GIPUZkOA, paso a paso // Construcción Vacía (40)
Jorge Oteiza (1908-2003), poeta, escultor, cineasta, ensayista, agitador de ideas, imaginador de futuros... Las palabras y las fechas no valen para definir a Oteiza. Puede decirse que nació en Orio en 1908, que fue un niño asustadizo y un joven que tuvo que hacerse cargo de su familia, que se interesó por la arquitectura pero se matriculó en medicina, que aproximándose a la treintena se orientó hacia el arte, que vivió en Madrid y en 1935 se marchó a Sudamérica, donde se casó con Itziar Carreño –su guía en la tierra– y regresó al País Vasco en 1948. Y se puede recordar que ya para entonces estaba volcado en la escultura, pero decidió abandonarla en 1960, tras dictaminar el final del arte contemporáneo. Pero rompió su promesa y volvió, siguió imaginando y proponiendo mil caminos nuevos para el arte y para la vida. Se enfadó con algunos, fue querido por muchos y admirado por casi todos. Se le fue Itziar, se hizo viejo, se hizo leyenda, nos legó su obra y su pensamiento, su mirada única, original como pocas, y se murió en primavera. Pero para entonces ya era inmortal. Aunque la Construcción Vacía de Jorge Oteiza se instaló en el Paseo Nuevo de San Sebastián en octubre del 2002, la obra es una reproducción a escala monumental de una pieza perteneciente a la serie de once esculturas realizadas por el artista en 1957, que fue premiada aquel año en la IV Bienal de Sao Paulo (Brasil). La obra consta de dos piezas de acero que pesan 12,5 y 10,5 toneladas, respectivamente, y está instalada sobre una plataforma de hormigón recubierta de madera. Desde que a principios de los años noventa Oteiza retomó su relación con San Sebastián, bastante deteriorada en años anteriores por diversas circunstancias, se habían barajado varias alternativas para paliar su inexplicable ausencia del paisaje donostiarra. Finalmente, fue el propio artista quien eligió esta ubicación, convirtiendo su Construcción Vacía en la puerta que Donostia abre al mar. Jorge Oteiza y Eduardo Chillida permanecieron alejados durante muchos años, hasta que, en 1977, sellaron su reconciliación con un abrazo. Tras aquel abrazo simbólico pero efímero, es la bahía de La Concha la que les ha hermanado para siempre. Una bahía que tiene el privilegio de peinar el viento en un extremo con Eduardo Chillida y de abrir una ventana al mar en el otro de la mano de Jorge Oteiza. Asimismo, de la mano de Jorge Oteiza y José Ramón Anda, puede contemplarse La Piedad, que se encuentra a la entrada de la iglesia de San Vizente. A la Piedad concebida por Jorge Oteiza le cuesta asumir con resignación la muerte de su hijo. La Piedad oteiziana es una madre rota que se rebela y protesta y clama su dolor. «¡Qué madre no haría lo mismo!», exclamó Oteiza cuando, en septiembre de 1999, asistió a la inauguración de la escultura. La salud de Jorge Oteiza comenzaba ya a deteriorarse cuando, en 1999, se instaló su Piedad en la fachada de la entonces recién remozada Iglesia de San Vicente, una de las más bellas de San Sebastián. Fue, por cierto, la primera obra de Oteiza con la que contó la capital guipuzcoana. No obstante, el propio artista eligió el emplazamiento –en la fachada principal, pero junto a la puerta lateral que da a la calle del mismo nombre– y puro en mano dirigió la instalación de la obra con su habitual vigor. Para realizar la escultura, de poco más de metro y medio de altura, se tomó como base uno de los 27 bocetos que Oteiza había realizado para el friso del Santuario de Arantzazu entre los años 1953 y 1969. El escultor José Ramón Anda, amigo de Oteiza, fue el encargado de dar forma en aluminio a la maqueta inicial del artista, contando siempre con el apoyo y la colaboración del gran creador de Orio. A partir de la década de los sesenta, Oteiza abandonó la práctica escultórica convencional para desarrollar nuevas inquietudes creativas como la poesía, la arquitectura o la filosofía. «Noté que de mis esculturas salían palabras», señalaría el artista vasco. Con todo, no fue la suya una actitud de mutismo o retiro; al contrario, a partir de entonces desarrolló una actividad pública frenética: no sólo escribió ensayos tan decisivos como Quosque tandem...! Ensayo de interpretación estética del alma vasca (1963), sino que impulsó el movimiento de vanguardia con la creación de grupos como Gaur, Emen, Danok y Orain. En 1988 la Fundación La Caixa y el Museo de Bellas Artes de Bilbao organizaron una