miércoles, 27 de enero de 2021

El País Vasco en la Edad Moderna (II)

3. Actividades económicas de Euskadi en los siglos XV y XVI En sus líneas esenciales la estructura de la sociedad vasca en la Baja Edad Media es muy similar a la de la época anterior, el famoso esquema tripartito clero, nobleza, campesinos, en el que se han ido haciendo un hueco los pobladores de los núcleos urbanos que forman la burguesía. El concepto de “burguesía ” es de difícil definición y especialmente polémico cuando se aplica a épocas anteriores al siglo XIX. Más que una burguesía, hay que considerar distintas burguesías. El término designaba en origen a los habitantes de los burgos medievales, quienes, en su totalidad o una oligarquía mercantil, solían gozar de privilegios jurídicos y económicos concedidos por el señor o el rey. Precisamente, uno de los datos nuevos que conviene destacar es el creciente protagonismo como grupo social dirigente que irán adquiriendo las clases burguesas a lo largo de los siglos XIV y XV. Durante este tiempo el conjunto de la sociedad vasca, al igual que toda la europea, se vio afectada por una profunda crisis o gran depresión, que la historiografía denomina como crisis bajomedieval o crisis del feudalismo , entre otras expresiones. Se pueden señalar algunos aspectos característicos de esa crisis como la paralización de las roturaciones, la caída de la productividad agrícola, crisis de subsistencia, hambrunas, incremento de la mortalidad, retroceso demográfico, etc. Sobre un panorama de por sí sombrío incidirá gravemente la peste, especialmente la Peste Negra de 1348, que fue el último eslabón de un cortejo de tragedias. Muchos campesinos sucumbieron entonces y entre los supervivientes no fueron pocos los que optaron por huir del campo y refugiarse en las villas, buscando un nuevo horizonte de vida. Este fenómeno afectó a las rentas que los señores recibían de los campesinos, que iniciaron un acusado descenso. Los esfuerzos por mantener el prestigio social y la fuerza de los linajes y la desesperada búsqueda de ingresos para frenar la caída de las rentas señoriales dará lugar en el territorio vasco a una interminable serie de guerras, por lo general de tipo privado y alcance muy limitado, especialmente frecuentes en el siglo XV, que se conocen como luchas de bandos o conflicto banderizo, y que son expresión de una acentuación grave de la conflictividad social. La peste es una enfermedad infecciosa y contagiosa, cuyo agente patógeno es la bacteria Pasteurella pestis y que se transmite al hombre fortuitamente, a través de la picadura de algunas especies de pulgas que infestan a ratas enfermas. La peste se conoce desde la antigüedad por las gravísimas epidemias que afectaron Europa en los siglos VI-XIV. Lope García describe en sus Bienenadanzas e fortunas este complejo e interminable conflicto. Los principales bandos fueron los oñacinos y gamboínos, que actuaron en Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Lapurdi. Unas veces los nobles rurales se enfrentarán entre sí, otras lo harán con sus propios campesinos, a los que presionan cuanto pueden para tratar de contener la caída de las rentas señoriales, y otras, por último, se enfrentarán con los habitantes de las villas. El objetivo clave de los enfrentamientos es la pretensión de valer más , por utilizar la conocida expresión del cronista banderizo, que se traduce en un mayor poder, más rentas y más vasallos. La solución a esta conflictividad social tardará en producirse, y no llegará hasta finales del siglo XV, ya durante el reinado de los Reyes Católicos, que culminaban los esfuerzos pacificadores iniciados con anterioridad por Enrique IV. En este proceso pacificador jugaron un papel muy importante las Hermandades provinciales, asociaciones de villas que disponen de una fuerza armada, cuya eficacia fue decisiva para la sumisión de la nobleza rural banderiza, liderada por los llamados parientes mayores. La palabra crisis designa un período breve de cambio decisivo, un punto de inflexión que determina la supervivencia o la desaparición de un individuo, una institución, una condición, etc; en sentido más amplio indica un período, breve o largo, de inestabilidad y de dificultades, o de transformaciones rápidas y profundas. La idea se imbrica con los conceptos de decadencia y de declive, y en economía con los de recesión y depresión. Crisisn es una de las nociones más utilizadas en historia y en ciencias sociales, pero es también un concepto ambiguo e impreciso, debido al uso a veces indiscriminado que se hace del término, empleado para describir desde situaciones revolucionarias hasta cualquier tipo de tensión en las relaciones internacionales, y, en general, cualquier situación de dificultad en cualquier ámbito. Partimos de los valles interiores de la provincia de Bizkaia, un enclave de relieve poco escarpado, sembrado de pequeños núcleos de población y de caseríos, en el que se conservan notables muestras de arquitectura religiosa. El itinerario se acerca al mar en Ondarroa, en cuyo puerto amarra una de las principales flotas de altura del Cantábrico, y tras recorrer la costa hasta Lekeitio, visitamos Gernika-Lumo, que, junto a su importante patrimonio y sus valores como villa histórica vasca, ofrece su privilegiada situación geográfica en el enclave natural de Urdaibai, la zona húmeda más importante del País Vasco. 4. Evolución demográfica de las Vascongadas La escasa información documental, aunque superior a la de estapas anteriores, apenas permite hacer una aproximación a la evolución de la demografía de Vasconia en los dos últimos siglos medievales, marcada profundamente por el impacto negativo de la Peste Negra de 1348. Las contadas fuentes de que disponemos son tardías y de carácter fiscal, aunque susceptibles de proporcianar información indirecta de carácter demográfico. Las más importantes proceden de Navarra, como los Libros de monedaje (impuesto que se pagaba al acceder al trono un nuevo monarca), siendo el más antiguo el de 1266, o el Libro de fuegos de 1366, que proporciona una precisa información sobre las consecuencias de la Peste Negra. La tierra de Ultrapuertos dispone de algunas Encuestas, como la de 1350-1353 y la de 1412-1423, y el País de Soule cuenta con el Censier de 1377 y el Terrier de Mauleón de 1525. En el caso de Labourd destaca L'enquête de Eduardo II de Inglaterra de 1311. Para los territorios de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya los primeros testimonios son de fines del siglo XV o principios del XVI. El término alodio es de origen germánico, y su significado originario es objeto de discusión, si bien prevalece la idea de que, en el período posterior a las invasiones bárbaras, definía el patrimonio inalienable del grupo familiar. A partir del siglo VIII, alodio , o tierras alodiales, designa la tierra poseída individualmente y libre de cargas, prestaciones o derechos; es decir, la plena propiedad, en contraposición a los bienes comunales, en arrendamiento, en feudo, etc. Se usa tanto para la pequeña propiedad como para el latifundio. Hasta finales del siglo XIII la población mantuvo un ritmo de crecimiento sostenido, que se interrumpió como consecuencia de la ruptura del equilibrio entre la producción de alimentos, que se estanca, y la demanda de consumo de una población que ha llegado a cifras relativamente altas, lo que genera crisis de subsistencias, debilitamiento general de la población e incremento de la mortandad. Sobre ese panorama incidirá gravemente el impacto de la Peste Negra de 1348, la más grave de todas, pero que también afectaron posteriormente otras oleadas infecciosas, en los años 1362, 1382-1383, 1399 y 1400-1402. Es imposible evaluar con exactitud el impacto de la Peste Negra en la demografía , que en cualquier caso fue desigual, muy importante en algunas zonas de Navarra, como la merindad de Estella, y bastante menor en los territorios costeros. Una de las expresiones más claras de la caída de los efectivos demográficos nos lo ofrece la aparición de despoblados, lugares que quedaron sin pobladores, aunque en algunos casos se explican más por fenómenos de redistribución de la población como consecuencia de la peste. A partir de 1430-1440 se observan claramente los síntomas de reactivación económica y de crecimiento demográfico, visibles a través de la expasión agraria con la puesta en explotación de nuevas tierras, reocupación de lugares que habían sido abandonados y ampliación del perímetro de los núcleos urbanos, mediante la aparición de arrabales y la compactación del caserío, que se va extendiendo por los solares vacíos y crece en altura, como podemos observar a través de los ejemplos de Vitoria, Mondragón, Bilbao, Lequeitio, Durango, etc. En el caso de Navarra los conflictos político-militares dificultaron la recuperación demográfica, tan sólo constatable en siglo XV en la Montaña, con una economía de base ganadera, forestal y ferrona. De hecho Navarra no recuperaría la población de la segunda mitad del XIII hasta principios del siglo XVI, cuando alcanza los 24.000 fuegos u hogares. Para Álava el " acopiamiento " o vecindario de 1537 nos da unas cifras de 14.054 vecinos, equivalentes a unos 60.000 habitantes, una cifra muy similar a la de Guipúzcoa, mientras que Vizcaya rondaría los 65.000 habitantes. La mayor parte de esta población tenía carácter rural y habitaba en caseríos y aldeas, y sólo un poco más de la tercera parte residía en las villas, entre las que destacaban por su tamaño a fines del siglo XV Vitoria y Bilbao, con más de 5.000 habitantes. “Brazo secular” designa la autoridad del magistrado civil en contraposición al eclesiástico y, en particular, el poder de ejecutar las órdenes y sentencias que los tribunales eclesiásticos podían dictar, pero no llevar a efecto. Es el caso, por ejemplo, de los tribunales de la Inquisición, cuyas sentencias eran ejecutadas por las autoridades seculares. La demografía es la ciencia que estudia la estructura, los movimientos y la dinámica de la población, es decir, su composición por tipos de edad, sexo, religión, etc., y sus continuas variaciones. 