viernes, 5 de julio de 2024

ENSAYO LITERARIO. El oficio de escribir.

ALGUNOS ENSAYOS DE MUESTRA El lenguaje es esencial en el aprendizaje de la cultura y, por ende, es esencial en las aulas universitarias. El lenguaje hablado interactivo, en general, ocurre en todo momento. Cosa distinta es el lenguaje escrito. Y, hecha esta matización, pasaremos a centrarnos en varios ejemplos de ensayos. E investigando, nos encontramos con Reflexiones sobre el exilio y otros ensayos literarios y culturales, obra de Edward W. Said y traducción de Rosa Gallego Blanco. Se trata de la selección definitiva de los ensayos culturales y literarios de Edward W. Said realizada por el propio autor. Este libro reúne ensayos sobre temas culturales y literarios escritos por Edward W. Said a lo largo de tres décadas de intenso trabajo intelectual y político. Vistos en conjunto y con la perspectiva crítica que concede el tiempo, estos textos -seleccionados por el propio autor como compendio de su carrera humanista- nos ofrecen la oportunidad de contemplar la evolución y formación de un combativo profesor, un hombre de palabra y acción, así como el desarrollo de una vocación por el conocimiento del mundo llevada hasta sus últimas consecuencias. De sus reflexiones sobre la cultura popular, que le llevan a calificar a Tarzán de «exiliado permanente» o evocar la figura de la bailarina del vientre Tahia Carioca, al machismo y la tauromaquia de Hemingway, pasando por las diferencias que distinguen ciudades como Alejandría y El Cairo, o sus indispensables capítulos sobre música (Gould, Boulez, Wagner, Beethoven y Bach), el autor de Orientalismo expone en estos artículos su punto de vista inteligente y siempre contrario a la edificación de cánones literarios. Martha C. Nussbaum escribió al respecto, en The New York Times Book Review lo siguiente: “El retrato de una vida intelectual ejemplar en la cual rigor y claridad se unen con coraje y compromiso [...] Esta es, con toda seguridad, una de las obras más importantes de la cultura y las humanidades que América ha producido en los últimos años.” Edward W. Said (1935-2003), más concretamente, fue uno de los intelectuales árabes más importantes del siglo XX. Nacido en Jerusalén en una familia palestina, se educó en el Victoria College de El Cairo, en el Mount Hermon School de Massachusetts y en las Universidades de Princeton y Harvard. Fue profesor de literatura inglesa de la Universidad de Columbia desde 1963 hasta su muerte. Además, en 1974 fue profesor visitante de literatura comparada en Harvard; en 1975-76, miembro del Center for Advanced Study in Behavioral Science de Stanford, y en 1979, profesor visitante de humanidades en la Universidad de John Hopkins. Fue director del Arab Studies Quarterly y miembro del Council on Foreign Relations de Nueva York, de la Academy of Literary Studies y del PEN. Entre múltiples premios recibió el Premio Bowdoin de la Universidad de Harvard y el Lionel Trilling Award en 1976, así como el Príncipe de Asturias en el año 2002. Por otra parte, vamos a traer aquí diez ejemplos de ensayos cortos. Los ensayos cortos son escritos en los que se analiza y comenta un concepto, idea o asunto de manera medianamente breve. En ellos, el autor hace explícita su visión y opinión personal al respecto. Antes de elaborar un ensayo, su autor lleva adelante una investigación para contar con el material necesario a la hora de argumentar sus posturas. Por ejemplo: una tesis, una monografía o un reporte. Los ensayos pueden tratar los temas más variados, pertenecientes a cualquier disciplina. Su autor siempre debe tener cierto conocimiento sobre la materia para poder analizar y emitir juicios al respecto. Además, con la elaboración de un ensayo, su autor enriquece la información existente sobre el tema abordado. Los ensayos son textos reflexivos porque no brindan resultados concluyentes sobre el asunto abordado sino que aportan elementos para reflexionar. A la vez, son textos argumentativos, puesto que desarrollan razones que refuerzan la hipótesis del autor. Además, los ensayos son expositivos porque antes de argumentar deben incluir una explicación sobre las ideas que motivan la elaboración del ensayo. Ejemplos de ensayos cortos son: • Meditaciones del Quijote, de José Ortega y Gasset. • Ensayo sobre la amistad, de Alberto Nin Frías. • Las redes sociales y la problemática público-privado, de Florencia Pellandini. • La pobreza es multidimensional: Un ensayo de clasificación, de Javier Iguiñiz Echeverría. • Sobre la desobediencia, de Erich Fromm • Ensayo sobre el cambio climático y la responsabilidad social empresarial, de Cristhian Iván Tejada Mancia. • La Revolución Rusa de 1917: Un análisis constructivista de la Revolución de Octubre, de Ximena Mía Gómez Cosío Vidaurri. • Jean Paul Sartre: breves reflexiones sobre su pensamiento anticolonial, de Marcos Govea y Marielvis Silva. • Aportes sobre el origen del conflicto armado en Colombia, su persistencia y sus impactos, de Javier Giraldo Moreno. • Si no hubiera existido Borges, de Beatriz Sarlo. En definitiva, el ensayo es un tipo de texto en prosa que explora, analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico. ... Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo. Tiene como finalidad argumentar una opinión sobre el tema o explorarlo. EL SUBGÉNERO DIDACTICO-ENSAYÍSTICO 1. Definición 2. Los géneros didáctico-ensayísticos 3. Principales subgéneros didácticos 4. ¿QUÉ es el ensayo? 5. El ensayo como herramienta en la enseñanza - Presentación - Una fragmentación estructurada - Creatividad y argumentación - La estructura ensayística como problema - El tono personal y el aspecto biográfico del ensayo 6. Conclusión 7. Referencias bibliográficas El subgénero didáctico-ensayístico 1. Definición El ensayo es un género literario que no está suficientemente definido. Históricamente, ha sido aquel que no se podía incluir en las categorías tradicionales (narrativa, poesía y teatro). Se caracteriza porque la opinión (lo ideológico) predomina sobre lo estético. Hay autores, como Huerta y Calvo, que lo integran dentro de los géneros didáctico-ensayísticos y otros, como María Elena Arenas, que lo ven como un género argumentativo. 2. Los géneros didáctico-ensayísticos Esta categoría dentro de los géneros literarios tiene como finalidad la enseñanza o la divulgación de ideas. Para ser considerada literatura, debe tener un lenguaje elaborado y estético, aunque pasaría a un segundo plano frente a las ideas. En cuanto a los géneros didáctico-ensayísticos, estos ofrecen tres tipos: 1. Obras de carácter objetivo: discursos, biografías, libros de viajes… 2. Obras de carácter subjetivo: autobiografías, confesiones, ensayos… 3. Obras de predominio dramático: diálogos. No obstante, hay que tener en cuenta que los géneros literarios no son categorías cerradas y podemos encontrar una mezcla de géneros en una misma obra literaria. El género didáctico es el género literario que tiene como finalidad la enseñanza o la divulgación de ideas expresadas de forma artística, con un lenguaje elaborado y recursos de la filosofía. Es posterior a los tres géneros clásicos (épico, lírico y dramático) que constituyen la literatura, que a su vez es considerada como una de las Bellas Artes. Se categorizan en este género textos como El libro de ajedrez de Alfonso X el Sabio, los escritos de mística, y los ensayos como los de Miguel de Unamuno. 3.Principales subgéneros didácticos • Ensayo: subgénero didáctico en el que se plantea un problema y se defiende desde el enfoque personal de su autor; es de estructura flexible, no utiliza expresamente aparato crítico ni biografía y está escrito con voluntad de estilo, con la voluntad de persuadir o convencer. • Enseñanza general: subgénero didáctico que pretende hacer partícipe a cada persona de una parte de la cultura y las realizaciones prácticas desarrolladas por la humanidad. Se subdivide en lecciones o lecturas comentadas, discursos, conferencias... • Diálogo: subgénero didáctico muy cultivado en la época clásica y renacentista, en el que se hace exposición de las ideas del autor mediante el debate entre varios personajes que pueden darse en momentos de discusiones para tratar varios temas. Históricamente hubo tres subgéneros de diálogos: los platónicos, los ciceronianos y los lucianescos. • Tratado: subgénero didáctico extenso en prosa, generalmente para especialistas, es decir, su comprensión completa requiere unos conocimientos previos. • Poema didáctico: subgénero didáctico extenso en verso, generalmente destinado a profanos en una materia. Los primeros poemas didácticos los compuso el griego Hesiodo: Teogonía y Trabajos y días. • Oratoria: el autor pretende convencer solamente mediante la comunicación oral. Una clasificación más amplia nos permite ver la gran diversidad de formas que puede adoptar este género. 4.¿Qué es el ensayo? La propia Real Academia Española de la Lengua ha cambiado la definición de ensayo. Cuando incluyó por primera vez el término ensayo en el diccionario, la definición era la siguiente: Escrito, generalmente breve, sin el aparato ni extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia. En la actualidad, la definición de ensayo del DRAE es: Escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales. Por otra parte, destacan las siguientes características del ensayo. Según José Luis Martínez, el ensayo tiene los siguientes rasgos básicos: • Trata un tema de actualidad y frecuentemente cotidiano • No tiene una estructura rígida • Carácter subjetivo y espíritu crítico • Presencia de digresiones • Utiliza la prosa • No tiene pretensión de exhaustividad • Sus citas son imprecisas • Carácter dialogal • Pretensión de sugerencia • Voluntad de estilo • Variedad temática • Libertad de tono • Relativa brevedad • Originalidad ¿Qué es la Fase de Ensayo Didáctico? Es una fase de la práctica docente que consiste en simulaciones didácticas hipotéticas para vincular al estudiante con su campo de trabajo; para que desarrolle y utilice habilidades y destrezas en la labor docente, mediante la aplicación práctica de los conocimientos teóricos logrados y adquiridos en las asignaturas de la especialidad elegida. Su propósito es que el estudiante ejercite, desarrolle, corrija, consolide destrezas y habilidades docentes específicas del nivel y la especialidad a través del diseño, ejecución, planificación y evaluación de intervención didácticas en ambientes pertinentes con el fin de fortalecer la formación personal y profesional compartida con el quehacer educativo. Entre sus objetivos, está: 1. El consolidar en los estudiantes las habilidades y destrezas docentes en función a su especialidad. 2. Generar procesos didácticos que le permitan afianzar su compromiso con el quehacer educativo. 3. Demostrar habilidades y destrezas interactivas e innovadoras adquiridas para la enseñanza de los contenidos de su especialidad. 4. Comparar los diversos modelos educativos. 5. Elaborar diseños instruccionales con base a los programas educativos de las asignaturas de su especialidad y del nivel correspondiente (primaría, secundaria, técnica y Profesional). 6. Seleccionar las estrategias metodológicas con los programas oficiales del Ministerio del Ministerio de Educación y Ciencia para la Educación, para la enseñanza de las asignaturas de su especialidad. 7. Aplicar a través de microclases, el diseño instruccional elaborado. 8. Sustentar su práctica docente. 5. El ensayo como herramienta en la enseñanza 5.1. Introducción En otro sentido, proponemos que el género discursivo del ensayo podría considerarse una herramienta válida para la enseñanza y el aprendizaje de la escritura académica, ya que ofrece al alumno una amplia libertad de enfoque sin obviar la coherencia argumentativa y expositiva. A partir de la caracterización del ensayo que realizan diferentes textos críticos, estos rasgos constitutivos del género permitirían una aproximación didáctica que lograría un aprendizaje significativo de los conocimientos teóricos y metodológicos de los géneros discursivos académicos e institucionales. La enseñanza y el aprendizaje de la escritura académica en el ámbito de la educación superior son procesos complejos, pero también desafiantes y motivadores. Si bien la educación media incorpora cada vez más instancias curriculares (talleres, materias, seminarios, etc.) relacionadas con la lectura y escritura en el ámbito académico, lo cierto es que no todos los alumnos ingresantes a la universidad poseen estos conocimientos previos. Por lo tanto, la institución superior les pide a estos estudiantes que adquieran en muy poco tiempo todo un bagaje de conocimientos nuevos teóricos, formales y metodológicos. A aquellos alumnos que ya tienen una cierta formación en los géneros discursivos académicos, la educación superior considera que deberían ser capaces de integrar los nuevos conocimientos con los antiguos, logrando una mayor sistematización de los mismos y realizando un proceso de reflexión. A su vez, los docentes muchas veces no encuentran las herramientas, las estrategias de enseñanza adecuadas para transmitir a los alumnos los lineamientos críticos y metodológicos de la comprensión y producción de textos orales y escritos. La rigidez de ciertos elementos formales de la comunicación académica puede ir en detrimento del elemento motivacional necesario para un aprendizaje significativo y con sentido. Proponemos que el género discursivo del ensayo podría ser una herramienta válida para la enseñanza y el aprendizaje de la escritura académica, ya que ofrece al alumno una amplia libertad de enfoque sin obviar la coherencia argumentativa y expositiva. A partir de la caracterización del ensayo que realizan diferentes textos críticos, planteamos que estos rasgos constitutivos del género permiten una aproximación didáctica que lograría un aprendizaje significativo de los conocimientos teóricos y metodológicos de los géneros discursivos académicos e institucionales. 5.2. Una fragmentación estructurada La bibliografía crítica que analiza al género de ensayo es muy amplia y variada. Una revisión pormenorizada de las fuentes excede lo que pretendemos; por lo tanto, nos centraremos en algunos de los textos críticos clásicos sobre el ensayo. En primer lugar, y siempre teniendo en cuenta que nuestra perspectiva de análisis es la enseñanza de los diferentes géneros discursivos académicos, sería posible definir al ensayo como un comentario libre en torno de un suceso, un tema o un producto artístico. En el ensayo, la libertad de enfoque que tiene el autor es muy grande; en general, este tipo de texto suele prescindir de un aparato crítico exterior, aunque siempre se mantiene dentro del rigor intelectual. Botta y Warley explican que el ensayo parte de una tesis personal que incluye juicios de valor sobre el tema tratado y que tendría que revelar siempre una “originalidad creadora”. Es interesante señalar que si bien el ensayo puede adoptar libremente un enfoque personal, aspirar a un cierto matiz literario y prescindir del aparato crítico externo, esto no significa que puede obviar la firme coherencia expositiva y argumentativa; de hecho, Botta y Warley sostienen que “un buen ensayo es aquel que puede, en cualquier momento, recuperar su andamiaje de citas y notas que constituyen el aparato crítico”. Precisamente, este grado de libertad creativa, que no renuncia a la estructuración de la escritura académica, es la característica que nos interesa destacar del género del ensayo, ya que permitiría propiciar un aprendizaje significativo. Este rasgo distintivo de la escritura ensayística puede vincularse con los lineamientos de una estrategia de enseñanza como la resolución de problemas. Revisemos ahora algunas de las principales posturas teóricas sobre el género, centrándonos particularmente en sus análisis sobre esta “fragmentación estructurada”. Según Georg Lukács, el ensayo no formaría parte del campo de la ciencia, antes bien se establecería como un género artístico, como una “forma de arte”, pero sin nunca borrar del todo el límite entre arte y ciencia. El ensayo no posee esa perfección definitiva de la filosofía y de la ciencia, pero eso no significa que no tenga la capacidad de una “nueva reordenación conceptual de la vida”. Lukács sostiene que el ensayista contrapone su “creación fragmentaria a las pequeñas perfecciones de la exactitud científica”, por lo tanto, el ensayo no brinda conclusiones absolutas y perpetuas. El ensayo es un juicio, “pero lo esencial en él, lo que decide de su valor, no es la sentencia […], sino el proceso mismo de juzgar”. El ensayo, género artístico, se “enfrenta con la vida con el mismo gesto de la obra de arte, pero sólo con el gesto” (Lukács). En su análisis sobre el ensayo, Jean Starobinski (1998) toma como punto de partida los Essais de Montaigne, para describir algunas características generales del género discursivo. Starobinski sostiene que “el ensayo es el género literario más libre”, ya que su ley es poner a prueba todo, observar e investigar constantemente. La indagación continua, dudar de todo lo que se cree saber del objeto o tema del ensayo, supone riesgo, imprevisión. La condición del ensayo, y su materia misma, es la libertad del espíritu, la cual tiene como correlato la libertad de la forma. El marco que el ensayista elige para desarrollar su reflexión puede adquirir múltiples formas y adoptar diversas perspectivas, incluso puede parecer asistemático y caótico; sin embargo, el proceso mismo de la indagación le confiere un orden, una serie de pasos a seguir, un desarrollo sistemático. Starobinski explica que la obra de Montaigne —y por extensión todo el género del ensayo— posee “una estructura, un plan arquitectónico disimulado”. Un diagnóstico similar tiene Beatriz Sarlo, quien sostiene que “el plan del ensayo debe ser descubierto en sus restos, siempre dispersos a lo largo de un texto que a veces oculta su plan”. El ensayo reflexiona, juzga y crea, ocultando su propio proceso hermenéutico. Theodor Adorno (1962) expone que el ensayo, radical en su “carácter fragmentario”, no sigue las reglas “del juego de la ciencia”, ya que no apunta “a una construcción cerrada, deductiva o inductiva” y por lo tanto rechaza cualquier resultado atemporal e invariable. En el ensayo, los conceptos no se despliegan linealmente y en un solo sentido, sino que se entretejen e interaccionan de forma simultánea; el ensayo “procede de un modo metódicamente anetódico” (Adorno). Una vez más, a partir de esta caracterización, se podría pensar que el género ensayo es caótico y que su coherencia y estructura argumentativa depende exclusivamente de la creatividad del ensayista. Adorno despeja cualquier duda al subrayar que “el ensayo no es alógico, sino que obedece él mismo a criterios lógicos en la medida en que el conjunto de sus frases tiene que componerse acorde”. La estructura del ensayo no puede tener contradicciones, “a menos que se fundamenten como contradicciones de la cosa misma”. El ensayo es, a la vez, abierto y cerrado: es abierto en la medida en que, por su disposición misma, niega toda sistematización; y es cerrado, porque “trabaja enfáticamente en la forma de la exposición” (Adorno). Hemos expuesto las líneas principales de algunos análisis sobre el ensayo, haciendo hincapié en esta doble naturaleza del género: explícitamente fragmentario y a la vez disimuladamente estructurado; antisistemático y libre en su forma, pero coherente y lógico en la exposición y argumentación. Según nuestro planteamiento, esta característica del ensayo podría ser aprovechada para la enseñanza de la escritura académica en el ámbito universitario. 5.3. Creatividad y argumentación Por sus rasgos propios, el género del ensayo se convertiría en una herramienta válida para la enseñanza y el aprendizaje de la escritura académica. Los distintos géneros discursivos académicos poseen una estructura formal muy rígida, que podría llegar a opacar el impulso creativo de los alumnos. La motivación es fundamental para disfrutar de la práctica de la escritura, y la práctica constante es central para adquirir las estrategias y las técnicas de comprensión y redacción (Cassany). ¿Qué mejor que un alumno motivado para encarar la práctica continua de la lectura y escritura académica? El ensayo le proporcionaría al alumno un marco donde poder desarrollar una escritura más personal, más creativa, sin perder de vista la coherencia expositiva y argumentativa que debe tener el género académico. El ensayo, como género hibrido, acepta múltiples combinaciones inter e intragenéricas: entre géneros, el académico y el literario; en un mismo género, la monografía vinculada con la ponencia y el informe, o la narración con la poesía. Si bien en el ensayo las secuencias textuales expositivo-explicativas y argumentativas serán las predominantes (como en todo género académico), éste también permite las secuencias narrativas, descriptivas e incluso las dialogales, las cuales introducen dinamismo y alivian sutilmente la formalidad académica. Utilizar al género del ensayo como herramienta no significa dejar de lado la sistematicidad del género académico, simplemente se trata de ampliarle al alumno los límites de la estructura. Si en el texto de un estudiante hay problemas en la lógica argumentativa, está comprometida la cohesión sintáctica y se detectan errores ortográficos, será necesaria una revisión del trabajo, aunque el mismo construya una narración muy original y atrapante. Por lo tanto, es aconsejable que la práctica en la escritura de ensayos se realice cuando el alumno ya posea conocimientos previos sobre géneros académicos y metodología de la investigación. De hecho, al poder prescindir del aparato crítico externo, la cita de autoridad queda relegada como técnica argumentativa, con lo cual, el ensayista debe saber emplear otros recursos retóricos para fundamentar su hipótesis. Sarlo (2000) explica que el ensayo, que trata de articular el carácter tentativo y el carácter conclusivo de la argumentación, posee cinco recursos principales: la paradoja, la elipsis, la polémica, la metáfora y el aforismo. La libertad de enfoque del ensayo no se traduce en una desorganización del discurso, al contrario, requiere un mayor desarrollo expositivo y argumentativo: “escribe ensayísticamente el que compone experimentando, el que vuelve y revuelve, interroga, palpa, examina, atraviesa su objeto con la reflexión, el que parte hacia él desde diversas vertientes y reúne en su mirada espiritual todo lo que ve” (Adorno). Al tener la posibilidad de relegar la definición sistemática de los conceptos que utiliza, en la escritura ensayística se debe prestar especial atención a la forma de la exposición. El pensamiento analítico y crítico es potenciado por los rasgos de la forma del género (la permeabilidad a otros sistemas discursivos, el examen y la reflexión como condición y materia, etc.). El ensayo, en la indagación, crea, y en la creación, indaga. 5.4. La escritura ensayística como problema A raíz de las características del género del ensayo, la práctica con la escritura ensayística (a través de actividades de planificación, redacción y revisión de textos) sería provechosa para la adquisición de los elementos formales y teóricos de la escritura académica. Trabajar con el ensayo les da a los alumnos un margen de libertad creativa sin renunciar a la exigencia del pensamiento analítico del proceso de argumentación e indagación. Si bien debe tener una arquitectura argumentativa lógica, el ensayo no posee fórmulas ni modelos fijos, lo cual requiere que los alumnos comprendan y analicen la situación discursiva y que redacten el texto en consecuencia. Los alumnos deben utilizar de modo estratégico las distintas técnicas retóricas y argumentativas, deben decidir qué secuencias textuales utilizar y cómo estructurarlas. En la construcción del ensayo, no sólo se utilizan las secuencias argumentativas y expositivas explicativas (predominantes en los textos académicos), sino que, por la hibridez y libertad del género, también se pueden usar secuencias narrativas, dialogales e incluso líricas. Como otros contenidos, la lectura y escritura académica puede plantearse y practicarse como un ejercicio o como un problema (Pozo Municio). En un ejercicio, el alumno ya tiene los elementos, las técnicas para resolver la actividad de modo automático. Es decir, en el ejercicio se poseen las posibles soluciones para dilucidarlo rápidamente. En contraposición, el problema coloca al alumno ante una situación nueva o diferente, la cual no puede resolverse aplicando mecanismos y procedimientos de tipo automático. Para solucionar el problema, el alumno debe llevar a cabo “un proceso de reflexión o toma de decisiones sobre la secuencia de pasos a seguir”, a fin de “utilizar de modo estratégico técnicas ya conocidas” (Pérez Echeverría y Pozo Municio). El trabajo con la resolución de problemas promueve la actividad de indagación realizada por el alumno; al hacerlo, como explica Camilloni, se apunta al “desarrollo del pensamiento crítico, de la creatividad, de la autonomía y del sentido de apropiación del trabajo y de las actividades”. Al centrarnos en los rasgos característicos de los problemas, podemos observar sus similitudes con la escritura ensayística. En el aprendizaje basado en problemas, las situaciones problemáticas no están estructuradas, poseen planteamientos abiertos y pueden tener varias soluciones posibles a través de distintos medios y métodos (Torp y Sage). El género del ensayo rechaza el ideal de la certeza libre de duda, obliga a ejercitar un pensamiento complejo, discontinuo, múltiple (Adorno). La escritura ensayística no oculta las contradicciones y las dudas que surgen del tema que desarrolla, porque su finalidad es, precisamente, incentivar el proceso cognitivo de la indagación, de la reflexión permanente. Para Sarlo, “el ensayo, como un oxímoron, une la seguridad y la duda”. Los problemas auténticos son aquellos que pueden encontrarse en la vida real y que se relacionan con la realidad del alumno (Torp y Sage). Las situaciones problemáticas se oponen a las actividades pedagógicas que se presentan como constructos ideales, en donde se esquematizan situaciones para facilitar el aprendizaje y la aplicación de un determinado contenido. Por su parte, el género del ensayo también rechaza que la realidad, compleja y multifacética, sea reducida a modelos simplificadores para facilitar su análisis. El ensayo “se sacude la ilusión de un mundo sencillo, lógico en el fondo”, y piensa discontinuamente, porque acepta y entiende que la realidad es discontinua (Adorno). El aprendizaje basado en problemas propicia el pensamiento de orden superior, crítico y creativo. Los alumnos reúnen información significativa para la resolución del problema, la analizan y evalúan su credibilidad y validez (Torp y Sage). Las situaciones problemáticas, no estructuradas y confusas, no se resuelven mecánicamente a través de la aplicación de una secuencia fija de operaciones, y tampoco tienen una única respuesta. Los alumnos deben diseñar estrategias para la mejor solución y ensayar diferentes hipótesis, relacionando dialécticamente los elementos en juego. El género ensayo desarrolla los pensamientos de modo dinámico, a múltiples niveles simultáneos. La escritura ensayística desestima un pensamiento de tipo mecánico, ya que “coordina los elementos en vez de subordinarlos” (Adorno). Cabe destacar que no todos los contenidos tienen o pueden plantearse como un problema para el alumno. Los ejercicios también son necesarios. La utilización de estrategias se asienta en el dominio de técnicas previamente adquiridas por medio de la ejercitación continua (Pozo Municio). Hemos visto que el género ensayo comparte muchas características con los lineamientos del aprendizaje basado en problemas. Entonces, considerando que la escritura académica puede enseñarse utilizando ejercicios o situaciones problemáticas, podríamos decir que la escritura ensayística sería, por sus propios rasgos constitutivos, una forma para aprovechar los objetivos y los beneficios de la resolución de problemas en el proceso de aprendizaje de la construcción de textos del género discursivo académico. Es decir, la escritura ensayística podría plantearse como una estrategia de enseñanza para la escritura académica. La producción de textos del género del ensayo propiciaría el desarrollo de un pensamiento complejo y crítico. El alumno analiza el objeto del ensayo desde múltiples perspectivas, y simultáneamente, reflexiona sobre el propio proceso cognitivo de análisis, ya que la naturaleza misma del género consiste en la indagación constante del tema y de la forma en que se aborda el tema. El género ensayo promueve el pensamiento metacognitivo, porque el ser del ensayo se alimenta del proceso de reflexión mismo. El ensayo, más que alcanzar un lugar, un objetivo o una conclusión, describe un movimiento, una búsqueda (Sarlo). Al poseer una estructura más abierta, menos rígida, el ensayo aumenta la motivación de los alumnos, ya que les permite una mayor creatividad en la composición. La narrativa, la poesía, el retrato, la epístola (como correo electrónico), las diversas formas de la contaminación de voces serán bienvenidas en el ensayo, a diferencia de otros géneros discursivos académicos. A su vez, también se harán presentes las modalidades de la escritura del yo. En la siguiente sección, trataremos el aspecto biográfico del ensayo más profundamente. 