domingo, 4 de agosto de 2024

Obra de Historiografía, EL PAÍS VASCO EN LA EDAD MODERNA.

BREVE RESUMEN Como dice el profesor Xosé Estévez, “este ensayo viaja del siglo XVI al XIX por la frondosidad del roble foral . Repasa el hierro, el barco, el maíz, las tensiones internas y externas de una sociedad refractaria a determinado concepto de modernidad, que suponía la tala de sus propias leyes, usos y costumbres. Con la conquista de Navarra, Euskal Herria entraba definitivamente en las órbitas francesas y españolas. Tres siglos después, nuevas derrotas militares encauzaban a los vascos por la senda constitucional y dejaban en ruinas su antiguo entramado foral. Muchas claves de nuestra vida cotidiana se explican en estas páginas.” Vamos a ver que la época entre 1450 y 1880, desde el punto de vista económico, se caracteriza por un feudalismo desarrollado o la estructuración económica de las Antiguas Leyes. En esta época, en Euskal Herria se distinguen tres zonas: la zona montañosa costera o vertiente atlántica, la zona central (llanadas de Gasteiz e Iruñea) y la vertiente mediterránea. En el ámbito agrícola, en el siglo XVI, en general la producción agrícola aumenta y se limitan los espacios para la ganadería y la silvicultura. Esta tendencia al alza se mantiene durante los siglos XVII y XVIII y, en el siglo XIX, después del parón provocado por las guerras, se notará una leve subida. En el ámbito pesquero, cae la pesca de la ballena y el bacalado, mientras que suben los de la sardina y el besugo. En el ámbito industrial, la producción de hierro vive su punto álgido, sin embargo, sufrirá algún declive durante esta época. En el siglo XVIII, tras el crecimiento económico de Inglaterra, el comercio renace; sin embargo, las ferrerías viven sus últimos días. La industria naval vive momentos dulces y se desarrollan otro tipo de industrias, entre ellas, destaca la industria del cuero. Debido a su localización geográfica, el comercio en Euskal Herria, puente entre el norte de Europa y Castilla, cobrará importancia. Tras los buenos momentos que se sucedieron en el siglo XVI, en el siglo XVII decáe el comercio. Sin embargo, en el siglo XVIII el comercio vivirá su etapa más floreciente, con el resurgimiento del puerto de Baiona y la supremacía del puerto de Bilbao (se creó una fuerte asociación de comerciantes). Durante esta época eran famosos los corsarios vascos. Resumiendo, durante el feudalismo desarrollado destaca la estructura económica de pequeños productores autónomos, pero en el siglo XVIII, comienzan a imponerse las leyes de la economía de mercado. En realidad, muy pronto se estableció una diferencia entre las zonas montañosas y los valles, nómadas y pastoriles las primeras, sedentarios y agrícolas los segundos, distinción ésta que se perpetuó durante centurias, casi hasta el siglo XIX. Si se pretende dibujar la vida cotidiana de los vascos de los siglos anteriores se llega a una realidad que, en cierto modo, no difiere mucho de la actual. En las costas, la facilidad para acomodar puertos protegidos de los temporales del noroeste propició el desarrollo de un sector pesquero cuyo relieve se mantiene hoy en día. Las circunstancias han cambiado, y las hazañas de los balleneros y bacaladeros que partían a la aventura pertenecen al pasado. Antiguas son también las explotaciones mineras, que en el siglo XIX recibieron el impetuoso empuje de la Revolución Industrial. La vida en las montañas sigue rigiéndose por las mismas necesidades que antaño, aunque la trashumancia ha ido remitiendo y las explotaciones agropecuarias en caseríos aglutinan los esfuerzos de los valles de forma más racional. En Álava, los agricultores en el siglo XVIII comenzaron a cultivar la patata y el maíz, que tanta importancia tendrían después. Por otro lado, en esa época se construyeron nuevos caminos y llegó la imprenta. En el siglo XVIII el comercio de Gipuzkoa se fortaleció mediante la creación de la Real Compañía Guizpuzcoana de Caracas, que participaba en la compra-venta de los productos provenientes de América. Las ferrerías sufrieron un revés durante el siglo XVIII debido a la falta de preparación para hacer frente a las innovaciones tecnológicas de Europa. También surgieron las Matxinadas: por un lado, la matxinada que se alzó en 1718 contra el decreto de contrafuero que pretendía suprimir la aduana entre Castilla y Euskal Herria Sur. Por otro lado, la segunda Matxinada fue provocada por el desabastecimiento como consecuencia de la negación de los comerciantes a vender los cereales que tenían almacenados con el objetivo de mantener su elevado precio. En lo que respecta a Vizcaya, analizaremos que la nueva organización social que salió de la Edad Media tardía, aunque sufrió modificaciones, comenzó a fraguar aproximadamente en la segunda mitad del siglo XV y perduró hasta el siglo XIX. Sus principales soportes fueron los fueros y las instituciones forales, la hidalguía universal y la excepción fiscal. Los Fueros son la recopilación de los usos y costumbres que regulaban en gran medida la vida de los bizkainos, aunque incluían privilegios concedidos por el Señor y la Corona. Fueron fijados por escrito en el tiempo entre la Edad Media y la Edad Moderna: El Fuero Viejo (1452) y El Fuero Nuevo (1526). La institución suprema de la provincia eran las Juntas Generales. Antes de las hermandades ya se debían celebrar en Bizkaia asambleas semejantes, pero fueron las asambleas de las hermandades, las que a partir del siglo XV se transformaron en las Juntas Generales de Bizkaia. Aunque al principio se celebraban en otros lugares, en el siglo XV se fijó Gernika como sede de las mismas. Las Juntas Generales, junto a las demás instituciones de la provincia, obtuvieron cada vez más poder y competencias a lo largo de la Edad Moderna. Otra de las consecuencias de la crisis de la Edad Media tardía, al igual que en Gipuzkoa, fue la "hidalguía universal": gracias a este concepto, todos los bizkainos eran iguales jurídicamente, es decir, todos eran hidalgos. Esto junto a la prohibición de acudir a las Juntas Generales, indica el fracaso de los parientes mayores. Aparte de constituir una base teórica estupenda para establecer las excepciones y peculiaridades para Bizkaia, a los bizkainos con estudios les daba una buena oportunidad para ingresar en la administración de España. Finalmente, entre la Edad Media tardía y el comienzo de la Edad Moderna, se estableció firmemente la naturaleza que Bizkaia tenía de antes en lo que se refiere a las peculiaridades y privilegios fiscales respecto de la Corona, es decir, en Bizkaia la presión fiscal era menor que en otros lugares del reino de Castilla. Esto no quiere decir que los bizkainos no pagaran impuestos: además de los que había que pagar para financiar las necesidades cada vez mayores de las instituciones de la provincia, le pagaba al fisco de la Corona ciertas cantidades y cuando las necesidades de la Corona crecían daban lugar a una mayor presión. Por otro lado, después de haber conseguido diversas excepciones en el ámbito de los aranceles (las aduanas se establecieron en Balmaseda y Orduña, es decir, en el camino hacia el interior), Bizkaia fue considerada zona de libre cambio de la Monarquía española. Por eso, en la Edad Moderna, al igual que a Álava y Gipuzkoa, se le nombró Provincia exenta de impuestos. A partir del siglo XV, al ser la agricultura del territorio bastante pobre para hacer frente al crecimiento de la población, parte de ésta tuvo que emigrar. Igualmente parte de los recursos y materias había que importarlos. Para ello era muy beneficiosa la libertad para exportar e importar productos. Las exportaciones consistían en hierro y servicios (transporte y comercio). Durante los siglos XV y XVI se intensificaron la minería y la producción de hierro , como consecuencia del crecimiento económico que se estaba produciendo en Europa; en Bizkaia creció el número de ferrerías, pero no se avanzó mucho desde el punto de vista técnico. A través de las páginas de este ensayo recordaremos que en el campo comercial Bilbao destacó entre los puertos vascos en la Edad Media tardía y se convirtió en importante núcleo comercial del norte de la península ibérica. Como consecuencia de todo ello se creó el Consulado de Bilbao (1511) para defender los intereses de los comerciantes de la villa. Este desarrollo liberó a Bilbao de la dependencia que tenía hasta entonces respecto de los comerciantes de Burgos. Los productos de exportación más importantes seguían siendo la lana y el hierro, pero, seguramente, debieron entrar en el sector productivo y en el crediticio. Algunos de ellos adquirieron tierras y se fueron uniendo poco a poco con los terratenientes de la antigua nobleza . Por lo tanto, la burguesía urbana que resultó vencedora al final de la guerra de bandos se estableció definitivamente. Sin embargo, la economía seguía estando basada en la agricultura y en la ganadería principalmente; por lo tanto, el control de la tierra era el factor más importante en el aspecto social. Los campesinos bizkainos, aunque no fueron perdedores en términos absolutos, no se puede decir que fueran ganadores claros en los conflictos sociales de la Edad Media tardía. La mayoría de los campesinos eran arrendatarios de las tierras que cultivaban y el caserío era la unidad económica principal. Los verdaderos vencedores, junto con los comerciantes, fueron los terratenientes grandes y medios; éstos eran los propietarios de la mayoría de las tierras y las ferrerías, y colocaban a sus hijos en la Administración española. Así mismo, ellos mismos fueron los que a lo largo de la Edad Moderna fueron detentando el poder político y controlándolo cada vez más estrechamente. Aunque jurídicamente todos los bizkainos eran iguales, a partir de entonces, la riqueza fue principalmente el factor determinante de la escala social, es decir el dinero y sobre todo la tierra. Esta hegemonía alcanzó también a la política, porque limitaron la entrada en los cargos municipales y forales, lo cual acarreó la monopolización de los cargos públicos por parte de las clases enriquecidas. Dos eran los mecanismos que daban lugar a la monopolización de los cargos. El primero era el que obligaba a saber hablar y escribir en castellano para poder acceder a un cargo público. Esta limitación discriminaba a la mayoría de la población (en las Juntas Generales se exige por vez primera en 1613). El segundo era la exigencia de poseer un nivel económico mínimo. Por otro lado, la Tierra Llana obtuvo la mayoría de los escaños de las Juntas , en perjuicio de las villas con más población como Bilbao. Dicho de otro modo, a lo largo de la Edad Moderna fue adquiriendo fuerza una nueva oligarquía, muy vinculada al Estado, que tuvo en sus manos la mayoría de los cargos municipales y provinciales hasta el siglo XIX, que a nivel ideológico proclamaba la igualdad y la pureza de sangre. En el siglo XVII las epidemias y la crisis económica detuvieron el crecimiento de la población. Fue particularmente grave la crisis de la producción de hierro y del comercio que estaban quedando muy obsoletos. La situación de inestabilidad de aquellas actividades que equilibraban la balanza comercial trajo nuevos cambios: la economía de Bizkaia volvió hacia el sector primario, perdiendo importancia los sectores secundario y terciario. Una mayor proporción de la población quedó vinculada al caserío . En medio de este proceso se afianzó la producción de una planta nueva traída de América, de gran productividad, que fue el maíz. Las dificultades del siglo XVII tuvieron también otra consecuencia: el incremento de los conflictos sociales. El ejemplo más claro fue la Rebelión de la Sal (1631-34). Los principales causantes fueron dos: por un lado la presión de la Monarquía para aumentar los impuestos y por otro el enfado del pueblo llano porque sus condiciones de vida estaban empeorando mientras el poder político de las clases dominantes iba aumentando. En el siglo XVIII el valle de Orozko se integró definitivamente en Bizkaia (1785). Por lo menos hasta el último cuarto de siglo fue una época de crecimiento, tanto en la agricultura, como en la manufactura y el comercio. La siderurgia, que continuaba utilizando técnicas tradicionales, respondió al incremento de la demanda internacional y el comercio también se volvió a dinamizar. La acumulación de capital de los propietarios agrícolas y de los grupos de comerciantes fue importante: los ricos se hicieron más ricos y la monopolización del poder político fue a más. Las contradicciones internas de las estructuras de Bizkaia, en cambio, se agravaron. La cada vez mayor tendencia centralizadora del Estado que estaba en manos de los Borbones, las limitaciones del crecimiento basado en bases tradicionales, los cambios en la economía internacional y sobre todo la Revolución Industrial de la Gran Bretaña, las dificultades de final de siglo y las guerras, etc. llevaron el modelo del Viejo Régimen a una profunda crisis en Bizkaia. Las contradicciones entre la oligarquía, la burguesía y el pueblo aumentaron. Los exponentes más claros son los alzamientos que se produjeron: los más importantes, la Matxinada de 1718 y la Zamakolada (1804-07). Desde finales del siglo XVIII, las instituciones de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa y, sobre todo, las Diputaciones actuaron de manera cada vez más coordinada para hacer frente a los problemas comunes que les aquejaban. Por otra parte, entre 1425 y 1521, se vivirán grandes conflictos en Navarra en torno a la cuestión de la sucesión del reino. Los agramonteses eran partidarios de Juan II, y los beaumonteses, de Carlos IV príncipe de Viana. Juan II ganó la disputa contra los beumonteses en Estella, reunió a las Cortes y nombró a su hija Leonor su sucesora. Cuando ésta le transmitió la sucesión a su hijo, la dinastía Foix se hizo con el poder del reino de Navarra, aumentando así la disputa entre agramonteses y beaumonteses. Como consecuencia de estas discusiones Alta Navarra fue perdiendo fuerza y Fernando II el Católico conquistó el reino (1512). El título de "reyes de Navarra" fue mantenido por la dinastía Albret , que gobernó el pequeño territorio de Baja Navarra. Por otro lado, a pesar de que Fernando juró mantener los Fueros a los navarros, la presencia de los virreyes redujo la independencia política y cultural del territorio. A pesar de ello, durante el siglo XVI se produjo un gran crecimiento económico y demográfico; las plantaciones de viñedos, la explotación de ferrerías, el comercio con la península y el fortalecimiento de la industria doméstica. La Iglesia y la nobleza seguirán obteniendo ingresos gracias a la explotación de sus tierras y el sector noble aumentará cuantitativa y cualitativamente. En el ámbito político, las Cortes Generales se convierten en el poder legislativo y la Corte y el Consejo Real en los tribunales supremos de justicia. La población se divide en dos grandes bloques: la clase dirigente y el mundo rural. La segunda, analfabeta, utilizaba la lengua "vulgar" vasca. En el siglo XVIII los navarros salvaron sus fueros por haber apoyado la causa de Felipe de Anjou (el que sería primer rey Borbón) contra el Archiduque Carlos de Austria durante la guerra de sucesión, mientras que los de la Corona de Aragón fueron abolidos. Es de destacar el impulso que logró el comercio y la industria privada y pública gracias a la presencia de un grupo social emergente; algunos apellidos navarros obtendrán dinero y fama, como Juan de Goyeneche y Jerónimo de Ustariz, por ejemplo. Parte de las nuevas fortunas creadas se destinó a la obtención de títulos nobiliarios y a la dinamización urbanística. El mundo rural, en cambio, continuaba iletrado y anclado en las tradiciones. No nos hemos olvidado de Iparralde y, para colmo de males, hemos dado unas notas económicas y sociales sobre los siglos XVI-XVIII desde el punto de vista peninsular (hoy, diríamos desde el punto de vista del Estado). Así, cualquier comparación será llevada a cabo pronta y certeramente. Por último, subrayaremos que la cultura vasca es fruto de un particular desarrollo histórico, que, en muchos aspectos, ha transcurrido al margen de algunos de los acontecimientos claves que afectaron a gran parte del área peninsular. Las características geográficas y orográficas de estas tierras determinaron en gran parte su evolución y también el carácter particular de sus gentes. Es en muchos aspectos una de las culturas más singulares de la Península, con rasgos propios y únicos que se han mantenido a lo largo de los siglos. El folclore del pueblo vasco posee un carácter ancestral profundamente rico que se muestra en el mundo mitológico y legendario, en los ritos y las danzas –que conservan gran parte de su simbología primigenia, pues la llegada tardía del cristianismo favoreció su permanencia en la memoria popular y en la tradición-. Aunque delimitada por montañas y desfiladeros, Euzkadi abierta al mar no ha dado la espalda a influencias externas, y prueba de ello es que existen curiosas conexiones con algunas costumbres, artes y juegos que recuerdan al occidente europeo. EL PAÍS VASCO EN LA EDAD MODERNA (SIGLOS XVI-XVIII) ÍNDICE PRESENTACIÓN 1. LAS HEREJIAS DE SIGLO XVI EN EUSKAL HERRIA 1.1. Navarra 1.2. Agramonteses 1.3. Beamonteses 1.4. Baja Navarra 1.5. Vascongadas 1.6. El país vasco-francés 1.7. Herejías en el siglo XVI 2. LA CRISIS DE LA SOCIEDAD FEUDAL EN EL PAIS VASCO 3. ACTIVIDADES ECONÓMICAS DE EUZKADI EN LOS SIGLOS XV Y XVI 4. EVOLUCIÓN DEMOGRAFICA DE LAS VASCONGADAS 5. EL SISTEMA POLITICO FORAL Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS PROVINCIAS VASCAS 6. LA POBLACIÓN Y LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS EN LA EDAD MODERNA DEL PAIS VASCO 6.1. El siglo XVI: prosperidad demográfica y económica 6.2. El siglo XVII: crisis y reconversiones de la economía 6.3. El siglo XVIII: crecimiento económico y capitalismo comercial 7. LA SOCIEDAD DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN LAS VASCONGADAS 7.1. Los estamentos privilegiados y las élites sociales. Nobles y plebeyos. Alodios y señoríos. 7.2. La nobleza: las familias dirigentes 7.3. El clero y la Iglesia 7.4. El comercio y los grandes comerciantes: la burguesía mercantil y la nobleza comerciante 7.5. El entramado social: comunidades campesinas y corporaciones urbanas 7.5.1. Casa y familia 7.5.2. Las comunidades campesinas 7.5.3. Ciudades y corporaciones urbanas 7.6. Los pobres 8. ENTRE TRADICIÓN Y MODERNIDAD EN EUSKAL HERRIA 9. LAS MATXINADAS 9.1. Introducción 9.2. Las matxinadas 9.3. El motín de la sal 9.4. Las revueltas en Iparralde 9.5. La matxinada de 1718 9.6. La matxinada de Vitoria de 1738 9.7. La matxinada de 1755 9.8. La matxinada de 1766 10. LA ZAMACOLADA 11. ECONOMÍA DE EUSKAL HERRIA EN LA EDAD MODERNA 12. RENACIMIENTO, BARROCO Y NEOCLASICISMO VASCOS 13. ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI 13.1. Introducción 13.2. El potencial demográfico 13.3. Panorama económico 13.4. La dinámica social 14. ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVII 14.1. Introducción 14.2. La dimensión demográfica de la crisis 14.3. La dimensión económica de la crisis 14.4. La dimensión social de la crisis 15. DINÁMICA ECONÓMICO-SOCIAL DEL SIGLO XVIII ESPAÑOL 15.1. Introducción 15.2. Demografía 15.3. Economía 15.4. Comercio 15.5. Comunicaciones 15.6. Finanzas 15.7. Sociedad VOCABULARIO DE TÉRMINOS HISTÓRICOS - Mercado de abastos - Absolutismo - Alcabala - Abadengo - Adelantado - Alcalde - Aldea - Alguacil - Aristocracia - Askenazí - Autarquía - Barroco - Annata - Audiencia - Avería - Brazo secular - Burgo - Burguesía - Baldíos - Beneficio eclesiástico - Consejo de Indias - Indias - Concilio de Trento - Consulado del Mar - Cortes - Corregidor - Diezmo - Carestía - Contrarreforma - Converso - Corsario - Cristiano viejo - Crisis del siglo XIV - Crisis del siglo XVII - Despotismo ilustrado - Dehesa - Diezmos de la mar - Embargo - Encomienda - Erasmismo - Estamento - Fueros - Fuero de Bilbao - Derecho del País Vasco - Galeones - Galeón de Manila - Gremio - Guerras de religión - Hagiografía - Herejía - Inquisición - Navarra - Brujería en el País Vasco - Nueva Planta - Hidalgo - Real compañía Guipuzcoana de Caracas - Ducado - Maravedí - Real - Escudo - Casa de Contratación - Mayorazgo - Millones - Clero regular - Clero secular - Limpiezaa de sangre - Comerciantes - Pragmática Real - Cédula - Pragmática de Libre Comercio - Monopolio - Ilustración - Jesuitas - Mercantilismo - Nobleza - Reforma protestante - Sefardí - Revolución científica (siglos XVI y XVII) - Señorío de Vizcaya - Señorío - Tercer Estado - Valido - Santa Hermandad - Sisa - Solar (casa solar o solariega) - Ley Sálica - Servicio - Universidad de Oñate - Tercias reales - Patronato real - Quinto real BIBLIOGRAFÍA SOBRE LOS VASCOS BIBLIOGRAFÍA DE LA ESPAÑA DE LOS BORBONES Presentación El país Vasco actual no puede entenderse si dejamos de lado su devenir histórico en la época del Antiguo Régimen , del siglo XVI al XVIII. La lectura del presente ensayo permitirá al lector de una manera sugerente y evocadora familiarizarse con las condiciones de vida en la sociedad vasca de aquellos tres siglos, recondando tanto sus peculiaridades como sus coincidencias con la sociedad española y europea: desde la imagen de los vascos, tal como la percibían los viajeros que acudían a los tres territorios históricos, a su religiosidad, pasando por su lucha ante la enfermedad y la escasez, el comercio y la industria, el contrabando y la piratería, la ley y el delito, el tono de la vida cotidiana, sus diversiones, la educación o los conflictos sociales. Veremos que son escasos los datos demográficos de Euskal Herria hasta el siglo XI, por lo que es difícil realizar un análisis profundo. Existen más datos acerca del periodo entre los siglos XI y XIV, sobre todo debido a que se escribían documentos acerca de los procesos de creación de las ciudades. En suma, como mostraremos claramente, las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava y el reino de Navarra se muestran como un caso de perduración de instituciones del Antiguo Régimen. Y también de adaptación. La foralidad todavía viva en la segunda mitad del siglo XIX estuvo en condiciones de demostrar que podía ser posible la modernización de las estructuras administrativas heredadas y que su funcionamiento, a través de las Diputaciones, podía adecuarse a los tiempos. Tan solo después de la última guerra carlista, en 1876, se procedió a la aplicación definitiva de medidas de igualación administrativa o, como se decía entonces repetidamente, “nivelación”, de modo que se modificó el régimen y composición de las diputaciones y se equiparó a los habitantes de estos territorios al nivel de todos los españoles, en lo que a la fiscalidad y al servicio de las armas se refería. De forma fulgurante, las provincias vascas pasaron a estar a la cabeza del proceso de industrialización española. Estas provincias, que aparecían como pobres, estériles, necesitadas de protección y privilegios para asentar a una población escasa que hiciera frente a los peligros de invasión, se ponía al frente del proceso de integración de España en el capitalismo moderno. Son razones suficientes, seguramente, como para que estas provincias y Navarra se hayan convertido en objeto de interés historiográfico de primer orden, reflejado en una amplia bibliografía. Una parte de ésta ha planteado la continuidad del regimen foral en el siglo XIX y la peculiar forma de transición del Antiguo Régimen a la modernidad. La perduración del sistema de Concierto Económico y, sobre todo, la inclusión de una disposición adicional en la Constitución Española de 1978, que “reconoce y ampara los derechos históricos de los territorios forales”, ha dado lugar a una abundante producción jurídico-doctrinal. Si tuviéramos que resaltar algunos hechos históricos, diríamos que en 1511 tiene lugar la creación del Consulado de Bilbao. En 1526 se promulga el Fuero Nuevo de Bizkaia y muere en Getaria, su ciudad natal, Juan Sebastián Elcano. Entre 1598 y 1601 se prolonga una epidemia de peste bubónica. A partir de 1620 tiene lugar la introducción y desarrollo del cultivo de maíz en tierras vascas. Entre 1631 y 1634 se registra la rebelión o estanco de la sal, que viene a ser una revuelta vizcaína contra las autoridades forales por el embargo y el incremento del precio de la sal. En 1638 tiene lugar el sitio de Hondarribia por los franceses, al que sigue el combate naval de Getaria. En 1659 se ratifica la Paz de los Pirineos, firmada en la isla de los Faisanes (Irún), que pone fin a la guerra franco-española de 1635. En 1696 aparece la Nueva recopilación de los fueros, privilegios, buenos usos y costumbres, leyes y ordenanzas de la provincia de Guipúzcoa. En 1714 se procede al establecimiento de la Factoría Real de Tabaco en Bilbao. Entre 1718 y 1766 tienen lugar las Matxinadas (El alzamiento de 1718 se debe a la disposición de Felipe V de trasladar las aduanas interiores a la costa. En 1755, el origen de la revuelta está en un intento de controlar el mercado bovino, y una coyuntura de malas cosechas. En 1766, el motín se origina bajo una situación de malas cosechas y epidemias.). En 1728, tienen lugar la creación de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas; en 1764, la fundación de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Entre 1764 y 1775 se lleva a cabo la construcción del camino entre Orduña y Pancorbo. De 1780 a 1790 se registra la máxima expansión de las ferrerías vascas. En 1794, tropas francesas ocupan el territorio (Gipuzkoa negocia la creación de una república tutelada por Francia). Y, finalmente, en 1804 estalla la Zamacolada, rebelión contra los proyectos de Simón Bernardo de Zamácola: la construcción del Puerto de la Paz (1807) en la anteiglesia de Abando y el aumento de fuerzas de orden público. 1. Las herejías del siglo XVI en Euskal Herria 1.1. Navarra Hacia el final de la Edad Media, con la muerte de Carlos III "El Noble" entró la inestabilidad dinástica con las casas de Foix y Albret. Juan II de Aragón fue rey de Navarra hasta que murió su mujer y titular de la corona Blanca I de Navarra. Al morir el tronó se disputó entre su viudo Juan II y su hijo Carlos de Viana ente dos bandos navarros. El bando agramontés apoyó a Juan II de Aragón mientras que el beaumontés al Príncipe de Viana. A pesar de que ganó, éste último murió en extrañas circunstancias y el trono recayó en su hermana Leonor de Foix, mientras que Juan II al volver a casarse perdía sus derechos en el trono navarro. Fernando el Católico (hijo de Juan II de Aragón) consiguió ocupar militarmente Navarra con la ayuda esta vez del bando beaumontés, mientras que, al contrario que la anterior guerra, el bando agramontés apoyaba a los reyes de Navarra Juan de Albret y Catalina de Foix. 1.2. Agramonteses Los agramonteses fueron los partidarios del antiguo bando nobiliario de los Agramont. Este linaje aparece por primera vez a comienzos del siglo XII con Sancho VII el Fuerte. Fueron rivales de los beamonteses, llevando tanto unos como otros a la guerra civil de Navarra cuando Juan II de Aragón "el Usurpador" se quedó para sí el trono a la muerte de la reina Blanca I de Navarra en 1441. Juan II, que era rey consorte, debía ceder la corona a su hijo Carlos príncipe de Viana. Los agramonteses apoyaron al aragonés en contra del hijo de la reina. Sin embargo, años después, los beamonteses apoyaron a Fernando el Católico en la conquista de Navarra contra los agramonteses. Tanto los agramonteses como los beamonteses tenían alianzas con los bandos de las tierras vascas occidentales que pertenecieron al reino de Navarra hasta el años 1200, los agramonteses con los gamboínos y los beamonteses con los oñacinos. La guerra persistió a la muerte de Carlos, Príncipe de Viana en 1461 y a la de Juan II en 1479. Los agramonteses tenían inicialmente como aliados a los aragoneses y posteriormente a los franceses. En todo momento apoyaron al poder que ostentaba la corona, primero a Juan II y después a los reyes Catalina de Foix y Juan de Albret. Fernando el Católico, aprovechando esta guerra y su alianza con los beamonteses conquistó el Reino de Navarra en 1512. Gracias a la colaboración de los beamonteses, la conquista se realizó en relativamente poco tiempo. Tras la conquista los navarros agramonteses, como es lógico, fueron los que más sufrieron la represión. Dentro de las contradicciones de esta guerra estaba que Fernando II el Católico, regente de Castilla tras la muerte de Isabel I, era hijo de Juan II (el rey que habían apoyado) y de su segundo matrimonio con Juana Enríquez. Otra de estas contradicciones es que los que inicialmente lucharon por un rey aragonés, que suponía la sumisión al Reino de Aragón, posteriormente fueron los que más lucharon por mantener la independencia del Reino. Una tercera es que Fernando, Rey de Aragón, cedió Navarra al Reino de Castilla. Posteriormente hubo tres intentos de reconquistar el reino por parte de los agramonteses con apoyo de los franceses. En 1512, en 1516 y en 1521, aunque, sobre todo en el último intento, también hubo una amplia participación de beamonteses. En la de 1516 fue apresado el líder de los agramonteses, el Mariscal Pedro de Navarra en el Roncal. Fue encerrado primero en Atienza y posteriormente en Simancas. En este último lugar apareció el 24 de noviembre de 1522 sin vida, apuñalado. En la de 1521, las tropas navarras agramontesas aliadas con francesas contaron con la colaboración de la población beamontesa, como en el caso de Pamplona, donde se sublevaron. Se consiguió la liberación de la totalidad del Reino de Navarra. Más tarde en la batalla de Noáin, junto a Pamplona, los castellanos volvieron a hacerse con el control del reino. Aún hubo puntos de resistencia (Castillo de Maya, Fuenterrabía) hasta 1524. También se ocupó la Baja Navarra aunque sin asentarse del todo. En 1528, Carlos I renunció oficialmente a la Baja Navarra. En 1512, un ejército castellano entra en Navarra por el oeste al mando de Fadrique Álvarez de Toledo, II duque de Alba, y la mayor parte del Reino de Navarra resulta invadida militarmente. Previamente, el monarca castellano había conseguido del Papa Julio II la proclamación de una bula, la Pastor Ille Caelestis, que excomulgaba a los aliados del rey francés, como enemigos de la Liga Santa. La firma del Tratado de Blois, con el que los reyes navarros pretendían asegurarse la neutralidad en la guerra entre Francia y Castilla, sirvió como pretexto a Fernando el Católico para invadir Navarra, como aliada supuestamente de los franceses. Posteriormente en una segunda bula, en 1513, denominada Exigit Contumacium, la casa de Albret quedaba desposeída de su reino y se liberaba a los súbditos navarros del juramento de fidelidad a sus reyes, quedando el reino a merced de quien primero lo tomara. (...) a los arriba mencionados, Juan y Catalina excomulgados, anatemizados, maldecidos, autores de cisma y herejía y reos de lesa divina majestad y del eterno suplicio, y privados y despojados de todo título, honor y dignidad real, entregando sus reinos, dominios y bienes a quienes los hubieran capturado o capturaren, expropiados según guerra justísima y sacrosantísima, anunciamos y declaramos que el título y dignidad de Reino, no sólo del Reino de Navarra, Ducados, Condesados y resto de sus Dominios temporales sino de todos sus bienes arrebatados de las manos de Juan y Catalina que se les hayan desposeído o se les desposean en el futuro, siguiendo un derecho enteramente justo." Según algunos historiadores, como Arturo Campión, esta bula era falsa, mientras que muchos otros historiadores sostienen la veracidad de la bula pontificia, como el historiador navarro Víctor Pradera en su libro "Fernando el Católico y los falsarios de la historia" cuya versión ha sido luego corroborada por varios historiadores, como José Mª Lacarra, Boissonade, Jaime del Burgo o Luis Suárez Fernández. Otros autores como Jon Oria, no dudan de la vercidad de las bulas pero alegan que presentan "indicios de una manipulación" realizada por el papado o por Aragón. La importancia de la citada bula reside en que no era "justa causa" de guerra para la época que un rey conquistara otro reino católico, pero una vez promulgada la bula, los reyes de Navarra eran considerados como "príncipes", desposeídos de sus territorios y se eximía a sus súbditos de rendirles obediencia, por lo que el rey castellano podía hacerse "justamente" con sus territorios. En 1513, las Cortes de Navarra, estando sólo los Beaumonteses, nombran a Fernando rey de Navarra. En 1515, las Cortes de Castilla anexan Navarra a la Corona de Castilla por el Tratado de Burgos, con un régimen foral especial. En esta reunión no estuvo ningún navarro presente. Posteriormente, primero Juan de Albret y Enrique II de Navarra intentaron recuperar Navarra en tres ocasiones, en 1512, en 1516 y en 1521, cuando reinaba ya Carlos I de España. En esta última ocasión se consiguió recuperar en poco tiempo todo el reino, gracias al alzamiento generalizado de los navarros de toda Navarra. Posteriormente el 30 de junio de 1521 se produjo la Batalla de Noáin donde la derrota de las tropas franco-navarras determinó el destino de Navarra. Aún se produjeron dos focos de resistencia. Uno en la Batalla de Amaiur (1522), donde hoy un monolito recuerda la batalla, y el fin de la independencia de Navarra, y otro, hasta febrero de 1524, en el Castillo de Fuenterrabía. En 1524, la Navarra peninsular, manteniéndose como reino, quedó consolidada en la corona de Castilla. Carlos I se retiró definitivamente en 1530 de la Baja Navarra, tras resultar infructuosas sus incursiones en ese territorio, aunque nunca se firmó un tratado de paz entre Castilla y Navarra. 1.3. Beamonteses Los beaumonteses o beamonteses fueron los partidarios del antiguo bando nobiliario de los Beaumont . Este linaje fue creado por Carlos III el Noble con familiares ilegítimos. Tenían relación con el más antiguo linaje de los Luxa, de la Baja Navarra. Los distintos condes de Lerín fueron los líderes de esta facción. Fueron rivales de los agramonteses con quienes libraron la Guerra Civil de Navarra cuando Juan II de Aragón "el Usurpador" se quedó para sí el trono a la muerte de la reina Blanca I de Navarra en 1441. Juan II, que era rey jure uxoris (por matrimonio), debía ceder la corona a su hijo Carlos príncipe de Viana. Los beamonteses apoyaron al Príncipe de Viana para recuperar la legitimidad en esta guerra. Sin embargo, años después, los beamonteses apoyaron a Fernando el Católico en la conquista de Navarra contra los agramonteses. La guerra persistió a la muerte de Carlos, Príncipe de Viana en 1461 y a la de Juan II en 1479. Los beamonteses tuvieron como aliados a la Corona de Castilla y a los oñacinos que fueron una facción nobiliaria de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya que protagonizó las llamadas luchas banderizas contra una facción rival, los gamboínos. Estos últimos serían a su vez aliados de los agramonteses. En el marco de la alianza con los beamonteses, la Corona de Castilla llevaría a cabo a la postre la conquista del Reino de Navarra en 1512. Gracias a esta colaboración la conquista se realizó en relativamente poco tiempo. Dentro de las contradicciones de esta guerra, una era que Fernando II el Católico, regente de Castilla tras la muerte de Isabel la Católica, era hijo de Juan II (el enemigo que no habían aceptado como rey) y de su segundo matrimonio con Juana Enríquez. Y otra contradicción es que los que se alzaron contra el rey aragonés, defendiendo la independencia del Reino, terminaron ayudando a los castellanos, que acabaron con ella. En 1495 el padre de Juan III de Albret, Alano de Albret estableció con Fernando un nuevo acuerdo para solucionar las intrigas políticas, y en él, el conde de Lerín se vio obligado a abandonar el reino, cediendo todos sus bienes a Fernando II, a cambio recibió bienes en Huéscar, Vélez Blanco, Vélez Rubio, Cújar, Castilleja, Cuevas de Freila y otros.En 1507 fue expulsado de Navarra el conde de Lerín, con el apoyo prácticamente unánime de todos los navarros, consiguiéndose también la salida de las tropas extranjeras. Los beamonteses fueron los únicos en acudir a las Cortes de Navarra, en Pamplona en 1513, por convocatoria del virrey. Allí se aceptó a Fernando como rey. En la reunión de las Cortes de Castilla en Burgos en 1515 donde se decidió la anexión no acudió ningún navarro, tampoco los beaumonteses.(Lógico, en la medida en que Navarra conservó sus propias Cortes hasta 1841 y por ello carecía de voz y voto en las castellanas). Seguramente esta ocupación no fue buscada por los beamonteses, pero sí por sus líderes. Esto lo vemos en la sublevación contra las tropas castellanas en pueblos y ciudades beaumontesas, como ocurrió en Pamplona en 1521, cuando tropas navarras en alianza con francesas liberaron la totalidad del Reino de Navarra. Más tarde en la batalla de Noáin, junto a Pamplona, los castellanos volvieron a hacerse con el control del reino. Aún hubo puntos de resistencia (Castillo de Maya, Fuenterrabía) hasta 1524. También se ocupó la Baja Navarra aunque sin asentarse del todo, hasta que en 1530 Carlos I renunció oficialmente a la misma. 1.4. Baja Navarra El Reino de Navarra bajo dominio de la casa de Foix, se redujo a los territorios al norte del Pirineo (Baja Navarra). En 1594 Enrique de Navarra fue coronado rey de Francia tras su conversión al catolicismo, siendo el primer Borbón que accedía al trono francés (fue entonces cuando dijo la célebre frase de París bien vale una misa, haciendo hincapié en el motivo de su conversión). Desde Enrique IV hasta Luis XVI los reyes de Francia tomaron el título de Rey de Francia y de Navarra. Tras la Revolución francesa el Reino de Navarra quedó disuelto en la República Francesa. Las tierras navarras quedaron así divididas entre España y Francia, hasta hoy en día. 1.5. Vascongadas Los vascos de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, que ya estaban integrados en la Corona de Castilla, siguen con un amplio grado de autogobierno: los fueros daban a cada región vasca leyes locales, impuestos y tribunales independientes. Los fueros eran derechos o privilegios que se concedían a un territorio, ciudad o persona. Estos fueros eran diferentes para cada región. Por ejemplo, en el Señorío de Vizcaya, eran diferentes para las Encartaciones, la Tierra Llana (que tenía el llamado fuero de Vizcaya), la ciudad (Orduña) y las villas (que tenían sus propios fueros, siendo el de Bilbao y Bermeo el fuero de Logroño). Enclavada como un brazo de tierra entre Cantabria y el valle de Mena, en Burgos, la comarca de las Encartaciones constituye un territorio abrupto y rural, sobre todo en su zona occidental, donde menudean las cabezas de ganado, que disfrutan para su alimentación de extensos pastos. El valle más importante es el de Carranza. Durante el siglo XVIII, y gracias a su emplazamiento en el corredor del Nervión, acceso natural a la Meseta, Orduña vivió un gran desarrollo al abrirse el nuevo Camino Real y ubicarse allí las aduanas. El Duranguesado es la zona de influencia de una de las villas más prósperas del interior vizcaíno, Durango. Ocupa esta comarca el amplio valle del río Ibaizabal, que se forma entre el monte Oiz, al norte, y las sierras de Anboto y Aramotz, al sur. Los vizcaínos y guipuzcoanos reciben del rey la hidalguía universal, que significa que tanto unos como otros, pasan a ser considerados hidalgos por el hecho de ser vizcaínos o guipuzcoanos. Su historia está ligada a la del resto de España, teniendo una importante participación en la conquista y colonización de América. La Casa de Contratación prefería los barcos de los astilleros del Cantábrico, por su solidez y buenas condiciones marineras, para las flotas de Indias. También participaron en casi todas las acciones navales de la incipiente Armada de España, como en las expediciones a Italia del Gran Capitán, la Batalla de la Isla Terceira, la Armada invencible, etc. Colaboraron con las tropas de Fernando el Católico en la Conquista de Navarra y en las acciones militares que fueron consecuencia de la misma. Hacia el final del siglo XVI, los marineros vascos enseñaron a los holandeses el empleo del arpón para la caza de ballenas. La Revolución francesa llevó a España a la Guerra del Rosellón o de la Convención (1793), durante la cual, tras unos éxitos españoles iniciales en los que se tomó el Rosellón, las tropas francesas, al mando del general Dugommier, consiguen recuperar el Rosellón en las campañas de 1794 y 1795 tras las batallas de Tec (28 de abril), Albere (30 de abril) y Boulou (1 de mayo) y penetran en Cataluña, Vascongadas y Navarra, llegando a ocupar Miranda de Ebro. El 2 de agosto de 1794 las tropas francesas cercaron las Provincias Vascongadas y en 36 horas llegaron a San Sebastián sin encontrar resistencia. Manuel Godoy (Manuel Godoy, Memorias del Príncipe de la Paz) dice: La ocupación de San Sebastián no fue un hecho de armas. Varios politicastros guipuzcoanos se dejaron seducir por el general Adrien de Moncey, quien les prometió convertir la provincia en República independiente. Estos crédulos hombres...entregaron la ciudad a los franceses... Días después vizcaínos y alaveses se rendían en masa y el 26 de agosto el alcalde declaraba no la prometida república sino la sumisión total a Francia, ya que al ser reclamada la misma, Salbert Pinet, comisionado de Napoleón, ordenó el encarcelamiento de 40 de ellos. Con la firma del tratado de Paz de Basilea (22 de julio de 1795) se da fin al conflicto. En ella se establece que a cambio de la retirada de las tropas francesas de tierras vascongadas se había de entregar la Isla de Santo Domingo, y por la liberación de los 40 guipuzcoanos encarcelados se permitía además a Francia ciertos derechos sobre caballos andaluces y ganado ovino durante 5 años. 1.6. El país vasco-francés La Reforma protestante fue aceptada por parte de los vascos, apoyada por Margarita de Angulema y su hija Jeanne d'Albret, reinas de Baja Navarra. El hugonote vasco Joannes Leizarraga Lermanda tradujo en 1571 a la Linguæ Navarrorum, es decir, al euskera, el Nuevo Testamento. En el siglo XVI, una burguesía vascohablante imprimió en Bayona libros en vascuence, casi todos sobre temas cristianos. Sin embargo, como el protestantismo era perseguido por la Inquisición española y, en el nordeste, el rey protestante navarro se convirtió al catolicismo para ser el rey Enrique IV de Francia, tanto la reforma como la publicación de textos vascuences duró poco. La Reforma fue un movimiento religioso europeo que, iniciado en Alemania en 1517 contra la Iglesia Católica Romana, provocó la escisión de la Iglesia cristiana. Originado por un clima propicio a la revisión del catolicismo, de la decadencia moral y de la corrupción de los ambientes eclesiásticos, se vio favorecido por el nacionalismo alemán y por un amplio fermento económico y social, y encontró un punto de apoyo en las concepciones individualistas propias del Humanismo. El teórico de la Reforma fue Martin Lutero, monje alemán cuya doctrina, basada en la idea de salvación obtenida sólo a través de la fe y no de las indulgencias, en el rechazo de algunos sacramentos y en la afirmación de que entre el hombre y Dios no existe ningún intermediario (libre examen), se difundió particularmente entre la alta nobleza alemana, que la utilizó para justificar su rebelión contra el emperador Carlos V. Al luteranismo , difundido también en los Estados escandinavos, se añadieron también otras confesiones protestantes reformistas: la de Zwinglio (en Zurich) y la de Calvino (en Ginebra); esta ´çultima fructificó en Suiza, en los Países Bajos, en Escocia y en parte de Francia. Escasamente seguida en Italia y en España, donde sentó las bases para la Contrarreforma, la Reforma tuvo un carácter predominantemente político en Inglaterra. 1.7. Herejias en el siglo XVI En el siglo XVI el hambre y la miseria se apoderaron del País Vasco francés, comenzó también una época de persecución a supuestas brujas en todo el territorio. Euskadi Norte es la denominación que los nacionalistas vascos otorgan a las tres provincias que se engloban en el Estado francés: Zuberoa (Soule), Lapurdi (Labourd) y Nafarroa Beherea (Basse Navarre). La tierra de Zuberoa se extiende por la parte oriental del bosque de Irati y la mitad superior del valle del Saison. Lapurdi es una región agrícola y ganadera, con pesca en la costa. Nafarroa Beherea se sitúa al N de Pirineo y al O de Zuberoa. Las acusaciones que se realizaron en el Parlamento de Burdeos motivaron el envío a Labort del consejero Pierre de Lancre. Éste, arrancando confesiones mediante torturas, hizo quemar alrededor de 200 mujeres, niños y sacerdotes. Pierre de Lancre fue el responsable de la caza de brujas en Labort. Pensaba que las mujeres son de naturaleza pecaminosa, y que son tan peligrosas que jamás sería capaz un juez en solitario de juzgar a una mujer, porque los hombres son débiles. Decía que se necesitaría un tribunal compuesto por muchos hombres. Sin embargo, tras superar los desastres sufridos, en el siglo XVII se vivió una especie de renacimiento. Entre otras cosas, Rabelais publicó su Gargantua y Pantagruel y Dechepare escribió el primer texto impreso en euskera. La novela Pantagruel de François Rabelais, iniciada en 1532 y terminada de publicar en 1564, tiene en apariencia el tono de una distracción burlesca compuesta al margen de su docta y compleja actividad de médico, editor de textos ilustres de la medicina antigua y humanista, pero el espíritu libre y desprejuiciado que conforma la obra atrajo sobre ella la condena de la Sorbona (la facultad de teología). Siguiendo la línea de la parodia de la literatura épica y caballeresca, Rabelais dio expresión a una sátira muy vivaz de la pedantería escolástica , de la hipocresía del clero y, a la vez, a una exaltación de las alegrías materiales e intelectuales de la vida y de la libertad del espíritu. Los europeos del final de la Edad Media convivieron cotidianamente con los cuatro jinetes del Apocalipsis: Hambre (durante la primera mitad del siglo XIV las pérdidas de cosechas fueron frecuentes), Epidemia (la Peste Negra), Guerra (conflictos armados incesantes, caso de la guerra de los Cien Años) y Muerte (consecuencia lógica a todos los males referidos). A ello hay que añadir la terrible crisis espiritual que supuso para los católicos el Cisma de la Iglesia. En los momentos álgidos del Cisma llegó a haber hasta tres papas al mismo tiempo, cada uno con sus países aliados y enemigos todos ellos entre sí, excomulgando (negación de los sacramentos a los fieles y su participación en los oficios religiosos) a los que siguieran a su contrario. El cisma de Occidente es un período de graves controversias en el interior de la Iglesia católica (1378-1417), y durante el cual hubo varios papas a la vez. Se originó con la elección de Urbano VI (1378), al cual se opusieron la mayoría de los cardenales no italianos y eligieron al francés Clemente VII. Éste, establecido en Aviñón, estaba apoyado por Francia, Escocia y los Estados ibéricos. Aunque el concilio de Pisa eligió a Alejandro V (1409), que murió al año siguiente y fue sustituido por Juan XXII (1410-15), los dos papàs, el de Roma, Gregorio XII, y el de Aviñón, Benedicto XII, no admitieron su sustitución y permanecieron en sus puestos, llegando a tener la Iglesia tres papas. Finalmente, el concilio de Constanza (1415-18) depuso a los tres papas y convocó el cónclave que condujo a la elección de un papa único, Martín V (1417), y al final del cisma. Navarra se alineó con el papa de Aviñón, Clemente VII. En este contexto es normal que se desarrollara una psicología del miedo que tuvo su plasmación en el arte (gusto por lo macabro), en la literatura (Danzas de la muerte, libros de bien morir,...), en las relaciones intergeneracionales (rechazo de la ancianidad),..., y en la religiosidad popular (supersticiones, herejías o brujería). Obviamente los vascos no fueron ajenos a este contexto. Los vascos de finales de la Edad Media, al igual que el resto de europeos, carecían de los conocimientos científicos necesarios para interpretar adecuadamente, por ejemplo, los fenómenos de la Naturaleza y los sustituían por una explicación teológica , según la cual Dios era el origen de todo lo que acontecía y las catástrofes (un granizo que destruye las cosechas) eran un castigo por los pecados de los hombres. Así, no resulta extraño entender que se recurriera a todo tipo de estrategias para evitar que ocurriera cualquier mal, desde una enfermedad hasta una sequía. Algunas de estas estrategias contaban con el apoyo de la Iglesia, indicando la forma de llevarlas a la práctica, y otras no, considerándolas supersticiosas. De entre todas ellas destacamos tres. Conjuros climáticos. Todas las villas vascas (se documentan especialmente los casos de Bilbao , Orduña y Vitoria) disponían de una persona encargada de evitar cualquier climatología adversa que pudiera dar al traste con la cosecha de los campos circundantes, poniendo de este modo en peligro la alimentación de sus vecinos. Estaban contratadas por los ayuntamientos y normalmente recaía sobre uno de los sacerdotes de la localidad. Ejercía su misión desde lo alto del campanario, desde donde podía divisar cuándo llegaban unas nubes amenazantes y para evitar que descargaran su tormenta tocaba las campanas con un ritmo especial. En algunas localidades alavesas actuales todavía persiste esta tradición y el toque se denomina tente nublo. Caso que las lluvias llegaran antes de tiempo o tuviera lugar una sequía que pusiera en peligro la cosecha, podría optarse por realizar procesiones rogativas. Los vecinos salían en procesión con la imagen de un santo para rogarle que les ayudara ante esa situación intercediendo por ellos ante Dios. Saludadores. Se creía que existían personas con ciertos poderes curativos en su saliva estando en ayunas, capaces de erradicar problemas de sarnas, lamparones o mordeduras de perros rabiosos. Se les denominaba saludadores porque durante el ritual de aplicación de la saliva sobre la parte afectada realizaban ciertas deprecaciones o ruegos en los que intervenían bendiciones. La práctica ausencia de médicos en aquellos tiempos, saber muchas veces en manos de judíos (por ejemplo, Vitoria se quedó sin médico tras la expulsión de los judíos en 1492 y tuvo que rogar a Antonio de Tornay, médico, judío y vitoriano, que permaneciera hasta que se encontrara quién le sustituyera), hacía que cobraran un papel destacado las denominadas herboleras : mujeres con conocimientos de la botánica de los bosques vascos y sus propiedades farmacológicas para preparar ungüentos curativos de todo tipo. Nóminas. Para evitar los dolores de muelas o de parto, fiebre, problemas de lombrices,..., se escribían en un papel unas palabras y se dibujaban unos símbolos, se doblaba, se introducía en una bolsita y se colgaba del cuello. Sólo se autorizaban las nóminas realizadas por personas devotas, sacerdotes especialmente, que ponían en ellas palabras de los Evangelios y el signo de la cruz. Las herboleras no confeccionaban tan sólo ungüentos curativos, también podían realizar pócimas venenosas, anticonceptivas o abortivas e incluso filtros de amor y otras cosas que estaban cercanas al mundo de la magia y la superstición, como la práctica de la adivinación. Estas mujeres, generalmente viejas y pobres, servían de "cabeza de turco" ante las calamidades que padeciera la comunidad, acusándolas de envenenar campos, actos de infanticidio,..., e incluso de pactos con el demonio. Entonces dejaban de ser simples herboleras para convertirse en peligrosas hechiceras. Por ello no resulta extraño que en 1330 y 1342, por ejemplo, fueran condenadas a la hoguera en Ultrapuertos Jurdana de Irisarri, la señora de la casa de Aurteguia y la de Gabat por practicar sortilegios. El siguiente paso era convertirse en bruja, lo que significa adorar al Diablo, renegar de Dios, realizar cultos satánicos colectivos y maleficios a la comunidad. En 1466 ya se habla de que en la provincia de Guipúzcoa había " brujas e sorguiñas ". Pero hasta entrado el siglo XVI no se desatará la caza de brujas en tierras vascas, que tendrá su punto culminante en los sucesos de Zugarramurdi de 1610. En la primera mitad del siglo XV la comarca vizcaína del Duranguesado conoció un brote herético que tuvo como principal instigador al franciscano fray Alonso de Mella. A su surgimiento contribuyeron el contexto de miedo, la crisis socio-económica bajomedieval, una mala asimilación del cristianismo y aspiraciones sociales y económicas "igualitarias" a través de la experiencia milenarista (creencia en que Jesucristo reinaría en la tierra durante mil años antes del Juicio Final y durante ese tiempo la vida sería sin complicación alguna) por parte de los excluidos del sistema (marginados, segundones de los mayorazgos, jornaleros,...). A los seguidores de Mella se les acusó de blasfemos, de pecar contra el sexo, de negar la jerarquía eclesiástica, de reinterpretar a su modo las Sagradas Escrituras, etc. En 1442 comenzó la persecución. Muchos escaparon, entre ellos el propio Mella y otros cabecillas del movimiento, que huyeron al reino moro de Granada, desde donde escribió al rey de Castilla para abogar en defensa de su causa. Finalmente fue ajusticiado por los propios musulmanes. Entre los que no escaparon, hubo quienes consiguieron salvar la vida renunciando a la doctrina herética de Mella y quienes no, terminando en la hoguera. La Inquisición como tribunal eclesiástico destinado a extirpar la herejía, fue creado en el siglo XII, cuando la Iglesia tuvo que luchar contra los cátaros y valdenses. Más tarde el IV Concilio de Letrán (1215) y el Concilio de Tolosa (1229) declararon que era deber de los obispos perseguir y juzgar a los herejes y entregarlos para su castigo al brazo secular. En 1231-35 Gregorio IX despojaba a la Inquisición de la jurisdicción de los obispos y la confiaba a inquidores permanentes de la orden dominica, de nombramiento pontificio. El Estado se alineó con la Iglesia contra los herejes, dado que la herejía religiosa constituía una amenaza concreta contra el orden establecido y contra la seguridad del Estado. El hereje, una vez aceptada su culpabilidad, era invitado a retractarse; en caso de negarse a hacerlo era condenado a penas corporales o a la muerte en la hoguera. ¿Qué contribuyó, además del contexto de miedo ya expresado, al desarrollo de esa religiosidad popular alejada de la ortodoxia marcada por Roma? La introducción del cristianismo fue más tardía y no todo lo correcta que debiera en las zonas montañosas vascas, donde además predominaba una densidad demográfica pequeña y un hábitat muy disperso. Estas circunstancias posibilitaron un sincretismo con el sustrato pagano ancestral que había pervivido tanto tiempo; es decir, se fusionaron ciertos elementos del cristianismo con otros de la cultura pagana anterior (la creencia en Mari, en el akerbeltz, etc.), dando lugar a una vivencia religiosa no en sintonía con la ortodoxia marcada desde Roma. La leyenda de Mari nos dice que Mari, una joven y bella muchacha, gustaba de peinar sus largos y rubios cabellos, y en ocasiones tanto se deleitaba peinándose que olvidaba sus tareas. Una tarde de tormenta su madre le pidió que fuera por agua, pero Mari, distraída, no fue; al rato, la madre, al ver que se había quedado sin agua, le gritó enfurecida que así la llevaran los rayos. En ese preciso instante, Mari se convirtió en un fantasma de fuego que salió por la ventana y fue a parar a la cumbre del monte Anboto. Existen muchas leyendas sobre este fascinante personaje, que en unas aparece como un ser maligno y en otras benigno, pero siempre acaba por convertirse en una bola de fuego o en una nubecilla blanca. Por otro lado, la dirección espiritual de estas gentes tampoco fue adecuada y ello por dos razones. En primer lugar, porque el clero de las iglesias rurales, y de muchas urbanas, carecía de formación (no había seminarios para cursar estudios) y vocación (en las iglesias de patronato laico el pariente mayor nombraba a los clérigos entre los miembros de su familia que quedaban excluidos de la herencia), participaba de las mismas vivencias que sus feligreses (siempre había vivido en su cultura cotidiana), entendía el sacerdocio únicamente como una forma de alcanzar ciertos privilegios sociales y económicos, etc. Y en segundo lugar, porque, como en el caso de Vizcaya, el obispo de Calahorra tenía prohibida por ley foral la entrada en el Señorío, con lo cual no podía efectuar las visitas canónicas a las parroquias en las que inspeccionaba el nivel espiritual de los feligreses y corregía los defectos detectados. Así las cosas, se entiende que la práctica del cristianismo no discurriera por los cauces adecuados y estuviera contaminada por creencias supersticiosas. En España, una bula de Sixto IV (1478) autorizó a Fernando el Católico e Isabel de Castilla a nombrar inquisidores de su confianza, de manera que, aunque la Inquisición o Santo Oficio era un tribunal eclesiástico, que dependía nominalmente de la Santa Sede; en realidad estaba directamente manejado por el rey de España. El primer tribunal creado actuó en Sevilla (1480), para luego extenderse a otras ciudades de Castilla y Aragón. En 1483 se creó el Consejo de la suprema y general Inquisición; el primer inquisidor general fue fray Tomás de Torquemada. La lucha que la Inquisición española fue sobre todo contra los judíos, convertidos al catolicismo pero que seguían siendo en secreto fieles a la ley mosaica (los llamados marranos) y contra los moriscos (musulmanes conversos). Era competencia del tribunal de la Inquisición los casos de brujería, hechicería, bigamia, blasfemia, posesión de libros prohibidos (cuyo índice se publicó en 1547, y en el que constaban obras de Erasmo, fray Luis de Granada, Juan de Ávila, entre otros, etc. La etapa más dura de la Inquisición fue la del reinado de los Reyes Católicos; con Felipe II alcanzó un gran auge y decayó con los Borbones. El Santo Oficio o Inquisición fue abolido por las Cortes de Cádiz (1813) y restaurado por Fernando VII (1814), hasta que en 1834 fue definitivamente suprimido. 