ENSAYO LITERARIO, "Aproximación a la Literatura Latina tardía"
El gran poder de Roma comenzó a declinar en la segunda mitad del siglo III d.C. y con él su interés por la tradición literaria y científica anterior. En este período, la Antigüedad Tardía, hay, pese a todo, autores muy importantes, como san Agustín de Hipona (354-430), Prudencio (segunda mitad del siglo IV), etcétera, ligados a la nueva religión que se ha impuesto en el Imperio, el cristianismo. La pérdida de interés por la literatura clásica hizo que muchas obras dejaran de copiarse perdiéndose para siempre. Fue ya en la Antigüedad Tardía, en el declive del Imperio Romano, cuando se perdió una parte muy importante de la literatura clásica. El griego , lengua común entre los romanos cultos en siglos anteriores, se olvidó y produjo una fractura en la continuación de las artes y ciencias de la Antigüedad. La literatura latina continuó durante la Edad Media con períodos de más esplendor, como el Renacimiento Carolingio en el siglo VIII. La escuela de traductores de Toledo , patrocinada por Alfonso X el Sabio, sirvió para redescubrir en Occidente autores griegos olvidados como Aristóteles o Euclides. En la Edad Media son los monasterios de Occidente los que, gracias a sus copias de los manuscritos de autores clásicos, mantienen viva la tradición clásica. Pero será en el Renacimiento, cuando vuelva a recuperarse con fuerza el estudio de la literatura clásica. Con la invención de la imprenta comienzan a editarse de forma masiva los clásicos. Durante la Edad Moderna continúa la edición de los griegos y romanos y continúa hasta el siglo XX. Es, pues, en el siglo XX, cuando podemos contar con un panorama completo de la literatura clásica, en la medida de lo posible. Su estudio e influencia continúa hasta nuestros días. Las primeras manifestaciones de escritura cristiana en latín se superponen a la última escritura pagana. El primer escritor cristiano importante fue Tertuliano, un maestro de la prosa. Uno de los escritores cristianos más influyentes de su época fue el padre de la iglesia san Ambrosio, conocido sobre todo por su correspondencia y por sus himnos . Aurelio Clemente Prudencio inauguró una nueva tradición en la poesía cristiana al emplear recursos de la literatura pagana para propósitos cristianos. Su Psychomachia, que presenta el alma como campo de batalla donde luchan las virtudes y los vicios, introdujo el uso de la alegoría en la poesía cristiana. La prosa cristiana estuvo dominada por dos padres de la Iglesia: san Jerónimo y san Agustín. La obra más importe de san Jerónimo fue la traducción de la Biblia. Conocida como la Vulgata, ha sido la versión modelo en latín desde entonces, y ha influido enormemente en la prosa latina y europea. La figura de san Agustín fue una de las trascendentales en el pensamiento europeo medieval y renacentista. Sus obras principales, La ciudad de Dios (413-426) y las Confesiones (400?), emplean el estilo clásico de la retórica ciceroniana de manera conmovedora y personal para expresar un sentimiento de convicción cristiana. Otras obras de esta época, no especialmente cristianas en cuanto a su orientación, tuvieron una gran repercusión en el pensamiento cristiano posterior. De nuptiis Philologiae et Mercurii (400?) es el título que se popularizó de una curiosa obra de Marciano Minneo Félix Capella, que proporcionó a la cultura cristiana europea un medio para organizar el conocimiento secular representado por las siete artes liberales, el trívium y el quadrivium . De consolatione philosophiae, del cónsul Boecio, describe con maestría y sosiego cómo la vida espiritual puede ser una fuente de paz interior en tiempos adversos. La literatura latina medieval prosigue la tradición de la literatura cristiana primitiva. San Isidoro de Sevilla reunió un compendio de la cultura de su época en los veinte libros de las Etimologías (623), que sirvieron como obra de referencia durante la edad media tardía. El género histórico fue también importante durante este periodo, con algunas obras interesantes desde el punto de vista literario. En el 731, el inglés Veda el Venerable escribió versos en latín, además de concluir una inestimable historia de la Iglesia en su país. La obra en prosa más