miércoles, 27 de enero de 2021

El País Vasco en la Edad Moderna (IV)

Economía y sociedad en la España del siglo XVI 13.1. Introducción Durante el siglo XVI, la monarquía española va a protagonizar un despliege exterior, que bien puede calificarse de mundial y que es, sin lugar a dudas, el mayor de toda su historia. El descubrimiento de América, con la herencia paterna de Carlos V y la posterior incorporación de Portugal y todo su imperio ultramarino van a dar a la monaarquía hispana unas proporciones colosales, que le van a exigir grandes esfuerzos materiales y humanos para mantener su dispositivo de comunicaciones, seguridad y defensa de sus intereses sin parangón posible hasta entonces. Como primera realidad se hace patente que la economía española no estaba en condiciones de asumir todas las exigencias de la demanda americana, fomentar la riqueza interior del nuevo continente y de la península y costear los cuantiosos gastos militares originados por semejante despliegue exterior. Objetivos que solo podrá atender gracias a una cuantiosa aportación de metales preciosos procedentes de América, cuya influencia sobre la economía española resultará baldía, si no perjudicial pues no hay inversión ni tesaurización interna al irse todo en gastos militares y compras al extranjero, de forma que el oro y la plata americana se convierten en las muletas de un gigantesco imperio, aplazándose las desastrosas consecuencias de una equivocada política económica, imposible de modificar por las cuantías de unas guerras improductivas que atrapan al Erario Público en déficit constantes, obligando a los reyes a recurrir a procedimientos onerosos para atender sus altos y frecuentes compromisos económicos.El resultado se haría patente un siglo más tarde, cuando la posición alcanzada se tambalea, aunque ya a finales del siglo XVI había indicadores alarmantes que anunciaban lo perentorio de un cambio de rumbo. 13.2. El potencial demografico El predominio rural que presenta la población española en este siglo –y en los siguientes, así como el régimen que la regula hacen de España, demográficamente habando, un país similar a cualquier otro de Europa, sometidos todos ellos al régimen demográfico de tipo antiguo, caracterizado por natalidad y mortalidad elevadas (con una fuerte mortalidad infantil y frecuentes azotes de mortalidad catastrófica –epidemias, hambres, guerras, etc.-) y corta esperanza de vida, que sitúan el índice de reemplazamiento cerca de la unidad y se ve a menudo amenazado pòr crisis favorecidas por la escasa higiene pública y privada y los pocos avances de la medicina. Según los datos que poseemos, poco fiables, lo más probable es que la península Ibérica (incluido Portugal, por tanto) tuviera en los inicios de la última década del siglo XV en torno a los 6.250.000 habitantes, de ellos el 63% pertenecían a la corona de Castilla, el 15% a la de Portuga, mientras la de Aragón no pasaría del 13%. Un siglo más tarde, los españoles acanzaría la cifra de 7.880.00, que se repartirían así: 6.145.000 castellanos 1.135.000 aragoneses, 150.000 navarros, 200.000 vascongados y 50.000 canasrios. La comparación de las dos cifras globales muestra un crecimiento claro, sustentado en una natalidad muy alta (entre el 35 y el 40 por mil; a veces, inclso e 50), contrarrestada por una elevada mortalidad, dentro de la cual –ya lo hemos apuntado-, la infantil y la catastrófica hacen aportes nada desdeñables, pues crisis demográficas producidas por malas cosechas y epidemias se suceden a lo largo del siglo, presentando mayor virulencia los años 1507-1508, 1521-1523, 1530, 1539-1540, 1557-1558, 1565-1566, 1580, 1590 y 1597-1600. Dichas crisis se sadaban con índices altísimos de mortalidad, hasta el extremo de que ciudades o zonas muy pobladas podían perder desde un cuarto hasta la mitad de sus habitantes, como sucede en Zaragoza en 1565. También parecen evidenciar las cifras anteriores que Castilla posee una mayor vitalidad que la corona aragonesa, en el sentido de que aquélla recupera sus efectivos demográficos e inicia un crecimiento con mayor decisión que Aragón, que tarda más en recuperarse de la crisis provocada por la peste negra (1348-1350), pues no alcanzaría los niveles anteriores a la epidemia hasta fines del siglo XVI, prácticamente. Así se explica que Castilla crezca en torno a un 60%, mientras la corona de Aragón y Navarra se mueven en cifras situadas entre un 25 y un 30%. Por eso se puede decir que el comportamiento demográfico es uno de los elementos que durante el siglo XVI contribuye a la “castellanización” de la monarquía. También hemos de tener en cuenta que esas cifras generales no responden a un comportamiento homogéneo, sino que ocultan grandes diferencias entre unas zonas y otras. Por lo que se refiere a la población urbana, Barcelona , Sevilla, Granada y Valencia eran los núcleos más poblados a principios del siglo y no pierden su importancia en su transcurso. Sin embargo, en la dinámica demográfica se introduce un elemento nuevo, que es el que la población deje de distribuirse por razones de índole política o religiosa y lo haga por motivaciones económicas o factores naturales, lo que da como resultado que salvo Barcelona, Zaragoza y Valencia, los demás centros urbanos de importancia se localicen en Castillla, sobre todo en Andalucía, destino de los movimientos migratorios más sustanciales, debido a la repoblación de los territorios conquistados en el sur, el reino nazarita de Granada y el señuelo de América. No obstante, esta zona iba a sufrir una merma poblacional de 270.000 individuos, que fueron los moriscos dispersados por Castillatras tras acabar con la sublevación de las Alpujarras de 1568-1570. Por lo demás, aún ignoramos mucho de las emigraciones, incluida la que tenía como destinoAmérica, presente a lo largo de todo el siglo, pero que adquiría verdadera importancia a partir de mediados de la centuria. Otros factores son todavía más desconocidos por ser más difíciles de evaluar, como las pérdidas originadas por la actividad bélica. En síntesis, se puede decir que el crecimiento de población castellano fue predominantemente urbano, con el desarrollo de ciudades debido a factores totalmente nuevos (comercio colonial, capitalidad, etc.) y, así, Sevilla alcanza a fines de siglo los 100.000 habitantes. Toledo y Granada superaban los 50.000 y 30.000 tenían Valladolid, Segovia, Córdoba y Jaén. 13.3. Panorama económico Nuestra economía va a ser la primera de Europa en verse alcanzada por la denominada revolución de precios, fenómeno inflacionista que a mediados del siglo XVI fue imputado por Azpilicuenta y los teóricos salmantinos a las cantidades desorbitadas de metales preciosos que llegaban de América. Ello va a tener una influencia determinante en el desarrollo económico español, por más que la inflación entre nosotros sea más crediticia que monertaria, toda vez que la balanza comercial deficitaria (las materias primas que exportábamos no compensaban los productos manufacturados que importábamos), los pagos en metálico del Estado, los gastos de la aristocracia para mantener un lujo y boato descabelllado, la frecuencia de los asientos y juros y los elevados gastos militares hacían que España fuera lugar tan solo lugar de paso del oro y la plata procedente de Ultramar, sin posibilidades reales para invertir. No hay unanimidad a la hora de cuantificar los metales preciosos llegados de América, manejándose unas cifras y flujos en los que todavía hay parte librada a la estimación, lo que hace que las series de datos establecidas sean estimación. En términos generales, sabemos que los envíos aumentaron claramente a partir de 1561, cuando se impone el predominio exclusivo en las importaciones de metales preciosos americanos, culminando el quinquenio final del siglo, al que sigue un período de estancamiento y descenso, para recuperarse a partir de 1656 y hasta 1680. La agricultura es la actividad predominante en una economía de tipo antiguo, como la española de entonces. La posesión de la tierra es, pues, un factor clave tanto económico como social. Una tierra que es disfrutada en diversos tipos de tenencia y propiedad, en los que podemos distinguir las posesiones de la Corona o realengo, las de los municipios, las de la nobleza y la Iglesia (mayorazgos y señoríos) y las no vinculadas, que eran las que entraban libremente en el juego de la oferta y la demanda, pertenecientes a propietarios urbanos y campesinos. En el conjunto total, este último grupo era el de menor volumen. Lo que unido al incremento de la demanda de alimentos por el progreso demográfico y el crecimiento urbano exigió aumentar la producción agrícola, lo que se hizo aumentando la superficie de cultivo. Ello llevó a una revalorización de la tierra y al aumento de su renta. Así, en el siglo XVI se genera una demanda de tierras (en cuya posesión muchos veían un camino hacia el ennoblecimiento). El aumento de las tierras disponibles en el juego económico se produce fundamentalmente a costa de las tierras de realengo (la Corona empezó la venta de baldíos hacia 1537 y la intensificó después de 1580) y municipales (que pierden su carácter comunitario por venta o apropiación indebida). Sin embargo, en el período 1570-1580 se produce el inicio del cambio en la coyuntura agraria, pues la producción general desciende y ante los malos rendimientos de las tierras marginales, muchas de ellas se abandonan por no ser rentables. En la agricultura, parece advertirse en la primera mitad del siglo, poco más o menos, una tendencia de signo positivo, gracias a una coyuntura favorable auténticamente excepcional. En la segunda mitad, cuando América ya era autosuficiente y el alza de precios dejaba sentir su peso, la tendencia agrícola española cambia de signo. La subida de los precios de semillas, aperos y demás encarecen la producción, y la Corona, para proteger al consumidor , impuso una tasa en el precio de trigo, que desde 1539 sería permanente, si bien los precios tasados variaban en función de la oferta o lo que es lo mismo, de la bondad de la cosecha. A pesar de todo, se dificulta crecientemente la situación del campesinado, incapaz de aumentar sus ingresos al mismo ritmo que se incrementaban los costes. Así se explica que la producción bajara y se produjera un absentismo creciente de cultivadores que facilitaba la concentración latifundista nobiliaria y la disminución del área cultivada, con lo que aparece el mercado negro y el fantasma del hambre. Factores que se agudizarán con el paso de los años, sobre todo en el siglo XVII. Por las condiciones de cultivo (régimen de año y vez, carencia de abonos y herbicidas, etc.), los rendimientos