2. La crisis de la sociedad feudal en el País Vasco En sus líneas esenciales la estructura de la sociedad vasca en la Baja Edad Media es muy similar a la de la época anterior, el famoso esquema tripartito clero, nobleza, campesinos, en el que se han ido haciendo un hueco los pobladores de los núcleos urbanos que forman la burguesía. Precisamente, uno de los datos nuevos que conviene destacar es el creciente protagonismo como grupo social dirigente que irán adquiriendo las clases burguesas a lo largo de los siglos XIV y XV. Durante este tiempo el conjunto de la sociedad vasca, al igual que toda la europea, se vio afectada por una profunda crisis o gran depresión, que la historiografía denomina como crisis bajomedieval o crisis del feudalismo, entre otras expresiones. El “Feudalismo” fue el orden político, económico y social que prevaleció en gran parte de Europa en los siglos IX y X y que se prolongó hasta los siglos XII y XIII. Tuvo su origen en la costumbre de los merovingios y carolingios de asignar en usufructo a sus guerreros las tierras conquistadas. Esta concesión, llamada beneficio o, en palabra germánica, feudo (beneficio de posesión), era otorgada con la ceremonia de la investidura, en la que el receptor se declaraba vasallo del soberano contrayerndo obligaciones (la principal de ellas el servicio militar) y obteniendo privilegios especiales, el principal de los cuales era la inmunidad. En un principio el feudo volvía al rey a la muerte del vasallo, pero después se convirtió en hereditario y el feudatario en un auténtico príncipe absoluto podía conceder parte de su feudo a otro vasallo menor (valvasor) y éste a su vez a otro valvasor menor; en 1307 y con la Constitutio de feudis se reconoció el derecho de herencia de los valvasores. En la sociedad feudal se distinguían fundamentalmente cuatro clases sociales: los nobles, el clero, los hombres libres (campesinos y artesanos) y los siervos de la gleba. El centro de la vida feudal era el castillo del señor, en torno al cual se agrupaba el burgo. Se pueden señalar algunos aspectos característicos de esa crisis como la paralización de las roturaciones, la caída de la productividad agrícola, crisis de subsistencia, hambrunas, incremento de la mortalidad, retroceso demográfico, etc. Sobre un panorama de por sí sombrío incidirá gravemente la peste, especialmente la Peste Negra de 1348, que fue el último eslabón de un cortejo de tragedias. Muchos campesinos sucumbieron entonces y entre los supervivientes no fueron pocos los que optaron por huir del campo y refugiarse en las villas, buscando un nuevo horizonte de vida. Este fenómeno afectó a las rentas que los señores recibían de los campesinos, que iniciaron un acusado descenso. Los esfuerzos por mantener el prestigio social y la fuerza de los linajes y la desesperada búsqueda de ingresos para frenar la caída de las rentas señoriales dará lugar en el territorio vasco a una interminable serie de guerras, por lo general de tipo privado y alcance muy limitado, especialmente frecuentes en el siglo XV, que se conocen como luchas de bandos o conflicto banderizo, y que son expresión de una acentuación grave de la conflictividad social. Lope García describe en sus Bienenadanzas e fortunas este complejo e interminable conflicto. Los principales bandos fueron los oñacinos y gamboínos, que actuaron en Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Lapurdi. Unas veces los nobles rurales se enfrentarán entre sí, otras lo harán con sus propios campesinos, a los que presionan cuanto pueden para tratar de contener la caída de las rentas señoriales, y otras, por último, se enfrentarán con los habitantes de las villas. El objetivo clave de los enfrentamientos es la pretensión de valer más , por utilizar la conocida expresión del cronista banderizo, que se traduce en un mayor poder, más rentas y más vasallos. La solución a esta conflictividad social tardará en producirse, y no llegará hasta finales del siglo XV, ya durante el reinado de los Reyes Católicos, que culminaban los esfuerzos pacificadores iniciados con anterioridad por Enrique IV. En este proceso pacificador jugaron un papel muy importante las Hermandades provinciales, asociaciones de villas que disponen de una fuerza armada, cuya eficacia fue decisiva para la sumisión de la nobleza rural banderiza, liderada por los llamados parientes mayores. Sobre las Juntas Generales de Bizkaia apuntaremos que, el señorío de Bizkaia, de origen antiquísimo –constituido por las divisiones territoriales de Bizkaia, Duranguesado y Encartaciones-, se encaminó en el siglo XIV hacia una unidad política, regida por el gobierno del señorío de Bizkaia o Diputación General y por las Juntas Generales. Entre las funciones de las Juntas figuraban las de elegir y tomar juramento a los miembros de la Diputación General y la de velar por la aplicación del Fuero de Bizkaia, carta magna del territorio, recogida como norma escrita en 1342, aunque la primera redacción completa data de 1452. Este texto fue actualizado con el nombre de Fuero Nuevo en 1526, una vez finalizadas las guerras banderizas, que habían condicionado la redacción de muchas leyes. La celebración de Juntas Generales en el robledal enclavado en el paraje de Gernika Zarra, en la anteiglesia de Lumo, está documentada desde 1308. Con el tiempo, el robledal desapareció y sólo se conservó el árbol Foral o árbol de Gernika, alrededor del cual continuaron reuniéndose las Juntas. Una hermandad es la asociación de los vecinos de diversos municipios castellanoleoneses, que se unían para fines de interés común, por lo general para la defensa del orden público, persecución de los malhechores y resistencia frente a los abusos nobiliarios. 3. Actividades económicas de Euskadi en los siglos XV y XVI En sus líneas esenciales la estructura de la sociedad vasca en la Baja Edad Media es muy similar a la de la época anterior, el famoso esquema tripartito clero, nobleza, campesinos, en el que se han ido haciendo un hueco los pobladores de los núcleos urbanos que forman la burguesía. El concepto de “burguesía ” es de difícil definición y especialmente polémico cuando se aplica a épocas anteriores al siglo XIX. Más que una burguesía, hay que considerar distintas burguesías. El término designaba en origen a los habitantes de los burgos medievales, quienes, en su totalidad o una oligarquía mercantil, solían gozar de privilegios jurídicos y económicos concedidos por el señor o el rey. Precisamente, uno de los datos nuevos que conviene destacar es el creciente protagonismo como grupo social dirigente que irán adquiriendo las clases burguesas a lo largo de los siglos XIV y XV. Durante este tiempo el conjunto de la sociedad vasca, al igual que toda la europea, se vio afectada por una profunda crisis o gran depresión, que la historiografía denomina como crisis bajomedieval o crisis del feudalismo , entre otras expresiones. Se pueden señalar algunos aspectos característicos de esa crisis como la paralización de las roturaciones, la caída de la productividad agrícola, crisis de subsistencia, hambrunas, incremento de la mortalidad, retroceso demográfico, etc. Sobre un panorama de por sí sombrío incidirá gravemente la peste, especialmente la Peste Negra de 1348, que fue el último eslabón de un cortejo de tragedias. Muchos campesinos sucumbieron entonces y entre los supervivientes no fueron pocos los que optaron por huir del campo y refugiarse en las villas, buscando un nuevo horizonte de vida. Este fenómeno afectó a las rentas que los señores recibían de los campesinos, que iniciaron un acusado descenso. Los esfuerzos por mantener el prestigio social y la fuerza de los linajes y la desesperada búsqueda de ingresos para frenar la caída de las rentas señoriales dará lugar en el territorio vasco a una interminable serie de guerras, por lo general de tipo privado y alcance muy limitado, especialmente frecuentes en el siglo XV, que se conocen como luchas de bandos o conflicto banderizo, y que son expresión de una acentuación grave de la conflictividad social. La peste es una enfermedad infecciosa y contagiosa, cuyo agente patógeno es la bacteria Pasteurella pestis y que se transmite al hombre fortuitamente, a través de la picadura de algunas especies de pulgas que infestan a ratas enfermas. La peste se conoce desde la antigüedad por las gravísimas epidemias que afectaron Europa en los siglos VI-XIV. Lope García describe en sus Bienenadanzas e fortunas este complejo e interminable conflicto. Los principales bandos fueron los oñacinos y gamboínos, que actuaron en Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Lapurdi. Unas veces los nobles rurales se enfrentarán entre sí, otras lo harán con sus propios campesinos, a los que presionan cuanto pueden para tratar de contener la caída de las rentas señoriales, y otras, por último, se enfrentarán con los habitantes de las villas. El objetivo clave de los enfrentamientos es la pretensión de valer más , por utilizar la conocida expresión del cronista banderizo, que se traduce en un mayor poder, más rentas y más vasallos. La solución a esta conflictividad social tardará en producirse, y no llegará hasta finales del siglo XV, ya durante el reinado de los Reyes Católicos, que culminaban los esfuerzos pacificadores iniciados con anterioridad por Enrique IV. En este proceso pacificador jugaron un papel muy importante las Hermandades provinciales, asociaciones de villas que disponen de una fuerza armada, cuya eficacia fue decisiva para la sumisión de la nobleza rural banderiza, liderada por los llamados parientes mayores. La palabra crisis designa un período breve de cambio decisivo, un punto de inflexión que determina la supervivencia o la desaparición de un individuo, una institución, una condición, etc; en sentido más amplio indica un período, breve o largo, de inestabilidad y de dificultades, o de transformaciones rápidas y profundas. La idea se imbrica con los conceptos de decadencia y de declive, y en economía con los de recesión y depresión. Crisisn es una de las nociones más utilizadas en historia y en ciencias sociales, pero es también un concepto ambiguo e impreciso, debido al uso a veces indiscriminado que se hace del término, empleado para describir desde situaciones revolucionarias hasta cualquier tipo de tensión en las relaciones internacionales, y, en general, cualquier situación de dificultad en cualquier ámbito. Partimos de los valles interiores de la provincia de Bizkaia, un enclave de relieve poco escarpado, sembrado de pequeños núcleos de población y de caseríos, en el que se conservan notables muestras de arquitectura religiosa. El itinerario se acerca al mar en Ondarroa, en cuyo puerto amarra una de las principales flotas de altura del Cantábrico, y tras recorrer la costa hasta Lekeitio, visitamos Gernika-Lumo, que, junto a su importante patrimonio y sus valores como villa histórica vasca, ofrece su privilegiada situación geográfica en el enclave natural de Urdaibai, la zona húmeda más importante del País Vasco. 4. Evolución demográfica de las Vascongadas La escasa información documental, aunque superior a la de estapas anteriores, apenas permite hacer una aproximación a la evolución de la demografía de Vasconia en los dos últimos siglos medievales, marcada profundamente por el impacto negativo de la Peste Negra de 1348. Las contadas fuentes de que disponemos son tardías y de carácter fiscal, aunque susceptibles de proporcianar información indirecta de carácter demográfico. Las más importantes proceden de Navarra, como los Libros de monedaje (impuesto que se pagaba al acceder al trono un nuevo monarca), siendo el más antiguo el de 1266, o el Libro de fuegos de 1366, que proporciona una precisa información sobre las consecuencias de la Peste Negra. La tierra de Ultrapuertos dispone de algunas Encuestas, como la de 1350-1353 y la de 1412-1423, y el País de Soule cuenta con el Censier de 1377 y el Terrier de Mauleón de 1525. En el caso de Labourd destaca L'enquête de Eduardo II de Inglaterra de 1311. Para los territorios de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya los primeros testimonios son de fines del siglo XV o principios del XVI. El término alodio es de origen germánico, y su significado originario es objeto de discusión, si bien prevalece la idea de que, en el período posterior a las invasiones bárbaras, definía el patrimonio inalienable del grupo familiar. A partir del siglo VIII, alodio , o tierras alodiales, designa la tierra poseída individualmente y libre de cargas, prestaciones o derechos; es decir, la plena propiedad, en contraposición a los bienes comunales, en arrendamiento, en feudo, etc. Se usa tanto para la pequeña propiedad como para el latifundio. Hasta finales del siglo XIII la población mantuvo un ritmo de crecimiento sostenido, que se interrumpió como consecuencia de la ruptura del equilibrio entre la producción de alimentos, que se estanca, y la demanda de consumo de una población que ha llegado a cifras relativamente altas, lo que genera crisis de subsistencias, debilitamiento general de la población e incremento de la mortandad. Sobre ese panorama incidirá gravemente el impacto de la Peste Negra de 1348, la más grave de todas, pero que también afectaron posteriormente otras oleadas infecciosas, en los años 1362, 1382-1383, 1399 y 1400-1402. Es imposible evaluar con exactitud el impacto de la Peste Negra en la demografía , que en cualquier caso fue desigual, muy importante en algunas zonas de Navarra, como la merindad de Estella, y bastante menor en los territorios costeros. Una de las expresiones más claras de la caída de los efectivos demográficos nos lo ofrece la aparición de despoblados, lugares que quedaron sin pobladores, aunque en algunos casos se explican más por fenómenos de redistribución de la población como consecuencia de la peste. A partir de 1430-1440 se observan claramente los síntomas de reactivación económica y de crecimiento demográfico, visibles a través de la expasión agraria con la puesta en explotación de nuevas tierras, reocupación de lugares que habían sido abandonados y ampliación del perímetro de los núcleos urbanos, mediante la aparición de arrabales y la compactación del caserío, que se va extendiendo por los solares vacíos y crece en altura, como podemos observar a través de los ejemplos de Vitoria, Mondragón, Bilbao, Lequeitio, Durango, etc. En el caso de Navarra los conflictos político-militares dificultaron la recuperación demográfica, tan sólo constatable en siglo XV en la Montaña, con una economía de base ganadera, forestal y ferrona. De hecho Navarra no recuperaría la población de la segunda mitad del XIII hasta principios del siglo XVI, cuando alcanza los 24.000 fuegos u hogares. Para Álava el " acopiamiento " o vecindario de 1537 nos da unas cifras de 14.054 vecinos, equivalentes a unos 60.000 habitantes, una cifra muy similar a la de Guipúzcoa, mientras que Vizcaya rondaría los 65.000 habitantes. La mayor parte de esta población tenía carácter rural y habitaba en caseríos y aldeas, y sólo un poco más de la tercera parte residía en las villas, entre las que destacaban por su tamaño a fines del siglo XV Vitoria y Bilbao, con más de 5.000 habitantes. “Brazo secular” designa la autoridad del magistrado civil en contraposición al eclesiástico y, en particular, el poder de ejecutar las órdenes y sentencias que los tribunales eclesiásticos podían dictar, pero no llevar a efecto. Es el caso, por ejemplo, de los tribunales de la Inquisición, cuyas sentencias eran ejecutadas por las autoridades seculares. La demografía es la ciencia que estudia la estructura, los movimientos y la dinámica de la población, es decir, su composición por tipos de edad, sexo, religión, etc., y sus continuas variaciones. 5. El sistema político foral y la construcción de las provincias vascas Un hecho incuestionable de la singularidad del pueblo vasco es su lengua que junto a los modos de vida, las formas jurídico-administrativas propias, la arquitectura y el folcloreson la clave del mantenimiento de su identidad. El tan debatido y no resuelto origen del euskara o lengua vasca es fuente de varias teorías, la más fundada es la de una evolución de un idioma preindoeuropeo que hace siglos tenía unos límites más amplios que los actuales. Los países no son esencias sino construcciones históricas, devenires. Como en toda Europa, la historia política de vascos y navarros durante la Edad Moderna no se puede entender desde los conceptos contemporáneos de Nación o de Estado, sino más bien en términos de adscripción a las comunidades políticas que existían entonces, como las comunidades locales o los reinos y provincias, en la medida en que estas se fueron construyendo. Cuando llegan a la Edad Contemporánea, las provincias vascas o el reino de Navarra constituían comunidades políticas diferentes que se habían ido vertebrando como tales a lo largo de la Edad Media y de la Edad Moderna, en el marco de las monarquías europeas. Aquella construcción de las provincias supuso un largo proceso de integración de comunidades locales de muy diversa índole en el seno de unidades políticas superiores y constituyó el proceso político más significativo de la Edad Moderna. Cada reino o provincia se fue configurando no como una unidad política homogénea, sino como un agregado de villas, valles, aldeas y corporaciones de todo tipo, cada una de las cuales mantenía su particular constitución, con una gran pluralidad de jurisdicciones, leyes particulares y poderes concurrentes. Carlos Ferrera Cuesta nos aclara en su Diccionario de historia de España que: “Con los antecedentes de la época romana, la provincia persistió en la Edad Media como una entidad territorial de carácter intermedio más, aunque eclipsada por otras más importantes como las merindades o las veguerías.La introducción por los Borbones de los Intendentes , que tenían como ámbito de acción la provincia, reforzó indirectamente su papel, a lo que se añadió la creación de algunas demarcaciones nuevas. En 1833 Javier de Burgos implantó la división provincia, la cual, con (1927), ha perdurado hasta la actualidad.” Desde la Edad Media, a las primitivas comunidades de la "tierra llana" se habían ido superponiendo las villas, los señoríos y la Iglesia, con sus jurisdicciones e instituciones. Las villas, de fundación real o señorial, se regían por un derecho propio y estaban en la órbita de la jurisdicción real o señorial. En los señoríos de Álava y de Navarra, el señor tenía derecho a ejercer justicia e intervenía en la elección de alcaldes. La Iglesia ejercía su jurisdicción en las diócesis y vicarías. También las corporaciones (gremios , cofradías) regulaban espacios de poder con una influencia nada desdeñable, como el Consulado de comerciantes de Bilbao o la cofradía de Santa Catalina de San Sebastián. Sobre este entramado se superpusieron las instituciones de la provincia, del señorío o del reino y, por encima, las de la Corona de Castilla, con sus representantes: virrey en Navarra, corregidores en Guipúzcoa y Vizcaya, y Diputado general en Álava. El vínculo de estas comunidades con el rey era una relación contractual que comprometía a ambas partes: ellas reconocían el poder arbitral del monarca y éste velaba por el respeto de los fueros de cada una de ellas. El "pase foral" y la "sobrecarta" eran los procedimientos utilizados por estas comunidades para controlar que las disposiciones reales no contrariaran los fueros. A lo largo de la Edad Media, las comunidades locales se habían ido vertebrando en unidades políticas mayores a través de conquistas o pérdidas territoriales, vinculaciones de territorios a una entidad política mediante el mayorazgo , la reordenación del espacio en torno a las villas, núcleos dotados de fueros y jurisdicción, los pactos entre poderosos, las hermandades de comunidades, etc. En el Valle de Trápaga-Trapagaran, se encuentran las minas de hierro de La Reineta y La Arboleda, que surtieron históricamente la siderurgia vizcaina. La construcción de los diferentes cuerpos políticos forales varió tanto en el ritmo como en los resultados. El reino de Navarra alcanzó en fechas muy tempranas una configuración política como reino, con una organización institucional compleja y elevada. Las provincias de Guipúzcoa y Álava se formaron en torno a la Hermandad de sus villas y concejos, agrupados para defenderse de los malhechores y banderizos, y fueron cuajando política y territorialmente desde el siglo XIV o el XV. En el Señorío de Vizcaya el proceso fue lento y complicado, retrasándose por el clima de violencia social y la división territorial. El paisaje forestal y agrícola de la comarca de las Encartaciones, que tuvo fueros propios hasta su integración en el Señorío de Bizcaya a finales del siglo XIV, se transforma en un entorno industrial y portuario. La construcción política y territorial de las provincias se apoyó en dos elementos importantes, la formación de un derecho foral y las juntas territoriales. Lejos de ser un reclamo folclórico, el artesanado vasco sigue manifestándose con plena pujanza y disfruta de un público fiel a las cosas hechas a la antigua usanza. Los mercados semanales que se celebran en los pueblos constituyen un lugar idóneo para contemplar las habilidades de los artesanos y adquirir sus realizaciones. La constitución progresiva de un armazón jurídico foral fue un elemento esencial de aquel proceso. Los fueros de cada provincia recopilaban un corpus jurídico muy variado, compuesto por elementos del derecho consuetudinario, por los fueros y privilegios concedidos por el monarca, los cuadernos u ordenanzas de Hermandad, los capitulados de concordia, los acuerdos de las Juntas o de las Cortes, las reales cédulas o provisiones referidas al ordenamiento foral, la jurisprudencia de las audiencias y chancillerías, etc. Todos estos textos fueron ampliando y precisando el campo del derecho foral privado y público, diferente según los territorios, y a ellos se añadían los usos y costumbres que regulaban muchos aspectos de la vida cotidiana y de la esfera institucional. Las Juntas Generales de Vizcaya eran el máximo órgano de gobierno del Señorío de Vizcaya. Las Juntas podían reunir aun total de 101 apoderados. El Muy Noble y Muy Leal Señorío de Vizcaya fue un territorio con organización política propia existente en la actual provincia de Vizcaya desde el siglo XI hasta 1876, en que fueron abolidas las Juntas Generales de Vizcaya y el régimen foral vizcaíno. Un sistema de asambleas y juntas corporativas constituía el entramado institucional. El gobierno local de las villas y aldeas evolucionó de forma significativa a lo largo de estos siglos, pasando del concejo abierto de vecinos al concejo cerrado o gobierno mediante regimiento. Esto se produjo primero en las grandes villas, desde finales de la Edad Media, se extendió progresivamente a las villas medianas y pequeñas, y se impuso definitivamente en las aldeas en el último tercio del siglo XVIII. Las villas se regían por sus fueros y ordenanzas, gozaban de autonomía jurisdiccional, elegían a sus autoridades y su alcalde ejercía la justicia ordinaria local. En cambio, la mayor parte de las aldeas o anteiglesias de los valles cantábricos se gobernaban mediante el derecho consuetudinario y la asamblea de los amos de las casas vecinales. En las villas, las diversas corporaciones de mercaderes, mareantes, pescadores, ferrones y artesanos dirigían sus actividades mediante juntas como las de los consulados de comerciantes, cofradías de mareantes y pescadores, hermandades de artesanos o dueños de ferrerías mayores. A escala más amplia, existían desde antiguo determinadas formaciones territoriales con asambleas propias que se mantuvieron con amplia autonomía en el seno de las provincias a lo largo de este periodo. En el señorío de Vizcaya, además de las villas y las anteiglesias de la Vizcaya nuclear, se integraban el Duranguesado, con sus Juntas de Merindad hasta 1876, y las Encartaciones, con las Juntas de Avellaneda hasta principios del sislo XIX. En Álava, las hermandades se agrupaban en seis cuadrillas. En Navarra, los valles pirenaicos de Salazar, Aezcoa, Roncal y Baztan se gobernaban por sus respectivas Juntas Generales. La construcción política de las provincias o del reino se apoyó especialmente en el desarrollo de las Juntas Generales de cada provincia y de las Cortes del reino de Navarra. En las Juntas de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava la representación se hacía por concejos o territorios, mientras que en las Cortes de Navarra por estamentos. A escasa distancia de la costa guipuzcoana se puede disfrutar ya de un paisaje típico de la montaña. A parte, el actual árbol de Gernika se trasplantó en 1860 del árbol anterior o Árbol Viejo, que murió en 1892, cuando contaba unos 200 años de edad; de este árbol se conserva el tronco. Las Juntas se trasladaron en el siglo XVIII a la cercana ermita juradera de Nuestra Señora Santa María la Antigua, consagrada en 1418, aunque siguieron iniciándose al pie del árbol. La constitución agregativa de estas provincias se concretó mediante el gobierno por juntas, esto es mediante reuniones de los representantes de las diversas comunidades locales. A lo largo de la Edad Moderna estas instituciones fueron cobrando mayor entidad. Al principio, en muchos casos los procuradores que asistían a ellas eran enviados por sus concejos con un mandato imperativo que limitaba sus decisiones, sin poderse apartar de ello a menos que se consultara al concejo de nuevo. Progresivamente se fue hacia una preeminencia cada vez mayor de las instituciones provinciales, mediante la negación del "mandato imperativo", el carácter vinculante de los acuerdos de las Juntas para todo el territorio, y el aumento de la tutela y vigilancia de las normas forales, aunque se mantuvo en buena medida la antigua organización autónoma de las comunidades locales. A partir del siglo XVI, las provincias se consolidaron también por la acción de las diputaciones, órganos permanentes delegados por las Juntas periódicas para hacer efectivo el gobierno durante los intervalos entre las reuniones. A finales del siglo XVIII, y sobre todo en la primera mitad del XIX, la Diputación se impondría definitivamente como el verdadero gobierno de la Provincia, con un personal especializado y permanente, una fiscalidad reforzada y unas funciones centrales, acumulando una buena parte de las funciones que habían estado tradicionalmente en manos de las comunidades locales. En la práctica, la articulación de tan diversos elementos territoriales, sociales y corporativos en el seno de cada provincia era compleja y requería un marco de relaciones flexible con las diferentes comunidades y corporaciones. Aunque éstas se articulaban, en principio, en las instituciones de la provincia, habitualmente era necesario buscar el entendimiento mediante negociaciones y acuerdos entre las diferentes instancias corporativas, o mediante "conferencias" entre las partes implicadas para superar discrepancias o para tratar temas de interés común. Aquella pluralidad de jurisdicciones fue una fuente continua de litigios, de tal modo que la discrepancia y la concurrencia entre instituciones se resolvía frecuentemente por la vía judicial. Además de los tribunales señoriales y eclesiásticos, las provincias y los reinos poseían sus propios tribunales superiores. En el reino de Navarra, la Cámara de Comptos, la Corte Mayor y, en apelación, el Consejo Real de Navarra, tribunal de máximo rango. En Guipúzcoa y Vizcaya, las audiencias del corregidor o del corregidor y diputados. En Álava, el tribunal para los casos de Hermandad, formado por el Diputado general y los consultores. Para las apelaciones, las tres provincias se dirigían a la Chancillería de Valladolid (donde el Señorío de Vizcaya poseía su sala particular y Juez mayor, que juzgaba según el fuero de Vizcaya) y, en último recurso, al rey y sus consejos, especialmente el Consejo de Castilla. Las sentencias de estos tribunales fueron un elemento importante del ordenamiento foral. Se llama chancillería al antiguo tribunal superior de Castilla encargado de administrar justicia. Por otro lado, suelo de un pueblo de ancestrales orígenes, el País Vasco aparece destacado en la península Ibérica, atrapado entre la escarpada costa cantábrica y la depresión del Ebro, y se puede advertir cómo las peculiaridades de su cultura son hondamente sentidas por los habitantes de esta tierrra en las múltiples manifestaciones que conforman su legado cultural y artístico. El pueblo vasco ha dado grandes artistas plássticos. Basta recordar en este sentido nombres de la talla de Ignacio Zuloaga, Eduardo Chillida o Jorge de Oteiza. De las excelencias del País Vasco ha dado fiel testimonio Julio Caro Baroja, aunque no por ello el célebre antropólogo ha dejado de poner una semilla de discordia, traducida en la denuncia hacia una falta de sensibilidad respecto al patrimonio, manifestada en un derribo histórico a todos los niveles. Sin embargo, en la base de este lejano y aparente desinterés se encuentra la siempre difícil política vasca. de Valladolid y agentes comisionados en Corte para mover sus asuntos. Sin embargo, el éxito de las negociaciones dependió muchas veces de la mediación en la Corte de personajes influyentes originarios del país. A lo largo de estos siglos, y especialmente en el XVIII, hubo en la Corte poderosos lobbies de navarros, vizcaínos, encartados o guipuzcoanos, muy encumbrados en el gobierno de la monarquía, que actuaban como valedores de sus comunidades para conseguir o defender sus privilegios. Desde el siglo XVIII y sobre todo en las primeras décadas del XIX, el espacio y las instituciones provinciales se consolidaron. Las instituciones fueron creciendo y acaparando funciones, se consolidaron una administración y una fiscalidad provinciales, se desarrolló la red de caminos, y se impuso una élite que pretendía articular el espacio provincial por encima de lealtades locales o corporativas. Así mismo, en el siglo XIX se acentuaron las relaciones interprovinciales mediante conferencias de procuradores de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa para resolver los conflictos entre las provincias o para tratar asuntos comunes como la conservación de los fueros. El País Vasco se sitúa en un extremo del norte peninsular, abierto al mar Cantábrico y fronterizo con Francia. Su historia se remonta al paleolítico , cuando los primeros moradores de estas tierras habitaban las zonas montañosas y se dedicaban a la caza y la pesca; posteriormente, hasta los albores del siglo XV, la sociedad vasca evolucionó a partir de dos modos de vida diferenciados: uno, que perduraría en el tiempo, fundamentado en la agricultura y radicado en los valles y otro dedicado al pastoreo en las montañas. La cultura y el folclore de esta comunidad hunden también sus raíces en los ancestros de la historia, y llegan hasta la actualidad con un gran arraigo popular y una lengua transmisora que recupera lentamente su salud. Cada una de las tres provincias vascas es una región en sí misma, geográfica, histórica, económica, social y culturalmente. El régimen foral está vigente desde la Edad Media en el País Vasco y Navarra, se consolidó en la Edad Moderna al sobrevivir a la centralización del Decreto de Nueva Planta de Felipe V. Implicaba la existencia de instituciones propias (Juntas Generales en el caso vasco y Cortes en el navarro), de exenciones fiscales y militares, de un régimen económico con aduanas respecto a Castilla y Aragón, y del derecho al “pase foral”, por el que se podían suspender aquellas medidas regias consideradas contradictorias con los Fueros. Tras la guerra de la Convención, Godoy pretendió abolirlo por la escasa resistencia de la zona frente a Francia, pero hubo de claudficar ante la revuelta de 1804 (Zamacolada). El término fueros fue usado en época medieval con un doble sentido: por un lado, como el conjunto de usos y costumbres de época inmemorial recogidos por escrito y reconocidos como ley en un lugar; y, por otro, como las libertades, privilegios o exenciones de las habituales obligaciones regias o señoriales fruto del proceso de repoblación ene l que era necesario atraer con esas ventajas a nuevos moradores a las zonas recién conquistadas. En la Castilla bajomedieval existió una tendencia a los intereses de la monarquía. 6. La población y las actividades económicas en la edad moderna del País Vasco 6.1. El siglo XVI: prosperidad demográfica y económica La provincias vascas, con unos 60.000 habitantes por provincia, tenían una densidad media de 30 hab/km², relativamente alta para la época. Navarra, con unos 145.000 habitantes en 1553, rondaba los 12 hab/km². Durante los dos primeros tercios del siglo XVI continuó la expansión demográfica del siglo anterior, en un contexto de auge económico de la agricultura, la industria, el comercio y la pesca. El relieve del País Vasco es un complejo de montes y valles en el que cabe distinguir dos grandes unidades: las montañas costeras, formadas por las sierras de Gorbea, Aitzgorri y Aralar, con cumbres de 1.500 metros, que separan las tierras litorales de las continentales; y un llano interior, la Llanada de Vitoria, que está separado del valle del Ebro por los montes de Vitoria. El caserío, rodeado de huerta, pasto para el ganado y bosque para el aprovechamiento forestal, es la unidad básica de explotación agraria y ganadera en el País Vasco. La casa tipo consiste en una edificación de planta rectangular, con planta baja, planta superior y desván, cubierta por un tejado saledizo a dos o a cuatro aguas –característica esta última de los caseríos adaptados de antiguas torres banderizas-, que, en ocasiones, puede prolongarse para techar algunas dependencias auxiliares. La edificación medieval, enteramente de madera o de piedra sillar, evolucionó hacia una combinación de ambos materiales. Los sillares empezaron a emplearse para construir solamente las paredes de la planta baja, y en el resto de la edificación, los postes de sustentación y las vigas se empleó la madera. Posteriormente el tipo de construcción predominante se orientó hacia viviendas con la planta baja dec piedra sillar y el resto de la fachada con entramado de madera vista. La fachada principal del caserío suele estar orientadda a mediodía. En ella se abren las ventanas más decorativas, los balcones y la puerta principal, porn la cual se accede a las cuadras de la planta bajay a las escaleras que llllevan a la vivienda de la planta superior. El resto del espacio de la construcción, entre la planta destinada a vivienda y la cubierta, está ocupado por el desván. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, que tenía características muy diferentes en la vertiente cantábrica y en la vertiente mediterránea. La vertiente cantábrica se caracterizaba por una economía mixta, agrícola, ganadera y silvícola, y por un déficit crónico de subsistencias que hacía necesario importar trigo, sobre todo para alimentar a la población urbana. Esta agricultura se hallaba en fase de transición: el cultivo progresaba sobre el ganado y el bosque, se roturaban cada vez más bosques, pastos y manzanales, se extendía el mijo y retrocedía la producción de manzana y de chacolí. El chacolí, como todos sabemos, es un vino que se elabora en las regiones húmedas del NO, especialmente en el País Vasco. La vertiente mediterránea producía generalmente subsistencias suficientes. En Álava la agricultura era mas bien pobre, pero sobresalían la Llanada, cerealista, y la Rioja alavesa, con vid y cerales. En Navarra se producía trigo, cebada, avena, mijo, y, en el sur, vid y oliva. Las tierras del Ebro tenían una agricultura evolucionada, con canalizaciones, y eran excedentarias en trigo, vino o aceite. Navarra también exportaba lana por San Sebastián. En conjunto, en el siglo XVI la producción agraria de las provincias vascas creció un 30%. En el siglo XVI, a pesar del próspero tráfico de lana castellana y hierro autóctono, la población vasca quedó estancada como consecuencia de la corriente migratoria hacia otros puntos más meridionales y hacia América, en cuya conquista tuvo un papel relevante. Por otro lado, el clima regional es templado-húmedo, distinguiéndose el del litoral oceánico, más suave y de lluvias y regulares, y el del interior, cuyos contrastes térmicos son mayores. En el paisaje de las comarcas centrales y occidentales de Araba se construyeron durante la edad media robustas casas torre de defensa, como la de los Barona, en las inmediaciones de Villanañe. Pero el poblamiento de la zona es mucho más remoto, y ha dejado su huella en construcciones prehistóricas como el dolmen de Sorginetxe, en los alrededores de Arrizala. Las ferrerías eran la principal industria de Vizcaya y Guipúzcoa. La exportación de hierro permitía importar subsistencias, paliando en parte el déficit agrícola de las provincias. Las ferrerías no llegaban a emplear una docena de personas pero movían numerosas actividades. Así, los campesinos completaban sus ingresos con las labores de tala de arbolado, elaboración de carbón vegetal, extracción de hierro, transporte, o como herreros y forjadores. Había minas de hierro muy diseminadas, pero las principales fueron las de Somorrostro. En el siglo XVI conocieron una gran expansión, al aumentar la demanda de aperos, de armas y de los astilleros. Se estima que 1550 había en Vizcaya y Guipúzcoa unas 300 ferrerías. Según Pío Baroja, “Las actividades de mineros y ferrones obedecen a estímulos muy particulares y complejos a la par. Históricamente, sus orígenes se remontan a aquel período en que la agricultura y el pastoreo ya mediterráneo y el occidente se estableció un comercio regular y continuo.”. El País Vasco era zona de paso de varios circuitos comerciales . El más importante era el de las lanas de Castilla que salían por los puertos cantábricos hacia Flandes, Francia e Inglaterra. De vuelta traían pañería flamenca y otras manufacturas. Similar era el circuito de la lana navarra que salía por San Sebastián. Junto a la lana, los barcos vascos llavaban al norte de Europa el hierro de las ferrerías. Destacaron pronto los puertos de Bilbao y San Sebastián que canalizaron la mayor parte del tráfico. El comercio de la lana estaba controlado por los grandes mercaderes de Burgos y los vascos actuaban como intermediarios. Sin embargo, en 1511 se fundó el Consulado y Casa de Contratación de Bilbao para escapar a la jurisdicción del Consulado burgalés. El tráfico lanero generó la aparición de una burguesía de creciente peso social. Sobre San Sebastián, en concreto, Javier y Asier Sada escriben que para comienzos del siglo XVI “el puerto ya habría alcabzado un desarrollo notable, y en él fondeaban naves que procedían de los puntos más remotos, como lo demuestran algunos registros que señalan la presencia de barcos que parten hacia Terranova desde San Sebastián.”. El litoral guipuzcoano se extiende entre la ría de Ondarroa y la bahía de Txingudi, a lo largo de cuatro comarcas surcadas por las cuencas de varios ríos. Eibar se sitúa en el interior de la comarca del Bajo Deba. Al este de San Sebastián, dos comarcas litorales, las del Bajo Deba y Urola Kosta, deben su vitalidad a sendos ríos, el Deba y el Urola. En la costa tenía importancia económica la pesca, con dos actividades: la de litoral, que abastecía de besugo, congrio y merluza, y la de la ballena y bacalao de Terranova, a partir de los años 1540, negocio con importantes inversiones y ganacias orientado hacia la exportación. Salvador Claramunt nos aclara que, en la época de los Reyes Católicos, “Valencia , en el Mediterráneo, y Bilbao y Sevilla, en el Atlántico, se convirtieron en importantes centros comerciales de intercambio europeo y africano.” 6.2. El siglo XVII: crisis y reconversiones de la economía Desde las últimas décadas del siglo XVI se produjo una crisis económica que afectaría a buena parte del siglo XVII. En Álava y Navarra la depresión fue similar a la castellana, con una pérdida aproximada del 25% de la población y una disminución de la producción agraria del 35%. La epidemia más terrible fue la peste de 1596-1601. Las pesquerías artesanales se pueden definir sobre la base de dos características: la localización de los caladeros cercanos a la costa y el uso específico de modalidades de pesca artesana, como el palangre, el pintxo-caña,la línea de mano, el enmalle bo las nasas, principalmente. La flota artesanal vasca es muy heterogénea, ya que la componen desde embarcaciones pequeñas, hasta barcos grandes, como las merluceras y los palangreros. Las pesquerías artesanales vascas no presentan un gran volumen de capturas, pero sí tienen un destacado valor en lo que se refiere a su poder social y ecológico. La proximidad de los caladeros respecto a los puertos de origen de las flotas permite mareas de menos de un día y la venta diaria de las capturas. Sin embargo, las aguas de faenado son zonas muy sensibles a la explotación, ya que tienen una reducida extensión y son áreas de cría para algunas especies marinas. La crisis de siglo XVII afectó a toda Europa con su tradicional secuela de hambrunas, guerras y epidemias. No obstante la historiografía ha abandonado la idea de recesión, sustituyéndola por la de transformación de la economía, plasmada en la recuperación de ciertas zonas frente al declive de otras. El caso español parece situarse entre estas últimas por la importancia del descenso demográfico y por coincidir dicha centuria con la pérdida de la supremacia política e incluso la desaparición de la monarquía hispana. Se han esgrimido como causas de crisis: el desprecio al trabajo en una sociedad con ideales rentistas; los rendimientos decrecientes de una agricultura que había extendido sus roturaciones en el siglo en el siglo anterior a terrenos menos productivos; el aumento de las rentas de la tierra, perjudicial perjudicial para muchos agricultores arrendatarios; la presión fiscal de la Corona, centrada en el consumo; y el desarrollo de una economía internacional más competitiva que debilitó a la industria. Sin embargo, el comportamiento regional presentó agudas diferencias. En la periferia (Cataluña, Valencia, País Vasco y Galicia) se produjo una recuperación ya en la segunda mitad del siglo XVII, aunque menor que la de otras naciones, como Francia o Inglaterra. Esta mejora provino de los estímulos procedentes de la demanda exterior, la existencia de contratos de arrendamiento largos y beneficiosos para los campesinos, la menor presión fiscal en estos territorios, la introducción de nuevos cultivos más intensivos (maíz, legumbres) y la mayor movilid de los ad de la población, que permitía a numerosos campesinos complementar sus ingresos con trabajos estacionales. En suma, la crisis del siglo XVII reemplazó el modelo de crecimiento de la centuria anterior, basado en el dinamismo de la economía castellana, por otro en el que fue la periferia quien dirigió el impulso económico, en un proceso que ha continuado hasta el siglo XX. La sublevación de Flandes y la piratería inglesa produjeron una contra+++cción industrial y comercial, compensada en parte, por la extensión del cultivo del maíz. Las provincias costeras siguieron una dinámica económica muy diferente. La crisis de las ferrerías y del comercio se compensó con una revitalización de la agricultura, gracias al maiz, que permitió mantener a la población. La generalización del maiz en el siglo XVII, primero en la costa y después en el interior, supuso un aumento de la productividad y del espacio cultivado, plantándose en los valles, hasta entonces tierra de pastos, y duplicando la producción. En la Rioja alavesa se cuatriplicó la producción de vino. Desde los años 1570, el comercio atlántico se vio alterado por las guerras sucesivas de la Corona con las potencias marítimas y los ataques corsarios. Las exportaciones de hierro retrocedieron por la competencia de los centros siderúrgicos de Suecia y Lieja. Para 1580 disminuyó el número de ferrerías. Por lo que atañe a Bilbao, desde el siglo XV y, especialmente a partir de la creación del Consulado de Bilbao (1511), la ciudad sobresalió como importante centro de comercio universal. Los siglos posteriores, hasta el siglo XIX, fueron, sin embargo, de estancamiento del que empieza a salir con la explotación del hierro de Somorrostro. Los grandes mercaderes europeos desbancaron a los burgaleses y se hicieron con el control de los intercambios mercantiles, asentándose en Bilbao. El centro de contratación de lana pasó de Burgos a Bilbao que, a mediados del siglo XVII, canalizaba toda la lana castellana que salía por el Cantábrico. Los comerciantes bilbaínos seguían siendo intermadiarios, aunque intentaron controlar aquel comercio enfrentándose a las colonias extranjeras. Por su parte, los hombres de negocios donostiarras y guipuzcoanos que mejor sortearon la crisis se reorientaron hacia el comercio colonial con América, el corso y la construcción naval para la flota de Indias y la Armada. En este contexto de crisis económica, la presión fiscal de la Monarquía provocó en Vizcaya la "rebelión de la sal", entre 1631 y 1634, contra el establecimiento del estanco de la sal, que encarecía su precio. 6.3. El siglo XVIII: crecimiento económico y capitalismo comercial El siglo XVIII fue de prosperidad económica y demográfica. Se calcula que entre 1720 y 1790 la población creció en torno al 50%, gracias al auge del comercio, al crecimiento agrario y a la recuperación de las ferrerías. El desarrollo de la agricultura y las ferrerías se vio impulsado, ya en el siglo XVIII, por la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País (1765). En la villa de Azcoitia, una serie de caballeros vascos y navarros fundan, con el conde de Peñaflorida a la cabeza, la Sociedad Vascongada de Amigos del País , origen de lo que luego se generalizará como Sociedades Económicas de Amigos del País, con la pretensión de estimular la economía española y fomentar el trabajo. El sector mercantil fue el más dinámico. La expansión del comercio internacional benefició sobre todo a Bilbao, que tenía el monopolio del tráfico lanero. Los comerciantes de la villa desplazaron a los mercaderes extranjeros y pasaron a controlar aquel tráfico. El comercio se diversificó y permitió notables ganancias gracias al contrabando. En Bilbao y San Sebastián entraban productos coloniales como azúcar, tabaco y cacao, que se enviaban a Castilla. Los aranceles de la Real Hacienda se pagaban en las aduanas del Ebro, lo que hacía de las provincias vascas una zona de baja presión fiscal y más bajos precios. Esto hacía tanto más interesante el contrabando, que a lo largo del siglo adquirió gran fuerza. “A diferencia de los piratas, que actuaban por cuenta propia, los corsarios estaban autorizados por sus respectivos soberanos y gobiernos –por lo que actuaban a su servicio-, para atacar y obtener botines de los barcos de países enemigos, y en general, para obstaculizar el comercio. El corso fue un fenómeno importantísimo en el Mediterráneo desde el siglo XII al siglo XVI que, contrariamente a una imagen difundida, no sólo fue practicado por musulmanes, sino también por cristianos. Desde el descubrimiento de América, el corso se extendió al Atlático. En él destacaron ingleses y holandeses, que querían roper el monopolio comercial de España con sus territorios americanos, y constituyeron una constante amenaza para los navios españoles. La concesión de “patentes de corso” fue prohibida en e tratado de Utrecht (1713) y posteriormente por la Asamblea Constituyente francesa (1792), pero no tuvo efectos prácticos hasta mediados del siglo XIX (tratado de Paris, 1856).” (Elena Sánchez de Madariaga). En 1718, la Corona trasladó las aduanas a la costa lo que, además de ser un contrafuero, amenazaba gravemente los negocios mercantiles, la posibilidad de contrabando e incluso perjudicaba a campesinos y artesanos al encarecerse los productos. Estalló un motín que fue duramente reprimido por las tropas reales, aunque en 1723 las aduanas volvieron al interior. Por otra parte, en 1728 se fundó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas , creando un circuito que unía Guipúzcoa con las colonias americanas. Fue promovida por un grupo de empresarios donostiarras y guipuzcoanos, compuesto de comerciantes y nobles muy implicados en el comercio colonial y muy introducidos en la corte. Tenía dos concesiones: el comercio del cacao y la facultad de perseguir al corso, de tal modo que lo que confiscase sería para la Compañía. El capital para su formación se reunió mediante la suscripción de acciones. Entre 1728 y 1740 la compañía fue muy rentable y repartió beneficios equivalentes al 160% del capital invertido. Hacia 1740 su situación empeoró. En 1751 su sede se trasladó a Madrid, pero ya no se recuperó y en 1778 desapareció, fusionándose con la compañía de Filipinas . Con todo, la Compañía fue un motor económico que benefició al puerto de Pasajes y a la industria ferrona y armera de la provincia. La agricultura aprovechó la tendencia general alcista del siglo. En la Rioja alavesa, Vizcaya y Guipúzcoa esta expansión prolongó el anterior desarrollo. En las zonas cerealistas se dio una importante recuperación y la producción creció en torno al 40%. Se roturaron tierras yermas, se intensificaron los cultivos, se generalizó el maíz. En este crecimiento se desarrolló la economía monetaria, se generalizaron los intercambios y el mercado interior, se crearon abundantes ferias e incluso mercados semanales. Este crecimiento agrario no significó mejores condiciones de vida para los campesinos, al contrario, en muchos casos se acentuó la dependencia respecto a la élite terrateniente. Las Juntas Generales son el órgano máximo de representación y participación popular de los vizcaínos: el Parlamento de Vizcaya. Su sede se encuentra en la Casa de Juntas de Guernica, junto al legendario roble, donde se celebran los plenos. Recuperadas en 1979 tras un paréntesis de más de cien año provocado por la abolición de los Fueros en 1876 en 1876, las Juntas Generales de Vizcaya han sido protagonistas destacados del proceso de institucionalización que viene desarrollándose desde hace tres décadas en la Comunidad Autónoma Vasca. Las Juntas Generales como máximo órgano de gobierno, reflejan en su composición interna la originaria división del Señorío en tres grandes entidades territoriales (Vizcaya nuclear, Duranguesado y Encartaciones) como la diferente naturaleza social y jurídica de los dos pilares básicos de la Vizcaya nuclear, la Tierra Llana y las Villas.Desde mediados del siglo XVII aumentó considerablemente el arrendamiento, cuando las comunidades campesinas negaron el acceso a la vecindad a las nuevas familias que continuaban creándose en su seno por la presión demográfica y que sólo pudieron establecerse como arrendatarias. Entre la primera mitad del XVII y finales del XVIII la proporción de familias propietarias pasó del 75% al 35%. Con el liberalismo económico , la especulación y la carestía del trigo, el endeudamiento campesino aumentó y con ello la pérdida de la propiedad en beneficio del prestamista. También se vendieron bienes comunales, por el endeudamiento de los ayuntamientos, con lo que los labradores perdían un complemento importante de sus rentas. La matxinada de 1766 en Guipúzcoa contra las subidas del precio del trigo, la especulación y otros abusos revela la existencia de graves tensiones. Se llama motín de subsistencias a un tipo de revueltas, en su mayoría urbanas, ocurridas durante el Antiguo Régimen en momentos de escasez y carestía de alimentos, aunque en ocasiones se debieran también al malestar por la presión fiscal y por la formación de levas militares. En muchos casos no llegaron a estallar por varios factores: la política represiva, la caridad, las importaciones esporádicas de trigo, la fijación de precios máximos del pan o tasas, la promoción de obras públicas para dar trabajo, y, en el campo, el recurso a la explotación de los comunales. En general no cuestionaron el orden político existente y sólo en ocasiones tuvieron un carácter antiseñorial, pues básicamente reclamaron la rebaja de precios, el castigo a los especuladores y la vuelta a la situación previa a la crisis. Los principales tuvieron lugar en Andalucía y en Castilla en la década de 1640 y a finales del siglo XVII, reperctivamente; durante el siglo XVIII cobraron intensidad como resultado de una economía que adoptaba fórmulas del liberalismo económico y protegía memos a los consumidores: en 1766 hubo un estallido en gran parte de la geografía peninsular, destacando el Motín de Esquilache, y entre 1789 y 1793 se sucedieron protestas en ciudades castellanas, en Barcelona y en Valencia. El profesor Xosé Estevez, en la Historia de Euskal Herria, nos comenta que: “La metodología que se aplica al análisis demográfico no solamente consiste en un conjunto de recetas técnicas, sino más bien, como señala el historiador Goubert, en una reflexión sobre objetivos, fuentes y problemas. Tres son los métodos más inquisitivos y depredadores para succionar del tronco de las fuentes la savia que permita el más completo conocimiento de la retícula poblacional de un país. El primero fue desarrollado por la Escuela Francesa, encabezada por el profesor Henry, y recibe el nombre de Método de reconstrucción familiar. […] El segundo método ha sido abordado por la Escuela Inglesa y se denomina Método de sondeos […] Un tercer método, de objetivos más selectivos y limitados, consiste en la aplicación del modelo de reconstrucción familiar a grupos sociales privilegiados, que poseen genealogías completas y no manipuladas.” 7. La sociedad del Antiguo Régimen en Vascongadas 7.1. Introducción La sociedad del Antiguo Régimen se podría caracterizar desde diversos puntos de vista. Era una sociedad estamental, basada en la diferencia legal de estatutos, a los que correspondían derechos y debereres diferentes. Desde el punto de vista económico hay que considerar las diferencias entre ricos y pobres, o las diversas categorías socioprofesionales. Como entramado social, se trataba de una sociedad celular, corporativa y jerárquica. Los hombres y mujeres se hallaban organizados en comunidades y corporaciones (comunidades locales, gremios, cofradías religiosas, etc.) con un fuerte componente colectivo, y las personas estaban vinculadas entre sí por lazos personales de familia, parentesco, vecindad, amistad, señorío o clientelismo que eran bastante densos y articulaban sus redes económicas, afectivas y sociales. 7.2. Los estamentos privilegiados y las élites sociales. Nobles y plebeyos. Alodios y señoríos En los reinos europeos se distinguían tres estamentos: la nobleza y el clero, superiores y con privilegios legales, y el estado llano. Un estamento es un grupo social integrado por las personas que tienen una misma situación jurídica y gozan de unos mismos privilegios. Sin embargo, la distinción entre nobles y plebeyos no tuvo una equivalencia exacta en las provincias vascas y en Navarra, donde muchas comunidades gozaban de hidalguía colectiva. En particular, Vizcaya y Guipúzcoa disfrutaban de nobleza universal, que en el caso del Señorío quedó recogida en el Fuero Nuevo de 1526. En Álava, las tierras de Ayala eran hidalgas. En Navarra, una docena de villas y lugares y ocho valles gozaban de hidalguía colectiva, recononcida por los reyes desde el siglo XV. Estas noblezas colectivas, tan atípicas en el conjunto europeo, podrían corresponder, como muestra el ejemplo del Valle de Baztan, a alodios o comunidades de hombres y tierras libres, no sometidas a señorío feudal, que consiguieron ser reconocidas como tales por la Corona, en un momento específico de la construcción de los reinos bajomedievales. En cualquier caso, la implantación del régimen señorial en estas tierras fue muy desigual: muy limitado en la cornisa cantábrica de Vizcaya, Guipúzcoa, Norte de Navarra y Lapurdi, pero importante en la Navarra media y meridional y en Álava, donde existían abundantes tierras de señorío y los hidalgos eran una pequeña minoría. Por otra parte, en las provincias dotadas de nobleza universal, ésta sólo se refería a los "vecinos", esto es a los miembros de pleno derecho de las comunidades, y no a los simples "habitantes" arrendatarios, de tal modo que en Vizcaya y en Guipúzcoa el porcentaje de nobles censado en 1787 no llegaba a la mitad de la población. Según Elena Sánchez de Madariaga “Desde finales del siglo XIII la nobleza se va constituyendo en toda Europa como un grupo dotado de un estatus jurico preciso, que se hereda por el nacimiento o se adquiere según normas juridicamente codificadas, y que tiende a ser controlado por la autoridad políca. Esta evolución está en relación con la recuperación de derecho romano y con el reforzamiento de los poderes públicos regios desde finales de la Edad Media y en la Moderna”. 7.3. La nobleza: las familias dirigentes Por supuesto, nada tenían de comparable los campesinos y artesanos que gozaban de nobleza universal con las familias de la aristocracia urbana y rural que correspondían al concepto de nobleza europea. Según los tratadistas, a la nobleza le correspondían las funciones militares y de gobierno. Gozaban de un conjunto de privilegios que evidenciaban su preeminencia social: exención de impuestos ordinarios, monopolio de ciertos cargos en la administración local y general del reino, jurisdicción privativa y derecho penal diferente. Tenían una importancia económica y social manifestada a través de los mayorazgos y de abundantes símbolos externos como los trajes, armas, sepulturas privilegiadas, títulos o tratamiento de "don", preeminencias en los actos públicos, etc. A diferencia de nobleza, aristocracia no indica una categoría jurídica. Un aristócrata puede gozar de privilegios, pero esos privilegios sólo están definidos jurídicamente ene l caso de que a su vez sea noble. La nobleza se heredaba, aunque existían vías de ingreso como la obtención de un "privilegio de hidalguía" que concedía el rey. El mayorazgo era una institución que contribuía a fundamentar la preeminencia económica y social de la nobleza. Consistía en la vinculación de bienes y derechos en un conjunto indivisible, transmitido normalmente siguiendo la primogenitura, que aseguraba la salvaguarda de los bienes, el apellido familiar y el lustre del linaje . Así, pues, se registra el auge de los municipios. Además, tiene lugar la incorporación definitiva de todo el país vasco-navarro a dos monarquías rivales de tipo renacentista: España y Francia; asimismo, la desaparición del poder de los linajes como tales. Como nos dice Elena Sánchez de Madariaga, en Conceptos fundamentales de Historia: “La palabra linaje designa un tipo específico de familia: el grupo agnaticio patrilineal, formado por todos aquellos que descienden por línea masculina de un antepasado común. En Europa, este tipo vertical de familia, que tiene más en cuenta a los parientes difuntos por línea masculina que a los vivos por línea femenina (los de madres y esposas), se desarrolló en la baja Edad Media y en la Moderna. Conviene precisar que el linaje de una mujer es el de su padre y no el de su marido. Surgió, al igual que el apellido, en el mundo aristocrático y, en líneas generales, se circunscribió a la nobleza y capas altas o ricas de la población, incluidos comerciantes en algunos lugares; eran los que tenían señorios, títulos, patrimonios de distinta índole, que deseaban transmitir de manera segura a sus descendientes, junto con el orgullo de la sangre –o del linaje- y el recuerdo de los antepasados. Implica una organización jerárquica de la familia, en especial gracias a la institución de la primogenitura.” En Navarra, al frente de la sociedad del reino había un centenar de familias nobles. Unas tenían orígenes medievales y otras se fueron renovando durante la Edad Moderna. Estas familias monopolizaban buena parte de la riqueza, controlaban el gobierno local de las principales ciudades y villas, sobre todo meridionales, asistían a las Cortes como miembros del "brazo militar" y solían ser mayoría en la Diputación del reino. La alta nobleza era el grupo más reducido y poderoso y estaba compuesta por los "titulados" que poseían los títulos de duque, marqués, conde, vizconde o barón. Además del título poseían grandes extensiones de tierra y el señorío jurisdiccional de villas y lugares. En Vizcaya y Guipúzcoa hubo pocos titulados, más en el siglo XVIII, y sus propiedades distaban mucho de las fortunas de los grandes nobles castellanos. En Álava y Navarra las importantes familias de la aristocracia bajomedieval tendieron a ausentarse tempranamente, enlazando con las grandes casas aragonesas y castellanas, y sus tierras pasaron a formar parte del vasto señorío de familias poco conocidas en las villas y aldeas y famosas en la Corte. Paralelamente, la cúspide de la nobleza se fue renovando a medida que los reyes concedían nuevos títulos para recompensar servicios a la Corona, especialmente en el siglo XVIII, en que los Borbones crearon casi cincuenta nuevos títulos en Navarra. El señorío designa un conjunto de poderes de origen y naturaleza públicos ejercidos por el señor en un territorio. Se trata, por tanto, de una privatización de funciones públicas. El titular acumulaba en el señorío ese poder jurisdiccional o político, rentas y, a veces, patrimonio. La titularidad podía ser individual o colectiva, laica o eclesiástica. El señorío tuvo gran importancia en Europa en la Edad Media, en especial a partir del siglo X, y en la Edad Moderna. Por debajo de la nobleza titulada, en Navarra estaban los "palacianos" o "señores de palacio", equivalentes a los "parientes mayores" de Guipúzcoa y Vizcaya. En Vizcaya, los "jauntxos" o notables rurales poseían un importante patrimonio vinculado formado por caseríos arrendados, molinos, ferrerías, arbolado, además de la casa-torre familiar. Como en otras latitudes, una parte de esta nobleza evolucionó pasando del solar rural originario a las villas y ciudades, y de ser cabeza de la comunidad campesina a servir en las empresas de la Monarquía. En los siglos XV y XVI esta nobleza estaba profundamente banderizada y arraigada en el país, actuando al frente de las comunidades campesinas como alcaldes y capitanes de guerra. Sin embargo, sus preeminencias fueron contestadas, sobre todo en el siglo XVII, por convecinos en ascenso social, en un contexto de renovación de las élites locales y de conflictos por la hegemonía en la comunidad. Al mismo tiempo, la Monarquía les fortalecía en su papel y los incorporaba a su servicio, a la vez que los controlaba más estrechamente. En Navarra, a finales del siglo XV ya gozaban de la exención del servicio de cuarteles y alcabalas y de cualquier otra carga militar, y desde el siglo XVI recibían "acostamientos" o pensiones sobre el servicio de Cortes, complemento apetitoso para una nobleza de recursos mas bien moderados. Los miembros de estas familias ocupaban puestos de poder e influencia. Se sentaban en el brazo militar de las Cortes, eran alcaldes y regidores de ciudades y villas, o seguían carreras como funcionarios del rey, oficiales militares, canónigos de la catedral o profesos de monasterios y conventos. En Navarra, el número de "palacios de cabo de armería" exentos y con derecho de asiento en Cortes se duplicó entre comienzos del siglo XVI y finales del siglo XVIII. A lo largo de estos siglos se produjo una importante renovación de estas élites, sobre todo por la elevación de nuevas familias en las estructuras de la Monarquía y del Imperio colonial. Las carreras de muchos vascos en la Corte, en la Administración real, en la jerarquía eclesiástica, en el Ejército y la Marina, o en el comercio colonial fueron para sus familias una fuente de riqueza y de poder, pero también un fermento de ideas nuevas, de cambios culturales y de modernización. 