miércoles, 27 de enero de 2021

Cien años de literatura vasca en castellano (II)

Índice Breve resumen Presentación 1. Pío Baroja 1.1. Biografía 1.2. Pío Baroja y la Generación del 98 2. Miguel de Unamuno 2.1. Biografía 2.2. El existencialismo unamuniano 3. Ramiro de Maeztu 4. Ramón de Basterra y Zabala 4.1. Biografía 4.2. Significación 5. Pedro Mourlane Michelena 6. La Noche 7. Miguel Barandiarán Ayerbe 8. Ernestina Champourcín 8.1. Biografía 8.2. La Generación del 27 9. Julio Caro Baroja 9.1. Biografía 9.2. La etnología y la antropología 10. Ángela Figuera Eymerich 11. Gabriel Celaya 12. Ignacio Aldecoa 13. Blas de Otero 14. Luis Martín Santos 15. Juan Larrea 16. Julia Ochoa 17. Jorge G. Aranguren 18. Carlos Blanco Aguinaga 19. Paloma Díaz-Más 20. Pedro Ugarte Tamayo 21. Javier Sádaba 22. Daniel Múgica 23. José Fernández de la Sota 24. Fernando Aramburu 25. Jon Juaristi 26. Fernando Savater 27. Laura Espido Freire 28. Xavier Kintana Urtiaga 29. Martín Ugalde 30. Jorge G. Aranguren 31. Pedro de Miguel 32. José Luis González 33. Arantza Urretabizkaia 34. Jon Kortazar Uriarte 35. Ángel García Ronda 36. Antonio Altarriba 37. Antonio Menchaca Careaga 38. Ramiro Pinilla 39. Luis de Castresana 40. José María Mendiola 41. Santiago Aizarna Etxabeguren 42. Raúl Guerra Garrido 43. Jorge González Aranguren 44. Ángel García Ronda 45. Luciano Rincón 46. José Javier Rapha Bilbao 47. Rafael Castellano de La Puente 48. Luisa Etxenique 49. Iñaki Ezquerra 50. Álvaro Bermejo Marcos 51. Emilio Coco 52. Fernando Palazuelos 53. Rafael García Serrano 54. Antonio Menchaca Careaga 55. Bernardo de Arrizabalaga 56. Ramiro Pinilla 57. José María Mendiola 58. Luis de Castresana 59. Pablo Antoñana Chasco 60. Ángel García Ronda 61. Germán Sánchez Espeso 62. Toti Martínez de Lezea 63. Fernando Marías Amondo 64. Javier de Bengoechea 65. Blanca Sarasua Muñoz 66. Carlos Aurtenetxe Marculeta 67. Ramón Irigoyen 68. Pablo González de Langarica 69. Eduardo José Apodaca Urquijo 70. Kepa Murua 71. Marifeli Maizkurrena Moya 72. Amalia Iglesias de la Serna 73. Eli Tolaretxipi 74. Asun Balzola 75. Lucía Baquedano Azcona 76. Seve Calleja 77. Jorge Oteiza 78. Elías Amézaga Urlézaga 79. José María Jimeno Jurio 80. Manuel Leguineche Bollar 81. Jon Juaristi 82. Félix Maraña Sánchez 83. Daniel Innerarity 84. Rafael Mendizábal Iturain 85. Ignacio Amestoy Eiguren Referencias Bibliográficas Otra Bibliografía Presentación Imaginemos que hoy se celebrara la fiesta del libro y la lectura, por extensión de toda la cultura , porque no hay otro producto que la defina mejor que el libro. La misma está en el origen de todo y estará en su final. Si un día aciago -que espero que no llegue nunca-, el libro desapareciera, con él se vendría abajo toda la cultura occidental, entendiendo que el término cultura es utilizado en dos sentidos principales: el más antiguo, derivado de los ideales clásicos de la formación humana, y el más moderno, derivado de la etnología y la antropología cultural. En el primer sentido, influido por la tradición clásica de la "paideia" griega o la "humanitas" latina, el término se utiliza para referirse al grado de conocimientos y al refinamiento de la conducta que posee una persona, adquiridos mediante un proceso educativo que busca la plena realización de las capacidades humanas.Y en el segundo, se entiende por cultura el conjunto de conocimientos, prácticas, creencias, tradiciones, producciones artísticas, técnicas, y formas de vida propias de un determinado grupo humano, que derivan de su vida social, independientemente de que se circunscriba o no a un territorio definido en términos de estado-nación o a una u otra época del desarrollo de la humanidad, primitiva o moderna. Lo que sigue es, por tanto, una serie de libros de autores vascos que escriben en castellano, publicados en los últimos tiempos. Hay tres ensayos de carácter bien distinto y otras tantas novelas . Todos ellos merecen la pena. Que se recuerde que la cultura, como la caridad, empieza por uno mismo. En primer lugar, nos referiremos a “Las letras entornadas”, de Fernando de Aramburu. Algunos autores sostienen que literatura y vida es lo mismo. Puede que sea una exageración, pero la literatura se alimenta de la vida y esta se enriquece con aquella. Fernando Aramburu relaciona ambas cosas en este libro de difícil clasificación en cuanto a género, porque tiene elementos de ficción que articulan tanto la parte autobiográfica como la más claramente ensayística. La ficción está representada por unas visitas a un personaje ya entrado en años a quien no se llama nunca por su nombre: con él conversa, bebe cada jueves una botella de vino de la notable bodega de aquel y ambos debaten sobre la novela, la poesía y sus aledaños. Aramburu lo engarza todo alrededor de los recuerdos de su infancia y juventud, acompañándolo de reflexiones sobre la crítica y la difusión de la cultura, análisis de obras e incluso de escenas concretas. Un libro que permite una lectura pausada e incluso interrumpida y que apela a la complicidad del lector. Pasamos, ya, al comentario de “Perros en el camino”, de Pedro Ugarte. La novela empieza con una imagen poderosa: la del paciente en la consulta del psiquiatra que le va contando cómo en un viaje a León halló numerosos perros muertos en la cuneta, tantos que llegó a destino completamente deprimido. A partir de ahí, la historia se teje alrededor de la muerte de un prometedor novelista que sufre un accidente una noche en la autopista. Su mujer y un amigo de ambos desde los tiempos no tan lejanos de la juventud realizan entonces un viaje al pasado, en el que descubrirán que entre ellos había no poco de envidia más allá de la aparente admiración que se profesan. Ugarte narra con un estilo fluido, dejando a la imaginación del lector algunos aspectos -tanto de la acción como de la ubicación; es imposible por ejemplo no pensar en la subida a Altube como escenario del accidente- y apelando a referencias muy conocidas en otros casos. Asimismo, haremos mención de “Diarios 2008-2010”, de Iñaki Urirarte. Pocas cosas hay más falsas de los diarios. La literatura está llena de ejemplos. Realmente, lo excepcional es lo contrario: que el autor no quiera impresionar con la profundidad de su pensamiento, la habilidad de su acción o la inteligencia de sus estrategias. Se cita siempre a Amiel y Kafka como esas excepciones que dan validez a la regla general. Iñaki Uriarte va por la tercera entrega de sus diarios , y cabe decir que en ellos todo suena a sincero: sus gustos literarios, su confesada pereza, su capacidad para disfrutar de los pequeños placeres, sus apuntes siempre lúcidos que dan otra dimensión a asuntos que pueden ser nimios, su mirada sobre la cotidianidad. Todo es verdadero y creíble en sus textos. Nada parece disculpa ni impostura, y de ahí el éxito de los dos volúmenes anteriores y el de este que acaba de aparecer. Otra obra interesante es “La exclusiva del asesino”, de Salvador Robles. Una modelo se cita con un antiguo amor. Tiene el objetivo manifiesto de contarle un secreto relevante. Y el no tan evidente de retomar su relación. Pero al día siguiente la mujer es asesinada. Así arranca una novela que parece un 'thriller' (aunque atípico, porque enseguida conocerá el lector al culpable del crimen) y estrictamente podría leerse como tal, por más que los investigadores no responsan al perfil habitual del género. Pero, por encima de todo ello, 'La exclusiva del asesino' es un estudio acerca del comportamiento humano. No solo el de quien llega a matar a otro ser humano, sino el de muchos más. Por ejemplo, el comportamiento tantas veces al borde del límite de algunos periodistas que, por falta de sentido ético o por una ambición sin control, se adentran en terrenos en los que se acaba manchado. Con frecuencia, para siempre. Y, por último, haremos mención de “Música para leer”, de Íñigo Pirfano. Pirfano, hijo de quien fuera director de la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS) a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, ha escrito un ensayo sobre la música y el placer que proporciona, a partir de siete obras concretas. Se trata de 'La Pasión según san Mateo' de Bach, el 'Réquiem' de Mozart, el Concierto 'Emperador' de Beethoven, la Sinfonía Nº 1 de Brahms, las 'Canciones de los niños muertos' de Mahler, el 'Preludio a la siesta de un fauno' de Debussy y 'El pájaro de fuego' de Stravinski. A partir de datos sobre cada compositor y su tiempo, Pirfano explica las obras (se ofrecen los códigos QR y enlaces en youtube para poder escucharlas) y, como dice en el prólogo, hace de ‘sherpa’ para que el lector disfrute de la misma. Una buena sugerencia para adentrarse en la más emocional de las disciplinas artísticas. A título aclaratorio, con este ensayo hemos pretendido varias cosas. El mismo se encuentra articulado en tres sistemas de lectura, que serían: a) el texto propiamente dicho, que sería el desarrollo del índice del presente ensayo; b) el segundo vendría dado por el número incesante de notas a pie de página, que, por otra parte, sólo pretenden enriquecer el apartado (a) esclaracernos lo dicho texto; y c) tercer nivel de lectura, que pretende ser un conjunto de herramientas que posibiliten nuestra crítica literaria, tanto de este texto como de otros. Si se comprende bien esta estructura, puede observarse que dicho ensayo puede explorarse desde la página 1, o desde cualquier otra, por lo que perfectamente puede empezar a leerse por su final. Por otro lado, sí queremos advertir a nuestros posibles lectores de un hecho, que nos ha ordenado conservar el texto original tal cual, aunque, por ejemplo, dos notas a pie de página coincidan en el tema abordado. Y, si dos notas a pie de página coinciden en su temática, vendrán a ser dos puntos de vista distintos, dos formas diferentes de afrontar una misma realidad. En tal sentido la reiteración de contenidos nos ha permitido ganar espontaneidad, y hacerlos más sencillos y asequibles a los ojos de nuestros lectores. Comenzaremos nuestro recorrido con la prosa en lengua castellana, citando a dos grandes figuras de la denominada Generación del 98: Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) y Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936). 1. Pío Baroja 1.1. Biografía Pío Baroja nació San Sebastián, en 1872, y murió en Madrid, en 1956. Fue un novelista español. Por su padre, como por su madre, perteneció a familias distinguidas, muy conocidas en San Sebastián; entre los ascendientes de la madre, existía una rama italiana, los Nessi. Este poco de sangre italiana que llevaba en las venas no dejó nunca de halagar a nuestro autor, aunque su orgullo se cifró siempre en su ascendencia vasca. Eran tres hermanos: Darío, que murió, joven aún, en Valencia; Ricardo , que fue pintor y escritor y gozó también de alguna fama; y Pío, el novelista. Era éste el menor de los hermanos. Ya muy separada de ellos, nació Carmen, que había de ser la gran compañera del novelista. El padre de Baroja, don Serafín, era ingeniero de minas, profesión que, unida a su temperamento inquieto y errabundo, llevó a la familia a continuos cambios de residencia, entre ellos, a Madrid . Ello no dejó de ser una suerte para el futuro novelista, que, de este modo, pudo conocer desde niño diversas partes de España, y sobre todo, Madrid, su amor más grande después de Vasconia, donde había de florecer su vocación y conseguir por último la fama. Baroja permaneció poco tiempo en su ciudad natal; tenía siete años cuando sus padres se trasladaron a Madrid donde don Serafín había obtenido una plaza en el Instituto Geogdfwfico y Estadístico ; de Madrid pasaron a Pamplona , siempre por exigencias del cargo del padre y de sus deseos de mudanza. Desde Pamplona volvió la familia a Madrid; esta vez a don Serafín no le impulsaría ya solamente la inquietud, los deseos de cambio: sin duda entró también en su decisión la necesidad de educar a los hijos. Cuando abandonó Pamplona tenía Baroja catorce años cumplidos; había asistido con sus hermanos a la clases del Instituto, y sobre todo reñido y correteado por las murallas; no sabemos si había ya emborronado alguna cuartilla, pero sí que había leído a Julio Verne, a Mayne Reid, el Robinsón, y había soñado ya con aventuras maravillosas, junto al Arga, o subido a un árbol de la Taconera. Había estudiado Baroja en San Sebastián las primeras letras, continuándolas en Madrid; antes, en Pamplona había frecuentado la escuela, como hemos dicho, y había empezado a asistir a las clases del Instituto; prosiguió en Madrid los estudios, y lo hizo finalmente en Valencia, donde terminó la carrera de Medicina, doctorándose posteriormente en la capital de España. Fue, por lo general, un pésimo estudiante; estuvo siempre mucho más interesado en las novelas que en los libros de texto; su carácter arisco y rebelde le perjudicó también en gran manera, pues acabó riñendo con algunos de sus profesores y no despertó simpatías en ninguno. Aparte de esto, pasó toda su juventud entre dudas; nunca supo bien qué carrera le gustaba estudiar; en verdad, no le interesaba ninguna. Sólo las letras le atraían, pero tampoco en las letras veía clara su vocación. Antes de ir a Valencia había empezado algunos cuentos, artículos , tal vez una novela , pero lo rompió todo o lo dejó olvidado. Sus fracasos de estudiante, como es fácil suponer, se debieron más a la falta de interés que de talento. Pocos escritores ha habido de vocación más segura y que se moviese más inseguro, con más dudas sobre su vocación, y aún mucho después, escrita ya buena parte de su obra, se preguntaba si sería verdaderamente escritor. Cuando va a elegir carrera, duda entre Farmacia y Medicina, y al fin se decide por esta última. Fue, según el mismo confiesa, un mal estudiante. Acabó la carrera en Valencia y ejerció durante menos de dos años como médico rural en Cestona. Así, pues, al terminar sus estudios, Baroja se trasladó a Cestona, en el País Vasco, donde había conseguido una plaza de médico. No tardó en advertir que aquello no era lo suyo; al poco tiempo estaba asqueado del oficio; había reñido con el médico viejo, con quien compartía el cuidado de la salud de aquellos pueblos, como había reñido antes con sus profesores; se había enemistado con el alcalde y, naturalmente, con el párroco y con el sector católico del pueblo que le acusaban de trabajar los domingos en su jardín. Se fue de allí asqueado del pueblo, del médico y hasta de los enfermos, cuando menos de algunos de éstos, y se trasladó a San Sebastián , donde estaba en aquel momento la familia. Permaneció algún tiempo en San Sebastián, y de allí salió para Madrid. En la capital estaba su hermano Ricardo, que, también sin empleo, se ocupaba en un negocio de pan de una tía de ellos que había quedado viuda. Ricardo le había escrito a su hermano que estaba harto del negocio y que iba a dejarlo. Baroja vio el cielo abierto ante él, y sin vacilar un instante escribió a su hermano que iba a Madrid, con la intención de ocuparse de aquel negocio. De este modo, se vio convertido en dueño de un comercio de pan, sobre lo cual se le gastaron después tantas bromas y le irritaron de tantas maneras, sin contar los disgustos que se derivarían para él de la marcha del negocio. Concretamente, una tía suya tenía una panadería en Madrid y le hace una oferta para trabajar con ella, lo que lleva a Baroja a ejercer durante un tiempo como panadero. Como el negocio va mal y tienen que cerrar, empieza a frecuentar los medios periodísticos y a firmar sus primeras colaboraciones en El País y El Globo , del que llega a ser redactor jefe. En Madrid, no obstante, había algo para él que estaba por encima de todo: de la vulgaridad del oficio y de las burlas que se le pudiesen gastar; allí podría, en efecto, reanudar los contactos con sus antiguos amigos, frecuentar los medios literarios, ponerse, en realidad, en contacto con su vida, volver de un modo o de otro a aquello que cada vez con mayor certeza sentía que era su vocación. A poco de llegar a Madrid, instalado ya en el negocio, empezó sus colaboraciones en periódicos y revistas; en 1900 publicaba su primera obra Vidas sombrías, colección de cuentos , que empezó a darlo a conocer. Eran, en su mayoría, cuentos escritos en Cestona sobre temas de aquella región y de sus experiencias de médico; se trataba de vidas humildes, y reflejaban toda la tristeza de aquel medio, y la tristeza, sobre todo, que reinaba entonces en su alma -mezclada con ráfagas de cólera-. Puede decirse que en su primera obra estaba ya en germen toda su obra futura. Vidas sombrías constituyó un éxito, un éxito del que el propio autor se sintió sin duda asombrado; de su libro se ocuparon con elogio Azorín, Galdós y sobre todo Unamuno, que se entusiasmó con él, especialmente de uno de los cuentos, "Mary-Belche", y quiso conocer a su autor. Tal y como señala Ramón Nieto, “Trabajar sin descanso con la pluma tal vez le libró de caer en la depresión erótico-sentimental que le habrían provocado sus fracasos con las mujeres, que él mismo achacaba a que no le consideraban ‘ni rico, ni elegante, ni decidido’. Su carácter y su estatura tampoco le ayudaban.” [ ]. Prosigue el mismo autor que “De su carácter se ha dicho de todo. Para hacernos una idea, bastaría resumir sus relaciones con otros escritores de su época: apreciaba a Galdós; solo fue amigo de Azorín; Unamuno no le caía bien; a Blasco Ibáñez y a Valle-Inclán los aborrecía Respecto a los jóvenes, solía decir que le tenían sin cuidado. Como corresponde a un carácter tan retraído, su vida era de una monotonía asombrosa: se levantaba a las 8; escribía desde las 9 hasta la hora de comer; venía después una sobremesa familiar, y un paseo, que conducía generalmente a librerías de viejo; regresaba para cenar, y leía hasta pasada la medianoche. Le preocupaban sobre todo las cuestiones de salud y de dinero. Sobre este último tema, su preocupación era obsesiva; sin embargo, nunca tuvo ningún problema económico serio” [ ]. A partir de entonces Baroja fue dedicándose más y más a las letras, y apartándose cada vez más del negocio, hasta dejarlo del todo y consagrarse exclusivamente a su vocación. En algún momento Baroja llevó a cabo alguna incursión en el campo de la política, arrastrado más que por su convicción, por el ambiente de la época y por el ejemplo de algunos de sus compañeros, como por ejemplo, Azorín. Efectivamente, Baroja se presentó para concejal en Madrid, y más adelante para diputado por Fraga. Estas tentativas, como era natural, constituyeron dos rotundos fracasos; tampoco él lo había tomado demasiado a pecho. Se retiró cada vez sin gran disgusto; nos divirtió después contándonos las peripecias, y volvió al camino de las letras del que nunca habría ya de apartarse. Fue Baroja un gran viajero; los libros y los viajes fueron sus grandes aficiones, puede casi decirse que sus únicas aficiones. Sus viajes por España los hizo casi siempre acompañado; fue unas veces con sus hermanos, Carmen y Ricardo, otras con amigos; hizo uno con Maeztu y otro con Azorín, en sus comienzos, y más adelante, con Ortega y Gasset, que le llevó en algunas ocasiones en su automóvil. Baroja llegó a ser uno de los escritores que conoció mejor la España de su tiempo, cosa que se puede comprobar en sus novelas . La ciudad más visitada -también la más querida de las ciudades extranjeras- fue París. En ella pasó un largo tiempo en sus últimos años, cuando huyó de España durante la guerra civil. También estuvo en Londres y más adelante en Italia; viajó por Suiza, Alemania, Bélgica, Noruega, Holanda y Jutlandia, escenario de su trilogía Agonías de nuestro tiempo, con la magnífica El torbellino del mundo, con que encabeza la trilogía. Fuera de esto, su residencia habitual fue Madrid, y más adelante Vera del Bidasoa , donde adquirió la casa de Itzea, y donde pasó los veranos con su familia. En este tiempo su destino estaba ya fijado, y con él su norma de vida; Baroja consagraba su tiempo a escribir y a viajar. Sus producciones iban apareciendo con gran regularidad y su fama creciendo hasta situarle en pocos años entre las primeras figuras de la nación. Esta actividad no cesó apenas durante su vida, de manera que es el escritor de su tiempo que cuenta con una obra más copiosa; también más diversa y más rica. Entre sus mejores obras merecen citarse Vidas sombrías, publicada en 1900; Inventos y mixtificación de Silvestre Paradox, de 1901, en la cual evoca sus días de estudiante en Pamplona, con el ambiente de la ciudad; Camino de perfección (1902), confesión íntima y muy personal, en que podemos verle en las dudas y vacilaciones de su juventud, y que causó vivísima impresión. Muy bella, y bastante lograda, aunque de otro tono, es El mayorazgo de Labraz (1903), escrita también con recuerdos de Cestona, en que relata admirablemente la vida en un pueblo de España, con influencias tal vez de la vieja tragedia . Importante es también en la producción barojiana la trilogía que siguió a estas novelas, que apareció bajo el subtitulo "La lucha por la vida", formada por La busca, Mala hierba y Aurora roja; aparecidas primero en folletín , y publicadas en volúmenes sueltos en 1904, ofrecen en mucha parte, en su desarrollo, las características de aquel género; en ellas el autor recoge admirablemente el ambiente de los barrios bajos del Madrid de su tiempo, en las primeras luchas sociales; merecen también citarse Zalacaín el Aventurero y Las inquietudes de Shanti Andía, novela la primera situada en la tierra vasca y en la época de las guerras carlistas, y la segunda, dedicada a la vida del mar con recuerdos de antepasados del escritor, de aventuras, de piraterías, y sobre todo con evocaciones de su infancia en San Sebastián, parte que constituye tal vez lo mejor del libro. Estas dos novelas eran aquellas por las cuales mostró Baroja una cierta preferencia, especialmente por Zalacaín y en ella por la figura del héroe. No obstante, la obra más importante del novelista es sin duda Las memorias de un hombre de acción, novela cíclica, que escribió a lo largo de casi toda su vida y que terminó ya en la vejez. Consta esta obra de veintidós volúmenes y el héroe central es un antepasado suyo, G. de Aviraneta, que tuvo alguna importancia en los hechos políticos de su tiempo; en tomo a la existencia de su héroe, el autor reconstruye toda una época agitada y terrible de España; se incluyen en ella las guerras de la Independencia y carlistas , con tumultos y sublevaciones, en los días de Fernando VII e Isabel II. Es una amplia evocación que tiene de novela, de historia y de folletín, pero siempre dentro de un gran rigor histórico, y todo fundido y recreado por la imaginación del escritor. Destacan en esta serie El escuadrón de Brigante, Los recursos de la astucia, El sabor de la venganza, Las figuras de cera, La nave de los locos y La senda dolorosa, dedicada ésta, en su mayor parte, al trágico fin del conde de España. Aparte de estas obras, Baroja escribió algunos ensayos; sus libros de recuerdos, Juventud, egolatría (1917); Las horas solitarias y La caverna del humorismo (1918); eran éstas las obras preferidas por Ortega y Gasset, que aconsejaba al escritor que persistiera en aquel género; ya en sus últimos años Baroja dio a la prensa sus Memorias. Estas Memorias constituyen un monumento de la época, una evocación de su vida, y de la vida de su tiempo, con las figuras más