cerealísticos no podían ser altos (en torno a los seis quintales por hectárea). Ante la imposibilidad de un autoabastecimiento constante y permanente, es necesaria la importación de trigo, procedente de Sicilia, Nápoles, Milán y, ya mediado el siglo, del norte de Europa. Junto con los cereales, otros productos importantes de la agricultura española eran el olivo y el viñedo, la clásica triada mediterránea. Ante semejante panorama, la Corona no hizo nada realmente serio para proteger la agricultura: antes bien, su interesada protección a la ganadería lanar, parece indicar lo contrario. Una ganadería que tenía en la Mesta la poderosa institución celadora de sus intereses con el beneplácito del Estado, que tenía en los beneficios de la exportación de lana su jugosa contrapartida. Sin embargo, parece que el ganado meseteño reduce sus efectivos y las 2.850.000 cabezas, aproximadamente que había en la segunda década del siglo, son ya menos de 2.000.000 en torno a 1560. Una crisis que la Mesta quiere evitar y corregir, infructuosamente, presionando sobre los pastos comunales, tradicionalmente reservados a la ganadería estante, de cuyo número no tenemos cifras precisas. La producción industrial estaba dominada por los gremios. Durante el siglo XVI, el desarrollo de nuestra industria deja mucho que desear a tenor de las exigencias económicas del momento. Es más, la actitud proteccionista, probablemente, no es más que una muestra de la decadencia del ramo, acentuada por lo caro del transporte interior y las aduanas interiores. En líneas generales, se puede afirmar que la producción artesanal creció hasta la década de 1580; después presenta indudables síntomas de desaceleración, anunciando la crisis. La producción lanera coloca a la industria pañera a la cabeza del sector, pero aunque se vio animsada por la demanda americana, nunca llegó a alcanzar el presumible en el plano internacional, primero porque Carlos V favoreció a la de su tierra a costa de la castellana y, luego, porque el alza de precios y la mediocre calidad de sus productos, entre otras cosas, no generan la demanda adecuada. Los centros de producción destacados eran Toledo, Segovia, Cuenca y Córdoba y entre 1540 y 1590 vive unos años de signo favorable. Toledo, Granada y Valencia mantenían una actividad considerable en la industria sedera, de tradición musulmana, pero el sector se vio perjudicado por las leyes que limitaban a las clases superiores, ciertos usos y prácticas consideradas de lujo. Por el contrario, otra industria también de tradición musulmana, la de curtidos, se vio favorecida por la abundancia de materias primas americas. Vizcaya era el núcleo principal de la fundición de hierro y de la industria naviera. En conjunto, a lo largo del siglo XVI, la industria española se debilita, viéndose algunas veces perjudicada por medidas poco afortunadas, como la de 1548, que al tiempo que cerraba la exportación de los tejidos españoles, permitía la importación de los extranjeros. En el decaimiento de nuestra industria pudo influir el inferior nivel tecnológico respecto a la Europa más avanzada, la escasa organización y la ausencia de inversión decidida por parte del sector publico o de la iniciativa privada. Por lo que se refiere al comercio, hay que señalar de entrada que estaba basado en la exportación de materias primas y la importancia de productos manufacturados, con lo que se generaba una balanza comercial desfavorable, por ser estos útimos más caros qe aquéllas. La estructura comercial se basaba en los mecanismos cuatro fachadas marítimas especializadas: la de la corona aragonesa se orienta al intercambio mediterráneo; la alicantino-murciana que drena los productos laneros de Cuenca y Toledo e importa los italianos; desde Cádiz a Málagala actividad se canaliza hacia Indias, y la fachada cantábrica relaciona los centros de Bilbao, Burgos y Valladolid con el norte de Europa. Por lo que respecta a los productos, la lana encabezaba las exportaciones (dirigida a Flandes, Francia e Italia, principalmente); le seguía la sal, cuyo comercio controlaba la Corona mediante almacenes especiales; el aceite de oliva venía a continuación y se canalizaba para satisfacer por sus necesidades industriales la demanda de Holanda, Inglaterra y Francia desde Andalucía y Mallorca. Más atrás, venían dos colorantes procedentes de México, la cochinilla y el añil, y cerraba la relación de los productos destacables el hierro, cuyo principal destino era Francia. La contrapartida más significativa a estas exportaciones la daban las importaciones siguientes: tejidos flamencos y franceses, pertrechos navales, pescado de altura y trigo, principalmente. En la dinámica comercial, se observa una disminución de rutas y de tráfico en la España mediterránea, de la que saldrá particularmente afectada Cataluña, donde el espíritu de empresa era superior al resto del país. En cambio, la ruta costa cantábrica-Flandes mantiene una situación privilegiada dentro del continente hasta 1568, momento en que la sublevación flamenca obliga a abrir una ruta alternativa por Barcelona, Génova y el Franco Condado. Pero, sin lugar a dudas, la gran dimensión comercial española es la establecida por América. El comercio interior estaba dominado por las comunicaciones terretres, dado el difícil aprovechamiento de la navegación fluvial. Tres rutas parecían concentrar la mayor parte de la actividad: la de Madrid-Andalucía, la de Barcelona-Zaragoza-Madrid-Toledo y la de Santander-Laredo-Bilbao hacia Burgos-Valladolid-Medicina del Campo, con ramales a Segovia-Madrid y Ávila-Toledo. La parte fundamental de la red rutera la constituían 18.000 Km, poco más o menos, en gran parte sobre trazado romano. Galicia y Extremadura eran las regiones más aisladas. Denominador común de toda la red era el lamentable estado de los caminos . En cualquier caso, el comercio con América, la denominada “carrera de Indias ” (a la que acaban por incorporarse los catalanes a través de Sevilla, Cádiz, Lisboa y Gibraltar) es fundamental no solo en lo relativo al comercio exterior hispano, sino también en el comercio interior repercute en el plano hacendístico y militar y en toda la economía europea se nota su incidencia, tanto por la demanda como por la exportación de metales preciosos. Este comercio, al que la Corona quiere mantener en régimen de monopolio, se pretende organizar y controlar a través de la Casa de Contratación, establecida en Sevilla en 1503. En 1529 Carlos V autorizó a diez puertos de Castilla a enviar libremente productos a América, pero al regreso los navíos tenían que dirigirse a Sevilla. Parece que tal sistema no fue muy efectivo y no queda totalmente derogado hasta 1573, si bien la tendencia monopolística se consolida en torno a Sevilla, sobre todo, a raíz del establecimiento del sistema de flotas hacia 1560. A lo largo del XVII, Cádiz, de condiciones portuarias muy superiores a Sevilla, irá desplazando a ésta. En la relación comercial con América, atendiendo al tonelaje de los navíos, se ha distinguido una primera etapa, que coincide, casi, con el siglo XVI (1504-1604), claramente expansiva, aunque el aumento no es constante ni progresivo, pues a la expansión inicial (1504-1550), sucede una recesión pronto superada (1550-1562), que da paso a un nuevo período expansivo. 13.4. La dinámica social En cuanto a la sociedad , su organización era estamental y así permanecerá a lo largo de la Edad Moderna, como en el resto del continente. El carácter de dicha organización suponía que la ley reconociera la existencia de estamentos, entendiendo por tales los grupos de individuos que tienen un nacimiento afín, unos mismos privilegios, leyes y principios jurídicos, sin que en la diferenciación de unos y otros intervenga el nivel económico, al menos en teoría. Dichos estamentos son tres: nobleza, clero y estado llano; los dos primeros eran los privilegiados, poseedores de todos los derechosy con capacidad para eludir casi todos los deberes; el estado llano o tercer estado soportaba todas las cargas y deberes y estaba en una clara inferioridad respecto a los otros dos. Esta sociedad presenta una dinámica nacida de las peculiaridades de la vida española y de la actitud de la Corona respecto a la significación de esos estamentos en la órbita del Poder y en sus dimensiones socio-económicas. Captada muy pronto por el atractivo de los ideales que sustentaban la filosofía política del Imperio y de la defensa de la catolicidad, la sociedad española va a ser poco permeable a las nuevas ideas religiosas y no escatimará esfuerzos en la defensa exterior. Pero en su seno anidan los contrastes nacidos de una fuerte tensión interna que se proyecta en el arte y la literatura, manifestaciones tan logradas que han permitido hablar de un Siglo de Oro, sobre todo en relación con las letras; siglo que, en rigor, superaría en mucho los cien años en los que nuestra cultura, dominada por las ciencias del espíritu, brilla con luz especial y única, ante la que palidecen las manifestaciones de cualquier otra época. Como acabamos de apuntar, la organización de nuestra sociedad en este periodo se inscribe plenamente en el tipo de sociedad estamental caracteríco del característica del Antiguo Régimen lo que significa la existencia de estamentos diferentes, cuya diferenciación en teoría viene marcada por su distinta condición ante la ley, aunque en la práctica el nivel de riqueza no carece de operatividad. Los estamentos privilegiados se distinguen del plebeyo por gozar de privilegios penales (no pueden ser torturados, ni sometidos a penas infamantes, ni ser encarcelados por deudas…), fiscales (no pagan impuestos) y honoríficos, aunque son los fiscales los que encerraban mayor capacidad definitoria, ya que el ennoblecimiento permitía al plebeyo soslayar la presión fiscal, lo que nos puede dar una de las claves del interés por la compra de títulos nobiliarios. Factor social de primera importancia en la época fue la llamada “limpieza de sangre”, pues se consideraba deshonroso descender de musulmán, judío o penitenciado por la Inquisición, el tribunal encargado de velar por la pureza de la fe. Ser “cristiano viejo” es un honor , que distingue de los “cristianos nuevos” (conversos y descendientes de conversos recientes) y permite el acceso a muchas instituciones que exigen a sus miembros probar previamente la limpieza cristiana de su linaje. La significación socio-económica de los tres estamentos era muy desigual. Los estamentos privilegiados poseían una gran importancia real dentro del país, aunque numéricamente sus efectivos eran pocos, ya que la nobleza suponía entre el 1’5 y el 12% de la población, según las zonas, y