7.4. El clero y la Iglesia Los territorios que aquí consideramos formaban parte de circunscripciones eclesiásticas diferentes: las diócesis de Pamplona, Bayona, Calahorra-La Calzada y Tudela. La implantación de la Iglesia era intensa y se adecuaba a la distribución de la población. La diócesis de Pamplona, por ejemplo, cuyo clero representaba en torno al 2% de la población de Navarra, tenía unas mil parroquias, que eran abundantes, pequeñas y pobres en la Montaña, región de pequeñas aldeas, y pocas, grandes y ricas en las populosas villas de la Ribera. El clero incluía a todos los que habían recibido la tonsura eclesiástica o habían hecho votos religiosos. Sus integrantes provenían de los diferentes grupos sociales y solían situarse en el alto o bajo clero según su extracción social, reproduciendo así las jerarquías y desigualdades de aquella sociedad. El clero secular de las parroquias se dividía en tres grandes grupos: Una cuarta parte estaban al frente de una parroquia como párrocos o vicarios, con responsabilidades pastorales. Otra cuarta parte eran simples "beneficiados", es decir, clérigos que disfrutaban de un beneficio o renta que sólo les comprometía a ciertos rezos en el coro, cosa que se prestaba a acumular beneficios abusivamente. Unos pocos vivían de la renta de una capellanía familiar. La mayoría, casi la mitad del clero, sólo había recibido órdenes menores, por lo que estudiaban o hacían de acólitos o sacristanes. En cuanto al "sistema de provisión" que regía los nombramientos del clero parroquial, la mayor parte de las parroquias de la Montaña y Zona Media de Navarra eran de patronato vecinal (los elegían los vecinos de la comunidad), por lo que la mayor parte del clero procedía de las familias campesinas acomodadas de la comarca. Existían, en menor medida, parroquias de patronato abacial, episcopal y señorial. En Vizcaya y Guipúzcoa abundaban las iglesias de patronato laico en las que los "jauntxos", como patronos, percibían parte de los diezmos y colocaban a sus "segundones". El clero regular estaba compuesto por los frailes y monjas que pertenecían a órdenes religiosas. Los monasterios estaban enclavados en el campo y los conventos de fundación bajomedieval y moderna se concentraban en las principales ciudades y villas. En Navarra, a finales del XVIII había nueve monasterios, 43 conventos de religiosos y 20 de religiosas. Con el impulso de la Reforma católica, tras el Concilio de Trento (1545-1563) se multiplicaron las fundaciones de órdenes. Unas eran nuevas, como los jesuitas, muy influyentes a través de sus colegios, y otras reformadas como los franciscanos capuchinos o las carmelitas descalzas de Santa Teresa. En general, la Iglesia no fue una gran propietaria como en otras regiones. En Navarra, por ejemplo, en el momento de la desamortización eclesiástica, la Iglesia apenas acumulaba el 4% de las tierras cultivables. 7.5. El comercio y los grandes comerciantes: la burguesía mercantil y la nobleza comerciante El comercio fue una actividad importante en las ciudades vascas, especialmente en los puertos principales, y tuvo un auge especial en el siglo XVIII. Los hombres de negocios que participaron en el gran comercio podían provenir tanto de familias de comerciantes que se habían ido enriqueciendo en estos tratos como de familas de la nobleza. La riqueza del gran comercio elevó a una élite mercantil poderosa en las principales ciudades. Aún tratándose de un sector social avanzado, no parece que se pueda hablar de una "burguesía revolucionaria" vasca a finales del XVIII, ya que amplios sectores del comercio seguían en una dinámica tradicional, preocupados por su familia y por sus intereses particulares y corporativos, buscando la seguridad de las rentas y la posibilidad de constituir mayorazgos y entroncal con la nobleza. En Bilbao, los comerciantes tuvieron un peso particular desde el siglo XVI creando en 1511 el Consulado y Casa de Contratación que agrupó a los mercaderes de la villa hasta el siglo XIX. En el nivel más elevado del comercio estaban una treintena de grandes comerciantes, con una importante presencia de extranjeros, dedicados a las exportaciones de hierro vizcaíno a Europa y América y de lana castellana a Europa. A diferencia de otras ciudades vascas, los comerciantes bilbaínos destacaron por una política moderna de capitalismo comercial invirtiendo en los principales sectores manufactureros del Señorío: prestaron con interés a los ferrones y a productores de lana, controlando parte de la siderurgia, y su participación financiera se extendió al curtido de pieles y a las fábricas de harinas. Parece que en el siglo XVIII los comerciantes más encumbrados entroncaron con las principales familias nobles. Los comerciantes de San Sebastián crearon su Consulado en 1682. En 1728 se fundó la Compañía Guipuzcoana de Caracas presidida por el Conde de Peñaflorida y promovida por un grupo de notables guipuzcoanos: los Ansorena, Zuaznábar, Garayoa, Vildósola, Ayerdi, etc. Los más destacados poseían cargos en las villas y en la Corte, siendo al mismo tiempo nobles hacendados y comerciantes emparentados por una cuidada endogamia matrimonial. La burguesía es la clase social formada por empresarios, comerciantes, industriales y financieros propietarios de tierras y miembros de profesiones liberales, situada tradicionaente entre el proletariado y la nobleza. En Navarra, durante el XVIII se desarrolló un importante comercio de larga distancia con Burdeos y Bayona en torno a la exportación de lana y a la importación de tejidos y ultramarinos. Los protagonistas fueron una docena de familias de hombres de negocios afincados en Pamplona. También éstos se dejaron subyugar por el ideal nobiliario invirtiendo en bienes raíces, en títulos de nobleza y en la fundación de mayorazgos. No lograron crear un Consulado (como tampoco lo consiguieron los comerciantes vitorianos en 1780) por la fuerte oposición de Pamplona y las Cortes. En 1515 el reino de Navarra fue incorporado a la corona de Castilla, culminando el proceso unificador iniciado por los Reyes Católicos. Concretamente, en 1512 el duque de Alba ocupó Navarra y en 1515 se declaró su anexion al reino de Castilla (anque manteniedo sus Cortes y sus fueros). Precisamente los choques con Francia llevaron a Fernando el Católico a conquistar la Baja Navarra en 1512, mientras que en la Alta o Bearn persistió la Casa de Navarra, que desde 1589 accedió al trono francés. En Bayona, ciudad de comercio, la burguesía comerciante ocupó en el siglo XVIII el primer lugar, aunque el modelo nobiliario seguía en vigor. 7.6. El entramado social: comunidades campesinas y corporaciones urbanas Mientras que las familias de las élites estaban abiertas, por encima del círculo de la aldea o la ciudad, a los horizones más amplios de la Monarquía, de la Iglesia, de las finanzas o del gran comercio, la vida de la inmensa mayoría seguía inscribiéndose en el círculo de la casa, de la pequeña aldea, de la villa, del gremio, de la parroquia, de la cofradía y de las demás células en que se organizaba y vivía aquella sociedad. 7.5.1. Casa y familia La familia era la primera célula social. En cuanto a su estructura, existían dos modelos: la familia troncal, en el mundo rural vasco cantábrico, y la familia nuclear, en las tierras de la depresión del Ebro. La troncalidad suponía que la herencia recaía en uno de los hijos, manteniéndose el patrimonio indiviso. La transmisión de la propiedad se hacía en el momento del matrimonio del heredero/a. En la mayor parte de estos territorios la elección era libre, aunque prevalecía la tendencia a elegir al mayor de los hijos varones. Formaban parte de la casa los amos jóvenes, los amos viejos, los solteros de cada generación, los criados e incluso los "muertos de la casa". Este sistema comportaba un mayor número de personas por hogar (6 de media), dificultaba las nuevas instalaciones, favorecía matrimonios más tardíos y mayores porcentajes de soltería definitiva. En las tierras de la depresión del Ebro, al contrario, las familias eran "nucleares", compuestas por padres e hijos menores, con una media de cuatro personas por familia, y el matrimonio era más temprano y universal, gracias al reparto de herencias, las facilidades para instalarse y obtener la vecindad, y el abundante trabajo asalariado. 7.5.2. Las comunidades campesinas En el mundo rural vasco nueve de cada diez familias eran campesinas y se encuadraban en comunidades rurales, incluso muchas "villas" no pasaban de ser simples aldeas amuralladas. Vamos a referirnos en particular a las comunidades de la vertiente cantábrica del Norte de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya. La comunidad campesina era una sociedad con un sistema de organización regido por una costumbre y legislación común. Constituía una unidad territorial delimitada por mojones, propietaria de abundante "tierra comunal" y con un gobierno propio, mediante concejo abierto de vecinos. La aldea se identificaba con la iglesia parroquial, en cuya nave las casas vecinales poseían sus sepulturas. La comunidad se regía según el derecho consuetudinario y las ordenanzas municipales (que regulaban el gobierno, la vida económica, los usos de los comunales, etc. imponiendo pautas de comportamiento en que lo particular quedaba subordinado al modelo comunitario) y mediante las decisiones del concejo de vecinos. Sólo los "vecinos", los miembros de pleno derecho de la comunidad, gozaban de la "vecindad", fuente de los derechos (como participar en los concejos, ejercer cargos públicos o disfrutar de los comunal) y de los deberes (como los trabajos vecinales, derramas concejiles, formar en las revistas de armas y participar en la defensa y vigilancia del término municipal). En los valles cantábricos la aldea se definía como un conjunto de casas vecinales. La vecindad se refería a la casa vecinal (sujeto social permanente que confería esa condición a los "etxekoak" de cada generación) y era representada por sus amos. En estas comunidades la adquisición de la vecindad no era fácil, en un mundo saturado y de recursos limitados, cuya economía dependía estrechamente del reparto de los bienes comunales entre los vecinos. Hubo valles que compraban las casas vecinales vacantes o que exigían probanzas de limpieza de sangre e hidalguía para evitar la introducción de forasteros. Al contrario, en las villas de la Ribera la vecindad estaba más ligada a la familia y bastaba con cierto establecimiento, por residencia, matrimonio, etc., para ser admitido como vecino sin mayores dificultades, en un mundo más abierto, todavía necesitado de pobladores. En el siglo XVII, las comunidades de vecinos de la vertiente cantábrica, preocupadas por el incremento demográfico sostenido por la "revolución del maiz" y por la formación de nuevos hogares que ponían en peligro el reparto de los recursos comunales, negaron la vecindad a las nuevas familias. Estas se vieron reducidas desde entonces a la condición de simples "habitantes" o "moradores", privadas de vecindad, y sólo pudieron sobrevivir como arrendatarias de las casas principales. Desde principios del XVII a finales del XVIII, el porcentaje de labradores propietarios cayó del 75% al 30%. El aumento de estas familias supuso una de las principales transformaciones de la sociedad rural y fue un factor importante de tensión y conflicto en la comunidad. Con el tiempo acabaron formándose comunidades a dos velocidades, con una clase vecinal propietaria y una clase de arrendatarios, en situación de relativa marginación, bajo la dependencia de los vecinos. En estas comunidades, la exclusión llegó a sus extremos con la marginación de los agotes en valles como Baztan, Roncal o Salazar. Economicamente, las familias campesinas podían ser propietarias, arrendatarias o jornaleras, incluso se daban situaciones mixtas. Del mismo modo, los artesanos de los pueblos, además de su oficio, ejercían la labranza. En Vicaya, Guipúzcoa y los valles del Norte y Zona Media de Navarra predominaba la pequeña propiedad y una relativa homogeneidad, mientras que en la Ribera de Navarra se daban grandes contrastes entre un número reducido de propietarios y grandes masas de jornaleros. La desigualdad entre ricos y pobres era grande, aunque menor que en otras partes. Una minoría de campesinos acomodados vivían con holgura, comercializaba los excedentes, criaba animales, tenían criados de labranza, podían aspirar a la hidalguía y procuraban colocar a sus hijos en la carrera eclesiástica o de leyes. En el otro extremo, las condiciones de vida de los campesinos pobres eran duras y dependientes de la coyuntura. El cultivo de sus escasas tierras no les bastaba y se empleaban como peones de ferrerías, braceros, leñadores, etc. Los hijos e hijas salían jóvenes de casa para trabajar de mozos de labranza, pastores o criadas. La pertenencia a la comunidad le proporcionaba un apoyo básico para sobrevivir, mediante las ganaderías concejiles, las "arcas de misericordia", y los recursos de los comunales que les proporcionaban castañas, madera, leña, helechos y pasto para el ganado. Los palacios o casas principales tenían una posición hegemónioca en la comunidad y dirigían su gobierno.Con el tiempo, la antigua preeminencia de los parientes mayores pasó muchas veces a manos de nuevas familias que se habían elevado medrando en las estructuras de la Monarquía. La posición de estas familias se apoyaba en sus propiedades, en sus alianzas matrimoniales, en la colocación de sus hijos en cargos en la Administración real, en la Iglesia o en América y en las relaciones clientelares que mantenían con el resto de la comunidad mediante una política de prestigio y de paternalismo. Pío Baroja escribe que, “Es interesante consignar que más al S., en Alava, […] donde ya hace tiempo que no se habla vasco, hay contiguas a las casas dos construcciones anejas: una es la cabaña para recoger las ovejas y cabras que vuelven del monte, otra es el borde , que tiene una galería baja donde se guardan el carro, los aperos de labranza y la leña, y, encima de aquélla, un corredor que sirve de secadero y que da al pajar y henil. Como consecuenciapuede decirse que en Álava el borde ofrece un significado agrícola fundamental que no tiene en otras partes”. 7.5.3. Ciudades y corporaciones urbanas La ciudad era un agregado de cuerpos sociales u organizaciones colectivas muy diversas: casas aristocráticas, casa de comercio, talleres, familias campesinas, vecindades, consulado de comerciantes, gremios artesanos, cofradías, parroquias, conventos... Cada organización tenía sus reglas, sus actividades, sus formas de control social y sus jerarquías. Los que quedaban al margen de aquellas células sociales eran desarraigados, marginados que sobrevivían malamente gracias a la mendicidad, el vagabundeo o la asistencia de los "hospitales" de la ciudad. Las mayores ciudades eran aún como pueblos grandes, aunque a lo largo de esta época fueron concentrando mayores funciones económicas y administrativas. En 1787, Bilbao contaba con 9.611 habitantes, San Sebastián con 11.494, Vitoria con 6.302 y Pamplona, Estella y Tudela también se situaban entre los 5.000 y 10.000 habitantes. La composición socioprofesional de las diferentes ciudades y villas tenía sus elementos específicos En Bilbao, Bayona y San Sebastián destacaba el sector comerciante; en ciertas villas vizcaínas y guipuzcoanas (Eibar, Mondragón, Tolosa, Placencia, Hernani...) eran importantes los talleres metalúrgicos especializados; en las villas costeras, las actividades marítimas; en Vitoria, ciudad artesanal, tenían importancia las actividades comerciales relacionadas con su aduana; en Pamplona pesaban las funciones administrativas como capital del reino y sede de un obispado. La composición de las ciudades era variable pero tenía características comunes. En la cúspide se hallaba una aristocracia urbana compuesta por un puñado de familias de la nobleza y el gran comercio. Las parroquias y conventos concentraban un clero abundante compuesto -al menos el más distinguido- por los hijos de estas familias. Por debajo de los grandes mercaderes se afanaba un número mucho mayor de pequeños comerciantes y tenderos. Entre más de un tercio y la mitad de la población eran artesanos, el sector social más numeroso. En las ciudades vivía una cantidad nada despreciable de campesinos, la mayor parte arrendatarios y jornaleros que trabajaban las huertas y heredades del entorno. También había un número elevado de criados y criadas y, cuando existía guarnición, como en San Sebastián o Pamplona, de soldados. Por último, las instituciones educativas y asistenciales atraían a las ciudades a estudiantes y marginados. Las oligarquías urbanas gobernaban las ciudes y estaban compuestas por familias de la aristocracia nobiliaria a las que se podían sumar los más encumbrados comerciantes. En Pamplona o Vitoria dominaban las familias de la nobleza linajuda, mientras que los grandes comerciantes controlaban los puertos como Bilbao, San Sebastián o Bayona. A través del control de los cargos municipales, de la dirección de amplios sectores de la economía, del reparto de recurso, o de su política de mecenazgo, estas familias mantenían relaciones de dependencia con amplios sectores de la población. Los artesanos se agrupaban en talleres familiares que se asociaban, en el caso de los oficios más numerosos, en cofradías. La casa del artesano era a la vez la casa del maestro, con la familia que trabajaba bajo su dirección, incluyendo los oficiales, aprendices y criados. Normalmente los aprendices eran los propios hijos, yernos o sobrinos del maestro, pero también mozos provenientes de la ciudad o de las aldeas de la comarca. La jerarquía laboral distinguía los grados de aprendices, oficiales y maestros, fijaba el tiempo y las condiciones para pasar de un grado a otro, y, siendo un mundo endogámico, los hijos de maestros solían suceder a su padre al frente del taller, mientras que los otros se quedaban como oficiales o retornaban a sus aldeas para ejercer el oficio que habían aprendido en la ciudad. Entre los artesanos existían diferencias sociales y económicas muy importantes. Había oficios ricos, como en Vitoria los cereros o confiteros, y otros más pobres como el de los zapateros remendones. En las ciudades vascas, las hermandades de artesanos no tuvieron la entidad de los gremios de las grandes ciudades castellanas y europeas. Eran cofradías centradas en las prácticas religiosas, festivas, solidarias y asistenciales. Estas cofradías se regían por ordenanzas, tenían un gobierno propio y prácticas específicas de solidaridad. Tenían una estructura jerárquica que reproducía la jerarquía del taller y sólo los maestros podían ejercer los cargos de gobierno. Los gremios surgieron en los siglos XI-XII en toda Europa debido al intenso desarrollo de la economía industrial y mercantil y al florecimiento de las libertades individuales en el municipio. El gremio , inspirado en un principio mutualista, pretendía defender los intereses de los diferentes oficios, para perfeccionar la industria a la que pertenecían sus miembros y controlar su producción. Eran entidades cerradas, reglamentadas por unas normas muy estrictas, caracterizadas por una fuerte jerarquización según la categoría de sus miembros: aprendices, que no perrcibían salario y eran mantenidos por los maestros; oficiales, que percibían un salario pero no trabajaban por cuenta propia; y maestros, que eran los dueños del taller. En las ciudades, todos los que trabajaban en un mismo oficio estaban obligados a reunirse en un mismo gremio. En España, la organización gremial halló su maximo esplendor durante los siglos XIV y XV; posteriormente, una vez proclamada la libertad de trabajo y a causa de la competencia de la burguesía industria, comenzó su decadencia. Los pescadores no representaban un gran porcentaje en el conjunto de la población (4% en Vizcaya en 1794), pero sí un elemento esencial en las villas del litoral. Se dedicaban generalmente a la pesca costera y muchas veces simultaneaban la pesca con tareas rurales. Estaban organizados en cofradías de mareantes que monopolizaban el oficio en cada villa. A las cofradías medievales (Plencia, Bermeo, Lequeitio, Deva, San Sebastian, Fuenterrabía) se añadieron muchas otras durante la Edad Moderna. Estas cofradías reglamentaban en cada puerto las actividades de extracción pesquera, comercialización, transporte y venta de pescado, mantenimiento y limpieza del puerto, etc. Estaban fuertemente jerarquizadas en tres niveles: maestres o dueños de lancha, que gobernaban la cofradía, marineros o pescadores comunes y grumetes. 7.7. Los pobres En general aquella sociedad era bastante pobre. La mayoría vivía con lo justo por lo que una mala cosecha, el cese laboral, la muerte o la enfermedad prolongada abocaba a la familia a la pobreza. Ante la miseria o la invalidez, la ayuda sólo podía venir de los círculos más inmediatos: la casa, la parentela, las cofradías gremiales, las vecindades, la asistencia de los conventos o parroquias y las instituciones de beneficencia. En el siglo XVIII se observa un proceso de racionalización de la asistencia municipal. Se distingue a los pobres falsos ("los vagos, malentretenidos y holgazanes") de los "verdaderos pobres vecinos", incapacitados para trabajar y que merecían el socorro. En los años 1780 se crearon hospicios, como el de Vitoria, que muestran el intento de las autoridades ilustradas por agrupar a los pobres y darles trabajo, financiando así su mantenimiento. IgnacioMolina, en Conceptos fundamentales de Ciencia Política, escribe que la ciudadanía es la “Condición del individuo como miembro de una comunidad a la que está jurídicamente vinculado por el mero hecho de la pertenencia. […] La ciudadanía da acceso al disfrute de los derechos políticos y económicos reconocidos por la colectividad a la que se adscribe el ciudadano.” Los marginados se pueden dividir en dos tipos: los que por su situación personal o familiar quedaban al margen de la sociedad, como es el caso de los mendigos y vagabundos, y los que formaban parte de un grupo rechazado por la sociedad, como los judíos, moriscos o agotes. En las provincias vascas, la segregación de estos grupos tuvo un significado particular en el contexto de construcción de la ideología solariega y de defensa de la calidad y limpieza de sangre de los vascongados como hidalgos. Una forma de marginación particular en la Montaña de Navarra fue la de los "agotes" de los valles de Baztan, Roncal y Salazar. En Bozate, barrio de Arizcun, había una gran concentración de agotes, colonos del palacio de Ursúa, cuya marginación perduró hasta el siglo XIX. El valle del Baztán es una comarca de Navarra. Valle prepirenaico, forma la cuenca alta del río Bidasoa. 8. Entre tradición y modernidad en Euskal Herria A lo largo de la Edad Moderna, las comunidades rurales y urbanas reaccionaron ante la "novedad", contra todo aquello que atentaba contra la propia costumbre. Se tendía a defender la economía moral de la propia comunidad o corporación frente a los abusos de los poderosos, frente a los foráneos o frente a los competidores. Numerosos conflictos fueron enfrentamientos entre aldeas o valles vecinos, o luchas entre corporaciones o grupos urbanos por privilegios, monopolios o cotas de poder. Los campesinos tendían a querer restaurar el orden moral, legal y cultural cuando éstos se veían alterados por la intervención de agentes señoriales, urbanos o de la administración real. El concepto de protoindustrialización está muy difundido y es discutido en historia económica. Fue introducido por F. F. Mendels a finales de la década de 1960 para definir la primera del proceso de industrialización. Esta fase se caracteriza por la prtoducción rural, estacional y doméstica (industria a domicilio ), cuyos productos, principalmente textiles, se dirigen a mercados exteriores a la región, incluso internacionales. El fenómeno, que se desarrolló en el siglo XVIII, se produjo como respuesta a los altos costes del trabajo urbano, precisaba de la existencia de mano de obra rural disponible y barata, que combinaba el trabajo agrícola con el industrial, e implicaba que la región se encontrase en las proximidades de otras regiones especializadas en la agricultura comercial. El sistema contribuyó a la acumulación de capitales, a la formación de una clase de empresarios capitalistas –los comerciantes, residentes en las ciudades, que financiaban y organizaban la producción rural-, al desarrollo de innovaciones técnicas y a la formación del proletariado industrial. Según Ramón Nieto, “Las corporaciones existen desde que un grupo de personas se encontraron unidas por los mismos intereses. […] En la Edad Media, quienes se dedicaban a un mismo oficio formaron gremios o corporaciones de ámbito local, comarcal, regional o nacional (no hay constancia de la existencia de corporaciones internacionales). Algunas tuvieron un gran poder, pero a todas les asestó un golpe de gracia el cambio social sobrevenido a consecuencia de la revolución industrial ene l siglo XVIII.” Entre los principales problemas que se plantearon destacan el proceso reseñoralizador de los siglos XVI y XVII, el progresivo control de los cargos municipales y provinciales por parte de una minoría de notables, el aumento de la presión fiscal para hacer frente a las necesidades militares de la monarquía, o el intento de imponer novedades que atentaban al orden foral, como determinadas prestaciones militares, nuevos impuestos o el intento de trasladar las aduanas. La provincia es un ente territorial de segunda importancia que puede configurarse a partir de una agrupación de municipios o como parte de la división administrativa en que se organiza la región. Esta especie de naturaleza bifronte se refleja en la doble función que potencialmente desempeña la provincia, al servir tanto de ámbito local autónomo con tareas supramunicipales, como de espacio en donde se cumplen actividades que son propias de niveles superiores de gobierno. Los conflictos sociales en el País Vasco fueron semejantes a los que tuvieron lugar en Europa, aunque generalmente resultaron menos extensos y violentos que las guerras sociales europeas. Los principales fueron la guerra de las Comunidades en 1520-21, el complot de Navarra de 1648, los motines de Fitero de 1627 y 1675, el motín del estanco de la sal de 1631-34, el motín de Tudela de 1654, las revueltas de Bayona de 1590, 1641 y 1665, las revueltas en Lapurdi de 1655-59, la matxinada de 1718 en Vizcaya y Guipúzcoa, las alteraciones de Vitoria de 1738, y la matxinada de 1766. Por otro lado, la implantación de prácticas capitalistas de mercado, con la especulación , la preponderacia del mundo urbano sobre el rural y otras novedades introducidas por el sector más innovador de las élites del país fueron fermento de conflictos, especialmente en el siglo XVIII. Tradicionalmente, al tratar del siglo XVIII se ha opuesto una burguesía comerciante, dinámica y "revolucionaria", a una nobleza rentista, pasiva y conservadora, preocupada por mantener sus privilegios. Sin embargo, este modelo no corresponde a lo que se observa en el País Vasco, donde un sector de la nobleza fue ilustrado, emprendedor, comerciante y, con respecto a la mayoría social de su entorno, relativamente progresista, mientras que grandes burgueses comerciantes se mostraron muchas veces conservadores, con ideales de vida rentistas y nobiliarios. “Algunos vascos pasaron a formar parte de navíos corsarios , pero no pudieron evitar que desde el siglo XVII los holandeses establecieran un comercio clandestino de cacao y especias con Venezuela; los hombres guipuzcoanos, que incluso habían abierto una empresa comercial en Caracas, […] se vieron perjudicados por unas Reales Órdenes que prohibían la entrada de frutos de América que llegaran con intermediación de navíos extranjeros. Ante esta situación, los hombres de negocios y de mar se reunieron en el año 1727 bajo la presidencia de Don Francisco de Munibe, Conde de Peñaflorida, acordando enviar al rey Felipe V una carta solicitando permiso para la creación de una empresa naviera, con el fin de comerciar directamente con Venezuela. Con fecha de 25 de septiembre de 1728 una Real Cédula autorizaba la creación de esta Compañía […] Esta empresa animaría la vida comercial guipuzcoana, […] durante gran parte del siglo XVIII, hasta su fusión en 1785 con la Real Compañía de Filipinas.” (Javier y Asier Sada). Aquel sector más abierto de la nobleza destacó por su modernidad. Participó en negocios mercantiles, procuró el rendimiento de sus tierras, constituyó bibliotecas, estuvo abierto a las ideas del siglo, mediante lecturas, estudios en el extranjero, viajes y correspondencia epistolar, se reunió en tertulias cultas y fundó o participó, desde 1766, en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, muchos de cuyos miembros eran de elevado rango estamental y propietarios de varios mayorazgos, como el propio conde de Peñaflorida, su fundador. A su modo, estos hombres reflexionaron sobre las reformas del país, apostando por un reformismo práctico que aportara mejoras concretas a la sociedad. Por su parte, Ricardo García Carcel se expresa así: “La población continuó la progresión iniciada a finales del siglo XVII. A mediados del siglo XVIII, la población española ascendía a 9.300.000 habitantes (unos dos millones más que a comienzos de siglo). Pero este crecimiento siguió siendo muy poco simétrico. La España interior retrocedió demograficamente –sólo Madrid aumentó su población-, mientras que Galicia, Asturias, el País Vasco y la Andalucía atlántica progresaron.” Su principal impulsor fué Xabier María de Munibe, conde de Peñaflorida. Sus estatutos, aprobados por Carlos III en 1765, eran un proyecto de regeneración social basado en la educación y en la ciencia. Pretendían fomentar la agricultura, la industria, el comercio, las artes y las ciencias. Tuvo socios en el País Vasco, en las principales ciudades españolas y en América y Filipinas. Su preocupación por la educación les llevó a crear escuelas de letras en Vitoria, Loyola, Vergara, San Sebastian y Bilbao, y fundaron el Real Seminario de Vergara, colegio de nobles particularmente avanzado para su época. Xosé Estévez apunta que: “Las actividades [de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País] eran financiadas mediante las aportaciones económicas, el trabajo no remunerado y voluntario de los socios, subvenciones particulares y una renta anual de 4.164 reales, concedidos por Real Orden de marzo de 1770. El sistema de financiamiento a base de una lotería, propuesto en el plan inicial de 1763, no se llevó a efecto.” A lo largo del siglo XVIII se agudizaron notablemente las diferencias culturales en el seno de la población, especialmente entre las élites del país. Un factor importante de este cambio, que tendría grandes consecuencias culturales y políticas, fue la participación de una parte de las élites vascas en el gobierno del Estado y en el Imperio colonial. Como señalaría el conde de Guendulain en sus memorias, las diferentes adscripciones políticas que siguieron las familias dirigentes navarras en el momento de la primera guerra carlista estuvieron muy relacionadas con su trayectoria anterior: aquellas que se habían forjado en una dinámica estatal e imperial -colocando a sus hijos en carreras cortesanas, burocráticas y militares- dieron generalmente cuadros liberales, mientras que la nobleza que había permanecido arraigada en el país fue conservadora. Parece que, a finales del siglo XVIII, frente a los sectores mayoritarios más arraigados en la costumbre, compuestos por la mayoría de las clases populares y por los sectores tradicionales de la nobleza, el clero y el comercio, contrastaba una élite ilustrada, minoritaria, de mentalidad liberal, burguesa y mas o menos reformista, compuesta por los sectores ideológicamente más avanzados de la nobleza, el clero y la burguesía. Álvaro Aragón Ruano escribe en la enciclopedia Añamendi que: En el siglo XVIII el tercer estado era el estamento más numeroso en Europa y dentro de él predominaba el campesinado, cuyas condiciones de vida sufrieron un claro empeoramiento, si ya de por sí no eran lo bastante precarias: aumento de la presión señorial en momentos de dificultades, falta de equilibrio en la propiedad, endeudamiento o proletarización fueron algunos de los síntomas del mismo. A ello se sumó el progresivo recorte del uso de los comunales, hasta entonces un recurso complementario imprescindible para completar las economías campesinas, a consecuencia de la acción desvinculadora de las oligarquías locales, lo que aceleró su empobrecimiento, provocando importantes crisis de subsistencia en toda la geografía europea: en toda Europa entre 1709 y 1710 y en 1720; en Francia y Alemania entre 1740 y 1741; en España e Italia entre 1764 y 1766; en Centroeuropa y Francia -conocida como la Guerra de las Harinas- entre 1771 y 1775,; y en toda Europa en 1789. De todas formas, la peor de las situaciones fue la que vivió el campesinado de Centroeuropa, que entre el siglo XV y el siglo XVIII sufrió la denominada "segunda servidumbre". 9. Las Matxinadas 9.1. Introducción La Matxinada de 1718 surgió como reacción al decreto de contrafuero que ordenaba desplazar las aduanas entre Castilla y Euskal Herria a los puertos de mar. Argumentando el respeto a los Fueros , se produjo un levantamiento basado en intereses socioeconómicos. Los agricultores, que estaban en contra del pago de aranceles por algunos productos, fueron a Bilbao e hicieron presión para que se aprobara un nuevo decreto que derogara el anterior, pero no lograron su propósito. Algunos señores de Bizkaia y de Gipuzkoa tuvieron que abandonar sus bienes y huir. Se produjeron muchos actos de pillaje hasta que llegaron a Bizkaia las tropas reales a restablecer el orden. La represión posterior a la rebelión fue muy dura, pero los agricultores consiguieron que algunos productos quedaran libres de aranceles. La Matxinada de 1766 fue provocada por el desabastecimiento como consecuencia de que los comerciantes se negaron a vender los cereales que tenían almacenados con el objetivo de mantener el elevado precio que éstos tenían. En algunos lugares de Gipuzkoa el pueblo requisó los cereales y obligó a los señores a abaratarlos. En otras poblaciones, los señores se adelantaron y bajaron los precios por decreto, para evitar las acciones del pueblo. En Donostia se formó el ejército destinado a dar fin a la rebelión, con ayuda de los comerciantes de Donostia, Irun y Errenteria, que se dirigió Azpeitia y Azkoitia, donde los revoltosos tenían mucha fuerza, y aplastó el movimiento. Afirmaremos, por lo tanto, aunque sea a grandes rasgos, que en toda la historia de revueltas del País Vasco en el siglo XVIII se dan tres circunstancias claves: Coyuntura agraria grave. Exigencia de tributación extra. Y situación bélica o exigencia a las provincias vascongadas de aportación de milicias. A estas revueltas se las terminó denominando machinadas, calificativo que deviene de Machín o San Martín, patrono de los ferrones, porque la base de las mismas se inicia entre los ferrones y campesinos relacionados con las ferrerías vascas. Y el término quedó, popularmente, como equivalente a asonada o insurrección. Las más graves son las de 1718 y 1766, aunque las hubo en 1731 en Irún, a raíz de la leva de marinería, en 1733 en Placencia de las Armas, por la fábrica de armamento, la de 1739 en Azpeitia, a causa de la carestía del grano o pan, la de 1743 en Hernani, etc., etc. Los fueros garantizaban: La hidalguía universal; la exención fiscal de determinados productos; y la exención del servicio militar, así como la libertad de comercio. Las infracciones a algunas de estas “foralidades” por parte, bien de los miembros de Juntas Generales Provinciales, o bien por los mercaderes, clérigos y clase urbana, fueron las causas generales de tales insurrecciones populares. En muchos casos, se venía larvando una hostilidad creciente entre jauntxos rurales y campesinos de un lado, y comerciantes o burguesía urbana por el otro. Es una lucha feroz entre las clases trabajadoras (de ferrerías y campo) contra comerciantes y notables urbanos, dominantes de las instituciones de gobierno provincial. Las víctimas de las matxinadas son muestra de los expuesto: La acción popular ajustició en 1632 a Domingo de Castañeda, alto funcionario de la Audiencia del Corregidor; saqueó la casa de don Pedro Fernández de Castañeda y la de don Pedro de Villela (alcalde de Bilbao, el uno, y comisario de galeones, el otro). Es decir, hombres poderosos con beneficios agrarios, cosecheros de vinos, propietarios rurales o inversores de negocios y clérigos fueron los objetivos de la masa de amotinados. Dar muerte a los poderosos, y que se respeten los derechos de las clases más desfavorecidas, es la clave de la mentalidad popular o comunitaria. En las dos graves matxinadas (1718 y 1766) la cosecha agraria más importante de Vizcaya y Guipúzcoa era el maíz. Y en ambas el maíz es la base del descontento por ser deficitarios en grano y disponer sólo de otras dos actividades: la pesca (en Guetaria, Motrico…) y los ferrones (Mondragón, Placencia, Eibar, etc.). Alberoni, ministro del rey, estableció aduanas de tasas, lo que provocó la ira de los comerciantes y campesinos porque a los primeros les controlaba el tráfico de mercancías (tabaco, sal, etc.) y a los otros porque les arruinaba el contrabandeo. También es curioso que en todas las aldeas rebeldes los cabecillas eran los notarios y los secretarios municipales. Siempre es en la aldea campesina donde se inicia la revuelta. 9.2. Las matxinadas Revueltas e insurrecciones populares acaecidas en Euskal-Herria y relacionadas con momentos álgidos de transformaciones sociales y políticas. Fueron motivadas por el recorte de la soberanía nacional o el enfrentamiento económico entre diferentes grupos sociales. El origen del término parece estar en matxin, el trabajador de las ferrerías, hombre por excelencia más concienciado de su explotación social o al menos quien sufría más directamente los rigores del trabajo, en la forja y en el caserío. Las matxinadas, al contrario que las guerras más o menos abiertas de los pueblos vascos contra sus vecinos, son expresiones limitadas de descontento social, localizadas en el tiempo y encuadradas, tanto en Hegoalde como en Iparralde, en los siglos XVII, XVIII y comienzos del XIX, antes de las guerras carlistas en el sur o de la Revolución francesa en el norte. El elemento común que une a todas las matxinadas es el de una grave crisis social provocada por la carestía de los productos básicos de subsistencia, a los que se une el descontento político de la población, en su mayoría rural, contra los jauntxos y burgueses urbanos aliados de las normas fiscales que partían de París y Madrid. Todos los historiadores coinciden en señalar que la situación que vivía Euskal Herria durante las épocas en que se produjeron los levantamientos populares era explosiva. El hambre no era un cuento sino una expresión cotidiana. En este escenario, los cronistas de estos tiempos relatan asaltos, robos y hurtos generalizados. Se suele citar el llamado Motín de la Sal, ocurrido en Bizcaia entre los años de 1631 y 1634, como la primera de las matxinadas notables. A partir de la llegada de los Borbones al trono español, los levantamientos se hicieron más numerosos, pero antes ya se habían producido algunos de especial interés. En 1538 el pueblo de Oñati se sublevó para derribar la horca, como en 1592 lo hizo el de Larraga contra la picota. Los nobles lapurtanos, que no eran reconocidos como tales, se alzaron en la llamada Revuelta de los fivatiers, durante los primeros años del siglo XVII. Asimismo y en Baiona, se produjeron durante el siglo XVII diversos alzamientos como protesta por la subida de los impuestos que afectaban a tintoreros, artesanos, jornaleros y peones. En 1669, toda la costa de Lapurdi se reveló en masa contra la leva forzosa de marineros para la Armada francesa. En 1683, los vecinos de Garazi fueron reprimidos duramente por levantarse contra una medida que convertía una salina comunal en real. Durante todo este siglo XVIII, Nafarroa Garaia conoció, también, diversas insurrecciones populares de marcado carácter anticlerical. Las matxinadas del siglo XVIII siguieron presentándose como nuevas protestas ante el intento de recortar la autonomía foral vasca en su aspecto económico. Aunque muchas de ellas han sido engullidas por la historia, en beneficio de algunos motines sonados en especial los de 1718 y 1766, no deja de ser sintomática su enumeración: en 1724 en Ainhoa por la subida de impuestos, en 1731 en Irun por la leva de marinos, en 1739 en Azpeitia por la subida del grano, en 1748 en Garazi por los impuestos, en 1749 en Hernani por el recorte de los comunales, en 1755 en Gipuzkoa contra la venta libre de ganado, en 1756 en Donibane Lohizune contra los militares franceses acantonados en su localidad, en 1773 en Donostia por la subida del impuesto de la sidra, en 1784 en Gasteiz por las restricciones a la venta del vino… Las machinadas o matxinadas fueron revueltas producidas en varios momentos a lo largo del siglo XVIII (las más importantes, en 1718 y 1766) en las provincias vascas por diversos motivos: económicos, políticos, sociales... Toman su nombre de San Martín (Machín), patrono de los ferrones (empleado de una ferrería o fábrica medieval de hierro) y solían enfrentar a las clases populares (campesinos y ferrones) con las clases aristocráticas o con los representantes del poder real. Las causas de estas machinadas solían ser varias: Económicas: la escasez de grano o la imposición de impuestos o aranceles en época de carestía podía provocar la rebelión de los campesinos, secundadas por los trabajadores de las herrerías. Así sucedió en 1739 en Azpeitia, en que el precio del pan fue la causa principal de la revuelta. Políticas: las provincias vascas disfrutaban de unos fueros reales generosos que garantizaban privilegios como la "hidalguía universal" de vizcaínos y guipuzcoanos, la exención fiscal de ciertos productos o la exención del servicio militar. El intento de rebajar o anular estas ventajas políticas, económicas y sociales también llevó a levantamientos, como el de 1731 en Irún por una leva militar, o la Machinada de 1717, uno de cuyos catalizadores fue el decreto que trasladaba las aduanas del puerto interior al puerto de mar, lo que suponía un grave perjuicio para el comercio vizcaíno. Sociales: tras las guerras de bandos de finales de la Edad Media, las mayores tensiones sociales se producían ahora entre los sectores rurales (donde los campesinos y los jaunchos compartían intereses) y la naciente burguesía, que solía aparejar el poder político provincial y real. En este contexto, las Machinadas también pueden interpretarse como levantamientos de los campesinos contra el poder de las ciudades. 9.3. El motín de la sal La llamada Rebelión de la sal fue una revuelta o motín de subsistencias que se produjo en Vizcaya entre 1631 y 1634, a raíz de un conflicto económico sobre el precio y la propiedad de la sal almacenada en el Señorío de Vizcaya. El origen de la rebelión fue la Real Orden del 3 de enero de 1631, por la que se elevaba el precio de la sal hasta un 44%, al tiempo que se ordenaba la requisa de toda la sal almacenada, que a partir de ese momento sólo podría ser vendida por la Real Hacienda . El motivo de esta medida, que contravenía los privilegios forales del Señorío y su exención fiscal, se debió a la necesidad de la Corona de los Austrias de mantener el costoso ejército en las guerras del norte de Europa. Ante esta medida, que se unía a otras aprobadas con anterioridad —como la aplicación de tasas al comercio de la lana o los paños—, los campesinos y los burgueses reaccionaron contra los representantes de la autoridad real, llegando incluso a asesinar al procurador de la Audiencia del Corregidor en octubre de 1632. La revuelta llegó también a impedir la reunión de las Juntas Generales de Guernica de 1633, reclamando que se revocasen todos los impuestos abusivos, a juicio de los marineros y campesinos, y se volviese a la exención fiscal recogida en los Fueros. En este punto, la cuestión del embargo y el precio de la sal había quedado ya prácticamente olvidada. La rebelión, que duró, con intermitencias, más de tres años, fue definitivamente reprimida en la primavera de 1634, cuando sus principales cabecillas fueron detenidos y ejecutados. Con el fin de aplacar los ánimos, sin embargo, el rey optó por perdonar al resto de los rebeldes y suspender la orden original referente al precio de la sal. Así, pues, el Motín de la Sal (1632) fue una revuelta bilbaína contra la imposición de un impuesto sobre la sal decretado por el conde-duque de Olivares . El origen del conflicto estuvo en el rechazo a un tributo no negociado al que se acusaba de contravenir los Fueros del Señorío de Vizcaya, en el que también se entremezcló el descontento de sectores humildes, protagonistas de algunos saqueos a casas de ricos. La desunión del movimiento, la retirada del impuesto y el bloqueo económico sobre el puerto bilbaíno ordenado por Olivares como represalia, pusieron fin a los tumultos con el ajusticiamiento de algunos cabecillas. En el año 1631, la monarquía castellana acordó el llamado estanco de la sal, que repercutía gravemente en el precio de este producto. La medida, además de ser claramente antiforal, afectaba a la población consumidora, pues el uso de la sal era imprescindible en la conservación del pescado y de la carne. Pero esta causa detonante se dió en un contexto determinado. Las Juntas Generales del Señorío de Bizkaia habían caido en manos de la oligarquía rural, desplazando de las mismas a los baserritarras. De aquella época datan las disposiciones que prohibían la asistencia a las Juntas a todos aquellos que no supieran leer y escribir en castellano. El Gobierno foral se había convertido de esta forma en un instrumento de dominación de clase, detentado por unos jauntxos cada vez más identificados con Madrid. Esta identificación no pasó desapercibida a los matxines, quienes no dudaron en calificar de traidores a la patria a los junteros y a determinados personajes importantes de Bilbo. Tras un período en el que los amotinados ocuparon por las armas la villa del Nervión, la autoridad central intervino, ahorcando a varios cabecillas. Posteriormente, el estanco fue abolido y los que permanecían en las cárceles amnistiados. 9.4. Las revueltas en Iparralde Ipar Euskal Herria vivió durante los siglos XVII y XVIII una situación casi permanentemente de revuelta popular. Coinciden con un proceso fuertemente centralizador que se inauguró con la llegada al poder del cardenal Richelieu en el año 1624. los ataques contra las leyes, usos y costumbres de los vascos se van a suceder: desde el establecimiento de impuestos para el pueblo llano gabelle hasta las levas forzosas para la armada. Ipar Euskal Herria conoció además un proceso de refeudalización que agravaba todavía más las condiciones de vida de las clases populares. No hay que olvidar tampoco que algunas actividades tradicionales -la pesca, por ejemplo- entraron en grave crisis. 9.5. La matxinada de 1718 Otra vez las poblaciones de las anteiglesias próximas a Bilbo van a protagonizar un movimiento de revuelta contra el traslado de las aduanas a la costa, decretado por la dinastía borbónica, recién instalada en el trono de Castila. La matxinada se extendió a otras poblaciones de Bizkaia y a algunos puntos de Gipuzkoa. De esta matxinada se han dado diversas interpretaciones. Una de ellas se basa en el enfrentamiento que mantenían entre sí los jauntxos que controlaban las instituciones y diversos grupos de comerciantes , para algunos de éstos que se dedicaban a la introducción de productos coloniales, el traslado de las aduanas era un golpe de muerte. Sin embargo quienes realmente salían más perjudicadas eran las clases populares para las que el nuevo emplazamiento de las aduanas implicaba un encarecimiento de los artículos de primera necesidad. Los amotinados no dudaron en denunciar el colaboracionismo de los cargos forales, pero también el creciente poder que ejercía el enclave comercial bilbaino. De nuevo la represión vino de la mano de la autoridad central y fue especialmente sangrienta. En 1723 volvían las aduanas a su anterior emplazamiento. Otra vez las poblaciones de las anteiglesias próximas a Bilbo van a protagonizar un movimiento de revuelta contra el traslado de las aduanas a la costa, decretado por la dinastía borbónica, recién instalada en el trono de Castilla. La matxinada se extendió a otras poblaciones de Bizkaia y a algunos puntos de Gipuzkoa. De esta matxinada se han dado diversas interpretaciones. Una de ellas se basa en el enfrentamiento que mantenían entre sí los jauntxos que controlaban las instituciones y diversos grupos de comerciantes, para algunos de éstos que se dedicaban a la introducción de productos coloniales, el traslado de las aduanas era un golpe de muerte. Sin embargo quienes realmente salían más perjudicadas eran las clases populares para las que el nuevo emplazamiento de las aduanas implicaba un encarecimiento de los artículos de primera necesidad. Los amotinados no dudaron en denunciar el colaboracionismo de los cargos forales, pero también el creciente poder que ejercía el enclave comercial bilbaino. De nuevo la represión vino de la mano de la autoridad central y fue especialmente sangrienta. En 1723 volvían las aduanas a su anterior emplazamiento. 9.6. La Matxinada de Vitoria de 1738 A pesar de no estar entre las tradicionales machinadas, este acontecimiento ocurrido en Vitoria ejemplifica perfectamente la ruptura social que se estaba produciendo en la sociedad vasca. Entre 1738 y 1748 se produjo un enfrentamiento entre el pueblo llano y las oligarquías de Vitoria. A finales de marzo de 1738 los habitantes de las 21 vecindades de Vitoria enviaron una lista de demandas a los gobernantes de la ciudad. La Compañía de Jesús quería erigir un colegio en ella, pero la mayoría de sus habitantes y el clero secular estaban en contra. No era ninguna novedad, puesto que los jesuítas lo llevaban intentando desde el siglo XVI. Sin embargo, en esta ocasión contaban con el apoyo de la nobleza y, por medio de ciertos subterfugios, lograron asentarse. De todas formas, el levantamiento tenía también otras causas. Por un lado, detrás de la protesta estaban los mercaderes que, más que desplazar a la nobleza del poder, lo que pretendían era compartirlo con ella. La burguesía, a fin de proteger sus negocios e intereses, pretendía dominar el gobierno local, más aún visto cómo podían perjudicarles las medidas que los Borbones pretendían imponer en su tradicional sistema comercial, vinculado esencialmente al hierro y la lana. Las disputas entre Bilbao y Santander, entre 1738 y 1742, pusieron a Vitoria entre la espada y la pared. El ministro José Patiño quiso impulsar los caminos directos entre Burgos-Santander y Bilbao-Balmaseda u Orduña, marginando así a Vitoria. Finalmente, entre 1742 y 1748 la burguesía de Vitoria consiguió controlar el poder concejil, aunque por un corto lapso de tiempo. Por otro lado, el pueblo vertía numerosas acusaciones sobre los mandatarios: aumento de impuestos, malversación de fondos públicos y fraude electoral. En cualquier caso, se impulsaron medidas importantes para el futuro: se redactaron nuevas ordenanzas y se estableció un nuevo arancel sobre los productos que cruzaban Vitoria. 9.7. La matxinada de 1755 La especulación fue un problema permanente en la tierras vascas, también en el caso de la carne. Precisamente esa fue la causa de la machinada de 1755. Desde la década de los años veinte del siglo XVIII se incrementó considerablemente la exportación de carne vacuna desde Bizkaia y Gipuzkoa hacia Álava y Castilla. Dicha exportación únicamente era prohibida en tiempos de inflación (1695, 1702, 1709, 1712, 1714, 1740, 1741, 1742, 1752 y 1754). Gipuzkoa intentó acabar con las prácticas de los revendedores en 1755 prohibiendo a los campesinos vender en los mercados y obligándoles a respetar la preferencia de compra de los abastecedores locales. Además las instituciones provinciales establecieron la periodicidad de los mercados, prohibieron la exportación de los animales a los pueblos circunvecinos y establecieron un sistema de precios semitasado, fortaleciendo de esa forma el papel de las instituciones locales, ya que debían velar por la aplicación de dichas medidas. Pero los campesinos y pequeños propietarios, que eran dueños de animales y gracias a las ventas a los especuladores obtenían unos ingresos complementarios esenciales, no aceptaron las medidas. Los especuladores acudían directamente a comprar a los caseros, ahorrándose de esa forma los gastos de transporte. Además, a pesar de obtener precios algo más bajos, las ventas realizadas a los revendedores eran más seguras, puesto que así no competían con otros vendedores ni sufrían las exigencias de los abastecedores oficiales. Los campesinos necesitaban liquidez y no podían arriesgarse a esperar obtener precios justos, puesto que el mantenimiento del ganado era caro y cualquier eventualidad en la cosecha podía dar al traste con todas sus esperanzas. En la primavera de 1754 Gipuzkoa, motu proprio y sin la correspondiente aquiescencia del Consejo de Castilla, prohibió la exportación de ganado vacuno y la obligación de venderlo en los mercados provinciales. A consecuencia de ello, muchos tratantes fueron detenidos y los campesinos fueron acusados de realizar ventas ilícitas. Tras los duros inviernos de los años 1754 y 1755 -se produjeron importantes heladas y nevadas- las cosechas de hierba y nabo fueron muy malas, dejando a los campesinos sin el sostén para sus animales, obliglándoles a vender dichos animales. Cerradas las puertas de la exportación, los campesinos se vieron obligados a llevar sus animales a los mercados provinciales. Sin embargo, siendo la competencia muy alta, muchos no pudieron llevar a cabo la venta y quedaron al borde del precipicio, sobre todo en el valle del Deba. A decir verdad, los abastecedores preferían comprar el ganado en Francia, para de esa forma poder sacarlo a los mercados extraprovinciales, especular y obtener mayores rendimientos y beneficios. Por ello, muchos campesinos, a pesar de ser ilícito, viendo que la venta en los mercados locales era casi imposible y difícilmente podían mantener el ganado, se atrevieron a venderlos fuera de la provincia. Para acabar con estas prácticas se tomaron algunas medidas. El 20 de agosto de 1754 la provincia decidió que los mercados que se celebraban semanalmente en Segura y Ordizia los lunes y jueves, respectivamente, se celebrasen alternativamente cada quince días todos los lunes. A los abastecedores de la provincia se les obligaba a acudir a ambas, quedando prohibida la reventa. En caso de que los vendedores de cada localidad quisiesen vender el ganado a los abastecedores locales, estos estaban obligados a comprárselo; en caso de concurrir muchos vendedores, lo más necesitados tendrían prioridad. En caso de que el abastecimiento quedase garantizado, los vendedores podrían llevar el ganado sobrante a un máximo de seis kilómetros a la redonda, siempre dentro de los límites provinciales. El ganado infractor sería detenido y vendido y sus propietarios deberían hacer frente a los gastos de la acusación y a una multa. Pero el reglamento no fue respetado y el fraude continuó. En realidad, los decretos fortalecieron las prácticas especulativas y el contrabando. El 21 de marzo de 1755 la Diputación de Guipúzcoa solicitó al Alcalde de Sacas que exigiese referencia exacta del ganado importado a todo aquel que desde Álava, Rioja o cualquier otro destino fuese a Francia a comprar ganado. De igual modo debía actuar con los abastecedores guipuzcoanos y con aquellos que compraban ganado para las labores agrícolas. Las extracciones únicamente se podrían practicar de mediar el permiso provincial. Pero finalmente los campesinos de las cuencas del Urola y del Deba llevaron su ganado a Vitoria, puesto que no pudieron venderlo en el mercado de Bergara. La primavera de 1755, ante las numerosas denuncias y visto el escaso éxito de las medidas adoptadas, sobre todo en Mondragón, Eskoriatza, Aretxabaleta y Bergara, la Diputación de Guipúzcoa finalmente tomó conciencia de la magnitud del problema. Las denuncias acusaban a vecinos de las cuencas del Deba y del Urola, de extraer sus animales hacia Vitoria por Oñati y con la aquiescencia y permiso del alcalde de Salinas de Léniz. Fueron los propios campesinos los que solicitaron a las instituciones que prohibiesen a los abastecedores guipuzcoanos importar ganado vacuno desde Francia o cualquier otro lugar y les obligasen a acudir a los mercados y ferias. Precisamente, siendo como era el principal centro vacuno de la provincia, los campesinos solicitaron el establecimiento de otra feria en Mondragón, una vez por semana. De esa forma, serían cuatro las ferias libres existentes en Gipuzkoa: Bergara y Segura existían desde 1742 -la última desaparecería junto a la de Tolosa- Ordizia se había puesto en marcha en 1752, y ahora Mondragón. Los pueblos movilizados en 1755 son los mismos que lo hicieron en 1718. Ante el evolución de los acontecimientos, las Juntas Generales que se estaban celebrando en Elgoibar, decidieron dar marcha atrás y suspender momentáneamente los decretos de prohibición. Los mencionados decretos pretendían proteger a los consumidores ante las prácticas especulativas, pero no tuvieron en cuenta que los campesinos que vivían cerca de la frontera de Álava y Navarra vivían precisamente de la libertad de exportación de carne. La oposición a los decretos comenzó en Bergara y en los pueblos de alrededor, puesto que fue allí donde aparecieron los primeros pasquines, aunque posteriormente se extendió por otros doce pueblos de las cuencas del Deva y el Urola: primero, Zegama, Ormaiztegi, Segura, Idiazabal, Ataun, Ordizia y Berástegui por el sur, precisamente fronterizos con Álava y Navarra, y posteriormente Salinas de Léniz, Eskoritza, Aretxabaleta y Mondragón, en la frontera con Álava. Los precursores e impulsores de la machinada fueron los pequeños propietarios y arrendatarios rurales, uniéndoseles posteriormente el pueblo llano, como protesta ante los decretos de las Juntas Generales y, de alguna forma, ante aquellos jauntxos y mandatarios que monopolizaban el gobierno local. En opinión de algunos autores, fue un intento inconsciente de romper con los encorsetados esquemas de la economía local y regional y en favor de una economía libre y liberal. Los gobernantes respondieron con prontitud formando un contingente militar que apenas encontró resistencia. Por tanto, la machinada fue cortada de raíz casi antes de iniciarse. Consiguieron paralizar los decretos, pero muchos de los amotinados hubieron de hacer frente a multas y al secuestro de sus bienes. La paz se restableció de inmediato, pero de momento no se le encontró solución al problema de fondo, poniendo así la semilla de la siguiente machinada. 