LITERATURA JUVENIL, "El fallecimiento y el óbito"
Lamuerte La muerte (a veces referida por los eufemismos deceso, defunción, fallecimiento, finamiento, óbito, expiración, perecimiento, fenecimiento o cesación) es un efecto terminal que resulta de la extinción del proceso homeostático en un ser vivo; y con ello el fin de la vida. Puede producirse por causas naturales (vejez, enfermedad, consecuencia de la cadena trófica, desastre natural) o inducidas (suicidio, homicidio, eutanasia, accidente, desastre medioambiental). El proceso de fallecimiento, si bien está totalmente definido en algunas de sus fases desde un punto de vista neurofisiológico, bioquímico y médico, aún no es del todo comprendido en su conjunto desde el punto de vista termodinámico y neurológico, y existen discrepancias científicas al respecto. En el siglo XX la muerte se definía como el cese de la actividad cardíaca (ausencia de pulso), ausencia de reflejos y de la respiración visible. No obstante, con base en estas evidencias insuficientes muchas personas fueron inhumadas estando en estado de vida latente o afectadas por periodos de catalepsia . Posteriormente, gracias a los avances tecnológicos y al mejor conocimiento de la actividad del cerebro, la muerte pasó a definirse como la ausencia de actividad bioeléctrica en el cerebro, verificable con un electroencefalograma. Más tarde aun esta evidencia resultó ser insuficiente (avance de las neurociencias ), al demostrarse que el fenómeno de ausencia de actividad bioeléctrica en algunos casos muy excepcionales podía ser reversible, como en el caso de los ahogados y dados por fallecidos en aguas al borde del punto de congelación. Históricamente, los intentos por definir el momento preciso de la muerte han sido problemáticos. Antiguamente se definía la muerte como el momento en que cesan los latidos del corazón y la respiración, pero el desarrollo de la ciencia ha permitido establecer que realmente la muerte es un proceso, el cual en un determinado momento se torna irreversible. Hoy en día, cuando es precisa una definición del momento de la muerte, se considera que este corresponde al momento en que se produce la irreversibilidad de este proceso. Existen en medicina protocolos clínicos que permiten establecer con certeza el momento de la muerte, es decir, que se ha cumplido una condición suficiente y necesaria para la irreversibilidad del proceso de muerte. La muerte cerebral es una forma irreversible de la pérdida de conciencia que se caracteriza por una desaparición completa de la función cerebral, con mantenimiento de la contracción cardiaca. Gracias al avance tecnológico de la medicina, hoy es posible mantener una actividad cardiaca y ventiladora artificial en cuidados intensivos en una persona cuyo corazón ha dejado de latir y que no es capaz de respirar por sí misma, por lo cual esto demuestra que no ha fallecido. El protocolo utilizado para el diagnóstico de la muerte en este caso es diferente y debe ser aplicado por especialistas en ciencias neurológicas, y se habla entonces de "muerte cerebral" o "muerte encefálica". En el pasado, algunos consideraban que era suficiente con el cese de actividad eléctrica en la corteza cerebral (lo que implica el fin de la conciencia) para determinar la muerte encefálica, es decir, el cese definitivo de la conciencia equivaldría a estar muerto, pero hoy se considera, en casi todo el mundo, difunta a una persona (incluso si permanece con actividad cardiaca y ventiladora gracias al soporte artificial en una unidad de cuidados intensivos), tras el cese irreversible de la actividad vital de todo el cerebro, incluido el tallo cerebral (la estructura más baja del encéfalo, encargada de la gran mayoría de las funciones vitales), comprobada mediante protocolos clínicos neurológicos bien definidos y respaldada por pruebas especializadas. En estos casos, la determinación de la muerte puede ser dificultosa. Un electroencefalograma, que es la prueba más utilizada para determinar la actividad eléctrica cerebral, puede no detectar algunas señales eléctricas cerebrales muy débiles o pueden aparecer en él señales producidas fuera del cerebro y ser interpretadas erróneamente como cerebrales. Debido a esto, se han desarrollado otras pruebas más confiables y específicas para evaluar la vitalidad cerebral, como la tomografía por emisión de fotón único (SPECT cerebral), la panangiografía cerebral y el ultrasonido transcraneal. La muerte súbita o muerte instantánea sobreviene de manera abrupta con la invalidación instantánea de uno o más órganos esenciales para el sustento de la vida, un fulminante derrame cerebral, un síncope cardíaco agudo o por medio de un suceso violento abrupto (onda expansiva de una explosión) o un accidente con mucha energía desarrollada. La muerte es el fin de la vida, algo opuesto al nacimiento. El evento de la muerte es la culminación de la vida de un organismo vivo. Sinónimos del sustantivo muerte son óbito, defunción, deceso y fallecimiento; entre los adjetivos, occiso se aplica cuando la persona falleció violentamente. Se suele decir que una de las características clave de la muerte es que es definitiva, y en efecto, los científicos no han sido capaces hasta ahora de presenciar la recomposición del proceso homeostático desde un punto termodinámicamente recuperable. El tipo de muerte más importante para el ser humano es sin duda la muerte humana, sobre todo la muerte de seres queridos. Conocer con certeza el instante de una muerte sirve, entre otras cosas, para asegurar que el testamento del difunto será únicamente aplicado tras su muerte y, en general, conocer cuándo se debe actuar bajo las condiciones establecidas ante una persona difunta. Existe la muerte psicológica, donde la persona es consciente de que va a morir. En este sentido, la persona es capaz de percibirlo. Esta muerte psicológica causa con frecuencia ansiedad y depresión en las personas. La muerte psicológica aceptada permite que la persona pueda adaptarse, con los recursos que le quedan, a su entorno. A ello coopera también la psicología filosófica , que nos carga de sentido, o tal vez no. Algunas personas, en momentos determinados de su vida, experimentan el sentimiento autodestructivo