TRATADO (con todo el aparato crítico), "Tratado de Ética".
El término moral denota, en primer lugar, el conjunto de intuiciones y concepciones de las que se valen los distintos grupos humanos e individuos para identificar lo que está bien y lo que está mal, lo que se debe hacer o lo que se debe evitar. Moral también es el adjetivo con el que informamos si determinada intención, acción u omisión, así como sus consecuencias, se adecuan al estándar ético que consideramos valioso. Por último, moral o ética es la disciplina filosófica que da razón de la vida moral de los hombres, de su fundamento y de los problemas que ello plantea. La moral de una persona o de una comunidad consta, por lo común, de fines adecuadamente ordenados a los que aspira (Aristóteles), de unos valores a partir de los cuales los sujetos fundamentan sus juicios (morales) y de un conjunto de prescripciones que regulan las conductas y objetivan las obligaciones (Kant) desde una perspectiva diferente a la de otros ámbitos como, por ejemplo, el jurídico. El distinto acento puesto en fines, valores o prescripciones así como su variada naturaleza ha determinado a lo largo de la historia la formación de diferentes sistemas morales, a cuya explicación, elaboración o justificación ha dedicado principalmente sus esfuerzos la moral filosófica. ¿Cabe hablar, entonces, de un sentido moral básico y común a toda naturaleza humana? La respuesta afirmativa a esta pregunta, que ya se hicieron David Hume y Adam Smith, cuenta hoy en la llamada sociedad de la información con el desafío de la abundante constatación empírica de la crueldad humana y de la gran diversidad de concepciones morales que parecen incompatibles o inconmensurables. Sin embargo, y a pesar de la presencia abrumadora de la inmoralidad y de la presión del relativismo moral alentado por la eclosión del pluralismo, nunca como hasta ahora han existido condiciones más favorables para la promoción de un patrón moral básico con vocación de generalidad y universalidad (formulado sin recurrir a nombres propios y aplicable a todos los miembros de la especie humana), que recelando de formas de imposición autoritaria y vanguardismo moral, trate de fundamentar su legitimidad en el reconocimiento público y generalizado de lo razonable de sus fines, valores y pautas de conducta. En concreto, el diálogo multicultural sobre los Derechos Humanos y su aplicación alumbra un horizonte de posibilidades, aún inciertas, para una gramática natural de lo moral orientada al control de los impulsos destructivos de la especie humana, a la atención de las necesidades básicas de sus miembros y al cultivo de la tolerancia para el acomodo pacífico de las diferencias. Sin embargo, debe quedar muy claro que la ética no tiene nada que ver con la moral. En el lenguaje corriente, el término “moral” refiere a las costumbres y normas de comportamiento considerados válidos, correctos o deseables, mientras que “ética” parece indicar los criterios de la conducta individual. Estos términos no son equivalentes a un uso filosófico y académico establecido que entiende, más bien, por moral (del alemán Moralität) a las normas de conducta del sujeto moral (como en el caso de la moral kantiana) y por ética, o modo de vida ético (en errada traducción del alemán Sittlichkeit), a la configuración cultural e institucional de valores y formas (como en el caso de la eticidad hegeliana). Otro uso académico entiende la ética como filosofía de la moral. La ética, definida ya como filosofía de la moral, se ha ocupado, desde los tiempos clásicos, tanto del comportamiento y de las acciones humanas desde un punto de vista analítico, procediendo a estudiar sus motivaciones, fines y estructuras, como de establecer cuáles de ellos son deseables y valiosos, es decir, desde un punto de vista normativo. Aranguren denominó a lo primero la moral como estructura -el que somos morales- y a lo segundo moral como contenido -el cómo es nuest5ra moral-. Si las éticas clásicas se centraron en la idea de felicidad y de virtud para definir el bien, las éticas modernas lo hicieron acentuando la idea de deber. Aristóteles propone una forma de eudemonismo y de ética teleológica que Kant critica y a la que opone una ética deontológica. No obstante, el análisis del comportamiento y la acción moral que practicó Aristóteles la seguido presente en toda la historia del pensamiento hasta nuestros días. Los problemas así tratados han incluido la relación entre criterios racionales y motivaciones (intereses, voluntad, deseos, intenciones) y a la manera en que tales criterios determinan formas diversas de actos. Desde este punto de vista analítico, el programa kantiano no tiene que verse en oposición a tal análisis, pues encuentra en un uso de la razón, la razón práctica, lo especifico de la moral. Desde el punto de vista normativo el pensamiento moderno y contemporáneo presenta diversidad de propuestas. El utilitarismo entiende que es correcto hacer aquello que dé como efecto un resultado mayor de lo que adoptemos como criterio deseable (en el utilitarismo clásico, el placer, el bienestar o la felicidad). La propuesta de Kant es que será sólo moral aquel comportamiento que, como comportamiento autónomo, se rija por el imperativo categórico que formula una perspectiva universalista para el sujeto moral. Las nuevas teorías contractualistas prosiguen la perspectiva kantiana, formulando teorías de la justicia en las que las ideas de libertad e igualdad estén garantizadas como intereses generales de todos que son. Las éticas discursivas proponen criterios de validez de normas morales fundamentadas en el carácter discursivo de la racionalidad práctica moderna. La cuestión de la justificación racional de las normas morales juega, en todos estos casos, un papel central. En el siglo XX se han desarrollado reflexiones éticas ligadas a contextos específicos -el género, la vida, la ecología, la desigualdad de recursos, las diferencias culturales, el futuro- que, en algunos casos, se han llamado éticas aplicadas. Ética, moral, reglas, normas, valores son términos con los que convivimos de forma creciente y trasversal y que usamos de forma indistinta. Los valores son cualidades, virtudes o características de una persona que se consideran típicamente positivas o de gran importancia para el grupo social. Por ejemplo, la libertad, la tolerancia, el respeto, la solidaridad, la amistad o la honestidad. ¿Y qué es la ética? Es un término más completo, más interno, más profundo, más enraizado con cada persona diría yo. El vocablo "ética" proviene de la palabra