jueves, 25 de abril de 2024

CUENTO PARA ADULTOS, "Historias de dragones"

Las series “La casa del Dragón” y “Los anillos de poder”, basadas en novelas de Martin y Tolkien, reviven la fascinación por estas criaturas nacidas de la más fabulosa imaginación en culturas ancestrales de todo el mundo. En principio, un dragón es un ser mitológico que aparece de diversas formas en varias culturas de todo el mundo, con diferentes simbolismos asociados. El dragón que todos conocemos, es un dragón alado que escupe fuego. ¡Bien! Hay dos tradiciones principales sobre dragones: los dragones europeos, derivados de las tradiciones populares europeas y de la mitología de Grecia y Oriente Próximo, y los dragones orientales, de origen chino, coreano, japonés, vietnamita y de otros países de Extremo Oriente. Las dos tradiciones surgieron probablemente de forma independiente, pero en su desarrollo se han influido mutuamente. El dragón, uno de los más conocidos seres mitológicos, ha sido inspiración de diferentes relatos y poemas, algunos de los cuales han sido llevados al cine. La primera aparición de los dragones fueron unos amuletos de jade de la cultura Hongshan, en China, hace aproximadamente entre 6700 y 4900 años. El jade e una piedra tenaz y muy dura, de aspecto jabonoso, blanco o verde, con puntos rojos o morados. La palabra dragón deriva del griego, drakón, donde significa ‘serpiente’, de la familia del verbo ‘mirar fijamente’, que se aplica a la mirada de las serpientes, las águilas, la Gorgona y los guerreros. Se cree, pues, que en origen el término hace referencia al poder fascinante e hipnótico de la mirada de la serpiente. Aunque aplicada en un principio a serpientes reales, pronto se utilizó también para referirse a aquellas dotadas de características imaginarias (enorme tamaño, capacidad de arrojar fuego por la boca o rayos, agua, etc.) que aparecen en cuentos, leyendas y mitos. Repasamos su presencia, desde el que cuidaba el Vellocino de Oro, en la Cólquida, pasando por el Satanás del Apocalipsis, hasta Smaug, de “El señor de los anillos”, y Drogo de “Juego de Tronos”. Pero vamos a ir despacio, pues no queremos olvidarnos de alguna generalización. Está claro que el tiempo y el hechizo de los dragones ha vuelto. ¿Cuál es el origen de los dragones? ¿Por qué su presencia ancestral en culturas tan diferentes del mundo? ¿Cómo es que han sobrevolado los tiempos y tomado fuerza para llegar hasta la cultura popular de hoy? ¿Cuáles son los motivos de su fascinación y misterio en personas de todas las edades y países? ¿Por qué son un reclamo, ahora, en los libros y series de televisión tan exitosas de los últimos años como El Hobbit, El señor de los anillos, Los anillos de poder, Juego de Tronos y La casa del Dragón? Pero, de antemano, no olvidemos dar algunas explicaciones de conjunto. La creencia en dragones se sustenta en las diversas tradiciones sobre ellos. Estos aparecen en muchas culturas. Se ha planteado, para darle explicación a este fenómeno, el descubrimiento de fósiles de dinosaurios o de pterosaurios que llevaron a esas culturas a imaginar seres parecidos. A menudo, se ha creído que estos seres seguían vivos, generalmente en lugares lejanos. Durante la época de Las Cruzadas, era posible encontrar en los mercados y otros lugares de exposición de Europa «restos de dragón», que en realidad eran restos de cocodrilos procedentes de Egipto, Arabia y de países de Asia. La creación y la destrucción están en ellos. Inteligencia y fuego. No obstante, echemos marcha hacia atrás. El dragón es una de las criaturas más fabulosas y enigmáticas salidas de la mente humana que mezclan en su cuerpo y acción lo terrenal con lo sobrenatural, un cuerpo hecho de diferentes animales que despierta tantos miedos como esperanzas, que desatan tantos simpatizantes como detractores, y de los que más incentivan la imaginación y la fantasía. El dragón es un ser omnipresente en diferentes culturas y épocas que ha sobrevivido a todas las generaciones en la Tierra, hasta tener una gran presencia en estas últimas décadas y vivir un momento de esplendor a través de la literatura que aliada con el cine, la televisión, el mundo virtual y los videojuegos alcanza una potencia y presencia inéditas. Historias con tramas situadas en épocas medievales, donde la lucha del bien y el mal en lo personal, social, sentimental y político es un tornado incesante. La presencia del dragón, los dragones, son un reclamo indiscutible. Simbolizan el poder y la derrota, la creación y la destrucción, la astucia y la fuerza, el mal y, a veces, el bien… engendran la duda por saber de qué lado están. Su presencia otorga el carácter épico y legendario que tanto gusta al ser humano, y que a los adultos lo retrotrae al placer y aventuras de épocas fantasiosas. Historias que realmente los traslada a un tiempo y espacio fuera de este mundo, pero que hunde sus garras en él. Dragón: «Animal fabuloso con forma de reptil, muy corpulento, con garras y alas, y de extraña fiereza y voracidad», Real Academia Española (RAE). Dragón: «Un animal imaginario grande y aterrador, a menudo representado con alas, una cola larga y fuego saliendo de su boca»: Diccionario de Cambridge. Bienvenidos al mundo de los dragones: empezamos este relato con su presencia en la mitología griega, como guardianes, y en la Biblia, como Satanás; luego damos un salto a la era más contemporánea. Así, en un principio, los dragones fueron devoradores de dioses –algunos mitos se refieren a estas criaturas como la causa de los eclipses, por ejemplo–, o sus enemigos –caso de Apofis y Pithon, enemigos del sol–. Posteriormente los dragones fueron fuerzas a las que se les ofrecían doncellas en sacrificio. No tardaron en concebirse como devoradores de hombres. De todos modos, ese papel no se aleja del de guardián, que implica la espera y el mantenimiento de un orden que preludia una reinvención del universo o el descubrimiento de un lugar sagrado. Justamente porque son guardianes de algo sagrado, simbolizan el puente a otro mundo o la prueba de todo héroe. No olvidemos al Minotauro (del griego Minótauros) cretense, que era un monstruo de la mitología griega, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Su nombre significa “Toro de Minos”, y era hijo de Pasífae y el Toro de Creta. El mito del Minotauro es, quizás, uno de los más fascinantes de toda la mitología de la antigua Grecia. Fruto de un escarceo amoroso entre la reina Pasifae y un hermoso toro blanco enviado por Poseidón, el destino del Minotauro estuvo para siempre ligado a su encierro en un laberinto donde devoraba cada año a catorce jóvenes atenienses que eran entregados en sacrificio como pago por perder la guerra contra Minos de Creta. Finalmente, el monstruo solitario murió a manos del príncipe ateniense Teseo. En la mitología de la Grecia clásica es difícil distinguir la serpiente del dragón. Entre las presencias más notables destaca la de la historia del Vellocino de oro (vellón o cuero del carnero alado). Allí se llama Cólquida y es su guardián, una criatura terrorífica, que nunca dormía por custodiar el Vellocino de oro. A él se deben enfrentar Jasón y Medea, quien uso sus hechizos y ungüentos en una rama de enebro para dormirlo; otra versión dice que fue Jasón quien mató al dragón. La adquisición del Vellocino de oro, era crucial para que Jasón obtuviera el trono de Yolco en Tesalia. Pero tenemos que puntualizar estos extremos. El vellocino de oro era, en la mitología griega, el vellón o zalea del carnero alado Crisómalo. Aparece en la historia de Jasón y los argonautas, quienes partieron en su búsqueda para lograr que Jasón ocupase justamente el trono de Yolco en Tesalia. Se decía que el carnero era hijo de Poseidón y de Teófane. Atamante, rey de la ciudad de Orcómeno en Beocia (una región del sudeste griego), tomó como primera esposa a la diosa nube Néfele, con quien tuvo dos hijos, Hele y Frixo. Más tarde se enamoró de Ino, la hija de Cadmo y se casó con ella. Ino tenía celos de sus hijastros y planeó matarlos (en algunas versiones, persuadió a Atamante de que sacrificar a Frixo era la única forma de acabar con una hambruna). Néfele o su espíritu se apareció ante los niños con un carnero alado cuya lana era de oro. Los niños huyeron montando el carnero sobre el mar, pero Hele cayó y se ahogó en el Helesponto (el estrecho de Dardanelos), llamado así en su honor (ponto es ‘mar’ en idioma griego). El carnero llevó a Frixo hasta la Cólquida, a la lejana (oriental) playa del mar Euxino (el mar Negro). Frixo sacrificó entonces al carnero y colgó su piel de un árbol (en varias versiones un