sobre todo con las formas en que
se aproximaban o alejaban de sus propios pensamientos políticos en las pinturas
y esculturas que realizaron, durante el periodo señalado, en aras de convertir
en moderno, según el entendimiento de unos y otros, tanto el país como el arte.
Aunque
reconozco la importancia histórica que el año 1898[45] supuso para España en su
conjunto, como gozne crítico sobre el que empezaron a cristalizar nuevas
mentalidades y actitudes, la verdad es que al referirnos al País Vasco esta
fecha resulta un tanto incómoda porque obliga a dejar atrás hechos
significativos, como la industrialización y los comienzos del nacionalismo y el
socialismo, que precisamente fueron factores que, junto con otros, coadyuvaron
a la crisis global noventayochista, la cual no fue sino la confluencia de
múltiples resquebrajaduras de diferentes naturalezas en el sistema
socio-económico-político español vigente hasta entonces.
La abolición
de los fueros vascos en 1876, como consecuencia de la derrota del
carlismo, fue el hecho político local más significativo hasta la proclamación
de la II República, tanto porque significó la conclusión de un modelo secular
de gobiernos locales más o menos autónomos como porque dio paso a un sistema
legal que, al propiciar el desarrollo económico e industrial, generó las
condiciones para el surgimiento de un nuevo paisaje ideológico, político y,
naturalmente, artístico, aquel que en buena medida ha caracterizado el siglo XX
en su totalidad, esto es, el escenario del conflicto nacionalista con sus
tensiones culturales y del desarrollo industrial con sus tensiones sociales.
El
nacionalismo vasco surgió de la nostalgia fuerista que entre liberales y
tradicionalistas vascos dejó la ley abolitoria dictada por Cánovas del
Castillo. Se trataba de un sentimiento contradictorio pues afectaba tanto a los
perdedores del antiguo poder rural (clero y 'aristocracia' campesina) como a
los beneficiarios de la nueva situación, aquellos que rápidamente empezaron a
enriquecerse con la explotación de las minas, la exportación de hierro a
Inglaterra, el comercio y el capitalismo financiero. Aquella nostalgia de algo
que fue real, una vez aderezada de literatura y mito, preñada de resentimiento
insolidario y orgullo diferencial, dio lugar a estados melancólicos por una
ficción soñada, algo inexistente a lo que la insistencia repetitiva y circular
(el bucle) terminaba por convertir en real para algunas mentes.
Entre
1876 y 1890 se vivió un intenso ambiente neo-foralista, de deseable
recuperación del estado anterior, sentida incluso entre los vencedores,
liberales de la guerra contra el carlismo. En este contexto, la cultura
artística desempeñó un papel importante de legitimación de los orígenes forales
y, desde las instituciones públicas, se alentó todo lo que tuviera que ver con
juras y obediencias de Reyes castellanos a los fueros vascos, todo lo que
tuviera relación con los mitos locales, fueran de raíz histórica o popular,
todo lo que tuviera la menor relación con hechos pasados, ciertos o no, en los
que quedara establecida, de manera clara, la voluntad de independencia de los
vascos y la validez del comunitarismo decisorio de la Casa de
Juntas de Gernika. A impulsos de esta tendencia se escribieron novelas
y poesías de sentimentalidad vibrante y se pintaron cuadros de tema heroico, y
el País Vasco, así, vivió un tardío brote cultural romántico.
Sabino Arana dio una vuelta de tuerca a esta situación, partiendo de
ella. Dictaminó que el arte era una cuestión de importancia secundaria en una
patria oprimida y que, de hecho, el arte no podía surgir con plenitud ni ser
sentido por sus habitantes en tanto la cuestión vital de la libertad patriótica
no estuviese resuelta. Según él, carecer de patria libre era un tipo de
amputación emocional de primer orden para el individuo sometido, de forma que
tal carencia imposibilitaba la creación artística y su disfrute a toda persona
emocionalmente incompleta, esto es, patrióticamente alienado.
El
sentimiento patriótico, para Arana, era universal, frente al sentimiento
artístico, que, según él, podía darse o no en los individuos. En consecuencia,
todos los esfuerzos de los individuos conscientes de su opresión debían
encaminarse a liberar su país, cada uno con los instrumentos que dominase,
aunque al final fuera la política la que resolviese el problema político. En
esta gran tarea colectiva el artista, opinaba Arana, debía realizar obras que
auxiliaran a la política libertadora en la medida que excitasen y acrecentasen
la veneración hacia la patria:
"Hágase
renacer el patriotismo por la fría prosa de la política -decía-, que enseña la
historia y la constitución patrias y asocia al pueblo en el amor patrio, y una
vez vivo, una vez que los euzkerianos sean patriotas, entonces la poesía se
levantará pujante, hermosa y resplandeciente cantando la libertad y las glorias
de la patria; entonces la música, contemplando estrechos los moldes que la
estrechan y mezquino el campo en que se mueve para cantar en himnos inmortales
la grandeza de la Patria, remontará su vuelo por las sublimes esferas del arte
puro; entonces la arquitectura, creyendo impropios los órdenes y estilos arquitectónicos
que hoy existen para representar la belleza de nuestra patria, creará un estilo
propio, una arquitectura euzkeriana; y entonces la literatura enriquecerá y
engrandecerá nuestra patria con obras inmortales que asombren al mundo".
El
tipo de pintura que agradaba a Arana era el representado por La
Jura de los Fueros por Jaun Zuría , de Anselmo Guinea, ejecutada
15 años antes de que Arana hiciera sus reflexiones estéticas. Guinea, a pesar
de su extraña trayectoria, fue el artista que más complació a los nacionalistas
en general, aunque no siguiera estrictamente los mandatos de Arana. Lo cierto
es que casi ningún artista importante los siguió, afortunadamente. Ni siquiera
lo hicieron los artistas nacionalistas más comprometidos políticamente, por ejemplo Adolfo
Guiard, quien tuvo oportunidades claras de hacer propaganda política
con sus pinturas, aunque, como luego se verá, sí hizo política, pero no
propaganda, en el mejor sentido artístico y democrático de la palabra..., a
pesar de Arana.
El
mensaje del fundador del nacionalismo vasco era esterilizante y por eso su
prédica no tuvo ningún efecto, salvo anécdotas de pésima calidad. Su
utilitarista discurso tardo-romanticista y miticista despreciaba los nuevos
lenguajes plásticos, el impresionismo y el simbolismo, cargaba la importancia
en lo narrativo y retórico, sobre valoraba el detalle histórico erudito (aunque
resultara incomprensible para la mayoría de la población a la que supuestamente
debía dirigirse) y negaba la autonomía del arte y el artista.
Los
planteamientos relativos al arte de la otra nueva fuerza política del momento,
el socialismo, quedaron plasmados en las páginas de la revista La lucha de
clases, pudiendo decirse que el único bagaje del socialismo vasco en esta
cuestión fue el que difundió La lucha... y éste no era otro más que el
que Miguel de Unamuno vertió en ella entre 1894 y
1898 aproximadamente.
Unamuno
no tuvo ideas originales en este campo. Todo su "background" procedía
de las lecturas de John Ruskin, William Morris y Walter Crane, de una parte, y
de Leon Tolstoi, por otra, como aportaciones teóricas positivas, y de Gabrielle
D'Annunzio, como aportación teórica negativa, y de los introductores de los
nuevos lenguajes plásticos (impresionismo y post... ), como aportaciones artísticas
reales negativas. Para él, no existían aportaciones artísticas positivas, salvo
las de algún oscuro pintor vasco del que valoraba su candidez y llaneza, el
hecho de que pintara cuadros costumbristas con la misma naturalidad y falta de
pretensiones con la que un campesino cultivaba cebollas.
El
cuerpo principal del ideario socialista de Unamuno respecto al arte se basaba
en la crítica al arte de la burguesía, y no en la proposición de un arte
alternativo, salvo vagas alusiones morrisianas a que lo artístico se disolviera
en la vida cotidiana. El arte del momento era resultado de cuatro
características propias de aristócratas del espíritu: el individualismo, el
formalismo, el esteticismo y el idealismo. Ello daba lugar a un arte
superficial, amanerado, minoritario y narcotizante, completamente alejado de la
realidad, y creaba elitistas mandarinatos de supuesta superioridad estética e
intelectual que, en realidad, eran instrumentos serviles a los intereses de la
burguesía, cuando no pura pose. Así lo proclamaba.
Paralelamente,
el tipo de imagen artística que ofrecía La lucha..., como alternativa a este
arte decadente, era el de pintores concienciados como Vicente Cutanda,
Alexander Steinlen o Walter Crane, esto es, crudas imágenes de la vida obrera,
plenas de dolor e injusticia, y maniqueas alegorías protagonizadas por el
proletariado mártir, el burgués vampírico y la naciente promesa angélica de una
futura liberación. Erróneamente, suponían que estas imágenes eran una bofetada
en el rostro del explotador. Lo cierto es que su efectividad solía ser nula
porque a la conciencia de la burguesía ni siquiera llegaban a arañar y al
obrero no le decían nada que no supiera ya por propia experiencia. A la
burguesía vasca, al menos a ciertos sectores amplios y significativos de la
misma, lo que de verdad molestaba no era lo que el arte contaba en imágenes,
sino la manera en que lo hacía, en el lenguaje artístico que utilizaba si éste
era resultado de una experimentación o innovación, le incomodaba más una vaca
pastando en un prado si estaba resuelto de manera puntillista o con cromatismo
"fauve" que una conspiración obrera concebida de modo naturalista,
con respeto al dibujo y al buen hacer académico.
Tras
el nacionalismo y el socialismo, queda por analizar las intenciones del
conservadurismo y liberalismo oficiales, aquellos que durante este tiempo
ocuparon los mandos de las instituciones públicas. Lo veremos un poco más
adelante. Ahora lo que haré será exponer brevemente los comportamientos
políticos y artísticos de las tres figuras que, a mi entender, mejor
representan el "98" vasco.
Adolfo
Guiard (1860-1916) fue el pionero de la modernidad y el personaje
artística e intelectualmente decisivo entre 1886 y 1910. Pintor de obra no muy
abundante, sin embargo, nunca se repitió a sí mismo y cada uno de sus trabajos
es un hito de referencia artística e ideológica. Guiard, curiosamente, era a la
vez amigo de Sabino Arana y de Miguel
de Unamuno, lo que no impidió que ambos detestaran su pintura (por
no-nacionalista el uno y por elitista el otro), y fue un convencido y activo
militante nacionalista desde el primer momento. Sin embargo, no sólo no hizo
caso a las castrantes demandas sabinianas, sino que se convirtió en el
intérprete de la pujante burguesía liberal al plasmar con un lenguaje novedoso
y con una mirada anti-retórica las bases de su desarrollo económico y
mercantil, sus nuevos escenarios de ocio y su capacidad de innovación
tecnológica.
Más
tarde, dirigió su mirada hacia el mundo campesino vasco y en vez de encontrar
en él héroes masculinos del trabajo o bellezas femeninas del caserío,
individuos épicos de una raza diferente, observó a ancianos cansados y
arrugados, gentes humildes pero dignas, sin Historia con mayúsculas pero con
mucha biografía personal detrás de sí, protagonistas de un mundo en declive
pero que continuaba renovándose.
Guiard
fue entre 1886 y 1916 el secreto artista de referencia para cuantos jóvenes
vascos empezaban su carrera: coherente con su compromiso político y, a la vez,
con su compromiso artístico, sin dejar que el uno interfiriera en el otro;
carente de afán de notoriedad y sin permitir que su ritmo de trabajo se
supeditase a las presiones de la demanda. "Rara avis", tras vivir de
joven siete años en París con la amistad de Degas y Signac, regresó a Bilbao y
no salió jamás del pequeño territorio circundante. Ello no le impidió componer
un canto universal sin dramatismos ni gestos teatrales. Como luego veremos, en
la Casa de Juntas de Gernika, lugar emblemático de la
política nacionalista donde los haya, dio una lección de independencia
artística y respeto democrático.
Darío
de Regoyos (1857-1913), siendo un republicano convencido con
resabios ácratas, nunca hizo ideología política con la pintura, sino ideología
estética. Al contrario de Guiard, fue trashumante, pero al igual que aquel,
tampoco buscó la fama, aunque sí el reconocimiento de su trabajo.
Organizador
de exposiciones "de lucha" y polemista en prensa, Regoyos fue un
pintor moderno, impresionista puro en cuanto a la técnica. Sin embargo, quedaban
en su imaginario personal significativas dosis de pulsiones tardo-románticas...
eso sí, muy alejadas de los tópicos literarios franceses. Su gusto por el
paraje pintoresco, la arquitectura curiosa e histórica, típica y rural, o
incluso la funcional arquitectura moderna (puentes ferroviarios) sentida con
grandiosidad, la contemplación sublime de la Naturaleza en la que buscaba tanto
el silencio ascético como la imponente presencia, la palpitante fuerza interior
de la proteiforme urbe moderna, la preferencia por los momentos aurorales y
crepusculares que -más allá de las luces que proporcionan- metaforizan
sentimientos inconscientes en torno a la vida y la muerte, incluso esa
primeriza obsesión por la "España negra" que se prolongó ocasionalmente
(procesiones religiosas de madrugada a la luz de velas)..., constituyen una
herencia decimonónica de la que nunca llegó a desprenderse.
Le
fascinan las masas rocosas situadas en tierra vasca, elevándose totémicas,
imperturbables, eternas y protectoras, a cuyos pies, encogidos, se agazapan los
diminutos caseríos en torno a templos y las gentes arracimadas en grupos. El
paisajismo de Regoyos se resuelve en cielos semicubiertos por nubes mientras la
tierra se alza hacia lo espiritual. Por ello, Regoyos entonó un canto a la
tierra vasca, mostrándola poderosa, sólida y firme, elevada místicamente,
inatacable. No siendo Regoyos nacionalista, su repertorio de imágenes, sin
pretenderlo, colaboró a configurar un imaginario de ese cariz ideológico. Del
mismo modo que en Europa a principios del siglo XIX el romanticismo ayudó a la
forja de los sentimientos nacionalistas en países desunidos o irredentos, a
finales del XIX y principios del XX en el País Vasco esta pintura impresionista
que aún conservaba dejes románticos ayudó a la excitación de un espíritu
semejante, el bizkaitarrismo.
Ignacio
Zuloaga (1870-1945), curiosamente, el pintor prototipo de
la Generación del 98[46],
fue el menos comprometido políticamente. De hecho, no lo estuvo en absoluto. En
su abundante correspondencia y en lo que sobre él se decía entre sus conocidos,
pintores y escritores, la cuestión de la ideología política de Zuloaga,
no ya la partidista, sino la simplemente vinculable cualquier ciudadano
interesado en los problemas de su época, no aparece siquiera levemente.
Zuloaga,
cuyo trabajo se produjo en su mayor parte fuera del País Vasco, aunque aquí
tuviera gran repercusión y seguimiento todo lo que hacía, fue un artista
exclusivamente interesado en el desarrollo de su carrera, estableciendo
relaciones con cuantas personas e instituciones le posibilitaran un encargo,
una promoción, un paso adelante en su proyección personal como artista,
resultándole irrelevante las ideologías de estas personas e instituciones
siempre que no se inmiscuyeran en su trabajo. Excelente pintor, Zuloaga fue
todavía mucho mejor relaciones públicas de sí mismo.
El
componente político de la pintura de Zuloaga, en tanto de
imagen del pensamiento noventayochista, en realidad procede de las
interpretaciones de sus comentaristas, de Unamuno, de Baroja, de Ortega y
Gasset... Fueron estos los que dieron un contenido ideológico a la hábil
escenografía pictórica de Zuloaga. Todos ellos se basaron
en la relación del pintor con el ensayista y político francés Maurice Barrés
para suponer un traslado del pensamiento de éste a la pintura del otro, sin
embargo, en mi opinión, Zuloaga nunca lo pretendió.
Zuloaga fue
un magnífico compositor de escenarios y personajes españoles, conforme a los
tópicos de la literatura romántica francesa: el torero, la gitana, el enano, la
florista, el cardenal..., contrapuestos a paisajes castellanos de gran
espectacularidad, tenían una gran demanda en los mercados europeos. Zuloaga gustaba
no por lo que de nuevo contaba acerca de España, sino por lo que de estereotipo
eficazmente narrado mostraba. Zuloaga encontró una
fórmula y la explotó a fondo (un poco de tradición pictórica española, unos
paisajes muy teatralizados, un surtido de iconografía hispana tardo-romántica,
una gestualidad tomada de la retratística de Sargent y Whistler y una
resolución plástica eficaz), después vino el Unamuno post-socialista y
descubrió en ello hondas raíces de hispanismo intrahistórico y humanismo
telúrico. Estoy convencido de que Zuloaga se
sorprendía a sí mismo al leer lo que otros escribían sobre su pintura.
