ÁFRICA, LITERATURA JUVENIL, "Historia de África"
Independientemente de su cosmopolitismo, la milenaria civilización egipcia presenta rasgos que ponen de manifiesto sus raíces africanas y que se entrevén -pese a la actual investigación aún hoy ardua e incompleta- en ciertas relaciones. Así, es sabido que numerosos soberanos africanos, siguiendo las pautas impuestas por la institución faraónica, habrán de ser considerados por sus vasallos como portadores o vicarios de Lo Sagrado, lo que les hace poseedores de un poder en cierto modo omnipotente que se suponía extensivo al clima, ritmo estacional y diversos meteoros, hasta el punto de lograr la lluvia a su antojo. Asimismo, si el faraón siempre demuestra su virilidad y vigor con el ejercicio de la caza, el rey africano será casi siempre presentado como un rey cazador. Grandes animales de temible poderío, como el león o el toro, serán asociados a la realeza... Cabe recordar asimismo -aunque se desconozca su auténtico simbolismo- la utilización por los faraones de plumas de avestruz, que pasarían a constituir, junto con otros trofeos y figuraciones animales de la fauna africana enseñas ya heráldicas, ya clánicas que algunos egiptólogos han asociado a los signos y enseñas -cuando no totems- que diferenciaron en nomos a los grupos territoriales o tribales que conoció el Egipto predinástico. La africanidad del Egipto faraónico se pone asimismo en evidencia en el terreno religioso, donde indudablemente se aprecia un origen autóctono de cultos, mitos y ritos. Ahí están los nombres dados al Dios-Carnero y su culto como Amon, cuyo origen libio parece hoy incontrovertible. En el terreno ergológico podrían asimismo aducirse diversos ejemplos no sólo de la vida cotidiana, sino también de la vida colectiva y del ceremonial. Desde la utilización de taburetes y reposacabezas de inspiración ergonómica común, hasta el empleo de concretos productos vegetales aromáticos, que se queman en rituales particulares. Es notable también que el soberano egipcio asuma concretos tocados que pudieron ser imitados por otros pueblos africanos; el uso de cetros / fustas por ciertas jerarquías; la difusión alcanzada por algunas armas arrojadizas (desde proyectiles lanzados por propulsor, a multipuntas y el mismo boomerang y armas asimiladas, de amplia utilización no sólo en Egipto, sino en concretas regiones del continente negro). Y, una vez estudiada “la primera historia de África”, seguidamente veremos unas Generalidades que afectan a todo el continente, a “África”. A consecuencia de las invasiones árabes y de la subsiguiente expansión del islamismo por la mayor parte del tercio septentrional del Continente, el área de África que se incorporó a la historia fue más extensa de lo que había sido nunca anteriormente. Paralelamente, sin embargo, el Mediterráneo, que en un principio había sido el punto de confluencia de los pueblos y de las ideas de África, Asia y Europa, se convirtió en una frontera ideológica en constante tensión entre las fuerzas del Islam y del Cristianismo. África, probablemente, no se perjudicó demasiado a consecuencia de esta situación ya que, desde el siglo VIII al XIV, es casi seguro que ganó de su inclusión parcial en la civilización del Islam más de lo que perdió por su falta de contacto en Europa. En los siglos XV y XVI, nuevas y dinámicas fuerzas, que tan vitalmente habrían de afectar al Continente africano, surgieron de esta combinación mediterránea de cooperación económica y guerra política y militar. El África del norte del Sáhara se convirtió en una tierra fronteriza muerta; sin embargo, otras partes del Continente se incorporaron al tráfico de esclavos africanos con destino a Europa, recibiendo a cambio las recientemente inventadas armas de fuego, que iban a producir muchos trastornos en el equilibrio de poder de muchas regiones de África. Al llegar el siglo XVIII, el control de los asuntos norteafricanos estaba en manos de los musulmanes, incapaces en gran medida de mantener los antiguos lazos de unión con el Sudán y con el Mediterráneo, cada vez más dominado por navíos de los Estados de la Europa occidental. El poder organizado en el Sudán occidental se quebranta y consecuencia inevitable fue la confirmación de la primacía de las rutas comerciales que atravesaban el Sáhara central hasta Túnez y Trípoli. El extremo meridional de estas rutas quedó firmemente establecido en los territorios hausas que, con Kano y Kalsina a la cabeza, entraban ahora en un periodo de prosperidad e influencia. Sin embargo, exceptuando el comercio de esclavos con destino a África del Norte, las rutas transaharianas perdían ahora importancia como arteria principal del comercio internacional, ya que el comercio con Guinea, aunque no el de Sudán, se desviaba cada vez más hacia los comerciantes europeos establecidos en la costa. Inicialmente, de todos los artículos de los que había una constante demanda europea, África occidental sólo podía ofrecer marfil y oro. Hacia el siglo XVIII, la producción del primero disminuyó notablemente, mientras que el oro procedía en su mayor parte de la Costa de Oro que, hasta la mitad del siglo XVII había sido el principal foco de interés europeo, en detrimento de otras áreas. Sin embargo, la situación había comenzado a cambiar debido a la demanda de mano de obra de las plantaciones europeas en la América tropical. Sólo con la introducción competitiva en la India occidental de holandeses, franceses e ingleses en el siglo XVIII, época en que se dio además un rápido incremento de la demanda europea de azúcar (producto que necesita gran cantidad de mano de obra), comenzó el comercio trasatlántico de esclavos a ser la principal actividad europea en África occidental. Durante el siglo XVIII, el comercio de esclavos comenzó a tener consecuencias revolucionarias en África occidental. La explicación de este fenómeno no es unívoca, pero parece que la pérdida de hombres en Guinea, que en el siglo XVIII sobrepasó el número de 100.000 hombres y mujeres jóvenes, no significó una mutilación excesiva en relación con la población total. Además, desde un punto de vista estrictamente económico, parece que gran parte de esta pérdida fue compensada por el crecimiento de riqueza que ocasionó en las más avanzadas comunidades guineanas el comercio con Europa. En ambos aspectos, la situación de Angola y África oriental fue diferente; aquí la población era relativamente escasa y la economía indígena no superaba el nivel de subsistencia, por lo que una mínima pérdida de hombres productivos podía ser desastrosa. El efecto general del comercio atlántico de esclavos fue el desplazamiento de los centros de riqueza y poder en África occidental desde el Sudán hacia la costa. Con ser la trata de negros importante en la historia africana del siglo XVIII y de las centurias precedentes, sin embargo el acontecimiento más importante de los siglos XVII y XVIII fue el surgimiento de jefaturas africanas, justo en el interior de las tierras costeras. Uno de los primeros fue el Imperio de Akán en Akwamu, de corta duración que, entre 1680 y 1730, se expandió paralelamente a la Costa de Oro oriental y a la Costa de los Esclavos occidental con intención de acaparar todo el comercio de sus alrededores con el Sur. Akwamu, no obstante, no logró encontrar un sistema de administración capaz de asegurar la fidelidad duradera de sus súbditos de Ga y Ewe, y fue rápidamente reemplazado en su puesto de principal potencia en la Costa de Oro por Ashanti. A principios del siglo XVIII, Ashanti comenzó a extenderse hacia el Norte, incorporando o haciendo tributarios a otros territorios. Entonces, cuando el comercio con el interior estuvo seguro, se dirigió al Sur en busca de un contacto directo con los comerciantes europeos. Más al Oriente, Oyo, que había comenzado en el siglo XVII su expansión hacia el Sur, impuso en el siglo XVIII su hegemonía sobre sus parientes yoruba, establecidos más al Sur, y gran parte del comercio de esclavos de Nigeria se trasladó desde Benin a puertos como Bagadri y Lagos. Entre el Imperio Yoruba de Oyo y el gobierno Ashanti, surgió el nuevo Estado de Dahomey, que también se extendió hacia el Sur, atraído por el comercio con los europeos. A finales del siglo XVIII, después de más de tres siglos de comercio europeo en las costas de África occidental, la influencia europea no se había dejado sentir demasiado y la de las misiones en Guinea había sido escasa. La principal consecuencia de la llegada de comerciantes europeos a la costa, de su demanda de esclavos y de la introducción de nuevas mercancías, de las cuales las armas de fuego fueron las que tuvieron mayor influencia, fue el estimular en Guinea una nueva y potente manifestación de cara a las zonas costeras, de la arraigada civilización sudanesa. Angola permaneció como base de suministro para el comercio de esclavos del Brasil y durante los siglos XVII y