lunes, 25 de septiembre de 2023

GIPUZKOA, paso a paso // El caserio tradicional (46)

El caserío, rodeado de huerta, pasto para el ganado y bosque para el aprovechamiento forestal, es la unidad básica de explotación agraria y ganadera en el País Vasco. La casa tipo consiste en una edificación de planta rectangular, con planta baja, planta superior y desván, cubierta por un tejado saledizo a dos o a cuatro aguas –característica esta última de los caseríos adaptados de antiguas torres banderizas-, que, en ocasiones, puede prolongarse para techar algunas dependencias auxiliares. La edificación medieval, enteramente de madera o de piedra sillar, evolucionó hacia una combinación de ambos materiales. Los sillares empezaron a emplearse para construir solamente las paredes de la planta baja, y en el resto de la edificación, los postes de sustentación y las vigas se empleó la madera. Posteriormente el tipo de construcción predominante se orientó hacia viviendas con la planta baja de piedra sillar y el resto de la fachada con entramado de madera vista. La fachada principal del caserío suele estar orientada a mediodía. En ella se abren las ventanas más decorativas, los balcones y la puerta principal, por la cual se accede a las cuadras de la planta baja y a las escaleras que llevan a la vivienda de la planta superior. El resto del espacio de la construcción, entre la planta destinada a vivienda y la cubierta, está ocupado por el desván. Los caseríos enteramente de piedra son, en su mayor parte, de origen medieval, como éste enclavado en los alrededores de Apatamonasterio (Bizkaia). Los aleros son grandes para proteger la fachada, en la que las principales aberturas son las ventanas de la primera planta y la puerta adintelada que da entrada al zaguán, donde se guardan aperos y herramientas y desde el que se accede a la vivienda y a la cuadra. Algunas de las construcciones anexas a la vivienda propias de una explotación agraria o ganadera –tales como establo, cuadra, corral, pajar, etc.- podían estar adosadas al edificio principal, bajo una prolongación de la misma cubierta, o bien en uno o en varios edificios independientes. El tejado es de caballete perpendicular a la fachada, con tejas encabalgadas, con refuerzo de piedras. El entramado puede ser de madera vista con relleno de mampostería. Bajo la cubierta se destina un espacio de techo bajo para despensa y para almacén de productos de la cosecha. Se establece una construcción anexa al caserío de Munikogoikoa, Urigoiti (Bizkaia), que es un ejemplo de construcción primitiva, totalmente de madera. La anulación de las principales aberturas de la fachada muestra que, en muchos casos, los edificios más antiguos se destinaron a graneros y a cuadras, mientras que la vivienda principal se acondicionaba adosada o bien se trasladaba a un edificio independiente de nueva planta. Las casas torre vascas Las casas torre o torres banderizas se comenzaron a construir en el País Vasco en los siglos XIII-XIV a raíz de las guerras que enfrentaron a reinos, señoríos y linajes limítrofes. La torre de La Herrera se encuentra en el municipio de Zalla, en Bizkaia. Se trataba de un tipo de vivienda fortificada –que, en algún caso, disponía de murallas adosadas-, el cual permitía a los moradores repeler fácilmente un asedio. La casa torre típica era una construcción de planta cuadrada o rectangular, de tres o cuatro alturas, edificada con muros de gran espesor, prácticamente desnudos, en los que únicamente se abrían una o dos puertas y alguna ventana saetera. A ambos lados de la puerta principal de la torre solían abrirse sendas aspilleras, que permitían defenderla. En algunos casos, existía una segunda puerta de emergencia, a la altura de la primera planta, a la cual se podía acceder mediante una escalera de mano, que era retirada en caso necesario. Las casas torre más antiguas disponían de un voladizo, situado en la máxima altura de la torre, desde el cual los moradores podían arrojar flechas, piedras, líquidos inflamables o cualquier otro objeto destinado a la defensa. Una vez acabadas las guerras banderizas, hacia los siglos XVI-XVII, a estas edificaciones se adosaron construcciones destinadas a albergar dependencias de la unidad