griega "ethos" que originariamente significaba "morada", lugar donde se vive, y que terminó por indicar el conjunto de costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento humano en una comunidad. cada uno de nosotros somos capaces de distinguir qué cosas son buenas o malas, o si alguien es respetable o corrupto, leal o injusto gracias precisamente a la ética, que es la que expresa, orienta, propone la valoración moral de las personas, de las acciones o de las situaciones. Y, por lo tanto, la ética guiará nuestro comportamiento sobre todo ante determinadas situaciones en las que necesitemos una pauta de cómo se debe actuar. Podríamos decir que esta disciplina tiene como objetivo decidir de forma sensata y racional qué constituye un acto, correcto o incorrecto independientemente de la cultura en la que se enmarque. ¿Y cuándo nace esta necesidad? Nace como respuesta a los estudios y reflexiones sobre el comportamiento humano en la época dorada de Grecia y sus grandes pensadores. Una de las primeras manifestaciones del uso de este término la encontramos en la conocida obra de Platón: 'La República', que define la ética como la capacidad de reconocer lo que es verdaderamente bueno para el hombre y los medios que dispone para alcanzarlo. En el siglo XVII, filósofos como el francés Descartes recuperarían las ideas de los maestros griegos y contribuirían de forma clave a la concepción de la ética como la consideramos en la actualidad. La ética busca principios absolutos o universales independientes de la cultura particular, de cada grupo o región. Esto me parece importante porque vivimos en un mundo globalizado y desarrollamos proyectos en cualquier lugar del mundo. En resumen, podríamos decir que la ética tiene la pretensión de ser universal, es decir, poder ser aplicada en cualquier contexto desde un uso lógico del pensamiento y no desde la obediencia ciega. Por otro lado, la ética se subdivide en varias ramas, pero en este curso nos ocuparemos de la ética relacionada con el mundo profesional, la ética profesional muy trabajada y documentada y que suele aparecer recogida en los códigos deontológicos o códigos éticos que regulan las actividades profesionales como veremos más adelante. Incorporar las normas éticas en la toma de decisiones dentro del marco de la ética profesional no siempre es sencillo. Os recomiendo leer "el dilema del tranvía", que es un conocido experimento mental que nos hace reflexionar sobre las decisiones correctas o incorrectas. Está encuadrado dentro de la premisa de que la mejor opción es la que maximiza la utilidad. Es un texto bastante ameno e interesante, os lo recomiendo. Para entender la complejidad de determinadas decisiones se me ocurre un ejemplo muy actual que viene de la mano de la nueva tecnología que permite la conducción automática en los coches. Como sabéis, están programados para aumentar la seguridad y evitar accidentes, pero en determinadas situaciones las decisiones no son fáciles. Por ejemplo, ¿cuál es la decisión ética correcta en el siguiente caso de alto riesgo? En un cruce, un vehículo con cinco personas se salta un semáforo en rojo y se interpone en la vía de otro vehículo, concretamente un vehículo de conducción automática que no puede frenar a tiempo y debe escoger si seguir recto y matar a las cinco personas o desviarse y colisionar contra un muro matando solo al propietario del vehículo automático. Somos los programadores de ese vehículo, ¿cuál es la decisión correcta? Sobre este mismo dilema se puede complicar más aún. Por culpa del asfalto mojado el vehículo de conducción automática resbala y se dirige hacia un precipicio. En esa situación el vehículo automático puede seguir recto y matar a su propietario o desviarse y empujar a otro vehículo hacia el precipicio matando al otro conductor que no tiene ninguna responsabilidad. En este último caso, el dilema se plantea como: ¿a quién debería salvar como prioridad el vehículo automático: al propietario o al otro conductor? No es fácil dar con la decisión correcta. Afortunadamente nuestras decisiones en la mayoría de los proyectos no serán tan complejas. Por último, las leyes. Son normas establecidas por una autoridad superior que obligan y/o prohíben. En muchas ocasiones la ley se ha basado en principios éticos, pero en otras hace caso omiso a las cuestiones de la ética. Por ejemplo, no es ético participar en la elección de un trabajador si uno de los aspirantes es nuestro hijo, pero es completamente legal. A priori, ninguna persona puede ser obligada por el estado o por otras personas a cumplir las normas éticas ni sufrir ningún castigo, sanción o penalización por la desobediencia de las normas éticas. Sin embargo, como muchos ya estaréis comprobando en vuestro ámbito laboral, en los códigos de ética profesional sí es habitual recoger una serie de principios y reglas de cumplimiento obligatorio. En cualquier caso, las directrices éticas son comportamientos que generalmente esperamos los unos de los otros. En resumidas cuentas, escurriendo las ideas principales tenemos la ética, también llamada filosofía moral, es la disciplina que estudia la conducta humana. Las discusiones éticas se dan en torno al bien y el mal morales, lo correcto y lo incorrecto, la virtud, la felicidad y la idea de deber. Mientras la moral es el conjunto de principios, juicios o pautas que regulan la conducta humana, la ética es la disciplina que estudia y reflexiona sobre estos mismos preceptos. Allí donde existe un dilema moral , existe una pregunta ética. Los estudios éticos se dividen en tres ramas principales: • La metaética: Estudia la naturaleza, origen y significado de los conceptos éticos básicos. Por ejemplo, la pregunta por la felicidad. • La ética normativa: Estudia e interpreta los principios que rigen a los sistemas que regulan la conducta humana. Por ejemplo, los códigos civiles. • La ética aplicada: Estudia e interpreta casos y controversias éticas específicas de la vida real. Por ejemplo, las disputas en torno al consumo animal. La ética no se limita al ejercicio filosófico, sino que también participa en el campo profesional de otras ciencias y disciplinas, como la economía, la política, la medicina o la psicología. La palabra ética viene del griego ēthikós que significa “relativo al carácter de uno” y tiene su raíz en la palabra êthos. Êthos tiene distintas traducciones, entre las que encontramos “carácter” y también “costumbre”. De esto se desprende la idea de que la ética es el estudio del carácter y las costumbres. A menudo se usa ética o moral como si fueran la misma