XVIII se convirtió en un desierto aullante. Al interior, traspasado el valle del Kwango, se había creado el reino de Mwata Yamvo, rodeado por una red de satélites de pueblos lunda y cazadores de marfil, los luba, que hacia la mitad del siglo XVII ocupaban una amplia área situada al sur del Congo, Angola occidental y Zimbabwe septentrional. Este reino se extendió, a comienzos del XVIII, hacia el Sur y el Este; los lundas de Kazembe fundaron un nuevo estado, con su capital en el valle de Luapula, el importante reino de los kazemberes. En este sentido se puede afirmar que la influencia portuguesa repercutió de manera indirecta de costa a costa de África. Al sur de Angola, se extienden las abrasadas tierras de África del Suroeste, con sus esparcidas comunidades cazadoras y pastoriles de herreros bosquimanos y hotentotes. Los portugueses no se establecieron allí, ni tampoco en el Cabo de Buena Esperanza, hasta que a mediados del siglo XVII, cuando los portugueses descubrieron la mejor ruta de navegación hacia Oriente, El Cabo adquirió importancia como posición privilegiada, de "lugar a medio camino de las Indias". Mucho antes de que existiera ningún blanco sudafricano, los bantúes habían ocupado las únicas partes del subcontinente con un clima y una lluvia favorables a su agricultura intensiva. Fueron ellos el pueblo más próximo a la colonia holandesa fundada en El Cabo en 1652, pero hasta más de un siglo después no se encontraron los expansivos colonialistas con los bantúes, hecho que ocurrió cerca del río Fish, al este de la ciudad de El Cabo. Aparte del Congo y Angola, el escenario más importante de los primeros contactos entre negros y blancos fue la región del bajo Zambeze. Los mwenemutapas, o monomotapas, como normalmente lo escribían los portugueses, extendiéndose hacia el Norte, hacia el río Zambeze, habían puesto bajo su soberanía una amplia zona: unas 700 millas de la superficie del valle del Zambeze, desde la garganta de Kariba hacia el mar; las partes septentrional y oriental de la gran meseta de Zimbabwe del sur y las bajas tierras de Mozambique meridional, entre el Zambeze y el Limpopo. Pero este reino primero se declaró vasallo de los portugueses y después sus habitantes fueron expulsados, junto con sus antiguos patronos, de la meseta por las tribus changamiras quienes, en el siglo XVIII, dejaron a los monomotapas el gobierno de un pequeño resto de sus anteriores territorios en el valle situado entre el Tete y el Zumbo. Mientras las relaciones comerciales entre África y el mundo exterior estuvieron concentradas en el mercado de esclavos, fue inevitable que el contacto fuera débil y la influencia indirecta. Hasta que el movimiento antiesclavista no consiguió una decisiva victoria en Europa misma, no fue posible organizar desde ella otro tipo de contacto con África. El famoso juicio de lord Mansfield, en 1792, fue la primera victoria de un pequeño grupo de presión, compuesto principalmente por cristianos evangelistas, que habían iniciado una campaña sin piedad contra el comercio inglés de esclavos y, más tarde, con igual éxito, contra la institución de la esclavitud en los territorios ingleses de ultramar. Por fin, en 1807, se persuadió al Parlamento de que aprobara una ley por la que se convertía en ilegal para los súbditos ingleses el tráfico de esclavos, ampliada cuatro años más tarde por un decreto con severas penas para quienes lo continuasen. El nuevo interés por África consistió en la preocupación evangelizadora. Ya a finales del siglo XVIII, en los círculos de tendencia luterana y calvinista de la Europa septentrional cundió la preocupación, casi sin precedentes desde los primeros siglos del Cristianismo, por la conversión de los pueblos no cristianos del mundo. En 1799, los anglicanos de orientación evangélica fundaron la Sociedad de la Iglesia Misionera Metodista, con misiones en África occidental; la Sociedad de Berlín, con misiones en África septentrional y, más tarde, en África oriental; la Misión de las Universidades, una sociedad anglicana importante que actuaba en la parte central de África oriental, y la Misión de las Iglesias Presbiterianas Escocesas en África septentrional, occidental y oriental. Para la Iglesia católica romana, la idea de las misiones no era, desde luego, nueva, pero en el siglo XVIII declinó el celo religioso de los países ibéricos a la par que sus energías seculares. Mas antes de que alguna de estas nuevas influencias, ya fueran misioneras o comerciales, pudieran jugar un papel decisivo en la escena africana, hubo que vencer la indiferencia del mundo exterior hacia África. Para la Europa de finales del XVIII, África era poco más que una línea costera; costa, por otra parte, no muy representativa del interior. África septentrional formaba parte del mundo musulmán, que permanecía aún casi cerrado para los cristianos de Occidente. Las únicas comunidades africanas conocidas por los europeos del siglo XVIII eran las regiones selváticas del África occidental y centro occidental. La exploración europea del interior de África era todavía, en gran medida, una manifestación más del movimiento humanitario, que había atacado el tráfico de esclavos, tratando de sustituirlo por el Cristianismo y un comercio legal. El movimiento geográfico no empezó hasta finales del siglo XVIII y necesitó aproximadamente de setenta y cinco u ochenta años para llegar a los primeros resultados. En principio, conviene resaltar que la inmensidad del continente africano, puede zonificarse de la manera siguiente: a) Norte de África; b) Àfrica occidental y ecuatorial; y c) África subsahariana. Pero antes de irnos por los cerros de Úbeda, conviene que dejemos bien claro todo lo que respecta a “Lenguas y hablas en el África antigua”. ¡Bien! Desde su emergencia a la Historia, África se nos presenta poblada por gentes cuyas lenguas y hablas suelen integrarse en tres grandes grupos. Por un lado, las llamadas lenguas camito-semíticas; por otro, las lenguas negroafricanas y, finalmente, un tercero, hoy muy reducido, el de las llamadas lenguas khoisanidas. A estos tres grupos podríamos sumar el de los malgaches, de Madagascar, de clara influencia indonésica. El primer grupo integra a su vez tres familias que son denominadas respectivamente semítica, beréber y kuchita. La primera afecta principalmente a todo el África septentrional, desde Marruecos hasta Egipto, pero también Etiopía y Eritrea, ámbitos éstos en los que conviven con lenguas del grupo kuchita. Por su parte, el grupo beréber se manifiesta sobre todo en la llamada África Menor y en el Sahara, e incluye entre sus más arcaicas manifestaciones el tifinagh y el guanche, es decir, el de los aborígenes de las islas Canarias. El grupo kuchita, también denominado camítico, abarca un área geográfica que va desde el Nilo Medio al mar Rojo y parte del país etíope y Somalia, así como otros enclaves repartidos en diversas zonas sudanesas del Oeste (sur del Sahara). Por lo que se refiere a las lenguas negro-africanas, se diferencian varios grupos. Ante todo, el habla un tanto imprecisamente llamada sudanesa. Su área coincide a grandes rasgos con la geográfica del África tradicionalmente conocida como occidental, precisándose sus límites de la siguiente forma: su frontera sur, corriendo a lo largo de la costa, a partir del río Senegal, en el golfo de Biafra, y que a su vez constituye el límite de los que en Camarones fueron al Camerún inglés y el Camerún francés. Esta línea se prolonga al interior en dirección este y luego sudeste, hasta llegar al río Ubanghi. Continúa paralela a este río, aunque algo más al sur de su curso llegando al Alto Nilo, asciende hacia el norte con éste y se separan luego hacia el oeste, tras subir también hacia el norte en el Sudán central (Uadai, Dafur, etc.); discurre después por el Chad y, tocando el recodo del Níger, continúa en dirección occidental hasta la costa senegalesa. Los africanistas no han conseguido probar la existencia de un tronco común y, por otro lado, dentro del conglomerado sudanés han advertido diversos grupos: así el nigrítico mande, el semibantú y el sudanés del interior. Para diversos autores, las poblaciones asentadas en la mitad sur del Sudán oriental pertenecen a otro grupo lingüístico distinto del sudanés, el nilótico, que se caracteriza por agrupar una serie de lenguas que parecen participar de características camíticas por un fenómeno de vecindad. Por otro lado, se presentan grupos nilóticos mezclados entre las poblaciones semíticas y camíticas del África del noreste (Abisinia occidental), Uganda e, incluso, Kenya, donde se han detectado islotes de estas tribus. La línea señalada como límite meridional de las lenguas sudanesas nilóticas y, en general, de las carrito-semíticas, nos sirve de frontera norte de las lenguas bantúes, que vienen a constituir un tronco de clara unidad. Hoy los etnolingüistas han llegado a