5. El sistema político foral y la construcción de las provincias vascas Un hecho incuestionable de la singularidad del pueblo vasco es su lengua que junto a los modos de vida, las formas jurídico-administrativas propias, la arquitectura y el folcloreson la clave del mantenimiento de su identidad. El tan debatido y no resuelto origen del euskara o lengua vasca es fuente de varias teorías, la más fundada es la de una evolución de un idioma preindoeuropeo que hace siglos tenía unos límites más amplios que los actuales. Los países no son esencias sino construcciones históricas, devenires. Como en toda Europa, la historia política de vascos y navarros durante la Edad Moderna no se puede entender desde los conceptos contemporáneos de Nación o de Estado, sino más bien en términos de adscripción a las comunidades políticas que existían entonces, como las comunidades locales o los reinos y provincias, en la medida en que estas se fueron construyendo. Cuando llegan a la Edad Contemporánea, las provincias vascas o el reino de Navarra constituían comunidades políticas diferentes que se habían ido vertebrando como tales a lo largo de la Edad Media y de la Edad Moderna, en el marco de las monarquías europeas. Aquella construcción de las provincias supuso un largo proceso de integración de comunidades locales de muy diversa índole en el seno de unidades políticas superiores y constituyó el proceso político más significativo de la Edad Moderna. Cada reino o provincia se fue configurando no como una unidad política homogénea, sino como un agregado de villas, valles, aldeas y corporaciones de todo tipo, cada una de las cuales mantenía su particular constitución, con una gran pluralidad de jurisdicciones, leyes particulares y poderes concurrentes. Carlos Ferrera Cuesta nos aclara en su Diccionario de historia de España que: “Con los antecedentes de la época romana, la provincia persistió en la Edad Media como una entidad territorial de carácter intermedio más, aunque eclipsada por otras más importantes como las merindades o las veguerías.La introducción por los Borbones de los Intendentes , que tenían como ámbito de acción la provincia, reforzó indirectamente su papel, a lo que se añadió la creación de algunas demarcaciones nuevas. En 1833 Javier de Burgos implantó la división provincia, la cual, con (1927), ha perdurado hasta la actualidad.” Desde la Edad Media, a las primitivas comunidades de la "tierra llana" se habían ido superponiendo las villas, los señoríos y la Iglesia, con sus jurisdicciones e instituciones. Las villas, de fundación real o señorial, se regían por un derecho propio y estaban en la órbita de la jurisdicción real o señorial. En los señoríos de Álava y de Navarra, el señor tenía derecho a ejercer justicia e intervenía en la elección de alcaldes. La Iglesia ejercía su jurisdicción en las diócesis y vicarías. También las corporaciones (gremios , cofradías) regulaban espacios de poder con una influencia nada desdeñable, como el Consulado de comerciantes de Bilbao o la cofradía de Santa Catalina de San Sebastián. Sobre este entramado se superpusieron las instituciones de la provincia, del señorío o del reino y, por encima, las de la Corona de Castilla, con sus representantes: virrey en Navarra, corregidores en Guipúzcoa y Vizcaya, y Diputado general en Álava. El vínculo de estas comunidades con el rey era una relación contractual que comprometía a ambas partes: ellas reconocían el poder arbitral del monarca y éste velaba por el respeto de los fueros de cada una de ellas. El "pase foral" y la "sobrecarta" eran los procedimientos utilizados por estas comunidades para controlar que las disposiciones reales no contrariaran los fueros. A lo largo de la Edad Media, las comunidades locales se habían ido vertebrando en unidades políticas mayores a través de conquistas o pérdidas territoriales, vinculaciones de territorios a una entidad política mediante el mayorazgo , la reordenación del espacio en torno a las villas, núcleos dotados de fueros y jurisdicción, los pactos entre poderosos, las hermandades de comunidades, etc. En el Valle de Trápaga-Trapagaran, se encuentran las minas de hierro de La Reineta y La Arboleda, que surtieron históricamente la siderurgia vizcaina. La construcción de los diferentes cuerpos políticos forales varió tanto en el ritmo como en los resultados. El reino de Navarra alcanzó en fechas muy tempranas una configuración política como reino, con una organización institucional compleja y elevada. Las provincias de Guipúzcoa y Álava se formaron en torno a la Hermandad de sus villas y concejos, agrupados para defenderse de los malhechores y banderizos, y fueron cuajando política y territorialmente desde el siglo XIV o el XV. En el Señorío de Vizcaya el proceso fue lento y complicado, retrasándose por el clima de violencia social y la división territorial. El paisaje forestal y agrícola de la comarca de las Encartaciones, que tuvo fueros propios hasta su integración en el Señorío de Bizcaya a finales del siglo XIV, se transforma en un entorno industrial y portuario. La construcción política y territorial de las provincias se apoyó en dos elementos importantes, la formación de un derecho foral y las juntas territoriales. Lejos de ser un reclamo folclórico, el artesanado vasco sigue manifestándose con plena pujanza y disfruta de un público fiel a las cosas hechas a la antigua usanza. Los mercados semanales que se celebran en los pueblos constituyen un lugar idóneo para contemplar las habilidades de los artesanos y adquirir sus realizaciones. La constitución progresiva de un armazón jurídico foral fue un elemento esencial de aquel proceso. Los fueros de cada provincia recopilaban un corpus jurídico muy variado, compuesto por elementos del derecho consuetudinario, por los fueros y privilegios concedidos por el monarca, los cuadernos u ordenanzas de Hermandad, los capitulados de concordia, los acuerdos de las Juntas o de las Cortes, las reales cédulas o provisiones referidas al ordenamiento foral, la jurisprudencia de las audiencias y chancillerías, etc. Todos estos textos fueron ampliando y precisando el campo del derecho foral privado y público, diferente según los territorios, y a ellos se añadían los usos y costumbres que regulaban muchos aspectos de la vida cotidiana y de la esfera institucional. Las Juntas Generales de Vizcaya eran el máximo órgano de gobierno del Señorío de Vizcaya. Las Juntas podían reunir aun total de 101 apoderados. El Muy Noble y Muy Leal Señorío de Vizcaya fue un territorio con organización política propia existente en la actual provincia de Vizcaya desde el siglo XI hasta 1876, en que fueron abolidas las Juntas Generales de Vizcaya y el régimen foral vizcaíno. Un sistema de asambleas y juntas corporativas constituía el entramado institucional. El gobierno local de las villas y aldeas evolucionó de forma significativa a lo largo de estos siglos, pasando del concejo abierto de vecinos al concejo cerrado o gobierno mediante regimiento. Esto se produjo primero en las grandes villas, desde finales de la Edad Media, se extendió progresivamente a las villas medianas y pequeñas, y se impuso definitivamente en las aldeas en el último tercio del siglo XVIII. Las villas se regían por sus fueros y ordenanzas, gozaban de autonomía jurisdiccional, elegían a sus autoridades y su alcalde ejercía la justicia ordinaria local. En cambio, la mayor parte de las aldeas o anteiglesias de los valles cantábricos se gobernaban mediante el derecho consuetudinario y la asamblea de los amos de las casas vecinales. En las villas, las diversas corporaciones de mercaderes, mareantes, pescadores, ferrones y artesanos dirigían sus actividades mediante juntas como las de los consulados de comerciantes, cofradías de mareantes y pescadores, hermandades de artesanos o dueños de ferrerías mayores. A escala más amplia, existían desde antiguo determinadas formaciones territoriales con asambleas propias que se mantuvieron con amplia autonomía en el seno de las provincias a lo largo de este periodo. En el señorío de Vizcaya, además de las villas y las anteiglesias de la Vizcaya nuclear, se integraban el Duranguesado, con sus Juntas de Merindad hasta 1876, y las Encartaciones, con las Juntas de Avellaneda hasta principios del sislo XIX. En Álava, las hermandades se agrupaban en seis cuadrillas. En Navarra, los valles pirenaicos de Salazar, Aezcoa, Roncal y Baztan se gobernaban por sus respectivas Juntas Generales. La construcción política de las provincias o del reino se apoyó especialmente en el desarrollo de las Juntas Generales de cada provincia y de las Cortes del reino de Navarra. En las Juntas de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava la representación se hacía por concejos o territorios, mientras que en las Cortes de Navarra por estamentos. A escasa distancia de la costa guipuzcoana se puede disfrutar ya de un paisaje típico de la montaña. A parte, el actual árbol de Gernika se trasplantó en 1860 del árbol anterior o Árbol Viejo, que murió en 1892, cuando contaba unos 200 años de edad; de este árbol se conserva el tronco. Las Juntas se trasladaron en el siglo XVIII a la cercana ermita juradera de Nuestra Señora Santa María la Antigua, consagrada en 1418, aunque siguieron iniciándose al pie del árbol. La constitución agregativa de estas provincias se concretó mediante el gobierno por juntas, esto es mediante reuniones de los representantes de las diversas comunidades locales. A lo largo de la Edad Moderna estas instituciones fueron cobrando mayor entidad. Al principio, en muchos casos los procuradores que asistían a ellas eran enviados por sus concejos con un mandato imperativo que limitaba sus decisiones, sin poderse apartar de ello a menos que se consultara al concejo de nuevo. Progresivamente se fue hacia una preeminencia cada vez mayor de las instituciones provinciales, mediante la negación del "mandato imperativo", el carácter vinculante de los acuerdos de las Juntas para todo el territorio, y el aumento de la tutela y vigilancia de las normas forales, aunque se mantuvo en buena medida la antigua organización autónoma de las comunidades locales. A partir