el personal eclesiástico era algo menos numeroso, mientras que el poder económico de ambos resultaba tremendo. El resto de los habitantes españoles, en torno al 80-85%, eran los componentes del estado llano, en el que había una aplastante mayoría de campesinos (sobre el 85%), una escasa y embrionaria clase media y una poco representativa población industrial, casi todos ellos con muy pocos medios de supervivencia. La aristocracia estaba formada por los nobles y las altas dignidades eclesiásticas, que por lo general se cubrían por segundones de las grandes familias nobiliarias. En la cúspide nobiliaria nos encontramos a los grandes, categoría confirmada por Carlos V en 1520, a los que el soberano llamaba primos y podían sentarse y estar cubiertos delante del rey; en la época del emperador había unos verinticinco; por debajo de ellos estaban los títulos del reino, posesores de las dignidades nobiliarias más caracterizadas (duque, marqués, conde, vizconde y barón) a lo largo del siglo; el número de ambos grupos fue aumentando para llegar a los 130 ó 140 en el reinado de Felipe III. Más abajo estaban los gentileshombres o caballeros; componían la nobleza no titulada (no poseían el título de conde, como mínimo); de alguna forma se les puede asimilar la nobleza ciudadana, de procedencia burguesa, lo que significa que han salido de tercer estado, de entre los plebeyos. Mención especial hay qe hacer del hidalgo, el nivel inferior de la nobleza, especialmente numeroso en el norte de la península y cuya situación económica era muy precaria: en conflicto permanente entre sus pretensiones sociales y sus medios reales de vida, resulta un porcenaje contradictorio de profundo eco literario, normalmente satírico. La fortuna de la aristocracia era enorme. Su riqueza descansaba en la propiedad de la tierra mediante dos instituciones garantes de su priviegiada situación: el señorío y el mayorazgo; la percepción de rentas en especie le permitía capear las consecuencias desfavorables de la inflación; por otro lado, la desvalorización de las rentas fijas pudo ser compensada mediante el ejercicio del poder público, medio para corregir también las disminuciones de otros ingresos, especialmente los que recibían por razón de los monopolios señoriales. En algunas regiones de la Monarquía, su poder era especialmente significativo, como ocurría en tierras andaluzas (Duques de Medina-Sidonia y Medinaceli, Conde de Cabra, etc.), murcianas (los Fajardo) o salmantinas (Duques de Béjar y Alba, etc.), por citar unos casos significativos. El poder de la nobleza, especialmente el económico, se vio favorecido por factores diversos, tales como la permisividad de la Corona, que consiente su predominio económico porque ha cercenado su influencia política, la concentración de la propiedad nobiliaria, como consecuencia de frecuentes enlaces matrimoniales, la adquisición de tierras vendidas por campesinos incapaces de hacer frente a los gastos de explotación. Por otra parte, se estima que el número de eclesiásticos se situaría entre los 80.000 y los 100.000, de los que la mitad, aproximadamente, perrteenecían al clero regular. Los obispos se reclutaban preferentemente en el clero secular (dos de cada tres). En Castilla la Nueva y Andalucía se encontraban los obispados y arzobispados más importantes, algunos de los cuales poseían propiedades de entidad que les proporcionaban jugosos ingresos. El hecho de que muchas de estas dignidades se cubrieran con miembros de las grandes familias nobiliarias y que, además, se vincularan a cargos y puestos políticos, provocó el absentismo de muchos de los titulares de arzobispados y obispados, con el consiguiente perjuicio para las dimensiones institucionales y pastorales de la Iglesia. Muy codiciadas por ofrecer un reclutamiento más abierto y, en consecuencia, resultar más accesibles, eran las plazas capitulares de las catedrales y colegiatas, cuya cuantía se calcula en unas 7.000. Quienes las alcanzaban podían sentirse satisfechos y darse por contentos, pues estaban mucho mejor que el conjunto de prebendados y, sobre todo, de curas párrocos, algunos de los cuales arrastraban una vida tan miserable como sus feligreses campesinos más horizontes que los ensombrecidos por su dependencia de una agricultura nada generosa y de perspectivas miserables. Por lo que respecta al clero regular, tenemos que las órdenes mendicantes contaban con una ubicación preferentemente urbana; los franciscanos eran sus componentes más populares y numerosos, bastante más, incluso, que los dominicos, que eran los que les seguían en número. Por su parte, las órdenes monacales conservaban los monasterios más antiguos y prestigiosos, en especial los benedictinos, seguidos de jerónimos y cartujos. Además, en el siglo XVI aparece el clérigo regular, que se caracteriza por desentenderse un tanto de las prácticas comunitarias de la orden y buscar una inserción más directa en la sociedad para participar en todas sus manifestaciones; el ejemplo más característico lo constituyen los jesuitas, fundados por San Ignacio de Loyola en 1540, enfrentados en los momentos iniciales de su existencia con dificultades que al ser superadas permiten a la orden mantenerse y consolidarse en unas actividades, entre las que destacan las misionales y las docentes de humanidades entre los hijos de las clases privilegiadas. Los capuchinos fueron otra novedad, procedentes de tierras italianas. Al igual que la nobleza, la Iglesia también poseía una riqueza enorme, constituida por tierras y casas que habían llegado gracias a donaciones de los fieles, práctica que se había mantenido a través de los siglos; en sus ingresos tenían un destacado papel los diezmos, una carga más que recaía sobre el famélico campesinado y que contribuía a consolidar la imagen de un clero acomodado y satisfecho, que además gozaba de un fuero especial, que le confería una cierta independencia. La holgura material de la vida eclesiástica actuó como reclamo sobre ciertos sectores de la población, suscitando muchas vocaciones, cuando menos, dudosas, lo que unido a la vida poco edificante de no pocos clérigos favorece la difusión de una actitud anticlerical con claras manifestaciones satíricas, al tiempo que en ciertos ambientes surge y se confirma un deseo de reforma eclesiástica, que con Cisneros ya apunta de forma decidida y se consolida irrerversiblemente a raíz del concilio de Trento y la aplicación de sus acuerdos. A la vista de lo expuesto, fácilmente se comprende que existiera un abismo de distancia entre la situación de los privilegiados y el resto de la población, distancia legal y económica. Ese vacío lo cubrían las clases medias o medianos, como se les llamaba en la época, pero en la España de entonces, éstos brillaban por su ausencia; su número era muy escaso, prácticamente irrelevante, máxime desde que fueran expulsados los judíos, cuya expulsión fue lamentable, no tanto por la cantidad, como por la calidad de los expulsos y lo que proporcionalmente significaba en el conjunto de la población, dada la índole de sus ocupaciones en un contorno dominado por las actividades agrarias. En los escalones inferiores de la jerarquía social nos encontramos a los sectores humildes, que eran los que proporcionaban la mayoría de los efectivos demográficos, carecían de privilegios, vivían mayoritariamente en los medios rurales y en los límites de la subsistencia y la marginación, pues sus precarias condiciones de vida les movían a algunos a practicar algún oficio como medio para como medio para complementar sus ingresos y empujaba a otros a niveles casi de marginación (vagabundos, mendigos, temporeros,…) en la que vivían habitualmente, de forma más o menos declarada, grupos tales como los gitanos, esclavos, vagos y demás. Ellos nutrían las filas de los delincuentes, algunos de cuyos efectivos dan vida a un bandolerismo, que se hacía notar, sobre todo, en tierras andaluzas, levantinas y catalanes. Sin lugar a dudas, ésta era la dimensión más llamativa de un fenómeno que tenía múltiples manifestaciones, desde la ratería o el hurto insignificante hasta el asesinato o la lesa majestad, sin olvidar aquellos delitos que eran asimilados a pecados o que podían caer bajo la jurisdicción de tribunales especiales, como los de la Santa y General Inquisición, celosa guardia de la ortodoxia y de la salud espiritual de la sociedad, basando su actuación en el secreto del sumario, en la ejemplaridad del castigo y en la reparación de la falta cometida mediante recursos tan espectaculares como sobrecogedores, en los que el Auto de Fe se lleva la palma: algo que ha sido definido gráficamente como la “pedagogía del miedo”. El rigor inquisitorial hizo que hasta algunos santos se vieran amenazados y que se suscitarán sonados procesos, como el de Bartolomé Carranza, uno de los arzobispos de Toledo, encarcelado en 1559. Y si la mayoría de estas gentes vivían de, en, por y para el campo, en los núcleos urbanos había ciertos núcleos que se habían desvinculado por completo de las prácticas agrarias y vivían de otras actividades: tales eran los artesanos, comerciantes, menestrales, obreros de diversa índole, etc.; pero en conjunto, este variopinto mundo era de proporcioneslimitadas, pero no irían más allá del 12% del total de la población. 14. Economía y sociedad en la España del siglo XVII 14.1. Introducción Al siglo XVII se le viene considerando como un siglo de crisis, cuyos rasgos más visibles son un retroceso político y una clara decadencia económica, que la visión más tradicional sitúa en su punto culminante durante el reinado de Carlos II. Sería, pues, en este período cuando los factores negativos tocarían fondo, aunque últimamente parece apuntarse un cambio de visión, desplazando la crisis hacia años más tempranos del siglo. En términos objetivos, tal vez sea en el plano económico donde esa visión negativa tenga mayor aplicación, toda vez que en su dispositivo internacional. España solo experimenta pérdidas territoriales de escasa entidad, si exceptuamos la recuperación de su independencia por Portugal, hecho que, por lo demás, no causó ninguna mella en la opinión española. De manera que en 1700, España mantenía un despliegue internacional muy parecido al que tenía en 1570. Es más, también se advierten en el siglo XVII unos síntomas en la economía, que hablan de recuperación. Tales indicios recuperadores se situaron primeramente hacia 1680, para adelantarlos más recientemente a mediados de la centuria, cuyas dos últimas décadas se consideran la preparación y pórtico de la estabilidad y expansión posterior. Entre las causas que se han dado para explicar la decadencia , se ha puesto el acento de modo especial en la escasa o nula adaptación de los españoles a los métodos capitalistas, aduciendo el carácter tradicional de la mentalidad aristocrática, que considera el trabajo denigrante para su clase, y el elevado número de eclesiásticos que merma también el potencial de la población activa, sostenidos ambos estamentos –nobleza y clero- en sus posturas por la sólida base que les proporcionan sus propiedades, señoríos, msayorazgos y bienes de manos muertas, como se denominaba a los de la Iglesia. Recientemente se ha descartado o matizado el valor negativo determinante de las actitudes mentales, ya que se percibe una clara modernidad en algunos sectores y se destacan otros elementos de gran peso en la economía peninsular; en especial los climatológicos, la inflación generada por el oro y la plata americanos, aunque ahora son más escasos, y las importaciones de mercancías extranjeras. 