5.5. El tono personal y el aspecto biográfico del ensayo El ensayo admite la inclusión de opiniones personales y juicios de valor sin necesidad de pruebas, por lo tanto, su estilo es diferente del frío lenguaje científico de otros textos académicos (Botta y Warley). Este tono personal, constitutivo del género, resulta más atractivo que un tono neutro y pretendidamente objetivo. Justamente, Cassany propone, entre otros recursos retóricos para hacer más comprensible e interesante la comunicación, la personalización de los textos científicos y académicos: “Con personajes reales, con pronombres personales, el texto se acerca a los géneros de la narrativa y a la explicación oral, adquiere concreción, un tono más directo, y la lectura es más asequible”. La escritura ensayística posee el germen de estos rasgos estilísticos que Cassany sugiere para la escritura académica; el docente, entonces, debería potenciar esta característica del género. La posibilidad de escribir con un matiz más personal e informal motivaría al alumno, puesto que quitaría artificialidad y abstracción al discurso, dotándolo de rasgos propios y originales. El alumno se apropiaría del texto, lo haría suyo y se comprometería mucho más con su desarrollo. Muchos docentes, influidos por la tradición del discurso científico neutro (Cassany), censuran las marcas personales en los textos académicos, porque consideran que las huellas del sujeto afectan a la calidad de la prosa y atentan contra la pretendida objetividad de los contenidos. La “objetividad” o claridad de la información no depende de la ausencia o presencia de las marcas personales, sino que dependen de la coherencia y la cohesión del texto, la construcción de hipótesis precisas y lógicas, la utilización crítica de las diferentes técnicas expositivas y argumentativas, etc. El tono personal del ensayo, tono que influiría positivamente en el proceso de aprendizaje de la escritura académica, se deriva del aspecto biográfico del género. Starobinski distingue dos vertientes del ensayo, una objetiva y otra subjetiva, entre las cuales se trataría de establecer una relación indisoluble. ¿De qué manera? El ensayista realizaría una pintura de su yo, construiría una definición de su propia personalidad, pero lo haría de forma indirecta. Es decir, cuando describe sus juicios sobre el objeto del ensayo, el ensayista se describe, se ensaya a sí mismo. El género biográfico deja su huella en el ensayo. Sarlo explica que “la primer persona, evidente o enmascarada, establece un criterio de autoridad sobre el texto, incluso cuando no esté escrito en primera persona”. En la escritura ensayística, no se produce el borramiento del autor (que es condición de la ficción); “en el ensayo el autor no muere para que nazca la primera persona, sino que subsiste no importa lo engañoso de una coincidencia simple”. Muchos alumnos consideran que los géneros académicos más estructurados coartan la posibilidad de expresar sus propios razonamientos; sienten que sólo pueden reproducir “lo que otros dicen” sobre el tema investigado y que ellos no tienen un lugar legitimado para exponer sus reflexiones. El ensayo, sin dejar de ser un género académico, podría presentárseles como una posibilidad de desarrollar una escritura personalizada, un marco donde podrían exponer su propia voz. Los detractores del género, de personalizar la escritura académica, podrían sostener que, si impulsa la expresión de juicios personales, los textos resultantes sólo serían una mera exposición de opiniones, valoraciones puramente subjetivas ajenas al discurso científico. Sin embargo, en el ensayo, el ejercicio de la reflexión interna es inseparable de la inspección de la realidad exterior (Starobinski), que conlleva un proceso reflexivo, sistemático y crítico. 5.6. Conclusión En este trabajo, hemos expuesto que el género discursivo del ensayo puede utilizarse como herramienta en el proceso de enseñanza y de aprendizaje de la escritura académica. Es decir, a través de la composición de ensayos, los alumnos podrían aprender los aspectos teóricos y metodológicos de la comprensión y producción de textos del género discursivo académico. Las características formales de la escritura ensayística, así como los beneficios cognitivos y motivacionales asociados con su redacción, son muy similares a los rasgos, beneficios y propósitos de la estrategia didáctica del aprendizaje basado en problemas. Estas coincidencias nos llevaron a proponer que la escritura ensayística sería una estrategia válida para la enseñanza de la escritura académica. Finalmente, consideramos que el aspecto biográfico y el tono personal del ensayo, lejos de erosionar la “objetividad científica” del texto, despiertan el interés del alumno al acercar la escritura académica a su contexto personal. Es menester aclarar que la propuesta pedagógica del trabajo final de Comunicación Oral y Escrita, asignatura del primer año de todas las carreras dictadas en la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, aprovecha el potencial del ensayo para la enseñanza de la comunicación académica, ya que trabaja sobre el aspecto biográfico del género. El tema marco del trabajo práctico final es “Una historia de mi familia”, el cual le permite al alumno abordar la escritura académica desde una perspectiva más subjetiva, más concreta, donde puede desarrollar su creatividad comunicacional. En este trabajo realizamos una primera aproximación a la temática de la enseñanza de la lectura y escritura académica. Después de este enfoque principalmente teórico, esperamos desarrollar otros trabajos donde la práctica tenga más protagonismo. A su vez, además del ensayo, podría analizarse la posibilidad de emplear otros géneros como herramientas didácticas. La ponencia, por ejemplo, resultaría interesante para trabajar, ya que, sin dejar de ser un género académico, tiene la doble característica de la comunicación oral (será leída) y de la comunicación escrita (debe pensarse como un texto para publicar). 5.7. Referencias bibliográficas - Adorno, Theodor W. (1962). “El ensayo como forma”. En Notas de literatura. Barcelona: Ariel, pp. 11-36. - Bajtin, Mihail (1997) Estética de la creación verbal. Buenos Aires: Siglo XXI. - Botta, Mirta; Warley, Jorge (2007) Tesis, tesinas, monografías e informes. Nuevas normas y técnicas de investigación y redacción. Buenos Aires: Biblos. - Camilloni, Alicia R. W. (2006) “La resolución de problemas como estrategia de enseñanza”, 12(ntes). Papel y tinta para el día a día en la escuela, Año I, Nº 3, pp. 8-9. - Cassany, Daniel (1997) Describir el escribir, cómo se aprende a escribir. Buenos Aires: Paidós. ____ (2009) La cocina de la escritura, Barcelona, Anagrama. - Lukács, Georg (1975) “Sobre la esencia y forma del ensayo (Carta a Leo Popper)”. En El alma y sus formas, Barcelona, Grijalbo, pp. 15-39. - Pérez Echeverría, María del Puy; Pozo Municio, Juan Ignacio (1994) “Aprender a resolver problemas y resolver problemas para aprender”. En Juan Pozo Municio (Cord.). La solución de problemas, Madrid: Santillana, pp. 14-50. - Pozo Municio, Juan Ignacio (1999) Aprendices y maestros: la nueva cultura del aprendizaje. Madrid: Alianza. - Sarlo, Beatriz (2000) “Del otro lado del horizonte”, Boletín 9, Rosario, Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, Facultad de Humanidades y ArtesUniversidad Nacional de Rosario, pp. 16-31. - Starobinski, Jean (1998) “¿Es posible definir el ensayo?”, Cuadernos Hispanoamericanos, 575, pp. 31-40. - Torp, Linda; Sage, Sara (1998) El aprendizaje basado en problemas. Desde el jardín de infantes hasta el final de la escuela secundaria. Buenos Aires: Amorrortu SOBRE LAS FIGURAS RETÓRICAS Y EL ENSAYO Ahora, ahondando en las figuras retóricas, se apunta que bajo la etiqueta de "figuras retóricas" (también conocidas a veces como "recursos o procedimientos estilísticos" e, incluso, como "colores", "ornatos" o, en latín, "ornatus") se engloban todas aquellas fórmulas fijas del lenguaje que, tanto en su uso oral como en la práctica escrita (de naturaleza o no literaria), permiten obtener una serie de efectos expresivos encaminados a producir fines de muy diversa índole (estéticos, humorísticos, ingeniosos, ofensivos, repulsivos, etc.), pero que tienen en común su intención de captar la atención del receptor después de haber causado su extrañeza mediante una alteración del orden, la pronunciación o el significado habitual de las sílabas, las palabras o el resto de los elementos que conforman el mensaje. Es precisamente este efecto de extrañeza sobre el propio vehículo de la expresión lo que sitúa a las figuras retóricas dentro de la denominada función poética del lenguaje, tradicionalmente definida -dentro de la más elemental teoría de la comunicación- como "la encargada de embellecer el mensaje", y perfilada -a raíz, sobre todo, de un esclarecedor trabajo del lingüista moscovita (aunque nacionalizado estadounidense) Roman Jakobson-, como el procedimiento mediante el cual, cuando se escribe un texto con una voluntad creativa, no sólo se selecciona cada uno de los términos que lo componen entre varias palabras posibles, sino que, además, se realiza la selección definitiva de cada uno de ellos en función de las restantes voces que constituyen la totalidad del mensaje, con el propósito de conseguir un determinado efecto fónico (es decir, relacionado con el sonido), sintáctico (o sea, relativo al orden de los elementos que conforman la oración) o semántico (y referido, por tanto, al significado de las palabras y oraciones). Tal vez el ejemplo que, entre los lectores ajenos al ámbito de la lingüística, mejor ilustre este proceder de la función poética sea el de la rima, que exige al poeta que la construye elegir una serie de palabras no sólo atendiendo a lo que desea expresar por medio de ellas (es decir, a la selección normal que regula cualquier otra comunicación carente de fines artísticos), sino también al resto de las palabras con las que tienen que relacionarse para alcanzar ese efecto fónico perseguido (en este caso, la coincidencia entre los sonidos finales de los distintos versos que configuran un poema rimado). Pero, antes incluso que en los textos literarios, las figuras retóricas se detectaron, observaron y estudiaron por su recurrencia en los discursos de políticos, maestros, abogados y demás personas acostumbradas, por exigencias de su oficio, a pronunciar en público largas alocuciones. De ahí procede precisamente su designación tradicional, ya que estos oradores eran conocidos en la Grecia clásica con el nombre de "rétores"; y de ahí también se deriva la pervivencia y el rendimiento de numerosas figuras retóricas en todos los registros del lenguaje hablado, desde el culto hasta el familiar y el vulgar. No es de extrañar, por ende, que el hablante esté continuamente recurriendo a las figuras retóricas en su vida cotidiana, aun cuando desconozca el nombre y la definición de todas ellas; y así, se sirve de la metáfora en expresiones como "eres un cielo", de la metonimia al hablar del "cuello de la camisa", de la sinécdoque cuando se refiere a las "cabezas de ganado", y -entre otros muchos usos habituales de las figuras retóricas- de la antonomasia cuando afirma de alguien que "está hecho un Nerón". Con todos estos ejemplos queda, pues, bien patente que la utilización de las figuras retóricas no es privilegio exclusivo, en modo alguno, de los textos literarios ni del registro culto o elevado del lenguaje. Sin embargo, es su empleo con mayor rigor e intensidad por parte de los escritores lo que aconseja ejemplificar cada una de las figuras (y así se hace, en esta Enciclopedia Universal, dentro de los artículos dedicados a cada una de ellas) con textos de naturaleza literaria, en los que resulta fácil señalar la utilización intencionada de cada uno de estos recursos por parte de un autor culto que conoce a la perfección el alcance de su eficacia expresiva. Conviene añadir, además, que este empleo culto y estético de las figuras no implica, en modo alguno, la aparición en el mensaje de esa complejidad que ha llevado a muchos hablantes a utilizar el adjetivo "retórico" para señalar con él algunos vicios de la elocución como la hinchazón, la oscuridad o la pedantería. El ejemplo recién propuesto sirve también para ilustrar la variedad de figuras y la diferente naturaleza que se observa entre algunas de ellas, pues bien se echa de ver que unas ponen de manifiesto ciertas peculiaridades que sólo pueden darse en el nivel fónico de la lengua (el que comprende todo lo relacionado con los sonidos), mientras que otras sólo se producen en el nivel morfológico (el de las formas que adoptan las palabras), otras en el sintáctico (es decir, el referido al orden de la oración) y otras, en fin, en el semántico (donde queda englobado todo lo referido al significado). Tradicionalmente, los estudiosos de la retórica partían de esta división de la lengua en dichos niveles o sistemas para clasificar, a su vez, estos recursos estilísticos en dos categorías elementales: las figuras de dicción y las figuras de pensamiento. Dentro de las primeras -caracterizadas, grosso modo, por su empleo chocante del lenguaje- quedaban englobadas, por un lado, las destinadas a producir extrañeza en los planos fónicos y morfológicos (denominadas luego, con mayor precisión, metaplasmos), como la aliteración, la paronomasia, la antanaclasis y el calambur; y, por otra parte, las que aplican sus artificios extrañadores al nivel sintáctico (es decir, las metataxis), como el asíndeton, la elipsis, el zeugma, la aposiopesis, el polisíndeton, la anadiplosis, la anáfora, la epanalepsis, la epífora, la epanadiplosis, el poliptoton, la enumeración, la gradación, el paralelismo, el quiasmo y el hipérbaton. Y dentro las figuras de pensamiento -todas ellas operativas en el plano semántico, por lo que su fuerza chocante está en el contenido más que en el sonido, la forma o la disposición de las palabras, que podrían ser sustituidas por otras similares sin que la figura desapareciese-, estaban los tropos (luego llamados también metasememas), como la metáfora, la metonimia y la sinécdoque; y las que luego fueron designadas como metalogismos, entre las que hay que citar el apóstrofe, la interrogación, la antítesis, el oxímoron, la paradoja, la lítotes, la ironía, la comparación, la hipérbole y la preterición. A partir de esa primera división elemental en figuras de dicción y figuras de pensamiento, la retórica tradicional ha llegado a elaborar una propuesta clasificatoria mucho más detallada y precisa, en la que se aprecian los seis apartados siguientes: - Figuras de pensamiento: llamadas así por concernir a un enunciado completo. Son la antítesis, la perífrasis, la hipotiposis, la reticencia, la preterición, la ironía, el epifonema, la imprecación, la deprecación, la exclamación, la prosopopeya, la interrogación y el apóstrofe. - Tropos o figuras de significación: denominadas así por concernir al cambio de sentido de una palabra o un sintagma. Son la metonimia, la sinécdoque, la metáfora, la antonomasia, la hipérbole o la lítotes. - Figuras de dicción: reflejan alguna modificación en la forma de las palabras. Son figuras como el anagrama, la paragoge, la aféresis, la metátesis o la apócope. - Figuras de elocución: se interesan por la elección de los vocablos más adecuados para expresar un enunciado. Son todas las formas de iteración (epanadiplosis, anáfora, epífora, anadiplosis, epanalepsis, epizeuxis, anástrofe o antimetábole), la sinonimia, el asíndeton, el polisíndeton, el epíteto, la amplificación, etc. - Figuras de construcción: atañen al orden de las palabras en la oración. Son el hipérbaton, la anáfora, la elipsis, el zeugma, el quiasmo, etc. - Figuras de ritmo: conciernen al aspecto fónico de las palabras. Son la onomatopeya, la aliteración, la jitanjáfora, el tautograma, etc. La perspectiva tradicional consideraba que la retórica se basaba en las figuras para subvertir el lenguaje, desviándolo de su uso normal. Lo paradójico es que éstas son tan abundantes en la lengua cotidiana, que la desviación parece convertirse en lo normal; a ello hay que sumar el hecho de que no todas las figuras conllevan una desviación, por lo que autores como G. Genette y F. Lázaro Carreter han cuestionado dicha visión tradicional, ante la imposibilidad de definir un patrón claro de desviación. A partir de ésta y otras revisiones han surgido otras clasificaciones; de entre todas, la más aceptada es la propugnada por el llamado "grupo µ". BIBLIOGRAFÍA SOBRE EL ENSAYO BLOOM, H. (1995). El canon occidental. Barcelona: Anagrama, 1994 — (2003). 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Si bien los ensayos suelen ser breves, también hay obras muy voluminosas como la de John Locke titulada Ensayo sobre el entendimiento humano. En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. A los estudiantes de secundaria se les enseñan formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos. Por otra parte, el concepto de “ensayo” se ha extendido a otros ámbitos de expresión fuera de la literatura, por ejemplo: un “ensayo fílmico” es una película centrada en la evolución de un tema o idea; o un ensayo fotográfico es la forma de cubrir un tema por medio de una serie enlazada de fotografías. El ensayo literario se caracteriza por su amplitud en tratar los temas. La mayoría parten de una obra literaria, pero el ensayo literario no se limita a su estudio exclusivo. Es un texto subjetivo donde se combinan la experiencia del ensayista, hábitos de estudio, trabajo literario y opiniones de una persona que muestra interés en la literatura. Los ensayos literarios tienen características comunes: subjetividad, sencillez y estilo del ensayista. En cambio el ensayo científico trata un tema del campo de las ciencias formales, naturales y sociales con creatividad, logrando una combinación del razonamiento científico con el pensamiento creativo del ensayista. Del aspecto artístico toma la belleza y la expresión a través de la creatividad sin descuidar el rigor del método científico y la objetividad de las ciencias. 1.2. Definición Un ensayo es una obra literaria relativamente breve, de reflexión subjetiva pero bien informada, en la que el autor trata un tema por lo general humanístico de una manera personal y sin agotarlo, y donde muestra cierta voluntad de estilo, de forma más o menos explícita, encaminada a persuadir al lector de su punto de vista sobre el asunto tratado. El autor se propone crear una obra literaria y no simplemente informativa y versa sobre todo de temas humanísticos (literatura, filosofía, arte, ciencias sociales y políticas...) aunque también más raramente de asuntos científicos. El ensayo, a diferencia del texto informativo, no posee una estructura definida ni sistematizada o compartimentada en apartados o lecciones, por lo que suele carecer de aparato crítico, bibliografía o notas, o estas son someras o sumarias (en el caso del ensayo escolar, es preciso aportar todas las fuentes); ya desde el Renacimiento se consideró un género más abierto que el medieval tractatus o tratado o que la suma, y se considera distinto a ellos no solo en su estructura libérrima y nada compartimentada en secciones, sino también por su voluntad artística de estilo y su subjetividad, ya que no pretende informar, sino persuadir o convencer del punto de vista del autor en el tratamiento de un tema que, como ya se ha dicho, no pretende agotar ni abordar sistemáticamente, como el tratado: de ahí su subjetividad, su carácter proteico y asistemático, su sentido artístico y su estructura flexible, que personaliza la materia. El ensayo es una interpretación o explicación de un determinado tema —humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, por mencionar algunos ejemplos—, desarrollado de manera libre, asistemática, y con voluntad de estilo sin que sea necesario usar un aparataje documental. En la Edad Contemporánea este tipo de obras ha llegado a alcanzar una posición central. En la actualidad está definido como género literario, debido al lenguaje, muchas veces poético y cuidado que usan los autores, pero en realidad, el ensayo no siempre podrá clasificarse como tal. En ocasiones se reduce a una serie de divagaciones y elucubraciones, la mayoría de las veces de aspecto crítico, en las cuales el autor explora un tema concreto o expresa sus reflexiones sobre él, o incluso discurre y diserta sin tema específico. Ortega y Gasset lo definió como «la ciencia sin la prueba explícita». Alfonso Reyes afirmó que «el ensayo es la literatura en su función ancilar» —es decir, como esclava o subalterna de algo superior—, y también lo definió como «el Centauro de los géneros». El crítico Eduardo Gómez de Baquero —más conocido como Andrenio— afirmó en 1917 que «el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro». Y por su parte Eugenio d'Ors lo definió como la «poetización del saber». Utiliza la modalidad discursiva expositivo-argumentativa y un tipo de «razonamientos blandos» que han sido estudiados por Chaïm Perelman y Lucie Ollbrechts-Tyteca en su Tratado de la argumentación. A esto convendría añadir además que en el ensayo existe, como ha apreciado el crítico Juan Marichal, una «voluntad de estilo», una impresión subjetiva que es también de orden formal. Otros géneros didácticos emparentados con el ensayo son: • El discurso (en el sentido de “discurrir” sobre un tema concreto). • La disertación. • El artículo de prensa. • Los géneros renacentistas y humanísticos del Diálogo, en sus variantes platónica, ciceroniana y lucianesca. • La epístola. • La miscelánea. 1.3. Historia del ensayo 1.3.1. Europa El espíritu crítico y reformista del Renacimiento alumbró géneros preensayísticos como la carta o epístola, el diálogo y la miscelánea, y ejercicios de ironía como el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam. Pero el desarrollo moderno y más configurado e importante del género ensayístico vino sobre todo con el modelo impartido por los canónicos Essais (1580) del escritor renacentista francés Michel de Montaigne, término que en francés significaba "tanteos, tentativas". Unos años después, Francis Bacon siguió su ejemplo y publicó sus Essays que en su primera edición de 1597 contenía 10 ensayos y en su tercera edición, la más amplia e impresa en 1625, contenía ya 59. Los precedentes más antiguos del ensayo hay que buscarlos en el género epidíctico o demostrativo de la oratoria grecorromana clásica; las Cartas a Lucilio (de Séneca) y los Moralia (de Plutarco) vienen a ser ya prácticamente colecciones de ensayos. En el siglo III d. C. Menandro el Rétor, aludiendo a ello bajo el nombre de «charla», expuso algunas de sus características en sus Discursos sobre el género epidíctico: • Tema libre (elogio, vituperio, exhortación). • Estilo sencillo, natural, amistoso. • Subjetividad (la charla es personal y expresa estados de ánimo). • Se mezclan elementos (citas, proverbios, anécdotas, recuerdos personales). • Sin orden preestablecido (se divaga), es asistemático. • Extensión variable. • Va dirigido a un público amplio. • Conciencia artística. • Libertad temática y de construcción. En Grecia donde el ensayo tiene su origen como discurso epidíctico, se consideraba como una proposición original que dispone elementos de creación, generación e innovación. Se partía del conocimiento normal (establecido) para romperlo. A partir de elementos que lo hacen, al conocimiento, diferente en: perspectiva, conjunción, relación, conformación, etc. Es en el siglo XVIII cuando el género se revitaliza a causa del criticismo de la Ilustración y el individualismo burgués. Steele y Addison lo vulgarizan en las publicaciones periódicas, en particular en The Spectator, y William Hazlitt y Samuel Johnson se acercan al humanismo y a la crítica literaria. Voltaire escribe sus Cartas inglesas y Denis Diderot y Madame de Staël se añaden al género en lengua francesa; en el ámbito germánico destacan Johann Jakob Bodmer y Gotthold Ephraim Lessing (Laoconte), pero también Johann Georg Hamann, que aporta al género el fragmentarismo aforístico. Melchiorre Cesarotti y Pietro Napoli Signorelli pueden citarse entre muchos otros italianos. En España sobresalen el padre Benito Jerónimo Feijoo con su Teatro crítico y sus Cartas eruditas y curiosas y José Cadalso con sus Cartas marruecas; también escriben cartas ensayísticas León de Arroyal y Francisco Cabarrús. Ya en el siglo XIX, se cultiva generalmente en alemán; son en especial peculiares e influyentes Heine, Nietzsche, Oswald Spengler entre muchos otros. En Francia se suele citar a Chateaubriand, Alexis de Tocqueville, Léon Bloy, Joseph de Maistre, Ernest Renan... En Inglaterra destacan Charles Lamb, William Hazlitt, Thomas de Quincey, Robert Louis Stevenson, Alice C. Meynell, Gilbert K. Chesterton, Matthew Arnold, Thomas Carlyle,Oscar Wilde... En Italia, acaso lo más distinguido y peculiar son las Zibaldone de Giacomo Leopardi y los ensayos de Giosuè Carducci. En España son los más citados Juan Valera, Leopoldo Alas y Marcelino Menéndez Pelayo. 