del siglo XVI, las provincias se consolidaron también por la acción de las diputaciones, órganos permanentes delegados por las Juntas periódicas para hacer efectivo el gobierno durante los intervalos entre las reuniones. A finales del siglo XVIII, y sobre todo en la primera mitad del XIX, la Diputación se impondría definitivamente como el verdadero gobierno de la Provincia, con un personal especializado y permanente, una fiscalidad reforzada y unas funciones centrales, acumulando una buena parte de las funciones que habían estado tradicionalmente en manos de las comunidades locales. En la práctica, la articulación de tan diversos elementos territoriales, sociales y corporativos en el seno de cada provincia era compleja y requería un marco de relaciones flexible con las diferentes comunidades y corporaciones. Aunque éstas se articulaban, en principio, en las instituciones de la provincia, habitualmente era necesario buscar el entendimiento mediante negociaciones y acuerdos entre las diferentes instancias corporativas, o mediante "conferencias" entre las partes implicadas para superar discrepancias o para tratar temas de interés común. Aquella pluralidad de jurisdicciones fue una fuente continua de litigios, de tal modo que la discrepancia y la concurrencia entre instituciones se resolvía frecuentemente por la vía judicial. Además de los tribunales señoriales y eclesiásticos, las provincias y los reinos poseían sus propios tribunales superiores. En el reino de Navarra, la Cámara de Comptos, la Corte Mayor y, en apelación, el Consejo Real de Navarra, tribunal de máximo rango. En Guipúzcoa y Vizcaya, las audiencias del corregidor o del corregidor y diputados. En Álava, el tribunal para los casos de Hermandad, formado por el Diputado general y los consultores. Para las apelaciones, las tres provincias se dirigían a la Chancillería de Valladolid (donde el Señorío de Vizcaya poseía su sala particular y Juez mayor, que juzgaba según el fuero de Vizcaya) y, en último recurso, al rey y sus consejos, especialmente el Consejo de Castilla. Las sentencias de estos tribunales fueron un elemento importante del ordenamiento foral. Se llama chancillería al antiguo tribunal superior de Castilla encargado de administrar justicia. Por otro lado, suelo de un pueblo de ancestrales orígenes, el País Vasco aparece destacado en la península Ibérica, atrapado entre la escarpada costa cantábrica y la depresión del Ebro, y se puede advertir cómo las peculiaridades de su cultura son hondamente sentidas por los habitantes de esta tierrra en las múltiples manifestaciones que conforman su legado cultural y artístico. El pueblo vasco ha dado grandes artistas plássticos. Basta recordar en este sentido nombres de la talla de Ignacio Zuloaga, Eduardo Chillida o Jorge de Oteiza. De las excelencias del País Vasco ha dado fiel testimonio Julio Caro Baroja, aunque no por ello el célebre antropólogo ha dejado de poner una semilla de discordia, traducida en la denuncia hacia una falta de sensibilidad respecto al patrimonio, manifestada en un derribo histórico a todos los niveles. Sin embargo, en la base de este lejano y aparente desinterés se encuentra la siempre difícil política vasca. de Valladolid y agentes comisionados en Corte para mover sus asuntos. Sin embargo, el éxito de las negociaciones dependió muchas veces de la mediación en la Corte de personajes influyentes originarios del país. A lo largo de estos siglos, y especialmente en el XVIII, hubo en la Corte poderosos lobbies de navarros, vizcaínos, encartados o guipuzcoanos, muy encumbrados en el gobierno de la monarquía, que actuaban como valedores de sus comunidades para conseguir o defender sus privilegios. Desde el siglo XVIII y sobre todo en las primeras décadas del XIX, el espacio y las instituciones provinciales se consolidaron. Las instituciones fueron creciendo y acaparando funciones, se consolidaron una administración y una fiscalidad provinciales, se desarrolló la red de caminos, y se impuso una élite que pretendía articular el espacio provincial por encima de lealtades locales o corporativas. Así mismo, en el siglo XIX se acentuaron las relaciones interprovinciales mediante conferencias de procuradores de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa para resolver los conflictos entre las provincias o para tratar asuntos comunes como la conservación de los fueros. El País Vasco se sitúa en un extremo del norte peninsular, abierto al mar Cantábrico y fronterizo con Francia. Su historia se remonta al paleolítico , cuando los primeros moradores de estas tierras habitaban las zonas montañosas y se dedicaban a la caza y la pesca; posteriormente, hasta los albores del siglo XV, la sociedad vasca evolucionó a partir de dos modos de vida diferenciados: uno, que perduraría en el tiempo, fundamentado en la agricultura y radicado en los valles y otro dedicado al pastoreo en las montañas. La cultura y el folclore de esta comunidad hunden también sus raíces en los ancestros de la historia, y llegan hasta la actualidad con un gran arraigo popular y una lengua transmisora que recupera lentamente su salud. Cada una de las tres provincias vascas es una región en sí misma, geográfica, histórica, económica, social y culturalmente. El régimen foral está vigente desde la Edad Media en el País Vasco y Navarra, se consolidó en la Edad Moderna al sobrevivir a la centralización del Decreto de Nueva Planta de Felipe V. Implicaba la existencia de instituciones propias (Juntas Generales en el caso vasco y Cortes en el navarro), de exenciones fiscales y militares, de un régimen económico con aduanas respecto a Castilla y Aragón, y del derecho al “pase foral”, por el que se podían suspender aquellas medidas regias consideradas contradictorias con los Fueros. Tras la guerra de la Convención, Godoy pretendió abolirlo por la escasa resistencia de la zona frente a Francia, pero hubo de claudficar ante la revuelta de 1804 (Zamacolada). El término fueros fue usado en época medieval con un doble sentido: por un lado, como el conjunto de usos y costumbres de época inmemorial recogidos por escrito y reconocidos como ley en un lugar; y, por otro, como las libertades, privilegios o exenciones de las habituales obligaciones regias o señoriales fruto del proceso de repoblación ene l que era necesario atraer con esas ventajas a nuevos moradores a las zonas recién conquistadas. En la Castilla bajomedieval existió una tendencia a los intereses de la monarquía. 6. La población y las actividades económicas en la edad moderna del País Vasco 6.1. El siglo XVI: prosperidad demográfica y económica La provincias vascas, con unos 60.000 habitantes por provincia, tenían una densidad media de 30 hab/km², relativamente alta para la época. Navarra, con unos 145.000 habitantes en 1553, rondaba los 12 hab/km². Durante los dos primeros tercios del siglo XVI continuó la expansión demográfica del siglo anterior, en un contexto de auge económico de la agricultura, la industria, el comercio y la pesca. El relieve del País Vasco es un complejo de montes y valles en el que cabe distinguir dos grandes unidades: las montañas costeras, formadas por las sierras de Gorbea, Aitzgorri y Aralar, con cumbres de 1.500 metros, que separan las tierras litorales de las continentales; y un llano interior, la Llanada de Vitoria, que está separado del valle del Ebro por los montes de Vitoria. El caserío, rodeado de huerta, pasto para el ganado y bosque para el aprovechamiento forestal, es la unidad básica de explotación agraria y ganadera en el País Vasco. La casa tipo consiste en una edificación de planta rectangular, con planta baja, planta superior y desván, cubierta por un tejado saledizo a dos o a cuatro aguas –característica esta última de los caseríos adaptados de antiguas torres banderizas-, que, en ocasiones, puede prolongarse para techar algunas dependencias auxiliares. La edificación medieval, enteramente de madera o de piedra sillar, evolucionó hacia una combinación de ambos materiales. Los sillares empezaron a emplearse para construir solamente las paredes de la planta baja, y en el resto de la edificación, los postes de sustentación y las vigas se empleó la madera. Posteriormente el tipo de construcción predominante se orientó hacia viviendas con la planta baja dec piedra sillar y el resto de la fachada con entramado de madera vista. La fachada principal del caserío suele estar orientadda a mediodía. En ella se abren las ventanas más decorativas, los balcones y la puerta principal, porn la cual se accede a las cuadras de la planta bajay a las escaleras que llllevan a la vivienda de la planta superior. El resto del espacio de la construcción, entre la planta destinada a vivienda y la cubierta, está ocupado por el desván. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, que tenía características muy diferentes en la vertiente cantábrica y en la vertiente mediterránea. La vertiente cantábrica se caracterizaba por una economía mixta, agrícola, ganadera y silvícola, y por un déficit crónico de subsistencias que hacía necesario importar trigo, sobre todo para alimentar a la población urbana. Esta agricultura se hallaba en fase de transición: el cultivo progresaba sobre el ganado y el bosque, se roturaban cada vez más bosques, pastos y manzanales, se extendía el mijo y retrocedía la producción de manzana y de chacolí. El chacolí, como todos sabemos, es un vino que se elabora en las regiones húmedas del NO, especialmente en el País Vasco. La vertiente mediterránea producía generalmente subsistencias suficientes. En Álava la agricultura era mas bien pobre, pero sobresalían la Llanada, cerealista, y la Rioja alavesa, con vid y cerales. En Navarra se producía trigo, cebada, avena, mijo, y, en el sur, vid y oliva. Las tierras del Ebro tenían una agricultura evolucionada, con canalizaciones, y eran excedentarias en trigo, vino o aceite. Navarra también exportaba lana por San Sebastián. En conjunto, en el siglo XVI la producción agraria de las provincias vascas creció un 30%. En el siglo XVI, a pesar del próspero tráfico de lana castellana y hierro autóctono, la población vasca quedó estancada como consecuencia de la corriente migratoria hacia otros puntos más meridionales y hacia América, en cuya conquista tuvo un papel relevante. Por otro lado, el clima regional es templado-húmedo, distinguiéndose el del litoral oceánico, más suave y de lluvias y regulares, y el del interior, cuyos contrastes térmicos son mayores. En el paisaje de las comarcas centrales y occidentales de Araba se construyeron durante la edad media robustas casas torre de defensa, como la de los Barona, en las inmediaciones de Villanañe. Pero el poblamiento de la zona es mucho más remoto, y ha dejado su huella en construcciones prehistóricas como el dolmen de Sorginetxe, en los alrededores de Arrizala. Las ferrerías eran la principal industria de Vizcaya y Guipúzcoa. La exportación de hierro permitía importar subsistencias, paliando en parte el déficit agrícola de las provincias. Las ferrerías no llegaban a emplear una docena de personas pero movían numerosas actividades. Así, los campesinos completaban sus ingresos con las labores de tala de arbolado, elaboración de carbón vegetal, extracción de hierro, transporte, o como herreros y forjadores. Había minas de hierro muy diseminadas, pero las principales fueron las de Somorrostro. En el siglo XVI conocieron una gran expansión, al aumentar la demanda de aperos, de armas y de los astilleros. Se estima que 1550 había en Vizcaya y Guipúzcoa unas 300 ferrerías. Según Pío Baroja, “Las actividades de mineros y ferrones obedecen a estímulos muy particulares y complejos a la par. Históricamente, sus orígenes se remontan a aquel período en que la agricultura y el pastoreo ya mediterráneo y el occidente se estableció un comercio regular y continuo.”. El País Vasco era zona de paso de varios circuitos comerciales . El más importante era el de las lanas de Castilla que salían por los puertos cantábricos hacia Flandes, Francia e Inglaterra. De vuelta traían pañería flamenca y otras manufacturas. Similar era el circuito de la lana navarra que salía por San Sebastián. Junto a la lana, los barcos vascos llavaban al norte de Europa el hierro de las ferrerías. Destacaron pronto los puertos de Bilbao y San Sebastián que canalizaron la mayor parte del tráfico. El comercio de la lana estaba controlado por los grandes mercaderes de Burgos y los vascos actuaban como intermediarios. Sin embargo, en 1511 se fundó el Consulado y Casa de Contratación de Bilbao para escapar a la jurisdicción del Consulado burgalés. El tráfico lanero generó la aparición de una burguesía de creciente peso social. Sobre San Sebastián, en concreto, Javier y Asier Sada escriben que para comienzos del siglo XVI “el puerto ya habría alcabzado un desarrollo notable, y en él fondeaban naves que procedían de los puntos más remotos, como lo demuestran algunos registros que señalan la presencia de barcos que parten hacia Terranova desde San Sebastián.”. El litoral guipuzcoano se extiende entre la ría de Ondarroa y la bahía de Txingudi, a lo largo de cuatro comarcas surcadas por las cuencas de varios ríos. Eibar se sitúa en el interior de la comarca del Bajo Deba. Al este de San Sebastián, dos comarcas litorales, las del Bajo Deba y Urola Kosta, deben su vitalidad a sendos ríos, el Deba y el Urola. En la costa tenía importancia económica la pesca, con dos actividades: la de litoral, que abastecía de besugo, congrio y merluza, y la de la ballena y bacalao de Terranova, a partir de los años 1540, negocio con importantes inversiones y ganacias orientado hacia la exportación. Salvador Claramunt nos aclara que, en la época de los Reyes Católicos, “Valencia , en el Mediterráneo, y Bilbao y Sevilla, en el Atlántico, se convirtieron en importantes centros comerciales de intercambio europeo y africano.” 6.2. El siglo XVII: crisis y reconversiones de la economía Desde las últimas décadas del siglo XVI se produjo una crisis económica que afectaría a buena parte del siglo XVII. En Álava y Navarra la depresión fue similar a la castellana, con una pérdida aproximada del 25% de la población y una disminución de la producción agraria del 35%. La epidemia más terrible fue la peste de 1596-1601. Las pesquerías artesanales se pueden definir sobre la base de dos características: la localización de los caladeros cercanos a la costa y el uso específico de modalidades de pesca artesana, como el palangre, el pintxo-caña,la línea de mano, el enmalle bo las nasas, principalmente. La flota artesanal vasca es muy heterogénea, ya que la componen desde embarcaciones pequeñas, hasta barcos grandes, como las merluceras y los palangreros. Las pesquerías artesanales vascas no presentan un gran volumen de capturas, pero sí tienen un destacado valor en lo que se refiere a su poder social y ecológico. La proximidad de los caladeros respecto a los puertos de origen de las flotas permite mareas de menos de un día y la venta diaria de las capturas. Sin embargo, las aguas de faenado son zonas muy sensibles a la explotación, ya que tienen una reducida extensión y son áreas de cría para algunas especies marinas. La crisis de siglo XVII afectó a toda Europa con su tradicional secuela de hambrunas, guerras y epidemias. No obstante la historiografía ha abandonado la idea de recesión, sustituyéndola por la de transformación de la economía, plasmada en la recuperación de ciertas zonas frente al declive de otras. El caso español parece situarse entre estas últimas por la importancia del descenso demográfico y por coincidir dicha centuria con la pérdida de la supremacia política e incluso la desaparición de la monarquía hispana. Se han esgrimido como causas de crisis: el desprecio al trabajo en una sociedad con ideales rentistas; los rendimientos decrecientes de una agricultura que había extendido sus roturaciones en el siglo en el siglo anterior a terrenos menos productivos; el aumento de las rentas de la tierra, perjudicial perjudicial para muchos agricultores arrendatarios; la presión fiscal de la Corona, centrada en el consumo; y el desarrollo de una economía internacional más competitiva que debilitó a la industria. Sin embargo, el comportamiento regional presentó agudas diferencias. En la periferia (Cataluña, Valencia, País Vasco y Galicia) se produjo una recuperación ya en la segunda mitad del siglo XVII, aunque menor que la de otras naciones, como Francia o Inglaterra. Esta mejora provino de los estímulos procedentes de la demanda exterior, la existencia de contratos de arrendamiento largos y beneficiosos para los campesinos, la menor presión fiscal en estos territorios, la introducción de nuevos cultivos más intensivos (maíz, legumbres) y la mayor movilid de los ad de la población, que permitía a numerosos campesinos complementar sus ingresos con trabajos estacionales. En suma, la crisis del siglo XVII reemplazó el modelo de crecimiento de la centuria anterior, basado en el dinamismo de la economía castellana, por otro en el que fue la periferia quien dirigió el impulso económico, en un proceso que ha continuado hasta el siglo XX. La sublevación de Flandes y la piratería inglesa produjeron una contra+++cción industrial y comercial, compensada en parte, por la extensión del cultivo del maíz. Las provincias costeras siguieron una dinámica económica muy diferente. La crisis de las ferrerías y del comercio se compensó con una revitalización de la agricultura, gracias al maiz, que permitió mantener a la población. La generalización del maiz en el siglo XVII, primero en la costa y después en el interior, supuso un aumento de la productividad y del espacio cultivado, plantándose en los valles, hasta entonces tierra de pastos, y duplicando la producción. En la Rioja alavesa se cuatriplicó la producción de vino. Desde los años 1570, el comercio atlántico se vio alterado por las guerras sucesivas de la Corona con las potencias marítimas y los ataques corsarios. Las exportaciones de hierro retrocedieron por la competencia de los centros siderúrgicos de Suecia y Lieja. Para 1580 disminuyó el número de ferrerías. Por lo que atañe a Bilbao, desde el siglo XV y, especialmente a partir de la creación del Consulado de Bilbao (1511), la ciudad sobresalió como importante centro de comercio universal. Los siglos posteriores, hasta el siglo XIX, fueron, sin embargo, de estancamiento del que empieza a salir con la explotación del hierro de Somorrostro. Los grandes mercaderes europeos desbancaron a los burgaleses y se hicieron con el control de los intercambios mercantiles, asentándose en Bilbao. El centro de contratación de lana pasó de Burgos a Bilbao que, a mediados del siglo XVII, canalizaba toda la lana castellana que salía por el Cantábrico. Los comerciantes bilbaínos seguían siendo intermadiarios, aunque intentaron controlar aquel comercio enfrentándose a las colonias extranjeras. Por su parte, los hombres de negocios donostiarras y guipuzcoanos que mejor sortearon la crisis se reorientaron hacia el comercio colonial con América, el corso y la construcción naval para la flota de Indias y la Armada. En este contexto de crisis económica, la presión fiscal de la Monarquía provocó en Vizcaya la "rebelión de la sal", entre 1631 y 1634, contra el establecimiento del estanco de la sal, que encarecía su precio. 