lunes, 25 de septiembre de 2023

GIPUZKOA, paso a paso // El Txillada-leku (29)

Eduardo Chillida inicia estudios de arquitectura que no acabará nunca. En 1948 viaja a París, donde entabla amistad con Pablo Palazuelo. En 1950 vuelve a San Sebastián, contrae matrimonio y, al año siguiente se instala en Villaines-sous-Bois, un pueblo francés. En 1952 se instala definitivamente en España. Se autocalifica como arquitecto del vacío. Su obra se inspira en la naturaleza. El igual que Gargallo y Julio González, emplea el hierro forjado, aunque utiliza también otros materiales como madera, granito, hormigón e incluso alabastro. Fiel admirador de la escultura de Brancusi; se ha señalado que su obra se mueve entre las influencias del arcaísmo griego y de la escultura contemporánea de Henry Moore. Junto a Jorge Oteiza es el escultor vasco más destacado del siglo XX. El Museo Chillida Leku es el lugar donde se encuentra el corpus de obra más amplio y representativo de Eduardo Chillida. Chillida Leku es un museo fundado en vida por el propio artista, creador del Peine del Viento, tras quince años de trabajos de restauración y acondicionamiento del caserío Zabalaga en las afueras de Hernani, a pocos kilómetros de San Sebastián. El escultor buscaba un hogar para sus obras –un “lugar” (en euskera, leku)– donde las generaciones futuras pudieran conocer y experimentar su arte en un emplazamiento inigualable. Dentro del edificio pueden visitarse las obras de menor tamaño, dibujos o incluso sus primeras esculturas de torso. Pero su verdadera personalidad radica en el exterior, donde se exhiben esculturas al aire libre. Se trata de un lugar especial en el que se exponen no sólo sus esculturas más queridas, sino la esencia de su obra. Este edificio histórico que data del siglo XVI está rodeado por 11 hectáreas de terreno a lo largo de las cuales pueden admirarse cerca de 40 esculturas originales del artista entre las que destacan Buscando la luz I (1997) o Lotura XXXII (1998) realizadas con acero corten, un material con fuertes resonancias del pasado industrial de la región. Entre los años 2011 y 2019 ha permanecido cerrado al público general y solo se podía acceder con cita previa. En abril de 2019 reabre sus puertas tras un proceso de actualización dirigido por el arquitecto argentino Luis Laplace, conocido por sus trabajos de interiorismo y restauración respetuosa y sostenible, desarrollados en intenso vínculo con el arte. El arquitecto Jon Essery Chillida, nieto de Eduardo Chillida, y el paisajista holandés Piet Oudof han participado en el proceso de reacondicionamiento junto a Laplace. La Colección Chillida-leku está compuesta por 391esculturas y más de 300 obras en papel, entre gravitaciones, grabados y dibujos.Las Exposiciones permanentes están integradas por esculturas y otras obras de Eduardo Chillida en acero-hierro, alabastro, acero inoxidable, piedra, hormigón, madera, papel, tierra, yeso y fieltro. En definitiva, el Museo Chillida-leku es un gran espacio de jardines y bosques y un caserío (Zabalaga) remodelado, donde el escultor Eduardo Chillida Juantegui distribuyó una gran muestra de su obra. Está situado en las inmediaciones de Hernani, provincia de Guipúzcoa. Inaugurado el 16 de septiembre de 2000, tras 10 años de actividad, el 31 de diciembre de 2010 cerró sus puertas debido a la crisis económica. El 30 de noviembre de 2017 se dio a conocer que Chillida-Leku reabriría en 2018, siendo la galería suiza Hauser & Wirth la representante exclusiva de la obra de Eduardo Chillida. Sin embargo, la reapertura se pospuso para el 17 de abril de 2019. El 23 de agosto de 2019, el museo fue seleccionado por la revista estadounidense Time en su lista World’s Greatest Places 2019 como uno de los mejores lugares del mundo para visitar, tratándose de la única representación española. El museo se distribuye a lo largo de una parcela de 13 hectáreas. En el exterior se muestran 40 esculturas de muy diferentes tamaños. Las más grandes son Buscando la luz de 27 toneladas y 9 metros de alto y Lotura XXXII de 60 toneladas, y otras como Estela V no miden más de un metro. Los materiales de las esculturas del exterior son el acero y la piedra, predominantemente granito rosa. Las esculturas de los jardines se pueden tocar, por lo que el visitante siente la fuerza de los materiales. En el interior del caserío se muestran las obras más delicadas del artista. Muchas de ellas están fabricadas en materiales que no podrían soportar las inclemencias meteorológicas, como son la madera, el alabastro o la lana. Además, hay un exposición de estudios del cuerpo humano en pintura y escultura. El caserío data del siglo XVI y tiene el nombre de Zabalaga. Chillida buscaba un edificio en el que mostrar su obra, y cuando lo descubrió se encontró con este caserío de 1543 en estado de ruinas. Con la ayuda del arquitecto Joaquín Montero desarrolló un proyecto de restauración y creó un gran espacio interior, dividido en dos plantas. La planta baja abarca