Una
de las acciones conjuntas de estos tres pintores fue la organización de
exposiciones "de lucha", entre 1900 y 1910, en las que artistas
modernos vascos y catalanes colaboraban exclusivamente entre sí, marcando
distancias con los artistas españoles, dominados por la burocracia de los
concursos, los premios de las Exposiciones Nacionales, el academicismo y
representado todo ello por el éxito en Madrid. El objetivo de estas
exposiciones vasco-catalanas no era el resaltar cualidades diferenciales de
orden antropológico-cultural, sino solamente las de tendencia estilística y
orientación estética. Sin embargo, los nacionalistas, que, en general no
gustaban de sus obras, sacaron provecho político de este "separatismo
artístico" para resaltar las cualidades nacionalmente singulares de la
cultura vasca frente a la cultura española.
Como
se ha visto, ni el nacionalismo ni el socialismo -tanto desde las doctrinas
partidistas como desde las militancias individuales- ejercieron una influencia
sobre el arte que se hacía en el País Vasco. Sin embargo, las corrientes
liberales más o menos teñidas de conservadurismo sí tuvieron una repercusión
sobre la realidad artística, tanto porque la hicieron posible con el
enriquecimiento del país como porque pudieron pagarlo desde las instituciones
que gobernaban. No necesitaron ideólogos para el despliegue de sus acciones,
pero Ramiro de Maeztu fue, en todo caso, su más valioso justificador.
La
Diputación Foral de Bizkaia dio ocasión entre 1899 y 1904 a cuatro momentos de
singular interés artístico-político. Dos de ellos se refieren a las obras de
decoración del nuevo palacio, otro a un aspecto de su política de becas y el
cuarto a las obras de decoración de la Casa de Juntas de Gernika.
En
cuanto a la política de becas, establecida en 1903, el hecho significativo era
que el ejercicio para obtener una pensión económica consistía en pintar un óleo
cuyo tema obligatorio era Un accidente de trabajo en una fábrica
de Vizcaya . Es decir, un tema habitual de la iconografía
socialista era propuesto por una institución política gobernada por liberales,
es decir, por los causantes de que en las fábricas de Vizcaya los accidentes de
trabajo fueran un mal endémico. Prueba meridiana del poco efecto que toda la pintura
propagandística de los Cutanda y demás tenía sobre la burguesía industrial.
La
primera de las acciones sobre la ornamentación del Palacio de la
Diputación fue la ejecución de una gran vidriera sobre la
escalera principal. El encargo se encomendó a Anselmo Guinea, artista querido
por nacionalistas, tradicionalistas y carlistas, tres minorías que lo
propusieron sin encontrar la oposición de los liberales, pero a Guinea no se le
dejó libertad para desarrollar el tema del vitral, sino que se le dio hecho su
contenido. Tras considerar diversos asuntos de carácter historicista,
desestimados finalmente por pasados de moda, los propios diputados por mayoría
dictaron la imagen a realizar al tiempo que reflexionaban que
"el
florecimiento material engendrado por la industria se verá coronado por otro
florecimiento de orden más alto, en el que brillará el sol de la ciencia y
lucirán los inapagables fulgores del arte, sin que por ello pierda la noble
tierra vizcaína aquel sello de sencillez austera, de honesta gravedad y de
cariñoso apego a lo suyo, que ha constituido a través de los siglos el rasgo
característico de su historia y ha dado origen a la entereza constante y serena
con que siempre defendió su independencia y libertad y supo así conservar su
personalidad colectiva".
La
primera parte de la frase es una apología del liberalismo económico[47], pero la segunda es un
fino texto de consenso político en un organismo político muy fragmentado en
tendencias diversas, encontrando todos en ese párrafo algo en lo que sentirse
representados. Al año siguiente, Ramiro de Maeztu escribió algo idéntico a lo
de los diputados vizcaínos:
"En
la pirámide de las civilizaciones es la riqueza la base necesaria para que,
sobre ella, pueda empinarse al cielo el sentimiento del artista. No nos arredre
el ansia de placeres materiales. Del mismo modo que la guerra de Troya fue un
rodeo que se tomó la caprichosa Naturaleza para producir la Ilíada, así podemos
considerar la red ferroviaria y el hormigueo de las fábricas como el pedestal
sobre el que se yergue una generación de artistas. Sobre la cima de las
chimeneas vibrará la lira del poeta y vibrará desde lo alto... Así se acercará
el advenimiento del apogeo artístico, fase última y suprema de toda
civilización".
Resumen
de la teoría liberal: no nos preocupemos por el arte ni por sus contenidos o
por sus destinatarios, sino por la economía, pues conque ésta se desarrolle y
extienda sus bienes, indefectiblemente, el arte aparecerá.
La
segunda acción ornamental sobre el palacio se refirió a las pinturas de los
techos de los salones principales (190104), un conjunto de más de doce piezas,
de grandes dimensiones, las cuales los diputados de la Comisión de Hacienda
Foral repartieron inicial y equitativamente entre el pro-nacionalista Anselmo
Guinea y el liberal José Echenagusía, respetando el equilibrio de las dos
mayores fuerzas políticas representadas en la cámara provincial. Sin embargo,
como la ejecución del encargo se demoró y en el intervalo se celebraron
elecciones locales con el resultado de una nueva composición política en la que
las fuerzas católico-monárquicas ascendieron en representatividad a costa de
las otras dos, el reparto de los trabajos pictóricos se redistribuyó de manera
proporcional a la nueva composición política existente, es decir, un 44 % de
los techos para Guinea, sostenido por foralistas, nacionalistas y carlistas, un
33 % para Echenagusía, apoyado por liberales y conservadores moderados, y un 23
% para Álvaro Alcalá-Galiano, en representación de los monárquicos y ultra-conservadores
católicos. En suma, tanta pintura para cada artista como representatividad en
escaños logrados por sus afines y, naturalmente, al objeto de que dentro de los
trabajos cada artista expresase pictóricamente sus preferencias políticas y las
de sus valedores institucionales; así, Guinea tiró por la exaltación de los
fueros y la soberanía de Vizcaya, Echenagusía por la paz social y el desarrollo
de las fuerzas económico-culturales (traductor fiel del pensamiento de Maeztu)
y Alcalá-Galiano por el benéfico amparo del trono español y la positiva acción
de las instituciones existentes.
Todo
un esfuerzo por consensuar políticamente la decoración pictórica del palacio,
unificando las diferentes autorías sobre la base del modelo de las pinturas
"a lo Tiepolo" de la Opera de París (de hecho, todo el palacio
provincial es una reproducción a escala reducida del edificio de Garnier). Los
políticos aceptaron sin problemas la diversidad ideológica de las pinturas,
alcanzada mediante consenso, porque estaban presentadas en un lenguaje plástico
políticamente correcto. Sin embargo, los mismos políticos habían rechazado una
oferta conjunta de Guiard-Zuloaga-Losada-Uranga para
pintar los techos en estilos muy diferentes entre sí pero muy modernos. El
motivo del rechazo es evidente: los políticos encontraban mayores reparos a los
lenguajes plásticos modernos que a lo que se contaba con éstos; un nacionalista
podía aceptar mejor sobre su cabeza la imagen del trono de España que las
pinceladas (sin duda, brutales para él) de Uranga. Además, este grupo no
resultaría tan políticamente acomodaticio como el seleccionado, de ahí que
fuera rechazado a pesar de incluir al ya famoso Zuloaga.
Finalmente, las presiones de los "historicistas" lograron colocar en
1904 un par de detestables pinturas en sendos paramentos (inicialmente no
previstos para decoración pictórica) con asuntos de violencias y pacificaciones
forales, para satisfacción de los nacionalistas más radicales y obcecados en el
mandato aranista
Precisamente
en 1904, Adolfo Guiard recibe el encargo directo de
la Diputación de Bizkaia de elaborar unos temas pictóricos para trasladarlos en
forma de vidrieras a los 6 vanos que iluminan el salón de reuniones de la Casa
de Juntas de Gernika. Tanto por la personalidad política de este
artista como por la relevancia institucional del emplazamiento, lo que elaboró
Guiard posee un enorme valor testimonial.
El
mismo año que todavía algunos "historicistas" lograban colocar dos
lienzos de supuestas "glorias patrias" en el Palacio bilbaíno de la
Diputación, Guiard dio una lección de arte, historia y democracia en Gernika.
Pudiendo decirse que elaboró un retablo histórico del pueblo vasco, lo hizo de
modo diametralmente opuesto al deseado por los políticos nacionalistas -lo que
le granjeó sus criticas- y lo que era más complicado aún, sin desvirtuar su
personal iconografía y lenguaje plástico. En el siguiente cuadro se describen y
comparan las seis grandes diferencias entre el Arte y la Historia políticamente
entendidas al servicio de una exaltación patriótica y el Arte y la Historia
socialmente entendidas como un servicio y un resultado colectivos.
Los
primeros años del siglo pasaron y las promesas liberales de R. de Maeztu no se
iban cumpliendo: el anhelado apogeo artístico no llegaba y, sin embargo, ya se
habían producido las primeras recesiones económicas tras el clímax industrial y
financiero de 1902-03.
A
finales de la primera década del siglo apareció una nueva generación de
artistas a la que ya no animaban los cantos de sirena liberales. El futuro se
auguraba oscuro y decidieron dar un golpe de mano, presentándose ruidosamente
en sociedad, digamos de una manera muy políticamente incorrecta. Los pintores
Gustavo de Maeztu, José y Alberto Arrúe, Ángel Larroque, el escultor Nemesio
Mogrovejo, unidos al crítico de arte "Juan de la Encina", más otro
escritor y político recién venido de fundar las Juventudes Socialistas, después
de haber desertado de ser el Hijo Dilecto de Sabino Arana,
Tomás Meabe, y el poeta Ramón de Basterra, con una edad media de 23 años,
concibieron, fundaron y dirigieron en asamblea un semanario
artístico-político-cultural llamado El Coitao en el que se escenificó la
pérdida de la inocencia cultural, la mansa espera de los encargos, las becas y
los premios institucionales, de una parte, y del enriquecimiento general, por
otro lado. A partir de este momento los artistas vascos fueron conscientes de
que la sociedad les prestaría mayor atención si pleiteaban y negociaban con
fuerza con las instituciones públicas. Invitaron a colaborar en sus páginas a
un Unamuno que ya había abandonado el socialismo de cartón-piedra, a un Ramiro
de Maeztu a punto de desencantarse de sus anteriores euforias economicistas, y
a diferentes escritores cercanos o militantes del partido republicano. La
mezcla no pudo resultar más explosiva. Entre los jóvenes artistas que,
basándose en sarcasmos, pretendían llamar la atención golpeando en la mandíbula
de la sociedad acomodada y las afiladas plumas de los escritores surgió un
producto satírico, corrosivo y agudamente crítico que centró sus ataques en el
nacionalismo vasco, la Universidad de Deusto y el jesuitismo, y la cultura
mostrenca del Bilbao sólo interesado en ganar dinero. Lógicamente, sufrieron
presiones intolerables que terminaron por ahogar la publicación al 8º número.
El esfuerzo, con todo, no fue baldío pues ahí nació la necesidad de moderar el
discurso político de los artistas, establecer relaciones pragmáticas con las
instituciones, y elaborar un plan estable y autónomo para la difusión del arte
y defensa de los artistas más eficaz, esto es, nació el germen de lo que tres
años más tarde, en 1911, daría lugar al nacimiento de la Asociación de Artistas
Vascos, fratría que durante los años 10 y parte de los 20 se estableció como
puente perfecto de comunicación entre los artistas, el arte y la sociedad
vasca.
Los
momentos culminantes de esa comunicación se dieron durante la 1ª Guerra
Mundial, al amparo del aluvión de dinero que la no-beligerancia arrojó sobre
los astilleros, fábricas y mercados del Bilbao: en 1917, con la fundación de la
revista Hermes, financiada por gentes nacionalistas, y en
1919 con la Exposición Internacional de Pintura y Escultura,
patrocinada por la Diputación de Bizkaia, presidida por el nacionalista Ramón
de la Sota. Ambas acciones tuvieron muchos puntos en común.
Se
han dicho y escrito demasiados lugares comunes acerca de Hermes,
en mi opinión, sobre su presunta modernidad artística y hasta vanguardismo.
¿Qué pretendió el nacionalismo vasco al dar nacimiento a esta publicación?
Siendo la artística una sección fija más importante dentro de la publicación,
cabría haber esperado referencias más ordenadas y respetuosas hacia los
movimientos vanguardistas. Pues bien, a pesar de que el cubismo ya tenía 10
años de existencia y un más que notable desarrollo e impacto en el mundo del
arte cuando apareció Hermes, en la misma no existe ni una
sola mención significativa al mismo. Sucede que Hermes era
anti-cubista, estaba poseída de un hondo espíritu anti-vanguardista, como el
propio Juan de la Encina , quien, de hecho, tras el director
Jesús de Sarría, era la persona que controlaba los contenidos artísticos de la
revista. Moreno Villa en un artículo decía: " Estamos atentos a lo
nuevo que trae vigor, finura y consistencia, pero no estamos con lo nuevo por
el sólo hecho de su novedad. Nos asquea más cada día esa postura frívola
-índice de impotencia, que so pretexto de abrir posibilidades al arte
estancado, se ufana de lo inconcluso, lo flojo, lo baladí. Para enmascarar la
impotencia suelen adornarse los modernos (el subrayado es mío) con la nota
excéntrica, inclinada al humorismo ". Picasso es objeto de
chacoteo por parte de Eugenio D'Ors, otros se burlan del futurismo y de
Marinetti, y así.
En Hermes se
produjeron debates artísticos, pero también es verdad que las materias
artísticas que los suscitaron fueron más bien penosas: Arturo Campión, un
nacionalista, criticó el hecho de que la raza baska, siendo hermosa de
facciones y naturaleza, no apareciera con este aspecto en las obras de los
pintores vascos reproducidas en las páginas de la propia Hermes.
Gregorio Balparda, un conservador, consideraba exótico al arte vasco el influjo
de las tendencias internacionales contemporáneas del arte. El primero mostró su
piel racista y el segundo, su talante conservador. Campión quería una apología
de la raza baska, en obvia y peligrosa oposición a otras razas; Balparda
deseaba la defensa de la tradición, frente a lo internacional, no por exótico,
sino por contemporáneo. A ambos respondió adecuadamente, sin fiereza, Juan de
la Encina, pero no deja de resultar lamentable que las energías no se gastaran
en otras alturas intelectuales. En general se lamentaba la "nociva"
influencia foránea en el arte hecho por vascos. Así, Salvador de Madariaga,
refiriéndose a Antonio de Guezala señaló que " es un vasco que
pinta a la antepenúltima moda de París. Un día se enterará de que es vasco y
entonces pintará tanto mejor cuanto que no hay mayor amante de su patria que el
que se fue y volvió ".
Artísticamente, Hermes era
una revista "noucentista", inteligentemente tradicional, podríamos
calificarla como de "moderna dentro de un orden", sin excesos, con
una fuerte valoración de aquel arte que se ligaba de algún modo con la herencia
del gran arte histórico y se esforzaba por ponerla al día sin estridencias, sin
rupturas. Las crónicas remitidas desde París y Londres no recogían lo
importante que de verdad estaba sucediendo en ellas. La mayor parte de los
artistas reseñados por sus exposiciones en esas ciudades han caído con el
tiempo en el olvido, justamente.
En
mi opinión, Hermes fue una revista miscelánea con
una atención preferente, no exclusiva, a la cultura. Las secciones financieras,
sociales y mundanas, así lo revelan. Más que moderna en sí, Hermes modernizó
al nacionalismo vasco, que hasta aquel momento se había movido en un imaginario
cultural de romerías rurales, tradiciones seculares y leyendas más o menos
apócrifas. Más que moderna, Hermes era cosmopolita
para gente bien y con posibles económicos, que añoraban y deseaban el modo de
vida asequible en París y Londres, pero no tan fácil de conseguir en Bilbao
porque a su sociedad le faltaban varias generaciones de haber manejado dinero con
costumbre para alcanzar esa naturalidad de sentir la cultura sofisticada como
algo propio, interno, que no hace falta resaltar ni celebrar porque está ahí,
alrededor de uno mismo, formando parte de lo cotidiano. Los abuelos de casi
todos los protagonistas de la "generación de 1917" habían sido
campesinos o artesanos. El enriquecimiento fue muy rápido, faltó poso. Hermes fue
un buen producto impostado en Bilbao. Ramón y Alejandro de la Sota, Jesús de
Sarría... sólo fueron unas pocas personas y hacían falta muchas más y con más
arrojo. Hermes se apagó en 1922, todo un síntoma de
la atonía que atravesó los años 20 y 30 en Bilbao.