6.3. El siglo XVIII: crecimiento económico y capitalismo comercial El siglo XVIII fue de prosperidad económica y demográfica. Se calcula que entre 1720 y 1790 la población creció en torno al 50%, gracias al auge del comercio, al crecimiento agrario y a la recuperación de las ferrerías. El desarrollo de la agricultura y las ferrerías se vio impulsado, ya en el siglo XVIII, por la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País (1765). En la villa de Azcoitia, una serie de caballeros vascos y navarros fundan, con el conde de Peñaflorida a la cabeza, la Sociedad Vascongada de Amigos del País , origen de lo que luego se generalizará como Sociedades Económicas de Amigos del País, con la pretensión de estimular la economía española y fomentar el trabajo. El sector mercantil fue el más dinámico. La expansión del comercio internacional benefició sobre todo a Bilbao, que tenía el monopolio del tráfico lanero. Los comerciantes de la villa desplazaron a los mercaderes extranjeros y pasaron a controlar aquel tráfico. El comercio se diversificó y permitió notables ganancias gracias al contrabando. En Bilbao y San Sebastián entraban productos coloniales como azúcar, tabaco y cacao, que se enviaban a Castilla. Los aranceles de la Real Hacienda se pagaban en las aduanas del Ebro, lo que hacía de las provincias vascas una zona de baja presión fiscal y más bajos precios. Esto hacía tanto más interesante el contrabando, que a lo largo del siglo adquirió gran fuerza. “A diferencia de los piratas, que actuaban por cuenta propia, los corsarios estaban autorizados por sus respectivos soberanos y gobiernos –por lo que actuaban a su servicio-, para atacar y obtener botines de los barcos de países enemigos, y en general, para obstaculizar el comercio. El corso fue un fenómeno importantísimo en el Mediterráneo desde el siglo XII al siglo XVI que, contrariamente a una imagen difundida, no sólo fue practicado por musulmanes, sino también por cristianos. Desde el descubrimiento de América, el corso se extendió al Atlático. En él destacaron ingleses y holandeses, que querían roper el monopolio comercial de España con sus territorios americanos, y constituyeron una constante amenaza para los navios españoles. La concesión de “patentes de corso” fue prohibida en e tratado de Utrecht (1713) y posteriormente por la Asamblea Constituyente francesa (1792), pero no tuvo efectos prácticos hasta mediados del siglo XIX (tratado de Paris, 1856).” (Elena Sánchez de Madariaga). En 1718, la Corona trasladó las aduanas a la costa lo que, además de ser un contrafuero, amenazaba gravemente los negocios mercantiles, la posibilidad de contrabando e incluso perjudicaba a campesinos y artesanos al encarecerse los productos. Estalló un motín que fue duramente reprimido por las tropas reales, aunque en 1723 las aduanas volvieron al interior. Por otra parte, en 1728 se fundó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas , creando un circuito que unía Guipúzcoa con las colonias americanas. Fue promovida por un grupo de empresarios donostiarras y guipuzcoanos, compuesto de comerciantes y nobles muy implicados en el comercio colonial y muy introducidos en la corte. Tenía dos concesiones: el comercio del cacao y la facultad de perseguir al corso, de tal modo que lo que confiscase sería para la Compañía. El capital para su formación se reunió mediante la suscripción de acciones. Entre 1728 y 1740 la compañía fue muy rentable y repartió beneficios equivalentes al 160% del capital invertido. Hacia 1740 su situación empeoró. En 1751 su sede se trasladó a Madrid, pero ya no se recuperó y en 1778 desapareció, fusionándose con la compañía de Filipinas . Con todo, la Compañía fue un motor económico que benefició al puerto de Pasajes y a la industria ferrona y armera de la provincia. La agricultura aprovechó la tendencia general alcista del siglo. En la Rioja alavesa, Vizcaya y Guipúzcoa esta expansión prolongó el anterior desarrollo. En las zonas cerealistas se dio una importante recuperación y la producción creció en torno al 40%. Se roturaron tierras yermas, se intensificaron los cultivos, se generalizó el maíz. En este crecimiento se desarrolló la economía monetaria, se generalizaron los intercambios y el mercado interior, se crearon abundantes ferias e incluso mercados semanales. Este crecimiento agrario no significó mejores condiciones de vida para los campesinos, al contrario, en muchos casos se acentuó la dependencia respecto a la élite terrateniente. Las Juntas Generales son el órgano máximo de representación y participación popular de los vizcaínos: el Parlamento de Vizcaya. Su sede se encuentra en la Casa de Juntas de Guernica, junto al legendario roble, donde se celebran los plenos. Recuperadas en 1979 tras un paréntesis de más de cien año provocado por la abolición de los Fueros en 1876 en 1876, las Juntas Generales de Vizcaya han sido protagonistas destacados del proceso de institucionalización que viene desarrollándose desde hace tres décadas en la Comunidad Autónoma Vasca. Las Juntas Generales como máximo órgano de gobierno, reflejan en su composición interna la originaria división del Señorío en tres grandes entidades territoriales (Vizcaya nuclear, Duranguesado y Encartaciones) como la diferente naturaleza social y jurídica de los dos pilares básicos de la Vizcaya nuclear, la Tierra Llana y las Villas.Desde mediados del siglo XVII aumentó considerablemente el arrendamiento, cuando las comunidades campesinas negaron el acceso a la vecindad a las nuevas familias que continuaban creándose en su seno por la presión demográfica y que sólo pudieron establecerse como arrendatarias. Entre la primera mitad del XVII y finales del XVIII la proporción de familias propietarias pasó del 75% al 35%. Con el liberalismo económico , la especulación y la carestía del trigo, el endeudamiento campesino aumentó y con ello la pérdida de la propiedad en beneficio del prestamista. También se vendieron bienes comunales, por el endeudamiento de los ayuntamientos, con lo que los labradores perdían un complemento importante de sus rentas. La matxinada de 1766 en Guipúzcoa contra las subidas del precio del trigo, la especulación y otros abusos revela la existencia de graves tensiones. Se llama motín de subsistencias a un tipo de revueltas, en su mayoría urbanas, ocurridas durante el Antiguo Régimen en momentos de escasez y carestía de alimentos, aunque en ocasiones se debieran también al malestar por la presión fiscal y por la formación de levas militares. En muchos casos no llegaron a estallar por varios factores: la política represiva, la caridad, las importaciones esporádicas de trigo, la fijación de precios máximos del pan o tasas, la promoción de obras públicas para dar trabajo, y, en el campo, el recurso a la explotación de los comunales. En general no cuestionaron el orden político existente y sólo en ocasiones tuvieron un carácter antiseñorial, pues básicamente reclamaron la rebaja de precios, el castigo a los especuladores y la vuelta a la situación previa a la crisis. Los principales tuvieron lugar en Andalucía y en Castilla en la década de 1640 y a finales del siglo XVII, reperctivamente; durante el siglo XVIII cobraron intensidad como resultado de una economía que adoptaba fórmulas del liberalismo económico y protegía memos a los consumidores: en 1766 hubo un estallido en gran parte de la geografía peninsular, destacando el Motín de Esquilache, y entre 1789 y 1793 se sucedieron protestas en ciudades castellanas, en Barcelona y en Valencia. El profesor Xosé Estevez, en la Historia de Euskal Herria, nos comenta que: “La metodología que se aplica al análisis demográfico no solamente consiste en un conjunto de recetas técnicas, sino más bien, como señala el historiador Goubert, en una reflexión sobre objetivos, fuentes y problemas. Tres son los métodos más inquisitivos y depredadores para succionar del tronco de las fuentes la savia que permita el más completo conocimiento de la retícula poblacional de un país. El primero fue desarrollado por la Escuela Francesa, encabezada por el profesor Henry, y recibe el nombre de Método de reconstrucción familiar. […] El segundo método ha sido abordado por la Escuela Inglesa y se denomina Método de sondeos […] Un tercer método, de objetivos más selectivos y limitados, consiste en la aplicación del modelo de reconstrucción familiar a grupos sociales privilegiados, que poseen genealogías completas y no manipuladas.” 7. La sociedad del Antiguo Régimen en Vascongadas 7.1. Introducción La sociedad del Antiguo Régimen se podría caracterizar desde diversos puntos de vista. Era una sociedad estamental, basada en la diferencia legal de estatutos, a los que correspondían derechos y debereres diferentes. Desde el punto de vista económico hay que considerar las diferencias entre ricos y pobres, o las diversas categorías socioprofesionales. Como entramado social, se trataba de una sociedad celular, corporativa y jerárquica. Los hombres y mujeres se hallaban organizados en comunidades y corporaciones (comunidades locales, gremios, cofradías religiosas, etc.) con un fuerte componente colectivo, y las personas estaban vinculadas entre sí por lazos personales de familia, parentesco, vecindad, amistad, señorío o clientelismo que eran bastante densos y articulaban sus redes económicas, afectivas y sociales. 7.2. Los estamentos privilegiados y las élites sociales. Nobles y plebeyos. Alodios y señoríos En los reinos europeos se distinguían tres estamentos: la nobleza y el clero, superiores y con privilegios legales, y el estado llano. Un estamento es un grupo social integrado por las personas que tienen una misma situación jurídica y gozan de unos mismos privilegios. Sin embargo, la distinción entre nobles y plebeyos no tuvo una equivalencia exacta en las provincias vascas y en Navarra, donde muchas comunidades gozaban de hidalguía colectiva. En particular, Vizcaya y Guipúzcoa disfrutaban de nobleza universal, que en el caso del Señorío quedó recogida en el Fuero Nuevo de 1526. En Álava, las tierras de Ayala eran hidalgas. En Navarra, una docena de villas y lugares y ocho valles gozaban de hidalguía colectiva, recononcida por los reyes desde el siglo XV. Estas noblezas colectivas, tan atípicas en el conjunto europeo, podrían corresponder, como muestra el ejemplo del Valle de Baztan, a alodios o comunidades de hombres y tierras libres, no sometidas a señorío feudal, que consiguieron ser reconocidas como tales por la Corona, en un momento específico de la construcción de los reinos bajomedievales. En cualquier caso, la implantación del régimen señorial en estas tierras fue muy desigual: muy limitado en la cornisa cantábrica de Vizcaya, Guipúzcoa, Norte de Navarra y Lapurdi, pero importante en la Navarra media y meridional y en Álava, donde existían abundantes tierras de señorío y los hidalgos eran una pequeña minoría. Por otra parte, en las provincias dotadas de nobleza universal, ésta sólo se refería a los "vecinos", esto es a los miembros de pleno derecho de las comunidades, y no a los simples "habitantes" arrendatarios, de tal modo que en Vizcaya y en Guipúzcoa el porcentaje de nobles censado en 1787 no llegaba a la mitad de la población. Según Elena Sánchez de Madariaga “Desde finales del siglo XIII la nobleza se va constituyendo en toda Europa como un grupo dotado de un estatus jurico preciso, que se hereda por el nacimiento o se adquiere según normas juridicamente codificadas, y que tiende a ser controlado por la autoridad políca. Esta evolución está en relación con la recuperación de derecho romano y con el reforzamiento de los poderes públicos regios desde finales de la Edad Media y en la Moderna”. 