gran exposición antológica sobre su obra. Como viniendo a desmentir que aquellos años de silencio hubiesen puesto fin a sus investigaciones plásticas, se exhibió en aquella muestra una multitud de maquetas y obras de pequeño formato que el artista había elaborado en papel, cartón, aluminio y tiza. A lo largo de los años noventa, siguió en su papel de activista y agitador cultural, desatando sonadas polémicas, como la que protagonizó con el Museo Guggenheim Bilbao. «Nunca expondré en este museo», dijo en 1996 cuando se encontraba visitando las obras de dicho centro. Su relación con las instituciones vascas tampoco fue buena: «Harto del país y sus gobernantes», en 1992 decidió donar todos sus fondos artísticos y documentales al gobierno de Navarra, herencia ésta que quedó supeditada a la creación de una fundación que contribuyera al estudio y la divulgación de su obra y del arte contemporáneo en general. Este deseo se hizo realidad en el mes de abril de 2003 al inaugurarse en Alzuza, un pequeño pueblo próximo a Pamplona, el Museo Oteiza, diseñado por su viejo amigo y colaborador Sáenz de Oiza. Con todo, ni uno ni otro pudieron ver el proyecto culminado: Sáenz de Oiza había muerto dos años antes, en 2001, y Jorge Oteiza falleció el 9 de abril de 2003, pocos días antes de que el centro abriera sus puertas, a los noventa y cuatro años de edad, a causa de una prolongada enfermedad respiratoria. Escultor, poeta, filósofo y arquitecto vocacional, Jorge Oteiza fue uno de los artistas más importantes del siglo XX. En su obra supo conjugar la magia y la espiritualidad de los monumentos megalíticos, especialmente los del País Vasco, con las innovaciones formales de los movimientos de vanguardia. Igualmente, su labor pedagógica, así como sus aportaciones en el campo de la estética y la teoría del arte, contribuyeron a forjar varias generaciones de escultores, algunos de ellos tan señalados como Andreu Alfaro o Txomin Badiola. Aunque siempre rehuyó los agasajos y los honores, a lo largo de su vida recibió premios tan importantes como el Príncipe de Asturias de las Artes, en 1988, o la Medalla del Círculo de Bellas Artes, en 1998. La Construcción Vacía de Jorge Oteiza Embil fue adquirida por el Ayuntamiento en 2001, se colocó en el Paseo Nuevo en octubre de 2002. Se trata de una de las obras de la serie presentada para la Bienal de Sao Paulo de 1957, en la que el autor recibió el Premio Internacional de Escultura. Título original: Construcción vacía con cuatro unidades planas negativo-positivo. Obra formada por planos verticales y horizontales que se articulan entre sí formando un espacio. Pero vamos a indagar un poco más en la biografía de este personaje. Seguidamente nos ocuparemos de otras cuestiones, como puede ser de JORGE DE OTEIZA, quien abandonó la carrera de Medicina para desarrollar su vocación como escultor. Tras tener que pasar por distintos trabajos para ganarse la vida, en 1935 emigra a América y recorre diversos países. En estos años impartió clases de cerámica, al tiempo que publicó varios escritos sobre arte. Antes de volver a España en 1949, fundó el grupo Espacio para animar a otros artistas a realizar ideas conjuntas. En su país natal participa de las nuevas vanguardias que inundan el panorama artístico. En un principio se iba a encargar de las estatuas que adornarían la Basílica de Aranzazu, pero luego le retiraron de este proyecto. Es autor de un estudio sobre arte contemporáneo, titulado "Quo usque tandem...!" En San Sebastián creó el Grupo Fundacional Guipuzcoano, además de encabezar otros proyectos para promocionar el arte. A lo largo de estos años, su labor artística ha sido recompensada con varias menciones, como el Príncipe de Asturias de las Artes en 1988. Una de sus principales preocupaciones es el espacio. Nunca ha dejado de experimentar en sus obras. En la década de los sesenta deja a un lado la escultura y muestra un enorme interés por el cine y la literatura. En 1927 se trasladó a Madrid con el propósito de estudiar arquitectura, aunque, por razones burocráticas, finalmente tuvo que matricularse en medicina. Pese a que nunca terminaría la carrera (la abandonó en el tercer curso para apuntarse en la Escuela de Artes y Oficios), la asignatura de bioquímica despertó su interés por la escultura, por la experimentación de lo que él definió como «biología del espacio». Fue también en la capital de España donde se acentuó, desde posiciones sociales y de