GIPUZKOA, paso a paso // Sobre el Santuario de Loyola (16)
Otro día. Hoy, vestidos un tanto de lujo, pues la visita así lo exige, nos dirigiremos a Azpeitia, a unos 52 kilómetros de San Sebastián. Ahora no disponemos de coche propio, por lo que, después de informarnos bien, os recomendamos que cojáis de Lurraldebus el UK01dirección Azkoitia. ¡Bien! Situada al pie del monte Erlo, Azpeitia es uno de los municipios más extensos de Gipuzkoa. Merece la pena que visitemos su casco viejo, con la plaza Mayor porticada, la iglesia de San Sebastián de Soreasu y la casa torre de Emparan. Luego, en Azpeitia hay construcciones de relieve, aunque la edificación de mayor trascendencia es el santuario de Loyola, que se encuentra en las afueras de dicha localidad. Hablando del santuario de Loyola podríamos escribir muchas páginas, pero, como la extensión nos obliga, nos ceñiremos exclusivamente a las ideas más sobresalientes, olvidándonos, aunque sea momentáneamente, del municipio de Azpeitia. Del impresionante conjunto monumental que constituye este Santuario, obra del arquitecto italiano Carlo Fontana, destaca la basílica. En estilo barroco, de planta circular, y rematado por una majestuosa cúpula, fue erigido en el siglo XVII en honor a san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. El conjunto alberga en su interior la casa en la que naciera el santo, en 1491, conocida como Santa Casa. Pensemos que uno de los personajes vascos más notables de la historia es Iñigo de Loyola (san Ignacio), fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas), actualmente extendida por todo el mundo. Loyola es uno de los lugares más destacados del País Vasco, no solo de Gipuzkoa, tanto desde el punto de vista histórico, como por sus tradiciones y, también, por el entorno natural en que se encuentra. En vista de todo ello, sostenemos que esta visita puede ser emprendida teniendo en cuenta diferentes puntos de vista. En principio, por nuestra parte nos centraremos en el Santuario y, en segundo lugar, en la Casa Torre de los Loiola. Os sorprenderá encontrar el Santuario en mitad del Valle de Urola, rodeado de montañas y en un entorno idílico. El conjunto de Santuario está edificado en torno a la Casa Torre medieval, en la que Iñigo de Loyola nació en 1491. El centro del Santuario está ocupado por la Basílica, que data de 1738, con su majestuosa cúpula. La Basílica cuenta, como hemos dicho, con una cúpula de 24 metros de diámetro y 62 de altura además de dos inmensas naves a ambos lados construida según los planos del arquitecto italiano Carlo Fontana. Las obras se iniciaron en el año 1681 y se finalizaron en octubre de 1888. Esta joya barroca se compone de un cuerpo rectangular formado por el templo circular y el gran pórtico y las dos alas destinadas a dependencias. Una amplia escalinata da acceso al pórtico semicircular. El interior nos muestra el Templo Circular. Así, el arte romano de Bernini, del que Carlo Fontana fue alumno aventajado, lo podemos encontrar en el corazón de Gipuzkoa. El retablo mayor barroco, de mármol, está presidido por una imagen en plata de San Ignacio, regalo de la Real Compañía Gipuzkoana de Caracas, una entidad de comercio con América clave en la historia de Gipuzkoa. Se complementa con varios altares de mármol, herrajes y verjas magníficas y un órgano Cavaille-Coll. Os proponemos que, si disponéis de tiempo, realicéis la llamada “Ruta de los tres templos”, visitando también los cercanos santuarios de Arantzazu y La Antigua (en Zumárraga). Tres estilos para los tres santuarios guipuzcoanos. El románico, en La Antigua de Zumárraga, el barroco, en Loiola, y la vanguardia, en Arantzazu. Una ruta por los valles de los ríos Urola y Deba, que está repleta de arte y espiritualidad. La conocida como “Casa Natal” trasladará tu imaginación a la época feudal a través del linaje del Santo, el de la familia de Oñaz y Loyola, que se conoce desde el siglo XIII. Sus muros de casi dos metros de espesor, troneras, e incluso bombardas antiguas te harán sentir que accedes a una fortaleza medieval, como de hecho era el edificio originalmente. La tronera es una