cosa. Aunque la ética es el estudio de la conducta moral, es cierto que la moral tiene su origen etimológico en un préstamo del latín, moralis, que se usaba para hablar de lo relativo a las costumbres. Moralis viene de mor y moris, que se traducen como “uso o costumbre” y también “manera de vivir”. La ética como problema filosófico es objeto de estudio de pensadores y filósofos desde la Antigüedad. Filósofos como Platón (c. 427-347 a. C.) y Aristóteles (384-322 a. C.) estudiaron la conducta humana y los códigos bajo los que se rige. Obras como Gorgias, Fedón y República, de Platón, trabajan problemas éticos como el hedonismo, la vida después de la muerte y la ética pública, respectivamente. En su Ética nicomáquea, Aristóteles presenta el primer tratado de ética propiamente dicho de la historia. La ética aristotélica trata sobre la forma en que se debe alcanzar la felicidad como fin último del ser humano, y relaciona la felicidad con las virtudes y la autonomía material y física. En la Edad Media la ética unió la búsqueda de la felicidad con la doctrina cristiana según los diez mandamientos. El rol de la ética durante este período fue interpretar de modo correcto las sagradas escrituras. Gracias a ello apareció la idea de la caridad como fin último del ser humano, adquirida al vivir a través del Evangelio y teniendo a Dios como bien supremo y máxima plenitud. Se destacan las obras de pensadores religiosos como Agustín de Hipona (354-430) y Tomás de Aquino (1224-1274). Durante la Edad Moderna se impuso la necesidad de construir un modelo ético, que respondiera a la razón. Los grandes filósofos modernos, como René Descartes (1596-1650), Baruch Spinoza (1632-1677) y David Hume (1711-1776), trabajaron en distintas cuestiones éticas y morales, tal como se observa en la Ética de Spinoza. Sin embargo, fue Immanuel Kant (1724-1804) quien revolucionó la ética moderna con las obras Fundamentación metafísica de las costumbres, Crítica de la razón práctica y Metafísica de las costumbres. La idea del imperativo categórico, postulada por primera vez en la Fundamentación metafísica de las costumbres, sostiene que solo se debe obrar según una máxima que pueda considerarse como ley universal. Esto implica que, antes de tomar una decisión conductual, hay que preguntarse qué podría pasar si todas las personas hicieran exactamente lo mismo, como si se tratara de una ley total. Los siglos XIX y XX, escenarios de las Grandes Guerras, vieron a una sociedad harta de los mandamientos tradicionales y las ideas y conductas que se desprendían de las leyes y códigos morales vigentes. Desde el existencialismo (con Sartre como su representante) ante las críticas y posturas de Emmanuel Levinas y Jacques Derrida a la metafísica de la mismidad, distintos autores pusieron la pregunta por la alteridad (el otro distinto a mí) como uno de los principales problemas éticos y dilemas morales de la actualidad. El siglo XXI, por su parte, concentró sus estudios alrededor de preguntas y dilemas respecto a la tecnología, la manipulación genética, el consumo animal, la violencia hacia las minorías invisibilizadas, la distribución económica, el avance de la robótica y la virtualidad. La ética se aplica en todos aquellos campos de la vida en los que aparece la posibilidad de elevar un juicio o dilema moral. La ética aplicada se clasifica según el ámbito en el que se desarrolle, y puede ser: • Ética profesional: Es la ética que atañe al ejercicio de una profesión. Por ejemplo: ética médica o ética psicológica. • Ética militar: Es la ética que tiene que ver con el uso de las fuerzas bélicas, especialmente en épocas de guerra o de conflicto. • Ética económica:Es la ética vinculada con la economía, el comercio y las finanzas, y que se hace preguntas respecto a cómo está bien y cómo está mal hacer dinero. • Ética religiosa: Es la ética que se desprende de una religión organizada y que sigue una tradición moral y cultural específica. Por ejemplo: La ética cristiana, islámica o judía. • Ética ambiental:Es la ética vinculada con el ser humano y la relación que establece con el entorno natural que lo rodea. • Bioética: Es la ética que reflexiona sobre los conflictos éticos que surgen conforme el desarrollo y avance de la ciencia y la tecnología en el área de la medicina. • Ética social: Es la ética vinculada a las relaciones entre los individuos y las consecuencias sociales de sus actos. La ética y la moral son conceptos estrechamente relacionados que, sin embargo, no significan lo mismo. La distinción más simple entre ellos es que la ética es la disciplina que estudia la moral, es decir, que reflexiona sobre los problemas morales. La moral es el conjunto de reglas y dilemas que regulan el comportamiento humano dentro de un determinado contexto o sociedad. La ética, por su parte, es una aproximación teórica que reflexiona a través de la razón y enuncia principios éticos que profundizan la naturaleza de los dilemas morales. Con frecuencia es la moral la que determina si una práctica es aceptada o no en una determinada sociedad, mientras que la ética es la que reflexiona sobre estas conductas. Un código de ética o código deontológico es un documento que contiene los lineamientos y valores indispensables para el ejercicio ético de cualquier profesión colegiada. En la mayoría de los casos se trata de fórmulas normativas y de responsabilidad, a las que debe ceñirse cualquier profesional que quiera ejercer de manera moral su profesión. La ética interviene en numerosos debates contemporáneos, por ejemplo: • La legalización del aborto: Distintos actores sociales en Occidente piden una legislación en materia de aborto, que permita una práctica normada, legal, sanitaria y responsable. Esta postura considera al aborto como una práctica que ocurre con regularidad pero clandestinamente y que a menudo lleva a problemas de salud e incluso a muertes cuando quienes lo practican no cuentan con la debida atención sanitaria. Por otro lado, quienes piden que no se legalice sostienen que todo aborto termina con las posibilidades de nacer y vivir del ser humano engendrado. • El consumo de carne animal: Mientras una parte de la población se alimenta de productos provenientes de los animales, distintos actores sociales están en contra de esta práctica, ya que defienden los derechos de la vida animal.La discusión no es solo si es ético consumir carne animal, sino también la defensa de los derechos animales. • La manipulación genética: Con el correr de las últimas décadas, la ciencia estudió la forma en que se construye el ADN Esto permite realizar