productiva familiar, como establos o cuadras, o bien se modificaron y ampliaron para acoger casonas solariegas. En los caseríos se trabajaban las abarkas y las makillas Las abarkas es un tipo de calzado abierto, ya conocido en época romana, que se confeccionaba con un trozo de cuero de forma ligeramente trapezoidal. Una vez limpia y seca, la piel se trataba con sal gruesa y, tras un proceso a base de cenizas y agua templada que la ablandaba, se retiraba el pelo antes de coserle los cordones. Éstos, hechos con lana hilada, trenzada y teñida, cruzan el empeine y sujetan la abarka al tobillo, enrollados dando varias vueltas. Las abarkas son muy apropiadas, dada su adaptabilidad, para andar por terrenos montañosos como los que recorren los pastores con sus rebaños. El cuero de las abarkas femeninas se trataba con leche cruda para blanquearlo y solía decorarse con lunares. Las abarkas de cuero se usan exclusivamente para actividades folklóricas, ya que en el campo han sido sustituidas por las de caucho. Por otra parte, las makillas son un tipo de bastón, de madera de haya, aliaga, argoma, enebro, acebo o incluso níspero que se trabajaban a navaja, respetando los dibujos de la corteza, y se emplea el procedimiento del pirograbado para obtener representaciones ingenuas y muy expresivas. La pieza la remata un refuerzo metálico con dibujos geométricos o bien un adorno de cuero, coronados por un pomo de metal o de hueso. Suelen llevar una abrazadera, también realizada en metal, sencilla en ornamentación y que sujeta la punta metálica y estriada, a modo de estoque. Una de las tallas más populares es la que representa una serpiente, que repta en espiral a lo largo de todo el bastón. La tierra se labraba con layas La laia (en euskera, laia) es una herramienta de labranza del tipo arado de pie, utilizada con ambas manos, originaria de la región de Euskal Herria. Además de ser un implemento agrícola, también se usa en las carreras de layas. Las personas que usan una laya se conocen como layadores (en euskera, laiariak). Las layas se fabrican tradicionalmente con un mango de madera y unas horquillas con dos puntas de hierro. Se suelen utilizar por pares, una en cada mano, y se las hace caer en la tierra aprovechando el peso del cuerpo. Se usaban para airear la o sembrar el campo. También se utilizaban en cuadrillas de layadores, que layaban el campo uno al lado de otro. Existen dos tipos principales de layas, unas con el mango más largo y las horquillas de hierro cortas, propias de la zona de Navarra y Aragón, y las de las zonas de Vizcaya y Guipúzcoa con las púas más largas. Esta diferencia se debe a que en la zona del norte las tierras suelen ser más blandas por lo que se podían utilizar púas largas que penetraran de forma más profunda. En Cataluña se ha usado tradicionalmente una herramienta con el mismo objetivo de airear o sembrar la tierra, denominada fanga o palot. Productos de la huerta En la antigüedad eran las mujeres las que llevaban el peso de la actividad agrícola, y esta circunstancia pervive aún hoy. Los cultivos se desarrollaron en torno a los caseríos, y debido a lo accidentado del terreno y a lo reducido de la propiedad territorial no constituían grandes extensiones. Con la romanización se introdujeron los cereales, la vid y el olivo. Sin embargo, los productos agrícolas preponderantes en la gastronomía de esta tierra han sido desde siempre las leguminosas: habas frescas o secas y alubias, que, junto con las patatas, el maíz y el pimiento, se incorporaron más tarde a la dieta vasca. Alubias rojas las norteñas y blancas las del sur, su arraigo fue inmediato, y se consumieron solas o pochas (con derivados del cerdo y patatas). Por otro lado, con harina de maíz –que no fue considerado alimento humano hasta el siglo XVI- se elaboraron tortas o talos y morokil, mezcla endulzada de harina y leche (pan que se cocía envuelto en hojas de castaño en cuya costra dorada se incluían granos frescos). En un país húmedo y boscoso como el País Vasco crecen en abundancia las setas, y en otoño se recolecta una gran variedad de hongos, entre los que destaca por su exquisitez la seta de primavera o perretxiku, aunque se encuentran también hongos negros, pies