9.8. La matxinada de 1766 De una forma u otra todos los grupos sociales guipuzcoanos se vieron implicados en esta matxinada, incluídos los jesuítas . El motivo desencadenante fue el decreto real que establecía la libertad de precios y circulación del grano. Por lo tanto, se trataba de otro contrafuero que afectaba negativamente a las clases consumidoras. El decreto se produjo en un momento de mala cosecha y en un ambiente en el que los grandes comerciantes y rentistas de la tierra almazenaban el grano para su venta en épocas de mayor escasez. La consecuencia fue que los precios se dispararon escandalosamente. Las acciones de los amotinados se dirigieron contra los acaparadores y sus actividades especulativas. Otros factores agravaban todavía más la situación de los campesinos: muchos pequeños propietarios estaban perdiendo sus tierras y las ocupaciones alternativas -ferrerías- comenzaban a decaer. Pero lo que de original tiene esta matxinada hay que buscarlo en la represión . Esta vez no hizo falta que se movilizara el Ejército del Rey. Fue la propia burguesía donostiarra la que financió y organizó el aplastamiento del movimiento. Para abortar la propagación del motín, repartieron grano a buen precio en la capital y en otras poblaciones. Para estas fechas, por tanto, los grupos burgueses habían adquirido una notable importancia y, de cara al buen desarrollo de sus actividades, el garantizar la paz social era más que vital. Además, eran parte muy interesada en las prácticas especulativas. Con la represión, los matxines vieron cómo se frustraban todas sus aspiraciones. De una forma u otra todos los grupos sociales guipuzcoanos se vieron implicados en esta matxinada, incluídos los jesuítas. El motivo desncadenante fue el decreto real que establecía la libertad de precios y circulación del grano. Por lo tanto, se trataba de otro contrafuero que afectaba negativamente a las clases consumidoras. El decreto se produjo en un momento de mala cosecha y en un ambiente en el que los grandes comerciantes y rentistas de la tierra almazenaban el grano para su venta en épocas de mayor escasez. La consecuencia fue que los precios se dispararon escandalosamente. Las acciones de los amotinados se dirigieron contra los acaparadores y sus actividades especulativas. Otros factores agravaban todavía más la situación de los campesinos: muchos pequeños propietarios estaban perdiendo sus tierras y las ocupaciones alternativas -ferrerías- comenzaban a decaer. Pero lo que de original tiene esta matxinada hay que buscarlo en la represión. Esta vez no hizo falta que se movilizara el Ejército del Rey. Fue la propia burguesía donostiarra la que financió y organizó el aplastamiento del movimiento. Para abortar la propagación del motín, repartieron grano a buen precio en la capital y en otras poblaciones. Para estas fechas, por tanto, los grupos burgueses habían adquirido una notable importancia y, de cara al buen desarrollo de sus actividades, el garantizar la paz social era más que vital. Además, eran parte muy interesada en las prácticas especulativas. Con la represión, los matxines vieron cómo se frustraban todas sus aspiraciones 10. La Zamacolada Esta revuelta, exclusivamente VIZCAINA, es a causa del antagonismo entre la burguesía mercantil bilbaina y la aristocracia rural. Y debe su nombre a su protaganista Simón Bernardo de Zamacola . En las Juntas Generales de 1792, el procurador Aldama presenta un proyecto para establecer un nuevo PUERTO comercial en Mundaca. Y además, para hacer frente a las deudas contraídas se introduce el pago de arbitrios que favorecen a Bilbao. En 1801 durante la procesión de la Virgen de Begoña se produce un enfrentamiento entre los concejales de Begoña y los bilbainos. Ese mismo año, Zamacola presenta un proyecto de construcción de puerto en la ría de Olabeaga, lo que suponía una afrenta para el comercio de Bilbao. Enviados representantes a las Cortes, entre ellos varios ilustrados de la Bascongada (Sociedad Bascongada de Amigos del País o caballeritos de Azcoitia), obtienen la aprobación en Madrid para la construcción de un puerto libre en Abando. Asímismo, en 1804, Las Juntas aprueban un proyecto de Servicio Militar Obligatorio para toda la provincia. Y , en agosto, se suceden los tumultos en Bilbao, siendo apresados el Corregidor de la Corona y las autoridades provinciales, apoderándose del depósito de armas de Abando. Reunidas de nuevo las Juntas, revocan el proyecto de Servicio Militar, pero en compensación acuerdan pagar a la Corona un millón de reales. Todo ello produce el amotinamiento de los de Begoña. Tanto el Ayuntamiento de Bilbao como la Diputación solicitan el envío de refuerzos, y estos llegan al mando del brigadier Benito San Juan. Con ello comienza la represión, condenando a los municipios tumultuosos y a la Villa de Bilbao a sufragar los gastos de manutención de las tropas desplazadas, se condena a los encausados a duras penas de prisión : presidio de 9 años en Filipinas a 43, en Ceuta a 51, a cumplir servicio militar a 86, destierro a 30 y multas de entre 400 y 6000 ducados a 102. También se crea un inexistente Gobierno Militar y se designa alcalde de Bilbao a Martín Herrero Prieto. Según el profesor Estévez, todos los amotinamientos, tanto las matxinadas como la zamacolada, no son en defensa del Fuero, pero sí de las VENTAJAS FISCALES y garantías de subsistencia que contienen los FUEROS. También es una lucha entre los conservadores de la burguesía rural y clerical contra los comerciantes y clases liberales urbanas. Es el preaviso de lo que sucederá en el siglo XIX con las Carlistadas. De lejos, Bilbao es, en 1804, una ciudad de dimensiones aún reducidas, de calles no muy anchas, pero asombrosamente limpias, algunos pequeños palacios y torres, cuatro esbeltas iglesias, muelles robados a la Ría y arenales que se cubren con las mareas. Sus 11.000 almas viven en torno a la ya antigua Plaza Vieja, auténtico corazón de la Villa, donde se llevan a cabo las transacciones mercantiles pero también donde los bilbaínos se divierten. Como relata Manuel Montero en sus ‘Crónicas de Bilbao y de Vizcaya’, allí se celebran las fiestas de agosto, las esperadas corridas de toros, se ven los espectáculos dramáticos de las compañías que llegan a la ciudad y se asiste a los actos religiosos de la Semana Santa. Son los hijos de una burguesía floreciente y liberal, alumbrada al calor del tráfico intenso de las naves que van a Flandes, Inglaterra y América, que forma a su progenie en las artes comerciales y náuticas y no duda en mandarlos fuera para estudiar Leyes en Valladolid, o como hizo Arriaga, música en París. Son también los hijos de los artesanos, de los descargadores de barcos, de carpinteros, tenderos, taberneros y panaderos y toda una retahíla de oficios alimentados al calor de una Villa comercial, de vocación urbana, que se pasea por Los Caños y El Arenal, bebe el agua potable canalizada en sus fuentes y se mira en el limpio espejo de una Ría que aún no conoce los devastadores efectos de la industrialización. Una placidez aparente, acentúada por las campas y huertas que rodean la Villa, donde vive una nobleza rural, enfrentada tradicionalmente con la ciudad, que ve transcurrir los últimos tiempos del Antiguo Régimen. Una imagen que no presagia los duros años que han de venir con el siglo, las convulsiones que cambiarán la fisonomía de la ciudad y de la Ría, los avatares políticos y militares que desembocarán en guerras y asedios. El tradicional conflicto que enfentaba a Bilbao con la Tierra llana había adquirido proporciones alarmantes. El proyecto de Zamacola de crear un nuevo puerto situado en Abando era el intento de la oligarquía rural por quitarse de encima el yugo que los burgueses de Bilbo imponían. Entre las clases populares, para quienes el yugo era bastante más opresivo, el proyecto también gozó de simpatías. Sin embargo, las negociaciones de Zamacola en Madrid no se limitaron a conseguir la aprobación del nuevo puerto. Parece que la contrapartida fue la incorporación de los vascos al servicio militar obligatorio. Lógicamente nada más conocerse la noticia, las anteiglesias se levantaron en armas, apresando a varias autoridades. Ante esta situación, los burgueses de Bilbo, olvidando las antiguas rencillas, acudieron en ayuda de los jauntxos e intentaron restablecer el orden. De nuevo, tuvo que acudir el ejército real para imponer la consabida pacificación. Estos acontecimientos fueron aprovechados por Godoy para suspender durante unos años todas las libertades de los vascos y abrir el camino hacia la liquidación foral. La última de las Machinadas, producida en 1804, es conocida como la Zamacolada, y es uno de los últimos ejemplos de este enfrentamiento entre los jaunchos, aristócratas rurales, y los burgueses, en especial los bilbaínos. Entre 1801 y 1804, se produjeron varios hechos que llevaron a la revuelta: las Juntas Generales de Vizcaya instauraron el servicio militar obligatorio, y Simón Bernardo de Zamácola propuso la creación de un puerto en Olabeaga, es decir, fuera de Bilbao, lo que, en un tiempo en el que los barcos llegaban hasta el Arenal, en el centro mismo de Bilbao, habría resultado muy perjudicial para la villa. La revocación del servicio militar, a cambio del pago a la Corona de un millón de reales, provocó el estallido de las anteiglesias cercanas a Bilbao, en especial la de Begoña, que tuvieron que ser sofocadas por el ejército. 11. Historia económica del País Vasco en la Edad Moderna Sobre el siglo XVI vemos que a pesar de la existencia de varios periodos de epidemias de peste, éstas no afectaron especialmente al crecimiento de la población. A mediados de este siglo Álava contaba con 72.000 habitantes, Gipuzkoa con 70.000 (a final de siglo), Bizkaia con 69.000 habitantes a comienzos de siglo y Navarra 162.000 habitantes en 1587. El País Vasco tiene una compleja topografía, sin cimas muy elevadas, pero formada por numerosos valles. En el conjunto de la comunidad se aprecian dos unidades de relieve: una primera que se extiende por las provincias de Bizkaia, Gipuzkoa y buena parte de las tierras alavesas y que se conoce como el arco vasco o vertiente cantábrica; y una segunda unidad, de menor extensión y localizada al sur de la demarcación vasca, que se abre a la depresión del Ebro. Frente al litoral En cuanto a las actividades económicas del XVI recordaremos que en la costa atlántica el mijo es el único cereal producido en cierta cantidad acompañado de la manzana. A comienzos del siglo XVI el predominio de la explotación ganadera y el bosque sobre la agricultura destinada al cereal era evidente. Frente al litoral abrupto aparece una alineación de montañas menores que corre en dirección perpendicular a la línea de costa; las montañas ganan altitud hasta llegar a las cumbres de peña Gorbea (1.481 m) o el pico de Aizkorri (1.544 m), en el centro de la región. En el margen vasconavarro septentrional aparece el macizo paleozoico de las Cinco Villas. El relieve de la provincia de Araba desde las mencionadas sierras centrales se abre a una primera cuenca, la Llanada Alavesa, por donde discurre el río Zadorra. Un cordón de montañas de orientación W-E en que destacan los Montes de Vitoria (Kapildui, 1.180 m) y las estribaciones de la sierra de Urbasa, separa la Llanada Alavesa del Condado de Treviño . Al sur de la depresión de Treviño, la sierra de Cantabria abre las puertas al valle del Ebro. En las provincias de Bizkaia y Gipuzkoa, el paisaje agrícola ha estado dominado tradicionalmente por el caserío, una unidad territorial con poder económico y de carácter marcadamente familiar. En las tierras de Araba, el campo presenta cierta semejanza con el paisaje rural de la Meseta. Los cultivos que mayor superficie agrícola ocupan en el País Vasco, con un 61’6 % de la superficie total, son los cereales –con el trigo y la cebada como tipologías más extendidas, si bien localizadas tan sólo en tierras de la provincia de Araba-. El maíz es el único cereal que está presente en las tres provincias vascas, aunque su mayor extensión (910 ha) corresponde a Gipuzkoa. El Reino de Navarra contaba con una oferta agraria más variada. Además de trigo, aceite y vid ofrecía productos de huerta y regadío. Por otra parte las zonas cerealistas más cercanas a Gipuzkoa y Álava aprovechan el mercado fronterizo mediante el contrabando. En cuanto a la ganadería en Bizkaia y en Gipuzkoa destacaba la presencia de ganado vacuno tanto como animal de tiro como productor de leche y carne. Caballos y mulos eran los medios de transporte. Las tierras comunales de pastos facilitaban la alimentación libre de ganado con las limitaciones de los terrenos cultivados y frutales y la exigencia de una pernoctación controlada. En Navarra, en la zona pirenaica, la ganadería trashumante permitía una producción lanera con excedente para exportar. La tradición ganadera se mantiene viva en las tierras del interior del País Vasco, donde los cambios en las condiciones modernas de mercado apenas han modificado la vida diaria de sus habitantes. La feria de ganado de Elosu suele constituir un acontecimiento esperado en toda la zona. Los negocios que en ella se realizan constituyen tan sólo uno de los aspectos de unas jornadas marcadas por el espíritu festivo. Al tiempo que se celebran estas ferias de ganado, suelen tener lugar otras de productos del campo, en las que se puede degustar el tradicional talo, masa confeccionada a base de harina de maíz, que se rellena al gusto, ya sea con viandas dulces o saladas. La pesca tuvo una importancia creciente en este siglo. Los vascos consiguieron el control de las pesquerías de Terranova, a la búsqueda y captura de la ballena ante la progresiva disminución de ballenas en el golfo de Bizkaia a partir del siglo XV. Las cuentas generadas por el movimiento de mercancías provenientes de Terranova, tanto el bacalao como especialmente la obtención de grasa de ballena, resultaron realmente espectaculares, lo que supuso una inyección grande de riquezas en la comunidad marinera, aunque el grueso de la ganancia quedaba en manos de los armadores o financiadores. También a mediados de este siglo se implanta y se desarrolla la industria escabechera en la costa vasca, especialmente del atún y del besugo. Respecto a la situación de la pesca en la costa labortana existía colaboración y proyectos comunes con los pescadores vizcaínos y guipuzcoanos. En relación a las pesquerías de Terranova, los expedicionarios vascos, vizcaínos, guipuzcoanos y labortanos se organizaban conjuntamente. A principios del siglo XVI Baiona era un mercado importantísimo en el sector del pescado que se exportaba a distintas regiones francesas pero la guerra entre las monarquías castellana, francesa e inglesa, tal como ocurrió en Gipuzkoa y Bizkaia, esquilmó la población marinera labortana a la vez que arruinó su flota. La ferrería era una antigua instalación siderúrgica en la que se transformaba el mineral de hierro en metal. Su existencia se remonta a la prehistoria y dejaron de funcionar con la aparición de los altos hornos en los albores del siglo XX. La actividad de las ferrerías adquiere gran importancia económica en este siglo. Alrededor de 300-400 ferrerías en funcionamiento con una producción de 6000-7000 Tm de hierro que supone entre 5-12 % de la producción europea, y con un consumo de mineral de hierro que únicamente las extracciones de las minas de las Encartaciones (Bizkaia) suponían el 20 % de las 100.000 Tm producidas en Europa, esto es 20.000 Tm. Leñadores, carboneros, mineros y arrieros entraban indirectamente dentro del ámbito del sector. De este modo se compensaban las deficiencias del agro vascongado mediante la ocupación de los excedentes demográficos en los puestos de trabajo en la siderurgia que aportaban a su vez ingresos transferibles a la demanda de subsistencias provenientes del exterior. Los vínculos "hacia adelante" de la siderurgia se dirigían hacia la industria metalúrgica y naval, industrias ambas orientadas a la exportación. El conjunto de estos vínculos señala la importancia del sector siderometalúrgico por su capacidad de generar ingresos en una amplia masa de la población activa. Se estima que un 30 % de la población activa de Bizkaia y Gipuzkoa estaba encuadrada en la siderurgia con ocupaciones fijas o estacionales, sin contar con otro volumen de personal que trabajaba en la metalurgia (forjas etc.). La provincia de Bizkaia presenta marcados contrastes que resumen por sí solos la pluralidad de actividades y paisajes de la comunidad vasca. En las faldas del monte Oiz, en Lea-Artibai, los pastores se dedican a su faena cerca de la colegiata de Santa María de Zenarruza. La costa presenta una hermosa sucesión de bahías, como la de Sopelana, y puertos pesqueros, como el de Bermeo, población que ostentó el título de Cabeza de Bizkaia hasta que, en 1602, pasó a manos de Bilbao. A partir de 1575, y a lo largo del siglo XVII se produce una importante pérdida de la cuota de mercado en Europa, a la par que existe la contracción del mercado interior. En el mercado europeo el hierro de Lieja y el hierro sueco eran más baratos dado su adelanto técnico con respecto a nuestras ferrerías. Con lo cual las producciones de hierro foráneas penetraron en mercados tradicionalmente "propios" como eran las colonias americanas y los pedidos de la monarquía. La depresión en la siderurgia conllevó el cierre de ferrerías y la reducción de la producción en Bizkaia y Gipuzkoa en 25-50 %. La crisis de la siderurgia provocó dificultades en el aprovisionamiento de subsistencias, ya que la comercialización del hierro equilibraba la balanza comercial. En relación al sector naval la Armada Real se surtió en esta época de los astilleros vascos. En el siglo XVI los astilleros gipuzcoanos construyeron 375 barcos la mayoría naos . En cambio en los astilleros vizcaínos se construyen 100 embarcaciones siendo la mayoría galeones , de 600-800 Tm, destinados a la Armada. Un “galeón” es un gran navío de vela, armado en tiempo de guerra, que servía para transportar oro, plata y mercancías preciosas que España sacaba de sus colonias (siglos XVII y XVIII). En cuanto a la actividad comercial, las relaciones mercantiles vizcaínas se desarrollaron especialmente con varios países europeos. El hierro vasco era fundamental para Inglaterra. En 1517-1518 se desembarcaron solamente en Bristol 450 Tm de hierro. El comercio con América debía pasar por Sevilla para incorporarse a las flotas de Indias. Según Carlos Ferrera Cuesta, las flotas de Indias “Se crearon en 1543 para proteger a los galeones que hacían la carrera de indias de los ataques piratas, agrupando los barcos y escoltándolos con buques de guerra; misión cumplida con éxito, pues en sus dos siglos de existencia sólo fue capturada en 1628, 1656 y 1657. Anualmente salían dos flotas de Sevilla (Cádiz desde 1717): una encaminada a Veracruz, en Nueva España, y la otra a El Calllao, en Perú. A su regreso, ambas confluían en La Habana para zarpar después de abril y evitar las tormentas caribeñas. El peso del galeón provocaba una gran tardanza en ambos trayectos (dos meses y medio), lo que, unido a los costes de protección, limitó el transporte a productos de gran valor, como la plata. La decadencia de las flotas acompañó a la de la Carrera: fueron reemplazadas progresivamente por navíos de registro (individuales autorizados) hasta la liberación del comercio marítimo.” La creación del Consulado de Bilbao en 1511 era reflejo de la importancia adquirida por el comercio exterior bilbaíno dentro del enfrentamiento casi permanente entre Burgos y Bilbao. A señalar que en este siglo también existía una actividad comercial específica por parte de varios reinos europeos, como era el comercio de esclavos negros para América. En este comercio también participaron los vascos y es conocido que la familia Urrutia en 1523 transportaron 45 negros desde África a la costa americana. Y en los años 30 realizaron operaciones parecidas junto con el comercio de otras manufacturas. Por otra parte, en cuanto a la dinámica social del XVI señalaremos que en este siglo el volumen de los campesinos dependientes que trabajaban tierras vinculadas a los Señores suponía el 40 % del total de los campesinos en Bizkaia y Gipuzkoa, y podemos señalar que los campesinos parcelarios propietarios constituían el 50 % del conjunto. Pero este propietario parcelario poseía un débil capital técnico y una mano de obra limitada a la familia lo que daba como resultado un débil volumen de producción, en gran medida para autoconsumo. Si se endeuda y el rédito de la deuda es grande, pierde la propiedad de la tierra y tiene que convertirse en arrendatario, trabajando en tierras de otros propietarios agrícolas. La escasa capacidad financiera de los artesanos les puso en mano de los comerciantes de modo que el mercader captaba el excedente generado por los artesanos a través del control del circuito comercial, merced al crédito concedido a los artesanos para la adquisición de la materia prima y al tiempo transcurrido hasta realizar la venta. Parecida estrategia tenían los comerciantes con las ferrerías, haciéndose dueño de ellas en otras ocasiones. Pasando ya al siglo XVII no podemos olvidar que en lo que respecta a la evolución demográfica el siglo comenzó con la sombra de la epidemia de la peste (1597-1602) aumentando la mortalidad en Donostia y otras localidades guipuzcoanas. El volumen de población era, aproximadamente, de 49.000 personas en Álava (1683), 82.000 personas en Gipuzkoa (1689), 172.000 personas en Navarra (1678), contabilizándose para el conjunto del sur de Euskal Herria un volumen de 400.000 personas aproximadamente. Como dice Julio Caro Baroja, “Dentro de cada valle, el paisaje vasco típico se caracteriza claramente por la ‘dispersión’ y densidad de las habitaciones humanas. Ahora bien, debemos puntualizar estos conceptos. La base social, económica, administrativa y religiosa de la vida vasca (como la de otros países de Europa) se halla en un núcleo de construcciones en número mayor o menor, que ese ‘pueblo’ en sí.” Acerca de las actividades productivas en este XVII incidiremos en que en la vertiente cantábrica la crisis económica se superó gracias al desarrollo del cultivo del maíz y a la roturación de nuevas tierras. La pesca retrocedió en importancia a lo largo del siglo XVII, al obstaculizar ingleses, franceses y holandeses el acceso a los mares del Atlántico norte (tanto por el lado europeo como por el americano). En Navarra, cereales, cultivos de regadío, vid, olivo, pastos y bosques se distribuían por su superficie. El trigo y el centeno para la alimentación humana, así como la avena y la cebada para el ganado eran los principales productos. En cuanto a la ganadería únicamente en la merindad de Lizarra (20 % de superficie navarra) había 75000 ovejas y cabras, 3000 cabezas de vacuno, 4000 de porcino, 2400 mulas y 1600 caballos. Era usual la agrupación de rebaños concejiles que pastaban en terrenos comunales, de varios municipios (facerias). En Iparralde, a finales del siglo XVII, los bosques predominaban todavía en el paisaje. A parte de las llanuras más trabajadas, los cultivos solo aparecían en algunos claros, en la proporción de 1/200- 1/500 comparando con los bosques en Zuberoa y en Baja Navarra. De una manera general hay que considerar que el 70-80 % de la población trabajaba en el campo y por ello las relaciones de producción agrícolas tenían mucha importancia. La coexistencia del mayorazgo (con rasgos feudales ) y pequeños propietarios libres actuará siempre en contra de estos últimos dado que la tierra vinculada (perteneciente a la propiedad feudal del mayorazgo ) no retornaba al mercado porque pasaba de padres a hijo sin posibilidad de subdividirse la propiedad. En cambio las propiedades libres si el pequeño propietario no podía soportar las cargas fiscales y el endeudamiento (que se producía por mejoras técnicas, compra de granos...), podían ser amortizadas y vendidas en el mercado. El término “mercantilismo” fue acuñado a finales del siglo XIX y designa un conjunto de doctrinas económicas dirigidas a orientar y reforzar la intervención estatal en la economía, elaboradas desde el siglo XVI, así como las políticas económicas correspondientes puestas en práctica por la mayoría de los países europeos en el siglo XVII y primera mitad del XVIII. En cuanto a la actividad pesquera hubo un retroceso debido a la caída de rendimientos de la pesca de Terranova y a la expulsión de los vascos de los caladeros por obra de ingleses y holandeses. Factores similares influyeron sobre la pesca de bajura. La actividad pesquera propia no desapareció pero disminuyó enormemente. En la industria vasca se produjo un estancamiento como consecuencia directa de la competencia de otros países europeos más eficientes, que ganan mayores cuotas de penetración tanto en los mercados exteriores como dentro de la península y en America. En la industria del hierro , nuestras ferrerías de horno bajo con atraso técnico y subidas de precios se enfrentaban con la competencia de hierros de Lieja y suecos, entre otros, obtenidos con hornos altos y de precios más baratos, aunque probablemente de peor calidad. La primera protesta conjunta de Gipuzkoa y Bizkaia contra la entrada de hierro de Lieja data de 1612. Y aparecieron disposiciones reales en varios años posteriores que marcaron una política proteccionista y que reservaron para los ferrones los mercados peninsular y de Indias, lo cual era contrario, en determinadas ocasiones, a los tratados que firmaba la Corona con otros países. En este siglo apenas hubo avances técnicos en las ferrerías. En definitiva la producción global de hierro en el sur de Euskal Herria, a finales del siglo XVII era cercana a las 500 Tm, muy por debajo de las 11000/13000 Tm de mediados del siglo XVI. Gipuzkoa contaba con 85 ferrerías mayores y 39 menores, en 1625, mientras que en Bizkaia en 1644 había 141 y 144 ferrerías respectivamente. En cuanto a la producción de armas de fuego , la Fábrica de Armas de Placencia mantuvo su actividad por la demanda de la Corona de arcabuces y mosquetes y gracias a la política proteccionista frente a productos extranjeros. Los astilleros vascos estaban afectados negativamente por la crisis y las guerras del siglo XVII. El comercio exterior vasco, en el XVII, se caracteriza por la exportación al extranjero de materias primas y productos férricos semielaborados e importación de paños y productos más trabajados. La zona vascongada intermediaba en el comercio de Castilla y Navarra con el extranjero, básicamente con lana que salía hacia Europa y artículos elaborados que se importaban. Por otro lado los comerciantes navarros eran intermediarios entre las exportaciones al extranjero de la lana de Soria y, a la inversa, en las importaciones que se dirigían hacia el interior de la península vía Agreda y Soria. Álava exportaba trigo, vino y lana. En cuanto a Gipuzkoa enviaba hacia Europa y America productos férricos, lo mismo que hacía Bizkaia, aunque esta última también exportaba vena férrica a Gipuzkoa y en menor grado a Navarra. El sur de Euskal Herria, durante el primer cuarto del XVII era el segundo abastecedor de hierro de Inglaterra y junto a Suecia y Rusia constituían la tríada de exportadores de hierro. El siglo XVII lo es de conflictos sociales. Ante los cambios que se producen a lo largo del siglo, las clases populares, sobre todo los campesinos, reaccionaron contra todo lo que atentaba contra las costumbres tradicionales, la instauración de un nuevo impuesto, el alto precio del cereal, la reimplantación de servidumbres, etc. En el caso de la resistencia antiseñorial se cuestionaban los derechos y usos vigentes desde la Edad Media y las comunidades vecinales utilizaban métodos como la compra de los derechos, pleitos o incumplimiento de las obligaciones, como formas de resistencia. Entre los conflictos y revueltas sociales más importantes hay que señalar: revueltas antiseñoriales de Fitero (1627, 1675); el motín de la sal (1631-1634); la sublevación de matalas en Zuberoa (1661). La Montaña navarra, presidida por la cordillera pirenaica, acoge dos de los tres grandes biomas europeos: el boreoalpino y el eurosiberiano. El bioma boreoalpino, presente por encima de los 1600 m, se caracteriza por prados, matorral y bosque de coníferas, uno de cuyos mayores exponentes es la reserva natural de Larra. El bioma eurosiberiano está representado por bosques de abeto, de roble albar y, sobre todo, de haya; el parque natural del Señorío de Bértiz y el bosque de Irati son los mejores ejemplos. La paz de Fitero se firma en 1177 entre Castilla y Navarra, arbitrada por Enrique II de Inglaterra. Por último, destacamos que al final de siglo XVIII, el sur de Euskal herria contaba con cerca de 500.000 habitantes . En Álava se produjo el mayor crecimiento contando con más de 69.000 habitantes. Gipuzkoa contó con 120.000 habitantes. Navarra, con un crecimiento moderado, superó los 224.000 habitantes. Bizkaia alcanzó la cifra de 115.84 en 1787. A señalar que Gipuzkoa y Bizkaia eran las más densamente pobladas con 60.5 habitantes/km² y 52,3 habitantes/km² respectivamente. En relación con Iparralde hay que señalar que existe un crecimiento de la población, al menos en la primera mitad del siglo, tanto por el desarrollo extensivo del cultivo del maíz que posibilitaba mejor la subsistencia de mayor numero de habitantes así como por el desarrollo del tráfico comercial, al modernizarse muchas rutas y aumentar el número de posadas y lugares de descanso intermedio. En el siglo XVIII, Bizkaia y Gipuzkoa mantuvieron el crecimiento de las áreas cultivadas, siendo importante el crecimiento del maíz, que suponía el 60 % del valor de la producción agrícola, seguido del trigo con el 39 %. En Álava, la producción de vino siguió creciendo durante el primer tercio del XVIII, hasta producirse un exceso de oferta. Por otra parte también creció la producción de cereal, de tal modo que en 1775 se produjo un excedente de producción del 10 %. La renta agrícola "per capita" de Álava era 2,5 veces superior a la de Gipuzkoa y Bizkaia. agrícola nuevas tierras a partir de la existencia de superficies no cultivadas. Si la presión demográfica aumentaba, se utilizaban las tierras comunales para dichos cultivos con los consiguientes conflictos. El sector ganadero sufrió los embates de una expansión agrícola apoyada en nuevas superficies cultivadas, especialmente el ganado libre (trashumante, ovejas, cabras y yeguas) en cambio el ganado estabulado o próximo a los caseríos, útil para los trabajos del campo y luego para carne tendrá una favorable evolución. Hay que añadir que en algunas zonas como las Encartaciones, la actividad del transporte de vena generaba una importante cabaña de arrastre con bueyes y mulas. Desde un punto de vista histórico-artístico, la condición de ciudad fuerte de Pamplona supuso para la urbe un arma de doble filo, pues hasta la llegada de los nuevos planteamientos urbanísticos de los ensanches conservó en su perímetro no sólo la totalidad de las murallas, sino también el trazado urbanístico medieval. En cuanto a la actividad industrial, durante gran parte del siglo las ferrerías vivieron una época de prosperidad. Hubo varias razones para la reactivación. Por un lado la política proteccionista de la Corona reservaba los mercados peninsulares y coloniales para los hierros vascos. Felipe V y más tarde Carlos III dictaron disposiciones prohibiendo la entrada de productos férricos extranjeros en América y en el mercado español, ante las protestas de los ferrones dado que en la década de los 70 se vendía hierro sueco y de otros países en la península. Para 1752 se contaban con 141 ferrerías en Bizkaia, 86 en Gipuzkoa, 35 en Navarra y 20 en Álava. La producción respectivamente era de 5.140 Tm (Bizkaia), 4.300 Tm (Gipuzkoa), 1.930 Tm (Navarra) y 1.000 Tm (Álava) con un volumen global de 12.460 toneladas. El sector metalúrgico siguió anclado en las formas de producir tradicionales. Y para las ferrerías la situación era similar: horno bajo, escaso equipo humano y poca inversión de capital. Por otro lado el carbón vegetal se encarece y supone ya en 1762, el 56 % del coste total en la ferrería, seguido del mineral (30 %) y de los salarios (9 %). El salario nominal diario de los operarios de las ferrerías de Gipuzkoa se incrementa en 1/3 pasando de cobrar 4,5 reales a principios de siglo a cobrar 6 reales a final de siglo. El valor de dichos salarios hay que referenciarlos con el precio del trigo que era de 40 reales la fanega (11,5 kilos) y el del maíz era de 30 reales. A finales de siglo era evidente que la solución pasaba por el empleo de carbón mineral, pero no se utilizará hasta mediados del siglo XIX. El bosque atlántico de roble albar se distribuye por las zonas más húmedas del norte peninsular. En Navarra, está presente en los tramos altos del río Irati, donde constituye el bosque mejor conservado de la península Ibérica. Se trata de una especie en la que, aunque lo más habitual suele ser la formación de bosques uniformes, también es común la presencia de ejemplares de roble pedunculado y melojo. En lo que se refiere a los astilleros vascos hubo reactivación por la demanda de la Compañía Guipuzcoana de Caracas y por el relanzamiento económico general. Pero por otro lado, sufrieron las consecuencias negativas de la pérdida de las pesquerías de altura. La fabricación de barcos en este siglo alcanza la cifra de 426 unidades, especialmente en los astilleros guipuzcoanos. Así mismo las peticiones de suministro de armas por parte de la Corona repercutieron favorablemente sobre la actividad de las Reales Fábricas de Armas de Placencia. Merecerían citarse otras actividades industriales relacionadas con el cobre, textiles, tenerías, vidrio, chocolate y molinos. Los establecimientos industriales y mineros cupríferos se hallaban situados en el valle de Baigorri, en Iparralde, y en la sierra de Aralar, en Navarra. La actividad mercantil se convertirá en sector básico de la economía de la vertiente atlántica, sustentada en dos pilares: el incremento de la producción y comercialización de los productos siderúrgicos y el auge de las actividades de intermediación mediante la reexportación de mercancías ajenas. El puerto de Bilbao era un gozne redistribuidor e intermediador a escala europea. A través de su puerto se canalizará la mayor parte de la exportación de lana castellana. Otros productos como el aguardiente, vinos y aceites, acariciaban la ría del Nervión antes de partir a los destinos franceses, ingleses, holandeses, alemanes y bálticos. En los fletes de retorno se importaban alimentos y manufacturas hacia el propio país, pero también hacia Castilla y el mercado americano, vía Cádiz o Sevilla. En cuanto a Navarra la actividad comercial estaba favorecida por la competitiva situación fiscal y geográfica de Navarra y la existencia de un grupo de comerciantes extranjeros que facilitaban las tareas de intermediación comercial entre Castilla y Aragón, por un lado, y los mercados internacionales por otro, a través de Iparralde. Si el comercio fue cómodo en la primera mitad del siglo, en la segunda mitad los comerciantes tuvieron mayor control y presión fiscal tanto por parte de las Cortes de Navarra como de Madrid, control que se acentuó al implantarse el cerco arancelario de los territorios forales en 1779. San Sebastián era el otro gran foco mercantil donde lograría la hegemonía comercial la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, fundada en 1728. La fundación de la compañía fue fruto, en realidad, de una transacción entre comerciantes donostiarras y la Corona española. Presente en las grandes civilizaciones de la antigüedad, la esclavitud era ejercida en detrimento de los pueblos sometidos y adquiría proporciones de mayor dureza en los momentos de máxima expansión. Las exploraciones y los descubrimientos de los portugueses ene l siglo XV abrieron nuevos horizontes al tráfico de esclavos, desplazando los centros de suministro de los mercados tradicionales a los de Guinea y Angola, convirtiéndose Lisboa en el centro más importante de destino de esclavos negros. El descubrimiento de América y la consiguiente solicitud de mano de obra dieron otra orientación y dimensión a la trata de esclavos. En el siglo XVIII la expansión colonial francesa e inglesa y la necesidad de aprovechar las plantaciones de azúcar y de tabaco hicieron adoptar un ritmo vertiginoso a la trata de esclavos negros sacados de África. A mediados del siglo XIX todos los países europeos y casi todos los americanos habían abolido la esclavitud (Congreso de Viena, 1815; abolición de la esclavitud en Inglaterra, 1833). Hubo que esperar, sin embargo, hasta 1926 para que la Sociedad de las Naciones decidiese el fin de la esclavitud y de la trata de esclavos. La actividad comercial de la Compañía Guipuzcoana de Caracas utilizando 30 barcos se basó en el intercambio de productos europeos y americanos incorporando géneros extranjeros sin crear una relación directa de dependencia entre la producción local y el tráfico mercantil, consiguiendo el monopolio del comercio con Venezuela en 1742. Otra actividad en la que intervino fue en la trata de negros. Dentro del marco general en el que esta actividad estaba controlada por las grandes potencias marítimas, los vascos de la Compañía de Caracas hicieron una propuesta de transporte de 1000 negros, aceptada por norma real de 1785. Sin embargo la carga humana fue finalmente servida por ingleses y franceses que la harían llegar hasta la isla de Puerto Rico, para que desde allí la Compañía Guipuzcoana los trasladará a Venezuela. Los vascos que en la segunda mitad del siglo realizaron trata de negros, como Aróstegi y Uriarte eran comerciantes para quienes la trata era parte importante pero no predominante de sus negocios. Finalmente Baiona supo aprovechar la canalización de los intercambios exteriores de Navarra y Aragón, de modo que mucho de los navíos que pasaron por Baiona en el periodo 1759-1780 provenían de la península, y las relaciones marítimas de Baiona con los puertos de Bilbao y Donostia destacaban claramente sobre las llevadas a cabo con otros puertos como Santander o El Ferrol. En otro sentido, a lo largo del siglo XVIII, el siglo Ilustrado , se van desarrollando las contradicciones entre la nobleza rural y la burguesía comercial. La aristocracia de la tierra va acumulando rentas feudales (renta de la tierra, diezmos ...) y la consiguiente acumulación de capital. También aumentan los capitales de origen comercial. Dado que el desarrollo técnico no era importante en la agricultura, la renta feudal quedaba bloqueada y por tanto, los capitales se dirigían a comprar juros o similares dado que el interés de este tipo de préstamos era superior. Las desamortizaciones y la desvinculación de tierras aparecían así como una necesidad del capital para reproducirse. No es extraño que los "ilustrados" vascos, entre otros, ya señalaban en esta época la necesidad de sacar mayor provecho de las minas, vía desarrollo capitalista de la propiedad y desarrollo del trabajo asalariado. Así uno de nuestros ilustrados más famoso, Fausto de Elhuyar, en 1788, planteaba observaciones de "que a los obreros, que ahora solo trabajan cuatro horas al día, se les hiciese trabajar el doble sin aumentar el jornal; por consiguiente, al mismo coste podría arrancarse el doble de mineral que ahora, o con la mitad de los jornales y obreros la misma cantidad que al presente". Pero para ello había que conseguir la supresión de la libertad de acceso al usufructo de bienes municipales, las minas en este caso, y desarrollar las formas capitalistas de producción con mano de obra asalariada. El enriquecimiento de ciertos sectores burgueses y señoriales repercutía en el empeoramiento de las condiciones y calidad de vida de las clases populares. El auge imparable de los precios, la especulación con los granos y productos de primera necesidad, el alza de los arriendos de tierra y el acortamiento de los periodos de arriendo, junto al crecimiento de la población y las crisis de las ferrerías fueron algunos de los motivos por los que aparecieron "matxinadas" a lo largo del siglo XVIII. Entre ellas podemos señalar la de 1.718, relacionada con las aduanas; la matxionada de 1766 relacionada con el comercio de granos; y las revueltas de mujeres de Lapurdi de 1773-1774. 12. Renacimiento, barroco y neoclasicismo vascos Las primeras manifestaciones aparecen como pequeñas incrustaciones en edificaciones góticas anteriores, aunque en otras ocasiones las que se iniciaron en el período gótico y concluyeron en el siguiente período recogían ya maneras romanas. Así, la parte superior de la fachada principal del monasterio de Bidaurreta (1515) y los accesos de comunicación entre el templo de San Miguel y su claustro (1526), ambos en Oñati (Gipuzkoa), donde al parecer intervinieron tanto Diego de Siloe como Rodrigo Gil de Hontañón, suponen leves muestras iniciales que conducen al momento plateresco, cuya manifestación vizcaína más importante es la colegiata de Santa María de Zenarruza (Goierria-Ziortza, circa 1560). Algo parecido ocurre en el claustro de San Telmo (Donostia-San Sebastián, 1531-1551), de fray Martín de Santiago, quien importó sus ideas y sus planos desde Salamanca. Donde la ostentación adquiere ya un carácter emblemático es en la Universidad de Oñati, principalmente en la fachada obrada por Pierre Picart en 1545. Otras obras de tono menor por su dimensión pero significativas por sus avances son, entre otras, la portada de la iglesia de la Encarnación (circa 1560), ya definitivamente alejada del plateresco, igual que el imponente pórtico de la catedral de Santiago (1572), ambas en Bilbao. En Vitoria-Gasteiz, la fachada del convento de Santa Cruz (circa 1550) es el resultado del mecenazgo de un consejero de Carlos V; dentro de la riqueza arquitectónica que el renacimiento aportó a la ciudad alavesa, se encuentra la fragmentaria portada del hospital de Santa María. Más destacables son los palacios de Escoriaza-Esquibel (1530-1541), de Salinas y de Bendaña (circa 1525), cuyos promotores se expresaban mediante las esculturas de sus fachadas. De forma paralela, se produjo en el País Vasco un proceso por el que formas y mecanismos procedentes del gótico se sintetizaron con aportaciones clasicistas , cuyo resultado recibió el nombre de gótico vasco. En Gipuzkoa existen casos notables de este tipo, especialmente en localidades de importancia (Eibar, Deba, Bergara, Tolosa, Rentería…); en Bizcaia, los casos más sobresalientes están en Gernika-Lumo, Elorrio, Markina-Xemein, Arratzu, Zamudio…, mientras que en Araba el templo de San Vicente de Vitoria-Gasteiz es su mejor ejemplo. Aclaramos que se dice plateresco del estilo arquitectónico, eminentemente decorativista, desarrollado en España durante el primer tercio del siglo XVI, y que representa la introducción de las formas ornamentales renacentistas (provenientes en su mayoría de Lombardía) en la arquitectura hispana. En otro sentido, el renacimiento es un complejo fenómeno cultural, histórico y económico que marca el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. El arte se engrandeció con artistas como Leonardo da Vinci, Rafael, Miguel Ángel y Tiziano. Desde el punto de vista artístico, prevalece una concepción clasicista, fundada sobre el ideal de la armonía. Surgen así las principales obras arquitectónicas de Brunelleschi, Alberti, Bramante, Miguel Ángel y Sansovino; nace la escultura grandiosa de Donatello, Ghiberti, Rosellino, Della Robbia, Verrocchio y Miguel Ángel; la pintura de Masaccio, Da Messina, Fra Angelico, Botticelli, Piero della Francesca, Giorgione, Leonardo, Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Tintoretto y, fuera de Italia, de Durero y de Holbein. En España destacaron arquitectos como Diego de Siloé y Juan de Herrera, escultores como Alonso Berruguete y Juan de Juni y pintores como el Greco. En el campo de la escultura , existen dos grandes fases de evolución: por un lado, en la primera mitad del siglo se mezclan prolongaciones góticas y flamencas, centradas principalmente en la ornamentación, sustituida de forma progresiva por un lenguaje plateresco, con una desenvoltura renacentista que se consolida en las figuras exentas. Por otra parte, en la segunda mitad, se establece con gran arraigo la escuela romanista de raíz manierista italiana. De la primera secuencia destacan el retablo de la capilla de San Martín de Azpeitia (Gipuzkoa, 1521), de J. de París y A. de Pignel; el retablo plateresco del monasterio de Bidaurreta y el de la capilla de la Piedad de la iglesia de San Miguel (1536), éste diseñado por Gaspar de Tordesillas y trabajado por escultores vascos, ambos en Oñati, así como la capilla del Espíritu Santo de la universidad de dicha ciudad, creación plateresca atribuible a Pierre Picart. En Bizkaia, se impuso el peso de la presencia de Guiot de Beaugrant, en cuyo taller, además de su hermano Juan, colaboraron otros artistas. A Juan de Ayala, también discípulo de Beaugrant, s ele atribuye el sepulcro de Pedro Martínez de Araba (1564-1567) en la parroquia de San Pedro de Vitoria-Gasteiz, ciudad en la que destaca el retablo del Dulce Nombre de la catedral, obra vasca realizada e importada desde Amberes hacia 1550. Respecto a la escultura romanista, fue impuesta en gran medida por el prestigio e influencia de Juan de Anchieta, de quien en Gipuzkoa sólo queda entero el retablo de San Pedro de Zumaia (1578), aunque sus numerosos discípoulos dejarton una obra prolífica; entre ellos destaca Ambrosio de Bengoechea (retablo de la iglesia de San Vicente, 1583, realizado por Juan de Iriarte). Hacemos de nuevo un alto en el camino. Se llama manierismo al estilo artístico de transición entre el Renacimiento y el Barroco. Se inició a partir de la segunda mitad del siglo XVI en Roma y en Florencia. Considerando la maniera (estilo) de los grandes maestros del Renacimiento como modelos clásicos a imitar y reelaborar (especialmente la obra de Rafael, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci), los manieristas llegaron en todos los campos del arte, especialmente en pintura, a formas en las que los cuerpos se alargan elegantemente, se retuercen en giros complicados o se estiran con ímpetu místico. El manierismo, fruto de una formal e intelectual aplicación de los modelos clásicos, prepara de esta manera el estilo barroco. La pintura manierista italiana tuvo sus principales exponentes en Pontormo , Rosso Fiorentino, Beccafumi, Tintoretto y Caravaggio. En Europa, el manierismo encontró aspectos originales en España, con la prodigiosa personalidad de El Greco en pintura, el escultor Alonso Berruguete, y la figura de Juan de Herrera, autor de El Escorial; en Francia, con la escuela de Fontainebleau dirigida por italianos; en Flandes y Países Bajos, con los manieristas de Amberes o los romanistas. Se dice romanista de los pintores que, en el siglo XVI, siguieron el estilo de la pintura romana de la época. La pintura se caracterizó por la casi nula existencia de representantes autóctonos en los territorios de Bizkaia, Gipuzkoa y Araba, así como por el general abastecimiento de cuadros en los mercados del norte de Europa. Se atribuye a los flamencos Van Connixloo el citado retablo de San Antón en San Pedro de Zumaia y Jan Joest de Calcar el retablo y la tabla votiva de San Bernabé en la misma iglesia, que son las pinturas conocidas más importantes existentes en Gipuzkoa. En Bizcaia están el tríptico flamenco de la capilla de los Gorostiza en Santa María de Portugalete, atribuida en alguna ocasión a Guiot de Beaugrant, así como el anónimo retablo de la colegiata de Santa María de Zenarruza (Goierria-Ziortza), probablemente del escultor y pintor alavés Juan de Ayala. El primer pintor vizcaíno relevante fue Francisco de Mendieta, autor del cuadro neoflamenco El besamanos (1609). Tras el esplendor artístico y cultural experimentado en la península Ibérica ene l siglo XVI, con el barroco se produjo ene l País Vasco una fase de notable repliegue cultural de la que se empezó a salir a partir de fines del siglo XVII y, sobre todo, durante el XVIII. En arquitectura civil, destacan el conjunto de edificios construidos para albergar el Ayuntamiento, como los de Elgoibar (1727-1757), Arrasate/Mondragón (1756-1766) y Oñati (1779-1783). En Araba, el de Labastida/Bastida (1732-1740), ejecutado con trazas de Agustín de Azcárraga, es otro bello ejemplo, mientras el de Arespalditza/Respaldiza, en el cual la iglesia y el Ayuntamiento forman una sola pieza, representa la unión del poder religioso y el político. En cuanto a la arquitectura residencial, los palacios de Lazkao (Gipuzkoa, 1638) y Valdespina (Ermua, 1735-1745) ofrecen las líneas maestras de un doble modelo de vivienda aristocrática, rural y urbana respectivamente. Otros palacios, como la Casa de la Bolsa en Bilbao, componían sus fachadas atendiendo a las disposiciones de las calles inmediatas preexistentes. Este perspectivismo también se aprecia en la fachada barroca de la basílica de Santa María de Donostia-San Sebastián, aunque en esta época el ámbito constructivo religioso se vio relegado a atrios-pórticos, portadas y torres-campanario, así como a los conventos. El templo de los jesuitas de Orduña y el de San Nicolás de Bari en Bilbao (obra de Ignacio Ibero, 1743-1756) son ejemplos de los escasos recintos religiosos construidos, igual que el santuario de Loiola (Azpeitia, Gipuzkoa, 1681-1738), proyecto de Carlo Fontana para la Compañía de Jesús y realización de J. Begrand e Ignacio Ibero, con posible participación de J. B. de Churriguera. En otro sentido, jesuitas son los miembros de la Compañía de Jesús, orden religiosa de clérigos regulares, fundada por san Ignacio de Loyola con el objeto de formar una milicia al servicio del papa para la difusión del cristianismo y la defensa de la Iglesia; su regla fue aprobada por Paulo III (1539) y definitivamente con la bula Regimini militantis (1540). La Orden está organizada según una jerarquía con un general a la cabeza. Expulsados ene l siglo XVII de casi todos los Estados por su influencia política, fueron suprimidos por Clemente XIV en 1773, y restablecidos por Pío VII en 1814. Dedicados a la educación y a la instrucción de la juventud, los jesuitas han instituido escuelas, colegios y universidades. En escultura, debido a la ausencia de grandes figuras en los territorios vascos, se tuvo que recurrir tanto a los castellanos como a los navarros, y surgieron nombres como los de Juan de Huici, Gregorio Fernández, Juan de Palacio Redondo o Francisco Álvarez. Hacia 1710-1720 se produjo la transición al rococó, y a partir de 1750 , la plenitud de este estilo, cuyo ejemplo más notable son las esculturas de Juan Pascual de Mena del templo de San Nicolás de Bari (Bilbao). Por último, se dice rococó del estilo artístico desarrollado en Europa durante buena parte del siglo XVIII, que coexistió con el barroco tardío y con los inicios del neoclasicismo. Iniciado en Francia hacia 1730 como estilo arquitectónico y decorativo, se difundió a toda Europa también en el campo de la escultura y de la pintura, hasta 1760 aproximadamente. La característica del rococó es su tendencia a negar la forma arquitectónica revistiéndola con un juego caprichoso y ligero de estucados, molduras doradas, festones, volutas caprichosamente enlazadas, etc., junto a la búsqueda de ritmos dinámicos, refinados y de una delicadeza afectada. En Francia el rococó tuvo escasa aplicación en el exterior de los edificios (al contrario de lo que sucedió en Alemania y en Austria), pero alcanzó sus expresiones más refinadas y valiosas en la decoración y mobiliario de los interiores, con Vassé y Oppennordt, los más importantes artistas del estilo Regencia, y posteriormente con Pineau, Messonier, Boucher, Curvillés y Watteau, representantes del período culminante del estilo rococó. En Inglaterra y en Italia, por el contrario, el rococó tuvo escasa difusión. En España las obras más destacadas son el Salón de porcelana del Palacio Real de Madrid y el palacio de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. Las primeras proyecciones arquitectónicas del espíritu reformista de la Ilustración se produjeron en un contexto en el cual el barroco seguía vivo como estilo. La fundación en 1764 de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País se puede señalar como el hecho visible más significativo de una voluntad regeneradora que deseaba acometer la transformación de la sociedad de su tiempo. Una de las primeras intervenciones arquitectónicas que se produjeron bajo el reformismo político e intelectual fue la que, de la mano de Ventura Rodríguez, se manifestó en la fachada de la iglesia de San Sebastián de Soreasu (Azpeitia, Gipúzkoa, 1771), aunque el arquitecto que ejerció la dirección de la obra fue Francisco de Ibero. La primera obra de envergadura acometida por un arquitecto vasco dentro de la nueva estética fue la plaza Nueva de Vitoria-Gasteiz (1781-1791), realizada por Justo Antonio de Olaguibel. Sin embargo, el arquitecto que dejó una huella más profunda fue el aragonés Silvestre Pérez, de quien destacan la realización de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (Mutriku, Gipuzkoa) y los proyectos de Santa María de Bermeo (1807), éste en colaboración con Alejo Miranda, y del Puerto de la Paz para Bilbao, también de 1807. Finalmente, el neoclasicismo fue un movimiento artístico y literario desarrollado en Europa en la segunda mitad del siglo XVIII por el pensamiento iluminista, que aspiraba a restaurar el gusto y normas del clasicismo. El neoclasicismo se caracteriza por el retorno a formas clásicas griegas y romanas estudiadas crítica e históricamente, y asumidas como norma de perfección estética y moral, y por la búsqueda teórica de un fundamento racional y universal de la belleza. Los principales exponentes del neoclasicismo fueron, en pintura: Mengs, David, Appiani, Camuccini, Benvenuti, Agricola; en escultura: Canova, Houdon, Pradier, Thorvaldsen, Dannecker, Schadow; en arquitectura y urbanismo: Canova, Piermarini, Pollack, Cagnola, Valadier, Quarenghi, Percier, Nash, Soane; en grabado: Piranesi. El neoclasicismo influyó también de manera notable en la decoración (estilo imperio), así como en la orfebrería. 13. Economía y sociedad en la España del siglo XVI 13.1. Introducción Durante el siglo XVI, la monarquía española va a protagonizar un despliege exterior, que bien puede calificarse de mundial y que es, sin lugar a dudas, el mayor de toda su historia. El descubrimiento de América, con la herencia paterna de Carlos V y la posterior incorporación de Portugal y todo su imperio ultramarino van a dar a la monaarquía hispana unas proporciones colosales, que le van a exigir grandes esfuerzos materiales y humanos para mantener su dispositivo de comunicaciones, seguridad y defensa de sus intereses sin parangón posible hasta entonces. Como primera realidad se hace patente que la economía española no estaba en condiciones de asumir todas las exigencias de la demanda americana, fomentar la riqueza interior del nuevo continente y de la península y costear los cuantiosos gastos militares originados por semejante despliegue exterior. Objetivos que solo podrá atender gracias a una cuantiosa aportación de metales preciosos procedentes de América, cuya influencia sobre la economía española resultará baldía, si no perjudicial pues no hay inversión ni tesaurización interna al irse todo en gastos militares y compras al extranjero, de forma que el oro y la plata americana se convierten en las muletas de un gigantesco imperio, aplazándose las desastrosas consecuencias de una equivocada política económica, imposible de modificar por las cuantías de unas guerras improductivas que atrapan al Erario Público en déficit constantes, obligando a los reyes a recurrir a procedimientos onerosos para atender sus altos y frecuentes compromisos económicos.El resultado se haría patente un siglo más tarde, cuando la posición alcanzada se tambalea, aunque ya a finales del siglo XVI había indicadores alarmantes que anunciaban lo perentorio de un cambio de rumbo. 13.2. El potencial demografico El predominio rural que presenta la población española en este siglo –y en los siguientes, así como el régimen que la regula hacen de España, demográficamente habando, un país similar a cualquier otro de Europa, sometidos todos ellos al régimen demográfico de tipo antiguo, caracterizado por natalidad y mortalidad elevadas (con una fuerte mortalidad infantil y frecuentes azotes de mortalidad catastrófica –epidemias, hambres, guerras, etc.