1.3.2. Japón Los ensayos existían en Japón varios siglos antes de que se desarrollaran en Europa en un género denominado Zuihitsu que se remonta a casi los inicios de la literatura japonesa. Muchas de las primeras obras más notables de la literatura japonesa están en este género. Un ejemplo notable es Makura no Sōshi (El libro de la almohada) del siglo XI escrito por Sei Shonagon, dama de compañía de la emperatriz, en la que recogió sus experiencias diarias en la corte Heian. Un segundo ejemplo es Tsurezuregusa (Ensayos en ociosidad) escrito por el monje budista Yoshida Kenkō. Kenkō describió sus breves escritos de manera similar a Montaigne, refiriéndose a ellos como "pensamientos sin sentido", escritos en "horas muertas". Se trata de su trabajo más famoso y una de las obras más estudiadas de la literatura japonesa medieval. 1.4. Evolución del ensayo en España En España el género surge con el Renacimiento en forma de epístolas, discursos, diálogos y misceláneas en el siglo XVI. La primera muestra del género son las Epístolas familiares (1539) de Fray Antonio de Guevara, todavía con forma de carta, quien se inspira además en las Letras (1485) de Fernando del Pulgar; también hay numerosos diálogos (casi siempre erasmistas, como los de los hermanos Alfonso y Juan de Valdés; el Diálogo de la dignidad del hombre de Fernán Pérez de Oliva...) escritos no solo en castellano, sino también en latín, o misceláneas como la de Luis Zapata (1592) o el Jardín de flores curiosas (1573) de Antonio de Torquemada. En el XVII se continúa con el Pusilipo (1629) de Cristóbal Suárez de Figueroa, las Cartas filológicas (1634) de Francisco Cascales y los Errores celebrados de la antigüedad (1653) de Juan de Zabaleta. Luego aparece sólidamente constituido a principios del siglo XVIII con el muy reimpreso Teatro crítico universal (1726-1740) y las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) del padre Benito Jerónimo Feijoo, quien los denomina discursos (de "discurrir") o cartas; a finales del mismo, bajo la vaga y falsa apariencia de novela epistolar, aparecen las Cartas marruecas (1789) de José Cadalso y las Cartas económico-políticas (1785-1795) de León de Arroyal. Solamente en el siglo XIX tomará la denominación propia como género autónomo de ensayo cuando empiecen a escribirlos algunos autores de la Generación de 1868: Emilia Pardo Bazán (La cuestión palpitante, 1883 y 1884), Juan Valera (Disertaciones y juicios literarios, La libertad en el arte...), Marcelino Menéndez Pelayo, quien emplea ya el término (Ensayos de crítica filosófica), Leopoldo Alas (Solos, 1881, y Palique, 1894)... La prensa empieza a acogerlos en algunas revistas de fin de siglo y ya se encontrará completamente asentado propiamente con los escritos en el siglo XX por la Generación del 98: Miguel de Unamuno (En torno al casticismo, 1895, y otros), José Martínez Ruiz (Al margen de los clásicos, 1915), Pío Baroja (La caverna del humorismo, 1919; El tablado de Arlequín y Nuevo tablado de Arlequín, 1903 y 1917; Vitrina pintoresca, 1935; Momentum catastroficum, 1918), Ramiro de Maeztu (Hacia otra España, 1899; La crisis del humanismo, 1919) y Antonio Machado (Juan de Mairena, 1936). Destaca especialmente el Novecentismo, que contó con ensayistas tan dotados como José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote, 1914; El Espectador 1916-1934, 8 vols.; España invertebrada, 1921; La deshumanización del arte, 1925 etc.), Ramón Pérez de Ayala (Las máscaras, 1917-1919; Política y toros, 1918, etc.), Gregorio Marañón (Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, 1930; Tiempo nuevo y tiempo viejo, 1940; Don Juan. Ensayo sobre el origen de su leyenda, 1940; Ensayos liberales, 1946), Eugenio d'Ors (Glosari, 1915-1917; Oceanografía del Tedi, 1918; Tres horas en el Museo del Prado. Itinerario estético, 1922), Rafael Cansinos Assens (El divino fracaso, 1918; Ética y estética de los sexos, 1921; La nueva literatura 1917-1927, 4 vols.; Los temas literarios y su interpretación, 1924 etc.), Ramón Gómez de la Serna (La utopía, 1909; El concepto de nueva literatura, 1909; El rastro, 1915; Ismos, 1931), José Bergamín (La cabeza a pájaros, 1934; El arte de birlibirloque - La estatua de Don Tancredo - El mundo por montera 1961; Ilustración y defensa del toreo, 1974; Beltenebros y otros ensayos sobre literatura española Barcelona, 1973; El clavo ardiendo, 1974; La importancia del demonio y otras cosas sin importancia, 1974; Al fin y al cabo: (prosas) 1981 etc.) o Manuel Azaña (Ensayos sobre Valera), entre otros. 1.5. El ensayo en Hispanoamérica El ensayo en Hispanoamérica cuenta con grandes figuras. Entre los precursores más influyentes cabe destacar al escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) con su Facundo o Civilización y barbarie (1845) y al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) por su Ariel (1900). El mexicano José Vasconcelos (1881-1959) escribe sobre filosofía, estética e historia, pero es especialmente renombrado por sus ensayos de tema americano, por ejemplo su La raza cósmica, donde postula que una raza mestiza americana es la que en el futuro dirigirá el mundo. El dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) y el argentino Ricardo Rojas (1882-1957) exploran la identidad de sus respectivos países y los que escribe el peruano José Carlos Mariategui (1895-1930) están enfocados desde el punto de vista de las ciencias sociales. También son importantes el argentino Eduardo Mallea, el mexicano Leopoldo Zea y el cubano José Antonio Portuondo, entre muchos otros. Ya en pleno siglo XX destacan poderosamente cuatro figuras por su amplitud de conocimientos y ancho de banda: el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) con Cuestiones estéticas, Visión del Anáhuac, La experiencia literaria o El deslinde, entre otras obras; el ya citado Pedro Henríquez Ureña (Ensayos críticos, Historia de la cultura en América Latina, Plenitud de América); el muy original e influyente argentino Jorge Luis Borges (Inquisiciones, Otras inquisiciones, Historia de la eternidad...) y el mexicano Octavio Paz, bien con sus ensayos sobre la idiosincrasia mexicana (El laberinto de la soledad), bien con otros de tema más variado (Las peras del olmo, Cuadrivio). 1.6. Lógica del ensayo La lógica es crucial en un ensayo y lograrla es algo más sencillo de lo que parece: depende principalmente de la organización de las ideas y de la presentación. Para lograr convencer al lector hay que proceder de modo organizado desde las explicaciones formales hasta la evidencia concreta, es decir, de los hechos a las conclusiones. Para lograr esto el escritor puede utilizar dos tipos de razonamiento: la lógica inductiva o la lógica deductiva. De acuerdo con la lógica inductiva el escritor comienza el ensayo mostrando ejemplos concretos para luego inducir de ellos las afirmaciones generales. Para tener éxito, no solo debe elegir bien sus ejemplos sino que también debe presentar una explicación clara al final del ensayo. La ventaja de este método es que el lector participa activamente en el proceso de razonamiento y por ello es más fácil convencerle. De acuerdo con la lógica deductiva el escritor comienza el ensayo mostrando afirmaciones generales, las cuales documenta progresivamente por medio de ejemplos bien concretos. Para tener éxito, el escritor debe explicar la tesis con gran claridad y, a continuación, debe utilizar transiciones para que los lectores sigan la lógica/argumentación desarrollada en la tesis. La ventaja de este método es que si el lector admite la afirmación general y los argumentos están bien construidos generalmente aceptará las conclusiones. 1.7. Ensayos célebres Algunos de los ensayos más reconocidos, tanto en otros idiomas como en español, son los siguientes: • Ensayos de Michel de Montaigne. • Los Pensamientos de Pascal • El espíritu de las leyes de Montesquieu • Eureka de Edgar Allan Poe • Una buena taza de té de George Orwell • Arte y revolución de Richard Wagner • Los monstruos y los críticos y otros ensayos de J. R. R. Tolkien • Otras inquisiciones de Jorge Luis Borges • El escritor y sus fantasmas de Ernesto Sabato • Nuestra América de José Martí • La expresión americana de José Lezama Lima • El laberinto de la soledad de Octavio Paz • La tentación de lo imposible de Mario Vargas Llosa • Las Cartas marruecas de José Cadalso • La España invertebrada de José Ortega y Gasset • Tiempo viejo y tiempo nuevo de Gregorio Marañón 1.8. El ensayo en la educación: estructura La estructura del ensayo es sumamente flexible, ya que toda sistematización es ajena a su propósito esencial, que es deleitar mediante la exposición de un punto de vista persuasivo que no pretende agotar, sino explorar un tema, como sí haría (y sistemáticamente) el género literario meramente expositivo del tratado; por eso estas indicaciones son meramente orientativas. Por eso su estructura, a nivel macro estilístico o micro estilístico, puede ser: 1. analizante y deductiva (tesis o tema al principio y desarrollo de las argumentaciones después); 2. sintetizante o inductiva (exploración de los datos y argumentos al principio y tesis o tema como conclusión final); 3. encuadrada (tesis al principio, examen de los datos y argumentaciones en el centro y reformulación de la tesis, corregida por esos datos y argumentaciones, al final). Esta flexibilidad, que permite a una persona escribir un texto expresando lo que sabe, siente y opina sobre cualquier tema, es muy empleada en la educación. En la escuela es una práctica habitual que los alumnos redacten ensayos. De hecho, el ensayo es el género que se emplea con más frecuencia, dadas las facilidades que permite. Cada vez que un profesor pide a los alumnos desarrollar un tema, o que se realicen una investigación y se ponga por escrito, es probable que se escriba en forma de ensayo. Un ejemplo de los pasos a seguir por un estudiante que pretende escribir un ensayo escolar podrían ser los siguientes. Lo primero y antes de redactarlo hay que documentarse sobre el tema elegido hasta alcanzar un conocimiento suficiente lo cual supone buscar la información necesaria consultando fuentes bibliográficas o de cualquier otro tipo. El segundo paso sería organizar las ideas teniendo presente para quién se escribe, qué interesa exponer y cómo hacerlo mejor. Y finalmente redactarlo siguiendo un orden, escribiendo las ideas lo mejor expresadas que se pueda y comprobando que la información, el estilo, el punto de vista y el formato son coherentes y se ajustan a lo exigido. Un ensayo escolar convencional se suele estructurar de forma encuadrada en 3 partes: introducción, desarrollo y conclusión: 1.8.1. Introducción Es la que expresa el tema y el objetivo del ensayo; explica el contenido y los subtemas o capítulos que abarca, así como los criterios que se aplican en el texto, es el 10% del ensayo y abarca más o menos 6 renglones. Además, esta parte puede presentar el problema que plantea al tema al cual vamos a abocar nuestros conocimientos, reflexiones, lecturas y experiencias. Si este se plantea, entonces el objetivo del ensayo será presentar nuestro punto de vista sobre dicho problema (su posible explicación y sus posibles soluciones). Una introducción en un ensayo científico suele ser la exposición de una hipótesis y de los motivos que nos han llevado a la misma. Una hipótesis es una teoría que se presenta para la solución de un problema y que a lo largo del desarrollo del ensayo se defenderá con todas las pruebas científicas que podamos aportar. Cuando hablamos de un ensayo argumentativo en la introducción se presenta el trabajo y se expone la tesis. Una tesis en un ensayo argumentativo es similar a la hipótesis del científico. Se trata de una idea, una afirmación, que vamos a defender a lo largo de cuerpo o desarrollo del ensayo. Esta tesis se defiende con argumentos que no tienen por qué ser científicos, pueden ser opiniones subjetivas (En un ensayo científico las opiniones subjetivas deben estar validadas científicamente). En un ensayo expositivo la introducción tiene la finalidad básica de captar el interés del lector en el argumento del ensayo. Aunque evidentemente esto se busca en todos los ensayos que se realizan en este caso es la base de esta parte de presentación. Cuándo realizamos un ensayo de análisis literario en la introducción ponemos al lector en antecedentes sobre la obra que vamos a tratar y lo situamos el aspecto concreto de ésta que queremos analizar en nuestro ensayo. 1.8.2. Desarrollo Contiene una exposición y análisis del mismo tema, se plantean las ideas propias y se sustentan con información de las fuentes necesarias: libros, revistas, Internet, entrevistas entre otras. Constituye el 75 % del ensayo. En él va todo el tema desarrollado, utilizando la estructura interna: 50 % de síntesis, 15 % de resumen y 10 % de comentario. Se sostiene la tesis, ya probada en el contenido, y se profundiza más sobre la misma, ya sea ofreciendo contestaciones sobre algo o dejando preguntas finales que motiven al lector a reflexionar. 1.8.3. Conclusión En este apartado el escritor expresa sus propias ideas sobre el tema, se permite dar algunas sugerencias de solución, cerrar las ideas que se trabajaron en el desarrollo del tema y proponer líneas de análisis para posteriores escritos. Esta última parte mantiene cierto paralelismo con la introducción por la referencia directa a la tesis del ensayista, con la diferencia de que en la conclusión la tesis debe ser profundizada, a la luz de los planteamientos expuestos en el desarrollo. 1.9. Consejos y recomendaciones para realizar correctamente un ensayo Antes de escribir un ensayo, es conveniente documentarse y tener clara la intención del mismo. Mejora mucho el resultado elaborar un listado de las ideas que se van a abordar y a descartar, que luego se numeran y clasifican según el criterio más conveniente (orden natural o artificial; nestoriano (para convencer mejor), cronológico (ajustado a la explicación de un fenómeno), didáctico (de más simple a más complejo), in medias res; de enigma o pregunta inicial, de intensidad... para esbozar un esquema inicial y un primer boceto o borrador. De este modo, se puede ordenar y organizar mejor la información y la estructura, con miras a una mayor comprensión y eficacia persuasiva, ofreciendo un resultado más maduro, satisfactorio y competente que descarte. Para realizar en un ensayo argumentativo, la primera de las tres partes de la estructura básica, la introducción, el autor debe presentar su opinión (tesis). En el caso de un ensayo expositivo, deberá realizar una clara delimitación del tema. No es recomendable que la introducción se exceda de un párrafo. A lo sumo, dos. En la segunda de las partes, el desarrollo, es conveniente que se atenga a aspectos como son los siguientes: análisis, contraste, definición, clasificación, causa y efecto. La última de las partes, la conclusión, debe consistir en un breve resumen de todo lo expuesto. Tan importante es la preparación de los contenidos, la documentación de los mismos y su redacción, como su posterior revisión gramatical, ortográfica y de organización. Se mejorará progresiva y notablemente el desempeño de realizar ensayos leyendo muchos y diferentes entre sí, escribiendo varios géneros, leyendo el periódico en red, etc. 1.10. Cómo se enseña progresivamente a desarrollar argumentos La retórica antigua establecía 14 progymnasmata o ejercicios de composición escrita graduados de menor a mayor dificultad para instruir y entrenar en el desarrollo de textos argumentativos a los futuros oradores: 1. Fábula: se escoge una fábula breve y se amplifica (mediante paráfrasis, prosopopeya y sermocinación o dialogismo), o se condensa (con elipsis o cualquier otro procedimiento). Puede ser también cualquier apólogo o parábola. 2. Narración: contar un hecho o dicho, quier fingido, quier real, mencionando quién, qué, cuándo, dónde, cómo, por qué; acaso también para qué. Una vez que se cuida que el alumno no ha omitido nada, hacerle ampliar o resumir su texto. Es el principio de la educación del orador según Quintiliano. 3. Chría o anécdota: breve y concreto relato sobre un solo hecho o dicho obra de un personaje real, expuesto en forma de réplica edificante o ingeniosa que la tradición atribuye a tal celebridad ante una determinada pregunta, hecho o situación; es la más corta de las narraciones y tiende a menudo a ser un solo párrafo, pero difiere de la máxima en que se atribuye a un personaje histórico concreto. Suele empezar "Al ver..." o "Preguntado...". Para amplificarla se alaba al autor del hecho o dicho, se refiere este con brevedad, se prueba con la razón, se apunta lo que es contrario a la razón, se añade una semejanza o comparación, un ejemplo y un testimonio u opinión de otro, y se termina con un epílogo o conclusión. Se puede amplificar por medio de paráfrasis o frases memorables acordes (refranes o sentencias apropiadas para el hecho). 4. Proverbio: ampliar con elementos concretos una declaración condensada y abstracta, una moraleja, un proverbio, un refrán, de forma muy parecida a la de la chría, utilizando paráfrasis, comparaciones, contrastes, ejemplos, citas de otros autores o de otras frases, incluyendo epílogo o conclusión. 5. Refutación: ataque a la credibilidad de una narración (el ejercicio segundo), por ejemplo una leyenda o mito. Primero se resume brevemente y luego se contemplan seis cosas: su obscuridad, improbabilidad, imposibilidad, contrariedad, indecorosidad e inutilidad. A estos argumentos les precede un exordio que vitupera al autor de la narración y un epílogo que lo reprende. Se recurre a la contradicción y al adynaton. 6. Confirmación. Se arguye para demostrar y reforzar la credibilidad de una narración (hecho o dicho) con pruebas. Un exordio alaba al autor de tal, un epílogo lo pone de ejemplo. Para ello se consideran seis cosas: lo manifiesto, lo probable, lo posible, lo conforme, lo decoroso, lo útil… Para ello se recurre a las figuras retóricas de logos. 7. Lugar común o tópico: amplificación de bienes o vicios evidentes. Se relaciona con el encomio y el vituperio. Consta de un exordio en que se dice el castigo o recompensa que merece el hombre malvado o virtuoso, se sigue lo contrario del delito o virtud que se persigue, la explicación del crimen o del mérito por amplificación, la comparación con otros crímenes o virtudes, se manifiesta la intención del hombre malvado o virtuoso y se hace una digresión sobre la vida anterior. Se aparta la compasión y se termina con un epílogo compuesto con los fines de lo legítimo, lo conforme, la equidad, lo útil, lo factible, lo glorioso u honorable y el suceso. 8. Encomio: exposición que atiende sólo a las excelencias. Para eso mira el linaje, país, instrucción, mente cuerpo y fortuna de una persona, se le compara favorablemente y se termina exhortando a los demás a emularle. Es propio del género epidíctico. 9. Vituperio: exposición que atiende sólo a los vicios. Se hace lo mismo que en el encomio, pero al contrario; también es propio del discurso epidíctico. 10. Comparación: es la suma de dos encomios o de un encomio y un vituperio para hacer prevalecer a uno sobre el otro, o más raramente de dos vituperios. 11. Etopeya: imitación del carácter de una persona, como en el monólogo dramático moderno. El carácter puede ser histórico, legendario o literario y enteramente ficticio. Si se hace imitando a algún fallecido se denomina idolopeya. Se recurre a figuras del ethos. 12. Descripción: es la composición que expone su tema a los ojos de un auditorio concreto. Se sigue para ello un orden siempre; si se trata de una idea abstracta, se sigue el orden antecedentes, conjuntos y consiguientes. 13. Tesis o tema, que Cicerón llamó causa y otros retóricos controversia: examen lógico de un tema sometido a investigación, pero sin referencia concreta, sin abandonar el plano abstracto. Por ejemplo, si se debe elegir mujer, pero no si Sócrates debe elegir mujer. Se diferencia del lugar común en que en este se amplifica una cosa cierta, y en la tesis la dudosa: se trata de convencer, no de buscar la verdad. Sus partes son exordio (que aprecia el tema), argumentación (de los artículos que tocan al tema y de los lugares de la exposición), oposiciones (de las cosas contrarias a las que pertenecen al fin), soluciones (por concesión, por negación o por lo contrario) y epílogo (que contiene una breve amplificación, una breve repetición de los argumentos y una exhortación breve). También puede abreviarse con un exordio, una exposición o narración y una peroración final. Han de tenerse en cuenta argumentos fundados en la legalidad, la justicia, la experiencia, los antecedentes, la decencia y las consecuencias. 14. Defensa / ataque: como lo anterior, pero dirigido a favor o en contra de leyes, porque incurre en el género deliberativo. 1.11. Tipos de ensayos El ensayo ha sufrido varios intentos de clasificación, pero por lo general, se establecen a partir de dos puntos de vista distintos: • los que se fijan predominantemente en el contenido: históricos, críticos-literarios, filosóficos, sociológicos, etc. • y los que toman en cuenta el modo como el ensayista trata su tema: informativos, críticos, irónicos, confesionales, etc. Al final, todas estas clasificaciones varían con la época y son útiles desde el punto de vista pedagógico, pero todas son insuficientes cuando se enfrentan con la complejidad de la obra de un ensayista. EL ENSAYO Como la exposición del presente tema es ensayística, no podemos evitar el referirnos, aunque sea un tanto precipitadamente, al ensayo, el cual no deja de ser una obra literaria. Así, pues, sin pensarlo dos veces, un ensayo es un género literario (género didáctico) que consiste en exponer argumentos u opiniones originales y de interés. Suele tener cierto enfoque didáctico, crítico y personal, por lo que se ha utilizado, a pesar de que se ha tenido en cuenta el vocabulario científico, un léxico muy sencillo y asequible a todo el mundo. Si se advierte la estructuración del mismo que hemos hecho, se caerá en la cuenta de que las aclaraciones o notas a pie de página están escritas en Times New Roman nº 9, mientras que el ensayo propiamente dicho lo está en Times New Roman nº 11. Así, hemos pretendido articular dos niveles de lectura, pero -insistimos- el ensayo genuino y original está redactado en Times New Roman nº 11. Además, hacemos esta aclaración porque en muchas notas a pie de página se ha utilizado directamente la bibliografía que consta al final del mismo, lo cual no ocurre con el ensayo propiamente tal que es original y personal. El número de notas a pie de página es asombroso, ya que esconden las claves originales del ensayo que hemos escrito, constituyendo -digamoslo así- las auténticas fuentes científicas (puede tratarse de vocabulario filosófico, histórico, artístico, etc.) utilizadas para la elaboración de este texto. Dichas notas a pie de página, en la mayoría de los casos, resultan ser notas aclaratorias sobre el significado de la terminología usada, aunque no faltan entre ellas las citas bibliográficas, o el comentario de una obra cuya lectura, por venir al caso, se recomienda. En suma, lo que hemos pretendido es que la obra pueda leerse de una tirada, sin forzar a cualquier consulta bibliográfica por parte del lector/a de la misma. Así, estamos seguros de que, sin despistes de ningún tipo, el lector obtendrá una visión más global y unitaria del presente escrito. No queremos obligar al lector a que comparta nuestros puntos de vista un tanto a la fuerza. Así, pues, el ensayo es un tipo de texto en prosa que analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico. Las características clásicas más representativas de un ensayo son: • Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo. Que tiene como finalidad argumentar el tema. • Posee un carácter preliminar, introductorio, de carácter propedéutico. • Presenta argumentos y opiniones sustentadas. En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. Así, a los estudiantes de secundaria se les enseña formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos. El ensayo literario se caracteriza por su amplitud en tratar los temas. La mayoría parten de una obra literaria pero el ensayo literario no se limita a su estudio exclusivo. En un texto subjetivo donde se combinan la experiencia del ensayista, hábitos de estudio, trabajo literario y opiniones de una persona que muestra interés en la literatura. Los ensayos literarios tienen características comunes: subjetividad, sencillez y estilo del ensayista. Así busca resaltar el punto de vista, reflexiones literarias y pensamiento del autor. En cambio el ensayo científico trata un tema del campo de las ciencias formales, naturales y sociales con creatividad, logrando una combinación del razonamiento científico con el pensamiento creativo del ensayista. En el ensayo científico se toma de la ciencia la meta, que es buscar y explorar la realidad en busca de la verdad. Del aspecto artístico toma la belleza y la expresión a través de la creatividad sin descuidar el rigor del método científico y la objetividad de las ciencias. Luego, la carga de subjetividad de estos textos es muy grande, por lo que no nos ha importado en absoluto mostrar nuestras fuentes desde un principio. No se ha utilizado ningún tipo de documentación archivística, por lo