importantes con las que trató, tanto en las letras como en las artes. Sus Memorias constituyen asimismo un documento inapreciable para el conocimiento del autor, acaso su libro más interesante, el de lectura más agradable, y con el cual coronaba su obra y, puede decirse, su existencia. En este tiempo vivía en Madrid con su familia, con la que continuó viviendo hasta su muerte; su producción alcanzaba ya una cifra muy importante, y aunque no gozaba quizá de la fama que merecía, su nombre figuraba entre los tres o cuatro más destacados de la nación. En 1935 fue admitido como miembro de la Academia de la Lengua. Fue quizá, y sin quizá, el único honor oficial que se le dispensó. En sus novelas, el autor se sitúa de lleno en la escuela realista ; sigue en ellas las huellas de los grandes maestros europeos, que brillaban aún más en su tiempo, de Balzac, Stendhal, de Tolstoi y Dickens, que fueron sus autores predilectos, y los pocos que admiró sin reservas al lado de Dostoievski; se notan también en él influencias de los folletinistas franceses, cuya lectura le apasionó en su juventud, con las de la picaresca española, Quevedo, Mateo Alemán y El Lazarillo, no menos evidentes. En las ideas dominaba al principio Nietzsche, pero poco a poco este entusiasmo fue cediendo, quedando en un escepticismo , muy cerca de Montaigne y, sobre todo, de Voltaire, al que leyó y admiró, pero que era también muy suyo. El fondo de sus libros es, por esto, pesimista; no obstante, en la forma, en sus descripciones de paisajes, de escenas, se muestra como un enamorado de la vida, un entusiasta, con una nota continua de alegría y, podríamos decir, de optimismo, que contrasta con el fondo amargo y sombrío de toda su obra. Descuella Baroja en la evocación de ambientes, en las descripciones de pueblos y paisajes, y sobre todo, en la pintura de tipos; a veces tiene en sus descripciones algo de pintor, y nos recuerda en algunas ocasiones a Goya, especialmente en sus novelas de la guerra civil. No estuvo adherido a ninguna escuela, ni formó parte, en cuanto a influencias, de ningún grupo; fue, en este aspecto, el más rebelde de los escritores y el más independiente en todos los sentidos. El mundo predilecto de sus creaciones fue el de las gentes humildes, los desventurados; pero al lado de ellos, sintió una viva predilección por toda suerte de seres fantásticos, locos, de gente rara y absurda; a todos se acercó con su ironía, con sus sarcasmos a veces, con su humor amargo, pero también con una gran piedad, con un deseo de redención y de justicia, que le emparenta con los grandes novelistas de Europa, sobre todo con Dickens, que fue al que más admiró. Baroja ha sido, sobre todo por sus ideas y por su manera de exponerlas, el literato más discutido, el más atacado de los escritores de su tiempo. Tal vez por el desorden habitual en sus novelas , y más aún por el tono ofensivo que adoptó para tantas cosas, por su sinceridad brutal, no alcanzó nunca la fama que merecía, la fama que alcanzaron muchos otros con menos méritos que él. El tiempo, en su labor justiciera, le ha ido situando en su lugar y hoy está considerado, dentro y fuera de su patria, como el primer novelista de la España de su tiempo, al lado de Galdós, y para algunos por encima de éste. Según Ramón Nieto, “Como tantos otros de sus compañeros de generación, llevó Baroja una vida retraída, [y como ya hemos dicho,] con escasos viajes (a París, que le gustaba, fue varias veces) y sin importarle nada la fama de misógino que pronto mereció. Sin embargo, era un buen caminante (sus memorias se titulan Desde la última vuelta del camino), que husmeaba aquí y allá, por pueblos y callejuelas, y conocía España bastante bien.” [ ]. Pío Baroja ingresó en la Real Academia Española en 1935, y pasó la Guerra Civil española en Francia, de donde regresó en 1940. A su regreso, se instaló en Madrid, donde llevó una vida alejada de cualquier actividad pública, hasta su muerte. Entre 1944 y 1948 aparecieron sus Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino, de máximo interés para el estudio de su vida y su obra. Baroja publicó en total más de cien libros. Usando elementos de la tradición de la novela picaresca, Baroja eligió como protagonistas a marginados de la sociedad. Sus novelas están llenas de incidentes y personajes muy bien trazados, y destacan por la fluidez de sus diálogos y las descripciones impresionistas. Maestro del retrato realista, en especial cuando se centra en su País Vasco natal, tiene un estilo abrupto, vívido e impersonal, aunque se ha señalado que la aparente limitación de registros es una consecuencia de su deseo de exactitud y sobriedad. Ha influido mucho en los escritores españoles posteriores a él, como Camilo José Cela, y en muchos extranjeros entre los que destaca Ernest Hemingway. 1.2. Pío Baroja y la Generación del 98 Por su parte, Carlos Ferrera Cuesta escribe que el concepto de Generación del 98 es el “Nombre con el que se engloba una serie de escritores que vivieron en la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y que adquirieron una especial conciencia crítica en torno a la decadencia ideológica, política y social del momento. La denominación del grupo remite al año de la pérdida de las colonias españolas de Cuba y Filipinas. Aunque se han dado diversas tesis sobre el concepto de ‘generación del 98’, en ella se incluyen nombres como los de Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Rubén Darío, Azorín, Antonio Machado, etc. En su gran mayoría, miembros de la pequeña burguesía y con una formación autodidacta, se enfrentaron a los valores tradicionales de la burguesía y adoptaron, en el plano político, una postura de escepticismo y ambigüedad. Temáticamente, estos autores combinaron el espíritu europeísta con la defensa de lo castizo (el paisaje castellano, el tema de España). Influidos por las corrientes irracionalistas de la época (Schopenhauer, Nietzsche) plasmaron en su prosa sus inquietudes existenciales: el sentido de la vida y el destino del hombre. Por otra parte, la reacción contra los hábitos literarios decimonónicos se tradujo en una voluntad antirretórica y en un gran cuidado del estilo, lo que significó una importante renovación literaria.” [ ]. En definitiva, la generación del 98 es un movimiento puramente español formado por un grupo de jóvenes escritores que se caracterizan por proponer la renovación estética de la literatura anterior y la regeneración de la cultura del país. • Si se hubieran preocupado únicamente por la estética, este grupo no se habría distinguido de los modernistas. El creador del modernismo literario fue Rubén Darío, quien acuñó el término para indicar una estética próxima a otras tendencias de la literatura europea, como el parnasianismo y el simbolismo francés , que marcaría una ruptura, en cuanto a la forma y el contenido, entre la joven y la vieja generación. La finalidad del modernismo era la creación de un lenguaje estrictamente literario y la renovación de una sensibilidad puramente estética, individual, que se plasmaría en múltiples innovaciones formales: el colorismo, los juegos sonoros y la sensualidad, expresados en la elección de adjetivos preciosistas, nuevas combinaciones métricas y una tendencia al cromatismo y al exotismo. De la estética modernista , impulsada desde América y enriquecida por la presencia de España, participaron escritores de la generación del 98 (Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado, etc.) y significó el punto de arranque de todas las tendencias experimentales y vanguardistas posteriores. • Si se hubieran preocupado sólo por la regeneración del país, se habrían confundido con los regeneracionistas. El regeneracionismo fue un movimiento ideológico español que, como consecuencia del desastre de 1898, proponía una serie de reformas políticas, económicas y sociales para la “regeneración” del país. Sus principales figuras fueron Joaquín Costa, Macías Picavea, Almirall, etc. En http:// www.hiru.com/ se nos dice que las características de este grupo de escritores son las siguientes: Eupopeísmo y gusto por lo castizo: o En una primera propuesta hubo un intento de elevar España a la altura de Europa (europeizar España). Esto significaba abrirse a las corrientes modernas de pensamiento y vivir en un espacio amplio y sin fronteras. o El amor a España llevó a los noventayochistas a profundizar en el conocimiento de lo español. Ven la autenticidad de España en la Castilla medieval, libre, poderosa e invicta. Sobriedad: los noventayochistas huyen de la grandilocuencia retórica y buscan la máxima claridad y llaneza. Su afán de expresividad les lleva a buscar términos poco frecuentes o arcaísmos. Subjetivismo: la evolución del problema de España hacia posturas intimistas los lleva a la subjetividad y a una visión introspectiva de la realidad. Idealización del paisaje: el paisaje castellano se convierte en el símbolo del alma española. La preocupación por los problemas de España les hace subordinar la forma al contenido, por lo que recurren preferentemente al ensayo. Reflexiones filosóficas: al producirse una interiorización de la crisis general del país, los noventayochistas reflexionan sobre el sentido de la vida, la religión, la existencia de Dios , el tiempo, etcétera. Situándonos en este contexto, seguidamente vamos a dar algunas características particulares de Pío Baroja: Para Baroja, la novela es una pieza literaria en la que cabe absolutamente todo. En sus textos encontramos, por tanto, reflexiones filosóficas, confesiones políticas, humorismo, aventuras y duras críticas sociales. Su técnica para construir la novela se basa en la espontaneidad y la observación de la realidad inmediata. El argumento de las novelas de Baroja suele ser la evolución existencial de un solo personaje protagonista y, junto a él, otros personajes secundarios que aportan datos acerca del central. La estructura principal es simple y la falta de conflicto se subsana por medio de frecuentes diálogos, descripciones de lugares e historias particulares de los personajes secundarios. Su estilo, breve, claro y preciso, contrasta claramente con la prolijidad retórica de la generación literaria anterior. Una de las características más destacadas de Baroja es su capacidad de crear personajes y la fuerza con la que los presenta. Al igual que el propio Baroja, los protagonistas de sus novelas suelen ser misóginos, anticlericales y anarquistas. Los personajes barojianos, indóciles, errabundos, inquietos, se ven abocados, en su mayoría, al fracaso. Por eso se ha dicho que los protagonistas de las novelas de Baroja son antihéroes. De Pío Baroja es, entre otras obras, la trilogía La lucha por la vida (1903-1904), autor también de El árbol de la ciencia (1911), El mundo es ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920). En Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Pío Baroja se propone trazar un reflejo de los ambientes en los que se movía en Madrid. Planteada con carácter folletinesco, es, en realidad, una parodia de la novela de folletines, a la par que testimonio de la crisis de conciencia de la sociedad burguesa. Y tal vez sea este sentido de crisis lo que le da un aspecto de protesta y un tono de irracionalidad y urgencia que anticipan lo que sólo años más tarde comportará el existencialismo europeo. Se analiza aquí la trama ideológica y social que subyace a la narración y explica las conquistas formales, que en ruptura con el realismo decimonónico, convierten a Baroja en maestro de la novela de nuestro siglo. Baroja destacó muchas veces sobre otras de sus obras, la titulada Zalacain el Aventurero, subrayando siempre la rapidez con que la compuso y su falta de ambiciones ideológicas y estéticas. “La escribí por entretenimiento, para pasar el rato, y la terminé en unas pocas semanas”. Una novela de aventuras para la que el escritor tuvo el acierto de elegir las circunstancias de una guerra civil, que le permitían favorecer la creación de azarosos lances de los que debería salir victorioso el protagonista, un héroe vasco, hambriento de aventuras y sediento de acción al que la guerra facilitaba motivos inagotables para encontrarlas. La guerra es, pues, el mero marco en el que transcurren los años finales de Martín, la que estimula sus principales andanzas y origina los riegos para que el personaje ejercite y pruebe su heroicidad. 2. Miguel de Unamuno 2.1. Biografía Miguel de Unamuno es una de las voces más prominentes de la literatura y del pensamiento de las primeras décadas del siglo XX. El catedrático de la Universidad de Salamanca, perteneciente a la generación del 98, cultivó todos los géneros, pero se conoce sobre todo por sus novelas y ensayos que giran en torno a planteamientos existencialistas y espirituales. Miguel de Unamuno nació el 29 de septiembre en 1864 en Bilbao , España. Su madre fue Salomé Jugo, sobrina de su padre, Félix de Unamuno, un modesto comerciante que había acumulado algo de dinero en las Américas. Cuando Unamuno tenía 5 años, su padre falleció, por lo que el niño vasco creció en un matriarcado. Vivió la III Guerra Carlista y el sitio de Bilbao en 1874. Según cuenta Unamuno en su libro Recuerdos de niñez y mocedad, de adolescente tuvo una experiencia religiosa y hasta consideró la vocación sacerdotal: "Aquellos días en que me empeñaba en llorar sin motivo, en que me creía presa de un misticismo prematuro". Al terminar sus estudios de bachillerato, el joven escritor cursó estudios de filosofía y letras en la Universidad de Madrid. A raíz de sus estudios y lecturas sobre el racionalismo , positivismo , y krausismo , Unamuno vivió una crisis ideológica y religiosa, y dejó de ir a misa. Para su tesis doctoral, abordó el tema de la cultura vasca: "Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca" (1884). Ese mismo año comenzó su carrera de profesor en un instituto, mientras escribía artículos para periódicos. En 1891 se casó con Concha Lizárraga, quien le conocía desde niño y se preparó para las oposiciones para la cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca. Con ocho meses de casado, se mudó con su esposa a Salamanca, donde primero ocuparía el cargo de catedrático de Lengua Griega y más adelante el de rector de la Universidad de Salamanca. En 1896 terminó su primera novela Paz en la guerra y la imprimió a sus expensas en una imprenta en Bilbao. Tras tres años en la Agrupación Socialista del Bilbao, en 1897 abandonó el partido y sufrió una depresión que dejó secuelas no sólo en su vida sino también en su obra. Impulsado por esta angustia existencialista, redactó los primeros textos que eventualmente serían la base de uno de sus libros más célebres Del sentimiento trágico de la vida, publicado en 1912. El año siguiente apareció Niebla --que según él no era una novela sino una "nivola "--. Unamuno fue condenado al destierro en Fuerteventura, tras el golpe militar de Miguel Primo de Rivera de 1923, dado que el catedrático se oponía abiertamente al régimen militar en artículos para periódicos. No se quedó en las Islas Canarias por mucho tiempo; salió a escondidas y se refugió en París, donde el escritor permaneció en exilio por varios años. En 1928 lo propusieron para el premio Nobel, pero el gobierno español impidió su candidatura. No pudo asistir al matrimonio de su hija Salomé con el escritor José María Quiroga Plá ese mismo año en Salamanca, por seguir en Francia. No salió del exilio hasta que la caída de la dictadura militar en 1930. Una vez en España, tardó poco en reincorporarse a la vida académica y fue nombrado alcalde honorario de Salamanca. En 1934, su esposa y la madre de sus nueve hijos sufrió un derrame cerebral y falleció un mes después. Al inicio de la guerra civil española, Unamuno apoyaba al levantamiento de los fascistas dado que creía que había que rectificar la República, pero en un acto en la Universidad de Salamanca, el escritor vasco se opuso a José Millán Astray, fundador de la Legión Española, cuando el militar falangista atacó Cataluña y las provincias vascas, refiriéndose a ellas como "cánceres en el cuerpo de la nación". A raíz de este enfrentamiento, Unamuno se puso en contra de ambos partidos. "Ni los unos, ni los otros," dijo. Poco después fue destituido de todos sus cargos y se encerró en su casa donde murió el 31 de diciembre de 1936. La crisis espiritual es un constante en la obra unamuniana. Por más que quiera tener fe en Dios y defiende el cristianismo , le cuesta ser creyente. Esta batalla espiritual se ve reflejada en el protagonista de su novela San Manuel Bueno, mártir, un sacerdote que no cree en Dios. En Del sentimiento trágico de la vida, lo que más angustia le produce no es la salvación ni la condición de la ultratumba, sino la aniquilación y el terror a la nada. Además de esta ansia por la inmortalidad , otros temas que caracterizan su obra son cuestiones de ética , la integridad y el conflicto constante entre la razón y la fe. A modo de síntesis, muy válida por sus datos curiosos, señalaremos que Miguel de Unamuno nació en Bilbao en 1846 y se doctoró en Madrid en Filosofía y Letras. En el País Vasco polemizó con Sabino Arana en torno a asuntos como la raza vasca o el euskera. En 1891 se trasladó a Salamanca, donde obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura griega y fue nombrado rector, puesto del que fue destituido y vuelto a nombrar en tres ocasiones. Allí estableció amistad con Ángel Ganivet. De la vinculación al socialismo se conduce a una visión religiosa que es definida, según el título de su obra, como sentimiento trágico de la vida. Por su enfrentamiento a la dictadura de Miguel Primo de Rivera fue deportado a la isla de Fuerteventura, desde donde se exilia a Francia. Con la caída del dictador vuelve a Salamanca, donde es proclamado rector vitalicio en la República. Acogió con entusiasmo la proclamación de la Segunda República, aunque más tarde llegó a desencantarse de la misma. En plena actitud crítica, apoyó inicialmente la sublevación militar, aunque rápidamente cambió su percepción de la misma. Unos meses depués de la toma de Salamanca por el bando franquista, muere confinado en su domicilio en 1936. 2.2. Unamuno y la Generación del 98 Aunque sea reincidir en ideas ya expresadas, conviene tener muy claro que, ligada al fin de la época colonial española , coincidiendo con la pérdida de las últimas colonias americanas y asiáticas: Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, se produce una corriente literaria que abarca las dos primeras décadas del siglo XX y que se denomina generación del 98; un grupo que reúne, entre otros, a autores como Pío Baroja, Azorín, Ramiro de Maeztu, Ángel Ganivet, Menéndez Pidal, Valle-Inclán, Antonio Machado, o Unamuno. Compartiendo argumentos como el de la decadencia española y su destino histórico, su obra literaria se encuentra cargada de implicaciones filosóficas y su desarrollo constituye un referente indudable en la evolución de la filosofía elaborada desde entonces en este país. En este tema vamos a ver algún detalle del pensamiento de Miguel de Unamuno, un escritor que además de una basta producción literaria, desarrolló una importante obra filosófica, com se refleja en obras como Vida de don Quijote y Sancho, Del sentimiento trágico de la vida o La agonía del cristianismo. En resumen, por lo tanto, ligada al fin de la época colonial española, coincidiendo con la pérdida de las últimas colonias americanas y asiáticas 2.3. El existencialismo unamuniano En línea con el pensamiento existencialista, la filosofía de Unamuno, personal y vital, encuentra en el tema de la inmortalidad y la fe religiosa uno de sus elementos de desarrollo principales. Frente a una concepción general y abstracta del ser humano, para Unamuno el punto de partida es el ser humano individual, “el hombre de carne y hueso”, constituido sobre dos principios, el de conservación y el de reproducción, cuyo fundamento es el afán por la inmortalidad. Se trata de una inmortalidad individual, una continuidad en la vida, que entraña la supervivencia del propio cuerpo. Este anhelo de inmortalidad conduce a un debate entre la fe y la razón. El individuo busca soporte a la esperanza en la vida ultraterrena a través de la fe religiosa, sin embargo la razón y la ciencia , cuyo asentimiento pretende la fe, no resuelven a favor de dicha pretensión. El sentimiento trágico de la vida es el resultado de la contradicción entre un pensamiento racional, para el cual resulta absurda la idea de inmortalidad, y una voluntad que en la duda se aferra a la fe y a la esperanza. En esta interpretación voluntarista de la fe encuentra su base la verdadera filosofía española, una filosofía que Unamuno ve representada en la figura del Quijote de Cervantes. Unamuno no rechaza la racionalidad y la ciencia, concediéndoles un papel fundamental en su concepción filosófica; no obstante si es contrario a una interpretación de la realidad reducida a principios racionales, ya que la vida contempla el sentimiento como un elemento esencial y es precisamente esa capacidad de sentir lo que determina la superioridad humana frente al resto de los vivientes. Formado intelectualmente en el racionalismo y el positivismo, simpatizó en su juventud con el socialismo. Más tarde, la lectura de Schopenhauer, Harnack y Kierkegaard, entre otros, y una crisis personal contribuyeron a que tendiera hacia una postura de rechazo del racionalismo al que contrapuso la necesidad de una creencia voluntarista de Dios y la consideración del carácter existencial de los hechos. A esta tesitura corresponden sus ensayos En torno al casticismo (1895), Paz en la guerra (1897), Mi religión (1907) y la novela Amor y pedagogía (1902). Pero lejos de un tipo de creencia abstracta, Unamuno “resucitó” a Dios como sostén del hombre de “carne y hueso” inmerso en la tragedia existencial. Del sentimiento trágico de la vida (1912), su obra maestra; un sentimiento encarnado en la figura del irracional don Quijote, Vida de Don Quijote y Sancho (1905). Otras de sus obras más importantes son: en poesía, El Cristo de Velázquez (1920) y Teresa (1924); en novela, San Manuel Bueno, mártir (1933); en teatro, Medea (1933) y El hermano Juan (estr. 1954); y, por último, los principales ensayos de este autor son: En torno al casticismo (1895), Por tierras de España y Portugal (1911), Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del cristianismo (1925). En sus ensayos destacan dos características: La preocupación por España se aprecia en ensayos como En torno al casticismo (1895) y Por tierras de España y Portugal (1911). En ellos analiza la esencia del alma española y desarrolla el concepto de «intrahistoria»: la historia cotidiana de los ciudadanos que también forman parte de la vida del país y que no es recogida en los tratados al uso. Su trayectoria espiritual puede seguirse a través de ensayos como Vida de don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del cristianismo (1925). En ellos llega a la conclusión de que hay dos hechos irreductibles: la conciencia de la propia existencia y el miedo a la no existencia, que le lleva a la religión. Se produce así el conflictoangustioso entre razón y fe. Al respecto José Ferrater Mora nos señala que, “La vida y el pensamiento de Unamuno, íntimamente enlazados con las circunstancias españolas y con la gran lucha sostenida desde fines del siglo