modificaciones no solo para eliminar taras congénitas, enfermedades y dolencias, sino también para elegir el color de los ojos, la contextura, el sexo y otros rasgos fundamentales del funcionamiento bioquímico del cuerpo humano. Hasta qué punto es ético intervenir en el genoma de la especie es una pregunta todavía vigente y controversial en las discusiones éticas contemporáneas. • La eutanasia: La interrupción de la vida de un individuo que padece alguna enfermedad, sin perspectiva de cura, es motivo de dilema ético. Por un lado, los defensores de esta práctica sostienen el derecho de poner fin a su vida del individuo que padece las consecuencias de una enfermedad o patología. Por otro lado, los detractores de esta práctica están en contra por causas religiosas (sostienen que el cese voluntario de la vida va en contra de los deseos de Dios) o porque la entienden contraria al juramento hipocrático. La palabra "ética" procede del vocablo griego ethos, que posee dos sentidos fundamentales. Según el primero y más antiguo, ethos significaba 'residencia, morada, lugar donde se habita'. Se usaba, sobre todo en poesía, con referencia a los animales, para aludir a los lugares donde se crían y encuentran, a los de sus pastos y guaridas. Después, se aplicó a los pueblos y a los hombres para referir a su país o patria. Este sentido fundamental de ethos como lugar exterior o país en que se vive pasaría a significar posteriormente, en la época aristotélica, el lugar que el hombre lleva en sí mismo, el de su actitud interior, el de su referencia a sí mismo y al mundo. El ethos sería el suelo firme, el fundamento de la praxis, la raíz de la que brotan todos los actos humanos. La acepción más usual del vocablo ethos, según toda la tradición filosófica a partir de Aristóteles, y que atañe directamente a la ética, es la que significa 'modo de ser' o 'carácter'. De ahí que el vocablo ethos tenga un sentido más amplio que el que hoy tiene la palabra "ética", ya que lo ético comprende las disposiciones del hombre en la vida, su carácter, sus costumbres y también lo moral. En realidad se podría traducir por 'modo' o 'forma de vida' en el sentido hondo de la palabra, a diferencia de la simple "manera", tal y como sostuvo Xavier Zubiri; pero "carácter" no debe ser entendido en su sentido biológico, como temperamento dado con las estructuras psicológicas, sino como modo de ser o forma de vida que se va adquiriendo, apropiando, incorporando a lo largo de la existencia. Esta apropiación de una forma de vida se logra mediante el hábito, es decir, no es como el pathos ('lo dado por la naturaleza'), sino que se adquiere mediante la repetición de actos iguales. Lo ético se produce así en el entorno del círculo formado por las nociones de ethos, hábito y acto, en el que se resumen los dos significados usuales de ethos: el principio de los actos y el resultado de los mismos actos. Ethos es, por una parte, carácter acuñado, impreso en el alma por los hábitos; pero, por otra parte, ethos es también la fuente de donde dimanan los actos. La tensión entre ethos como carácter y ethos como fuente define el ámbito conceptual de la idea central de ética, como apuntó J. L. López Aranguren. Cuando los latinos tradujeron los sentidos de lo ético a su lengua lo hicieron con la palabra nos ("moral"), pero sin que se perdiera la riqueza de las distintas acepciones griegas, claramente perceptibles en el latín clásico. La obra moral del hombre parece consistir, al hilo de la etimología griega, en la adquisición de un modo de ser. Pero este modo de ser se logra y afirma gradualmente, por lo cual se dan diferentes niveles de apropiación: el pathos, las costumbres y el carácter. El más bajo es el nivel del pathos, el de los sentimientos, que son ciertamente míos, pero tal vez pasajeros y, de cualquier modo, escasamente dependientes de mi voluntad. Las costumbres significan ya un grado mucho más alto de posesión. Por encima de ellas, el carácter constituye una impresión de rasgos en la persona misma: el carácter es la personalidad que hemos conquistado a través de la vida, lo que hemos hecho de nosotros mismos, viviendo. Mos, en su sentido pleno, significa pues, como ethos, 'modo de ser' o 'carácter'. Pero el carácter se adquiere por hábito, se adquiere viviendo. Por eso, mos significa también 'costumbre'. Y, en fin, puede significar ocasionalmente 'sentimiento', porque los sentimientos constituyen una primera inclinación. La definición no ya etimológica sino real de "ética" ofrece las mismas dificultades que otras definiciones, como las de "filosofía" y "metafísica", ya que dependen del punto de vista filosófico que se adopte. Además, con frecuencia inciden en la palabra "ética" problemas distintos, aunque estrechamente relacionados entre sí, como el problema de qué debe hacer el hombre en particular y en general, o en determinadas circunstancias, para ser o para hacerse bueno; el problema de principio sobre el fundamento y la esencia de las acciones buenas; o el problema de la reflexión crítica sobre los modos vigentes de comportamiento y sobre las teorías acerca de sus principios. Ello hace que en el primer caso se hable de moral o teoría de las costumbres, en el segundo de ética, filosofía moral o "metafísica de las costumbres" (Kant) y en el tercer caso, que con frecuencia es difícil de distinguir del segundo, de meta-ética (especialmente en los países anglosajones). Hay que entender por "ética", por tanto, la investigación crítica de los fenómenos morales o bien de las normas morales de la conducta, es decir, la investigación sistemática tanto de los conceptos "bueno", "malo", "deber", "justo", "injusto", etc., como de los principios según los cuales usamos o deberíamos usar tales conceptos. Entendida así, la ética ha sido calificada con frecuencia, desde Aristóteles, de ciencia práctica para distinguirla de la filosofía teorética. Esta denominación provocó en la Filosofía Moderna no pocos equívocos, al no advertir que la ética trata primariamente del saber y no de la conducta y que, por tanto, su función no puede ser de suyo provocar decisiones morales concretas. No obstante, esta denominación de "filosofía práctica" es legítima, ya que las preguntas más abstractas de la ética están en definitiva orientadas a la conducta moral. A pesar de su etimología común, y a pesar de que ambas nociones se identificaron durante cientos de años a lo largo de la historia, actualmente es común diferenciar el concepto de ética del concepto de moral, sobre todo a partir de que se delimitaran ambos significados en la tradición