reconstruir con técnicas de laboratorio la lengua madre -primer bantú- que dio origen a todas ellas hasta llegar a ocupar toda la mitad sur de África, con excepción de los islotes constituidos por las lenguas khoisánidas. Aun cuando se ha hecho tópico hablar de un grupo camito-semita, es obvio que en el África negra sólo se manifiestan lenguas semíticas en la región abisinia o etíope y ello desde tiempos antiguos son utilizados incluso en literatura escrita, pese a la influencia camita. A su vez, el árabe se ha propagado a las ciudades de la costa oriental y a diversas zonas islámicas del centro y oeste sudanés. Están también otros grupos, mejor o peor clasificados, como las lenguas de los negritos. Hay que señalar que los pigmeos no están suficientemente estudiados desde una perspectiva lingüística. En los últimos lustros se han perdido así muchos dialectos, más al adoptar los pigmeos la lengua bantú de su entorno, aunque haya grupos que conserven su lengua vernácula. Por lo que se refiere a las lenguas khoisánidas, cabe señalar que tanto el habla hotentote como la bosquimana son aglutinantes. No obstante, se dan muy claros caracteres diferenciales, independientemente de sus respectivas formas sintácticas y la existencia de los llamados "clicks" entre los bosquimanos. Con respecto al hotentote, algunos estudiosos lo consideran derivado del camítico y otros emparentado al koi-san o khoisánida, con el que pudo constituir un tronco común. Actualmente en el África negra conviven con las lenguas vernáculas el inglés y francés, lo que lleva a la creación de aberrantes neologismos que incluso se producen con la introducción de la informática en la educación de las nacionalidades políticas surgidas con la descolonización. Dicho lo cual, seguidamente nos vamos a referir al “África occidental y ecuatorial”, siendo lo más breves posibles. No se sabe de formación sociopolítica alguna en el momento en que se inicia el conocimiento del hierro en el África occidental. Puede figurar en la historia, ya en la costa, ya en la sabana, como en el litoral, aun cuando todo el ámbito se vea afectado indirectamente por los cambios que van experimentando distintas regiones de la franja sudanesa. Así, en la sabana tenían que inclinarse ante determinados poderes e incluso convertirse al Islam so pena de emigrar hacia el sur. No olvidemos que la emigración viene a ser una constante de las sociedades africanas, pero también que al Islam le repugna penetrar en la selva, por lo que ésta se presentará como una salvaguarda, ya ante él, ya ante las hegemonías sudanesas. Hasta prácticamente el siglo XIV, la zona guineana del Continente Negro no conoció excesiva demografía. La difusión del hierro trajo consigo el logro de concretos útiles y herramientas que permitirían la deforestación y nuevos cultivos: el plátano, la batata, y la mandioca... Con esto se abre entre el Níger y el litoral atlántico un nuevo período, en el que emergen tres culturas, asumidas respectivamente por los yoruba, el llamado reino de Benin y Nupe. Siendo breves pero expresivos, a continuación nos meteremos con el “África subsahariana”. ¡Manos a la obra! Nuestro conocimiento actual del África subsahariana, en lo que se refiere a sus más antiguas culturas y sociedades humanas -y que hoy permiten la elaboración de una historia del ámbito, basada en logros en distintos campos, que van desde la Climatología hasta la Arqueología- ha permitido elaborar una visión en cierto modo histórica del que tradicional y genéricamente se ha venido a llamar Sudán, para señalar una amplia zona del África central, entre el Atlántico y el mar Rojo y que se extiende al sur del Sahara. Sus límites no son muy precisos, dado que la única línea de referencia que viene siendo aceptada la constituyen los confines meridionales del Sahara, mientras que al sur se aludirá un tanto vagamente a un paralelo comprendido entre los 5° y los 10° de latitud norte, en correspondencia con la zona ecuatorial. El nombre de esta inmensa región deriva de la expresión árabe bilad-al-Sudan, que significa "país de los negros", topónimo harto ambiguo con el que se intenta designar toda aquella parte del África habitada por negros, distinguiéndola de la zona septentrional mediterránea, habitada por gentes de piel clara. En realidad, se trata de un ámbito bastante homogéneo pese a su vasta extensión, más bien llana, que adolece de un clima constante, cálido y húmedo, no influido por las montañas ni por el mar y cuya flora viene a ser la propia de la sabana. Abarca la llamada franja sudanesa, que comprende tres grandes cuencas hidrográficas, la del Níger, la del Chad y la del Nilo. Desde que esta franja adquiere el conocimiento del hierro -aproximadamente siglo I a.C.-, que habrá de compartir con legados de la anterior contigua Edad del Bronce e incluso de la más lejana Edad de Piedra que seguirá manteniéndose en diversas regiones, se manifiesta la gran movilidad que han conocido muchas de sus poblaciones, promoviendo contactos de todo tipo. Si en un primer momento éstas proceden del África mediterránea y del ámbito oriental, en el siglo VII se verán reforzadas por aportaciones del mundo árabe-musulmán cuyo ideario habrá de extenderse a la trashumancia pastoril y a instituciones como la esclavitud, organizaciones militares y diversos factores económicos. Desde la Protohistoria se vislumbra que la organización social y política del Sudán presenta características comunes a todas las poblaciones asentadas en la región, con soberanos a quienes rinden honores divinos, y que se mantiene una particular reserva por lo que se refiere a su vida privada. Se supone que de su bienestar físico depende la fertilidad de los campos, no tolerándose por ello ni su enfermedad o decadencia, ni su decrepitud. En tales circunstancias se les sacrifica ritualmente con solemnes honores fúnebres. Los reinos sudaneses no fueron de tipo feudal; tampoco conocieron privilegios hereditarios, privativos de ciertas familias. Más bien se fundamentaron en una particular estructura burocrática, con funcionarios elegidos a voluntad del soberano, cuya función primordial estribaba en el cobro de los tributos necesarios para el sostenimiento de su casa y corte, independientemente de que se ejerciera un particular control sobre el comercio con el exterior. Los reinos-Estados sudaneses, por otra parte, no constituyeron la expresión de unas sociedades surgidas espontáneamente. Fueron producto de la superposición de estructuras surgidas de comunidades esencialmente rurales, tal vez de origen neolítico. En algunos casos, el comienzo de tal situación habría que buscarlo en acciones de conquista, aunque en otros, en la progresiva agregación de sociedades tribales que desde tiempo atrás existirán en la zona. Naturalmente, no puede precisarse la fecha de formación de estos Estados, ni siquiera apelando al radiocarbono, o a la termoluminiscencia de los restos cerámicos. Puede asegurarse, sin embargo, que algunos ya existían a finales del I milenio d.C., como verbigracia los de Ghana, Mali y Songhai. Su expansión se produjo hacia el oeste y el sur, muy posiblemente a partir de focos nilóticos. Estos reinos del África subsahariana acabarán presentando un sustrato común de ideas políticas, anteriores a la cimentación en el continente, ya del cristianismo, ya del Islam. No obstante, el Corán no prendió en el Sudán hasta cerca del I milenio d.C. y el cristianismo se expansionó desde Egipto a Nubia hacia el siglo VI d.C. Durante los primeros siglos de la Era Cristiana, los Estados sudaneses vivieron la influencia del antiguo Egipto, a través de los logros de las civilizaciones de Meroe y Axum. Muy posiblemente influyeron en ellos las culturas preislámicas de regiones tempranamente islamizadas, sobre todo tras la introducción del camello en el África del Norte, lo que favoreció la expansión de la población de origen árabe. Por todo ello, muy posiblemente los Estados del ámbito sudanés emergieron y evolucionaron durante los primeros siglos de la Era Cristiana, merced al encuentro de elementos coptos y semitas, que se impondrían sobre comunidades anteriores de economía agrolítica. Este encuentro, que da lugar a fenómenos politéticos, se dio particularmente en las regiones centrales del continente antes que en las zonas litorales, que sólo más tarde recibirían influencias del este y el oeste por vía marítima. Durante más de 1.200 años toda la franja septentrional del África al norte del Sahara -la que hemos denominado África Menor, pero también Tripolitania y el Fezzan- conoció desde el mundo mediterráneo una especie de transfusión más o menos directa de vida y cultura a partir de los inicios del Bronce y hasta el Hierro, con realizaciones políticas y culturales. Ya se ha visto cómo los púnicos hicieron de Cartago un foco de irradiación política y cultural. Por otro lado, el legado que supuso la herencia