jueves, 7 de mayo de 2020

Arte Vasco (VIII)

El Museo Guggenheim Bilbao

          Convertido en símbolo del nuevo Bilbao, el Museo Guggenheim Bilbao constituye uno de los proyectos culturales más ambiciosos del siglo XX. La colección permanente del museo incluye fundamentalmente obras de los artistas más prominentes de las últimas cuatro décadas y se complementa con fondos prestados por la Solomon R. Guggenheim Foundation y con las programaciones especiales que auspicia la Fundación. Además, algunas salas del Museo Guggenheim Bilbao están dedicadas a montajes monográficos y otras albergan obras realizadas expresamente para este Museo. El arte contemporáneo vasco y estatal también están representados con una selección de obras que, como nuevas adquisiciones de la colección permanente, proporcionan una amplia visión de las tendencias más actuales del arte.
          El Museo Guggenheim cuenta con una colección propia y singular, al tiempo que complementa las colecciones del resto de instituciones Guggenheim. Los fondos del Museo cuentan con obras de algunos de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, como Eduardo Chillida, Yves Klein, Willem de Kooning, Robert Motherwell, Robert Rauschenberg, James Rosenquist, Clyfford Still, Antoni Tàpies y Andy Warhol, por citar algunos.
          En cuanto a las exposiciones permanentes destacan las siguientes obras: La materia del tiempo, de Richard Serra, Instalación para Bilbao, de Jenny Holzer, Puppy, de Jeff Koons, Fuente de fuego, de Yves Klein, Mamá, de Louise Bourgeois, Tulipanes, de Jeff Koons, Arcos Rojos, de Daniel Buren o Escultura de niebla, de Fujiko Nakaya.
          El Museo Guggenheim Bilbao acoge, entre otras actividades, exposiciones, conciertos, festivales, conferencias, proyecciones y talleres.m
                  El Museo Guggenheim Bilbao es obra del arquitecto estadounidense Frank Gehry y representa un magnífico ejemplo de la arquitectura más vanguardista del siglo XX. Con 24.000 m2 de superficie, de los que 11.000 están destinados a espacio expositivo, el edificio representa un hito arquitectónico por su audaz configuración y su diseño innovador, conformando un seductor telón de fondo para el arte que en él se exhibe.
            En conjunto, el diseño de Gehry crea una estructura escultórica y espectacular perfectamente integrada en la trama urbana de Bilbao y su entorno.
           La construcción del Museo Guggenheim Bilbao tuvo lugar entre octubre de 1993 y octubre de 1997 y el emplazamiento elegido, en una curva de un antiguo muelle de uso portuario e industrial, supuso la recuperación de la ría del Nervión para la ciudad y su reurbanización para la cultura y el ocio.
           Debido a la complejidad matemática de las formas curvilíneas proyectadas por Gehry, éste decidió emplear un avanzado software inicialmente utilizado en la industria aeroespacial, CATIA, para trasladar fielmente su concepto a la estructura y facilitar su construcción. Para la piel exterior del edificio, el arquitecto eligió el titanio tras descartar otros materiales y comprobar su comportamiento en unas muestras que había en el exterior de su propio estudio. El acabado de las cerca de 33.000 finísimas planchas de titanio consigue un efecto rugoso y orgánico, al que se suman los cambios de tonalidad del material según la atmósfera reinante. Los otros dos materiales empleados en el edificio, piedra caliza y vidrio, armonizan perfectamente, logrando un diseño arquitectónico de gran impacto visual, hoy día convertido en verdadero icono de la ciudad en todo el mundo.
           Frank Gehry está considerado como uno de los arquitectos más importantes e influyentes del mundo, y es internacionalmente célebre por su arquitectura personal, que incorpora nuevas formas y materiales y es especialmente sensible con su entorno. El Museo Guggenheim Bilbao es una de sus obras más conocidas.
            Gehry ha sido galardonado con los más prestigiosos premios en el campo de la arquitectura, como el Pritzker, que le fue otorgado en 1989 o el Premio Imperial Japonés, que le fue concedido en 1992. En la actualidad, su estudio, Gehry Partners LLP, está ubicado en Los Ángeles y Gehry continúa diseñando y dirigiendo proyectos para clientes de todo el mundo.
            Una vez en el Vestíbulo, que sirve de distribuidor, el visitante accede al Atrio, auténtico corazón del Museo y uno de los rasgos distintivos del diseño arquitectónico de Frank Gehry. Se trata de un gran espacio diáfano de volúmenes curvos que conectan el interior y el exterior del edificio mediante grandes muros cortina de vidrio y un gran lucernario cenital. Los tres niveles del Museo se organizan en torno a este Atrio central y se conectan mediante pasarelas curvilíneas, ascensores de titanio y cristal, y torres de escaleras. El Atrio, que también funciona como espacio expositivo, sirve como eje que ordena las 20 galerías que alberga el Museo, algunas de aspecto más clásico y líneas ortogonales y otras de volumetrías más orgánicas e irregulares. El juego de volúmenes y perspectivas permite disponer de espacios interiores en los que, sin embargo, el visitante no se siente en absoluto desbordado. Esta diversidad de salas ha demostrado su enorme versatilidad en las manos expertas de comisarios y diseñadores, que han encontrado la atmósfera idónea, tanto para presentaciones de obras de gran formato y medios contemporáneos como en muestras de carácter más sosegado o íntimo.
Además del espacio dedicado a la exhibición artística y un edificio anexo de oficinas y administración, el Museo cuenta con una sala de orientación al visitante llamada Zero Espazioa, un Auditorio de 300 butacas, una Tienda-Librería, cafetería, un restaurante tipo Bistró y un restaurante gastronómico con una estrella Michelin.
           El Museo está rodeado de atractivos paseos y plazas en una zona de reciente urbanización, superado su pasado industrial. La plaza y la entrada principal del Museo se encuentran enfilando la calle Iparragirre, una de las principales vías que cruza diagonalmente Bilbao, extendiendo el casco urbano hasta la puerta misma del Museo. Una vez en la plaza, el visitante accede al Vestíbulo descendiendo una amplia escalinata, un recurso infrecuente que, en este caso, resuelve con acierto la diferencia de cota entre la ría del Nervión, en cuya ribera se sitúa el Museo, y el nivel de la ciudad, haciendo factible una espectacular estructura que, sin embargo, no rebasa la altura de las construcciones circundantes. La parte más alta del edificio está coronada por un gran lucernario en forma de flor metálica que cubre el Atrio, uno de los rasgos más característicos del edificio.
          El exterior del Museo, cuyo perímetro puede recorrerse íntegramente, presenta diferentes configuraciones desde las distintas perspectivas y sirve también para la exhibición artística, albergando piezas de creadores como Louise Bourgeois, Eduardo Chillida, Yves Klein, Jeff Koons o Fujiko Nakaya. La parcela en la que se sitúa el edificio está surcada en uno de sus extremos por el Puente de La Salve que, desde 2007, sirve de soporte a la intervención escultórica encargada por el Museo a Daniel Buren titulada Arcos rojos / Arku Gorriak. Bajo el puente discurre la sala 104, una enorme galería libre de columnas que alberga la instalación escultórica de Richard Serra La materia del tiempo, y que se topa en su extremo con una torre, un remate escultórico del diseño arquitectónico que abraza el colosal puente y lo integra, de forma eficaz, en el edificio.
El Museo Guggenheim Bilbao

          Convertido en símbolo del nuevo Bilbao, el Museo Guggenheim Bilbao constituye uno de los proyectos culturales más ambiciosos del siglo XX. La colección permanente del museo incluye fundamentalmente obras de los artistas más prominentes de las últimas cuatro décadas y se complementa con fondos prestados por la Solomon R. Guggenheim Foundation y con las programaciones especiales que auspicia la Fundación. Además, algunas salas del Museo Guggenheim Bilbao están dedicadas a montajes monográficos y otras albergan obras realizadas expresamente para este Museo. El arte contemporáneo vasco y estatal también están representados con una selección de obras que, como nuevas adquisiciones de la colección permanente, proporcionan una amplia visión de las tendencias más actuales del arte.
          El Museo Guggenheim cuenta con una colección propia y singular, al tiempo que complementa las colecciones del resto de instituciones Guggenheim. Los fondos del Museo cuentan con obras de algunos de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, como Eduardo Chillida, Yves Klein, Willem de Kooning, Robert Motherwell, Robert Rauschenberg, James Rosenquist, Clyfford Still, Antoni Tàpies y Andy Warhol, por citar algunos.
          En cuanto a las exposiciones permanentes destacan las siguientes obras: La materia del tiempo, de Richard Serra, Instalación para Bilbao, de Jenny Holzer, Puppy, de Jeff Koons, Fuente de fuego, de Yves Klein, Mamá, de Louise Bourgeois, Tulipanes, de Jeff Koons, Arcos Rojos, de Daniel Buren o Escultura de niebla, de Fujiko Nakaya.
          El Museo Guggenheim Bilbao acoge, entre otras actividades, exposiciones, conciertos, festivales, conferencias, proyecciones y talleres.m
                  El Museo Guggenheim Bilbao es obra del arquitecto estadounidense Frank Gehry y representa un magnífico ejemplo de la arquitectura más vanguardista del siglo XX. Con 24.000 m2 de superficie, de los que 11.000 están destinados a espacio expositivo, el edificio representa un hito arquitectónico por su audaz configuración y su diseño innovador, conformando un seductor telón de fondo para el arte que en él se exhibe.
            En conjunto, el diseño de Gehry crea una estructura escultórica y espectacular perfectamente integrada en la trama urbana de Bilbao y su entorno.
           La construcción del Museo Guggenheim Bilbao tuvo lugar entre octubre de 1993 y octubre de 1997 y el emplazamiento elegido, en una curva de un antiguo muelle de uso portuario e industrial, supuso la recuperación de la ría del Nervión para la ciudad y su reurbanización para la cultura y el ocio.
           Debido a la complejidad matemática de las formas curvilíneas proyectadas por Gehry, éste decidió emplear un avanzado software inicialmente utilizado en la industria aeroespacial, CATIA, para trasladar fielmente su concepto a la estructura y facilitar su construcción. Para la piel exterior del edificio, el arquitecto eligió el titanio tras descartar otros materiales y comprobar su comportamiento en unas muestras que había en el exterior de su propio estudio. El acabado de las cerca de 33.000 finísimas planchas de titanio consigue un efecto rugoso y orgánico, al que se suman los cambios de tonalidad del material según la atmósfera reinante. Los otros dos materiales empleados en el edificio, piedra caliza y vidrio, armonizan perfectamente, logrando un diseño arquitectónico de gran impacto visual, hoy día convertido en verdadero icono de la ciudad en todo el mundo.
           Frank Gehry está considerado como uno de los arquitectos más importantes e influyentes del mundo, y es internacionalmente célebre por su arquitectura personal, que incorpora nuevas formas y materiales y es especialmente sensible con su entorno. El Museo Guggenheim Bilbao es una de sus obras más conocidas.
            Gehry ha sido galardonado con los más prestigiosos premios en el campo de la arquitectura, como el Pritzker, que le fue otorgado en 1989 o el Premio Imperial Japonés, que le fue concedido en 1992. En la actualidad, su estudio, Gehry Partners LLP, está ubicado en Los Ángeles y Gehry continúa diseñando y dirigiendo proyectos para clientes de todo el mundo.
            Una vez en el Vestíbulo, que sirve de distribuidor, el visitante accede al Atrio, auténtico corazón del Museo y uno de los rasgos distintivos del diseño arquitectónico de Frank Gehry. Se trata de un gran espacio diáfano de volúmenes curvos que conectan el interior y el exterior del edificio mediante grandes muros cortina de vidrio y un gran lucernario cenital. Los tres niveles del Museo se organizan en torno a este Atrio central y se conectan mediante pasarelas curvilíneas, ascensores de titanio y cristal, y torres de escaleras. El Atrio, que también funciona como espacio expositivo, sirve como eje que ordena las 20 galerías que alberga el Museo, algunas de aspecto más clásico y líneas ortogonales y otras de volumetrías más orgánicas e irregulares. El juego de volúmenes y perspectivas permite disponer de espacios interiores en los que, sin embargo, el visitante no se siente en absoluto desbordado. Esta diversidad de salas ha demostrado su enorme versatilidad en las manos expertas de comisarios y diseñadores, que han encontrado la atmósfera idónea, tanto para presentaciones de obras de gran formato y medios contemporáneos como en muestras de carácter más sosegado o íntimo.
Además del espacio dedicado a la exhibición artística y un edificio anexo de oficinas y administración, el Museo cuenta con una sala de orientación al visitante llamada Zero Espazioa, un Auditorio de 300 butacas, una Tienda-Librería, cafetería, un restaurante tipo Bistró y un restaurante gastronómico con una estrella Michelin.
           El Museo está rodeado de atractivos paseos y plazas en una zona de reciente urbanización, superado su pasado industrial. La plaza y la entrada principal del Museo se encuentran enfilando la calle Iparragirre, una de las principales vías que cruza diagonalmente Bilbao, extendiendo el casco urbano hasta la puerta misma del Museo. Una vez en la plaza, el visitante accede al Vestíbulo descendiendo una amplia escalinata, un recurso infrecuente que, en este caso, resuelve con acierto la diferencia de cota entre la ría del Nervión, en cuya ribera se sitúa el Museo, y el nivel de la ciudad, haciendo factible una espectacular estructura que, sin embargo, no rebasa la altura de las construcciones circundantes. La parte más alta del edificio está coronada por un gran lucernario en forma de flor metálica que cubre el Atrio, uno de los rasgos más característicos del edificio.
          El exterior del Museo, cuyo perímetro puede recorrerse íntegramente, presenta diferentes configuraciones desde las distintas perspectivas y sirve también para la exhibición artística, albergando piezas de creadores como Louise Bourgeois, Eduardo Chillida, Yves Klein, Jeff Koons o Fujiko Nakaya. La parcela en la que se sitúa el edificio está surcada en uno de sus extremos por el Puente de La Salve que, desde 2007, sirve de soporte a la intervención escultórica encargada por el Museo a Daniel Buren titulada Arcos rojos / Arku Gorriak. Bajo el puente discurre la sala 104, una enorme galería libre de columnas que alberga la instalación escultórica de Richard Serra La materia del tiempo, y que se topa en su extremo con una torre, un remate escultórico del diseño arquitectónico que abraza el colosal puente y lo integra, de forma eficaz, en el edificio.