que la base para la actualización de la información procede de la bibliografía, que sí hemos pretendido que sea abundante. Aunque está indicado con minuciosidad, se han utilizado fuentes provenientes de Internet. No cualquier página web, sino las recomendadas principalmente en la obra de Igor Galo, titulada Los mejores sitios web culturales (Col. Flashmás nº 5). Internet es el instrumento de comunicación y obtención de información más potente que se ha creado; en Internet está todo, y no podía faltar la presencia de la cultura. Pero el volumen de sitios web que existen resulta desmesurado y siempre imposible de abarcar. En la obra citada se proponen y comentan alrededor de 300 direcciones de sitios web que comprenden todos los aspectos de la cultura, y que abren una puerta al mundo y a toda su riqueza cultural. Por lo demás, dentro de la bibliografía en papel se han utilizado diversas enciclopedias, así como el Diccionario de la RAE, las consabidas monografías y más de un artículo sin olvidar alguna biografía. Luego, el tema tratado ha sido perfectamente actualizado, pues se ha consultado sobre el mismo la última bibliografía que se ha editado. Un ensayo es una obra literaria relativamente breve, de reflexión subjetiva pero bien informada, en la que el autor trata un tema por lo general humanístico de una manera personal y sin agotarlo, y donde muestra cierta voluntad de estilo, de forma más o menos explícita, encaminada a persuadir al lector de su punto de vista sobre el asunto tratado. El autor se propone crear una obra literaria y no simplemente informativa, y versa sobre todo de temas humanísticos (literatura, filosofía, arte, ciencias sociales y políticas...), aunque también, más raramente, de asuntos científicos. El ensayo, a diferencia del texto informativo, no posee una estructura definida ni sistematizada o compartimentada en apartados o lecciones, por lo que suele carecer de aparato crítico, bibliografía o notas, o estas son someras o sumarias (en el caso del ensayo escolar, es preciso aportar todas las fuentes); ya desde el Renacimiento se consideró un género más abierto que el medieval tractatus o tratado o que la suma, y se considera distinto a ellos no solo en su estructura libérrima y nada compartimentada en secciones, sino también por su voluntad artística de estilo y su subjetividad, ya que no pretende informar, sino persuadir o convencer del punto de vista del autor en el tratamiento de un tema que, como ya se ha dicho, no pretende agotar ni abordar sistemáticamente, como el tratado: de ahí su subjetividad, su carácter proteico y asistemático, su sentido artístico y su estructura flexible, que personaliza la materia. El ensayo es una interpretación o explicación de un determinado tema —humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, por mencionar algunos ejemplos—, desarrollado de manera libre, asistemática, y con voluntad de estilo sin que sea necesario usar un aparataje documental. En la Edad Contemporánea este tipo de obras ha llegado a alcanzar una posición central. En la actualidad está definido como género literario, debido al lenguaje, muchas veces poético y cuidado que usan los autores, pero en realidad, el ensayo no siempre podrá clasificarse como tal. En ocasiones se reduce a una serie de divagaciones y elucubraciones, la mayoría de las veces de aspecto crítico, en las cuales el autor explora un tema concreto o expresa sus reflexiones sobre él, o incluso discurre y diserta sin tema específico. Utiliza la modalidad discursiva expositivo-argumentativa y un tipo de «razonamientos blandos». A esto convendría añadir además que en el ensayo existe una «voluntad de estilo», una impresión subjetiva que es también de orden formal. Dado el género literario utilizado, concretamente el ensayo, su redacción obedece, poco más o menos, al movimiento de las olas del mar. Aunque nuestro propósito ha estado claro desde el principio, por tratarse de un ensayo no hemos podido evitar los flujos y reflujos, es decir, la machacona repetición de ideas, términos, etc., pues el ensayo se termina hoy y se comienza mañana, por lo que llevar un plan directivo desde el principio de su redacción es una empresa ardua y difícil. El escritor se detiene hoy en un punto, que no significa un punto seguido. Al día siguiente, el ánimo puede conducirte a la elaboración de otros presupuestos, que significan un punto y aparte. Es por ello que el presente ensayo puede ser leído comenzando en cualquier punto. Un subtítulo concreto tiene un sentido pleno, por lo que la obra no ofrece un claro desarrollo lineal. Sin embargo, se aconseja hacer una lectura lineal de este ensayo, pues dicha postura permitirá una comprensión mejor del tema tratado. En otro orden de cosas, como la presente obra se trata de un ensayo, hemos cuidado escrupulosamente el estilo y el vocabulario, el léxico, que se ha utilizado en su redacción. Para ello, nos hemos apoyado esencialmente en cinco obras, que serían: • VV.AA., Diccionario de la lengua española, cuya redacción está a cargo de la Real Academia Española, Vigésima Segunda Edición, 2001, 2 vols. • VV.AA., Diccionario de Sinónimos y Antónimos, 3ª edición, Espasa Calpe, S.A., Madrid, septiembre 1995. El ámbito del Diccionario de Sinónimos y Antónimos es muy amplio. Ninguna de las áreas (geográficas, dialectales, científicas, técnicas) ha dejado de ser tratada. Además del caudal léxico de la lengua, cuya fuente básica es el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, se ha realizado un esfuerzo sistemático para completarlo con americanismos, regionalismos, localismos, extranjerismos, tecnicismos, voces de argot locuciones, etc. El Diccionario de Sinónimos y Antónimos de Espasa tiene como objetivo ofrecer al estudiante, al escritor, a la persona interesada en las cuestiones del idioma, un repertorio de palabras abundantes, casi exhaustivo con un tratamiento que permite identificar siempre el valor preciso y exacto de cada idea. La riqueza del vocabulario de la lengua española y su inmensa variedad de matices quedan con esta obra al alcance de todos los interesados en conocer y mejorar el uso del idioma. • Dirigido por Ignacio Bosque, REDES Diccionario combinatorio del español contemporáneo, Las palabras en su contexto, Ediciones SM, Madrid, 2010. REDES es un nuevo diccionario, único en el mundo, que se caracteriza y distingue del resto de diccionarios porque no define las palabras, sino que muestra las combinaciones de unas palabras con otras en función de su significado. REDES es el resultado de la colaboración entre la Universidad Complutense y Ediciones SM. El diccionario es fruto del trabajo durante cuatro años de un equipo de 16 redactores dirigido por Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, y de la colaboración de 8 becarios de la UCM. El diccionario se ha elaborado a partir de un gran corpus de 250 millones de palabras, constituido por textos periodísticos de 68 publicaciones de prensa española y americana de los últimos 20 años. • Emilio ALARCOS LLORACH, Gramática de la Lengua Española, 10ª reimpresión, Espasa Calpe, Madrid, noviembre de 2003. Ha sido redactada buscando el equilibrio entre la claridad y el rigor de la exposición, y concebida con una intención normativa y didáctica, por lo que constituye algo más que un mero tratado teórico de la materia. En ella se exponen los rasgos de la gramática del español en los actos orales y escritos de los usuarios de la lengua en este siglo XX, descritos según un hilo conductor consecuente y con una orientación metodológica funcionalista. El autor ha tenido presente que la actitud normativa no debe ocultar la rigurosa descripción de los hechos, y que ésta no ha de imponerse sobre la claridad de la norma y el propósito didáctico. • Real Academia Española, ORTOGRAFÍA de la lengua española, Edición Revisada por las Academias de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 1999. La ortografía es una rama de la gramática que enseña las reglas de uso de las letras y signos auxiliares de una lengua con el fin de escribirla correctamente. Junto con la Nueva gramática de la lengua española, resultado de once años de intenso trabajo de las veintidós Academias de la Lengua Española, la Ortografía de la Lengua española es la herramienta indispensable para escribir correctamente en lengua española. La Real Academia Española, en colaboración con todas las Academias americanas, ha preparado esta edición de la Ortografía de la lengua española. Una nueva sistematización de las normas, la resolución de numerosas dudas prácticas y la abundancia de ejemplos la convierten en una obra eminentemente pedagógica. Pensada para todos los públicos, resulta una obra imprescindible para profesores y alumnos. Y además una nueva imagen: nuevo diseño basado en el nuevo DRAE XXII edición y nueva encuadernación en tapa dura Dicho lo cual, acabaremos esta Introducción sobre el ensayo apuntando brevemente que la definición de los géneros literarios supone, en general, un grave problema. Aunque tienen unas señas de identidad visibles, son con frecuencia fórmulas ambiguas, de fronteras porosas y poco precisas donde es corriente el solapamiento, o las creaciones en las que el autor puede alejarse de los paradigmas conocidos buscando la originalidad y la renovación literaria. El ensayo plantea todavía mayores dudas. Se trata de un género paraliterario, no expresamente literario, sobre el que han existido innumerables confusiones. Autores y editores publican bajo el epígrafe de ensayo textos que no entran claramente en las categorías habituales de los géneros al uso, con lo que se convierte en una especie de cajón de sastre. Al mismo tiempo, la diversidad de temas, la variación de registros mentales y de su tratamiento estético provocan que el mundo del ensayo sea un espacio variopinto y diverso. El hecho de que su naturaleza sea poco orgánica dificulta la tarea de reconocimiento y lo convierte en una creación mutable sujeta a perspectivas cambiantes por la importancia que adquiere en estos escritos el punto de vista personal y la experiencia del ensayista, por la particular relevancia que tiene en su motivación creadora el contexto histórico coetáneo. Además no tiene una forma única de expresión ya que se adapta a subgéneros literarios existentes. Para definir el ensayo con corrección es necesario abordarlo desde distintas ópticas para acotar en este acoso múltiple algunas de sus peculiares señas de identidad o recomponer su identidad. Por último, hemos de señalar que se ha echado mano, sobre todo, del léxico filosófico, amén de otros tipos de vocabularios, por lo que las interpretaciones de términos aparecen en las correspondientes notas a pie de página. Nada nos haría tan felices como el escribir al modo de Ortega y Gasset, pero nuestras pretensiones distan mucho de la realidad. EL ENSAYO COMO GÉNERO LITERARIO Como la exposición del presente tema es ensayística, no podemos evitar el referirnos, aunque sea un tanto precipitadamente, al ensayo, el cual no deja de ser una obra literaria. Así, pues, sin pensarlo dos veces, un ensayo es un género literario (género didáctico) que consiste en exponer argumentos u opiniones originales y de interés. Suele tener cierto enfoque didáctico, crítico y personal, por lo que se ha utilizado, a pesar de que se ha tenido en cuenta el vocabulario científico, un léxico muy sencillo y asequible a todo el mundo. Si se advierte la estructuración del mismo que hemos hecho, se caerá en la cuenta de que las aclaraciones o notas a pie de página están escritas en Times New Roman nº 9, mientras que el ensayo propiamente dicho lo está en Times New Roman nº 11. Así, hemos pretendido articular dos niveles de lectura, pero -insistimos- el ensayo genuino y original está redactado en Times New Roman nº 11. Además, hacemos esta aclaración porque en muchas notas a pie de página se ha utilizado directamente la bibliografía que consta al final del mismo, lo cual no ocurre con el ensayo propiamente tal que es original y personal. El número de notas a pie de página es asombroso, ya que esconden las claves originales del ensayo que hemos escrito, constituyendo -digamoslo así- las auténticas fuentes científicas (puede tratarse de vocabulario filosófico, histórico, artístico, etc.) utilizadas para la elaboración de este texto. Dichas notas a pie de página, en la mayoría de los casos, resultan ser notas aclaratorias sobre el significado de la terminología usada, aunque no faltan entre ellas las citas bibliográficas, o el comentario de una obra cuya lectura, por venir al caso, se recomienda. En suma, lo que hemos pretendido es que la obra pueda leerse de una tirada, sin forzar a cualquier consulta bibliográfica por parte del lector/a de la misma. Así, estamos seguros de que, sin despistes de ningún tipo, el lector obtendrá una visión más global y unitaria del presente escrito. No queremos obligar al lector a que comparta nuestros puntos de vista un tanto a la fuerza. Así, pues, el ensayo es un tipo de texto en prosa que analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico. Las características clásicas más representativas de un ensayo son: • Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo. Que tiene como finalidad argumentar el tema. • Posee un carácter preliminar, introductorio, de carácter propedéutico. • Presenta argumentos y opiniones sustentadas. En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. Así, a los estudiantes de secundaria se les enseña formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos. El ensayo literario se caracteriza por su amplitud en tratar los temas. La mayoría parten de una obra literaria pero el ensayo literario no se limita a su estudio exclusivo. En un texto subjetivo donde se combinan la experiencia del ensayista, hábitos de estudio, trabajo literario y opiniones de una persona que muestra interés en la literatura. Los ensayos literarios tienen características comunes: subjetividad, sencillez y estilo del ensayista. Así busca resaltar el punto de vista, reflexiones literarias y pensamiento del autor. En cambio el ensayo científico trata un tema del campo de las ciencias formales, naturales y sociales con creatividad, logrando una combinación del razonamiento científico con el pensamiento creativo del ensayista. En el ensayo científico se toma de la ciencia la meta, que es buscar y explorar la realidad en busca de la verdad. Del aspecto artístico toma la belleza y la expresión a través de la creatividad sin descuidar el rigor del método científico y la objetividad de las ciencias. Luego, la carga de subjetividad de estos textos es muy grande, por lo que no nos ha importado en absoluto mostrar nuestras fuentes desde un principio. No se ha utilizado ningún tipo de documentación archivística, por lo que la base para la actualización de la información procede de la bibliografía que sí hemos pretendido que sea abundante. Aunque está indicado con minuciosidad, se han utilizado fuentes provenientes de Internet. No cualquier página web, sino las recomendadas principalmente en la obra de Igor Galo, titulada Los mejores sitios web culturales (Col. Flashmás nº 5). Internet es el instrumento de comunicación y obtención de información más potente que se ha creado; en Internet está todo, y no podía faltar la presencia de la cultura. Pero el volumen de sitios web que existen resulta desmesurado y siempre imposible de abarcar. En la obra citada se proponen y comentan alrededor de 300 direcciones de sitios web que comprenden todos los aspectos de la cultura, y que abren una puerta al mundo y a toda su riqueza cultural. Por lo demás, dentro de la bibliografía en papel se han utilizado diversas enciclopedia, así como el Diccionario de la RAE, las consabidas monografías y más de un artículo, sin olvidar alguna biografía. Luego, el tema tratado ha sido perfectamente actualizado, pues se ha consultado sobre el mismo la última bibliografía que se ha editado. Un ensayo es una obra literaria relativamente breve, de reflexión subjetiva pero bien informada, en la que el autor trata un tema por lo general humanístico de una manera personal y sin agotarlo, y donde muestra cierta voluntad de estilo, de forma más o menos explícita, encaminada a persuadir al lector de su punto de vista sobre el asunto tratado. El autor se propone crear una obra literaria y no simplemente informativa, y versa sobre todo de temas humanísticos (literatura, filosofía, arte, ciencias sociales y políticas...), aunque también, más raramente, de asuntos científicos. El ensayo, a diferencia del texto informativo, no posee una estructura definida ni sistematizada o compartimentada en apartados o lecciones, por lo que suele carecer de aparato crítico, bibliografía o notas, o estas son someras o sumarias (en el caso del ensayo escolar, es preciso aportar todas las fuentes); ya desde el Renacimiento se consideró un género más abierto que el medieval tractatus o tratado o que la suma, y se considera distinto a ellos no solo en su estructura libérrima y nada compartimentada en secciones, sino también por su voluntad artística de estilo y su subjetividad, ya que no pretende informar, sino persuadir o convencer del punto de vista del autor en el tratamiento de un tema que, como ya se ha dicho, no pretende agotar ni abordar sistemáticamente, como el tratado: de ahí su subjetividad, su carácter proteico y asistemático, su sentido artístico y su estructura flexible, que personaliza la materia. El ensayo es una interpretación o explicación de un determinado tema —humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, por mencionar algunos ejemplos—, desarrollado de manera libre, asistemática, y con voluntad de estilo sin que sea necesario usar un aparataje documental. En la Edad Contemporánea este tipo de obras ha llegado a alcanzar una posición central. En la actualidad está definido como género literario, debido al lenguaje, muchas veces poético y cuidado que usan los autores, pero en realidad, el ensayo no siempre podrá clasificarse como tal. En ocasiones se reduce a una serie de divagaciones y elucubraciones, la mayoría de las veces de aspecto crítico, en las cuales el autor explora un tema concreto o expresa sus reflexiones sobre él, o incluso discurre y diserta sin tema específico. Utiliza la modalidad discursiva expositivo-argumentativa y un tipo de «razonamientos blandos». A esto convendría añadir además que en el ensayo existe una «voluntad de estilo», una impresión subjetiva que es también de orden formal. Dado el género literario utilizado, concretamente el ensayo, su redacción obedece, poco más o menos, al movimiento de las olas del mar. Aunque nuestro propósito ha estado claro desde el principio, por tratarse de un ensayo no hemos podido evitar los flujos y reflujos, es decir, la machacona repetición de ideas, términos, etc., pues el ensayo se termina hoy y se comienza mañana, por lo que llevar un plan directivo desde el principio de su redacción es una empresa ardua y difícil. El escritor se detiene hoy en un punto, que no significa un punto seguido. Al día siguiente, el ánimo puede conducirte a la elaboración de otros presupuestos, que significan un punto y aparte. Es por ello que el presente ensayo puede ser leído comenzando en cualquier punto. Un subtítulo concreto tiene un sentido pleno, por lo que la obra no ofrece un claro desarrollo lineal. Sin embargo, se aconseja hacer una lectura lineal de este ensayo, pues dicha postura permitirá una comprensión mejor del tema tratado. En otro orden de cosas, como la presente obra se trata de un ensayo, hemos cuidado escrupulosamente el estilo y el vocabulario, el léxico que se ha utilizado en su redacción. Para ello, nos hemos apoyado esencialmente en cinco obras, que serían: • VV.AA., Diccionario de la lengua española, cuya redacción está a cargo de la Real Academia Española, Vigésima Segunda Edición, 2001, 2 vols. • VV.AA., Diccionario de Sinónimos y Antónimos, 3ª edición, Espasa Calpe, S.A., Madrid, septiembre 1995. El ámbito del Diccionario de Sinónimos y Antónimos es muy amplio. Ninguna de las áreas (geográficas, dialectales, científicas, técnicas) ha dejado de ser tratada. Además del caudal léxico de la lengua, cuya fuente básica es el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, se ha realizado un esfuerzo sistemático para completarlo con americanismos, regionalismos, localismos, extranjerismos, tecnicismo, voces de argot, locuciones, etc. El Diccionario de Sinónimos y Antónimos de Espasa tiene como objetivo ofrecer al estudiante, al escritor, a la persona interesada en las cuestiones del idioma, un repertorio de palabras abundantes, casi exhaustivo con un tratamiento que permite identificar siempre el valor preciso y exacto de cada idea. La riqueza del vocabulario de la lengua española y su inmensa variedad de matices quedan con esta obra al alcance de todos los interesados en conocer y mejorar el uso del idioma. • Dirigido por Ignacio Bosque, REDES Diccionario combinatorio del español contemporáneo, Las palabras en su contexto, Ediciones SM, Madrid, 2010. REDES es un nuevo diccionario, único en el mundo, que se caracteriza y distingue del resto de diccionarios porque no define las palabras, sino que muestra las combinaciones de unas palabras con otras en función de su significado. REDES es el resultado de la colaboración entre la Universidad Complutense y Ediciones SM. El diccionario es fruto del trabajo durante cuatro años de un equipo de 16 redactores dirigido por Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, y de la colaboración de 8 becarios de la UCM. El diccionario se ha elaborado a partir de un gran corpus de 250 millones de palabras, constituido por textos periodísticos de 68 publicaciones de prensa española y americana de los últimos 20 años. • Emilio ALARCOS LLORACH, Gramática de la Lengua Española, 10ª reimpresión, Espasa Calpe, Madrid, noviembre de 2003. Ha sido redactada buscando el equilibrio entre la claridad y el rigor de la exposición, y concebida con una intención normativa y didáctica, por lo que constituye algo más que un mero tratado teórico de la materia. En ella se exponen los rasgos de la gramática del español en los actos orales y escritos de los usuarios de la lengua en este siglo XX, descritos según un hilo conductor consecuente y con una orientación metodológica funcionalista. El autor ha tenido presente que la actitud normativa no debe ocultar la rigurosa descripción de los hechos, y que ésta no ha de imponerse sobre la claridad de la norma y el propósito didáctico. • Real Academia Española, ORTOGRAFÍA de la lengua española, Edición Revisada por las Academias de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 1999. La ortografía es una rama de la gramática que enseña las reglas de uso de las letras y signos auxiliares de una lengua con el fin de escribirla correctamente. Junto con la Nueva gramática de la lengua española, resultado de once años de intenso trabajo de las veintidós Academias de la Lengua Española, la Ortografía de la Lengua española es la herramienta indispensable para escribir correctamente en lengua española. La Real Academia Española, en colaboración con todas las Academias americanas, ha preparado esta edición de la Ortografía de la lengua española. Una nueva sistematización de las normas, la resolución de numerosas dudas prácticas y la abundancia de ejemplos la convierten en una obra eminentemente pedagógica. Pensada para todos los públicos, resulta una obra imprescindible para profesores y alumnos. Y además una nueva imagen: nuevo diseño basado en el nuevo DRAE XXII edición y nueva encuadernación en tapa dura Dicho lo cual, acabaremos esta Introducción sobre el ensayo apuntando brevemente que la definición de los géneros literarios supone, en general, un grave problema. Aunque tienen unas señas de identidad visibles, son con frecuencia fórmulas ambiguas, de fronteras porosas y poco precisas donde es corriente el solapamiento, o las creaciones en las que el autor puede alejarse de los paradigmas conocidos buscando la originalidad y la renovación literaria. El ensayo plantea todavía mayores dudas. Se trata de un género paraliterario, no expresamente literario, sobre el que han existido innumerables confusiones. Autores y editores publican bajo el epígrafe de ensayo textos que no entran claramente en las categorías habituales de los géneros al uso, con lo que se convierte en una especie de cajón de sastre. Al mismo tiempo, la diversidad de temas, la variación de registros mentales y de su tratamiento estético provocan que el mundo del ensayo sea un espacio variopinto y diverso. El hecho de que su naturaleza sea poco orgánica dificulta la tarea de reconocimiento y lo convierte en una creación mutable sujeta a perspectivas cambiantes por la importancia que adquiere en estos escritos el punto de vista personal y la experiencia del ensayista, por la particular relevancia que tiene en su motivación creadora el contexto histórico coetáneo. Además no tiene una forma única de expresión ya que se adapta a subgéneros literarios existentes. Para definir el ensayo con corrección es necesario abordarlo desde distintas ópticas para acotar en este acoso múltiple algunas de sus peculiares señas de identidad o recomponer su identidad. Por último, hemos de señalar que se ha echado mano, sobre todo, del léxico filosófico, amén de otros tipos de vocabularios, por lo que las interpretaciones de términos aparecen en las correspondientes notas a pie de página. Nada nos haría tan felices como el escribir al modo de Ortega y Gasset, pero nuestras pretensiones distan mucho de la realidad. HISTORIA DEL ENSAYO ESPAÑOL 1.1.1. 