7.3. La nobleza: las familias dirigentes Por supuesto, nada tenían de comparable los campesinos y artesanos que gozaban de nobleza universal con las familias de la aristocracia urbana y rural que correspondían al concepto de nobleza europea. Según los tratadistas, a la nobleza le correspondían las funciones militares y de gobierno. Gozaban de un conjunto de privilegios que evidenciaban su preeminencia social: exención de impuestos ordinarios, monopolio de ciertos cargos en la administración local y general del reino, jurisdicción privativa y derecho penal diferente. Tenían una importancia económica y social manifestada a través de los mayorazgos y de abundantes símbolos externos como los trajes, armas, sepulturas privilegiadas, títulos o tratamiento de "don", preeminencias en los actos públicos, etc. A diferencia de nobleza, aristocracia no indica una categoría jurídica. Un aristócrata puede gozar de privilegios, pero esos privilegios sólo están definidos jurídicamente ene l caso de que a su vez sea noble. La nobleza se heredaba, aunque existían vías de ingreso como la obtención de un "privilegio de hidalguía" que concedía el rey. El mayorazgo era una institución que contribuía a fundamentar la preeminencia económica y social de la nobleza. Consistía en la vinculación de bienes y derechos en un conjunto indivisible, transmitido normalmente siguiendo la primogenitura, que aseguraba la salvaguarda de los bienes, el apellido familiar y el lustre del linaje . Así, pues, se registra el auge de los municipios. Además, tiene lugar la incorporación definitiva de todo el país vasco-navarro a dos monarquías rivales de tipo renacentista: España y Francia; asimismo, la desaparición del poder de los linajes como tales. Como nos dice Elena Sánchez de Madariaga, en Conceptos fundamentales de Historia: “La palabra linaje designa un tipo específico de familia: el grupo agnaticio patrilineal, formado por todos aquellos que descienden por línea masculina de un antepasado común. En Europa, este tipo vertical de familia, que tiene más en cuenta a los parientes difuntos por línea masculina que a los vivos por línea femenina (los de madres y esposas), se desarrolló en la baja Edad Media y en la Moderna. Conviene precisar que el linaje de una mujer es el de su padre y no el de su marido. Surgió, al igual que el apellido, en el mundo aristocrático y, en líneas generales, se circunscribió a la nobleza y capas altas o ricas de la población, incluidos comerciantes en algunos lugares; eran los que tenían señorios, títulos, patrimonios de distinta índole, que deseaban transmitir de manera segura a sus descendientes, junto con el orgullo de la sangre –o del linaje- y el recuerdo de los antepasados. Implica una organización jerárquica de la familia, en especial gracias a la institución de la primogenitura.” En Navarra, al frente de la sociedad del reino había un centenar de familias nobles. Unas tenían orígenes medievales y otras se fueron renovando durante la Edad Moderna. Estas familias monopolizaban buena parte de la riqueza, controlaban el gobierno local de las principales ciudades y villas, sobre todo meridionales, asistían a las Cortes como miembros del "brazo militar" y solían ser mayoría en la Diputación del reino. La alta nobleza era el grupo más reducido y poderoso y estaba compuesta por los "titulados" que poseían los títulos de duque, marqués, conde, vizconde o barón. Además del título poseían grandes extensiones de tierra y el señorío jurisdiccional de villas y lugares. En Vizcaya y Guipúzcoa hubo pocos titulados, más en el siglo XVIII, y sus propiedades distaban mucho de las fortunas de los grandes nobles castellanos. En Álava y Navarra las importantes familias de la aristocracia bajomedieval tendieron a ausentarse tempranamente, enlazando con las grandes casas aragonesas y castellanas, y sus tierras pasaron a formar parte del vasto señorío de familias poco conocidas en las villas y aldeas y famosas en la Corte. Paralelamente, la cúspide de la nobleza se fue renovando a medida que los reyes concedían nuevos títulos para recompensar servicios a la Corona, especialmente en el siglo XVIII, en que los Borbones crearon casi cincuenta nuevos títulos en Navarra. El señorío designa un conjunto de poderes de origen y naturaleza públicos ejercidos por el señor en un territorio. Se trata, por tanto, de una privatización de funciones públicas. El titular acumulaba en el señorío ese poder jurisdiccional o político, rentas y, a veces, patrimonio. La titularidad podía ser individual o colectiva, laica o eclesiástica. El señorío tuvo gran importancia en Europa en la Edad Media, en especial a partir del siglo X, y en la Edad Moderna. Por debajo de la nobleza titulada, en Navarra estaban los "palacianos" o "señores de palacio", equivalentes a los "parientes mayores" de Guipúzcoa y Vizcaya. En Vizcaya, los "jauntxos" o notables rurales poseían un importante patrimonio vinculado formado por caseríos arrendados, molinos, ferrerías, arbolado, además de la casa-torre familiar. Como en otras latitudes, una parte de esta nobleza evolucionó pasando del solar rural originario a las villas y ciudades, y de ser cabeza de la comunidad campesina a servir en las empresas de la Monarquía. En los siglos XV y XVI esta nobleza estaba profundamente banderizada y arraigada en el país, actuando al frente de las comunidades campesinas como alcaldes y capitanes de guerra. Sin embargo, sus preeminencias fueron contestadas, sobre todo en el siglo XVII, por convecinos en ascenso social, en un contexto de renovación de las élites locales y de conflictos por la hegemonía en la comunidad. Al mismo tiempo, la Monarquía les fortalecía en su papel y los incorporaba a su servicio, a la vez que los controlaba más estrechamente. En Navarra, a finales del siglo XV ya gozaban de la exención del servicio de cuarteles y alcabalas y de cualquier otra carga militar, y desde el siglo XVI recibían "acostamientos" o pensiones sobre el servicio de Cortes, complemento apetitoso para una nobleza de recursos mas bien moderados. Los miembros de estas familias ocupaban puestos de poder e influencia. Se sentaban en el brazo militar de las Cortes, eran alcaldes y regidores de ciudades y villas, o seguían carreras como funcionarios del rey, oficiales militares, canónigos de la catedral o profesos de monasterios y conventos. En Navarra, el número de "palacios de cabo de armería" exentos y con derecho de asiento en Cortes se duplicó entre comienzos del siglo XVI y finales del siglo XVIII. A lo largo de estos siglos se produjo una importante renovación de estas élites, sobre todo por la elevación de nuevas familias en las estructuras de la Monarquía y del Imperio colonial. Las carreras de muchos vascos en la Corte, en la Administración real, en la jerarquía eclesiástica, en el Ejército y la Marina, o en el comercio colonial fueron para sus familias una fuente de riqueza y de poder, pero también un fermento de ideas nuevas, de cambios culturales y de modernización. 7.4. El clero y la Iglesia Los territorios que aquí consideramos formaban parte de circunscripciones eclesiásticas diferentes: las diócesis de Pamplona, Bayona, Calahorra-La Calzada y Tudela. La implantación de la Iglesia era intensa y se adecuaba a la distribución de la población. La diócesis de Pamplona, por ejemplo, cuyo clero representaba en torno al 2% de la población de Navarra, tenía unas mil parroquias, que eran abundantes, pequeñas y pobres en la Montaña, región de pequeñas aldeas, y pocas, grandes y ricas en las populosas villas de la Ribera. El clero incluía a todos los que habían recibido la tonsura eclesiástica o habían hecho votos religiosos. Sus integrantes provenían de los diferentes grupos sociales y solían situarse en el alto o bajo clero según su extracción social, reproduciendo así las jerarquías y desigualdades de aquella sociedad. El clero secular de las parroquias se dividía en tres grandes grupos: Una cuarta parte estaban al frente de una parroquia como párrocos o vicarios, con responsabilidades pastorales. Otra cuarta parte eran simples "beneficiados", es decir, clérigos que disfrutaban de un beneficio o renta que sólo les comprometía a ciertos rezos en el coro, cosa que se prestaba a acumular beneficios abusivamente. Unos pocos vivían de la renta de una capellanía familiar. La mayoría, casi la mitad del clero, sólo había recibido órdenes menores, por lo que estudiaban o hacían de acólitos o sacristanes. En cuanto al "sistema de provisión" que regía los nombramientos del clero parroquial, la mayor parte de las parroquias de la Montaña y Zona Media de Navarra eran de patronato vecinal (los elegían los vecinos de la comunidad), por lo que la mayor parte del clero procedía de las familias campesinas acomodadas de la comarca. Existían, en menor medida, parroquias de patronato abacial, episcopal y señorial. En Vizcaya y Guipúzcoa abundaban las iglesias de patronato laico en las que los "jauntxos", como patronos, percibían parte de los diezmos y colocaban a sus "segundones". El clero regular estaba compuesto por los frailes y monjas que pertenecían a órdenes religiosas. Los monasterios estaban enclavados en el campo y los conventos de fundación bajomedieval y moderna se concentraban en las principales ciudades y villas. En Navarra, a finales del XVIII había nueve monasterios, 43 conventos de religiosos y 20 de religiosas. Con el impulso de la Reforma católica, tras el Concilio de Trento (1545-1563) se multiplicaron las fundaciones de órdenes. Unas eran nuevas, como los jesuitas, muy influyentes a través de sus colegios, y otras reformadas como los franciscanos capuchinos o las carmelitas descalzas de Santa Teresa. En general, la Iglesia no fue una gran propietaria como en otras regiones. En Navarra, por ejemplo, en el momento de la desamortización eclesiástica, la Iglesia apenas acumulaba el 4% de las tierras cultivables. 