14.2. La dimensión demográfica de la crisis Todavía nos falta mucho para tener un conocimiento aceptable de la población española en el siglo XVII. Sobre los datos que disponemos y las tendencias que apuntan se apoya la tesis más generalizada, que sostiene la disminución de los habitantes hispanos a lo largo de la primera mitad del siglo, para alcanzar dicha tendencia sus cotas más bajas en la década de los años 1650 e iniciarse a partir de 1660 una suerte de recuperación, lenta y desigual, que llevaría a fines de siglo a situar la población española en valores similares a los de cien años antes, aunque ahora las zonas más pobladas serían las regiones periféricas, que arrebatan a las zonas centrales e interiores castellanas la supremacía demográfica que habían mantenido hasta entonces. Es preciso destacar que las tendencias registradas en el siglo XVI ahora se invierten y lasw zonas periféricas se muestran mucho más dinámicas en la recuperación que las interiores castellanas. Se calcula que los españoles existentes a mediados de siglo estaban en torno a los 6.500.000 y superaban los 8.000.000 a comienzos del siglo XVIII. Tal población conservaba su carácter predominantemente rural, con pocas ciudades por encima de los 30.000 habitantes, como era el caso de Madrid, Sevilla, Barcelona, Valencia, Córdoba y Zaragoza : en la segunda mitad del siglo el crecimiento urbano tiene unas dimensiones más modestas, tónica general en la que Madrid y Cádiz son una excepción, merced a su crecimiento más dinámico. También en el siglo XVII los factores demográficos negativos se mantienen operativos, con un grado de unanimidad superior al del siglo precedente. Migraciones, guerras, epidemias y hambres suman sus dramáticos efectos. En el caso de la guerra, España va a tener muchos de sus territorios convertidos en campos de batalla entre 1640 y 1713, debido a la sublevación de Portugal y la guerra subsiguiente, la revuelta catalana, la guerra contra la Francia de Luis XIV y la guerra de Sucesión; una intensa actividad militar que produjo pérdidas humanas y materiales, disminución de la natalidad y graves daños económicos. Por lo que respecta a las epidemias, las más demoledoras las de peste, que actuaron en 1596-1602, 1647-1652 –la más letal de todas- y letal de todas- y la de 1676, que se presenta unida a calamidades diversas, prolongando su acción hasta 1685. La movilidad demográfica viene determinada por las exigencias militares, el poblamiento indiano y los desequilibrios económicos interregionales, que son los elementos que, por otro lado, posibilitan la redistribución de la población en beneficio de las zonas periféricas. Y no podemos olvidar las crisis de subsistencias, generadoras de hambre y malestar, favorecedoras de la conflitividad, que se suceden con mucha frecuencia, en relación directa con los desarreglos climatógicos y con incidencia grave en los precios del grano. Valga como muestra la serie siguiente: en Castilla la Vieja se produce una sequía generalizada en 1606, seguida de un crudo invierno dentro de una fuerte extremosidad climática que puede explicar la subida de precios entre 1664 y 1669. En 1668 la sequía alcanzó a Valencia; en 1670, a Cataluña, y en 1671, a la mayor parte de España… Esta es la tónica dominante que se agrava en 1680, el peor año de la segunda mitad de siglo, pero en él coinciden los efectos de tres malas cosechas seguidas, de la devaluación de la moneda, de la peste en el sur, de las lluvias torrenciales y granizadas otoñales y del terremoto de octubre. 14.3. La dimensión económica de la crisis Los distintos sectores de la economía van a acusar, en diferente medida, el signo negativo de los tiempos. La misma evolución del régimen de propiedad tiene indudables consecuencias: la reducción de las tierras públicas, reales y municipales, incide negativamente en la vida rural, favoreciendo los despoblados con la marcha de los campesinos hacia otros lugares; igualmente el empobrecimiento de los comunales ayuda a la concentración de la propiedad, el absentismo de los propietarios aumenta y a todo ello hay que añadir la denominada “reacción señorial”, por más que ésta sea un fenómeno matizable. En lo que a la agricultura respecta, las dificultades climatológicas (sequías, inundaciones, heladas, etc.), las consecuencias de la inflación, la elevada altitud, la fácil erosión, las pocas posibilidades de irrigacióny la misma naturaleza del terreno son los factores que obstaculizan la producción rural. La zona más rica, considerada agrícolamente, es la franja litoral de Valencia a los Pirineos y de aquí, al Atlántico, pero no disponía de tierras suficientes para el alimento humano, al contrario que otras zonas de peores condiciones, en las que una buena cosecha podía resolvermuchos problemas en los años siguientes. En general la producción agraria no alcanzaba para el abasto de la población, hecho que se a las rudimentariastécnicas empleadas y a un utillaje igualmente poco evolucionado. Pese a todo, la producción de grano parece ir en aumento desde mediados de siglo, lo que posiblemente se debe al aumento de la superficie cultivada merced a tres procesos principales: las usurpaciones de tierras comunales que llevan a efecto nobles y oligarquía municipales, las ventas de baldíos por la Corona y la conversión de tierras comunales en roturadas para satisfacer con su producto los gastos municipales excepcionales. Del inmovilismo de nuestros planteamientos agrícolas habla el hecho de que la introducción de plantas americanas no pasará de ser una curiosidad, salvo en Galicia, donde el maíz alcanzó un cierto desarrollo. Por su parte, la ganadería experimenta un retroceso generalizado que refleja muy claramente la Mesta: en 1633 se encontraban con facilidad rebaños que tenían 50.000 cabezas; en 1680, apenas si había algunos que pasarande las 10.000. Semejante decadencia de la ganadería trashumante debió favorecer a la ganadería estante, pues los municipios insisten en sus derechos de rastrojera y barbechera y casi todas las poblaciones disponían de una dehesa boyal. En cuanto a las demás especies, el cerdo era muy abundante en el Pirineo, Extremadura y los litorales atlántico y cantábrico. Bueyes, caballos, asnos y mulos, desigualmente repartidos, se utilizaban para toda clase de trabajos. La industria ve agravarse en el siglo XVII el proceso de paralización con que se había cerrado el siglo anterior. Una situación crítica de la que parece empezar claramente a partir de 1680, pues desde entonces hay síntomas de mejora, aunque tal vez tengamos que ser cautos en la valoración de esos indicios, pues se producen en una industria muy deprimida. La lana se mantenía como sector industrial más importante y el principal estímulo para la producción lanera era la demanda exterior, originándose una controversia sobre la conveniencia o no de exportar este producto, de cuya salida se quejaban los fabricantes y las poblaciones que eran centros laneros, los cuales presentan un retroceso en el siglo XVII, como sucede con Sevilla, Palencia y Zaragoza, entre otros, para los que el período significa una decadencia paulatina y progresiva; la excepción la encontramos en Segovia, que puede mantenerse al ser sostenida la demanda gracias a una decisión de Carlos II de no usar más que producción segoviana, imponiendo una conducta pronto imitada en la Corte y fuera de ella. Conscientes de la situación y de su tendencia negativa, un clamor general entre arbitristas, municipios, gremios y ciudades con representación en Cortes se levanta para pedir la prohibición de importaciones de tejidos foráneos, que se dificulte la salida de materias primas, y la disminución de la presión fiscal. Toledo, Granada, Sevilla y Zaragoza eran los principales centros de producción sedera, cuya trayectoria a lo largo del siglo fue descendente, por ser una industria de lujo y tener que hacer frente a la producción extranjera. Y no es esto solo. Las epidemias de la segunda mitad del siglo fueron un castigo durísimo para las poblaciones, hasta el extremo que en los centros sederos tuvieron que pasar unos cincuenta años para volver a recuperar el nivel de producción anterior. En el plano de la minería, lo más significativo e importante es la extracción de hierro y mercurio; los yacimientos de hierro más importantes estaban en las Vascongadas y los de mercurio en Almadén. La recesión comercial evidente desde 1620 resultó determinante para el futuro de la industria naviera, que entra en claro retroceso desde entonces, al tiempo que se acentúa su dependencia del extranjero para hacerse con mástiles, velas, cabos y alquitran, a lo que añadir los elevados costos nacionales y la competencia de los armadores y comerciantes extranjeros, cuyos barcos eran preferidos especialmente por los comerciantes de Sevilla y Cádiz. Mejor suerte, al parecer, tuvieron las de sustitución de importaciones, pues existen indicadores que así parecen evidenciarlo, como sucede con la cerámica, vidrio, jabón y papel. La principal iniciativa tomada desde los círculos gubernamentales para remediar la situación es la creación en 1679 de la Real y General Junta de Comercio, resultado de una iniciatiava de don Juan José de Austria , compuesta por un ministro de cada uno de los Consejos de Castilla, Hacienda, Guerra e Indias; su finalidad inmediata era de tipo fiscal a fin de que el desarrollo económico permitiera pagar los impuestos, y su objetivo inmediato, revitalizar al país; tras superar algunas dificultades iniciales (fue suprimida en 1780) y restablecida dos años después; su labor no fue inútil, aunque se centró fundamentalmente en la Corona castellana. El desajuste existente entre la potencialidad mundial española y su precariedad industrial explica las deficiencias de