izquierdas, su conciencia identitaria vasca. En 1928 su padre y su hermano, después de la quiebra del negocio familiar, emigraron a Argentina, teniendo él que responsabilizarse de su madre y sus cinco hermanos pequeños. Para poder costearse los estudios, trabajó de camarero, de contable en una frutería e incluso de linotipista. Aun así, pasó grandes dificultades económicas y durante una larga temporada estuvo alimentándose con la sopa para indigentes que repartían en un convento. Sus primeras esculturas, figurativas y con un cierto aire arcaizante, nacieron bajo la influencia de artistas como Jacob Epstein, Alberto Sánchez y, sobre todo, Pablo Picasso. Ya en los años treinta, junto a sus amigos los pintores Narkis de Balenciaga y Nicolás de Lekuona, se introdujo en la vida artística de San Sebastián a través de diversas exposiciones y concursos. Así, en 1931 fue galardonado con el primer premio en el IX Concurso de Artistas Noveles Guipuzcoanos, con una escultura singularmente titulada: Adán y Eva, TgS=A/B (tangente S igual a A partido por B). En 1935, junto con Balenciaga, viajó a Sudamérica, iniciando un periplo que lo llevaría a Argentina primero y a Chile, Colombia y Perú en los años sucesivos. En los casi quince años que estuvo en tierras americanas el joven Oteiza no dejó terreno por explorar: fue profesor en la Escuela Nacional de Cerámica de Buenos Aires, participó en Santiago de Chile en la creación del teatro político experimental, se imbuyó de movimientos de vanguardia como el cubismo y el constructivismo, estudió con devoción la estatuaria megalítica de las culturas amerindias... Y además, conoció a quien fue el gran amor de su vida, Itziar Carreño, con la que se casó en 1938. A principios de la década de los cuarenta empezó a introducir oquedades en sus esculturas. Aquellas incipientes exploraciones sobre el hueco y el volumen (en la línea del gran escultor británico Henry Moore) habrían de devenir el cauce creativo por el que discurrirían sus producciones posteriores. En 1948 regresó al País Vasco, instalándose en Bilbao. El panorama que se encontró era a todas luces desolador; nada quedaba de aquel ímpetu cultural que había florecido durante la República. Ideológicamente, Oteiza luchó por cohesionar y revitalizar el decaído mundo artístico vasco, pero se topó con la desidia de las instituciones, tanto las del régimen franquista como las del nacionalismo vasco en la clandestinidad. En lo artístico, continuó sus especulaciones en torno a la desocupación del espacio escultórico, creando piezas cada vez más esenciales y místicas. En 1950 se le adjudicó la estatuaria para la nueva basílica de Aránzazu (Guipúzcoa), proyectada por el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza. Su intervención fue polémica desde el principio: la heterodoxa iconografía del friso de los Apóstoles (representó catorce) así como su estética, demasiado vanguardista para el gusto de las instituciones eclesiásticas, provocaron que la Comisión Pontificia paralizara la ejecución de las piezas por considerarlas sacrílegas. A instancias del papa Pablo VI, el proyecto se reanudó en 1968. Las puertas del templo, realizadas por un joven Eduardo Chillida en hierro y en un estilo geométrico espacialista, causaron una honda impresión en Oteiza. Aunque durante años ambos escultores serían enemigos acérrimos (más por parte de Oteiza que de Chillida), lo cierto es que la poética desplegada en aquellas puertas, aun sin que él lo reconociera nunca, determinó en gran manera la evolución de su obra. Tanto fue así que en los años cincuenta (su período artístico más fructífero) abandonó definitivamente la figuración y se adentró por un camino de depuración formal y de diálogo entre la materia y el vacío. El éxito y el reconocimiento internacional no se hicieron esperar, y en 1957 ganó el primer premio de escultura de la Bienal de São Paulo, en Brasil, con la serie Propósito experimental. Su particular forcejeo con el volumen y el espacio llegaría a su cenit en series como Desocupación de la esfera (1957-1958) y Cajas vacías o Cajas Metafísicas (1958), en las que el objeto quedaba desmaterializado casi por completo en favor de un espacio que él entendía metafísico y espiritual. Resumiendo mucho, mucho, mucho… Jorge Oteiza Embil abandonó la carrera de Medicina para desarrollar su vocación con escultor. Tras tener que pasar por distintos trabajos para ganarse la vida, en 1935 emigra a America y recorre