abertura para disparar los cañones practicada en una muralla. Los miles de visitantes que se acercan hasta Loiola a lo largo del año tienen una parada obligada en la Casa de San Ignacio. El 25 de diciembre de 1491 nació en ella Iñigo de Loiola. Esta importante construcción se halla rodeada en su totalidad por las paredes de la fachada exterior del Santuario, lo que imposibilita su visión desde el exterior. Accediendo a través de una puerta lateral a la Basílica los visitantes se encontrarán con un pequeño patio presidido por una escultura de Iñigo de Loiola convaleciente en la camilla y, a su lado, la puerta de acceso a la Casa de San Ignacio. Además de su importancia como cuna del santo, la casa-torre de Loyola tiene una amplia e importante historia que se pierde en los tiempos como casa solariega de los poderosos Loiola. Conservada casi en su totalidad, muestra en su fachada claras influencias del estilo mudéjar, consecuencia de su última reconstrucción, allá por el siglo XV. La Santa Casa se halla muy transformada interiormente. Varias de sus dependencias son ahora oratorios y en ellos se conservan reliquias y recuerdos de la familia. En definitiva, la Casa Torre de los Loiola es la casa en la que nació san Ignacio en el año 1491, como hemos dicho. Se encuentra dentro de los límites del Santuario y, actualmente, alberga un pequeño museo en el que se da a conocer la vida de los Loiola, parientes mayores del bando oñacino, y su personaje más ilustre, san Ignacio. Al igual que muchas de las torres medievales, la de los Loiola es de planta cuadrada, con cuatro pisos y tejado a cuatro aguas. Tras la orden de Enrique IV de desmochar todas las construcciones de defensa, el abuelo de Ignacio de Loiola mandó destruir la parte de arriba y reconstruirlo en ladrillo, en estilo mudéjar. Es por ello que el edificio tiene dos estilos: gótico, en la parte baja, y mudéjar, en la superior, correspondiendo inicialmente al siglo XII. Ignacio concibió de modo vago lo que sería la Compañía de Jesús primeramente en Manresa (ilustración del Cardoner, 1522), perfiló algunos rasgos en París (votos de Montmartre, 1534) y, de forma definitiva, estableció la Congregación de Clérigos Regulares con voto especial de obediencia al papa en Roma en 1539. Los compañeros decidieron elegir un superior, formando una Orden religiosa. Ignacio redactó la Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús, que fue aprobada por Paulo III el 3 de septiembre de 1539, pero con la limitación de que el número de miembros profesos no pasara de sesenta, con la bula de aprobación Regimini militantis Ecclesiae, del 27 de septiembre de 1540. El 19 de abril de 1541 fue elegido como general de la nueva Orden. De los nueve compañeros del fundador que aparecen en la bula, cuatro eran españoles: el soriano Diego Laínez, el navarro Francisco Javier, el toledano Alfonso Salmerón y el palentino Nicolás Alfonso de Bobadilla. La fundación fue una empresa colectiva, si bien Ignacio fue admitido siempre como la cabeza, en gran medida porque inspiraba seguridad y por su carácter bondadoso, que hacía que los adeptos crecieran a su alrededor. En el santuario de Loyola se llevan a cabo retiros espirituales, estancias de grupos religiosos y celebraciones litúrgicas especiales para peregrinos, todo esto sin contar con su nutrida biblioteca. No está de más que digamos algo sobre LOS JESUITAS. La Compañía de Jesús es la orden, fundada en Roma, en 1540, por san Ignacio de Loyola, quien elaboró las Constituciones, que fijan sus pautas espirituales. En su época revolucionó el carácter monástico de las órdenes religiosas a través de un apostolado más dinámico y de una mayor y mejor preparación de sus miembros, acorde con un mundo en transformación. Con una estructura de gobierno centralizada, a cargo de un propósito general vitalicio, la Compañía desarrolló una gran actividad misionera en India, Japón y América e hizo de la enseñanza la principal arma de la Contrarreforma. Yendo al grano de la cuestión, se denomina jesuita al miembro de la Compañía de Jesús, orden religiosa de clérigos regulares, fundada por san Ignacio, como