pasado entre los europeizantes y los hispanizantes, lucha resuelta por Unamuno con su tesis de la hispanización de Europa, pueden comprenderse en función de las intuiciones centrales de su filosofía, consistente en una meditación sobre tres temas fundamentales: la doctrina del hombre de carne y hueso, la doctrina de la inmortalidad y la doctrina del Verbo.” [ ]. Analizando con detenimiento el agónico existencialismo de Unamuno, escribe al respecto Germán Cano Cuenca que “La figura de Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) despunta en su época por su acerado sentimiento trágico, así como por su frecuente y virulenta heterodoxia, lo que le valió ser uno de los eminentes agitadores del ambiente intelectual español de principios de siglo, amén de imprescindible referente de la emergente filosofía existencialista o vitalista de corte antimodernista. Combinó su docencia como catedrático de griego en la Universidad de Salamanca con su labor de polemista en la prensa y en sus ensayos . […] El pensamiento de Unamuno, siempre en constante revisión y en proceso crítico consigo mismo, descuella en esta atmósfera de pesimismo nacionalista y de demanda de regeneración espiritual por una preocupación filosófica existencialista capaz de escapar del vacuo europeísmo y de la cerrazón tradicionalista. Esto le llevó a polemizar con el aperturismo cosmopolita de Ortega, dado que, pese a abrigar fuertes reservas frente el tradicionalismo más zafio, Unamuno, apoyándose en el símbolo quijotesco, no dejó de enarbolar la bandera de una cierta defensa de lo hipanizante.” [ ]. Con su gran capacidad literaria, Unamuno da cuenta en este texto de un afán por la inmortalidad que él reconoce de modo directo y sin excusas. Una inmortalidad ligada a la propia existencia, la existencia real del ser individual y concreto que, ante la perspectiva de la muerte, se revela contra ella y, aún sin el apoyo de la razón, apuesta de modo creativo por la plenitud de la existencia. La tensión entre el escepticismo y la necesidad de creer se representa de modo magistral en la novela de Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno Mártir. Ángela Carballino y su hermano Lázaro descubren el secreto de Don Manuel Bueno, sacerdote de Valverde de Lucerna, que finge mantener una fe que ha perdido para conservar ésta viva en sus feligreses. Hace unos años que se nos murió a los españoles don Miguel de Unamuno. Todavía no nos hemos dado bien cuenta de esa muerte ocurrida durante la guerra, que aún dura en este momento. Y la guerra da una extraña presencialidad a las cosas. Es una unidad, como un paréntesis en nuestra vida, y todo lo que dentro de ella sucede parece persistir en su presencia; parece que mientras la guerra sea actual, lo es también. Así, la muerte de Unamuno, que no sentimos como algo pasado, como algo que ocurrió hace «ya» dos años, sino que ha sido «hoy», en este «hoy» angustioso de dos años y medio, como si fuese el día inacabable de un astro gigante de rotación pausada. Un día que también parece muchas veces noche y sueño, pesadilla trágica que interrumpió nuestra vida vigilante; y así la guerra entera tendría la unidad del sueño, y éste sólo sería pasado al despertar. Y cuando despertemos, sólo propiamente entonces, vamos a echar de menos a don Miguel de Unamuno y a preguntarnos con afán por él. ¿Qué hueco ha dejado entre nosotros? ¿Qué va a ser ese hueco en nuestra vida? No todos los que mueren dejan hueco; algunos sí, y por eso decía, con frase de que gustaba don Miguel, que se nos había muerto, es, decir, que su muerte no era sólo asunto personal suyo, sino que nos afectaba a todos; que no había desaparecido, o dejado de existir, sin más, sino que perduraba; y nos había dejado dos cosas en que sobrevivir en este mundo: su obra y su hueco, tal vez aún más fuerte éste que aquélla. Unamuno no ha dejado sucesor. Las figuras de primera magnitud, como él lo era, no lo dejan nunca; son estrictamente insustituibles; por eso dejan hueco, y no un puesto vacante que cubrir. Su hueco necesita llenarse, y así ejercen atracción, como un remolino en una corriente de agua; por eso son inquietadores y provocan movimiento. Pero ese hueco, decíamos, no es simplemente una plaza vacante, no se puede llenar de un modo equivalente, sino de otro modo distinto, profundamente diverso; y esto es lo que hace que haya historia . Unamuno tenía un enorme papel en España. Tenía una realidad tan grande, que parece increíble que ya no lo tengamos, que una persona tan viva tomo él, tan actuante, que llenaba tanto espacio, haya muerto. Porque Unamuno no era sólo un genial escritor, un intelectual, un profesor de lengua griega en Salamanca, sino, ante todo, una persona, un hombre de esos con los que es forzoso contar, que están ahí viendo las cosas y hablándonos de ellas, sobre todo, viviéndolas con los demás. Un hombre de esos –tan pocos– que pueden dar compañía a un pueblo entero. Y nos sentimos más solos después de la muerte de Unamuno. Era una personalidad inquietadora. «Mi obra –escribió una vez– es hacer que vivan todos inquietos y anhelantes.» Unamuno decía las cosas, con frecuencia a gritos, siempre de un modo entrañable y confortador. «No basta curar la peste –decía–, hay que saber llorarla. ¡Sí, hay que saber llorar!» Unamuno sabía llorar con llanto varonil, fuerte, paternal y, por eso, colectivo; colectivo del único modo que puede ser sincero, siendo, a la vez, concretísimo, como del hombre a quien le importan los demás, cada uno de los demás, no una teoría, un régimen, una clase, una raza o cualquier otra abstracción exangüe. ¡Qué aguda y hondamente hubiera llorado ahora, de haber seguido viviendo! Tal vez, de tan fuerte como era su angustia, no la pudo soportar su viejo cuerpo y prefirió morir por no cruzar estos años de sueño trágico. Y ese llanto paternal de Unamuno, ese «dolor de España» de que tanto hablaba, cuando España no era todavía un puro dolor, era inteligente y activo, era un afán de claridad y de calor a la vez. Tal vez más de calor que de luz, según su preferencia íntima. Unamuno era un hombre de ideas, de los más fecundos entre nosotros; y un hombre de libros, de los suyos y de los ajenos, que es una de las cosas más vivas que pueden darse, dígase lo que se quiera. Pero trataba a las ideas de un modo que pudiéramos decir impaciente, como estímulos, como excitantes, de manera cordial acaso sin llegar, sino pocas veces, a últimas evidencias, y nunca a unidades congruentes y responsables de pensamiento. Su fuego mental era todo chispas ardientes, dispersas, sin llegar a ser luz aparentemente quieta y fría, pero que –no lo olvidemos– sólo se consigue a fuerza de la más elevada temperatura. Chispas que, eso sí, sirven sobre todo, para prender otros fuegos, para propagarse y difundirse. Su papel era ese, y el que no fuese propiamente doctrina y sistema no es un reproche, sino una caracterización. Tal como era, es como don Miguel resulta insustituible. Ese modo suyo de manejar las ideas y de estar necesitado por ellas, y su género de influjo, resultan especialmente claros cuando se piensa en su problema, en el que le llenó la vida entera y ahora ha cobrado una significación dramática y augusta: el de la muerte. Unamuno vivió para la muerte ; vuelto siempre a ella, anticipándola, angustiado por la necesidad de perduración, de inmortalidad, no del nombre sólo, sino de la persona y de la carne. Ahora está en la muerte. Ya ha afrontado el momento de confirmar la fe en la inmortalidad o no confirmar nada, sino en encontrarse. Que esto es, y bien lo veía Unamuno, lo terrible del caso: que la aniquilación no significa el hallar frustrada la fe en 1a otra vida, sino el no hallar; no que le pase a uno algo horrendo, sino, lo que es infinitamente más angustioso pensar, que «no pase nada». Esto es lo que sobrecoge a las almas enérgicas y llenas de vida; estarían dispuestas a afrontar cualquier cosa; pero ¿no tener que afrontar? Bien está la más dura tragedia; pero ¿que no haya tragedia? Unamuno ha dedicado su vida y su obra entera a este problema de la inmortalidad. ¿Cuál es el resultado intelectual de esa agonía y ese esfuerzo? Nos veríamos un poco perplejos para contestar taxativamente a esa pregunta, y esto ya es sintomático. Unamuno no ha llegado, no digamos, claro es, a una «solución», sino tampoco a un planteamiento claro y suficiente de la cuestión decisiva. ¿Quiérese decir con esto que sus afanes han sido intelectualmente baldíos, que nada logró su larga vida atormentada en el camino de la verdad? En modo alguno. Cuando se lee a Unamuno con un poco de atención y sin perderse, con la mente hecha a ver los problemas y las hendiduras por donde parece que se trasluce el ser mismo de las cosas, se queda uno sorprendido por la riqueza de la visión que poseía, y se ve, sin duda, que, por lo menos, adivinó algunas cosas muy fundamentales. Y esto es justamente lo que impele a esforzarse por entender a Unamuno y penetrar a lo hondo de esta selva un poco intrincada y bravía de sus pensamientos. Pero antes que esto se advierte otra cosa, y es que Unamuno ha sabido darnos, tanto como cualquiera, la evidencia, mejor dicho, la inminencia del problema mismo. Y esto es esencial. Don Miguel de Unamuno se pasó su vida terrenal poniéndonos obstinadamente ante los ojos y dentro del alma misma la tremenda cuestión, haciéndonos sentir su mordedura en el fondo de la persona, devolviéndonos así a nosotros mismos. Este ha sido su papel y su mérito primero. Su afán por hacer revivir dentro de todos y dentro de sí propio la gran cuestión última, casi enteramente enterrada en la mayoría de los hombres contemporáneos por largos años de radical trivialidad y estupidez: «No quiero morirme del todo –escribía–, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido.» De esto precisamente se trata, y Unamuno ha hecho cobrar, o recobrar, conciencia de ese último sentido que necesitaba, tan olvidado por casi todos. Lo cual es una liberación. Por esto adquieren hoy un entrañado dramatismo aquellas palabras de Unamuno en que angustiadamente se refería a la muerte, en especial a la suya propia, en la que ya está. «Tiemblo –decía– ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne; tiemblo más aún ante la idea de tener que desgarrarme de todo lo sensible y material, de toda sustancia.» Y aquella frase rebosante de afán: «Yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella.» Pero, sobre todo, aquella escena de Niebla, en que su protagonista, Augusto Pérez, le habla al autor, y le dice: «Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió... ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera!» Ya está cumplido todo esto, ya tiene resuelto su problema, y nos queda a los demás, que tenemos que pensar en la muerte, a este don Miguel de Unamuno que sentimos tan vivo. Y al releer y repensar las cosas que nos dejó dichas a lo largo de toda su existencia tenemos que preguntarnos hoy, y cada vez más: ¿Qué era Unamuno? ¿Cuál es el sentido de su obra? ¿Era filosofía? ¿Era poesía? ¿Otra cosa, acaso? No se trata de querer clasificarlo. Esto sería absurdo, tan absurdo como creer que la pregunta tiende a una clasificación. Él mismo sintió a veces la necesidad de tocar esta cuestión, como al escribir: «No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso.» Que toda la obra de Unamuno es poesía, nada más cierto; que no sea filosofía, parece bastante claro. Pero ¿no es más que poesía? Esto es altamente dudoso. La relación de Unamuno con la filosofía es una cuestión, que lo fue para él igualmente. En muchos de sus libros apenas habla de otra cosa que de temas filosóficos; con frecuencia, con perfecto sentido y hasta con penetrante agudeza; sin embargo, tenía la impresión de que aquello no era filosofía , y, probablemente, estaba en lo cierto. Pero el hecho mismo de que tuviera que hablar de ello indica que ahí late un problema interno que afecta al sentido último de la obra de Unamuno. ¿Cuál era, repito, su relación con la filosofía? ¿Tiene algo que decirle? ¿Tiene algo que hacer con ella la filosofía? Parece que sí, y es una cuestión que será menester plantear en su día. Pero conviene no olvidar una cosa: y es que Unamuno no está hecho y concluso, ni tampoco su obra, sino que dependen de los demás, de los hombres posteriores. El presente reobra sobre el pasado y lo hace ser de nuevo; pero no por sí, sino en el presente. Lo que una cosa es, depende de lo que será, aunque parezca extraño. Cuando se pregunta si algunos pensadores indios eran filósofos, y se comparan sus afirmaciones con las de filósofos presocráticos griegos para hacer ver su semejanza de contenido, se suele olvidar un detalle, y es que llamamos a estos filósofos presocráticos. Es decir, los caracterizamos por lo posterior, como algo previo a lo que, sin duda alguna, era filosofía. Sin Platón y Aristóteles, ¿cabría incluir en la filosofía a Tales de Mileto? Probablemente, no. No acabará de saberse –ni de tener realidad– el sentido último de algunas intuiciones de Unamuno mientras no se saquen de ellas –si se sacan– sus consecuencias extremas. La respuesta suficiente a aquellas preguntas sólo podrá encontrarse en el Unamuno que tendremos que hacer. La decisión corresponde al futuro. Y este es el signo en que se reconoce su fecundidad y su importancia. No se puede decir todavía qué ha de ser aún don Miguel, cuál es el Unamuno que perdurará entre nosotros. Con esto queda dicha la urgencia del tema. Aquí no se puede hacer más que formularlo y dejarlo pidiendo respuesta. 3. Ramiro de Maeztu (Vitoria, 1875 - Aravaca, 1936) Escritor español. Relacionado con la Generación del 98, su ideario inicialmente progresista desembocó en una defensa a ultranza del nacionalcatolicismo o nacionalsindicalismo . De padre cubano, descendiente de vascos, y madre inglesa, pasó su juventud en París y luego en Cuba. De regreso a España en 1894, se dedicó al periodismo y mantuvo una fecunda relación con figuras de la Generación del 98 como Azorín y P. Baroja. En los artículos de su primera época, reunidos parcialmente en el volumen Hacia otra España (1899), defendió con vehemencia tesis regeneracionistas influido por el individualismo de Nietzsche y por sus simpatías hacia el socialismo marxista . Asimismo, en la novela La guerra del Transvaal y los misterios de la banca de Londres (publicada por entregas en 1900-1901), opuso los anhelos de libertad y justicia de los colonos holandeses a la explotación británica. De 1905 a 1919 permaneció como corresponsal en Londres, donde entró en contacto con la sociedad fabiana y escribió conferencias como "La revolución y los intelectuales" (1910). Durante la Primera Guerra Mundial apoyó a los aliados y su ideología experimentó un brusco cambio de orientación, expresado en Authority, liberty and function in the ligth of the war (1916), traducido con el título de La crisis del humanismo (1919). En este libro lamenta la desaparición de los valores propios del Renacimiento y proclamó la necesidad de que los individuos se sometan al poder, la verdad y la justicia. Estas tesis antiliberales y profundamente reaccionarias le valieron para ser nombrado embajador en Argentina (1928) durante la dictadura de Primo de Rivera. Su ensayo más importante desde un punto de vista literario es Don Quijote, don Juan y la Celestina (1926), donde examina el espíritu español a la luz de estos tres personajes. Desde 1931 dirigió la revista Acción Española, órgano del partido derechista del mismo nombre, y publicó libros como Defensa de la hispanidad (1934), alegato en favor de la monarquía y la tradición católica. Miembro de la Real Academia Española en 1935, fue fusilado por los republicanos al comienzo de la Guerra Civil. 4. Ramón de Basterra y Zabala 4.1. Biografía Ramón de Basterra (Bilbao, 1888-Madrid, 1928) fue un escritor vascoespañol cuya obra, de gran vehemencia, dedica particular atención a los temas hispánicos y a la recreación de mitos culturales. Hombre de vasta formación humanística, Ramón Basterra extendió su curiosidad intelectual a la riqueza cultural e histórica de los países en que residió en calidad de diplomático, lo que le permitió ir desarrollando un interesante concepto de la Hispanidad que él denominó “Sobreespaña”. En general, el escritor bilbaíno identificó su nación como la encarnación de los antiguos ideales latinos, sobre todo cuando, destinado en Italia y en Rumanía, pudo investigar ampliamente la herencia cultural de Roma en los diferentes territorios mediterráneos que cayeron bajo su influencia. Así, en Rumanía comenzó a redactar su célebre libro titulado La obra de Trajano (1921), que vio la luz en España cuando las diversas estéticas vanguardistas comenzaban a calar en los primeros escritos de los poetas agrupados luego bajo el marbete de Generación del 27. Posteriormente, Ramón Basterra fue trasladado a Venezuela, en donde escribió otro de sus textos emblemáticos, presentado bajo el título de Los navíos de la Ilustración (1925). Respecto a la singular evolución que fue experimentando su producción poética durante su breve existencia (murió, totalmente loco, a los cuarenta años de edad), cabe señalar el paso desde un simbolismo inicial centrado en las descripciones de los paisajes vascos de su infancia y adolescencia, hasta los ya mencionados preludios de la propaganda ideológica del fascismo, imbricada, en su caso, en fuertes connotaciones católicas y una anacrónica añoranza imperialista. Entre ambos extremos, conviene recordar su fugaz tránsito por otras formas y lenguajes tan diferentes entre sí como el culteranismo neogongorino y la Vanguardia . En general, la mayor parte de su obra está consagrada a demostrar la grandeza de la Hispanidad (o su "Sobreespaña"); para ello, desde una proverbial extravagancia que acabó conduciéndole a un penoso estado de demencia, elaboró peregrinas teorías histórico-culturales que pretendían exaltar la superioridad de la herencia católico-romana y del antiguo Imperio español, frente al legado moral procedente de la cultura protestante y del liberalismo anglosajón. Entre las obras más destacadas de Ramón Basterra, conviene recordar algunos títulos como La sencillez de los seres (1923); Las urbes luminosas (1923), plagado de riquísimas formas estróficas procedentes del barroco; Virulo I. Las mocedades (1924); Los labios del monte (1925), inmerso de lleno en el lenguaje y la métrica vanguardistas; y Virulo II. Mediodía (1927). 4.2. Significación Este autor pretende abordar el análisis de un fenómeno aparecido repetidamente en otros países europeos, pero que no ha merecido todavía ninguna atención especial en nuestro país. Me refiero al estudio de la tradición clásica y su recepción en la cultura vasca de la primera mitad del siglo XX. El denominado clasicismo es una de las improntas intelectuales fundamentales en la historia de la cultura occidental y resulta determinante en la configuración de las ideologías conservadoras que cristalizan en el siglo XX. La tradición clásica tiene, por tanto, una importancia de primer orden en el estudio de las relaciones políticas, culturales e ideológicas en nuestro siglo. Nos encontramos en el País Vasco con un campo de trabajo especialmente atractivo y original, ya que en la cultura vasca de las primeras décadas de nuestro siglo, sobre todo en el caso bilbaíno, hallamos nombres como el de Ramón de Basterra, que constituyen referencias ineludibles en el estudio de la tradición clásica en las culturas vasca y española. Junto a Basterra, personajes como Mourlane Michelena, Sánchez Mazas, Eguilleor, Lequerica, Zugazagoitia y otros, así como la supuesta existencia, ciertamente nebulosa, de una denominada Escuela Romana de los Pirineos, son testimonio de una clara vocación clasicista, en particular romanizante, en la “intelectualidad” bilbaína de aquel periodo. En un ambiente europeo de efervescencia clasicista de tintes conservadores y progresivamente más y más antidemocráticos, ese núcleo constituye un reflejo importante de cómo la sociedad y la cultura vascas conocen y participan de las corrientes culturales europeas en boga. La evolución de gran número de estos personajes, en Europa y también en los casos español y vasco, hacia posiciones políticas más decididamente comprometidas en las filas reaccionarias y fascistas (hacia Falange en nuestro caso particular) arroja un nuevo ángulo de análisis, que también subraya el paralelismo de nuestro país con la situación europea más general. Nuestro propósito concreto es analizar la obra de Ramón de Basterra, tratando de establecer las peculiaridades de su dimensión clasicista, en comparación con las líneas generales del clasicismo de la época. Se trataría de rastrear esos elementos en particular en sus escritos La obra de Trajano(Madrid, Calpe, 1921) y Las ubres luminosas(Bilbao, 1923), así como en otras referencias contenidas en el resto de su producción literaria. Desde el punto de vista metodológico y en relación con las concepciones generales sobre el clasicismo en el primer tercio de nuestro siglo, se destaca la vocación fundamentalmente conservadora del clasicismo contemporáneo. En uno de sus más conocidos estudios sobre el clasicismo y el fascismo, Canfora destaca cuatro aspectos, entre aquellos elementos de la ideología fascista directamente relacionados con el ideario clasicista: la crítica de la democracia; el rechazo del liberalismo/capitalismo y del socialismo/bolchevismo y su reivindicación de una “tercera vía”; la idea de Roma y la “misión imperial” y el rechazo del mundo moderno. En mi opinión es posible encontrar estos parámetros en la obra de Basterra, que se integra plenamente en unas corrientes ideológicas presentes en la intelectualidad europea del periodo de entreguerras. Habría que añadir un elemento basterriano específico, como es su insistencia en la particular aportación hispana al Imperio Romano y en la continuidad civilizatoria Roma-España, de la mano de su catolicismo militante. Aspectos ambos, como se verá, centrales en el autor bilbaíno y que serán luego capitales en la ideología e historiografía fascistas en España. Se ha estudiado recientemente el fenómeno en su vertiente más estrictamente historiográfica y se han apuntado tres elementos significativos, que resumimos a continuación, en dicha evolución: la particular relación entre individuo, masa y Estado en la reflexión histórica tras la Gran Guerra, la crisis de la política, que se teoriza en términos del paso del polités (ciudadano) al Übermensch (superhombre) y, finalmente, la idea de la oikumene pacificada gracias al Übermensch dotado de las virtudes tradicionales. Estos son los presupuestos de partida para nuestro análisis de la obra de Ramón de Basterra en el campo particular del clasicismo. De esa manera Basterra puede quedar integrado en un contexto intelectual preciso, en el que situar sus antecedentes, destacar su originalidad y señalar su influencia posterior. En nuestro caso, este clasicismo fue adoptado en la década de 1930 por la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), partido político español nacido de la unión de las JONS y Falange Española, y luego de la Comunión Tradicionalista (19 de abril de 1937). La Falange Española, organización política de características paramilitares y generalmente de tendencias derechistas, había sido fundada por José Antonio Primo de Rivera en 1933; las JONS por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma en 1931. Se integró en el Estado surgido de la Guerra Civil. Ramón de Basterra fue, según Eugenio d´Ors el mejor poeta de su tiempo. Para el autor de la presente biografía, el bilbaíno Basterra, además de fino diplomático y brillante ensayista, fue un poeta original, muy diferente a los de su generación, que publicó en muy poco tiempo el total de su obra. Fue la suya “una poesía de pensamiento, alejada del romanticismo, traspasada de sus ideas sobre la filosofía de la historia, nada sentimental, norteña”. Escribió numerosos artículos en la prensa local bilbaína (“Euskadi”, “El Nervión”, “El Pueblo Vasco” y “El Liberal”), a los que habrían de sumarse los aparecidos en la ya legendaria revista “Hérmes”. En su ensayo “La obra de Trajano” describió la conquista de la Dacia por el emperador de la Bética, su labor civilizadora y el viaje que hizo Basterra por tierras rumanas al final de la primera guerra mundial, y en “Los navíos de la Ilustración” la difusión de las ideas de la Ilustración llevada a cabo por la Real Compañía Guipuzcoana de navegación en Venezuela y su repercusión en América. Probó suerte también en el teatro modernista en “Las alas del lino”. “Tenía una presencia atractiva – dice Carande o Regino Escaro -, buen gusto en sus trajes, elegante en sus modales, amante de la aristocracia” El retrato que antecede se complementaría con otro apunte sentimental de “Juan de la Encina”, quien recordando su juventud dijo que Basterra “necesitaba a todo trance divertirse y para él todo era diversión: versos, viajes, comilonas, mujeres. Todo menos el Derecho. Cuando el destino se hizo adverso comenzó a desvariar, pero “con tal superabundancia de ingenio y de visiones poéticas, que su desvarío, si desvarío era aquello, se revestía de grandeza y de luz” Poeta que habla hábilmente de otro poeta, Blanco no elude el guiño sensual al mentar los amores tempranos de aquel aspirante a diplomático con Otilia, la rubia chica de Weimar, o aquellos otros vividos apenas en un suspiro con la romana de bellos y cálidos ojos negros, sin cuya mención el presente trabajo perdería parte de su encanto. 