7.5. El comercio y los grandes comerciantes: la burguesía mercantil y la nobleza comerciante El comercio fue una actividad importante en las ciudades vascas, especialmente en los puertos principales, y tuvo un auge especial en el siglo XVIII. Los hombres de negocios que participaron en el gran comercio podían provenir tanto de familias de comerciantes que se habían ido enriqueciendo en estos tratos como de familas de la nobleza. La riqueza del gran comercio elevó a una élite mercantil poderosa en las principales ciudades. Aún tratándose de un sector social avanzado, no parece que se pueda hablar de una "burguesía revolucionaria" vasca a finales del XVIII, ya que amplios sectores del comercio seguían en una dinámica tradicional, preocupados por su familia y por sus intereses particulares y corporativos, buscando la seguridad de las rentas y la posibilidad de constituir mayorazgos y entroncal con la nobleza. En Bilbao, los comerciantes tuvieron un peso particular desde el siglo XVI creando en 1511 el Consulado y Casa de Contratación que agrupó a los mercaderes de la villa hasta el siglo XIX. En el nivel más elevado del comercio estaban una treintena de grandes comerciantes, con una importante presencia de extranjeros, dedicados a las exportaciones de hierro vizcaíno a Europa y América y de lana castellana a Europa. A diferencia de otras ciudades vascas, los comerciantes bilbaínos destacaron por una política moderna de capitalismo comercial invirtiendo en los principales sectores manufactureros del Señorío: prestaron con interés a los ferrones y a productores de lana, controlando parte de la siderurgia, y su participación financiera se extendió al curtido de pieles y a las fábricas de harinas. Parece que en el siglo XVIII los comerciantes más encumbrados entroncaron con las principales familias nobles. Los comerciantes de San Sebastián crearon su Consulado en 1682. En 1728 se fundó la Compañía Guipuzcoana de Caracas presidida por el Conde de Peñaflorida y promovida por un grupo de notables guipuzcoanos: los Ansorena, Zuaznábar, Garayoa, Vildósola, Ayerdi, etc. Los más destacados poseían cargos en las villas y en la Corte, siendo al mismo tiempo nobles hacendados y comerciantes emparentados por una cuidada endogamia matrimonial. La burguesía es la clase social formada por empresarios, comerciantes, industriales y financieros propietarios de tierras y miembros de profesiones liberales, situada tradicionaente entre el proletariado y la nobleza. En Navarra, durante el XVIII se desarrolló un importante comercio de larga distancia con Burdeos y Bayona en torno a la exportación de lana y a la importación de tejidos y ultramarinos. Los protagonistas fueron una docena de familias de hombres de negocios afincados en Pamplona. También éstos se dejaron subyugar por el ideal nobiliario invirtiendo en bienes raíces, en títulos de nobleza y en la fundación de mayorazgos. No lograron crear un Consulado (como tampoco lo consiguieron los comerciantes vitorianos en 1780) por la fuerte oposición de Pamplona y las Cortes. En 1515 el reino de Navarra fue incorporado a la corona de Castilla, culminando el proceso unificador iniciado por los Reyes Católicos. Concretamente, en 1512 el duque de Alba ocupó Navarra y en 1515 se declaró su anexion al reino de Castilla (anque manteniedo sus Cortes y sus fueros). Precisamente los choques con Francia llevaron a Fernando el Católico a conquistar la Baja Navarra en 1512, mientras que en la Alta o Bearn persistió la Casa de Navarra, que desde 1589 accedió al trono francés. En Bayona, ciudad de comercio, la burguesía comerciante ocupó en el siglo XVIII el primer lugar, aunque el modelo nobiliario seguía en vigor. 7.6. El entramado social: comunidades campesinas y corporaciones urbanas Mientras que las familias de las élites estaban abiertas, por encima del círculo de la aldea o la ciudad, a los horizones más amplios de la Monarquía, de la Iglesia, de las finanzas o del gran comercio, la vida de la inmensa mayoría seguía inscribiéndose en el círculo de la casa, de la pequeña aldea, de la villa, del gremio, de la parroquia, de la cofradía y de las demás células en que se organizaba y vivía aquella sociedad. 7.5.1. Casa y familia La familia era la primera célula social. En cuanto a su estructura, existían dos modelos: la familia troncal, en el mundo rural vasco cantábrico, y la familia nuclear, en las tierras de la depresión del Ebro. La troncalidad suponía que la herencia recaía en uno de los hijos, manteniéndose el patrimonio indiviso. La transmisión de la propiedad se hacía en el momento del matrimonio del heredero/a. En la mayor parte de estos territorios la elección era libre, aunque prevalecía la tendencia a elegir al mayor de los hijos varones. Formaban parte de la casa los amos jóvenes, los amos viejos, los solteros de cada generación, los criados e incluso los "muertos de la casa". Este sistema comportaba un mayor número de personas por hogar (6 de media), dificultaba las nuevas instalaciones, favorecía matrimonios más tardíos y mayores porcentajes de soltería definitiva. En las tierras de la depresión del Ebro, al contrario, las familias eran "nucleares", compuestas por padres e hijos menores, con una media de cuatro personas por familia, y el matrimonio era más temprano y universal, gracias al reparto de herencias, las facilidades para instalarse y obtener la vecindad, y el abundante trabajo asalariado. 7.5.2. Las comunidades campesinas En el mundo rural vasco nueve de cada diez familias eran campesinas y se encuadraban en comunidades rurales, incluso muchas "villas" no pasaban de ser simples aldeas amuralladas. Vamos a referirnos en particular a las comunidades de la vertiente cantábrica del Norte de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya. La comunidad campesina era una sociedad con un sistema de organización regido por una costumbre y legislación común. Constituía una unidad territorial delimitada por mojones, propietaria de abundante "tierra comunal" y con un gobierno propio, mediante concejo abierto de vecinos. La aldea se identificaba con la iglesia parroquial, en cuya nave las casas vecinales poseían sus sepulturas. La comunidad se regía según el derecho consuetudinario y las ordenanzas municipales (que regulaban el gobierno, la vida económica, los usos de los comunales, etc. imponiendo pautas de comportamiento en que lo particular quedaba subordinado al modelo comunitario) y mediante las decisiones del concejo de vecinos. Sólo los "vecinos", los miembros de pleno derecho de la comunidad, gozaban de la "vecindad", fuente de los derechos (como participar en los concejos, ejercer cargos públicos o disfrutar de los comunal) y de los deberes (como los trabajos vecinales, derramas concejiles, formar en las revistas de armas y participar en la defensa y vigilancia del término municipal). En los valles cantábricos la aldea se definía como un conjunto de casas vecinales. La vecindad se refería a la casa vecinal (sujeto social permanente que confería esa condición a los "etxekoak" de cada generación) y era representada por sus amos. En estas comunidades la adquisición de la vecindad no era fácil, en un mundo saturado y de recursos limitados, cuya economía dependía estrechamente del reparto de los bienes comunales entre los vecinos. Hubo valles que compraban las casas vecinales vacantes o que exigían probanzas de limpieza de sangre e hidalguía para evitar la introducción de forasteros. Al contrario, en las villas de la Ribera la vecindad estaba más ligada a la familia y bastaba con cierto establecimiento, por residencia, matrimonio, etc., para ser admitido como vecino sin mayores dificultades, en un mundo más abierto, todavía necesitado de pobladores. En el siglo XVII, las comunidades de vecinos de la vertiente cantábrica, preocupadas por el incremento demográfico sostenido por la "revolución del maiz" y por la formación de nuevos hogares que ponían en peligro el reparto de los recursos comunales, negaron la vecindad a las nuevas familias. Estas se vieron reducidas desde entonces a la condición de simples "habitantes" o "moradores", privadas de vecindad, y sólo pudieron sobrevivir como arrendatarias de las casas principales. Desde principios del XVII a finales del XVIII, el porcentaje de labradores propietarios cayó del 75% al 30%. El aumento de estas familias supuso una de las principales transformaciones de la sociedad rural y fue un factor importante de tensión y conflicto en la comunidad. Con el tiempo acabaron formándose comunidades a dos velocidades, con una clase vecinal propietaria y una clase de arrendatarios, en situación de relativa marginación, bajo la dependencia de los vecinos. En estas comunidades, la exclusión llegó a sus extremos con la marginación de los agotes en valles como Baztan, Roncal o Salazar. Economicamente, las familias campesinas podían ser propietarias, arrendatarias o jornaleras, incluso se daban situaciones mixtas. Del mismo modo, los artesanos de los pueblos, además de su oficio, ejercían la labranza. En Vicaya, Guipúzcoa y los valles del Norte y Zona Media de Navarra predominaba la pequeña propiedad y una relativa homogeneidad, mientras que en la Ribera de Navarra se daban grandes contrastes entre un número reducido de propietarios y grandes masas de jornaleros. La desigualdad entre ricos y pobres era grande, aunque menor que en otras partes. Una minoría de campesinos acomodados vivían con holgura, comercializaba los excedentes, criaba animales, tenían criados de labranza, podían aspirar a la hidalguía y procuraban colocar a sus hijos en la carrera eclesiástica o de leyes. En el otro extremo, las condiciones de vida de los campesinos pobres eran duras y dependientes de la coyuntura. El cultivo de sus escasas tierras no les bastaba y se empleaban como