toda la superficie, mientras que la alta cubre solo una parte de ésta. Pero un análisis detallado de la obra de Chillida nos diría que en 1948, buscando un ambiente creativo más propicio al que se vivía en la España franquista, se trasladó a París. Allí entabló amistad con el pintor Pablo Palazuelo y, además de conocer de primera mano la obra de artistas como Picasso, Julio González o Constantin Brancusi, sintió una especial fascinación por la escultura arcaica griega del Louvre. En esa primera y efímera etapa realizó en yeso y terracota una serie de esculturas aún influidas por la tradición figurativa. Con todo, aquellos sondeos artísticos no satisficieron a Chillida. Agotado y frustrado, decidió abandonar la capital francesa para volver a su tierra natal. Tiempo después, rememorando aquellos años, diría: «Me di cuenta de que París, así como mis frecuentes visitas al Louvre, me llevaban hacia la blanca luz de Grecia, del Mediterráneo. Comprendí que aquél no era mi lugar y le dije a Pili: “Volvamos a casa, estoy acabado”. Al llegar comprendí por qué me sentía acabado: mi país tiene una luz negra, el Atlántico es oscuro». En 1951 se instaló en el País Vasco con su esposa, Pilar Belzunce, con la que había contraído matrimonio un año antes. En la localidad guipuzcoana de Hernani comenzó a trabajar en la fragua de Manuel Illarramendi, quien le enseñó los seculares secretos del arte de la forja. Aquel mismo año, Chillida alumbró su primera escultura abstracta, Ilarik: una austera y «primitiva» estela en la que el hierro y la madera (materiales con fuertes connotaciones míticas dentro de la tradición y la cultura vascas) se integraban desmintiendo la vieja jerarquía entre «estatua» y «peana». Esta obra supuso un antes y un después en su trayectoria artística, no sólo por la elección de los materiales mencionados, sino, sobre todo, porque en ella se asentaban, aunque de modo todavía incipiente, conceptos constitutivos de su obra posterior como el espacio, la materia, el vacío o la escala. Las exploraciones creativas iniciadas con Ilarik se irían redefiniendo y concretando en los años siguientes con piezas como Elogio del aire, Música callada o Rumor de límites. El reconocimiento internacional le vino también en los años cincuenta al exponer en galerías y museos de ciudades como París, Londres, Milán, Madrid, Nueva York o Chicago, entre otras, y participar en certámenes tan importantes como la Bienal de Venecia de 1958, en la que ganó el Gran Premio Internacional de Escultura, o la Documenta de Kassel de 1959. A fines de la década empezó a experimentar con nuevos materiales y soportes. En 1959 realizó Abesti Gogora, su primera escultura en madera. Ese mismo año, ejecutó también su primera obra en acero, Rumor de límites IV, y sus primeros aguafuertes. En 1963, nuevamente entraba en contacto con el mundo y la cultura egea, pero en esta ocasión (sin la mediación, quizá, de las ampulosas salas del Louvre) la luz cegadora y, para él, distante del Mediterráneo, se le reveló con nuevos esplendores. De aquel periplo por tierras griegas nacerían, dos años después, sus primeros alabastros, como los de la serie Elogio de la luz. Utilizando la técnica del vaciado, la misma que ya emplearon los grandes escultores de la Grecia clásica y el Renacimiento, Chillida horadó y modeló el bloque para que el espacio y la luz entraran en sus pétreas entrañas. Esta concepción prometeica del hecho escultórico, llevada, eso sí, a una escala titánica, sería la que iluminaría su inconcluso proyecto para la montaña de Tindaya, en Fuerteventura. En 1971 realizó su primer trabajo en hormigón. En los años subsiguientes, coincidiendo con los grandes encargos de escultura pública, este material sería empleado en un gran número de obras, como Lugar de encuentros III (Madrid, 1971), La casa de Goethe (Frankfurt, 1986), Elogio del agua (Barcelona, 1987), Elogio del horizonte (Gijón, 1990) o Monumento a la tolerancia (Sevilla, 1992). Asimismo, también utilizó el acero (uno de los materiales en los que trabajaba más a gusto) en la concreción de muchas de sus esculturas de los años ochenta y noventa, como el Monumento a los Fueros (Vitoria, 1980), Homenaje a Jorge Guillén (Valladolid, 1982), Helsinki (Helsinki, 1991), Homenaje a Rodríguez Sahagún (Madrid, 1993), Jaula de la libertad (Trier, 1997), Diálogo-Tolerancia (Münster, 1997) o Berlín (con esta obra, situada frente a la nueva Cancillería de la capital alemana e inaugurada póstumamente en 2002, Chillida quiso simbolizar el espíritu conciliador de la nueva Alemania unificada). En el año 1999, el Museo Guggenheim Bilbao celebró el 75º aniversario del escultor con una interesante retrospectiva en la que se presentaron más de doscientas obras. Esta exposición ha sido, hasta el momento, la más importante que se le haya dedicado al artista. En septiembre de 2000, Chillida vio realizado uno de sus grandes sueños. Aquel día, en Hernani, abrió sus puertas el centro que él mismo había bautizado como