También
fue Juan de la Encina quien, en su mayor parte, construyó los contenidos de
la Exposición Internacional de Pintura y Escultura de
1919, destacada muestra de arte, la más importante de las acontecidas en el
ámbito institucional vasco de la preguerra, que supuso un notable esfuerzo
desde la política por instalar el arte en la sociedad vasca. Que fuera la más
importante y destacada, y el hecho de que Hermes dedicara
un número doble a la misma, no quiere decir que aquella exposición fuera muy
avanzada en su oferta artística. Ni muy avanzada, ni poco. Más bien nada. Eso
sí, con todo, fue importante... pero, veamos qué artistas estaban
representados. Entre los vascos: Zuloaga, Echevarría,
Regoyos, Iturrino... los que mayor número de obras tuvieron. Regoyos, fallecido
en 1914, un histórico; Iturrino con toda su trayectoria ya realizada, a dos
años de fallecer; casi al igual que Echevarría; y Zuloaga cuando
ya, empachado de éxito mundano, había perdido frescura, naturalidad e interés
muchos años atrás. Entre los españoles, Anglada Camarasa y Gutiérrez Solana
representaban dos tipos de realismo Post-impresionista opuestos, pero muy
enraizados en la tradición hispana, uno en la del colorismo y el otro en la del
tenebrismo. Por último, entre los extranjeros, la parte más celebrada de la
Exposición vista retrospectivamente, estaban Gauguin, Cassat, Monet,
Pissarro... Examinemos este último grupo con detenimiento.
Gauguin
llevaba muerto 16 años en 1919. Un histórico, por tanto. Además, Gauguin ya
había expuesto en Bilbao obra suya en 1900 y en 1903. El cuadro que se compró
en Bilbao, Las lavanderas de Arlés , adquirido por
el Ayuntamiento de Bilbao y por la Diputación de Bizkaia para el Museo de
Bellas Artes, era una pintura realizada en 1888. Otras pinturas adquiridas por
las instituciones para el Museo, como la de Mary Cassat fue realizada en torno
a 1890, y otra de Henri Le Sidaner, en 1899. Las litografías de Cezanne eran de
189698. La pintura de Claude Monet no fue adquirida por nadie, público o
privado, y eso que había sido realizada en los años 80 del siglo anterior. Es
decir, se habla de modernidad en 1919 y, con ello, quien lo hace se refiere a
piezas que tenían entre 20 y 30 años de antigüedad o incluso más.
Es
cierto que se compró obra de Gauguin y algunos de los otros artistas
extranjeros, y que ésta fue la primera ciudad española que tuvo (y que ha
tenido hasta tiempos bien recientes) una pintura de aquel artista. Debe
reconocerse el pionerismo de Bilbao en ese terreno, pero la verdad es que Hermes no
festejó este hecho de un modo singular, ni siquiera mínimamente, sino que
concedió toda la importancia al regalo que Ramón de la Sota hizo al Museo con
la pintura de Zuloaga, Retrato de la Condesa
de Noailles , pintura del año 1913, pero que desde el punto de
vista de ideología estética era mucho más antigua que la pintura de Gauguin.
Resulta
elocuente que en la Exposición de 1919 Juan de la Encina no viera " por
ningún lado obras de hoy, y mucho menos anuncios de obras de mañana ".
Al menos, reconocía que era, sobre todo, una exhibición de tiempos pretéritos:
"jóvenes,
gente nueva con espíritu nuevo, no la hay en esta Exposición, ni entre los
vascos, ni entre los otros españoles, ni tampoco entre los expositores
extranjeros. Nada de porvenir. Todo presente, tal vez mucho pasado, pasado, no
por calidad, sino por el tiempo. El momento es de lo más crítico (... ) El
arte, como la sociedad actual pasa por la más tremenda de las crisis". No
resulta fácil entender su extrañeza dado que él formó parte del Comité
Organizador y tuvo la responsabilidad de gestionar "con la amplitud de
poderes necesaria... el concurso de los artistas extranjeros para la próxima
Exposición".
¿Qué
estaba pasando en Bilbao en torno a 1919, además de la famosa Exposición? Entre
las cosas que sucedieron, verdaderamente modernas y vanguardistas, debe
destacarse la presencia de Robert y Sonia Delaunay, quienes expusieron en el Salón
de la Asociación de Artistas Vascos. Repercusión en Hermes:
ninguna. Otro vanguardista, esta vez español, fue Celso Lagar, también con
pinturas en la AAV en 1918, y pronunció algunas conferencias públicas.
Repercusión en Hermes: ninguna, a pesar de realizar
algunas maravillosas pinturas cubo-futuristas con motivos centrados en el
dinamismo de la ría, que en 1918 pasó desapercibida para los modernos de Hermes.
¿Desapercibida? No tanto. Los vínculos entre Hermes y
la AAV eran numerosos y fuertes, siendo Juan de la Encina el principal puente
de comunicación, a su vez, puente de enlace con los políticos. Sin embargo,
Juan de la Encina era bastante más conservador que la programación de
exposiciones de la AAV y lo que ésta aceptaba como colectivo no era necesariamente
asumido en su integridad por su teórico principal. De manera que a las páginas
de Hermes y a las instituciones y a los museos no
llegaba lo que a éste no agradaba de los contenidos que aquélla programaba.
Tampoco la exposición de Joaquín Torres García en 1920 tuvo mejor suerte.
Repercusión en Hermes: ninguna. Los vanguardistas de
verdad, los modernos comprometidos con búsquedas de expresiones que reflejaran
el sentimiento del individuo de su tiempo, estaban vetados. El nacionalismo
vasco, incluso el más ilustrado, no estaba interesado en ello y "Juan de
la Encina", aunque no era nacionalista, resultó ser el crítico de arte
oficial perfecto para sus gustos conservadores.
Eso
sí, en numerosos ejemplares de la revista aparecen citados Zuloaga y
Maeztu, así como el escultor Quintín de Torre y Aurelio Arteta.
Los tres primeros, como es sabido, acabarían en las inmediaciones del
franquismo o en plena colaboración con éste. Como muchos de sus colaboradores
literarios: Sánchez Mazas, Mourlane Michelena, Ramón de Basterra.
La
situación descrita anteriormente condujo a una década de los 20 en la que el
interés artístico de Bilbao (que podríamos decir había protagonizado en
exclusiva el desarrollo del arte en Euskadi hasta entonces) descendió
notablemente. Un conservadurismo político y artístico asoló la ciudad, una
burguesía pacata asfixió artistas e ideologías, dando paso a un progresivo
protagonismo de San Sebastián, que alcanzaría su mayor plenitud ya en los años
30. Durante los 20 sólo cabe resaltar la evolución de Aurelio
Arteta que tuvo una deriva equidistante entre los temas
etnográficos, los obreristas y los estrictamente noucentistas. El componente
"social" de la pintura de Arteta no lo veo tan claro, por el mero
hecho de que ciertas pinturas suyas recojan asuntos laborales y ciudades
proletarias. En cualquier caso, el suyo sería un socialismo cristiano, no
chirriante ni belicoso, equidistante de sus dos amigos más próximos, el
arquitecto Ricardo Bastida, de religiosidad fervorosa, y el político Indalecio
Prieto, un socialista "a fuer de liberal". Por lo demás, el conjunto
pictórico artetiano que recoge los temas del Trabajo y la Fuerza, en particular
los frescos del Banco de Bilbao, en Madrid, no creo que tengan ninguna
inspiración socialista ni socializante. En primer lugar no creo que una
institución financiera como esa lo hubiera permitido y si lo permitió fue
porque no vio en esas imágenes ninguna tendenciosidad política, sino más bien
un tema de moda en esos años: el del titanismo humano, el de la superación de
cualquier dificultad, por complicada que fuere, mediante la labor tenaz y
esforzada, visible en los cuerpos atléticos y perfectos de hombres y mujeres en
acción, sin dolor ni sudor, sin sufrimiento ni necesidad de redención. Un gusto
por este tipo de temas en donde terminarían confluyendo las estéticas nazi y
comunista.
Arteta,
con todo, sí se vio implicado en un asunto artístico-político relevante, cual
fue su dimisión como Director del Museo de Arte Moderno de Bilbao en 1927,
desencadenante, a su vez, de la de la mayor parte de la Junta del Patronato, a
raíz de las críticas vertidas contra su política de adquisiciones artísticas.
El consistorio bilbaíno reprobó las compras de varios Sunyer, varios Iturrino,
un Evaristo Valle y pinturas de algunos artistas vascos jóvenes (Aranoa,
Olasagasti, Urrutia... ), y después de haber rechazado la propuesta de compra
de la colección de Gauguin del escultor Francisco Durrio. Su dimisión recibió
una oleada de apoyos de intelectuales vascos y españoles de forma que terminó
por convertirse en una crítica a la política de la dictadura primorriverista,
desde el campo del arte. Todo un síntoma del decaimiento de un Bilbao que tenía
un alcalde que afirmaba no llevarse a su casa algunas de las obras compradas
por Arteta... ni aunque se las regalaran.
A
lo largo del siglo XX, de manera creciente, se ha ido llegando a un punto en
que es casi imposible que un habitante de la Tierra ignore lo que está
ocurriendo en otros puntos de ella. La capacidad de los medios de comunicación[48] para proporcionar una
extraordinaria rapidez de información hace que el arte de todo el mundo esté a
punto de verse reducido a una sola plataforma cultural. Del mismo modo que
podemos constatar la formación de una "estratificación del gusto" de acuerdo
con los diferentes niveles socioculturales, también constatamos una
generalización de la información cultural y, concretamente, de la información
artística, entre todos los países de la Tierra. Ello ha conducido a la
siguiente evolución: mientras que en el pasado se asistía a una universalidad
del credo estético dentro de los límites de una civilización particular, aún y
cuando dentro de cada civilización existiesen grandes diferencias sociales,
hoy, por el contrario, asistimos a una generalización de las formas artísticas
debido al aumento de la capacidad informativa y, contemporáneamente, asistimos
también a una pérdida de la universalidad a causa de diferentes valores
estéticos que coexisten dentro del mismo período histórico y la misma civilización,
sin negarse entre sí y, por lo común, sin mezclarse tampoco.
Si este ha sido un fenómeno
general de nuestro siglo y que ha afectado a todos los países en medida
proporcionalmente idéntica a su desarrollo económico, en España podemos decir
que ese fenómeno ha incidido sobre una obsesión particularmente intensa acerca
de la identidad nacional. La historia del arte en España durante gran parte del
siglo XX ha sido una historia del arte muy española, en el sentido de que lo
español ha sido el gran tema del arte en este país. Debe esto atribuirse a dos
causas: (1) por razones de crisis de España como país organizado estatalmente
conforme a un modelo carente de articulación eficaz y satisfactoria, una crisis[49]
de lo español y su lugar en el mundo, una crisis que es anterior a 1898, si
bien en ese momento se toma conciencia revulsiva de ello, y (2) porque, además,
el mercado nacional e internacional que se interesaba por el arte de España
demandaba una clase de temas vinculados a lo local, a lo particular y a lo
específicamente vernáculo, en parte por provincianismo autosuficiente, en parte
porque lo español era visto como una reserva incontaminada de lo popular y lo
romántico, un escenario propicio para lo heroico y lo trágico.
La
singularidad del debate entre lo particular y lo universal en el País Vasco
durante el siglo XX, en consecuencia, se desarrolla dentro del gran marco
tendencial señalado por estas dos corrientes, la que con un origen económico
afecta a todo el planeta, de un lado, y la que con un origen político afecta
concretamente a España y a su arte, de otro.
A
finales del siglo XIX y principios del XX los herederos radicalizados del
carlismo vasco establecieron como estrategia propia que frente al nacionalismo
español (calificado como absorbente y dominador en todos los órdenes de la
vida) debía oponer un nacionalismo local que fuese alternativo no sólo en
cuestiones de organización política para el pueblo vasco.
Una
parte relevante de la estrategia consistía en acentuar y estimular la
diferenciación de todos aquellos asuntos en los que el colectivo social pudiera
manifestar su personalidad peculiar. Se trataba de que esos asuntos singulares
configuraran unas razonables señas de identidad sobre las que poder justificar
su programa político de acción nacionalista.
Después
de haber vivido con especial intensidad en el País Vasco una fecunda
Ilustración y un rico Neoclasicismo, frutos directos de los valores universales
del espíritu enciclopedista, el concepto de Volksgeist enunciado
por Herder en 1774, en su texto Otra filosofía de la historia ,
se aplicó a rajatabla con 125 años de retraso y ningún aspecto de los que
conformaban la realidad vasca se libró de ser portador del "genio
nacional". Se trataba de ensayar el funcionamiento de las teorías que habían
resultado operativas muchas décadas de años antes en países europeos vencidos,
irredentos o disgregados.
Para
Herder, y en esto sigo las reflexiones de Alain Finkielkraut,2 todas las naciones de la tierra -tanto las más
ensalzadas como las más humildes- tienen un modo de ser único e insustituible,
y nada es más importante, nada trasciende la pluralidad de las almas
colectivas, no existen valores supranacionales -sean jurídicos, estéticos o
morales- y, por tanto, las obras humanas no se pueden descontextualizar, no se
pueden extraer del lugar donde se han producido para ser juzgadas con criterios
intemporales de Bien, Verdad o Belleza, intemporales y comunes a naciones
diferentes. No existe absoluto alguno, sólo hay valores regionales y principios
adquiridos. Si Herder puso tanto afán en convertir los principios trascendentes
en objetos históricos y locales, fue para hacerles perder el poder de
intimidación que extraían de su posición preeminente. Al no ser nadie profeta
fuera de su tierra, los pueblos ya sólo tienen que rendirse cuentas a sí
mismos. Nada, ningún ideal inmutable y válido para todos, independientemente de
su lugar de aparición, debe trascender la individualidad de los pueblos o
desviarles del genio de que son portadores: " Sigamos nuestro propio
camino... -dice Herder- Dejemos que los hombres hablen bien o mal de nuestra
nación, de nuestra literatura, de nuestra lengua: son nuestras, somos nosotros
mismos, eso basta ".
Existe
un refrán popular en lengua vasca que asegura que todo lo que tiene nombre
posee entidad real: Izena duen guztia omen da . La mera
enunciación de algo ya implica cierta clase de existencia, cuando menos la
existencia nominal. Eso es cierto, claro que otra cuestión distinta es la
relación entre nombre y cosa nominada, entre lo que se desea enunciar como
verdadero y lo que la naturaleza auténtica de los hechos nos muestra.
Para
los forjadores iniciales del nacionalismo vasco no bastaba con que existieran
unas cuantas reales particularidades (idioma, costumbres, ciertos aspectos de
la historia... ). Estas singularidades no eran suficientes de por sí, porque
todo aquello en lo que se suponía se manifestaba el carácter de un pueblo debía
ser específicamente exclusivo. Y si no lo era... se hacía que lo fuese. Esta
actitud debe ser vista como muy natural, pues en el siglo XIX no se entendía el
nacionalismo desligado de unas propias y distintivas señas de identidad. En
otras palabras, desde la lucha política se consideraba políticamente
conveniente escribir de arte y de lo que fuera preciso si con ello se lograban
marcar diferencias entre lo vasco y lo español o, en términos más amplios,
entre lo vasco y todo lo demás, cualquiera que fuera su origen.
En
aquel contexto de búsqueda de la diferencia surgió la idea de "arte
vasco" como un idóneo instrumento político en manos de quien podía obtener
algún beneficio de él.
¿Cómo?
Las obras de arte, singular o colectivamente, materializan la visión del mundo
propia de un grupo social, más o menos amplio, que se constituye como sujeto
colectivo de dichas obras artísticas. La visión del mundo sólo se percibe en
las múltiples pero concretas materializaciones artísticas, en las que se
plasman diversos modos de sentir, opinar y relacionarse, de modo explícito
algunas veces, difusa y latentemente la mayoría de las ocasiones, y la visión
del mundo se toma como sinónimo de mentalidad colectiva. Pero entre el sujeto
colectivo y el artista concreto que hace la obra concreta se halla el grupo
social privilegiado que transforma aquella visión del mundo en ideología, es
decir vuelca en objetividad ordenada lo que es subjetivo y disperso. El artista
pertenece al grupo social privilegiado, pero como creador su papel es diferente
del que interpreta el ideólogo, aunque pueden llegar a coincidir en la misma persona.
El artista, impregnado más o menos de una ideología (sistema relativamente
estructurado de ideas) y participando de una determinada visión del mundo,
produce su reflexión en el nivel de la representación. Ese fue el nivel en el
que los ideólogos del nacionalismo quisieron incidir a principios de siglo.3
Sabino Arana intentó suscitar la exaltación patriótica por medio del
género de la pintura de historia -ya fenecida- y por medio del género del
costumbrismo, ensalzando la sencillez, laboriosidad y honradez de las
costumbres populares vascas. Tras estos iniciales intentos de manipulación y
dirigismo, la política no terminó por afectar excesivamente a la creatividad
artística. Gracias a la existencia de un artista como Adolfo
Guiard, que a su condición de fiel nacionalista unía una enorme
autoridad moral y artística sobre creadores y políticos, y gracias al hecho de
que él siempre separó netamente sus creencias políticas de sus creencias
artísticas, los políticos nacionalistas desistieron pronto de condicionar con
fuerza el tipo de arte que se hacía en el País Vasco.