1580-1700 El uso del término ensayo para designar a un tipo de escritos de carácter discursivo se generaliza en la cultura española en el siglo XIX, aunque es término que ya hallamos utilizado con significados varios, incluido el ensayístico, en el Siglo de las Luces. Convive a lo largo de los tiempos con una serie de géneros afines, convertidos en fórmulas alternativas para la expresión del pensamiento. La carta, el diálogo, la miscelánea, el tratado y, sobre todo, el discurso, entre otros muchos, han servido de cauce para el análisis y la crítica personal sobre una variada panoplia de temas que inquietaban al hombre en relación con la sociedad coetánea: políticos, sociales, artísticos, morales, literarios, históricos... No resulta, sin embargo, fácil conocer qué escritos podemos introducir en el espacio del ensayo, dada su dosis de subjetividad y demás características propias de esta fórmula literaria, y cuáles pertenecen al ámbito de la ciencia con su intención totalizadora y erudita. Si las formas más puras no presentan ningún problema, es muy frecuente encontrar textos con rasgos menos definidos cuya ambigüedad provoca dudas razonables sobre su adscripción. Cada época ha dado prioridad como vehículo de expresión a una fórmula o a otra en razón de determinados condicionantes culturales y estéticos. También puede observarse que los escritos ensayísticos fluyen con mayor abundancia en los períodos de nuestra historia en los que la sociedad ha disfrutado de una mayor libertad (Renacimiento, Ilustración...). La censura gubernamental y el celo inquisitorial han sido agentes activos en el control de la ideología que han convertido en árido erial importantes zonas de la historia del pensamiento español. El ensayo literario moderno nace en 1580, cuando Michel de Montaigne publica los dos primeros libros de los Essais, a los que añadirá un segundo tomo con el tercero en 1588. La difusión del término se debe a Francis Bacon, que en sus Essayes (1597), título tomado del escritor francés, lo emplea como denominación de un género concreto que disponía de precedentes antiguos como las epístolas de Séneca, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Diálogos de Platón, la miscelánea Noches Áticas de Aulo Gelio o los Moralia de Plutarco, a quien el maestro Ramón Pérez de Ayala denominó “primogénito y patriarca del género moderno ensayo”. El propio Bacon reconocía esta ascendencia clásica cuando afirma: que “la palabra es nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucilio de Séneca, si uno se fija bien, no son más que ensayos, es decir meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas”. Independientemente del estilo peculiar de cada ensayista, el nuevo género tiene unas características propias como la brevedad, la presentación personalizada del conocimiento o la fragmentación en distintas partes. En los Essais Montaigne insiste en el orden fortuito y el autobiografismo del ensayo. Subraya con insistencia la identificación entre vida y obra, por otra parte propia de cualquier creación literaria, produciéndose un desplazamiento de la atención desde la materia tratada hacia el individuo, de manera que resulta imposible extraer enseñanzas objetivas o conclusiones formuladas de modo sistemático. Al presentarse el pensamiento en continuo movimiento el lector no puede reconstruir un sistema doctrinal o científico, aunque capta el modo de pensar del ensayista. La primera traducción española de los Essais fue la de Diego de Cisneros en el siglo XVII, que permaneció inédita por problemas con la Inquisición. Este autor tradujo el primer libro de los Essais entre 1634 y 1636, y, advirtiendo los problemas que podía traer su publicación íntegra, decidió expurgar varios pasajes conflictivos. Es posible que el propio traductor contribuyera de forma involuntaria a poner de manifiesto el contenido heterodoxo de la obra. Así, desde 1640 se formularon prohibiciones cautelares de los ensayos de Montaigne, en espera de la aparición de un Índice expurgatorio que nunca apareció. Hasta 1898 no se publicó la primera versión completa en nuestro idioma, editada en París, que realizó Constantino Román y Salamero. Sin embargo, los orígenes del ensayo español se remontan al siglo XV, época en la que empieza a asentarse el Humanismo temprano y se siente la necesidad de marcar las diferencias individuales frente a la consideración medieval del hombre como integrante de un orden rígido y religioso, y al mismo tiempo ampliar los referentes culturales y sociales. Esta tensión espiritual se acrecienta en el siglo XVI con el triunfo del Renacimiento y su afán por descubrir los nuevos valores humanos y su afición por los clásicos. Llegan a España las corrientes del pensamiento europeo y se profundiza en los aspectos filosóficos, lingüísticos, históricos o éticos de nuestra cultura. Aunque no se utiliza el término ensayo, existen determinadas formas discursivas en la cultura española como las colecciones de epístolas, discursos, anotaciones, libros de varia lección, diálogos didácticos, apotegmas, adagios, biografías heroicas..., fórmulas que deben tenerse en cuenta al estudiar los orígenes de este género. 1.1.2. El ensayo hasta el siglo XVII 1.1.2.1. Epístolas Las epístolas son de diferentes clases y estilos, literarias o familiares. Entre las primeras hay un tipo especial de carta, la epístola ensayística, de gran libertad formal y temática, en la que se combina la disertación objetiva de tipo filosófico con observaciones puntuales y reflexiones subjetivas. Conserva algunos rasgos de la carta familiar pero su contenido adopta un aire reflexivo condicionado por el firmante y la persona a la que va dirigida. Trata temas que van desde la política a la filosofía moral, con atención especial a las costumbres de la Antigüedad grecolatina. Se agrupan en colecciones misceláneas, que no responden a ningún orden interno prefijado, sino que cada epístola conserva su independencia respecto a las demás. Siguen los modelos de los maestros clásicos (Séneca, Cicerón) o los de Petrarca, todas ellas escritas en latín, quienes fijaron el género en la transición de la Edad Media al Renacimiento. En general, la actividad epistolar del siglo XV está marcada por un formalismo que da poco juego a lo subjetivo. Las epístolas de Alonso de Mondoñedo, obispo de Burgos, y las de mosén Diego de Valera, cronista de Enrique IV y de los Reyes Católicos, son documentos de primer orden que configuran lo que será el ensayismo hispánico. Las Letras de Hernando del Pulgar, editadas a finales del siglo XV, constituyen un ejemplo temprano de epístolas dirigidas a familiares, amigos o personas influyentes de su tiempo. Tratan de temas morales y filosóficos con observaciones subjetivas, en un tono que acepta tanto la seriedad como el comentario satírico. Durante la primera mitad del XVI se generalizó la moda de publicar epistolarios escritos en romance, debido quizá al nuevo concepto de la vida y a la diferente estimación del hombre que propugna el Renacimiento. La carta fue el instrumento adecuado para dar salida a la fuerte individualidad de los escritores. Puede considerarse como un género menor que anticipa lo que serán los rasgos característicos del ensayo. Debemos destacar las Epístolas familiares (1ª parte, 1539; 2ª parte, 1541) de fray Antonio de Guevara (¿1480?-1545), consideradas por algunos críticos como un antecedente del ensayo moderno español, por la variedad de temas que tratan y el tono personal en que están escritas. Las Epístolas son un conjunto animado y vivo de confidencias dirigidas a personajes concretos (reyes, nobles, gobernantes, clero...), en las que, con un carácter fragmentario y un sentido crítico, Guevara expresa sus saberes y sus experiencias. Las fechas de las cartas abarcan, según el autor, un período de veintiséis años, desde 1511 a 1537, y son los de más actividad los que corresponden a su cargo de predicador real y de cronista imperial. Guevara posee una amplia cultura humanística. Divulga en castellano la retórica latina sin romper la continuidad medieval, basándose en la autoridad de los antiguos, quienes le proporcionan gran cantidad de citas, anécdotas y ejemplos para ordenar su pensamiento y comunicar sus ideas. Pero, al mismo tiempo, tiene una gran libertad estética e intelectual que le hace separarse de los modelos y, con una conciencia clara de su originalidad, le lleva a crear un estilo propio sencillo y a la vez artificioso, con un vocabulario rico y variado, un tono conversacional y una mezcla de lo cuidado y lo vulgar, lo grave y lo jocoso. Guevara vive en una doble dimensión: la externa como cortesano, y la interna como franciscano, de ahí que el dualismo y la antítesis sean características de su estilo. El obispo de Mondoñedo fue autor de otros libros de tono reflexivo: Relox de Príncipes (1529), Libro de Marco Aurelio (1528), Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Durante el siglo XVII sigue vigente el género epistolar en obras como las Cartas filológicas (1634) de Francisco Cascales, colección de treinta cartas divididas en tres décadas, que tratan de asuntos variados, aunque las más numerosas son las de crítica literaria; y las Epístolas varias (1675) de Félix Lucio de Espinosa y Malo, compuestas por treinta y una cartas de temas eruditos y morales. Ambos epistolarios están concebidos desde una perspectiva humanística, y manifiestan un gran interés por la cultura clásica. 1.1.2.2. El diálogo El diálogo fue una forma literaria que se cultivó con profusión en el Renacimiento español, quizá por su ascendencia clásica, del que existe un amplio repertorio según muestran los estudios de Jesús Gómez. En él, dos o más interlocutores conversan entre sí, alternando los papeles de emisor y destinatario. Entre las diferentes modalidades que presenta hay que destacar el diálogo didáctico, perteneciente a un ámbito que está entre la ficción y la información, y que podemos situar en los orígenes del ensayo. Es un modo de expresión coherente y homogéneo, de carácter objetivo. Los interlocutores, el tiempo y el espacio están al servicio de las ideas que se derivan del proceso de la argumentación. Entre 1500 y 1525 se escribieron pocos diálogos, la mayor parte en latín, que se publicaron fuera de España. En castellano, aparte de reediciones de otros siglos y de traducciones, solamente conocemos uno de comienzos del XVI titulado Tratado de la inmortalidad del alma (1503) de Rodrigo Fernández de Santaella. A partir de 1525 los diálogos reflejan el carácter cosmopolita de la época de Carlos V, ya que se percibe en ellos la influencia de Erasmo y de los autores italianos, que se acrecentará en fechas posteriores. Así sucede en el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Diálogo de Lactancio y un Arcediano y el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, publicados hacia 1529, y en el Diálogo de la doctrina cristiana (1529) de su hermano Juan de Valdés, autor asimismo del Diálogo de la lengua, obra capital en el estudio de nuestro idioma. Debido a la censura de la Inquisición, que ejercía mayor presión en los géneros que pretendían la divulgación del pensamiento, a partir de 1550 los diálogos de tema religioso vuelven a las ideas tradicionales. Los autores sienten la necesidad de afirmar su aceptación de la ortodoxia religiosa que se había establecido en Trento. Fray Juan de Tolosa incluye dos sermones contra herejes al final de sus Discursos predicables (el segundo fue utilizado en 1568 en un auto de fe celebrado en Valladolid), y en los Diálogos del origen, autores e causa de las herejías de Francia su anónimo autor afirma que España no se contagió de las herejías del país vecino debido al buen hacer y celo del rey Felipe II. Esto no impide que se escriban algunos de tipo erasmista como los Coloquios matrimoniales (1560) de Pedro de Luján, de gran difusión. Muy característicos de la segunda mitad del XVI fueron los de tipo compendial, como Diálogos familiares de la agricultura cristiana (1589) de Fray Juan de Pineda, Torre de David de fray Jerónimo de Lemos o Microcosmía de fray Marco Antonio de Camós. A finales de siglo tuvieron gran éxito De los nombres de Cristo de fray Luis de León, editado en siete ocasiones entre 1583 y 1595, y el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada, que fue publicado en nueve ocasiones entre 1570 y 1599. 1.1.2.3. Las anotaciones y misceláneas Las anotaciones se acercan al ensayo cuando sirven de vehículo para las reflexiones del comentarista, al margen de las aclaraciones del texto. Son conocidas las Anotaciones (1580) que realiza Fernando de Herrera a las poesías de Garcilaso de la Vega, en las que no se limita a anotar las fuentes literarias ni a aclarar el sentido con enmiendas filológicas sino que se sirve de los versos del vate toledano para exponer su personal arte poética atendiendo a cuestiones variadas: métrica, uso de las figuras retóricas, temas generales como el amor y la belleza, elementos mitológicos... Son también ensayísticos los comentarios de Andrés Laguna a la traducción de la Materia médica (1555) de Dioscórides, en los que proyecta su punto de vista personal amenizado por experiencias autobiográficas. El mismo carácter ofrecen la Declaración de los siete psalmos penitenciales (1599) del fraile agustino Pedro Vega y los comentarios de Jerónimo Gómez de la Huerta a la famosa Historia natural de Plinio el Viejo. Relacionados con las anotaciones están los libros de varia lección o misceláneas, en boga durante los siglos XVI y XVII, considerados hoy precursores del ensayo moderno. Eran obras en las que se agrupaba una gran variedad de asuntos organizados con libre disposición. Inicia este género en nuestra literatura la Silva de varia lección (1540) del sevillano Pedro Mexía (1497-1551), la cual, durante un siglo, alcanzó treinta y dos ediciones y numerosas traducciones. El título de silva está relacionado con la disposición desordenada de sus elementos. Se trata de una curiosa miscelánea en la que lo histórico se mezcla con lo fantástico, las observaciones personales con lo filosófico y lo científico, en una serie de capítulos de gran variedad temática. Es más una obra de compilación que de creatividad. Una mayor personalización ofrece la Miscelánea o varia historia (escrita hacia 1593, aunque inédita hasta 1859) de Luis Zapata. Se cultivan también otros géneros que, por su tendencia a la variedad, pueden confundirse con las misceláneas como los cuentos y refranes glosados (Filosofía vulgar, 1568, de Juan de Mal Lara) o los libros de memorias a las que se aproximan: las Quinquagenas de la nobleza de España, acabada de redactar en 1556, de Gonzalo Fernández de Oviedo... 1.1.2.4. El discurso El vocablo discurso sustituye al de ensayo en las primeras traducciones de los Essais de Montaigne. Se da una gran proximidad entre ambas fórmulas especialmente cuando los discursos aparecen agrupados en volúmenes misceláneos y tratan temas didácticos o doctrinales. El término, sin embargo, se utiliza en obras costumbristas y satíricas (Sueños y discursos, 1677, de Quevedo; Día y noche de Madrid, 1663 de Francisco Santos; Discursos morales, 1617, de Juan de Tolosa) y en autobiografías (Discurso verdadero, h.1608, de Diego Suárez; Discursos medicinales, escritos entre 1607 y 1611, de Juan Méndez Nieto; Discurso de mi vida, 1630, de Alonso de Contreras). Los discursos doctrinales, asimilados al ensayo, fueron abundantes en los siglos XVI y XVII, se editaron unas veces aislados y otras en forma miscelánea: Discurso de la poesía castellana (1575) de Gonzalo Argote de Molina, Quince discursos (1586) de Ambrosio de Morales, Discursos del amparo de los legítimos pobres (1598) de Cristóbal Pérez de Herrera, Discurso poético (1624) de Juan de Jáuregui, Tres discursos (1629) de Juan Gutiérrez de Godoy, Errores celebrados (1653) de Juan de Zabaleta, El hombre práctico (1680) de Francisco Gutiérrez de los Ríos, excelente compendio de pensamiento preilustrado. No hay que olvidar tampoco el aspecto ensayístico que se detecta en la prosa de los místicos, ni la proximidad que existe entre los tratados políticos y de pensamiento en general del siglo XVII y el ensayo. Figuras como Saavedra Fajardo, Quevedo o Gracián deben ser tenidos en cuenta por la trascendencia de sus ideas en su época. Numerosas obras de Francisco de Quevedo tienen un carácter teórico doctrinal. El autor las escribió a lo largo de toda su vida, excepto en sus primeros años que cultivó con mayor frecuencia la literatura festiva y satírica. Abordan diversos temas en relación con problemas personales y sociales. Unas son de tipo político: en España defendida, y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos, compuesta probablemente en 1609, hace una alabanza de España, reivindicando sus valores al mismo tiempo que incluye descripciones geográficas, históricas...; Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás, editada en dos tomos en 1626, y 1655, traza el ideal del príncipe cristiano según puede deducirse de las enseñanzas evangélicas. Sobre la política del reino de Nápoles, que el escritor conocía bien, compuso Mundo caduco y desvaríos de la edad, del que sólo se poseen fragmentos, y Lince de España u zahorí español, dedicada al rey Felipe IV. La Vida de Marco Bruto (1644), uno de sus mejores escritos políticos, consiste en una glosa de un texto de Plutarco del que extrae consecuencias de carácter universal, aunque dirigidas a la España de su tiempo. Otras obras tienen un tono filosófico y ascético, impregnadas de senequismo: De los remedios de cualquier fortuna, traducción y comentario de un texto de Séneca.; La cuna y la sepultura, donde condensa el autor los problemas del desengaño; Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: invidia, ingratitud, soberbia, avaricia; Providencia de Dios, etc. Quevedo se vio envuelto en numerosas polémicas crítico-literarias. Algunas de las obras tienen gran interés: Aguja de navegar cultos. Con la receta de hacer ‘Soledades’ en un día es un ataque a Góngora; La culta latiniparla. Catecisma de vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas se refiere a la moda de hablar afectadamente que iba extendiéndose entre las damas; Cuento de cuentos trata de eliminar del lenguaje muletillas y frases hechas de carácter vulgar. La obra doctrinal de Baltasar Gracián refleja una concepción pesimista de la vida, aunque propone fórmulas para triunfar en el mundo. El héroe (1637) es una especie de manual de conducta para un hombre de clase elevada en sus relaciones con la sociedad; descubre tretas para ocultarse o para ejercitar el disimulo, una especie de maquiavelismo para sobrevivir en el plano individual (a pesar de que Gracián no lo admitía en el plano público). El político don Fernando el Católico (1640) es un retrato y estudio de la figura del rey Fernando de Aragón, en el que se funde lo histórico con el juicio sobre el monarca, que se convierte en un verdadero tratado de filosofía política y un arte de gobernar. En El discreto (1645) compone un manual práctico para todo hombre aspirante a la discreción. Una síntesis del pensamiento del autor se da en el Oráculo manual y arte de la prudencia (1647), obra en la que sistematiza sus ideas en forma de aforismos. En Agudeza y arte de ingenio (1642) hace un ejercicio sobre las posibilidades del ingenio como forma de expresión barroca, que algunos han entendido como una retórica del conceptismo a pesar de su escaso interés normativo. Compuso Diego de Saavedra Fajardo la República literaria en su juventud, probablemente en 1612. Es una ficción alegórica al modo de Luciano o Platón, en la que el autor es conducido a la república de las letras, ciudad resplandeciente rodeada por un foso lleno de tinta. Se describen aquí las miserias y los problemas de los hombres de letras, aunque con un tono festivo. El tratado político-moral titulado Empresas políticas (1640), en la línea de los “espejos de príncipes”, contiene las ideas principales del pensamiento del escritor que presenta bajo la forma simbólico-alegórica de emblemas. Saavedra se manifiesta contra la política oportunista, proclive al engaño y a sacrificar sus principios a favor de la utilidad, y defiende la moral cristiana y el espíritu patriótico. Utiliza un tono moderado y equilibrado, cual corresponde a su faceta de diplomático. La decadencia de las letras a finales del XVII y comienzos del XVIII tiene como contrapartida una mayor actividad intelectual, con la introducción del moderno pensamiento científico y filosófico. El ensayo como género está íntimamente ligado a la Ilustración. Los intelectuales del siglo XVIII valoran el afán de saber y expresan sus conocimientos no en latín sino en las lenguas vernáculas con la intención de llegar a un público amplio. Prefieren tratar los temas que tienen una solución inmediata y que se ajustan a sus propósitos reformistas. Los debates son muy frecuentes, incluso fuera de los claustros universitarios o de las dependencias palaciegas, y se producen abundantes controversias sin que la jerarquía eclesiástica ni la Inquisición puedan mantener la ortodoxia en el pensamiento. Los escritores dieciochescos prefieren las formas de creación relacionadas con la expresión de sus ideas, utilizando fórmulas a veces difíciles de clasificar dentro de los grandes géneros literarios. El espíritu crítico lleva al desprestigio de la escolástica que avanzaba poco en el conocimiento, y a la crisis de la retórica tradicional porque no respondía al modo de comunicación que exigían los nuevos tiempos. Hay que delimitar los textos que pertenecen a la prosa de ideas del siglo XVIII, ensayos, diferenciándolos de los tratados, obras que tiene como finalidad la transmisión del saber científico o erudito más que la simple reflexión personal. Existen diversas formas de prosa ensayística que se detallan a continuación. El discurso, no como manifestación de la oratoria, sino siguiendo la función ensayística del Siglo de Oro, tuvo en Benito J. Feijoo a su principal cultivador. Fue autor del Teatro crítico universal (1726-40), colección de nueve volúmenes de discursos en los que el benedictino hace una revisión crítica de los errores comunes del vulgo desde una perspectiva ilustrada, con valentía en algunos casos y con ciertas limitaciones en otros que proceden de lo temprano de sus juicios o de su formación religiosa. Se convierte en una especie de enciclopedia en la que aventura opiniones personales sobre los temas más diversos: supersticiones, falsas creencias, religiosidad popular, medicina, educación, música, filosofía, formación de la mujer... Estos escritos promovieron numerosas polémicas, de las que le libraron la protección real, que fueron un auténtico motor del nuevo pensamiento reformista. Emplea una expresión natural y espontánea, alejada de la artificiosidad de la estética barroca. Otras veces los discursos se presentan aislados. Son ejemplo de esta modalidad: Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774), Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775), ambos de Rodríguez de Campomanes; Discurso sobre la aplicación de la filosofía a los asuntos de la religión (1757) de Andrés Piquer; Discursos políticos y morales sobre adagios castellanos (1767) de Manuel Rubín de Celis; Discurso sobre la historia de España (1788) de Juan Pablo Forner, entre otros. En ocasiones, los discursos se pronunciaban primeramente en el foro o en otro lugar público y luego se imprimían, con lo cual mantienen algunos rasgos relacionados con su origen sin diferenciarse demasiado de los ensayísticos. Los Discursos forenses, publicados póstumos en 1821, del fiscal y poeta don Juan Meléndez Valdés, al margen de su función como piezas forenses, tienen remansos reflexivos de lo más consistente del ideario ilustrado. Estos discursos fueron muy abundantes debido a la proliferación de instituciones y actos públicos en los que se exponían temas de opinión. Muy próxima al discurso está la disertación, tratado monográfico científico o erudito destinado a al exposición oral, que añade un matiz didáctico. La oración, sin embargo, casi se confunde con el discurso y, aunque existen algunas confeccionadas para ser leídas en público, la mayoría tienen forma ensayística como la Oración en alabanza de las elocuentísimas obras de Don Diego Saavedra Fajardo (1725), Oración en la que se exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española (1727) de Gregorio Mayans, Oración apologética por la España y su mérito literario (1786) de Forner, replicado en la Oración apologética en defensa del estado floreciente de España de León de Arroyal, entre otras. 1.1.2.5. Memorias e informes Las memorias y los informes adquirieron también especial relieve. Eran modelos de escritos administrativos, de carácter expositivo, que adoptaban las nuevas instituciones para difundir los resultados de las experiencias científicas realizadas por sus miembros. La memoria es un género ensayístico que surge espontáneamente o es consecuencia de un encargo. Generalmente contiene una extensa y erudita introducción histórica a la materia, seguida de las posibles reformas que se pueden realizar. Destacan las Memorias cronológicas sobre el origen de la representación de las comedias en España (1785) de José Antonio de Armona, la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas (1790) de Jovellanos, encargada por la Academia de la Historia, las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779-1792). En ocasiones se le da el nombre de informe, en este caso siempre resultado de un encargo, como el Informe en el expediente de la Ley Agraria (1795), también de Jovellanos, promovido por la Real Sociedad Económica Matritense, o el Informe fiscal en el expediente formado por queja de varios individuos de la Real Universidad de Salamanca contra el Colegio y maestros de Filosofía de ella (1796) de Forner. Una modalidad de la memoria es el memorial, escrito dirigido a un superior con la intención de pedir algo, como los presentados al rey por los ministros Melchor de Macanaz (1714), José del Campillo (1789) o el Marqués de la Ensenada (1787-1791), aunque también puede exponer un estado de cosas, como el titulado Por la libertad de la literatura española (1770) de Francisco Pérez Bayer. 