de Alejandro y el florecimiento del helenismo, hicieron de Alejandría -en el mismo delta del Nilo- un foco de saber. Asimismo, el Imperio romano, al anexionarse el África Menor, favoreció la difusión del cristianismo con las consiguientes elaboraciones teológicas hasta que el reino vándalo de Genserico propiciase su desarraigo de Roma, con el natural aislamiento del África romana respecto al mundo clásico, lo que facilitará los movimientos y emigraciones de los beréberes nómadas, como los Zénata, con sus continuas incursiones en las hasta entonces provincias romanas. Se plantea entonces la cuestión de la posible miscegenación y endoculturación -aparte de Egipto, Meroe y Axum- por la que los libios de piel clara pudieron influir sobre gentes de tez tostada, utilizando parámetros culturales propios de la cuenca mediterránea. Es decir, cabe plantear la cuestión de si la endoculturación mediterránea que conoce el África Menor y que se clausura con el ocaso de Roma, pudo afectar de alguna manera al África sudanesa, es decir, al África subsahariana, pese a que se tenga constancia de que ni púnicos ni romanos llegaron nunca más allá del desierto. En realidad, los cartagineses se preocuparon más del dominio comercial que del territorial, y cuando los romanos empezaron a interesarse por el Sahara, lo hicieron buscando la defensa de sus provincias ante los nómadas: jamás llegaron más allá del oasis de Germa -centro de los llamados Garamantes- al sur del Fezzan. Sin embargo, sabemos que a partir del siglo V a.C., hubo intercambios un tanto indirectos entre el África mediterránea y el África negra, mediante vías utilizadas por carros. De esta forma, Leptis Magna, en el litoral mediterráneo -hoy en la República de Libia-, vino a constituir la estación terminal de una aleatoria ruta de tráfico, procedente del sur, a través del Fezzan y Lixus -Larache-, ya en la costa atlántica de Marruecos, convirtiéndose en la salida comercial a través del desierto de Mauritania. Ambas rutas seguirán conservando su importancia hasta tiempos históricos. No obstante, el contacto existente entre los moradores del Sahara y los negros del Sudán tuvo sus limitaciones. En realidad, el Sudán ofrecía como mercancías, esclavos, pieles, marfil, plumas de avestruz y algún que otro producto suntuario. Mientras, el África subsahariana importaba sal, que se obtenía en ciertos parajes del Sahara mediante una drástica organización esclavista. Pero no debieron ser meramente mercantiles las injerencias del norte del Sudán. Tradiciones milenarias recuerdan que los primeros reyes de Ghana eran blancos procedentes del norte, y en este sentido se conservan noticias más o menos vagas, referidas a supuestas inmigraciones desde el norte, en relación con el origen de los Haussa, que se establecieron en Nigeria septentrional. Es muy posible, sin embargo, que todo se limitase a la penetración de algunos grupos de la etnia tuareg, es decir, pastores beréberes del Sahara, en un ámbito en el que la población melanoderma poseía ya su organización política e instituciones propias. Por ello pudiera ser evidente que si hubo endoculturaciones y transculturaciones entre el África subsahariana y el África septentrional propiamente dichas, éstas pudieron marcar el desarrollo de los reinos sudaneses. Esto pudo muy bien traer expresiones de origen ya mediterráneo, ya oriental o egipcio. Tal es el caso dé los llamados peuls, conjuntos de poblaciones de distinto origen sobre los que los antropólogos han elaborado un sinfín de teorías. No obstante, con M. Delafosse (1912), puede seguir admitiéndose que "tras todas las tradiciones recogidas en diferentes regiones del Sudán, las tribus Fulbé, escalonadas desde el Bajo Senegal y desde el Futa Jalon hasta el país que se extiende entre el Chad y el Nilo declaran haber llegado del Futa senegalés o Mali, es decir, de regiones situadas entre el Atlántico y el Níger". Bajo una perspectiva lingüística se llega a conclusiones parecidas aunque a la inversa, relativas a emigraciones que llegan hasta el siglo XIV y entre las que se podría tener incluso en cuenta las que producen distintos intercambios entre el Bilad al Sudan o "país de los negros" y el África mediterránea, recordadas por el historiador galo R. Mauny, emigraciones que darán lugar a singulares establecimientos, como las que conoce incluso la España musulmana, afianzados por la islamización que habrá de conocer el África septentrional. No obstante, remontándonos a varios milenios antes de nuestra Era, parece probado que desde el Sahara central, a la sazón fértil y productivo, y las tierras altas próximas al Sahel, irradió el cultivo del mijo y del sorgo, en tanto que en el límite del bosque con la actual Nigeria se impuso el cultivo del ñame y la palmera aceitera, mientras que más al oeste, en la región costera, se llega a cultivar arroz. A su vez, diversos pueblos pastoriles nomadeando por el Sahara septentrional y oriental, en dirección suroeste y empujados por la progresiva desecación saharaui, terminaron formando en la cuenca del Níger una concentración demográfica humana pareja a la que conoce la cuenca del Nilo, aun cuando las menores crecidas del Níger y la falta en éste del limo fertilizante tuvieran como resultado salidas distintas tanto en el campo de la economía, como en el de la cultura. Así, la que conocen los Nok, complejo humano identificado por B. Fagg (1943), que según dataciones mediante el C-14 puede situarse entre el 500 a.C.-200 d.C., localizado en un ámbito de unos 500 kilómetros cuadrados, de este a oeste, y de unos 300 de norte a sur. Población cuyo origen quizá haya que buscar en la segunda mitad del primer milenio a.C., cuando toda la franja central del África, desde su confín atlántico al confín índico, sufre un período pluvial y una vasta red hidrográfica hoy fósil llevaba sus aguas producto de las precipitaciones hacia la cuenca del Benué y desde allí al Níger hasta el golfo de Benin. Las lluvias e inundaciones obligaron al abandono de numerosas aldeas costeras hoy localizadas merced a las hachas de piedra pulimentada conservadas, restos de hierro e incluso fragmentos en terracota, que hacen pensar en el sentido estético de estos alfareros Nok. Ellos incluso llegaron a conocer concretas técnicas metalúrgicas, compaginadas con el uso preciosista de la piedra y cierto progreso agrícola. Su arte habrá de influir en Ife y Benin echando las bases de una extraordinaria tradición escultórica naturalista. Por otra parte, hacia el siglo VIl y a orillas del lago Chad, surge otra civilización de alfareros, pareja en ciertos aspectos a la de Nok. Las gentes del Chad y de Nok terminarán por enzarzarse entre sí, luchando por su asentamiento en las tierras húmedas, lo que quizá explica las defensas que circundan sus aldeas. Entretanto, en el Níger medio, van proliferando otras poblaciones que viven del cultivo del mijo y arroz, a la vez que de la pesca, y asimismo hay indicios de importantes núcleos humanos en la región que se extiende entre Segú y Tombuctú. Más al norte, en la actual Mauritania, la metalurgia del cobre, que se domina desde el siglo V a.C., seguirá animando unas relaciones norte-sur. Nos habíamos dejado en el tintero algunas palabras que clarificaran nuestra visión del “Norte de África”. El hundimiento del Imperio almohade en 1269 significó, para la mitad occidental del mundo islámico, el final del período de los grandes imperios que abarcaban África septentrional, Egipto y España. Sin embargo, el fracaso de la política imperial no condujo a la aparición de monarquías nacionales. La subsistencia de la organización administrativa imperial, con fronteras poco delimitadas entre la administración central y las federaciones tribales descentralizadas, caracterizó la historia de África septentrional desde mediados del siglo XIII hasta los siglos XIX y XX en los que Francia, España e Italia introdujeron, con la colonización, nuevas formas de organización política. El conjunto formado por Marruecos, Argelia, Túnez y Trípoli constituye una importante unidad geográfica y étnica. El relieve impone una división física que ha favorecido el particularismo histórico y el contraste regional. De modo general, el sistema de producción patriarcal prevalecía en casi todas partes. Jefe de clan, jefe de kabila, rey o emperador, en absoluto eran tiranos, sino la emanación de una costumbre que tendía a defender al hombre de las exacciones o del arbitrio de otros jefes o reyes; en el Maghreb, las rebeliones de las kabilas contra los colaboradores de los sultanes son un fenómeno frecuente. Fue en el curso de la crisis del siglo XVI cuando se elaboraron los rasgos distintivos del Maghreb de la época moderna. Dos peligros parecieron particularmente amenazadores: la ofensiva cristiana-ibérica, a partir de las costas, y la anarquía tribal. La instalación de poderes fuertes, los turcos en Argel, Túnez