Así,
sin dirigismos ideológicos debido a que los artistas no se dejaron dirigir,
todos se beneficiaron de la situación: los políticos pudieron mostrar un
escaparate cultural regional de cierta calidad y cosmopolitismo debido a las
estrechas relaciones establecidas con París desde 1880 y los artistas vascos
pudieron hacer y vender en unas circunstancias económicas favorables debido a
que, si bien lo político era importante, el enriquecerse con minas,
siderurgias, astilleros y finanzas resultó prioritario entre 1876 y 1919.
En
cualquier caso, antes de 1936 siempre que se habló de un "arte vasco"
era un político o un ideólogo quien hablaba, ya que los artistas nunca se
interesaron o hablaron de ello.
Sea
como fuere, desde el primer momento en que apareció el concepto de "arte
vasco" nadie supo definir a qué cosa se estaba refiriendo, cuál su
contenido y base común. A la consideración iconográfica, siguió la geográfica,
más tarde la social y finalmente la espiritual, todo ello en un plazo de tiempo
más bien breve. Antes de 1910 ya estaban enunciadas todas las posibilidades del
hecho de "ser artísticamente vasco", sin embargo, no se alcanzó
ninguna conclusión clara. Aún hasta hace muy poco tiempo, el asunto se ha
considerado de "problemática definición", "tema polémico y
debatido", "enigma" y demás. No podía ser de otro modo, pues
nadie sabe cómo se perfila lo que no tiene entidad.
Durante
largos años la misión fundamental del concepto "arte vasco" no ha
sido agrupar unos productos culturales con características estéticas comunes
entre sí. Lisa y llanamente sólo ha pretendido el objetivo de que se hablara
sobre él. Al discutirse en torno al "arte vasco" ya se cumplía la
tarea para la que se creó la idea: provocar conciencia de diferenciación en esa
actividad de los vascos. Poco importaba el que en esa discusión unos dudaran de
su existencia y otros estuvieran convencidos de ella, e incluso que entre estos
últimos cada uno tuviera una idea diferente de lo que era o debería ser
"arte vasco". El objetivo político -el debate sobre la realidad del
particularismo artístico- ya estaba logrado.
Por
ello, tan plenos de razón o tan carente de ella estaban quienes defendían, por
ejemplo, una "pintura vasca" de iconografía costumbrista, como
quienes aseguraban que la imagen visual concreta carecía de importancia y sí la
poseía, en cambio, la "visión artística reflejo del sentimiento
estético" de un vasco. Ambas posturas defendían caras diferentes de algo
que, por no tener cuerpo, no tenía tampoco cabeza ni, en consecuencia, rostro.
Así, todas las caras eran posibles y a fuerza de dar vueltas a la cuestión se
iba implantando la creencia de que algo real habría tras todo ello.
Vista
la independencia artística de los pintores y escultores más relevantes, al
movimiento nacionalista desde muy temprano le dejó de preocupar la iconografía,
aunque tuviera sus predilecciones costumbristas, y aceptaba tanto la imagen de
la honrada y trabajadora aldeana de Aurelio Arteta como
las gitanas y moras de Francisco Iturrino, las desnudas mujeres de Gustavo de
Maeztu y las decadentosas señoritas de Antonio Guezala.
Todas
estas cuestiones, que de tan relativo interés eran para el arte, sí lo eran más
claramente para una política que perseguía el desarrollo de una identidad
colectiva particular, con lo que esto conlleva de déficit en interés por lo
universal, y en una segunda instancia todas estas cuestiones poseían interés
para el autoconocimiento de quien supiera conservar fría la cabeza, pues, como
decía Novalis hablándole a la pintura, " tus personajes son mudos,
pero gracias a ellos yo hablo conmigo mismo y me interrogo ".
El
"arte vasco" no nació con la revolución industrial, como se ha dicho.
Lo que nacieron fueron organizaciones políticas vertebradoras de las
aspiraciones de los colectivos sociales que se vieron afectados por esa
profunda transformación técnico-científica. A su vez, esas organizaciones
crearon los mecanismos adecuados para facilitar la acción de sus programas (como
ya se ha dicho, el concepto de "arte vasco" fue un mecanismo
ideológico en la maquinaria nacionalista). En lo relativo al arte, lo que de
verdad provocó la revolución industrial fue un aumento de la producción
artística y una orientación hacia la modernidad moderada por parte de pintores
y escultores.
Si
contemplamos con detenimiento la pintura realizada en el País Vasco entre 1886
y 1919 encontraremos que muchas de las obras más relevantes realizadas por los
artistas más valiosos contienen alusiones a valores universales, más allá de la
presentación iconográfica[50] con que tales alusiones
se visten. Obviamente, como pintores realistas ubicados en el País Vasco sus
pinturas muestran escenas de dicho país, pero quedarse en ese primer nivel
visual, al interpretar las obras ("escenas de aldeanos",
"costumbrismo de pescadores", "romerías populares", etc. ),
es empobrecerlas notablemente. Más allá de la descripción y presentación
visual, no pocas de esas pinturas son susceptibles de lecturas más hondas,
complejas y universales, y, así, a veces, tras una aparente y sencilla
sardinera de Bermeo se halla una representación de La Nostalgia ,
tras un grupo de mujeres a la espera en Ondárroa del regreso de las lanchas en
las que faenan sus maridos detectamos La Tenacidad y La Tensión
Interior , tras una pareja de jóvenes aldeanos de Arratia podemos
vislumbrar el viejo juego de La Ofrenda Sexual, tras un grupo de ancianos de
Busturia la evocación de La Dignidad y El Ciclo de la Constante
Renovación , en un valle de Larrabasterra una alusión a La Vida y en
una romería popular en Arrankudiaga un buen motivo para citar La
Igualdad de las Gentes .
1.21.
La Modernidad en
Euzkadi
Arquitectura
En el siglo XX, en el ámbito
arquitectónico las primeras manifestaciones arquitectónicas modernas
llegaron a través de Euskal Herria. Sin embargo, los movimientos de vanguardia,
tanto culturales como artísticos, desarrollados durante este período en otras
áreas de Europa aquí no se conocieron. Fuera del País Vasco, destacarán el
constructivismo[51]
y, más concretamente, la arquitectura purista[52]
de Le Corbusier y la orgánica[53]
de Frank Lloyd Wright. Las primeras vanguardias representaron
una fase o estadio de la propia modernidad. A pesar de la impugnación
permanente que sostuvieron, en sus diferentes expresiones, sobre la cultura
moderna asentada en la autonomía no es posible separar la experiencia moderna
de la vanguardista. Son dos caras de Jano que refieren una identidad plural y
no unívoca. Algunos rasgos que han definido el modernismo y que también fueron
recreados o contesta-dos en grados diversos por las primeras
vanguardias desde su origen son: la defensa de la autonomía del arte, la
escisión entre arte y cultura cotidiana, o entre arte y política, y la pulsión
de lo nuevo que renueva sin cesar el mito del progreso. Sobre esa situación
las vanguardias históricas han desplegado una
disparidad de tentativas de conciliación de esas escisiones que han adquirido
una forma paradójica, antinómica, o a veces contradictoria muy difícil de
superar. De hecho, en Euskal Herria durante este período no
surgieron movimientos de vanguardia sino que, generalmente, y con retraso, se
adaptaban y se amoldaban los procedentes del exterior a las características del
arte que se realizaba en nuestro territorio. Por todo ello, a esta primera
etapa del siglo XX, que en el ámbito europeo se le denomina período de
vanguardia[54],
en el contexto vasco es conocida como fase de modernidad.
Antes de abordar la escultura,
conviene señalar que en Vitoria, la Plaza de España o Plaza Nueva, sede del
Ayuntamiento, y la Plaza de los Fueros,
con graderíos, pistas para el deporte rural, frontón y un gran foso presidido
por la estatua de Eduardo Chillida. La plaza es una obra vanguardista de Peña
Ganchegui inaugurada en el año 1981.
Escultura
A pesar de que la escultura religiosa
tuvo continuidad durante la primera mitad del siglo XIX, la creación de estados
centralistas fuertes y el poder que otorgaron a la Academia como encargada de
los asuntos artísticos marcaron otros objetivos y funciones para la escultura.
A pesar de lo dicho, debemos buscar en el San Sebastián de los años 30 al
escultor que iba a protagonizar la renovación de la escultura después de la
Guerra, nos referimos a Jorge Oteiza,
que junto a Narkis
Balenciaga viajará a América justo antes del conflicto. Sus ensayos
con nuevos materiales como el cemento y la unión entre la figuración y la
experimentación casi científica en sus obras anuncian las características de su
obra posterior, que no encajan plenamente en el expresionismo[55]
al uso.
La Guerra
Civil truncó la carrera de muchos artistas vascos; algunos murieron
en la guerra, otros tuvieron que exiliarse y otros se condenaron o
autocondenaron al silencio. Por lo tanto, el panorama artístico de los años de
posguerra fue penoso, ya que el franquismo miraba
con desconfianza todas las tendencias modernas e imponía un arte académico de
corte muy conservador en las instancias oficiales.
La vuelta de Oteiza en 1948 supuso la posibilidad de continuar por el
camino comenzado durante los años 30. Para entonces algunos artistas más
jóvenes habían empezado ya unas trayectorias personales fuera del academicismo
franquista, como por ejemplo Eduardo
Chillida que, tras una estancia en París había comenzado a
trabajar en una dirección más renovadora, quien trabaja en hierro, piedra,
acero, alabastro, etc
Como lugar de encuentro de todas estas vías actuó la construcción de la Basílica de
Aranzazu[56],
donde convivieron arquitectos, escultores y pintores jóvenes con otros que
contaban ya una carrera más consolidada. El encuentro entre Oteiza, Basterretxea e Ibarrola en
Aranzazu fue la semilla que dio lugar al Movimiento de Escuela Vasca que
dominará el panorama artístico de mediados de los años 60 en adelante.
En el grupo guipuzcoano denominado Gaur, participaron el escultor Remigio
Mendiburu, además de los mencionados Oteiza, Chillida[57] y
Basterretxea; en Bizkaia, el grupo Emen tuvo entre sus participantes a los
escultores Vicente
Larrea y José Ramón Carerra; en Álava, Orain contaba con Jesús
Etxebarria y en Navarra, Denok debía agruparse en torno a José
Ulibarrena. Por su parte, Agustín Ibarrola Goicoechea (Bilbao,
1930) en 1956 viajó a París,
donde conoció a los artistas españoles residentes en esta ciudad y, poco
después, fundó en el café Rond Point el Equipo 57, junto a José Duarte, Ángel
Duarte y José Serrano. A través de José Ortega, descubrió el grabado y se
integró en el movimiento de "Estampa Popular" del País Vasco. Su obra
pictórica desarrolla plásticamente su ideología política y puede ser inscrita
dentro de la pintura social, de denuncia del mundo proletario y rural. El
estudio sobre los espacios curvos y la relación del negativo y el positivo,
desarrollados en el seno del Equipo 57, influyeron en su planteamiento estético
posterior. En los últimos años vive recluido en su caserío realizando obras de
gran formato, tanto escultóricas como pictóricas, y trabajando en sus
intervenciones en la naturaleza en sus Bosques, decoraciones pictóricas
realizadas en árboles.
En
otro sentido, el Neoplasticismo es una de las formas que toma la abstracción en
las primeras décadas del siglo XX. Es una doctrina estética propuesta por
Mondrian en 1920, se basa en una concepción analítica de la pintura, en la
búsqueda de un arte que trascienda la realidad externa, material, reduciéndola
a formas geométricas y colores puros para hacerla universal. Por lo tanto, el
neoplasticismo es una teoría estética que proponía composiciones rectilíneas y
de colores primarios. Más concretamente, se trata de un movimiento holandés fundado en 1917 por los pintores Peter Mondrian, T. Van Doesburg,
B. Van der Leck y V. Huszar, por los arquitectos J.J.P. Oud, J. Wils y R. Van´t
Hoff, por el escultor G. Van Tongerloo y por el poeta A. Kok. Rápidamente se
unen al grupo los arquitectos Gerrit Rietveld y Cor Van Eesteren, y el cineasta
H. Richter. De todos ellos sólo Mondrian, Van Doesbourg (1883-1931) y Rietveld
(1888-1964) permanecen fieles al neoplasticismo hasta su desaparición
definitiva en 1931, mientras el resto no tarda en separarse de las líneas
principales de esta nueva corriente a través de diversos caminos. Las ideas y
trabajos neoplasticistas son divulgados en la revista De Stijl, órgano fundamental del movimiento, publicada
de forma discontinua hasta 1927. Los conceptos fundamentales son elaborados por
Mondrian entre 1913 y 1917, pero es Van Doesburg quien los teoriza y da a
conocer. Recorren en breve tiempo un largo proceso que va desde el cubismo
hasta la pura abstracción, y tratan de encontrar un método con el fin de
sistematizar dicha operación. El método divulgado es aplicable a todas las
artes -pintura, escultura, arquitectura, cartelismo y artes gráficas- con el
fin de crear una nueva unidad plástica. Las ideas del neoplasticismo ejercen
una fuerte influencia sobre Gropius y la escuela de la Bauhaus, y sobre las arquitecturas de Mies van der
Rohe, Oud o Rietveld.
Los años 80 supusieron, en cambio, la revisión de algunos de los
presupuestos difundidos por Oteiza
Esta tendencia fue trasmitida a las siguientes generaciones en los años 90
por medio de los talleres que algunos de estos artistas impartieron en Arteleku[58],
el centro de arte que creó la Diputación de Gipuzkoa a finales de los 80 en San
Sebastián.
Como colofón podemos mencionar que casi ninguno de ellos se considera
estrictamente escultor y que utilizan gran variedad de medios expresivos para
sus fines, por lo tanto no podríamos hablar exclusivamente de escultura o escultores
en el sentido tradicional de la palabra para analizar el arte a partir de los
años 90, a pesar de que muchos de ellos continúan con los procesos de la
escultura como punto de partida para su obra.
Pintura
Durante el siglo XIX seremos testigos del
cambio que se opere en los pintores del País Vasco primero y en la pintura del
País Vasco después. Algunos pintores vascos comenzaron a destacar en las
academias de París y Madrid, aunque pocos de ellos alcanzaron renombre
internacional. Como modelo de pintor académico del siglo XIX podemos poner al
baionés Leon
Bonnat (1833-1922), que tras su formación en la Academia pasó
la obligada estancia en Roma durante cinco años, para regresar de vez en cuando
a París y a su lugar de origen, donde buscaba temas de inspiración para una
pintura académica y reglada. Retratos[59],
cuadros de historia[60],
alegorías[61]
y cuadros de género[62],
entre los que incluyó paisajes[63] y
tradiciones vascos, conforman la obra del pintor que tenía su mercado en París
y en una clientela adinerada europea. Durante las últimas décadas del
siglo XIX Bilbao comenzó a dar los primeros pasos para convertirse en un centro
artístico importante.
Los artistas ya no estaban interesados en seguir las reglas impuestas por la
Academia, por lo que algunos de los artistas bilbaínos optaron por conocer las
novedades parisinas de primera mano en lugar de pasar por la academia
madrileña. Un ejemplo de ello es Adolfo
Guiard, que en
1878 eligió París para su formación como artista, para luego regresar a Bilbao
con las novedades aprendidas en la capital francesa y dar comienzo a la pintura
moderna en el País Vasco. Guiard nació y murió en Bilbao en 1860 y 1916,
respectivamente. Recibió sus primeras clases de pintura en el estudio de
Antonio Lecuona, junto a Paco Durrio, Miguel de Unamuno y Anselmo Guinea. En
1876 viajó a Barcelona, ciudad donde estudió junto a Martí Alsina y recibió
influencias de Fortuny y del Naturalismo[64].
De esta época son sus cuadros de temas exóticos. Volvió a Bilbao, y en 1878
inició una estancia en París que duró hasta 1886. Fue de los primeros artistas
españoles que eligió París en vez de Roma para estudiar en el extranjero. Asistió
a la Academia Colarossi, y publicó dibujos en la revista artística La Vie
Moderne. Conoció a Degas. De vuelta a Bilbao realizó
carteles taurinos y temas de la burguesía vizcaína, poco usuales en su
trayectoria. Tras un viaje a París en 1900, llevó a cabo una de sus obras más importantes,
una serie de bocetos para la Casa de Juntas de Vizcaya. En 1903 se trasladó a
Deusto. Está
considerado un renovador de la pintura española de finales del siglo XIX, e
iniciador de la "Escuela Vasca" de pintura. Abrió la ruta a París
para los pintores vascos. Desde 1900 se aproximó a la pintura simbolista a
través de Paul
Gauguin, cuya obra admiró. También utilizó la
fotografía para captar mejor la instantaneidad temporal, y tomó de la estampa
japonesa la exquisitez, el color y elementos compositivos que trasladó a
imágenes vascas.