-) y corta esperanza de vida, que sitúan el índice de reemplazamiento cerca de la unidad y se ve a menudo amenazado pòr crisis favorecidas por la escasa higiene pública y privada y los pocos avances de la medicina. Según los datos que poseemos, poco fiables, lo más probable es que la península Ibérica (incluido Portugal, por tanto) tuviera en los inicios de la última década del siglo XV en torno a los 6.250.000 habitantes, de ellos el 63% pertenecían a la corona de Castilla, el 15% a la de Portuga, mientras la de Aragón no pasaría del 13%. Un siglo más tarde, los españoles acanzaría la cifra de 7.880.00, que se repartirían así: 6.145.000 castellanos 1.135.000 aragoneses, 150.000 navarros, 200.000 vascongados y 50.000 canasrios. La comparación de las dos cifras globales muestra un crecimiento claro, sustentado en una natalidad muy alta (entre el 35 y el 40 por mil; a veces, inclso e 50), contrarrestada por una elevada mortalidad, dentro de la cual –ya lo hemos apuntado-, la infantil y la catastrófica hacen aportes nada desdeñables, pues crisis demográficas producidas por malas cosechas y epidemias se suceden a lo largo del siglo, presentando mayor virulencia los años 1507-1508, 1521-1523, 1530, 1539-1540, 1557-1558, 1565-1566, 1580, 1590 y 1597-1600. Dichas crisis se sadaban con índices altísimos de mortalidad, hasta el extremo de que ciudades o zonas muy pobladas podían perder desde un cuarto hasta la mitad de sus habitantes, como sucede en Zaragoza en 1565. También parecen evidenciar las cifras anteriores que Castilla posee una mayor vitalidad que la corona aragonesa, en el sentido de que aquélla recupera sus efectivos demográficos e inicia un crecimiento con mayor decisión que Aragón, que tarda más en recuperarse de la crisis provocada por la peste negra (1348-1350), pues no alcanzaría los niveles anteriores a la epidemia hasta fines del siglo XVI, prácticamente. Así se explica que Castilla crezca en torno a un 60%, mientras la corona de Aragón y Navarra se mueven en cifras situadas entre un 25 y un 30%. Por eso se puede decir que el comportamiento demográfico es uno de los elementos que durante el siglo XVI contribuye a la “castellanización” de la monarquía. También hemos de tener en cuenta que esas cifras generales no responden a un comportamiento homogéneo, sino que ocultan grandes diferencias entre unas zonas y otras. Por lo que se refiere a la población urbana, Barcelona , Sevilla, Granada y Valencia eran los núcleos más poblados a principios del siglo y no pierden su importancia en su transcurso. Sin embargo, en la dinámica demográfica se introduce un elemento nuevo, que es el que la población deje de distribuirse por razones de índole política o religiosa y lo haga por motivaciones económicas o factores naturales, lo que da como resultado que salvo Barcelona, Zaragoza y Valencia, los demás centros urbanos de importancia se localicen en Castillla, sobre todo en Andalucía, destino de los movimientos migratorios más sustanciales, debido a la repoblación de los territorios conquistados en el sur, el reino nazarita de Granada y el señuelo de América. No obstante, esta zona iba a sufrir una merma poblacional de 270.000 individuos, que fueron los moriscos dispersados por Castillatras tras acabar con la sublevación de las Alpujarras de 1568-1570. Por lo demás, aún ignoramos mucho de las emigraciones, incluida la que tenía como destinoAmérica, presente a lo largo de todo el siglo, pero que adquiría verdadera importancia a partir de mediados de la centuria. Otros factores son todavía más desconocidos por ser más difíciles de evaluar, como las pérdidas originadas por la actividad bélica. En síntesis, se puede decir que el crecimiento de población castellano fue predominantemente urbano, con el desarrollo de ciudades debido a factores totalmente nuevos (comercio colonial, capitalidad, etc.) y, así, Sevilla alcanza a fines de siglo los 100.000 habitantes. Toledo y Granada superaban los 50.000 y 30.000 tenían Valladolid, Segovia, Córdoba y Jaén. 13.3. Panorama económico Nuestra economía va a ser la primera de Europa en verse alcanzada por la denominada revolución de precios, fenómeno inflacionista que a mediados del siglo XVI fue imputado por Azpilicuenta y los teóricos salmantinos a las cantidades desorbitadas de metales preciosos que llegaban de América. Ello va a tener una influencia determinante en el desarrollo económico español, por más que la inflación entre nosotros sea más crediticia que monertaria, toda vez que la balanza comercial deficitaria (las materias primas que exportábamos no compensaban los productos manufacturados que importábamos), los pagos en metálico del Estado, los gastos de la aristocracia para mantener un lujo y boato descabelllado, la frecuencia de los asientos y juros y los elevados gastos militares hacían que España fuera lugar tan solo lugar de paso del oro y la plata procedente de Ultramar, sin posibilidades reales para invertir. No hay unanimidad a la hora de cuantificar los metales preciosos llegados de América, manejándose unas cifras y flujos en los que todavía hay parte librada a la estimación, lo que hace que las series de datos establecidas sean estimación. En términos generales, sabemos que los envíos aumentaron claramente a partir de 1561, cuando se impone el predominio exclusivo en las importaciones de metales preciosos americanos, culminando el quinquenio final del siglo, al que sigue un período de estancamiento y descenso, para recuperarse a partir de 1656 y hasta 1680. La agricultura es la actividad predominante en una economía de tipo antiguo, como la española de entonces. La posesión de la tierra es, pues, un factor clave tanto económico como social. Una tierra que es disfrutada en diversos tipos de tenencia y propiedad, en los que podemos distinguir las posesiones de la Corona o realengo, las de los municipios, las de la nobleza y la Iglesia (mayorazgos y señoríos) y las no vinculadas, que eran las que entraban libremente en el juego de la oferta y la demanda, pertenecientes a propietarios urbanos y campesinos. En el conjunto total, este último grupo era el de menor volumen. Lo que unido al incremento de la demanda de alimentos por el progreso demográfico y el crecimiento urbano exigió aumentar la producción agrícola, lo que se hizo aumentando la superficie de cultivo. Ello llevó a una revalorización de la tierra y al aumento de su renta. Así, en el siglo XVI se genera una demanda de tierras (en cuya posesión muchos veían un camino hacia el ennoblecimiento). El aumento de las tierras disponibles en el juego económico se produce fundamentalmente a costa de las tierras de realengo (la Corona empezó la venta de baldíos hacia 1537 y la intensificó después de 1580) y municipales (que pierden su carácter comunitario por venta o apropiación indebida). Sin embargo, en el período 1570-1580 se produce el inicio del cambio en la coyuntura agraria, pues la producción general desciende y ante los malos rendimientos de las tierras marginales, muchas de ellas se abandonan por no ser rentables. En la agricultura, parece advertirse en la primera mitad del siglo, poco más o menos, una tendencia de signo positivo, gracias a una coyuntura favorable auténticamente excepcional. En la segunda mitad, cuando América ya era autosuficiente y el alza de precios dejaba sentir su peso, la tendencia agrícola española cambia de signo. La subida de los precios de semillas, aperos y demás encarecen la producción, y la Corona, para proteger al consumidor , impuso una tasa en el precio de trigo, que desde 1539 sería permanente, si bien los precios tasados variaban en función de la oferta o lo que es lo mismo, de la bondad de la cosecha. A pesar de todo, se dificulta crecientemente la situación del campesinado, incapaz de aumentar sus ingresos al mismo ritmo que se incrementaban los costes. Así se explica que la producción bajara y se produjera un absentismo creciente de cultivadores que facilitaba la concentración latifundista nobiliaria y la disminución del área cultivada, con lo que aparece el mercado negro y el fantasma del hambre. Factores que se agudizarán con el paso de los años, sobre todo en el siglo XVII. Por las condiciones de cultivo (régimen de año y vez, carencia de abonos y herbicidas, etc.), los rendimientos cerealísticos no podían ser altos (en torno a los seis quintales por hectárea). Ante la imposibilidad de un autoabastecimiento constante y permanente, es necesaria la importación de trigo, procedente de Sicilia, Nápoles, Milán y, ya mediado el siglo, del norte de Europa. Junto con los cereales, otros productos importantes de la agricultura española eran el olivo y el viñedo, la clásica triada mediterránea. Ante semejante panorama, la Corona no hizo nada realmente serio para proteger la agricultura: antes bien, su interesada protección a la ganadería lanar, parece indicar lo contrario. Una ganadería que tenía en la Mesta la poderosa institución celadora de sus intereses con el beneplácito del Estado, que tenía en los beneficios de la exportación de lana su jugosa contrapartida. Sin embargo, parece que el ganado meseteño reduce sus efectivos y las 2.850.000 cabezas, aproximadamente que había en la segunda década del siglo, son ya menos de 2.000.000 en torno a 1560. Una crisis que la Mesta quiere evitar y corregir, infructuosamente, presionando sobre los pastos comunales, tradicionalmente reservados a la ganadería estante, de cuyo número no tenemos cifras precisas. La producción industrial estaba dominada por los gremios. Durante el siglo XVI, el desarrollo de nuestra industria deja mucho que desear a tenor de las exigencias económicas del momento. Es más, la actitud proteccionista, probablemente, no es más que una muestra de la decadencia del ramo, acentuada por lo caro del transporte interior y las aduanas interiores. En líneas generales, se puede afirmar que la producción artesanal creció hasta la década de 1580; después presenta indudables síntomas de desaceleración, anunciando la crisis. La producción lanera coloca a la industria pañera a la cabeza del sector, pero aunque se vio animsada por la demanda americana, nunca llegó a alcanzar el presumible en el plano internacional, primero porque Carlos V favoreció a la de su tierra a costa de la castellana y, luego, porque el alza de precios y la mediocre calidad de sus productos, entre otras cosas, no generan la demanda adecuada. Los centros de producción destacados eran Toledo, Segovia, Cuenca y Córdoba y entre 1540 y 1590 vive unos años de signo favorable. Toledo, Granada y Valencia mantenían una actividad considerable en la industria sedera, de tradición musulmana, pero el sector se vio perjudicado por las leyes que limitaban a las clases superiores, ciertos usos y prácticas consideradas de lujo. Por el contrario, otra industria también de tradición musulmana, la de curtidos, se vio favorecida por la abundancia de materias primas americas. Vizcaya era el núcleo principal de la fundición de hierro y de la industria naviera. En conjunto, a lo largo del siglo XVI, la industria española se debilita, viéndose algunas veces perjudicada por medidas poco afortunadas, como la de 1548, que al tiempo que cerraba la exportación de los tejidos españoles, permitía la importación de los extranjeros. En el decaimiento de nuestra industria pudo influir el inferior nivel tecnológico respecto a la Europa más avanzada, la escasa organización y la ausencia de inversión decidida por parte del sector publico o de la iniciativa privada. Por lo que se refiere al comercio, hay que señalar de entrada que estaba basado en la exportación de materias primas y la importancia de productos manufacturados, con lo que se generaba una balanza comercial desfavorable, por ser estos útimos más caros qe aquéllas. La estructura comercial se basaba en los mecanismos cuatro fachadas marítimas especializadas: la de la corona aragonesa se orienta al intercambio mediterráneo; la alicantino-murciana que drena los productos laneros de Cuenca y Toledo e importa los italianos; desde Cádiz a Málagala actividad se canaliza hacia Indias, y la fachada cantábrica relaciona los centros de Bilbao, Burgos y Valladolid con el norte de Europa. Por lo que respecta a los productos, la lana encabezaba las exportaciones (dirigida a Flandes, Francia e Italia, principalmente); le seguía la sal, cuyo comercio controlaba la Corona mediante almacenes especiales; el aceite de oliva venía a continuación y se canalizaba para satisfacer por sus necesidades industriales la demanda de Holanda, Inglaterra y Francia desde Andalucía y Mallorca. Más atrás, venían dos colorantes procedentes de México, la cochinilla y el añil, y cerraba la relación de los productos destacables el hierro, cuyo principal destino era Francia. La contrapartida más significativa a estas exportaciones la daban las importaciones siguientes: tejidos flamencos y franceses, pertrechos navales, pescado de altura y trigo, principalmente. En la dinámica comercial, se observa una disminución de rutas y de tráfico en la España mediterránea, de la que saldrá particularmente afectada Cataluña, donde el espíritu de empresa era superior al resto del país. En cambio, la ruta costa cantábrica-Flandes mantiene una situación privilegiada dentro del continente hasta 1568, momento en que la sublevación flamenca obliga a abrir una ruta alternativa por Barcelona, Génova y el Franco Condado. Pero, sin lugar a dudas, la gran dimensión comercial española es la establecida por América. El comercio interior estaba dominado por las comunicaciones terretres, dado el difícil aprovechamiento de la navegación fluvial. Tres rutas parecían concentrar la mayor parte de la actividad: la de Madrid-Andalucía, la de Barcelona-Zaragoza-Madrid-Toledo y la de Santander-Laredo-Bilbao hacia Burgos-Valladolid-Medicina del Campo, con ramales a Segovia-Madrid y Ávila-Toledo. La parte fundamental de la red rutera la constituían 18.000 Km, poco más o menos, en gran parte sobre trazado romano. Galicia y Extremadura eran las regiones más aisladas. Denominador común de toda la red era el lamentable estado de los caminos . En cualquier caso, el comercio con América, la denominada “carrera de Indias ” (a la que acaban por incorporarse los catalanes a través de Sevilla, Cádiz, Lisboa y Gibraltar) es fundamental no solo en lo relativo al comercio exterior hispano, sino también en el comercio interior repercute en el plano hacendístico y militar y en toda la economía europea se nota su incidencia, tanto por la demanda como por la exportación de metales preciosos. Este comercio, al que la Corona quiere mantener en régimen de monopolio, se pretende organizar y controlar a través de la Casa de Contratación, establecida en Sevilla en 1503. En 1529 Carlos V autorizó a diez puertos de Castilla a enviar libremente productos a América, pero al regreso los navíos tenían que dirigirse a Sevilla. Parece que tal sistema no fue muy efectivo y no queda totalmente derogado hasta 1573, si bien la tendencia monopolística se consolida en torno a Sevilla, sobre todo, a raíz del establecimiento del sistema de flotas hacia 1560. A lo largo del XVII, Cádiz, de condiciones portuarias muy superiores a Sevilla, irá desplazando a ésta. En la relación comercial con América, atendiendo al tonelaje de los navíos, se ha distinguido una primera etapa, que coincide, casi, con el siglo XVI (1504-1604), claramente expansiva, aunque el aumento no es constante ni progresivo, pues a la expansión inicial (1504-1550), sucede una recesión pronto superada (1550-1562), que da paso a un nuevo período expansivo. 13.4. La dinámica social En cuanto a la sociedad , su organización era estamental y así permanecerá a lo largo de la Edad Moderna, como en el resto del continente. El carácter de dicha organización suponía que la ley reconociera la existencia de estamentos, entendiendo por tales los grupos de individuos que tienen un nacimiento afín, unos mismos privilegios, leyes y principios jurídicos, sin que en la diferenciación de unos y otros intervenga el nivel económico, al menos en teoría. Dichos estamentos son tres: nobleza, clero y estado llano; los dos primeros eran los privilegiados, poseedores de todos los derechosy con capacidad para eludir casi todos los deberes; el estado llano o tercer estado soportaba todas las cargas y deberes y estaba en una clara inferioridad respecto a los otros dos. Esta sociedad presenta una dinámica nacida de las peculiaridades de la vida española y de la actitud de la Corona respecto a la significación de esos estamentos en la órbita del Poder y en sus dimensiones socio-económicas. Captada muy pronto por el atractivo de los ideales que sustentaban la filosofía política del Imperio y de la defensa de la catolicidad, la sociedad española va a ser poco permeable a las nuevas ideas religiosas y no escatimará esfuerzos en la defensa exterior. Pero en su seno anidan los contrastes nacidos de una fuerte tensión interna que se proyecta en el arte y la literatura, manifestaciones tan logradas que han permitido hablar de un Siglo de Oro, sobre todo en relación con las letras; siglo que, en rigor, superaría en mucho los cien años en los que nuestra cultura, dominada por las ciencias del espíritu, brilla con luz especial y única, ante la que palidecen las manifestaciones de cualquier otra época. Como acabamos de apuntar, la organización de nuestra sociedad en este periodo se inscribe plenamente en el tipo de sociedad estamental caracteríco del característica del Antiguo Régimen lo que significa la existencia de estamentos diferentes, cuya diferenciación en teoría viene marcada por su distinta condición ante la ley, aunque en la práctica el nivel de riqueza no carece de operatividad. Los estamentos privilegiados se distinguen del plebeyo por gozar de privilegios penales (no pueden ser torturados, ni sometidos a penas infamantes, ni ser encarcelados por deudas…), fiscales (no pagan impuestos) y honoríficos, aunque son los fiscales los que encerraban mayor capacidad definitoria, ya que el ennoblecimiento permitía al plebeyo soslayar la presión fiscal, lo que nos puede dar una de las claves del interés por la compra de títulos nobiliarios. Factor social de primera importancia en la época fue la llamada “limpieza de sangre”, pues se consideraba deshonroso descender de musulmán, judío o penitenciado por la Inquisición, el tribunal encargado de velar por la pureza de la fe. Ser “cristiano viejo” es un honor , que distingue de los “cristianos nuevos” (conversos y descendientes de conversos recientes) y permite el acceso a muchas instituciones que exigen a sus miembros probar previamente la limpieza cristiana de su linaje. La significación socio-económica de los tres estamentos era muy desigual. Los estamentos privilegiados poseían una gran importancia real dentro del país, aunque numéricamente sus efectivos eran pocos, ya que la nobleza suponía entre el 1’5 y el 12% de la población, según las zonas, y el personal eclesiástico era algo menos numeroso, mientras que el poder económico de ambos resultaba tremendo. El resto de los habitantes españoles, en torno al 80-85%, eran los componentes del estado llano, en el que había una aplastante mayoría de campesinos (sobre el 85%), una escasa y embrionaria clase media y una poco representativa población industrial, casi todos ellos con muy pocos medios de supervivencia. La aristocracia estaba formada por los nobles y las altas dignidades eclesiásticas, que por lo general se cubrían por segundones de las grandes familias nobiliarias. En la cúspide nobiliaria nos encontramos a los grandes, categoría confirmada por Carlos V en 1520, a los que el soberano llamaba primos y podían sentarse y estar cubiertos delante del rey; en la época del emperador había unos verinticinco; por debajo de ellos estaban los títulos del reino, posesores de las dignidades nobiliarias más caracterizadas (duque, marqués, conde, vizconde y barón) a lo largo del siglo; el número de ambos grupos fue aumentando para llegar a los 130 ó 140 en el reinado de Felipe III. Más abajo estaban los gentileshombres o caballeros; componían la nobleza no titulada (no poseían el título de conde, como mínimo); de alguna forma se les puede asimilar la nobleza ciudadana, de procedencia burguesa, lo que significa que han salido de tercer estado, de entre los plebeyos. Mención especial hay qe hacer del hidalgo, el nivel inferior de la nobleza, especialmente numeroso en el norte de la península y cuya situación económica era muy precaria: en conflicto permanente entre sus pretensiones sociales y sus medios reales de vida, resulta un porcenaje contradictorio de profundo eco literario, normalmente satírico. La fortuna de la aristocracia era enorme. Su riqueza descansaba en la propiedad de la tierra mediante dos instituciones garantes de su priviegiada situación: el señorío y el mayorazgo; la percepción de rentas en especie le permitía capear las consecuencias desfavorables de la inflación; por otro lado, la desvalorización de las rentas fijas pudo ser compensada mediante el ejercicio del poder público, medio para corregir también las disminuciones de otros ingresos, especialmente los que recibían por razón de los monopolios señoriales. En algunas regiones de la Monarquía, su poder era especialmente significativo, como ocurría en tierras andaluzas (Duques de Medina-Sidonia y Medinaceli, Conde de Cabra, etc.), murcianas (los Fajardo) o salmantinas (Duques de Béjar y Alba, etc.), por citar unos casos significativos. El poder de la nobleza, especialmente el económico, se vio favorecido por factores diversos, tales como la permisividad de la Corona, que consiente su predominio económico porque ha cercenado su influencia política, la concentración de la propiedad nobiliaria, como consecuencia de frecuentes enlaces matrimoniales, la adquisición de tierras vendidas por campesinos incapaces de hacer frente a los gastos de explotación. Por otra parte, se estima que el número de eclesiásticos se situaría entre los 80.000 y los 100.000, de los que la mitad, aproximadamente, perrteenecían al clero regular. Los obispos se reclutaban preferentemente en el clero secular (dos de cada tres). En Castilla la Nueva y Andalucía se encontraban los obispados y arzobispados más importantes, algunos de los cuales poseían propiedades de entidad que les proporcionaban jugosos ingresos. El hecho de que muchas de estas dignidades se cubrieran con miembros de las grandes familias nobiliarias y que, además, se vincularan a cargos y puestos políticos, provocó el absentismo de muchos de los titulares de arzobispados y obispados, con el consiguiente perjuicio para las dimensiones institucionales y pastorales de la Iglesia. Muy codiciadas por ofrecer un reclutamiento más abierto y, en consecuencia, resultar más accesibles, eran las plazas capitulares de las catedrales y colegiatas, cuya cuantía se calcula en unas 7.000. Quienes las alcanzaban podían sentirse satisfechos y darse por contentos, pues estaban mucho mejor que el conjunto de prebendados y, sobre todo, de curas párrocos, algunos de los cuales arrastraban una vida tan miserable como sus feligreses campesinos más horizontes que los ensombrecidos por su dependencia de una agricultura nada generosa y de perspectivas miserables. Por lo que respecta al clero regular, tenemos que las órdenes mendicantes contaban con una ubicación preferentemente urbana; los franciscanos eran sus componentes más populares y numerosos, bastante más, incluso, que los dominicos, que eran los que les seguían en número. Por su parte, las órdenes monacales conservaban los monasterios más antiguos y prestigiosos, en especial los benedictinos, seguidos de jerónimos y cartujos. Además, en el siglo XVI aparece el clérigo regular, que se caracteriza por desentenderse un tanto de las prácticas comunitarias de la orden y buscar una inserción más directa en la sociedad para participar en todas sus manifestaciones; el ejemplo más característico lo constituyen los jesuitas, fundados por San Ignacio de Loyola en 1540, enfrentados en los momentos iniciales de su existencia con dificultades que al ser superadas permiten a la orden mantenerse y consolidarse en unas actividades, entre las que destacan las misionales y las docentes de humanidades entre los hijos de las clases privilegiadas. Los capuchinos fueron otra novedad, procedentes de tierras italianas. Al igual que la nobleza, la Iglesia también poseía una riqueza enorme, constituida por tierras y casas que habían llegado gracias a donaciones de los fieles, práctica que se había mantenido a través de los siglos; en sus ingresos tenían un destacado papel los diezmos, una carga más que recaía sobre el famélico campesinado y que contribuía a consolidar la imagen de un clero acomodado y satisfecho, que además gozaba de un fuero especial, que le confería una cierta independencia. La holgura material de la vida eclesiástica actuó como reclamo sobre ciertos sectores de la población, suscitando muchas vocaciones, cuando menos, dudosas, lo que unido a la vida poco edificante de no pocos clérigos favorece la difusión de una actitud anticlerical con claras manifestaciones satíricas, al tiempo que en ciertos ambientes surge y se confirma un deseo de reforma eclesiástica, que con Cisneros ya apunta de forma decidida y se consolida irrerversiblemente a raíz del concilio de Trento y la aplicación de sus acuerdos. A la vista de lo expuesto, fácilmente se comprende que existiera un abismo de distancia entre la situación de los privilegiados y el resto de la población, distancia legal y económica. Ese vacío lo cubrían las clases medias o medianos, como se les llamaba en la época, pero en la España de entonces, éstos brillaban por su ausencia; su número era muy escaso, prácticamente irrelevante, máxime desde que fueran expulsados los judíos, cuya expulsión fue lamentable, no tanto por la cantidad, como por la calidad de los expulsos y lo que proporcionalmente significaba en el conjunto de la población, dada la índole de sus ocupaciones en un contorno dominado por las actividades agrarias. En los escalones inferiores de la jerarquía social nos encontramos a los sectores humildes, que eran los que proporcionaban la mayoría de los efectivos demográficos, carecían de privilegios, vivían mayoritariamente en los medios rurales y en los límites de la subsistencia y la marginación, pues sus precarias condiciones de vida les movían a algunos a practicar algún oficio como medio para como medio para complementar sus ingresos y empujaba a otros a niveles casi de marginación (vagabundos, mendigos, temporeros,…) en la que vivían habitualmente, de forma más o menos declarada, grupos tales como los gitanos, esclavos, vagos y demás. Ellos nutrían las filas de los delincuentes, algunos de cuyos efectivos dan vida a un bandolerismo, que se hacía notar, sobre todo, en tierras andaluzas, levantinas y catalanes. Sin lugar a dudas, ésta era la dimensión más llamativa de un fenómeno que tenía múltiples manifestaciones, desde la ratería o el hurto insignificante hasta el asesinato o la lesa majestad, sin olvidar aquellos delitos que eran asimilados a pecados o que podían caer bajo la jurisdicción de tribunales especiales, como los de la Santa y General Inquisición, celosa guardia de la ortodoxia y de la salud espiritual de la sociedad, basando su actuación en el secreto del sumario, en la ejemplaridad del castigo y en la reparación de la falta cometida mediante recursos tan espectaculares como sobrecogedores, en los que el Auto de Fe se lleva la palma: algo que ha sido definido gráficamente como la “pedagogía del miedo”. El rigor inquisitorial hizo que hasta algunos santos se vieran amenazados y que se suscitarán sonados procesos, como el de Bartolomé Carranza, uno de los arzobispos de Toledo, encarcelado en 1559. Y si la mayoría de estas gentes vivían de, en, por y para el campo, en los núcleos urbanos había ciertos núcleos que se habían desvinculado por completo de las prácticas agrarias y vivían de otras actividades: tales eran los artesanos, comerciantes, menestrales, obreros de diversa índole, etc.; pero en conjunto, este variopinto mundo era de proporcioneslimitadas, pero no irían más allá del 12% del total de la población. 14. Economía y sociedad en la España del siglo XVII 14.1. Introducción Al siglo XVII se le viene considerando como un siglo de crisis, cuyos rasgos más visibles son un retroceso político y una clara decadencia económica, que la visión más tradicional sitúa en su punto culminante durante el reinado de Carlos II. Sería, pues, en este período cuando los factores negativos tocarían fondo, aunque últimamente parece apuntarse un cambio de visión, desplazando la crisis hacia años más tempranos del siglo. En términos objetivos, tal vez sea en el plano económico donde esa visión negativa tenga mayor aplicación, toda vez que en su dispositivo internacional. España solo experimenta pérdidas territoriales de escasa entidad, si exceptuamos la recuperación de su independencia por Portugal, hecho que, por lo demás, no causó ninguna mella en la opinión española. De manera que en 1700, España mantenía un despliegue internacional muy parecido al que tenía en 1570. Es más, también se advierten en el siglo XVII unos síntomas en la economía, que hablan de recuperación. Tales indicios recuperadores se situaron primeramente hacia 1680, para adelantarlos más recientemente a mediados de la centuria, cuyas dos últimas décadas se consideran la preparación y pórtico de la estabilidad y expansión posterior. Entre las causas que se han dado para explicar la decadencia , se ha puesto el acento de modo especial en la escasa o nula adaptación de los españoles a los métodos capitalistas, aduciendo el carácter tradicional de la mentalidad aristocrática, que considera el trabajo denigrante para su clase, y el elevado número de eclesiásticos que merma también el potencial de la población activa, sostenidos ambos estamentos –nobleza y clero- en sus posturas por la sólida base que les proporcionan sus propiedades, señoríos, msayorazgos y bienes de manos muertas, como se denominaba a los de la Iglesia. Recientemente se ha descartado o matizado el valor negativo determinante de las actitudes mentales, ya que se percibe una clara modernidad en algunos sectores y se destacan otros elementos de gran peso en la economía peninsular; en especial los climatológicos, la inflación generada por el oro y la plata americanos, aunque ahora son más escasos, y las importaciones de mercancías extranjeras. 14.2. La dimensión demográfica de la crisis Todavía nos falta mucho para tener un conocimiento aceptable de la población española en el siglo XVII. Sobre los datos que disponemos y las tendencias que apuntan se apoya la tesis más generalizada, que sostiene la disminución de los habitantes hispanos a lo largo de la primera mitad del siglo, para alcanzar dicha tendencia sus cotas más bajas en la década de los años 1650 e iniciarse a partir de 1660 una suerte de recuperación, lenta y desigual, que llevaría a fines de siglo a situar la población española en valores similares a los de cien años antes, aunque ahora las zonas más pobladas serían las regiones periféricas, que arrebatan a las zonas centrales e interiores castellanas la supremacía demográfica que habían mantenido hasta entonces. Es preciso destacar que las tendencias registradas en el siglo XVI ahora se invierten y lasw zonas periféricas se muestran mucho más dinámicas en la recuperación que las interiores castellanas. Se calcula que los españoles existentes a mediados de siglo estaban en torno a los 6.500.000 y superaban los 8.000.000 a comienzos del siglo XVIII. Tal población conservaba su carácter predominantemente rural, con pocas ciudades por encima de los 30.000 habitantes, como era el caso de Madrid, Sevilla, Barcelona, Valencia, Córdoba y Zaragoza : en la segunda mitad del siglo el crecimiento urbano tiene unas dimensiones más modestas, tónica general en la que Madrid y Cádiz son una excepción, merced a su crecimiento más dinámico. También en el siglo XVII los factores demográficos negativos se mantienen operativos, con un grado de unanimidad superior al del siglo precedente. Migraciones, guerras, epidemias y hambres suman sus dramáticos efectos. En el caso de la guerra, España va a tener muchos de sus territorios convertidos en campos de batalla entre 1640 y 1713, debido a la sublevación de Portugal y la guerra subsiguiente, la revuelta catalana, la guerra contra la Francia de Luis XIV y la guerra de Sucesión; una intensa actividad militar que produjo pérdidas humanas y materiales, disminución de la natalidad y graves daños económicos. Por lo que respecta a las epidemias, las más demoledoras las de peste, que actuaron en 1596-1602, 1647-1652 –la más letal de todas- y letal de todas- y la de 1676, que se presenta unida a calamidades diversas, prolongando su acción hasta 1685. La movilidad demográfica viene determinada por las exigencias militares, el poblamiento indiano y los desequilibrios económicos interregionales, que son los elementos que, por otro lado, posibilitan la redistribución de la población en beneficio de las zonas periféricas. Y no podemos olvidar las crisis de subsistencias, generadoras de hambre y malestar, favorecedoras de la conflitividad, que se suceden con mucha frecuencia, en relación directa con los desarreglos climatógicos y con incidencia grave en los precios del grano. Valga como muestra la serie siguiente: en Castilla la Vieja se produce una sequía generalizada en 1606, seguida de un crudo invierno dentro de una fuerte extremosidad climática que puede explicar la subida de precios entre 1664 y 1669. En 1668 la sequía alcanzó a Valencia; en 1670, a Cataluña, y en 1671, a la mayor parte de España… Esta es la tónica dominante que se agrava en 1680, el peor año de la segunda mitad de siglo, pero en él coinciden los efectos de tres malas cosechas seguidas, de la devaluación de la moneda, de la peste en el sur, de las lluvias torrenciales y granizadas otoñales y del terremoto de octubre. 14.3. La dimensión económica de la crisis Los distintos sectores de la economía van a acusar, en diferente medida, el signo negativo de los tiempos. La misma evolución del régimen de propiedad tiene indudables consecuencias: la reducción de las tierras públicas, reales y municipales, incide negativamente en la vida rural, favoreciendo los despoblados con la marcha de los campesinos hacia otros lugares; igualmente el empobrecimiento de los comunales ayuda a la concentración de la propiedad, el absentismo de los propietarios aumenta y a todo ello hay que añadir la denominada “reacción señorial”, por más que ésta sea un fenómeno matizable. En lo que a la agricultura respecta, las dificultades climatológicas (sequías, inundaciones, heladas, etc.), las consecuencias de la inflación, la elevada altitud, la fácil erosión, las pocas posibilidades de irrigacióny la misma naturaleza del terreno son los factores que obstaculizan la producción rural. La zona más rica, considerada agrícolamente, es la franja litoral de Valencia a los Pirineos y de aquí, al Atlántico, pero no disponía de tierras suficientes para el alimento humano, al contrario que otras zonas de peores condiciones, en las que una buena cosecha podía resolvermuchos problemas en los años siguientes. En general la producción agraria no alcanzaba para el abasto de la población, hecho que se a las rudimentariastécnicas empleadas y a un utillaje igualmente poco evolucionado. Pese a todo, la producción de grano parece ir en aumento desde mediados de siglo, lo que posiblemente se debe al aumento de la superficie cultivada merced a tres procesos principales: las usurpaciones de tierras comunales que llevan a efecto nobles y oligarquía municipales, las ventas de baldíos por la Corona y la conversión de tierras comunales en roturadas para satisfacer con su producto los gastos municipales excepcionales. Del inmovilismo de nuestros planteamientos agrícolas habla el hecho de que la introducción de plantas americanas no pasará de ser una curiosidad, salvo en Galicia, donde el maíz alcanzó un cierto desarrollo. Por su parte, la ganadería experimenta un retroceso generalizado que refleja muy claramente la Mesta: en 1633 se encontraban con facilidad rebaños que tenían 50.000 cabezas; en 1680, apenas si había algunos que pasarande las 10.000. Semejante decadencia de la ganadería trashumante debió favorecer a la ganadería estante, pues los municipios insisten en sus derechos de rastrojera y barbechera y casi todas las poblaciones disponían de una dehesa boyal. En cuanto a las demás especies, el cerdo era muy abundante en el Pirineo, Extremadura y los litorales atlántico y cantábrico. Bueyes, caballos, asnos y mulos, desigualmente repartidos, se utilizaban para toda clase de trabajos. La industria ve agravarse en el siglo XVII el proceso de paralización con que se había cerrado el siglo anterior. Una situación crítica de la que parece empezar claramente a partir de 1680, pues desde entonces hay síntomas de mejora, aunque tal vez tengamos que ser cautos en la valoración de esos indicios, pues se producen en una industria muy deprimida. La lana se mantenía como sector industrial más importante y el principal estímulo para la producción lanera era la demanda exterior, originándose una controversia sobre la conveniencia o no de exportar este producto, de cuya salida se quejaban los fabricantes y las poblaciones que eran centros laneros, los cuales presentan un retroceso en el siglo XVII, como sucede con Sevilla, Palencia y Zaragoza, entre otros, para los que el período significa una decadencia paulatina y progresiva; la excepción la encontramos en Segovia, que puede mantenerse al ser sostenida la demanda gracias a una decisión de Carlos II de no usar más que producción segoviana, imponiendo una conducta pronto imitada en la Corte y fuera de ella. Conscientes de la situación y de su tendencia negativa, un clamor general entre arbitristas, municipios, gremios y ciudades con representación en Cortes se levanta para pedir la prohibición de importaciones de tejidos foráneos, que se dificulte la salida de materias primas, y la disminución de la presión fiscal. Toledo, Granada, Sevilla y Zaragoza eran los principales centros de producción sedera, cuya trayectoria a lo largo del siglo fue descendente, por ser una industria de lujo y tener que hacer frente a la producción extranjera. Y no es esto solo. Las epidemias de la segunda mitad del siglo fueron un castigo durísimo para las poblaciones, hasta el extremo que en los centros sederos tuvieron que pasar unos cincuenta años para volver a recuperar el nivel de producción anterior. En el plano de la minería, lo más significativo e importante es la extracción de hierro y mercurio; los yacimientos de hierro más importantes estaban en las Vascongadas y los de mercurio en Almadén. La recesión comercial evidente desde 1620 resultó determinante para el futuro de la industria naviera, que entra en claro retroceso desde entonces, al tiempo que se acentúa su dependencia del extranjero para hacerse con mástiles, velas, cabos y alquitran, a lo que añadir los elevados costos nacionales y la competencia de los armadores y comerciantes extranjeros, cuyos barcos eran preferidos especialmente por los comerciantes de Sevilla y Cádiz. Mejor suerte, al parecer, tuvieron las de sustitución de importaciones, pues existen indicadores que así parecen evidenciarlo, como sucede con la cerámica, vidrio, jabón y papel. La principal iniciativa tomada desde los círculos gubernamentales para remediar la situación es la creación en 1679 de la Real y General Junta de Comercio, resultado de una iniciatiava de don Juan José de Austria , compuesta por un ministro de cada uno de los Consejos de Castilla, Hacienda, Guerra e Indias; su finalidad inmediata era de tipo fiscal a fin de que el desarrollo económico permitiera pagar los impuestos, y su objetivo inmediato, revitalizar al país; tras superar algunas dificultades iniciales (fue suprimida en 1780) y restablecida dos años después; su labor no fue inútil, aunque se centró fundamentalmente en la Corona castellana. El desajuste existente entre la potencialidad mundial española y su precariedad industrial explica las deficiencias de nuestro país para atender sus exigencias comerciales de forma adecuada. Su planteamiento fundamental no había variado en nada importante desde el siglo anterior y así, el comercio exterior se fundaba, sobre todo, en las exportaciones de materias primas, y el comercio interior en el consumo de manufacturas hispanas, cuya debilidad quedó manifiesta al aumentar la población, por lo que el aumento de la demanda hubo de cubrirse con la importación de artículos extranjeros ya elaborados. Semejante mecanismo había conferido una importancia destacada al capital y las finanzas extranjeras, dado el nivel de endeudamiento de la Corona y la participación de los productos foráneos, cuyo volumen hace reaccionar a no pocos españoles que, desde 1650, quieren tener la posibilidad de hacer su propia suerte, para lo que proponen, entre otras cosas, la creación de compañías de comercio, de las que quedarían marginados los extranjeros y modificarían el monopolio indiano de Sevilla. Pero por desgracia no llegó a cuajar ninguno de los proyectos que se elaboraron. Ahora bien, deducir de ello que España había perdido su experiencia sobre el particular y que su actividad astillera se había detenido, es sacar conclusiones apresuradas. Nuestras exportaciones más importaciones eran lana, vino, sal, higos alumbre, asceitunas, aceite, hierro y cochinilla americana; las importaciones más eran texctiles, lino, herramientas y pertrechos navales, grano y papel, además de las ccuantiosas sumas que las exigencias defensivas imponían. El resultado era un déficit de la balanza comercial que se cubríacon el oro americano. La permanente situación bélica de España no podía menos que repercutir negativamente en el comercio, por lo que el Almirantazgo de Sevilla, creado en 1624, trató de plantear la guerra en el terreno comercial, pero cuando las condiciones empeoran y esos metales escasean el problema cobra sus reales dimensiones, que es lo que sucede en el siglo XVII, sobre todo bajo Carlos II, en cuyo reinado se hacen más palpables los efectos del contrabando, agresiones, intrusos y metales decrecientes. En definitiva, el comercio americano acentuó la dependencia de la economía española de países extranjeros. Estas realidades pueden explicarnos la trayectoria del comercio con América, que entre 1610 y 1620 conoce un período de estancamiento y clara decadencia hasta medisados de siglo. Especialmente duros fueron 1606-1610 y la década 1640-1650, que experimentaron una reducción en torno al 60%, porcentaje al que de momento solo conviene darle un valor indicativo, pues no es unánimemente aceptado. Entre las causas que explican la crisis del comercio indiano se ha destacado especialmente la relativa autosuficiencia de la economía americana, la crisis de la marina española, la presión fiscal, la incautación del dinero de los particulares, el costoso sistema de flotas, los efectos del contrabandoy el progresivo predominio extranjero (se ha calculado que hacia 1690, eran españoles sólo el 5% de las mercancías salidas de Cádiz) Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XVII, especialmente, el sistema de monopolio sufre vulneraciones que ponen en entredícho su eficacia. En efecto, el “arqueo” o determinación de la capacidad de carga de un navío se prestaba al fraude sobornando arquesadores (para que registraran cargas menores a las reales) y a los constructores (disimulando espacios para que no fueran vistos en las inspecciones). La práctica de la Corona de conceder indultos (que se concedían a individuos o flotas completas) a cambio de dinero para perdonar los fraudes también resultó perjudicial, pues los mercaderes amparándose en ellos introducen mercancías sin registrar o ilegales. No menos perjudicial resultó la práctica de empaquetar los productos más valiosos, declarando su contenido sin obligación de abrirlos, haciendo el “valúo” de su contenido para pagar los tributos pertinentes. En el comercio interior, Madrid ejerce un dominio sobre el sistema, concentrando la mayor capacidad de transporte. España no pasaba de ser un mosaico de mercados locales, fragmentarios y desarticulados, entorpecidos además por una barrera de aduanas interiores y una mala red de caminos, en la que la configuración orográfica peninsular tenía gran responsabilidad. Los principales centros comerciales solían ser plazas con consulados extranjeros, como Sevilla, Cádiz, Málaga, Barcelona, Alicante, Bilbao y La Coruña (donde había consulados ingleses), o Gibraltar, Cartagena, Valencia, San Sebastián y Sanlúcar (donde los había franceses). Únicamente Madrid y Cádiz fueron centros financieros de importancia, pero carecieron de bancos o bolsas como las Amsterdan o Londres; los bancos municipales (Zaragoza, Gerona, Valencia, Palma, Lérida y Barcelona) nunca superaron sus limitados horizontes. Los mercaderes extranjeros se concentraban en la parte meridional, en especial, en el eje Sevilla-Cádiz, y allí se concentraban también sus intereses, por eso fue posible el resurgir de Barcelona y Bilbao, de la iniciativa de una oligarquía marítima natural del país, que asume la dirección y responsabilidad de su propio comercio. 14.4. La dimensión social de la crisis La sociedad española se mantiene en clara continuidad respecto al siglo anterior, tanto en sus planteamientos generales como en sus fundamentos jurídicos, salvo variantes que no afectan nada sustancial y que se produce por el propio ritmo vital de la comunidad. Los gastos e inclinaciones de esta sociedad se canalizan mediante el Barroco, pero a medida que el siglo discurre van desapareciendo las figuras de auténtica talla para dejar paso a otras más mediocres, que son las que dominarán las manifestaciones intelectuales y artísticas españolas; con ellas se inicia el llamado “bache cultural”, que no se puede dar por concluido realmente hasta la aparición de la generación de Feijoo, ya en el siglo XVIII. Dentro de la dinámica social hay algunas realidades que es preciso destacar. Por lo pronto, en el plano de la nobleza, hemos de referirnos al aumento de sus efectivos, como consecuencia de la venta de títulos, hábitos de caballero e hidalguías, una venta que es tanto más frecuente y continua cuando mayores son las dificultades de la Hacienda real. Una muestra de este proceso con Felipe II existían unos cien títulos en Castilla que se han convertido en unos trescientos a fines del sigloXVII. En cuanto a su reparto geográfico, la nobleza era más numerosa en el norte y, a medida que descendemos hacia el sur, su número decrece, pero su poder económico crece en forma inversa a su número. En Aragón presentaba un reparto similar: en el norte de la Corona, en el reino de Aragón y en el principado de Cataluña, eran muy frecuentes los infanzones y otros componentes de la nobleza popular, mientras que en Valencia, la nobleza era corta en número, pero poderosa, mientras que ciutadans honrats en Valencia y Cataluña constituían una especie de clase media que controló la vida municipal de sus lugares hasta la Guerra de Sucesión. En la Iglesia se mantenían las diferencias entre un clero bajo, pobre y de vida difícil y un clero alto, en cuyo seno existían grandes diferencias marcadas por las rentas que percibían y que iban desde la opulenta sede toledana a las pobres sedes de Mondoñedo y Guadix, por ejemplo. En cuanto a su ubicación, el clero perdería la vida en la ciudad, donde se levantaban gran número de edificios religiosos (Iglesias, conventos, monasterios, etc.) y donde constituían un grupo nada desdeñable de gente sometida al fuero eclesiástico. Por lo que a su número respecta, parece haber unanimidad al señalar su aumento, que algunos estiman en la duplicación de los efectivos existentes en el siglo anterior; dicho aumento se ha explicado por la búsdqueda de seguridad en un siglo de crisis y el deseo de escapar a la presión fiscal y al reclutamiento militar, pero semejante afluencia deterioró el nivel medio de preparación de los eclesiásticos. En el clero regular tampoco hay cambios revolucionarios; se consolida el peso de los jesuitas en la enseñanza y preparación de las élites de gobierno; se calcula que habría unos 1.608 conventos de frailes y 278 del clero regular. Las órdenes femeninas eran menos abundantes, más pobres, y estaban peor consideradas en la sociedad, salvo algún que otro convento o monasterio, como las Descalzas de Madrid. La riqueza del estamento seguía basada en los bienes amortizados, rústicos y urbanos, procedentes de donaciones seculares que le confieren la propiedad del 17% de la tierra castellana y un también crecido porcentaje del suelo y los inmuebles urbanos. El diezmo (el 10% de la producción agropecuaria) era su segunda fuente de ingresos en importancia (a mediados de siglo se calculan en 5.000.000 de ducados sus ingresos por este concepto); parte de esta riqueza se empleaba en labores benéficas y asistenciales y en donativos para la Hacienda real (cruzada, subsidio y excusado –las tres gracias-, aparte de otros de menor cuantía). Su participación en las esferas del poder estuvo asegurada por la presencia de eclesiásticos en los órganos de gobierno y entre los principales teóricos políticos. El campesinado vive hasta mediados de siglo con un claro descenso de su nivel de vida, que mejora algo en las últimas décadas en el caso de los campesinos valencianos y catalanes. En conjunto, quizá, fuera la vida más fácil para algunos trabajadores que pagaban rentas bajas y tenían contratos de larga duración, que para medianos y pequeños propietarios demasiado agobiados por las cargas (diezmos, impuestos,…). Sin lugar a dudas, el que peor se encontraba era el jornalero, desigualmente repartido por la península, pero que suponía el 50% de la población. En el marco urbano encontramos comerciantes, artesanos, profesiones liberales, criados, pobres y pícaros. La clase media brillaba por su ausencia, dado su corto número, fenómeno que hoy se explica más que por la pretensión de ennoblecimiento, que por la dificultad para prosperar con los negocios, a causa de la dependencia económica española; además era más gratificante invertir en tierras, que daban prestigio social y rentas, aunque fueran bajas. En cierto modo, el desprecio al trabajo, por ser considerado envilecedor, tenía un fundamento real: la dificultad de conseguir beneficios mercantiles e industriales semejantes a los que obtenían las clases medias europeas debida al mecanismo comercial creado en España, que unía América con Europa a través de la Península. Por eso, la formación de los grupos burgueses españoles se produce con indudable retraso respecto a Europa. Simultáneamente, en la ciudad, la vida a salto de mata sería la propia de un grupo de gente nada desdeñable y que ha dejado amplio eco litarario, donde la figura del pícaro (cuya vida discurre a caballo de la línea divisoria entre la legalidad y la ilegalidad) tiene lugar destacado. Por lo demás, la sociedad se homogeneiza, en cierta forma, durante el siglo XVII, a causa de la expulsión de los moriscos y la progresiva desaparición de los esclavos, cuyo precio era realmente prohibitivo a partir de mediados de siglo; por su parte, los judeoconversos carecieron de significación: no deseaban ningún protagonismo para que no rebrotaran las persecuciones –como la de mediados de siglo. 15. Dinámica económico-social del siglo XVIII español 15.1. Introducción España experimenta en el siglo XVIII un indudable progreso económico y demográfico –de alcance matizable- que repercute en la sociedad, de forma que la sociedad estamental de principios de siglo deja vislumbrar a finales unos signos inequívocos de cambio, de “modernización” hacia la nueva sociedad de clases. 15.2. Demografía La información demográfica que poseemos de este siglo procede mayoritariamente de censos, realizados por motivos fiscales, lo que obliga a tener en cuenta una cierta ocultación, agravada con las imperfecciones técnicas de los procedimientos estadísticos de entonces. Por tanto las cifras que nos ofrecen no son exactas. Los censos más importantes fueron: el vecindario de Campoflorido (1712-1717), el censo de Ensenada (1749-1753), el de Aranda (1768-1769), el de Floriblanca (1786-1787) y el de Godoy-Larruga (1797). El primero abarca casi toda España, pero no se le concede mucho crédito. El de Ensenada es un censo castellano (quedan fuera Vascongadas, Navarra y Canarias) y se le considera bastante fiable: España tendría 9’4 millones de habitantes. El que le sigue, el de Aranda, también ha sido muy controvertido y arroja una cifra similar: 9’3 millones. El de Floridablanca da un total de 10’4 millones, pero las ocultaciones se estiman en 500.000 personas más. El último censo de siglo XVIII, igualmente controvertido, sitúa la población en 10’7 millones. Las estimaciones que se han hecho sobre estas cifras consideran que la población española hacia 1700 estaría entre los 8 y los 8’5 millones, cifra que para 1800 se habría situado entre los 11 y los 11’5millones. Tal crecimiento se venía explicando gracias al menor belicismo de este siglo, al fomento poblacional que se favorece desde el poder, los adelantos en el terreno de la higiene y la sanidad y las ideas ilustradas sobre la población. 15.3. Economía En el ámbito económico, tenemos una expansión agraria basada en el aumento de la superficie de cultivo, por lo que pronto se alcanzas el punto límite, ya que no había muchas tierras disponibles. La industria no pierde su corte tradicional, aunque algunos sectores mejoran. También se puede hablar de una mejora en los intercambios comerciales, pero sin avanzar en la integración del mercado nacional. Realidades que hacen pensar que hacia 1780 se habían alcanzado todas las posibilidades y que el sistema estaba bloqueado. El censo de 1797ofrece los siguientes porcentajes ocupacionales: el 65’81% de la población activa pertenecía al sector primario, el 16’56% al secundario y el 17’63% a los servicios. El clima seguía siendo decisivo por entonces. Hasta 1733 las cosechas presentan un signo favorable, lo mismo que desde 1738 hasta 1750, dando paso a una década, la de los cincuenta, con muchos altibajos; mal que bien, la tónica se mantiene hasta 1780, en que empieza lo peor del siglo: 1780, 1784, 1789 fueron malos años; peor fue la crisis de 1793-1796 y aún más dramática resultó la que arranca en 1803 y se mantiene hasta 1805. La propiedad de la tierra continúa como en siglos anteriores. Las tierras inalienables y los mayorazgos suponían las ¾ partes del suelo cultivable, de manera que sólo el 25% se podía comprar y vender libremente. La Corona poseía algunos montes y llanuras poco útiles; mucho más extensas eran las propiedades eclesiásticas y más aún las tierras de propiedad municipal; el otro grupo importante era el que formaban los mayorazgos o propiedades particulares inalienables. En cuanto a la superficie cultivada, los cereales (trigo, cebada, centeno, arroz y maíz –estos dos últimos avanzaban claramente- ) ocupaban el 63’64%; los frutales (naranjo y manzano eran los más generalizados) y hortalizas (garbanzos, habas y judías tenían mayor difusión, pero cedían ante la patata) no pasaban de un 12’12%, proporción similar a la que ocupaba la vid y algo superior a la del olivo, que no pasaba del 10%; el resto de los productos estaba lejos de estas cifras. Los cultivos industriales españoles como algodón, lino y cáñamo; no podían competir con los extranjeros, pero la brarrilla y la rubia progresaban progresaban estimuladas por la industria. En general, los rendimimientos por unidad de superficie no progresaron entorpecidos por la puesta en cultivo de muchas tierras marginales de poca calidad. Lo que acentúa las deficiencias de nuestra agricultura setecentista, caracterizada por un cultivo extensivo de rotación bienal o trienal para compensar la escasez de abonos y la mala calidad del suelo, trabajado con labores muy superficiales por lo tradicional y anticuado de los instrumentos de labranza. No obstante, el panorama agrario español no es homogéneo y se puede hablar de tres estructuras diferentes: una, que se extiende por la franja cantábrica desde los Pirineos a Portugal, se caracteriza por el cultivo intensivo, rendimientos altos, productividad baja, sin prácticas comunales y mano de obra familiar; otra, que comprende la Meseta y Andalucía, es de cultivo extensivo, mano de obra salariada, productividad alta y rendimientos muy bajos; la tercera, extendida por el litoraldel Mediterráneo, tiene un campesinado predominante de base familiar –como la primera-, utiliza el secano –como la segunda- y se diferencia específicamente por la importancia del regadío y su mejor integración en los mercados internacionales. La ganadería progresa hasta mediados del siglo, sobre todo la trashumante; la Corona mantiene su protección a la Mesta, que se ve amenazada cuando la presión deemográfica se deja sentir en la tierra y se potencia el ganado estante; cambio de orientación hacia la Mesta que se inicia con la gestión de Campomanes y que sólo se detiene con los problemas financieros de Carlos IV. Extremadura, Aragón, Salamanca, Galicia, Burgos y algunas zonas andaluzas son las regiones ganaderas por excelencia. En cuanto al bosque, su superficie disminuyó a lo largo del siglo, mientras que la pesca era una actividad en desarrollo, sobre todo en la segunda mitad del siglo. La industria española sale del siglo XVII en un estado lamentable y tenía ante sí un largo y difícil camino por recorrer. Su relanzamiento se inicia con medidas proteccionistas (decretos de 1718 y 1728 que prohíben la importación de telas orientales, africanas y sus imitaciones) y se quiere estimular mediante las manufacturas reales, puestas en marcha para contrarrestar la carencia de mano de obra cualificada y la ausencia de iniciativas privadas, pero ninguna de ellas estuvo a la altura de lo que se esperaba con su puesta en marcha (la de Guadalajara fabricaba paños, como la de Segovia y Ezcaray; seda era el sector de las de Talavera de la Reina y Cervera; porcelana producía producía la del Buen Retiro; tapices la de Madrid; espejos y cristales la de San Ildefonso, etc.). A lo largo del siglo se mantuvo el carácter tradicional de nuestra industria; permanecieron los gremios, hubo escasa concentración de mano de obra, de medios de producción y de capitales; y persiste el viejo estilo laboral. Por ello, en términos generales, durante el siglo XVIII las manufacturas de corte local se mantenían gracias a la demanda del entorno donde estaban emplazadas y sólo en casos de excepcional calidad lograban una demanda comarcal y regional. Las industrias con mayor difusión eran las de lana, lino, loza, hierro y cobre. En cuanto a las formas de industria, destacaban la industria agremiada (de gran extensión, especialmente la pañera), la rural dispersa (muy relaciona con la producción agraria) y las concentradas (en su mayoría de carácter público: las Manufacturas Reales o Fábricas Reales). Por sectores, el más importante era el textil. La pañería fina y superfina tenían un grado de concentración claro en Guadalajara y Segovia; el resto de las calidades se repartía por todo el país, si bien la mayor concentración se localizaba en Guadalajara, Toledo, Palencia y Segovia: Aragón y Valencia eran las más activas en las industrias de lino y cáñamo y en la de la seda lo eran Granada y Toledo, que cedían terreno a favor de Valencia, claramente pujante. La gran novedad en el sector textil procede del ramo algodonero, industria “revolucionaria” que se concentra en Cataluña y registra un fuerte impulso bajo Carlos III, merced a la demanda de mantillas y ropa fina. La difusión de la moda por los papeles pintados y la actividad impresora estimulan la industria papelera. Las industrias extractivas (hierro vascongado, hulla asturiana, plomo linarense) pasan por momentos difíciles; sólo el cobre de Río Tinto es una novedad afortunada, si bien la hulla sufrirá la influencia beneficiosa de las funciones y de los primeros altos hornos instalados en las fábricas de armas estatales de Liérganes y La Cavada. Una novedad digna de constatarse es la constituida por los ramos derivados de la agricultura y el bosque, que si son domésticas en su alcance, no dejan de presentar una cierta modernización. En este grupo destaca la del aguardiente (uno de los artículos punteros en las exportaciones, que tiene en Cataluña y Valencia sus centros principales, estimulados por la crisis francesa del ramo ocurrida entre 1768 y 1772) y la del corcho (también con Cataluña como punto de lanza del sector, en auge gracias a la difusión de la botella de cristal). La utilización de los pinares interiores radicaba principalmente en la obtención de resinas y celofanías y el arbolado de toda la franja septentrional desde los Pirineos a Galicia suministraba madera a los astilleros. A la vista de estos datos, la conclusión parece clara: nuestra industria en el siglo XVIII tiene algunos elementos esperanzadores, pero no pudo adquirir el dinamismo necesario ni en la primera mitad ni en la segunda, resultando el balance más bien decepcionante, sobre todo comparado con el panorama que presentaban países como Inglaterra o Francia. 15.4. Comercio El proteccionismo estatal que se ve en la industria lo encontramos también en el comercio, sector dirigido por la Junta de Comercio, de Moneda y Minas, que emite lo fundamental de la legislación de estos sectores. Actitud proteccionista que resulta comprensible por cuanto los extranjeros controlaban el comercio español gracias a la depresión hispana del siglo XVII. Como la industria española no era capaz de abastecer la demanda americana, la Corona procuró beneficiarse de la rivalidad de los competidores foráneos. Los ingleses exportaban a España tejidos, cueros, relojes, plomo, medias, pescado y estaño a cambio de plata, lana, índigo, cochinilla y seda en bruto, principalmente. Por su parte, los franceses nos vendían tejidos caros y los holandeses actuaban como intermediarios, especialmente. Además de confluir en la demanda de ciertas materias primas nuestras metropolitanas y coloniales, los extranjeros aludidos coincidían en la realización de un activo contrabando en nuestros dominios, buscando unos saneados ingresos que los aranceles impuestos en 1744, 1747 y 1782 –entre otros muchos- les prohibían. La débil marina mercante, la importación de productos manufacturados y la exportación de materias primas explican que nuestra balanza comercial siempre fuera deficitaria, signo que no pudieron cambiar ni las Compañías Comerciales privilegiadas creadas a imitación de las europeas (la de Caracas, la de Filipinas, la de Galicia, la de La Habana, y la de Barcelona fueron las más renombradas, pero con éxitos mediocres en el mejor de los casos), ni las industriales que nacieron con el deseo de estimular la industria nacional para jugar en el comercio nacional y colonial (la más señera fue la de Zarza la Mayor). Pero la época de las compañías privilegiadas había pasado y se abría paso la tendencia al libre comercio, que empieza a ser una realidad con el decreto de 1765, al que siguen los de 1778, 1788 y 1789, culminando un proceso que autorizaba a los puertos peninsulares a comerciar libremente con los americanos y viceversa, lo cual facilita la entrada de los artículos extranjeros, pero aumenta en gran medida el volumen de los intercambios entre España y sus colonias ultramarinas, que a fines de siglo suponen el 50% del comercio hispano. El comercio interno creció indudablemente a lo largo del siglo XVIII, pero la ausencia de un mercado unificado frustra muchas de las posibilidades del despegue, no importa que en 1714 se suprimieran las aduanas entre Castilla y Aragón, los llamados “puertos secos”. Esta medida deja a España dividida entre provincias exentas (Navarra y Vascongadas) y provincias unidas (todas las demás). La desaparición de las aduanas interiores favorece la expansión catalana por la península; los catalanes se encuentran de manera creciente como artesanos, técnicos, industriales, arrieros y pescadores en Valladolid, Galicia, Levante o Andalucía. Las ferias y mercados experimentan una trayectoria singular, pues si bien es cierto que su número aumenta, especialmente a finales de siglo, su importancia decrece al reducirse su ámbito y concentrarse de modo creciente en productos agropecuarios, un giro que viene determinado por la pérdidad de autoconsumo en los medios rurales y la apertura de tiendas permanentes en los núcleos urbanos. Además, el que productos como los cereales, la lana y otras manufacturas pasaran en gran medida del productor al comerciante de forma directa, hace que adquieran un gran protagonismo los lonjistas o “mercaderes de grueso”, cuya actividad acaba de dejar sin sentido la actividad de las grandes ferias, muchas de las cuales se pierden en el siglo siguiente. En cuanto a la desarticulación del mercado interno, nada tan elocuente como lo sucedido con la tasa (precio máximo autorizado de la venta del grano), con la que se quería evitar las fluctuaciones de los precios e impedir que las maniobras de los acaparadores provocaran escaseces ficticias con las consiguientes alzas; la tasa no rigió en todo el territorio de la monarquía (pues los territorios próximos al mar tenían un abastecimiento mejor y por ello era innecesaria), ni acabó con los manejos fraudulentos, dando pie a que los partidarios del libre comercio arremetieran contra ella. En 1756 se establece la libertad interna para el comercio de granos, pero no empezó a ser algo real hasta diez años después y aun entonces, los canales de abastecimiento tenían fallos, como se pudo comprobar en la carestía de 1766 y en los motines primaverales subsiguientes. En los años que faltaban hasta inicios del siglo XIX el panorama no mejoró y aunque en 1790 se confirmó la libertad de este comercio, algunos testimonios de autoridades locales coincidieron en que la medida no fue tan positiva como a primera vista pudiera pensarse. 