5. Pedro Mourlane Michelena Pedro Mourlane Michelena (Irún, 1888 - Madrid, 1955) fue un periodista español. Emprendió en la Universidad de Valladolid las carreras de Medicina, Letras e Historia, aunque pronto se distinguió por su actividad periodística. Antes de la Guerra Civil cultivó la crítica literaria en el diario El Sol. Este periódico se editó en Madrid entre 1917 y 1936, siendo fundado por Nicolás María de Urgoiti, director de La Papelera. La ideología liberal era la propia de El Sol. No obstante, Mourlane Michelena, de ideología falangista, fue uno de los autores de la letra del "Cara al sol", himno oficial de la Falange , al que puso música el maestro Juan Tellería. Tras la guerra, dirigió algunas de las publicaciones más difundidas (como el rotativo Arriba, cabeza visible de la denominada "Prensa del Movimiento", y las revistas literarias Vértice y Escorial), y perteneció al Consejo Superior de Investigaciones Científicas y a la Junta General de Cronistas de España. La prensa del Movimiento llegó a estar integrada por más de cuarenta diarios, además de otras publicaciones. De carácter regional, muchos tenían escasas tiradas y rentabilidad. Pero Pedro Mourlane fue, asimismo, un miembro destacado de la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa de Madrid, en que figuró como vocal en 1949. Una parte de su producción periodística quedó recogida en el volumen titulado El discurso de las armas y las letras (1915). Previamente, había dado a la imprenta una obra juvenil titulada Inquietudes (1906). Tras su muerte vio la luz Arte de repensar los lugares comunes (1956). Para entender bien a este autor, así como al anterior, seguidamente, aunque no venga directamente a cuento, daremos un bosquejo sobre el falangismo. El falangismo constituyó un movimiento político español de inspiración fascista articulado en torno a la Falange Española (1933). Su fundador e ideólogo principal, José Antonio Primo de Rivera (hijo del dictador Miguel Primo de Rivera), desarrolló en sus escritos políticos un programa ultranacionalista y fuertemente entroncado con el fascismo italiano. Sus líneas principales no divergen, en lo esencial, de las de éste: total rechazo de la democracia parlamentaria y los partidos políticos, anticlericalismo, anticapitalismo, antimarxismo, exaltación de la virilidad, la fuerza militar y el liderazgo fuerte y centralizado, y pretensiones neoimperialistas como colofón de su ultranacionalismo españolista y marcadamente organicista. En sus orígenes, y aun tras su fusión en 1934 con otra organización afín, las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), el falangismo no acierta a encontrar una base social amplia, permaneciendo como partido muy minoritario (aunque perceptible, sobre todo por las acciones violentas contra la República perpetradas por sus militantes, organizados en grupos para-militares). Durante la II República , sus apoyos proceden fundamentalmente de sectores de las clases medias urbanas en Madrid y Castilla. Su papel aumenta con la radicalización política que precede a la guerra civil (en la que José Antonio es fusilado). Iniciada la guerra, el general Franco encuentra en la Falange una bandera ideológica útil para atraerse el apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista, pero al mismo tiempo tiene que limar los aspectos programáticos del falangismo que entran en conflicto con los demás grupos sociales y políticos que apoyan al bando nacional, en especial a la Iglesia, a los monárquicos (carlistas o no) y a los tradicionalistas. Funde para ello la Falange Española con el Partido Tradicionalista (1937), al tiempo que asume el mando supremo del nuevo partido y nombra portavoz a su cuñado, el germanófilo Ramón Serrano Súñer. Con el declive del Eje durante la II Guerra Mundial, los sectores más radicalmente fascistas del falangismo español van quedando arrinconados y la Falange, diluida en el Movimiento Nacional, irá adoptando un papel marcadamente institucional y escasamente autónomo dentro del Estado franquista, muy alejado en la práctica de los postulados revolucionarios originales. Durante los últimos años del franquismo, la Falange irá perdiendo fuerza hasta su disolución formal en 1977. En otro orden de cosas, vamos a empezar a dar una serie de argumentos que nos permitirán, con posterioridad, llevar a cabo una crítica literaria, la cual posibilitará una segunda lectura del presente texto. Así, pues, empezaremos hablando de la semántica. Morris (1938) dividió a la semiótica en tres partes: la sintaxis, que se ocupa de la relación entre los signos; la semántica , que establece la relación entre los signos y lo que significan, y la pragmática , que relaciona los signos y su uso. En general, en la teoría del lenguaje se define a la semántica como teoría del significado, una de las dos caras del signo –la otra es el significante- según el estructuralismo saussuriano, equivalente a concepto . En la terminología de Hjelmslev corresponde a la forma del contenido. Desde Breal, en el siglo pasado, la semántica diacrónica se ocupó del cambio del sentido de las palabras a través del tiempo. Uno de sus principales fracasos consistió en tratar de catalogar de una manera atomística la historia de los cambios de significado para cada lexema en particular, en lugar de investigar los cambios de la estructura global del vocabulario tal como éste se ha desarrollado en el tiempo. De ello se ha ocupado la semántica componencial (que representa el significado de un lexema como una configuración de rasgos semánticos mínimos). Posteriormente se ha postulado una semántica en forma de diccionario, que aspira a definir las condiciones de comprensión del significado lexical de los términos, sobre la base de un diccionario compuesto de un inventario finito de primitivos o universales semánticos. Las actuales semánticas contemporáneas prevén una batería de frames (marcos), de guiones, de estereotipos de acción que van diseñando una semántica, que más que basarse en el diccionario, se basan en la enciclopedia (conjunto registrado de interpretaciones; una hipótesis regulativa según la cual el destinatario decide construir una porción de enciclopedia concreta que le consienta asignar al textouna serie de competencias semánticas). En esa hipótesis, un semema –unidad del plano del contenido- es un texto virtual, y un texto equivale a un semema expandido. El contenido de una expresión es un sistema de instrucciones que permitirá el uso de tal expresión en diferentes contextos. 6. La Noche Periódico vespertino bilbaíno que hizo su aparición el 25 de febrero de 1924 en plena Dictadura del general Primo de Rivera. Lo fundaron los liberales J. Félix de Lequerica, Joaquín de Zugazagoitia, Lorenzo Hurtado de Saracho y Julio Arteche. Dirigido por P. Michelena, la redacción tenía su sede en las oficinas de El Liberal en el despacho de Indalecio Prieto. La Noche agrupó en ocasiones a socialistas , liberales y monárquicos. Fueron colaboradores de La Noche, Mourlane, Lequerica , Zugazagoitia , Joaquín Adam, Estanislao María de Aguirre, Severino Achúcarro y Justo Somonte, incorporándose más tarde firmas de la talla de Ortega y Gasset, E. D'Ors y F. Grandmontagne. Así, pues, descrito como un “periódico monárquico, liberal, aristocratizado, barroco y de singular calidad”, La Noche adoptó una posición claramente opuesta a la autonomía vasca, manteniendo además constantes polémicas con periódicos como El Pueblo Vasco, La Gaceta o Euskadi. A pesar de su calidad, el diario terminó siendo un fracaso. Víctima de las pérdidas económicas, terminaría desapareciendo en diciembre del mismo año 1924. Mourlane pasó a dirigir El Liberal. Abriendo un paréntesis, nos permitimos señalar que Intelsat es una Organización de Telecomunicaciones Internacional por Satélite creada en 1964; en la actualidad cuenta con más de 150 países miembros para establecer un medio apropiado para las comunicaciones internacionales. El primer satélite Intelsat I fue lanzado en 1964 desde Cabo Cañaveral, cubría el hemisferio norte y disponía de 240 canales telefónicos y uno de televisión. Entre 1968 y 1997 se pusieron en órbita seis Intelsat más, con una capacidad cada vez mayor. Pero, vayamos poco a poco. Un satélite artificial es un ingenio espacial puesto en órbita en torno a un astro y construido con el fin de cumplir determinadas misiones, tales como la observación de fenómenos que transcurren a gran escala en el planeta o en el espacio exterior y también para la recogida y la transmisión de información a gran distancia. Según sus posibilidades de maniobra se pueden distinguir los satélites balísticos, cuya órbita está determinada únicamente por las acciones exteriores (gravitación, perturbaciones), los satélites pilotados, equipados de propulsores de maniobra, los satélites recuperables, que disponen de propulsores de frenado (retrocohetes) que permiten un retorno progresivo a las capas densas de la atmósfera, donde pueden intervenir entonces los sistemas de frenado aerodinámico; están protegidos contra el excesivo calentamiento de las paredes. Tras su puesta en órbita, de los satélites se ocupan las estaciones de seguimiento, que les siguen óptica o radioeléctricamente y que también pueden teledirigirlos. El Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial “Esteban Terradas” (más conocido como INTA) es un organismo autónomo español adscrito a la Secretaría de Estado de Defensa que intenta suplir la ausencia de una agencia espacial propiamente dicha. Fue fundado en 1942 por Esteban Terradas, ingeniero naval, industrial y aeronáutico. Su sede central se encuentra en Torrejón de Ardoz, Madrid. Tiene otra sede en el Centro de Experimentación de "El Arenosillo" en Huelva (Andalucía). Realiza proyectos de investigación, tanto en solitario como en combinación con otros organismos estatales, tanto nacionales como internacionales (CSIC, universidades, la NASA) y empresas privadas. Es responsable de los programas de satélites científicos Intasat , Minisat, Nanosat 01, Nanosat-1B y OPTOS, entre otros. Desde la base de lanzamiento de cohetes sonda, en su sede de El Arenosillo, ha trabajado con distintos tipos de cohetes suborbitales, como el INTA-300 y el INTA-255. Entre 1991 y 1999 trabajó en el desarrollo del cohete lanzador de satélites Capricornio, que fue finalmente abandonado. Siendo más expléndidos en algunos datos ofrecidos, INTASAT marcó la entrada de España, a través del INTA, en la carrera espacial, pero tardamos más de veinte años en poner en órbita el siguiente satélite, MINISAT. Para el que vino después, NANOSAT 01, sin embargo, sólo hubo que esperar siete (2004), y cinco años para el siguiente, NANOSAT 01-B, que fue lanzado al espacio en julio de 2009. NANOSAT 1B es un nano satélite de comunicaciones, desarrollado totalmente en España, que tomó el relevo de NANOSAT 01 cuyo período de vida útil estaba a punto de extinguirse. Para ello se situó en la misma órbita polar, a unos 650 kilómetros de altura, lo que le permite cubrir todo el planeta para enlazar con estaciones científicas, igual que había hecho su predecesor. NANOSAT es un programa de pequeños satélites (20 kg de peso) que realizan misiones científicas y tecnológicas de bajo coste, como probar nano sensores magnéticos y solares o comunicaciones ópticas intrasatélite que sustituyan el cableado tradicional. Los nano satélites encarnan un nuevo concepto de diseño para sistemas espaciales y una oportunidad de acceso al espacio con costes y tiempo de desarrollo más reducidos. Así, el programa NANOSAT contempla una serie de nuevos lanzamientos con aplicaciones concretas, ya que estas pequeñas plataformas son especialmente aptas para misiones de demostración en órbita de instrumentos, componentes y tecnologías de apoyo a programas de más envergadura. Otro programa distinto es el MICROSAT, un satélite de más de 100 kg de peso, que puede llevar una carga útil de 50 kg en órbita baja y que permitirá misiones de mayor alcance. El objetivo estratégico con el programa interno de pequeños satélites —como OPTOS, un “pico satélite” de menos de 3 kg de peso—, es posibilitar a las universidades y los grupos científicos españoles volar cargas útiles a precios para ellos asumibles y con continuidad en el tiempo, con misiones frecuentes (cada tres o cuatro años). Por otra parte, también queremos dar a conocer nuestros abundantes Premios Literarios , en todas sus secciones y categorías, independientemente de la cantidad con que estén dotados dichos premios. Así, pues, empezaremos con el Premio Interallié (Prix Interallié), que se concede desde el 3 de diciembre de 1930 a una novela en idioma francés. En esa fecha, un grupo de treinta periodistas que almorzaba en el club Cercle de l'Union interalliée de París, instituyó el premio cuando esperaban que las damas deliberaran en quién sería el ganador del Premio Femina. La ceremonia de entrega se realiza en el restaurante parisino Lasserre durante el mes de Noviembre y no tiene compensación económica. 7. Miguel Barandiaran Ayerbe En http:// www.euskomedia.org> Enciclopedia Auñamendi se nos explica que, Miguel Barandiarán Ayerbe “Nació en Ataun, Gipuzkoa, el 31 de diciembre de 1889. Su afición a los estudios etnográficos y prehistóricos le convirtió en el discípulo más brillante de don Telesforo de Aranzadi, con quien realizó después, en compañía de don Enrique de Eguren, la mayor parte de las investigaciones arqueológicas y etnográficas que se han hecho en el País Vasco”. Más concretamente, José Miguel de Barandiarán (Ataún, 1889-Ataún, 1991) fue un sacerdote y etnólogo vascoespañol. En 1929 fundó en Vitoria la sociedad Eusko-folclore y en el País Vasco francés, donde se exilió a raíz de la guerra civil, el Instituto Vasco de Investigaciones y la revista Ikuska. Autor de El hombre primitivo en el País Vasco (1934) y El mundo en la mente popular vasca (1960). Otras de sus obras son: Mitología vasca (1924), Cultura vasca (1977) o Brujería y brujas (1984), entre otras. Vamos a dar seguidamente unas pinceladas sobre la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Esta fue fundada en 1947 con el objeto de dar continuidad a la labor de la Sociedad de Estudios Vascos suprimida durante el franquismo, es una asociación científica sin ánimo de lucro cuyos objetivos son la investigación científica del medio natural y humano y la divulgación de los resultados obtenidos. Toma su nombre del ilustre antropólogo guipuzcoano Telesforo de Aranzadi (1860-1945), reconocido investigador de la Antropología , la Etnología , la Prehistoria y las demás ciencias afines. Desde sus orígenes, la Sociedad ha venido desarrollando numerosas actividades, hasta el punto de ser una de las entidades de mayor significación en el campo de las Ciencias Naturales y Antropológicas del País Vasco. Desde el 2001 consta como Entidad de Utilidad Pública y está constituido como un Centro de Estudio e Investigación en el que se acogen diversos especialistas que realizan sus trabajos conforme a planes y proyectos específicos. En las diversas Secciones de Trabajo se desarrollan estudios generales y de investigación pura, al tiempo que se realiza una amplia labor divulgativa para mayor conocimiento de estas Ciencias. Asimismo, se llevan a cabo tareas informativas para una mejor conservación del medio natural y del patrimonio Arqueológico y Etnográfico, conjuntamente con los entes públicos. Al respecto, en la Auñamendi Eusko Entziklopedia puede leerse lo siguiente: “Sus objetivos son la investigación, aplicación y difusión de las ciencias en el País Vasco, especialmente en el campo de las Ciencias Naturales y la Antropología, así como la protección del Patrimonio Cultural y Natural. Fue fundada por un grupo de personalidades entre las que destacan T. Atauri, J. Elosegui, José María Busca, J. Mendizabal, Joaquín Gómez de Llarena, Juan Miguel Sansinenea, L. Peña y Manuel Laborde, y le dieron el nombre del gran antropólogo e investigador Telesforo de Aranzadi (1860-1945).” Por otra parte, Telesforo de Aranzadi y Unamuno (Vergara, 1860-Barcelona, 1945) fue un antropólogo, etnólogo y naturalista vascoespañol, que se trasladó a Madrid en 1877 para cursar la carrera de Farmacia, aunque en 1882 se doctoró con la tesis "Estudios de los insectos con sus aplicaciones a la Farmacia". Alcanzó además la licenciatura en ciencias naturales en 1885. Desde ese momento inició su asistencia regular a los cursos de antropología que dictaba Manuel Antón , y allí conoció a Luis de Hoyos y a Federico Olóriz , con los que colaboró en varios trabajos. Trabajó también con Antón en la organización del Museo Antropológico y fue ayudante suyo en los cursos de doctorado, donde conoció a Pío Baroja. Sus trabajos de campo en el País Vasco con José Miguel de Barandiarán, Enrique de Eguren y otros, fueron las bases de la antropología vasca; algunos de estos estudios, junto con investigaciones etnográficas, fueron publicados por la Sociedad de Estudios Vascos. En Barcelona colaboró también en diversos proyectos antropológicos con algunos profesores, entre los que figuraron Joaquín Carreras, Luis Pericot y Santiago Alcobé. En otro sentido, vamos a preguntarnos ¿qué es la etnología? La etnología es la ciencia que estudia las sociedades primitivas desde una perspectiva predominantemente cultural. Por lo general se suele distinguir la etnología de la antropología cultural, aunque en cierta medida ésta derive de aquella, al ampliar el campo del estudio de las culturas a las sociedades actuales y no sólo a las primitivas, como es el caso de la etnología. En definitiva, la etnología es la ciencia que estudia las razas humanas, su origen y localización, sus relaciones sociales e históricas, sus manifestaciones culturales y sus características físicas y morales. Afín a la historia, actualmente está bien diferenciada de la antropología, convertida a su vez en una disciplina puramente biológica. La arqueología, como nos dice Elena Sánchez de Madariaga, es la “Disciplina que se ocupa del estudio de las sociedades y culturas del pasado, de todos los periodos históricos y áreas geográficas, a partir de los restos de cultura material, de los datos hallados en el medio natural, así como de fuentes epigráficas , numismáticas y literaria. Según los períodos, las áreas, las teorías o los objetivos, se distinguen numerosas arqueologías y especialidades: Arqueología Prehistórica, Arqueología Clásica, Arqueología Medieval, Arqueología Industrial, Arqueología de la Muerte, Arqueología Experimental, Arqueología Marxista, Nueva Arqueología o Arqueología Procesual, Arqueometalurgia, Arqueozoología, Arqueometría, etc.” [ ]. Por lo tanto, pues, la definición clásica de la Arqueología es la de una ciencia, auxiliar de la Historia, que estudia los monumentos no literarios de la Antigüedad. En realidad, incluso los monumentos literarios pueden ser objeto de estudio arqueológico, si son considerados en su aspecto material. Contra lo que se suele suponer, la arqueología no está adscrita a época alguna; así, existen una arqueología prehistórica, otra clásica, otra medieval, etc., cada una de las cuales ha desarrollado sus técnicas peculiares. También existen, como ya se ha dicho, arqueologías especializadas como la industrial, la urbana, etc., que no se adscriben a época concreta. En otro orden de cosas, un mito es una narración fabulosa alegórica, generalmente en materia religiosa, en torno a los dioses, héroes y orígenes de un pueblo, que da fundamento a toda la realidad. Constituye en este sentido el paso previo a la filosofía como logos, razón. En la especulación filosófica, el mito se entiende como una forma no perfecta de verdad, y como categoría autónoma y originaria de acceso a la verdad. Dicho de otra manera: el mito es una narración anónima que versa sobre el origen del mundo y de los seres que habitan en él, de los misterios de la naturaleza y la vida, en la que aparecen personajes divinos o capaces de hazañas sobrehumanas. Todas las culturas parecen poseer sus propios mitos. La disciplina que estudia los mitos, los analiza y compara se llama Mitología. Los mitos pueden ser: a) cosmogónicos, cuando explican el origen del mundo; b) teogónicos, cuando se refieren al origen de los dioses; c) antropogónicos, cuando se ocupan de la aparición de los seres humanos; d) etiológicos, cuando dan cuenta de cuestiones religiosas o sociales; e) escatológicos, cuando se centran en la vida después de la muerte o en el fin del mundo; f) morales, si presentan la lucha entre el bien y el mal o ciertos principios morales. El mito está estrechamente relacionado con los orígenes de la literatura y de la filosofía. Y, retomando el hilo de la biografía de Barandiarán, que ya habíamos empezado, señalaremos ahora que José Miguel de Barandiarán y Ayerbe, etnógrafo y arqueólogo vasco, fue miembro de una familia numerosa, y en 1906 ingresó en el Seminario Conciliar de Vitoria, donde pasó los siguientes treinta años de su vida. Estudió francés, inglés y alemán y, en el Seminario, las carreras de filosofía, magisterio y teología. En 1913 una crisis religiosa le empujó a marchar a Alemania, donde tuvo oportunidad de conocer al profesor Wilhelm Wundt , que impartía un curso sobre psicología de los pueblos en la Universidad de Leipzig. Influido por el psicólogo alemán, José Miguel de Barandiarán entendió que era imprescindible el estudio de la cultura de la propia tierra, de tal forma que decidió marchar a Bélgica y a Francia para ampliar estudios de etnología, antropología y paleontología humana en la Sorbona y en el Instituto de París. Regresó al País Vasco, se ordenó sacerdote y hasta 1936 fue profesor en el Seminario Conciliar de Vitoria. Durante ese tiempo realizó diversos trabajos de campo junto a los catedráticos Telesforo de Aranzadi y Enrique de Eguren, investigaciones que comenzaron por una serie de excavaciones arqueológicas en el castillo medieval de Jentilbaratza (Ataun) y los dólmenes de la sierra de Aralar. En 1927 fundó las revistas Idearium y Gymnasium, dedicadas a la investigación socio-religiosa, y por estas fechas hizo su doctorado en teología y prehistoria. Fundó la Sociedad de Estudios Vascos, y su labor empezó a ser reconocida, lo que le hizo ser considerado por la intelectualidad como uno de los puntales de la cultura vasca. El estallido de la Guerra Civil española hizo que se viera obligado a exiliarse en Francia, lo que no le impidió continuar con sus investigaciones en el País Vasco Francés desde las localidades de Biarritz y Sara, donde estableció su residencia. Allí le sorprendió también la Segunda Guerra Mundial, durante la cual estuvo confinado durante algún tiempo en Normandía. En 1951, comisionado por el gobierno francés, realizó el censo de los monumentos megalíticos de este país y estuvo al frente de la Sociedad de Prehistoria. Desde que regresó a España del exilio en 1953, para encargarse de la cátedra de la Universidad de Salamanca, José Miguel de Barandiarán fue objeto de numerosas condecoraciones y honores, entre las que cabe destacar la Medalla de Oro y el título de Hijo Predilecto de Guipúzcoa (1982). En 1989 recibió la Medalla de Plata de la Academia de la Lengua Vasca, creó la Fundación que lleva su nombre y, también ese año, el Ayuntamiento de Vizcaya le nombró Hijo Predilecto y fue galardonado con la Medalla de Oro de Bellas Artes. En 1990, el Ayuntamiento de San Sebastián le concedió la Medalla de Oro de la ciudad. Cuando cumplió los cien años de edad, Barandiarán (que se encontraba trabajando en la elaboración de un atlas etnográfico) fue objeto de un merecido homenaje que le ofrecieron diversas personalidades del mundo de la cultura y de las artes. En 1991 quedó finalista por segunda vez al Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (la primera había sido en 1988), que, finalmente, fue otorgado al historiador vasco Miguel Artola. Entre los más de trescientos trabajos que escribió, recogidos en diversas publicaciones (parte de ellos integran la Gran Enciclopedia Vasca), cabe destacar títulos como Mitología vasca , El mundo de la mente popular vasca o Historia comparada de las religiones. Los resultados de sus estudios en su tierra y en los Bajos Pirineos están recopilados en sus Obras Completas; entre estos trabajos sobresalen el Diccionario mitológico sobre el País Vasco, la obra Prehistoria en Vasconia y las seis monografías sobre el pueblo vasco que escribió en 1987. 