de terminar su existencia. El acto para conseguirlo es lo que llamamos suicidio. Lo contrario es el deseo de vivir, el cual no contraría al instinto de supervivencia, ya que este nos impulsa a esquivar la muerte. Por ejemplo, si un suicida que salta al vacío intenta inconscientemente agarrarse a algo para no morir, es por el instinto de supervivencia. El miedo a la muerte se debe a dos hechos que ocurren dentro de nuestro inconsciente. En primer lugar, la muerte nunca es posible con respecto a nosotros mismos; es decir, la causa de la muerte es externa, en este sentido, se le atribuye un carácter maligno; la muerte es mala y se encuentra en el ambiente, no en nosotros mismos. Siguiendo esto, para nuestro inconsciente es inconcebible morir por alguna causa natural o vejez. En segundo lugar, la persona no es capaz de distinguir entre un deseo y la realización de este (un hecho); esto justifica la muerte sobre la base de la culpa, donde el deseo y la realidad generan un conflicto. Así, la persona se considera responsable de la muerte del otro en el sentido de que el deseo de matarlo y el hecho de la muerte genera culpabilidad. Asimismo, el proceso del dolor siempre lleva consigo algo de ira. En este sentido, se depositan en la persona muerta dos sentimientos diferenciados: el amor que se tiene y ha tenido por esta a lo largo de su vida, y el odio generado por la sensación de abandono que genera la pérdida de este ser querido. El miedo a la muerte surge como una negación hacia la existencia de esta. La concepción de la muerte como fin o como tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, en el Juicio Final, actúan como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro. La idea de inmortalidad y la creencia en el Más allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos. Usualmente se deja al arbitrio de los individuos, en el marco de los conceptos dados por su sociedad, la decisión de creer o no creer y en qué creer exactamente. La esperanza de vida en el entorno social determina la presencia de la muerte en la vida de los individuos, y su relación con ella. Su presencia en el arte es constante, siendo uno de los elementos dramáticos a los que más se recurre tanto en el teatro, como en el cine o en novelas y relatos. La vida después de la muerte es la creencia de que la parte esencial de la identidad o el flujo de consciencia de un ser vivo continúa después de la muerte del cuerpo físico. Según diversas ideas sobre esta vida, la esencia del que vive después de la muerte puede ser el de algún elemento parcial o la supervivencia del alma, espíritu o consciencia que lleva consigo y puede conferirle una identidad personal. No obstante, la posición científica mayoritaria es que no hay pruebas de la existencia de la vida después de la muerte. También, la creencia en una vida después de la muerte contrasta con la creencia en el olvido después de la muerte o no-existencia. La segunda pregunta que surge acerca de la muerte humana y tal vez la más interesante es: ¿Qué ocurre a los seres humanos tras la muerte? Realmente, lo que se preguntan es qué ocurre con las facultades mentales de la persona que ha fallecido. Unos creen que se conservan gracias al espíritu que impelía a su mente, elevando su estado de conciencia a realidades aún mayores, otros creen en la migración del alma de un ser humano tras su muerte a un plano físicamente inalcanzable. La religión cristiana considera la muerte como el fin de la permanencia física del ser humano en su estado carnal, el espíritu abandona el cuerpo físico que se deteriora y que es incapaz de sostenerse bajo las leyes de este universo finito, e inmediatamente vuelve a Dios. El alma, dependiendo de si conoció y reconoció a Jesucristo como su Dios y salvador, se va a un lugar de reposo a la espera de la segunda venida de Jesucristo. En ese lugar de reposo su relación con el Ser Supremo sería directa (el Paraíso), y el otro, el de los espíritus encarcelados, quienes no reconocieron a Jesús como su Señor y Salvador, deberán presentarse en el Juicio Final. Este lugar es llamado el Infierno . El Paraíso es un mundo dinámico donde se realiza una interacción con la obra de Dios y con las personas en la tierra mediante ministerio de ángeles. Según la religión cristiana de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormona), el espíritu que abandona el cuerpo es semejante en apariencia al que deja en estado carnal, pero en su forma más joven. Los conocimientos adquiridos, la apariencia física se conservan pero en un estado de perfección intangible para este mundo y más puro. Luego continuará con la resurrección universal por la gracia de Jesucristo, quien fue las primicias de la resurrección. Luego vendrá un juicio según las obras individuales de esta vida terrenal de las personas responsables. Según la religión de los Santos de los Últimos Días, la obra de Dios se resume en el siguiente versículo que muestra las palabras del Dios de Israel: "Esta es mi Obra y mi Gloria, llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” Moíses 1:39, La Perla de Gran Precio. Para los Testigos de Jehová, la gran mayoría de los muertos se encuentran en un estado de inconsciencia absoluto y que incluso, ni el Rey David ascendió a los cielos. Creen que cuando la "nueva tierra" (nuevo sistema) se encuentre establecida bajo el reinado milenario de Cristo, la resurrección —tanto de Justos como de Injustos— se llevará a cabo en todo el globo, y es allí donde serán juzgados según sus obras realizadas durante el milenio, los que obren mal a la muerte eterna (Muerte sin esperanza de resurrección) y los que obren bien a la vida eterna en un paraíso terrenal. Creen también en otra categoría minoritaria de cristianos que abrigan otra esperanza. Estos son los 144.000 "ungidos por el Espíritu Santo" que, según ellos, al fallecer van al cielo para ser reyes y sacerdotes y gobernar con Cristo “Sobre la Tierra” en el reinado Milenario. Según los Testigos de Jehová, la recolección de estos “Ungidos” que tienen esperanza celestial comenzó con los apóstoles de Cristo, cuando Jesús les ofreció moradas en el Cielo, oferta que continúa hasta el día de hoy, pero solo con algunos pocos. Asegurando