15.5. Comunicaciones Otra faceta muy destacada del reformismo borbónico es la mejora de las comunicaciones. La red caminera se replantea en función de las necesidades económicas, de modo que en 1718 quedó organizado un plan global y desde entonces el tendido progresa, intensificándose la construcción desde 1749, bajo el impulso de Fernando VI, en cuyo reinado se abren nuevas vías de comunicación entre la Meseta y el litoral cantábrico por Reinosa y Orduña. Otro hito importante fueron las Ordenanzas de 1767, dictadas para mejorar las relaciones de Madrid con las provincias gallegas, valenciana, catalanas y andaluzas. También se buscó unir la capital con Asturias y Extremadura, con lo que queda claramente expuesta la concepción del plan de carreteras nacionales, un plan radial con Madrid como centro y signo visible de la centralización que se persigue. El plan no estuvo libre de críticas y uno de sus opositores más caracterizado fue Jovellanos, que propugnaba la construcción de caminos provinciales que estimularan la producción local y facilitara su comercialización, para luego conectar con la red nacional, una red que empezó simultáneamente en muchos de sus tramos y que no llegó a concluirse. En la construcción y fomento de los canales para su utilización en el transporte, sólo hay destacable el que empieza a construirse paralelo al Ebro desde Tudela al Mediterráneo, cuyo trazado progresa, como progresa igualmente el que desde Segovia por Valladolid y Reinosa debería llegar a Vizcaya. Y en este particular no hay más digno de mención pues los demás planes que se trazaron no pasaron a la práctica. Los medios de transporte mejoraron desde el punto de vista técnico; por ejemplo, se difunde el uso de la berlina, la calesa ve reducidas sus ruedas a dos, el viejo coche de caja suspendida de correas resiste a los competidores, aunque tiene que mejorar su línea; el landó y el simón empiezan a generalizarse por entonces. Desde 1763 La Diligencia General de Coches ofrecía un servicio que unía Madrid una vez por semana con Lisboa, Cartagena, Pamplona , Valencia y Zaragoza y dos veces por semana con Barcelona y Andalucía por Córdoba, Sevilla y el Puerto de Santa María. La Cabaña Real de Carreteros mantiene su función como transportista, a lo que se dedicaban también campesinos –cuando no tenían faenas en el campo- y algunas asociaciones gremiales. 15.6. Finanzas El mundo financiero español a comienzos del siglo XVIII registra una clara actividad extranjera y sus núcleos más importantes se centran en Cádiz, Bilbao y Cataluña. Las perspectivas de los financieros españoles eran modestas y mediocres y se desean mejorar mediante la creación del Real Giro, destinado a negociar letras y extraer dinero con un 3% de comisión; pero el Real Giro perdió importancia cuando las condiciones de cambio mejoraron, permitiendo a los banqueros privados adquirir relevancia creciente, si bien los únicos que mantienen contactos con los grandes centros financieros de Londres, Amsterdam y Hamburgo son lo de Cádiz, Bilbao y Madrid. En las últimas décadas del siglo, por iniciativas de banqueros y banqueros-comerciantes se forman sociedades con indudables aspiraciones de progreso. Es el caso de la Compañía de Seguros Marítimos de Nuestra Señora de Begoña y San Carlos (1783) o del Banco de Fondos Perdidos, entre otras. Con antelación a las instituciones de crédito y compañías de seguros aparecieron unas instituciones benéficas, los Montes de Piedad, y desde 1782 funciona el Banco de San Carlos, banco nacional creado para atender las exigencias bélicas, aceptar depósitos y emitir billetes, así como sostener los vales reales, obligaciones que empezó a emitir Carlos III y cuya abundancia acabó por depreciarlos. El banco no podrá resistir las condiciones adversas y languidecerá hasta su disolución en 1829. 15.7. Sociedad En el terreno social, a medida que avanza el siglo XVIII, el privilegio como principio ordenador es considerado de modo creciente irracional y retardatario, cambio de enfoque que afectaría directamente a la nobleza , sometida, por otra parte, a un proceso de desgaste que lleva a los escalones inferiores nobiliarios a recalar entre la clase media (la “proletarización de la hidalguía”). Por el contrario, los títulos –cuyo número había aumentado mucho- se reafirmaban a sí mismos en su excepcional situación, sentimiento que en los grandes era aún más acusado. Y tenían razones para ello: hidalgos y caballeros constituían la casi totalidad de los 400.000 nobles que constituían el brazo aristocrático, en el que los titulados eran 1.300 a finales de siglo y los grandes no pasaban de 113. Además, en el seno de la nobleza se consolidaban tendencias anteriores y apuntaban otras nuevas. Por ejemplo, en zonas como Vizcaya o Guipúzcoa, era tal la abundancia de caballeros e hidalgos, que tales títulos carecían de valor en la práctica; en cambio, los servidores del Estado ennoblecidos como recompensa a sus trabajos y desvelos, aumentaban sus efectivos, diversificaban su procedencia (hombres de negocios, asentistas, la nobleza de toga, en fin) y se les consideraba cada vez más alejados del prototipo correspondiente a arribistas y advenedizos. Junto a estos fenómenos, más acentuados ahora que anteriormente, se constata igualmente la ruptura de la “solidaridad” nobiliaria, en el sentido que ante la caída de la hidalguía ante la estima social, los titulados y grandes se apiñan en defensa de sus intereses, sin importarles la suerte de sus “parientes pobres”. Una actitud claramente autodefensiva, pues a estas alturas estaba claro que el grupo aristocrático de más alcurnia no crecía y su situación financiera era pésima al ser incapaz de reducir sus gastos y canalizar sus bienes hacia actividades productivas según los parámetros capitalistas más actuales de entonces: ajenos a las finanzas, el comercio y la industria, se mantienen como “rentistas” de sus propiedades agrarias, como empleados civiles y militares y como titulares de cargos eclesiásticos y de las encomiendas de las órdenes militares. Donde residía realmente la fortaleza de la aristocracia era en los mayorazgos y señoríos. El mayorazgo constituía una propiedad formada por tierras, ganados, joyas y enseres diversos que por su carácter inalienable garantizaba la estabilidad económica de la familia. El señorío –al menos en teoría- suponía una participación de la nobleza y de la Iglesia en la soberanía de la Corona, pues permitía la existencia de una jurisdicción autónoma, dimensión que los Borbones se proponen combatir especialmente, ya que querían preservar la supremacía real por encima de cualquier otra jurisdicción, pero no harán nada por limitar el contenido económico ni las demás dimensiones del señorío, cuya verdadera entidad vemos reflejada, sin ir más lejos, en el censo de Godoy, donde aparecen consignados 25.000 lugares bajo el régimen señorial en todas sus variantes, de los cuales más de 9.000 corresponden a señoríos no eclesiásticos, es decir, nobiliarios, básicamente. Sin entrar en la veracidad de estas cifras, considerémoslas cuando menos indicativas, lo que significa que el 50% de la población y del territorio estaba bajo alguna forma del régimen señorial. El control del poder municipal será el otro baluarte del poder nobiliario, pues en muchos municipios había llegado a copar todos los cargos municipales y en otros conservaban la mitad de oficios, situación permitida por la Corona en Castilla y propiciada por los Decretos de Nueva Planta en los reinos de la Corona de Aragón, donde los municipios habían contrarrestado la ofensiva de la aristocracia en este sentido. Pero el fundamento del poder nobiliario estaba siendo cuestionado por figuras como Cadalso, Cabarrús, Gándara, etc., atacándolo principalmente por su escasa o nula participación en el utilitarismo ilustrado: como clase social, la nobleza estaba viviendo el ocaso de un proceso social en el que ella había desempeñado el papel principal: la nobleza tradicional tocaba a su fin. La Iglesia como estamento privilegiado, también verá combatida su posición por la corriente ilustrada y por la misma Monarquía, con la consiguiente merma de su posición, aunque el status jurídico, económico y fiscal de la institución no experimente cambio ninguno. Los efectivos eclesiásticos se cifraban hacia 1768 en unos 16.639 párrocos (cifra inferior al número de parroquias, que eran casi 19.000), 51.048 clérigos sin cura de almas, 56.477 frailes y 27.585 monjas. Las máximas dignidades estaban ocupadas por 8 arzobispos y 51 obispos. La riqueza patrimonial de la Iglesia se mantenía en los mismos altos niveles de tiempos precedentes. Si el producto nacional bruto, estimado a mediados de siglo, alcanzaba los 1.076 millones de reales, 259 de ellos procedían de tierras eclesiásticas; del producto bruto ganadero, 220 millones de reales, 22 eran de la Iglesia; de los 306 millones de reales que se recaudaban por alquileres, rentas, derechos señoriales y demás, la Iglesia se hacía con 136 millones y también conseguía una parte muy sustancial, 28 millones, de los censos y rentas, que montaban a 38 millones de reales. En el sector en el que su significación era casi nula, su participación estaba en torno a los 10 millones de reales en un total de 475’5 millones, cifra a la que llegaban los ingresos producidos por el comercio, la industria y los salarios. Todo ello significa que la Iglesia controlaba la cuarta parte del producto bruto agrícola, la décima parte del ganadero y las tres cuartas partes de las rentas hipotecarias y censos . Por lo general, la Iglesia tenía arrendadas sus tierras con modalidades muy diversas, desde la aparcería hasta los foros pasando por los distintos usos regionales; unas tierras que se consideraba estaban mejor trabajadas que el resto y cuya calidad era muy alta. En el apartado de las rentas, las procedentes de sus bienes inmuebles –con ser grande- no tenían tanta importancia ni significación como los ingresos procedentes de los diezmos -80 millones de reales-, de los que la Corona conseguía las tercias y el excusado. Igualmente, se calcula que el monto de las primicias, voto de Santiago, bodas, bautizos y demás, debería ser una cantidad nada desdeñable. Tal riqueza estaba desigualmente repartida en el seno de la institución, pues durante el siglo XVIII no se produjo ninguna variación en el mapa eclesiástico, perdurando anacronismos y desigualdades. Los efectivos humanos de la Iglesia presentan en su jerarquización y procedencia una especie de correlato de la sociedad civil, toda vez que los prelados, mayoritariamente, proceden de la nobleza media o inferior, sin faltar en las altas dignidades segundones de las grandes familias y para los niveles inferiores permanecen las mismas pautas de comportamiento social de tiempos anteriores, haciendo del clero rural el grupo más desfavorecido. Durante el siglo XVIII, una de las grandes novedades en la relación Iglesia-Monarquía estriba, posiblemente, en la existencia de un enfrentamiento más o menos permanente y no siempre claramente manifiesto y que tiene su razón de ser en el deseo real de subordinar a su supremacía todas las jurisdicciones existentes, una actitud que al aplicarse concretamente a la Iglesia genera una conducta teórico-práctica denominada regalismo. La “ofensiva” estatal descargará también contra el clero regular, el sector menos “útil” de la comunidad eclesiástica. Por eso se dificultará su petición de limosnas, se querrá controlar algunas dimensiones de su vida interna y se busca reducir su influencia en el entorno social. Pero en conjunto, la Iglesia aguantó bien el embite. Por último, el Tercer Estado durante el Setecientos no sólo no simplifica su complejidad, sino que se ve agravada por el aumento numérico y cualitativo de los efectivos burgueses en una población en la que el 90% de sus componentes proceden del ámbito rural, donde junto a labradores y grandes campesinos –los que poseen más medios dentro del sector- encontramos a un campesinado medio de contornos tan amplios como vagos y a los jornaleros, tan numerosos o más que todos los anteriores, escasos en el norte y numerosos en el sur. A fines de siglo, según el censo de Godoy, había 364.000 propietarios, 507.000 arrendatarios y 805.000 jornaleros. En las ciudades se reunía una parte minoritaria de la población, a cuya cabeza se situaban comerciantes, rentistas, artesanos, funcionarios y profesiones liberales, constituyendo una especie de patriciado de procedencia variada, pero de efectivos escasos. Sigue un amplio grupo de asalariados (oficiales, aprendices, criados, etc.), por debajo están los que viven de trabajos o actividades vergonzantes y en el escalón más bajo se encontraban los marginados. Para mediados del siglo XVIII se estimaban en 1.150.000 los que trabajaban en el campo y en 199.926 los trabajadores no agrícolas, en donde los grupos mayoritarios eran los obreros textiles (más de la mitad de la última cifra) y los empleados en la construcción (que superaban el 25% de la misma). De los 179.829 censados por categorías, 98.321 eran maestros, 66.234 oficiales y los aprendices tan sólo 15.274. Precisamente en los gremios tenían las llamadas clases medias sus efectivos más señalados. En el recuento de 1797 hay censados 495.000 artesanos, fabricantes y artistas, de los que 280.000 pertenecían al primer grupo y de ellos, la mitad procedían de las cinco agrupaciones más importantes, de acuerdo con este aproximado reparto: 57.000 laneros, 33.000 sastres, 31.000 carpinteros, 14.000 sederos y los herreros, que no superaban los 12.000. En cualquier caso, a estas alturas, el fracaso socio-económico de los gremios parecía claro y se imputaba el mismo al crecimiento demográfico, al anquilosamiento de las estructuras y los mecanismos internos, al nepotismo, al exclusivismo y a la atomización de los oficios, entre otros factores. A finales de siglo había censados por encima de los 25.000 comerciantes y mercaderes, otro sector burgués, escaso numéricamente , prestigioso socialmente y ambiguo en sus planteamientos, pues aspiraba a ennoblecerse y vivir como tal. En su seno había gradaciones, pero podemos hablar de dos grupos fundamentales: el del comercio al por mayor –la gran burguesía-, organizado en Consulados de Comercio, y el del comercio “menudo” –pequeña burguesía-, organizado en los Cuerpos Generales de Comercio. Pobres , vagos y delincuentes constituían un heterogéneo grupo. Los límites que separaban a estos sectores eran muy difusos y a menudo se confundían con los que trabajaban en actividades vergonzantes, de modo que la diversidad del grupo se veía incrementada con los efectivos aportados por pícaros, mozos de cordel, prostitutas y todos aquellos de condición similar. Los vagos aumentaron a lo largo del siglo y como tales eran considerados los que carecían de oficio o beneficio, los jornaleros que sólo trabajaban ocasionalmente, los falsos peregrinos, los “eternos” estudiantes y los mozos ociosos. Contra ellos emitió el gobierno una serie de medidas encaminadas a hacerlos “útiles” insertándolos en el mundo del trabajo y quiso ayudarles con instituciones benéficas, pero como no fueron capaces de resolver el problema, se recurrió también a las levas para paliar los efectos de la existencia de estos grupos más o menos marginados. Tampoco fueron muy allá los logros obtenidos con los gitanos, con frecuencia asimilados a los moriscos, rechazados por su vida nómada, rozando o cayendo en el delito y acusados de no tener religión ni moral; la pragmática de 1783 fue el intento más serio para lograr su establecimiento permanente en algún lugar, pero sus resultados hay que matizarlos mucho. Por lo que respecta a los esclavos, su importancia era prácticamente nula, pues la esclavitud había perdido para entonces su importancia. En la comunidad extranjera, los más numerosos eran los italianos, a los que seguían flamencos, hanseáticos, ingleses, portugueses y franceses y estaban ubicados, preferentemente, en poblaciones relacionadas con el comercio americano. Considerada en bloque, la sociedad española durante el siglo XVIII va adquiriendo los tonos que la transformarán y en el cambio de siglo se producirá el inicio del tránsito de la sociedad estamental a la nueva sociedad de clases. Y por lo que hace a su dinámica interna, conviene señalar el propósito gubernamental de controlar a la población de forma eficaz a fin de mantener el status vigente y controlar las manifestaciones de la conflictividad social, lo que buscará mediante la creación de una serie de instituciones de seguridad y el recurso al ejército cuando la situación se juzgue especialmente amenazante o peligrosa. Vocabulario de términos históricos Mercado de abastos Término genérico que designa la supervisión y provisión por los poderes públicos de productos básicos para la población (especialmente de alimentos y de combustibles), a través de la intervención en los sistemas de comercialización, distribución y consumo. Por otra parte, se denomina mercado de abastos o también plaza de abastos a unas instalaciones cerradas y normalmente cubiertas, situadas en las ciudades donde diversos comerciantes suministran a los compradores todo tipo de perecederos como carnes, pescados, frutas y hortalizas. También pueden existir otros comercios que venden pan, lácteos, flores o alimentos en general así como diversos artesanos. Algunas de las plazas de abastos más renombradas en España data de la Edad Media. En sus orígenes, estaban al aire libre, donde vendedores ambulantes y caseros se instalaban con el fin de vender sus productos. Absolutismo Forma de gobierno en la que el monarca o dignidad que detenta el poder no encuentra ninguna oposición regulada para ejercer el gobierno. Tradicionalmente, el absolutismo está ligado a la llamada concepción descendente del poder, que encuentra su razón principal en el origen divino del poder por la que el rey es el Vicario de Dios en su territorio. Siguiendo la opinión del prestigioso historiador británico Walter Ullmann, el origen de tal concepción se halla en la gracia divina de la que se hacía depositario al monarca en las primitivas monarquías teocráticas de la Baja Edad Media, época en la que el contrato feudal comenzó a ser sustituido por la voluntad regia. Es decir, el absolutismo es un sistema de gobierno absoluto. Este término se aplica a todos los casos de gobierno, personal o colectivo, en que no exista limitación en el ejercicio del poder político. El régimen absolutista está representado en todas las épocas históricas. En Europa surge tras el derrumbamiento del feudalismo, en forma de monarquías basadas en el “derecho divino” de los reyes y el acatamiento de los súbditos. Su síntesis se encuentra en la frase de Luis XIV: “el Estado soy yo”, y en la teoría del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Alcabala (del árabe qabâla, contribución) Impuesto real indirecto de la Corona de Castilla y, posteriormente, de sus posesiones americanas, generalizado en el siglo XIV y suprimido a principios del XIX. La alcabala gravaba el consumo por vía comercial de bienes muebles, inmuebles o semovientes, tanto en las transacciones de compraventa como en las de permuta o trueque. Se trata, por lo tanto, de un precedente de los modernos impuestos sobre el valor añadido. La alcabala, en la forma en que fue establecida en 1345, gravaba todas las transacciones con un tipo impositivo del 3,33 % (2 meajas por maravedí). El vendedor debía presentar una cuenta de todo lo vendido al oficial recaudador. El cobro no se hacía mediante pesquisa, lo que generaba numerosos fraudes y pleitos. Para librar estos conflictos se nombraron alcaldes en cada localidad, que se encargaban de los pleitos de alcabala de forma sumaria. El vendedor debía entregar el importe de la alcabala en el plazo máximo de ocho días desde la venta, bajo pena de pagar el doble de su cuantía en la primera infracción, el triple en la segunda y las setenas en la tercera. Además, debía notificar las ventas en un plazo máximo de tres días. Las mercancías que entraban en una villa estaban sujetas al registro o pesquisa de los oficiales de los recaudadores apostados a las puertas de las ciudades y villas. En el caso de la alcabala del vino, se determinó que el recaudador controlara la producción de las bodegas mediante el inventario de las cubas y tinajas, descontando un tanto por ciento por el consumo doméstico del productor, que se declaraba bajo juramento. Esta norma no afectaba a las bodegas de prelados e hidalgos, a las que los recaudadores tenían prohibida la entrada. En los cuadernos de alcabala se establecieron numerosas normas para garantizar su cobro eficaz y evitar el fraude. Algunas de estas normas eran de carácter genérico (obligación de declarar la venta en un plazo de tres días, prohibición de trasladar mercancía de noche y sin el conocimiento de los agentes fiscales) y otras, en cambio, afectaban de forma específica a ciertos bienes y personas. El rey poseía la potestad exclusiva de eximir del impuesto a unos y otras. Estaban exentos, entre otros, productos tan dispares como el pan cocido, las monedas, los libros o las aves de caza, así como el importe de las dotes y las ventas que se hacían en determinados lugares (mesones ubicados en caminos reales, fortalezas fronterizas). Eran numerosas las exenciones de carácter personal, la más significativa de las cuales era sin duda la del propio rey y la de las casas de la reina y el príncipe heredero. Entre 1429 y 1450, la alcabala experimentó una paulatina decadencia en su importancia relativa y, en las décadas de los años 60 y 70 del siglo, sufrió una notable recesión, coincidiendo con las perturbaciones políticas y sociales que afectaron al reino. Desde 1480, merced a la estabilidad política introducida por los Reyes Católicos, la alcabala volvió a recuperar su importancia como renta de la Corona. Durante el reinado de Isabel I, se convirtió en la principal fuente de ingresos de la Hacienda regia, pese a que se dudaba de su legalidad como impuesto ordinario, según muestra el testamento que la reina redactó en 1504, en el que encargaba a sus servidores investigar el origen del tributo y remediar los abusos a que hubiera dado lugar su mal uso. No obstante, la monarquía de la España moderna no renunció al cobro de la alcabala. En 1536, se sustituyó el sistema tradicional de recaudación mediante arrendamientos por el encabezamiento general, es decir, la fijación de un tanto alzado como montante general del impuesto para una comunidad determinada. Este sistema redujo considerablemente la cuantía del impuesto. En 1539, las Cortes de Madrid aprobaron la fijación del porcentaje de alcabala en un 5% sobre el valor de las mercancías. El alza acelerada de los precios durante el siglo XVI y la revolución que experimentó la economía castellana con la entrada del oro americano hicieron de la alcabala en un ingreso poco rentable, ya que gravaba las mercancías con una tasa fija, mientras se producía una vertiginosa elevación de los precios. En los años finales del siglo XVIII, la influencia del liberalismo económico y de la Revolución Francesa generaron en España un amplio rechazo al cobro de impuestos indirectos sobre el consumo. En esta época, la alcabala dio lugar a numerosas protestas, que obligaron a la monarquía a decretar su reducción entre un 2 y un 7%, según los casos, y a traspasarla a las rentas provinciales. Desde la centuria anterior, el impuesto se había hecho sumamente impopular tanto entre el pueblo como entre los teóricos de la economía, como Sancho de Moncada, Jerónimo de Ustariz o Bernardo de Ulloa, quienes denunciaron su anacronismo. Abadengo (de abad) Término que designa a todos los bienes mueble e inmueble pertenecientes a la dignidad o jurisdicción de alguna iglesia, monasterio u orden eclesiástica, y que toma tal nombre por ser, generalmente, un abad -superior de la comunidad religiosa titular-, el cabeza visible de la potestad señorial. Aunque por su titular los señoríos de abadengo se diferencian claramente del señorío laico, sin embargo, por su naturaleza jurídica son iguales. Debido a que el patrimonio de un abadengo se conformaba mediante donaciones de particulares a lo largo del tiempo, la fisonomía de los abadengos fue siempre muy heterogénea, a diferencia de la mayoría de los señoríos laicos. Los abadengos estaban constituidos por grandes o pequeños lotes de tierra, diseminados por toda la geografía del reino, dependiendo del lugar de residencia del donante de turno. Gracias a las dispensas y protecciones dadas por los reyes o señores laicos, por los continuos crecimientos del patrimonio y, sobre todo, por la explotación de las tierras, los abadengos llegaron a ser auténticos reductos de opulencia y de poder político, con el abad como señor feudal de su servidumbre y que en muchas ocasiones superaba a muchos de los señoríos lacios más prominentes del reino, tanto en lo material como en lo político. Como ya hemos señalado más arriba, excepto por su titular, el abadengo funcionó exactamente igual que un señorío laico cualquiera; tenía sus oficiales, jueces, recaudadores de censos e impuestos varios, etc. Para su administración más efectiva, al frente de cada abadengo se colocaba a un preboste o paborde, que solía ser un monje de la propia iglesia o monasterio titular de la tierra, o en su defecto, un canónigo experto en leyes. En la Edad Moderna, los diferentes monarcas españoles fueron reduciendo paulatinamente el sistema de abadengo por la propia penuria económica de la monarquía, y también por el poder económico y político que estas posesiones englobaban. Durante el siglo XVI y XVII, la monarquía española ostentaba la hegemonía política sobre el resto de Europa, y tal situación demandaba constantemente dinero para mantener dicho status, por lo que una de las múltiples formas de recaudar dinero era sustraérselo a los ricos abadengos de la Iglesia. Con la instauración de la dinastía de los Borbones, con su centralismo político, el sistema de abadengo entró en franco declive, y más aún con las diferentes medidas desamortizadoras que los monarcas y sus diferentes ministros aplicaron, en mayor o menor medida, sobre los inmuebles y territorios de manos muertas o sin cultivas que había en el país. Las leyes secularizadoras del siglo XIX terminaron por dar la puntilla a los señoríos de abadengo, tanto en su aspecto jurisdiccional como dominical. Adelantado (de delante, que parece ser una copia del árabe muqáddam) Representante del poder real, gobernador de una provincia colindante con un territorio enemigo. En el reinado de los Reyes Católicos los Adelantados fueron sustituidos por los Alcaldes Mayores, con lo que la única pervivencia del oficio se encontró en la América Hispana, donde persistió el cargo efectivo (nombrado directamente por el monarca) hasta la reorganización territorial en virreinatos y audiencias. Alcalde (del árabe kâdi, juez) Etimológicamente, el término deriva del árabe al-qadi, oficial de justicia del mundo islámico que fue rápidamente asimilado por las instituciones cristianas medievales especialmente para aplicarlo a dos ámbitos: el de la administración local y el de la administración central. Paralela a la creación de la Audiencia Real fue la implantación de un nuevo cargo, el oidor, que acabaría arrebatando al alcalde gran parte de su potestad en materia de derecho civil a lo largo del siglo XV. A esto ayudó hondamente el hecho de que los Reyes Católicos, siempre preocupados por la legitimación de la justicia regia, ensamblasen tanto a alcaldes como a oidores en el seno de la Audiencia, pasando entonces los alcaldes a juzgar los pleitos criminales en primera instancia y en apelación, mientras que el resto de casos pasaron a jurisprudencia de los oidores. Diferentes reformas administrativas acontecidas en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna acabaron por condenarle al ostracismo, siendo sustituido por el corregidor. A partir de ese momento, el alcalde sólo fue una especie de asesor en materia de administración, abandonando por completo su rango judicial, matiz administrativo local con el que el término "alcalde" ha llegado hasta nuestros días. Aldea (del árabe déia, campo, pueblecito) Lugar que depende de la jurisdicción de una villa o ciudad. O, si se prefiere, pueblo de corto vecindario y, por lo común, sin jurisdicción propia. Alguacil (del árabe wazir, consejo, visir) Oficial de policía y de justicia encargado de mantener el orden. En algunas ciudades había un alguacil mayor y varios alguaciles menores. Asimismo, en el pasado, gobernador de una ciudad o de un territorio, con jurisdicción civil y criminal. Aristocracia Derivado del griego ("gobierno de los mejores"), con este término se designa al sistema de gobierno en el que un determinado número de individuos accede al poder merced a una serie de circunstancias especiales que no tienen relación directa con el lugar al que están destinados, como puede ser el privilegio de nacimiento o la hereditabilidad de los cargos. A su vez, el término también ha servido para designar a los miembros de dicho grupo social, tanto al conjunto como a cada uno de ellos. Con la llegada del Humanismo y, sobre todo, con la crisis del feudalismo acontecida en el siglo XV, comenzaron los primeros ataques hacia la estricta división de las jerarquías aristocráticas. A ello contribuyó el amplio desarrollo de una clase burocrática educada en las universidades medievales que muy pronto comenzó a copar los puestos de la primitiva administración de las entidades nacionales. Por si fuera poco, el desarrollo de una potente clase mercantil que se había enriquecido merced al auge comercial de los siglos XVI y XVII comenzó a exigir una parte proporcional en la dirección de la sociedad que fuese proporcional a su lugar en la economía, equiparando, ya de una vez por todas, la importancia económica a la importancia política. Con la llegada del Despotismo Ilustrado, los ataques a la aristocracia como clase corrupta y en vías de desaparición llegó hasta sus máximas consecuencias. Askenazí (o asquenazí) Gentilicio derivado de Askenaz, palabra con la que se designaba a Alemania en la literatura rabínica medieval y que correspondía al nombre de uno de los hijos de Gomer, hijo de Jafet, quien era, a su vez, junto con Sem y Cham, hijo de Noé. Askenazí se utiliza para designar al judío oriundo de Europa central y oriental, frente al sefardí, que designa no sólo al judío oriundo de España, sino también al judío oriental en general. Autarquía Por autarquía se entiende aquella situación en la cual un país se aísla del comercio internacional con las restantes, procurando consumir sólo lo que produce internamente. Esta autosuficiencia se obtiene normalmente por medio de restricciones no arancelarias y prohibiciones directas, y ha estado normalmente motivada por consideraciones políticas o culturales. El término puede aplicarse también a cualquier unidad económica, no sólo a las economías nacionales. En el mundo moderno, dada la fuerte interdependencia de las economías nacionales, la autarquía absoluta no resulta posible. Pero muchos países -guiados por una corriente de pensamiento que a veces se denomina nacionalismo económico- han tratado de incrementar al máximo su autosuficiencia. Para ello han creado fuertes barreras arancelarias y no arancelarias al comercio exterior, procurando a la vez sustituir importaciones mediante una elevada protección a la industria y a la agricultura local. Los intentos de este tipo han arrojado resultados claramente negativos, pues han redundado en el atraso tecnológico, el encarecimiento de los bienes producidos y la disminución de la variedad de la oferta nacional. Barroco (del portugués barroco, perla irregular; en castellano también denominada berrueco) Con este nombre se conocen todas las manifestaciones culturales de ese momento. En el surgimiento de este nuevo estilo dos hechos son decisivos, la afirmación de los estados nacionales, y la consagración de la monarquía absoluta de derecho divino como forma de gobierno en ellos. Durante esta época en Europa se asiste a hechos y procesos tan diversos como el enfrentamiento de los distintos países que buscan la hegemonía, la decadencia de los grandes estados ya con identidad nacional, como Francia y España, y el inicio de la pugna por el dominio comercial entre los países del Norte e Inglaterra, con el ascenso de nuevas grupos sociales de poder. Mientras, en la Europa central se desarrolla la guerra de los Treinta Años, producto de las tensiones religiosas entre protestantes y católicos. En historia, el concepto indica no sólo las manifestaciones artísticas y literarias, sino también las experiencias políticas, económicas, sociales, religiosas y culturales de la época, y se ha asociado especialmente a la Contrarreforma, al dominio social de la alta nobleza en una sociedad de privilegios y muy jerarquiizada, a la crisis del siglo XVII, a la noción de decadencia y a la de malestar individual y colectivo. Tanto el concepto de Barroco como el más ampliamente utilizado y debatido de crisis del siglo XVII, se han visto considerablemente redimensionados, y se tiende a poner de relieve la complejidad, las diferencias y las manifestaciones multiformes en los distintos países de los aspectos económicos, políticos o culturales tomados en consideración. Annata Con este nombre se designaba a la renta que había de ser ingresada en las arcas del Papado al año de la concesión de un bien eclesiástico, generalmente un obispado o similar, y que consistía habitualmente en todas aquellas rentas que hubieran salido de la explotación del dominio en un año, a lo cual debe su nombre. En un principio, dicha tasa se aplicaba única y exclusivamente a las concesiones de rango episcopal hechas directamente por el Pontífice hasta que, en época de Bonifacio IX (1389-1404), quedó establecido como un impuesto directo obligatorio incluso para los receptores de concesiones en el ámbito nacional. Sin embargo, la irregularidad en las gestiones de pago y la completa y constante intromisión de los gobiernos monárquicos nacionales provocó numerosas quejas de los campesinos y artesanos, contribuyentes de los que se sacaba la suma, arguyendo que la desconexión entre las diferentes esferas de poder no hacía sino sangrar gravosamente sus limitadas economías. Debido a ello, la profusión de pleitos contra las irregularidades cometidas en nombre de tan especial impuesto fue grande, por lo que fue suprimido a mediados del siglo XVIII en casi toda Europa; en España, por ejemplo, quedó prohibido tras el Concordato firmado con la Santa Sede en el año 1753. Como curiosidad, cabe resaltar, por último, que la Hacienda española creó, en 1631, una tasa de similares características denominada media anata. Consistía el impuesto en la obligatoriedad para cada funcionario, bien civil, bien militar, de hacer efectivo el pago de la cantidad correspondiente a la mitad de las ganancias percibidas en su primer año de empleo. Como es natural, tal impuesto causaba un gravamen económico de gran envergadura a los trabajadores públicos, además de ser un arma efectiva en el control nepotista e interesado de la administración. Sólo hacia la mitad del siglo XIX, tras los levantamientos revolucionarios de 1848, la tasa fue declarada ilegal y dejó de ser recaudada por el fisco nacional. Es decir, las annatas comprendían la renta de un año de beneficio. Era un impuesto exigido por Roma cuando había que proveer un beneficio eclesiástico (los obispados y las abadías estaban exentos). El montante correspondía a los beneficios del primer año siguiente al nombramiento, de donde procede el nombre. En el siglo XVII este impuesto se aplicaba igualmente a todos los cargos, y se pagaba al rey. Felipe IV, en 1631, había impuesto el derecho de media annata -es decir, la mitad de las rentas del primer año- a todos los oficiios y cargos no eclesiásticos (consejeros, virreyes, por ejemplo). En el siglo XVIII esta medida se extendió a todos los que se convertían en Grandes de España o recibían un título. Audiencia Organismos de administración de justicia. En España, las primeras audiencias se remontan a la Baja Edad Media. Las causas civiles se resolvían por delegación real, mientras que de las causas criminales se hacían cargo los alcaldes del crimen. Luego, en España, las audiencias (tribunales superiores de justicia, más tarde llamados chancillerías) tienen sus orígenes en la Baja Edad Media. Los Reyes Católicos crearon dos chaancillerías, en Granada y Valladolid. Organismos establecidos en los territorios indianos a semejanza de las Chancillerías y Audiencias de Valladolid y Granada, fundamentalmente para la administración de Justicia, pero que actuaron también en los aspectos gubernativos. En el caso de los Virreinatos, el virrey era presidente de la respectiva Audiencia y, a su vez, los oidores o magistrados de la misma constituían el Real Acuerdo o Consejo consultivo. La máxima autoridad política coincidía con la judicial, por lo que en otros casos los gobernadores y capitanes generales de la provincia donde existía alguna también la presidían. Avería (etimología incierta, del genovés o del catalán) El derecho de Avería era un impuesto destinado a subvenir los gastos ocasionados por la armada que defendía los barcos enviados a América desde 1537. Lo pagaban todos los viajeros de los mismos, a prorrata sobre el valor de los gastos ocasionados, entre las personas que viajaban y las casas comerciales. La primera regulación del impuesto data de 1573 y contiene cuarenta y tres órdenes. Velaban por su cumplimiento y pago un juez, un diputado contador y un "receptor de Avería". En 1660 se sustituyó por el pago de una suma fija pagada por las casas comerciales, en parte debido a que la Avería se había convertido en algo sumamente gravoso, en parte por el fraude a que dio lugar. Impuesto ad valorem que gravaba los transportes marítimos entre España y las Indias de Castilla. El montante de la avería cubría en principio los gastos de la protección de los convoyes, a causa del aumento dde la piratería. Productos yy viajeros transportados estaban sometidos a la avería, que era esencial en la fiscalidad de la Carrera de Inddias. En 1640 la avería ya no era productiva pporque su tasa se había elevado demasiado: había pasado del 6 % al 20 y 30 %. Brazo secular Designa la autoridad del magistrado civil en contraposición al eclesiástico y, en particular, el poder de ejecutar las órdenes y sentencias que los tribunales eclesiásticos podían dictar, pero no llevar a efecto. Es el caso, por ejemplo, de los tribunales de la Inquisición, cuyas sentencias eran ejecutaddas por las autoridades seculares. Burgo Derivado del latín vulgar burgus o quizá del griego "ciudadela", "castillo"), el término sirvió para designar los pequeños asentamientos amurallados que poblaron Europa entre la desaparición de las grandes ciudades tardorromanas (ca. siglo IV) y la expansión urbana del siglo XI, expansión en la que desempeñaron un papel fundamental estos primitivos asentamientos urbanos. Con respecto a la península Ibérica, el topónimo burgo se puede rastrear aún en la actualidad, como es el caso de la propia ciudad de Burgos o Burgo de Osma. Sin embargo, parece ser que en el caso peninsular, la construcción de dichos asentamientos se debe a la influencia de los peregrinos franceses que se desplazaban por el camino de Santiago (Jaca, Pamplona, Estella...). En la zona de mayor contacto con Francia, Cataluña, el término burgo se identifica con el de vilanova (Besalú o incluso la propia Barcelona son ejemplos de ello). Por lo que respecta a las fortaleza castellanas que desarrollaron una actividad urbana, aunque todas las características anteriormente apuntadas son válidas para explicar el proceso de formación de núcleos de asentamientos, hay que destacar que el topónimo que les identifica es el de castro (procedente del latín castra, "campamento militar"). En cualquiera de los casos, los burgos medievales hispanos formaron también un auténtico conglomerado de pequeñas ciudades que fueron vitales para la expansión territorial derivada de la Reconquista y contribuyeron a dinamizar la actividad económica de la población medieval. Burguesía Derivado del latín burgus, con este nombre se designa al estamento o grupo social, eminentemente urbano, cuya característica esencial es que su nivel de riqueza no viene determinado por su patrimonio en tierras sino por su adscripición a determinados oficios artesanos, industriales, liberales, financieros y mercantiles. La evolución histórica de este grupo social le ha llevado de ser un sector aislado en el proceso de producción a detentar, a través del poder económico, el poder político de la sociedad, desplazando de él a los privilegios que, por nacimiento o por hereditabilidad, hacían de la nobleza el grupo social hegemónico. Pese a que la burguesía tenía serias restricciones en materia de gobierno (no podía acceder a los cargos políticos, vinculados al estamento nobiliario), así como vedada su entrada en la base de la riqueza de la época (los prohibitivos precios y el pseudo-monopolio nobiliario en la adquisición de tierras eran aún obstáculos imposibles de salvar), la apertura de un nuevo mercado comercial tras el descubrimiento de América (1492) provocó un súbito enriquecimiento de todo el estamento burgués, hecho que fue hábilmente aprovechado para intentar acceder a un mayor grado de colaboración política entre estos y las incipientes monarquías nacionales, tan partidarias como la burguesía de acabar con las imposiciones feudales que impedían el desarrollo de gobiernos centralistas. Esto se llevó a cabo de facto, puesto que de iure aún no había llegado la hora de que los privilegios nobiliarios fuesen despojados de su validez. Sin embargo, gracias a la adquisición de riquísimos patrimonios económicos derivados del comercio, la burguesía conoció cierto proceso de "ennoblecimiento" que posibilitó su acceso a los cargos dirigentes de las monarquías modernas, acceso favorecido también en parte porque las entidades nacionales recién creadas necesitaban grandes cantidades de dinero que sólo ellos podían poner en circulación. Así pues, la especial complicidad monárquico-burguesa en lo económico provocó hondas transformaciones en lo político, si bien los burgueses ennoblecidos, una vez ascendido su status, olvidaron muy frecuentemente sus orígenes y se comportaron como miembros del estamento nobiliario, hecho que suscitó un acontecimiento de vital importancia: la formación de lo que se podría denominar como una "clase media", cuyo sustento se basaba en la actividad mercantil pero cuyos gustos (torneos, novelas de caballerías, mecenazgo cultural...) e inversiones (compra, ahora sí, de bienes inmuebles) se aproximaban mucho más al ethos nobiliario que al motor económico de las sociedades. Baldíos (derivado de balde, gratis, del árabe bâtil, vano, inútil) En agricultura reciben este nombre las tierras que no siendo de propiedad particular, sino de disfrute público y pudiendo tener un uso agrícola carecen de una dedicación determinada y en la que predomina un tipo de vegetación natural. Igualmente, y por extensión, el término se aplica a la tierra yerma susceptible de ser puesta en labor. Históricamente, los baldíos eran las tierras que pertenecían a la comunidad pero que no se cultivaban ni arrendaban, sino que eran utilizadas por el común como pastizales o para la obtención de leña. En ocasiones de gran necesidad los baldíos podían ser puestos en cultivo para aliviar las penurias de la comunidad, por lo que su valor para la población era extraordinariamente alto. Estas tierras han sido a lo largo de la historia de España motivo de estudio y de preocupación en todos aquellos que han tratado alguna vez de hacer una reforma agraria profunda. Felipe II, en las Cortes de Madrid de 1586 y 1593 prohibió la enajenación de los baldíos. Esta prohibición fue mantenida por sus descendientes, Felipe III en 1609 y Felipe IV en 1632. Felipe V ordenó por Real Cédula del 3 de mayo de 1716 que se plantasen árboles en todos los baldíos del Reino. Posteriormente, por un Real Decreto fechado el 28 de septiembre de 1737, rompió la tradición de sus antecesores y creó una Junta encargada de estudiar la venta de todos los baldíos, negando la posibilidad de apelación a los municipios. De esta manera, se llevó a término la primera acción contra las propiedades comunales en España. En el primer año de reinado de Fernando VI, 1746, se suspendieron los trabajos de la Junta creada por Felipe V, al tiempo que se declaraba la nulidad de las enajenaciones ya realizadas. Tanto Carlos III como Carlos IV volvieron a intentar la enajenación, pero no lograron grandes resultados debido a la fuerte oposición que encontraron. Beneficio eclesiástico Cargo espiritual que lleva aparejadas rentas de bienes de la Iglesia. Obispados, abadías, curatos, capillas, cabildos o prioratos son beneficios concedidos por la Iglesia a quien se tonsura o abraza una orden religiosa. Existen beneficios llamados “curas de almas”, reservados a los párrocos con un cargo espiritual, y beneficios “simples”. En el siglo XVII, las provincias que gozaban de privilegios (Navarra, entre ellas) solicitaban insistentemente que los beneficios se reservaran a los nativos. Consejo de Indias Organismo asesor del rey para el gobierno de las Indias españolas. Dependiente del Consejo de Castilla, adquirió autonomía bajo Carlos V y se publiicaron sus ordenanzas (1571), que le concedían amplios poderes. Se ocupaba de proponer al rey los nombramientos de los administradores, de organizar las operaciones militares, dictar leyes y actuar como tribunal supremo en los territorios conquistados. Coordinado con el Consejo de Haciendas, tenía atribuciones recaudatorias. Del Consejo de Indias dependían, también, los cronistas y cosmógrafos de Indias. Reestructurado con la subida al trono de los Borbones, fue abolido de forma definitiva en 1834. Indias Nombre otorgado a América por los españoles tras el descubrimiento colombino. El origen de tal denominación reside en el hecho de que los descubridores y primeros exploradores del Nuevo Mundo creyeron haber llegado en 1492 a los confines de Asia, concretamente a Catay (China), Cipango (Japón) y la India. Escritos relacionados con el primer viaje aluden a la "armada de las Yndias" o a la posible conversión de los habitantes de la India como objetivos a lograr. Cuando Colón regresó del primero de sus cuatro viajes aseguró en cartas y otros textos haber alcanzado la India, y en tal calidad el papa Alejandro VI concedió por la bula Inter caetera a los Reyes Católicos las tierras allí descubiertas. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo y avanzaban las exploraciones, se hizo evidente para los observadores y estudiosos más avezados que ni las pruebas materiales ni los testimonios de quienes volvían a Europa se correspondían con los datos legados por la tradición sobre las costumbres y civilización de los pueblos de Asia. Poco después de concluir su segundo viaje, Américo Vespucio escribió a su amigo Pier Soderini informándole que había llegado a las Antípodas, la cuarta parte del mundo. Añadió a continuación: "Yo he descubierto el continente habitado por más multitud de pueblos y animales que nuestra Europa o Asia o la misma África". Esta carta se difundió ampliamente por Europa, hasta llegar al gimnasio del Vosgo, donde un grupo de intelectuales protegidos por el duque de Lorena trabajaba en la publicación de la Geografía de Tolomeo. La introducción del texto había quedado a cargo del clérigo Martín Waldseemüller, que admirado con la noticia de la existencia de un cuarto continente decidió llamarlo América como homenaje a Américo Vespucio. En 1507 ya se habían vendido siete ediciones de esta edición de la geografía tolemaica, de modo que el nombre poco a poco se extendió, y acabó por consagrarse como denominación canónica para referirse al Nuevo Mundo. Hasta el siglo XVIII, los españoles no aceptaron el nombre, ya que preferían hablar de las Indias para referirse a las tierras descubiertas y a los indios como sus habitantes; bajo esta terminología se incorporaron como reinos y súbditos a la corona de Castilla. La denominación "Indias" fue la más frecuente en la literatura y la legislación de la época colonial, y el término América, que tuvo un uso limitado durante el siglo XVI, se hizo más habitual en el XVII y el XVIII, aunque todavía en la época de las reformas borbónicas, poco antes de la independencia, se prefería usar la denominación tradicional. Todavía en nuestros días los británicos usan el término "Indias Occidentales" para referirse a las islas del Caribe, a fin de distinguirlas de las Indias verdaderas, las orientales o asiáticas. Concilio de Trento El origen del Concilio de Trento hay que buscarlo en la llamada al concilio universal, libre y cristiano en territorio alemán, realizada por Lutero el 28 de noviembre de 1518, como principio de superioridad del Concilio sobre el Papa en un claro ataque a su infalibilidad. Sin embargo, el propio Lutero negó, un año más tarde, también la infalibilidad del Concilio general. Así pues, el recurso al Concilio sólo era un medio de escapar a las censuras del Papa o de los obispos particulares, y también un arma contra el papado. El sucesor de León X, Adriano VI (1521), aceptó la convocatoria del Concilio, pero la guerra que enfrentaba a Francisco I con Carlos V, en plena actividad, no permitía esta convocatoria en un plazo corto, máxime cuando el 18 de noviembre de 1523 era elegido como nuevo Papa el cardenal Julián de Médicis con el nombre de Clemente VII, que fue contrario a la convocatoria del Concilio y defensor de la congregación del emperador y reyes de Inglaterra y Portugal para luchar contra la herejía luterana. El gran obstáculo para el Concilio, la guerra entre Francia y el emperador, se agravó aún más cuando Italia entró en la Liga de Cognac al lado de Francia, asustada por los éxitos del emperador en Italia y Europa. Esta política llevó a la toma y saqueo de Roma (mayo de 1527) y a la cautividad del pontífice. El tratado de Barcelona (29 de junio de 1529) restableció la paz entre el Papa y el emperador. En esta época parecía que protestantes y católicos estaban de acuerdo en exigir el Concilio: los primeros lo buscaban como un medio dilatorio para no someterse hasta que el Concilio se hubiera pronunciado, mientras los segundos querían quitarles este pretexto con el fin de desenmascararles definitivamente. El Papa, presionado por el emperador, aceptó reunir el Concilio si los protestantes volvían a la fe y a las prácticas católicas, pero estos rehusaron volver a la Iglesia antes del Concilio. Además, el emperador consultó el problema del Concilio con el rey de Francia, Francisco I, que retrasó su respuesta por varios meses. Por otro lado, las concesiones del emperador a los protestantes en la Dieta de Ratisbona (17 de abril de 1532) y la paz de Nuremberg (23 de julio de 1532) permitió a los protestantes un status quo. Además, desde el momento en que se les prometió no exigirles nada hasta el Concilio, ya no se aferraron más a él, buscando incluso dar largas a la reunión y disfrutar de las concesiones y cláusulas de la paz de Nuremberg, que pueden resumirse en tres puntos: • Paz común y pública entre todos los estados del Imperio hasta el Concilio. • Mientras, nadie podrá entrar en guerra con otro por motivos religiosos. • El emperador posibilitará la convocatoria del Concilio en un plazo de seis meses. Consulado del Mar Institución medieval que hunde sus raíces tanto en la tradición clásica como en la de origen islámico. Los consulados serían pues instituciones gremiales destinadas a la protección de sus miembros, caracterizados por tener un mismo origen geográfico, y de las actividades de éstos. Se trataba de una institución comercial que tenía un carácter extraterritorial, ya que actuaba conforme a sus propias normas y leyes en territorios que no eran los suyos propios, al menos en los asuntos que interesaban a sus miembros. Sin embargo, cuando los asuntos concernían a miembros de un consulado y otras personas o instituciones, la situación era diferente. Las normas con que se actuaban se reflejaron en un código de Derecho marítimo-mercantil denominado Libro del Consulado del Mar. Cortes Cortes era la denominación de las instituciones parlamentarias propias de cada uno de los reinos cristianos peninsulares medievales y el Antiguo Régimen en España y Portugal, "Cortes estamentales", en las que participaban representantes de los diferentes estamentos: clero, nobleza y "común" o pueblo llano (expresión con la que en realidad no se pretendía representar a los campesinos o a la gente humilde, sino a la oligarquía urbana de ciertas ciudades a las que se concedía "voto en Cortes"). Suponían la explicitación y renovación periódica de la relación política entre "rey" y "reino".1 Existieron desde finales del siglo XII hasta los últimos años del siglo XVIII. Su origen se encuentra en la Curia Regia, organismo de tipo consultivo integrado por los nobles, altos dignatarios eclesiásticos y oficiales de la casa del rey. Su composición y funciones eran distintas en cada reino o territorio, aunque en general se entendían como instituciones de naturaleza equivalente; equiparables también, con diferencias más o menos significativas, a las de otros reinos europeos (Estados Generales en el reino de Francia, Parlamento de Inglaterra). La llegada de la dinastía Habsburgo no significó, como ha pretendido la historiografía clásica, una revolución en las Cortes. Por el contrario, cabe afirmar hoy que supuso un claro continuismo respecto la época de los Reyes Católicos. Carlos I y Felipe II sólo perfeccionaron en su provecho los esquemas anteriores, poniendo a las Cortes al servicio de su costosa política imperial como más adelante se verá. Sin embargo, el siglo XVII, período de profundas transformaciones en los parlamentos europeos, significó el inicio de la decadencia del parlamento castellano, cuya crisis definitiva se produjo a fines del reinado de Felipe IV. En efecto, las Cortes dejaron de convocarse en 1665. ¿Cuáles fueron las causas de esta crisis? Generalmente se ha vinculado a transformaciones sociales y fiscales; sin negar estas circunstancias, hoy se tiene muy claro que la crisis del parlamentarismo estuvo relacionada con el auge del absolutismo, siempre refractario a la convivencia con instituciones representativas. En este sentido, la crisis de la asamblea castellana se enmarca en la decadencia general de los parlamentos europeos: en 1614 desaparecieron los Estados Generales de Francia, en 1642 ocurrió otro tanto en Nápoles, en 1645 en Valencia, las Dietas centroeuropeas dejaron de convocarse y, en general, se asistió a una quiebra general de los sistemas representativos. Pese a algunos intentos de convocar Cortes durante el reinado de Carlos II, la asamblea castellana acabó su ciclo histórico en 1665. Con la llegada de la dinastía de los Borbones en 1700 surgió un nuevo modelo de representación basado en el centralismo. Es cierto que Felipe V restauró las Cortes de Castilla en 1709, pero bajo el término de Cortes de Castilla se ocultaba una realidad institucional que poco tenía que ver con la asamblea tradicional: no era un parlamento de los reinos, sino un parlamento de la monarquía, que englobaba a representantes de los antiguas Coronas de Castilla y Aragón, aunque, ello es cierto, bajo las formas institucionales tradicionales castellanas. Además, la crisis de la institución, evidente desde el siglo XVII, se consolidó por influencia del centralismo borbónico. Las Cortes del siglo XVIII tuvieron escasa entidad política, siendo convocadas exclusivamente para el acto de acatamiento de los sucesores de la Corona: Cortes de 1709, 1724, 1760 y 1789. La única excepción fue la reunión de 1712, convocada por la exigencia de Inglaterra para la firma del Tratado de Utrecht y la renuncia de Felipe V a los derechos sucesorios al trono de Francia. Corregidor Oficio perteneciente al nivel de la administración local del reino de Castilla durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna. La institución del corregimiento tuvo su origen en la petición que elevaron las Cortes de León a Alfonso XI de Castilla en 1339 para acabar con los desmanes que se producían en la administración de las ciudades de realengo. Las Cortes solicitaron al rey el nombramiento de jueces especiales cuya función se ejercería con carácter temporal en los concejos. Sin embargo, la primera mención al cargo de corregidor en la documentación medieval se encuentra en el cuaderno de peticiones de las Cortes de Alcalá de 1358, durante el reinado de Alfonso XI. El siglo XIV fue un periodo de gran expansión del poder monárquico, según las directrices dictadas por Alfonso X el Sabio en el texto normativo de las Partidas. Esta expansión se plasmó en la imposición progresiva de la jurisdicción regia en los municipios de realengo mediante la designación de jueces de la Corona. Estos jueces se llamaron primero "de salario", "veedores" o "corregidores", ya que estaban encargados de corregir las irregularidades y males de la administración municipal. El proceso de centralización política y organización del Estado llevado a cabo por los Reyes Católicos en la segunda mitad del siglo XV supuso la generalización de la figura del corregidor, que se convirtió en uno de los ejes vertebradores de la administración monárquica. Tanto el cargo como sus funciones fueron redefinidos en este periodo, estableciéndose como oficio regular de los cuadros administrativos de la monarquía. En los Capítulos para corregidores y jueces de residencia dictados en 1500, los corregidores quedaron definidos como representantes y delegados del poder regio en los municipios y el control sobre su acción de gobierno se reservó directamente al monarca. Como jueces, los corregidores debían ser letrados o tener junto a sí a un teniente que lo fuera. La duración de su mandato se estableció en un año, que solía prorrogarse. Su ámbito de competencia debía extenderse a la ciudad y su alfoz, si bien hubo muchas diferencias regionales. En algunas zonas, sus atribuciones se extendieron a varias ciudades o villas que no tenían ninguna conexión tradicional entre sí, o incluso a comarcas y provincias enteras, como en el caso de los corregimientos de Oviedo, Guipúzcoa o Gran Canaria. Sin embargo, la implantación del régimen de corregidores no fue total en el reino de Castilla y algunas ciudades y villas de realengo pudieron conservar sus alcaldes ordinarios. Las competencias jurisdiccionales en lo civil y lo criminal que definieron en su origen la función de los corregidores fueron ampliadas en esta época hacia labores administrativas y gubernativas relacionadas directamente con la gestión del municipio. El corregimiento se superpuso a las funciones del concejo, configurándose como tribunal de primera instancia del municipio. En algunas regiones, como Vizcaya o Guipúzcoa, los corregidores actuaron sin embargo como jueces de apelación y se reservaron la supervisión de la jurisdicción eclesiástica. Los corregidores, auxiliados por un teniente y diverso personal auxiliar, recibieron además de la legislación de los Reyes Católicos amplísimas competencias económicas en el municipio. Supervisaban la contabilidad de las rentas municipales y su administración en gastos de interés comunitario, establecían los precios de las mercancías e inspeccionaban los pesos y medidas y la calidad de los productos. Su gestión en lo que a la recaudación de impuestos se refiere levantó a menudo la oposición de los municipios, oposición que se plasmó en las quejas elevadas por las Cortes a los monarcas. Desempeñaban además funciones policiales y de control del orden y la moralidad pública. Recibían su salario de las arcas del concejo municipal, cuyas rentas estaban encargados de controlar. A fines del siglo XVI, las funciones del cargo quedaron minuciosamente fijadas por la monumental obra Política para corregidores de J. Castillo de Bobadilla. A pesar del enorme poder acumulado por los corregidores, su gestión estuvo controlada por los llamados jueces de residencia, nombrados