8. Ernestina Champourcín 8.1. Biografía Ernestina de Champourcín Morán de Loredo nació en Vitoria el 10 de julio 1905 en el seno de de una familia católica y tradicionalista , de remoto origen francés y uruguayo. Desde niña recibió una educación muy esmerada con institutrices, francesas e inglesas. Desde niña hablaba y escribía con suma perfección el francés, el inglés y el castellano. Su familia se trasladó cuando ella era muy joven a Madrid, en cuyo Colegio del Sagrado Corazón estudió desde los diez años. Preparada por profesores particulares, se examinó como alumna libre de bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. Aunque quería estudiar en la Universidad, no pudo hacerlo por la oposición del padre. Dedicó su vida a la poesía, publicó en 1926 En silencio y posteriormente Ahora, La voz en el viento y Cántico inútil (1936). En estos libros evoluciona desde un Modernismo inicial a la sombra de Juan Ramón Jiménez a una poesía más personal donde domina el tema del amor envuelto en una rica sensualidad. Gerardo Diego la seleccionó para su Antología de 1934. Compartió con los intelectuales de la República actividades como el Liceo Femenino, del que fue secretaria y donde conoció en 1930 a Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña, con el que se casó en 1936. Allí conoció también a Juan Ramón Jiménez y su mujer Zenobia Camprubí, a Concha Méndez, María de Maeztu, María Baeza, Pilar Zubiaurre, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Juan de la Encina y Rafael Alberti. Durante la Guerra Civil, Juan Ramón Jiménez y Zenobia, preocupados por los niños huérfanos o abandonados, fundaron una especie de comité denominado "Protección de Menores". Ernestina se sumó a este trabajo. Marchó con su marido al exilio en Toulouse, París y México, donde sobrevivió trabajando junto a él como traductores del Fondo de Cultura Económica. México fue una de sus etapas más fecundas y felices, allí colaboró en la revista Rueca y publicó Presencia a oscuras (1952), Cárcel de los sentidos (1960) y El nombre que me diste (1960). Su marido murió en 1959. En los últimos años se acercó a la religiosidad de su infancia y se aproximó al Opus Dei . En 1972 regresó a España y se instaló en Madrid donde murió el 27 de marzo 1999. Ernestina de Champourcin representa una de las cimas poéticas de la denominada poesía pura; sin lugar a dudas, la más importante entre el grupo femenino de la generación del 27. Para Emilio Lamo de Espinosa (catedrático de Sociología de la Universidad Complutense y sobrino de Ernestina de Champourcin) una de las razones del silencio sobre la obra de esta gran literata española es debido a su mística. Para este autor, el intimismo de su obra y el creciente peso de la poesía religiosa, hizo que no se le tuviera en cuenta, ni su gran labor social, ni su compromiso a la causa republicana, ni sus actividades en pro del reconocimiento de los derechos de las mujeres a ser tratadas al igual que sus compañeros hombres. Y así lo hizo constar en un homenaje que se le hizo a la poeta en la Residencia de Estudiantes en 2005, año del centenario del nacimiento de Ernestina. Podría afirmarse que Ernestina ha padecido la mala suerte de las “terceras vías”, al no acabar de estar claramente ni en la derecha ni en la izquierda, un poco como le ocurre, salvando las distancias al propio Ortega y Gasset , rechazado por unos por ateo y por los otros porque era elitista, acusado al tiempo de ser de derechas y de ser de izquierdas. También considera Emilio Lano de Espinosa que la posición de Ernestina se debe fundamentalmente al carácter de la propia autora, de su independencia de criterio total y rotunda, salvaje, casi asocial, y al tiempo de su voluntad de no ser tipificada, categorizada, cosificada . Pese a poder considerar a Ernestina de Champourcin como la única mujer que realmente estuvo, en una situación de igualdad con el resto de los poetas hoy llamados de 27, su reconocimiento en España no se produce hasta 1989, y a partir de ese año, se le concede el Premio Euskadi de Literatura en castellano en su modalidad de Poesía (1989), el Premio Mujer Progresista, la nominación al Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1992 y la Medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid en 1997. Sus principales obras son: En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el tiempo (1931), Cántico inútil (1936), Poemas del ser y del estar (1972), Huyeron todas las islas (1988), Del vacío y sus dones (1993), Epistolario (1927-1995) y Poesía esencial (2008). Nacida en Vitoria el 11 de julio de 1905, como hemos dicho, su infancia y juventud transcurrió en Madrid donde estudió bachillerato y conoció a quien sería su marido, Juan José Domenchina, poeta también (y secretario, durante la guerra, del presidente Manuel Azaña) y con el que Ernestina compartió toda su vida. Domenchina murió en 1959. Discípula y amiga de Juan Ramón Jiménez, escribió sobre él un bello libro de recuerdos, La ardilla y la rosa (Juan Ramón en mi memoria). Unida por amistad y estilo a los poetas del 27 -generación de la que no fue la única mujer, como suele decirse: ahí están Concha Méndez, Rosa Chacel, Josefina de la Torre o Cristina de Arteaga- . Buena parte de su poética , impregnada de gongorismo, es decir, de este estilo característico de los siglos XVI y XVII, a imitación de Góngora, en el que aparecen atrevidas metáforas, abundancia de epítetos , juegos de palabras , hipérbaton, antítesis , incorporación de voces latinas, múltiples referencias mitológicas, arcaísmos y neologismos, etc., será de voluntad intimista , amorosa y religiosa, pero conocedora de las técnicas nuevas. Aclaramos que el hipérbaton es una figura retórica que consiste en la alteración del orden habitual de las palabras de una oración. Implica una dislocación sintáctica y lógica que se utiliza, como recurso expresivo, rítmico o de rima, más en la poesía que en la prosa. Poco después, Gerardo Diego la incluyó en su segunda Antología -la de 1934- en la que Ernestina define su gusto por el vivir escondido. En 1939 parte al exilio, a México, con su marido. Ernestina regresaría a España, sola, en 1972. Y luego -ya en su país- más poesía con esa peculiar tensión entre intimismo y religiosidad. Un último libro, al filo de sus 90 años, Del vacío y sus dones (1993), en busca de la luz, a través de la fugacidad. A Ernestina de Champourcin nunca pareció preocuparle -volcada a su interior- el relativo olvido o la falta de audiencia en sus últimos años. Murió en una residencia para personas mayores de Madrid, el 27 de marzo de 1999. No obstante, dejaremos señalado con toda claridad que, durante la Guerra Civil, Juan Ramón Jiménez y Zenobia, preocupados por los niños huérfanos o abandonados, fundaron una especie de comité denominado "Protección de Menores". Ernestina se sumó a este trabajo. Marchó con su marido al exilio en Toulouse, París y México, donde sobrevivió trabajando junto a él como traductores del Fondo de Cultura Económica. México fue una de sus etapas más fecundas y felices, allí colaboró en la revista Rueca y publicó Presencia a oscuras (1952), Cárcel de los sentidos (1960) y El nombre que me diste (1960). Su marido murió en 1959. En los últimos años se acercó a la religiosidad de su infancia y se aproximó al Opus Dei. En 1972 regresó a España ys e instaló en Madrid donde murió el 27 de marzo 1999. Ernestina de Champourcin representa una de las cimas poéticas de la denominada poesía pura; sin lugar a dudas, la más importante entre el grupo femenino de la generación del 27. 8.2. La Generación del 27 Se llama Generación del 27 a un grupo literario español cuyos miembros, nacidos en torno a 1900, alcanzaron su plenitud en la tercera década del siglo XX, haciendo gala de cierto culteranismo . El nombre recuerda el año del tricentenario de la muerte de Góngora. En el estilo gongorino, son frecuentes sobre todo las metámoras y latinismos, llegándose a hablar de un lenguaje metafórico. El grupo está formado fundamentalmente por poetas, de los cuales, los más representativos son Rafael Alberti , Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso , Luis Cernuda y Miguel Altolaguirre. La gran mayoría de ellas poseían formación universitaria, con grandes conocimientos sobre la poesía española y los movimientos literarios europeos. Uno de los rasgos más definitorios de la estética de este grupo fue la búsqueda de una síntesis entre una serie de aspectos: intelectualidad y sentimentalidad, hermetismo y claridad, lo culto y lo popular, lo universal y lo español, que habían sido objeto de debate en la poesía española durante los últimos decenios. El carácter abierto del grupo facilitó la absorción de influencias vanguardistas procedentes del ultraísmo , creacionismo y, sobre todo, del surrealismo . La Generación es un principio de ordenación de la historia literaria, utilizado en algunas ocasiones para enmarcar ciertos períodos en base a la identificación de un grupo de escritores, nacidos en fechas cercanas y con planteamientos más o menos comunes. Suele caracterizarse por, coincidencia en las fechas de nacimiento, formación intelectual semejante, relaciones personales entre ellos, participación en actos o manifiestos colectivos, lenguaje generacional y rechazo de la generación anterior. Si bien el término ha sido cuestionado, se suele aceptar que existieron. Al respecto Carlos Ferrera Cuesta nos confiesa que, la Generación de 1927 fue un “Grupo de intelectuales, en su mayoría poetas (García Lorca, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas) nacidos en torno a 1900 y vinculados al mundo cosmopolita de la Residencia de Estudiantes. Adoptaron de las vanguardias artísticas coetáneas, en particular del surrealismo, la libertad formal y la rebeldía en su pretensión de romper con las formas expresivas anteriores. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en otras artes, simultanearon el cultivo de esas vanguardias con el apego a la tradición, demostrado en el propio nombre del grupo, que guarda relación con el homenaje a Góngora celebrado ese año. Alcanzó su madurez intelectual durante la Segunda República, momento en que, junto a la voluntad de renovación estética, se impuso la de cambiar el entorno social y político, opción que llevó a la mayoría de sus miembros al exilio o la muerte en la guerra civil.” [173]. Ortega y Gasset , principalmente, y Azaña pertenecen a la Generación del 14. La Generación del 27 sí merece, según entiende Ramón Nieto, “el nombre de generación, por su coherencia en torno a una apuesta estilística –el gongorismo- de cuyas derivaciones podía extraerse todo un universo literario: coplas , romances , letrillas , décimas ”. La Generación del 27 fue un grupo de escritores nacidos entre 1891 y 1905, de los que se dice conforman la “Edad de Plata” de la literatura española. El redescubrimiento de la poesía gongorina y el uso de un lenguaje metafórico marcan la trayectoria de estos escritores. Podría mencionarse a novelistas y dramaturgos, pero suele circunscribirse su producción al género lírico. Son todos herederos de los movimientos vanguardistas, que agregan a su respecto por la tradición culta y popular, algunos rasgos del Romanticismo , de la Generación del 98, del Modernismo y de la Generación del 14, con José Ortega y Gasset a la cabeza, todo ello envuelto en un tono optimista ante la vida. 9. Julio Caro Baroja 9.1. Biografía Siguiendo de cerca lo que se nos dice en http://www.euskomedia.org.> Enciclopedia Auñamendi, “Julio Caro Baroja fue un historiador , etnólogo, antropólogo y lingüista de vasta obra y fama internacional. Nacido en Madrid el 13 de noviembre de 1914, y fallecido el 18 de agosto de 1995”, en Vera de Bidasoa (Navarra). Caro Baroja publica en 1943 Los pueblos del norte de la Península ibérica, y en 1949 Los vascos . Es sobrino del escritor Pío Baroja. Es considerado como el iniciador en España del llamado enfoque histórico-cultural. Su extensa producción abarca 48 libros publicados, cientos de artículos y varias colecciones de ensayos. Recibió importantes reconocimientos como los de la Academia de la Lengua Vasca (1947), la Real Academia de la Historia (1963) y la Real Academia de la Lengua Española (1986). En sus primeros libros se expone una síntesis de etnología española, y en particular del País Vasco; Los pueblos del norte de la península Ibérica (1943), Los pueblos de España (1946) y Los vascos (1949). Son también destacables sus escritos sobre la religiosidad popular en la España moderna y contemporánea, Las formas complejas de la vida religiosa (1978). Como historiador sobresalen numerosos estudios sobre moriscos, judíos , brujas y mendigos, realizados a partir de documentos de la Inquisición; Las brujas y su mundo (1961) y Los judíos en la España moderna y contemporánea (1962-1963). Fue autor además de El carnaval (1965), La estación del amor (1979) y El estío festivo(1984). En 1983 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales y en 1985 con el Premio Nacional de las Letras Españolas. Dando más profundidad a nuestro relato, señalamos ahora que hijo del editor Rafael Caro Raggio y de Carmen Baroja, nace en Madrid el 13 de noviembre de 1914 y fallece el 18 de agosto de 1955. Antropólogo, historiador, lingüista y ensayista era sobrino del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja. Autor por encargo de su propia Autobiografía vista en tres etapas. Fue discípulo de Telesforo Aranzadi, José María Barandiarán, Hermann Trimborn y Hugo Obermaier, quienes lo encaminaron a la historia y a la etnografía. Se doctoró en Historia antigua por la Universidad de Madrid, donde ejerció como profesor. Posteriormente dirigió el Museo del Pueblo Español de Madrid. Académico de número de la Real Academia de la Lengua Española, de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de la Lengua Vasca. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1983), la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1984), el Premio Nacional de las Letras Españolas, el Premio Internacional Menéndez Pelayo (1989) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1989). Es considerado en España como el iniciador del llamado enfoque histórico-cultural, como hemos dicho, y podemos decir que fue uno de los últimos sabios del siglo XX. Fruto de su formación y de los maestros que tuvo, sus primeros trabajos tratan sobre temas etnográficos, escritos cuando tan sólo tenía 15 años, así como su tesis doctoral en 1941, que fue la base de una trilogía muy posterior acerca de los ciclos de las fiestas de invierno (El carnaval, 1965), de primavera (La estación de amor, 1979) y de verano (El estado festivo, 1984). Por distintas razones, tanto personales como circunstanciales, se mantuvo al margen de la universidad, excepto durante dos períodos de docencia, uno en Coimbra y otro, mucho más tarde, en el País Vasco. Realizó numerosos viajes por España y el extranjero, con estancias prolongadas en Estados Unidos e Inglaterra (entre 1951 y 1953), dedicándose, como dijo alguna vez, “a sus labores”. En su obra -que alcanza unas setecientas entradas entre libros, artículos, prólogos y ensayos-, destacan trabajos que fueron precursores en su día, aunque ahora cuenten con numerosos seguidores. En sus primeros libros se expone una síntesis de la etnología en España y en particular la del País Vasco: Los pueblos del norte de la península Ibérica (1943), Los pueblos de España (1946), Los Vascos (1949). Sus estudios relacionados con aspectos tecnológicos vienen de la época en que dirigió el Museo del Pueblo Español. Entre ellos caben destacar los dedicados a los arados españoles (1949) y a los molinos de viento (1952), publicados en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, de la que fue director durante quince años. El Museo del Pueblo Español se creó por Decreto de 26 de julio de 1934 firmado por Niceto Alcalá-Zamora, Presidente de la República española. Sin embargo, su historia se inició en la década anterior, con la celebración de la Exposición del Traje Regional e Histórico en el año 1925, que daría paso a la creación del Museo del Traje (1927). Fue concebido como un museo de “Etnografía, Folklore y Artes Populares ” e inició su andadura con los fondos del citado Museo del Traje y las colecciones y documentos del Seminario de Etnografía y Artes Populares de la Escuela Superior del Magisterio, que había estado dirigido por Luis de Hoyos Sáinz, nombrado director del nuevo museo. Se instaló en el Palacio de Godoy, pero la Guerra Civil impidió su inauguración en 1936, y no se abrió al público hasta 1940 aunque pronto hubo que cerrarlo por el estado ruinoso del edificio. Volvió a abrir sus puertas entre los años 1971 y 1973, cuando hubo que desalojar el edificio por razones políticas y los fondos acabaron en la antigua Facultad de Medicina de la calle Atocha. En 1987 el Museo del Pueblo Español se instaló en el edificio del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo, donde se realizaron algunas exposiciones temporales. Finalmente, en 1993 la fusión con el Museo de Etnografía permitió la creación del Museo Nacional de Antropología, lo que motivó su desaparición. Viajar al Sahara en 1952 hizo que su interior se orientara hacia el hecho de las minorías étnicas. Publicó los Estudios saharianos (1955), quizás el libro más valioso acerca de este territorio africano bajo dominio español en aquella época. Los moriscos del reino de Granada (1957) y otros posteriores marcan el sincretismo entre etnografía e historia, por ser fruto de su intensa labor de investigación en los archivos de la Inquisición: Las brujas y su mundo (1961), su obra más conocida, Vidas mágicas e Inquisición (2 vols., 1967) y, sobre todo, Los judíos en la España moderna y contemporánea (3 vols., 1961-1962). Otros estudios sobre grupos y minorías oprimidas nos dan una visión sobre los gitanos, mendigos o bandidos del área mediterránea. También fueron novedosos los titulados Ensayo sobre la literatura de cordel (1969), Las formas complejas de la vida religiosa, Religión, sociedad y carácter en la España de los siglos XVI y XVII (1978), La aurora del pensamiento antropológico, La antropología en los clásicos griegos y latinos (1983), La cara, espejo del alma e Historia de la fisiología (1987). En los 18 volúmenes que componen los Estudios vascos se recogen artículos publicados entre las primeras monografías (La vida rural en Vera de Bidasoa, 1944; Los vascos, etnología , 1949) y obras de madurez como La hora navarra del XVIII (1969), Etnografía histórica de Navarra (3 vols., 1971-1972) y La casa en Navarra (4 vols., 1982). Sobre el viejo reino, y sobre Guipúzcoa elaboró, con su hermano Paco, un par de extensas películas etnográficas. En su obra Los vascones y sus vecinos estudia la historia antigua de dos pueblos, los vascones y sus vecinos de Aquitania. En este libro incorpora algunas novedades en relación con escritores anteriores, ya que dice que la lengua que más se puede comparar al euskera es la hablada en ciertos núcleos técnicos aquitanos e incluso pirenaicos más orientales. Escribió también sobre su familia; en Los Baroja habla sobre su otro hermano Ricardo, pintor, y sobre toda su familia. Fue enterrado en Vera de Bidasoa (Navarra), donde los Baroja poseen una casa familiar en “Itzea”. La etnología y la antropología La antropología es la ciencia que estudia al hombre como fenómeno biológico y, en sentido más amplio, que considera también sus aspectos evolutivos, raciales, culturales y de relación con el ambiente natural. Aunque el estudio del hombre entraba dentro de la especulación de los filósofos griegos, hasta el siglo XVIII no se empezaron a asentar las bases para un estudio más científico. A partir de Darwin , la teoría evolucionista desarrolló diversas e interesantes concepciones antropológicas, y desde fines del siglo XIX la antropología comenzó a dividirse en diversas ramas cada vez más especializadas: paleontología , paleoantropología , antropología biológica, social, cultural, lingüística, etc. En definitiva, la antropología es la ciencia de la especie humana. El hombre es estudiado -en el pasado y en el presente y en todos