que "la muerte será reducida a nada". Muchos antropólogos (William Rendu, Centro de Investigación Internacional en Humanidades y Ciencias Sociales (CIRHUS) en Nueva York.) creen que los entierros dedicados de los Neandertales son evidencia de su creencia en la vida después de la muerte. Existen cinco fases por las que pasa todo enfermo terminal (es decir, el aquejado por un mal incurable, cuyo desenlace fatal ocurrirá dentro unos pocos años o incluso meses): • Negación: el enfermo no asume la realidad que aparece ante sus ojos. • Ira: ya se ha interiorizado la condición irreversible, pero se responde a ella con un estado de cólera, envidia y resentimiento. • Negociación: la persona busca llegar a un pacto con la muerte, aspirando a prolongar el tiempo de vida a cambio de algo. • Depresión: el individuo comienza a perder interés por su entorno. • Aceptación: la persona enferma asume su condición y se predispone a morir. La mayor parte de los escultores cristianos representan la muerte en figura de un esqueleto empuñando una guadaña y, algunas veces, también un reloj de arena o armas. Los etruscos la pintaban con el rostro horrible o bajo una cabeza de Gorgona erizada de serpientes o en figura de lobo rabioso. La más común de las alegorías de esta divinidad entre los romanos fue un genio triste e inmóvil con una antorcha apagada y vuelta del revés. Los helenos le daban un aspecto mucho menos lúgubre, según el emblema que se encuentra en algunas cornalinas: es un pie alado cerca de un caduceo y encima una mariposa que emprende el vuelo. El pie alado es indicio del que ya no existe y va a seguir a través del espacio a Mercurio y su caduceo; la mariposa es imagen del alma que sube al cielo. En la Grecia clásica, uno de los temas principales de la obra Fedro de Platón es la muerte. Una importante investigación realizada por el historiador italiano Giordano Berti sobre el cráneo en el arte occidental se publicó en la revista TerzoOcchio. La Danza Macabra cobra importancia en el arte europeo del fin de la Edad Media, en consonancia con el pesimismo que impregna el pensamiento de esta época. En España, su huella es abundante en las artes plásticas (pintura, escultura y xilografía), aunque se ha puesto especial énfasis en su presencia dentro de la Corona de Aragón; incluso se ha llegado a decir que la Dança general de la Muerte castellana es una adaptación de un original catalanoaragonés procedente, tal vez, de San Juan de la Peña; de todos modos, esta hipótesis no es comúnmente aceptada. La Dança castellana se ha conservado en dos versiones: la citada Dança general, en setenta y nueve coplas de arte mayor y con treinta y tres personajes, recogida en un único manuscrito de la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y una Dança de la muerte más tardía, publicada en Sevilla en 1520 que parece una simple ampliación de la anterior (casi duplica el número de coplas y personajes). La obra está constituida por un prólogo en prosa, en el que se desarrolla el tema del menosprecio del mundo y de la brevedad de la vida, y las citadas coplas en las que, tras la amonestación de la Muerte y la intervención de un predicador que exhorta a la penitencia, la Muerte convoca a los mortales, que comparecen en perfecto orden jerárquico, alternándose religiosos y seglares, desde el Papa y el Emperador al sacristán y el labrador. La Dança castellana presenta tres personajes originales que muestran el afán del anónimo autor por reflejar la realidad de la sociedad en la que vivía. Estos personajes son el rabí, el alfaquí y el santero. La intervención de cada personaje consta de dos coplas: una primera en la que se quejan por abandonar la vida y demuestran tanto apego por el mundo como ignorancia de la misericordia divina, a la que ninguno de ellos recurre en semejante paso, y la segunda, en la que la Muerte denuncia de forma tajante y severa los vicios de cada uno, presentando un marco enormemente sombrío de la sociedad; los dos únicos personajes que aceptan la llegada de la Muerte son un monje de San Benito (muchos estudiosos han buscado en esa orden al autor) y un ermitaño. Este último aspecto, de crítica social, acerca este poema a la abundante poesía de esta índole del siglo XV castellano, motivada fundamentalmente por el lamentable estado del reino bajo el gobierno de los reyes; no obstante, las Danzas guardan especial relación con el ambiente pesimista de una época asolada por las grandes pestes y aterrada por el advenimiento del Anticristo , que se creía inminente. Así, pues, la muerte es el cese de la vida o fin de la existencia. La muerte es un fenómeno progresivo de paralización de las funciones, en un primer momento, y de descomposición orgánica, posteriormente. Pueden distinguirse distintas acepciones del término "muerte", entre las que se encuentran: muerte real, que consiste en el cese irreversible de las funciones orgánicas; muerte aparente, que es la disminución transitoria de las funciones vitales hasta tal punto que es difícil determinar si persisten, y puede evolucionar hacia la muerte real o hacia la recuperación; muerte cerebral, que se trata del fracaso o fallo del sistema nervioso central, el cual imposibilita la continuación de la vida en el resto del organismo de forma autónoma, sin la asistencia de medios artificiales; muerte natural, que es aquella que se produce por enfermedad o por la vejez; y muerte violenta, que es la que sobreviene por homicidio, suicidio o accidente. La muerte se produce cuando las funciones vitales, la circulación y la respiración se detienen. Pero desde hace algunos años estas funciones pueden mantenerse artificialmente mediante aparatos de soporte cardiorrespiratorio; por ello se ha introducido, en Medicina, el concepto de muerte cerebral, el cual determina que un individuo sin actividad del sistema nervioso central está muerto de manera irreversible. Fue la Academia Francesa de Medicina la primera que introdujo esta definición. Los criterios para considerar una muerte cerebral son: inconsciencia absoluta, falta de excitabilidad, inmovilidad, ausencia de respiración espontánea y de reflejos, y la obtención de dos electroencefalogramas planos realizados en un intervalo de