ya hemos indicado, con el objeto de formar una milicia al servicio del papa para la difusión del cristianismo y la defensa de la Iglesia; su regla fue aprobada por Paulo III (1539) y definitivamente con la bula Regimini militantis, de 1540. La Orden está organizada según una jerarquía con un general a la cabeza. Expulsados en el siglo XVII de casi todos los Estados por su influencia política, fueron suprimidos por Clemente XIV en 1773, y restablecidos por Pío VII en 1814. Dedicados a la educación y a la instrucción de la juventud, los jesuitas han instituido escuelas, colegios y universidades. En 1591, la Compañía de Jesús administraba 36 fundaciones (noviciados, colegios y casas profesas) y contaba con 1.105 miembros. El colegio más importante era el de Alcalá, con 104 personas. Los jesuitas españoles -la Milicia de Cristo- eran 2.100 a principios del siglo XVII, con un centenar de fundaciones. El final del siglo XVI y todo el XVII fueron el “siglo de oro” de la Compañía, que gozó de la protección de los monarcas y de Olivares, cuyo confesor era el padre Aguado. Felipe IV había hecho fundar en 1623 los Estudios Reales de Madrid (o Colegio Imperial), que harían la competencia a las universidades. Los jesuitas habían puesto en práctica métodos pedagógicos basados en las humanidades, que perseguían desarrollar las capacidades de cada estudiante: la ratio studiorum, “raíces de virtud y letras”. En el siglo XVII los colegios de la Compañía acogían a nobles y príncipes. En su obra misionera, los jesuitas, en virtud de un voto de obediencia al papa, estaban obligados a aceptar todas las misiones apostólicas. Así, Francisco Javier partió para evangelizar China, donde pereció como mártir “lejos, entre los gentiles”. El padre Mastrili fue decapitado en Japón en 1637. En las Indias, en Paraguay en particular, los jesuitas protestaron por los malos tratos de que eran objeto los indios guaraníes. La creación de reducciones, en 1609, autorizadas por Felipe III y gobernadas exclusivamente por los jesuitas, provocó polémicas y conflictos con las autoridades de la península. Se crearon colegios en Potosí en 1623 y en Puebla en 1625. En tiempos de Carlos III se ordenó la detención de los jesuitas de la península. El papa suprimió la orden en 1773. La Commpañía se restableció en 1814. Se comprende, por lo tanto, la grandísima biblioteca que se custodia en Loiola. 150.000 tomos convierten a la Biblioteca de los Jesuitas de Loiola en una referencia importantísima para numerosos investigadores e historiadores, que desde finales de 1997, cuando la biblioteca quedó abierta al uso del público, se dan cita en Loiola. La biblioteca alberga y conserva publicaciones de todo tipo, entre los que se incluyen algunos incunables, que son libros impresos antes de 1500. Si son anteriores a 1470 se llaman paleotipos. Es destacable la sección denominada Biblioteca Vasca, con más de 10.000 libros escritos tanto en euskara como en castellano u otros idiomas, todos ellos relacionados con la cultura y temas vascos. Abreviadamente, por lo tanto, Azpeitia es la cuna de san Ignacio de Loiola, fundador de la Compañía de Jesús, siendo el Santuario de Loyola el mejor exponente arquitectónico del barroco en el País Vasco y uno de los más singulares del mundo en ese estilo. Y, una vez llegados hasta aquí, no nos resistiremos a dar una pinceladas gordas de la biografía de san Ignacio. Íñigo López de Recalde, vulgarmente conocido por san Ignacio de Loiola, nació en Loyola (Gipuzkoa) en 1491 y murió en Roma en el año 1556; fue, además, el fundador de la Compañía de Jesús. Es decir, Iñigo de Loyola nació en Loyola (Azpeitia) hacia 1491 (probablemente el 25 de diciembre) y muerto en Roma el 31 de julio de 1556. Fue bautizado como Iñigo López de Regalde. Su primera dedicación fueron las armas, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, tras resultar gravemente herido en la defensa de Pamplona contra los franceses (1521), cambió por completo de orientación: la lectura de libros piadosos durante su convalecencia le decidió a consagrarse a la religión. Se retiró inicialmente a hacer penitencia y