los países- desde el conjunto de todos sus aspectos: físicos y psicológicos, sociales y morales, filosóficos y religiosos. La etnografía y la etnología son, entre muchas otras, dos de las principales disciplinas que aportan materiales a la antropología. La etnografía estudia principalmente un grupo humano determinado en un medio dado; de él le interesan las características, las costumbres , los hábitos e incluso la vestimenta. La etnología (o antropología cultural) extrae en gran medida sus observaciones de las de la etnografía . Dado que se trata de estudiar grupos, colecciones de individuos, la “media” es una noción que se impone: los antropólogos tratan de calcular en número lo que otras disciplinas simplemente observan, aunque esta cifra sea simplemente un porcentaje. El objetivo final es describir los grupos humanos y, sobre todo, explicar sus diferencias. Por su parte, la etnografía (literalmente “descripción del pueblo”), conocida también como ciencia del pueblo, es el estudio sistemático de personas y culturas. La etnografía es un método de investigación que consiste en observar las prácticas culturales de los grupos sociales y poder participar en ellos para así poder contrastar lo que la gente dice y lo que hace. Es una de las herramientas investigativas y algunos autores la consideran incluso como una rama de la antropología social o cultural, en un principio este método se utilizó para analizar a las comunidades aborígenes, actualmente se aplica también al estudio de cualquier grupo que se pretenda conocer mucho mejor. La etnología, entendida en sentido amplio, “ciencia de las civilizaciones tradicionales actualmente observables”; en otro tiempo se denominó “ciencia de las civilizaciones primitivas” y después “ciencia de las civilizaciones sin escritura”. Tomado en un sentido más restringido, el término designa el estudio comparativo de estas sociedades y se opone a la etnografía, que estudia exhaustivamente toda comunidad humana de pequeñas dimensiones. El privilegiado campo de la etnología es el de las sociedades que viven lejos de las grandes civilizaciones y que contrastan con ellas. Algunos factores sociales decisivos (modo de vida tosco, bajo nivel de técnicas o débil concentración numérica) se han conjugado para conferirles ese aspecto de comunidades relativamente reducidas, homogéneas y cerradas. Estas sociedades , que representan una muestra humana muy diferente de la nuestra, presentan un gran interés ya que el análisis de su vida social, que se desenvuelve en otras condiciones, puede hacer aparecer conexiones y reacciones que se nos escapan. Numerosas doctrinas (hombres primitivos, salvajismo, barbarie…) se han visto desfasadas ya que se ha constatado que las formas de cultura son innumerables, incomparables e inclasificables. Lo que se creía “primitivo” no lo era, lo que se suponía “simple” se ha mostrado mucho más complejo, con frecuencia, que nuestras propias sociedades. Hasta la clara identificación e individualización de un grupo humano, todo ha suscitado enormes problemas. A medida que esta “ciencia de la desorientación” ha ido afinando sus procedimientos de análisis, desarrollando el campo de sus investigaciones y profundizando en sus conceptos teóricos, la separación entre las sociedades tradicionales y las otras ha ido apareciendo como sumamente artificial. Otros campos, en otros tiempos considerados como extraños, han sido invadidos por la etnología: existe hoy una etnología rural, otra jurídica, una etnozoología , una etnomusicología, etc., ciencias todas que, como contrapartida, están enriqueciendo la primitiva etnología. 10. Ángela Figuera Eymerich Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902 - Madrid, 1984) fue una poetisa vascoespañola. Se inició en la poesía dentro de una línea que puede considerarse heredera de Antonio Machado por su apego a lo cotidiano y paisajístico. La preocupación por el mundo femenino constituyó una de las marcas temáticas de su obra: llevó a su quehacer poético el mundo de la esposa y madre de familia que era, aunque alejándose de tópicos e idealizaciones. Sus dos primeros libros se incluyen en esta etapa y son Mujer de barro (1948) y Soria pura (1949). Posteriormente, la influencia de Gabriel Celaya llevó a Ángela Figuera a la poesía social, en la que se inscribirá el resto de su obra, desde Las cosas como son (1950), pasando por títulos como Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952), Los días duros (1953) y Belleza cruel (1958). Este último mereció un prólogo elogioso de León Felipe. Su última obra en esa línea fue Toco la tierra. Letanías, publicada en 1962, cuando la poesía social empezaba a agotarse. Con posterioridad publicó dos poemarios para niños: Cuentos tontos para niños listos (1979) y Canciones para todo el año (1984). Dos años después de su muerte se publicaron sus Obras completas. Diremos, sobre la poesía (comprometida o testimonial), que es una tendencia poética, surgida a mediados de siglo, que se enmarca en el compromiso social y/o político. Un ejemplo relevante de este tipo de literatura lo encarna Gabriel Celaya. Características de la poesía social son la historicidad , pues trata los problemas humanos del momento, el predominio del realismo sobre la fantasía, el tono épico-narrativo sobre el lírico, los planteamientos éticos y solidarios (defensa de la justicia ), la atención más al contenido que a la forma (cierto prosaísmo ), etc. Los escritores de esta tendencia pretenden que la poesía ayude a una toma de conciencia colectiva que conduzca a luchar por el cambio. En otro sentido, Hispanoamérica está ahora pasando por una crisis cuyo peso descansa en sus complejas condiciones político-sociales, que provocan una honda inquietud intelectual. Las repercusiones de esta inquietud se manifiestan en el carácter combativo y revisionista de las letras contemporáneas. Característica visible particularmente en la poesía testimonial cuyas voces irrumpen en varios países hispanoamericanos. Frente a la literatura evasiva, los testimonialistas utilizan a veces la crítica mordaz cuando no dan rienda suelta a su pensamiento pesimista, que a menudo alcanza altos grados de lirismo, aunque cada uno de los poetas puede poseer su propio sello de individualismo. Otros, a través de su revisionismo de los falsos valores morales, encaminan su pensamiento hacia la "recristianización" de la vida social enrostrándose además contra el escapismo intelectual, que aunque provoca emociones estéticas, no soluciona los problemas de miseria humana en Hispanoamérica. Por eso, casi todos estos escritores son iconoclastas. A semejanza de los conquistadores españoles que otrora destruían en América los vestigios de la vieja civilización indígena para implantar la suya, los testimonialistas quieren ahora derrumbar los falsos ídolos de esta parte de la idiosincrasia tradicional hispánica, que no se ajusta a las necesidades de la hora actual. Y ya que el inconformismo siempre ha sido un rasgo esencial del vigor intelectual hispano, hoy la nueva tendencia como fusión de la angustia social y existencial, va golpeando rudamente a Hispanoamérica. En ella surgen ahora poetas antievasivos, algunos de ellos de innegable orientación testimonial o social, términos casi sinónimos que expresan la gravedad del tremendismo hispanoamericano. La diferencia puede consistir en que la poesía social propugna a veces una programática de izquierdas, levanta una bandera; los testimonialistas, no. Ellos, más bien simpatizantes con el socialismo cristiano, no expresan un desaforado sectarismo ni bandería, sino que se limitan a proclamar la verdad. Con actitud mesiánica dan testimonio de ella y así desenmascaran la actitud farisaica que existe entre el concepto y práctica del espíritu cristiano. Vale subrayar que dentro del testimonialismo la sinonimia recoge una serie de vocablos que lo definen abiertamente: verdad, realidad, conciencia, de-nuncia, protesta, a los cuales quizá pudiera añadirse: revolución y reajustes de estructuras tradicionales, como basamentos del Tercer Reino, regido por el Amor y la Justicia. A nuestros posibles lectores, seguro que les interesará saber que el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca es un galardón otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España, a través del INAEM para el reconocimiento de los trabajos de los dramaturgos nóveles. Inicialmente se llamó Premio Nacional de Teatro para Autores Noveles "Calderón de La Barca" y se creó por Orden del Ministerio de Educación Nacional de 16 de marzo de 1950. Destinado a “autores que acrediten no haber estrenado ninguna obra de teatro por compañía profesional”. En 1953 se acordó que la pieza que recibiera el premio se estrenaría en el Teatro María Guerrero de Madrid. El premio dejó de entregarse en 1964, coincidiendo con el establecimiento del Premio Nacional de Literatura “Calderón de la Barca” para obras de teatro estrenadas en España. Volvió a otorgarse desde 1981, cuando lo reguló la Orden del Ministerio de Cultura de 25 de mayo de 1981. Considerado como uno de los premios más importantes en el ámbito de la literatura dramática, tiene como objeto reconocer y premiar el trabajo de los dramaturgos noveles. En su palmarés destacan nombres como el del Premio Nacional de Teatro 2007 Juan Mayorga o los de los Premio Nacional de Literatura Dramática como Paco Bezerra (2009), Lluïsa Cunillé (2010) y José Ramón Fernández Domínguez (2011). En otro sentido, no tardaremos mucho en hablar de Sigmund Freud (1856-1939), por lo que nos vamos a tomar, ya, la molestia de dibujar algunos trazos sobre el pensamiento filosófico de este neurólogo austríaco. Según la teoría psicoanalítica, el inconsciente es uno de los tres sistemas sobre los que se halla organizada la vida psíquica del hombre (consciente, preconsciente e inconsciente). El inconsciente comprende aquello de la vida psíquica que no forma parte de la conciencia. Los elementos del inconsciente se manifiestan en el comportamiento bajo forma de actos fallidos y afloran en los sueños en forma simbólica. Todo lo que diga en su contra no ha sido óbice para que eso que tenemos el placer de denominar su “filosofía” haya llevado a la filosofía hacia nuevos continentes, arrojando grandes sospechas sobre el todopoderoso pensamiento “dueño de sí mismo y del universo”, tan apreciado por el clasicismo. Pero yendo al grano de la cuestión, Freud fue el inventor de la teoría del inconsciente: este simple título confiere a su pensamiento un lugar privilegiado en la filosofía. En cuanto a la cura, Freud define el psicoanálisis a tres niveles, siendo el padre del mismo. El psicoanálisis o psicología profunda nace en el seno del mentalismo . Así, dos de las principales características de las primeras teorías mentalistas son también propias del psicoanálisis: el objeto de la psicología es la mente; el método de la psicología es la introspección. El psicoanálisis utilizará la introspección de un modo distinto al de otros mentalistas de finales del XIX y principios del XX (Wundt, el estructuralismo): la introspección es el conocimiento directo que un sujeto tiene de sus propios estados mentales, la inspección interior de la propia vida psíquica, pero en el caso del psicoanálisis no tanto de la vida actual del sujeto sino de sus vivencias pasadas: el paciente debe contar su pasado (introspección retrospectiva). Las escuelas más importantes que se incluyen en este paradigma son la psicología experimental de Wundt, el psicoanálisis y la primera psicología diferencial, fundamentalmente con Galton y Binet. Pero también podemos hablar de mentalismo como una opción teórica en general, refiriéndonos en este caso a toda teoría psicológica que considere a la mente como el objeto de la psicología , o que crea que la conducta no puede entenderse sin la referencia a procesos mentales. En este sentido general de mentalismo, habría que llamar mentalista a las escuelas anteriores, pero también a otras como la psicología cognitiva, escuela que sin embargo rechazará la introspección y propondrá el conductismo metodológico como forma de acceso científico a la mente. Junto con la introspección, el psicoanálisis utilizará como método para la investigación psicológica el análisis de los productos de la actividad mental (sueños, actos fallidos, conducta del sujeto, descripción que en la terapia el sujeto da de sus propias vivencias...). La práctica clínica, y en particular el estudio de los trastornos histéricos, le llevará a Freud al descubrimiento del papel de la represión en la aparición del conflicto psicológico y de la existencia de contenidos representativos y de energía psíquica inconsciente. El psicoanálisis comienza siendo una teoría de la estructura de la mente y una terapia del conflicto psicológico, pero pronto se amplia en una teoría del desarrollo de la personalidad en la vida del individuo, una teoría de la motivación y finalmente una teoría general del hombre y la cultura con un tono más filosófico que científico. La tesis esencial del psicoanálisis es que en la mente existen contenidos psíquicos inconscientes ocultos al propio sujeto merced a la represión; éstos contenidos pueden ser de tipo representativo, como los que se refieren al conocimiento que el sujeto tiene de experiencias pasadas, o de tipo emotivo, como son los deseos, instintos o apetitos en general. La primera concepción de la estructura de la mente en términos topológicos o provincias mentales (consciente, preconsciente, inconsciente), será completada por Freud pero no anulada con una concepción dinámica descrita en los términos de Superyó, Yo y Ello. Precisamente por esta concepción "topológica" de la mente y por el especial papel que otorga esta teoría a las capas más básicas y profundas del psiquismo, es común llamar al psicoanálisis "psicología profunda". 11. Gabriel Celaya [Rafael Múgica] Gabriel Celaya (Seudónimo de Rafael Múgica Celaya; Hernani, 1911 - Madrid, 1991) fue un poeta español, uno de los más representativos de la poesía social de los cincuenta. Cursó el bachillerato en San Sebastián y la carrera de ingeniero industrial en Madrid. En esta última ciudad vivió en la Residencia de Estudiantes, experiencia que dejó en él un recuerdo imborrable. Sus primeras tentativas como poeta no fueron aceptadas en modo alguno por su familia, razón por la cual eligió escribir con seudónimo. Con este nombre, pues, apareció su primer libro de poemas: Marea del silencio (1935). Su relación con su mujer, Amparo Gastón, fue decisiva a lo largo de su vida. En más de una ocasión, Celaya dijo de viva voz que todo cuanto era como poeta y persona a ella se lo debía. Otro encuentro que influyó en la pareja de escritores fue el conocimiento que trabaron con Jorge Semprún (a la sazón, Federico Sánchez), a través del cual ingresaron en las filas del Partido Comunista . Esa militancia llegó hasta el final de sus días y los marcó para siempre. Por otra parte, se aclara que el comunismo es un sistema económico que rechaza la propiedad individual y pone a cargo de la sociedad civil todas las operaciones de producción y consumo de la riqueza. El comunismo pretende realizar en el orden de los bienes materiales una igualdad absoluta entre los hombres que es contraria a su naturaleza. La diferencia de condiciones por lo que hace a la posesión y el disfrute de esos bienes no es la causa, sino el efecto de las desigualdades a que da lugar la variedad inmensa del desarrollo humano; proviene de que son distintas la aptitud y la vocación para el trabajo, los resultados obtenidos por cada uno y el uso que hace de ellos; es, en suma, una consecuencia de la responsabilidad que sigue a todos nuestros actos. Para llegar a la igualdad de fortunas es necesario suprimir la libertad y la personalidad , y como esto es imposible, toda la arbitrariedad y la violencia empleadas para hacer que la vida sea común en el trabajo y en las satisfacciones no podrán impedir que al cabo se manifiesten los caracteres individuales. En el fin económico, como en todos los humanos, es preciso reconocer una esfera puramente personal, enlazada con las demás, que no se opone a la existencia colectiva, pero independiente y libre. La unidad no es contraria a la variedad, y el comunismo desconoce este principio, exagerando lo que es común a expensas de lo que es particular, y absorbiendo por completo al individuo en la colectividad. La propiedad no es solamente una relación de toda la especie humana con toda la Naturaleza, sino que necesita determinarse individualmente, tanto respecto del sujeto, como de las cosas sobre que recae para hacerse efectiva y realizar sus fines. Al lado de las necesidades colectivas están las del individuo, que no son menos reales y han de satisfacerse mediante la aplicación directa y exclusiva de los medios que da la propiedad, y de igual suerte se marcan los esfuerzos individuales en los actos que a la propiedad conducen; aquellas necesidades y estos esfuerzos se modifican por las condiciones personales, y es absurdo suponer que necesidades distintas pueden ser atendidas con medios legales para todos, y que esfuerzos diferentes deben dar los mismos resultados. El régimen del comunismo desnaturaliza las funciones de la sociedad, y queriendo que sea la autoridad pública la encargada de dirigir el movimiento económico, destruye el interés personal, anula la competencia, estímulos necesarios del trabajo, e impide el desarrollo de la riqueza, como prueban las escasas aplicaciones que ha recibido ese principio en algunos pueblos y asociaciones. En otro sentido, el año 1946 fue decisivo en el impulso vital y poético de Celaya. A partir de ese momento desplegó una actividad incesante: es el año en que aparece su ensayo erótico-simbólico Tentativas, y constituyó asimismo el momento a partir del cual dio conferencias, colaboró en la prensa, fundó con su mujer la colección de poesía Norte y tradujo obras de R. M. Rilke, A. Rimbaud, P. Eluard y otros. Su producción, adscrita a la corriente de poesía social, es la expresión de experiencias colectivas, cargada siempre de un propósito de denuncia para el cual recurre a un deliberado prosaísmo . Autor muy prolífico, de casi un centenar de obras, encuentra su voz propia -un decir sencillo y cordial, humano y prosaico- con los libros Movimientos elementales (1947) y, sobre todo, con Tranquilamente hablando (1947) y Las cosas como son (1949). En los libros siguientes, reclama y practica una poesía de protesta, instrumento de su compromiso político; es, junto con Blas de Otero y Celso Emilio Ferreiro, uno de los poetas más representativos de la poesía social de los cincuenta: Las cartas boca arriba, de 1951, Lo demás es silencio (1952), Paz y concierto (1953) Cantos iberos, de 1954, De claro en claro (1956), Las resistencias del diamante (1957) y Episodios nacionales, de 1962. Luego su escritura, aún sin renunciar a los pasados planteamientos, evoluciona y experimenta en cauces nuevos, como el intimista en Cantata en Aleixandre (1959) y La linterna sorda (1964) y el neovanguardismo de Campos semánticos (1971). Entre sus restantes colecciones cabe mencionar Canto en lo mío (1968), El derecho y el revés (1973), Buenos días, buenas noches (1976) y Penúltimos poemas (1982). También escribió los ensayos Exploración de la poesía (1964) e Inquisición a la poesía (1972) y las novelas Lo uno y lo otro (1962), y Los buenos negocios (1966). A su labor en otros géneros corresponde la pieza teatral El relevo (1963). Entre sus obras más recientes es preciso mencionar las antologías Poesías completas, 1977-1980 (1981) y Gaviota, antología esencial (1990), así como los libros Cantos y mitos (1983), El mundo abierto (1986) y Orígenes (1990). A pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, los últimos años de su vida transcurrieron entre penurias económicas que le llevaron a vender su biblioteca a la Diputación Provincial de Guipúzcoa, y a que el Ministerio de Cultura se hiciera cargo del coste de su estancia en el hospital en 1990. En otro sentido, las características de la poesía social son las siguientes: • Verso libre . • Preocupación general por España. • Denuncia dela situación. • Planteamiento de problemas que afectan a la ciudadanía. • Se centraliza más en lo épico. • Suele utilizarse como método de denuncia, testimonio o protesta. Se aclara, para completar lo ya dicho, que Jorge Semprún (Madrid, 1923) fue un escritor español. Exiliado en Francia (1939), fue miembro del partido Comunista y más tarde ministro de Cultura por el PSOE. Escribe en francés, El largo viaje (1963) y en castellano, Autobiografía de Federico Sánchez (1977). Entre sus guiones de cine destaca el La guerra ha terminado, A. Resnais. Por otra parte, Blas de Otero (Bilbao, 1916-Madrid, 1979), de quien ya hablaremos, fue un poeta vascoespañol. Sus primeras obras (Cántico espiritual, 1942; Ángel fieramente humano, 1950) expresaban lo que Dámaso Alonso llamó el “desarraigamiento” y el sentido de “caos y angustia ”. En su etapa intermedia de denuncia social… El intimismo es una tendencia literaria que se centra en representar la vida íntima, familiar o doméstica. Se suele plasmar en confesiones, autobiografías, memorias, cartas, confidencias…, pero también existen otros tipos de obras con rasgos intimistas, como algunas novelas, dramas, etc. Rainer María Rilke (1875-1926) fue un poeta alemán. Jean Arthur Rimbaud (1854-1891) fue un poeta francés. Paul Éluard (1895-1952) es el seudónimo del poeta francés Eugène Grindel. Así, pues, antes cerrar esta página diremos, un tanto globalizadamente, que la poesía social, o literatura comprometida o engagée, es un movimiento poético español de los años 1950 y 1960 caracterizado por las condiciones políticas y la reivindicación de la libertad. Este movimiento, como hemos dicho, nace en los años 1950 en España, cuando las cicatrices de la Guerra Civil Española (1936-1939) no se han cerrado. A resultas de aquel conflicto se instaura en el país una dictadura (1939-1977) regida por el general Francisco Franco hasta su muerte en 1975. El franquismo se traduce en una fuerte represión sobre los vencidos en su primera década, así como un régimen aislado y replegado sobre sí mismo, ya que los aliados de Franco durante la guerra, Adolf Hitler y Benito Mussolini, fueron los derrotados en la II Guerra Mundial. Pero en la década siguiente se producirá una cierta apertura, por el acercamiento de los Estados Unidos de América dada la importancia estratégica de España. Así, tras el periodo conocido como los años perdidos (1939-1954) vendrá el fin de la autarquía, el aperturismo y el desarrollo económico. La poesía social convive con una Ley de prensa muy restrictiva, redactada en 1938 y vigente hasta 1966, ley que permite la censura previa. Todo lo escrito ha de pasar por un censor antes de su publicación. Las reivindicaciones de libertad de los integrantes del movimiento habrán de pasar por la mesa de los funcionarios del régimen, que no dudarán en mutilar o condenar a la no publicación las obras no afectas al régimen. La poesía social tendrá un importante peso sobre la cultura española tanto de finales del Franquismo como de la transición. Por otro lado, los integrantes de este movimiento ven la poesía como un instrumento para intentar cambiar el mundo, denunciar la realidad que les rodea y concienciar a sus lectores de la injusticia social. La poesía social busca la defensa de los débiles y desamparados. Un precedente importantísimo fue la revista Espadaña (1944-1951), en la que publicaron nombres como César Vallejo, Pablo Neruda o Blas de Otero. Desde ella se quiso recoger la vanguardia que se había cultivado en la España de la República y años anteriores, con el exponente de la Generación del 27 y oponerse a una corriente más clasicista y afecta al régimen del general Franco. Antes de analizar a otros autores, queremos decir, de forma muy sencilla, algo de la Semiótica . Las palabras están articuladas por dos componentes: uno material (sonido, escritura, etc.) y otro mental (el concepto o la idea que ese componente material representa). Juntos, significado y significante –así se los llama a cada uno- forman signos. La Semiótica es la ciencia que los estudia. El grito de un animal, la poesía, un síntoma médico, mensajes de los medios, desórdenes de lenguaje, la arquitectura, el marketing , el lenguaje corporal, todo esto, y mucho más, entra en la esfera de la Semiótica. El camino fue inaugurado por Ferdinand de Saussure, qquien quebró el estudio del lenguaje a través de su historia (la filología), para investigarlo como sistema (la lingüística). Roland Barthes y otros semiólogos mostraron hasta qué niveles había llegado la influencia de los signos en la vida moderna. Por último, y como siempre, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda lo concede el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, por medio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, a un autor o autora de reconocida trayectoria, cuyo trabajo sea una entrega notable al diálogo cultural y artístico de Iberoamérica. Fue creado en el año 2004 por acuerdo entre el CNCA y la Fundación Pablo Neruda, como homenaje al centenario del poeta. Se entrega durante el mes de Junio y consiste en 60.000 dólares, una medalla y un diploma. 