tiempo definido. Es importante diagnosticar la muerte cerebral porque en ese momento aún las células de determinados órganos tienen vitalidad y son posibles los trasplantes. A partir del momento de la muerte se producen cambios en el organismo que se clasifican en signos inmediatos, signos intermedios y signos tardíos. Son signos inmediatos los que demuestran la absoluta inmovilidad del cuerpo, tales como ausencia de empañamiento de un espejo colocado frente a la boca y la nariz, la falta de movimiento de un hilo de algodón situado frente a la boca o la nariz, la ausencia de movimiento de un vaso de agua colocado sobre el tórax, etc. Entre los signos intermedios se pueden distinguir los siguientes: Enfriamiento. Desde que se produce la muerte, el cuerpo comienza a disminuir su temperatura hasta alcanzar la del ambiente. En la cara y en las extremidades este enfriamiento se aprecia con mayor claridad. Las zonas que más tiempo conservan el calor son las axilas, las ingles y el periné. Rigidez cadavérica. La muerte conlleva una falta de oxígeno y de metabolismo en el tejido muscular, el cual se endurece y se retrae. Esta retracción y rigidez se denomina rigor mortis y predomina en los músculos flexores. Comienza en la musculatura masticadora y continúa en sentido descendente. Esta rigidez desaparece con la putrefacción. Espasmo cadavérico. Consiste en el mantenimiento de la posición que tenía antes de la muerte un grupo muscular. Livideces e hipostasias. También denominadas manchas cadavéricas, se disponen en las partes más declives del organismo. Las livideces se sitúan en la piel y las hipostasias en los órganos profundos. Comienzan como un punteado que se va agrupando hasta formar manchas netas que tienden a confluir. Tienen un color violáceo ya que se deben al acúmulo de la sangre por acción de la gravedad. Respetan las zonas comprimidas que suelen ser glúteos, omóplatos, codos y talones, si el cadáver está boca arriba. Deshidratación. Los signos tardíos son de dos tipos. Los signos que tienden a mantener la forma y condiciones del cadáver, o signos conservadores, y aquellos que lo destruyen biológicamente, o signos reductivos. Entre los primeros se encuentra la adipocira, que se produce en terrenos pantanosos o húmedos y consiste en la transformación de las masas cadavéricas en una sustancia blanca no soluble. Entre 3 meses y un año tarda en completarse dicho fenómeno. Otro signo conservador es la corificación, en la que la piel adopta una consistencia parecida al cuero. Por último, se encuentra la momificación, típica de ambientes muy secos, en la que se produce una deshidratación total del cadáver, y la piel adquiere el aspecto de un papiro y se adhiere al esqueleto. Entre los signos tardíos reductivos está la putrefacción, que se debe a la acción de las bacterias sobre el cadáver. Suele comenzar en el intestino, manifestándose como la "mancha verde abdominal". El proceso de putrefacción comienza cuando el cadáver adquiere un color verdoso y continúa con la aparición de ampollas. Finalmente se produce la desintegración del cadáver. El suicidio Ahora, aunque sea muy superficialmente, vamos a hablar del suicidio. Este constituye la acción voluntaria de acabar con la propia vida. El suicidio siempre ha sido una acción de gran trascendencia en la sociedades humanas, puesto que suponía la negación existencial del individuo, que tomaba la decisión por propia voluntad. Un acto tan radical y, aparentemente, asocial ha concitado tradicionalmente la atención de las diversas culturas humanas desde los tiempos más remotos, afrontando cada sociedad este tipo de acciones de una manera muy distinta. Mientras el cristianismo y el Islam censuran intensamente el suicidio, otras sociedades orientales lo permiten y, en algunos casos, incluso lo promueven. Existen culturas, tanto en el pasado como en presente, que consideran el suicidio como una acción tolerada e incluso honorable en ciertas ocasiones, y que puede contribuir a limpiar el honor personal o familiar, así como también a eliminar situaciones disfuncionales, susceptibles de alterar el equilibrio político o social existente. En la antigua Grecia se permitía que los convictos se quitaran la vida, lo que suponía en parte una forma de librar al Estado de los gastos que ocasionaba el mantenimiento del reo. En la India, la sociedad tradicional incitaba a las viudas a autoinmolarse tras la muerte de sus maridos como acto de lealtad. Esta acción era socialmente bien considerada, suprimiéndose de esta manera la necesidad de mantener a una persona no productiva por parte de toda la comunidad de la que era miembro. El peso de la tradición ha sido tan intenso hasta el presente que, todavía en nuestros días, las asociaciones internacionales de Derechos humanos reciben numerosos testimonios sobre la pervivencia de esta costumbre en lugares remotos, aunque esta práctica es considerada ilegal en el ordenamiento jurídico actual. En Occidente, la influencia del cristianismo ha desarrollado una crítica muy intensa frente a cualquier intento de acabar con la propia vida. Esto es consecuencia de la propia concepción que la religión cristiana posee acerca de la vida, como regalo de la divinidad, y que no pertenece a la propia persona que aparentemente la posee. La vida es insuflada por Dios y, como tal, Dios es el único ser que posee la capacidad para quitarla. Por tanto, desde esta perspectiva, el suicidio es un acto sacrílego, puesto que la vida que se suprime lo es en contra de la voluntad de Dios. A pesar de la intensa secularización de las sociedades asentadas sobre fundamentos cristianos, y de la separación entre la Iglesia y el Estado, la influencia del pensamiento cristiano con respecto al suicidio pervivió de forma intensa a través de los textos legales. En ellos el suicidio era considerado como delito. Este tipo de contenidos legales se ira suprimiendo progresivamente, coincidiendo con el desarrollo en Occidente de sociedades cada vez más abiertas y tolerantes, en las que los derechos individuales constituirán el principio básico sobre el que se asentarán las bases de los modernos sistemas sociales. El surgimiento de las sociedades modernas trajo consigo un incremento en el