oración en Montserrat y Manresa, donde empezó a elaborar el método ascético de los Ejercicios espirituales (1522). Las primeras actividades de San Ignacio de Loyola difundiendo el método de los ejercicios espirituales le hicieron sospechoso de heterodoxia (asimilado a los «alumbrados» o a los seguidores de Erasmo de Rotterdam): en Castilla fue procesado, se le prohibió la predicación (1524) y hubo de interrumpir sus estudios. Por último, señalaremos que la Compañía reproducía la estructura militar en la que Ignacio había sido educado, pero al servicio de la propagación de la fe católica, amenazada en Europa por las predicaciones de Lutero, que habían puesto en marcha la Reforma protestante. Las Constituciones que Ignacio le dio en 1547-50 la configuraron como una orden moderna y pragmática, concebida racionalmente, disciplinada y ligada al papa, para el cual resultaría un instrumento de gran eficacia en la «reconquista» de la sociedad por la Iglesia en la época de la Contrarreforma católica. Pero no podemos irnos, sin aclarar antes dos conceptos fundamentales. ¡Primero! El Barroco es el estilo que se desarrolló durante el siglo XVII y primera mitad del XVIII. Sus características especiales hicieron que fuera menospreciado por la crítica neoclásica, por lo que la palabra ha pasado a tener un contenido peyorativo que va perdiendo poco a poco. Acaso las dos ideas matrices del Barroco sean la de movimiento, que imprime a todos sus elementos, y -en Arquitectura- la pérdida de papel constructivo de muchos de ellos, a favor de una mayor riqueza ornamental e ilusionista. Y ¡segundo! En cuanto al mudéjar, su estilo característico se basó, desde el punto de vista de los materiales, en el uso preferente del ladrillo, la cerámica, la madera y el yeso. Resumiendo, por lo tanto, y realzando la voz, sintetizaremos que san Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, nació en 1491 en la Santa Casa, una mansión de piedra cercana a Azpeitia. En el siglo XVII se construyó a su alrededor la basílica de San Ignacio y las habitaciones de la aristocrática familia Loyola se convirtieron en capillas (en la de la Conversión fue donde el joven Ignacio, convaleciente de una herida de guerra, vivió una profunda y decisiva experiencia religiosa). La basílica es, con diferencia, la obra de carácter religioso más importante realizada en el País Vasco, demostrativa, al ser un proyecto encargado a Carlo Fontana, de que la mayoría de creaciones artísticas de interés han procedido casi siempre de fuera del país; su realización se encargó a J. Begrand e Ignacio Ibero, y es posible que también participara de alguna manera J. B. de Churriguera. La fachada ondulante, su tratamiento homogéneo en desarrollo vertical, la regulación del espacio exterior y la disposición interior del templo tendente a la unidad son los valores primordiales del barroco que se destila en Loiola. Esta magna obra permitió que en ella se especializaran y entrasen en contacto con el pensamiento artístico europeo arquitectos locales como Martín Zaldúa o Sebastián Lecuona, no ya como mero seguimiento y dirección de obras sino con un carácter más participativo. La Compañía de Jesús fue una orden religiosa de la Iglesia católica, fundada en el año 1534 por el sacerdote español Iñigo López de Loyola, que cambió posteriormente de nombre por el de Ignacio de Loyola, y sancionada canónicamente por el papa Pablo III (1534-49) el 27 de septiembre del año 1540, mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae. La Compañía nació poco antes de la celebración del importante concilio de Trento (1545-63), y posteriormente a la revolución religiosa emprendida por el monje agustino Martín Lutero, en el año 1517. La frase emblemática o divisa de la Compañía fue Ad maiorem gloriam Dei ('Para la mayor gloria de Dios'), en la que se resumía desde un principio el principal objetivo de dicha congregación, que no fue otro que el de difundir la fe católica por medio de la predicación y la enseñanza, además de constituirse como el principal instrumento de la Iglesia católica para frenar la expansión de la Reforma protestante. Debido