nuestro país para atender sus exigencias comerciales de forma adecuada. Su planteamiento fundamental no había variado en nada importante desde el siglo anterior y así, el comercio exterior se fundaba, sobre todo, en las exportaciones de materias primas, y el comercio interior en el consumo de manufacturas hispanas, cuya debilidad quedó manifiesta al aumentar la población, por lo que el aumento de la demanda hubo de cubrirse con la importación de artículos extranjeros ya elaborados. Semejante mecanismo había conferido una importancia destacada al capital y las finanzas extranjeras, dado el nivel de endeudamiento de la Corona y la participación de los productos foráneos, cuyo volumen hace reaccionar a no pocos españoles que, desde 1650, quieren tener la posibilidad de hacer su propia suerte, para lo que proponen, entre otras cosas, la creación de compañías de comercio, de las que quedarían marginados los extranjeros y modificarían el monopolio indiano de Sevilla. Pero por desgracia no llegó a cuajar ninguno de los proyectos que se elaboraron. Ahora bien, deducir de ello que España había perdido su experiencia sobre el particular y que su actividad astillera se había detenido, es sacar conclusiones apresuradas. Nuestras exportaciones más importaciones eran lana, vino, sal, higos alumbre, asceitunas, aceite, hierro y cochinilla americana; las importaciones más eran texctiles, lino, herramientas y pertrechos navales, grano y papel, además de las ccuantiosas sumas que las exigencias defensivas imponían. El resultado era un déficit de la balanza comercial que se cubríacon el oro americano. La permanente situación bélica de España no podía menos que repercutir negativamente en el comercio, por lo que el Almirantazgo de Sevilla, creado en 1624, trató de plantear la guerra en el terreno comercial, pero cuando las condiciones empeoran y esos metales escasean el problema cobra sus reales dimensiones, que es lo que sucede en el siglo XVII, sobre todo bajo Carlos II, en cuyo reinado se hacen más palpables los efectos del contrabando, agresiones, intrusos y metales decrecientes. En definitiva, el comercio americano acentuó la dependencia de la economía española de países extranjeros. Estas realidades pueden explicarnos la trayectoria del comercio con América, que entre 1610 y 1620 conoce un período de estancamiento y clara decadencia hasta medisados de siglo. Especialmente duros fueron 1606-1610 y la década 1640-1650, que experimentaron una reducción en torno al 60%, porcentaje al que de momento solo conviene darle un valor indicativo, pues no es unánimemente aceptado. Entre las causas que explican la crisis del comercio indiano se ha destacado especialmente la relativa autosuficiencia de la economía americana, la crisis de la marina española, la presión fiscal, la incautación del dinero de los particulares, el costoso sistema de flotas, los efectos del contrabandoy el progresivo predominio extranjero (se ha calculado que hacia 1690, eran españoles sólo el 5% de las mercancías salidas de Cádiz) Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XVII, especialmente, el sistema de monopolio sufre vulneraciones que ponen en entredícho su eficacia. En efecto, el “arqueo” o determinación de la capacidad de carga de un navío se prestaba al fraude sobornando arquesadores (para que registraran cargas menores a las reales) y a los constructores (disimulando espacios para que no fueran vistos en las inspecciones). La práctica de la Corona de conceder indultos (que se concedían a individuos o flotas completas) a cambio de dinero para perdonar los fraudes también resultó perjudicial, pues los mercaderes amparándose en ellos introducen mercancías sin registrar o ilegales. No menos perjudicial resultó la práctica de empaquetar los productos más valiosos, declarando su contenido sin obligación de abrirlos, haciendo el “valúo” de su contenido para pagar los tributos pertinentes. En el comercio interior, Madrid ejerce un dominio sobre el sistema, concentrando la mayor capacidad de transporte. España no pasaba de ser un mosaico de mercados locales, fragmentarios y desarticulados, entorpecidos además por una barrera de aduanas interiores y una mala red de caminos, en la que la configuración orográfica peninsular tenía gran responsabilidad. Los principales centros comerciales solían ser plazas con consulados extranjeros, como Sevilla, Cádiz, Málaga, Barcelona, Alicante, Bilbao y La Coruña (donde había consulados ingleses), o Gibraltar, Cartagena, Valencia, San Sebastián y Sanlúcar (donde los había franceses). Únicamente Madrid y Cádiz fueron centros financieros de importancia, pero carecieron de bancos o bolsas como las Amsterdan o Londres; los bancos municipales (Zaragoza, Gerona, Valencia, Palma, Lérida y Barcelona) nunca superaron sus limitados horizontes. Los mercaderes extranjeros se concentraban en la parte meridional, en especial, en el eje Sevilla-Cádiz, y allí se concentraban también sus intereses, por eso fue posible el resurgir de Barcelona y Bilbao, de la iniciativa de una oligarquía marítima natural del país, que asume la dirección y responsabilidad de su propio comercio. 14.4. La dimensión social de la crisis La sociedad española se mantiene en clara continuidad respecto al siglo anterior, tanto en sus planteamientos generales como en sus fundamentos jurídicos, salvo variantes que no afectan nada sustancial y que se produce por el propio ritmo vital de la comunidad. Los gastos e inclinaciones de esta sociedad se canalizan mediante el Barroco, pero a medida que el siglo discurre van desapareciendo las figuras de auténtica talla para dejar paso a otras más mediocres, que son las que dominarán las manifestaciones intelectuales y artísticas españolas; con ellas se inicia el llamado “bache cultural”, que no se puede dar por concluido realmente hasta la aparición de la generación de Feijoo, ya en el siglo XVIII. Dentro de la dinámica social hay algunas realidades que es preciso destacar. Por lo pronto, en el plano de la nobleza, hemos de referirnos al aumento de sus efectivos, como consecuencia de la venta de títulos, hábitos de caballero e hidalguías, una venta que es tanto más frecuente y continua cuando mayores son las dificultades de la Hacienda real. Una muestra de este proceso con Felipe II existían unos cien títulos en Castilla que se han convertido en unos trescientos a fines del sigloXVII. En cuanto a su reparto geográfico, la nobleza era más numerosa en el norte y, a medida que descendemos hacia el sur, su número decrece, pero su poder económico crece en forma inversa a su número. En Aragón presentaba un reparto similar: en el norte de la Corona, en el reino de Aragón y en el principado de Cataluña, eran muy frecuentes los infanzones y otros componentes de la nobleza popular, mientras que en Valencia, la nobleza era corta en número, pero poderosa, mientras que ciutadans honrats en Valencia y Cataluña constituían una especie de clase media que controló la vida municipal de sus lugares hasta la Guerra de Sucesión. En la Iglesia se mantenían las diferencias entre un clero bajo, pobre y de vida difícil y un clero alto, en cuyo seno existían grandes diferencias marcadas por las rentas que percibían y que iban desde la opulenta sede toledana a las pobres sedes de Mondoñedo y Guadix, por ejemplo. En cuanto a su ubicación, el clero perdería la vida en la ciudad, donde se levantaban gran número de edificios religiosos (Iglesias, conventos, monasterios, etc.) y donde constituían un grupo nada desdeñable de gente sometida al fuero eclesiástico. Por lo que a su número respecta, parece haber unanimidad al señalar su aumento, que algunos estiman en la duplicación de los efectivos existentes en el siglo anterior; dicho aumento se ha explicado por la búsdqueda de seguridad en un siglo de crisis y el deseo de escapar a la presión fiscal y al reclutamiento militar, pero semejante afluencia deterioró el nivel medio de preparación de los eclesiásticos. En el clero regular tampoco hay cambios revolucionarios; se consolida el peso de los jesuitas en la enseñanza y preparación de las élites de gobierno; se calcula que habría unos 1.608 conventos de frailes y 278 del clero regular. Las órdenes femeninas eran menos abundantes, más pobres, y estaban peor consideradas en la sociedad, salvo algún que otro convento o monasterio, como las Descalzas de Madrid. La riqueza del estamento seguía basada en los bienes amortizados, rústicos y urbanos, procedentes de donaciones seculares que le confieren la propiedad del 17% de la tierra castellana y un también crecido porcentaje del suelo y los inmuebles urbanos. El diezmo (el 10% de la producción agropecuaria) era su segunda fuente de ingresos en importancia (a mediados de siglo se calculan en 5.000.000 de ducados sus ingresos por este concepto); parte de esta riqueza se empleaba en labores benéficas y asistenciales y en donativos para la Hacienda real (cruzada, subsidio y excusado –las tres gracias-, aparte de otros de menor cuantía). Su participación en las esferas del poder estuvo asegurada por la presencia de eclesiásticos en los órganos de gobierno y entre los principales teóricos políticos. El campesinado vive hasta mediados de siglo con un claro descenso de su nivel de vida, que mejora algo en las últimas décadas en el caso de los campesinos valencianos y catalanes. En conjunto, quizá, fuera la vida más fácil para algunos trabajadores que pagaban rentas bajas y tenían contratos de larga duración, que para medianos y pequeños propietarios demasiado agobiados por las cargas (diezmos, impuestos,…). Sin lugar a dudas, el que peor se encontraba era el jornalero, desigualmente repartido por la península, pero que suponía el 50% de la población. En el marco urbano encontramos comerciantes, artesanos, profesiones liberales, criados, pobres y pícaros. La clase media brillaba por su ausencia, dado su corto número, fenómeno que hoy se explica más que por la pretensión de ennoblecimiento, que por la dificultad para prosperar con los negocios, a causa de la dependencia económica española; además era más gratificante invertir en tierras, que daban prestigio social y rentas, aunque fueran bajas. En cierto modo, el desprecio al trabajo, por ser considerado envilecedor, tenía un fundamento real: la dificultad de conseguir beneficios mercantiles e industriales semejantes a los que obtenían las clases medias europeas debida al mecanismo comercial creado en España, que unía América con Europa a través de la Península. Por eso, la formación de los grupos burgueses españoles se produce con indudable retraso respecto a Europa. Simultáneamente, en la ciudad, la vida a salto de mata sería la propia de un grupo de gente nada desdeñable y que ha dejado amplio eco litarario, donde la figura del pícaro (cuya vida discurre a caballo de la línea divisoria entre la legalidad y la ilegalidad) tiene lugar destacado. Por lo demás, la sociedad se homogeneiza, en cierta forma, durante el siglo XVII, a causa de la expulsión de los moriscos y la progresiva desaparición de los esclavos, cuyo precio era realmente prohibitivo a partir de mediados de siglo; por su parte, los judeoconversos carecieron de significación: no deseaban ningún protagonismo para que no rebrotaran las persecuciones –como la de mediados de siglo. 