número de suicidios, resultado en gran medida de los procesos de industrialización compulsivos y de los cambios de valores existenciales que irán surgiendo a lo largo del siglo XIX. La decreciente influencia de la Iglesia a todos los niveles abrió un vacío que no pudo ser ocupado por ningún credo alternativo de carácter religioso o secular. El temor que inspiraba el cristianismo en relación a la existencia de una vida posterior, y la posibilidad de no alcanzarla si no se cumplían con los respetos oficiales de la Iglesia, frenaba en cierta manera la adopción de soluciones radicales a problemas personales como era el suicidio. La posterior influencia de los ideales ilustrados y los cambios introducidos por la revolución industrial incidieron de forma decisiva en un cambio radical de la concepción del mundo y de la propia situación del individuo a nivel social y espiritual. La pérdida acusada de valores tradicionales, la progresiva ausencia de la Iglesia católica en ámbitos sociales en los que había estado presente hasta ese momento, y el empobrecimiento de amplias capas de la población que trabajaban en condiciones infrahumanas en los centros industriales (en las fábricas ) de los suburbios de las grandes ciudades, provocaron un aumento importante del número de suicidios. Las sociedades modernas continúan manteniendo unos niveles de suicidio muy elevados, producto, en parte, de la permisividad social y del considerable grado de tolerancia a este respecto que se registra en la actualidad. Por otro lado, resulta en nuestros días mucho más fácil acceder a los medios necesarios para cometer suicidios con un mayor grado de acierto que en el pasado. Los medios tecnológicos necesarios, así como las sustancias tóxicas precisas, se encuentran fácilmente accesibles para toda la población. Aunque este tipo de actos todavía hoy se encuentran sometidos a una notable crítica social, lo cierto es que el fenómeno del suicidio se aborda desde una perspectiva psicosocial, con la principal finalidad de comprender las razones profundas que impulsan a los individuos a cometer semejante acción, e incorporar los resultados de estas investigaciones a los tratamientos y terapias individuales para prevenir este tipo de acciones. La psicología ha desarrollado numerosas teorías con objeto de explicar de forma científica los comportamientos suicidas y cuáles son aquellos contextos en los que resulta más probable que éstos surjan. Factores de alteración psicológica o emocional, vinculados a cambios hormonales, y convertidos en patologías crónicas, son en ciertos casos los condicionantes más destacados para explicar el suicidio. Sin embargo, las explicaciones sociológicas ofrecen una serie de argumentos más amplios, completos y omnicomprensivos. Se ha demostrado la existencia de correlaciones claras entre situaciones de desamparo real o imaginario, como la orfandad, la viudedad, enfermedades irreversibles, desarraigo familiar o soledad extrema, con los intentos de cometer suicidio. Esta perspectiva parece mostrar que los factores sociológicos serían capaces de explicar un mayor números de casos de suicidio que los de carácter psicológico. Ambas teorías se complementan realmente, puesto que la interpretación que prima en la actualidad es aquella que considera la existencia de una serie de individuos que poseen una clara predisposición a cometer suicidio. Sin embargo, el intento se consuma si se dan una serie de factores ambientales, de carácter social, que impulsan su comisión. Se dan asimismo diversos factores inhibidores del suicidio, que en la actualidad no han sido todavía suficientemente estudiados. Por ejemplo, el índice de suicidios en los países mediterráneos es inferior que en los del norte de Europa, a pesar de que los niveles de riqueza de los países escandinavos y sus condiciones de vida son muy superiores. Por otro lado, también se ha demostrado que el índice de suicidios en tiempos de guerra es inferior al registrado en épocas de paz. La explicación a esta realidad constatada no es sencilla, y se encuentra en gran medida relacionada con una serie de factores, sociales principalmente, aunque también probablemente de carácter anímico, y resultado, igualmente, de las condiciones ambientales. Uno de los primeros factores explicativos es la necesidad de sobrevivir que se manifiesta en los países menos favorecidos, lo que impide reflexionar acerca de la propia condición de postración en la que el sujeto se encuentra. El entorno social inmediato padece de las mismas carencias, lo que sin duda impide que las personas se consideren particularmente desgraciadas o desamparadas. En períodos de guerra, los elevados niveles de cohesión social y de solidaridad mutua que se registran contribuyen a impedir que surjan deseos autodestructivos. Esto es así porque existe un objetivo común que contribuye a mantener una tensión colectiva, por lo que los problemas y las angustias personales pasarían a un segundo plano. Otro factor que posiblemente contribuya de forma sensible a evitar el suicidio son los niveles de cohesión familiar que existen en los países mediterráneos. En estos casos, la familia contribuye a mantener, apoyar y proteger a los miembros más desamparados de su grupo. Por el contrario, el papel que desempeña la familia en los países del norte de Europa resulta sensiblemente diferente. Aquí la desintegración familiar -provocada en estos países en gran medida por factores relacionados con la modernidad- favorece que el sujeto se encuentre aislado e indefenso, y sin perspectiva para salir de semejante situación. Por último, otro factor que sería necesario tomar en consideración, aunque probablemente resulte el más controvertido, es el relacionado con las condiciones atmosféricas. El tiempo en los países mediterráneos se caracteriza por la abundancia de luz y por el elevado número de días al año que hay sol. Por el contrario, en los países del norte de Europa, el número de días con sol es muy limitado, circunstancia que a su vez restringe las relaciones sociales en gran medida y favorece el aislamiento, actitud que sin duda constituye un factor importante entre las condiciones en las que se puede producir el suicidio con un perfil