a su principal actividad en el ámbito de la educación, la Compañía, a lo largo de todo su devenir histórico, aportó notables pensadores y obras, no sólo en el terreno de la teología, sino también en disciplinas profanas. Ignacio fue beatificado el 27 de julio de 1609, y canonizado el 12 de marzo de 1622, juntamente con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Felipe Neri e Isidro Labrador. La imagen de Ignacio se ha falseado a través de la historia tanto por los que han pretendido una leyenda áurea como los que se han dejado llevar por la leyenda negra, por los que viven en la exaltación gloriosa de los amigos como por los de la falsa crítica de los adversarios y enemigos. En el contexto barroco es donde se ha creído que comenzó a desdibujarse la imagen de Ignacio, toda vez que el barroco pretendía, en su afirmación católica, exaltar lo heroico y extraordinario. Reflejo de esto aparece en la literatura y el arte en sus diversos campos, como la arquitectura, escultura, pintura, teatro y música. Las fiestas celebradas en ese año y con ocasión del primer centenario (en 1640) supusieron un triunfalismo no deseado por el padre general Mucio Vitelleschi (1615-1645). Volviendo al monaterio de San Ignacio de Loyola, los Ejercicios espirituales de Ignacio orientan la espiritualidad de la Compañía. En los Ejercicios se recogen muchos modos de orar, pero el rasgo común que los caracteriza es la relación entre oración y realización de la voluntad de Dios en la acción, y su referencia a Cristo como principio de discernimiento. En este sentido, tienen plenitud las palabras de Ignacio “en todo amar y servir”, porque la actividad del jesuita está orientada al servicio divino por amor, a cumplir la voluntad de Dios dedicándose por entero a ayudar a los hombres para que consigan la santidad a la que son llamados. Es una espiritualidad misional, de enviado, apostólica. Los elementos característicos de la Fórmula del Instituto, base de las Constituciones aprobada por Paulo III son: 1ª. Fines y descripciones de la vida religioso-apostólica de la Compañía de Jesús. 2ª. Cuarto voto de los profesos y misiones encargadas por el papa. 3ª. La relación entre los superiores y los súbditos. 4ª. Pobreza de la Compañía 5ª. Peculiaridad de su vida en común. Sólo nos resta decir que los fondos de Archivo pueden consultarse de lunes a viernes de 9 a 13 h. y de 15:30 a 18:30 h. La biblioteca cuenta con un servicio de consulta y préstamo de libro moderno. Además abre sus salas de estudio a universitarios durante los fines de semana del período de exámenes, en colaboración con el Ayuntamiento de Azpeitia. Se puede soliciar más información desde el formulario de contacto de esta web o escribiendo a: biblioteka@loyola.global El Camino Ignaciano recrea el itinerario que el caballero Ignacio de Loiola recorrió en el año 1522 desde su localidad natal, Azpeitia (Gipuzkoa), hasta la ciudad catalana de Manresa. Una peregrinación que comenzó después de su conversión espiritual en Loiola, y que tenía como meta final la ciudad santa de Jerusalén. Actualmente, el camino que se ha trazado a partir de las anotaciones personales del Santo, se inicia en la casa donde nació Ignacio en Loiola (Azpeitia) y nos conduce hasta la conocida como “Cova de San Ignacio”, en Manresa (cerca del Monasterio de Montserrat, en Catalunya). Se trata de un recorrido largo y exigente, de aproximadamente 675 kilómetros, que atraviesa 5 comunidades autónomas, y que se puede realizar en unos 30 días. El itinerario se inicia en tierras vascas y atraviesa dos de sus provincias, Gipuzkoa y Álava, antes de proseguir su andadura. Un total de 7 etapas y 150 kilómetros, balizados con las marcas del GR 120, que nos GRANDES RUTAS CAMINO IGNACIANO depararán una experiencia única. Podemos considerar el paso por Euskadi como el más abrupto de toda la peregrinación, pero nos permitirá conocer y recorrer las seis comarcas por las que se transita; Urola Garaia, Urola Erdia, Debagoiena, Llanada Alavesa, Montaña Alavesa y Rioja Alavesa. Una ruta realmente atractiva para aquellos peregrinos que desean buscar experiencias similares a