y Trípoli; los saadianos y después los alauitas en Marruecos, constituyó la respuesta a la crisis. A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, los diferentes países del Maghreb presentaban rasgos comunes en cuanto a la sociedad y la organización política. Pero existían también diferencias no sólo entre el Marruecos independiente y el resto, sometido al control de los turcos, sino también entre las tres regencias de Argelia, Túnez y Trípoli. Pero no diríamos toda la verdad si no diéramos un repaso al “África del Norte en la Antigüedad”, razón por la que nos vamos a salir un tanto del contexto general. El progresivo desecamiento que conoce el ámbito sahariano, a partir del III milenio a.C., propicia que todos los países africanos vecinos o limítrofes al Mediterráneo entren en contacto con el Próximo Oriente asiático. Así ocurre con el África Menor, la Isla del Poniente -Jezira el Maghrib- si se hace abstracción de la estrecha franja litoral que lleva desde Tripolitania hasta las Sirtes y que vendrá a constituir la obligada ruta de tránsito para los más diversos aportes de Oriente. Este hecho contribuye muy posiblemente a la fracturación de la que el alemán L. Frobenius denominaría cultura sírtica. Fue quizá la primera cultura africana de fundamentos paleo-mediterráneos, que se intentó configurar en la primera mitad del siglo actual, dado que muy bien podrían justificar su existencia los determinados estratos o vivencias que pudieran expresarse en ciertas prácticas, creencias y adquisiciones que se manifiestan en diversas regiones africanas incluso demasiado alejadas unas de otras, prácticas entre las que quizá podrían recordarse aquí el uso del palo de trillar, o el mismo culto al carnero... Según parece, la vasta región que se extiende de oeste a este entre el cabo Espartel y el cabo Bon, con una extensión de unos 1.550 kilómetros, que se presenta fraccionada en diversos macizos de difícil acceso, se hallaría a la sazón habitada por tres elementos étnicos: protoberéberes de elevada estatura, también denominados íbero-mauritanos, que a mediados del I milenio, tras asentarse en algunas sierras, pudieron llegar voluntariamente o ser forzados -en lo que se refiere a alguna fracción- a su asentamiento en el archipiélago canario, ante la presión de otras gentes llegadas desde el ámbito tripolitano y que vienen siendo conocidas, ya como capsienses, ya como libios. Un tercer elemento étnico se presentaría integrado por gentes de piel atezada, quizá emparentados con los melanodermos del África oriental. Estas últimas gentes gustaban de llevar una existencia itinerante, dedicada a la caza o recolección, lo que no era obstáculo para que practicasen una agricultura elemental con arcaicos métodos de irrigación. No se descarta que sean los mismos a los que los griegos denominaron en un principio etíopes, aludiendo a sus caras quemadas. Asimismo, hacia el III mileno a.C. el clima se presentaba hasta cierto punto semejante al que hoy conoce el África Menor, incluidas lluvias torrenciales de invierno, bonanzas y también un período seco de mayo a septiembre. Es obvio que la misma variabilidad de las precipitaciones, según las regiones, pudo producir grandes estragos en fauna y ganado. Por entonces el suelo se presentaba menos ralo y con más vegetación que hoy, y tierras que actualmente han sido desertizadas por el avance del Sahara llegaron a conocer el regadío. Quizá sea oportuno señalar que independientemente de estas vicisitudes, África Menor habrá de conocer diversos cambios de fauna y flora, a partir del momento en que África del Norte entra en la Historia. Ello explica el que junto a diverso ganado vacuno e incluso a un elefante de talla media que venían conviviendo desde siglos atrás, empezara a expandirse un tipo nuevo de óvido, el llamado carnero de Berbería, llegado desde el Próximo Oriente y que a partir del I milenio terminará por dominar la cabaña indígena. Poco más o menos por la misma época se difunde un tipo caballar que se ha impuesto ya en Egipto y Nubia. Y por lo que se refiere al camello, quizá sea interesante recordar que su llegada al África no se estima mucho más atrás de los primeros años de la Era cristiana... Sustituye hasta cierto punto a los elefantes que habrán de ser utilizados por los cartagineses en diversas labores e incluso en la guerra, hasta conocer su extinción, ya bajo el dominio romano, que es testigo asimismo del retroceso de fauna no excesivamente agradable, como pueden ser los leones, los perros salvajes, etc. Convertido desde la Edad del Bronce en un medio idóneo de comunicación, el Mediterráneo sirve a partir del III milenio para el establecimiento de un sinfín de relaciones. Desde milenios atrás, sus confines occidentales habían sido testigos de la llegada a la Península Ibérica de corrientes foráneas, como la misma que aportó la cerámica cardial, diversas conquistas agrícolas e incluso hizo posible la llamada cultura del Argar. Es muy posible que en algún momento del II milenio traficantes de marfil y otros productos, llegando desde la Península Ibérica, pudieran introducir el bronce en el Atlas marroquí. Por su parte, y desde el Oriente, las hoy Túnez y Argelia conocerían diversas influencias, llegadas desde Cerdeña, Italia del sur y Sicilia, que han quedado patentes en particulares técnicas y manifestaciones. Así, la adopción de la arquitectura en mampuestos o de técnicas pelásgicas, en las que se quieren ver ciertas influencias egeo-orientales. Estas mismas podrán manifestarse incluso en el uso de las tumbas de fosa rectangular, en concretas expresiones del megalitismo que se avistan en los dólmenes del litoral e incluso en formas decorativas y motivos ornamentales que habrán de perpetuarse prácticamente hasta nuestros días en la producción cerámica de la kabilia. No hay certeza alguna acerca de las expediciones de los fenicios, navegantes que tocaron las costas africanas, tanto más cuando es sabido que su actividad habrá de lograr un particular desarrollo coincidiendo con el ocaso de la talasocracia cretense a partir del I milenio a.C. y las navegaciones que pudieron llevar a cabo los llamados Pueblos del Mar, con los que quizá compitieron en algún momento en la devastación y saqueo de numerosos enclaves mediterráneos. Sin embargo, los fenicios son quizá los primeros que logren establecer un fructuoso comercio de tráfico con diversas poblaciones mediterráneas, no sólo del África Menor, sino incluso de la Península Ibérica, en cuya zona meridional pareció configurarse desde el alba de la historia, una entidad política, Tartessos, que desde el primer momento hizo a los fenicios instrumento de su futuro auge y poderío. Una nebulosa tradición clásica sitúa la fundación de Cartago poco antes de que tuviera lugar la última guerra de Troya (hacia 1200 a.C.), pero también dos generaciones antes de que tuviera lugar la fundación de Roma (hacia 815 a.C.), revistiendo uno u otro hecho con leyendas heroicas. Ambas fechas carecen de todo valor histórico, pues hoy se admite que Cartago -Qart Hadasht, es decir, la Ciudad Nueva- fue fundada hacia el 700 por marinos tirios, casi coetáneamente a otras colonias fenicias como Útica, en el mismo litoral tunecino, Leptis en Tripolitania, es decir, en la actual costa de Libia, Hadrumetum en el Sahel tunecino, etc. Coincidiendo tales fundaciones con la hegemonía fenicia y el paso del que hoy conocemos como estrecho de Gibraltar. Pronto Cartago se realiza como ciudad-Estado fenicia, y potencia mediterránea. Situada estratégicamente en el golfo de Túnez, a unos 200 kilómetros de las costas de Sicilia y a unos 160 de la isla de Malta, logró un rapidísimo auge en virtud de su misma situación y sus relaciones con los etruscos. Ya a inicios del siglo VI, la caída de Tiro ante la Babilonia de Nabuconodosor le permite, aliada con etruscos y tirsenos, alcanzar un esplendor que no había conocido hasta entonces y convertirse en capital comercial de todos los asentamientos fenicios en el Mediterráneo occidental e incluso más allá del Estrecho, imponiéndose en Sicilia occidental y en Cerdeña e incluso aliándose a Gadir, frente a las exigencias de Tartessos. Su dominio alcanza incluso a las islas Baleares y, aliada con Etruria, llega a enfrentarse a Focea, cuyos nautas derrota en Alalía -este de Córcega- poco antes de 535 a.C. No logra, empero, imponerse a los griegos establecidos de tiempo atrás en Marsella, que tras la derrota que le infligen en Cumas, no lejos de la bahía de Nápoles, les obligarían a dejarles libre el mar Tirreno. A esta derrota sigue la que conoce en Himera, ante Gerón, tirano griego de Siracusa, que hará replegarse a los cartagineses a sus bases africanas, por lo que a partir del 480 el tráfico estañífero pasa a manos de los massaliotas del delta del Ródano y de los etruscos en la región del Po. Al configurarse como potencia africana y a partir