azules, senderuelas, barbudas, níscalos y trufas. Y, así, concluimos con el caserío tradicional. Por otra parte, el pollo de caserío criado libre, tiene el sabor del pollo criado como antes, pues su alimentación natural está basada en un 65% de maíz. Su raza es de tipo atlántico y su crecimiento lento. Su madurez al sacrificarlo está establecida en un mínimo de 11 semanas y un sistema de producción artesanal, garantizan al consumidor una carne sana, jugosa y sabrosa, muy diferente a la que habitualmente se encuentra en el mercado. Los productos de caserío son los protagonistas indiscutibles de la feria que acoge Okondo el 27 de marzo. Así, los visitantes que se acerquen al municipio alavés durante dicha jornada, tienen la oportunidad de adquirir algunos de nuestros mejores productos, como legumbres, hortalizas, verduras, embutidos y productos de chacinería, miel, conservas, paté, vino, sidra, pan, dulces y queso, de la mano de productores de la zona. Aclaramos que Okondo, edificado sobre terreno de rocas calizas, margas y areniscas, es un municipio apacible, que hace límite con Bizkaia y donde destaca el monte Ganekogorta. En sus tierras esconde un rico patrimonio cultural acompañado de restos prehistóricos, que hacen de Okondo un lugar digno de ser visitado. Caserío Museo Igartubeiti El caserío Igartubeiti, adquirido en 1992 por la Diputación Foral de Gipuzkoa para su completa restauración, es un exponente de la arquitectura en madera de los siglos XVI y XVII y fiel reflejo de la Edad de Oro del caserío vasco. En la actualidad ofrece la posibilidad de ver en funcionamiento un lagar (prensa de manzana) completo del siglo XVI. Además, este caserío permite percibir los olores de la manzana prensada, de la hierba, de las pieles puestas a secar y del humo. Adentra al visitante en la penumbra de la cocina y la cuadra, y los pasos hacen crujir el piso de madera en el desván. Pero la casa está deshabitada, y no hay nadie que pueda contar las historias que sucedieron en ella antes y después de aquella época. En ese sentido, en el Centro de Interpretación se revive la historia de los caseríos vascos a lo largo de más de mil años. A través de las voces de la familia y los vecinos de Igartubeiti se descubre cómo fueron creciendo y evolucionando los antiguos caseríos, cómo vivían y trabajaban sus habitantes, cómo se relacionaban entre ellos, en qué creían, qué producían, cómo se alimentaban, de qué modo se divertían y qué les hacía sufrir. El museo pertenece a la Red de Museos Enograstronómicos de Euskadi. Caserío Artabane Es un tipo de caserío muy común en los valles de Arratia y el Alto Nervión. Es una vivienda construida con la técnica tradicional vizcaína de alzar un esqueleto de postes exentos y a continuación rellenar con muros los espacios intermedios. El caserío lo construyeron en dos fases: los dos tercios delanteros en el siglo XVI y la parte de atrás a principios del XIX. La parte más antigua de la casa es rectangular. Desde el suelo hasta el tejado se alzan postes de roble, que son visibles en la fachada principal. Esa fachada esta dividida en tres plantas, la primera esta construida en mampostería, el primer piso con un entramado de madera revocada y el último con tablas. Este caserío se encuentra en Bedia (Bizkaia). Historia del caserío vasco Entre los siglos XII y XIII empezó la era del caserío (baserri) y en aquella época hacía referencia al establecimiento base de la producción familiar de una sociedad agropecuaria ubicada en la montaña. Poco a poco este establecimiento fue adquiriendo mejoras por la experiencia que acumulaban los caseros y fue convirtiéndose en una casa amoldada a la labranza y al cuidado de animales. Los caseríos vascos tienen su nombre propio y a lo largo de la historia siempre han conservado el mismo nombre. Esto ha ayudado al seguimiento de los caseríos pero a menudo se suele pensar que el edificio actual es el originario, un dato que generalmente es falso ya que la gran mayoría de los caseríos que siguen en pie han sido reconstruidos o renovados. Desde que los primeros caseríos fueron construidos, la sociedad vasca fue cambiando. De ser recolectores y pastores pasaron al mundo agrícola pero no todos tenían el mismo estatus. Los