admirada de su época fue la biografía escrita por el erudito Einhard. La corte de Carlomagno reunió a un notable grupo de poetas. Destacan entre ellos el erudito inglés Alcuino de York y el sabio arzobispo de Maguncia Rabanus Maurus, que pudo ser el autor del magnífico himno “Veni Creator Spiritus”. También fue esta una época de ejemplos notables en poesía litúrgica. La forma conocida como secuencia, cantos en latín para ser ejecutados durante la misa, surgió en el siglo IX y está particularmente asociada a Notker Balbulus, de la abadía de Gall. Diversas clases de poemas largos fueron también característicos de la primera época de la edad media. La historia de Reynard el Fox, una fábula de animales, apareció en versos latinos en el siglo X. También se escribieron poemas épicos más serios. Especialmente notable es el poema heroico Waltharius, atribuido al monje suizo Ekkehard I el Viejo, basado en la vida del rey Walter de Aquitania. LA SITUACIÓN SOCIO-POLÍTICA EN EL RENACIMIENTO CONSTANTINO-TEODOSIANO Como consecuencia de la estabilidad política proporcionada al Imperio por Diocleciano y la Tetrarquía, tras el conflictivo siglo III, se extiende una relativa prosperidad económica y una paz social que permiten, a su vez, el cultivo de las letras por doquier, hasta niveles ni siquiera imaginables para el siglo anterior. Este nuevo ambiente, con que comienza la cuarta centuria, está básicamente caracterizado por una restauratio que pretende, no sin una cierta aspiración nostálgica, fundamentar en la vieja Roma las realizaciones del nuevo momento histórico. Pero las buenas intenciones de los dueños del imperio, frecuentemente impregnadas de un despotismo intransigente, tenían que ser aplicadas a un mundo que ya ni era ni podía ser el mismo que había sido. Hubo quienes creyeron, como ocurrió en otro momento con los poetas de la edad de Augusto, que era posible la regeneración de las virtudes romanas tradicionales. Otros, necesariamente, intentaron proyectar sus esfuerzos para el futuro. De modo que en los aspectos de la política interna, el gran debate del siglo IV es en realidad resultado de la tensión entre las fuerzas que miraban al pasado en un esfuerzo admirable pero inútil, y las fuerzas que, con el vigor de lo nuevo, se nutrían en la fe cristiana para construir sobre ella la verdadera Roma, la ciuitas Dei. El siglo IV ve, en sus inicios, el Edicto de Milán (313), edicto de la tolerancia hacia el cristianismo; y, cuando ya se disponía a expirar, el de Tesalónica (380), por el que la religión nueva alcanza status de única legalmente reconocida. Ambos hitos, si se quiere jalonados a su vez por el Concilio de Nicea del 325 en que se reconoce la oficialidad del cristianismo, testimonian de un modo evidente cuál ha sido el resultado de la pugna entre el viejo paganismo y la nueva espiritualidad. En lo que concierne a la política exterior, verdadera justificación de la existencia del Estado, el siglo IV se caracteriza por el progresivo debilitamiento de las fronteras militares, que conlleva la inseguridad generalizada y, finalmente, la desintegración, primero de la unidad –con la partición del 395 hecha por Teodosio a favor de sus hijos Arcadio y Honorio–, luego, del Imperio Romano de Occidente en el siglo siguiente. La unidad, que parecía inquebrantable, y la eternidad, que se creía garantizada, desaparecen para siempre ante los ojos de la generación nacida en pleno siglo IV; no es éste el lugar para discutir la relación existente entre la pérdida definitiva de la vieja religión y el fin del Imperio de Occidente. Pero lo cierto es que quienes vivieron hasta bien avanzado el siglo IV fueron testigos del final de un mundo, cuando todavía no se habían asentado las bases del nuevo. Dentro de esta doble perspectiva, el conflicto espiritual y la presión externa, se entiende mejor por qué los escritores paganos del s. IV y principios del V (Símaco, Amiano Marcelino, Avieno, Claudiano, Rutilio Namaciano) destilan amor y veneración por Roma; por qué los cristianos (Dámaso, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Sulpicio Severo, Paulo Orosio, Salviano, Juvenco, Cipriano, Prudencio, Paulino) buscan infatigables con su obra la creación de unas nuevas coordenadas en las que