del siglo V, Cartago se había obligado a pagar a los pueblos libios, sobre cuyos territorios se había asentado, una especie de canon o tributo. Se nos presenta así Cartago como una ciudad-Estado sin raíces africanas, ante cuyas murallas tenían que detenerse los libios. Sin embargo, en el transcurso del siglo V, Cartago se convierte en una realidad africana, al extender su hegemonía a las Syrtes, cuyo centro se localizaba en la isla de Djerba, manteniendo una población mixta de libio-fenicios y al establecer ciertas factorías portuarias al norte de Túnez y de Constantina -las llamadas factorías metagonitas- así como en concretos lugares del litoral argelino (Oranesado) y del actual Marruecos. El Periplo que se atribuye al griego Scylax de Carianda señala que hacia el 350 a.C. Cartago llegó a llevar su hegemonía desde Cirenaica a Mogador, en el Atlántico, donde se localiza la vieja Cerné, cuya realidad arqueológica fue objeto de un temprano estudio por parte de Joaquín Costa. Ya Cartago puede alimentar a su población en crecimiento merced al trigo de la Medjerda media -los grandes campos- así como Byzacium, al norte del Sahel tunecino. Por entonces ya numerosos libios y etíopes de los confines saharianos se han alistado como mercenarios en sus ejércitos, y el tradicional régimen aristocrático púnico va tendiendo a democratizarse, ampliándose así los componentes de la Asamblea, y Cartago va asumiendo con sus edificaciones públicas el aspecto de una ciudad helénica de aire asiático. Abierta inicialmente a todo tipo de estímulos mediterráneos, Cartago terminará por conocer a partir del siglo III un destino puramente africano, tras entrar en la órbita del ambicioso soberano Massinissa. Sin embargo, es indudable que dejará una profunda huella, en el mundo Líbico, tras llevar al mismo su experiencia religiosa y su lengua. Así, el culto a su diosa Tanit, asimilada a su vez a Juno Celeste, quedando ambos como las grandes deidades púnicas del África mediterránea. Con Cartago se impondrá también la práctica del sacrificio humano y en especial de niños, ofrenda cruenta que con el paso del tiempo se sustituirá por la del cordero en todo el África Menor. Por lo que respecta al lenguaje, el púnico se convertirá en la lengua oficial bajo Massinissa y seguirá hablándose cuatro siglos después por los mismos sacerdotes de la diócesis de Hippona -Bona- en sus prédicas. Asimismo cabe señalar que aunque a veces se ha exagerado el legado de Cartago al mundo agrícola, éste es evidente en aportaciones tan definitivas como un modelo de arado de reja triangular, forjado en hierro, mucho más eficaz que el milenario arado beréber -una simple punta aguzada de madera que abría un mal surco- o la misma aportación que supone el cultivo del olivo, que habrán de adoptar los propios romanos. Tras la derrota de Cartago será cuando Roma empiece a interesarse realmente por África y sus recursos demográficos y económicos. Esto supone su ignorancia en torno a los reinos libios anteriores a la II Guerra Púnica y las lagunas hoy persistentes, tanto más cuanto las lenguas entonces dominantes conocían formas hoy evolucionadas y que han terminado por nutrir algunos de los dialectos actuales beréberes del África Menor y de Sahara. Conservándose, no obstante, curiosos monumentos epigráficos quizá emparentados con la actual escritura tifinagh utilizada por los tuaregs, pudiendo remontarse quizá a fechas tardías incluso posteriores a las Guerras Púnicas. Tras imponerse Roma a Cartago empezamos a saber de diversos reinos indígenas que bien o mal compartían su territorio con aquella. Así, Syphax, que dominaba el Oranesado y Argelia, y que se alió a Cartago. Por su parte, Massinissa, soberano de Constantina, aliado de Roma, posibilitó la derrota púnica en Zaina, haciéndose acreedor a la gratitud romana, lo que le permitió extender sus dominios por todo el Túnez occidental y el Oranesado. En realidad, Massinissa llegó a soñar con crear una monarquía de corte helenístico. La historia le reconoce el mérito de sedentarizar a los libios en las llanuras, donde cultivan trigo que su soberano llevará hasta el mercado de Delos, el gran emporio comercial del Egeo. Llegaría a embellecer con monumentos de estilo helenístico a Cipta, la capital de su reino -Constantina-, que sólo conocemos por la historiografía clásica. Contrastando con Massinissa, aliado de Roma, está la figura del régulo indígena Yugurta, que reinó en todo Túnez occidental y Argelia -el llamado reino de Numidia-. Sólo tras siete años de encarnizada lucha -del 112 al 105 a.C.- la que los romanos llevaron la peor parte, bajo Mario y su futuro rival, Sila, Roma podrá doblegar al rey númida, utilizando la traición del Bocchus, soberano del Marruecos septentrional -Mauritania. Cabría recordar otros reyes libios que para bien o para mal tomaron parte en las querellas políticas que conocía Roma. De resultas de ello, César hubo de imponerse a la vez que sobre sus adversarios políticos sobre Juba I de Numidia (46 a.C.). Por su parte, Bocchus II, soberano de la Mauritania oriental -Argelia y Oranesado- contribuyó a la victoria de Octavio, por lo que fue quizá el único rey africano que conoció una relativa independencia política hasta el 33 a.C. El llamado Juba II, hijo de Juba I, será colocado por Octavio Augusto en el trono de Cherchell, al oeste de Argel, haciendo del mismo un príncipe de exquisita educación y amante de las letras, que acabará casándose con una hija de Antonio y Cleopatra... El reino de Juba II, que aporta a Roma mercenarios y plata, se extenderá desde el norte de la región de Constantina hasta Mogador. Con el tiempo conocerá una serie de levantamientos que son sofocados con la ayuda de Roma. El hijo de Juba II, Ptolomeo, fue al parecer asesinado durante un viaje a Lyon por orden del emperador Calígula, y sus Estados incorporados al Imperio romano. Cabría señalar también que los reinos libios sólo dominaron aquellas zonas costeras del África Menor en que se impuso la sedentarización. Sin embargo, en las altiplanicies -habitadas por gétulos nómadas- se siguió conservando la independencia. Este hecho, a la vez que la influencia muy relativa de Cartago en su cultura, les permitiría conservar en gran parte sus creencias basadas particularmente en el animismo y en los démones ctónicos, lo que no fue óbice para que fuera adoptado el culto helénico a Deméter y Koré, deidades de las cosechas. Finalmente, cabe señalar que agrupados en torno al cabeza de familia, al que terminará sucediendo el menor de los hijos, los libios, posiblemente con anterioridad a las Guerras Púnicas, habían logrado organizarse en ciudades-Estado, a menudo fortificadas, dependientes de una organización tribal. No obstante, tribus y federaciones de tribus vendrán a constituir conjuntos fluidos, en los que los reyes pueden llegar a entenderse... Tales estructuras tribales llegaron a persistir, pese a sus particulares diferencias, con una sorprendente continuidad, sobreponiéndose a veces a la romanización, particularmente en las regiones montañosas y al sur del país, en organizaciones que tienen quizá su eco en las actuales kasbahs del sur de Marruecos. El África romana, limitada en un principio al modesto territorio que Roma pudo sustraer a Massinissa al noroeste de Túnez, incrementa su base territorial al incorporarse la Numidia de Juba I -Constantina y Túnez occidental- a raíz de la victoria de César en Thapso (46 a.C.) y, poco después, con la anexión de las entonces llamadas Mauritanias (Argelia, Oranesado y Marruecos septentrional), tras el asesinato de Ptolomeo, hijo de Juba II, hacia el 40 d.C. Durante los Severos, el África romana alcanzará una mayor expansión hacia el sur -entre finales del siglo II y principios del III d.C.