12. Ignacio Aldecoa Ignacio Aldecoa nació el 24 de julio de 1925 en Vitoria-Gasteiz. Cursó bachillerato en el Colegio de los Maristas y estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, prosiguió sus estudios en Madrid en 1945, donde conoció a los que posteriormente fueron conocidos como la generación del 50: Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, José María de Quinto, Alfonso Sastre y la que sería su mujer, la pedagoga y escritora Josefina Rodríguez, hoy conocida como Josefina Aldecoa, con la que se casó en 1952. La Generación de 1956, según Carlos Ferrera Cuesta, estaba “Integrada por personalidades que iniciaron su actividad intelectual después de la guerra civil, como Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre o Enrique Fuentes Quintana, fue la primera en denunciar la miseria del país. Muchos hicieron una lectura social del falangismo, con una crítica que eludió la censura y aprovechó la tímida apertura intelectual iniciada en 1951; estuvieron presentes en los disturbios universitarios de 1956, evolucionando posteriormente a posiciones opositoras liberales o izquierdistas.” [ ]. Publicó poesía: Todavía la vida, en 1947, y Libro de las algas, en 1949, pero rápidamente se decantó por los relatos breves, que aparecieron en revistas como La Hora, Juventud, Haz y Alcalá. Obtuvo el premio de la revista Juventud por el cuento "Seguir de pobres" en 1953. Su primera novela, titulada El fulgor y la sangre, se publicó en 1954 y fue finalista del premio Planeta. Hacia 1955 frecuentaba las tertulias de estudiantes rebeldes al régimen franquista y se implicó en la creación de la Revista Española, impulsada por Antonio Rodríguez Moñino, quien había sido expulsado de su cátedra por sus simpatías republicanas y había hallado refugio en la Editorial Castalia, que editaba la revista. En su consejo de redacción estaban con él casi todos los escritores importantes de la Generación del medio siglo, habituales de la tertulia que organizaban allí Rodríguez Moñino, Sastre y Ferlosio, entre otros. Aldecoa es considerado uno de los mejores cuentistas españoles del siglo XX. Obtuvo el premio de la Crítica en 1958 por la novela Gran Sol sobre la vida de los pescadores de altura, narrada con la técnica del protagonista colectivo y con temporalidad simultánea. También firmó cuatro guiones cinematográficos: Gayarre, Young Sánchez, Con el viento solano y Los pájaros de Baden-Baden. Adaptó el riguroso realismo anglosajón a la literatura española, de forma que sus cuentos poseen el sabor de una experiencia realmente sentida y vivida, gracias a sus agudas dotes de observador y a su gran contenido humano. A pesar de la crudeza humana de su escritura, de su intensa carga testimonial, Ignacio Aldecoa rehuyó el mensaje explícitamente político (por lo que se apartó del realismo crítico) y tendió a una ajustada técnica objetivista. Ignacio Aldecoa murió el 15 de noviembre de 1969. Al respecto, Ramón Nieto nos apunta que “El llamado realismo social tiene dos etapas, apenas separadas desde el punto de vista cronológico -aunque coincide con un momento histórico importante esa leve distancia generacional-, pero de marcado giro desde posiciones puramente literarias hasta otras más comprometidas políticamente. El primer grupo de novelistas -todos ellos nacidos antes de 1930- mantiene en el plano personal actitudes de rechazo hacia la dictadura, actitudes que no se reflejan en sus obras, mucho más preocupadas por el estilo y la forma que por la bautizada en Francia como literatura ‘de combate’.” [ ]. En definitiva, su novelística, reducida a cuatro títulos, es parte de un vasto proyecto consistente en tres trilogías que debían de abordar, respectivamente, el trabajo del mar, el trabajo de las minas y el mundo de los guardias civiles, los gitanos y los toreros. De todo ello la muerte sólo le permitió escribir una parte de la primera, Gran sol, de 1957, que trata de la pesca de altura, y dos de la última: El fulgor y la sangre, de 1954, sobre la vida cotidiana de una pequeña guarnición de la guardia civil, y Con el viento solano, de 1956, en torno al mundo de los gitanos. Independiente de estas series es la novela titulada Parte de una historia (1967). A pesar de la crudeza humana de su escritura, de su intensa carga testimonial, Ignacio Aldecoa rehúye el mensaje explícitamente político (en ello se aparta de las propuestas del realismo crítico) y tiende a una ajustada técnica objetivista. Sus cuentos son fragmentos de vida, historias insignificantes pero dotadas de un gran poder evocador; por su variada temática (los oficios, la clase media, los bajos fondos, las vidas extrañas, el éxodo rural a la ciudad, etc.) configuran un amplio cuadro de comedia humana de nuestra posguerra. Recopilados en 1973 (Cuentos completos), aparecieron en las colecciones Vísperas del silencio (1955), El corazón y otros puntos amargos (1959), Caballo de pica, de 1956, Arqueología (1961), Los pájaros de Baden Baden (1965) y Santa Olaja de acero (1968). Aldecoa convirtió en materia novelable su profunda experiencia de los hombres y la difícil tesitura por la que atraviesa España en años particularmente crueles: los posteriores a la Guerra Civil. Guiado siempre por un creciente deseo de objetividad y comprensión de las formas de vida del país y de sus gentes, en especial las más sencillas y sometidas a la injusticia, el novelista le da al conjunto de su obra un sello personal inconfundible: rico, laborioso, con un riguroso sentido de la construcción por lo que hace a las situaciones y una técnica realista de la que sobresale la nota enérgica, teñida invariablemente de poesía y verdad. Sobre las características de la Generación de 1956 apuntamos que, Juan García Hortelano prefiere denominarlos “Grupo poético de los años 50” en el estudio y antología que publicó en 1978; no son poetas "de la guerra" sino "de la dictadura", de origen burgués y con formación universitaria todos ellos, por lo que con frecuencia se autocriticaban: Jaime Gil de Biedma se incluyó en ella al definirla como "señoritos de nacimiento por mala conciencia escritores de poesía social" Huyen a la vez del frío Garcilasismo clasicista y del estridente desgarramiento existencial, respectivamente, de la poesía arraigada y desarraigada en la promoción anterior y poco a poco se van separando de la literatura comprometida o engagée, que no persigue la elegancia en el lenguaje, seguida por Blas de Otero, Gabriel Celaya y otros autores estrechamente asociados a la lucha política contra el franquismo. Por el contrario, y especialmente en poesía, la Generación del 50 une la reivindicación social, que en el fondo sentían ajena y sustituyen por preocupaciones civiles y éticas, con una nueva lírica intimista que se preocupa por el lenguaje, y aporta un cierto coloquialismo que no separa demasiado la lengua poética de la hablada; también incorpora reflexiones metafísicas y filosóficas. No siguen, por ello, una línea academicista. Es una generación que huye de lo impostado y del tono solemne, tan frecuente en la dominante literatura falangista de la época como en la propaganda antifranquista que la refleja, usando con frecuencia de una cierta ironía distanciadora. Les liga su condición de intimistas. Muchas de sus características toman cuerpo de algunos miembros de la generación del 98, singularmente de Antonio Machado. En la segunda etapa de esta época, los novelistas consideran que su papel como escritores les obliga a denunciar las miserias e injusticias sociales, pero más desde una perspectiva ética que estrictamente marxista. El periodo coincide con una cierta apertura del régimen franquista y con la traducción por vez primera de muchas obras de autores extranjeros como T. S. Eliot o Paul Celan (y en la que los propios miembros de la generación de los años 1950 participan o editan, como es el caso de Carlos Barral). El referente ético y estético inexcusable que todos admiten es Antonio Machado y la mayor parte de estos autores se agrupan en círculos de amigos en las ciudades de Madrid (Ignacio y Josefina Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Ángel González, Claudio Rodríguez, Juan García Hortelano, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute) o el más activo y menos vario de Barcelona (Carlos Barral , Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Alfonso Costafreda, Jaime Ferrán, Juan Marsé, Gabriel Ferrater, el crítico José María Castellet), grupo este último estudiado por Carme Riera en La Escuela de Barcelona (1988). Junto a estos grupos, hay que apreciar también otros grupos como el poetista (Carlos Edmundo de Ory, Francisco Nieva, Gloria Fuertes, Ángel Crespo entre otros), el importante colectivo andaluz (Aquilino Duque, José Manuel Caballero Bonald, María Victoria Atencia y otros), y figuras sueltas como Ángel González, José Hierro, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, José Manuel Caballero Bonald y otros que, como en cajón de sastre, se suelen incluir en la llamada Escuela de Madrid, más dispersa, cuyo núcleo fundamental es Claudio Rodríguez y se articula en torno al magisterio de Vicente Aleixandre y la revista Ínsula como órgano de expresión. El contacto con los catalanes lo asegurarán Goytisolo, González, Valente y Caballero Bonald, que pueden considerarse indistintamente de un grupo u otro. 13. Blas de Otero Blas de Otero Muñoz nace en Bilbao el 15 de marzo de 1916. Un mes antes había muerto en Nicaragua Rubén Darío, y Juan Ramón Jiménez tenía a punto su Diario de un poeta recién casado. Como si la naturaleza no quisiera dejar vacíos poéticos, estos dos poetas son las voces más persistentes en la formación y en la obra del futuro escritor bilbaíno. Estamos en plena guerra del 14, aquella que permitió a la burguesía española realizar pingües negocios al amparo de la neutralidad, sobre todo en la industria de los metales. Así acrecentó su fortuna en estos años el padre del poeta, aunque también sufrió las consecuencias de la depresión económica que acabó en 1929 con los sueños de los “felices veinte”. Nieto de un capitán de la Marina Mercante y de un famoso médico, diez años le duró a Blas de Otero su infancia de niño rico. Una institutriz francesa (la Mademoiselle Isabel del poema) cuidaba de los tres hijos de la familia, sobre todo del pequeño Blas, su preferido. A los siete años ingresa en el colegio de Doña María de Maeztu, en cuya cálida enseñanza aprende las primeras letras, pero pronto es arrancado de ese refugio para empezar el Preparatorio e Ingreso de Bachillerato en un austero colegio de jesuitas (“yo no tengo la culpa de que el recuerdo sea tétrico”, escribirá más adelante). En Bilbao se sintieron muy pronto los primeros golpes de la depresión posbélica. En un intento de recuperar su fortuna, el padre se traslada con toda la familia a Madrid en 1927. Allí va a descubrir el niño la libertad de las calles madrileñas, los amores infantiles y, siguiendo una vieja tradición familiar, recibirá lecciones de toreo en la Escuela Taurina de Las Ventas. En el Instituto Cardenal Cisneros recibe su título de Bachiller. La muerte de su hermano mayor en plena adolescencia, y dos años más tarde la del padre, amargado por la ruina total, determinan su futuro (“iba a estudiar Letras, pero un hermano que murió a los dieciséis años había iniciado ya Derecho y mi familia me animó a ocupar su lugar”). Lo que Blas de Otero pagó por “ocupar el lugar de otro” fue aprendiéndolo y sufriéndolo a lo largo de toda su vida. Quince años tiene el poeta cuando regresa a Bilbao con su madre y sus dos hermanas. Sobre él recae principalmente, como único varón, la responsabilidad de rehacer la maltrecha economía familiar. A este desvío vocacional seguirán años de renuncias hasta conseguir el título de abogado, mientras oculta las dificultades de la familia en el círculo de amigos que le rodean, todos muy cercanos al ambiente religioso de los jesuitas . En el periódico El pueblo Vasco, él es “el Poeta” que dirige la página “Vizcaya escolar”, voz orgánica de los estudiantes católicos en 1935; publica poemas y gana su primer premio de poesía en el Centenario de Lope de Vega. Su personalidad parece escindida entre el abogado que debe ser y el poeta que es. Así lo advierte el reducido núcleo de sus más íntimos, con los cuales comparte recogidas sesiones de música y la admiración por Juan Ramón Jiménez , verdadero mentor poético de estos jóvenes, con los que el poeta moguereño mantiene frecuente correspondencia y hasta llega a dedicarles La estación total con las Canciones de la nueva luz. Su poesía, junto con la de los clásicos y los primeros libros de la generación del 27, son las lecturas habituales de las tertulias. La Guerra Civil le sorprende con la carrera de Derecho recién terminada. Se incorpora a los batallones vascos como sanitario y, cuando las tropas del general Franco entran en Bilbao, es enviado al frente de Levante. Acabada la guerra empieza a trabajar como abogado en una empresa metalúrgica vizcaína. Escribe crítica musical y de pintura para el periódico Hierro y sigue publicando sus poemas. Dos de estas publicaciones tienen un amplio eco en la prensa del norte, “Cuatro poemas” y Cántico espiritual, éste último resultado del recital que el grupo Alea organiza en el Ateneo en conmemoración del IV Centenario de San Juan de la Cruz. Estos poemas descubren la tensión anímica que el joven soporta al ejercer una actividad profesional que hipotecaba su auténtica vocación, la creación poética, sacrificada a lo que él considera sus obligaciones filiales. Después de madura reflexión abandona la fábrica y en noviembre de 1943 se traslada a Madrid para estudiar Filosofía y Letras, carrera que consideró la más apropiada para satisfacer, al mismo tiempo, sus deberes familiares y su voz interior. En Madrid entra en contacto con los principales poetas que entonces recibían el magisterio de Dámaso Alonso y de Vicente Aleixandre. Pero el deber le llama de nuevo desde Bilbao al recibir la noticia de la grave enfermedad de su hermana, lo que le obliga a abandonar el curso ya empezado. El sacrificio supera lo soportable para un equilibrio mantenido a duras penas en lucha tan tenaz por la propia autorrealización, y sufre una crisis depresiva. Decide ingresar en un sanatorio, pero aquellos métodos curativos no logran acomodar y reducir su rebeldía. Durante varios años Blas de Otero vive en el retiro de su casa y no aparece públicamente hasta que la revista Egan incluye en su primer número (verano de 1948) once de sus poemas con el título de “Poemas para el hombre”. Son el germen de Angel fieramente humano, libro donde resolverá literariamente la transformación que en él se había producido durante la crisis de 1944-45. En medio de la soledad y de angustiosas dudas, su catolicismo ortodoxo, su fe y sus creencias se resquebrajan definitivamente, pero el hombre que sale de este encierro es ya un hombre distinto, dispuesto a vivirse solo en su autenticidad de poeta. Su entorno social, sin embargo, no ha variado, y es bien sabido que la burguesía fija sus estrictas normas y ampara solo a quien se doblega a ellas. Los deberes religiosos y los familiares, los amores, la profesión, constituyen un todo indisoluble que no permiten que la ruptura del inadaptado pueda ser parcial. No hay elección posible, o salvarse perdiendo cuanto había constituido su vida anterior, o perderse y aceptar la norma establecida. Desde 1947 Blas de Otero escribe febrilmente los poemas de su rebelión salvadora, aquellos que formarán Ángel fieramente humano, Redoble de conciencia y Ancia. Al primero se le niega el premio Adonais de 1949 por razones extraliterarias, a pesar de admitirse que era el libro de mayor calidad poética entre los presentados. Al ser publicado el libro, el nombre de su autor salta a la prensa de toda España como el poeta más auténtico y original surgido en aquellos años, impresión que se confirma al año siguiente con la aparición de Redoble de conciencia (1951). Poeta bronco poseedor de un dominio sorprendente de la lengua poética, destaca en medio del panorama un tanto monótono de la poesía de esa época. El año 1952 es crucial para la vida y la obra de Blas de Otero. Por primera vez sale de España. En París entra en contacto con los exiliados españoles comunistas y, a través de sus lecturas y las conversaciones, asume la interpretación marxista de la historia que dibuja una futura sociedad donde reine la armonía, basada en la justicia y la dignidad para todos. Este humanismo utópico le entusiasma y le empuja su voz a un ideal de justicia y solidaridad, emprendiendo una tarea generosa tan inmensa que pueda disculpar la traición a los suyos, además de responder a una necesidad histórica. Ahora ha encontrado la justificación moral a su oficio de poeta, haciendo de la estética la más excelsa ética. Es la realidad la que se le impone con fuerza avasalladora y le impele a encontrar formas poética adecuadas para los nuevos temas. Blas de Otero residió en París algo menos de un año y, de regreso a España, confiesa con cierta ironía: “París me pareció maravilloso e insoportable”. Desea conocer a fondo a las gentes y las tierras de España, que tan hondas huellas dejarán en su poesía. Para ello viaje en el verano de 1954 por las tierras altas de la meseta castellana y de aquí van saliendo los poemas que nombran los pueblos, las esbeltas espadañas, el rostro curtido de los campesinos. Voz de las gentes sencillas que resuena a través del Cancionero y el Romancero tradicionales, en los que Otero encuentra la poesía más decantada y pura, viva aún en el pueblo, protagonista a la vez que conservador de la tradición oral. Desde su vuelta de París Blas de Otero se ha dedicado sólo a la poesía. Vive en Bilbao con su madre y la hermana mayor, que ha tomado a su cargo la responsabilidad del hogar materno. Las conferencias y recitales que da por toda España y la publicación de sus poemas en diversas revistas son sus únicos ingresos, lo que vuelve a plantear el conflicto de siempre entre su vocación y la necesidad de contribuir a la economía familiar. No era fácil escribir en un país que imponía el silencio a un hombre cuya historia personal y poética corría paralela a la historia de su patria oprimida bajo la dictadura. Cuando intenta publicar un libro al que titula significativamente Pido la paz y la palabra, tropieza con la prohibición de la censura : la palabra ha de ser enmascarada, la paz se ha convertido en un vocablo subversivo. Por fin, salen a la luz estos poemas donde ha tenido que sustituir algunas palabras por otras inofensivas para la dictadura: “dios” se transforma en “sol”, “falanges” se convierte el “alángeles”. Lo que significó Pido la paz y la palabra en la poesía de la mitad de los cincuenta queda patente en las noticias de los periódicos, que lo aclaman como uno de los títulos míticos de la poesía contemporánea y el de mayor repercusión en el extranjero. De 1956 a 1959 Blas de Otero reside en Barcelona y se integra en los círculos de los intelectuales catalanes. Tras inútiles luchas con la censura para publicar En castellano, donde había ido reuniendo los poemas posteriores a Pido la paz y la palabra, su amigo Puig Palau le aconseja reeditar los dos libros de la etapa existencial en un solo volumen, completado con otros poemas de la misma época. El resultado es Ancia, que recibirá al año siguiente el Premio de la Crítica 1958. Estos poemas, sin embargo, no se libran tampoco de los ataques de la censura, más rigurosa ahora que en los años cincuenta, pues elimina versos de Ángel y de Redoble ya publicados en las primeras ediciones de ambos libros. En febrero de 1959 participa en el homenaje a Antonio Machado en Colliure y días más tarde en el de la Sorbona, representando en esta Universidad a todos los escritores españoles. Su obra, que parte de la angustia metafísica para desembocar en lo social y testimonial, es una de las más importantes de la lírica de posguerra, y un ejemplo del llamado "exilio interior" que caracterizó a buena parte de la resistencia contra el franquismo ejercida desde la propia España. Educado con los jesuitas, estudió Derecho en Valladolid y Filosofía y Letras en Madrid. En 1951, a raíz de un viaje a París, ingresó en el Partido Comunista. Vivió largos períodos en Francia y en Cuba. Sus primeros poemarios pusieron de manifiesto sus inquietudes religiosas. En Cántico espiritual (1942), la influencia de los místicos españoles se expresó a través de una fe inquebrantable, pero ya en Ángel fieramente humano (1950) predominó el conflicto metafísico, con exasperados diálogos con Dios en los que se alternan la súplica dolorida y un sombrío nihilismo . A partir de Redoble de conciencia (1951) el grito de angustia individual se proyectó en lo universal, y reflejó el horror provocado por los conflictos bélicos acaecidos en España y Europa. Posteriormente apareció Ancia (1958), título formado con la primera y la última sílabas, respectivamente, de los dos volúmenes anteriores, donde se incluyeron bastantes poemas inéditos. Ancia es quizá la mejor parte de su obra: poesía bronca y "desarraigada" (en calificación de su prologuista Dámaso Alonso), de imprecación religiosa y de intensa desolación existencial; expresión asimismo de una poderosa energía verbal, con predominio de formas clásicas (en especial el soneto), agresiva imaginería y juegos conceptistas , coexistencia de niveles léxicos dispares (culto, coloquial), hábil