15. Dinámica económico-social del siglo XVIII español 15.1. Introducción España experimenta en el siglo XVIII un indudable progreso económico y demográfico –de alcance matizable- que repercute en la sociedad, de forma que la sociedad estamental de principios de siglo deja vislumbrar a finales unos signos inequívocos de cambio, de “modernización” hacia la nueva sociedad de clases. 15.2. Demografía La información demográfica que poseemos de este siglo procede mayoritariamente de censos, realizados por motivos fiscales, lo que obliga a tener en cuenta una cierta ocultación, agravada con las imperfecciones técnicas de los procedimientos estadísticos de entonces. Por tanto las cifras que nos ofrecen no son exactas. Los censos más importantes fueron: el vecindario de Campoflorido (1712-1717), el censo de Ensenada (1749-1753), el de Aranda (1768-1769), el de Floriblanca (1786-1787) y el de Godoy-Larruga (1797). El primero abarca casi toda España, pero no se le concede mucho crédito. El de Ensenada es un censo castellano (quedan fuera Vascongadas, Navarra y Canarias) y se le considera bastante fiable: España tendría 9’4 millones de habitantes. El que le sigue, el de Aranda, también ha sido muy controvertido y arroja una cifra similar: 9’3 millones. El de Floridablanca da un total de 10’4 millones, pero las ocultaciones se estiman en 500.000 personas más. El último censo de siglo XVIII, igualmente controvertido, sitúa la población en 10’7 millones. Las estimaciones que se han hecho sobre estas cifras consideran que la población española hacia 1700 estaría entre los 8 y los 8’5 millones, cifra que para 1800 se habría situado entre los 11 y los 11’5millones. Tal crecimiento se venía explicando gracias al menor belicismo de este siglo, al fomento poblacional que se favorece desde el poder, los adelantos en el terreno de la higiene y la sanidad y las ideas ilustradas sobre la población. 15.3. Economía En el ámbito económico, tenemos una expansión agraria basada en el aumento de la superficie de cultivo, por lo que pronto se alcanzas el punto límite, ya que no había muchas tierras disponibles. La industria no pierde su corte tradicional, aunque algunos sectores mejoran. También se puede hablar de una mejora en los intercambios comerciales, pero sin avanzar en la integración del mercado nacional. Realidades que hacen pensar que hacia 1780 se habían alcanzado todas las posibilidades y que el sistema estaba bloqueado. El censo de 1797ofrece los siguientes porcentajes ocupacionales: el 65’81% de la población activa pertenecía al sector primario, el 16’56% al secundario y el 17’63% a los servicios. El clima seguía siendo decisivo por entonces. Hasta 1733 las cosechas presentan un signo favorable, lo mismo que desde 1738 hasta 1750, dando paso a una década, la de los cincuenta, con muchos altibajos; mal que bien, la tónica se mantiene hasta 1780, en que empieza lo peor del siglo: 1780, 1784, 1789 fueron malos años; peor fue la crisis de 1793-1796 y aún más dramática resultó la que arranca en 1803 y se mantiene hasta 1805. La propiedad de la tierra continúa como en siglos anteriores. Las tierras inalienables y los mayorazgos suponían las ¾ partes del suelo cultivable, de manera que sólo el 25% se podía comprar y vender libremente. La Corona poseía algunos montes y llanuras poco útiles; mucho más extensas eran las propiedades eclesiásticas y más aún las tierras de propiedad municipal; el otro grupo importante era el que formaban los mayorazgos o propiedades particulares inalienables. En cuanto a la superficie cultivada, los cereales (trigo, cebada, centeno, arroz y maíz –estos dos últimos avanzaban claramente- ) ocupaban el 63’64%; los frutales (naranjo y manzano eran los más generalizados) y hortalizas (garbanzos, habas y judías tenían mayor difusión, pero cedían ante la patata) no pasaban de un 12’12%, proporción similar a la que ocupaba la vid y algo superior a la del olivo, que no pasaba del 10%; el resto de los productos estaba lejos de estas cifras. Los cultivos industriales españoles como algodón, lino y cáñamo; no podían competir con los extranjeros, pero la brarrilla y la rubia progresaban progresaban estimuladas por la industria. En general, los rendimimientos por unidad de superficie no progresaron entorpecidos por la puesta en cultivo de muchas tierras marginales de poca calidad. Lo que acentúa las deficiencias de nuestra agricultura setecentista, caracterizada por un cultivo extensivo de rotación bienal o trienal para compensar la escasez de abonos y la mala calidad del suelo, trabajado con labores muy superficiales por lo tradicional y anticuado de los instrumentos de labranza. No obstante, el panorama agrario español no es homogéneo y se puede hablar de tres estructuras diferentes: una, que se extiende por la franja cantábrica desde los Pirineos a Portugal, se caracteriza por el cultivo intensivo, rendimientos altos, productividad baja, sin prácticas comunales y mano de obra familiar; otra, que comprende la Meseta y Andalucía, es de cultivo extensivo, mano de obra salariada, productividad alta y rendimientos muy bajos; la tercera, extendida por el litoraldel Mediterráneo, tiene un campesinado predominante de base familiar –como la primera-, utiliza el secano –como la segunda- y se diferencia específicamente por la importancia del regadío y su mejor integración en los mercados internacionales. La ganadería progresa hasta mediados del siglo, sobre todo la trashumante; la Corona mantiene su protección a la Mesta, que se ve amenazada cuando la presión deemográfica se deja sentir en la tierra y se potencia el ganado estante; cambio de orientación hacia la Mesta que se inicia con la gestión de Campomanes y que sólo se detiene con los problemas financieros de Carlos IV. Extremadura, Aragón, Salamanca, Galicia, Burgos y algunas zonas andaluzas son las regiones ganaderas por excelencia. En cuanto al bosque, su superficie disminuyó a lo largo del siglo, mientras que la pesca era una actividad en desarrollo, sobre todo en la segunda mitad del siglo. La industria española sale del siglo XVII en un estado lamentable y tenía ante sí un largo y difícil camino por recorrer. Su relanzamiento se inicia con medidas proteccionistas (decretos de 1718 y 1728 que prohíben la importación de telas orientales, africanas y sus imitaciones) y se quiere estimular mediante las manufacturas reales, puestas en marcha para contrarrestar la carencia de mano de obra cualificada y la ausencia de iniciativas privadas, pero ninguna de ellas estuvo a la altura de lo que se esperaba con su puesta en marcha (la de Guadalajara fabricaba paños, como la de Segovia y Ezcaray; seda era el sector de las de Talavera de la Reina y Cervera; porcelana producía producía la del Buen Retiro; tapices la de Madrid; espejos y cristales la de San Ildefonso, etc.). A lo largo del siglo se mantuvo el carácter tradicional de nuestra industria; permanecieron los gremios, hubo escasa concentración de mano de obra, de medios de producción y de capitales; y persiste el viejo estilo laboral. Por ello, en términos generales, durante el siglo XVIII las manufacturas de corte local se mantenían gracias a la demanda del entorno donde estaban emplazadas y sólo en casos de excepcional calidad lograban una demanda comarcal y regional. Las industrias con mayor difusión eran las de lana, lino, loza, hierro y cobre. En cuanto a las formas de industria, destacaban la industria agremiada (de gran extensión, especialmente la pañera), la rural dispersa (muy relaciona con la producción agraria) y las concentradas (en su mayoría de carácter público: las Manufacturas Reales o Fábricas Reales). Por sectores, el más importante era el textil. La pañería fina y superfina tenían un grado de concentración claro en Guadalajara y Segovia; el resto de las calidades se repartía por todo el país, si bien la mayor concentración se localizaba en Guadalajara, Toledo, Palencia y Segovia: Aragón y Valencia eran las más activas en las industrias de lino y cáñamo y en la de la seda lo eran Granada y Toledo, que cedían terreno a favor de Valencia, claramente pujante. La gran novedad en el sector textil procede del ramo algodonero, industria “revolucionaria” que se concentra en Cataluña y registra un fuerte impulso bajo Carlos III, merced a la demanda de mantillas y ropa fina. La difusión de la moda por los papeles pintados y la actividad impresora estimulan la industria papelera. Las industrias extractivas (hierro vascongado, hulla asturiana, plomo linarense) pasan por momentos difíciles; sólo el cobre de Río Tinto es una novedad afortunada, si bien la hulla sufrirá la influencia beneficiosa de las funciones y de los primeros altos hornos instalados en las fábricas de armas estatales de Liérganes y La Cavada. Una novedad digna de constatarse es la constituida por los ramos derivados de la agricultura y el bosque, que si son domésticas en su alcance, no dejan de presentar una cierta modernización. En este grupo destaca la del aguardiente (uno de los artículos punteros en las exportaciones, que tiene en Cataluña y Valencia sus centros principales, estimulados por la crisis francesa del ramo ocurrida entre 1768 y 1772) y la del corcho (también con Cataluña como punto de lanza del sector, en auge gracias a la difusión de la botella de cristal). La utilización de los pinares interiores radicaba principalmente en la obtención de resinas y celofanías y el arbolado de toda la franja septentrional desde los Pirineos a Galicia suministraba madera a los astilleros. A la vista de estos datos, la conclusión parece clara: nuestra industria en el siglo XVIII tiene algunos elementos esperanzadores, pero no pudo adquirir el dinamismo necesario ni en la primera mitad ni en la segunda, resultando el balance más bien decepcionante, sobre todo comparado con el panorama que presentaban países como Inglaterra o Francia. 