por el monarca, ya que a menudo usaron sus poderes de forma arbitraria o para su beneficio personal, despertando la hostilidad de las poblaciones. Durante el siglo XVII, el régimen de corregidores se convirtió en la unidad jurídica básica de la administración del reino de Castilla. Se establecieron de 70 a 80 corregimientos agrupados en 5 partidos. El nombramiento de corregidores quedó reservado al monarca, si bien según el asesoramiento de la Cámara, y la supervisión sobre su gestión se encomendó a la sala de gobierno del concejo, lo cual devolvió parte de su protagonismo a las instituciones colegiadas de gobierno municipal. Con la subida al trono de los Borbones en 1700 y la subsiguiente reforma institucional, el régimen de corregidores fue implantado en la Corona de Aragón, no sin oposiciones. La política de centralización monárquica de la nueva dinastía reforzó el papel del corregidor como eje principal de gobierno del municipio. Los corregimientos fueron reagrupados en 10 partidos y la dependencia directa del monarca fue sustituida por una comunicación constante con el concejo. Sin embargo, la reforma administrativa de Felipe V de Borbón conllevó también la limitación de las competencias de los corregidores, al crearse el cargo del intendente, que acaparó las funciones militares, judiciales, hacendísticas y policiales. La institución del corregimiento tuvo un nuevo periodo de auge durante el reinado de Carlos III, ya en el siglo XVIII. La burocratización y tecnificación del aparato administrativo del Estado llevada a cabo por este monarca determinaron una nueva redefinición de la naturaleza del cargo. A partir de entonces fueron los corregidores hombres de carrera, expertos letrados y burócratas profesionales, sometidos a una rígida jerarquía administrativa, lo que limitó enormemente su capacidad de gestión. Diezmo Exacción de una décima parte del producto agrario bruto que se pagaba a la Iglesia para el sostenimiento del clero secular, a cambio de las funciones que éste desempeñaba para el conjunto de fieles. Tributo de carácter eclesiástico debido por los fieles de la Iglesia católica para el sostenimiento de su clero e instituciones. En el reino de Castilla durante la Baja Edad Media se llamaron también "diezmos de la mar" los impuestos aduaneros que se cobraban en los puertos cantábricos, y "diezmos de puertos secos" a los que se percibían sobre el tráfico de mercancías en puertos interiores. Se basaba en la costumbre judía, atestiguada en la Biblia, de dar a los sacerdotes la décima parte de los frutos. A comienzos de la Alta Edad Media, el pago de diezmos fue espontáneo, pero, desde el siglo VI, succersivos concilios lo hicieron obligatorio. En los siglos centrales de la Edad Media, los diezmos fueron con frecuencia enajenados o dados en arrendamiento o en feudo a laicos, que enn ocasiones llos patrimonializaron. Este tributo entró en crisis con el desarrollo del capitalismo, durante la Edad Moderna. La evolución de la economía hubiera requerido una reforma en el tipo de bienes gravados por el diezmo y una redefinición jurídica del mismo, condiciones que no se dieron. La Reforma protestante abolió el diezmo allí donde se impuso, mientras que, en la Europa católica, el concilio de Trento replicaba lanzando la excomunión sobre quienes no lo pagaran. Durante el periodo de la Ilustración, en algunos países se hicieron intentos de abolir el diezmo, como en Nápoles en 1759 y 1772. La revolución de 1789 los eliminó definitivamente en Francia, al considerárseles un vestigio oneroso del Antiguo Régimen. En España, la revolución liberal los redujo a la mitad en 1821, renunciando el Estado a la parte que de ellos le correspondía. Pero la reacción absolutista determinó su restablecimiento en 1823. La hostilidad hacia el impuesto era de todos modos general y finalmente se decretó su abolición en 1837, si bien los problemas de la hacienda regia pospusieron la entrada en vigor de esta medida, que no se hizo efectiva hasta 1841, cuando los diezmos fueron sustituidos por la Contribución de Culto y Clero como compensación económica para dotación de iglesias y sostenimiento del clero. Carestía Designa la carencia colectiva de alimentos básicos. El concepto, sin embargo, es ambivalente. Puede indicar una aguda escasez de alimentos, o una situación en la que los alimentos no son asequibles para el conjunto de la población debido a un aumento de loos precios. Contrarreforma Movimiento surgido dentro de la Iglesia Católica en el siglo XVI como reacción ante la Reforma protestante y contra la corrupción que existía entre buena parte del clero católico. Sus fines principales eran: • Recuperar para el culto católico a la mayor cantidad de fieles posibles de aquellos que se habían rendido a las nuevas ideas defendidas por Lutero, Erasmo de Rotterdam, Calvino, Zwinglio y otros reformadores. • Frenar la difusión del pensamiento protestante en aquellas zonas de Europa que aún permanecían fieles a la Iglesia de Roma. • Volver a definir y a fijar la doctrina cristiana católica para destilar así las partes que ccoincidían con la verdad revelada por Jesucristo, expresada en las Sagradas Escrituras, y procurar de este modo distinguir ésta de la contaminación que se le había ido adhiriendo a causa de las herejías medievales y por el contacto con las ideas de los reformadores. • Reorganizar la disciplina interna de la Iglesia Católica, especialmente la que afectaba la que afectaba a las costumbres de un clero demasiado inculto en muchos casos (sobre todo en lo que se refería al bajo clero), y evidentemente corrompido en buena parte. A lo largo de toda la Edad Media, la Iglesia había ido acumulando un nivel de corrupción que los distintos intentos de reforma no habían conseguido corregir. De entre estos intentos de reforma podemos destacar el llevado a cabo por el papa Clemente VII en el siglo XI, conocido como reforma gregoriana. Sin embargo, las medidas tomadas por este papa no consiguieron acabar con los fallos morales y pastorales presentes en el cristianismo occidental del medievo. Una buena parte de la Europa rural tenía a su servicio tan sólo a clérigos poco instruidos, carentes de vocación, o que sencillamente no tomaban en serio sus obligaciones y utilizaban su condición exclusivamente para aprovechar las ventajas que ésta les deparaba. Entre las altas jerarquías de la Iglesia dominaban las manifestaciones de corrupción tales como la simonía (venta de cargos y beneficios eclesiásticos) y el nepotismo (favoritismo en la concesión de bienes y cargos relacionados con la Iglesia), así como la acumulación de riquezas, la sumisión a los poderes temporales o el absentismo de las obligaciones. Pero también existían en el seno de la Iglesia anterior al siglo XVI corrientes de pensamiento que se oponían a la degradación moral y pastoral, si bien ninguna de ellas alcanzaría la importancia que tuvo la reforma protagonizada por el alemán Martin Luther (Lutero). El programa reformista de Erasmo de Rotterdam, menos teológico que el de Lutero, si bien no dio origen a ninguna Iglesia reformada en particular, sí floreció en algunos lugares a donde el luteranismo no había podido llegar, y fue una de las corrientes de pensamiento que la contrarreforma de la Iglesia Católica atacaría con más vigor. Para llevar a cabo la tarea de remozar su doctrina, de evitar que sus fieles sucumbieran a la “contaminación” del protestantismo y de reformar a su clero, la Iglesia Católica se vale de diferentes “instrumentos” tanto teológicos como prácticos, que el concilio de Trento se encargaría de regular y de hacer efectivos. Los concepttos de Contrarreforma y Reforma católica se aplican a una realidad compleja, en la que se entremezclaba, y era difícilmente discernible, la reacción frente al desafío protestante con la respuesta a las necesidades de reforma desde el interior. Los términos son a veces usados de forma complementaria y otras de forma alternativa. El uso exclusivo de Reforma católica es en todo caso problemático, ya que la actuación de la Iglesia católica no se puede entender sin tener en cuenta el enorme impacto, en todos los órdenes, que supuso la Reforma protestante. Converso Se entiende por converso el judío o el musulmán convertidos al cristianismo, aunque el término suele aplicarse, de manera restrictiva, sólo al primero. Los musulmanes españoles conversos solían conocerse como “convertidos de moro” o moriscos, aplicánddose a ambos, tanto a los judíos como a los musulmanes convertidos, el calificativo de “cristianoos nuevos”. Aunque los judíos gozaban en la España medieval de un estatuto especial que los protegía, su situación emppeoró desde el siglo XIII, y las restricciones impuestas y leyes represivas dictadas, las más de las veces, a los monarcas por el clero, así como las persecuciones de que fueron objeto, en las que gran número de ellos fueron degollados, llevaron a muchos a la conversión al cristianismo para salvar sus vidas y sus bienes. Si la conversión, aunque obligada, fue sincera en muchos casos y los concertidos quedaron asimilados al resto de la población española, también fue considerable el número de los criptojudíos o judaizantes, es decir, de los que siguieron practicando en secreto el judaísmo hasta su expulsión definitiva de Españaen 1492. La opción que se les daba de convertirse al cristianismo o emigrar llevó a muchos de nuevo a simular su conversión, pero practicando ocultamente la religión judaica. A estos falsos conversos o judaizantes se les designaba vulgarmente con el calificativo de “marranos”, voz que parece derivar del árabe “mahram” (pronunciado en lengua vulgar “mahrán”), que significa cosa prohibida, en alusión a la carne de cerdo cuyo consumo les está vedado por la religión, aunque no sólo a los judíos, sino también a los musulmanes. De designar la cosa prohibida, es decir, la “carne de cerdo”, y a la persona que no la consume, es decir, el converso judaizante, con sentido peyorativo, la voz “marrano” pasaría a designar luego al propio cerdo o puerco. Corsario A diferencia de los piratas, que actuaban por cuenta propia, los corsarios estaban autorizados por sus respectivos soberanos y gobiernos -por lo que actuaban a su servicio-, para atacar y obtener botines de los barcos de países enemigos, y, en general, para obstaculizar el comercio. El corso fue un fenómeno importantísimo en el Mediterráneo desde el siglo XII al siglo XVI que, contrariamente a una imagen difundida, no sólo fue practicado por musulmanes, sino también por cristianos. Desde el descubrimiento de América, el corso se extendió al Atlántico. En él destacaron ingleses y holandeses, que querían romper el monopolio comercial de España con sus territorios americanos, y constituyeron una constante amenaza para los navíos españoles. La concesión de “patentes de corso” fue prohibida en el tratado de Utrecht (1713) y posteriormente por la Asamblea Constituyente francesa (1792), pero no tuvo efectos prácticos hasta mediados del siglo XIX (tratado de París, 1856). Cristiano viejo Cristiano viejo, o cristiano puro, es un concepto ideológico que pretendía designar al segmento mayoritario de la población de España y Portugal durante todo el Antiguo Régimen (Baja Edad Media y Edad Moderna), en contraposición al de cristiano nuevo (al que se suponía ascendencia de conversos de origen "moro" -musulmanes- o "judío" -la definición del DRAE de "cristiano viejo" es "descendiente de cristianos, sin mezcla conocida de moro, judío o gentil", lo que incluye, problemáticamente, el concepto de "gentil", que en este contexto parece significar "pagano", pero también significa "no judío"-). Aunque no confería ningún tipo de privilegio estamental, sí que era una condición social prestigiosa, y un orgullo que lo era más por estar fuera del alcance de muchos ricos y que a la mayor parte de los pobres se les suponía por nacimiento. Combinación de elementos etnicistas y religiosos, sería lo más cercano a la conciencia nacional que podría encontrarse en la Monarquía Hispánica en esos siglos, anteriores al nacionalismo. En la definición del DRAE la palabra clave es "conocida", pues la percepción social ("fama"), y no la verdadera ascendencia, era lo que determinaba la posición social. La manifestación burocrática del concepto de cristiano viejo, más que entenderse como tener ascendencia cristiana «por los cuatro costados» desde tiempo inmemorial (fuera esto real o imaginario), en la práctica solía reducirse a remontarse a los padres y los cuatro abuelos, exigida (con el nombre de averiguación o información de limpieza de sangre) para el ingreso en muchas instituciones y profesiones con estatuto de limpieza de sangre (gobiernos municipales, colegios universitarios, gremios, órdenes religiosas y militares, etc.). La propia Inquisición, aunque exigía la limpieza de sangre para sus miembros inferiores (los familiares), no estaba libre de sospecha de estar compuesta por muchos cristianos nuevos que se protegían o compensaban su condición con el llamado «celo del converso». Crisis del siglo XIV Indica un periodo, el siglo XIV, pero también buena parte del siglo XV, que tiene en la peste negra de 1348-49 su hito fundamental. La extensión y gravedad de la crisis, en primer lugar demográfica y económica, sigue siendo objeto de discusión. Crisis del siglo XVII Considerada una crisis general -económica, demográfica, social, política y cultural-, en los años cincuenta del siglo XX, dio lugar a un amplio debate historiográfico centrado en las ideas de decadencia, de atraso y desarrollo económico, de transición del feudalismo al capitalismo, así como en los conflictos sociales y políticos, con importantes implicaciones ideológicas y metodológicas. La idea de crisis general ha sido, sin embargo, cuestionada, tanto en lo que se refiere a la economía como a otros aspectos, y se ha enriquecido la investigación en cuanto a historia cultural y religiosa del periodo. Despotismo ilustrado Sistema de gobierno de parte importante de los países europeos del s. XVIII. Se caracterizó por un cierto reformismo promovido por los distintos monarcas y sus ministros, quienes, ayudados de la razón, querían actuar en favor del bien común reservándose toda capacidad de decisión (esto se sintetiza en la frase "todo para el pueblo, pero sin el pueblo"). En realidad, se trató de la asunción de las ideas ilustradas por las monarquías absolutas aparecidas en el siglo anterior, una expresión equivalente sería, por tanto, “absolutismo ilustrado”. En suma, se trata de una variante del absolutismo monárquico que se desarrolló en varios países europeos a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, influida por las teorías de los filósofos de la Ilustración. desde el tratado de Aquisgrán (1748) hasta la Revolución Francesa, cuando una intensa y sistemática actividad reformadora recorrió toda Europa, promovida, bajo el impulso de la ideología iluminista, por las monarquías absolutas que intentaban reforzar su control sobre el Estado en perjuicio del feudalismo y de la Iglesia. Los países en los cuales tuvo un mayor desarrollo la actividad reformadora fueron Prusia, Austria, España, Portugal, Italia y los Estados de Nápoles, Parma y Toscana; los más notorios promotores del despotismo ilustrado fueron Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Habsburgo, Carlos III de Borbón, la dinastía de Lorena, el portugués marqués de Pombal, el ministro napolitano Tanucci y el de Parma Tillot. El propósito de los reformistas de introducir leyes que condujesen al bienestar general impregnó las disposiciones que reformaron el sistema penal, se opusieron al monopolio en la producción y regularon la vida pública. En 1789 fue abolido gradualmente el despotismo; se redujeron las prerrogativas de la Iglesia, se suprimió la tortura, la pena de muerte y el tribunal del Santo Oficio, se concedió la libertad de trabajo y de comercio, se iniciaron los saneamientos, se crearon los catastros, se fomentó la investigación, los tribunales fueron uniformados y finalmente prevaleció la tutela de los intereses generales con la creación de regulaciones administrativas uniformes. Dehesa (del latín tardío defensa, prohibición) Extensión de tierra cubierta de pastos seminaturales, donde pasta el ganado y en la que existe también arbolado, en cuyo caso, la naturaleza y el modo de reproducirse los árboles darán a la dehesa la categoría de monte alto, medio o bajo. También reciben el nombre de pastizales y constituyen un importante recurso económico para la Península Ibérica, concretamente en áreas del centro, oeste y suroeste peninsular, donde el suelo es pobre en nutrientes y existen característicos períodos de sequía estival y frío invernal. En resumen, pues, pastizaje, tierra cerrada y cuyo acceso se prohíbe a los rebaños. La dehesa boyal es una propiedad comunitaria dedicada a alimentar las bestias de carga del pueblo. La dehesa puede tener árboles plantados o estar cubierta de retamas, y sirve para avituallarse de madera, bellotas y ramaje a los habitantes del pueblo. Diezmos de la mar En los puertos de la costa vasca y cántabra, se percibían derechos, llamados diezmos de la mar, sobre los productos que transitaban por vía marítima. Estos derechos, que habían sido propiedad de loss Velasco, la familia de los Condestables de Castilla, volvieron a la Corona en 1559. Embargo En la Carrera de Indias, retención efectuada por el rey sobre lo que correspondía a los comerciantes y a los particulares cuando regresaba a Sevilla o a Cádiz la flota de Indias. El rey daba a cambio títulos de rentas con la garantía de los ingresos del Estado: los juros. El temor al embargo originaba el fraude. Encomienda Institución socio-económica mediante la cual un grupo de individuos debía retribuir a otros en trabajo, especie o por otro medio el uso de un bien o una prestación que había recibido. En el caso americano, la encomienda fue muy importante a la hora de consolidar la colonización española. El establecimiento legal de las encomiendas surgió de una Real Provisión de 20 de diciembre de 1503, en la que se estableció la libertad de los nativos y su obligación de convivir con los españoles y la de trabajar para ellos a cambio de salario y manutención; los encomenderos fueron obligados a educar a los naturales en la fe cristiana. Mientras los indígenas encomendados debían recibir protección y ser evangelizados, el encomendero debía defender a los naturales, construir un templo y sostener la doctrina, levantar casas para los indios y repartir solares. Además, el encomendero contraía una obligación militar con la corona, y debía contribuir a la defensa y pacificación del reino en caso de sublevación de los aborígenes o de invasión extranjera. La encomienda trató de asegurar la mano de obra necesaria para consolidar la presencia castellana en el Nuevo Mundo. Mostraba, asimismo, la intención monárquica de legitimar sus decisiones y de que sus actuaciones fueran “conformes a derecho humano y divino”. Ya en 1511 el famoso sermón de fray Antonio de Montesinos contra los abusos que se realizaban sobre la población indígena llevó a un replanteamiento de la encomienda, que él consideraba la fuente de todos los problemas. Al año siguiente se proclamaron las leyes de Burgos, cuyo punto central fue la regulación tanto de la encomienda como del repartimiento de indígenas. En ellas se proclamó la obligación de general observancia por los gobernantes y gobernados, se mencionó el objetivo de una armónica convivencia de indígenas y españoles, especialmente para la conversión de los primeros y la mayor atención a sus necesidades; se organizó el sistema de repartimiento de los contingentes de nativos aportados por los caciques, encomendándolos a los castellanos por un tiempo que se regularía oportunamente; se indicó que se estudiaría la posibilidad de que las estançias o aldeas nativas estuvieran próximas a las de los castellanos, se mencionó que se establecerían trabajos mineros y agrícolas para los naturales; y se insistió en general en el buen trato al indígena, ordenando que se les diera un descanso de cuarenta días después de cinco meses de trabajo, que se les alimentara bien y con carne, y prohibió cargarles y hacer trabajar a las mujeres embarazadas; también obligaba a darles casa, hamacas y vestidos. El encomendero era, al menos en teoría, un "protector de los indios", aunque en la práctica la encomienda implicó multitud de abusos. De hecho, el tributo que los indios debían pagar a sus encomenderos inicialmente se realizó en servicios personales, por lo que fueron obligados a trabajar en condiciones de extrema dureza. La promulgación de las Leyes Nuevas en 1542 pretendió de nuevo eliminar los peores efectos de la encomienda en la población nativa. Tuvieron un fuerte efecto perturbador entre los conquistadores y sus descendientes, ya que impusieron fuertes restricciones al trabajo personal de los indígenas y al disfrute de las encomiendas o repartimientos. Se prohibía en ellas la tenencia de encomiendas a todas las autoridades y funcionarios públicos, así como a los institutos religiosos que habían sido agraciados con tales mercedes; se reducían las ya concedidas a particulares y, en lo futuro, se proscribía tanto la sucesión de ellas como toda nueva adjudicación a quienes hubiesen adquirido méritos para merecerlas. Igualmente se rebajaba la tasa del tributo que cada indígena debía satisfacer a la corona, que ésta cedía al encomendero en virtud del régimen establecido. Aunque las Leyes Nuevas no lograron los efectos deseados, en 1549 se abolieron los servicios personales y se estableció el tributo en dinero, oro, mantas, maíz, etc. A este tipo de tributo se le llamó demora, y era distribuido por partes para el encomendero, el cura doctrinero y el corregidor; previamente se apartaba el quinto real. La demora se pagaba dos veces al año, en navidad y el día de San Juan. Inicialmente las encomiendas se concedieron en forma temporal o por una sola vida; luego se aprobó su continuación para los hijos herederos, es decir, por dos vidas. Con las Leyes Nuevas de 1542, como hemos mencionado, se abolieron las encomiendas hereditarias, pero poco después se reconoció de nuevo su existencia. Realmente, con esta política errática la corona española intentaba lograr un imposible equilibrio entre la necesidad de mantener unos ingresos por tributación, proteger a los indígenas en un contexto de colapso demográfico y premiar a los conquistadores y sus hijos por haber "ganado la tierra", por haber hecho la Conquista. A medida que la colonización del Nuevo Mundo se consolidó, la encomienda fue sustituida por formas más modernas de organización económica, como la Hacienda y la Plantación. En 1720 se abolió definitivamente, excepto en Yucatán, donde subsistió hasta 1787. Erasmismo Movimiento ideológico suscitado por Erasmo de Rotterdam a principios del siglo XVI; su carácter humanístico a la vez que religioso lo pone en estrecha relación con la Reforma protestante, con la que coincide en el tiempo, en su método y en buena parte de sus postulados. Centrado en origen en Lovaina, el humanismo erasmista es inseparable del acontecimiento histórico que supuso la Reforma, si bien existen algunas diferencias entre ambos movimientos: la Reforma preconizó una radical separación de la Iglesia predominante, mientras que Erasmo, por el contrario, pretendía reformar el cristianismo desde su propio seno, sustrayéndolo de la rigidez formal, devocional y especulativa a la que se había visto sometido en la Baja Edad Media. La religión cristiana se había convertido en una cuestión doctrinal, que tergiversaba y olvidaba lo que era su aspecto esencial, a saber, la práctica evangélica de la "imitación de Cristo". Concretamente, la doctrina del servo arbitrio de Lutero le parecía a Erasmo una amenaza contra esta dimensión irreductible del cristianismo: si al hombre se le niega la libertad (el libre albedrío), y por consiguiente la posibilidad de cooperar de forma efectiva en su propia redención, la imitación de Cristo queda de hecho excluida de esa misma religión de la que constituye en cambio el corazón. De ahí viene la oposición de Erasmo al protestantismo, del que sin embargo aceptaba la exigencia de una reforma profunda de la religiosidad y de la vida de la iglesia; por ello, ambos coinciden también en el rechazo de la religiosidad exterior, con un culto desmedido hacia las imágenes y reliquias, con un gusto por el boato que se revela ajeno al cristianismo primitivo. El erasmismo no surgió de la nada: atrás quedaban los grandes cismas, concilios y reformas de la Baja Edad Media; de hecho, el erasmismo no se entiende sin Kempis, Gersony la devotio moderna. Por ello, Erasmo no anduvo solo: fueron muchos más lo que defendían posturas reformistas similares a las suyas (entre ellos, Eck, Wipfeling, Witzen) frente a las más radicales defendidas por los seguidores de Lutero (Hutten, Reuchlin, Melanchthon). Excepto en Moravia y en Bohemia, el erasmismo se mantuvo políticamente moderado en Polonia, en Hungría, en Austria (María de Austria tenía dos erasmistas en la corte) o en Inglaterra (los humanistas siguieron el ejemplo de Moro, Fisher y Wolsey y el espíritu de Erasmo). Estamento El estamento es aquel grupo social que tiene una misma situación jurídica y gozan de los mismos derechos y obligaciones. Fue un término acuñado para clasificar los diferentes estratos de la sociedad medieval o del Antiguo Régimen. El estamento también se conoció con el término de 'orden' o 'brazo'. Aplicándose la palabra al ámbito del Derecho político, estamento designaba a los diferentes estratos sociales que acudían a las Cortes o Estados Generales del Antiguo Régimen. Los estamentos, por lo tanto, eran la cristalización en dichas Cortes de los elementos sociales diversos en que se dividía la sociedad: nobleza, clero y estado llano. En sentido estricto, la sociedad de órdenes o sociedad estamental, propia del Antiguo Régimen, se componía de tres grandes estamentos: nobleza, clero y Tercer Estado, que representaban una división según las funciones desempeñadas en la sociedad, y se definían por criterios tales como el honor, el estatus y la estima atribuidos a esas funciones. La nobleza y el clero eran estamentos jurídicamente privilegiados: privilegios de tipo fiscal, civil, etcétera, que les conferían una situación de predominio. Esta división en estamentos, subdividos a su vez en múltiples categorías y cuerpos, ofrece, sin embargo, de estas sociedades una imagen excesivamente estática, que está lejos de reflejar toda su complejidad. Fueros (del latín forum, tribunales de justicia) La voz fue acuñada en el Derecho altomedieval y no tiene un significado unívoco, sino que se presenta como un vocablo polisémico: se utiliza para la denominación de todo el ordenamiento jurídico de un territorio o de un lugar, siendo en este caso sinónimo de Derecho (con las denominaciones, según los lugares, de forum, fuero o furs). En otras ocasiones tiene el sentido de Derecho que se aplica con vigencia local y se puede fijar en un documento concreto denominado fuero municipal, término que junto con el genérico de Derecho es el más difundido. En uno y otro caso, por tanto, la fijación por escrito no es un requisito que lo caracterice, ya que generalmente el Derecho de una localidad excede al que se fija en un fuero municipal. Se utiliza asimismo para designar al Derecho consuetudinario, generalmente uniéndolo a vocablos como uso o costumbre (fuero y uso; fuero y costumbre, etc.). También se emplea en el sentido de contribución económica o personal a la que se está obligado, tanto de naturaleza jurídico-privada como de naturaleza jurídico-pública, por lo que se utiliza la voz fuero como sinónima tanto del pago de una renta a un señor como del pago de un impuesto al rey (el forum de rege). El aglutinante durante el período medieval de esta amplitud de significados es la conciencia de estar actuando "en Derecho" que tiene la comunidad. Este significado último es el que hace que se utilicen sus contrarios para designar a cualquier contravención al Derecho: contrafuero, desafuero, desaforado, etc. conceptos que fueron utilizados por los reyes para modificar el Derecho local, unificándolo o dando normas de carácter territorial, y que asimismo se fueron adoptando después de la constitución de la monarquía hispánica como forma de preservar el Derecho propio de los reinos de la Corona de Aragón y Navarra frente a la mayor autoridad de los reyes castellanos. Durante el siglo XIX se utilizó el concepto de Derecho foral para designar el Derecho propio de determinados territorios históricos que mantenían su propio Derecho privado (Aragón, Cataluña y Navarra; ésta también su Derecho público), frente a un Derecho común de todo el Estado, tema que se planteó especialmente en relación a la elaboración del Código Civil. Fuero de Bilbao Al igual que el resto de las villas del Señorío, su contenido básico se corresponde con el Fuero de Logroño, como expresamente estableció, en este caso, el propio otorgante, Diego López de Haro. Obedece, en origen, a la necesidad de repoblar una zona deshabitada, lo que se hizo "con placer y consentimiento de todos los vizcainos", esto es, de la tierra llana; una exigencia que el Fuero Viejo de 1452 reclamaría para las villas que se fundasen a partir de entonces. Con todo, el Fuero concedía a la villa bilbaina jurisdicción sobre términos muy amplios, entre los que se incluían las anteiglesias (o tierra llana) de Begoña, Abando y Deusto, y permitía incluso avecindarse, en ella, a labradores que pagaban un censo al Señor y cuyas fincas se situaban dentro de los términos asignados al nuevo municipio. Ello daría lugar, durante la Baja Edad Media e incluso la Edad Moderna a numerosos conflictos jurisdiccionales entre Bilbao y las anteiglesias circundantes, conflictos que, además tienen, en ocasiones un claro carácter económico, puesto que, entre los privilegios concedidos por el Fuero a la villa figuraba el monopolio exclusivo de las transacciones mercantiles llevadas a cabo en la zona comprendida entre Baracaldo, Areta y Zamudio. El Fuero, por lo demás, recogía las exenciones comunes al Fuero de Logroño, la libertad de comercialización de mercancías en el puerto bilbaino, el establecimiento, en la villa, de un mercado semanal y un sistema de apelaciones contra las sentencias dadas por los alcaldes de Bilbao que remitía primero a Bermeo y, en última instancia, al propio Señor de Vizcaya. El Fuero de Bilbao fue posteriormente confirmado y adicionado por María Díaz de Haro en 1310 y, más tarde, por los reyes castellanos. En el s. XV se redactan y aprueban diferentes Ordenanzas municipales, de las que merecen mención especial las de 1435, dictadas por Juan II para concluir en Bilbao con los enfrentamientos entre bandos nobiliarios, y las elaboradas en 1483 a partir de las otorgadas a Vitoria en 1476, de claro carácter penal, que consituirán el antecedente de las Ordenanzas de Chinchilla, de 1487. Derecho del País Vasco Aunque ciertas instituciones jurídicas, particularmente de derecho sucesorio y en concreto la libertad de testar, sean comunes al conjunto de la región vasco-navarra, el derecho histórico como tal tiene entidad y características bien diferenciadas en cada una de las provincias vascas y en el Reino de Navarra. Por tanto, las fuentes en las que se recoge la tradición jurídica de cada uno de los territorios son distintas e independientes respecto de las otras, lo que hace que haya que estudiar de forma separada cada uno de los casos. Atendiendo al destinatario de las normas, hay fuentes de derecho territorial o general, aplicables a todos los habitantes de cada uno de esos territorios o de alguna zona de ellos; fuentes de derecho local, aplicable a los vecinos de una población, villa o ciudad; y fuentes de derecho personal, aplicable a determinadas personas que gozan del privilegio de poseer su propio y peculiar estatuto jurídico. Álava Desde la primera mitad del siglo XII, y hasta la mitad del XIV, la autoridad real, navarra o castellana, crea en territorio alavés distintas villas. Salvo la primera, que posee su propio fuero, el Fuero de Salinas de Añana, todas las demás van a recibir el Fuero de Logroño, directamente o a través del Fuero de Laguardia o del Fuero de Vitoria, que incorporan sus particularidades al originario texto riojano. Para la segunda mitad del siglo XV, la delimitación jurídico-privada y jurídico-pública de Álava se encuentra prácticamente realizada. En el ámbito del derecho privado, la provincia aparece dividida en cuatro zonas bajo distinto fuero: el valle de Aramayona y Llodio, bajo el Fuero Viejo de Vizcaya, el valle de Ayala, bajo el Fuero de Ayala, la tierra llana, bajo el Privilegio de Contrato, basado en el Fuero de Soportilla, y el resto de Álava, bajo el Fuero Real. En materia de derecho público territorial existe una uniformidad jurídica en virtud de la creación de la Hermandad de Álava, que agrupa al conjunto de las villas y de la tierra llana, dictando normas de aplicación general recopiladas en los Cuadernos de ordenanzas de Álava. Guipúzcoa Las villas guipuzcoanas fueron creadas por la autoridad real entre los años 1180 -en que se funda San Sebastián- y 1383. Las villas situadas en la costa, con alguna excepción, reciben el Fuero de San Sebastián que, aunque basado en el de Estella, tiene importantes aportaciones propias en materia de derecho marítimo. A las del interior se les otorga por el contrario el Fuero de Vitoria, directamente o a través del Fuero de Mondragón. No existe en Guipúzcoa ningún texto que recoja el derecho consuetudinario de transmisión oral que, sin duda, era el tradicionalmente aplicado. En materia de derecho privado sólo se conservan, escritas, unas pocas normas incluídas en el derecho de hermandad y algunos también escasos acuerdos de las juntas provinciales. Sin embargo, en el ámbito del derecho público las fuentes guipuzcoanas son relativamente abundantes y, sobre todo, presentan una gran continuidad material y temporal de 1397 a 1758. La producción normativa aplicable a toda la provincia empieza con la constitución de la Hermandad de Guipúzcoa y se recoge, hasta 1463, en diversos textos llamados Cuadernos de Ordenanzas de Guipúzcoa. De mayor importancia, por su labor sistematizadora y su interés político, es la Recopilación de Leyes y Ordenanzas de Guipúzcoade 1583, y sobre todo la Nueva Recopilación de los Fueros de Guipúzcoa de 1696. Vizcaya Salvo Valmaseda, fundada en 1199 por la autoridad real, las otras veinte villas creadas entre esa fecha y 1376 fueron erigidas por los titulares del Señorío de Vizcaya mediante la segregación del ámbito municipal del régimen general señorial. Todas ellas recibieron el Fuero de Logroño, bien de forma directa o, en alguna ocasión, a través del Fuero de Bilbao. Textos significativos son el Fuero de Valmaseda, el Fuero de Orduña, el Fuero de Portugalete, el Fuero de Marquina y el Fuero de Miravalles. La compleja configuración territorial del Señorío, en el que se localizan tres zonas distintas, condiciona los diversos regímenes jurídicos comarcales sobre todo en materia de derecho privado y en orden a los diversos textos que lo recogen. El derecho propio del Duranguesado se contiene en el Fuero de los labradores de Durango. El de las Encartaciones en el Fuero de Avellaneda y, más tarde, en el Fuero Nuevo de las Encartaciones. La tercera zona, conocida como Vizcaya Vieja por ser la señorial originaria o tierra llana, recogió su viejo derecho consuetudinario en dos textos sucesivos: el llamado Fuero Viejo de Vizcaya, y el posterior Fuero Nuevo de Vizcaya. En lo que respecta al derecho público territorial aplicable en todo el Señorío nace, como en las otras dos provincias, con la creación de la Hermandad de Vizcaya, cuyas primeras normas se contienen en el Cuaderno de Juan Núñez de Lara (1342) y, más tarde, en las Ordenanzas de Gonzalo Moro o Cuaderno de Hermandad de 1394. La necesidad de mantener el orden público dará origen en 1487 a las conocidas como Ordenanzas de Chinchilla, y para aquietar definitivamente los enfrentamientos entre los núcleos urbanos y los rurales se dictó en 1630 la llamada Concordia entre Villas y Tierra Llana. Galeones Embarcación de los siglos XVI y XVII, una de las más usadas (si no la más) tanto en labores civiles de transporte, aunque siempre armado, como en labores de guerra. De origen español, tal designación suele darse a los barcos que superaban unas proporciones normales y tenían unas formas más estilizadas que los barcos redondos. Los convoyes que durante los siglo XVI y XVII protagonizaron la denominada Carrera de las Indias, y que salían desde España hacia América con productos peninsulares y europeos y volvían cargados con productos de las Indias, entre ellos el oro y la plata, estaban integrados por galeones. También fue el protagonista del enlace entre los territorios americanos y las posesiones del Pacífico (Filipinas), ya que fue el denominado Galeón de Manila el que, durante los mismos siglos, conectaba ambos lugares una vez al año. En suma, pues, los galeones eran navíos de guerra de la flota de las Indias de un tonelaje medio de 600 toneladas. Cada año eran enviadas a las Indias dos flotas: la flota dde Tierra Firme, bajo la protecciónde los galeones “de plata”, y la flota de Nueva España, a la que acompañaba un convoy de galeones. Ciertos galeones se construían por cuenta de la avería. Galeón de Manila Navío mercantil que, a partir de 1565, surcaba anualmente el océano Pacífico y conectaba la ciudad de Manila, capital de Filipinas, con el puerto de Acapulco en Nueva España. Este original sistema de navegación permitió un intenso tráfico comercial de productos y manufacturas entre el Extremo Oriente y América. A finales del siglo XVI se sancionó un reglamento que estipulaba las bases sobre las cuales se llevaría a cabo el comercio (1593). En él se especificaba que el comercio realizado en el Pacífico sólo debía ejercerse entre los dos puertos mencionados; el transporte quedaría limitado a dos barcos anuales, ninguno de los cuales podría exceder las trescientas toneladas. Se especificaba que el máximo de exportaciones que el Galeón de Manila podía introducir en Nueva España era de 250.000 pesos en plata y se señalaba el tipo de productos que podían entrar al territorio americano. Gremio Conjunto de personas que tienen un mismo oficio y que se asocian en corporación con el objetivo de salvaguardar la producción y proteger sus intereses comunes. Una definición más exacta es la que ofrece el historiador E. Coornaert: "gremio es la asociación económica de derecho cuasi-público que somete a sus miembros a una disciplina colectiva para el ejercicio de su profesión [...]" (op. cit. p. 46). Los gremios como órganos de distribución de los productos surgieron en la Edad Media, recibiendo varios nombres en los distintos países: eran mètiers en Francia, ghildas y hansas en Alemania, arti en Italia, cofradías o hermandades en Castilla y arts u oficis en Cataluña y Aragón. Más tarde, aproximadamente en el siglo XV, se les aplicó a todos el nombre de corporación gremial o, más simplemente, gremio. Así, pues, un gremio es la asociación formada por los maestros, oficiales y aprendices de un mismo oficio, regida por ordenanzas o estatutos especiales. Los gremios surgieron en Europa durante la Baja Edad Media amparados en la pujanza económica de las ciudades. Sus fines tuvieron esencialmente un carácter económico y social, consistiendo en controlar la oferta y los precios de los productos que manufacturaban, pero también velando por la prosperidad y seguridad de los miembros que los integraban. Regulaban la actividad laboral, la formación y aprendizaje de sus asociados, estableciendo una estricta jerarquía entre ellos (aprendices, oficiales, maestros). También los amparaba en caso de desgracias como la viudez, orfandad o enfermedad, a través de pensiones, asignaciones o el mantenimiento de hospitales. Desarrollaron igualmente labores de carácter religioso expresadas en la veneración de sus santos particulares y la creación de cofradías. En cierto modo, los gremios constituyeron el antecedente de los sindicatos, en las etapas iniciales de su creación, ejemplo de los cuales fueron las Trade Unions (Sidicatos de Oficio) en los albores del siglo XIX. A lo largo del siglo XVIII, los gremios, una instituición de carácter feudal, ya muy debilitados, fueron desapareciendo, siendo sustituidos por la iniciativa privada, la libertad de industria y comercio propios del capitalismo. Esto se aprecia tempranamente en Inglaterra tras la introducción del domestic system que producía mercancías fuera de la reglamentación gremial. El desarrollo de la industria moderna y la consiguiente quiebra de los talleres artesanales arrojó a oficiales y maestros artesanos al desempleo. Durante el siglo XIX las relaciones de producción capitalistas y la creciente proletarización del trabajo desembocaron en el problema obrero. En adelante los obreros se organizarían en sindicatos y partidos políticos. Guerras de religión Se conoce como las Guerras de religión de Francia, a una serie de enfrentamientos civiles que tendrían como zona de acción el Reino de Francia durante la segunda mitad del siglo XVI. Las diferentes guerras, unas ocho, se sucederían en los años entre 1562 y 1598. El detonante de todos estos conflictos residía en las disputas religiosas entre católicos y protestantes calvinistas, hugonotes. El origen lo encontraríamos en la paz Cateau-Cambreis, muy favorable a España. En una de las cláusulas se impondría la contra-reforma francesa. Así, esto, sumado a la crisis económica, hizo que los calvinistas franceses, mayoritariamente burgueses, se sintieran exprimidos, y buscaran el apoyo de la baja nobleza, que estaba dispuesta a la mejora de estatus del poder que ofrecía la nueva religión. Las causas del conflicto también pasan por el debilitamiento del poder real. Los reyes Francisco I y Enrique II no habían tolerado oposición alguna a su poder. Al morir el último, los reyes Francisco II y Carlos IX eran muy jóvenes para reinar, así pues surge la figura de Catalina de Médicis como regente, la cual intentará, junto al canciller Michel de l ´Hospital, mantener la continuidad del Estado mediante la tolerancia religiosa. Al existir un cierto vacío de poder, fueron tres los clanes familiares que se enfrentarían para reinar, por un lado tenemos a los Montmorency, por otro a los Guisa y por otro a los Borbones. Entre todo esto surgen las otras potencias, que vieron en esta inestabilidad una oportunidad clara de apoyar a los diferentes frentes por sus propios beneficios. Así, Inglaterra intervendría en apoyo a los protestantes, mientras España lo haría en apoyo al clan de los Guisa, católicos intransigentes. Así, durante las guerras de religión, Inglaterra y España también se enfrentarían, apoyando militarmente cada uno a un bando y tomando el territorio francés como campo de batalla. Estas guerras realmente son complejas pues los intereses eran tantos que no se puede establecer un único origen; y es que además de todo lo expuesto anteriormente, Inglaterra tenía intención de recuperar Calais (perdida en 1558), España quería recuperar la parte septentrional de Navarra y Saboya, aliada de España, quería recuperar las ciudades italianas ocupadas por Francia tras las Guerras de Italia. Hagiografía Dos son los conceptos básicos que pueden entenderse como hagiografía. Uno de ellos el estudio de los santos, su historia, culto y leyendas. Considerada como una rama de las ciencias históricas cuyo objetivo es el descrito y para el que se aplican métodos de búsqueda, catalogación de textos, realización de ediciones críticas de los mismos, con las técnicas filológicas necesarias a fin de establecer el mejor texto posible, fijar su datación, autoría, etc. Por último, la crítica hagiográfica propiamente dicha: tratar de establecer la veracidad histórica del santo, hallar toda la documentación existente sobre él, averiguar cuándo y cómo se inicia su culto, cómo surge la leyenda sobre su vida, milagros o reliquias. El otro es el de entender la hagiografía como el conjunto de obras de la cultura y literatura cristianas cuyo tema fundamental es el de la vida de santos. Es decir, el estudio de esas obras en tanto que género literario. Herejía Del latín, y a su vez del griego, elección. La Iglesia católica se atribuyó desde sus inicios, en especial desde la patrística, la posesión legítima de la verdad revelada -aquella que no se puede conocer sólo con la razón, sino que es manifestada por Dios a los hombres mediante la Iglesia-; y definió la herejía como la doctrina que se oponía a una verdad revelada. Herejes fueron los que sostenían doctrinas contrarias a la ortodoxia oficial: arrianos, monofisitas, cátaros, etc. Pero también otros individuos y grupos: cismáticos, como los donatistas; enemigos del papado, como los gibelinos; movimientos de protesta sociorreligiosa, como el de los husitas; judaizantes (conversos), etc. El protestantismo era una herejía cismática (Reforma protestante). La persecución de los herejes se hizo sistemática desde el siglo XIII, con la promulgación por Inocencio III de la cruzada contra los albigenses (1209), el IV Concilio de Letrán (1215) y la creación de tribunales de la Inquisición, específicamente destinados a la extirpación de las herejías. Las penas que, en caso de no arrepentimiento y abjuración, podían llegar a la pena capital ejecutada por el brazo secular, eran vistas por la Iglesia como penitencias para la redención del pecado y no como puniciones. Inquisición El Tribunal de la Santa Inquisición española fue creado mediante la bula del papa Sixto IV, promulgada el 1 de noviembre de 1478, y fue abolido por el Decreto de 15 de julio de 1834. Durante sus más de tres siglos de existencia su objetivo fue la persecución de la herejía y la defensa de la ortodoxia católica. Esta institución, de carácter moderno, real y castellano, que desempeñó un importante papel en la política y en la vida de España en un período en que el país alcanzó una mayor proyección de su historia, ha sido y sigue siendo tema de apasionadas controversias y juicios contradictorios. Sus antecedentes se remontan a los siglos centrales de la Edad Media, y hay que buscarlos en esa Inquisición episcopal, y después pontificia, que fue adoptada por la mayor parte de los países europeos para velar por el orden doctrinal y disciplinario romano frente a las herejías. En Navarra se implantó la Inquisición por encargo del Papa en 1238, pero tuvo una escasa actuación. En Castilla , siempre según las disposiciones de los reyes, se quemó en 1442 a los valdenses de Durango. En la España medieval la preocupación mayor era la mezcla de judíos, moros y cristianos, cuya convivencia estuvo marcada por luces y sombras. La coexistencia entre las tres comunidades se alteró, según Kamen, cuando el equilibrio se rompió por los importantes avances cristianos que siguieron a la batalla de las Navas de Tolosa en 1212. A finales del siglo XIII los moros conservaban poco más que el reino de Granada y en el siglo XIV comenzaron las matanzas de judíos. La creación de un nuevo modelo institucional de Inquisición para los Reinos Hispánicos quizá sea una de las obras más importantes y trascendentales realizadas por los Reyes Católicos. La institución Inquisitorial, como se sabe, fue creada por Isabel y Fernando en los momentos iniciales de su reinado y se mantendrá vigente en España durante alrededor de trescientos cincuenta años. La huella, pues, que ha dejado el Santo Tribunal de la Inquisición en nuestra historia ha sido extraordinaria. Estamos por lo tanto ante la historia de una institución que va a sufrir una importantísima evolución desde los tiempos fundacionales, a finales del siglo XV, hasta sus últimos momentos, allá por los años de la revolución liberal del siglo XIX. Por ello la Inquisición, aunque conservará siempre su misma naturaleza, tendrá una función cambiante, que cobrará diferentes sentidos según nos encontremos en una época u otra de la historia de España. La Inquisición tuvo como objetivo primordial perseguir la herejía manifestada por individuos o grupos. Un fenómeno, la herejía, que estaba perfectamente definido por la teología. Pero sin embargo, serán los inquisidores quienes haciendo uso del procedimiento jurídico inquisitorial tendrán que desentrañar el delito de herejía. Por lo tanto, el teólogo definía la herejía, pero al final es el inquisidor quien la sentencia. Fue por ello que el castigo de la manifestación herética será aplicado de manera distinta a lo largo de la historia, respondiendo a las diferentes percepciones que de este fenómeno tuvieron los inquisidores. Y en última instancia, estas diferentes percepciones respondieron a las preocupaciones políticas y culturales de cada momento histórico. Navarra El reino de Navarra, tras la emergencia de los dos reinos de Castilla y de Aragón, tuvo un destino “pirenaico”, ligado en parte al de la Corona de Francia a partir de 1229, con las casas de Évreux y de Albret. Fue reconquistada en 1512 por Fernando el Católico y unido a la Corona de Castilla, aunque conservó sus instituciones y sus fueros. Brujería en el País Vasco Brujas de Zugarramurdi es el nombre con el que se conoce el caso más famoso de la historia de la brujería vasca y posiblemente de la brujería en España. El foco de brujería se encontró en la localidad del Pirineo navarro de Zugarramurdi y el proceso fue llevado por el tribunal de la Inquisición española de Logroño. En el auto de fe celebrado en esa ciudad los días 7 y 8 de noviembre de 1610, dieciocho mujeres fueron reconciliadas porque confesaron sus culpas y apelaron a la misericordia del tribunal, pero las seis que se resistieron fueron quemadas vivas y cinco en efigie porque ya habían muerto. Nueva Planta Los Decretos de Nueva Planta son un conjunto de decretos promulgados entre 1707 y 1716, por el rey Felipe V de Borbón, vencedor de la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), por los cuales quedaron abolidas las leyes e instituciones propias del Reino de Valencia y del Reino de Aragón el 29 de junio de 1707, del Reino de Mallorca el 28 de noviembre de 1715 y del Principado de Cataluña el 16 de enero de 1716, todos ellos integrantes de la Corona de Aragón que se habían decantado por el archiduque Carlos, poniendo fin así a la estructura compuesta de la Monarquía Hispánica de los Austrias. Estos decretos también fueron aplicados a la organización jurídica y administrativa de la Corona de Castilla. Formalmente, los Decretos eran una serie de Reales Cédulas por las que se establecía la «nueva planta» de las Reales Audiencias de los territorios de la Corona de Aragón y de Castilla. La primera y más trascendental reforma que llevó a cabo Felipe V fue la promulgación de los Decretos de Nueva Planta: en 1707 se aprobaron los de Valencia y Aragón y en 1716 los de Cataluña. Por medio de los Decretos de Nueva Planta se suprimieron los fueros de estos territorios. El Rey sí que mantuvo el régimen foral de vascos y de navarros, que lo habían apoyado durante la guerra. Además, en 1713 Felipe V aprobaba la Ley Sálica, que impedía el acceso al trono a las mujeres. Hidalgo Desde la Baja Edad Media se dio este nombre en España a los infanzones o nobles de segunda categoría. Aunque se empleó también para designar a los nobles pertenecientes a la clase de los ricoshombres o magnates, su uso más específico se refería a aquéllos que ocupaban el escalón más bajo de la jerarquía nobiliaria castellana. Quedaban así distinguidos de los villanos o pecheros. En calidad de nobles, los hidalgos estaban exentos de pagar cualquier tipo de cargas o tributos. Su carencia de fortuna, sin embargo, les impedía compararse con los nobles pertenecientes a los peldaños superiores del escalafón nobiliario: caballeros y nobleza titulada. Durante los siglos XVI y XVII, sobre todo, se constituyeron los hidalgos en una clase social muy numerosa, debido en gran medida a las concesiones de hidalguía hechas por los reyes, como fue el caso de los infanzones aragoneses de “carta” y “población”. El hecho de que muchos de estos nuevos hidalgos no descendieran de antiguos infanzones o fijosdalgos medievales, sino de la clase de los caballeros villanos de Castilla (que eran muy abundantes desde el siglo X y que fueron asimilados a la nobleza, convirtiéndose finalmente en nobleza secundaria), explicaría también su enorme número. Distribuidos muy irregularmente por la Península Ibérica, eran muy numerosos en el norte, donde la totalidad de los pobladores de Guipúzcoa, Vizcaya, Asturias y Cantabria pretendían serlo. Su número disminuía progresivamente según se avanzaba hacia el sur peninsular. A mediados del siglo XVIII se calcula que había en España 700.000 hidalgos, cerca de 8% de la población total. Sin apenas influencia política y social, y prácticamente sin recursos económicos, los hidalgos mostraron sin embargo una gran repugnancia psíquica por el trabajo manual, según su condición nobiliaria. Alcanzar algún cargo en el ámbito cortesano solía ser su principal ambición. Intentaron siempre participar de los beneficios de las amplias redes de clientelaje tejidas por los poderosos bajo la monarquía de los Austrias, particularmente como regidores urbanos. A comienzos del siglo XIX, sin posibilidades ya de mantener socialmente su condición noble, los hidalgos desaparecieron rápidamente ante las nuevas circunstancias socio-económicas. En la práctica, sólo la nobleza de título conservó todavía durante la Edad Contemporánea los beneficios sociales de la aristocracia. Real Compañía Guipuzcoana de Caracas Empresa de comercio y navegación creada en el siglo XVIII para activar los intercambios mercantiles entre la metrópoli española y Venezuela. Funcionó como una sociedad por acciones. Sus actividades tuvieron una enorme influencia en el desarrollo económico de la provincia, así como en la formación de la conciencia política de los criollos venezolanos. Durante el siglo XVIII se produjeron una serie de transformaciones radicales en América, de gran intensidad en el aspecto económico. Aunque el gobierno español mantuvo el monopolio comercial entre la metrópoli y sus colonias, estas modificaciones se aplicaron de forma muy distinta en función de factores como el propio desarrollo de las colonias, la vinculación de aquellos territorios al comercio europeo, la superioridad industrial de las potencias europeas, el asedio de los comerciantes extranjeros a través del contrabando, la presión militar y los tratados internacionales, y la propia penuria económica de la Corona, que necesitaba nuevas fuentes de ingresos. En este último aspecto, la llegada de los Borbones al trono español coincidió con una nueva coyuntura económica marcada por el declive de la minería y la superiodad comercial británica, lo que hizo reaccionar a las auroridades españolas para intentar contrarrestar esta situación por medio de la diversificación de la producción regional y la liberalización de las condiciones del comercio. Así, durante el siglo XVIII se decretaron diversas reformas en el campo comercial a través de ordenanzas y cédulas, encaminadas a liberalizar las relaciones económicas entre la metrópoli y los territorios americanos. En efecto, el propio Tratado de Utrecht de 1713, que reconocía a la dinastía francesa como heredera del trono español, tuvo como contrapartida la cesión a Inglaterra de privilegios comerciales en las colonias como la concesión del control del asiento (el comercio de esclavos), o la autorización para enviar un navío de 500 toneladas (denominado navío de permiso) a las principales ferias de América. Poco más tarde, en 1720, un nuevo Reglamento implicó la eliminación del comercio controlado mediante el sistema de flotas y galeones al aprobarse el envío de navíos de registro. En este proceso de liberalización comercial, destacó la fundación de compañías comerciales privadas, un sistema de franquicia creado a imagen de la Compañía Británica de las Indias Orientales que, si bien no negaba el sistema de monopolio estatal sobre el comercio, parecía poder responder eficazmente a las necesidades de desarrollo de ciertas areas geográficas, para así financiar la importación de mano de obra esclava y para abrir nuevos mercados. Estas compañías centraron sus actividades en el área del Caribe, donde se daban a priori las condiciones más favorables para obtener beneficios, ya que las nuevas compañías podían centrarse en el desarrollo y control de la explotación de productos tropicales para su exportación a Europa. En 1728, por cédula de la corona española, se creaba la Compañía Guipuzcoana, también conocida como la Compañía de Caracas. La iniciativa de crear dicha sociedad mercantil partió de Pedro José de Olavarriaga, juez pesquisador, quien en su informe de 1720 informó al rey de la necesidad de controlar el comercio ilícito en Venezuela por medio de una institución que se encargara de monopolizarlo, especialmente el del cacao, el más rentable producto de exportación. La Compañía comenzó a operar en 1730 con capital procedente de comerciantes vascos, principalmente, así como con fondos aportados por la Corona y por diversos miembros de la elite caraqueña. Estos últimos habían logrado una notable independencia administrativa dentro del Virreinato de Nueva Granada, del que formaba parte. Las oficinas de la Compañía Guipuzcoana se mantuvieron desde su fundación y hasta 1751 en la ciudad de San Sebastián, año en que se trasladaron definitivamente a Madrid. Según las ordenanzas reales, el gobernador de Caracas ejercía como juez conservador de la Compañía en América. En el contrato que la sociedad obtuvo del gobierno se estableció que la Compañía se comprometía a enviar anualmente dos buques armados a las costas de Venezuela (entre Maracaibo y Guayana, y la isla de Margarita) para luchar contra la piratería y eliminar el comercio ilícito. Hay que señalar que el contrabando se efectuaba en esa época con gran desenvolvimiento; lejos de ser considerado una actividad clandestina, se realizaba a plena luz en los puertos y, a menudo, se permitía. Muchas mercancías llegaban a puerto tras pasar incluso trámites burocráticos y al amparo de los oficiales reales. La Compañía Guipuzcoana obtuvo por el contrato el monopolio comercial en la gobernación de Venezuela, y más tarde logró la extensión de este privilegio a Cumaná, Margarita y Trinidad de Guyana. Tabaco, cueros y cacao fueron los productos fundamentales de intercambio, especialmente el cacao, que servía como alimento básico de la población y como producto clave de exportación, primordialmente a México y a España. Las actividades de la Compañía incentivaron aún más la producción (con exportaciones medias anuales de 35.000 fanegas), si bien su política comercial también tuvo como efecto la bajada de los precios del producto, lo que creó inmediatamente fuertes resentimientos por parte de los productores, entre los que destacaron el marqués del Toro y el conde de San Javier, quienes protestaron por los privilegios concedidos a la Compañía. Por otra parte, la Compañía Guipuzcoana fue eficaz en la lucha contra los ingleses durante el conflicto entre 1739-48 (Guerra de la Oreja de Jenkins) y en la eliminación del contrabando holandés de cacao. Durante el gobierno de Lardizábal (1732-1737), la Compañía se fortaleció al controlar el comercio con Veracruz, gracias a un edicto de dicho gobernador que fijó en 1734 una cuota para el comercio con México, lo cual evitó que los productores venezolanos vendieran directamente el cacao a Nueva España. Así, éstos tenían que entregar la cosecha a los oficiales de la Compañía, quienes fijaban los precios a su antojo. En 1738, el director de la Compañía, Nicolás de Francia, obtuvo del cabildo de Caracas el monopolio del comercio del cacao con Veracruz a cambio de comprometerse a pagar a los cosecheros varios pesos más que su valor en el mercado. Los precios, sin embargo, siguieron bajando en años posteriores: según Juan Francisco León, si antes de la creación de la compañía se compraba el cacao a 22 pesos la fanega, en 1749 el precio había llegado a tan sólo 8 pesos, e incluso a 3 pesos en la zona occidental de la provincia. Pese a las protestas, la actividad de la Compañía Guipuzcoana tuvo como efecto un notable incremento del comercio, lo que produjo una enorme afluencia de dinero circulante en la provincia de Venezuela, ya que de Nueva España llegaban una media de quinientos mil pesos anuales a cambio de cacao. Por otro lado, la Compañía logró incentivar otros sectores de la economía colonial al introducir nuevos productos para su comercialización, como algodón, tabaco e índigo. Esta estrategia intentaba a evitar el deterioro de un producto perecedero como la almendra de cacao en el caso de conflicto bélico o interrupciones del tráfico. La instauración de la Compañía también provocó otros efectos colaterales, como la modificación en la red de intercambios; acostumbrados a comprar productos a proveedores extranjeros, los venezolanos adquirieron productos de menor calidad y mayor precio procedentes de España. La política económica de la Compañía Guipuzcoana acabó por provocar la animadversión de la población venezolana (sobre todo hacia los peninsulares vascos asociados con la compañía) ya que ésta gozaba de altos beneficios al pagar bajos precios por lo productos y vender las importaciones a precios considerados abusivos. En 1733, tan sólo tres años después de que llegaran a Venezuela las primeras fragatas de la Compañía, el Cabildo de Caracas elevó quejas formales a las autoridades españolas contra la Compañía. Debido a esta situación, y a otros abusos efectuados por personas vinculadas a ella, en 1749 el teniente Juan Francisco León, comisionado en Panaquire, encabezó una revuelta que la puso en serio peligro. Aunque León fue enviado a España, donde se le conmutó la pena de muerte por su compromiso a luchar en la campaña africana, la protesta general que entonces se inició contra la prepotencia de la compañía influyó en la decisión del gobierno de establecer cambios en su funcionamiento. La animadversión hacia la Compañía Guipuzcoana se manifestó de nuevo en 1750 cuando el Cabildo de Caracas se negó a admitir como escribano a Francisco Arrieta por ser navarro e identificado con los intereses de dicha sociedad mercantil. En 1776, las restricciones en la importación de mano de obra esclava y la creación del sistema de Intendencias, que unificó económicamente la provincia de Venezuela con las circundantes, configurando la nación actual, contribuyó al declive de la Compañía, ya que aquella nueva institución asumió muchas de las funciones que se le habían concedido originalmente. Los intendentes concentraron en su manos funciones políticas, judiciales y militares que hasta entonces correspondían a los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores, contaron con jurisdicción financiera y tuvieron un énfasis especial en la promoción de la agricultura, la industria y el comercio, con intención de que aseguraran la prosperidad económica de los territorios bajo su administración. Los intendentes pasaron así a ejercer un control directo de la economía y a interferir, por tanto, en las actividades de la Guipuzcoana. Por otra parte, en 1778, se aprobó el documento económico más importante para la regulación de las relaciones económicas en la América Española: el Reglamento de Comercio Libre de España e Indias, que establecía la apertura de los puertos más importantes de la península al comercio con América (decisión iniciada tímidamente años antes, en 1765), a la vez que rebajó las cargas fiscales de muchos productos. Con todo, el poder monopólico de la Compañía era tal que este reglamento no incluyó a los puertos de Venezuela, por lo que siguió manteniendo un tiempo sus privilegios comerciales. Por fin, en 1780 el intendente Abalos, en carta dirigida al ministro de Indias José de Gálvez, se manifestó contrario a las actividades de la Compañía, y advirtió del peligro que una política económica favorecedora de los monopolios podía suponer para la fidelidad de la provincia. En dicho año, una Real Cédula aprobó por fin el comercio libre en la provincia (un hecho precipitado por la guerra de 1779) y concedió a los venezolanos el derecho a comerciar con las colonias holandesas y francesas. Como consecuencia de la pérdida de sus privilegios, en 1785 la Compañía Guipuzcoana optó por fusionarse con la Real Compañía de Filipinas. Ducado Moneda de oro acuñada por la República de Venecia. La primera emisión data del año 1284, durante el gobierno del Dux de Venecia, Juan Dándalo. La aparición de dicha moneda en el mercado se debió al auge comercial y marítimo alcanzado por las diferentes repúblicas marítimas italianas, las cuales necesitaban contar con una moneda fuerte y estable para comerciar con Oriente, entrando de esa manera en los círculos comerciales y poder hacerles la competencia a las monedas de oro que, hasta ese instante, dominaban el comercio: el besante bizantino y el dinar musulmán. Venecia también se aprovechó del progresivo desprestigio del besante bizantino para sacar a la luz el ducado veneciano, moneda de oro con una fuerte solidez y estabilidad, defendida por la propia república. A la par que Venecia emitía el ducado, por su parte la otra república italiana más fuerte, Florencia sacaba a la luz su propia moneda, también de oro: el florín. En un principio esta última moneda tuvo mayor relieve en la Europa occidental que el propio ducado, que tuvo su área de influencia en la zona oriental del Mediterráneo, sobre todo en relación directa con el Imperio bizantino. El ducado de oro nació con el nombre técnico de zecchino, término que deriva del lugar o casa donde se acuñaban las monedas zecca. Pero enseguida se le denominó ducado, por ser ésta la última palabra de la leyenda que llevaba inscrita en el reverso: SIT TIBI CHRISTIE DATUS QUEM TU REGIS ISTE DUCATUS ('sea dado para ti, Señor, este ducado que tú riges'). La primera emisión del ducado en la Península se produjo bajo el reinado de Juan II de Aragón, en 1477, en las ciudades de Zaragoza y Barcelona. En la Corona de Aragón fue conocido con el nombre de Principats. Tanto el peso como la ley del ducado aragonés era el mismo que del veneciano: 3,5 grs de peso y 23,75 quilates de ley. Dicha implantación del sistema monetario basado en el ducado se debió a la necesidad perentoria de poseer una moneda fuerte, estable y propia que facilitase el comercio exterior marítimo de la Corona de Aragón, factor éste muy importante, no sólo económicamente sino también políticamente, para el fortalecimiento del reino. Aragón encontró en el Mediterráneo un área magnífica de expansión, y no podía quedarse atrás. Como vemos, la aparición del ducado en la Corona de Aragón obedeció a los mismos factores económicos que impulsó a Venecia, tiempo atrás, a emitir su propia moneda. El ducado aragonés acabará declinando y siendo sustituido, a mediados del siglo XVI, por el rey Carlos I, que introdujo el escudo, moneda también de oro. Por el contrario, en la Corona de Castilla, el ducado tuvo una mala acogida en un principio. Pero su introducción por parte de los Reyes Católicos fue de una gran trascendencia por que supuso la sustitución del caótico sistema monetario que hasta entonces imperaba en el reino. Dicha reforma se produjo en el año 1497, mediante las Ordenanzas de Median del Campo. El nombre que se dio al ducado en Castilla era el Excelente de la granada. El ducado castellano tuvo una gran peculiaridad con respecto a los demás ducados, y es que tenía un peso de 7 grs, prácticamente el doble. Los Reyes Católicos estaban en su apogeo político y económico, despuntando ya como la futura potencia continental. Además de eso, la Corona empezó a recibir grandes cantidades de metal precioso de las colonias americanas. El ducado castellano, con ese peso doble y gran pureza, lo que estaba haciendo es demostrar y reflejar el poderío de la Corona castellano-aragonesa. El sistema castellano fue introducido en Aragón, unificando así la moneda para todo el territorio regido por los Reyes Católicos. Debido al alto valor del Excelente castellano (dos ducados), se emitió el Medio excelente que tenía un valor de un ducado veneciano, y el Cuarto excelente, con un valor de medio ducado veneciano. Estas monedas fraccionarias se emitieron para hacer más factible y cómodo el pequeño y mediano comercio, así como las transacciones monetarias de menudeo. Lo cierto es que el ducado castellano tuvo una efímera vida como moneda hegemónica en la Corona castellano-aragonesa. En el primer tercio del siglo XVI la mayoría de los países europeos sufrieron grandes dificultades económicas debido al paulatino agotamiento de las minas de oro y plata, provocando una situación devaluatoria general en las monedas europeas. La situación llegó hasta tal extremo que se llegó a una depreciación de hasta los 12 quilates de ley, en comparación con los 23 quilates del principio. La moneda española aún mantenía su pureza y prestigio, siendo muy demandada en el exterior. El rey Carlos, para evitar la evasión de sus divisas al extranjero, mandó destruir los moldes que hubiera en las cecas de los antiguos ducados, e hizo labrar una nueva moneda: el Escudo, que tenía 22 quilates de ley y un peso de 3.38 grs. El nombre de escudo le vino porque en el reverso de dicha moneda estaba grabado con el escudo del reino, mostrando todos los dominios del emperador. Maravedí Moneda medieval española, cuyo nombre viene del árabe morabithis que significa "devotos a Dios". Los musulmanes acuñaron en España monedas de oro, plata y cobre con los nombres de dinares, dirhems y felous respectivamente. Como los cristianos daban el nombre de maravedí a las monedas árabes acuñadas con cualquiera de estos tres metales, terminó por significar "moneda". Alfonso VIII acuñó por vez primera maravedíes de plata en 1172, con un peso de 1,3 g; posteriormente esta moneda sufrió multitud de cambios y devaluación, convirtiéndose finalmente en una moneda de vellón. Real Antigua moneda española, que comenzó a acuñarse en el Reino de Castilla y León en el siglo XIV y sobre la que se sustentó el sistema monetario español y colonial. Desapareció con la creación del escudo de plata, en 1864. Como consecuencia de la falta de circulante en la edad media, Pedro I (1334-1369) se vio obligado a acuñar una moneda de plata, que no perdiera valor como las de aleación con cobre y que tuviese mayor circulación que las de oro. El resultado fue el real, una moneda de plata de 3,4 gr de peso que se acuñó por primera vez en el Reino de Castilla y León durante el reinado del mencionado Pedro I. Los siguientes monarcas de la casa de Trastámara continuaron con la acuñación de monedas con el nombre de reales, con diferentes leyes o contenidos en plata, a lo largo de la baja Edad Media y hasta los Reyes Católicos. Tras el descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón, la moneda española se expandió en los territorios ultramarinos, de forma que la primera acuñación de reales de plata en el Nuevo Mundo se llevó a cabo en 1535, en la ceca del virreinato de Nueva España, situada en Ciudad de México. Durante el reinado de los Austrias y tras el cambio dinástico, durante el de los Borbones, continuó la acuñación de reales en diferentes valores, tanto en la península como en América. Se amonedaron hasta la independencia americana cuartillas de plata; medios reales; reales; dos reales; tres reales; cuatro reales y ocho reales; este último muy popular y más conocido como columnario (debido al relieve de las dos columnas de Hércules coronadas alrededor de dos hemisferios, que mantenía sobre el revés). En realidad, columnarias eran todas las monedas de esta serie, si bien la gran aceptación que demostró el real de a ocho por Europa y América generalizó el uso del término columnario para su denominación. Escudo Nombre genérico de algunas monedas que solían ser de oro y en ocasiones de plata. El nombre proviene del hecho de que en el reverso de la moneda aparecían con frecuencia grabados los escudos de armas de la autoridad que los mandaba acuñar, o bien del país en el que se realizaba la acuñación. Aunque se conocen como escudos algunas monedas desde el siglo XII, en España aparecen por primera vez en las ordenanzas dadas por don Carlos y su madre doña Juana en 1537. En ellas se fijaba que el escudo de oro debía tener un peso equivalente a 3,375 gramos y una ley de 917 milésimas de oro fino. Ese escudo equivalía entonces a 35 maravedises, aunque en el reinado de Carlos I alcanzó hasta 400 maravedises. Hasta el reinado de Luis I, la moneda llevaba en el reverso el escudo grande de España, que en algunas acuñaciones de Felipe III y Felipe IV se ampliaba con los de Portugal y en otras de Felipe V y de Luis I con los símbolos de los borbones, mientras que el reverso figuraba la cruz de Jerusalén encerrada en una orla. La fecha comenzó a ponerse desde Felipe III. Casa de Contratación Con la promulgación y aplicación de los decretos de Libre Comercio de 2 de febrero y 6 de marzo de 1778, las competencias de esta institución, creada para controlar y mantener el sistema de monopolio establecido con las colonias, quedan obsoletas. Mayorazgo Forma histórica de propiedad privada e institución del derecho civil. El mayorazgo fue una forma particular de propiedad vinculada, es decir, de propiedad cuyo titular dispone de la renta que producen unos bienes transmitidos por herencia, pero no del valor de cambio en el mercado de dichos bienes. Esta institución, que alcanzó su forma más característica en la Castilla bajomedieval, conllevaba como elemento definitorio un orden sucesorio prefijado por el fundador del mayorazgo, que en la mayoría de los casos siguió la linea de primogenitura. Ya en la segunda mitad del siglo XV se unificó el régimen de la propiedad señorial vitalicia, tanto para los bienes raíces como para los derechos de señorío. A partir de ese momento, el mayorazgo adquirió su forma jurídica característica como régimen patrimonial del dominio señorial. Se vincularon en régimen de mayorazgo tierras y derechos geográficamente muy dispersos en unidades que formaban auténticos estados señoriales, sobre los que pesaba la prohibición de venta o arrendamiento por tiempo prolongado, y que aparece en la documentación con la fórmula “ni vender ni trocar ni obligar ni dar ni donar ni enajenar”. La consagración definitiva del régimen jurídico de mayorazgo tuvo lugar mediante las leyes de Toro de 1505, en las que se regularon el procedimiento de fundación del mayorazgo, los bienes que podían vincularse, el modo de sucesión, los derechos de los poseedores y el destino de la mejora o incremento del valor de los bienes amayorazgados. La baja y mediana nobleza utilizó con profusión el régimen de mayorazgo como estrategia para preservar la propiedad y para asegurar la continuidad en el propio linaje del patrimonio. El mayorazgo fue, en definitiva, un mecanismo jurídico por el que la “nueva nobleza”, surgida tras la entronización de Enrique II Trastamara, se apoderó de los derechos de propiedad de la tierra y los derechos eminentes que pertenecieron en principio a la Corona. Los mayorazgos se fundaban tanto por testamento como por escritura pública, si bien nunca fue establecida una fórmula jurídica concreta con este fin. La Corona se reservó en las leyes de Toro el privilegio de conceder la fundación de mayorazgos mediante licencia, pero al parecer esta norma nunca fue respetada. Tan fue así que Carlos III, en 1789, decretó la obligatoriedad de la licencia real para la fundación de mayorazgos, con el fin de evitar una proliferación de los mismos que ponía en peligro el comercio libre de bienes raíces. Los mayorazgos fueron abolidos por las Cortes en 1820, dentro del proceso de desamortización que llevó a cabo Jovellanos, alegando sus perjuicios para la economía al inmovilizar la circulación de bienes raíces en el mercado. La reacción antiparlamentaria de Fernando VII produjo la derogación de esta medida en 1824, pero finalmente la regente María Cristina la puso definitivamente en vigor en 1836. Millones Contribución o impuesto establecido por las cortes de la corona de Castilla y León, cuyo nombre completo era Servicio de Millones, llamado así por consistir su pago en ocho millones de ducados, a entregar cada seis años (1´33 anuales). El impuesto de millones también fue conocido como Servicio de Sisas, ya que se sisaba o detraía la suma del artículo de consumo gravado. Se trataba, pues, de un impuesto indirecto general que gravaba el consumo de la carne, vino, vinagre y aceite, extendiéndose posteriormente a otros productos de consumo corriente, como el aguapié, la sal, el papel, la cera, el chocolate, el jabón, el azúcar, etc. El primer impuesto del millón fue votado por las cortes de Castilla y León en el año 1589, bajo el reinado de Felipe II, con el objeto de paliar las pérdidas ocasionadas por el desastre de la Armada Invencible, estableciéndose con carácter fijo a partir del año 1590. Su administración corrió a cargo de la Real Hacienda, por medio de los comisarios del Real Servicio de los Millones, recaudándose el impuesto por el sistema de repartimiento. Esta contribución afectó al total de la población del reino, incluido el propio clero, anteriormente exento del pago de cualquier impuesto. Debido a la cada vez mayor urgencia de la corona por recaudar impuestos para el mantenimiento del reino y de los múltiples frentes bélicos, el impuesto de Millones se incrementó en las cortes celebradas el 12 de noviembre del año 1608, tras lo cual ascendió su cantidad al pago de diecisiete millones y medio de ducados, los cuales se extraían de los mismos productos de consumo cotidiano de siempre. A lo largo de la existencia de este impuesto, el monto total a pagar varió considerablemente, siempre dependiendo del estado coyuntural de la Hacienda de la corona, la cual, casi siempre, estuvo rozando la bancarrota. Clero regular Fraile es un término de origen provenzal, freire, que a su vez derivó del vocablo latino, fratrem, que designa a los miembros de algunas órdenes religiosas católicas, concretamente las llamadas mendicantes, las cuales tienen como normas básicas el pedir limosna para sobrevivir, la prohibición de tener bienes comunales o personales y la dedicación absoluta al servicio de la humanidad dentro del mundo secular o urbano, elemento éste último fundamental y que les diferencia de los monjes, sujeto a una comunidad estricta, sin tener relación directa con el mundo exterior. De esto último se desprende que fraile y monje no son sinónimos, aunque son parecidos por estar sujetos a las reglas de una orden (regula clericalis) y por gozar de ciertas inmunidades y privilegios con respecto al clero secular (sacerdote, obispo, diácono, etc). Los fundadores de las primeras órdenes mendicantes, a principios del siglo XIII, San Francisco de Asís (franciscanos o Hermanos Menores) y Santo Domingo de Guzmán (dominicos o Hermanos Predicadores) utilizaron el término fraile para designar a sus miembros. Posteriormente, los miembros de las órdenes mendicantes más importantes recibieron denominaciones más populares, muchas de ellas en consonancia con el color del hábito de su congregación. Así pues, los dominicos fueron llamados los hermanos negros; hermanos grises, los franciscanos; hermanos blancos los carmelitas, etc. Clero secular En la época moderna, la Iglesia española tiene un papel preponderante en el seno de la sociedad y del Estado. El clero es numeroso e importante, y disfruta globalmente de grandes riquezas. Para el conjunto de España representa, a finales del siglo XVI, entre el 1,3 y el 1,4 % de la población total. Es evidente que la población eclesiástica aumentó considerablemente durante la primera mitad del siglo XVII (aproximadamente un 30 %), y los arbitristas fueron unánimes a la hora de denunciar el excesivo número de religiosos que había en una España cada vez más despoblada. Limpieza de sangre Los estatutos de limpieza de sangre fueron el mecanismo de discriminación legal hacia las minorías españolas conversas bajo sospecha de practicar en secreto sus antiguas religiones -marranos en el caso de los antiguos judíos y moriscos en el de los antiguos musulmanes- que se estableció en España durante el Antiguo Régimen. Consistían en exigir (al aspirante a ingresar en las instituciones que lo adoptaban) el requisito de descender de padres que pudieran asimismo probar descendencia de cristiano viejo. Surgen a partir de la revuelta de Pedro Sarmiento (Toledo, 1449), a consecuencia de la cual se redactó la Sentencia Estatuto y otros documentos justificativos, que a pesar de ser rechazados incluso por el papa Nicolás V, tuvieron una gran difusión en gobiernos municipales, universidades, órdenes militares, etc. Su principal problema, y que causó el rechazo inicial por el papado, era el hecho de que presuponían que ni siquiera el bautismo lavaba los pecados de los individuos, algo completamente opuesto a la doctrina cristiana. Posteriormente, y para justificar una segregación de posiciones de poder (incluido el económico) que podían adquirirse durante la colonización española de América los estatutos se emplearon para impedir que ciertos españoles libremente pudiesen asentarse en las Américas, limitando su emigración. Comerciantes Varios términos se usan para designar a los comerciantes y hombres de negocios en la España moderna: así, el mercader “de trato grueso”, que vende a granel; el comerciante al detalle, “de trato menudo”; el tratante, negociante en vino, en madera…; el “merchante”, que compraba; el cargador, comerciante que expedía las mercancías por barco, en particular hacia el Nuevo Mundo; y el comerciante, simplemente. Pragmática real (del griego pragma, asunto, negocio) A partir del siglo XV, coincidiendo con la unificación de los reinos y con la definición cada vez mayor del estado, los reyes de Castilla gobernaron cada vez con mayor frecuencia por medio de pragmáticas, al margen de las Cortes. Estas elevaron continuas protestas por el cada vez más personal gobierno del soberano, pero sin que existiera una fórmula de sanción al monarca. La pragmática igualmente existió en el resto de los reinos de la Edad Moderna. En realidad, una pragmática real es una ordenanza real, ley promulgada solemnemente para poner remedio a los abusos y los males que sufre el Estado. Cédula (del latín tardío schedula, hoja de papel, página) Tipo de orden emitida por el rey de España, característica del período comprendido entre los siglos XV al XIX, mediante la cual el monarca intervenía para solucionar un conflicto de tipo jurídico. Pragmática de Libre Comercio Medida promulgada por Carlos III, mediante la cual se abolían tasas impositivas aplicadas a diversos productos y se permitía el comercio entre algunos puertos americanos. Los decretos de Libre Comercio vieron la luz el 7 de febrero y el 6 de marzo de 1778. Monopolio Situación a la que se llega cuando un vendedor acapara toda la producción y venta de un producto determinado, impidiendo la competencia de otros vendedores. En otras palabras, un monopolio se genera cuando el mercado es controlado por un vendedor único frente a un gran número de compradores. Al encontrarse una sola empresa frente a una multitud de demandantes, está en una posición todopoderosa para imponer sus decisiones a los compradores. Ilustración Movimiento político y sobre todo cultural, desarrollado en la Europa del siglo XVIII. Los pensadores que adherían a este movimiento proponían una filosofía racionalista, acorde con los avances científicos de la época. Esta filosofía, en el ámbito político, se materializó en numerosas reformas llevadas a cabo a lo largo de todo el continente europeo, propiciadas por ilustrados que asesoraban a los gobernantes, y destinadas a la modernización de las estructuras económicas, políticas y sociales del Estado, en pos del bien común. En Latinoamérica, durante este período se llevaron a cabo políticas, alentadas por el rey español Carlos III, cuyo objetivo era la centralización de la administración y la sumisión total de las autoridades coloniales y los criollos a la metrópolis. Jesuítas Orden religiosa católica fundada en 1534 por Ignacio de Loyola, entre otros. En la América colonial, desarrollaron tareas relacionadas con la evangelización de los nativos y la extracción y transformación de algunas materias primas en plantaciones y talleres de manufacturas por ellos dirigidos. Fueron expulsados del continente americano a través de la Pragmática Sanción de 1767 dictada por Carlos III. Concretamente, en 1767 tiene lugar la expulsión de España de los jesuitas. Esta medida será adoptada por otros monarcas europeos, de manera que en 1773 la Compañía de Jesús es suprimida por el papa CClemente XIV. También son expulsados, como hemos dicho, de los territorios americanos. Mercantilismo Modelo económico, característico de los siglos XVII y XVIII, que propugnaba la acumulación de capital, en forma de metales preciosos, y el mantenimiento de una balanza comercial positiva. En otras palabras, filosofía y política económica de los pensadores, hombres de Estado y mercaderes de los siglos XVI y XVII en Europa Occidental, basada en la idea de la riqueza de un país depende de la acumulación de metales preciosos alcanzada. La época se caracterizó por la desaparición final de los lazos económicos y sociales propios del feudalismo, por el aumento de las manufacturas y por la expansión de los viajes intercontinentales y del comercio internacional. La llegada a Europa de los metales preciosos de América favoreció un aumento en las transacciones monetarias, en tanto se aceleraba el crecimiento de la empresa privada y aparecía el capitalismo mercantil como una fuerza dominante en la economía. Nobleza Grupo social privilegiado jurídicamente dentro de una sociedad. El término nobleza tiende siempre, historiográficamente, a confundirse con el término aristocracia, pese a que hay algunos matices que lo diferencian claramente. No toda aristocracia es nobleza, aunque sí se puede decir que la nobleza es siempre un estamento aristocrático. Entre los siglos XVI y XVII, la creación de unas incipientes estructuras estatales en las antiguas monarquías feudales fue minando el camino de los dos rasgos esenciales de la nobleza, como eran su acaparamiento de los cargos políticos y su exención tributaria. Dos fueron, igualmente, los pasos de las llamadas Monarquías Modernas para intentar restituir su poder autoritario, aunque hay que descartar la existencia de una planificación encaminada específicamente al objetivo de reducir el poder de la nobleza; más bien, se trató de modificaciones hechas al hilo de los nuevos cambios sociales que se estaban produciendo. El primero de todos ellos fue debido a la continua burocratización de los organismos administrativos de las monarquías, fenómeno característico comenzado en el siglo XV y que no concluyó hasta bien entrado el XVII. Ello reveló la insuficiencia de los nobles para hacer frente a las nuevas necesidades de gobierno, puesto que al frente de éste debían estar profesionales cualificados. Así, las monarquías comenzaron a confiar la dirección de los primitivos "asuntos de Estado" a toda la pléyade de licenciados universitarios que se habían estado preparando para ello en las facultades, con lo que comenzó un proceso de "ennoblecimiento" de otro estamento, el de los bachilleres. Debido a ello, la nobleza comenzó a distinguir dos grupos bien diferenciados en su seno: la noblesse de robe ('nobleza de servicio') y la noblesse d´epeè ('nobleza de sangre'), dando lugar a un complejo entramado de relaciones entre ambos subgrupos que propició, de nuevo, actitudes críticas en uno y otro sentido. Otro de los pasos encaminados a finalizar con el privilegio nobiliario atentó directamente contra el que había sido, desde los tiempos antiguos (en la teoría germanista) o desde el mundo tardo-carolingio (en la teoría romanista), el rasgo por excelencia de la nobleza: la dirección de la defensa militar de la sociedad. Efectivamente, atrás habían quedado ya los tiempos en los que el monarca, ejerciendo como caudillo militar, dirigía personalmente, y a la cabeza, las huestes guerreras de su reino, ayudado por las tropas nobiliarias de sus vasallos. Las nuevas necesidades militares fundamentaron la existencia de un ejército nacional permanente al único y exclusivo servicio de la monarquía, por lo que la nobleza perdió gran parte de su antiguo prestigio. Reforma protestante Se conoce como Reforma protestante, o simplemente la Reforma, al movimiento religioso cristiano, iniciado en Alemania en el siglo XVI por Martín Lutero, que llevó a un cisma de la Iglesia católica para dar origen a numerosas iglesias agrupadas bajo la denominación de protestantismo. Otra denominación usada para este movimiento por algunos historiadores como Ricardo García-Villoslada es el de Revolución Protestante. La Reforma tuvo su origen en las críticas y propuestas con las que diversos religiosos, pensadores y políticos europeos buscaron provocar un cambio profundo y generalizado en los usos y costumbres de la Iglesia católica, además de negar la jurisdicción del papa sobre toda la cristiandad. El movimiento recibirá posteriormente el nombre de Reforma protestante, por su intención inicial de reformar el catolicismo con el fin de retornar a un cristianismo primitivo, y la importancia que tuvo la Protesta de Espira, presentada por algunos príncipes y ciudades alemanas en 1529 contra un edicto del Emperador Carlos V tendiente a derogar la tolerancia religiosa que había sido anteriormente concedida a los principados alemanes. Este movimiento hundía sus raíces en elementos de la tradición católica medieval, como el de los Alumbrados y la reforma del Cardenal Cisneros en España, y también el movimiento de la Devoción moderna en Alemania y los Países Bajos, que era una piedad laica antieclesiástica y centrada en Cristo. Además, la segunda generación del humanismo la siguió en gran medida. Comenzó con la predicación del sacerdote agustino Martín Lutero, que revisó la doctrina de la Iglesia católica según el criterio de su conformidad a las Sagradas Escrituras. En particular, rechazó la teología sacramental católica, que, según Lutero, permitía y justificaba prácticas como la «venta de indulgencias», un secuestro del Evangelio, el cual debía ser predicado libremente, y no vendido. La Reforma protestante dependió del apoyo político de algunos príncipes y monarcas para poder formar Iglesias cristianas de ámbito estatal (posteriormente Iglesias nacionales). Los principales exponentes de la Reforma protestante fueron Martín Lutero y Juan Calvino. El protestantismo ha llegado a constituir la segunda gran rama del cristianismo, con un grupo de fieles que actualmente supera los 900 millones. Sefardí Los sefardíes o sefarditas, también conocidos como sefaradíes o sefaraditas (en hebreo, Sefaraddim, literalmente ‘los judíos de Sefarad’), son los judíos que vivieron en la Corona de Castilla y la Corona de Aragón hasta su expulsión en 1492 por los Reyes Católicos y también sus descendientes, quienes, más allá de residir en territorio ibérico o en otros puntos geográficos del planeta, permanecen ligados a la cultura hispánica. En 1492 muchos sefardíes se instalaron en países como Israel, Francia y el Imperio Otomano. En la actualidad la comunidad sefardí alcanza los dos millones de integrantes, la mayor parte residente en Israel, Francia, Estados Unidos, Argentina y Canadá. También hay comunidades en Turquía, Brasil, México, Chile, Colombia, Marruecos, Perú, Túnez, Países Bajos, Italia y Palestina. Durante el siglo XIX, el término sefardí se empleaba además para designar a todo judío que no era de origen askenazí (judíos de origen alemán, centroeuropeo o ruso). En esta clasificación se incluía también a judíos de origen árabe, de Persia, Armenia, Georgia, Yemen e incluso India, quienes aparentemente no guardaban ningún vínculo con la cultura ibérica que distingue a los sefardíes. La razón por la cual se utilizaba ese término indistintamente se debía principalmente a similitudes en el rito religioso y la pronunciación del hebreo que los sefardíes comparten con las poblaciones judías de los países mencionados (y que son claramente distintas a los ritos y pronunciaciones de los judíos azkenazíes). No obstante, a partir de la fundación del Estado de Israel, se consideró ya un tercer grupo dentro de la población judía, los mizrahim (del hebreo 'Oriente'), para garantizar que el término «sefardí» aluda de manera exclusiva al grupo humano antiguamente vinculado con la península ibérica. Los judíos desarrollaron prósperas comunidades en la mayor parte de las ciudades de la Corona de Castilla. Destacan las comunidades de las ciudades de Ávila, Burgos, Córdoba, Granada, Jaén, León, Málaga, Segovia, Sevilla, Soria, Toledo, Tudela, Vitoria y Calahorra. En la Corona de Aragón, las comunidades (o Calls) de Zaragoza, Gerona, Barcelona, Tarragona, Valencia y Palma se encuentran entre las más prominentes. Algunas poblaciones, como Lucena, Hervás, Ribadavia, Ocaña y Guadalajara, estaban habitadas principalmente por judíos. De hecho, Lucena estuvo habitada exclusivamente por judíos durante siglos en la Edad Media. En el Reino de Portugal, de donde son originarias muchas ilustres familias sefardíes, se desarrollaron comunidades activas en las ciudades de Lisboa, Évora, Beja y en la región de Trás-os-Montes. Revolución científica (siglos XVI y XVII) Es común recurrir a la palabra "revolución" para hacer referencia a la obra científica de Copérnico. Pero, en realidad, la revolución copernicana no es tanto obra de Copérnico como de aquellos seguidores que aceptaron el reto del copernicanismo: Kepler, Bruno y Galileo. Estos científicos se encontraron en primera línea de batalla en la lucha de la razón contra la autoridad, especialmente los astrónomos, quienes soportaron los choques más sangrientos. El espectacular éxito de la astronomía en el siglo XVI fue más decisivo que cualquier otro acontecimiento en la tarea de restaurar la confianza en el poder de la razón humana, lo que más tarde llegó a fomentar incluso un exceso de seguridad. La nueva astronomía modificó además la opinión que el hombre tenía sobre su lugar en la Creación y cambió también las nociones referentes al modo más adecuado de convivir con el ambiente circundante. En general, el progreso de la astronomía fue rector para las demás ciencias, a las que dio ánimos y corazón. Así, pues, la revolución científica es un concepto usado para explicar el surgimiento de la ciencia durante la Edad moderna temprana, asociada principalmente con los siglos XVI y XVII, en que nuevas ideas y conocimientos en física, astronomía, biología (incluyendo anatomía humana) y química transformaron las visiones antiguas y medievales sobre la naturaleza y sentaron las bases de la ciencia clásica. De acuerdo a la mayoría de versiones, la revolución científica se inició en Europa hacia el final de la época del Renacimiento y continuó a través del siglo XVIII, influyendo en el movimiento social intelectual conocido como la Ilustración. Si bien sus fechas son discutidas, por lo general se cita a la publicación en 1543 de De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los orbes celestes) de Nicolás Copérnico como el comienzo de la revolución científica. Una primera fase de la revolución científica, enfocada a la recuperación del conocimiento de los antiguos, puede describirse como el Renacimiento Científico y se considera que culminó en 1632 con la publicación del ensayo de Galileo; Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo. La finalización de la revolución científica se atribuye a la "gran síntesis" de 1687 de Principia de Isaac Newton, que formuló las leyes de movimiento y de la gravitación universal y completó la síntesis de una nueva cosmología. A finales del siglo XVIII, la revolución científica había dado paso a la "Era de la Reflexión". El concepto de revolución científica que tuvo lugar durante un período prolongado surgió en el siglo XVIII con la obra de Jean Sylvain Bailly, que vio un proceso en dos etapas de quitar lo viejo y establecer lo nuevo. El filósofo e historiador Alexandre Koyré acuñó el término revolución científica en 1939 para describir esta época. Señorío de Vizcaya El señorío de Vizcaya fue un territorio con organización política propia existente en la actual provincia de Vizcaya desde el siglo XI hasta 1876, en que fueron abolidas las Juntas Generales de Vizcaya y el régimen foral vizcaíno. En 1379 el rey Juan I de Castilla se convirtió en señor de Vizcaya, por herencia materna, quedando dicha titularidad integrada definitivamente en la corona de Castilla y luego en el reino de España, titulación que estará unida bajo los mismos monarcas, pero Castilla y Vizcaya estarán separadas administrativamente, cada soberanía conservará su identidad y leyes, las cortes castellanas permanecerán separadas de las vizcaínas. Hay que tener en cuenta que el concepto de soberanía en la época medieval era distinto del concepto de soberanía actual. Vizcaya tuvo bandera naval propia, casa de contratación y consulado en Brujas. También tuvo dos aduanas en la frontera con Castilla, en Valmaseda y Orduña. En 1076, tras el asesinato del rey de Pamplona, Sancho IV el de Peñalén, y ser dividido el reino entre los principales monarcas de la dinastía Jimena, Sancho de Aragón y Alfonso de León, el segundo señor de Vizcaya tomó bando con su pariente más cercano y de poder real más distante en León con lo que Vizcaya, Álava, parte de Guipúzcoa y La Rioja empezarían a ser desde entonces territorios señoriales más o menos de behetría sobre las mismas bases del señorío de Vizcaya entre los monarcas de Castilla, Navarra o Aragón, todos con iguales derechos a reclamar vasallaje. Se discute si antes de 1379 el señorío de Vizcaya era un dominio independiente o si era territorio del Reino de Castilla. Se dice que los reyes de Castilla buscaron la amistad y colaboración de los señores de Vizcaya para sus empresas durante la Reconquista y que, en agradecimiento, estos reyes les otorgaban cargos, honores y estados en territorios castellanos de sus reinos (que no pasaban a formar parte de Vizcaya, ni gobernarse a la vizcaína, sino gobernados por un vizcaíno). Por esto los señores de Vizcaya les rendían homenaje como vasallos suyos y ricohombres de su reino por los territorios que recibían en él, pero conservando su condición de soberanos independientes de Vizcaya, pues desde 1110 les fue reconocido a los señores de Vizcaya mantener total jurisdicción sobre su tierra, incluidos los casos reservados a la justicia real, e iniciando en 1199 una serie de fundaciones de villas y dotación de fueros que finalizó en 1376, cuando el infante don Juan de Castilla, señor de Vizcaya y futuro Juan I, fundó las villas Munguía, Larrabezúa y Rigoitia. Señorío Con este término se hace alusión a todo aquel conjunto de instrumentos, de distintos orígenes, por los cuales los miembros de la oligarquía dirigente medieval, la nobleza, denominados señores, acaparaban en sus manos el excedente de producción de aquellos pequeños productores, denominados vasallos, sometidos a su dominio. Precisamente el origen bífido de los medios de coacción que, al servicio de los señores, posibilitaban que el beneficio económico de ese vínculo de dependencia quedase en sus manos acabó por delimitar la doble esencia del señorío: existieron señoríos territoriales (también llamados solariegos), en los que la base del poder se cimentaba en la propiedad de la tierra; por contra, también existieron señoríos jurisdiccionales (también llamados banales), en los que el sustento de los medios de coacción se basaba precisamente en la capacidad de ejercer ese poder de coerción: el ban señorial. Por otra parte, al decir de Salvador de Moxó, también pudo ser frecuente que ambos componentes del señorío, lo territorial y los jurisdiccional (lo económico y lo jurídico) se uniesen, conformando lo que sería un señorío pleno. Sin embargo, este tipo de disquisiciones teóricas no están tan claras en el nivel práctico, ya que resulta difícil acceder, mediante la documentación conservada, a un señorío pleno; de igual modo, en un mundo eminentemente agrícola como el medieval, y teniendo en cuenta la profusión de vínculos de dependencia personal entre señores y vasallos (feudalismo), no debió resultar muy difícil a los señores jurisdiccionales, por ejemplo, desde el control jurídico que poseían, comprar tierras para conseguir el dominio solariego. De igual modo, un terrateniente que tuviese la propiedad de una enorme cantidad de tierras (latifundio), seguramente acabaría por detentar los medios de coerción para acceder a las prerrogativas jurisdiccionales. Debe tenerse en cuenta que los términos 'señorío' y 'propiedad de la tierra' designan dos conceptos que dialéctica medieval aproximó hasta el punto de que al final acabaron por confundirse. De cualquier forma, el señorío fue la culminación de una oligarquía dirigente, la nobleza, encumbrada hacia el más alto escalón de la pirámide socio-económica medieval en virtud de la eclosión de los vínculos de fidelidad personal como eje de la realidad social en la Edad Media. Para complicar aún más la cuestión, hay que hacer especial énfasis en las múltiples y complejas realidades que subyacían en el señorío, pues era, a la vez, una institución, un régimen socio-económico y, aunque no deseado en ocasiones, un ámbito de inserción social donde la vida cotidiana continuaba con su inherente devenir. Durante toda la Edad Moderna existió un proceso de venta (ya no donación) de señoríos a las principales familias nobiliarias del país. En la península Ibérica, por ejemplo, el proceso está bien documentado desde su inicio por Carlos I quien, además, ordenó la enajenación de los señoríos de las órdenes militares (maestrazgos). Estos inmensos territorios, y otros muchos de realengo, fueron puestos a la venta para sufragar los numerosos gastos militares del imperio español. Su sucesor, Felipe II, incluso terció para que muchos señoríos eclesiásticos pasasen por el mismo tamiz monetario; todo ello culminó en el siglo XVII en un proceso descompositivo total, en el que todo se vendía (vasallos, rentas, alcabalas, impuestos, etc.), lo que no evitó, sin embargo, las sucesivas bancarrotas de la Hacienda española. La evolución de los señoríos eclesiásticos fue muy parecida a la de los laicos, salvo que la crisis de la Baja Edad Media no les afectó tanto sino que, al contrario, sirvió para que muchos señores religiosos (obispos principalmente) acaparasen más tierras y prerrogativas jurisdiccionales, lo que hizo que muchos de ellos fuesen auténticos nobles rentistas. En la Edad Moderna, con el desarrollo de las ciudades, se entabló una feroz competencia entre los señores episcopales y los cabildos catedralicios, que extendieron las prerrogativas jurisdiccionales hacia los dominios urbanos (jueces, notarías, escribanías...); como es lógico, en algunos cabildos importantes la rivalidad con el obispo fue en aumento, y más si se tiene en cuenta que las rentas en especie o en trabajo (típicas de la Edad Media) fueron progresivamente sustituidas por cuantiosas rentas en dinero. Todo el tipo de legislación liberal del siglo XIX también atacó el poder jurisdiccional de los señoríos eclesiásticos: entre los años 1790 y 1850, sucesivas leyes de Desamortización de los bienes del clero acabaron en toda Europa con el poder señorial religioso, pese a que la resistencia de la Iglesia fue, si cabe, aún mayor que el de la nobleza terrateniente. Tercer Estado Término con que se designaba en la sociedad estamental del Antiguo Régimen al grupo formado por todos los habitantes de un reino que no pertenecían ni a la nobleza, ni al clero, los cuales formaban los otros dos estamentos en la pirámide social. Dentro del Tercer Estado se incluían desde el vagabundo, al rico mercader, pasando por el jornalero del campo o los artesanos. Lo que unía a este grupo frente a los dos mencionados era su obligación de pagar impuestos y la necesidad de trabajar, es decir, la carencia de cualquier privilegio, así como su ausencia dentro de cualquier esfera de poder e influencia. Con el paso del tiempo, sobre todo según se avanza hacia la Edad Moderna, el aumento de poder de los monarcas y la reafirmación de las prácticas absolutistas a la hora de ejercer el poder, provocó que estos órganos dejasen de ser convocados, ni siquiera con un papel meramente consultivo. Mientras el clero y la nobleza mantenían en la sociedad del Antiguo Régimen otras formas de participación o influencia en la vida pública, así como sus privilegios, el tercer estado quedó excluido por completo. A partir del siglo XII el Tercer Estado entró a formar parte de las Cortes de los reinos peninsulares, tanto en Castilla, como en León y en Aragón. Era representado por los denominados procuradores de ciudades y villas. Valido Persona del ámbito cortesano que durante el Antiguo Régimen auxiliaba al monarca en sus funciones de gobierno y era el depositario de su confianza. El valido o privado gozaba de amplísimas atribuciones por delegación de las funciones gubernativas del soberano, lo que en muchos casos hizo de esta figura la depositaria del poder absoluto dentro de un reino, como ministro universal. Los validos tuvieron su época de auge durante los siglos XVI y XVII, si bien aparecieron desde los últimos siglos medievales paralelamente a la formación del Estado moderno. En Castilla, fue buen ejemplo de esta figura el condestable don Álvaro de Luna, privado de Juan II. Pero los validos fueron especialmente importantes durante la monarquía de los Austrias menores desde época de Felipe III. Éste delegó el ejercicio directo de su poder en el duque de Lerma. El rey quedó así reducido a un mero comparsa político, cuya única función era la corroboración de las decisiones tomadas por su valido. El sistema de valimiento continuó durante el reinado de Felipe IV y Carlos II. El valido del primero, el Conde-Duque de Olivares, se convirtió en el gobernante absoluto de la corona española. El cargo de valido nunca fue jurídicamente definido y dependió del favor regio. El valido solía comenzar su carrera como miembro de la casa del Príncipe, ganándose la confianza del soberano desde su juventud. Hacía las veces de secretario personal del monarca y de primer ministro con amplísimas competencias. Mediante el control doméstico del soberano, conseguía monopolizar las tupidas redes clientelares de la monarquía absoluta. Tendía a aislar al monarca dentro de palacio, reservándose los cargos más cercanos a la persona regia, y respecto al exterior, convirtiéndose en el único mediador entre rey y pueblo. Ocupó el centro de la red de distribución del patronazgo, que utilizó en beneficio propio, lo que conllevó la corrupción del aparato administrativo del Estado. La legitimación institucional del cargo, al no existir su definición jurídica, se hacía mediante la acumulación de cargos y oficios que en realidad el valido no desempeñaba. Esto le permitía escapar a los mecanismos tradicionales de control de la monarquía, tales como las audiencias o las chancillerías. Sólo se podía contestar su poder a través de procedimientos marginales, como la difusión de panfletos o la rebelión armada. En España, la institución entró en crisis al ser expulsado el conde-duque de Olivares de la corte en 1643. Aunque hubo valimiento en los reinados posteriores, ningún privado volvería a enajenar tal amplitud de poderes. Santa Hermandad Tribunal con jurisdicción propia que perseguía y castigaba los delitos cometidos fuera de poblados. También recibían este nombre los hombres armados dependientes de este tribunal que mantenían el orden fuera de los poblados. Durante la Edad Media en España se daba el título de "Hermandades" a ciertas uniones de aldeas y ciudades nacidas con el fin de establecer servicios policiales contra las bandas de malhechores que asolaban los campos. Algunas de las "Hermandades" más famosas fueron las de las ciudades de Toledo, Villa Real y Talavera. Enrique II legalizó el funcionamiento de estas hermandades por decreto real en 1370, pero un siglo después los Reyes Católicos las suprimieron en 1476, sustituyéndolas por una nueva organización llamada la "Santa Hermandad" creada por iniciativa del contador don Alonso de Quintanilla y el vicario general de Villafranca, Juan de Ortega, y sancionada en las Cortes de Madrigal del año 1476. Surgió para el mantenimiento del orden público y represión de los delitos y violencias producidos en las zonas rurales, encaminada a terminar con el bandolerismo y anarquía reinante en los reinos castellanos. La nueva Hermandad se concebía como la unión de todos los concejos de los reinos de Castilla, León y Asturias; en cada pueblo había uno o dos alcaldes de la Hermandad que dirigían a los cuadrilleros o guardas a caballo, que constituían las milicias propiamente dichas de la Santa Hermandad. Los órganos rectores (Consejo de Hermandad) estaban en Toledo y ejercían su autoridad fundamentándose en las "Reales Ordenanzas de la Hermandad", en las que se tipificaban los casos penales (crímenes en despoblados, criminales huidos, quebranto de morada, casos de forzamiento de mujeres, actos de rebelión contra los poderes públicos, etc.). La Santa Hermandad actuaba como un cuerpo de policía y a la vez como un órgano de aplicación de la Justicia. Sus procedimientos eran sumarísimos y las penas muy severas. Los grandes poderes que se le otorgaron provocaron descontento popular y los propios Reyes Católicos la reformaron suprimiendo parte de sus fueros y posesiones. Acabó por convertirse en una organización policial de escasa eficiencia que duró hasta el siglo XVIII. Sisa (del francés antiguo assise, impuesto pagado por el pueblo) Tasa sobre ciertos productos alimenticios como laa carne, el pescado o el vino. Solar (casa solar o solariega) (de suelo, del latín solum, base) Casa, cuna del linaje en las familias nobles. El primogénito de la familia, el pariente mayor, hereda el solar. El hidalgo de solar conocido es aquel cuya nobleza se remonta a la noche de los tiempos. Todo linaje posee un nombre, unas armas y un solar. Ley Sálica Disposición dinástica de origen francés que excluyó de la sucesión del trono a las mujeres, de modo que la corona sólo podía transmitirse entre varones. Su nombre deriva del hecho de haber sido atribuida a los salios, una rama del pueblo franco que invadió la Galia a la caída del Imperio romano. En realidad, la primitiva ley de los francos salios que hacía referencia a la sucesión no tenía nada que ver con el sistema monárquico, ya que regulaba una cuestión de Derecho privado. Lo único que especificaba esta costumbre era la exclusión de las mujeres en la herencia de los campos hereditarios de la familia, pues se consideraba que al casarse la mujer dejaba de pertenecer a su familia para entrar en la del marido. En el siglo XIV, por diversas circunstancias políticas, se excluyó a las mujeres del trono de Francia a pesar del destacado papel político que habían jugado hasta entonces. Al buscar una justificación para ello, los juristas recuperaron la antigua costumbre de los salios, con lo cual, por necesidades históricas y políticas, una ley antigua en desuso y de Derecho privado se transformó en norma de Derecho público: desde 1348 se designó como Ley Sálica la totalidad de las reglas de sucesión al trono en virtud de las cuales las mujeres no podían heredar la corona. Perduró hasta la caída del Antiguo Régimen y no quedó limitada a Francia, ya que en España se introdujo a comienzos del siglo XVIII. Hasta entonces, en la monarquía española había regido el orden de sucesión consignado en las Partidas, según el cual heredaba el trono el primogénito varón o hembra y sus descendientes legítimos. Hubo dos razones para este cambio: en primer lugar, la introducción de la dinastía borbónica, con su mentalidad francesa, y en segundo término la intención de Felipe V de evitar la posibilidad de que la corona española volviera a manos de los Austrias mediante una sucesión femenina. Servicio (del latín servitium) Impuesto directo, el servicio podía ser ordinario o extraordinario. Lo votan las Cortes reunidas por el rey, en principio cada tres años. Sólo los vecinos pecheros pagan este impuesto personal. Están exentos los hidalgos, el clero, los doctores de universidad, las ciudades de Burgos y Toledo, las provincias vascas y Granada. Universidad de Oñate La Universidad de Oñate (en euskera Oñatiko Unibertsitatea), cuya denominación precisa es Universidad del Santo Espíritu (Sancti Spiritus), es un monumento renacentista de la villa de Oñate en Guipúzcoa. Desde mediados del siglo XVI a principios del siglo XX funcionó como la primera y única universidad del País Vasco. Fundada por el obispo y humanista oñatiarra Don Rodrigo Sáez de Mercado de Zuazola en 1540 bajo el nombre de Universidad del Sancti Spiritus y mediante un bula del Papa Pablo III. Las especialidades que impartía eran Teología, Leyes, Cánones, Artes y Medicina. La Universidad Sancti Spiritus constituye uno de los edificios renacentistas más notables del País Vasco, y es un exponente del arte de transición del plateresco al manierismo purista. La construcción del edificio se inició en 1543 bajo el patronazgo del emperador Carlos I, participando en la misma el maestro cantero Domingo de la Carrera y el escultor Pierres Durand, más conocido como Pierre Picart. El edificio tiene planta cuadrada articulada en torno a un magnífico patio central, el cual distribuía en su planta baja la capilla, las aulas, la cocina y el refectorio, y en su planta superior los dormitorios y el aula magna. Tercias reales Fernando III de Castilla obtuvo del pontíficado, siendo papa Inocencio III, la concesión de las Tercias Reales, una participación de los dos novenos en todos los diezmos que recaudaba la Iglesia y reorganizó, aumentando sus importes a las rentas de aduanas y a las morerías y juderías, capitaciónes que pagaban los moros y los judíos. En otros términos señalaremos que las Tercias reales constituían un impuesto cobrado al clero. La Corona de Castilla gozaba de este impuesto por privilegio pontificio desde el siglo XIII, pero se perpetúa a partir de 1494, con los dos novenos del diezmo.La prrimeera tercia real fue concedida por el papa Inocencio III en 1247, con motivo del asedio de Sevilla. De manera más extensa, las tercias reaales o tercias decimales eran un ingreso concedido por la Iglesia a la Corona de Castilla y más tarde a la Monarquía Hispánica consistente en dos novenos de los diezmos eclesiásticos recaudados por la misma. Con el tiempo se llegó a convertir en un ingreso habitual de la Corona. En el siglo X comienza a extenderse en Castilla y León el dotar a las iglesias de aquellos lugares que se están repoblando con el derecho de percibir diezmos de los frutos. Lo que comenzó como una magnanimidad de los monarcas se fue generalizando, tras el Cuarto Concilio de Letrán, con Inocencio III y reconocido en España como ley a partir de 1213. Las prestaciones decimales facilitaron al clero una saneada fuente de ingresos que le enriqueció, mientras la Hacienda Real contrastaba por su penuria y falta de recursos. Ello incitó a los monarcas a recurrir a los pontífices la gracia de participar en los productos del diezmo. Probablemente en 1219, Honorio III concedió a Fernando III de Castilla y de León el derecho de las Tercias Reales, con un carácter temporal y extraordinario. Con motivo de la conquista de Granada, Alejandro VI concedió las dos novenas partes de los ingresos por diezmos o Tercias Reales, con carácter definitivo, a los Reyes Católicos y sus sucesores. Durante siglos, el producto de las tercias fue de gran importancia en la Hacienda Pública, pero las continuas deudas de la Corona, que obligaron a los reyes a la venta de cargos y títulos, les decidió también a la enajenación del producto de las tercias. Por esta circunstancia, su importancia global en los ingresos de la Corona fue disminuyendo paulatinamente, aunque a finales del siglo XVIII su valor era muy considerable: 15 millones de reales. Se conservan diversos edificios utilizados en su recaudación, como el existente en Villamayor de Santiago en la provincia de Cuenca, cuya plaza viene a recibir el nombre de "La Tercia", y también en Campo de Criptana, en la provincia de Ciudad Real. Patronato real Privilegios de los reyes españoles en la Edad Moderna sobre la organización de la Iglesia peninsular y americana (patronato y presentación de prelados y dignidades eclesiásticas), concedidos por la Santa Sede en el segundo caso para facilitar la evangelización de América. También es conocido como Patronato Regio o Patronato Universal de Indias. Por extensión, se ha llamado “patronato real” o con otro nombre similar a la concesión del derecho de presentación a cualquier jefe de Estado. Cierto patronato restringido sobre las iglesias del reino de Granada, islas Canarias y Puerto Real (Cádiz), quedaba excluido el resto de la Península, fue concedido en 1486 a los Reyes Católicos mediante la bula de Inocencio VIII Ortodoxae fidei. En ella ya se otorgaba el “derecho de presentación” de candidatos (que el papa debía aceptar si eran idóneos) a la hora de proveer obispados, aunque el término no se emplearía hasta 1497. Unos años después era descubierta América: a la rápida conquista y subsiguiente colonización acompañó también la evangelización. Como no le era posible a la Santa Sede hacerse cargo adecuadamente de este nuevo reto, se aumentaron las competencias eclesiásticas de la Corona española en sus territorios americanos y, en menor grado, también en los peninsulares. Esta medida permitió en efecto obtener hombres y medios para la evangelización, pero también subordinaría en exceso a la Iglesia a la Corona. Estas prerrogativas fueron aplicadas en su mayoría a través del Consejo de Indias (instituido en 1524), de los virreyes, de los gobernadores y de los presidentes de audiencias. Estos, considerados como vicepatronos junto el rey, llegaron a revisar las propias constituciones sinodales a partir de la segunda mitad del s. XVI. El control del clero americano por la corona española fue total después del Concilio de Trento y la Junta Magna de 1568 (por entonces era rey Felipe II). Los obispos de Indias no podían realizar la visita ad limina al papa, ni se permitió apelar a la Santa Sede desde 1573. Tampoco hubo nunca nuncio pontificio en América. La Magna Real Cédula de 1574, además de considerar propio el derecho de provisión de cargos eclesiásticos y el de erección de todo tipo de instituciones religiosas, concebía el patronato real como “vicariato regio” (es decir, que el rey asumía para sí la representación pontificia); aunque este concepto no fue reconocido jurídicamente fuera de España, en realidad el patronato se ejerció como tal. Dentro de España, el jurista Juan Solórzano Pereira desarrolló esa figura en su obra de principios del s. XVII De indianum iure (‘El derecho indiano’), condenada por Roma. Ya en el s. XVIII, según el Concordato de 1753 (anulando la suspensión del patronato del de 1737), los borbones españoles extendieron algunos de los más importantes derechos del patronato real a la Península, como por ejemplo el derecho de elección de todas las dignidades eclesiásticas (“patronato universal”), o el “pase regio” o exequatur, que condicionaba la publicación de documentos pontificios al consentimiento regio. En América trataron de transformar el vicariato en regalía (derecho exclusivo del monarca), y por tanto en una institución civil. Se revisó, pues, la Recopilación de las Leyes de Indias (1680) en lo referente a la administración eclesiástica, reformándose entre 1777 y 1790, aunque sin demasiada efectividad real. Con este objetivo se obviaron las disposiciones que limitasen el patronato, creándose jurisprudencia real y no pontificia en las cuestiones en las que había vacío legal. Se cortó además toda comunicación entre la Iglesia americana y el papa, y se eliminaron o rebajaron muchos derechos eclesiásticos (asilo, exención de impuestos, inmunidad, etc.). Quinto Real Impuesto cobrado en América desde comienzos del siglo XVI, consistente en el pago de un quinto (20 %) de las ganancias conseguidas en las actividades de explotación minera de metales preciosos (oro, plata y pesquerías de perlas), y en toda clase de rescates e intercambios, de acuerdo con los derechos económicos debidos a la corona por toda clase de particulares. El volumen de los ingresos recibidos por la corona en América por este impuesto dependió de las alzas o bajas de la producción de metales preciosos, y sobre todo, de la cantidad de plata extraida. En el virreinato peruano supuso uno de los ingresos más cuantiosos, mientras que en el mexicano, a causa de los costos más elevados de la amalgamación, fueron menores. En cualquier caso, a comienzos del siglo XVII apenas suponía un 10% de sus ingresos totales, pero tenía gran importancia como garantía de préstamos y mecanismo de liquidez. Bibliografía sobre los vascos • ACHON INSAUSTI, José Angel, "A voz de Concejo". 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