-, llegando al Uad y Djyed y más allá de Hodna hasta Castellium Dimmidi -Messasa- en la región de Laghouat, puesto militar avanzado ocupado durante más de medio siglo al igual que Cydamus (Ghadames) en el Fezzan. En el actual Marruecos la dominación romana no llegó mucho más allá de Salé -Chellah-, cerca de Rabat. Sin subestimar el expansionismo que tiene lugar durante el Bajo Imperio a partir del siglo III, parece evidente que éste se detendría con la arribada al África Menor de la emigración vándala desde Hispania, en el 429 d.C. Es entonces cuando parte de Marruecos, ya abandonado bajo Diocleciano, conoce la decadencia de Roma, que afecta particularmente a la ciudad de Volubilis, que habrá de conservar el uso del latín hasta ser cristianizada. Pese a todo, parece evidente que el África romana pudo mantenerse, según regiones, entre cuatro y seis siglos, es decir, durante un tiempo más prolongado de ocupación que el que conoció la Dacia, hoy Rumania. De los seis millones de habitantes que, en su mejor época, sumaron las provincias africanas de Roma, sólo cabe estimar como romano el elemento itálico, reducido a dos decenas de miles de personas, en su mayoría grandes propietarios y latifundistas, armadores, mercaderes, etc., que concurren con los orientales. En su mayor parte fueron enviados por el partido popular a África, junto a ex-legionarios que allí se establecieron. No obstante, en el siglo II d.C., parece detenerse la inmigración, por lo que no cabe considerar al África romana como una auténtica meta de poblamiento. El tercio de este total, uno o dos millones, habitó en medio millar de poblaciones, en su mayoría de escasa importancia aunque algunas dotadas de cierta infraestructura a manera de pequeñas Romas, con su capitolio -centro del culto imperial-, su curia -que albergaba al consejo municipal-, basílica -que hacía ya de Bolsa ya de palacio de Justicia- y lugares de esparcimiento en torno a un foro, gran plaza pública en la que se instalaba el mercado cuando no se disponía de una instalación ad hoc. En ocasiones poseían asimismo termas y palestras o gimnasios en que ejercitar el cuerpo, a la vez que teatros, anfiteatros y circos, accesibles a toda la población... Estos logros urbanos, que irán surgiendo tras la conquista romana, planificados en damero, se enfrentan a los trazados urbanos beréberes con sus calles tortuosas y levantados a menudo en la ladera de las montañas. En estas ciudades de creación romana se intenta una integración de las poblaciones. Primero en el terreno lingüístico, al imponerse el latín frente al púnico y el griego hablados en la zona costera. Después, en el terreno religioso, propugnando un cierto sincretismo, dado que los dioses púnicos aceptados por los libios -como Baal, Melkart o Tanit, asimilados respectivamente al viejo dios ligur Saturno, a Hércules y a Juno Celeste- se impusieron como las más importantes divinidades. Los templos se alzarán en la periferia de las ciudades, a cargo de una clerecía especializada, relegándose los camposantos púnicos con sus características estelas votivas -tophets-. La religión imperial fue adoptada por moros y númidas que terminaron rindiendo culto a sus propios príncipes. Tiene lugar asimismo y paulatinamente una integración étnica en cierto modo pareja a la que habrán de conocer en nuestro siglo XVI Mesoamérica y el ámbito andino tras la conquista hispana. Sin que se den, al igual que en aquélla, litigios por discriminación. Los criollos afro-romanos, medio númidas, medio gétulos, se muestran celosos de sus derechos, por lo que no es raro que gran número de ítalo-libios accedan a puestos de la administración romana de la misma forma que hace pocos años accedían los corsos a la administración ultramarina francesa. La integración étnica trajo, no obstante, la desaparición progresiva de nombres de familia líbicos, en favor del nombre latino del abuelo materno. En realidad, a partir del Alto Imperio no se buscarán orígenes étnicos, dándose una mayor importancia al nombre de familia, aunque para algunos sea de buen tono presumir de orígenes indígenas, como hacía Apuleyo, que se jactaba de ser medio númida y medio gétulo. A principios del siglo III se incrementa más, si cabe, la integración bajo el imperio de Septimio Severo -193-211 d.C.-, nacido en Leptis, Tripolitania. Es entonces cuando la burocracia libia copa la administración colonial romana al hacer suyas las llamadas procuratelas equestres. Por entonces, ya más de 100 senadores eran africanos y algunos se veían en posesión de grandes riquezas, como el mismo Didius Julianus, cuya fortuna se basó en la producción y comercio de aceite del Sahel tunecino. Por entonces también los tres grandes ejércitos con que contaba Roma en Britania, Panonia y Siria tenían a libios al frente. Así, si el ejército de Panonia había estado al mando del propio Septimio Severo, que se expresaba familiarmente en púnico, el de Britania estaba mandado por un antiguo colono de Sussa, Clodius Albinus... Bajo los imperios de Domiciano y de Trajano, un moro marroquí, Lussius Quietus, conoció el triunfo en Roma tras su campaña en Dacia, Rumania, y tras gobernar en su provincia natal, Mauritania, mandaría a las legiones en su lucha contra los partos en Mesopotamia, haciéndose casi legendario por su brutalidad. Partidario de la guerra imperialista, terminará siendo destituido y ajusticiado secretamente por orden de Adriano, más proclive a la política conciliadora. Cabe recordar, independientemente de estas gentes que han pasado a la Historia del África romana, el auge logrado por diversas escuelas jurídicas como las que florecen en Cirta (Constantina), Thebesta (Tebessa), Hadrumete (Sussa), Cea (Trípoli) y particularmente Cartago -provincia de leguleyos-, que darán fama a retóricos, oradores y gramáticos que se significan durante el gobierno de los Antoninos (siglo II), poniendo de moda la africanidad compitiendo con la helenidad. Ahí están Frontón, vástago de libios nómadas, conservador y arcaizante, el preceptor que Adriano eligió para el futuro Marco Aurelio, encabezando una serie de notables africanos que triunfan en Roma. Junto a estos favoritos imperiales, junto a los altos funcionarios, militares y hombres de letras libios, se va imponiendo en Mauritania una burguesía que asume su particular papel en los municipios, con independencia de un dramático proletariado urbano integrado por parados y parásitos que vivían de las distribuciones periódicas de subsistencias, habitando en sórdidos suburbios o arrabales, como los mapalla de Cartago. En realidad, gran parte de las ciudades presentaban una población de extracción rural y los mismos notables eran propietarios de fundos que durante largo tiempo constituyeron islotes de romanización. Esta, sin embargo, se expresaría un tanto desigualmente en el medio rural. En un primer momento Roma impuso a sus dominios africanos el monocultivo de trigo, exigiendo a título de tributo anual los dos tercios del consumo de la plebe romana, en detrimento de la población libia, que hubo de resignarse siguiendo en su mayoría con frugales dietas que ya habían conocido en la Prehistoria, como caracoles, ortópteros, sabandijas y raíces... En el siglo II el cultivo del olivo y la protección que le otorga Septimio Severo mejoran la vida campesina tras lograr la sedentarización de diversas poblaciones gétulas, mientras que grandes terratenientes consiguen enriquecerse. No obstante, el medio rural va cambiando de situación, sobre todo cuando el campesino, tras probar su condición de hambre libre, puede acceder en virtud del edicto de Caracalla (2I2 d.C.) a la condición de ciudadano romano. Pese a todo siguió existiendo una tercera categoría un tanto marginada de gentes, en su mayoría montañeses y nómadas o trashumantes estacionales, que darían lugar a diversas acciones de contención con la creación de los llamados Limitanci -fuerzas campesinas de los confines-, un sistema de defensa local, en cierto modo parejo al adoptado en su momento junto a otras estrategias por el rey Hassan II de Marruecos ante las ofensivas saharauis. Por entonces, se habían dado ya incursiones moras -hacia 170 d.C.- a la Bética, posiblemente a la región de Málaga, que fueron rechazadas por Marco Aurelio y por Comodo. Mayores problemas tuvo para la romanización su penetración entre ciertas tribus moras, como por ejemplo la de los zegrenses y algunas recordadas por el geógrafo Ptolomeo, a localizar en la Mauritania tingitana, como los llamados Baquates. Son estos los años en que el cristianismo ha penetrado ya en el África del Norte, particularmente desde los puertos de Túnez y Constantina, siendo su doctrina recibida y aceptada por ciertos grupos libio-púnicos, en un principio quizá por afán de notoriedad personal. Tal es el caso de Tertuliano, que se significaría como objetor de conciencia ante el servicio militar, o Cipriano, uno de los primeros ideólogos cristianos del África romana. Obispo de Cartago, se significa en la reivindicación social, llegando hasta el martirio en 258. Posteriormente, Cartago conocerá, al igual que otros lugares del Imperio, la persecución de Diocleciano -304-305-, que traerá particulares sinsabores que cesan tras el favor de Constantino. No obstante, el cristianismo africano conocerá el cisma de donatismo, surgido de la intransigencia del obispo Donato de Cartago, promotor de una iglesia cismática que habrá de enfrentarse a Roma tras una larga lucha de años hasta su solemne condena en el 411, medio siglo después de la sublevación de los régulos de la Kabilia, Firmus y Gildon. En la condena de los donatistas por Roma tuvo influencia decisiva San Agustín -350-430-, beréber romanizado, nacido en Tagaste -Suk Ahars-, obispo de Hipona -Bona-, gran doctor de la Iglesia y uno de los que fijó el dogma católico. Irrumpiendo en el África romana desde el sur de la Península Ibérica, los vándalos, uno de los grupos bárbaros que junto con los visigodos, los suevos y los alanos se instalaron en la misma tras la desintegración