Chillida-Leku (Casa de Chillida). Este proyecto empezó a gestarse en 1984, cuando él y su esposa adquirieron un viejo caserío del siglo XVI, rodeado de prados y bosques, con la idea de crear un espacio que contribuyese a la divulgación de su obra y albergase de forma permanente una muestra representativa de la misma. El Museo Chillida-Leku no sólo fue el último legado de este artista universal que sin olvidar sus raíces supo reinventar la escultura para llenarla de nuevos significados, sino que en poco tiempo se ha convertido en uno de los nuevos referentes culturales del País Vasco. Sobre sus primeros años en la escultura, apuntaremos que también miembro de la escuela vasca es Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924). Se halla igualmente interesado por el problema del espacio. Maneja el hierro y el hormigón, bajo formas de una geometría sencilla y dinámica, que habla el lenguaje de los volúmenes eternos, de las formas empotradas. Su arte es una clara reflexión acerca de la composición arquitectónica de la naturaleza. Es una de las figuras de la escultura universal. Constituye un ejemplo de cómo la tradición (las forjas guipuzcoanas) pueden ofrecer una continuidad en el tiempo. Superficies pulimentadas o rugosas (el hormigón), líneas quebradas, volúmenes rotundos, definen una plástica totalmente no figurativa, pero dotada de una tremenda fuerza conceptual. En un principio Chillida se inspiró en el arte arcaico griego, pero pronto abandonó lo figurativo. Inquiere con afán en la técnica ancestral: la talla directa en la madera y la forja en el hierro. Extrae toda la belleza a los anillos que forman las capas del árbol. Y asimismo sus esculturas saben a yunque; no es el modelado, sino el golpe certero sobre el hierro al rojo. Es escultor de lo pequeño y lo grande. En lo diminuto roza la orfebrería. De la vieja ebanistería logra el encanto de los ensamblajes (Abesti Gogora II). Se halla en busca de sus raíces. Dice que sus esculturas hablan eusquera. Pero para ello penetra en el bosque, lanza la vista al paisaje. Está a la búsqueda del monumento conmemorativo. Guren Aitaren Etxea es un monunento en Guernica. Traza una capilla o ábside de hormigón (con la textura bien perceptible) y muestra los arcos abiertos al exterior. En el centro dispone la estela en hierro. Y cuando en 1990 realiza para Gijón el Elogio del Horizonte, lo primero fue localizar el emplazamiento para el anillo de hormigón que marca el hito para contemplar el mar. Teniendo en cuenta otros parámetros, puede afirmarse que el Museo Chillida Leku es el lugar donde se encuentra el corpus de obra más amplio y representativo de Eduardo Chillida. Chillida Leku es un museo fundado en vida por el propio artista, creador del Peine del Viento, tras quince años de trabajos de restauración y acondicionamiento del caserío Zabalaga en las afueras de Hernani, a pocos kilómetros de San Sebastián. El escultor buscaba un hogar para sus obras –un “lugar” (en euskera, leku)– donde las generaciones futuras pudieran conocer y experimentar su arte en un emplazamiento inigualable. Dentro del edificio pueden visitarse las obras de menor tamaño, dibujos o incluso sus primeras esculturas de torso. Pero su verdadera personalidad radica en el exterior, donde se exhiben esculturas al aire libre. Se trata de un lugar especial en el que se exponen no sólo sus esculturas más queridas, sino la esencia de su obra. Este edificio histórico que data del siglo XVI está rodeado por 11 hectáreas de terreno a lo largo de las cuales pueden admirarse cerca de 40 esculturas originales del artista entre las que destacan Buscando la luz I (1997) o Lotura XXXII (1998) realizadas con acero corten, un material con fuertes resonancias del pasado industrial de la región. Entre los años 2011 y 2019 ha permanecido cerrado al público general y solo se podía acceder con cita previa. En abril de 2019 reabre sus puertas tras un proceso de actualización dirigido por el arquitecto argentino Luis Laplace, conocido por sus trabajos de interiorismo y restauración respetuosa y sostenible, desarrollados en intenso vínculo con el arte. El arquitecto Jon Essery Chillida, nieto de Eduardo Chillida, y el paisajista holandés Piet Oudof han participado en el proceso de reacondicionamiento junto a Laplace. La Colección Chillida-Leku está compuesta por 391 esculturas y más de 300 obras en papel, entre gravitaciones, grabados y dibujos. Dicho lo cual, queda todo formulado sobre Eduardo Chillida y el Chillida-leku. Y, una vez aclarado este extremo, os anuncio que el próximo oferplán nos va a llevar hasta LA RUTA DE LOS TRES TEMPLOS, que son ni más ni menos que el románico de La Antigua de Zumarraga, el barroco del Santuario de Loyola y la vanguardia de Arantzazu, una ruta por los valles de los ríos Urola y Deba que está repleta de arte y espiritualidad. Procuraremos, en todo momento, no incurrir en reiteraciones, en duplicados, etc., etc.

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