psicológico adecuado. La sociedades avanzadas actuales están realizando grandes esfuerzos para reducir los niveles de suicidio, puesto que la existencia de sociedades de bienestar se encuentra en flagrante contradicción con elevadas tasas de suicidio. Por ello, existen numerosos centros especializados, principalmente en aquellas sociedades en las que el suicidio golpea de una forma más intensa, con el fin de estudiar cuáles son las condiciones que favorecen las tendencias suicidas, o cuál es el perfil psicosocial del sujeto inclinado a la comisión del suicidio. Todo ello con el objetivo de aplicar esos conocimientos en el desarrollo e implementación de terapias pertinentes. En la actualidad, la vía telefónica ha demostrado ser un medio eficaz para el tratamiento inicial de tendencias suicidas. Sin embargo, las expectativas para las sociedades del futuro no resultan ser demasiado alentadoras. El incremento del aislamiento social, la carencia de expectativas profesionales y personales por parte de amplios grupos sociales, así como la desintegración de las redes de solidaridad social, serán factores que posiblemente contribuirán a mantener, si no a incrementar, los niveles de suicidio en diferentes sociedades. Desde la más remota antigüedad, numerosos personajes célebres eligieron la vía del suicido para acabar con su vida, y algunos han pasado a la posteridad precisamente por ello. Entre los casos más universalmente conocidos de suicidas figuran muchos personajes mítico-legendarios, que van desde el héroe homérico Áyax hasta los bíblicos Sansón y Judas. Otro personaje de ficción cuyo suicidio dejó una impronta cultural y social muy intensa en su época fue el joven Werther, prototipo de enamorado romántico creado por Johann Wolfgang von Goethe, cuyo novelesco suicidio conmovió tanto a los lectores de su época que, tras la publicación del libro que él protagonizaba, se produjo en Alemania una intensa ola de suicidios de jóvenes (de ambos sexos) que de ese modo pretendieron seguir su ejemplo. Celebridades de la antigüedad que se suicidaron por diversas razones fueron el caudillo cartaginés Aníbal, los filósofos, escritores e intelectuales Pitágoras,Diógenes, Safo, Sócrates, Isócrates, Demóstenes, Empédocles, Eratóstenes, Séneca, Lucano y Catón de Utica. Del propio Aristóteles se dice también que se suicidó, aunque, según otras tradiciones, su muerte se debió a un error médico. Enormemente célebres fueron el suicidio de Marco Antonio y de la reina Cleopatra VII de Egipto. Posteriormente, se suicidarían también la emperatriz romana Agripina (que, al parecer, eligió el suicido por hambre), los emperadores Nerón y Diocleciano; y Antinoo, el célebre favorito del emperador Adriano, del que se dice que se quitó la vida cuando un oráculo exigió la muerte de una persona voluntaria para que el emperador pudiese conocer una predicción que le interesaba. En épocas posteriores, también se suicidaron científicos e intelectuales como Uriel da Costa (que fue maestro de Baruch Spinoza), el matemático y sociólogo Marqués de Condorcet, o el científico y político francés Marcellin Berthelot. Célebres escritores que también acabaron voluntariamente sus días fueron Heinrich VonKleist, Mariano José de Larra, Edgar Allan Poe, Camilo Castelo Branco, Ángel Ganivet, Emilio Salgari, Antonin Artaud, Maiakovski, Walter Benjamin, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Ernest Hemingway, Paul Celan, Gerard de Nerval, John Kennedy Toole, Henry Millon de Montherlant, YukioMishima, Arthur Koestler, Tennessee Williams, o Primo Levi. En el terreno artístico, conocidos pintores suicidas han sido Mark Rothko, Ernst Kirchner o Jackson Pollock. También acabó voluntariamente con su vida Jacqueline Picasso, la última esposa de Pablo Picasso. Cantantes de ópera como Maria Callas, y de rock como Jimi Hendrix y Kurt Cobain (cantante de Nirvana), engrosan la lista de suicidas célebres, en la que también se pueden incluir los actores y actrices Montgomery Clift, Alan Ladd, Judy Garland, Jorge Mistral, Nathalie Wood y Rommy Schneider, así como el director de cine Rainer Werner Fassbinder. La muerte de Marilyn Monroe ha sido muchas veces atribuida a un suicidio, y también se cree que la muerte del psicólogo y psicoanalista Sigmund Freud fue en realidad un suicidio asistido. Otros suicidas célebres han sido, también, militares y políticos como Adolf Hitler, Joseph Goebbels, Hermann Goering, Erwin Rommel o Rudolf Hess. La pena de muerte Bien es verdad, que sólo nos faltan dibujar unas líneas sobre la pena de muerte. Esta se aplicaba con asiduidad en la mayor parte de las civilizaciones antiguas, pues era considerada como el medio más eficaz de mantener la paz social y separar de la comunidad a los perturbadores de la convivencia. Tenía un carácter ejemplificador, ya que las ejecuciones eran públicas, y su finalidad no era sólo la de dar muerte al condenado, sino también la de causarle sufrimiento y amedrentar con ello a posibles delincuentes futuros. En China, el Código Penal de la Dinastía Purísima detallaba los motivos por los que se podía aplicar la pena de muerte: homicidio, sedición, acuñar moneda falsa, latrocinio, fugarse de una prisión, practicar la magia, profanar tumbas, encubrir tres veces a un ladrón y fingir ser jefe militar. Las formas más comunes de aplicar la pena de muerte eran los azotes, las palizas y los estrangulamientos. Aún más extendida estaba en la India, donde el Código del Manú dedicaba veinte apartados o párrafos legales a los motivos y técnicas de la pena de muerte. Lo mismo sucedía en el antiguo Egipto, donde se aplicaba en un principio como castigo frente a cualquier tipo de crimen, para lo cual se realizaba un sacrificio expiatorio en el que los condenados eran inmolados sobre la tumba de Osiris. Más tarde se diversificaron las penas, quedando reservada la de muerte para los delitos contra las personas y el Estado, así como para ciertos casos de denegación de auxilio y los delitos de perjurio y ofensas a la divinidad. La civilización griega supeditaba la vida del hombre al bienestar de la sociedad, por lo cual no era considerada como un derecho al margen de la misma. Así, los que desviaban su actuación de los parámetros