propietarios libres eran aquellos que no tenían obligaciones para ningún señor y eran los dueños de las tierras que trabajaban. Por debajo de ellos estaban los pecheros del rey, hombres que trabajaban la tierra de la corona de forma autónoma y por ello debían de cumplir una serie de condiciones como pagar impuestos en un tiempo determinado y bajo ningún concepto podían abandonar las tierras (siempre debía de estar algún miembro de la familia presente en las tierras). Y por último, existían los vasallos solariegos, campesinos que trabajaban las tierras pero sin libertades. Como ejemplo, debían de pedir permiso a su dueño y señor para casarse. Uno de los problemas de los caseríos era su ubicación y la poca defensa que esto conllevaba. Normalmente el caserío se situaba en la montaña, en una zona apartada y lejana y era vulnerable a cualquier tipo de ataques, desde ataques de animales salvajes a las incursiones de los hombres de los nobles de la zona. Además, los primeros caseríos no eran tan grandes como los que podemos ver a día de hoy y solían ser chozas hechas de tablas de madera muy poco resistentes a cualquier invasión. Pero en el siglo XVI y gracias al reinado de los reyes católicos, y la fortuna que empezaron a adquirir tanto en Andalucía como el oro de las américas, la presión de los nobles y de la corona sobre los trabajadores de las tierras y los habitantes de los caseríos empezó a disminuir y en consecuencia, los aldeanos empezaron a pensar en reformar sus casas buscando una mejor vida. Aquí fue cuando se empezó a combinar la piedra con la madera y los resultados fueron más que aceptables, ya que el nivel de carpintería era muy superior a la media y los resultados fueron excepcionales. Había muchas maneras de construir un caserío pero todas seguían el principal criterio, en la planta inferior vivían la familia y los animales y en la planta superior el almacenaje de la cosecha. De esta manera, las familias empezaron a cultivar en particular trigo y manzana, y tras el paso de los años, mejoraron la técnica y ampliaron las tierras a trabajar, obteniendo una gran cantidad de producto en la cosecha. Por esta razón, y porque las familias siempre buscaban el respeto de la sociedad, se empezaron a construir caseríos más grandes para aumentar la capacidad de almacenamiento y posteriormente, empezaron a levantar graneros y hórreos para su mejor conservación. Con el paso de los años, los campesinos vieron que conseguían más rendimiento con el maíz que con cualquier otro cereal y esto, junto con la búsqueda continua de más ingresos, provocó que todas las tierras fueran trabajadas sin descanso y siguiendo técnicas no muy recomendables para la tierra. El uso de cal de piedra cocida en los huertos fue extendiéndose y a finales del siglo XVIII se empezaron a dar cuenta que la cosecha cada vez daba menos alimento. Esto originó un gran aumento de caseríos, ya que los nobles empezaron a buscar nuevas tierras donde cultivar y construían caseríos para establecerse. Pero en el siglo XIX llegó la era de la industrialización y las nuevas fábricas que requerían de una gran mano de obra, atrajo a la mayoría de la gente que trabajaba las tierras y rápidamente los nobles pudieron apreciar que sus caseríos se quedaban vacíos. Intentaros contraatacar congelando los alquileres o incluso disminuyendo el precio, pero fue en vano y el mundo del caserío entro en la decadencia. Han pasado muchos años desde que el último caserío fuera fundado, pero últimamente se están reformando un gran número de caseríos para adaptarlos a los tiempos modernos y también se ha puesto de moda reconvertirlos en casas rurales. El próximo destino nos llevará hasta las CUEVAS DE ALTXERRI, y, como anticipo, diremos que dichas cuevas se encuentran dentro del complejo de cuevas prehistóricas del Golfo de Bizcaia, junto con la de Ekain, Santimamiñe e Isturitz, y están situadas al pie de la ladera oriental del monte Beobategaña. En julio de 2008, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO reunida en Quebec declaró Patrimonio de la Humanidad las cuevas de Altxerri (Aia), Santimamiñe (Kortezubi) y Ekain (Deba-Zestoa). Aquí ¡nos plantamos!

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