situar el mundo espiritual, intelectual e, incluso, político que se avecinaba. La actividad intelectual, nacida al amparo de la mejor situación interna, muestra una y otra vez las coordenadas en que se mueve el siglo; y sorprende contemplar hasta qué punto la literatura del momento es hija de esa situación, hasta qué punto, también, la condiciona. A pesar de la dualidad del Imperio, que cada vez más presenta la línea de fractura entre Oriente y Occidente –inevitable por muchos motivos pero más desde que el centro de gravedad se trasladó a Constantinopla–, los escritores tanto griegos como latinos están todavía impregnados de un ideal artístico en buena medida común. En Oriente es la época de florecimiento de la llamada "Segunda nueva sofística", adornada con la elocuencia ática y la filosofía neoplatónica; entre los escritores griegos paganos, es la hora de Himerio de Prusa, Temistio, Libanio de Antioquía y, por supuesto, del propio emperador Juliano el Apóstata, nieto de Constantino. Junto a ellos, los escritores griegos cristianos, como Atanasio de Alejandría, Gregorio de Nisa, Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo o Sinesio de Cirene, se han educado en las mismas escuelas, con los mismos maestros y participan de los mismos gustos literarios; es decir, practican unos y otros el culto a lo bello, la pasión por los grandes escritores de la Hélade –desde Homero a Platón– y la admiración por todo ese pasado esplendoroso. El resultado, desde el punto de vista estrictamente literario, es una sistemática imitación de los modelos, que prevalece sobre la creación, y una valoración hiperbólica de la forma sobre el contenido. Si, en líneas muy esquemáticas, ésta es la situación de Oriente, cabe decir lo mismo para Occidente y su literatura latina; no en vano los contactos con el mundo helenizante eran todavía muy estrechos a lo largo del siglo IV, al menos en lo que a los intelectuales se refiere. Bastaría señalar como hechos sintomáticos de esa vinculación, que Plotino y, sobre todo, Porfirio enseñaron en Roma, y que uno de los más relevantes poetas paganos de lengua latina en aquel tiempo, Claudiano, y el mejor historiador, Amiano Marcelino, habían nacido en Oriente (en Alejandría y en Antioquía respectivamente) y que, por tanto, eran grecoparlantes. De la misma manera, el mundo literario latino, de un modo muy particular en lo que concierne a sus escritores paganos pero también a los cristianos, se vuelca hacia su pasado, en un movimiento intelectual que recuerda, a varios efectos, el vivido durante el siglo II bajo los Antoninos. La restauración de la grandeza romana se intenta de un modo sistemático y coherente a todos los niveles de actuación posibles: a través de la creación, o mejor, imitación literaria; a través de la escuela y a través de la reflexión gramatical o filológica a propósito de la antigua literatura. No es de extrañar que sea precisamente este siglo el que conozca, por ejemplo, la difusión de técnicas versificatorias, en las que la creación mediante la imitación es llevada al paroxismo, como ocurre con los centones: es el momento en que la autoridad poética de Virgilio puede ser utilizada para recrear, con las mejores palabras y de la mejor forma, la Buena Nueva, tal como intentan Proba, Juvenco y otros. Por su parte, algo similar había emprendido en territorio griego Apolinar el hijo con su centón homérico titulado Metáfrasis de los Salmos. LA INFLUENCIA DE LA ESCUELA : LOS GRAMÁTICOS La escuela, por su parte, practica hasta la saciedad el arte de leer y releer, de memorizar y comentar las grandes obras de la literatura grecolatina, por las que se siente una veneración sagrada. De este modo, la escuela transmite un patrimonio cultural, sin preocuparse de adaptarlo a los nuevos tiempos, de manera que sólo interesa el patrimonio en sí y por sí mismo; no se pretende ni robustecerlo ni crear a partir de él uno nuevo. Por eso, la cultura que nace en la escuela es, necesariamente, una cultura erudita con fines básicamente instrumentales: el espléndido apogeo de la escuela del siglo IV se debe en buena medida a la necesidad de dotar a la administración imperial de un nutrido cuerpo de funcionarios, formados intelectualmente y con un conocimiento y