recurso a la armonía imitativa, empleo del collage . Esta lengua poética singularizará siempre su poesía, a pesar de los cambios. Pero fue Pido la paz y la palabra (1955) el libro que señaló más claramente un cambio de rumbo en su lírica, que a partir de ese momento puso en segundo plano su escepticismo existencial para proclamar una nueva fe en la solidaridad humana y afirmar la necesidad de la esperanza salvadora. La tarea primordial fue "demostrar hermandad con la tragedia viva", lo que consiguió a través de un credo poético combativo y comprometido. En castellano (1960) fue una prolongación de esta preocupación social, mientras que, frente a la "inmensa minoría" que J. R. Jiménez declaró como destinataria de sus versos, de Otero se dirigió a la totalidad de las gentes con libros como Con la inmensa mayoría (1961) y Hacia la inmensa mayoría(1962), compendio de su producción anterior. La voz áspera y agitada del autor, que recordaba frecuentemente el tono crispado de Miguel de Unamuno, continuó pronunciándose en Esto no es un libro (1963), Que trata de España(1964), Mientras (1970) y Poesía con nombres (1977). Abordó también la prosa autobiográfica en Historias fingidas y verdaderas (1970). La insalvable barrera de la censura española le obliga a publicar en la capital francesa En castellano con el título Parler clair, en edición bilingüe. Estos poemas retratan a un poeta comprometido cívicamente con la libertad y también a un hombre en busca de la felicidad propia, por ello se mezclan ambos temas en la edición de En castellano. Se ha dicho que éste es el libro más político del escritor vasco, y puede serlo si atendemos a que en él se denuncia, sin disfraces, una situación política, pero al mismo tiempo es también el libro donde el dolorido sentir aparece desnudo. Entre 1960 y 1964 comienzan los largos viajes del poeta a los países donde ha triunfado la revolución socialista. Primero a la Unión Soviética y China, invitado por la Sociedad Internacional de Autores, luego a Cuba. Blas de Otero intenta conocer de un modo directo la realidad de aquellos países donde las masas habían asumido un papel protagonista. El desconocimiento de la lengua puede ser la causa de que existan pocos poemas en su obra donde se retraten los países del Este. No hay en ellos notas ideológicas sobre el socialismo, aunque sí la esperanza de que el pueblo soviético sea el artífice de la paz; lo que se refleja es el paisaje de esos países, su música, sus danzas (“Birmania”, “Un veintiuno de mayo”). Es la patria lejana la que el poeta escucha resonando en lo lejanos mares de China, y estos poemas escritos fuera de España son un intento de retenerla en la memoria. A finales de 1961 intenta publicar Blas de Otero el nuevo libro Que trata de España, pero la censura elimina casi la tercera parte de los poemas. A pesar de tan feroz recorte, decide editarlo en Barcelona tal y como se le permite, para no ser infiel a un título que habla de España y para los españoles y que solo hubiera podido editarlo completo fuera de la patria. De inmediato contrata la publicación del libro –esta vez sin recortes- en Francia, aunque parte importante de los poemas censurados aparecen previamente en su antología Esto no es un libro (Puerto Rico, 1963). En estos años se le concede el Premio Fastenrath , de la Real Academia Española, y el Internacional Omegna Resistenza. En el otoño de 1963 se traslada a París para la presentación de Qué trata de España, acto que – dada la situación política española- se convierte en un multitudinario rechazo de la dictadura. En la capital francesa, a principios de 1964, recibe una invitación para viajar a Cuba como jurado del premio de poesía “Casa de las Américas ”. En este viaje espera comunicarse directamente con el pueblo cubano – que en esos años vivía una revolución popular-, y paliar así las dificultades que tuvo para conocer la realidad soviética y china a causa del desconocimiento de su lengua. En las prosas de Historias fingidas yverdaderas, escritas durante su estancia en el Caribe, queda constancia de que Otero ha abierto bien los ojos y ha visto a un pueblo alzándose como protagonista de su historia, pese a que no deja de advertir ciertos recortes a la libertad, “lo tal vez evitable” que a media voz escribe el poeta. De Cuba vuelve a Madrid el 28 de abril de 1968. Trae el manuscrito de unas bellísimas prosas, una gran admiración por el pueblo cubano y la experiencia malograda de un breve matrimonio (“no me pesa el amor, pésame el monte/ del desamor: alrededor la muerte). Pero la muerte no es ahora una metáfora , como en sus libros existenciales, sino una amenaza real. En La Habana le han descubierto un tumor canceroso del que es operado nada más llegar a España. Conociendo la gravedad del diagnóstico, Blas de Otero acepta con serenidad su destino. Si en Cuba ha escrito desde 1966 a 1968 las prosas poéticas de Historias fingidas y verdaderas, la posibilidad de la muerte empuja ahora febrilmente su pluma y nacen numerosos poemas que constituirán el núcleo de un futuro libro, Hojas de Madrid. Once años le quedan aún de vida contra todos los pronósticos. Años de fecunda poesía y felicidad inesperada. En aquellos terribles días que siguieron a la operación, cuando todos los caminos se cerraban, vuelve el poeta a encontrar un amor que parecía definitivamente perdido: la novia del Bilbao natal. Juntos de nuevo y ya para siempre fijan su domicilio en Madrid, y en esta ciudad prepara el poeta varias antologías (Expresión y reunión, País, Verso y Prosa, Todos mis sonetos, Poesía con nombres), reedita sus libros, algunos por primera vez en España, como En castellano, o la primera edición completa de Que trata de España. Y sigue creando nuevos poemas, los del póstumo Hojas de Madrid, que queda inconcluso, aunque adelanta veinticinco poemas en Mientras (1970) y varios más en cada una de las antologías citadas, en especial en Expresión y reunión (1969). Durante estos años madrileños vuelve Blas de Otero a sus aficiones predilectas: la música, la lectura, el cine o pasear lentamente “ruando/ como/ un perro en la calle,/ amigo de la calle,/ camarada/ de la calle. Es un hombre que gusta de la compañía de unos pocos amigos y de pequeñas reuniones alrededor de la mesa. No le apetecen los actos oficiales, pero nunca olvida los encuentros con su madre y sus dos hermanas en la casa de Bilbao. Recorre en cortos viajes las tierras de España, Portugal e Inglaterra y acompaña a su mujer, profesora de literatura, en los cursos de verano de Santander y San Sebastián. Participa en los grandes acontecimientos políticos y tiene la alegría de asistir a la llegada de la libertad – que tantas veces había inspirado su pluma- y de recitar sus poemas durante la campaña electoral que inauguró la democracia en España. La muerte le llega por sorpresa en Majadahonda el veintinueve de junio de 1979, pocos meses después de haber cumplido sesenta y tres años. Una embolia pulmonar pone fin de súbito al combate que venía sosteniendo desde hacía un mes con sus bronquios enfermos. El Premio Adonáis de Poesía es concedido anualmente en España por Ediciones Rialp a un poemario inédito en lengua castellana, otorgando también varios accésits. Creado en 1943 (un año antes que el Premio Nadal), toma su nombre de la colección del mismo nombre que, en la editorial Biblioteca Hispánica, dirigía Juan Guerrero Ruiz, gran amigo de Juan Ramón Jiménez y por José Luis Cano quien dirigió la colección durante más de veinte años. En 1946, la colección pasará a manos de Ediciones Rialp, que la mantiene hasta el día de hoy, en que la colección supera los seiscientos volúmenes. A José Luis Cano como director le han seguido Luis Jiménez Martos y, tras su muerte, Carmelo Guillén Acosta. El jurado del premio ha estado formado por grandes figuras de la poesía española como Gerardo Diego, Claudio Rodríguez, Rafael Morales o José García Nieto. Actualmente lo suelen formar, junto al director de la colección, los poetas Joaquín Benito de Lucas, Antonio Colinas, Julio Martínez Mesanza y Eloy Sánchez Rosillo. Entre sus principales ganadores destacan José Hierro, Claudio Rodríguez o José Ángel Valente; entre sus accésits, Antonio Gala, Ángel González o Antonio Colinas; e, incluso, entre sus finalistas, Antonio Gamoneda. Durante su primera época de esplendor, contribuyó al lanzamiento de los principales autores de la posguerra española; después, a la promoción poética de los 50 y al lanzamiento de ciertos nombres coetáneos de los novísimos . El premio nunca ha dejado de lanzar nuevos valores de la poesía española, incluso de los más recientes, tanto en los ganadores: Luis García Montero, Joaquín Pérez Azaustre, Rubén Martín Díaz o José Gutiérrez Román; como entre los accésits: Antonio Lucas, José Luis Rey, Raquel Lanseros o Francisco Onieva. El premio no tiene dotación económica. Al ganador se le edita el libro y se le hace entrega de cien ejemplares de su libro publicado más una escultura de Venancio Blanco; a los accésits se les entregan cien ejemplares de su poemario editado. El premio se falla en diciembre de cada año. 14. Luis Martín Santos Luis Martín Santos (1924/11/11-1964/01/21) fue un escritor vascoespañol. Nació el 11 de noviembre de 1924 en Larache (Marruecos). Hijo de médico militar, siendo niño se trasladó a vivir a San Sebastián en donde transcurrió la mayor parte de su vida. Cursó estudios de Medicina, doctorándose en la Facultad de Madrid, como psiquiatra . De su actividad como psiquiatra y su interés por la filosofía existencialista , se destacan la tesis sobre Dilthey,Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955) y el ensayo Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial (1964). En 1951 gana por oposición la plaza de Director del Psiquiátrico de San Sebastián. Militó en el Partido Socialista, lo que le ocasionó tres detenciones, llegando a ser miembro de la Comisión Ejecutiva. En su faceta como escritor destaca su gran obra central, Tiempo de silencio(1962), que supera la estética de la novela social y, recuperando tópicos de la Odisea de Homero, se vale de las nuevas técnicas, como el uso de la segunda persona y el monólogo interior, lo que le valió ser comparado con Joyce. La continuación, Tiempo de destrucción, quedó inconclusa. El final de su corta vida fue trágico. En 1963 murió su mujer, Rocío, con la que se había casado diez años antes, a consecuencia de un escape de gas. Un año más tarde, el 21 de enero de 1964, un fatal accidente de circulación acabó con la vida de Luis Martín Santos en Vitoria. En definitiva, entre su producción destacan las siguientes obras: Grana gris (1945) Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955) Tiempo de silencio (1961) Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial (1964) Apólogos y otras prosas inéditas (1970) Tiempo de destrucción (1975) La psiquiatría es una rama de la medicina que tiene por objeto el estudio de las enfermedades y de su terapia. Actualmente, a partir de los datos reunidos por la psicología analítica, la neurocirugía y la psicofarmacología, el campo de las enfermedades mentales resulta menos enigmático de analizar, resultando evidente que la enfermedad mental es producto en general de numerosos factores distintos. En la terapia debe tenerse en cuenta tanto los elementos orgánicos como los puramente psíquicos. En suma, pues, la psiquiatría es una rama de la medicina que estudia el diagnóstico, las causas, las formas de evolución y el tratamiento de los trastornos mentales. El término psiquiatría viene de la unión de los vocablos griegos psyke (alma), y iatréia (curación). Todas las enfermedades mentales presentan una serie de síntomas externos. A partir del reconocimiento de dichos síntomas, el psiquiatra debe ser capaz de realizar un diagnóstico de la enfermedad mental concreta a la que remiten y, a continuación, proponer un tratamiento efectivo. En muchos casos, el tratamiento va dirigido al control de los síntomas, pues no se conoce la curación completa de muchos trastornos mentales. Tradicionalmente, la psiquiatría ha abordado la enfermedad mental desde el modelo médico. Según este modelo, los problemas psicológicos tienen causas fundamentalmente orgánicas o físicas, por lo que toda enfermedad mental puede ser tratada como cualquier otra enfermedad física. Por ello, para la psiquiatría tradicional, el tratamiento de los trastornos mentales está basado fundamentalmente en la administración de psicofármacos. Sin embargo, muchos trastornos mentales carecen de una causa orgánica o biológica identificable, por lo que al modelo médico se ha ido sumando la consideración de otros factores de aprendizaje, sociales y culturales que hoy se consideran imprescindibles en el estudio de los trastornos mentales. Es por ello que, en la actualidad, se considera que en la mayoría de los casos, el tratamiento más adecuado consiste en una combinación de fármacos con psicoterapia . Durante muchos siglos, las enfermedades mentales no se consideraban verdaderas enfermedades, sino que se asociaban con la religión y con la magia: la locura se consideraba como un castigo divino o como resultado de brujería, o como una posesión demoníaca. A las personas consideradas locas se las encerraba en grandes manicomios junto a vagabundos, homosexuales, prostitutas… No fue hasta finales del siglo XVIII cuando se reconoció que la locura era una enfermedad. Fue el médico francés Philipe Pinel quien cambió la concepción de la sociedad hacia los enfermos mentales. Pinel propugnaba que los enfermos mentales no debían ser tratados como criminales, sino como seres humanos que merecen un tratamiento médico. Pinel escribió un manual en el que clasificaba las enfermedades mentales en cuatro tipos: manía, melancolía, idiocia y demencia, y explicaba su origen por la herencia y las influencias del ambiente. A partir de este cambio de perspectiva promovido por el médico francés, comenzaron a aparecer numerosos investigadores que se esforzaban en encontrar explicaciones y tratamientos para la la enfermedad mental. Muchos de ellos son considerados hoy en día como padres de la psiquiatría: Esquirol, Franz Anton Mesmer, Jean-Martin Charcot, Paul Broca , etc. Durante el siglo XX, la psiquiatría vivó una nueva revolución, gracias a la aparición de las clasificaciones de trastornos mentales, al desarrollo de un amplio abanico de psicoterapias y tratamientos psicológicos, así como con la aparición de la psicofarmacología (el estudio científico de los fármacos destinados a tratar las enfermedades mentales). Muchas de las enfermedades mentales dependen fundamentalmente de fármacos, como la esquizofrenia o el trastorno bipolar; otras, en cambio, necesitan también de terapias psicológicas. Entre los psiquiatras más famosos del siglo XX cabe destacar al suizo Eugen Bleuler, quien dio nombre por primera vez a la “esquizofrenia”; al alemán Karl Jaspers, cuyos estudios sobre la mente humana influyeron notablemente en la psicopatología y en la psicoterapia en general; al también alemán Ernst Kretschmer que elaboró una tipología de la constitución del cuerpo humano en la que distinguía dos tipos corporales principales: el leptosómico y el pícnico. Kretschmer relacionaba el tipo leptosómico con la tendencia a la esquizofrenia y el pícnico con la tendencia al trastorno bipolar; y al estadounidense Adolf Meyer, quien desarrolló un concepto psicobiológico de la psiquiatría en el que se integraban tanto aspectos biológicos como psicológicos a la explicación de las causas y al tratamiento de los trastornos mentales. Por otra parte, durante los años sesenta surgió en Inglaterra una corriente conocida como antipsiquiatría. Se trataba de un movimiento social, promovido por Ronald D. Laing y David G. Cooper , que ponía en duda la existencia real de la enfermedad mental y aseguraba que ésta no se trataba más que de un mito, de una etiqueta arbitraria utilizada para descalificar a las personas. Las principales quejas de la antipsiquiatría radicaban en que la psiquiatría usa herramientas y conceptos médicos inadecuados y obsoletos; que trata a los pacientes en contra su voluntad; que está ligada por criterios económicos a la industria farmacéutica; y que utiliza sistemas de clasificación y de diagnóstico que estigmatizan a las personas que padecen una enfermedad mental. La antipsiquiatría como movimiento social tuvo una existencia efímera, sin embargo, muchas de sus reivindicaciones permanecen en el sentir general de muchos profesionales de la salud mental. Por último, psiquiatría y psicología son dos áreas que suelen confundirse, dado que ambas se ocupan de la mente humana. La psiquiatría es una disciplina médica cuyo objetivo fundamental es realizar un diagnóstico a partir de unos síntomas para desarrollar un tratamiento. La psicología es una disciplina que estudia la mente humana de forma más amplia y además de ocuparse del ámbito clínico (psicología clínica) se ocupa de otras áreas de la conducta humana no ligadas a la enfermedad mental (psicología del deporte, psicología del trabajo, psicología del aprendizaje, etc.). La principal diferencia entre un psiquiatra y un psicólogo es la formación médica del primero, y, en consecuencia, la capacidad de recetar fármacos como parte del tratamiento de un paciente con una enfermedad mental. Un psicólogo no puede, en ningún caso, recetar fármacos, ya que no es un médico. La Psiquiatría es una rama de la medicina cuyo objetivo es el estudio y tratamiento de las enfermedades mentales, de las alteraciones patológicas de la vida psíquica. El Psicoanálisis es un método de investigación psicológica que, según su fundador, Sigmund Freud, cura las enfermedades mentales mediante la interpretación de las conductas, de los sueños, de los discursos aparentemente ambiguos y de todos los campos en los que interviene el inconsciente de un individuo. En resumen: Luis Martín Santos (Larache, 1924-Vitoria, 1964) fue hijo de padre militar, destinado en el entonces Marruecos Español, se trasladó muy joven a San Sebastián, donde estudió bachillerato. Más tarde, marchó a Salamanca, donde en 1946 se licenció en Medicina, y posteriormente a Madrid, donde se doctoró, mientras colaboraba con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Fue director del Sanatorio Siquiátrico de San Sebastián. Un accidente automovilístico, truncó su carrera. Además de numerosos libros de carácter médico, es autor de ensayos, relatos cortos, poemas y novelas. No vamos a despistarnos a la hora de comentar la figura de Yuri M. Lotman, que dio lugar a la Escuela Semiótica de Tartu-Moscú. Nacido en Petrogrado (luego, Leningrado; hoy, San Petersburgo), Rusia, en 1922, en el seno de una familia judía acomodada. Estudió lengua y literatura en la Universidad de Leningrado. Su carrera académica se desarrolló en la República Soviética de Estonia, en la Universidad de Tartu, donde creó una de las más prestigiosas escuelas de semiología y editó la que sería revista de prestigio internacional Trudy Po Znakovin Sisteman. Su amplia obra le convierte en la figura central de la semiótica cultural. En sus análisis sobre la entropía del texto literario aplicó los modelos matemáticos de Kolmogorov. Perteneció a diversas academias europeas y americanas y fue distinguido con el 'honoris causa' en universidades como la Libre de Bruselas y la de Praga. Entre otros libros, han sido traducidos a la lengua española: Estructura del texto artístico, Istmo, Madrid, 1978; Estética y semiótica del cine, Gustavo Gili, Barcelona, 1979; Semiótica de la cultura, Cátedra, Madrid, 1979; La semiosfera, Cátedra, Madrid, 1996; Acerca de la semiosfera, Episteme, 1996; Estructura del texto artístico, Istmo, 1988; Cultura y explosión: lo previsible y lo imprevisible en los procesos de cambio social, Gedisa, Barcelona, 1999; La semiosfera III, semiótica de las artes y la cultura, Cátedra, Madrid, 2000. Sin pretender profundizar más en las particularidades de la recepción de la Escuela de Tartu nos gustaría subrayar de nuevo que, para los miembros de la Escuela de Tartu, más importante que su lugar en las corrientes científicas contemporáneas fue precisamente la sensación de interacción con sus sucesores, la sensación de ruptura con las líneas del desarrollo natural de la ciencia nacional y el deseo de restaurar la unidad de los tiempos. Así que, desde el punto de vista de la herencia, realmente se le puede llamar Escuela de Tartu-Moscú o Escuela de Tartu-Leningrado- Moscú. La semiótica cultural se centra en el estudio de los sistemas de significación creados por una cultura. Para Umberto Eco, la semiótica se convierte en una teoría general de la cultura y en último análisis un sustituto de la antropología cultural y la etnología . Por otra parte, Howard Gardner, plantea que el dominio de los símbolos es idealmente adecuado para salvar la brecha entre antropología y biología en la comunicación. En su libro Estructuras de la mente diferencia las corrientes de simbolización, de las ondas y los canales, como bases del desarrollo de la inteligencia en una cultura. Por su parte, Yuri Lotman es uno de los semiólogos que se ha centrado en la cultura. Acuñó el término semiosfera para hacer referencia a los sistemas de significación creados por la mente humana. La semiósfera, o biosfera semiótica, es el mundo de los signos en el que todos los humanos viven e interactúan. Los signos son representaciones que conforman un espacio delimitado con respecto del espacio que lo rodea, que sería el espacio extrasemiótico. Estos ámbitos se encuentran divididos por una frontera de puntos que pertenecen a ambos espacios, la cual actúa como filtro y como traductor. Esta traducción se articula dando sentido a la realidad extrasemiótica, es decir, otorgando sentido dentro de alguno de los sistemas semióticos. Según Yuri Lotman, la semiosfera funciona como un espacio de contención ante la violencia del mundo, el cual es formado por códigos. En este sentido, la semiósfera es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiótica. El concepto general de la semiósfera remite a la idea de que el espacio de la semiosis no es homogéneo, ya que existen esferas únicas de sentido, así como “semiósferas particulares”, que serían los espacios individuales o pertenecientes a distintos grupos sociales e históricos. Dada la heterogeneidad de la semiósfera, como un conjunto de distintas manifestaciones semióticas, el mecanismo de traducción adquiere una relevancia especial, ya que toda relación comunicativa es una relación de traducción. Aunque los diversos sistemas semióticos no aparecen definidos de forma inequívoca en el planteamiento de Lotman, el concepto de cultura, ligado indisolublemente al de semiosis , actúa como un estructurador. Para Yuri M. Lotman, los puntos de la frontera semiótica o de la semiósfera pueden ser equiparados a los receptores sensoriales que traducen los irritantes externos al lenguaje de nuestro sistema nervioso, o a los bloques de traducción que adaptan a una determinada esfera semiótica del mundo exterior a ella. Esta idea se centra en 2 puntos: la idea de que hay un mundo que se habita y la noción de que los mecanismos de traducción y filtro integran lo extrasemiótico en lo semiótico, lo cual deriva en una concepción del intercambio comunicativo como un proceso de recodificación.

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