1.1.2.6. Otros géneros Es también un género ensayístico la carta o epístola. La primera denominación suele utilizarse para las de índole privada, mientras que la segunda se refiere a las de intencionalidad artística. Sin embargo, ambos términos se emplean en numerosas ocasiones como sinónimos. La carta, con innumerables precedentes en la historia literaria, alcanzó un gran desarrollo en el siglo XVIII, acomodándose a temas y usos diferentes. Son ejemplo del género las Cartas familiares (1785-1786) del P. Isla dirigidas a su hermana y a su cuñado, y publicadas tras la muerte del escritor; las también Cartas familiares (1786-1793) del jesuita Juan Andrés, o las numerosas de Gregorio Mayans, así como las cartas privadas de Jovellanos, Cadalso o Moratín, que dieron materia para reflexivos epistolarios. Son, por el contrario, de tipo ensayístico las Cartas eruditas y curiosas (1742-51, en 5 tomos) de Feijoo, en las que el escritor gallego sigue con el mismo tono y espíritu crítico, aunque utilizando una forma diferente, la Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de toros en España (1776) de Nicolás Fernández de Moratín, las Cartas económico-políticas (1786-1795) de León de Arroyal, las Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública (1792-1795) de Cabarrús, etc. Asimismo, la carta se emplea como recurso formal en algunas obras literarias, que aminoran su contenido narrativo en beneficio de la reflexión, como en las novelas de fines de siglo tituladas La Leandra (1797-1807) de Antonio Valladares de Sotomayor y La Serafina (1798) de José Mor de Fuentes; en los libros de viajes como Viaje de España (1772-1794) de A. Ponz, Cartas del viaje de Asturias de Jovellanos, Cartas familiares (1786-1793) del abate Juan Andrés a su hermano, etc. La utilización del recurso de la carta nos lleva a una obra de difícil clasificación en cuanto a su género literario: las Cartas Marruecas de José de Cadalso, conjunto epistolar entre tres personajes (Nuño, Gazel y Ben Beley) en el que se mezclan reflexiones sobre la historia de España, los defectos nacionales y se predican algunas virtudes civiles. Todo ello realizado en un marco de ficción, el viaje del marroquí Gazel por España, y con la inclusión de excelentes cuadros de costumbres. Las cartas pueden considerarse individualmente como ensayos ya que tratan temas diferentes, aunque sólo adquieren pleno sentido en su conjunto, y así se entendían en las ediciones antiguas en las que cada capítulo aparecía subtitulado con la referencia temática oportuna. El desarrollo de la prensa periódica fue de gran importancia para la difusión del ensayo en el siglo XVIII. El periódico era un vehículo apropiado para difundir textos en prosa de carácter discursivo. El ensayo periodístico utilizó un estilo claro y natural, prescindiendo de la ornamentación innecesaria. La relación más estrecha entre el ensayismo y la prensa periódica se da en el conjunto de publicaciones en las que aparece la figura del "espectador", donde el publicista se presenta ante los lectores como observador privilegiado y crítico de la sociedad. Utilizan denominaciones variadas ("pensamientos", "discursos" o "cartas"), pero constituyen la manifestación más propia del ensayo en esta época. Hay dos generaciones de periodistas: la primera, alrededor de los años sesenta, con periódicos de la talla de El Duende especulativo sobre la vida civil (1761) de Juan Antonio Mercadal, El Pensador (1762-1767) de Clavijo y Fajardo, El escritor sin título (1763) de Cristóbal Romea y Tapia, de ideario conservador, La Pensadora gaditana (1763-1764); la segunda, dos décadas más tarde, con El Censor (1781-1787), acompañado por El Corresponsal del Censor (1786-1788) de Manuel Rubín de Celis, El Observador (1787) de José Marchena. En el Correo de Madrid o de los ciegos Manuel de Aguirre, bajo el seudónimo de "El militar ingenuo", publicó un conjunto de discursos y cartas, ejemplo de un pensamiento ilustrado y preliberal. Los estudios historiográficos, filológicos y estéticos en general del Siglo de las Luces constituyen una parte importante de la producción intelectual española. Muchos de ellos pertenecen al puro campo de la erudición, supuestas las limitaciones que aún tenía la ciencia, aunque otros reflejan una sensibilidad subjetiva que los acerca al ensayo. El P. Enrique Flórez (1702-1773) es considerado el mayor historiógrafo de la época y, aunque inició sus escritos con temas teológicos, su obra más conocida es la España Sagrada (1747-1772), historia eclesiástica en sentido amplio, de la que publicó 27 volúmenes, dejando otros dos inéditos. Obra monumental es también la Historia crítica de España y la cultura española del jesuita expulso Juan Francisco Masdeu (1744-1817), que concluyó en 1805 con el volumen XX. Los autores de ensayos filológicos y literarios fueron abundantes, con figuras como fray Martín Sarmiento(1695-1771), cuya obra está recogida en 19 volúmenes, de los que sólo publicó en vida dos tomos bajo el título de Demostración crítico-apologética del Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo (1732); Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781), con una extensa producción en la que se incluyen la Oración en alabanza de las elocuentísimas obras de don Diego Saavedra Fajardo (1725), la Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española (1727), los diálogos de El Orador cristiano (1733), los Orígenes de la lengua española (1737, 2 vols.), etc; Tomás Antonio Sánchez (1723-1802), que contribuyó a la edición de la Bibliotheca Hispana Nova y preparó una Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1779-1790, 4 vols.); Francisco Xavier Llampillas (1731-1810) que publicó en Génova el Saggio storico-apologetico della Letteratura Spagnuola, en seis volúmenes; Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), jesuita desterrado a Italia, cuya obra, publicada primeramente en italiano bajo el título de Idea dell'universo (1778-1792) en veintidós volúmenes, tuvo en español su versión definitiva, entre 1789 y 1805) en varias secciones: Historia de la vida del hombre (7 vols.), Viaje estático al mundo planetario (4 vols.), El hombre físico (2 vols.) y Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, y numeración, división y clases de éstas, según la diversidad de sus idiomas y dialectos (6 vols.); el abate Juan Andrés, también jesuita desterrado, que publicó numerosos trabajos en italiano y castellano entre los que sobresale Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1784-1806, 10 vols.) La Poética o Reglas de la poesía en general y de sus principales especies, escrita por Ignacio de Luzán y publicada en Zaragoza en 1737, es una obra fundamental desde el punto de vista de la teoría de la literatura y de la estética. La formación culta del aragonés dificulta su inclusión en el ámbito ensayístico, aunque debemos recordarla como animadora de la estética neoclásica. Se divide en cuatro libros: "Del origen, progresos y esencia de la poesía", "De la utilidad y del deleite de la poesía", "De la tragedia y comedia y otras poesías dramáticas" y "Del poema épico". De 1789 es la segunda edición, corregida y aumentada con nuevas reflexiones. Tuvo el mérito de ampliar los debates y controversias que se realizaban sobre el teatro, con la participación de numerosos escritores. Agustín de Montiano (1697-1764), fundador de la Academia de la Historia, es autor de los dos volúmenes del Discurso sobre las tragedias españolas (1750-53). Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) antepuso un discurso a su comedia La Petimetra (1762) y escribió tres opúsculos titulados Desengaños al teatro español (1763). Tomás de Iriarte (1750-1791) escribió Los literatos en cuaresma. Félix María de Samaniego (1745-1801) compuso folletos como Continuación de las memorias de Cosme Damián con motivo de una viva polémica que sostuvo con el dramaturgo Vicente García de la Huerta (1734-1787) quien replicó con su Lección crítica a los lectores del papel intitulado Continuación… Escritos ensayísticos de carácter satírico son Eruditos a la violeta (1772) de José Cadalso, algunas obras de Juan Pablo Forner (1756-1797), autor asimismo de una Oración apologética por la España y su mérito literario (1786) y Exequias de la lengua castellana (1782) junto a numerosos libelos, y La derrota de los pedantes. Sátira contra los vicios de la poesía española (1789) de Leandro Fernández de Moratín. Fueron también abundantes los ensayos referidos a las artes plásticas: Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal (1789) de Esteban de Arteaga, así como el Elogio de las Bellas Artes (1781), Elogio de don Ventura Rodríguez (1788) y la famosa Memoria del castillo de Bellver (1805) de Jovellanos; los de carácter misceláneo como el Viaje de España o Cartas en que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella (1772-1792), en 18 volúmenes, de Antonio Ponz (1725-1792). 1.1.3. El ensayo en el siglo XIX Desde comienzos del siglo XIX hasta 1868 hubo escasa vida cultural. Las primeras décadas de siglo, tras el exilio de las figuras más destacadas de la intelectualidad española acusadas de afrancesamiento, la sociedad española comienza una etapa de transición ideológica y estética. Se intentaron extraer principios filosóficos que fundamentasen los estudios literarios. Personalidades destacadas de esta evolución fueron Alberto Lista (1775-1848) y Manuel José Quintana (1772-1857). El primero realizó una serie de reflexiones teóricas que aplicó a la literatura española, especialmente al teatro. Es autor de Artículos críticos y literarios (1840), Ensayos literarios y críticos (1844), Lecciones de literatura española (1836-1853). Quintana elaboró los prólogos de los tres tomos de la edición que preparó titulada Colección de poetas castellanos (1795-1797), a la que siguió su recopilación Poesías selectas castellanas (1807), compuso el poema doctrinal Reglas del drama (1821) y varios trabajos recogidos en sus Obras completas en 1852, ampliadas en una nueva edición en 1897-1898. Pervive la estética clasicista en escritos como el Arte de hablar en prosa y verso (1826) de José Gómez Hermosilla (1771-1837) y la Poética (1827) de Martínez de la Rosa. Algunos escritores relacionados con el pensamiento liberal se encuentran en la frontera entre ambos siglos como, el abate Marchena y José María Blanco-White. El ideario romántico nació lastrado de conservadurismo dentro de los estrechos cauces que promueve la política cultural del reinado de Fernando VII. La polémica que se origina entre Juan Nicolás Böhl de Faber (1770-1836), cónsul alemán afincado en Cádiz, y José Joaquín de Mora (1783-1864) sirve para introducir en España el pensamiento romántico conservador. Un artículo de Böhl de Faber, trasladando ideas del alemán August W. Schlegel, publicado en el Mercurio Gaditano en 1814, dio lugar a una respuesta de Mora titulada Crítica de las reflexiones de Schlegel sobre el teatro. Se originó así una discusión en la que se mostraron dos perspectivas ideológicas diferentes, la del liberalismo-clasicismo (Mora) frente a la del conservadurismo católico-romanticismo de Böhl, que manifestaba más un fondo político que literario. Otra aportación crítica fue la que tuvo como forma de expresión la revista El Europeo, con sede en Barcelona, en la que publicaron sus artículos Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler entre otros. Asimismo contribuyeron a la crítica romántica el Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español (1828) de Agustín Durán (1793-1862) y las obras de Bartolomé José Gallardo (1776-1852) y Antonio Alcalá Galiano (1789-1865). Mariano José de Larra (1809-1837) lleva a cabo una intensa obra divulgadora en la prensa que le convierte en un personaje de primer orden como vocero del pensamiento decimonónico progresista. Es el creador del artículo crítico y ensayístico, de breve extensión, que continúa la línea de los grandes periodistas ilustrados. Desde muy joven empezó a colaborar en publicaciones periódicas que le permitieron desarrollar su capacidad analítica. La primera compilación de su obra con el título de Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres apareció en 1835 en tres volúmenes y se completó en 1837 con otros dos tomos. Encontramos en la colección dos tipos de artículos: a) de análisis político, social y de costumbres; b) de estudios sobre literatura y arte. La crítica de Larra está condicionada por la existencia de la censura, que desarrolló su capacidad satírica, y por la realidad socio-política de su época. Su ideario está marcado por su formación enciclopedista y por una personalidad escéptica. Representantes decimonónicos de la filosofía neoescolástica, tradicionalista y conservadora son Jaime Balmes (1810-1848) y Donoso Cortés (1809-1853), estandartes del pensamiento católico. Los escritos socio-políticos de Balmes se inician con El celibato en el clero (1839), que maduran en Observaciones sobre los bienes del clero (1840) y Consideraciones políticas sobre la situación de España (1840), a las que siguen numerosos artículos que fueron apareciendo hasta 1846. La obra filosófica está formada por cinco libros, dos de los cuales alcanzaron resonancia europea: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1842-1844) y Filosofía fundamental (1846) en los que el autor realiza sus aportaciones al pensamiento de la época. En El Criterio (1845), Curso de Filosofía elemental (1847) y Cartas a un escéptico en materia de religión (1847), con propósito didáctico, analiza de forma clara diversos temas desde su perspectiva católica. Donoso Cortés presenta una actitud ideológica diferente, ya que evoluciona desde un liberalismo radical hasta un catolicismo profundamente reaccionario. Su obra ensayística es amplia, aunque el libro que le ha dado fama internacional es Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo (1851). Continuadores del pensamiento hegeliano son los políticos Francisco Pi y Margall (1824-1901) y Emilio Castelar (1832-1899). La única gran escuela filosófica del siglo XIX es el krausismo, doctrina universalista, progresista y humanitaria que procede del alemán Krause (1781-1831). Supuso un paso entre las corrientes idealistas y las positivistas. Estuvo integrada por personas de diferente talante intelectual. Su introducción en España se debe a Julián Sanz del Río (1814-1869), que expone este pensamiento en sus obras Lecciones sobre el sistema de la filosofía analítica (1850), Sistema de la filosofía metafísica. Primera parte. Análisis (1860) y Segunda Parte. Síntesis (1874) y el Ideal de la humanidad para la vida (1860), además de algunos trabajos póstumos que completaron sus discípulos. Figuras relevantes de este movimiento fueron Manuel Sales y Ferré (1843-1910), Gumersindo de Azcárate (1840-1917) y Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien estableció la Institución Libre de Enseñanza en 1876 e impulsó la actividad socio-política y cultural de su tiempo. Publicó numerosas obras, muchas de ellas en el campo de la educación, entre las que destacan Estudios jurídicos y políticos (1875), Lecciones sumarias de Psicología (1874 y 1878), El espíritu de la educación en la Institución Libre de Enseñanza (1880), Educación y enseñanza (1899), Estudios y fragmentos sobre la teoría de la persona social (1899), El problema de la educación nacional (1900), Filosofía y Sociología (1904). El krausismo también produjo gran número de escritos de crítica literaria, del propio Giner de los Ríos y de otros autores como Francisco de Paula Canalejas, Manuel de la Revilla... Los grandes narradores de la literatura realista fueron a su vez agudos críticos literarios entre los que creció el ensayo de tema literario. Valera escribió numerosos artículos que se recogen en Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días (1864), Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas (1887), Nuevos estudios críticos (1888), La Metafísica y la Poesía (1891... Galdós (1843-1920), que se inició como teórico de la novela al tiempo que comenzó su producción literaria, expuso sus propuestas de la narrativa realista en Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870) y Un tribunal literario (1872), teorías que completa en los prólogos que antepuso a cinco novelas (tres propias y dos ajenas) y en dos discursos académicos. Leopoldo Alas, Clarín, (1852-1901), respetado y temido en su época por su ácido lenguaje y duras críticas, escribió abundantes páginas en los periódicos y publicó libros como Solos de Clarín (1881), Folletos literarios (1886-1891), Palique (1894), entre otros muchos. Emilia Pardo Bazán (1851-1921) adquirió especial fama por la polémica en torno al Naturalismo reflejada en el volumen, prologado por Clarín, titulado La cuestión palpitante (1882-1883), que se amplió luego con otros escritos. Joaquín Costa(1844-1911) y Ángel Ganivet (1865-1898) son los representantes más destacados del llamado regeneracionismo de fin de siglo, que inspiró el ideario de los jóvenes de la Generación del 98. Costa, de procedencia social humilde y autodidacto, fue notario y profesor en la Institución Libre de Enseñanza. Su extensa producción está formada por numerosos artículos y libros de variadas materias entre los que sobresalen Colectivismo agrario en España (1898) y Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España (1901). Ganivet, dedicado a la diplomacia en los países del norte de Europa, se suicidó en Letonia en 1898. Su pensamiento se recoge en su obra ensayística: Granada la bella (1896), Idearium español (1897) y, publicados póstumamente, las Cartas finlandesas, Hombres del norte, España filosófica contemporánea. Los estudios filológicos están representados a finales del siglo por la egregia figura del catalán Manuel Milá y Fontanals (1818-1884), creador del llamado "método histórico" en la reconstrucción literaria. Publicó un Compendio del arte poético (1844), Observaciones sobre la poesía popular (1853), Principios de estética (1857), De los trovadores en España (1861)... Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), que le consideró su maestro, realizó una ingente labor en el campo de la cultura dedicándose a las labores de análisis y compilación. Elaboró multitud de prólogos, discursos y escritos de todo tipo, no sólo de historia literaria sino de historia de las ideas en general. Durante su juventud profesó un radicalismo tradicionalista que se refleja en sus obras: La ciencia española (1876-1888) e Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882). Le siguen Horacio en España (1877), Historia de las ideas estéticas en España (1883-1891), Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma (1890-1908), Ensayos de crítica filosófica (1892), Antología de poetas hispano americanos (1893-1895), Orígenes de la novela. Tratado histórico sobre la primitiva novela española (1905-1914), y la colección de Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (ed. 1919-1925) 1.1.4. El ensayo en el siglo XX Durante todo el siglo XX se ha producido un notable desarrollo de la prosa de opinión. Los escritores de la Generación del 98 están marcados por la herencia cultural que recibieron del krausismo y del regeneracionismo y por la crisis política que supuso el desastre del 98. Configuran el moderno ensayo español, alejándolo de la retórica decimonónica, y crean una prosa literaria adecuada a los nuevos tiempos. Su pensamiento pasa por dos etapas claramente diferenciadas: en la juventud criticaron la sociedad y la cultura desde posturas de ideología muy progresista, sufriendo luego cada uno su peculiar evolución que les llevó a actitudes muy personales ante la realidad, algunas en exceso conservadoras. Recrean la historia, el paisaje, a nuestros clásicos. Miguel de Unamuno (1864-1936) destacó en todos los géneros literarios, pero fue en el ensayo donde mejor reflejó su pensamiento contradictorio y conflictivo. Temas como la lucha irreconciliable entre la razón y la fe, el problema de la personalidad y, sobre todo, la inmortalidad están siempre presentes en sus escritos. En torno al casticismo (1895) sobre el tema de España, Tres ensayos (1903), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1912) o La agonía del Cristianismo (1925) se cuentan entre sus títulos principales. Como cultivador del ensayo se le ha comparado con escritores que realizaron una literatura de confesión (Rousseau, Sénancoury Amiel) y se han detectado en sus libros influencias de Kierkegaard y William James. Ha conseguido un gran nivel de aceptación de público y crítica, y una gran repercusión en la cultura española hasta nuestros días. La producción de Ramiro de Maeztu (1875-1936) se reparte entre los artículos periodísticos y los ensayos. En éstos se percibe claramente su evolución ideológica desde sus orígenes anarquistas y socialistas a una postura reaccionaria, ejemplo del tradicionalismo católico español. Son lo fundamental de su trabajo Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919), Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926) y su famosa Defensa de la Hispanidad (1934), en la que expone los valores más tradicionales. Pío Baroja (1872-1956), de mayor relevancia como novelista, es también autor de reflexiones ensayísticas como las que nos ofrece en El tablado de arlequín (1904), Juventud, egolatría (1917), La caverna del humorismo (1919) o Divagaciones apasionadas (1924), además de algunos otros ensayos posteriores como Vitrina pintoresca (1935), El diablo a bajo precio (1939), Chopin y Jorge Sand, y otros ensayos (1941), Pequeños ensayos (1943), La decadencia de la cortesía y otros ensayos (1956). Más poético y estilizado que Baroja, José Martínez Ruiz (1873-1967), quien popularizó el seudónimo de Azorín, cultiva una prosa de técnica impresionista, de frase corta, atenta a los pequeños detalles, opuesta a la grandilocuencia del siglo anterior. Casi toda su producción puede designarse como ensayo artístico en el que trata los temas más diversos: El alma castellana (1900), Los pueblos (1905), Castilla (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1914), Al margen de los clásicos (1915), Una hora de España (1924). En sus novelas, Azorín separa lo descriptivo de las partes de tipo ideológico, que en ocasiones proceden de artículos ya publicados en la prensa. Al mismo tiempo, todos los escritores del 98 practicaron la crítica literaria, que adquiere especial relieve en Antonio Machado (1875-1939), hijo tardío del 98, y se recoge en los textos de los apócrifos Juan de Mairena (1936) y la edición póstuma de Abel Martín (1943), además de los apuntes que se contienen en Cuaderno de Literatura (1952) y Los complementarios (1957). Se perciben en él rasgos filosóficos que le sitúan como precursor de un concepto de metafísica heideggeriano, aprendido quizá en los cursos que siguió sobre Bergson en París. Ensayistas de tipo modernista podemos considerar a José Bergamín, Juan Larrea, Antonio Espina... El desarrollo progresivo del pensamiento que se venía produciendo en España desde mediados del siglo anterior da lugar a una renovación filosófica que puede relacionarse con el movimiento literario denominado Novecentismo. La máxima figura y el símbolo de esta renovación es José Ortega y Gasset (1883-1952), catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid. Desde su primer libro Meditaciones del Quijote (1914) se sitúa como original contemplador de las cosas más diversas, actitud que refleja en El espectador, en ocho volúmenes, cuya publicación comienza en 1916 y termina en 1934. Le siguen El tema de nuestro tiempo (1923), donde expone su programa de la razón vital, así como numerosas reflexiones sobre problemas de estética, política o cuestiones sociales: Ideas sobre la novela (1914), España invertebrada (1921), La deshumanización del arte (1925), La rebelión de las masas (1930), En torno a Galileo (1933), Apuntes sobre el pensamiento (1943), etc. Fue enorme la repercusión de Ortega en la vida cultural española de su tiempo, creándose lo que se llamó la Escuela de Madrid, de la que podemos citar nombres como Manuel García Morente, Xavier Zubiri, Julián Marías, Fernando Vela, Paulino Garagorri... Otros ensayistas que ejercieron una profunda influencia en el pensamiento posterior son Amor Ruibal (1869-1930), Juan Zaragüeta (1883-1974) y sobre todo Eugenio D'Ors (1882-1954). Éste comenzó su obra en catalán, utilizando el seudónimo de Xenius, pero pasó pronto al castellano. Destaca como crítico y filósofo, aunque su filosofía no llega a alcanzar su expresión definitiva en vida del autor. Su obra más relevante es Tres horas en el Museo del Prado (1922), donde manifiesta su sensibilidad para lo artístico, y las Glosas (1920) y Novísimo Glosario (1946), expresión personal del pensamiento fragmentario. Durante los años anteriores y en la guerra civil hubo un aumento de teóricos y ensayistas difusores de una ideología política autoritaria e integrista. Además de José Antonio Primo de Rivera, debemos destacar a Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936), Víctor Pradera (1872-1936), Onésimo Redondo (1905-1936), Rafael Sánchez Mazas (1894-1966) y Ernesto Giménez Caballero (1898-). Algunos escritores que pertenecen a este grupo cambian pronto de orientación. Es el caso de Dionisio Ridruejo (1912-1975) o Rafael Calvo Serer (1916). Esta literatura comienza a decaer a partir de 1939. La guerra civil trajo consigo la marcha de los intelectuales progresistas al exilio, donde desarrollaron sus reflexiones llenas de nostalgia. La nómina de los pensadores del exilio es muy numerosa, pero todos tienen como característica común compartir en mayor o menor medida la herencia de Ortega. Por sus ensayos filosóficos ocupan un lugar destacado Manuel Granell(1906), María Zambrano (1907), Francisco Ayala (1906), Luis Recasens Siches (1903) y José Gaos (1900-1969). Formarían un grupo especial filósofos catalanes agrupados bajo el epígrafe de "Escuela de Barcelona": Jaime Serra Hunter (1878-1943), Joaquín Xirau (1895-1946), Eduardo Nicol (1907), José Ferrater Mora (1912). Filósofos socialistas, en un sentido amplio de la palabra, serían: Fernando de los Ríos (1879-1949), Luis Araquistain (1886-1959), Juan David García Bacca (1901), entre otros. En España también quedaron escritores que trabajaron en el campo del pensamiento, como Salvador de Madariaga (1886-1979), que cultiva diversos géneros y temas, desde la historia y la política hasta la literatura. Sus trabajos más significativos han sido Ingleses, franceses y españoles (1922), Anarquía o jerarquía (1935), De la angustia a la libertad (1955). La prosa ensayística de tipo histórico adquiere un notable desarrollo debido quizá al Centro de Estudios Históricos dirigido por Ramón Menéndez Pidal (1869-1948), que introduce en nuestro país los métodos de la filología románica y los aplica a la lengua española y sobre todo a la literatura medieval. Nos ha dejado numerosas obras: Gramática histórica (1904), Poesía juglaresca y juglares (1924), Orígenes del español (1926), La España del Cid (1929) ... Su influencia ha sido enorme en el campo de la historia, en el que tuvo continuadores como Claudio Sánchez Albornoz (1893), autor de Españoles ante la historia (1958) y España, un enigma histórico (1953), entre otras obras, que polemiza con Américo Castro (1885-1972), autor de La realidad histórica de España (1954). Ambos autores mantienen dos posturas historiográficas divergentes: la de Albornoz, historicista y existencialista, frente a la de Castro, positivista y católica. Posteriormente les han seguido Jaime Vicens Vives (1910-1960), que ha dejado profunda huella en los posteriores historiadores catalanes, Manuel Tuñón de Lara (1915-1995), Vicente Llorens y, con una orientación un poco diferente, intentando integrar la historia política en la realidad social José Antonio Maravall. Hay numerosos ensayistas en todas las facetas del pensamiento. En el ámbito filosófico hay representantes de la tradición escolástica (Leopoldo E. Palacios, Antonio Millán Puelles, José María Sánchez de Muniain, Ángel González Álvarez, José Todolí...), mientras que otros escritores católicos, más influidos por Ortega y Zubiri, no comparten los mismos presupuestos: José Luis Aranguren (1909-1995) y Pedro Laín Entralgo (1908). También en una línea de espiritualismo cristiano hay que situar la obra de Joaquín Ruiz-Giménez (1913). En el campo médico, y al mismo tiempo literario, destaca la figura de Gregorio Marañón(1885-1960), que realizó interpretaciones histórico-biológicas de gran interés (Don Juan, Amiel, Enrique IV de Castilla y su tiempo, El Conde Duque de Olivares...). Esta tradición del médico humanista ha sido continuada por otros escritores como Juan José López Ibor y Juan Rof Carballo. En el campo de la estética se sitúan José Camón Aznar, Enrique Lafuente Ferrari, Francisco Mirabent... Como críticos de arte tenemos a Vicente Aguilera Cerni, José Antonio Gaya Nuño, Juan Eduardo Cirlot,... En los estudios de Derecho sobresalen Luis Jiménez de Asúa, Luis Sánchez Agesta... Dedicado a los estudios antropológicos desataca la figura de Julio Caro Baroja. En la Psicología, Mariano Yela, José Luis Pinillos... Sociólogos destacados son Severino Aznar, Antonio Gómez Arboleya, Antonio Perpiñá, Enrique Tierno Galván, Fernando Morán... La crítica literaria merece especial atención por su gran número de cultivadores, quizá siguiendo la estela de Menéndez Pidal: Dámaso Alonso, Federico de Onís, Amado Alonso, Samuel Gili Gaya, Manuel García Blanco, Pedro Salinas, Ángel del Río, José F. Montesinos, Joaquín Casalduero, Rafael Lapesa, Ángel Valbuena Prat, Martín de Riquer, José Manuel Blecua, Emilio Orozco, Antonio Gallego Morell, Guillermo Díaz-Plaja, Francisco Ynduráin, José Caso González, José Simón Díaz... Entre los gramáticos, lingüistas y teóricos de la literatura citaremos a Fernando Lázaro Carreter, Emilio Alarcos Llorach, Alonso Zamora Vicente, Vicente Gaos... A partir de mediados de los años 50 surge una generación más especializada, que atiende preferentemente a las ciencias sociales como instrumento de investigación y de interpretación de la realidad. Políticamente los escritores están poco integrados en el sistema y mantienen hacia él una postura crítica. Esta generación entronca con movimientos culturales anteriores a 1936, incluso del siglo anterior (krausismo, regeneracionismo, positivismo). Figuras relevantes en la filosofía son Gustavo Bueno, Manuel Sacristán y Emilio Lledó; en la economía Ramón Tamames, Luis Ángel Rojo, Gonzalo Anes, Jorge Nadal y Gabriel Tortella; en la historia Miguel Artola y José María Jover; en la sociología Ignacio Sotelo, José Vidal Beneyto, Amando de Miguel, Juan Díez Nicolás... y un largo etcétera. Desde 1968 puede hablarse de una nueva generación de ensayistas muy unida al sentido de la libertad que representó el mayo francés, que madurará con las libertades del posfranquismo. Son intelectuales críticos con la sociedad. En este grupo estarían Fernando Savater, Eugenio Trías, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Sánchez Dragó, últimamente reconvertido al conservadurismo... EL ENSAYO Y LAS FIGURAS RETÓRICAS Al hablar de ensayo literario señalamos que en este tipo de ensayos, el fin estético y creativo de la escritura se enlaza con el proceso reflexivo: en el ensayo literario no sólo es importante el tema o la idea a tratar, sino también cobra realce el modo y la originalidad en que se escribe. Es lógico pensar, entonces, que sus autores echan mano de las figuras literarias, entre las que se cuentan la ironía, la digresión, la parodia y la metáfora. Seguidamente vamos a estudiar detenidamente este primer párrafo. Una Figura literaria es el recurso expresivo que suele utilizarse para obtener mayor intensidad connotativa o estética. Las distintas preceptivas literarias han catalogado y definido diferentes y diversas clases de figuras, aunque presentan entre sí ciertas discrepancias, sin embargo, suelen coincidir en señalar que existen figuras de pensamiento y de lenguaje. En cualquier caso, la figura implica un adorno del estilo, pues es el resultado de una especial voluntad de forma por parte del autor. Hay figuras que se dan en el nivel fónico, como la aliteración y la onomatopeya; otras en el morfosintáctico, como el quiasmo y el hipérbaton, y otras en el semántico, como la ironía, la metáfora o la hipérbole. También es común encontrar ensayos literarios escritos en forma de divagación , es decir, que el autor puede pasar de un tema a otro libremente. Cuando en un ensayo académico usamos las ideas u obras de otros autores, se exige que se informe con claridad de dónde hemos tomado tal información, incluso existen formatos especiales para ello como el aparato crítico y la cita bibliográfica. Vamos a empezar definiendo la metáfora, que es un tropo mediante el cual se muestran como equivalentes o iguales dos términos diferentes .Así, en la formulación simple, de A se predica que es B, y en la compleja, llamada también metáfora pura, se suplanta A por B, siendo en cualquier caso A el término que se metaforiza y B el que se usa metafóricamente. Debe diferenciarse de la imagen y la comparación. Aparece en todos los géneros literarios, especialmente en el lírico e, incluso, en el lenguaje coloquial y el publicitario. Algunos autores sostienen que parte de una comparación. En algunos casos, las metáforas se han lexicalizado o fosilizado, incorporándose al lenguaje habitual y perdiendo su carga expresiva. Por su parte, la ironía es un procedimiento utilizado para ridiculizar a alguien o algo, que consiste en decir lo contrario de lo que se piensa, pero dejando claro el verdadero significado. Si la ironía es muy dura e hiriente puede llegar al sarcasmo. La ironía literaria requiere gran ingenio y es un recurso fundamental en los textos humorísticos y satíricos, pero también en los de crítica social, pues parte de un enunciado serio, mientras su sentido resulta burlesco. En otro sentido, la hipérbole es una figura retórica que consiste en exagerar desmesuradamente un rasgo, una idea, un hecho, etc., bien para ampliarlo o para disminuirlo. Es frecuente en el lenguaje coloquial, y también en el literario y en el publicitario. Se emplea para satirizar o subrayar algo, lo cual se suele realizar mediante comparaciones o metáforas. Por último, la divagación es la acción de divagar, que es hablar o escribir una persona sin precisar el contenido de las ideas que expone. Por otra parte, se denomina aparato crítico al conjunto de citas, referencias y notas aclaratorias que es preciso incluir en un trabajo para dar cuenta de los aportes bibliográficos sobre los que el mismo se apoya. El conocimiento nuevo se construye a partir de una sólida información respecto a la labor ya realizada en su campo de trabajo, haciendo explícitas las conexiones y haciendo referencia clara a la bibliografía que se haya consultado. Finalmente, la cita bibliográfica es una indicación que se realiza en un punto del texto (dentro del cuerpo del trabajo) en el que se desea aludir a un antecedente bibliográfico relevante o reproducir literalmente un fragmento de un texto ya publicado (cita literal). La cita sirve para identificar la publicación de la que fue tomado el tema referido en el texto, una idea, etc. y para especificar su localización exacta en la publicación fuente. Es un modo de reconocer las aportaciones científicas de otros autores en el tema del que trata en un trabajo. Una bibliografía es la relación del conjunto de libros existentes o conocidos sobre un tema o materia. Resulta una herramienta fundamental para cualquier trabajo de investigación. En la bibliografía deben constar los siguientes datos: autor, título, editorial, lugar de edición y fecha de aparición. Suele ordenarse alfabéticamente. Incluso antes del nacimiento de la escritura, el hombre sintió la necesidad de mover el ánimo de los demás con el poder de la palabra; ya por aquel entonces, hubo de comprobarse cómo un discurso especialmente cuidado lograba lo que era incapaz de conseguir un razonamiento torpe acompañado de palabras carentes de cualquier signo de elegancia. Así pues, la cuna de la Retórica habría que buscarla en una fase remota; no obstante, su desarrollo y constitución como una ciencia del lenguaje hablado y escrito no tendría lugar hasta el siglo V a.C. en la Grecia clásica. En distintos ámbitos de la vida de la polis, la Retórica se impondría rápidamente como útil inestimable que era: en las disputas particulares, en los debates filosóficos o en las discusiones asamblearias o forenses. En breve, y sin llegar a fragmentarse, la Retórica se adaptaría a todas esas necesidades y brindaría modelos de discurso especializados para cada uno de esos ámbitos. Ciertamente, la Retórica sólo emerge como disciplina de derecho y se cultiva con conciencia plena al alcanzar a los sofistas. Ellos dominaban la lógica argumental y se mostraban expertos en el uso del lenguaje, pues lograban fortalecer un argumento o una causa débiles por medio de la magia de la palabra. En ese grupo de maestros de Retórica se buscan también hoy los orígenes de aquellas profesiones más claramente ligadas a las artes discursivas, como los abogados y otros especialistas en jurisprudencia. Esa habilidad para convencer que poseen aquellos capaces de utilizar el lenguaje a su antojo ha llevado a asociar la Retórica, una vez apartada de sus fundamentos morales (la vieja definición del orador lo presenta como un vir bonus peritus dicendi), con la mentira; en ella, pronto comenzó a verse un instrumento para el puro engaño, una asociación de la que Platónbrinda sin duda el más temprano y contundente de los testimonios (recuérdese, por ejemplo, su diálogo Fedro, donde arremete contra la oratoria de Lisias) Así se explica que, en lenguas distintas, y también en español, sofista, sofisma y otras palabras de esa misma familia valgan lo mismo que "embaucador" o "engaño". Es más, ése es también el significado del adjetivo sofisticado, que sólo por calco de la lengua inglesa (y con ese valor es un barbarismo), significa "avanzado" "complejo" o "desarrollado". Las connotaciones negativas de la profesión del orador, retórico o sofista no se le escapan al lector de Platón, cuyos diálogos tienen en Sócrates a su personaje por excelencia en su condición de valedor de las causas justas. Ahora bien, Sócrates era otro sofista y su técnica de convicción (la mayéutica, con la que se permitía competir con los sofistas y, en definitiva, derrotarlos) dependía igualmente de la retórica. Si en Aristóteles tenemos ya un corpus teórico definido (es su Retórica), la madurez de esa técnica sólo se alcanzará con los romanos, cuyos tratados retóricos definen ya tres campos de actuación básicos: una retórica forense o judicial (con jueces, fiscales y abogados intentando ganar el pleito); una retórica deliberativa, propia del senado y la asamblea (espacio propio para el debate político) y una retórica epidíctica o laudatoria (que enseña a elogiar a un individuo, a un grupo, a una ciudad, etc.). La mayoría de edad de la Retórica se alcanza en la obra de Cicerón, desde su temprano y exitosísimo De inventione (será una de las obras más leídas en la Edad Media, que la aceptó como el tratado retórico por excelencia tras la pauta marcada por San Isidoro en sus Etimologías) hasta sus tratados más ambiciosos, entre los que, por su extensión y ambicioso diseño, destaca el De oratore. En los tratados retóricos de Cicerón tenemos expuesto de modo teórico lo que en diversas orationes o discursos de este gran escritor encontramos en clave práctica: si en sus Catilinarias, Cicerón ataca a un político del grupo enemigo y hace de fiscal o abogado de la parte que acusa, en su Pro Archia su papel es el de abogado defensor. Claro es que esas tres modalidades no siempre se presentan por separado, sino más bien al contrario; así, es lícito preparar un panegírico o discurso en alabanza de alguien al mismo tiempo que ese mismo individuo es defendido ante un tribunal. Sin salir de los ejemplos citados, el Pro Archia de Cicerón se permite hacer un panegírico de los poetas y de la poesía (pues Archias era precisamente eso, un poeta) a la vez que defiende el derecho de ese artista de origen griego a permanecer en Roma y muestra sus muchas cualidades, que justifican la concesión de la ciudadanía romana. La retórica clásica recuerda que hay personas que nacen con cierta habilidad para hablar y escribir (poseen dicha virtus desde la cuna o, lo que es lo mismo, la han adquirido por natura), pero recuerda que, por medio del estudio (esto es, del ars), somos capaces de incrementar nuestra facundia o facultades para hablar de modo brillante. Sólo alguien bruto y cerril es incapaz de mejorar en ese sentido aun teniendo al mejor maestro de Retórica. Era muy importante hablar un buen latín, con acento romano y observancia del sistema de los casos: un acento provinciano (un romano notaba incluso la rusticidad de otros habitantes del Lacio) y un latín contaminado podría dar en lo contrario de lo que se perseguía. Por ello, Quintiliano, uno de los grandes teóricos en dicha materia, indicaba que los padres debían procurarse nodrizas que hablasen buen latín y que harían bien en rechazar aquellas procedentes de regiones con lenguas bárbaras y marcadas por una profunda incultura; de ese modo, los jóvenes irían bien encaminados desde la propia cuna. Así pues, con una buena disposición innata y los mejores preceptores, los fundamentos para una formación retórica adecuada estaban asegurados. Ahora, correspondía dominar una técnica u oficio que el paso de los siglos había ido perfilando. La enseñanza ponía énfasis en el recurso a unos comodines denominados tópicos (topoi o loci communes), que se repartían hábilmente en el conjunto del discurso. Éste se dividía en cinco secciones: exordio (o inicio), narración (o exposición de los hechos), argumentación (defensa de la postura propia), refutación (rechazo de la ajena) y epílogo (el final). Las figuræ o colores, sabiamente dosificados en cada caso, servían para engalanar la palabra, que debía ser convincente a lo largo del discurso, desde el principio al final. Al comienzo, por ejemplo, se insiste en que hay que poner un exquisito cuidado en captar a los oyentes y en disponerlos para prestar oídos al discurso; por ello, hay que utilizar tópicos como el de la brevedad, ya que la sospecha de un mensaje largo resulta insoportable para el público; hay que asegurar que lo que se va a oír es algo nuevo, pues la repetición de unas mismas ideas o de argumentos manidos sería insufrible; del mismo modo, son muy importantes las formas encomiásticas, con las que se halaga al auditorio de distinta manera. Idéntico cuidado se debe poner al final del discurso, caracterizado igualmente por una alta densidad en tópicos y donde hay que recoger los frutos de una serie de argumentos perfectamente urdidos. La importancia de la Retórica, verdadera ciencia de la palabra, es tal que no sólo afectó al discurso hablado sino que también alcanzó al escrito, pues cualquier texto literario posee idéntica materia prima. Durante el Medievo, la Retórica se fue especializando en determinados géneros o formas del discurso; así, aparecieron las artes dictaminis o dictandi, que enseñaban la técnica para escribir cartas a destinatarios de la más diversa condición social; las artes praedicandi, que formaban a los predicadores en la técnica del sermón; las artes notariales, que brindaban formularios a los cancilleres, secretarios y otros letrados, y otras tantas modalidades (por ejemplo, las crónicas y otros escritos otorgan una notable importancia a la arenga militar, que disponía de modelos teóricos titulados artes arengandi, que enseñaban a un caudillo militar a dirigirse a sus tropas). El Renacimiento modificó sólo en parte esa herencia pero, al mismo tiempo, fortaleció el uso de la Retórica en esos ámbitos y en otros diferentes. Desde entonces hasta nuestros días la Retórica, en forma de escrito teórico, ha tenido avances, ha experimentado retrocesos y hasta ha recibido diversos certificados de defunción; sin embargo, siempre renace y muestra su vitalidad, como ocurre en nuestros propios días. Lo que nadie pone en duda, en cambio, es la importancia de limar el discurso, ponderar sus miembros y hacerlo agradable a nuestros interlocutores, pues somos conscientes de que, como en el siglo de Gorgias, de Lisias y otros célebres sofistas, nuestro universo depende por completo de la palabra; por ello, su dominio se revela como una de las principales necesidades no sólo en la vida profesional sino, a decir verdad, en cada momento de nuestra existencia. BIBLIOGRAFÍA ACERCA DE LA RETÓRICA El libro principal sigue siendo el de H. Lausberg, Manual de retórica literaria, Madrid, 1966-1969; excelente por cuanto brinda ejemplos españoles del mundo de la literatura y de la publicidad es el trabajo de Kurt Spang, Fundamentos de Retórica, Pamplona, 1979; por fin, un buen panorama histórico, sumado a los principios retóricos elementales, nos lo ofrece B. Mortara Garavelli, Manual de Retórica, Madrid, 1988. LAS FIGURAS LITERARIAS QUE EMBELLECEN EL ENSAYO También conocidas como figuras literarias, las figuras retóricas son recursos literarios imprescindibles para crear narraciones únicas, originales y con estilo propio. Veamos a continuación qué son exactamente las figuras literarias y cuáles son las principales figuras retóricas que debes manejar. ¿Nos acompañas? Las figuras literarias, también conocidas como figuras retóricas, son formas no convencionales de emplear las palabras para dotarlas de expresividad, vivacidad o belleza, con el objeto de sorprender, emocionar, sugerir o persuadir. Al redactar ensayos, composiciones, comentarios, monografías, reportes y textos literarios (cuentos, poemas…) podemos usar figuras retóricas: comparar para que nuestro lector pueda dimensionar mejor; camuflar la realidad de cierta forma “para que no se escuche tan agresiva”; cambiar el orden natural de las oraciones “para que rimen los versos”; dar características humanas a objetos “para hacerlos más cercanos”; exagerar los atributos “para expresar nuestro sentir…” En fin: embellecemos lo que decimos y lo hacemos más atractivo a los ojos de nuestros lectores (principalmente, nuestros profesores). Las figuras literarias son fórmulas que permiten utilizar palabras fuera de sus usos convencionales. Gracias a ellas, podemos dotar a los relatos de expresividad y transmitir con ellas sentimientos, emociones o sugerencias. Así, a partir de las principales figuras retóricas, los escritores pueden obtener textos literarios atractivos e interesantes. Sin embargo, aunque solo hemos hablado de literatura y textos escritos, lo cierto es que estas principales figuras retóricas también son usadas en el lenguaje oral y coloquial. Una vez las conozcas, estamos seguros que podrás identificarlas en tus conversaciones diarias. HIPÉRBOLE Esta figura es la protagonista de aumentar o disminuir en exceso cualquier expresión. Además, las hipérboles pueden ser literales o figuradas. PERSONIFICACIÓN Otra de las figuras retóricas más comunes es la personificación. Esta figura consiste en darle personalidad a objetos o conceptos abstractos. Es un recurso ampliamente utilizado en poesía o en fantasía. METÁFORA Mediante el uso de la metáfora, el escritor usa figuradamente el lenguaje. Suele aparecer entre analogías o semejanzas entre dos ideas o conceptos. Así, podemos decir que una metáfora se compone de dos partes básicas: un concepto real (al que se hace referencia) y un concepto imaginario (que refiere al real). HIPÉRBATON Otra de las principales figuras retóricas es la hipérbaton. Esta figura consiste en la alteración del orden natural de las palabras. Su uso se relaciona con la rima o la métrica de la poesía. Asimismo, se utiliza para enfatizar ideas y darle un toque elegante a una narración. Además, son figuras de rápida identificación. PARADOJA Una paradoja es una figura retórica en la que se enfrentan dos conceptos contradictorios. La paradoja es comúnmente confundida con la antítesis (que analizaremos en el punto 6) o el oxímoron, que se define como dos palabras contiguas que se contradicen (frío abrasador). ANTÍTESIS Esta es otra de las principales figuras retóricas. La antítesis consiste en la oposición entre dos expresiones o ideas. Se diferencia de la paradoja por no tener contradicción entre las oraciones o palabras que se contraponen. ONOMATOPEYA Con la Onomatopeya podemos representar de manera escrita un sonido. IRONÍA Figura retórica muy utilizada tanto en nuestras conversaciones cotidianas como en los textos narrativos y escritos. Se trata de decir una cosa dando a entender justo lo contrario. PLEONASMO Es una figura retórica que se utiliza para dar redundancia a una afirmación o situación. En el pleonasmos se añaden vocablos o palabras que enfaticen el sentido de la oración. PERÍFRASIS Finalmente, el último de las principales figuras retóricas que veremos hoy es la perífrasis. Se trata de aquellas oraciones o frases que agregan más vocablos de los necesarios para explicar algo de manera indirecta o dando rodeos. AL FILO DE LO IMPOSIBLE En nuestros ensayos hemos dado prioridad a los estudios clásicos, ya que la mayoría versa sobre la Grecia y Roma Antiguas. Los estudios clásicos son los relativos a la antigüedad grecolatina como la comprendieron e imitaron muchos escritores y artistas a partir del Renacimiento. Luego, en estos trabajos el clasicismo es evidente. Por ‘clasicismo’ entendemos la tendencia artística que se inició en la antigüedad grecolatina y que concebía al hombre como medida de todas las cosas. Esta tendencia se consolidó en el Renacimiento, sobre todo italiano, y culminó en la segunda mitad del siglo XVIII constituyendo la antítesis del Romanticismo. La consideración de los productos de la antigüedad greco-romana como modelos absolutos, el consiguiente ideal de armonía y proporción como canon del trabajo artístico, y la valoración de la imitación como procedimiento típico del arte, son sus principales características. Ni que decir tiene que el hombre es el centro de nuestros ensayos. De todas maneras, no hemos caído en manos de la antropología, por lo que los ensayos filosóficos e históricos siguen conservando sus características propias. En ellos predomina, por tanto, el antropomorfismo, que es la tendencia a explicar las manifestaciones del mundo exterior partiendo de conceptos que atañen a la naturaleza y al comportamiento del hombre. La lengua alemana permite distinguir dos concepciones de la historia. Geschichte, o relato de los acontecimientos que han tenido lugar en el pasado de las sociedades y que han dejado huellas que la historia debe descifrar. Historie, el ir haciéndose de las sociedades, reflexión global que toma en consideración todos sus aspectos, y, por decirlo así, civilización. Hemos tenido también en cuenta la filosofía de la historia, aunque diremos que existen diferentes filosofías de la historia, cada una de ellas trata de encontrar sentido y de sacar sus conclusiones. Evidentemente, hemos echado mano de algunos conceptos que nos sirve la historiología, que es la teoría de la historia, en especial la que estudia la estructura, leyes o condiciones de la realidad histórica, la historicidad, que concierne al carácter histórico de un acontecimiento. El concepto de historicidad es uno de los conceptos clave a la hora de dar cuenta de las teorías historicistas de autores como Dilthey, Mannheim, Troeltsch, etc. En este ámbito se ha empleado en al menos dos sentidos: para designar todo lo característico de lo histórico, por un lado, y como rasgo general de todo lo real en cuanto real, por otro. En el primero de estos sentidos, se ha supuesto que la historicidad es el nombre con el que caracterizar todos los rasgos de la historia humana. En el segundo, se ha supuesto que todo lo real tiene como propiedad fundamental la historicidad. Un concepto tal podría parecer en principio inútil o redundante, ya que no agrega gran cosa al simple concepto de historia o de "lo histórico". Sin embargo, con el concepto de historicidad muchos han pretendido referirse al ser histórico. Se convertiría de esta forma en un concepto ontológicoque tendría su justificación en la medida en que la filosofía de la historia destaca los problemas ontológicos por encima de otros de cualquier tipo (gnoseológicos, lógicos, etc.). Por otra parte, es necesario revisar aquí el tratamiento que Heidegger hace del vocablo "historicidad" (en sus dos formas, Geschichtlichkeit e Historizität), ya que en este autor tal concepto adquiere más alcance posiblemente que en cualquiera otro que se haya ocupado de él. La primera cuestión es establecer la diferencia que existe entre esas dos palabras alemanas que pueden traducirse en castellano por "historicidad". Historizitäthace referencia al carácter de la Historia en cuanto una serie de cuestiones que se plantea el Dasein (el ser-ahí, que viene a identificarse con el hombre en cuanto que ser-en-el-mundo). Pero, por otra parte, el hombre se plantea tales cuestiones relativas a la Historizität porque está determinado en su ser por la Geschichtlichkeit, y aquí entra en juego entonces el segundo término. Parece que la historicidad es previa a la historia, ya que, en palabras del propio Heidegger, "Historicidad quiere decir la 'estructura del ser', del 'gestarse', del 'ser ahí' en cuanto tal, sobre la base del cual antes que nada, es posible lo que se dice una 'historia mundial' y pertenece históricamente a la historia mundial". En otras palabras, y según la opinión de Ferrater Mora, "la historicidad no es para Heidegger simplemente la característica de la historia en cuanto lo pasado, sino el rasgo fundamental de lo que puede llamarse 'la posibilidad de constituir la historia'. La historicidad no resulta de la historia, sino que ésta resulta de aquélla". De esta forma, dada la significación que el concepto de historicidad tiene en el historicismo, no puede decirse que la idea de historicidad en Heidegger sea propiamente historicista, ya que el historicismo es más bien la posición en la que se reconoce la historicidad como fundamento de lo histórico. Pero hemos de volver, aunque sea momentáneamente, sobre el concepto de ensayo, atreviéndonos a dar una definición del mismo. Las explicaciones de los diccionarios modernos remiten a los ejercicios que hallamos en los dos tomos de los Essais de Montaigne. Éste aventuró una precisa definición de este género literario en un fragmento metaensayístico, en el que se describen sus rasgos