marcados por la colectividad eran juzgados con rigor, y para ellos estaba reservada la pena de muerte. Se utilizó con gran prodigalidad en tiempos de Dracón, aunque su aplicación se redujo más tarde a delitos como el sacrilegio, la profanación de los misterios, el atentado contra el gobierno, el homicidio voluntario, el adulterio femenino y la violación en caso de que el hombre se negase a casarse con la mujer violada. En aquélla época se utilizaban múltiples métodos de ejecución, como la cuerda (considerada la más humillante), el apaleamiento, el arrojamiento al mar, el despeñamiento o el veneno. Antes de analizar la postura del cristianismo sobre la pena de muerte, hay que referirse a la doctrina recogida en el Antiguo Testamento. En él se establece que aquélla debía aplicarse en casos de homicidio voluntario, agresión, maldición contra los padres y compra de personas (capítulo 21 del Éxodo), a los que hay que añadir los delitos sexuales (capítulo 20 del Levítico) y la hechicería, así como la práctica de la bestialidad y los sacrificios humanos para Moloch (capítulo 22 del Éxodo). La venganza preside el espíritu de las prescripciones recogidas en el texto sagrado, sentimiento que se refleja con toda claridad en la Ley del Talión: "...vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal". No obstante, en los códigos penales de entonces puede apreciarse una cada vez mayor consideración por la vida humana, a medida que la Ley Antigua se va acercando a la Ley Nueva promulgada por Cristo. La llegada del cristianismo supuso la primera reacción ética contra la pena de muerte: el ideario cristiano está basado en la caridad y el perdón para los enemigos, y entiende que un hombre que delinque es un ser a redimir y ganar para la vida eterna, por lo cual no debe ser destruido por sus congéneres en su existencia terrena. El Nuevo Testamento suprimió la Ley del Talión, debido a su incompatibilidad con esta visión, y planteó una concepción individualizada del hombre, alejada de la supeditación a lo social que predominaba en el mundo griego. Con la oficialización del cristianismo como religión del Imperio romano, la pena capital no llegó a desaparecer del ordenamiento jurídico civil, si bien su aplicación motivaba el planteamiento de espinosas cuestiones éticas. De ahí surgió la controversia entre los juristas, dispuestos a seguir usándola en un contexto social cristiano, y la postura de la Iglesia, contraria a su aplicación. El conflicto se mantuvo hasta el siglo XII, cuando aparecieron los primeros teólogos juristas partidarios de la legitimidad de la pena de muerte. Esta corriente apologética desembocó en la teoría penal dualista formulada por Santo Tomás de Aquino, que inspiró a partir de entonces las elaboraciones de la ciencia penal occidental. Figuras como el obispo Ivo de Chartes o, posteriormente, Pedro de Poitiers y Alain de Lille, fueron las primeras en legitimar la pena capital para delitos como el de herejía. Santo Tomás justificó la pena de muerte como castigo aplicado por la autoridad civil para ciertas acciones que atentan contra el bienestar social, tales como la antes mencionada herejía, la cometida por los cismáticos al separarse de la Iglesia o las de un homicida. La postura de Santo Tomás se resume en el siguiente aserto: "cuando la muerte de los malos no entraña un peligro para los buenos, sino más bien seguridad y protección, se puede lícitamente quitar la vida a aquéllos". Para el filósofo de Aquino, la justicia humana imita la actitud de Dios cuando apartaba de la vida a los pecadores para librar a los buenos. La tesis tomasiana fue seguida por un buen número de teólogos y juristas durante los siglos siguientes, y pronto dejó notar su influencia en la tipificación de las tres razones comúnmente invocadas en los códigos penales modernos para justificar la pena capital: exigencia del bien común, instrumento disuasorio y medio de compensación del mal perpetrado. De esta forma, durante los siglos XVI y XVII la pena capital se practicó cada vez con más frecuencia y menos reparos por razones de Estado. Asimismo, y con mayor asiduidad a partir de esos siglos, debido a la aparición de nuevas disidencias, se generalizaron las condenas a la hoguera por motivos religiosos: los luteranos ardían en los autos de fe de la Península Ibérica, los valdenses en Francia, los católicos en Inglaterra... se ha calculado que el número de quemados en Alemania por el delito de brujería desde el siglo XVI al XVIII podría rondar los 30.000. No obstante, fueron Francia e Inglaterra las naciones que más se distinguieron en esta época por la severidad de sus códigos jurídicos. Pronto comenzó a manifestarse en la ciencia penal el enfrentamiento entre dos corrientes de opinión opuestas: la de aquéllos que defendían el mantenimiento de la pena de muerte y la de los partidarios del abolicionismo. Esta segunda postura tomó gran impulso con los filósofos de la Ilustración. De hecho, durante el siglo XVIII se limitaron notablemente los delitos castigados con la pena capital, y en el ámbito de la ciencia jurídica encontraron acomodo las nuevas ideas humanitarias y las teorías de tipo contractualista, que denunciaban la existencia de una contradicción lógica en el hecho de que el hombre, al ceder partes de su libertad en aras del bien público, concediera también el derecho a privarlo de la vida. Las ideas de Montesquieu, Voltaire y juristas como Hommels y Sonnenfels fueron acogidas en las legislaciones de numerosos países europeos y, sobre todo, americanos, en los cuales la pena de muerte quedó circunscrita a supuestos muy excepcionales. Especialmente influyente resultó la producción del jurisconsulto italiano Cesare Beccaria, cuya obra Dei delitti e delle pene constituye el principal referente del Derecho penal moderno. Este libro, publicado por primera vez en 1764 en Livorno, supuso el primer ataque abierto a la teoría tomista; en su famoso capítulo XVI, Beccaria intenta demostrar la irracionalidad e injusticia inherente a la pena capital y la niega de iure. Sin embargo, admite dos casos en que su aplicación puede estar justificada de facto: cuando el delincuente aun privado de libertad tenga tal poder que convenga matarlo por razones de seguridad social, y cuando se considere que la muerte de un reo sirve de verdad para disuadir a los demás miembros del grupo social de cometer delitos. Paradójicamente, en Francia, cuna de las ideas ilustradas, el período de la Convención se caracterizó por la aplicación sistemática e indiscriminada de la pena capital, si bien más tarde las leyes penales francesas fueron modificadas en favor de una mayor moderación de las penas, evolución que también se produjo en Inglaterra. El auge del abolicionismo también contribuyó a la desaparición de las ejecuciones públicas, cuyo efecto disuasorio era severamente cuestionado desde mediados del XIX. En esta época empezaron a surgir los primeros frutos legislativos de la nueva corriente doctrinal dominante. Así, los estados norteamericanos de Michigan, Maine, Wisconsin y Rhode Island suprimieron la última pena a mediados del siglo, y a finales sucedió lo mismo en varios países hispanoamericanos y europeos, como Grecia, Portugal, Holanda y Bélgica. No obstante, no fue hasta el final de la Segunda Guerra Mundial cuando comenzó a ser eliminada masivamente de las legislaciones estatales o, al menos, a no ser aplicada. Los métodos de ejecución más utilizados son: La horca. Este método, conocido en la antigüedad por hebreos, griegos y romanos, fue difundido en toda Europa por los germanos durante la Edad Media. Es de origen inglés y fue utilizado en el Reino Unido hasta la abolición de la pena de muerte, en 1969. También se ha empleado con asiduidad en países como Francia, donde fue sustituida por la guillotina; España, que la reemplazó por el garrote; Holanda, Austria, Alemania, Yugoslavia o Canadá. En la actualidad sigue aplicándose en algunos estados norteamericanos y varios países asiáticos, africanos y de Oriente Medio. La decapitación. Es uno de los procedimientos de ejecución más antiguos; en los tiempos modernos la decapitación se ha llevado a cabo mediante la guillotina, invento nacido con la Revolución francesa y vigente en Francia desde 1791 hasta 1981, año de la abolición formal de la pena de muerte en este país. Actualmente se mantiene como método de ejecución en Madagascar, Laos, Camerún y Guayana. También era el método vigente antes de la abolición en países como Bélgica, Suecia y Alemania. El garrote. Se trata de un método de ejecución utilizado casi exclusivamente en España. Fue adoptado oficialmente como tal en el Real Decreto de 28 de abril de 1832, en sustitución de la horca, si bien se ha constatado su existencia desde mediados del siglo XIII. En el XV y XVI se utilizaba para ejecutar a los condenados por herejía que se arrepentían en el último momento, y posteriormente se utilizó hasta 1974, año en que se llevaron a cabo las dos ejecuciones postreras por este método. También se ha utilizado en Portugal, Cuba, Bolivia, Puerto Rico, Filipinas y Andorra. A modo de anécdota, si es que el tema que nos ocupa se presta a tal, cabe reseñar que en el principado pirenaico, que abolió la pena de muerte en 1990, la última ejecución tuvo lugar en 1943... por fusilamiento, debido a la imposibilidad para encontrar en España un verdugo que aplicase el garrote. El fusilamiento. En la actualidad es el método más difundido, y se practica tanto en países que mantienen la pena de muerte sólo para delitos militares como en aquéllos que la aplican como castigo frente a delitos comunes. La ejecución mediante arma de fuego es conocida por lo menos desde el siglo XV, cuando se utilizaba el arcabuz para ajusticiar al reo. En el último tercio del XIX se empezó a utilizar el fusil. Actualmente se fusila en Argelia, Bulgaria, Corea del Norte, Cuba, Chad, China, Gabón, Guatemala, Guinea, Indonesia, Marruecos, Mauritania, Rusia, Tailandia y Yugoslavia. Otros países, como Burundi, Costa de Marfil, Malí, Níger, República Centroafricana, Ruanda, Senegal y Togo, también mantienen este método, aunque entran dentro del grupo de naciones consideradas como abolicionistas de facto. La silla eléctrica. Es un método típico de los Estados Unidos, donde se utilizó por primera vez en 1890, en la ciudad de Auburn. Nació para sustituir a la horca en un intento por humanizar el momento de la muerte y hacerla más rápida e indolora. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que a veces sucede lo contrario, y se han dado casos de ejecuciones prologadas, inmunidad a la corriente o reanimación de algunos condenados por creerles muertos, por lo cual ha sido progresivamente sustituida por la inyección letal. Así, sólo el 38% de los condenados a muerte en Estados Unidos durante 1996 fueron ajusticiados en la silla eléctrica. La cámara de gas. Se utilizó por primera vez en 1924, en el estado norteamericano de Nevada, al considerarla más humana y segura que la horca y la silla eléctrica. La Royal Commissionof Capital Punishment, organismo que entre 1949 y 1953 investigó los diferentes sistemas legales de ejecución por encargo de la Corona británica, consideró la cámara de gas como "el método más efectivo y humano después de la horca, de la cual pudiera ser la mejor alternativa"... en Estados Unidos pronto fue adoptada por una docena de estados. En la actualidad se trata de un sistema prácticamente abandonado en favor de la inyección letal. La inyección letal. Se trata del más moderno de los métodos de ejecución, y tuvo también como país pionero a los Estados Unidos, donde se utilizó por primera vez en 1977. La ejecución mediante este procedimiento, el más utilizado en nuestros días, consiste en el suministro por vía intravenosa de una dosis letal de barbitúrico en combinación con un agente químico paralizante. La Asociación Mundial de Médicos rechazó su práctica en 1981, alegando que el mandamiento básico de su profesión es preservar la vida, por lo cual sería contrario a la ética profesional el ejercicio de las funciones de verdugo. A pesar de su carácter indoloro y aséptico, su práctica no está libre de objeciones: los especialistas han alertado sobre su posible ineficacia en personas diabéticas o adictas a las drogas, así como del riesgo de que la sustancia penetre en una arteria o los tejidos musculares y haga muy dolorosa la muerte.

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