peones de ferrerías, braceros, leñadores, etc. Los hijos e hijas salían jóvenes de casa para trabajar de mozos de labranza, pastores o criadas. La pertenencia a la comunidad le proporcionaba un apoyo básico para sobrevivir, mediante las ganaderías concejiles, las "arcas de misericordia", y los recursos de los comunales que les proporcionaban castañas, madera, leña, helechos y pasto para el ganado. Los palacios o casas principales tenían una posición hegemónioca en la comunidad y dirigían su gobierno.Con el tiempo, la antigua preeminencia de los parientes mayores pasó muchas veces a manos de nuevas familias que se habían elevado medrando en las estructuras de la Monarquía. La posición de estas familias se apoyaba en sus propiedades, en sus alianzas matrimoniales, en la colocación de sus hijos en cargos en la Administración real, en la Iglesia o en América y en las relaciones clientelares que mantenían con el resto de la comunidad mediante una política de prestigio y de paternalismo. Pío Baroja escribe que, “Es interesante consignar que más al S., en Alava, […] donde ya hace tiempo que no se habla vasco, hay contiguas a las casas dos construcciones anejas: una es la cabaña para recoger las ovejas y cabras que vuelven del monte, otra es el borde , que tiene una galería baja donde se guardan el carro, los aperos de labranza y la leña, y, encima de aquélla, un corredor que sirve de secadero y que da al pajar y henil. Como consecuenciapuede decirse que en Álava el borde ofrece un significado agrícola fundamental que no tiene en otras partes”. 7.5.3. Ciudades y corporaciones urbanas La ciudad era un agregado de cuerpos sociales u organizaciones colectivas muy diversas: casas aristocráticas, casa de comercio, talleres, familias campesinas, vecindades, consulado de comerciantes, gremios artesanos, cofradías, parroquias, conventos... Cada organización tenía sus reglas, sus actividades, sus formas de control social y sus jerarquías. Los que quedaban al margen de aquellas células sociales eran desarraigados, marginados que sobrevivían malamente gracias a la mendicidad, el vagabundeo o la asistencia de los "hospitales" de la ciudad. Las mayores ciudades eran aún como pueblos grandes, aunque a lo largo de esta época fueron concentrando mayores funciones económicas y administrativas. En 1787, Bilbao contaba con 9.611 habitantes, San Sebastián con 11.494, Vitoria con 6.302 y Pamplona, Estella y Tudela también se situaban entre los 5.000 y 10.000 habitantes. La composición socioprofesional de las diferentes ciudades y villas tenía sus elementos específicos En Bilbao, Bayona y San Sebastián destacaba el sector comerciante; en ciertas villas vizcaínas y guipuzcoanas (Eibar, Mondragón, Tolosa, Placencia, Hernani...) eran importantes los talleres metalúrgicos especializados; en las villas costeras, las actividades marítimas; en Vitoria, ciudad artesanal, tenían importancia las actividades comerciales relacionadas con su aduana; en Pamplona pesaban las funciones administrativas como capital del reino y sede de un obispado. La composición de las ciudades era variable pero tenía características comunes. En la cúspide se hallaba una aristocracia urbana compuesta por un puñado de familias de la nobleza y el gran comercio. Las parroquias y conventos concentraban un clero abundante compuesto -al menos el más distinguido- por los hijos de estas familias. Por debajo de los grandes mercaderes se afanaba un número mucho mayor de pequeños comerciantes y tenderos. Entre más de un tercio y la mitad de la población eran artesanos, el sector social más numeroso. En las ciudades vivía una cantidad nada despreciable de campesinos, la mayor parte arrendatarios y jornaleros que trabajaban las huertas y heredades del entorno. También había un número elevado de criados y criadas y, cuando existía guarnición, como en San Sebastián o Pamplona, de soldados. Por último, las instituciones educativas y asistenciales atraían a las ciudades a estudiantes y marginados. Las oligarquías urbanas gobernaban las ciudes y estaban compuestas por familias de la aristocracia nobiliaria a las que se podían sumar los más encumbrados comerciantes. En Pamplona o Vitoria dominaban las familias de la nobleza linajuda, mientras que los grandes comerciantes controlaban los puertos como Bilbao, San Sebastián o Bayona. A través del control de los cargos municipales, de la dirección de amplios sectores de la economía, del reparto de recurso, o de su política de mecenazgo, estas familias mantenían relaciones de dependencia con amplios sectores de la población. Los artesanos se agrupaban en talleres familiares que se asociaban, en el caso de los oficios más numerosos, en cofradías. La casa del artesano era a la vez la casa del maestro, con la familia que trabajaba bajo su dirección, incluyendo los oficiales, aprendices y criados. Normalmente los aprendices eran los propios hijos, yernos o sobrinos del maestro, pero también mozos provenientes de la ciudad o de las aldeas de la comarca. La jerarquía laboral distinguía los grados de aprendices, oficiales y maestros, fijaba el tiempo y las condiciones para pasar de un grado a otro, y, siendo un mundo endogámico, los hijos de maestros solían suceder a su padre al frente del taller, mientras que los otros se quedaban como oficiales o retornaban a sus aldeas para ejercer el oficio que habían aprendido en la ciudad. Entre los artesanos existían diferencias sociales y económicas muy importantes. Había oficios ricos, como en Vitoria los cereros o confiteros, y otros más pobres como el de los zapateros remendones. En las ciudades vascas, las hermandades de artesanos no tuvieron la entidad de los gremios de las grandes ciudades castellanas y europeas. Eran cofradías centradas en las prácticas religiosas, festivas, solidarias y asistenciales. Estas cofradías se regían por ordenanzas, tenían un gobierno propio y prácticas específicas de solidaridad. Tenían una estructura jerárquica que reproducía la jerarquía del taller y sólo los maestros podían ejercer los cargos de gobierno. Los gremios surgieron en los siglos XI-XII en toda Europa debido al intenso desarrollo de la economía industrial y mercantil y al florecimiento de las libertades individuales en el municipio. El gremio , inspirado en un principio mutualista, pretendía defender los intereses de los diferentes oficios, para perfeccionar la industria a la que pertenecían sus miembros y controlar su producción. Eran entidades cerradas, reglamentadas por unas normas muy estrictas, caracterizadas por una fuerte jerarquización según la categoría de sus miembros: aprendices, que no perrcibían salario y eran mantenidos por los maestros; oficiales, que percibían un salario pero no trabajaban por cuenta propia; y maestros, que eran los dueños del taller. En las ciudades, todos los que trabajaban en un mismo oficio estaban obligados a reunirse en un mismo gremio. En España, la organización gremial halló su maximo esplendor durante los siglos XIV y XV; posteriormente, una vez proclamada la libertad de trabajo y a causa de la competencia de la burguesía industria, comenzó su decadencia. Los pescadores no representaban un gran porcentaje en el conjunto de la población (4% en Vizcaya en 1794), pero sí un elemento esencial en las villas del litoral. Se dedicaban generalmente a la pesca costera y muchas veces simultaneaban la pesca con tareas rurales. Estaban organizados en cofradías de mareantes que monopolizaban el oficio en cada villa. A las cofradías medievales (Plencia, Bermeo, Lequeitio, Deva, San Sebastian, Fuenterrabía) se añadieron muchas otras durante la Edad Moderna. Estas cofradías reglamentaban en cada puerto las actividades de extracción pesquera, comercialización, transporte y venta de pescado, mantenimiento y limpieza del puerto, etc. Estaban fuertemente jerarquizadas en tres niveles: maestres o dueños de lancha, que gobernaban la cofradía, marineros o pescadores comunes y grumetes. 7.7. Los pobres En general aquella sociedad era bastante pobre. La mayoría vivía con lo justo por lo que una mala cosecha, el cese laboral, la muerte o la enfermedad prolongada abocaba a la familia a la pobreza. Ante la miseria o la invalidez, la ayuda sólo podía venir de los círculos más inmediatos: la casa, la parentela, las cofradías gremiales, las vecindades, la asistencia de los conventos o parroquias y las instituciones de beneficencia. En el siglo XVIII se observa un proceso de racionalización de la asistencia municipal. Se distingue a los pobres falsos ("los vagos, malentretenidos y holgazanes") de los "verdaderos pobres vecinos", incapacitados para trabajar y que merecían el socorro. En los años 1780 se crearon hospicios, como el de Vitoria, que muestran el intento de las autoridades ilustradas por agrupar a los pobres y darles trabajo, financiando así su mantenimiento. IgnacioMolina, en Conceptos fundamentales de Ciencia Política, escribe que la ciudadanía es la “Condición del individuo como miembro de una comunidad a la que está jurídicamente vinculado por el mero hecho de la pertenencia. […] La ciudadanía da acceso al disfrute de los derechos políticos y económicos reconocidos por la colectividad a la que se adscribe el ciudadano.” Los marginados se pueden dividir en dos tipos: los que por su situación personal o familiar quedaban al margen de la sociedad, como es el caso de los mendigos y vagabundos, y los que formaban parte de un grupo rechazado por la sociedad, como los judíos, moriscos o agotes. En las provincias vascas, la segregación de estos grupos tuvo un significado particular en el contexto de construcción de la ideología solariega y de defensa de la calidad y limpieza de sangre de los vascongados como hidalgos. Una forma de marginación particular en la Montaña de Navarra fue la de los "agotes" de los valles de Baztan, Roncal y Salazar. En Bozate, barrio de Arizcun, había una gran concentración de agotes, colonos del palacio de Ursúa, cuya marginación perduró hasta el siglo XIX. El valle del Baztán es una comarca de Navarra. Valle prepirenaico, forma la cuenca alta del río Bidasoa.

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