del Imperio romano, llegarían al África Menor hacia el 429 mandados por su caudillo Genserico, en dos o tres irrupciones, totalizando una población de unas 80.000 almas, de las que 15.000 eran aptas para empuñar las armas. Se funda así un efímero reino que comprendería el actual Túnez y gran parte del Oranesado y Argel incluyendo el Aurés, conservando la infraestructura romana aun cuando expoliaran a los grandes propietarios que junto a ciertos estamentos habían venido a constituir los últimos bastiones de la romanidad africana. Al morir Genserico -477- el reino vándalo se enfrentó con dificultades, tras las naturales disputas sucesorias. Los conquistadores, ganados por una vida muelle, perdieron gran parte de sus prístinos valores. Al profesar el arrianismo -lo que suponía la negación de la divinidad de Cristo- se ganaron la enemistad de los católicos, sometidos a una persecución religiosa, mientras aumentaba la oposición beréber. No tardaron los montañeses del Aurés en saquear Tebessa, Timgad y Lambaesis, que conocerían su paulatina destrucción, en tanto que al sur los nómadas camelleros, llegados desde la Tripolitania, hicieron retroceder a la hasta entonces invencible caballería vándala. El poderío vándalo recibiría su golpe definitivo tras el desembarco de los bizantinos en el 533, a unos 100 kilómetros al sur de Sussa, mandados por Belisario, un general de Justiniano -titular del Imperio romano de Oriente con capital en Constantinopla-; se mostraron deseosos de librar a los católicos del África Menor del yugo vándalo. Pronto la autoridad de Belisario se impuso sobre todo Túnez, gran parte de Constantina y, más al oeste, los puertos de Dellys, Tipasa, Cherchell, Ceuta y Tánger fueron ocupados. Ahora, más libres de ataduras, vamos a analizar qué significó la modernidad para África. Paso a paso vamos viendo la historia general de este Continente. El inicio de la Modernidad va a suponer para África un giro decisivo: el arranque del camino que la llevará a la dependencia del exterior. En los siglos XII al XV se habían desarrollado culturas autóctonas que conservaron su personalidad, a pesar de recibir influencias extrañas. En primer lugar, el Islam, que rebasa el Magreb para llegar al África negra. En segundo, el aportado por la libre circulación de personas y mercancías entre la costa mediterránea y las regiones subsaharianas, entre el Mar Rojo y Madagascar, entre los puertos de ambas orillas del índico. En el siglo XV se ha iniciado la decadencia, tanto en el Magreb, en plena desintegración, como en los grandes reinos de África central. El avance portugués por la costa atlántica y la expansión otomana por el Norte van a aprovechar la facilidad que les brinda esta situación y acelerar el cambio de trayectoria que resultará fatal para África: el cierre de los puertos mediterráneos al comercio cristiano, el control de su tráfico exterior por distintas potencias europeas y, sobre todo, la trata de negros, que si bien existía antes, va a multiplicarse de tal forma que condicionará el desarrollo de las poblaciones cercanas al litoral occidental, provocará la transformación de las organizaciones políticas del entorno y causará considerables migraciones hacia el interior y el Sur. África, que a partir del siglo XVI se encontrará situada en el centro del circuito mercantil que relaciona Europa con Asia y con el Nuevo Continente, verá cómo su aportación en mercancías y, sobre todo, en vidas humanas no le supondrá más que la conversión en la gran perdedora del mundo que se abre en torno al 1500. Y, ya, remontándonos a los tiempos contemporáneos, sólo mencionaremos “La guerra en África”, con lo cual nuestro repaso queda así completado. África fue, sin duda, un teatro de operaciones secundario durante la Segunda Guerra Mundial, pero tiene diversos polos de indudable interés: que el Eje llegó a soñar con cerrar el Canal de Suez y alcanzar los pozos de petróleo de Arabia y Persia, que en Berlín se llegó a pensar durante algunos instantes que la victoria de Rommel permitiría atacar a la URSS por el Cáucaso, que allí se decidió el destino de Italia, que en las colonias francesas se materializará la Francia Libre y, sobre todo, que allí llegarán los norteamericanos y que desde allí se asaltará la fortaleza continental nazi. Aunque las acciones militares comienzan en 1940 y terminan a principios de 1943, hemos concentrado toda la guerra Áfricana en este punto, para no repartir en tres volúmenes una guerra que, en general, fue muy localizada: la fachada mediterránea. El primer artículo reconstruye las dispersas acciones por todo el continente, deteniéndose especialmente en el África Oriental Italiana. El segundo narra las peripecias del Eje y de los Aliados en la batalla de Libia-Egipto, concluyendo en el Alemein. El tercero es un episodio con presencia española: el asedio de Bir Hakeim y el cuarto y último, trata de Torch: el desembarco aliado en Marruecos y Argelia y su victoria final en Túnez sobre alemanes e italianos. A pesar de todo lo dicho, conviene que tengamos muy presente lo que a continuación vamos a explicar: África constituye una prioridad política y estratégica para España, no solo por su proximidad geográfica sino por el abanico multidimensional de oportunidades que en estos momentos presenta. El III Plan África, aprobado el 1 de marzo de 2019, recoge esta prioridad y se focaliza en la visión de África como oportunidad y no solo como fuente de amenazas. El III Plan África constituye una estrategia de política exterior que parte de un análisis actual de la región y de la presencia española en el continente. Pretende introducir un enfoque más amplio que Planes anteriores, muy focalizados en la cooperación al desarrollo, si bien trata de incorporar y potenciar las abundantes sinergias que hay con el V Plan Director de la Cooperación Española 2018-2021, además de otras estrategias sectoriales, tales como la Estrategia de Seguridad Nacional o la Estrategia de Internacionalización de la Economía Española. Trata, además, de sumar esfuerzos en la línea de las nuevas prioridades y objetivos en el marco de las relaciones de la Unión Europea con África Subsahariana. A nivel global, esta estrategia representa, igualmente, un instrumento para el desarrollo político de la Agenda 2030 en el subcontinente. Este enfoque coincide con los objetivos de los propios países africanos, expresados en la Agenda 2063 de la Unión Africana, y con los de la Unión Europea, expresados en su Estrategia Global de Política Exterior y de Seguridad (2016), entre otros documentos de referencia, lo que se espera cree oportunidades para la concertación con nuestros socios africanos y europeos. El III Plan África pretende movilizar todos los recursos de la sociedad española, no solo los que ofrecen el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación y las Embajadas de España sino también los de otros Departamentos, las Comunidades Autónomas, las Entidades Locales, el sector privado, el sector académico, las ONGD o la sociedad civil en su conjunto. Para ello, prioriza cinco principios sobre los que se incardina el Plan: asociación, diferenciación entre las distintas herramientas y acciones en base a cada situación y del país (distinguiendo entre países ancla, que por su tamaño y protagonismo regional pueden actuar como exportadores de estabilidad a sus vecinos y absorber de forma ordenada flujos migratorios intra-africanos -Nigeria, Sudáfrica y Etiopía- y países de asociación, estables y con gran potencial de crecimiento -Senegal, Angola, Mozambique, Ghana, Costa de Marfil, Kenia y Tanzania-), multilateralismo, unidad de acción exterior y promoción de la Agenda 2030 de defensa de los Derechos Humanos y la igualdad de género. Las acciones concretas se orientan a cuatro objetivos estratégicos: la promoción de la paz y la seguridad (incluyendo la diplomacia, las Fuerzas Armadas y la Cooperación Española), la promoción del desarrollo sostenible impulsado por un crecimiento económico inclusivo y generador de empleo y oportunidades, el fortalecimiento de las instituciones y el apoyo a una movilidad ordenada, regular y segura. Además, estos objetivos estratégicos se concretan en otros específicos y en indicadores de los mismos, que figuran en el anejo V del Plan. Como novedad, este nuevo Plan estratégico será objeto de evaluación externa en base al cumplimiento de sus objetivos e indicadores a través del medio adecuado facilitado por el Instituto de Evaluación de Políticas Públicas del Ministerio de Hacienda y Función Pública. En definitiva, el nuevo Plan África amplía el radio de acción de España en África tanto desde el punto de vista temático como geográfico y le dota de una coherencia estratégica que le permitirá aumentar su presencia y ser un actor relevante en el cambiante escenario africano del siglo XXI.

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