filosófica anglosajona. De la mano de Adela Cortina clarifiquemos tal distinción. La ética se distingue de la moral por no atenerse a una imagen de hombre determinada, que un grupo humano acepta como ideal. Ello no quiere decir que el paso de la moral a la ética sea ir de una moral determinada a un eclecticismo, es decir, a una amalgama de modelos antropológicos; ni tampoco pasar hegelianamente a la moral institucionalizada como ética. En realidad, el paso de la moral a la ética implica un cambio de nivel reflexivo, es decir, supone pasar de una reflexión rectora de la acción a una reflexión puramente filosófica, que sólo de forma mediata puede orientar el obrar. La ética aparece así a caballo entre la neutralidad axiológica del científico y el compromiso del moralista por un ideal de hombre determinado. La ética es una teoría filosófica de la acción con una doble tarea que cumplir. Un primer momento trata de detectar los caracteres específicos del fenómeno universal de la moralidad. Un segundo momento de distanciamiento y elaboración filosófica sitúa al pensador moral en el ámbito de los argumentos que pueden ser universalmente aceptados. La primera tarea consiste primariamente en tener que habérselas con el hecho moral, hecho humano irreductible a otros y cuya no comprensión hace incomprensible el mundo humano. Es cierto que filósofos y científicos de todos los tiempos han intentado dar cuenta de moral desde la biología, la psicología, la sociología, la economía o la religión, pero los reiterados fracasos de esos intentos, por la tozudez de los hechos morales para emerger con nueva fuerza, han demostrado que lo moral no se rinde, sino que reaparece reiteradamente del modo más insospechado. La ética, pues, a diferencia de la moral, tiene que ocuparse de lo moral en su especificidad, sin limitarse a una moral determinada. La segunda tarea de la ética consiste en justificar teóricamente por qué hay moral y debe haberla, o bien en confesar que no hay razón alguna para que la haya. Como ha concluido Adela Cortina al respecto de esta distinción, el quehacer ético consiste en acoger el mundo moral en su especificidad y en dar reflexivamente razón de él, con objeto de que los hombres crezcan en saber acerca de sí mismos y en libertad. Esta reflexividad ética constituye un metalenguaje filosófico con respecto al lenguaje moral y, por tanto, no pretende aumentar el número de las prescripciones morales. La cuestión ética no es de modo inmediato ¿qué debo hacer? sino ¿por qué debo?, es decir, consiste en hacer concebible la moralidad, en tomar conciencia de la racionalidad que hay ya en el obrar, en acoger especulativamente en conceptos lo que hay de saber en lo práctico. Precisamente porque la tarea de la ética consiste en esclarecer el fundamento por el que los juicios morales se presentan con pretensiones de necesidad y universalidad, su objeto se encuentra en la forma de la moralidad, es decir, ha de proporcionar el procedimiento lógico que permita discernir cuándo un contenido conviene a la forma moral. Seis son los problemas principales que se plantean cuando se emprende la tarea de esbozar las cuestiones más importantes presentes en el devenir histórico de la ética: el problema de la clasificación de los niveles desde los que estudiar los fenómenos morales, el problema de la clasificación de las teorías éticas atendiendo al modo de considerar la norma suprema de la conducta moral, el problema de la clasificación de las teorías por el modo como pretenden descubrir las verdades morales, el problema de la esencia de la ética, el problema del origen de la ética y el problema del lenguaje de la ética. En primer lugar, se encuentra el problema de la investigación empírica de los fenómenos morales, tal y como se plantea en la antropología, en la historia, en la psicología y en la sociología. A este nivel pertenecen gran parte de los textos de la ética inglesa de los siglos XVII y XVIII, y también las teorías actuales sobre ética de influencia sociológica. En segundo lugar, hay reflexiones del mismo tipo que las que aparecen en muchos diálogos platónicos, por ejemplo al comienzo del Critón, en las que se afirma y se prueba un juicio normativo, como "no debo mentir" o "el saber es bueno", o, a la inversa, se propone un principio universal y se deduce de él un principio normativo. En tercer lugar, hay reflexiones sobre problemas lógicos, gnoseológicos, semánticos o metafísicos, del tipo de "¿qué queremos decir cuando llamamos a algo "moralmente bueno"?", "¿cómo pueden fundamentarse los juicios éticos?", "¿qué es la moral?", "¿qué significa "moralmente responsable"?", etc. El primer grupo de cuestiones, por muy importantes que sean para la ética, no pertenecen de suyo a la ética, sino que son pura investigación de hechos que no se ocupa de ningún modo de un pensamiento normativo en cuanto tal. Actuarían como presupuestos de la ética, pero no serían ética en sentido estricto. En segundo lugar, por lo que se refiere al problema de la norma suprema de la conducta moral, las teorías éticas pueden ser teleológicas o deontológicas, o ambas cosas a la vez. Las doctrinas teleológicas afirman que la norma suprema de la moral es algo causado por las acciones humanas, aunque dicha norma está fuera del campo de lo moral, como por ejemplo el placer, el poder, el saber, la autorrealización, la perfección, la felicidad, etc. Las teorías deontológicas, por el contrario, defienden la concepción de que la norma suprema de la moral es una cualidad de las mismas acciones humanas. Las formas fundamentales de las teorías teleológicas son, por una parte, el egoísmo ético de Epicuro y Hobbes, en los que la norma es la felicidad del individuo, y, por otra, el utilitarismo, en el que la norma se sitúa en la felicidad de la mayoría. Según las teorías deontológicas, la cualidad moral de una acción consiste o en su libertad, veracidad, etc., como ocurre en el existencialismo, o en que la acción corresponda a una regla universal o a un deber ideal, como en la ética de Kant. Una forma mixta sería la ética de Aristóteles, con su principio de eudemonía, o la de Santo Tomás de Aquino, con el fin supremo de alcanzar la visión de Dios, en las que conseguir la suprema felicidad subjetiva implica también la fidelidad a los supremos valores de las acciones humanas, y viceversa. En tercer lugar, por lo que se refiere al problema sobre el modo de descubrir las verdades morales, los sistemas éticos han sido intuicionistas, emotivistas, prescriptivistas o naturalistas. Las éticas intuicionistas, como las de Moore, Prichard, Scheler