un respeto profundos, adquiridos a través de la literatura, por todo lo que significaba el Estado al cual habían de servir. De ahí que la reacción paganizante del emperador Juliano intentase vetar mediante el famoso edicto sobre la enseñanza (362) a los profesores cristianos que, al utilizar los autores paganos, no lo hacían con limpieza de ánimo sino para sevirse de ellos en la creación de su propia paideia. Necesariamente, de esa escuela vuelta hacia el pasado y fosilizada en sus técnicas y expectativas, tenía que nacer una abundante producción erudita de carácter gramatical y filológico, indispensable para una aproximación mayor a sus modelos. Por ello, es este siglo también el que ve florecer los estudios de Nonio Marcelo, Carisio, Mario Victorino, Donato, Servio, Macrobio, y tantos otros, cuya obra en muchos casos sigue causando sorpresa por su rigor y profundidad. La dignidad alcanzada por esta ciencia, que tanto deleite causaba en los medios escolares e intelectuales, permitió que un abogado en la centuria siguiente escribiera una extraña enciclopedia sobre las siete artes liberales que constituían la estructura de la escuela bajoimperial; el De nuptiis Mercuri et Philologiae de Marciano Capela eleva a la doctissima virgo, la Filología, a la categoría de inmortal, colocándola como señora de las siete artes, prueba sintomática de los efectos causados por la refinadísima erudición de este período. Junto a esta cultura erudita que nace de la escuela y a la escuela se debe muy principalmente, el resto de la vida intelectual actúa movido por similares intereses, entre los que prima el empeño por recuperar la grandeza de Roma. Los más ilustres pensadores de este período, como los Símacos, Pretextato o los Nicómacos, formados en la escuela bajoimperial, ponen todas sus fuerzas, toda su elocuencia y toda su inteligencia al servicio de esa idea; y hasta tal punto se empeñan en conseguirla, que resulta anacrónica su obstinada actitud por mantener los viejos símbolos, como sucedió a propósito del famoso episodio de la retirada del Altar de la Victoria del Senado. Dan la impresión de haber perdido ya el sentido de la realidad, de carecer de una propuesta política que no sea la de perpetuar sin fin las costumbres tradicionales, por más que hayan perdido su sentido, y los adornos del Imperio, a pesar de su fosilización. LOS HISTORIADORES Los historiadores, por su parte, tampoco disponen ya de fuerza creadora, excepción hecha de Amiano Marcelino. Es el momento de los autores de epítomes, o resúmenes, de las extensas obras que había producido la historiografía anterior. Son muchos los historiadores que, sin saber prestar la atención adecuada a los graves problemas del momento, mantienen fija su mirada en un pasado lejano, cuya utilidad primera y última consiste básicamente en servir de modelo de actuación para los nuevos tiempos. La eternidad de Roma no parece sentirse amenazada y se da por descontado que su grandeza está por encima de cualquier contingencia. Eutropio, Festo, Julio Obsequente, Aurelio Víctor son escritores cuyas obras, sin embargo, han gozado en algunos casos de gran éxito posterior. Sólo Amiano Marcelino posee auténtica personalidad literaria y capacidad creadora que, no obstante, también están puestas al servicio de la misma causa que las anteriores. LA POESIA Y LOS POETAS Finalmente, la producción poética de este período adolece del mismo defecto que los otros géneros literarios y sus cultivadores pecan del mismo gusto por la imitación o reelaboración de los modelos escolares. El estudio continuo de la literatura clásica y su memorización en la escuela produjeron una poesía de carácter eminentemente erudito tanto por sus contenidos como por sus formas. En estos momentos, por otra parte, la producción poética –a diferencia de lo ocurrido en el período clásico– se desentiende casi de modo generalizado de la teoría y de la práctica de los géneros, de manera que resulta de extrema dificultad la adscripción de los productos de este siglo a alguno de los géneros conocidos; si el concepto de "mezcla de géneros y de tonos" empleado por Fontaine es válido para alguna época literaria, lo es aún más para ésta en que se produce una disociación manifiesta entre la poesía y