15.4. Comercio El proteccionismo estatal que se ve en la industria lo encontramos también en el comercio, sector dirigido por la Junta de Comercio, de Moneda y Minas, que emite lo fundamental de la legislación de estos sectores. Actitud proteccionista que resulta comprensible por cuanto los extranjeros controlaban el comercio español gracias a la depresión hispana del siglo XVII. Como la industria española no era capaz de abastecer la demanda americana, la Corona procuró beneficiarse de la rivalidad de los competidores foráneos. Los ingleses exportaban a España tejidos, cueros, relojes, plomo, medias, pescado y estaño a cambio de plata, lana, índigo, cochinilla y seda en bruto, principalmente. Por su parte, los franceses nos vendían tejidos caros y los holandeses actuaban como intermediarios, especialmente. Además de confluir en la demanda de ciertas materias primas nuestras metropolitanas y coloniales, los extranjeros aludidos coincidían en la realización de un activo contrabando en nuestros dominios, buscando unos saneados ingresos que los aranceles impuestos en 1744, 1747 y 1782 –entre otros muchos- les prohibían. La débil marina mercante, la importación de productos manufacturados y la exportación de materias primas explican que nuestra balanza comercial siempre fuera deficitaria, signo que no pudieron cambiar ni las Compañías Comerciales privilegiadas creadas a imitación de las europeas (la de Caracas, la de Filipinas, la de Galicia, la de La Habana, y la de Barcelona fueron las más renombradas, pero con éxitos mediocres en el mejor de los casos), ni las industriales que nacieron con el deseo de estimular la industria nacional para jugar en el comercio nacional y colonial (la más señera fue la de Zarza la Mayor). Pero la época de las compañías privilegiadas había pasado y se abría paso la tendencia al libre comercio, que empieza a ser una realidad con el decreto de 1765, al que siguen los de 1778, 1788 y 1789, culminando un proceso que autorizaba a los puertos peninsulares a comerciar libremente con los americanos y viceversa, lo cual facilita la entrada de los artículos extranjeros, pero aumenta en gran medida el volumen de los intercambios entre España y sus colonias ultramarinas, que a fines de siglo suponen el 50% del comercio hispano. El comercio interno creció indudablemente a lo largo del siglo XVIII, pero la ausencia de un mercado unificado frustra muchas de las posibilidades del despegue, no importa que en 1714 se suprimieran las aduanas entre Castilla y Aragón, los llamados “puertos secos”. Esta medida deja a España dividida entre provincias exentas (Navarra y Vascongadas) y provincias unidas (todas las demás). La desaparición de las aduanas interiores favorece la expansión catalana por la península; los catalanes se encuentran de manera creciente como artesanos, técnicos, industriales, arrieros y pescadores en Valladolid, Galicia, Levante o Andalucía. Las ferias y mercados experimentan una trayectoria singular, pues si bien es cierto que su número aumenta, especialmente a finales de siglo, su importancia decrece al reducirse su ámbito y concentrarse de modo creciente en productos agropecuarios, un giro que viene determinado por la pérdidad de autoconsumo en los medios rurales y la apertura de tiendas permanentes en los núcleos urbanos. Además, el que productos como los cereales, la lana y otras manufacturas pasaran en gran medida del productor al comerciante de forma directa, hace que adquieran un gran protagonismo los lonjistas o “mercaderes de grueso”, cuya actividad acaba de dejar sin sentido la actividad de las grandes ferias, muchas de las cuales se pierden en el siglo siguiente. En cuanto a la desarticulación del mercado interno, nada tan elocuente como lo sucedido con la tasa (precio máximo autorizado de la venta del grano), con la que se quería evitar las fluctuaciones de los precios e impedir que las maniobras de los acaparadores provocaran escaseces ficticias con las consiguientes alzas; la tasa no rigió en todo el territorio de la monarquía (pues los territorios próximos al mar tenían un abastecimiento mejor y por ello era innecesaria), ni acabó con los manejos fraudulentos, dando pie a que los partidarios del libre comercio arremetieran contra ella. En 1756 se establece la libertad interna para el comercio de granos, pero no empezó a ser algo real hasta diez años después y aun entonces, los canales de abastecimiento tenían fallos, como se pudo comprobar en la carestía de 1766 y en los motines primaverales subsiguientes. En los años que faltaban hasta inicios del siglo XIX el panorama no mejoró y aunque en 1790 se confirmó la libertad de este comercio, algunos testimonios de autoridades locales coincidieron en que la medida no fue tan positiva como a primera vista pudiera pensarse. 15.5. Comunicaciones Otra faceta muy destacada del reformismo borbónico es la mejora de las comunicaciones. La red caminera se replantea en función de las necesidades económicas, de modo que en 1718 quedó organizado un plan global y desde entonces el tendido progresa, intensificándose la construcción desde 1749, bajo el impulso de Fernando VI, en cuyo reinado se abren nuevas vías de comunicación entre la Meseta y el litoral cantábrico por Reinosa y Orduña. Otro hito importante fueron las Ordenanzas de 1767, dictadas para mejorar las relaciones de Madrid con las provincias gallegas, valenciana, catalanas y andaluzas. También se buscó unir la capital con Asturias y Extremadura, con lo que queda claramente expuesta la concepción del plan de carreteras nacionales, un plan radial con Madrid como centro y signo visible de la centralización que se persigue. El plan no estuvo libre de críticas y uno de sus opositores más caracterizado fue Jovellanos, que propugnaba la construcción de caminos provinciales que estimularan la producción local y facilitara su comercialización, para luego conectar con la red nacional, una red que empezó simultáneamente en muchos de sus tramos y que no llegó a concluirse. En la construcción y fomento de los canales para su utilización en el transporte, sólo hay destacable el que empieza a construirse paralelo al Ebro desde Tudela al Mediterráneo, cuyo trazado progresa, como progresa igualmente el que desde Segovia por Valladolid y Reinosa debería llegar a Vizcaya. Y en este particular no hay más digno de mención pues los demás planes que se trazaron no pasaron a la práctica. Los medios de transporte mejoraron desde el punto de vista técnico; por ejemplo, se difunde el uso de la berlina, la calesa ve reducidas sus ruedas a dos, el viejo coche de caja suspendida de correas resiste a los competidores, aunque tiene que mejorar su línea; el landó y el simón empiezan a generalizarse por entonces. Desde 1763 La Diligencia General de Coches ofrecía un servicio que unía Madrid una vez por semana con Lisboa, Cartagena, Pamplona , Valencia y Zaragoza y dos veces por semana con Barcelona y Andalucía por Córdoba, Sevilla y el Puerto de Santa María. La Cabaña Real de Carreteros mantiene su función como transportista, a lo que se dedicaban también campesinos –cuando no tenían faenas en el campo- y algunas asociaciones gremiales. 15.6. Finanzas El mundo financiero español a comienzos del siglo XVIII registra una clara actividad extranjera y sus núcleos más importantes se centran en Cádiz, Bilbao y Cataluña. Las perspectivas de los financieros españoles eran modestas y mediocres y se desean mejorar mediante la creación del Real Giro, destinado a negociar letras y extraer dinero con un 3% de comisión; pero el Real Giro perdió importancia cuando las condiciones de cambio mejoraron, permitiendo a los banqueros privados adquirir relevancia creciente, si bien los únicos que mantienen contactos con los grandes centros financieros de Londres, Amsterdam y Hamburgo son lo de Cádiz, Bilbao y Madrid. En las últimas décadas del siglo, por iniciativas de banqueros y banqueros-comerciantes se forman sociedades con indudables aspiraciones de progreso. Es el caso de la Compañía de Seguros Marítimos de Nuestra Señora de Begoña y San Carlos (1783) o del Banco de Fondos Perdidos, entre otras. Con antelación a las instituciones de crédito y compañías de seguros aparecieron unas instituciones benéficas, los Montes de Piedad, y desde 1782 funciona el Banco de San Carlos, banco nacional creado para atender las exigencias bélicas, aceptar depósitos y emitir billetes, así como sostener los vales reales, obligaciones que empezó a emitir Carlos III y cuya abundancia acabó por depreciarlos. El banco no podrá resistir las condiciones adversas y languidecerá hasta su disolución en 1829. 15.7. Sociedad En el terreno social, a medida que avanza el siglo XVIII, el privilegio como principio ordenador es considerado de modo creciente irracional y retardatario, cambio de enfoque que afectaría directamente a la nobleza , sometida, por otra parte, a un proceso de desgaste que lleva a los escalones inferiores nobiliarios a recalar entre la clase media (la “proletarización de la hidalguía”). Por el contrario, los títulos –cuyo número había aumentado mucho- se reafirmaban a sí mismos en su excepcional situación, sentimiento que en los grandes era aún más acusado. Y tenían razones para ello: hidalgos y caballeros constituían la casi totalidad de los 400.000 nobles que constituían el brazo aristocrático, en el que los titulados eran 1.300 a finales de siglo y los grandes no pasaban de 113. Además, en el seno de la nobleza se consolidaban tendencias anteriores y apuntaban otras nuevas. Por ejemplo, en zonas como Vizcaya o Guipúzcoa, era tal la abundancia de caballeros e hidalgos, que tales títulos carecían de valor en la práctica; en cambio, los servidores del Estado ennoblecidos como recompensa a sus trabajos y desvelos, aumentaban sus efectivos, diversificaban su procedencia (hombres de negocios, asentistas, la nobleza de toga, en fin) y se les consideraba cada vez más alejados del prototipo correspondiente a arribistas y advenedizos. Junto a estos fenómenos, más acentuados ahora que anteriormente, se constata igualmente la ruptura de la “solidaridad” nobiliaria, en el sentido que ante la caída de la hidalguía ante la estima social, los titulados y grandes se apiñan en defensa de sus intereses, sin importarles la suerte de sus “parientes pobres”. Una actitud claramente autodefensiva, pues a estas alturas estaba claro que el grupo aristocrático de más alcurnia no crecía y su situación financiera era pésima al ser incapaz de reducir sus gastos y canalizar sus bienes hacia actividades productivas según los parámetros capitalistas más actuales de entonces: ajenos a las finanzas, el comercio y la industria, se mantienen como “rentistas” de sus propiedades agrarias, como empleados civiles y militares y como titulares de cargos eclesiásticos y de las encomiendas de las órdenes militares. Donde