y Hartmann, opinan que el ser humano está en condiciones de conocer ciertos contenidos no empíricos, a los que llamamos "valores" o "el bien". Quienes defienden la teoría intuicionista deben afirmar una intuición intelectual distinta del conocimiento sensible para explicar el estatuto ontológico de los valores. El emotivismo de Stevenson tiene su origen en la doctrina positivista, según la cual sólo tienen sentido semántico las proposiciones empíricamente verificables, por lo que los juicios morales, al no ser empíricamente verificables, no tienen contenido informativo y son sólo expresiones del sentimiento. El prescriptivismo de Kant o de Hare no considera los juicios morales ni como informaciones ni como expresiones del sentimiento, sino como imperativos o indicaciones que dejan sin explicar de dónde proceden tales mandatos. Para el naturalismo ético, los juicios normativos no pueden reducirse a los descriptivos, pero pueden ser fundamentados con su ayuda. En cuarto lugar, sobre la esencia de la ética caben dos posturas antitéticas: considerar que la ética ha de ser una disciplina formal, o bien considerar que ha de ser material. No es que existan en forma pura ninguna de las dos, pero el predominio del elemento formal en la filosofía práctica de Kant, y del elemento material en casi todos los demás tipos de ética, ha llevado a contraponer el kantismo al resto de las doctrinas morales. Para Kant, los principios éticos superiores, los imperativos, son absolutamente válidos a priori y tienen con respecto a la experiencia moral la misma función que las categorías con respecto a la experiencia científica. Esta inversión del origen de los principios éticos respecto a las morales tradicionales conduce al trastorno de todas las teorías existentes con respecto al origen de los principios éticos, de modo que Dios, libertad e inmortalidad no son ya los fundamentos de la razón práctica, sino sus postulados. De ahí que el formalismo moral kantiano exija la autonomía ética, el hecho de que la ley moral no sea ajena a la misma personalidad que la ejecuta. Las éticas materiales se presentan como opuestas a este formalismo kantiano. Hay dos tipos de éticas materiales: la ética de los bienes y la de los valores. La ética de los bienes comprende las doctrinas que, fundadas en el placer o en la felicidad, comienzan por plantearse un fin. Según sea este fin, la moral se llama utilitaria, perfeccionista, evolucionista, religiosa, individual, social, etc. Tienen en común que la bondad o maldad de los actos depende de la adecuación o inadecuación con el fin propuesto, y no de la obediencia absoluta al deber, como en Kant. La ética de los valores representa una síntesis entre forma y materia moral y una conciliación entre el empirismo y el apriorismo moral. El mayor representante de este tipo de ética fue Max Scheler, quien la definió como un apriorismo moral material, pues en él empieza por excluirse todo relativismo, aunque, al mismo tiempo, se reconoce la imposibilidad de fundar las normas efectivas de la ética en un imperativo vacío y abstracto. En quinto lugar aparece el problema del origen de la ética. Aquí, las discusiones ha girado en torno al carácter autónomo o heterónomo de la moral. Los partidarios del carácter autónomo sostienen que lo que se hace por una fuerza o coacción externa no es propiamente moral. Para los defensores del carácter heterónomo no hay de hecho posibilidad de acción moral sin esa fuerza extraña, que puede radicar en la sociedad o en Dios. A ellas se han sobrepuesto tendencias conciliadoras que ven la necesidad de la autonomía del acto moral, pero niegan que esta autonomía destruya el fundamento efectivo de las normas morales, pues el origen de acto puede distinguirse perfectamente de la cuestión del origen de la ley. Otras discusiones sobre el origen se han referido más bien al origen efectivo de los preceptos morales en el curso de la historia o en la evolución del individuo, y han conducido a contraponer entre sí las tendencias aprioristas y empiristas, voluntaristas e intelectualistas, que quedan con frecuencia sintetizadas en una concepción perspectivista en la que voluntarismo, intelectualismo, innatismo y empirismo se conciben como meros aspectos de la visión de los objetos morales, de los valores absolutos y eternamente válidos, progresivamente descubiertos en el curso de la historia. En sexto y último lugar surge el problema del lenguaje de la ética, respecto al cual se han elaborado varias teorías de la mano de autores como C. K. Ogden e I. A. Richards, J. Dewey, A. J. Ayer, R. B. Perry, Ch. L. Steven, R. M. Hare, etc. Así, por ejemplo, J. Dewey distinguía entre términos valorativos, como "deseado", y términos descriptivos, como "deseable"; es en este segundo grupo en el que se incluyen los términos éticos. Ogden y Chards diferenciaron entre lenguaje indicativo o científico, y lenguaje emotivo o no científico, al que pertenece el lenguaje de la ética. Ayer y Carnap defendieron el análisis emotivo en la ética, que consistía en hacer de los juicos valorativos juicios metafísicos, es decir, teóricos y no verificables. Hare ha examinado sobre todo los usos de los términos éticos y axiológicos, y ha mostrado que, cuando todos ellos están dentro de un lenguaje prescriptivo, no pueden confundirse los imperativos con los juicios de valor. Todas estas investigaciones sobre el lenguaje de la ética tienen en común el haber descubierto que hay un lenguaje propio la ética, que este lenguaje es de naturaleza prescriptiva, que se expresa mediante datos o mediante juicios de valor y que no es posible en general un estudio de ética sin un previo estudio de moral. Ahora, os voy a confesar algo. Me he animado a escribir este Tratado sobre Ética siguiendo las enseñanzas que nos dejó en su día el ilustre profesor José Luis López Aranguren (nacido en 1909). Este catedrático de ética de la Universidad de Madrid de 1955 a 1965, que fue separado de la docencia por razones políticas, ha ejercido una enorme influencia sobre varias generaciones de filósofos españoles, entre ellos, yo por supuesto. A lo largo de la historia se han vivido numerosas guerras de religión, que suprimían unas creencias para sustituirlas por otras. Se tiene la sensación de que la moral católica fue impuesta y defendida acérrimamente por el rey Felipe II. Asimismo, la entrada en clausura se convirtió en un rentable negocio de la España imperial. El hijo primogénito heredaba el mayorazgo; si había segundones varones, éstos eran enviados a las Américas; y a las hembras que no se podía casar, se