las poéticas. De hecho, los versificadores de este período, frecuentemente profesores –gramáticos y rétores–, utilizan la creación poética no como producto cultural nacido de y por el placer estético en su más genuino valor, sino como medio de aprendizaje o como juego de recreación artificiosa, donde se ponen de manifiesto sus habilidades para superar cualquier dificultad propuesta. No había que dar nada más que un paso para que esta poesía entrase en los salones literarios y sirviera de entretenimiento en las veladas de sociedad; si en el siglo I el epigrama se había convertido en el rey de tales 'divertimentos', el siglo IV exige de sus "poetas" la erudición más asombrosa puesta bajo las formas más extravagantes, de modo que ahora versificar es, sobre todo, un "tour de force", donde unos se superan a otros, desde los carmina figurata de Optaciano Porfirio a los versos ropálicos de Ausonio, pasando por los centones, acrósticos, versos recurrentes (o palíndromos) y ecoicos, etc. No es de extrañar que, cuando en medio de toda esta sequía de ideas, algún escritor conseguía un producto literario medianamente aceptable, donde brillase algo de novedad, conseguía el aplauso unánime de sus contemporáneos y la consideración de 'nuevo Virgilio'. Todo esto es bien conocido y no merece la pena insistir más en ello; no obstante, sí me parece legítimo realizar un esfuerzo de comprensión –no simplemente de descripción– de estos fenómenos literarios. Y creo que la clave –o al menos una de las claves– para comprender el porqué de esta poesía ha de venir de la comprensión de la estética dominante en la sociedad en general y de rebote en las bellas artes en particular. La poesía latina tardoantigua no ha gozado, en general, de aprecio entre los críticos, pues se entiende que vive fuertemente dependiente de la clásica, sin conseguir en ningún momento sus altos vuelos de contenido y forma. Es más, los poetas tardoantiguos se han dejado tentar con excesiva frecuencia por un estéril preciosismo, o mejor, virtuosismo creativo donde la forma ha primado hasta límites absurdos sobre el contenido; no existe, pues, en ella ese sano equilibrio que debe caracterizar lo clásico, lo modélico, si se quiere. Pero me parece que este tipo de valoración obedece más bien a un prejuicio según el cual lo que para nosotros es bello es lo mejor; dicho de otro modo, al situar como ejemplo arquetípico de lo bello el arte clásico, todo lo que exceda sus límites entra dentro del campo de lo no–clásico, o lo que es lo mismo, del arte de segundo orden. Esta forma de enjuiciar la creación artística, si bien permite una valoración esteticista –cuasi escolar, en la medida que establece prioridades y excelencias–, nos aleja de todo aquello que fue creado en un medio diferente y se niega a recuperar sus aciertos. Evidentemente, hace mucho que se traspasó el rígido normativismo academicista pero quedan, desde mi punto de vista, líneas poco o nada subrayadas. EL IMPERIO CAROLINGIO (siglos VIII-IX) Formación política que reunió bajo su gobierno los territorios de la Galia, Germania occidental e Italia septentrional durante el período comprendido entre mediados del siglo VIII y finales del IX. La idea imperial no había desaparecido con la irrupción de los pueblos germánicos: además de su continuidad en Oriente, en los pueblos bárbaros pervivió la magnificencia del Imperio Romano. Carlomagno fue el primer rey medieval que intentó hacer realidad la vieja idea. Proclamado ya en el año 799 Patricio de los romanos, ese mismo año estalló una conjura contra el papa León III en la que se llegó a agredirlo y herirlo físicamente durante la celebración de una procesión. Los servicios del rey franco fueron nuevamente solicitados por el Papado, con lo que Carlomagno aprovechó tal circunstancia para constituirse en árbitro entre el Pontífice y sus enemigos. El año 800, después de presidir una asamblea en la que los enemigos papales fueron derrotados, Carlomagno fue coronado Emperador el 25 de diciembre, según la fórmula Romanum gubernans Imperium ('Gobernante en el Imperio Romano'), en la Iglesia de San Pedro. No se pudo usar la fórmula tradicional Romanorum Imperator ('Emperador de Romanos') porque este título correspondía al emperador de