Junto a él
también destacó Darío
de Regoyos, que siendo de origen asturiano se asentó en el País
Vasco después de un período formativo en Bruselas. Regoyos fue un pintor
impresionista, nacio en Ribadesella (Asturias) en 1857, muriendo en Barcelona
en el año 1913. A los 21 años se trasladó a Madrid, para formarse. Allí conoce
a maestros de la escena belga, que serían los detonantes para su traslado a
Bruselas un año más tarde. Allí se codeó
con la vanguardia europea del impresionismo, llegando a ser parte importante
del movimiento. Inquieto,
siempre buscó nutrir su vista y mente con los paisajes más inspiradores de
Europa; esto le llevó a viajar incesantemente, habitualmente en compañía de
otros artistas, por España, Holanda, Francia y Bélgica. Sus obras se consideran
influencia para figuras posteriores, como el mismísimo Picasso, y han sido expuestas en las más
destacadas galerías a nivel mundial, en países como: Argentina, México, Estados
Unidos, Londres y Francia. Así las tendencias impresionistas[65] y
postimpresionistas[66],
neoimpresionistas[67], consiguieron romper con la academia y poner
las bases de lo que será uno de los centros artísticos más dinámicos de la
Península, junto a Barcelona. Se advierte que Darío de Regoyos tuvo como
maestro al paisajista Carlos de Haes, de quien hereda la tradición paisajista
romántica. Viaja en el año 1879 a Bruselas resultando decisivo para su carrera
porrque allí conoce a intelectuales como
Albéniz, Arbós y Picard que fue su mecenas. Se relaciona también con las
vanguardias belgas. En el año 1833 pasa a pertenecer al grupo L’Essor y
participa enn la creación del grupo “Los XX revolucionarios”, donde entabla
amistad con vannguardistas como James Ensor y Auguste Rodin, entre otros. En el
año 1890 expone en el Salón de los Independientes. Su estilo es paisajista, con
conexiones con el puntillismmo, cultivvando de forma esporádica el retrato. A
pesar de que Regoyos arranca del expresionismoy evoluciona hacia el
impresionismo, termina siendo un artista que ejecuta su pintura dentro de las
pautas marcadas por el postimpresionismo. Pintó
el paisaje del campo castellano y también el vasco, donde destacan los
contrastes de luz y sombra y donde el cromatismo, especialmente al final, es
más encendido.
Del impresionismo derivará, en sus
últimos momentos, el puntillismo, también denominado Divisionismo (de división). Se trata de un ismo francés
(hacia 1880), extendido a Italia, cuyos defensores afirmaban la necesidad de
pintar aplicando el color sin empaste ni mezcla, sino puro, en puntos, vírgulas
y pequeños trazos, aplicando las leyes de los colores complementarios, de modo que
la fusión del color no se realizase en el cuadro sino en el ojo del espectador,
obteniéndose así una gran sensación de vibración luminosa. Se llama también
Puntillismo, y es una escuela neoimpresionista. Otros
pintores más jóvenes continuaron por la senda abierta por Guiard y Regoyos,
entre ellos Ignacio
Zuloaga, Manuel
Losada y Francisco
Iturrino. Algo más tarde, en las primeras décadas del siglo XX
serán Ángel
Larroque, Alberto Arrúe, José Arrúe, Aurelio
Arteta, Gustavo
Maeztu, Antonio
Guezala, Juan
Etxebarria, Julián
Tellaetxe y, de alguna manera, los hermanos Valentín y Ramón
Zubiaurre, quienes continuarán un tipo de pintura heredera del
postimpresionismo, pero basada en la tradición e inspirada en temas vascos. No
podemos olvidar la importancia del Museo Reina Sofía[68],
o la del Museo del Prado[69],
así como, por ejemplo, del Museo de Bellas Artes de Bilbao[70].
Con la llegada del nuevo siglo XX, Regoyos, Guiard y Losada habían
comenzado a organizar exposiciones de arte moderno en Bilbao y, algo más tarde,
en 1911, muchos de los artistas mencionados anteriormente fundaron la
Asociación de Artistas Vascos, con la intención de incidir más y mejor en la
sociedad.
También la crítica de arte comenzó a teorizar sobre el arte de su época,
por lo que se comenzó a hablar de arte vasco o de comienzos del arte vasco,
sobre todo desde que Juan
de la Encina (pseudónimo de Ricardo Gutiérrez Abascal) publicara el
libro La Trama del Arte Vasco en 1919. Desde ese momento las polémicas
sobre la existencia hipotética del arte vasco se multiplicaron, aunque
generalmente se hablaba sobre pintura vasca. Precisamente la supremacía de la
pintura es una de las características del arte de esta época.
El proyecto de arte moderno, conservador y vasco, de principios de siglo
tuvo continuidad en los años 20 y 30 con pintores más jóvenes. Aunque la
modernidad postimepresionista continuó dominando la obra de estos jóvenes,
algunas novedades plásticas de las vanguardias fueron calando de forma desigual
y fuera de su contexto teórico, como por ejemplo en la obra de José María
Ucelay, Juan Aranoa, José Benito
Bikandi o Jerónimo Urrutia.
En los años de la República algunas tendencias vanguardistas como el
surrealismo tuvieron gran influencia en el arte español y vasco en particular.
Los artistas más jóvenes del momento querían quitarse el peso de la tradición o
plantearon una relación diferente con ella. De la misma manera en que se puede
ver una vuelta a los orígenes en la escultura de Oteiza, se
puede observar una postura similar en la obra de su amigo Nicolás
Lekuona; es una muestra de las relaciones con el surrealismo
madrileño como se puede ver también en la obra de Juan Cabanas
Erauskin, Jesús
Olasagasti y Carlos
Ribera. De principio de siglo es el Orfismo[71],
por ejemplo. El orfismo es una tendencia del arte de
principios del siglo XX hacia la abstracción, surgida en París entre los años
1911 y 1914. El término fue una creación de Guillaume Apollinaire que, con
motivo de la exposición de la Sección de Oro de 1912, publicó un texto en el
que trataba de definir las diferentes tendencias del cubismo. Identificó
entonces el cubismo órficocomo una derivación
de éste hacia temas y tratamientos más abstractos. Etimológicamente el término
viene de Orfeo, dios de la antigüedad que había compuesto su música con formas
puras, al igual que estos artistas trataban de hacer con la forma y el color
para comunicar sus emociones. Los artistas que componen este grupo fueron
Robert Delaunay, Fernand Léger, Francis Picabia y Frank Kupka. Los orfistas no
llegaron a una abstracción pura como la de Mondrian, y les seguía interesando
utilizar una cierta figuración para algunos de sus temas. Hacia 1912, sin
embargo la pintura de Delaunay, Picabia y Léger había llegado a crear
composiciones no naturalistas como en Amorfa, Fuga en dos colores de
Kupka.
Por último una influencia mayor de la generación de principios de siglo,
con un proyecto moderno pero no rupturista, la podemos encontrar en la obra de Gaspar
Montes Iturrioz, Bienabe
Artia y Mauricio
Flores Kaperotxipi.
[1] REVOLUCIÓN
FRANCESA (1789-1799) ha sido
tradicionalmente considerada como el indicador del final de una época histórica
y el punto de arranque de una nueva etapa: la Edad Contemporánea. Por este
motivo puede aceptarse que, aunque cronológicamente el siglo XIX comenzase en
1801, históricamente se inició en 1789. Ciertamente, el estallido de la
Revolución Francesa señala una línea divisoria entre dos sistemas
sociopolíticos opuestos: en el Antiguo Régimen, anterior a la Revolución
Francesa, el absolutismo monárquico regía una sociedad feudal; en el Nuevo
Régimen surgido tras la misma, en cambio, reconocemos muchos de los rasgos que
caracterizan la organización política y social del mundo contemporáneo.
[2]
LA
SEGUNDA GENERACIÓN DE ARTISTAS VASCOS
(1920-1926). Este paso hacia la vanguardia que apreciamos en los artistas
catalanes, o afincados en Cataluña en aquel momento, podemos
apreciarla también en un grupo de artistas vascos. En primer lugar, los
pintores que han sido denominados por la crítica, los fauvistas españoles, y
cuya producción supera los planteamientos del fauvismo francés. Francisco
Iturrino(1864-1924), que expuso con Picasso en
París en 1901 en la galería Vollard, y fue amigo personal de Matisse,
con el que trabaja en el sur de Francia, es quien mejor representa esta
tendencia. El fauvismo de Iturrino es distinto porque incorpora la temática de
la España profunda, que dota de sentido dramático a la pintura fauvista.
Trabajando sobre una temática muy distinta, Juan de
Echevarría (1875-1931) elabora una serie de magníficos bodegones,
a base de jarrones de flores, cestos de frutas, manteles..., en una iconografía
reducida que utilizaba como soporte de un juego colorístico de gran
complejidad. Por otro lado, queremos destacar la personalidad de Francisco
Durrio (1868-1940), que tuvo una gran amistad con Gauguin y Picasso y
que reparte su vida entre París y
Bilbao. Su producción no es muy abundante pero practica, además de la
escultura, la cerámica y la orfebrería. Como escultor, Durrio se caracteriza
por sus diseños estilizados, que están dotados al mismo tiempo de
extraordinaria expresividad; expresividad que refuerza estilizando, hasta la
desproporción, sus figuras. Sus bustos y cabezas son de una gran belleza, y
destacan sus monumentos conmemorativos y funerarios, entre los que señalaremos
el dedicado al músico Arriaga (Bilbao,
19071933) con un elaborado programa iconográfico. Como orfebre, parte del
estilo Art Nouveau de Lalique para
derivar hacia un primitivismo muy en la linea de las actitudes que se definían
en el París de la época, pero que nadie aplicó a la orfebrería. . Julio González y Pablo Gargallo en
su faceta como orfebres son deudores de Durrio, así como los bajorrelieves de
Nemesio Mogrovejo (1875-1910). Hemos pretendido aquí ofrecer una sintética
visión de las artes plásticas en los años del fin de siglo, un período dominado
por las tensiones entre las distintas regiones, y por la convivencia de
manifestaciones en la linea de la tradición con actitudes vanguardistas. Estas
vanguardias, sin embargo, acabarán definiéndose en el París de
las primeras décadas del siglo XX pues no pudieron ser asimiladas en España, ni
en la central ni en la periférica, en aquel momento más ilustrada y potente
económicamente.
[3]
CLASICISMO:
1. Conjunto de obras, realizaciones
y cánones estéticos del arte grecorromano. 2.
Arte francés del siglo XVII y, en general, todos los que deliberadamente
estudian e imitan el arte grecorromano. 3. Época clasicistade un arte es aquella en la que se dan de modo más
acentuadolas características tenidas como canónicas o ideales de dicho arte.
[4]
HEBILLA:
Pieza generalmente de metal, compuesta normalmente de una patilla o vástago y
uno o varios pasadores. Sirve para abrochar.
[5]
BROCHE:
Conjunto de dos piezas de metal una de las cuales encaja en la otra. Sirve para
prender ropas o prender algo a ellas.
[6]
FAUVISMO
(del francés fauve = salvaje). (Salvajismo) Movimiento en que sus
pintores emplean sólo tonos puros, inventados, sin relación con la realidad,
surgido en 1905. Negaron la licitud de buscar la forma a través de la luz y la
sombra o la representación del espacio basada en el claroscuro. Así, pues, el fauvismo fue
un movimiento pictórico originado
en Francia, alrededor de
1904-1908. Luego se desarrolló a otros países, en años posteriores.
Generalmente es caracterizado por un empleo provocativo del color. Su nombre
procede de la expresión les fauves ‘las fieras’, dado por el
crítico de arte Louis Vauxcelles al conjunto
de obras presentadas en la Sala VII de la tercera exposición
del Salón
de Otoño,
en el Gran
Palacio de París, en 1905. Lo usó por
primera vez en su crítica de arte publicada en el
periódico Gil Blas, el 17 de octubre de 1905, en un artículo
dedicado al salón
artístico.
Fue un movimiento sincrético donde se usaban e incluían características
de movimientos
artísticos próximos,
en su espíritu de transformación de volver a la pureza de los recursos, de
no ser sumisos ante la herencia pictórica, el grupo quería ir más allá de lo
logrado en la pintura, razón por la cual fueron vanguardistas. Con distinción
y separación, algunos consideran como el precursor o el líder de este
movimiento a Henri
Matisse.
Por otra parte, Guillaume
Apollinaire le
atribuye la invención del fauvismo a Henri Matisse y André Derain. Otra
posición afirma sobre "un triángulo esencial del fauvismo” con Matisse,
Derain y Maurice de Vlaminck, para surgir y desarrollarse, al debilitarse esa
unión, se desvanece el movimiento. Otro enfoque menciona a tres artistas como
creadores del fauvismo.
[7]
DADAÍSMO: Es un movimiento cultural y artístico
que surgió en 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich (Suiza). Fue propuesto
por Hugo
Ball,
escritor de los primeros textos dadaístas; posteriormente, se unió el
rumano Tristan
Tzara que
llegaría a ser el emblema del dadaísmo. Una característica fundamental del
dadaísmo es la oposición al concepto de razón instaurado por el positivismo. El dadaísmo se
caracterizó por rebelarse en contra de las convenciones literarias, y
especialmente artísticas, por burlarse del artista burgués y de su
arte. Su actividad se extiende a gran variedad de manifestaciones artísticas,
desde la poesía a la escultura pasando por
la pintura o la música. Para los
miembros del Dadaísmo, este era un modus vivendi que hacían
presente al otro a través de los gestos y actos dadaístas: acciones que
pretendían provocar a través de la expresión de la negación dadaísta. Al
cuestionar y retar el canon literario y artístico, el Dadaísmo crea una especie
de antiarte moderno, es
una provocación abierta al orden establecido.
[8]
SURREALISMO
(del francés surréalisme). Tendencia
literaria y artística nacida en Francia hacia 1924, bajo el patrocinio de André
Breton. La ausencia de controles racionales sobre la expresión caracteriza a
este movimiento, que usa profusamente de imágenes de procedencia psíquica,
onírica y subjetivista, procurando reflejar lo inconsciente y subconsciente en
oposición a lo factual y objetivo. Dalí, Miró, Ernst y Arp son algunos de sus
nombres principales. En origen, tiene relaciones con el dadaísmo. Es galicismo
por suprarrealismo.
[9]
PERSPECTIVA:
Modo de representar en una superficie los objetos de manera que aparezcan en la
forma y disposición en que se muestran a la vista en la realidad.
[10]
ABSTRACTO: Es una forma de expresión artística que
prescinde de toda figuración y propone una nueva realidad distinta a la
natural. Usa un lenguaje visual de forma, color y línea para
crear una composición que puede existir con independencia de referencias
visuales del mundo real. Abarca movimientos como el Expresionismo abstracto, el suprematismo,
el action painting, De Stijl o
el constructivismo.
[11]
NATURALEZA
MUERTA: Pintura que representa una composición
a base de seres inanimados (animales muertos, vegetales y cosas). El término
procede del siglo XVIII, aunque el género es mucho más antiguo.
[12]
IMAGINERÍA
(de imagen). Arte de la talla o pintura de imágenes sagradas. En la imaginería
española, ya en el siglo XV destaca Damián Forment, seguido por Alonso
Berruguete y el patético Juan de Juni. El realismo de los siglos XVI y XVII se
manifiestaen dos escuelas: la castellana, llena de vigor (Gregorio Hernández) y
la sevillana, más viva y popular (Martínez Montañés, Alonso Cano y Pedro de
Mena). En las dos escuelas, la atención de los artistas se polariza en la
Pasión. La decadencia del siglo XVIII solo se detiene en el murciano Salzillo.
[13]
MODELADO:
Ejecución en barro o cera del modelo que se propone el artista reproducir en
una substancia consistente. Por otro lado, en pintura se llama así a todo lo
que da a una pintura aspecto de bulto redondo.
[14]
FUTURISMO:
Fundado por Marinetti en 1909, este ismo busca expresar el dinamismo de la vida
moderna, mecanizada e industrializada, dando la sensación del movimiento o de
los sentimientos dinámicos, simultaneando las posiciones sucesivas de los
cuerpos, pero de tal modo que la forma pueda ser entendida por el espectador,
para hacerle partícipe de lo representado. Se relaciona con el cubismo en
algunos aspectos –descomposición en planos y volúmenes- y estudia sobre todo el
movimiento, prescindiendo de las líneas continuas, de la armonía y del “buen
gusto”. Balla, Carrá, Severini y Boccioni son sus figuras más destacadas.
[15]
ARTE
EXPERIMENTAL: Es un modo sencillo y bastante preciso
de denominar a las tendencias vanguardistas del arte y, en general, al arte
contemporáneo, subrayando su condición constante de búsqueda (partiendo o no de
planteamientos teóricos elaborados) de nuevos modos de expresión y acceso a las
emociones y sensaciones.
[16]
PLASTICO: En su significado
más general, se aplica a las sustancias de similares estructuras que carecen de
un punto fijo de evaporación y poseen,
durante un intervalo de temperaturas, propiedades de elasticidad y flexibilidad que
permiten moldearlas y adaptarlas a diferentes formas y aplicaciones. Sin
embargo, en sentido concreto, nombra ciertos tipos de materiales sintéticos
obtenidos mediante fenómenos de polimerización o
multiplicación semi-natural de los átomos de carbono en las largas cadenas
moleculares de compuestos orgánicos derivados del petróleo y otras
sustancias naturales. La palabra plástico se usó originalmente como adjetivo
para denotar un escaso grado de movilidad y facilidad para adquirir cierta
forma, sentido que se conserva en el término plasticidad.
[17]
COLOR:
La fuente del color es la luz del sol o luz blanca que, cuando pasa a través de
un prisma de cristal, se descompone en
los siete colores del espectro.
Según la clasificación tradicional de
los colores hay tres primarios, simples o fundamentales: rojo, amarillo y azul;
su mezcla entre sí dos a dos determina
los tres colores secundarios o binarios:
naranja (rojo más amarillo), verde (azul más amarillo) y violeta (azul
más rojo). A su vez, sucesivas mezclas de estos seis colores, dos a dos, dan
los intermedios.
[18]
EL
PATRIMONIO CULTURAL: La cultura vasca es fruto de un
particular desarrollo histórico, que, en muchos aspectos, ha transcurrido al
margen de algunos de los acontecimientos
claves que afectaron a gran parte del área peninsular. Las características
geográficas y orográficas de estas tierras determinaron en gran parte su
evolución y también el carácter particular de sus gentes. Es en muchos aspectos
una de las culturas más singulares de la
Península, con rasgos propios y únicos que se han mantenido a lo largo de los
siglos, y una lengua, el euskera o
euskara, una de las joyas lingüísticas europeas -considerada anterior a las
lenguas indoeuropeas- fruto del desarrollo del lenguaje de los primeros
pobladores del territorio.
[19]
CLASICISMO:
Tendencia artística que se inició en la antigüedad grecolatina, y que concebía
al hombre como medida de todas las cosas, se consolidó en el Renacimiento,
sobre todo italiano, y culminó en la segunda mitad del siglo XVIII
constituyendo la antítesis del Romanticismo. La consideración de los productos
de la antigüedad greco-romana como modelos absolutos, el consiguiente ideal de
armonía y proporción como canon del trabajo artístico, y la valoración de la
imitación como procedimiento típicodel arte, son sus principales
características. En las artes plásticas, el término se aplica en sentido
estricto a la arquitectura de gusto italianizante que se desarrolló en Europa
durante el Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo. Entendido no sólo como
imitación del mundo antiguo, sino también como
un intento de crear un arte basado en reglas universales, el clasicismo
se desarrolla en épocas diferentes: en la Grecia de Polícleto y Fidias, en el
Imperio de Carlomagno, bajo el reinado de Federico II (1215-1250), durante el
Renacimiento con Donatello, Bruneleschi y Mantegna, y en la segunda mitad del
siglo XVIII, cuando se identifica con el Neoclasicismo.
[20]
PIEDRA
TRAVERTINA: Su nombre tiene origen en la ciudad de
Tívoli, cerca de Roma, de donde procede. El travertino es una roca sedimentaria
calcárea continental, de estructura esponjosa, con aspecto de concreciones, más
o menos vacuolas, de gris a amarillenta, burdamente estratificada. Se formó
hace más de 10 millones de años. Con una característica estructura colmenar,
está adaptada al empleo tanto para uso ornamental que en la edificación se usa
tanto en los interiores (suelos, revestimientos) como en los exteriores. Posee
una gran variedad de colores y sus tonalidades son predominantemente claras y
cálidas.
[21]
IDEALISMO: El
término "idealismo" refiere en su sentido más usual a la doctrina o
la actitud según la cual lo más fundamental, y aquello por lo cual se supone
que deben regirse las acciones humanas, son los ideales, sean realizables o no,
pero casi siempre imaginados como realizables. En este sentido, el idealismo se
contrapone al realismo, entendido este último como la doctrina o la actitud
según la cual lo más fundamental, y aquello por lo cual se supone que deben
regirse las acciones humanas, son las realidades, las "duras
realidades", los "tozudos hechos". Desde un punto de vista
psicológico, estos significados han dado lugar a una oposición frecuente entre
tipo de persona idealista y tipo de persona realista. El idealismo puede
entenderse también en un sentido ético o político, o ambas cosas a un tiempo, y
con frecuencia ha estado asociado con el idealismo propiamente filosófico
clásico o moderno. Pero "idealismo" es un término fundamentalmente
filosófico que ha sido aplicado a diferentes filosofías, a veces
irreconciliables entre sí. Su equivocidad deriva con frecuencia del significado
diferente que el término "idea" tiene en inglés y en francés, por una
parte, y en alemán, por otra. Mientras que en Alemania suele entenderse por
"idea" la esencia universal en el sentido de Platón, en
Inglaterra y Francia se da ordinariamente el nombre de "ideas" a
simples "representaciones" de la conciencia que, como las cualidades
secundarias de Locke (color,
sabor, calor), son consideradas como percepciones fundadas sólo en el sujeto.
Expresión de esta complejidad del término es también la necesidad adjetivadora
que se ha dado entre los historiadores de la filosofía para diferenciar los
diferentes tipos de doctrinas consideras idealistas y que ha conducido a hablar
de "idealismo subjetivo", "idealismo objetivo",
"idealismo lógico", "idealismo trascendental",
"idealismo crítico", "idealismo actualista",
"idealismo fenomenológico", "idealismo metodológico", o al
concepto primariamente histórico de "idealismo alemán" (Kant, Fichte,
Schelling, Hegel ), o a la clasificación, hecha por Dilthey, de las
concepciones básicas del mundo en idealismos: el "idealismo objetivo"
y el "idealismo de la libertad", y el "naturalismo" o
"materialismo".
[24]
ÁNFORA:
Recipiente cerámico de gran tamaño, con dos asas necesariamente, cuya misión
era conservar alimentos sólidos o líquidos. Los primeros tipos griegos
presentaban hombros y cuerpo en una curva continua. Los ejemplares más modernos
y los romanos presentan claramente diferenciada la parte alta (cuello y boca)
del resto del cuerpo.
[25]
ESTATUAS
DE TRITONES: Según la mitología griega, nombre de divinidades marinas descendientes del dios
Tritón, representadas con cuerpo de hombre barbado y cola de pez.
[26]
FUTURISMO:
Movimiento vanguardista de principios del siglo XX surgido en
Italia. Fue concebido como movimiento revolucionario por el poeta Filippo
Tomasso Marinetti. En el año 1909, Marinetti distribuye por todo el mundo un
manifiesto en el que proclama la muerte del arte del pasado y el nacimiento del
arte del futuro (El Futurismo). Se propagó rápidamente por Europa, gracias a la
publicación del manifiesto en la primera página de Le Figaro el 20 de Febrero de 1909. El nombre se
lo dio el propio Marinetti, lo que demuestra las intenciones del poeta de crear
una poética completa, cuajada de proclamas de carácter anarquista y socialista.
Los principales artistas que se unieron a Marinetti fueron Umberto Boccioni,
Carlo Carrá, Luigi Russolo, Giacomo Balla y Gino Severini. En 1910 se publica
el Manifiesto de los Pintores Futuristas de Boccioni,
que fue leído públicamente ante una gran audiencia en el teatro Chiarella de
Turín, seguido, en ese mismo año, por el Manifiesto de las técnicas de
la pintura futurista. En 1912, se organizó la primera exposición del
grupo en París. Ésta viajaría posteriormente a Londres y a Berlín. La rápida
propagación del movimiento se debió a la existencia en Europa de un vacío
cultural que los jóvenes percibían. El cubismo se había convertido en un
movimiento exclusivista y altamente intelectual al que sólo llegaban unos
pocosLa rápida industrialización y el desarrollo de los medios de comunicación
habían creado un público nuevo que no se contentaba con la cultura tradicional.
El Futurismo poseía una accesibilidad y una cualidad periodística que resultó
muy atractiva a los jóvenes, incluso es sabido que, antes de la guerra, los
futuristas eran muy populares entre los trabajadores que abarrotaban los
teatros de las grandes ciudades italianas cuando se convocaba algún acto
futurista.
[27]
PERFILES
CURVOS: 1.
Contorno aparente de la figurra representado por líneas que determinan sus
formas. 2. Postura en la que queda
completamente ocultauna de las dos mitades laterales de una figura. 3. Representación de algo según un
corte vertical, especialmente si se procura que destaquen bien los saledizos.
[28] MUSEO DE REPRODUCCIONES DE
BILBAO (en euskera, Bilboko Berreginen Museoa), creado en 1927, es uno de los museosmás antiguos de la capital vizcaína y tiene
como objetivo la compilación de obras clásicas del arte. Entre las obras
reproducidas fielmente de museos como el Louvre, el Museo de Berlín, los Museos Vaticanos o
el Museo Británico, se encuentran el Friso de las Panateneas del Partenón, los Esclavos y
el Moisés, de Miguel Ángel, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, el Laocoonte y sus hijos, el Apoxiomenos, la Diana de
Gabies y el Apolo de Belvedere, entre otras. El museo de Reproducciones de Bilbao fue
fundado en 1927, tras una intensa campaña por la creación de diversas
instituciones.museísticas. Justo en un momento en el que en el
resto de Europa, la reproducción de obras artísticas se encontraba en claro
declive. El museo se centró en complimentar las ofertas culturales y artísticas
de la villa y en mejorar el aprendizaje de los alumnos de la sección de Bellas
Artes de la Escuela de Artes y Oficios. Manuel Ramírez Escudero, fue uno de los
principales promotores del museo y desde 1928 presidió la Junta del Patronato
del mismo, cargo que ejerció hasta 1967. Tras la propuesta presentada por
Ramírez Escudero en 1922 a la Junta de Cultura Vasca, el 1 de octubre de 1927,
se aprobó la creación del Museo, una vez que la Diputación y el Ayuntamiento de
Bilbao dieron su visto bueno al proyecto. Así pues, es uno de los museos más
antiguos de Bilbao. La Junta del Patronato, contó con ilustres personajes del
ámbito artístico, profesionales como por ejemplo: Larroque Ángel Larroque, Ricardo
Bastida o Higinio Basterra entre otros. El museo ha contado a lo
largo de su historia con diferentes sedes. Primero, y a partir de 1957, se
ubicó en los bajos de las Escuelas de Berastegi, para trasladarse
posteriormente a unos locales rehabilitados de la calle Conde Mirasol (donde se
encuentra en la actualidad la sede administrativa y didáctica). Desde la
reforma y ampliación en 2006 de la antigua iglesia neogótica del Corazón de
María, levantada entre 1891 y 1894 por el arquitecto José María Basterra en el barrio de San
Francisco, el museo acoge en el templo su exposición principal.
[30]
CLAROSCURO:
Se trata del arte de disponer en una
pintura el contraste de luces y sombras. Aplicado concretamente para destacar las
figuras iluminadas sobre un fondo oscuro, logrando aparentar la tercera
dimensión.
[31]
OBELISCO:
Pilar aislado, con remate apiramidado, de sección cuadrada o rectangular,
generalmente ornamental, decorativo. Admite una variada morfología.
[32]
PONT-AVEN:
Según L. Botté se interesaron por un arte simplificado y decorativo, falto de
matices intermedios en lo cromático. Este grupose halla en la base de los que
más tarde serían llamados Nabíes.
[33]
TEXTURA:
1. Entrelazamiento, disposición y
orden de los hilos en un tejido. 2. Estado
de una cosa tejida. 3. Estructuura,
disposiciónde las partes de un cuerpo, de una obra, etc. 4. Disposición entre sí de las partículas de un cuerpo.
[34]
CRIPTA:
Lugar subterráneo en que se
acostumbra enterrar a los muertos, o piso subterráneo destinado
al culto en una iglesia.
[35]
MASCARONES:
Figura que se colocaba, como adorno y símbolo, en la proa de los navíos,
generalmente una talla. Además, cara grotesca o fantástica usada como
ornamento.
[36]
FUNDICIÓN:
Procedimiento para obtener esculturas en bronce. Hay dos maneras tradicionales
de llevar a cabo la fundición. Muchos autores llaman fundición de arena al
procedimiento de fundición con cera y
alma interior, más complicado y largo que el
primero, pero mucho más barato por la cantidad de bronce que ahorra y
porque, una vez hecho el modelo, se trabaja con el mmolde que se obtiene,
quedando aquél siempre dispuesto para
ser objeto de nuevos moldes, lo que permite hacer tiradas en serie de una misma pieza. CERA PERDIDA:
Procedimiento para realizar estatuas en bronce fundido de tamaño menor. Una vez
modelada la figura en cera, se recubre de barro, yeso u otra substancia
refractaria de modo que esta última capa
se adapte perfectamente al molde en
cera, reproduciendo todos sus detalles en negativo. Cuando se ha secado todo se practica un agujero en
la parte superior y otro en la inferior, vertiéndose por el primero la colada
dde bronce fundido que sale derretida por el otro orificio. Una vez enfriado el
metal, se fracturael molde y se desprende la estatua. Para que ésta no sea
maciza requiere una labor más compleja,
en que la cera lleva un alma interior de la misma materia refractaria.
[37]
VITRIFICADO:
Consiste en un proceso industrial de protección
de superficies, en particular de madera, mediante la aplicación
de un pulimento y barniz. El procedimiento de
vitrificado tiene su origen en Italia. Surge a causa de
proteger las superficies que están permanentemente sometidas un intenso tráfico o
expuestas a humedad. Dichas
circunstancias pueden ocasionar fuertes daños en las superficies, como
rayaduras profundas, huecos, surcos en las junturas, manchado, podrido,
humedecido, levantado, cuchareado, despegado, etc., que generan su deterioro
físico y estético.El vitrificado puede aplicarse a los siguientes objetos o
materiales: Pisos de parqué, entablados, lamino-tablas, puertas, muebles de
madera, pisos flotantes, persianas, escaleras, barandas, interior de
embarcaciones, artersanías y otros.
[38]
PARADOJA:
Razonamiento o argumentación en el que afirmándose la verdad de una proposición se deducee una
contradicción y negándose se produce otra. A veces, sinónimo de antinomia.
Suele distinguirse (siguiendo a Ramsey) entre paradojas lógicas y paradojas
semánticas. Las paradojas lógicas aparecen en el seno de un mismo nivel de
lenguaje y en virtud del empleo de solos términos lógicos.Una paradoja
semántica se produce por el empleo de un mismo término en un lenguaje objeto y
en un metalenguaje e implica interpretación de significado.
[39]
APORÍA:
Dificultad (objetiva) de un razonamiento. Por ejemplo, las enunciadas por Zenón
de Elea para ddemostrar la existencia del movimiento local. Es decir, una
aporía es un callejón sin salida del pensamiento. El razonamiento llega a esa situación cuando
no halla solución posible. Sócrates forzaba muchas veces a sus interlocutores a
llegar a aporías para hacerles cambiar de tema o de enfoque de un tema. Para
Platón, un diálogo aporético es aquel que desemboca en una imposibilidad de
conclusión sobre el problema propuesto.
[40]
MODERNIDAD:
En términos de tiempo y espacio, el concepto de conocimiento se analiza con los
cambios de la modernidad a la posmodernidad. Se considera el inicio de la
modernidad con la Ilustración francesa en el siglo XVIII hasta finalizada la
Segunda Guerra Mundial, lo que significó el auge del pensamiento racional, el
materialismo, el cientifismo, el progreso, la superación, la crítica, la
vanguardia, la naturaleza y la realidad social como objeto de conocimiento
objetivo, y de la ideología frente a la teología. Hubo una transición del
concepto medieval de percepción por el moderno concepto de conocimiento
objetivo. En la modernidad predominan las teorías de Newton, Descartes, Bacon,
Locke, Hume y otros. Se planteó como un espacio de progresiva transparencia, y
como espacio de un proyecto de emancipación. La modernidad es entendida o
caracterizada como efecto de superación crítica.
[41]
BILBAO:
(en euskera Bilbo) Es un municipio situado en
el norte de Españay una villa de dicho
municipio, capital de la provincia y territorio
histórico de Vizcaya, en la comunidad
autónoma del País Vasco. La villa de
Bilbao es la capital y única localidad del municipio, y con 345 141
habitantes según el padrón de 2015, es la urbe más poblada de la comunidad
autónoma, siendo la cabecera del área metropolitana de Bilbao, una conurbación de más de
1 000 000 de habitantes que se extiende a lo largo de la ría de Bilbao o del Nervión. El núcleo
urbano se encuentra rodeado por dos cadenas
montañosas con
una altitud media que no supera los 400 metros. Estas cadenas forman algunos
de los límites naturales del municipio. Los principales municipios limítrofes
son Sondica, Zamudio, Basauri, Baracaldo, Galdácano y Arrigorriaga. Desde su
fundación, a finales del siglo XIII, fue un enclave
comercial que gozó de particular importancia en la cornisa
Cantábrica gracias
a los privilegiosconcedidos por
la Corona de
Castilla
que permitieron el desarrollo de una gran actividad
portuaria que
se basaba principalmente en la exportación de la lana procedente de Castilla y en menor
medida del hierro extraído de
las canteras vizcaínas. A lo largo del siglo XIX y
principios del XX experimentó.
una fuerte industrialización que la convirtió en el epicentro de la segunda
región industrializada de España, por detrás de Barcelona. Esta estuvo
acompañada de una extraordinaria explosión demográfica y urbanística que
originó la anexión de varios municipios colindantes. En la actualidad es una
pujante ciudad de servicios, que se encuentra en un proceso de revitalización
estética, social y económica liderado por el simbólico Museo
Guggenheim Bilbao.
El 19 de mayo de 2010, la ciudad de Bilbao fue reconocida con el
premio Lee Kuan Yew World City Prize, otorgado por la
ciudad estado de Singapur, en colaboración
con la Academia
Nobel sueca.
Considerado el Nobel del urbanismo, fue entregado
el 29 de junio de 2010. El 7 de enero de 2013, su alcalde, Iñaki Azkuna, recibió el Premio
Alcalde del Mundo correspondiente
a 2012 que otorga cada dos años la fundación británica The City Mayors Foundation, en reconocimiento a la transformación
urbana experimentada por la capital vizcaína desde la década
de 1990. El 8 de noviembre de 2017, Bilbao fue elegida la Mejor
Ciudad Europea 2018 en los premios The Urbanism Awards 2018, que otorga la
organización internacional The Academy of Urbanism.
[42]
MUSEO
ARTIUM DE VITORIA: Es
un museo dedicado al arte y la cultura contemporáneas ubicado en Vitoria-Gasteiz (Álava, País
Vasco). El Museo cuenta con una importante colección de arte vasco
y español de los siglos XX y XXI. Artium se distingue además por sus
exposiciones temporales, tanto colectivas -con temas vinculados al tiempo
actual- como individuales. Por sus salas han pasado algunas de los principales
y más significativos creadores del panorama nacional e internacional. El
edificio es una singular construcción cuyas tres cuartas partes se encuentran
bajo el nivel de la calle, lo que le ha dado el apelativo de museo-bodega, y es
obra del arquitecto vitoriano José Luis Catón. El Museo se inauguró el 26 de
abril de 2002. El museo surgió de la
colaboración de la Diputación Foral de Álava,
propietaria de la mayor parte de los fondos que integran la Colección Permanente
y titular del edificio, con el Gobierno
Vasco, el Ministerio de Cultura
de España y el Ayuntamiento
de Vitoria-Gasteiz. Su inauguración tuvo lugar el 26 de abril de 2002.
Previamente, en febrero de 2001, se constituyó la Fundación ARTIUM de Álava,
con el fin de dirigir y gestionar el futuro Centro-Museo Vasco de Arte
Contemporáneo. Su Patronato está constituido por las instituciones públicas que
participaron en la construcción y puesta en marcha de ARTIUM y las entidades
privadas que, participando en el Programa de Miembros Corporativos de la
Fundación, adquieren la condición de patronos privados. Fuera de este esquema
funciona el Programa de Miembros Asociados, orientado a aquellas personas que
desean vincularse al ARTIUM con una participación especial en sus ofertas de
actividades.
[43]
GATEPAC:
Grupo de arquitectos y técnicos españoles
para el progresode la arquitectura
contemporánea, asociación formada en 1930 y disueltapor la diásporade la
guerra civil (1936-39). Aglutinó a la
vanguardiade la arquitectura españolacon la finalidad de divulgar y fomentar la
arquitectura contemporánea y las industrias adyacentes, guiándose por las tendencias
racionalistas de la Bauhaus. El grupo
más numeroso y activo radicó en Cataluñacon las siglas GATCPAC, del cual se
conserva en Barcelonaun notable número de obras.
[44]
FUTURISMO:
Movimiento cultural y artístico fundado por Marinetti en 1909. Las teorías
futuuristasrenegaban del arte anteriorpara sumarse con formas vivas al
dinamismo de la vida moderna. El primer manifiesto futurista apareció en Le Figaro el 20 de febrero de 1909, y propugnó la destrucción
de la sintaxisen favor de las “palabras en libertad”. Este ismo busca expresar
el dinamismo de la vida moderna, mecanizada e industrializada, dando la
sensación del movimiento o de los sentimientos dinámicos, simultaneando las
posiciones sucesivas de los cuerpos, pero de tal modo que la forma pueda ser
entendida porel espectador, para hacerle partícipe de lo representado. Se
relacciona con el cubismo en algunos aspectos -descomposición en planos y
volúmenes- y estudia sobre todo el
movimiento, prescindiendo de las líneas continuas de la armonía y del “buen
gusto”. Balla, Carrá, Severini y Boccioni son sus figuras más destacadas.
[45]
GUERRA
HISPANO-NORTEAMERICANA: Conflicto armado que enfrentó a Espaaña y EE.UU. por la posesión de Cuba (25 abril-12
agosto 1898). EE.UU. con intereses en la isla, había apoyado a los insurgentes
desde ell inicio de la guerra de independencia cubana (1895). La explosión del acorazado
estadounidense Maine (febrero, 1898),
imputada por EE.UU. a los españoles precipitó la contienda. La lucha se
desarrolló en varios frentes. En Filipinas la escuadra española fue derrotada
en Cavite, los estadounidenses invaddieron Luzón y ocuparon Manila. En las Antillas la
escuadra española era bloqueada en Cuba y los estadounidenses vencieron a los españoles en El Caney y San Juan. La
escuadra inttentó romper el asedio pero fue totalmente destruida. Poco tiempo
después, los estadounidenses invadieron Puerto Rico. España tuvo que aceptar un
humillante tratado de pazpor el que cedía los últimos restos del imperio, que
pasaron a ser colonias estadounidenses.
[46]
GENERACIÓN
del 98: Etiqueta que se usa para
identificar a los escritores españoles que escriben en torno a los años de la
pérdida de las colonias españolas en Cuba y el Pacífico en 1898, tragedia que
trajo consigo una fuerte crisis nacional. El estudio de los autores y obras de
este grupo es inseparable del correspondiente al modernismo literario español,
ya que esos años son los del esteticismo, parnasianismo, simbolismo y art nouveau en Europa, y los del modernismo
en España e Hispanoamérica. Nunca hubo dos frentes de batalla literarios: el de
los escritores comprometidos o noventayochistas, por un lado, y el de los
estetas decadentistas por el otro, que permanecerían al margen de los problemas
sociales en sus torres de cristal; de hecho, hay autores encuadrados en el
grupo del 98 que, al mismo tiempo, se cuentan entre los principales creadores
modernistas. Hay, eso sí, dos modos de escritura correspondientes a quienes
escriben ensayo, relato breve, artículo periodístico o novela, géneros propios
del arte noventayochista, y quienes apuestan por la poesía o el relato de corte
modernista; entre ambas poéticas, se mueve buena parte de la poesía de Antonio
Machado y algunas de las obras de Ramón
María del Valle-Inclán, cuya transición hacia su segunda época viene claramente marcada
por Romance de lobos. Por todo ello, son muchos los
estudiosos que se niegan a manejar ambas denominaciones y que prefieren apostar
por una sola que aglutina ambas: literatura de fin de
siglo.
[47]
LIBERALISMO:
Corriente económica fundada por Adam Smith sobre el juego libre del mercado, de
los precios y de la competencia. Defiende el dderechode propiedad privada de
los medios de producción. Se opone, en contrapartida, a la intervención del Estado, que debe
limitarse a mantener el ejercicio de una verdadera competencia (eliminación de
oligopolios o monopolios privados). El liberalismo es una corriente caracterizada
por defender las mayores cotas posibles de libertad individual bbajo unas
instituciones de gobierno que han de
procurar ser neutrales. Postula tanto una filosofía tolerante de la vida como
el modelo social que consiguió sustituir al Antiguo Régimen y cuyos contenidos
han sido plasmados, de hecho, como fundamento jurídico y político de las
constituciones democráticas.
[48]
MEDIOS
DE COMUNICACIÓN: Los mass media constituyen un conjunto
de instrumentos de difusión masiva de la información: prensa escrita, radio,
televisión, cine, publicidad, etc., todo cuanto concurre a la difusión de la
palabra, la imagen y el sonido. Constituyen un medio de expresión y un
intermediario que transmite un mensaje destinado a un grupo. En fin, los mass
media son el conjuntode medios que permiten la comunicación de masas o la
comunicación simultáneamente con gran número de personas a veces muy distantes
entre sí: prensa, radio, televisión, cine.
[49]
CRISIS:
Designa un periodo breve de cambio decisivo, un punto de inflexión que
determina la supervivencia o la desaparición dde un individuo, una institución,
una condición, etc.; en sentido más amplio indica un periodo, breve o largo, de
inestabilidad y de dificultades, o de
transformaciones rápidas y profundas. La idea se imbrica con los conceptos de
decadencia y de declive, y en economía con los de recesión y depresión. Crisis
es una de las nociones más utilizadas en historia y en ciencias sociales, pero
es también un concepto ambiguo e impreciso, debidoal uso a veces
indiscriminadoque se hace del término, empleadopara describir desde situaciones revolucionarias hasta cualquier
tipo de tensión en las relacionesinternacionales, y, en general, cualquier
situación de dificultad en cualquier ámbito. Frenazo de la actividad económica
general, y, en especial, parón en la producción por una fuerte tasa de
desocupación o por un bajo nivel de los beneficios con las consiguientes
quiebras.
[50]
ICONOGRAFÍA:
Ciencia que estudia el origen, formación y desarrollo de los temas figurados y
de los atributos con que pueden identificarse y de los que usualmente van
acompañados. En realidad, bajo esta denominación se comprende también la
iconología. Las dos grandes series iconográficas del arte occidental son la
mitología clásica y la ccristiana, que han dado lugar a densos y voluminosos estudios, repertorios,
diccionarios, etcétera. Es decir, la iconografía es el estudio descriptivo de
las diferentes representaciones figuradas de un mismo sujeto: clasificación de
las imágenes correspondientes. La iconografía estudia el desarrollo de los temas, sus fuentes y
significado. El artista expresa su ideal
a través de unos caracteres representativos que le vienen impuestos.
[52]
PURISMO
en la Arquitectura del siglo XX: Es una
alternativa al cubismo o un avance más decidido en ese mismo cubismo. De ambos
modos se puede entender el Purismo, un movimiento liderado por Amedée Ozenfant
y C. E. Jeanneret, que más tarde sería conocido por Le Corbusier. En marzo de 1920 ambos publican el Manifiesto
purista. El
órgano que difundió esas nuevas ideas espaciales
y estéticas era la revista "L' Esprit Nouveau" (1920-1925) y trataba
de temas tan diversos como bellas artes, literatura, cine, música, circo,
deporte, moda o muebles. Ozenfant y Jeanneret defienden que el orden que
proponen era el mismo que residía en la arquitectura clásica. Sus cuadros eran
un desarrollo moderno de la tradición de la Grecia antigua. Frente al
naturalismo y al impresionismo,
el Purismo quería evitar lo transitorio, lo efímero y concentrarse así en lo
inalterable, en la esencia de lo real. La Primera Guerra
Mundial había conseguido -tal y como anticiparon los futuristas
italianos- dejar el camino libre para un nuevo orden, o mejor dicho,
para un nuevo espíritu de orden clásico. Hacia 1921 el Purismo se relacionó con
otros movimientos europeos, en especial con el neoplasticismo holandés de De
Stijl (1917-1933) y con la experiencia alemana de la Bauhaus de Weimar
(1919-1932).
[53]
ORGÁNICA:
Nombre que recibe la arquitectura propugnada por el norteamericano Frank Lloyd
Wright (1869-1959). Las tesis de Wright defienden una arquitectura que
desarrolla orgánicamente sus partes y conjuntos en combinación con el paisaje y
los elementos naturales empleados en su construcción.
[54]
LAS
VANGUARDIAS: Los programas estéticos de las vanguardias han
sido siempre ubicuos, contradictorios, ambiguos. La dialéctica de ruptura y
disolución de los lenguajes artísticos, y de experimentación e instauración de
un orden nuevo, a la vez formal y civilizatorio, que atraviesa su edad heroica,
está llena de contrasentidos y puntos ciegos. Las vanguardias históricas
conforman un aleatorio horizonte, tanto si se las considera como proyecto
artístico cuanto si se las comprende como utopía civilizatoria. Así
sucede también en el acontecer de las vanguardias vascas,
aunque con modulaciones propias determinadas por el específico contexto
histórico, cultural y político. Por referirme sólo ahora a la sociedad GU,
fundada en el año 1934 en Donostia, y a sus eventos que reunían efímeramente a
lo más sobresaliente de la emergente vanguardia vasca, sabido es que acogió a
artistas de sensibilidades artísticas e ideológicas de índole diversa y
antagónica, desde filonacionalistas hasta partidarios de Falange joseantoniana
(así, Cabanas Erauskin y los arquitectos José Manuel Aizpúrua y
Lagarde eran destacados miembros, y con esa ideología asimismo simpatizaban los
pintores Olasagasti y Ribera). Tal coexistencia de postulados estéticos y
políticos antagónicos no dejaba de expresar una paradoja más en el origen de
tales vanguardias. Las primeras vanguardias vascas son periféricas pero con múltiples conexiones
con la escena ibérica (con Madrid, principalmente), y con la de
París. Jaime Brihuega, en un texto de 1974, ha subrayado la declinación
nueva que determinados conceptos artísticos de la vanguardia europea suscitaron
en su penetración en el contexto español.
[55]
EXPRESIONISMO:
Fue
un movimiento cultural surgido
en Alemania a
principios del siglo
XX,
que se plasmó en un gran número de campos: artes
plásticas, literatura, música, cine, teatro, danza, fotografía, etc. Su primera
manifestación fue en el terreno de la pintura, coincidiendo en el tiempo con la
aparición del fauvismo francés, hecho que
convirtió a ambos movimientos
artísticos en
los primeros exponentes de las llamadas “vanguardias
históricas”.
Más que un estilo con características propias comunes fue un movimiento
heterogéneo, una actitud y una forma de entender el arte que aglutinó a
diversos artistas de tendencias muy diversas y diferente formación y nivel intelectual.
Surgido como reacción al impresionismo, frente al naturalismo y el
carácter positivista de este
movimiento de finales del siglo XIX los
expresionistas defendían un arte más personal e intuitivo, donde predominase la
visión interior del artista —la «expresión»— frente a la plasmación de la
realidad —la «impresión»—. El expresionismo suele ser entendido como la deformación de la realidad para
expresar de forma más subjetiva la
naturaleza y el ser humano, dando primacía a la expresión de los sentimientos más que a
la descripción objetiva de la
realidad. Entendido de esta forma, el expresionismo es extrapolable a cualquier
época y espacio geográfico. Con sus colores violentos
y su temática de soledad y de miseria,
el expresionismo reflejó la amargura que
invadió a los círculos artísticos e intelectuales de la Alemania prebélica, así
como de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y
del período de entreguerras (1918-1939).
Esa amargura provocó un deseo vehemente de cambiar la vida, de buscar nuevas
dimensiones a la imaginación y de renovar los lenguajes artísticos. El
expresionismo defendía la libertad individual, la primacía de la
expresión subjetiva, el irracionalismo,
el apasionamiento y los temas prohibidos –lo morboso, demoníaco, sexual,
fantástico o pervertido–. Intentó reflejar una visión subjetiva, una
deformación emocional de la realidad, a través del carácter expresivo de los
medios plásticos, que cobraron una significación metafísica, abriendo los
sentidos al mundo interior. Entendido como una genuina expresión del alma
alemana, su carácter existencialista,
su anhelo metafísico y la visión trágica del ser humano en el mundo le hicieron
reflejo de una concepción existencial liberada al mundo del espíritu y a la
preocupación por la vida y la muerte, concepción que se suele calificar de
"nórdica" por asociarse al
temperamento que tópicamente se identifica con el estereotipo de los países
del norte de Europa. Fiel reflejo de las
circunstancias históricas en que se desarrolló, el expresionismo reveló el lado
pesimista de la vida, la angustia existencial del individuo, que en la sociedad
moderna, industrializada, se ve alienado, aislado. Así, mediante la distorsión
de la realidad pretendían impactar al espectador, llegar a su lado más emotivo
e interior.