la dotaba de una dote y se las encerraba en las numerosas clausuras que florecían en esta época. Éstas iban a ser las encargadas de rezar por el alma de todos sus familiares, conquistando así un cacho de cielo. Lo cierto es que con la moralidad católica se jugó demasiado, poniéndola en tela de juicio. Yo, como ya sabrán los lectores, soy Geógrafo e Historiador, por lo que ante estas situaciones caóticas nace en mi interior el enfrentamiento entre una sólida ética y una moral que pretendía ser inquebrantable. Es decir, yo asumí las enseñanzas del filósofo Aranguren como forma de agarrarme a un asidero fuerte, del que todavía no me he deshecho. ¡Bien! Y, una vez planteado el origen de este ensayo, vamos a dar las pinceladas principales que dibujan la figura del notable ensayista José Luis López Aranguren. Como ya hemos dicho, en 1965 Aranguren fue separado de la docencia por razonas políticas. Desde entonces ha enseñado en diversas universidades americanas, alternando la docencia con intervenciones públicas, conferencias y abundantes publicaciones. Algunas de ellas son: Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952), El protestantismo y la moral (1954), Ética (1958), Ética y política (1963), Moral y sociedad (1965), El marxismo como moral (1967), La comunicación humana (1967), Juventud, universidad y sociedad (1971), Sobre imagen, identidad y heterodoxia (1981). Retornó a su cátedra en 1976 con el advenimiento de la democracia. Su reflexión ha estado siempre centrada, como bien puede deducirse por los títulos de sus obras, en los problemas éticos, con especial atención a su vertiente sociológica. Ha elaborado una teoría del “talante” para poder distinguir a continuación el talante religioso católico del protestantismo. Ha analizado también con detenimiento las relaciones entre ética y religión. En los últimos años se ha convertido en una de las voces españolas más respetadas, asumiendo la función crítica del intelectual, nunca al servicio de nadie y siempre presto a la denuncia cuando la ocasión lo merece. Pero, más allá del valor intrínseco indudable de su obra, nos encontramos aquí con un pensador emblemático que, precisamente con su talante, digamos “socrático”, ha sabido ejercer una enorme influencia sobre varias generaciones de jóvenes españoles. Fue, en un momento de pertinaz sequía intelectual y moral, uno de los pocos con quien la juventud españolapudo aprender a valorar, a respetar, a analizar. En él encontramos siempre el ánimo y el estímulo necesarios para ahondar críticamente en nuestras particulares inclinaciones teoréticas, ya fuesen de índole filosófica, sociológica o política. Dicho lo cual, vamos a comentar extensamente algunas obras de Aranguren. • J. L. L. ARANGUREN, Ética, Trotta, Madrid, 1994. Nació en Avila el 9 de junio de 1909. Estudió Derecho y Filosofía, con profesores como Ortega y Gasset o Zubiri. Desde 1955 a 1965 fue profesor de Etica y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Separado de su cátedra en 1965 -junto a Agustín García Calvo y Enrique Tierno Galván- por participar en una manifestación estudiantil, se marchó a Estados Unidos ejerciendo como profesor en la Universidad de California. En 1976 fue repuesto en su cátedra de Madrid hasta su jubilación en 1980. Aranguren es un profundo analista de la filosofía de Unamuno y Ortega. Ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1989. El pensamiento de Aranguren se ha caracterizado en todo momento por su heterodoxia e inconformismo, preocupado de una manera constante por la participación en la vida pública. Falleció en Madrid el 17 de abril de 1996. Este libro, por ser filosófico, es de moral pensada. Sin embargo, pretende orientarse hacia la moral vivida, religiosa o secularizada, minoritaria o social, personal o usual. Por vez primera, en la España de 1955 a 1965, se comienza a hablar, a razonar y a debatir sobre ética de otra manera: nada que ver con las disciplinas oficiales de la rancia e integrista moral tradicional. Es, señala Javier Muguerza, “el nacimiento de la ética filosófica en España”. • J. L. L. ARANGUREN, Ética y sociedad, Trotta, Madrid, 1995. Este libro contiene parte de las obras completas del filósofo José Luis L. Aranguren. SUMARIO: Ética y política; El marxismo como moral; Moralidades de hoy y de mañana; Sobre imagen, identidad y heterodoxia; Ética de la felicidad y otros lenguajes; Erotismo y liberación de la mujer; España: una meditación política. • J. L. L. ARANGUREN, Moral, sociología y política II, Trotta, Madrid, 1996. Este libro contiene parte de las obras completas del filósofo Jose Luis L. Aranguren. SUMARIO: La comunicación humana; Entre España y América; El oficio del intelectual; La democracia establecida; Bajo el signo de la juventud; La vejez. • J. L. L. ARANGUREN, FILOSOFÍA Y VIDA INTELECTUAL: Textos fundamentales, Edición de Carlos Gómez, Trotta, Madrid, 2010. Las Obras Completas de José Luis L. Aranguren, publicadas en esta misma Editorial, comprenden seis amplios y densos tomos. Mas al estudioso, y al lector en general, puede serle de utilidad contar en un solo volumen con una presentación de las líneas de fuerza de ese pensamiento a través de sus textos, lo que, llegado el caso, permitirá más tarde, al interesado o al investigador, proseguir sus búsquedas. Para ello, el editor de este libro, Carlos Gómez, ha conjugado los criterios sistemático y cronológico, al destacar ante todo, conforme a los temas recurrentes del propio Aranguren, tres campos fundamentales de interés: «La religión y las actitudes religiosas», «La ética y la vida moral» y «La política y el oficio del intelectual». En los textos seleccionados, en general de carácter amplio, se plantean las tesis centrales de cada obra, mientras que su interna ordenación cronológica permite seguir la evolución del pensamiento de Aranguren, sus reelaboraciones e inflexiones, así como el —a veces, muy notorio— cambio de acento, dentro de un mismo interés. A esos tres grandes apartados se agrega un segundo trío temático: «Escritos autobiográficos», «Crítica literaria y otros escritos» y, finalmente, los «Escritos de intervención» en la vida pública, cuyo pulso Aranguren siguió siempre atento y vigilante a través de su intensa labor intelectual. Un estudio introductorio en el que se analiza la pluralidad de ese legado filosófico, a cargo del propio Carlos Gómez, y la reproducción, como epílogo, del excelente testimonio biográficointelectual constituido por la amplia «conversación» que José Luis Aranguren mantuvo, en 1992, con Javier Muguerza, completan este