roble) consagrado al dios Ares, donde fue guardada por el dragón de la Cólquida. Allí permaneció hasta que Jasón se hizo con ella. El carnero se convirtió en la constelación de Aries. Se han realizado intentos de interpretar el vellocino de oro no solo como un objeto extravagante en un mito, sino como el reflejo de un objeto o práctica cultural real. Así, por ejemplo, se ha sugerido varias veces que la historia del vellocino de oro significaba la llegada de la ganadería a Grecia desde el este, o que aludía al trigo dorado o al sol. Otra interpretación se apoya en las referencias de algunas versiones a la tela púrpura o teñida de púrpura. El tinte púrpura extraído de caracoles del género Murex y especies relacionadas era muy caro en tiempos antiguos, y la ropa hecha de tela teñida con él era señal de gran riqueza y elevada posición (de ahí la asociación del púrpura con la realeza). La relación del oro con el púrpura es por tanto natural y ocurre frecuentemente en la literatura. Una interpretación más extendida relaciona el vellocino de oro con un método para extraer oro de los ríos que está bien avalado (pero solo desde cerca del siglo V a. C.) en la región de Georgia al este del mar Negro. Zaleas de oveja, a veces extendidas sobre marcos de madera, se sumergían en la corriente de agua y las pepitas de oro que bajaban desde río arriba se recogían en ellos. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro. El antiguo origen del mito, en tiempos anteriores a la literatura, significa que todas las interpretaciones existentes son muy posteriores y en mayor o menor grado racionalizaciones que sufren del muy incompleto conocimiento de la cultura en la que surgió. La mayoría han sido criticadas en la literatura arqueológica. Un intento de construir una explicación más plausible, mediante su ubicación en lo que se conoce de esa cultura, señala, curiosamente, a una de las primeras propuestas, en concreto que el vellocino de oro representa la idea de la realeza y la legitimidad: de ahí el viaje de Jasón en su busca, para restaurar el legítimo gobierno de Yolco. Otros dragones de la mitología griega son Ladón, con cien cabezas, que custodiaba el Jardín de las Hespérides, asesinado, según unos por Atlas y otros por Heracles. Se dice que fue destripado y cuando su sangré cayó al jardín de cada gota surgió un árbol drago. El otro dragón es Pitón, una gran serpiente, que vigilaba la caverna donde Temis leía sus oráculos. En la mitología griega, Ladón era un dragón de cien cabezas (cada una de las cuales hablaba una lengua diferente), junto con las ninfas Hespérides, era el encargado de custodiar el jardín de las Hespérides, por lo que también se le conocía como Dragón de las Hespérides (en latín Draco Hesperidum). Era hijo de Forcis y Ceto o de Tifón y Equidna, en otras versiones. Hera lo envió a custodiar su huerto de manzanas de oro, ya que no confiaba en las Hespérides, hijas de Atlas. Heracles le dio muerte en uno de sus doce trabajos. Para agradecer sus leales servicios, Hera, ascendió sus restos al cielo, lugar donde, desde entonces, forma la Constelación del Dragón. En otra versión de la historia, Heracles engaña a Atlas para que robe las manzanas por él y Ladón no es asesinado. En la mitología griega, Pitón era una gran serpiente que participa en las leyendas de la fundación del santuario del oráculo de Delfos. Llamada «serpiente divina», según Simónides y otros autores el dragón es macho, pero en las versiones más antiguas era una hembra. Dícese que cuando la tierra embarrada por el diluvio reciente volvió a calentarse con los rayos del sol produjo todo tipo de especies animales, así como también nacieron monstruos. Así la Tierra, sin concurso de varón y sin haberlo deseado, engendró a esta serpiente de inmenso tamaño que fue el terror de los pueblos recién creados. El dragón aparece varias veces en la Biblia, siempre como una presencia del Mal, representa lo tenebroso, la culpa, el demonio. Uno de sus pasajes más llamativos es el del Apocalisis, o Libro de las Revelaciones, el texto más oscuro y con más simbología e interpretaciones de la Biblia. Es el último libro del Nuevo Testamento, atribuido a san Juan, quien lo habría escrito durante su destierro en la isla de Patmos, en el Mar Egeo. Los hechos fantasiosos allí narrados muestran los derroteros de la humanidad y su fin, que en uno de sus pasajes más literarios dice: De pronto se vio en el cielo algo también misterioso: apareció un gran dragón rojo, que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Ese dragón arrastró con la cola a la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó a la tierra; luego se detuvo frente a la mujer, para comerse a su hijo tan pronto como naciera. La mujer tuvo un hijo que gobernaría con gran poder a todos los países de este mundo. Pero le quitaron a su hijo y lo llevaron ante Dios y ante su trono. La mujer huyó al desierto, donde Dios había preparado un lugar para que la cuidaran durante tres años y medio. Después hubo una batalla en el cielo. Uno de los jefes de los ángeles, llamado Miguel, acompañado de su ejército, peleó contra el dragón. El dragón y sus ángeles lucharon, pero no pudieron vencer, y ya no se les permitió quedarse más tiempo en el cielo. Arrojaron del cielo al gran dragón, que es la serpiente antigua, es decir, el diablo, llamado Satanás, que se dedica a engañar a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron lanzados a la tierra. Cuando el dragón se dio cuenta de que había sido lanzado a la tierra, empezó a perseguir a la mujer que había tenido a su hijo. Pero Dios le dio a la mujer dos grandes alas de águila para que escapara volando, lejos del dragón, hacia el lugar en el desierto donde la cuidarían durante tres años y medio. El dragón arrojó mucha agua por la boca, y con el agua formó un río para que arrastrara a la mujer. Pero la tierra vino en su ayuda: abrió un hueco y, como si fuera su boca, se tragó toda el agua que el dragón había arrojado. Entonces el dragón se enojó mucho contra la mujer, y fue a pelear contra el resto de sus descendientes, es decir, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y siguen confiando en el mensaje de Jesús. Y el dragón se detuvo a la orilla del mar. El libro del Apocalipsis es el libro con el que se cierra el Nuevo Testamento y que representa un género especial de la apocalíptica cristiana. Como tal, incluye revelaciones, sueños y visiones, especulaciones sobre el fin de los tiempos y los hechos del mundo futuro, desde una perspectiva de la historia en la que se enfrentan las fuerzas del Mal a las del Bien, aunque Dios acabará imponiéndose y castigando a los malvados. El libro, inspirado en otras obras apocalípticas judías, se atribuye en la tradición más antigua al apóstol Juan, el Zebedeo. Se escribió en realidad a finales del siglo I, tal vez en la isla de Patmos, como se indica en el texto, y es posible que bajo la persecución de Domiciano (81-96). No sabemos quién fue su autor. El redactor trataba de consolar a los cristianos que sentían la angustia de la persecución. Recoge las esperanzas de un fin inminente tal como se daban en ciertos círculos judeo-cristianos de Asia Menor. El plan de Dios está ya fijado y nada podrá detenerlo. El cielo y la tierra dejarán paso a los nuevos cielos y la nueva tierra. En sus visiones se entrevé la llegada del Mesías que derrotará a todas las fuerzas satánicas. Al combate escatológico, del que Cristo saldrá victorioso, seguirá un reinado de mil años, en el que el Mal estará de nuevo en libertad para combatir al Bien. Pero ése será el comienzo de la derrota definitiva del Mal, de los tiempos nuevos y de la Jerusalén celeste. En Occidente el simbolismo alrededor del dragón es esencialmente el de la lucha. Sin embargo, la lucha entre el dragón y un héroe o un dios tiene distintos significados. En estos míticos combates el dragón asume dos papeles: el de devorador y el de guardián, que tienen finalmente una sola raíz: el de un ser cósmico en espera, cuya acción implica la muerte –o el nacimiento– de un orden universal. Así, en un principio, los dragones fueron devoradores de dioses –algunos mitos se refieren a estas criaturas como la causa de los eclipses, por ejemplo–, o sus enemigos –caso de Apofis y Pithon, enemigos del sol–. Posteriormente los dragones fueron fuerzas a las que se les ofrecían doncellas en sacrificio. No tardaron en concebirse como devoradores de hombres. De todos modos, ese papel no se aleja del de guardián, que implica la espera y el mantenimiento de un orden que preludia una reinvención del universo o el descubrimiento de un lugar sagrado. Justamente porque son guardianes de algo sagrado, simbolizan el puente a otro mundo o la prueba de todo héroe. En ocasiones se distancian las actitudes tomadas en las culturas del mundo frente a la figura del dragón y la lucha que supone, particularmente si se compara la idea de dragón que existe en el Extremo Oriente con la predominante en Occidente. Los dragones chinos (long), los japoneses (ryū) y los coreanos (yong) son vistos generalmente como seres benévolos, mientras que los europeos son en su mayoría malévolos. Sin embargo, los dragones malévolos no están restringidos a Europa: entre otras culturas, esta interpretación se mantiene también en la mitología persa. El tema es complejo. Ha variado a lo largo de la historia. Como ejemplo, entre los romanos, típicos representantes del Occidente antiguo, el dragón era considerado un símbolo de poder y sabiduría. Para la cultura cristiana el dragón simboliza el mal y la destrucción, Se convierte en un animal al que hay que eliminar. Existen varios ejemplos, como el arcángel San Miguel luchando contra un dragón, o el dragón que se revuelve contra la lanza de San Jorge. Entre las distintas culturas de diversos pueblos, este animal mitológico está cargado de significación emblemática. Por tanto, no existe un solo concepto simbólico relacionado con el dragón. Lo cierto es que existen muchos significados emblemáticos de gran importancia referidos a esta criatura entre los pueblos del Extremo Oriente, especialmente entre la India y China, así como entre los japoneses y las Filipinas. En tal sentido, en los pueblos del valle del Indo se identifica al dragón con Agni, personificación del cielo, que con sus innumerables ojos vigila al tiempo que protege a quien le pide ayuda; es decir, con el origen y el principio del cielo y la Tierra. Pero donde adquiere mayor importancia el significado emblemático del dragón es el relacionarlo con el poder de los gobernantes y emperadores de pueblos o aldeas. En Oriente Próximo, la figura del dragón simbolizaba el mal y la ruina. En Enuma Elish, una epopeya escrita alrededor del 2000 a. C., la diosa Tiamat era un dragón que simbolizaba los océanos y comandaba las hordas del mal, cuya destrucción previa era necesaria para crear un nuevo universo ordenado. También en la Biblia el dragón representa el mal. En la mitología persa destaca el caso de Azi Dahaka, un dragón malévolo. En Rumanía, se habla del dragón geta-dacio, que tenía cabeza de lobo y cola de serpiente. Esta imagen era empleada en la guerra, ya que en la bandera de Dacia aparece un dragón. En muchas culturas orientales los dragones eran, y en algunos cultos son todavía, reverenciados como representantes de las fuerzas primitivas de la naturaleza y el universo. En Oriente, el dragón siempre se ha considerado una criatura benéfica y un símbolo de buena fortuna. A diferencia de sus congéneres occidentales, los dragones orientales no tienen alas, aunque normalmente pueden volar gracias a la magia. Son más similares en apariencia a la Serpiente Emplumada de los mitos de los pueblos prehispánicos de Mesoamérica. Un dragón típico de Oriente tiene cuernos de ciervo, cabeza de caballo, cuello de serpiente, garras de águila, orejas de toro y bigotes largos como los de los siluros. En las leyendas chinas hay dragones que vigilan los cielos, o que traen la lluvia, o que controlan los ríos y arroyos. En Japón, donde se les atribuye ser entes sabios, amables y siempre dispuestos a ayudar, los dragones han sido, durante siglos, el emblema oficial de la familia imperial. Los dragones chinos y los japoneses simbolizan el poder espiritual supremo, el poder terrenal y celestial, el conocimiento y la fuerza, y por lo tanto son benévolos. El dragón es la insignia más antigua del arte de estos países. Proporcionan salud y buena suerte y viven en el agua. Según las antiguas creencias chinas, traen la lluvia para la recolección. Por eso el dragón se convirtió en el símbolo imperial de ese país. En el Himalaya representan la buena suerte. Corea, como se expresó antes, también tiene dragones, de similar carácter positivo. El escritor estadounidense Mark Twain escribió: “No existe tal cosa como una idea nueva. Simplemente tomamos muchas ideas antiguas y las colocamos en una especie de caleidoscopio mental. Les damos un giro y hacen combinaciones nuevas y curiosas”. Esta afirmación es particularmente cierta en la narración de historias. Soy novelista y enseño escritura creativa. En esta disciplina, prevalece la premisa de que hay siete tramas básicas (como se describe en un libro del mismo nombre de Christopher Booker). Las historias que contamos reflejan quiénes somos, tanto como individuos como sociedades, en un momento dado. Al leer historias de siglos pasados, es reconfortante descubrir que mientras los tiempos cambian, los instintos y las emociones humanas son más constantes y universales. El placer de leer es estar en comunión con otras personas a través de las historias que han dejado atrás, pero reconocer en sus mundos algo propio. Un nuevo libro, “The Norse Myths that Shape the Way We Think” (el título podría traducirse en español como “Los mitos nórdicos que moldean la forma en la que pensamos”) de Carolyne Larrington, profesora de la Universidad de Oxford (Reino Unido), explora las resonancias contemporáneas de las leyendas nórdicas y examina su reinvención en la cultura popular. Las tribus nórdicas de Europa asociaban su folclore con varios aspectos terroríficos del dragón. La mitología germana incluye al dragón (Nidhug o Níðhöggr) entre las fuerzas del inframundo. Se alimenta de las raíces de Yggdrasil, el fresno sagrado que extiende sus raíces a través de todos los mundos. Los antiguos escandinavos (los vikingos) adornaban las proas de sus barcos esculpiéndolas en forma de dragón. Usaban esta decoración en la creencia de que así asustarían a los espíritus (landvættir) que vigilaban las costas a las que llegaban. También los dragones aparecen en poemas germanos: en Beowulf, un poema épico anglosajón, el más antiguo que se conserva. Un hombre llamado Beowulf, que había librado a su pueblo de un monstruo mitad hombre y mitad diablo, luego convertido en el rey, lucha contra un dragón, disputa en la que ambos mueren. En el Cantar de los Nibelungos, un poema épico medieval anónimo, Sigfrido mata a un dragón, llamado Fafnir, y al ungirse con su sangre se hace inmune a todo mal. Para los celtas, el dragón era una divinidad de los bosques, cuya fuerza podía ser controlada y utilizada por los magos. Entre los conquistadores celtas de Britania fue símbolo de soberanía, y durante la ocupación romana de la isla adornó los estandartes de guerra, convirtiéndose en un símbolo heráldico y luego militar. Para la mitología eslava, el dragón era una de las formas que adoptaba el dios Veles, señor del mundo subterráneo, adversario de Perún, dios del trueno. Nidhogg o Níohöggr es un dragón que vive en una de las tres ramas del Yggdrasil, concretamente en una de sus raíces que atraviesa por Niflheim, y la cual roe sin cesar hasta que llegue el Ragnarök y todo se destruya. Nidhogg atormentará las almas humanas que hayan quedado en el Niflheim, y se alimentará de los cuerpos de los difuntos y la sangre que deposite en sus cráneos. Mientras éste vive en una de las raíces del Yggdrasil, una ardilla llamada Ratätosk recorre de arriba abajo el tronco del gran fresno, llevando los cotilleos entre el águila sin nombre y el halcón Veorfölnir, ambos en la cima del Yggdrasil, hacia Nidhogg, esperando causar trifulcas entre ellos. Los cristianos heredaron la idea hebrea del dragón, que aparece en el Apocalipsis, del apóstol Juan, y en otras tradiciones posteriores. En el arte cristiano del Medievo simboliza el pecado. La lucha contra este sirvió para aumentar la motivación de los reinos cristianos. Al aparecer bajo los pies de los santos y mártires representa el triunfo de la fe y de los reinos cristianos sobre el diablo. La leyenda de san Jorge y el dragón muestra claramente este significado. Se presentaban a menudo también como representaciones de la apostasía, la herejía y la traición, pero también de cólera y envidia, y presagiaban grandes calamidades. Varias veces significaban la decadencia y la opresión, aunque sirvieron también como símbolos para la independencia, el liderazgo y la fuerza. Los colores a menudo determinaron el simbolismo de las cualidades de un dragón. En la pauta del viaje del héroe, los dragones representaron el obstáculo o el temor, y el paso necesario para volver al hogar. Como muchos dragones se presentan también como la encarnación de la sabiduría, en esas tradiciones matar a uno de ellos no solo daba acceso a sus riquezas, sino también significaba que el caballero había vencido a la más astuta de las criaturas. Otra faceta del dragón en la mitología clásica de la época caballeresca es el dragón como guardián que custodia o secuestra princesas en sus castillos. En el Occidente de la actualidad es casi siempre concebido como una criatura malvada, poderosa y cruel, estereotipo extraído tanto de las antiguas leyendas como de las más modernas películas. La mayoría de los autores llaman serpientes a los dragones mesoamericanos, pero ya que etimológicamente la palabra dragón significa serpiente, se puede tomar el término náhuatl cóatl como dragón en el caso de los seres mitológicos mencionados a continuación, en lugar del significado literal «serpiente», para diferenciarlos de las serpientes y de las víboras, a las cuales se atribuyen significados propios. En torno a Los Andes se creía en el poder que ejercían las «serpientes del abismo marítimo y de la montaña esplendorosa». Estas eran criaturas de grandes proporciones también consideradas dragones. Por ejemplo, las que se veneraban en los Andes centrales difieren de aquellas de los extremos del Imperio Inca (ejemplo: pueblos nativos de Perú o de Bolivia). Las bestias de la mayor parte de Sudamérica estaban ampliamente relacionadas con enormes serpientes que se remontaban con los orígenes de la humanidad, coincidiendo con otras regiones del planeta. Pero, a diferencia del viejo mundo, estos dragones no presentan unicidad en sus características predominantes, ni en sus actitudes, aun siendo de aspectos semejantes. Tales dragones mantenían una historia de conflictos entre sí que se remonta al primitivo pasado de las culturas americanas. La leyenda de TrenTren y Cai Cai Vilu refleja esto, al enfrentarse ambas serpientes (Mar y Tierra) por el futuro del pueblo mapuche. Los muiscas, pueblo indígena de Colombia, creían en Chiminigagua, dios creador en forma de serpiente de fuego bajo la sagrada laguna de Iguaque, que creó a los padres de la humanidad: Bachue y su joven acompañante. Ellos vivieron y tuvieron hijos, que después de un tiempo los dejarían hasta convertirse en dos serpientes acuáticas para vigilar a su pueblo, dentro de la laguna mencionada. Tiempo después, el primer zaque de la sabana de Bogotá, hijo de Sue o el sol (o de Chia, la Luna o deidad maligna) era un hombre en forma de dragón de color verde. La mitología moderna ha empleado repetidamente el símbolo del dragón, extendiendo su pervivencia en el imaginario. También ha usado su imagen reduciéndolo a un poderoso monstruo casi invencible. Las múltiples apariciones de dragones en la cultura y la ficción, sin embargo, hacen uso frecuente no solo de elementos tradicionales, sino también de otros innovadores de la criatura, que amplían sus alcances y estimulan más la imaginación, dando así lugar a un sinfín de dragones de diversas cualidades y variantes. Como ejemplos representativos se pueden mencionar los dragones del legendarium de J. R. R. Tolkien, cuyo exponente más conocido es el Smaug de El hobbit. En la novela Canción de Hielo y Fuego, de George R. R. Martin, se citan estos seres fantásticos y mágicos, de entre los cuales destacan los dragones de Daenerys Targaryen: Drogon, Rhaegal y Viserion, o los dragones que constituyen uno de los elementos más relevantes del universo del juego de rol Dungeons & Dragons. También se encuentra a Fújur, en la historia interminable, o los dragones-montura de la serie de historietas El Mercenario. También es un buen ejemplo la película Cómo entrenar a tu dragón, en la que se pueden observar distintas formas de dragones. El poeta y pintor William Blake creó, entre 1805 y 1810, una serie de acuarelas para ilustrar la Biblia. La imagen aquí mostrada se refiere al dragón del Apocalipsis, de la Biblia. Blake creó un mundo inquietante, tenebroso y terrorífico con varias pinturas que ilustran lo narrado en el libro bíblico. De todas las figuras del bestiario la de dragón es la más conocida, presente en todas las culturas universales, desde Occidente hasta América, pasando por los pueblos de Oceanía y África, Japón y China. Sin embargo, aunque los aspectos simbólicos y culturales del dragón suelen coincidir en casi todas las civilizaciones, no ocurre de igual forma con las características formales e iconográficas que, a pesar de estar basadas siempre en el mismo elemento (la serpiente), presentan notables diferencias según la etapa histórica y la región, ya sea con la adición de patas o alas para subrayar sus aspectos terrestres o celestes, o bien mediante plumas, como sucede en la mejicana Quetzalcoatl. Etimológicamente, dragón procede del griego, que significa 'gran serpiente' (si bien algunos autores derivan el término del étimo 'ver' o 'vigilar'), lo cual da una idea del estrecho grado de parentesco que existe entre ambas figuras. El dragón parece ser una serpiente evolucionada o "superserpiente", con una imagen general muy popular, transmitida durante siglos por las obras de arte: un ser corpulento, con dos o cuatro patas, alas de murciélago a ambos lados del cuerpo, largo cuello y una cola igualmente larga. Además, posee una enorme cabeza, en la que brillan dos ojos como ascuas por los que a veces arroja lenguas de fuego, peculiaridad que también poseen sus grandes fauces, dotadas por otra parte de enormes y afilados dientes que permiten al animal tragarse a un hombre de un solo bocado. Así, pues, llegados a finales del siglo XIX, bien se puede hacer una exhaustiva recopilación desde otros planteamientos. Desde hace millones de años el hombre, ante la incapaz de explicar ciertos fenómenos que escapaban a su control o a su comprensión, imaginó un mundo en el que cada noche desaparecía el sol y las tinieblas se adueñaban de la tierra. Este mundo estaba habitado por animales que no sólo ocupaban una posición en el orden natural, sino que se relacionaban de alguna forma con la humanidad, y que además, poseían cualidades de velocidad, valentía o fuerza que el hombre ni tenía ni podía explicarse. Ocurrió entonces que se atribuyeron poderes misteriosos a determinados animales, se los dotó de significados espirituales y fueron elevados a la condición de tótems, todo lo cual hizo que los auténticos animales, los de carne y hueso quedaran ocultos por los simbólicos y, lo que es más, que en muchas ocasiones fueran suplantados por éstos. Así sucedió con la figura del dragón que, con el correr del tiempo, adquirió una entidad propia en la imaginería del hombre, que hizo olvidar que en un principio provenía de la serpiente. La figura reptiliana, cuyas peculiares características han dado pie a más cultos y misterios que ningún otro animal, se repite sin cesar en la religión, la mitología y el arte en una doble acepción: por una parte representa las siniestras fuerzas del Mal y del mundo de los muertos, mientras que en otros casos, es un ser benigno relacionado con la fertilidad del suelo y con la renovación de la naturaleza. Dualidad ésta del ofidio visible en uno de los simbolismos relacionados con la serpiente más conocidos, el Árbol Cósmico, cuyas raíces se adentran en el mundo inferior, mientras que sus ramas se extienden hacia el cielo (también en el caso de la tradición cristiana: si está enroscada alrededor del Árbol del Bien y del Mal, simboliza al Demonio, pero en el Árbol de la Vida, representa a Cristo), imagen que resulta de la unión entre los dos gigantes cósmicos, la Tierra y el Cielo. O también en la diosa azteca de la falda de serpientes, Coatlicue, que si es joven simboliza el nacimiento, y cuando vieja, la muerte. La misma condición dual y antagónica es heredada por el dragón, un gigantesco ser que procedía del mundo inferior y que, conforme se mezclaron sus características y se les añadió un aura maligna, fraguó el mito que conocemos en la actualidad. Sin embargo, no es posible olvidar que fue una de las cosmogonías primigenias. Como señor de la tierra, del cielo y de las aguas aparece en la descripción que, en el siglo V a.C., Heródoto hace de este monstruo: "Habita la tierra y el agua, pone e incuba los huevos en la primera y pasa la mayor parte del día en el suelo, aunque de noche está en el agua... Sus garras son fuertes y es imposible rajar la piel escamosa de su lomo. En Egipto lo llaman champsa y los jónicos le dicen krokodil". Vemos, pues, que el cocodrilo es otro de los animales reales que, al igual que la serpiente, dieron origen al mito del dragón. Los egipcios los consideraron animales sagrados, los alimentaron y los domesticaron. El mismo Heródoto dice que "colgaban pendientes de oro con piedras talladas" en los lóbulos de sus orejas y que "adornaban sus garras con brazaletes de oro", práctica que posiblemente dio origen a las leyendas sobre los tesoros del oro de los dragones. Los pueblos semitas los consideraron animales malditos, en parte por su oposición a todo lo que oliera a egipcio, pueblo que fue su más encarnecido enemigo, y en parte debido a mixtificaciones con las historias del Antiguo Testamento, entre las que se incluyen la transmitida por el Génesis, en que la serpiente aparece como un animal malvado que induce al pecado a Adán y Eva, la descripción del terrible Leviatán que figura el Libro de Job, primera referencia al dragón como tal: "De su boca salen antorchas, centellas de fuego saltan de sus fauces", y la del Apocalipsis, en la que se narra cómo el arcángel Miguel venció "a esa vieja sierpe llamada Demonio". A pesar de que el el mito en la actualidad está muy desacreditado, sin duda por el uso y abuso del mismo, la gente creyó en su existencia hasta épocas relativamente recientes. Así, en Austria, en el siglo XVI, fueron exhibidos públicamente los restos fosilizados de un rinoceronte lanudo que se hizo pasar por un dragón cavernícola; es más, el cráneo del animal se conservó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. El interés por los dragones durante este siglo fue causa de frecuentes supercherías y fraudes; tal es el caso de los numerosos "dragones" que aparecieron, producto de hábiles mutilaciones de lagartos gigantes, o de manipular el esqueleto de una variedad de raya. Aún así, a principios del siglo siguiente, Edward Topsell, en su Historia de los cuadrúpedos, escribía sobre los dragones: "Conservan la salud -como decía Aristóteles- comiendo lechugas silvestres que les hacen vomitar cuando han tomado cualquier alimento nocivo. El peor de todos es la manzana porque sus estómagos propenden a llenarse de aire. Por ello, jamás comen de este fruto sin ingerir primero lechugas silvestres". Al rico simbolismo cósmico del dragón cabe añadir los aspectos humanos, condensados en torno al tema de la lucha, así como otros temas secundarios que comprenden la relación con el agua, con el conocimiento, con el sol y con el más allá. La lucha del dragón contra un dios (Seth contra Apopis en Egipto, Apolo contra Pitón en Grecia, Zeus contra Tifón y así sucesivamente), contra un santo (san Jorge, santa Marta, santa Margarita y muchísimos otros) o contra un héroe (Cadmo, Perseo, Heracles, Sigfrido o Beowulf) es una de las leyendas más difundidas en la historia de la humanidad, posiblemente por su valor alegórico (la eterna lucha del Bien y el Mal), pero de la que no cabe excluir otros significados. Por un lado aparece en Occidente la figura del "exterminador de dragones", quien actúa en general de manera bastante sangrienta, si bien no falta de vez en cuando cierto toque humorístico (caso de san Jorge, cuya hazaña de matar al dragón que atemorizaba a los habitantes de un castillo le costó la vida al declararse cristiano); pero además, acabar con la pérfida bestia era el espaldarazo a una carrera de éxitos para todo héroe que se preciase, posibilitaba el acceso a un precioso tesoro, a extraños conocimientos o a la invulnerabilidad futura. Por otra parte, el papel del dragón en la lucha podía ser de dos tipos, en apariencia opuestos pero profundamente equilibrados, el de devorador y el de guardián, uno representativo del caos y otro del orden establecido, vertiginosa paradoja que se plasma en la figura del uroboros alquímico. Un ejemplo de esto serían los dioses egipcios Sata y Apopis, ambos con figura de serpiente gigantesca, que son respectivamente el devorador del sol durante los eclipses y el guardián del Inframundo. Más de lo mismo serían los casos de la serpiente Pitón que custodia el santuario de Delfos y que lucha contra Apolo (el Sol); del dragón Fafnir que vigila celosamente un tesoro de oro y que lucha con Sigfrido, o del dragón que guarda el vellocino de oro al que da muerte Jasón. No hay que olvidar tampoco que ganar esta dura contienda supone para el héroe acceder a determinados aspectos sapienciales que están por encima de lo estrictamente humano, símbolo de los cuales son la pitonisa (de Pitón) del santuario de Delfos, dotada de capacidades adivinatorias, o la gota de sangre del dragón muerto por Sigfrido que al caer en su lengua le permite comprender el lenguaje de los pájaros. Y, desde luego, el triunfo de la empresa se considera completo cuando el héroe se hace invencible o alcanza la inmortalidad, como sucede en el caso de las flechas de Hércules -héroe solar por excelencia, igual que Apolo- que, impregnadas en la sangre de la Hidra, son absolutamente mortíferas. En todo lo anterior se ve claramente cómo el dragón suele aparecer como antagonista de la luz, bien sea como devorador del sol que crea los eclipses, como contrincante de reconocidas divinidades solares (los griegos Apolo y Hércules, el egipcio Seth y tantos otros) o como símbolo del régimen nocturno (las tinieblas que engullen al sol). Esto llevó a relacionar al dragón con determinados aspectos celestes y fenómenos meteorológicos -en su mayor parte desastrosos, aunque no necesariamente- como las nubes, los huracanes y los ciclones, y las trombas de agua. Esta superstición se rastrea entre los antiguos egipcios, quienes pensaban que el dragón, uno de los emblemas de Osiris, el dios del mundo de los muertos, provocaba el desbordamiento anual del Nilo. Y, todavía en nuestros días, los nativos de algunas regiones de Polinesia piensan que el dragón es el causante del arco iris, mientras que en otras zonas de Italia se cree que forma las trombas de agua en el mar cuando se encoleriza. Estas supersticiones han hecho olvidar que en un principio el dragón estuvo mucho más ligado al agua que a la bóveda celeste; de hecho, el lugar de su nacimiento suele estar situado en el agua, en el mar, en alguna fuente o en un río, testimonio de lo cual es la toponimia, donde se ve de forma clara el paralelismo entre el recorrido sinuoso de los cursos fluviales y las serpientes (recordemos el famoso y conocido "montículo de la Serpiente" en Ohio, que da a un sector de captación de aguas, en cuya "cabeza" parece ser que se encendía en origen una hoguera, posiblemente con la intención de señalar que el espíritu de la serpiente de las aguas seguía activo y vigilante). La relación entre el dragón y el agua llevó a pensar que la lucha entre el héroe y la bestia simbolizaba la victoria humana sobre las inundaciones producidas durante la época de las lluvias en los pueblos situados a orillas de algún río, explicación que no encaja en, por ejemplo, el caso de Egipto, puesto que de la crecida del Nilo dependía la fertilidad de la tierra. Tampoco en el imperio chino ni en la India, países en los que su presencia no implicaba guerras ni calamidades, sino que era considerado un signo de buen augurio. En sus intentos de buscar una explicación más racionalista, la crítica llegó a la conclusión de que si el agua se ha considerado tradicionalmente como el límite entre nuestro mundo y el de los muertos (para acceder al "más allá" siempre hay que cruzar un río, atravesar un puente sobre un río, o navegar en una barca por el mar), la figura dragoniana adquiere un valor iniciático por su conexión con el más allá, con el tenebroso mundo de los muertos. El agua se utiliza en los rituales de iniciación para simbolizar el despertar espiritual, como el bautismo. Además, suele decirse que los pozos y manantiales, matriz espiritual de la Tierra, son lugares peligrosos porque supuestamente se trata de aberturas que comunican con el mundo de los muertos. En la mitología de Irlanda y del país de Gales, donde el dragón es símbolo nacional, son numerosos los relatos en que el héroe lucha cuerpo a cuerpo contra un dragón o contra un brujo al lado de un pozo sagrado, ejemplificado por el pozo de Seghais, el del mundo de los muertos. En el clásico tema de la lucha con el dragón hay siempre, junto al monstruo y al héroe, una víctima, generalmente una doncella (símbolo de la pureza), que es la razón que desencadena la lucha; recordemos que el dragón que mató Perseo iba a devorar a Andrómeda, o el muerto por Heracles iba a comerse a Hesíone, hija del rey troyano Laomedonte, o la Tarasca francesa, que aparece con un ser humano entre las fauces. En otros casos, el papel de la joven lo hace un codiciado tesoro: Ladón custodiaba las preciadas manzanas de oro del jardín de las Hespérides y el argonauta Jasón tiene que matar al dragón para conseguir el vellocino de oro que colgaba de una encina. Pero, además de ser el guardián del mundo de los muertos, el dragón puede, físicamente, ser la entrada a ese mundo; es decir, puede ser portero de la gruta en la que está presa la doncella o puede ser por sí mismo la caverna. Es decir, el ser engullido por el monstruo, que es lo mismo que entrar en la cueva, simboliza el principio de un itinerario iniciático que comienza por el descenso a los infiernos y termina cuando el dragón regurgita al héroe, que renace así a un nivel superior de vida. Este es, por ejemplo, el caso de Jonás, engullido por la ballena, que, cuando es regurgitado, ha adquirido virtudes proféticas. Otras veces es el engullido quien provoca la regurgitación al encender fuego en el interior del monstruo, o al descuartizarle la barriga para salir fuera, pero la lucha ya no tiene ese valor iniciático. En último extremo el monstruo ni siquiera puede actuar, porque el héroe lo mata antes, con lo que la prueba ha perdido todo su originario contenido sapiencia. A medida que se pierde la conexión entre engullimiento e iniciación, se pierden también los valores del dragón. El monstruo, que portaba un "tesoro" sapiencial, se convierte en el guardián de un tesoro real, representa la caída irreversible desde un estado de perfección simbolizado en la muchacha virgen de la que es carcelero (recordemos que en muchas culturas la pérdida de la virginidad está considerada una forma de iniciación) y, en definitiva, es un obstáculo que eliminar. De esta forma el monstruo se carga de valores y significados negativos, con lo que se produce la identificación dragón-diablo. A la hora de clasificar al dragón, conviene tener en cuenta las distintas actitudes de los pueblos de la Tierra. Las etnias indígenas no consideran al hombre más importante que otros seres vivos o inanimados y, así, buscan rasgos de identidad con los animales, los veneran ampliamente e incluso desarrollan una relación totémica con ellos que intenta simbolizar el proceso social de la convivencia en tanto parte de la Tierra (por ejemplo, los indios iroqueses se dividen en grupos a los que dan nombres como clan de la tortuga, del oso, del ciervo, etc.). Muy distinto es el caso de la la cultura occidental, sustentada en tradición judeocristiana a través de la Biblia, según la cual Dios concedió a los humanos el dominio sobre la Tierra y, por ende, sobre los demás seres vivos. Esta primacía y superioridad de la raza humana no toma en relación el ritmo conjunto de la vida humana y la animal, lo que no permite convertir al animal en un guía espiritual, sino más bien todo lo contrario: al no entenderlo ni integrarse con él, el hombre occidental vuelca en el animal sus temores y, muy especialmente, en aquellos seres híbridos que simbolizan los más profundos miedos humanos. No es entonces posible hacer una generalización de los dragones a lo largo y ancho del mundo, ni oponer por sistema la concepción oriental, benéfica, a la occidental, que lo ve como un perverso adversario. Como con casi todos los símbolos, no es posible dar significados unívocos, ya que el dragón presenta numerosas características antitéticas (aspectos cósmicos y celestes junto a aspectos infernales, y valores creativos junto a valores destructivos). Volviendo al siglo XX anotaremos que, “El Hobbit”, de Tolkien (1932), fue llevada al cine en 2012. 1932-2012. El Hobbit, el autor británico J. R. R. Tolkien escribe este libro para sus hijos donde crea el dragón Smaug, el Dorado, el más poderoso y el último de la Tierra Media que se convierte en uno de los obstáculos que debe superar Bilbo Bolsón y su compañía de enanos para recuperar el tesoro sobre el cual dormía el dragón en la Montaña Solitaria. En 2012, la novela fue llevada al cine. “El señor de los anillos”, de Tolkien (1954-55) fue llevada al cine entre 2001 y 2003. En 1954-55, Tolkien publica esta trilogía convertida en un clásico del siglo XX. Los dragones fueron creados en la Tierra Media por Melkor, Morgoth, el señor oscuro, como su arma más mortífera. Destaca Smaug el Dorado. En 2001, 2002 y 2003, El señor de los anillos fue llevada al cine por Peter Jackson en la trilogía El señor de los anillos: la comunidad del anillo (2001), El señor de los anillos: la dos torres (2002) y El señor de los anillos: el retorno del Rey (2003). El viernes 2 de septiembre de 2022 se emitirá el primer capítulo de la precuela de El señor de los anillos, de Tolkien, situada varios siglos atrás y titulada Los anillos de poder (Prime Video-Amazon). Según los estudios es «un drama épico que se desarrolla miles de años antes de los eventos de El hobbit y El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien, y llevará a los espectadores a una era en la que se forjaron grandes poderes, reinos se elevaron a la gloria y cayeron a la ruina, héroes inesperados fueron puestos a prueba, la esperanza pendía del hilo más fino y el villano más grande salido de la pluma de Tolkien amenazó con cubrir todo el mundo de oscuridad« “La historia interminable”, de Michael Ende, fue adaptada al cine en 1984. El autor alemán Michael Ende publica esta novela juvenil que busca trascender edades, con uno de los pocos dragones totalmente buenos. Realidad y fantasía se mezclan aquí en una aventura para alertar de la pérdida de la imaginación y el poder de la fantasía. A través de la historia de Bastian, un niño que lee un libro con tal fuerza que penetra en su mundo donde está Fújur, el dragón blanco de la suerte, que se convierte en un personaje crucial de la narración para que Bastian ayude a salvar un reino en peligro. La diferencia de este dragón con los del imaginario colectivo, Fújur, es que es tan ligero que no necesita alas para volar. “Juego de Tronos”, de George R. R. Martin (1996-2011), fue adaptada como serie entre 2011 y 2019. El autor alemán Michael Ende publica esta novela juvenil que busca trascender edades, con uno de los pocos dragones totalmente buenos. Realidad y fantasía se mezclan aquí en una aventura para alertar de la pérdida de la imaginación y el poder de la fantasía. A través de la historia de Bastian, un niño que lee un libro con tal fuerza que penetra en su mundo donde está Fújur, el dragón blanco de la suerte, que se convierte en un personaje crucial de la narración para que Bastian ayude a salvar un reino en peligro. La diferencia de este dragón con los del imaginario colectivo, Fújur, es que es tan ligero que no necesita alas para volar. “Harry Potter”, de la escritora inglesa J. K.Rowling (1997), es llevada al cine entre 2001 y 2011. La escritora inglesa J. K. Rowling publicó este año la primera parte de su exitosa serie de siete libros, Harry Potter y la piedra filosofal. Es protagonizada por un niño huérfano que llega al Colegio Hogwarts de magia y hechicería. Cuenta las aventura y desventuras de Harry Potter en su lucha contra el mago malvado de lord Voldemort, que asesinó de sus padres para conquistar el mundo mágico. Los dragones tienen aquí una presencia física relativa, no mucha, pero si omnipresente en el propio ambiente, mención y en algunas estatuas. “Eragon”, de Christopher Paolini (2002), es llevada al cine en 2006. Christopher Paolini empezó este año la publicación de la serie para niños y jóvenes Eragon, seguida de Eldest, Brisingr y Legado. El protagonista es el niño Eragon y su dragona Saphira, que surgió de una supuesta piedra preciosa que Eragon encontró en el bosque. El la cuida y se convierte en jinete de dragón, pero pronto se debe enfrentar a diferentes aventuras porque el rey Galbatorix la quiere recuperar. “Memorias de Idhún”, de Laura Gallego, aparecen en 2004. La española Laura Gallego creó una de las trilogías de fantasía más exitosas del español: Resistencia, Tríada y Panteón. Las novelas, entre la aventura y el romance, cuentan la historia de los tres jóvenes Jack, Victoria y Kirtash, predestinados a cambiar el futuro oscuro que profetizaron para Idhún. Se ha especulado que las cobras pueden ser el origen de los mitos acerca de los dragones que escupen fuego, hielo, tierra y otras cosas como rayos y agua. En tiempos arcaicos se encontraron cocodrilos del Nilo, una especie reducida actualmente, en el sur de Europa, tras haber nadado a través del Mediterráneo. Estos cocodrilos desviados pudieron ser un elemento de inspiración para los mitos de dragones. Es posible que tanto esqueletos de ballenas como de dinosaurios, así como fósiles de mamíferos gigantes, hayan sido confundidos de igual manera por los huesos de estas criaturas aladas y otros seres mitológicos. Por ejemplo, el descubrimiento en el año 300 a. C., en Wucheng, Sichuan, China, fue marcado como uno de ese estilo por Chang Qu- Adrienne Mayor ha escrito del tema de los fósiles como una inspiración para los mitos en su libro «Los primeros cazadores de fósiles». En una sección de la Enciclopedia de Geología ella escribió: «Los restos fósiles crearon una vasta variedad de geomitos, especulando en la identidad de las criaturas, desde China e India hasta Grecia, América y Australia, contando historias de dragones, monstruos y héroes gigantes. Para el caso de Australia, las historias de los dragones pueden tener su origen en la tierra de los cocodrilos Quinkana, los cuales eran terrestres, de cinco a siete metros de largo. Otro lagarto gigante que habitaba en esa región era el Varanus priscus, un reptil carnívoro que vivió en Australia Meridional, en el Pleistoceno, hace 40,000 años, y que también llegaba a medir siete metros de longitud, y peso de 1,940 kilogramos aproximadamente. O bien, las extintas serpientes arcoíris que posiblemente pertenecían al grupo de las Wonambi naracoortensis. Hoy el mismo reptil Varanus komodoensis es conocido en español como Dragón de Komodo. En el libro An Instinct for Dragons, el antropólogo David E. Jones propone una hipótesis acerca de que los humanos, al igual que los monos, hemos desarrollado reacciones instintivas contra las serpientes, los felinos gigantes y las aves de rapiña. Los dragones tienen caracteres que son combinación de esos tres taxones, por lo que ese instinto de miedo podría explicar por qué los dragones con descripciones similares aparecen en historias de diferentes culturas en todos los continentes. Finalmente, en Eslovenia, en The Glory of the Duchy of Carniola, el historiador natural Janez Vajkard Valvasor recopiló historias populares acerca del Olm (una salamandra subterránea). Este es mencionado como un bebé dragón que fue empujado a la superficie por las fuertes lluvias de Eslovenia, dando origen a la creencia popular de que los grandes dragones vivieron en la corteza terrestre, y que los olms fueron los descendientes no desarrollados de estas míticas criaturas. ¡Bueno! Llegados aquí, vamos a hablar extensamente del dragón chino. Todo parece indicar que Asia, con China a la cabeza, es la patria de los dragones; es por tanto que en este país es donde la noción del monstruo es más compleja (puede ser al mismo tiempo símbolo de la realeza, del emperador, de las regiones orientales y de la primavera). El dragón, denominado genéricamente Long, término traducido del sánscrito naga, que tiene dos significados, 'dragón' y 'elefante', es el primero de los cuatro seres sagrados o animales de buenos augurios -desempeña, por tanto, una función positiva- y se manifiesta de cinco formas, según qué aspecto de la vida simbolice. Lung o Long es el dragón celestial, símbolo de la espiritualidad suprema e imagen de la capacidad divina de transformación. Entre sus garras lleva una perla llameante, cuya blanca forma esférica podría simbolizar la luna, en tanto fuente de fertilidad, si bien es factible pensar que, en cuanto quintaesencia del mundo de las aguas, la perla represente la faceta acuática del dragón. Las versiones taoístas y budistas piensan, sin embargo que se trata de la perla de la sabiduría. El dragón imperial simboliza la lluvia y el sol naciente; fue, consiguientemente, emblema de la familia imperial. Representaba la actividad, el principio masculino o yang, símbolo a su vez del Sol y el Cielo (de hecho, el emperador llevaba el sobrenombre de Hijo del Cielo). Mang, aunque feroz, casi nunca es malvado, significa el poder temporal; como simboliza el este, el sol y la generosidad del suelo. Es custodio de la Tierra y a diferencia de los dragones imperiales, que presentan cinco garras, éste tiene cuatro, ya que en la tradición china dicho número representa los poderes temporales. Li habita estanques, ríos, lagos y océanos, controla el mar y por su relación con el mundo acuático, fuente ancestral del conocimiento, representa las profundidades de la sabiduría. Es parecido al Kiao, pero no tiene cuernos, y, según las versiones, puede ser rojo, blanco y verde, o amarillo. Kiao habita en las cumbres montañosas y simboliza al estadista. Es posible que sea el más antiguo de los dragones chinos y, por tanto, su forma ha variado considerablemente con el tiempo, desde un cocodrilo a un extraño reptil con un anillo de carne en la cola, pasando por aquellas descripciones que le atribuyen cabeza de tigre. Nacen de huevos de serpiente que quedan olvidados en el suelo durante mil años y se abren solos. Además, los dragones chinos están sujetos a una evolución personal que se trasluce en una serie de metamorfosis acaecidas a lo largo de unos tres mil años. Una serpiente marina o Kiao se convierte después de quinientos años de vida en un Long que, tras otros quinientos años, se transforma en un Kiu Long, y éste, a su vez, en un Ying Long, considerado la forma más evolucionada de dragón, ya que está dotado de alas. Ahora, tocaremos las características del mismo. De la clasificación anterior se trasluce que el aspecto del dragón chino en la tradición literaria y mitológica es extremadamente variado, al igual que ocurre con la iconografía. Puede tener cuerpo de serpiente, de pez o de cocodrilo, estar o no dotado de cuernos y tener un tronco alargado, corpulento o extremadamente delgado; todo esto sin mencionar otros aditamentos, tales como patas, colmillos, grandes ojos, tupidos bigotes o una excrecencia de carne en la cabeza que les permite volar, o las hibridaciones con otros seres del reino animal entre los que se encuentran tigres, bueyes, leones y otros. La cantidad de dragones que moran la tierra también varía, sujeta a los simbolismos. Se habla de cinco Genios-Dragones, que son hermanos, con cuerpo de serpiente y cabeza humana, que se corresponden con los elementos primordiales -madera, fuego, metal, agua y tierra-. Otra obra del siglo XVI reconoce nueve tipos de dragones que, en función de sus características, se usan para decorar objetos de la vida cotidiana: por ejemplo, el dragón al que le gusta cantar y gritar aparece representado en las campanas; el que ama la música, en los instrumentos musicales; el del agua se inscribe en los puentes o en los tejados de las casas para prevenir los incendios; el amante de la sangre y el combate, en las espadas; el de la literatura, aparece en las cubiertas de los libros y en las tablillas de escritura; el los juicios, en la puerta de las prisiones; el inactivo, en los tronos budistas; al fuerte, que no le importa trasladar grandes pesos, en la base de los monumentos y en las patas de las mesas; y, finalmente, al amante de los lugares abruptos y precipicios era representado en los tejados de los templos. En la mitología china el dragón simboliza las fuerzas benéficas de la naturaleza y el Ser Supremo, o lo que es lo mismo, las fuerzas cosmogónicas más potentes de la Tierra y del Cielo. La tradición primitiva decía que todo este poder quedaba canalizado en el paisaje a través de caminos de energía o "líneas del dragón" que se correspondían con la topología del lugar; así, mientras que el terreno plano no estaba bien considerado, pues era 'un mal dragón', las depresiones y ondulaciones naturales, como una cadena montañosa, que podía ser la espina dorsal de un dragón, se consideraban emplazamientos muy propicios: 'un buen dragón', por lo que eran elegidos como lugares de enterramiento por la familia imperial. Tal es el caso de las famosas tumbas de los emperadores Ming, cerca de Pekín, un paraje geománticamente perfecto. La localización del camino en el que el flujo de energía, tanto positiva como negativa -ch'i, 'el aliento cósmico', y sha, 'el aliento de la desgracia'-, influía en el paisaje se convirtió en una práctica muy compleja, denominada Feng Shui (literalmente 'viento y agua'), que se sigue realizando en nuestros días. Consiste en una suerte de geomancia o adivinación a través de la tierra que determina la posición más adecuada de un edificio con relación a la energía de los dragones locales, para lo cual se utilizan datos ordenados de forma concéntrica que incluyen, además de la orientación geográfica, fuentes del saber tradicional como la astrología, los elementos del paisaje y otros símbolos extraídos del antiguo Yi Jing o Libro de las mutaciones. Una vez lograda la localización adecuada del sitio, que se determina por cinco factores entre los cuales se encuentra Loong, el dragón, se procede a la decoración, no menos importante. El dragón se halla presente en todos los elementos de la construcción tradicional china, un mero ornamento tiene una función simbólica concreta. Los dragones en los tejados son un elemento típico de la arquitectura china, simbolizan la fuerza y el poder de los dioses y representan el medio para desviar las malas influencias. Los dragones peces en un edificio son, por su parte, símbolos del éxito, de ahí que abunden los míticos guardianes del bien: el dragón azul del este, que debe ser instalado a la izquierda del edificio, y el tigre blanco del oeste, a la derecha; otra posibilidad es escribir en el lado izquierdo las palabras loong yin, 'el dragón habla', y en el derecho, 'el tigre ruge'. Claro exponente de toda esta riqueza cultural es la Ciudad Prohibida, en el corazón de Pekín, que se planificó siguiendo los principios del Feng Shui. Los emperadores chinos se instalaban en el trono del dragón, cara al sur, lo que les permitía estar protegidos contra los males procedentes del norte y obtener la benéfica energía ch'i del mar y del Sol, provenientes del sur. Sobre el dragón japonés, diremos lo siguiente. Casi un calco del dragón chino, no sólo en simbolismos sino también desde el punto de vista iconográfico, como prueba el hecho de que tenga sólo tres garras en cada pata, herencia directa de los primeros dragones chinos que, con el tiempo, evolucionaron hacia las cuatro o cinco zarpas -según fuera emblema popular o imperial-. A veces puede aparecer con una cadena de espinas o espolones adornando su lomo. Coincide también en ser un turbulento espíritu de la naturaleza, vinculado con los fenómenos meteorológicos, como la lluvia, las inundaciones y las tormentas, resultado de sus enfrentamientos constantes con animales como el tigre. Otro rasgo que les hermana es que su nacimiento está conectado con el agua, ya sea el mar, una fuente, o cualquier otro curso fluvial, circunstancia de la que se deriva su aspecto ictiomorfo. La antigua tradición japonesa dice que el nacimiento del dragón se produce dentro de una piedra ovoide, fácilmente reconocible por sus fantásticos colores, en cuyo interior se halla el feto de dragón en forma de serpiente. El período de incubación es largo, no menos de tres mil años, transcurridos a partes iguales en el fondo del mar, en las montañas y entre los hombres, lo que le permite llevar a cabo un adecuado proceso de aprendizaje, que le capacita para alcanzar su estatus de auténtico dragón. Finalmente, se rompe el huevo, la diminuta serpiente crece a pasos agigantados y se eleva a los cielos en medio de terribles truenos. De esta relación con el agua y con los fenómenos del cielo quedan restos en nuestros días. En caso de sequía, los campesinos japoneses practican un ceremonial para pedir la lluvia a los dioses, que consiste en sacar a la calle un cortejo con uno de los padres de la iglesia sintoísta, que porta en sus manos el símbolo de la divinidad o Gohei; el patriarca es seguido por un campesino que sopla en una gran concha, tras el que aparece la figura de un dragón, hecha en bambú y paja trenzada, y, a continuación, vienen los campesinos tocando el tambor y haciendo un gran ruido, con estandartes y banderas en sus manos en las que están escritas las oraciones para que caiga la lluvia. La procesión se dirige entonces hacia un lago o hacia un río y la efigie del dragón se arroja al agua. El prototipo de dragón es Ryuto, que significa 'linterna', posiblemente debido a las llamas incandescentes que arrojan sus ojos y, como sucedía en el caso del dragón chino, conforme sus características secundarias van adquiendo mayor entidad, nacen diferentes tipos de ryu. Está, por ejemplo, el riu ryu, que con su vista privilegiada alcanza a ver a cientos de millas de distancia; el hai ryu, dragón alado que desciende directamente del chino ying lung, cuyas alas estaban cubiertas de plumas, o el sui ryu, que simbolizaba la lluvia, y del que se decía que, si sufría, su sangre caía en forma de lluvia roja. En torno al dragón hindú anotaremos que, en todas las restantes partes de Asia, excepción hecha de la India, el dragón se forma iconográficamente según el modelo chino, aunque adquiere un carácter maléfico que lo convierte en un enemigo que hay que combatir. En países como Persia, Turquía y Mongolia sigue siendo una figura más o menos reptilesca, con alas plumosas y, por lo general, pluricéfala. Extrañamente, no existe en la civilización hindú ningún ser parecido al dragón, es decir, no existe ese monstruo tan característico, híbrido indefinible, de otras culturas, si bien es cierto que hay una figura que emparenta de forma clara con él: el Naga. Los nagas, de los que existe en la Tierra un número superior a mil, pertenecen a una raza fabulosa de serpientes, vinculada con Visnú y especialmente con su encarnación Krisna. Dotados de un enorme poder, lo que les hace especialmente peligrosos, los nagas pueden aparecer bajo la forma de serpientes ordinarias, a veces de serpientes fabulosas, y, en determinadas circunstancias, bajo forma humana. De hombre son las varias cabezas que presentan, unidas por una membrana que les sale del cuello y les da un aspecto verdaderamente temible. Habitan en los ríos o en algún desconocido reino subterráneo y son custodios de un tesoro escondido. Acerca del dragón hebreo, valgan las siguientes palabras. La más conocida personificación de las fuerzas del mal entre los israelitas era Leviathán, del hebreo Liviath than ('monstruo tortuoso'), una especie de gigantesca serpiente de mar que acabó sometida al poder divino por el arcángel san Gabriel, con cuya piel cubrió los muros de Jerusalén. Aunque la creencia en esta criatura se remontaba a los textos mitológicos de Ugarit, la primera referencia aparece en el Libro de Job, del que se infiere que tenía forma de cocodrilo, información que se contradice con la proporcionada por el Libro de Enoc, según la cual Leviathán era un monstruo de sexo femenino que vivía en el mar y formaba pareja con Behemoth, un misterioso animal -posiblemente un hipopótamo- de sexo masculino que habitaba en las arenas del desierto. En los Salmos también se alude al Leviathán como una serpiente pluricéfala, y, por su parte, el profeta Isaías personificar en esta figura el castigo que Dios impondrá al final de los tiempos a los enemigos de Israel. También con figura serpentiforme era Rahab (del antiguo hebreo, 'violencia'), identificado en la antigua tradición hebrea con el Ángel de la Muerte, al que a menudo se confunde con Leviathán. Era un ser venenoso que atacaba silenciosamente a sus víctimas y que fue destruido por Dios porque había intentado impedir la huída de Egipto de los hebreos por el mar Rojo. A pesar de su carácter maligno, la leyenda cuenta que devolvió el libro mágico de medicina (el Sefer Raziel), entregado a Moisés por el arcángel Rafael tras el Diluvio, y fue luego arrojado al fondo del mar por ángeles envidiosos del caudal de conocimientos que Dios había puesto a disposición de los hombres en el mágico tratado. Y, como conclusión, anotaremos que una de las más antiguas leyendas es quizá la de Pitón y Apolo, que presenta numerosos paralelismos en otras zonas de la Tierra. Los antiguos griegos creían que de una hendidura rocosa de Delfos, en la región sur central de Grecia, brotaba una gran concentración de energía y lo consideraban el centro de la Tierra. Ese poder se encarnaba en el gran dragón Pitón, al que Gea -diosa de la Tierra- encomendó la vigilancia del lugar sagrado. Cuando eligió Delfos como santuario, Apolo -dios de la profecía, la luz y la curación- combatió con el dragón y lo mató; al decir de los antiguos griegos, éste estaba enterrado bajo una gran piedra, el omphalos ('ombligo'), que marcaba el centro del mundo. Muy frecuentemente en la mitología griega el dragón aparece asociado a la mujer; eran dragones los que tiraban del carro de Démeter, diosa de la fertilidad que transmitió las artes de la agricultura a los pueblos de la Tierra, y es una mujer, Medea, la que ayuda a Jasón a conseguir el vellocino de oro durmiendo al dragón que custodiaba la encina en la que estaba colgado el valioso trofeo. Ya en la Edad Media surgen las historias de Sigfrido, Beowulf, san Miguel, san Jorge y, por supuesto, el bien conocido caso de los caballeros de la Tabla Redonda, el mítico rey Arturo y sus amigos Tristán y Lancelot, dioses y héroes que tuvieron que combatir con dragones para alcanzar el orden a partir del caos y crear el mundo civilizado, entre los que cabe destacar los ejemplos de Horus, Thor y Marduk. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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