las que ofrece el Camino de Santiago. Cuando el caballero Ignacio de Loyola emprendió el camino de la espiritualidad, en 1522, tomó la decisión de peregrinar a Jerusalén. La primera parte de esta peregrinación lo llevó a Manresa, donde permaneció 11 meses, desde mayo de 1522 hasta marzo de 1523. Recorrió el Camino Real hasta llegar a Barcelona, donde embarcó en un viaje que le llevaría de peregrino hasta Tierra Santa. Basándose en esa experiencia comenzó la escritura del Libro de los Ejercicios Espirituales. Cada vez hay más peregrinos que quieran emprender el camino que completó San Ignacio, a la búsqueda de una experiencia cultural y espiritual enriquecedora. El llamado Camino Ignaciano recrea el viaje que realizó Ignacio de Loiola en el año 1522 desde su localidad natal hasta la ciudad catalana de Manresa, donde la denominada “cueva de San Ignacio” recuerda al fundador de la Compañía de Jesús. El Camino Ignaciano, como otras rutas de gran recorrido, ofrece la oportunidad de vivir una experiencia no solamente viajera sino también de desarrollo e introspección personal. El Camino Ignaciano comienza en Loiola (Azpeitia) y atraviesa Euskadi en dirección Sur para, una vez en La Rioja, dirigirse hasta Manresa. Recrea la ruta que siguió San Ignacio en 1521. En este plan se propone recorrer las etapas 4 y 5 de este Camino atravesando la Montaña Alavesa. Se trata de una actividad que exige un mínimo de entrenamiento. La ruta propuesta comienza en Araia, asciende al puerto de Opakua, atraviesa la sierra de Entzia y desciende al Valle de Harana. Vamos a descomponer este Camino en siete jornadas o etapas, que serían: • Loiola-Zumárraga: Puede realizarse en bicicleta sin dificultad ya que discurre por la vía verde del antiguo Ferrocarril del Urola. Dejamos atrás el Santuario y la Casa de San Ignacio, por el camino asfaltado que se inicia junto al aparcamiento del santuario y que discurre paralelo al río Urola en dirección a Azkoitia. Al llegar a Zumarraga es obligada la visita a la Ermita de La Antigua (S. XIV) referente del románico vasco, conocida como “la catedral de las ermitas” y uno de los hitos de la Ruta de los Tres Templos, junto con el Santuario de Arantzazu y el de Loiola. • Zumarraga-Arantzazu: Mucha dificultad para el uso de bicicletas. En caso de necesidad puede llegarse a Arantzazu por la carretera de Oñati. Se trata de una etapa exigente, particularmente en invierno, que conviene evitar en caso de nevada y que atraviesa el puerto de Biozkonia. La etapa se inicia en la estación de tren de Zumarraga y discurre junto a las vías durante los primeros kilómetros. Pasado Legazpi llegaremos al parque de Mirandaola, famosa por su histórica actividad ferrona, y desde allí nos dirigimos a Telleriarte, atravesamos Brinkola y alcanzamos el embalse Barrendiola, donde comienza la parte más dura de la etapa. • Arantzazu-Araia: Difícil para hacer en bicicleta. Se debe ir bien pertrechado, especialmente en invierno y se desaconseja en caso de nevada. Tras visitar el Santuario de Arantzazu, centro espiritual y destacado ejemplo del arte vasco, tomamos las señales rojas y blancas hacia Urbia. Pasaremos por el lugar en el que la leyenda habla de la aparición de la Virgen de Arantzazu al pastor Rodrigo de Baltzategi. Las cuatro restantes etapas tienen lugar fuera de Gipuzkoa, por lo que vamos a limitarnos a citarlas únicamente. • Araia-Alda • Alda-Santa Cruz de Campezo • Santa Cruz de Campezo-Laguardia • Laguardia-Navarrete Dicho lo cual, cerramos este oferplán y abrimos otros dos, para las próximas citas, en la que abordaremos LA CIUDAD DE DONOSTIA-SAN SEBASTIÁN, LA CAPITAL. San Sebastián es una ciudad turística situada en la montañosa región española del País Vasco. Es conocida por la playa de la Concha y la playa de Ondarreta, que destacan por su pintoresco paseo frente a la bahía y sus restaurantes de prestigio mundial dirigidos por chefs innovadores. En la adoquinada Parte Vieja, las tiendas de lujo coexisten con bares de pinchos maridados con vinos locales y especialidades regionales del tamaño de un bocado.

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