fundamentales: “Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo de valor de juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia”. (Lib. I, Ens. 50). Quedan en estas palabras definidos los caracteres básicos del ensayo como forma peculiar de pensamiento que, con mayor precisión, han analizado los críticos modernos. Para describir los rasgos fundamentales del ensayo seguimos el libro de J. L. Gómez, Teoría del ensayo, cuyas explicaciones iremos completando en aspectos puntuales. Distingue los siguientes caracteres: a) Actualidad / actualización del tema: Puesto que el ensayo busca establecer un contacto directo con el lector es necesaria “una contemporaneidad en el tiempo y en el espacio”. La actualidad no exige necesariamente tratar asuntos del presente, también se pueden discutir asuntos del pasado nuevamente reconsiderados. “El ensayista, en su diálogo con el lector o consigo mismo, reflexiona siempre sobre el presente, apoyado en la sólida base del pasado y con el implícito deseo de anticipar el futuro por medio de la comprensión del momento actual” (p. 30). Nunca debemos perder esta perspectiva. Y porque el ensayista es un espectador de la realidad, mantiene una relación privilegiada con el periodismo. b) Fragmentario / antisistemático / acientífico: El ensayista procede mentalmente como prueba o intento, sin pretender agotar nunca la materia sobre la que discurre. Por eso se ha considerado despectivamente su apariencia fragmentaria. Sin embargo, lo inacabado del ensayo no debe entenderse como un defecto sino como un rasgo peculiar de su manera de proceder. No tiene intención totalizadora. El autor reflexiona en voz alta sobre aspectos que provocan su interioridad sin intentar agotarlos. Sus escritos son notas sueltas, no busca nada a priori. Sobre este tema han reflexionado particularmente los filósofos, al intentar establecer los límites entre los sistemas filosóficos y los ensayos filosóficos. Son de gran utilidad las precisiones de Theodor W. Adorno en su artículo “El ensayo como forma”, del que extractamos las siguientes ideas: Parte del desprestigio habitual del ensayo como “producto ambiguo”, género al “que le falta convincente tradición formal”. Sin embargo, “el ensayo no admite que se le prescriba su competencia. En vez de producir algo científicamente o de crearlo artísticamente, el esfuerzo del ensayista refleja aún el ocio de lo infantil, que se inflama sin escrúpulos con lo que ya otros han hecho. El ensayo refleja lo amado y lo odiado en vez de presentar el espíritu, según el modelo de una ilimitada moral de trabajo, como creación a partir de la nada. Fortuna y juego le son esenciales” (p. 12). En este sentido: “No empieza por Adán y Eva, sino por aquello de que quiere hablar; dice lo que a su propósito se le ocurre, termina cuando él mismo se siente llegado al final, y no donde no queda ya resto alguno: así se sitúa entre las di-versiones. Sus conceptos no se construyen a partir de algo primero ni se redondean en algo último. Sus interpretaciones no están filológicamente fundadas y medidas, sino que son por principio hiperinterpretaciones” (p. 12). Son movimientos psicológicos individuales que pretenden una reflexión sobre la realidad. Desde esta perspectiva contrapone ciencia y arte <----> objetivo/subjetivo. Añade: “El ensayo tiene en cuenta la conciencia de <>, aun sin expresarla siquiera; es radical en el <>, en la abstracción de reducirlo todo a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter fragmentario” (p. 19). No obedece a las reglas del juego de la ciencia y de la teoría organizada. El orden de las cosas es el mismo de las reflexiones. Para confirmar estas ideas recuerda a George Lukács cuando, al subrayar la modestia de la palabra ensayo, afirma: “El ensayista despide las propias orgullosas esperanzas que alguna vez se creen haber llegado cerca de lo último: se trata sólo de comentarios a las poesías de otros, eso es lo único que él puede ofrecer y, en el mejor de los casos, comentarios a los propios conceptos. Pero irónicamente se adapta a esa pequeñez, a la eterna pequeñez del más profundo trabajo mental frente a la vida, y con irónica modestia la subraya aún” (G. Lukács, El alma y las formas, Berlín, 1911, p. 21. Cit. p. 19). No estamos ante una construcción cerrada, deductiva o inductiva, valora lo cambiante, lo efímero. No ama el dogma, el concepto atemporal e invariable. Se llena de referencias al mundo de la experiencia (histórica, individual). Es fragmentario y accidental: “El ensayo no se propone buscar lo eterno en lo perecedero y destilarlo de ello, sino más bien eternizar lo perecedero” (p. 21). Es antisistemático, niega los protodatos (no necesita información anterior sobre lo mismo), introduce conceptos sin ceremonia, inmediatamente, tal como los concibe y los recibe. En definitiva: “El ensayo urge, más que el procedimiento definitorio, la interacción de sus conceptos en el proceso de la experiencia espiritual. En ésta los conceptos no constituyen un continuo operativo, el pensamiento no procede linealmente y en un solo sentido, sino que los momentos se entretejen como los hilos de una tapicería. La fecundidad del pensamiento depende de la densidad de esa imbricación. Propiamente, el pensador no piensa, sino que se hace escenario de la experiencia espiritual, sin analizarla. El ensayo se somete a mediación mediante su propia organización conceptual, si quiere expresarse así, puede decirse que el ensayo procede de un modo metódicamente ametódico” (p. 23). Explica con palabras precisas el proceso de apropiación de conceptos en la mente del ensayista: por medio de la experiencia. Los elementos van adquiriendo valor dentro de sí mismos, no como verdad clara y distinta. Se da un proceso de relativización: “el ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en cualquier momento. El ensayo piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas, no intentando taparlas” (p. 27). En parecidos conceptos insiste el estudio de Gómez, cuando afirma que el ensayista no “crea”, sino que actúa sobre lo creado (escrito, realidad, idea...) y lo observa de manera personal. De aquí se deduce una oposición radical entre ensayista / frente a especialista. Entiende que el ensayista al proceder así es consciente de su limitación. Adorno, por el contrario, otorga a esta categoría unos valores positivos, dignifica el ensayo, esto no es un fracaso. Sin embargo, también el ensayista puede convertirse en un especialista. El problema es de método. c) Subjetivo: La subjetividad es una de las características fundamentales del ensayo. Esta condición “causa la ambigüedad y la dificultad en las definiciones”. Sin embargo, no se puede definir sólo como “relación de disposiciones de ánimo e impresiones”. Porque el ensayista es consciente de su función de escritor: es artista en la expresión y transmisor de ideas. Escribe porque siente necesidad de comunicar algo, porque se ha sentido herido interiormente y piensa que al redactarlo lo hace doblemente suyo. En este proceso de comunicación se pone, con toda sinceridad, en contacto con el lector a quien siente próximo, ante quien desnuda su pensamiento-sentimiento. Afirma Gómez: “Si como hemos indicado, el ensayista se expresa a través de sus sentimientos, sólo lo basado en la propia experiencia tiene valor ensayístico. De ahí que en el ensayo no tenga cabida el pensamiento filosófico sistemático ni el objetivismo científico” (p. 46). Presenta la verdad bajo la perspectiva subjetivista del autor, por eso también los grandes ensayistas tienen un estilo personalísimo, y el carácter circunstancial de la época. Marichal insiste en valorar lo cambiante del ensayo, que no se puede aislar del contexto socio-histórico que lo provoca, también cambiante, y por lo tanto no se desprende de lo circunstancial. La tendencia al cambio de la sociedad española provoca que el ensayismo hispánico sufra más altibajos “en el porte expresivo de los escritores y en sus formas de individualización humana: coexisten, y a veces alternan rítmicamente en nuestro ensayismo, el bufón y el hombre de bien, el desahogo y la plática sermonaria, la confesión desgarrada y la reserva aristocrática” (Teoría e historia del ensayismo hispánico, p. 16). Es el subjetivismo, su humanidad, lo que más se admira en el ensayista. La crítica ensayística puede tener por eso un campo de especial aplicación en la literatura, que es también subjetividad Es muy difícil reducir la crítica literaria a una ciencia objetiva sin prescindir de grandes parcelas de subjetividad. Por eso el ensayo literario es una de sus fórmulas más utilizadas. El subjetivismo lleva a la elección del tema y a la manera personal de acercarse a él. Estos escritos ensayísticos “poseen siempre un carácter de íntima autobiografía”, con una presencia continua del yo, incluso con notas autobiográficas, con un crecimiento de lo emocional. El ensayo tiene, pues, un tono confesional. El escritor escribe sobre el mundo que le rodea y sus reacciones frente a él, en torno al yo. Son pensamientos y reflexiones en voz alta, que confieren a los escritos un aire coloquial, dialogal. El ensayista dialoga con el lector. Esta característica lo relaciona con el género renacentista del diálogo. d) El ensayo como forma de pensar: Está escrito al correr de la pluma, más que algo profundamente meditado. Por eso, a veces, podemos encontrar contradicciones. Al lector testigo le parece, sin embargo, creíble, pues él está asistiendo a todo el proceso de creación del autor, hasta considerarlo casi como una operación personal. “Pero el buen ensayo, afirma Gómez, nos cautiva de tal modo que nos impide volver la vista atrás, evitando así cualquier intento de visión de conjunto, por lo que el desorden que podría observarse en un análisis meticuloso, es imperceptible al lector” (p. 56). Esto es contrario a la sistematización del tratado. El pensador Unamuno exigía para sí el derecho de “escribir como quien habla o dicta, sin volver atrás la vista ni el oído, hacia adelante, conversacionalmente, en vivo, como hombre y no como escritor”; o “reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme si llega el caso”. Tiene un carácter de espontaneidad en la exposición (que no anula una meditación anterior), en el modo de proceder. “El ensayista se siente reaccionar ante una situación y transcribe la reacción misma con la espontaneidad con que es sentida; pero tal reacción, a su vez es producto de una previa meditación” (p. 56). Muchas veces la improvisación sólo es aparente. La espontaneidad no reside en lo que se dice sino en el procedimiento de expresión. Tras la reflexión previa, el ensayo va creando un sistema de asociaciones / intuiciones que se producen en el momento mismo de escribir, insospechadas en su profundidad y límites. Por eso es también fragmentario en sus estructuras. El ensayista procede sin método, al menos sin un método rígido, pues tal cosa entorpece la libertad creativa. e) Sugeridor: En la medida en que el ensayo parte de lo subjetivo y de la intuición, rehuyendo lo objetivo, se torna más sugeridor. Decía Unamuno: “No espere el lector hallar aquí más que indicaciones y sugestiones, meros puntos de reflexión que ha de desarrollar por sí mismo”. Son invitaciones al lector, para que vuelva a revisar las cosas bajo nuevas perspectivas. Hay en esto un diálogo con el lector. El receptor, por lo tanto, debe ser un miembro activo, que continúe el ciclo de la sugestión. El ensayo será mejor y más eficaz cuanto más provoque y sugiera. f) Cuidado estéticamente: El ensayista se encuentra a mitad de camino entre la libertad e inspiración literaria y los estrechos límites de la expresión de la verdad. Hay un particular cuidado estético, una voluntad de estilo. Como género literario se acerca a la poesía. EN TORNO AL ENSAYO Como la exposición del presente tema es ensayística, no podemos evitar el referirnos, aunque sea un tanto precipitadamente, al ensayo, el cual no deja de ser una obra literaria. Así, pues, sin pensarlo dos veces, un ensayo es un género literario (género didáctico) que consiste en exponer argumentos u opiniones originales y de interés. Suele tener cierto enfoque didáctico, crítico y personal, por lo que se ha utilizado, a pesar de que se ha tenido en cuenta el vocabulario científico, un léxico muy sencillo y asequible a todo el mundo. Si se advierte la estructuración del mismo que hemos hecho, se caerá en la cuenta de que las aclaraciones o notas a pie de página están escritas en Times New Roman nº 9, mientras que el ensayo propiamente dicho lo está en Times New Roman nº 11. Así, hemos pretendido articular dos niveles de lectura, pero -insistimos- el ensayo genuino y original está redactado en Times New Roman nº 11. Además, hacemos esta aclaración porque en muchas notas a pie de página se ha utilizado directamente la bibliografía que consta al final del mismo, lo cual no ocurre con el ensayo propiamente tal que es original y personal. El número de notas a pie de página es asombroso, ya que esconden las claves originales del ensayo que hemos escrito, constituyendo -digamoslo así- las auténticas fuentes científicas (puede tratarse de vocabulario filosófico, histórico, artístico, etc.) utilizadas para la elaboración de este texto. Dichas notas a pie de página, en la mayoría de los casos, resultan ser notas aclaratorias sobre el significado de la terminología usada, aunque no faltan entre ellas las citas bibliográficas, o el comentario de una obra cuya lectura, por venir al caso, se recomienda. En suma, lo que hemos pretendido es que la obra pueda leerse de una tirada, sin forzar a cualquier consulta bibliográfica por parte del lector/a de la misma. Así, estamos seguros de que, sin despistes de ningún tipo, el lector obtendrá una visión más global y unitaria del presente escrito. No queremos obligar al lector a que comparta nuestros puntos de vista un tanto a la fuerza. Así, pues, el ensayo es un tipo de texto en prosa que analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico. Las características clásicas más representativas de un ensayo son: Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo. Que tiene como finalidad argumentar el tema. Posee un carácter preliminar, introductorio, de carácter propedéutico. Presenta argumentos y opiniones sustentadas. En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. Así, a los estudiantes de secundaria se les enseña formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos. El ensayo literario se caracteriza por su amplitud en tratar los temas. La mayoría parten de una obra literaria pero el ensayo literario no se limita a su estudio exclusivo. En un texto subjetivo donde se combinan la experiencia del ensayista, hábitos de estudio, trabajo literario y opiniones de una persona que muestra interés en la literatura. Los ensayos literarios tienen características comunes: subjetividad, sencillez y estilo del ensayista. Así busca resaltar el punto de vista, reflexiones literarias y pensamiento del autor. En cambio el ensayo científico trata un tema del campo de las ciencias formales, naturales y sociales con creatividad, logrando una combinación del razonamiento científico con el pensamiento creativo del ensayista. En el ensayo científico se toma de la ciencia la meta, que es buscar y explorar la realidad en busca de la verdad. Del aspecto artístico toma la belleza y la expresión a través de la creatividad sin descuidar el rigor del método científico y la objetividad de las ciencias. Luego, la carga de subjetividad de estos textos es muy grande, por lo que no nos ha importado en absoluto mostrar nuestras fuentes desde un principio. No se ha utilizado ningún tipo de documentación archivística, por lo que la base para la actualización de la información procede de la bibliografía, que sí hemos pretendido que sea abundante. Aunque está indicado con minuciosidad, se han utilizado fuentes provenientes de Internet. No cualquier página web, sino las recomendadas principalmente en la obra de Igor Galo, titulada Los mejores sitios web culturales (Col. Flashmás nº 5). Internet es el instrumento de comunicación y obtención de información más potente que se ha creado; en Internet está todo, y no podía faltar la presencia de la cultura. Pero el volumen de sitios web que existen resulta desmesurado y siempre imposible de abarcar. En la obra citada se proponen y comentan alrededor de 300 direcciones de sitios web que comprenden todos los aspectos de la cultura, y que abren una puerta al mundo y a toda su riqueza cultural. Por lo demás, dentro de la bibliografía en papel se han utilizado diversas enciclopedias, así como el Diccionario de la RAE, las consabidas monografías y más de un artículo, sin olvidar alguna biografía. Luego, el tema tratado ha sido perfectamente actualizado, pues se ha consultado sobre el mismo la última bibliografía que se ha editado. Un ensayo es una obra literaria relativamente breve, de reflexión subjetiva pero bien informada, en la que el autor trata un tema por lo general humanístico de una manera personal y sin agotarlo, y donde muestra cierta voluntad de estilo, de forma más o menos explícita, encaminada a persuadir al lector de su punto de vista sobre el asunto tratado. El autor se propone crear una obra literaria y no simplemente informativa, y versa sobre todo de temas humanísticos (literatura, filosofía, arte, ciencias sociales y políticas...), aunque también, más raramente, de asuntos científicos. El ensayo, a diferencia del texto informativo, no posee una estructura definida ni sistematizada o compartimentada en apartados o lecciones, por lo que suele carecer de aparato crítico, bibliografía o notas, o estas son someras o sumarias (en el caso del ensayo escolar, es preciso aportar todas las fuentes); ya desde el Renacimiento se consideró un género más abierto que el medieval tractatus o tratado o que la suma, y se considera distinto a ellos no solo en su estructura libérrima y nada compartimentada en secciones, sino también por su voluntad artística de estilo y su subjetividad, ya que no pretende informar, sino persuadir o convencer del punto de vista del autor en el tratamiento de un tema que, como ya se ha dicho, no pretende agotar ni abordar sistemáticamente, como el tratado: de ahí su subjetividad, su carácter proteico y asistemático, su sentido artístico y su estructura flexible, que personaliza la materia. El ensayo es una interpretación o explicación de un determinado tema —humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, por mencionar algunos ejemplos—, desarrollado de manera libre, asistemática, y con voluntad de estilo sin que sea necesario usar un aparataje documental. En la Edad Contemporánea este tipo de obras ha llegado a alcanzar una posición central. En la actualidad está definido como género literario, debido al lenguaje, muchas veces poético y cuidado que usan los autores, pero en realidad, el ensayo no siempre podrá clasificarse como tal. En ocasiones se reduce a una serie de divagaciones y elucubraciones, la mayoría de las veces de aspecto crítico, en las cuales el autor explora un tema concreto o expresa sus reflexiones sobre él, o incluso discurre y diserta sin tema específico. Utiliza la modalidad discursiva expositivo-argumentativa y un tipo de «razonamientos blandos». A esto convendría añadir además que en el ensayo existe una «voluntad de estilo», una impresión subjetiva que es también de orden formal. Dado el género literario utilizado, concretamente el ensayo, su redacción obedece, poco más o menos, al movimiento de las olas del mar. Aunque nuestro propósito ha estado claro desde el principio, por tratarse de un ensayo no hemos podido evitar los flujos y reflujos, es decir, la machacona repetición de ideas, términos, etc., pues el ensayo se termina hoy y se comienza mañana, por lo que llevar un plan directivo desde el principio de su redacción es una empresa ardua y difícil. El escritor se detiene hoy en un punto, que no significa un punto seguido. Al día siguiente, el ánimo puede conducirte a la elaboración de otros presupuestos, que significan un punto y aparte. Es por ello que el presente ensayo puede ser leído comenzando en cualquier punto. Un subtítulo concreto tiene un sentido pleno, por lo que la obra no ofrece un claro desarrollo lineal. Sin embargo, se aconseja hacer una lectura lineal de este ensayo, pues dicha postura permitirá una comprensión mejor del tema tratado. En otro orden de cosas, como la presente obra se trata de un ensayo, hemos cuidado escrupulosamente el estilo y el vocabulario, el léxico, que se ha utilizado en su redacción. Para ello, nos hemos apoyado esencialmente en cinco obras, que serían: VV.AA., Diccionario de la lengua española, cuya redacción está a cargo de la Real Academia Española, Vigésima Segunda Edición, 2001, 2 vols. VV.AA., Diccionario de Sinónimos y Antónimos, 3ª edición, Espasa Calpe, S.A., Madrid, septiembre 1995. El ámbito del Diccionario de Sinónimos y Antónimos es muy amplio. Ninguna de las áreas (geográficas, dialectales, científicas, técnicas) ha dejado de ser tratada. Además del caudal léxico de la lengua, cuya fuente básica es el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, se ha realizado un esfuerzo sistemático para completarlo con americanismos, regionalismos, localismos, extranjerismos, tecnicismos, voces de argot, locuciones, etc. El Diccionario de Sinónimos y Antónimos de Espasa tiene como objetivo ofrecer al estudiante, al escritor, a la persona interesada en las cuestiones del idioma, un repertorio de palabras abundantes, casi exhaustivo con un tratamiento que permite identificar siempre el valor preciso y exacto de cada idea. La riqueza del vocabulario de la lengua española y su inmensa variedad de matices quedan con esta obra al alcance de todos los interesados en conocer y mejorar el uso del idioma. Dirigido por Ignacio Bosque, REDES Diccionario combinatorio del español contemporáneo, Las palabras en su contexto, Ediciones SM, Madrid, 2010. REDES es un nuevo diccionario, único en el mundo, que se caracteriza y distingue del resto de diccionarios porque no define las palabras, sino que muestra las combinaciones de unas palabras con otras en función de su significado. REDES es el resultado de la colaboración entre la Universidad Complutense y Ediciones SM. El diccionario es fruto del trabajo durante cuatro años de un equipo de 16 redactores dirigido por Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, y de la colaboración de 8 becarios de la UCM. El diccionario se ha elaborado a partir de un gran corpus de 250 millones de palabras, constituido por textos periodísticos de 68 publicaciones de prensa española y americana de los últimos 20 años. Emilio ALARCOS LLORACH, Gramática de la Lengua Española, 10ª reimpresión, Espasa Calpe, Madrid, noviembre de 2003. Ha sido redactada buscando el equilibrio entre la claridad y el rigor de la exposición, y concebida con una intención normativa y didáctica, por lo que constituye algo más que un mero tratado teórico de la materia. En ella se exponen los rasgos de la gramática del español en los actos orales y escritos de los usuarios de la lengua en este siglo XX, descritos según un hilo conductor consecuente y con una orientación metodológica funcionalista. El autor ha tenido presente que la actitud normativa no debe ocultar la rigurosa descripción de los hechos, y que ésta no ha de imponerse sobre la claridad de la norma y el propósito didáctico. Real Academia Española, ORTOGRAFÍA de la lengua española, Edición Revisada por las Academias de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 1999. La ortografía es una rama de la gramática que enseña las reglas de uso de las letras y signos auxiliares de una lengua con el fin de escribirla correctamente. Junto con la Nueva gramática de la lengua española, resultado de once años de intenso trabajo de las veintidós Academias de la Lengua Española, la Ortografía de la Lengua española es la herramienta indispensable para escribir correctamente en lengua española. La Real Academia Española, en colaboración con todas las Academias americanas, ha preparado esta edición de la Ortografía de la lengua española. Una nueva sistematización de las normas, la resolución de numerosas dudas prácticas y la abundancia de ejemplos la convierten en una obra eminentemente pedagógica. Pensada para todos los públicos, resulta una obra imprescindible para profesores y alumnos. Y además una nueva imagen: nuevo diseño basado en el nuevo DRAE XXII edición y nueva encuadernación en tapa dura Dicho lo cual, acabaremos esta Introducción sobre el ensayo apuntando brevemente que la definición de los géneros literarios supone, en general, un grave problema. Aunque tienen unas señas de identidad visibles, son con frecuencia fórmulas ambiguas, de fronteras porosas y poco precisas donde es corriente el solapamiento, o las creaciones en las que el autor puede alejarse de los paradigmas conocidos buscando la originalidad y la renovación literaria. El ensayo plantea todavía mayores dudas. Se trata de un género paraliterario, no expresamente literario, sobre el que han existido innumerables confusiones. Autores y editores publican bajo el epígrafe de ensayo textos que no entran claramente en las categorías habituales de los géneros al uso, con lo que se convierte en una especie de cajón de sastre. Al mismo tiempo, la diversidad de temas, la variación de registros mentales y de su tratamiento estético provocan que el mundo del ensayo sea un espacio variopinto y diverso. El hecho de que su naturaleza sea poco orgánica dificulta la tarea de reconocimiento y lo convierte en una creación mutable sujeta a perspectivas cambiantes por la importancia que adquiere en estos escritos el punto de vista personal y la experiencia del ensayista, por la particular relevancia que tiene en su motivación creadora el contexto histórico coetáneo. Además no tiene una forma única de expresión ya que se adapta a subgéneros literarios existentes. Para definir el ensayo con corrección es necesario abordarlo desde distintas ópticas para acotar en este acoso múltiple algunas de sus peculiares señas de identidad o recomponer su identidad. Por último, hemos de señalar que se ha echado mano, sobre todo, del léxico filosófico, amén de otros tipos de vocabularios, por lo que las interpretaciones de términos aparecen en las correspondientes notas a pie de página. Nada nos haría tan felices como el escribir al modo de Ortega y Gasset, pero nuestras pretensiones distan mucho de la realidad. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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