1.21.   La vivienda rural (el caserío tradicional)

El caserío, rodeado de huerta, pasto para el ganado y bosque para el aprovechamiento forestal,  es la unidad básica de explotación agraria y ganadera en el País Vasco. La casa tipo consiste en una edificación de planta rectangular, con planta baja, planta superior y desván, cubierta por un tejado saledizo a dos o a cuatro aguas –característica esta última de los caseríos adaptados de antiguas torres banderizas-, que, en ocasiones, puede prolongarse para techar algunas dependencias auxiliares. La edificación medieval, enteramente de madera o de piedra sillar, evolucionó hacia una combinación de ambos materiales. Los sillares empezaron a emplearse para construir solamente las paredes de la planta baja, y en el resto de la  edificación, los postes de sustentación y las vigas se empleó la madera. Posteriormente el tipo de construcción predominante se orientó hacia viviendas ccon la planta baja de piedra sillar y el resto de la fachada con entramado de madera vista. La fachada principal del caserío suele estar orientada a mediodía. En ella se abren las ventanas más decorativas, los balcones y la puerta principal, por la cual se accede a las cuadras de la planta baja y a las escaleras que llevan a la vivienda de la planta superior. El resto  del espacio de la construcción, entre la planta destinada a  vivienda y la cubierta, está ocupado por el desván. El tejado es de caballete perpendicular a la fachada, con tejas encabalgadas, con refuerzo de piedras.
Los caseríos enteramente de piedra son, en su mayor parte, de origen medieval. Los aleros son grandes para proteger la fachada, en la que las principales abeerturas son las ventanas de la primera planta y la puerta adintelada que  da entrada al zaguán, donde se guardan aperos y herramientas y desde el que se accede a la vivienda y a la cuadra. Algunas de las construcciones anexas a la vivienda   propias de una explotación agraria o ganadera –tales como establo, cuadra, corral, pajar, etc.- podían estar adosadas al edificio principal, bajo una prolongación  de la misma cubierta, o bien en uno o en varios edificios independientes.
Una construcción anexa al caserío puede ser ejemplo de construcción primitiva, totalmente de madera. La anulación de las principales aberturas de la fachada muestra que, en muchos casos, los edificios más antiguos se destinaron a graneros y a cuadras, mientras que la vivienda principal se acondicionaba  adosada o bien se trasladaba a un edificio independiente de nueva planta.



                                              
RECOPILACION BIBLIOGRAFICA PARA
EL ESTUDIO DE LA HISTORIA DEL ARTE
DEL PAIS VASCO

- La repetición de una idea musical, puede ser literal o presentar a
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . .
PAIS VASCO
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y del natural por Juan Eustaquio Delmas y acompañadas de texto. Bilbao,
Imprenta y Librería de N. Delmas.
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Museos, museología  y museografía

El museo es una institución contemporánea y, por tanto, su tipología de edificio también lo es. Como institución, el museo puede presentar una diversidad notable en su forma, en su contenido, e incluso en su función, pero todos tienen una meta común: preservar, interpretar y exhibir aspectos materiales de la cultura de una sociedad. Esta institución requiere de edificios de uso público adaptados para cumplir las diferentes funciones que asume un museo, de entre las cuales hay una que es dominante: mostrar al público sus contenidos.
El coleccionismo, entendido como acumulación de objetos valiosos, o por su belleza o por su rareza, es el origen del museo. Las colecciones constituidas a lo largo del tiempo por miembros de la monarquía, por aristócratas, por eclesiásticos o por burgueses fueron el germen del que surgió el museo en el siglo XVIII, pero este frente al coleccionismo tradicional va adquirir dos connotaciones propias, su carácter de institución pública y la necesidad de contar con una tipología de edificio destinada a tal fin.
El nacimiento de los museos en su acepción y concepto moderno es consecuencia de la Ilustración, aunque se desarrollaron plenamente tras la Revolución Francesa. Desde su origen adquirieron un papel activo como recurso educativo. Como forma de promover el orgullo cívico o esfuerzo nacionalista, como un recurso de ocio y como edificio arquitectónico, se convierten en elementos urbanos capaces de transformar y aumentar la calidad de vida de un área determinada; muchas de las más ambiciosas y prestigiosas remodelaciones urbanas, a lo largo del siglo XIX y del XX, han ido aparejadas a la construcción de un edificio para museo, hay que recordar en los últimos años la operación urbanística desarrollada en Bilbao mediante la construcción del Museo Guggenheim de Bilbao.
Desde el momento de su nacimiento los museos como tipología de edificio adquieren unas características concretas que, en realidad, poco han cambiando en su esencia a lo largo de los más de dos siglos de vida de los mismos. Son edificios públicos destinados a contener objetos, a custodiarlos y conservarlos, a mostrarlos y a exhibirlos en condiciones óptimas, por tanto, su gran problema es resolver la colocación de los objetos y la circulación de personas.
Desde su nacimiento los museos asumen otras funciones, como la custodia de objetos no exhibidos, la preservación y restauración de los elementos del museo, la biblioteca o la actividad burocrática de la institución; aunque éstas pueden adquirir una gran importancia, e incluso necesitar un gran número de espacios específicos para desarrollarse, ninguna ha generado una tipología de edificio específica asociada al edificio de divulgación. Es esta necesidad, la de exhibición, la que creó el museo y la que desarrolló el edificio.

1.     Los orígenes del Museo

La palabra Museion aparece en el mundo griego haciendo referencia a los templos dedicados a las musas y a las escuelas científicas y filosóficas protegidas por ellas. En realidad, el Museion griego todavía no tenía un claro carácter de coleccionismo, y mucho menos de museo en su concepto actual, aunque ya requería un espacio propio de exhibición de objetos artísticos con el fin de provocar la inspiración y la visita de las musas. Estrabón describe en su Geografía el Museion del palacio real de Alejandría, construido por la dinastía de los Ptolomeos, como una comunidad de eruditos consagrados al estudio, con una biblioteca, jardines, observatorio astronómico, laboratorio, etc, es decir, más como una institución de estudio que como una galería de objetos.
En la época romana se mantuvo esta consideración, así la palabra latina museum hace referencia a un lugar de encuentro para celebrar reuniones filosóficas, como la Villa de Adriano en Tívoli.
Durante la Edad Media se siguen reuniendo colecciones de objetos, predominantemente de las reliquias de santos o las curiosidades exóticas, pero la palabra museo desaparece y no se vuelve a utilizar hasta el siglo XV para describir la colección de objetos de Lorenzo de Médicis en Florencia. El concepto deja de estar referido a una institución de estudio para centrarse en la idea de colección de objetos valiosos, en este sentido nace el concepto moderno de museo, entendido en su valor estético e histórico, aunque todavía no se refiera a una tipología concreta de edificio donde se muestran esos objetos.
En el Renacimiento el gusto por el coleccionismo, tanto de antigüedades como de objetos curiosos o artísticos se generaliza entre la aristocracia. En 1520, por primera vez, se designa con la palabra museum un edificio destinado a contener una colección de objetos, es el construido en Como, Italia, para albergar las colecciones de antigüedades del humanista Paulo Jovio; sin embargo, esta idea no tiene continuidad.
A partir de la segunda mitad del siglo XVI, se impone la moda de los denominados Gabinetes de CuriosidadesChambre des Merveilles en Francia o Wunderkammer en Alemania. La novedad es destinar pequeñas salas, especialmente decoradas, con el fin de contener y exhibir las colecciones. Su origen está en el Studiolo de Isabel de Este creado a finales del siglo XV en el palacio ducal de Urbino. En estos gabinetes se da un paso más, ya que se plantea la necesidad de destinar espacios concretos a ubicar las colecciones, espacios que se convierten en el germen del museo como edificio y como institución. A partir de esta idea se conformarán las galerías de pintura o escultura vinculadas a los palacios de la aristocracia, dentro de las cuales, sin duda, la más famosa es la galería proyectada por Vasari en 1560 para Cosme de Medicis, la galería de los Uffizi, que enlazaba la plaza de la Señoría con el Palazzo Pitti y que quedaba definida como un corredor en el que se mostraba, para goce de la familia Médicis, la magnífica colección de objetos atesorados a lo largo de más de un siglo.
En el siglo XVII, la palabra museo se aplicaba como sinónimo de colección y de los catálogos de las colecciones que se publican bajo los títulos de Musaeum. Pero además en este siglo el concepto de colección, y por tanto museo, se amplía; si muchas de las colecciones formadas durante el Renacimiento eran símbolos del prestigio social de la familia poseedora y se entendían como un elemento importante dentro de las tradiciones de la nobleza, en el siglo XVII las colecciones se convirtieron también en importantes elementos de estudio y, por tanto, instrumentos en la ampliación del conocimiento. Así, eruditos burgueses formaron colecciones que no tenían ya la seguridad de la continuidad familiar y que encontraron en las corporaciones profesionales su posibilidad de pervivencia. En 1675 Elias Ashmole, con el fin de asegurar la continuidad de su colección científica, la donó a la Universidad de Oxford, que construyó expresamente un edificio para recibirla. Fue éste el primer edificio estrictamente creado como museo; abierto al público en 1683, recibió el nombre de Museo Ashmolean.

2.     El siglo XVIII

El siglo XVIII es el siglo del nacimiento de los museos. La Ilustración aporta nuevas ideas y transforma el culto mágico de las musas o los santos en veneración a la razón humana. Aparece además un ideal didáctico que tiene mucho que ver en la formación del concepto de museo. Unido indisolublemente a la aparición de los museos como institución, surge el edificio de museo con una tipología arquitectónica específica y necesaria, el espacio donde se acogen las colecciones que antes solían residir en los gabinetes o en las galerías anejas a los palacios o villas. Con el Romanticismo, el concepto de museo se concreta más, lo que permite su total desarrollo. La concepción romántica convierte las antiguas colecciones de objetos artísticos o curiosos en la personalidad singular de una nación, en la muestra orgullosa de su patrimonio cultural. Ciencia y nacionalismo aportan el contenido necesario para que los antiguos gabinetes de objetos curiosos deriven en museos públicos exponentes de la riqueza de una nación.
En 1753 se fundó el Museo Británico como Museo Nacional de Antigüedades, instalado en un antiguo edificio que fue sustituido en 1847, para recoger la colección de antigüedades del naturalista Sir Hans Sloane, la colección de manuscritos de Robert Harley y la biblioteca perteneciente al anticuario Sir Robert Cotton. Con él se inicia la transformación de los gabinetes de historia natural, o Museum naturale, en museos de Ciencias Naturales.
El auge de los museos es tan importante en el siglo XVIII que en 1765 Diderot incluye en el noveno volumen de su Enciclopedia un esquema detallado de un edificio para museo nacional de Francia, con lo que la necesidad de crear edificios específicos para este fin quedaba consagrada. Con todo, algunos de los primeros museos se alojaron en construcciones ya existentes. En 1791 la Convención francesa empezó la transformación del palacio de los reyes de Francia en museo, iniciando así el proceso de formación del museo del Louvre. La Grande Galerie fue abierta al público en 1793 y fue inaugurada formalmente como museo público en 1801 por Napoleón, creador de los primeros museos públicos; José Bonaparte, siguiendo el ejemplo de su hermano, decretó en 1809 la ubicación de las colecciones reales españolas en el Prado, un edificio encargado, en 1787, por Carlos III al arquitecto Juan de Villanueva como Academia Científica y Gabinete de Historia Natural. Dentro de esta misma corriente está la creación del Museo del Ermitage, que en el siglo siguiente fue restaurado por Leo Von Klenze
Las extensas colecciones del Vaticano también fueron transformadas en museo en el siglo XVIII. En 1734 se formó el Museo Capitolino, en 1749 el Conservatori de Palazzo se convirtió en galería de pintura, y en 1772 se abrió en Museo Pío-Clementino como museo de antigüedades. La arquitectura neoclásica de este último edificio fijó un modelo que fue emulado en otros muchos países durante largo tiempo. (Véase Museos del Vaticano)
A finales del siglo XVIII el fenómeno museístico se había extendido a toda Europa y al resto del mundo. En América, en 1773 la biblioteca de Charleston, en Carolina del Sur, anunció la creación de un museo, y en 1786 el pintor Charles Willson Peale fundó en Filadelfia un museo de historia natural.
3.     El siglo XIX

El siglo XIX es, sin duda, el siglo de los museos. Se inauguró con la creación, por parte de Napoleón, de los primeros museos nacionales totalmente públicos, pero, sobre todo, en esta época se fijaron las diversas tipologías que configuran los edificios de museo y se construyeron muchos de los grandes museos nacionales.
El primer proyecto de museo fue un modelo teórico, propuesto por el francés Durand en 1802. El proyecto contemplaba alas de galerías abovedadas en torno a patios de planta cuadrada, con una rotonda central cubierta con cúpula y columnata en la fachada de entrada. Este esquema, dominado por la simetría, se siguió en muchos de los edificios de museo construidos en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, aunque lo más frecuente, dadas sus vastas dimensiones, fue que los museos lo utilizaran sólo parcialmente.
A partir del modelo de Durand, Leo Von Klenze desarrolló otra de las grandes tipologías de museo, es el modelo proyectado para los grandes museos de Munich, la Gliptoteca y la Pinacoteca. En la Gliptoteca, construida entre 1816 y 1830, Klenze desarrolló un edificio de planta cuadrada, con patio central, también cuadrado, sobre el que se disponen las galerías cubiertas con bóvedas e iluminadas con luz lateral del patio central; en realidad optó por reducir el modelo de Durand a un cuadrante. En la Pinacoteca siguió este mismo esquema, pero una de las alas del edificio se dispuso como una gran logia ricamente decorada. Klenze también fue el encargado de la remodelación del Nuevo Ermitage en San Petesburgo, donde desarrolló este mismo esquema.
La tercera gran tipología de museo es la desarrollada por Schinkel, entre 1824 y 1828, para el Altes Museum de Berlín. Su estructura emplea la mitad del modelo de Durand, incluyendo la rotonda con cúpula y la columnata, aunque enfatiza su monumentalidad añadiendo una gran escalinata que a partir de entonces será rasgo característico de muchos museos. Según este modelo se construyó en Madrid el edificio de la Biblioteca y Museos Nacionales, actual Biblioteca Nacional, proyectado por el arquitecto Francisco Jareño en 1865 y que reproduce con fidelidad el modelo de Schinkel. También siguen este modelo el Neue Museum de Berlín construido por Stüler, los museos nacionales de Viena, Weimar y Dusseldorf, los de Breslau, Amsterdam, Estocolmo, y la Sala de Arte de Filadelfia.
Todos estos edificios adoptaron la sobriedad del Neoclasicismo para su arquitectura. Las formas clásicas, la racionalidad, la simetría y la monumentalidad, fueron elementos que se adecuaban perfectamente al sentido que se pretendía dar al museo como lugar de conocimiento y como imagen de una nación.
Otro de los grandes modelos tipológicos deriva de la estructura de la propia Galería del Louvre, según su esquema de alargado y espacioso corredor cubierto con bóveda. Siguiendo este modelo de galería alargada con iluminación cenital, el arquitecto John Soane, entre 1811 y 1814, construyó la Dulwich Gallery, en las afueras de Londres, de estilo neoclásico. Con este edificio inauguró un tipo, que sobrevivirá hasta hoy, e inició la preocupación por el uso matizado de la luz natural, preocupación que llega hasta la última generación de museos.
Frente a estas tipologías de edificio racional, simétrico y clásico, Joseph Paxton levantó en 1850 en la misma ciudad de Londres una gran estructura de hierro y vidrio para exhibición de objetos, destinada a la Exposición Universal, el Crystal Palace. Esta arquitectura representa el polo opuesto del debate museístico, ya que se resuelve como un amplio espacio homogéneo, transparente y neutro, en el que se abandona la racionalidad del neoclasicismo para dar paso a la experimentación y al avance técnico; la monumentalidad se obvia en favor de la ligereza y la transparencia. El Crystal Palaceservirá de modelo para algunos de los museos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. El primer edificio del museo Victoria & Albert de Londres se construyó, en 1857, siguiendo este modelo, como el museo de Technisches en Viena y el Palais de la Dècouverte en París.
En los años que siguieron a 1850, y hasta la mitad del siglo XX, se construyó una gran cantidad de museos en todo el mundo, de muy diferentes categorías, de arte, de antigüedades, de ciencia, etc. En todos se adoptan siempre los modelos tipológicos señalados, aunque es predominante el uso del estilo clásico en la arquitectura. El eclecticismo, junto al pintoresquismo y la recuperación de las arquitecturas vernáculas, será igualmente utilizado aunque, sin duda, es dominante el empleo del neoclasicismo.
Siguiendo estas últimas tendencias se construyó en 1855 el edificio sede del Instituto Smithsonian en Washington y museo del mismo, función que cumplió hasta 1960. Este edificio, conocido popularmente como el Castillo, fue proyectado por el arquitecto James Renwick; en él se aplicó una arquitectura pintoresca con raíces en las arquitecturas historicistas. Así se ideó una estructura de castillo construido con piedra arenisca roja, en estilo neonormando con una combinación de motivos neorrománicos del siglo XII y adornos copiados del gótico temprano. En Viena los arquitectos G. Semper y K. Hassenauer proyectaron, entre 1872 y 1881, en estilo neorrenacentista, el Museo de Historia del Arte en la plaza de Maria-Theresien.
En esta segunda mitad del siglo XIX se construyeron una gran cantidad de museos nacionales por todo el mundo: en Canadá el Museo Nacional en 1843 y el Royal Museumde Ontario en 1855; en ambos se sigue el modelo de rotonda con galerías. En Australia elMuseo Nacional Victoria de Melbourne en 1854, seguido por la Galería Nacional de Victoria en 1861 y del Museo de la Ciencia de Victoria en 1870. En Egipto se fundó en 1858 el Museo Egipcio de El Cairo, que igualmente adopta el modelo de rotonda central con galerías. Otros museos utilizaron y adaptaron las grandes construcciones palaciegas conservadas; así, las colecciones establecidas en el magnífico palacio en Bangkok, en 1874, se convirtieron, cerca de 60 años más tarde, en el Museo Nacional de Tailandia; el Museo Nacional en Ceilán abierto en 1877, el Museo de Sarawak, de 1891 y el Museo de Peshawar, todos utilizaron grandes palacios imperiales.
Al tiempo que se desarrollaba la construcción de estos grandes museos nacionales, en Gran Bretaña, las reformas sociales para superar los problemas que resultaban de la industrialización, contribuyeron al desarrollo de un gran número de pequeños museos municipales en un intento de fomentar la cultura y la instrucción entre las clases populares. Esta tendencia se generalizó en el siglo XX y dio lugar a dos fenómenos diferenciados, por una parte, la recuperación y rehabilitación de un gran número de edificios históricos destinados a museos por todas las ciudades del mundo, y por otra, con la eclosión de los macroedificios de museo, la necesidad de que cada ciudad poseyera uno como fórmula de modernidad.
4.     Elsiglo XX

Durante la primera mitad del siglo XX la pasión por la construcción de museos se apagó levemente. Los grandes museos nacionales ya se habían construido y puesto en marcha y, por tanto, el esfuerzo innovador se debilitó. La fuerza desplegada durante la primera mitad del siglo XIX y la capacidad de renovación arquitectónica y tipológica se paralizaron, los modelos implantados por Durand, Soane, Von Klenze, Schinkel y Paxton se siguieron utilizando, incluyendo pequeñas variantes que no alteraban en absoluto la concepción original. Durante unos cien años se construyeron regularmente museos pero sin la importancia arquitectónica ni el impacto desarrollado en la primera etapa.
En este momento es cuando se construyeron muchos de los museos nacionales africanos, el Museo Nacional de Zimbabwe en 1901, el Museo Nacional de Uganda en 1908, el Museo de Kenia en Nairobi de 1909, el primer museo de Mozambique en Maputo de 1913, el Museo Pietermaritzburg en Sudáfrica o en El Cairo el Museo de Arte Islámico en 1903 y el Museo Copto en 1908.
E sta tendencia se rompe después de la Segunda Guerra mundial. A partir de 1945 Europa inicia su periodo de posguerra y reconstrucción, que incide profundamente en los museos. Durante los años de guerra muchas obras de arte y piezas de los museos habían sido trasladadas por motivos de seguridad de su lugar habitual, y ahora había que recuperarlas, restaurar los museos que habían sido dañados considerablemente o incluso habían sido destruidos. La reconstrucción necesaria de los museos proporcionó la oportunidad de una renovación y una nueva experimentación arquitectónica en la que incluir los avances técnicos, estructurales y los nuevos materiales que los grandes arquitectos de principios de siglo estaban aplicando ya a la arquitectura.
La ruptura definitiva se produjo en 1959, fecha en que se inauguró el Museo Guggenheimde Frank Lloyd Wright en Nueva York. Con él se inicia una nueva etapa en la construcción de museos en la que la nueva arquitectura, aplicada a ejemplos aislados en décadas anteriores, irrumpe con gran fuerza; los museos vuelven a adquirir la capacidad de ser obras de arquitectura a través de las cuales transmitir la importancia de una ciudad, elementos capaces de transformar un área urbana o edificios con los que prestigiar una ciudad. La mayoría de los grandes arquitectos de la segunda mitad del siglo, desde Mies van der RoheKahnStirlingRobert VenturiRafael MoneoRenzo PianoRichard MeierFrank O. Gehry, etc., han desarrollado un proyecto de museo; un rasgo común a estos edificios es la importancia que se otorga a lo peculiar de su arquitectura, de hecho, dominando sobre su función museística, muchos de estos edificios aspiran a ser expresión del lenguaje distintivo de sus autores.
Dentro de esta tendencia general hay que establecer dos épocas diferenciadas. La primera se desarrolla desde la construcción del Museo Guggenheim de Nueva York, 1959, hasta la construcción del Centro George Pompidou en París, 1977, a lo largo de estos años se produce una renovación intensa de la arquitectura museística, que aporta grandes soluciones técnicas y estéticas a la arquitectura del siglo XX; a partir de este momento y hasta nuestros días se desarrolla una tendencia que mistifica la arquitectura museística, la lleva a sus máximas consecuencias y en muchos casos la caricaturiza.
Como se ha señalado anteriormente, el museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York (1943-46 y 1955-59) rompe por completo con las tradicionales tipologías museísticas, corta con la idea de plantas de formas rectangulares y simétricas y plantea una inclusión dentro de esquemas circulares, donde se desarrolla una arquitectura orgánica y fluida. Las obras se exponen a lo largo de una rampa espiral ascendente, de paredes curvas y suelo inclinado; mientras se asciende o desciende por ella se ve la obra expuesta. La rampa se enrosca sobre un patio central al cual se abre para recibir luz natural, que también entra por la bóveda acristalada que cubre el edificio, así se consigue que la luz dominante sea la luz del día que varía según la hora y la estación del año. La espectacularidad arquitectónica del gran atrio central, iluminado cenitalmente y rodeado por la rampa, ha hecho que el edificio rápidamente se convirtiera en uno de los símbolos de la ciudad.
Este edificio, que ha sido considerado una de las obras maestras de Wright, ha sido también muy criticado por su escasa funcionalidad como museo. Con él se inauguran muchas de las pautas que seguirá la arquitectura museística hasta la actualidad. La valoración de la espectacularidad del edificio, por encima de la funcionalidad, las dimensiones del mismo, que en muchos casos llegan a ser megalómanas, y la atribución del rasgo de ser símbolo de la ciudad, son los hechos que determinan que sean, ante todo, edificios singulares.
Siguiendo estas mismas pautas, Mies van der Rohe construyó entre 1962 y 1968 la Galería Nacional de Berlín. Al igual que Wright, concedió al edificio una gran monumentalidad, en este caso a través de la colosal cubierta horizontal que se apoya sobre grandes pilares de acero. La construcción manifiesta una gran singularidad cargada de reminiscencias arcaicas y llena de una estética moderna, sin embargo, al igual que el Guggenheim, ha recibido importantes críticas por no adaptarse bien a su función de museo; el gran vestíbulo completamente acristalado resulta poco apropiado para las exposiciones temporales, y el basamento opaco no recibe luz natural suficiente para exhibir adecuadamente la colección permanente.
Estos edificios fijan la línea en la que se mueve el resto de la arquitectura museística, la valoración del edificio como obra de arquitectura singular por encima de la consideración funcional y la espectacularidad del mismo que, en muchos casos, llega a ser teatralidad extravagante, por encima de cualquier investigación técnica o estética.
En este mismo momento el arquitecto Louis Kahn desarrolla dos importantes proyectos para museos, los alabados Museo Kimbell en Fort Worth, Texas, realizado entre 1966 y 1972, y el Centro de Arte Británico de Yale en New Haven, Connecticut, proyectado en 1969 y terminado en 1974. En ellos logra resolver sin contradicción ni enfrentamiento el principio de singularidad arquitectónica y el de funcionalidad, resuelve el problema de la iluminación con una sencilla inteligencia, y presenta edificios de una sobriedad monumental. El Museo Kimbell se articula mediante bóvedas paralelas de hormigón que definen espacios a la vez íntimos y monumentales, mientras que el Centro de Arte Británico dispone sus salas de exposición en torno a sus medidos y sobrios patios interiores. Sin embargo, esta lección de maestría arquitectónica, cuya condición más sobresaliente es tener todo lo necesario y nada superfluo, sólo ha tenido admiradores, no continuadores.
Así, la renovación de los contenidos y del concepto mismo del museo la llevan a cabo arquitectos más atentos a las premisas anteriormente comentadas; la arquitectura logra fijar en los museos una nueva imagen, les ha convertido en las catedrales del siglo XX, expresión de una religiosidad cultural y laica, en lugares de sociabilidad y espectáculo, símbolo de la ciudad y expresión de su prestigio, emblemas de una época. Las colecciones que los museos encierran han quedado sometidas, minimizadas, y en muchos casos prácticamente anuladas por lo "artístico" del edificio, la arquitectura es la verdadera protagonista del nuevo concepto de museo. Esta reciente perspectiva del museo ha sido propiciada por una serie de grandes proyectos impulsados desde las instituciones públicas, que se han centrado de forma dominante en los museos de arte contemporáneo, siguiendo el ejemplo del Centro Georges Pompidou de París, y que se han desarrollado especialmente en la década de los ochenta. Los museos, sobre todo los de arte contemporáneo, han llegado a convertirse en emblemas políticos, en monumentos del poder.
La construcción del Centro Georges Pompidou, entre 1972 y 1977, desbocó las tendencias que venían apuntándose en la arquitectura museística durante casi veinte años. Obra de los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers, es una inmensa y espectacular refinería, de cristal y metal, con todos los servicios e instalaciones desplazados al exterior del edificio, y con todos estos servicios especificados en su funcionalidad a partir del uso de distintos colores. Aparte de su espectacular arquitectura, el Pompidou recalcó la idea de ruptura, el edificio violenta el entorno apacible y tradicional del barrio del Marais, al tiempo que asocia de forma casi indisoluble el arte contemporáneo a singulares edificios. Pero, además, el éxito en el número de visitantes que consiguió casi de forma instantánea, no tanto por sus colecciones sino por el propio edificio, se tradujo en un éxito político: había sido iniciativa directa del Presidente de la República y la iniciativa fue rápidamente imitada. El Pompidou confirmó que la cultura podía ser un recurso de ocio, un reclamo turístico, un símbolo de la ciudad, además de ser una arquitectura conmemorativa, un monumento del poder.
A partir del Pompidou se desarrollan iniciativas parecidas en un elevado número de ciudades del planeta, todas ellas con unas premisas comunes: son consecuencia de una fuerte inversión pública, las realizan arquitectos de reconocido prestigio y presentan una arquitectura que pretende ser moderna, provocativa y espectacular.
Siguiendo esta moda, se han realizado magníficas obras de arquitectura, entre las que destacan el Sainsbury Centre en Norwich, Norfolk, realizado entre 1974 y 1978 por el británico Norman Foster, la Staatsgalerie en Stuttgart, construida entre 1977 y 1984 por James Stirling, autor también del Museo Fogg en la Universidad de Harvard, 1983-1985, y de la ampliación de la Tate Gallery de Londres; o el Museo de Arte Romano en Mérida, construido por el navarro Rafael Moneo entre 1980 y 1986.
Pero el número de iniciativas es innumerable. En París, el presidente François Mitterrand, en los años ochenta, impulsó una serie de grandes proyectos entre los que cabe señalar el acceso al Gran Louvre a través de la controvertida pirámide cristal del arquitecto Y. Ming Pei o la rehabilitación de la antigua estación d ’Orsay en museo por Gaetana Aulentie Italo Rota. Los arquitectos más prestigiosos internacionalmente han realizado diversos proyectos museísticos, como el norteamericano Richard Meier que ha realizado el Museo de Arte de Villa Strozzi, el de Artes decorativas de Frankfurt, 1985, el de Arte de Atlanta, 1983, y el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, 1990. Esta época ha visto también como se construían museos menos teatrales como la Colección Menil de Renzo Piano en Houston; la Kunsthalle de Rem Koolhaas en Rotterdam; los numerosos museos del vienés Hans Hollein, el Stäbtisches Museum am Abteiberg en Monchengladbach, 1982, o Museum Moderner Kunst de Francfort, 1990; los trabajos del norteamericano Robert Venturi, el museo Franklin Court de Pensilvania, o de los japoneses Isozaki Arata, el Museo de Bellas Artes de la Prefectura de Gunma, Takasaki, 1974, y Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, 1986, y Ando Tadao, el Children's Museum, 1986.
Los museos se han transformado en centros productores de la denominada cultura del ocio y de cultura de masas. Por ello, en los últimos años ha surgido una gran variedad de museos temáticos, dedicados a asuntos tan diversos como el holocausto judío, la ciencia recreativa, los niños, la moda, el papel, los comics, el rock, los juguetes, museos interactivos, museos al aire libre, etc. Sus edificios tienen que cumplir la misión de espectáculo que demanda la sociedad de masas para su ocio. El Centro Getty de Los Ángeles es uno de sus mejores ejemplos; proyectado por el norteamericano Richard Meier y terminado en 1997, se concibe como un conjunto de edificios sobre una colina a modo de acrópolis. Sin embargo, la construcción más representativa de la idea del museo-espectáculo es el Museo Guggenheim de Bilbao, obra Frank Gehry de 1997, colosal escultura de piedra y de titanio.
La idea de singularidad museística se ha agudizado hasta trasformarse en extravagante espectáculo, en reclamo arquitectónico para el ocio, por eso los edificios presentan un exceso de elementos superfluos, aunque no se adapten adecuadamente a su función. Son la mejor imagen de la cultura de este fin de siglo.
Al tiempo que se ha ido desarrollando la idea del museo-espectáculo, se ha elaborado una corriente que, como se ha señalado más arriba, arranca del siglo XIX y que tiene unas importantes consecuencias en la arquitectura, aunque no un resultado tan llamativo: el museo como un medio de preservar y restaurar edificios antiguos. Tal vez el ejemplo más singular y el más conocido sea la rehabilitación realizada en la antigua estación d’Orsay como museo de los impresionistas o, también, la remodelación del antiguo Hospital General de San Carlos en Madrid convertido en Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Pero esta tendencia ha llevado en muchas pequeñas ciudades a instalar museos en edificios singulares de otras épocas, lo que permite su conservación y su disfrute; unas veces, el museo, la colección de arte o de otros objetos, ha motivado la restauración de un edificio; otras, la restauración del edificio ha dado paso a la formación de una colección para exhibir en el nuevo museo.

5.     La museología

El Consejo Internacional de Museos (ICOM) define el concepto de museo en el artículo 3º de sus Estatutos de 1947: "Institución permanente que conserva y presenta colecciones de objetos de carácter cultural o científico, con fines de estudio, educación y deleite". En 1974, también en el artículo 3º, se matiza la definición: "El museo es una institución permanente, sin ánimo de lucro, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y exhibe, con finalidades de estudio, educación y delectación, testimonios materiales del hombre y su entorno".
El propio ICOM defiende, en el artículo 4º de sus Estatutos, la extensión del concepto de museo a otros centros patrimoniales, más allá de las tradicionales colecciones de arte: "Yacimientos y monumentos naturales, arqueológicos y etnográficos, así como los sitios y monumentos históricos que tengan la naturaleza de museo por sus actividades de adquisición, conservación y difusión de los testimonios materiales de los pueblos y su entorno; las instituciones que conservan colecciones y presentan especímenes vivos tales como jardines botánicos y zoológicos, acuarios, viveros, etc.; los institutos de conservación y las galerías de exposición dependientes de bibliotecas y archivos". En 1983 añade: Los centros científicos y los planetarios; y los parques naturales, los arqueológicos e históricos. Por otra parte, también se incluyen "Todas aquellas instituciones que el Consejo Ejecutivo considere que reúnen todas las características de un museo o faciliten a los museos o a los profesionales de éstos, medios para realizar estudios en los campos de la museología, la educación o la formación".
Las definiciones aportadas por el ICOM son de referencia obligada y punto de partida para los responsables de la gestión museística de todos los países del mundo. En torno a ellas se ha definido el cuerpo teórico de la museología actual, incluso a nivel legislativo.
El Consejo Internacional de Museos (International Council of Museums-ICOM) es un organismo profesional, institucional y no gubernamental vinculado a la UNESCO, creado para la promoción y desarrollo de los museos en todo el mundo, con voluntad de representar a los museos y a la profesión museística. Su fundación data de 1946, por el americano Chancey Hamlin y George Saller (director de los museos de Francia), como reacción a la desaparición de la Oficina Internacional de Museos. La Secretaría, órgano de funcionamiento y coordinación, y el Centro de Información tienen su sede en París. Su estructura es la siguiente: Consejo Ejecutivo, Secretaría General, Asamblea General (reunida cada tres años), Comités Nacionales, Comités Internacionales (agrupan especialistas en diferentes materias).
El ICOM ha establecido una definición de museo y clasifica sus diferentes tipos a partir de la naturaleza de las colecciones: museos de Arte (Bellas Artes, Artes Aplicadas, Arqueología), museos de Historia Natural (colecciones de Botánica, Zoología, Geología, Paleontología, etc.), museos de Etnografía y Folklore, museos históricos, museos de las Ciencias y las Técnicas, museos de Ciencias Sociales y Servicios Sociales, museos de Comercio y de las Comunicaciones, y museos de Agricultura y de los productos del suelo.
Los principales objetivos marcados por el Consejo son los siguientes:
- Potenciar y mantener la creación, el desarrollo y la gestión profesional de todas las categorías de museos.
- Facilitar el conocimiento y la comprensión de la naturaleza, las funciones y el papel de los museos al servicio de la sociedad y de su desarrollo.
- Organizar la cooperación entre los museos y los miembros de la profesión museística en los diferentes países.
- Promover y difundir los conocimientos relativos al campo de la museología y de las disciplinas relacionadas con la gestión y las actividades del museo.
- Representar, defender y promover los intereses de todos los profesionales de los museos.
EL ICOM también define en sus estatutos la profesión museística: "Conjunto de miembros del personal de los museos o de las instituciones que respondan a la definición del artículo 3º, y que hayan recibido una formación especializada o posean una experiencia práctica equivalente, en el campo de la gestión y de las actividades del museo, y a los empleados del sector privado o a los trabajadores independientes que ejerzan algunas de las profesiones de los museos y respeten el Código de Deontología Profesional del ICOM".
6.     Museología y museografía
Según el ICOM, la museología es la ciencia del museo: estudia la historia y la razón de ser de los museos, su función en la sociedad, sus sistemas de investigación, conservación, educación y organización, la relación que se establece con su entorno físico, y la clasificación de los diferentes tipos de museos.
La museografía se ocupa de los aspectos técnicos en los museos: condiciones de conservación, mantenimiento, instalación y formas de exposición de los fondos, cuestiones arquitectónicas, creación y adaptación de espacios, lenguaje museístico, rotulación, etc.                                          Los límites entre la Museología y la Museografía son difíciles de establecer, por el carácter complementario de ambas disciplinas.
Otras definiciones aportadas por diferentes personalidades vinculadas a los museos:
- G.H. Rivière, 1958: "La Museología es la ciencia que tiene por objeto el estudio de las funciones y organización de los museos".
- A. León, 1978: "La Museología comporta todos los caracteres (sujeto, objeto, sentido, medios y finalidad) que la constituyen autónoma y cualitativamente y se conforma como ciencia".
- J. Spielbauer, 1987: "Los museos y la museología actual concentran su atención en los seres humanos, no sobre los objetos, las colecciones, los edificios o las actividades. Se orienta hacia el dominio conceptual de la relación ser humano-objeto".
- B. Deloche, 1989: "La verdadera misión de la Museología tiene que expandirse como el propio museo se expande. De ciencia de las colecciones, la Museología se convierte en ciencia interdisciplinar".
- A. Desvallées, 1992: "La Museología es la ciencia de las relaciones del hombre con la realidad del universo".
Aunque en la obra de Vitrubio se refleja un interés la conservación de las colecciones de pintura, el sentido moderno de museo no es anterior al siglo XVI. Paolo Giovio aplica el término museum a sus colecciones, nombre con el que designa el edificio que manda construir ex professo para albergarlas. No es hasta el siglo XVIII que se edita una sistematización teórica sobre el museo: el tratado Museographia de Gaspar F. Neickel ve la luz en 1727. En él, este marchante de Hamburgo recoge, en latín, normas sobre la exposición de objetos, conservación, clasificación y estudio; las salas, según el tratado, además de la función de exposición deben ser un espacio dedicado a la investigación.
Durante el siglo XX podemos hablar de un verdadero desarrollo de la museología moderna. Ya hemos comentado que las definiciones de museo y de museología del ICOM han determinado el desarrollo de la museología actual. A partir de los años cincuenta se inicia una renovación museológica y museográfica.
Durante el período de entreguerras, el museo es objeto de duras críticas y revisiones. La teoría y práctica museográfica heredadas del siglo XIX son cuestionadas. Los esfuerzos se dirigen hacia la búsqueda de un nuevo lenguaje museográfico y una nueva organización del espacio de los museos, bajo la influencia de una estética depurada. El objeto museográfico tiene importancia por si mismo, sin necesidad de presentaciones que lo enmascaren; tampoco es conveniente exhibir todos los fondos, para evitar así que se repitan o se superpongan. Nuevos parámetros se generalizan: neutralidad del espacio de exhibición, importancia de la iluminación, desarrollo de la exposición temporal, ruptura de las barreras físicas que separan la obra del espectador... Por otra parta, se crean laboratorios que aplican las novedades técnicas a la conservación y restauración de los fondos museísticos. En 1958 la UNESCO funda en Roma el Centro Internacional de Estudios para la Conservación y la Restauración de Bienes Culturales.
A nivel internacional, los profesionales de los museos se organizan. La Oficina Internacional de los Museos nace bajo los auspicios de la Sociedad de Naciones después de la 1ª Guerra Mundial, en 1926, y con ella la publicación de la revista Mouseion. En 1946 toma el relevo el ICOM. De 1948 a 1966 esta institución internacional estará encabezada por Georges-Henri Rivière, unos de los máximos exponentes de una nueva museología.
Para la Nueva Museología, los museos no son únicamente centros de conservación del pasado, sino que pueden y deben tener un papel en el desarrollo social. Los museos deben superar su definición como meros depósitos de objetos. Hacia finales de los años sesenta, nace el ecomuseo, que proliferará a nivel mundial en la década de los 70. Estos nuevos museos parten de la herencia museográfica nórdica en materia de etnografía local de finales del siglo XIX. Afirman la identidad de grupos étnicos o sociales, a partir de la defensa de la diversidad cultural y de la consciencia de comunidad. Se trata de una reacción al proceso de uniformización de que son víctimas las sociedades industrializadas. El primer ensayo de este nuevo tipo de museo se llevó a cabo en la comunidad urbana de Creusot-Montceau-les-Mines (Saône-et-Loire), de la mano de Marcel Evrard, apoyado por Hugues de Varine-Bohan y Georges-Henri Rivière, contando con la colaboración de sus habitantes.
Como conclusión de la Mesa Redonda de Santiago de Chile, organizada por la UNESCO en 1972, se plantea el concepto de museo integral, paralelo al de ecomuseo europeo. En 1977 se crea el Comité para la Museología (ICOFOM) en el marco del ICOM, como plataforma para la reflexión sobre la profesión museal. La Declaración de Québec resume en 1984 los principales ejes de la Nueva Museología, basados en la concepción del museo como servicio a la sociedad en constante transformación, en la proximidad y la accesibilidad de las obras al público, y en su participación en este instrumento privilegiado de educación y desarrollo. Como institución más moderna, hemos de destacar la creación de la asociación Muséologie Nouvelle et Expérimentation Sociale (MNES).
Museo Nacional de Escultura de Valladolid
Museo situado en Valladolid (España), fundado en el año 1933, que se instaló en el Colegio de San Gregorio, gran edificio suntuoso que data del siglo XV. El aspecto exterior de esta construcción del gótico tardío es imponente, con la fachada principal del edificio cubierta de elementos ornamentales, en cuyo centro se encuentra emplazado un gran escudo; el patio interior no es menos interesante, con la riqueza de los motivos decorativos; y, por último merecen mención especial los artesonados del período mudéjar que ornamentan los techos. En el museo se admiran importantes obras de maestros de la escultura, en su mayor parte españoles, que permiten hacer un repaso por la historia escultórica española desde el siglo XV hasta casi finales del XVII. Se encuentran representados artistas de la talla de Alonso Berruguete, Juan de Juni, que trabajan en el segundo tercio del siglo XVI, o Gregorio Fernández, ya en época barroca, que realiza retablos e imágenes piadosas que después repetirán sus discípulos; entre los artistas que vienen del extranjero destacan las composiciones de Pompeo Leoni.
Museo del Prado

El Museo Nacional del Prado, más conocido como Museo del Prado, se alza en una de las principales calles de Madrid, el llamado paseo del Prado. Es quizá la mejor pinacoteca del mundo, justamente famosa por la cuantía de sus fondos y por la importancia de los artistas representados, que en su mayor parte fueron pintores de corte de los reyes de España.
El edificio, obra de Juan de Villanueva, es uno de los más bellos monumentos arquitectónicos cortesanos, con un aspecto exterior, severo y elegante, digno de las innumerables maravillas que contiene. En la fachada principal destaca una doble galería con peristilo dórico, cuya parte baja se encuentra adornada por bustos y hornacinas, al frente de la cual se halla la estatua del pintor Velázquez; pero más conocida que ésta es la fachada septentrional, flanqueada por la figura de Goya, por ser la que da acceso a los visitantes. La disposición interior del edificio es igualmente suntuosa, con el imponente vestíbulo y la galería principal que dan acceso a las salas.
El Museo del Prado se amplió con el claustro de los Jerónimos en el año 2007, según el proyecto de Rafael Moneo, ganador del concurso presentado en noviembre de 1998. En las obras de ampliación han participado maestros como Oriol García, Víctor Martín, Juan Carralón, Isaac Escalante, Fernando Capa, entre otros. No obstante, el plan general de ampliación de la pinacoteca contempla, además, la renovación del Casón del Buen Retiro y la incorporación del edificio del Museo de Ejército.
Museo Español de Arte Contemporáneo
Nació a mediados del siglo XX, tras superar las dudas sobre su ubicación y el contenido de sus fondos. Tras quedar constituido en un edificio de la Ciudad Universitaria de Madrid, su corta historia está plagada de polémica, hasta ser absorbido por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia . El Museo Español de Arte Contemporáneo surgió con la idea de abarcar el arte español desde Goya a nuestros días, criterio que cambió más tarde para recoger la actividad artística española a partir del siglo XX, dedicando atención preferente a la obra de los artistas españoles contemporáneos y a las experiencias del arte de vanguardia. Contaba con salas de exposición permanentes y temporales, servicios de talleres y almacenes, seminarios de investigación, bibliotecas, teatro, salas didácticas y cine, intentando ser, más que un depósito de obras de arte, un centro vivo de cultura.
Durante el siglo XIX fue unánime el deseo de los artistas de disponer de un museo donde su obra estuviese representada. En 1894 un real decreto constituyó el Museo de Arte Contemporáneo con Pedro Madrazo como director, considerando que el apelativo de contemporáneo sólo era aplicable a la obra de artistas coetáneos cuyos trabajos solo permanecen mientras viven sus autores. Con este nombre abrió el museo el 1 de agosto de 1898 en el Palacio de Bibliotecas y Museos de la calle Recoletos de Madrid, que actualmente es la Biblioteca Nacional. En septiembre de 1931 fue nombrado director Ricardo Gutiérrez Abascal, que acometió la reforma total del museo tras comprobarse que las salas eran insuficientes y las dotaciones para su mantenimiento escasas. La guerra obligó a desmontar el museo, tarea que llevó a cabo la Junta de Recuperación entre quienes se contaban Timoteo Pérez Rubio y Ángel Ferrant. Tras la guerra, el nuevo director, Eduardo Llosent, presentó varios proyectos de reforma que no se pudieron realizar por falta de medios. Por real decreto de 9 de octubre de 1951, se divide en dos: el Museo Nacional de Arte del siglo XIX y el Museo Nacional de Arte Contemporáneo, cuyo director fue entre 1954 y 58 José Luis Fernández del Amo. En 1953 la Dirección General de Bellas Artes convocó un concurso nacional con el tema Anteproyecto de edificio para Museo de Arte Contemporáneo, que ganó Ramón Vázquez Molezún, que tampoco se llevó a cabo por falta de medios. En 1959 y con Fernando Chueca Goitia como director se planteó la posibilidad de un traslado a la Casa de la Moneda, proyecto desechado igual que el de 1968 de traslado al Palacio de Velázquez del Retiro. Mientras tanto se instalaron tres salas en la planta baja del Palacio de Bibliotecas y Museos que se inauguró en junio de 1959. En 1968 un decreto volvió a unir ambos museos para crear el Museo Español de Arte Contemporáneo dependiente del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General de Bellas Artes. El nuevo museo se constituyó con los fondos que integraban los dos anteriores suprimidos, las obras de pintura y escultura obtenidas de las Exposiciones Nacionales organizadas por el ministerio y las obras de los artistas contemporáneos de reconocido mérito adquiridas por compra, legación, permuta, herencia o donación. En 1969 fue nombrado director de la institución Luis González Robles; también se nombraron un subdirector, secretario y patronato, presidido éste por Florentino Pérez Embid, cuyos miembros se eligieron por ser expertos en arte o en función de los cargos que ocupaban. El consejo de Ministros creó una comisaría de exposiciones que funcionó en colaboración con el museo, encargándose de planificar y realizar una política de intercambio entre los museos españoles de las exposiciones itinerantes para las principales ciudades de España, del asesoramiento de las exposiciones y concursos nacionales de Bellas Artes, y de la organización de muestras de arte español en el exterior y de contemporáneo de otros países en España. Se pretendía que el museo fuera un centro de investigación sobre las artes y un núcleo de atracción y trabajo para los artistas españoles, además de un foco de difusión de las artes en la sociedad española con carácter didáctico.
Se barajaron varios lugares para albergar el museo en su nueva etapa, entre ellos el Palacio de Velázquez del Retiro, la vieja Casa de la Moneda, el Cuartel del Conde Duque o un solar de la Ciudad Universitaria previsto para un futuro Museo de la Ciencia. Con un presupuesto de 316,4 millones de pesetas, se decidió la construcción de un edificio en los solares de la Ciudad Universitaria, cuyas obras comenzaron a finales de 1970. La Dirección General de Bellas Artes aceptó el proyecto de los arquitectos Jaime López Asiaín y Ángel Díaz Domínguez, que obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1969 pese a ser muy polémico. Las obras fueron dirigidas por los arquitectos Carmelo Oñate y Eduardo Martín Sonseca. Se construyó sobre una superficie de 40.000 m2, con una base de hormigón armado destinada a talleres, almacenes y otras dependencias. La estructura es de acero forrado de aluminio anodizado en bronce y el exterior combina chapa anodizada y lunas transparentes con módulos metálicos y claraboyas graduables para filtrar la luz natural. Los jardines y paseos que lo rodean ocupan 23.800m2, y el resto se distribuye así: 5.500 para almacenes y talleres, 2.900 para oficinas, 2.900 para aparcamientos, 6.800 para museos y anejos, y 1.500 para otras instalaciones. hay una torre de once pisos y el edificio está dotado con los sistemas más modernos que había de cara a la conservación y protección de las obras de arte. Las obras se interrumpieron en 1973 y fueron reanudadas en 1974; se inauguró en 1975, bajo la dirección de Carlos Arean. Pocos días después, un grupo de profesionales de la cultura publicó una nota en la que protestaban por los métodos arbitrarios y discriminatorios que han llevado a la construcción del edificio, selección y planificación del museo, demuestran una vez más la intención por parte de los organismos culturales de la administración de elaborar una política cultural de espaldas a los propios productores de las artes del país, olvidando a la vez las necesidades concretas de la sociedad española. Muchas de las críticas apuntadas incidían en la desproporción de espacio, falta de condiciones necesarias para cumplir las funciones museológicas, dificultad de dominar la luz natural a causa de sus cerramientos diáfanos, escasa superficie ajardinada para llevar a cabo un museo de escultura al aire libre, etc. En 1976, y a causa del desprendimiento de varias plaquetas de su revestimiento a causa del viento, se intensificaron las críticas. Tras una inversión de 8 millones de pesetas, un vendaval volvió a ocasionar desperfectos. La Dirección General de Bellas Artes dedicó 25 millones de pesetas para reparaciones y obras de ampliación y reacondicionamiento.
Los fondos del museo eran muy escasos tras la decisión de incluir las obras del siglo XIX en el Museo del Prado. Por ello se vio la necesidad de llevar a cabo una política de compras para lo que se nombró una Junta de Adquisiciones presidida por el director general de Bellas Artes. Tras su inauguración, las críticas incidieron sobre la escasez de fondos, que no ofrecían una panorámica justa y representativa de la historia del arte español. Se señaló que el Patronato no se reunía desde 1973. Pero ambos problemas continuaron sin resolverse. En 1977 el Patronato no se había reunido aun. El nuevo director nombrado en 1978, Joaquín de la Puente, se quejaba del escaso presupuesto con que se contaba, y de la reducida plantilla del museo. Intentó dar un empuje a la institución. En 1981, Juan Antonio Aguirre fue nombrado director en funciones, e inició una nueva orientación de las actividades del museo con un acercamiento a la cultura juvenil y popular mediante recitales, conferencias y otras actividades dentro del llamado Festival de Primavera. Comenzó a funcionar un nuevo Patronato desde marzo de ese año, presidido por Eusebio Sempere, cuya presidencia de honor fue aceptada por Joan Miró. En diciembre fue nombrado director Álvaro Martínez-Novillo. En diciembre de 1983 la Dirección General de Bellas Artes adquirió obras de arte por valor de 280 millones de pesetas, la más importante desde su fundación, aunque también su conflicto más grave, unido al desfile de modelos organizado en las salas del museo por Galerías Preciados. La compra y el desfile los realizaron el director de la pinacoteca, Fernández Novillo, y el director general de Bellas Artes, Fernández Miranda, sin consultar al Patronato o a la Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Obras de Importancia Histórica o Artística. La respuesta del Patronato y los galeristas no se hizo esperar. En abril, el Patronato suspendió sus funciones temporalmente, hasta que en mayo de 1984, fecha tope para la que se instaba a la Dirección General de Bellas Artes para que dictase un reglamento por el que regirse y caso de que no diera una respuesta clara y satisfactoria a esta y otras propuestas, sus miembros se considerarían dimitidos. Ya habían dimitido dos de sus miembros, Nieto y Marchan, y se trataba de radicalizar la situación para que Bellas Artes concretara las funciones del Patronato. En agosto de ese año, el Consejo de Ministros aprobó un estatuto del patronato del MEAC por el que eran funciones propias de este organismo el aprobar el plan de exposiciones del museo, informar de las propuestas de compra, donativos y depósitos de obras de arte con destino al museo y elaborar una memoria de actividades. El nuevo patronato se formó en octubre integrado por Antonio Fernández Alba, Martín Chirino, Manuel Rivera, Antonio López, Alberto Portera, Rodrigo Uría, Oriol Bohigas, Antonio Gala, Xavier Rupert de Ventós, Pablo Serrano, Manuel Ramos Armero y Felipe Garín. Entre las preocupaciones del patronato estaban la falta de catalogación de los fondos del museo, la mala gestión, con mucho personal pero pocos resultados, y la falta de definición de objetivos del museo y de su dirección. Comenzó una etapa en la que se acondicionaron nuevas salas, se invirtieron 42 millones de pesetas en adquisiciones, se potenciaron nuevos departamentos como el de Artes Visuales y se creó un organigrama de funcionamiento del museo encabezado por el patronato y el director, cargo para el que se nombró a Aurelio Torrente en 1985.
En 1987, tras una reunión del patronato con el director general de Bellas Artes, Miguel Satrústegui, los quince patronos presididos por Antonio Fernández Alba pusieron sus cargos a disposición del Ministerio de Cultura, considerando que había terminado la función para la que el organismo fue creado, pues se quería dar más protagonismo al Centro Reina Sofía y concentrar allí la mayor parte de los fondos de arte contemporáneo del Estado. Aurelio Torrente, director del MEAC, dejó su cargo en julio de ese año, quedando el museo sin dirección a la espera del traslado. Jaime Saavedra pasó a ser director en funciones hasta que se realizó el traslado, y en 1988 pasó a la gerencia del Reina Sofía. En 1987, el gerente del Reina Sofía, José Manuel Moreno, explicaba que era necesaria la integración de ambos organismos, tanto desde el punto de vista económico como cultural y artístico. El proyecto se realizó en mayo de 1988, en que por real decreto el Centro de Arte Reina Sofía se convirtió en Museo Nacional, cuyos fondos iniciales contaban con la colección del Museo Español de Arte Contemporáneo.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Museo nacional de arte moderno y contemporáneo, creado para sustituir al anterior 
Museo Español de Arte Contemporáneo, situado en la ciudad universitaria de Madrid.Nació con la idea de recoger y ofrecer al pueblo español la evolución del arte en el siglo XX a través de un fondo permanente y exposiciones temporales. Tiene la intención de ser un centro vivo con programas de acción cultural y divulgativa, dirigidos al público, reanimador de la práctica artística e inspirador de la renovación cultural, así como de llegar a ser un gran museo con proyección internacional y estilo propio. Presta también servicio especializados de información, asesoramiento y documentación a estudiosos y artistas.
El edificio que alberga el Centro de Arte Reina Sofía surgió de la remodelación del antiguo Hospital General de San Carlos u Hospital General de Madrid, que hasta 1965 albergó hasta 2.000 camas. En 1977 la Dirección General de Bellas Artes solicitó una declaración como Monumento Histórico Artístico, que se produjo por real decreto de 9 de noviembre de 1977. Al ser adquirido por el Estado en 1976, quedó adscrito al Ministerio de Cultura.
Enseguida se pensó en el aprovechamiento del edificio sin tener idea clara sobre su utilización: en 1980 se encargó al arquitecto Antonio Fernández Alba su restauración. Las obras comenzaron en 1982 con el objetivo de consolidación del edificio, sin ajustarse a un proyecto concreto. Se respetaron al máximo los planos originales dejando espacios neutros para adaptarlos en el futuro a cualquier posible instalación. Se reforzaron los pisos y muros, y en algunas salas se descubrieron los muros de pedernal, piedra típica de Madrid. Se mantuvo la arquitectura de la época en la que prevalecían paredes encaladas y suelo de mármol. Entre 1980 y 1986 se invirtieron 1.457 millones de pesetas, interviniendo catorce arquitectos y diseñadores coordinados por José Manuel Moreno Alegre, tras la desvinculación de Fernández Alba de las obras. El proyecto del museo no surgió hasta 1985. La idea inicial era un conjunto variopinto de museos y servicios culturales oficiales. Los 43.0000 m2 de la construcción con más de 20.000 útiles hicieron pensar que pudiera ser sede del Museo de Reproducciones Artísticas, del Museo Etnológico y del Pueblo Español, Museo del Teatro, instalaciones complementarias al Museo del Prado, biblioteca pública, etc. Cuando en 1986 se inauguran las primeras salas, los objetivos fundamentales del centro son menos amplios pero más ambiciosos: difundir el arte contemporáneo, fomentar la creación artística y favorecer la comunicación con el movimiento creativo internacional. El Ministerio de Cultura consideró necesario un replanteamiento global del centro basado en los criterios de respeto al edificio, uso cultural como centro de arte y unidad del proyecto, respetando el sentido unitario de la edificación y excluyéndose su parcelación en identidades independientes. Se concibe como un centro de arte moderno con perspectiva contemporánea, abierto a todas las formas de expresión artística y a todos los aspectos del proceso de creación, orientado al servicio tanto público como de especialistas y profesionales. Pretende tener una función de foco, animación e irradiación de la creación artística actual con carácter nacional y proyección internacional cuyas muestras puedan ser intercambiadas con las organizadas en otros centros similares en todo el mundo. El centro se estructura en cuatro áreas abiertas entre sí: área de Artes Plásticas: pintura, grabado y escultura; área de Diseño: diseño industrial, gráfico y artesanía; área de Imagen: fotografía, cine, vídeo e innovaciones expresivas; y área de Sonido: música con formas específicas y experimentación con tecnologías nuevas.
En cuanto a las líneas de actuación, se concretan en fondos de exhibición permanente, exposiciones y muestras monográficas retrospectivas, muestras sobre creación actual, información y documentación, programas educativos, seminarios y talleres. El logotipo del centro fue diseñado por el escultor Eduardo Chillida. Desde su inauguración el Centro de Arte Reina Sofía se ha caracterizado por la calidad de sus exposiciones; con motivo de la apertura se inauguraron tres muestras simultáneas: "Espacios para la cultura", que recogía el proceso de restauración del edificio y su conversión en espacio para el arte enmarcado en la misma política de creación de infraestructuras culturales; "Referencias: un encuentro artístico en el tiempo": una importante selección de obras de G.Baselitz, Eduardo Chillida, Antonio Saura, Cy Twombly, Antoni Tapies y Richard Serra; y "Procesos: cultura y nuevas tecnologías", un entorno donde ver y utilizar los nuevos medios para crear, almacenar y difundir arte, ciencia, cine, literatura, etc. Siguieron algunas muestras de interés como Julio González, esculturas y dibujos, 1986; Miró escultor, 1986-87; Diego Rivera, 1987; Jasper Johns, 1987; Frank Auerbach, 1987; Julio Fernández Botero, 1987; Gordon Matta Clarck, 1987; Cinco escultores alemanes, 1987; Pabellón español en la Exposición Internacional de París de 1937, 1987; Le Corbusier, 1987; El siglo de Picasso, 1988; Híbridos, de Antonio Muntadas; Panza di Biumo, 1988; Lucio Muñoz,1988; J.P. Witkin, 1988; Utopías de la Bauhaus, 1988; Colección Nasher, 1988; Werner Bischof, 1988; Naturalezas españolas, 1988; Colección Phillips de Washington, 1988-89; Matisse. Pinturas y dibujos, 1988-89; Ni por esas, John Baldesari, 1989; Marcel Odenbach, 1989; Dadá y constructivismo, 1989; Colección Beyeler, 1989; Equipo Crónica, 1989, Colección de los Amigos del Cars, 1989.
Durante el primer año, visitaron el centro más de un millón de personas, cifra superada en 1988 con más de un millón y medio de visitantes, principalmente estudiantes, técnicos, profesionales o profesores entre 19 y 35 años que sueles cursar o haber cursado estudios superiores según un sondeo realizado por el centro. Fue inaugurado sin director, con José Manuel Moreno Alegre como gerente y máximo responsable aunque su gestión se mantuvo al margen de la política de exposiciones seguida en el Reina Sofía. El programa de exposiciones dependía de la Dirección General de Bellas Artes y Archivos a través del Centro Nacional de Exposiciones. Tras su dimisión en abril de 1988 fue sustituido por Jaime Saavedra que desempeñaba la misma función en el Museo Español de Arte Contemporáneo. En junio de ese año, Tomás Llorens, hasta entonces director general del Patrimonio Artístico de la Generalitat de Valencia, fue nombrado director del centro. En julio quedó constituido el Real Patronato del Centro de Arte Reina Sofía, cuya presidencia de honor ostentan los reyes. La misma fecha quedó regulado el Consejo Asesor del centro que cada cuatro meses se reúne con el director para informar, estudiar y asistir a los órganos rectores del museo en la programación de actividades. Administrativamente depende del Ministerio de Cultura y la Dirección General de Bellas Artes. Son entidades colaboradoras la Asociación de Amigos del Centro de Arte Reina Sofía y la Fundación para el apoyo a la cultura.
Desde 1987 se empezó a hablar de la posibilidad de que el Centro de Arte Reina Sofía acabase englobando al Museo Español de Arte Moderno y Contemporáneo, sobre todo tras la desaparición del Patronato del MEAC en enero de ese año, propiciada por la Dirección General de Bellas Artes que anunció la intención de dar mayor protagonismo al Reina Sofía. El proyecto de transformación dio el paso definitivo en mayo de 1988, en que por real decreto se convirtió en Museo Nacional, lo que le dio la máxima categoría dentro de los centros públicos de exposiciones y sustituye al MEAC que existía en la ciudad universitaria. El nuevo museo, además de seguir con su política de exposiciones temporales de los movimientos artísticos contemporáneos, instaló en una de sus salas una exposición permanente que trataba de mostrar la evolución del arte en el siglo XX. Picasso y el Guernica son el centro de gravedad del arte español de este siglo, y la espina dorsal del museo, que presenta la evolución del arte español como una continuidad en el tiempo y en el espacio, subrayando sus relaciones con los movimientos internacionales de los que es imposible separarlo. Su primer esquema se obtendrá de la reordenación de las colecciones del estado. En 1988 se destinaron 960 millones de pesetas para nuevas adquisiciones. Otros integrantes de la vanguardia histórica española ocupan un sitio de honor en la colección permanente, que no queda reducida al ámbito español. Para configurar esta colección se fijó un programa global y flexible con cuatro apartados que corresponden a cuatro épocas históricas: desde la primera década de siglo hasta la guerra civil española; desde la guerra civil hasta la II Guerra Mundial; desde la postguerra española y mundial hasta mediados de los setenta; el momento actual.
Respecto a las muestras de carácter temporal, la política del museo se orienta hacia dos tipos de exposiciones: unas de carácter histórico y monográficas dedicadas a artistas consagrados desde los años 50 hasta hoy, y otras de artistas jóvenes. Como museo de arte contemporáneo se propone formar parte del circuito de grandes museos internacionales, y coopera ya con otras instituciones nacionales y extranjeras de proyección mundial con las que intercambiará exposiciones itinerantes. Los palacios de Velázquez y Cristal completan las dependencias del Reina Sofía, y permiten orientar hacia ellos otras muestras complementarias que salen del marco de lo que se exhibe en el propio centro.
También se atiende a otras actividades estrechamente relacionadas con el desarrollo del arte moderno, como el diseño, fotografía, comunicación visual y reanimador de la práctica artística e inspirador de la renovación cultural, tanto con la difusión entre el público como entre artistas y estudiosos del arte, a través de sus servicios especializados. De ahí la creación del Centro de Documentación-Biblioteca sobre arte moderno y contemporáneo en el que se integran los fondos de la Biblioteca del actual MEAC. Este proyecto de gran envergadura ha exigido que se lleve a cabo una nueva remodelación del edificio que antes estaba sólo parcialmente rehabilitado. El coste total invertido se calcula en 4.000 millones de pesetas, a cargo de un equipo de arquitectos formado por Antonio Vázquez de Castro y José Luis Iñiguez de Onzoño. El programa de obras distribuye los diferentes servicios del museo en sótano, destinado a almacenes y talleres, planta primera para recepción del público, sala de actos, librería y exposiciones temporales, segunda planta para la colección permanente; tercera para la biblioteca, documentación, fotografía y obra gráfica; cuarta para la colección permanente también; y la quinta para oficinas. Para subsanar uno de los mayores problemas del centro, las dificultades de movilidad vertical y de acceso de una planta a otra, se proyectaron los dos ascensores adosados a la fachada del edificio, dentro de sendas torres transparentes. El patio central se dedica a exposiciones escultóricas y en el aspecto exterior hay mayor amplitud al espacio que se abre frente a la fachada principal.
En junio de 2004 se inauguraron nuevas salas correspondientes a la ampliación del edificio diseñadas por el arquitecto Jean Nouvel. Dicha ampliación supondrá un 60% más de superficie de museo para exposiciones (unos 85.000 m2). Para la ocasión se expuso una gran muestra de la obra del artista pop estadounidense Roy Lichtenstein, así como una exposición titulada "Dalí. Cultura de masas".
En febrero de 2009 el Museo recuperó una escultura del artista norteamericano Richard Serra, que había sido robada, a pesar de sus 38 toneladas de peso. El escultor volvió a realizarla sin costo alguno para la institución.
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Bibliografía particular

·         Gonzalo M. BORRÁS GUALIS, Juan F. ESTEBAN LORENTE, Isabel ÁLVARO ZAMORA, Introducción general al arte, Ediciones Istmo, 2ª Ed., Madrid, noviembre  1996.
Cualquiera que desee aproximarse a la comprensión del fenómeno artístico sentirá la necesidad de leer y analizar formalmente los elementos primordiales de expresión que lo constituyen. Estos elementos, si bien como materia artística no son sino la envoltura de un lenguaje mucho más amplio, sitúan al lector en el punto de partida de las características esenciales de cada una de las artes. Los autores enmarcan este planteamiento e interpretación en un panorama histórico, realzando el significado de cada arte, al lado de las restantes manifestaciones artísticas de cada época.
·          E. H. GOMBRICH, La Historia del Arte, Debate,  Cuarta reimpresión, septiembre 2003.
Nacido en Viena en 1909, Ernst Hans Josef Gombrich se doctoró en Filosofía en 1933 en esta ciudad, que abandonó, sin embargo, ante la llegada al poder de los nazis para trasladarse a Londres, donde trabajó en el instituto Warburg, fundado por otro emigrado, el historiador de la cultura alemán Aby Warburg. Durante la II Guerra Mundial, Gombrich trabajó para la emisora BBC y una vez acabado el conflicto reanudó su trabajo en el citado instituto, del que se convirtió primero en director y luego en presidente, entre 1959 y 1976, cargo que simultaneó con una cátedra en la Universidad de Londres. Gombrich ha enseñado en distintas universidades europeas y americanas, desde París, Florencia y Cambridge hasta Harvard, se ha dedicado sobre todo al estudio de temas iconológicos. Murió en noviembre de 2001.
·         Julián MUÑOZ GOULIN, El Arte contemporáneo, Col. Flash nº 161, Acento Editorial, Madrid, 2000.
Este libro pretende llevar a cabo una aproximación a una mejor comprensión de los nuevos y diferentes comportamientos artísticos que han tenido lugar desde los años setenta. Para ello se divide en dos grandes bloques. El primero es una panorámica (no una cartografía) de las distintas propuestas artísticas que se han desarrollado en las últimas décadas. A partir de algunas de las más importantes Documentas de Kassel va dando una visión global de cómo y porqué se han ido sucediendo todos los cambios que hemos percibido en el panorama artístico. El segundo, titulado Pensar las narrativas desde las obras, profundiza en algunos de los puntos más importantes que se señalan en la parte anterior a partir de una metodología empeñada no en pensar sobre las obras sino en pensar con las obras, con las propuestas, tanto de artistas plásticos como arquitectos. Convencidos de que es posible reflexionar sobre nuestro contexto con las aportaciones de los artistas, el libro tiene como resultado no sólo una aproximación a los acontecimientos en el entorno del arte, sino también una reflexión (y por qué no, otra panorámica) de todos los cambios y posiciones que han tenido y tienen lugar en el contexto político y social de los últimos tiempos.
·         Gilbert LUIGI, La arquitectura en Europa, Col. Flash nº 50, Acento Editorial, 2ª Ed., Madrid, septiembre 1977. Traducción de  Domingo del Campo Castel.
Este libro recoge una serie de ensayos sobre arquitectura y arte contemporáneos, muchos de ellos nunca traducidos al castellano hasta el momento, escritos por el historiador y crítico de arte y arquitectura suizo Philip Ursprung entre 2005 y 2016. Ursprung es una de las figuras más lúcidas de la crítica de arte y arquitectura actual. Su posición a caballo entre varias disciplinas le permite acometer temas muy diversos que abordan la relación que existe entre la economía, la arquitectura y el arte contemporáneos, con el propósito de localizar aquellos puertos de acceso, zonas de conflicto y fricción y grietas que permitan ver con mayor claridad los mecanismos de cambio y la conexión entre disciplinas y temas aparentemente no relacionados. Al intentar superar la distinción entre diferentes campos de conocimiento, Ursprung yuxtapone temas de arquitectura, arte y economía en un mismo nivel de representación. Desde esta óptica, los análisis inciden sobre aquellos puntos de conflicto dentro del arte y la arquitectura actuales, desde el papel que desempeñan la crítica o la enseñanza de la arquitectura y la crisis de la representación hasta el análisis de la obra de arquitectos como, entre otros, Peter Zumthor, Eduardo Souto de Moura, Lacaton & Vassal, Christian Kerez, Ábalos+Sentkiewicz o Sauerbruch Hutton y de artistas como Olafur Eliasson, Gordon Matta-Clark, Hans Danuser y Lara Almarcegui.
           
            En otro orden de cosas, como la presente obra se trata de un ensayo, hemos cuidado escrupulosamente el estilo y el vocabulario que se ha  utilizado en su redacción. Para ello, nos hemos apoyado  esencialmente en cinco obras, que serían:
·         VV.AA., Diccionario de la lengua española, cuya redacción está a cargo de la Real Academia Española, Vigésima Segunda Edición, 2001, 2 vols.
·         VV.AA., Diccionario de Sinónimos y Antónimos, 3ª edición, Espasa Calpe, S.A., Madrid, septiembre 1995.
El ámbito del Diccionario de Sinónimos y Antónimos es muy amplio. Ninguna de las áreas (geográficas, dialectales, científicas, técnicas) ha dejado de ser tratada. Además del caudal léxico de la lengua, cuya fuente  básica es el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, se ha realizado un esfuerzo sistemático para completarlo con americanismos, regionalismos, localismos, extranjerismos, tecnicismos, voces de argot, locuciones, etc. El Diccionario de Sinónimos y Antónimos de Espasa tiene como objetivo ofrecer al estudiante, al escritor, a la persona interesada en las cuestiones del idioma, un repertorio de palabras abundantes, casi exhaustivo con un tratamiento que permite identificar siempre el valor preciso y exacto  de cada idea. La riqueza del vocabulario de la lengua española y su inmensa variedad de matices quedan con esta obra al alcance de todos los interesados en conocer y mejorar el uso del idioma.
·         Dirigido por Ignacio Bosque, REDES Diccionario combinatorio del español contemporáneo, Las palabras en su  contexto, Ediciones SM, Madrid, 2010.
REDES es un nuevo diccionario, único en el mundo, que se caracteriza y distingue del resto de diccionarios porque no define las palabras, sino que muestra las combinaciones de unas palabras con otras en función de su significado. REDES es el resultado de la colaboración entre la Universidad Complutense y Ediciones SM. El diccionario es fruto del trabajo durante cuatro años de un equipo de 16 redactores dirigido por Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, y de la colaboración de 8 becarios de la UCM. El diccionario se ha elaborado a partir de un gran corpus de 250 millones de palabras, constituido por textos periodísticos de 68 publicaciones de prensa española y americana de los últimos 20 años.
·         Real Academia Española, Ortografía de la lengua española, Edición revisada por las Academias de la Lengua Española, Espasa, 2002, aunque  es propiedad de la Real Academia Española.
Junto con la Nueva gramática de la lengua española, resultado de once años de intenso trabajo de las veintidós Academias de la Lengua Española, la Ortografía de la Lengua española es la herramienta indispensable para escribir correctamente en lengua española. La Real Academia Española, en colaboración con todas las Academias americanas, ha preparado esta edición de la Ortografía de la lengua española. Una nueva sistematización de las normas, la resolución de numerosas dudas prácticas y la abundancia de ejemplos la convierten en una obra eminentemente pedagógica. Pensada para todos los públicos, resulta una obra imprescindible para profesores y alumnos. Y además una nueva imagen: nuevo diseño basado en el nuevo DRAE XXII edición y nueva encuadernación en tapa dura.-Edición rediseñada.-Resulta imprescindible para profesores y alumnos y cualquier persona interesada en una correcta escritura de nuestra lengua, ya sea hispanohablante o no.-Se trata del complemento perfecto al Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española.-Da solución a numerosas dudas prácticas sobre la lectura del español.
·         Real Academia Española  y Emilio Alarcos Llorach, Gramática de la Lengua Española, Décima reimpresión, Espasa Calpe, Madrid, noviembre de 2003.
La Gramática de la Lengua Española es el resultado de más de diez años de trabajo del  catedrático y  académico Emilio Alarcos Llorach, y se ha convertido en uno de los títulos mejor recibidos en el mundo universitario y en el de los interesados en el estudio de nuestro idioma. Ha sido redactada buscando el equilibrio  entre la claridad y el rigor de la exposición, y concebida con una intención normativa y didáctica, por lo que constituye algo más que un mero tratado teórico de la materia. El autor ha tenido presente que  la actitud normativa no debe ocultar la rigurosa descripción de los hechos, y que ésta no ha de imponerse sobre la claridad de 

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