residía realmente la fortaleza de la aristocracia era en los mayorazgos y señoríos. El mayorazgo constituía una propiedad formada por tierras, ganados, joyas y enseres diversos que por su carácter inalienable garantizaba la estabilidad económica de la familia. El señorío –al menos en teoría- suponía una participación de la nobleza y de la Iglesia en la soberanía de la Corona, pues permitía la existencia de una jurisdicción autónoma, dimensión que los Borbones se proponen combatir especialmente, ya que querían preservar la supremacía real por encima de cualquier otra jurisdicción, pero no harán nada por limitar el contenido económico ni las demás dimensiones del señorío, cuya verdadera entidad vemos reflejada, sin ir más lejos, en el censo de Godoy, donde aparecen consignados 25.000 lugares bajo el régimen señorial en todas sus variantes, de los cuales más de 9.000 corresponden a señoríos no eclesiásticos, es decir, nobiliarios, básicamente. Sin entrar en la veracidad de estas cifras, considerémoslas cuando menos indicativas, lo que significa que el 50% de la población y del territorio estaba bajo alguna forma del régimen señorial. El control del poder municipal será el otro baluarte del poder nobiliario, pues en muchos municipios había llegado a copar todos los cargos municipales y en otros conservaban la mitad de oficios, situación permitida por la Corona en Castilla y propiciada por los Decretos de Nueva Planta en los reinos de la Corona de Aragón, donde los municipios habían contrarrestado la ofensiva de la aristocracia en este sentido. Pero el fundamento del poder nobiliario estaba siendo cuestionado por figuras como Cadalso, Cabarrús, Gándara, etc., atacándolo principalmente por su escasa o nula participación en el utilitarismo ilustrado: como clase social, la nobleza estaba viviendo el ocaso de un proceso social en el que ella había desempeñado el papel principal: la nobleza tradicional tocaba a su fin. La Iglesia como estamento privilegiado, también verá combatida su posición por la corriente ilustrada y por la misma Monarquía, con la consiguiente merma de su posición, aunque el status jurídico, económico y fiscal de la institución no experimente cambio ninguno. Los efectivos eclesiásticos se cifraban hacia 1768 en unos 16.639 párrocos (cifra inferior al número de parroquias, que eran casi 19.000), 51.048 clérigos sin cura de almas, 56.477 frailes y 27.585 monjas. Las máximas dignidades estaban ocupadas por 8 arzobispos y 51 obispos. La riqueza patrimonial de la Iglesia se mantenía en los mismos altos niveles de tiempos precedentes. Si el producto nacional bruto, estimado a mediados de siglo, alcanzaba los 1.076 millones de reales, 259 de ellos procedían de tierras eclesiásticas; del producto bruto ganadero, 220 millones de reales, 22 eran de la Iglesia; de los 306 millones de reales que se recaudaban por alquileres, rentas, derechos señoriales y demás, la Iglesia se hacía con 136 millones y también conseguía una parte muy sustancial, 28 millones, de los censos y rentas, que montaban a 38 millones de reales. En el sector en el que su significación era casi nula, su participación estaba en torno a los 10 millones de reales en un total de 475’5 millones, cifra a la que llegaban los ingresos producidos por el comercio, la industria y los salarios. Todo ello significa que la Iglesia controlaba la cuarta parte del producto bruto agrícola, la décima parte del ganadero y las tres cuartas partes de las rentas hipotecarias y censos . Por lo general, la Iglesia tenía arrendadas sus tierras con modalidades muy diversas, desde la aparcería hasta los foros pasando por los distintos usos regionales; unas tierras que se consideraba estaban mejor trabajadas que el resto y cuya calidad era muy alta. En el apartado de las rentas, las procedentes de sus bienes inmuebles –con ser grande- no tenían tanta importancia ni significación como los ingresos procedentes de los diezmos -80 millones de reales-, de los que la Corona conseguía las tercias y el excusado. Igualmente, se calcula que el monto de las primicias, voto de Santiago, bodas, bautizos y demás, debería ser una cantidad nada desdeñable. Tal riqueza estaba desigualmente repartida en el seno de la institución, pues durante el siglo XVIII no se produjo ninguna variación en el mapa eclesiástico, perdurando anacronismos y desigualdades. Los efectivos humanos de la Iglesia presentan en su jerarquización y procedencia una especie de correlato de la sociedad civil, toda vez que los prelados, mayoritariamente, proceden de la nobleza media o inferior, sin faltar en las altas dignidades segundones de las grandes familias y para los niveles inferiores permanecen las mismas pautas de comportamiento social de tiempos anteriores, haciendo del clero rural el grupo más desfavorecido. Durante el siglo XVIII, una de las grandes novedades en la relación Iglesia-Monarquía estriba, posiblemente, en la existencia de un enfrentamiento más o menos permanente y no siempre claramente manifiesto y que tiene su razón de ser en el deseo real de subordinar a su supremacía todas las jurisdicciones existentes, una actitud que al aplicarse concretamente a la Iglesia genera una conducta teórico-práctica denominada regalismo. La “ofensiva” estatal descargará también contra el clero regular, el sector menos “útil” de la comunidad eclesiástica. Por eso se dificultará su petición de limosnas, se querrá controlar algunas dimensiones de su vida interna y se busca reducir su influencia en el entorno social. Pero en conjunto, la Iglesia aguantó bien el embite. Por último, el Tercer Estado durante el Setecientos no sólo no simplifica su complejidad, sino que se ve agravada por el aumento numérico y cualitativo de los efectivos burgueses en una población en la que el 90% de sus componentes proceden del ámbito rural, donde junto a labradores y grandes campesinos –los que poseen más medios dentro del sector- encontramos a un campesinado medio de contornos tan amplios como vagos y a los jornaleros, tan numerosos o más que todos los anteriores, escasos en el norte y numerosos en el sur. A fines de siglo, según el censo de Godoy, había 364.000 propietarios, 507.000 arrendatarios y 805.000 jornaleros. En las ciudades se reunía una parte minoritaria de la población, a cuya cabeza se situaban comerciantes, rentistas, artesanos, funcionarios y profesiones liberales, constituyendo una especie de patriciado de procedencia variada, pero de efectivos escasos. Sigue un amplio grupo de asalariados (oficiales, aprendices, criados, etc.), por debajo están los que viven de trabajos o actividades vergonzantes y en el escalón más bajo se encontraban los marginados. Para mediados del siglo XVIII se estimaban en 1.150.000 los que trabajaban en el campo y en 199.926 los trabajadores no agrícolas, en donde los grupos mayoritarios eran los obreros textiles (más de la mitad de la última cifra) y los empleados en la construcción (que superaban el 25% de la misma). De los 179.829 censados por categorías, 98.321 eran maestros, 66.234 oficiales y los aprendices tan sólo 15.274. Precisamente en los gremios tenían las llamadas clases medias sus efectivos más señalados. En el recuento de 1797 hay censados 495.000 artesanos, fabricantes y artistas, de los que 280.000 pertenecían al primer grupo y de ellos, la mitad procedían de las cinco agrupaciones más importantes, de acuerdo con este aproximado reparto: 57.000 laneros, 33.000 sastres, 31.000 carpinteros, 14.000 sederos y los herreros, que no superaban los 12.000. En cualquier caso, a estas alturas, el fracaso socio-económico de los gremios parecía claro y se imputaba el mismo al crecimiento demográfico, al anquilosamiento de las estructuras y los mecanismos internos, al nepotismo, al exclusivismo y a la atomización de los oficios, entre otros factores. A finales de siglo había censados por encima de los 25.000 comerciantes y mercaderes, otro sector burgués, escaso numéricamente , prestigioso socialmente y ambiguo en sus planteamientos, pues aspiraba a ennoblecerse y vivir como tal. En su seno había gradaciones, pero podemos hablar de dos grupos fundamentales: el del comercio al por mayor –la gran burguesía-, organizado en Consulados de Comercio, y el del comercio “menudo” –pequeña burguesía-, organizado en los Cuerpos Generales de Comercio. Pobres , vagos y delincuentes constituían un heterogéneo grupo. Los límites que separaban a estos sectores eran muy difusos y a menudo se confundían con los que trabajaban en actividades vergonzantes, de modo que la diversidad del grupo se veía incrementada con los efectivos aportados por pícaros, mozos de cordel, prostitutas y todos aquellos de condición similar. Los vagos aumentaron a lo largo del siglo y como tales eran considerados los que carecían de oficio o beneficio, los jornaleros que sólo trabajaban ocasionalmente, los falsos peregrinos, los “eternos” estudiantes y los mozos ociosos. Contra ellos emitió el gobierno una serie de medidas encaminadas a hacerlos “útiles” insertándolos en el mundo del trabajo y quiso ayudarles con instituciones benéficas, pero como no fueron capaces de resolver el problema, se recurrió también a las levas para paliar los efectos de la existencia de estos grupos más o menos marginados. Tampoco fueron muy allá los logros obtenidos con los gitanos, con frecuencia asimilados a los moriscos, rechazados por su vida nómada, rozando o cayendo en el delito y acusados de no tener religión ni moral; la pragmática de 1783 fue el intento más serio para lograr su establecimiento permanente en algún lugar, pero sus resultados hay que matizarlos mucho. Por lo que respecta a los esclavos, su importancia era prácticamente nula, pues la esclavitud había perdido para entonces su importancia. En la comunidad extranjera, los más numerosos eran los italianos, a los que seguían flamencos, hanseáticos, ingleses, portugueses y franceses y estaban ubicados, preferentemente, en poblaciones relacionadas con el comercio americano. Considerada en bloque, la sociedad española durante el siglo XVIII va adquiriendo los tonos que la transformarán y en el cambio de siglo se producirá el inicio del tránsito de la sociedad estamental a la nueva sociedad de clases. Y por lo que hace a su dinámica interna, conviene señalar el propósito gubernamental de controlar a la población de forma eficaz a fin de mantener el status vigente y controlar las manifestaciones de la conflictividad social, lo que buscará mediante la creación de una serie de instituciones de seguridad y el recurso al ejército cuando la situación se juzgue especialmente amenazante o peligrosa.

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