[56]
SANTUARIO
DE ARÁNZAZU: Por un lado, está su silencio, su
retiro y su naturaleza. Y, por otro, la monumentalidad y esas pinturas en la
cripta tan alejadas del arte religioso al uso… Una mezcla chocante, entre lo
espiritual y lo vanguardista, es lo que se respira en la visita al Santuario de
Aránzazu.
[57]
EDUARDO
CHILLIDA JUANTEGUI (San Sebastián, 1924-id., 2002).
Considerado uno de los más importantes escultores del siglo XX. Desde que se diera a conocer en la escena internacional allá
por los años cincuenta, la obra de Chillida ha quedado representada en los
principales museos y colecciones de arte de Europa y Estados Unidos. Asimismo,
sus trabajos han sido comentados y analizados tanto por parte de los
historiadores y críticos de arte como por poetas de la talla de Octavio Paz,
Gabriel Celaya, José Ángel Valente, entre otros, y filósofos tan importantes
como Martin Heidegger o Gaston Bachelard. Galardonada en innumerables ocasiones
y expuesta en numerosos museos y retrospectivas, su obra constituye un legado
de referencia ineludible en el panorama artístico contemporáneo. Para muchos
fue el mejor escultor español de la segunda mitad del siglo XX. A lo largo de
sus más de cincuenta años de trayectoria creativa, Chillida exploró conceptos
(opuestos para algunos, complementarios para él) como los de vacío y volumen,
luz y sombra, límite e infinitud. El material del que estaban hechos sus
trabajos (aun indagando en componentes tan diversos como el hierro, la piedra,
el alabastro, el acero o el hormigón) no fue para él un fin en sí mismo, como
tampoco lo fueron esas formas austeras y arcanas tan definitorias de su
trabajo. Más allá de la materia y la forma, lo que quiso expresar Chillida a
través de sus obras fue una concepción ética, mística y trascendental de la
existencia.
[58]
ARTELEKU: Es un centro de
arte dependiente de la Diputación Foral de Guipúzcoa, ubicado en el barrio de
Loyola de San Sebastián. Se inauguró e121 de mayo de 1987 con el objetivo de
potenciar el desarrollo de la expresión artística a través de diferentes
talleres y espacios creativos. El desarrollo de su programa se estructura en
dos ejes fundamentales. El primero de ellos es la organización de talleres,
cursos y seminarios relacionados con la creación comtemporánea. A los ya
existentes talleres de Pintura, Escultura, Textil y Obra grá fica se han
sumado estos últimos años nuevas experiencias: Instalaciones, Creatividad
asistida por ordenador, Composición musical, Fotografia, Vídeo y seminarios
teóricos a cargo de prestigiosos críticos e historiadores españoles r
extranjeros. El segundo eje del proyecto de Arteleku es el mantenimiento de
unos servicios permanentes: Centro de Documentación, Videoteca, Sala de
Conferencias, Sala de Exposiciones y Espacios de Cesión. El Centro de
Documentación de Arteleku abre sus puertas en abril de 1989.
[60]
CUADROS
DE HISTORIA: El paisaje
heroico o histórico presenta una
escena de carácter épico sobre fondo de paisaje ideal. Los grandes cultivadores
de este género son C. Lorrain y N. Poussin.
[61]
ALEGORÍA:
Representación simbólica de ideas abstractas, por medio de figuras, grupos de
éstas o atributos.
[63]
PAISAJE:
Cuadro que reproduce un exterior natural o inspirado en la Naturaleza. A veces
se llama paisaje ideal (Ideale Landschaft, en alemán; paysage composé, en francés) a aquel en
que el artista no reproduce un escenario real sino una composición en la que expresa
sus concepciones personales sobre la belleza de lo natural, desde una
perspectiva poética.
[64]
NATURALISMO:
Corriente
literaria surgida y desarrollada en Francia entre 1879 y 1890. En Arte, es una
tendencia artística que trata de seguir y representar lo más fielmente posible
a la naturaleza, huyendo del idealismo. Doctrina filosóficaque pone como primer
principio la naturaleza, y en base a ella explica los valores espirituales e
intelectuales negando todo principio
transcendente. El Naturalismo es una forma de Realismo, que utiliza el método y
los presupuestos filosóficos de las ciencias naturales. El escritor es, más que
el creador de un mundo de ficción, un observador de la realidad que traslada a
su novela un pseudo-experimento científico. Va acumulando datos sobre la
situación humana y formula una hipótesis que pondrá a prueba a lo largo de la
narración y que confirmará casi siempre al final de la misma. Según Yvan
Lissorgues (“El modelo teórico del Naturalismo”) son elementos básicos de esta
doctrina: 1. la idea de verdad que se sitúa dentro de la problemática
cientificista e ideológica de la segunda mitad del siglo; 2. la lógica de las
relaciones entre los hechos y el encadenamiento de las situaciones; 3. la
independencia con respecto a los dogmas religiosos, filosóficos y estéticos. Es
característico del Naturalismo el determinismo de la
herencia fisiológica y del medio ambiente. Siempre aparecen estos aspectos
fisiológicos en la presentación y el comportamiento de los personajes, los
cuales en numerosas ocasiones manifiestan alguna peculiaridad que los
individualiza y que les arrastra a moverse generalmente por sus instintos,
sexuales o de poder. El ambiente hace aflorar las taras hereditarias
fisiológicas, de las que los personajes son víctimas casi impotentes. En la
vida cotidiana ese determinismo produce una tensión trágica, de tal manera que
se mira la vida con un sentido pesimista, que permite entrever un final
desgraciado y sin esperanzas. El objetivismo propio del Realismo adquiere en el
Naturalismo una perspectiva lejana, que ve solamente la conducta externa física
del hombre, sin llegar a captar, debido a la distancia, los rasgos
específicamente humanos. En el terreno artístico se llega incluso a una
interpretación subjetiva de la realidad. Por otra parte, el objetivismo se
convierte en literatura docente, de tesis, que observa los males de su época y
denuncia la sociedad corrompida. Por esto, se ha acusado al Naturalismo de movimiento
contrario a las instituciones tradicionales, antimilitarista y anticlerical.
Los rasgos anteriores, a los que se une la libertad del autor para tratar la
realidad sin discriminar nada, hacen que las novelas naturalistas describan de
forma insistente la miseria humana, especialmente referida a las clases media y
baja. Lo vulgar, obsceno o grosero está presente también en sus páginas. Los
personajes son seres que, aunque intenten buscar la felicidad, no sólo no la
encuentran sino que se van embruteciendo de forma progresiva debido a la
influencia incontrolable de la herencia y del ambiente en que se mueven. Hay
pocas excepciones, aunque algunos sobreviven en estos ambientes degradados
debido a su energía vital. Los que reciben un tratamiento más favorable son los
hombres de ciencia. Igual que en el Realismo, las novelas naturalistas
presentan a veces un ciclo vital completo, que origina novelas de larga
extensión, aunque de argumento sencillo y escasa acción. En ocasiones aparece
el personaje colectivo, grupo humano que pertenece a un estrato social de la
época actual, normalmente bajo. El lenguaje recupera la forma de hablar del
ambiente, no sólo en los diálogos sino en la narración para reforzar la
atmósfera propia de la novela. El vocabulario puede llegar a lo soez, pero
también a la utilización de tecnicismos. Zola empleó con acierto el estilo
indirecto libre, recurso que había utilizado Flaubert, y el monólogo interior, al que dio
estructura definitiva. La necesidad de dar a conocer los aspectos físicos de
los personajes y los ambientes que determinan el comportamiento lleva a la
utilización de descripciones detalladas, en las que se intercalan trozos de
relato o diálogos.
[65]
IMPRESIONISMO
(del francés impressionisme). Nombre
derivado del título de un cuadro de Monet: Impression:
soleil levant, que sirvió para calificar mordazmente a un grupo de pintores
que seguían un semejante orden de ideas, a partir de 1872-1874. Los
impresionistas aplicaron a la pintura el estudio científico de la luz, el
color, la sombra, el contraste, etc. Pintaban de modelo natural y al aire
libre, anotando las tonalidades atmosféricas y los reflejos lumínicos sobre las
cosas a diferentes horas del día, para captar el momento fugaz, la impresión
instantánea. Es un tipo de realismo que derivaría luego hacia técnicas como el
puntillismo. Especialmente notable es su característica de poner en contacto
los colores elementales (azul, amarillo y rojo) con sus complementarios (naranja, violeta y verde, respectivamente)
para producir efectos de pura luz, consiguiendo sorprendentes efectos
atmosféricos. Monet, Pissarro, Renoir, Moriset, Degas y Cézanne (estos dos
durante un cierto tiempo nada más) son los nombres más relevantes del primer
impresionismo.
[66]
POSTIMPRESIONISMO:
Etapa posterior al impresionismo caracterizada por una mayor preocupación por
las sensaciones táctiles, formales, consistentes, frente al predominio de la
sensación visual que caracterizó al impresionismo. Bajo esta denominación se
agrupan personalidades muy acusadas y distintas entre sí, como Cézanne, Van
Gogh, Gaauguin, etc., de cuyo influjo arranca la pintura del siglo XX.
[67]
NEOIMPRESIONISMO:
En el Neo-Impresionismo se agrupan las más diversas
tendencias, muchas de las cuales desbordan todo intento de clasificación
cronológica, puesto que en gran medida se corresponden con figuras concretas:
por ejemplo, Edvard Munch,
autor de El Grito,
sigue trabajando hasta su muerte después de la II Guerra Mundial. Van Gogh,
en cambio, muere prematuramente en 1890. El Neo-Impresionismo es básicamente un
movimiento de reacción ante el Impresionismo:
habiendo agotado éste su intención estética, la única que tenía en realidad, se
ve incapaz de ir más allá. Sus veteranos, y los jóvenes pintores de París y
otros países europeos influidos por el nuevo estilo, se enfrentan a la
necesidad de abrir nuevas vías de investigación pictórica. Las respuestas a
esta necesidad serán diferentes según tendencias como el Puntillismo o
el Simbolismo,
o según pintores, difícilmente clasificables en una Escuela concreta,
como Cézanne.
En cualquier caso, se aprovechan los avances del Impresionismo sobre teoría del
color e independencia de los temas y se introducen factores nuevos que permiten
revalorizar la importancia del arte.
277MUSEO DE BELLAS
ARTES DE BILBAO: La colección de este museo surgió de la unión de
los fondos del primer Museo de Bellas Artes de Bilbao, fundado en 1908, y del
Museo de Arte Moderno, inaugurado en 1924. El conjunto de obras reunidas ha ido
creciendo gracias a numerosas adquisiciones, donaciones de particulares y
aportaciones de diversas instituciones. En la actualidad, entre pinturas,
esculturas, dibujos, grabados y artes decorativas, hay más de 6.000 obras, que
abarcan una extensa cronología: desde el siglo XII hasta nuestros días. Entre
ellas, destacan títulos como La Anunciación (1596-1600)
de El Greco, San
Sebastián curado por las Santas Mujeres (1621) de José de Ribera, Lamentación
sobre Cristo Muerto (1634-1640) de Anton Van Dyck, Retrato de Martín Zapater (1797)
de Goya, Bañistas(1896-1898)
de Cézanne, Lavanderas
en Arlés (1888) de Gauguin o Mujeres de la Vida (1915-1917)
de Solana,
entre muchos otros.
[69] MUSEO DEL PRADO: El Museo Nacional del Prado, en Madrid, España, es uno de los más
importantes del mundo, así como uno de los más visitados (el decimoctavo en 2013
entre los museos de arte). Singularmente rico en cuadros de maestros europeos
de los siglos XVI al XIX, según el historiador del arte e hispanista Jonathan Brown «pocos se atreverían a
poner en duda que es el museo más importante del mundo en pintura europea». Su
principal atractivo radica en la amplia presencia de Velázquez, el Greco, Goya (el artista más
extensamente representado en el museo), Tiziano, Rubens y el Bosco, de los que posee las mejores
y más extensas colecciones que existen a nivel mundial, a lo que hay que sumar
destacados conjuntos de autores tan importantes como Murillo, Ribera, Zurbarán, Rafael, Veronese, Tintoretto, Van Dyck o Poussin, por citar solo algunos de
los más relevantes.
275
MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA
SOFíA: Es
un museo de arte del siglo XX y contemporáneo, con sede en Madrid. Su nombre se
abrevia habitualmente como Museo Reina Sofía. Tomó como sede el antiguo Hospital General de Madrid, gran
edificio neoclásico del siglo XVIII situado en
la zona de Atocha, cerca de las estaciones homónimas
de tren y metro. Este hospital fue diseñado
inicialmente por José
de Hermosilla y
continuado posteriormente por Francesco
Sabatini,
y actualmente se le conoce como edificio Sabatini en honor a
este arquitecto italiano. El museo fue inaugurado en 1992. En septiembre
de 2005 se ampliaron las instalaciones de la institución con la apertura
del edificio
Nouvel en
el inicio de la Ronda de Atocha. El Reina Sofía
es el vértice sur del conocido como Triángulo
del Arte de
Madrid, que incluye a otros dos célebres museos: el Prado y el Thyssen-Bornemisza. En la colección
permanente del museo destaca un núcleo de obras de grandes artistas españoles
del siglo XX, especialmente Pablo Picasso, Salvador Dalí y Joan Miró, representados
ampliamente y con algunas de sus mejores obras. Son muy relevantes también las
colecciones de arte
surrealista (con
obras de Francis
Picabia, René Magritte, Óscar
Domínguez o Yves Tanguy, además de los
ya citados Miró y Dalí), del cubismo (que a la
colección Picasso añade nombres como Juan Gris, Georges Braque, Robert Delaunay, Fernand Léger o Albert Gleizes), y la presencia
de artistas expresionistas, como Francis
Bacon o Antonio Saura. Junto a estos
autores hay muchos otros de diversas tendencias tan destacados como Lucio Fontana, Yves Klein, Diego Rivera, Alexander Calder, Roberto Matta, Mark Rothko, Antonio
López García, Antoni Tàpies, Miquel Barceló o Sam Francis.
[71]
ORFISMO (de Orfeo). Estilo
pictórico no figurativo bautizado así en 1912 en París por G. Apollinaire. Sus propósitos,
de un lirismo musical, podían conseguirse tan sólo mediante puros juegos
cromáticos. Delaunay y Kupka pintaron dentro de esta tendencia que se extinguió muy pronto y que había
nacido como reacción al primer cubismo analítico. Se trata de una
tendencia del arte de principios del
siglo XX hacia la abstracción, surgida en París entre los años 1911 y 1914. El
término fue una creación de Guillaume Apollinaire que, con motivo de la
exposición de la Sección de Oro de 1912, publicó un texto en el que trataba de
definir las diferentes tendencias del cubismo. Identificó entonces el cubismo órficocomo una derivación de éste hacia temas y
tratamientos más abstractos. Etimológicamente el término viene de Orfeo, dios
de la antigüedad que había compuesto su música con formas puras, al igual que
estos artistas trataban de hacer con la forma y el color para comunicar sus
emociones. Los artistas que componen este grupo fueron Robert Delaunay, Fernand
Léger, Francis Picabia y Frank Kupka. Con respecto a las ideas, se sintieron
cercanos a la filosofía de Bergson y sus especulaciones sobre la conciencia no
conceptual. En general, su poética estaba en consonancia con los cambios que se
estaban produciendo en las ciencias y en el desarrollo de la vida moderna. La
teoría atómica de la materia y los nuevos conceptos de espacio y tiempo
desplazaron al hombre como centro del universo; los movimientos sociales y el
crecimiento de las ciudades industriales aceleraron la formación de una
conciencia colectiva en pensadores y artistas. La traducción a la forma
artística de estos cambios fue la eliminación de la figura humana y la
representación de todas estas fuerzas que estaban convergiendo y cambiando el
mundo. Pensaban que el mundo moderno era tan complejo que no podía
representarse mediante objetos finitos en el tiempo y el espacio, y tampoco la
mezcolanza de objetos y puntos de vista sería suficiente. Para Delaunay la
solución estaba en encontrar una estructura pictórica que incorporara la
movilidad continua del ojo y de la mente. A partir de 1913 organiza sus
composiciones en torno a un movimiento circular (Sol, Luna. Simultáneos,
1913). En 1913, el orfismo salta a Nueva York de la mano de dos norteamericanos
discípulos de Delaunay: Stanton MacDonald-Wright y Morgan Russell. Denominaron
al movimiento Sincronismo e introdujeron en
el continente la pintura de abstracción colorista.

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