diversos países. En estos años impartió clases de cerámica, al tiempo que publicó varios escritos sobre arte. Antes de volver a España en 1949, fundó el grupo Espacio para animar a otros artistas a realizar ideas conjuntas. En su país natal participa las nuevas vanguardias que inundan el panorama artístico. En un principio se iba a encargar de las estatuas que adornarían la Basílica de Aranzazu, pero luego le retiraron de este proyecto. Es autor de un estudio sobre arte contemporáneo, titulado "Quo usque tandem...!" En San Sebastián creó el Grupo Fundacional Guipuzcoano, además de encabezar otros proyectos para promocionar el arte. A lo largo de estos años, su labor artística ha sido recompensada con varias menciones, como el Príncipe de Asturias de las Artes en 1988. Una de sus principales preocupaciones es el espacio. Nunca ha dejado de experimentar en sus obras. En la década de los sesenta deja a un lado la escultura y muestra un enorme interés por cine y la literatura. ¡THE END! Desde otro punto de vista, el guipuzcoano Jorge de Oteiza (Orio, 1908) está especialmente interesado por los problemas del espacio, valorando los vacíos conforme a las experiencias cubistas. En 1957 obtenía el Gran Premio de la Exposición Bienal de Sao Paulo (Brasil). En 1950 le encargaron el friso del Apostolado en la fachada de la iglesia de Nuestra Señora del Monasterio de Aránzazu (Guipúzcoa), donde los franciscanos han apostado valientemente por lo más nuevo de las vanguardias en todos los estilos. Se preocupa por el espacio interior. Para ello desarma el objeto y logra en una obra el efecto unitario del dentro y el fuera. Así se manifiesta en Descomposición del cilindro (1954), donde las hojas del cilindro (un tubo) se disponen cóncavas y convexas. Y lo mismo hace en la Descomposición de la esfera (1958). Dentro de un aro de hierro (símbolo de la esfera) introduce volutas y otros cuerpos, que sugieren el dentro. En 1957 emprende el Homenaje a Malevich, ofreciendo el positivo y el negativo, buscando afanosamente el vacío interior. Pero el primitivismo de Oteiza, esa inspiración en lo vernáculo de su tierra, le conduce al menhir. Y por eso cuando acomete el Monumento al prisionero político desconocido (1965) enfrenta dos monumentales monolitos hincados en tierra, sin peana, como corresponde a la tendencia del monumento moderno. Diríanse dos cuchillos paleolíticos, con enormes concavidades y agudo corte. Teníamos guardadas algunas palabras sobre el MUSEO DE Jorge OTEIZA, en Alzusa (Navarra), que vamos a liberar seguidamente. Este museo se encuentra en una pequeña localidad muy cercana a Pamplona llamada Alzuza. El entorno que lo rodea es maravilloso, naturaleza en estado puro, y el museo se sabe aprovechar de ello abriendo ventanales de forma que parecen cuadros en las paredes. Este museo hay que verlo desde dos puntos de vista, por un lado las piezas que están expuestas, que son verdaderas obras de arte, y por otro lado el museo en sí, se trata de un edificio que es una obra de arte que no tiene nada que envidiar a las que contiene.El edificio fue realizado por Oiza, el famoso arquitecto, y durante veinte años fue la residencia habitual de Oteiza, el autor de las esculturas expuestas. E n el interior, así como en el exterior, los juegos de luces, ventanales, pasarelas, dobles alturas, miradores, focos y perspectivas es alucinante. Incluso hace juegos visuales de perspectivas falsas para confundirnos. Todo está completamente enmarcado y cada escultura tiene su lugar exacto, colocadas por el maestro que las creó. En este museo podemos ver tanto obras terminadas como las miniaturas de prueba que hacía para sus estudios de llenos y vacíos antes de llevarlas a materiales más nobles. Sin duda a mi me encantó este museo por mi profesión, pero estoy seguro de que a cualquiera que se anime a visitarlo lo va a dejar con la boca abierta. Así, ¡queda todo dicho! En el próximo oferplán, en la siguiente salida, nos vamos a escapar a ARRASATE/MONDRAGÓN, localidad situada a 78 kilómetros al SO de Donostia-San Sebastián, en el valle de Léniz y a orillas del río Deba, a 210 m de altitud, con unos 25.000 habitantes y 28,54 km2 de superficie. Así, ponemos el punto y final a este repaso, quedando de esta manera otro oferplán trazado. Ya que trazamos uno dedicado al escultor Eduardo Chillida, era obligado dibujar otro más al también escultor Jorge Oteiza.

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