Bizancio, aún así, el Imperio Bizantino no aceptó este nombramiento hasta la firma del Tratado de Aquisgrán en 812, cuando finalmente los orientales reconocieron a Carlomagno como emperador de Occidente. El Imperio comprendía desde el Elba hasta el Atlántico y desde el mar del Norte hasta el Danubio, además de los dominios del Pontificado (Italia central) y el emirato Omeya (España y Oriente). Carlomagno dividió su extenso territorio en condados gobernados por comes. El emperador intervenía en los condados por medio de los missi dominici ('enviados del señor'): un eclesiástico y un seglar, con plenos poderes y que vigilaban el cumplimiento de las leyes impuestas desde Aquisgrán por el emperador. Las comarcas limítrofes se llamaban Marcas (Marca Hispánica, Marca Bretona, Marca Panónica, ávaros y Marca Danesa) y eran gobernadas por comes marcae ('marqués'), cuyos poderes eran sobre todo militares. Cuando llegó el momento de la desmembración del Imperio, las marcas fueron las primeras en independizarse. FRACCIONAMIENTO DEL IMPERIO CAROLINGIO A la muerte de Carlomagno (814) le sucedió su hijo Ludovico Pío (Luis el Piadoso, 814-840) heredero de todo el Imperio. Durante su reinado se planteó la lucha entre los partidarios de la unidad del Imperio y los que querían dividirlo en varios reinos, según el derecho germánico. Luis el Piadoso, de carácter débil, actuó bajo el influjo de los consejeros eclesiásticos, permitiendo, en contra del consejo de su padre, que le coronase emperador el papa Esteban IV (816) en Reims. Se reconocía así al papado como única fuente del poder imperial. El monarca tuvo dos esposas. De la primera de ellas, Ermengarda, nacieron tres hijos: Lotario, Pipino y Luis, mientras que de la segunda, Judit, nació Carlos. Según las disposiciones del ordenamiento imperial, la dignidad de emperador debía ser hereditaria y recaer en el primogénito, Lotario, que, por ello, fue asociado a la corona. Los hijos menores obtuvieron, en su condición de subordinados del emperador, el gobierno de los reinos de Aquitania (Pipino I) y Baviera (Luis el Germánico). En el mismo ordenamiento papal se hacía constar la indivisibilidad del imperio salvo las ya realizadas; pero el mismo Ludovico Pío contravino este principio en el año 829 creando otro reino, el de Alemania, para Carlos el Calvo, hijo de su segunda mujer. Tal situación determinó que, en los años 830 y 833, estallasen sendas sublevaciones de nobles acaudilladas por sus hijos, especialmente por Lotario, el hijo mayor, que ya actuaba como emperador ejerciendo sus derechos imperiales sobre el Estado Pontificio. Los sublevados obligaron al emperador a subyugarse a sus deseos, sometiéndole a un proceso en Rathfeld (833) por el que fue destronado. Posteriormente, Luis y Pipino, temerosos de acrecentar el poder de su hermano Lotario, devolvieron la corona a su padre. A su muerte (840), dividió sus estados entre sus hijos Lotario, Luis y Carlos, este último gobernante de Aquitania desde el año 838. Ello dio lugar a una guerra fratricida que enfrentó a Lotario con sus hermanos Luis y Carlos. La victoria de éstos sobre Lotario en la batalla de Fontenoy (842) hizo que Luis y Carlos el Calvo firmasen su unión en los denominados juramentos de Estrasburgo, el más antiguo documento que se conserva redactado en alemán y francés antiguo. Precisamente, dicho carácter bilingüe atestigua la existencia de dos grupos claramente diferenciados, cuyas lenguas antiguas darían lugar al francés y alemán modernos. Al año siguiente (843), se concertó el Tratado de Verdún, por el que quedaba dividido el imperio franco en tres reinos. El central (Italia y Lotaringia), que se extendía desde el mar del Norte y abarcaba desde Borgoña hasta el golfo de Gaeta, comprendía las más importantes ciudades imperiales: Aquisgrán y Roma. Correspondió este reino a Lotario I, además del título imperial. Por lo que respecta al oriental (Germania), le fue adjudicado a Luis el Germánico, mientras que el occidental (Francia) se le entregó a Carlos II el Calvo. La unidad imperial sólo se mantuvo formalmente, pues incluso el título únicamente tenía carácter honorífico. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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