volumen. • J. L. L. ARANGUREN, LA IZQUIERDA: El poder y otros ensayos, Trotta, Madrid, 2005. Entre 1982 y la fecha de su fallecimiento en 1996, José Luis L. Aranguren desplegó una intensa «acción intelectual», plenamente inscrita en su reflexión moral, la cual nunca dejó de exigir la necesaria convergencia de ética y política ni de destacar la importancia del «oficio de intelectual» para la vida democrática. Los treinta y cinco textos (ensayos, artículos e intervenciones públicas) reunidos por vez primera en esta edición, en una selección al cuidado de Antonio G. Santesmases, comparten un mismo tema, «la izquierda y el poder», y encuentran su motivación inmediata en la circunstancia política y social de los catorce años de gobiernos socialistas en España comprendidos entre 1982 y 1996. Este hecho de la llegada de la izquierda al poder supone para el último Aranguren, lejos de cualquier condescendencia, una ocasión renovada de ejercer la crítica de lo establecido desde la insistencia en la propuesta utópica de una izquierda distinta de la gubernamental. A partir de la contraposición entre «democracia establecida» y «democracia como moral», Aranguren concibe la democracia como tarea interminable y actitud que «nunca puede dejar de ser lucha por la democracia». De esta forma quiere hacer valer la demanda ética frente a la demanda política: «Mi camino será la prosecución de una moderada pero firme disidencia». • J. L. L. ARANGUREN, Estudios literarios, Gredos, Madrid, 1976. En el principio de la biografía y la producción intelectual de Aranguren (años de 1945 a 1955), la cuestión religiosa aparece como preocupación central y tema de sus principales libros. Pero, frente al dogmático y totalitario nacionalcatolicismo impuesto por la fuerza en la España de la postguerra, se trata siempre en él de una religiosidad vivida y entendida con espíritu de apertura, de crítica y de contenida disidencia. Él siempre se consideró un cristiano heterodoxo. • Carmen HERRANDO, José Luis L. Aranguren, Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, 2006. Alguna vez he tenido ocasión de aludir a la importancia extrema que cobra el hecho de que se vuelva a hablar de religión entre seglares y de que, particularmente los hombres de letras, traigamos ésta a capítulo, quiero decir, al centro de nuestra vida intelectual y literaria. Es menester su incorporación a nuestro pensamiento y a nuestra expresión, a nuestra literatura en suma, vivificando y actualizando así temas abandonados durante dos siglos al sermón, al libro piadoso a al tratado teológico.Pues a los clérigos corresponderá -aunque tampoco exclusivamente a ellos, al final volveremos sobre esto- hacer profunda la meditación cristiana. Pero a nosotros los seglares nos compete, sin duda, hacerla interesante, para lo cual, evidentemente, lo primero que hemos de hacer es interesarnos de veras en ella. • J. L. L. ARANGUREN, Ávila de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, Planeta, Barcelona, 1993. En sus cursos sobre el neopositivismo o la analítica anglosajona, en su Ética (de 1958), Aranguren incorpora y confronta sus posiciones con la mejor filosofía moderna y contemporánea. Pero, a la vez, el contacto diario con los estudiantes, en momentos de gran movilización contra la dictadura, va a ir produciendo en él una más explícita preocupación política y social, un necesario diálogo con la filosofía marxista y un más directo acercamiento a los sectores y grupos de la oposición democr{atica. • J. L. L. ARANGUREN, Filosofía y religión, Trotta, Madrid, 1994. Se trata del primer tomo de las obras completas de José Luis López-Aranguren dedicado a sus obras de filosofía y religión; se incluyen en este tomo las obras siguientes: La filosofía de Eugenio d'Ors, Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, Catolicismo, día tras día, Contralectura del catolicismo, La crisis del catolicismo y El cristianismo de Dostoievski. • F. BLÁZQUEZ, José Luis L. Aranguren. Medio siglo de la historia de España, Editorial Ethos, Madrid, 1994. Sin adscripción institucional alguna de carácter partidario, Aranguren siempre fue reticente a ello, en estos y otros trabajos concordantes sus posiciones están realmente muy cercanas a la socialdemocracia; así, su ética de laaliedad, el intervencionismo ético del Estado, su insistencia en la democratización económica y social, la profundización del Estado de Derecho en un Estado de justicia, etc. • Javier MUGUERZA, Retrato de José Luis L. Aranguren, Círculo de Lectores, Barcelona, 1993. Tras su expulsión de la universidad española, desde finales de los sesenta y su experiencia americano-californiana, aquel compromiso de fondo iba a mostrarse cada vez más en ambivalente tensión con -son sus propias palabras- “la tentación más propia del intelectual y del filósofo moderno”, la que él mismo califica como “la tentación ácrata”. Y así sería ya Aranguren, en fructífera y a veces no proporcionada dualidad, hasta el final: se acentúa su interés por la ética de la sociedad civil y de colectivos y nuevos movimientos dentro de aquélla. El infiel Aranguren, se ha dicho y hasta por él mismo como más propia identificación; en cualquier caso, recuerda otra vez J. Muguerza, con una constante fidelidad básica a, entre otras cosas fundamentales, su pasión por la libertad, su afán de luchar en defensa de los derechos humanos. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Un TRATADO es un acuerdo celebrado entre sujetos jurídicos internacionales. Estos últimos son aquéllos a los que el ordenamiento internacional otorga personalidad jurídica, de manera que son los únicos que pueden dar lugar a tratados, pues los acuerdos que firmen otros agentes del tráfico internacional no tendrán tal consideración. Los tratados pueden ser clasificados siguiendo varios criterios, uno de los cuales es el que distingue entre tratados-contrato y tratados-ley. Los primeros son el instrumento a través del cual se realiza un negocio jurídico internacional, y reciben ese nombre por su semejanza con los contratosdel ámbito interno. A través de ellos se crean obligaciones jurídicas (derechos y deberes) entre los estados, cuyo cumplimiento genera la extinción de los mismos. Los tratados-ley son la principal fuente del derecho internacional, pues con ellos se crean normas internacionales que palían en parte la ausencia de un legislador internacional. Responden a la existencia de una comunidad de intereses entre varios estados, que dan origen a unas normas jurídicas a las cuales todos se someten.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio