PRÓLOGO AL RELATO DEL "LIBRO DE MIS CUENTOS". PRÓLOGO AL "LIBRO DE MIS CUENTOS".
Este Libro engloba fundamentalmente dos cuentos, que serían: - La niña y el osito de peluche. - Y, además, Historias de dragones. y que se titula el “Libro de mis cuentos”. Pero, antes de escacharlos, vamos a tratar un poco del CUENTO. El cuento es una narración en prosa, oral o escrita, que presenta de forma breve y concisa un argumento ficticio y completo. La voz proviene del verbo contar, procedente a su vez del latín computare, cuyo sentido original era el de 'numerar'. Posteriormente, a la acepción numérica se le añadiría la de 'relatar acontecimientos reales o ficticios'. Los cuentos folklóricos en la antigüedad La cultura humana ha producido y transmitido cuentos desde la época prehistórica. De hecho, los antropólogos, historiadores y psicólogos no tienen la menor duda de que entre los instrumentos y cauces de transmisión de cultura, conocimientos y moral de los pueblos de la prehistoria figuraba en un lugar destacado el cuento. A falta de documentación escrita que ofrezca pruebas concretas sobre este hecho, la literatura etnológica moderna generada en torno a los pueblos primitivos contemporáneos ha podido documentar abundantísimos textos míticos, leyendísticos y cuentísticos transmitidos oral y ritualmente en el seno de sociedades no letradas de todo el mundo. Por otro lado, en las primeras tradiciones literarias escritas de las civilizaciones antiguas se han conservado o hay abundantes alusiones a cuentos folclóricos. Como reveló Gaston Maspéro en su volumen de Les contes populaires de l'Egypte ancienne (Los cuentos populares del antiguo Egipto) (1882), papiros egipcios de extraordinaria antigüedad han preservado preciosos textos cuentísticos que remontan al año 2.000 a.C. Posteriormente, en la monumental obra (1913-1932) de Johannes Bolte y Georg Polívka sobre los cuentos de los hermanos Grimm (véase Jakob Grimm y Wilhem Grimm), se hizo referencia a treinta y cinco menciones o fuentes cuentísticas detectables en numerosas obras literarias de la antigüedad, como en la comedia Las avispas (ca. 422 a.C.) de Aristófanes. La crítica posterior ha seguido identificando muchas más fuentes y motivos cuentísticos en la literatura de las antiguas Asiria y Babilonia, y, muy especialmente, en los relatos mitológicos grecorromanos, muchos de cuyos argumentos han pervivido como tópicos cuentísticos en la tradición oral moderna. Autores como Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) y Apuleyo (124-180) parece que aprovecharon de manera especial y realizaron sugerentes tratamientos literarios del riquísimo acervo de cuentos populares de su época. Los cuentos folclóricos de Oriente y de la India Está comúnmente aceptada entre los críticos la teoría de que una parte sustancial del repertorio universal de los cuentos maravillosos tuvo sus orígenes en el Extremo Oriente y en la India, y que desde allí se difundió oralmente (y subsidiariamente por escrito) hacia Occidente y hacia otras áreas a lo largo de los siglos. La colección oriental más importante es, sin duda, la de Las Mil y Una Noches. Se cree que la mayoría de sus cuentos nacieron en el Extremo Oriente, y que pasaron a la India en los primeros siglos de cristianismo. Más tarde, en el siglo VI, debieron traducirse y adaptarse también a la lengua persa, y algo más tarde, al árabe, tradición de donde surgirían dos ramas: la iraquí y la egipcia. Los primeros textos conservados son árabes de fines del primer milenio de la era cristiana. En los siglos posteriores, muchos de estos cuentos serían traducidos y adaptados a diversas lenguas europeas. No sería, sin embargo, hasta fines del siglo XV cuando un judío egipcio islamizado puso por escrito una compilación general que constituye la base de las versiones actuales, incluida la traducción al francés que por primera vez realizó Antoine Galland a comienzos del XVIII. Otro texto capital de la cuentística india es el Panchatantra o Pancatantra, también llamado Los cinco libros de narraciones sobre la prudencia del amor. Según parece, es una colección originalmente hindú, cuya primera función fue la de educar príncipes, aunque luego se ampliaría a la puramente didáctica. Sus orígenes, que se relacionan con un oscuro autor de nombre Vichnucharman, se fechan entre los siglos III y V, y se cree que pasó a Persia en el siglo VI, antes de traducirse al árabe hacia el año 750, y al hebreo en el siglo XII. De esta lengua sería finalmente traducido a diversas lenguas de Occidente a partir del XIII. Finalmente, otro libro de origen indio que ha influido grandemente en el desarrollo de la cuentística mundial es el Libro de Sindbad, que, como los anteriores, pasó a Persia y a la tradición árabe en el primer milenio de la era cristiana, y que después tendría diversas versiones europeas: el Syntipas bizantino del siglo XI y el Sendebar castellano del XIII, entre otras. Los cuentos folclóricos en la Edad Media La literatura medieval tuvo un fundamental ingrediente de tipo mágico y fabuloso que está estrechamente relacionado con la tradición folclórica en general, y con el cuento y la leyenda en particular. La mayoría de los grandes géneros narrativos (tanto en verso como en prosa) de la Edad Media europea incluye citas, alusiones, interpolaciones o influencias de la cuentística tradicional. Así se ha advertido muchas veces en crónicas latinas como la Gesta Romanorum (editada en latín hacia 1330, aunque de composición anterior), en las abundantísimas colecciones en latín de milagros y de vidas de santos, llenas de motivos cuentísticos y folclóricos, o en obras vernáculas como el poema épico anglosajón Beowulf (siglo VIII), los Mabinogi galeses (siglos XI-XIII), los Eddas (siglos IX-XIII) y las sagas (siglos XII al XIV) islandesas y nórdicas, el Cantar de los Nibelungos (siglo XIII) y otros poemas épicos alemanes, etc. Cuando, a mediados de la Edad Media, comenzó a consolidarse la figura del creador literario en el sentido más técnico y artístico del término, toda la literatura de Occidente siguió mostrando intensas influencias cuentísticas populares. Por ejemplo, en la literatura francesa medieval, numerosos episodios de Le Roman de Renart (La novela de Renart o del zorro), compilado por más de veinte autores entre 1175-1250, y de los Lais de María de Francia (2ª mitad del siglo XII) constituyen sencillas y hermosas versiones literarias de diversos cuentos populares. Del mismo modo, en el Lai de Lanval se puede apreciar la dependencia directa del cuento de La búsqueda del esposo desaparecido (Tipo AT 400), y en el Lai de Yonec la cercana influencia del cuento de El pájaro azul (Tipo AT 432). Importantes novelas de caballerías francesas medievales se inspiraron también en el acervo popular. Una de las más importantes, la de Roberto el diablo, es un evidente correlato literario del cuento de Juan el Tiñoso (Tipo AT 314). Por la misma época floreció también en todo Occidente una riquísima producción de ejemplos morales, de adaptaciones de cuentos grecolatinos (especialmente de Esopo), de relatos hagiográficos, caballerescos y bizantinos, así como de sermones religiosos y profanos con cuentos incorporados, en latín y en las diversas lenguas vulgares. También alcanzó un cultivo importante la literatura de educación de príncipes y de sermones religiosos y morales, que utilizaban el cuento como ilustración y ejemplo de sus enseñanzas. Las obras que dieron mayor fama al italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) y al inglés Geoffrey Chaucer (ca. 1340-1400) fueron dos colecciones de cuentos, recreados por ellos con elaborado estilo, pero parcialmente inspirados en la tradición oral: Il Decamerone (El Decamerón) y The Canterbury Tales (Los cuentos de Canterbury), respectivamente. Estas obras inauguraron toda una tradición de colecciones cuentísticas que combinaban lo artificioso con lo folclórico, y que tuvo manifestaciones tan importantes como Les cent nouvelles nouvelles (Los cien nuevos cuentos) que se reunieron en la corte del delfín de Francia a mediados del siglo XV. Enorme difusión en toda Europa tuvo también la colección de cuentos humorísticos y eróticos en latín publicados por Poggio Bracciolini (1380-1459) en un volumen titulado Poggii florentini facetiarum libellus unicus (El único librillo de chistes de Poggio el florentino), que fueron traducidos y adaptados a numerosas lenguas. Los cuentos folclóricos en el Renacimiento y en el Barroco En el Renacimiento, muchas obras literarias mayores siguieron naciendo bajo la influencia directa del cuento y de la cultura popular, como fue el caso de la serie sobre Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais (ca. 1494-1553) o de las difundidísimas Novelle de Matteo Bandello (1485-1561). Además, se consolidaron grandemente, gracias al desarrollo de la imprenta, las colecciones cuentísticas de inspiración popular y recreaciones más o menos literarias. La inmensa mayoría de estas colecciones se centró en el género de los cuentos humorísticos o chistes, en vez de en los cuentos maravillosos. Una de las más influyentes fue la titulada Le piacevoli notti (Las noches placenteras) (1550-1553), del italiano Giovan Francesco Straparola, que se tradujo a numerosas lenguas, incluida la española, donde circuló con el título de Honesto y agradable entretenimiento de damas y galanes. Muy poco después, en 1558, vio la luz la recopilación póstuma de Bonaventure Des Périers (ca. 1500-ca. 1543) que llevaba el título de Les Nouvelles Récreations et Joyeux Devis (Los nuevos recreos y alegres pláticas). El volumen de Dvcento novelle (Doscientos cuentos) (1595-1609) publicado por el aventurero italiano Celio Malespini (1531-1609), y el de Lo cunto de li cunti, dit Il Pentamerone (El cuento de los cuentos, o sea, el Pentamerone) (1634-1636) de Giambattista Basile (1575-1632), dieron también al género del cuento humorístico o chiste una dimensión literaria y editorial extraordinarias. En Francia, los años finales del siglo XVII trajeron una sorprendente eclosión de literatura cuentística vinculada estrechamente con la tradición folclórica. Jean de La Fontaine (1621-1695) publicó diversas colecciones de Contes (Cuentos) entre 1665 y 1685, y de Fables (Fábulas) entre 1668 y 1778, aunque lo cierto es que su producción se halla todavía más cerca de la literatura grecolatina y medieval que de la folclórica. En 1694, Jeanne Lhéritier de Villandon publicó también abundantes cuentos, aún más artificiosos que folclóricos, en un volumen de Oeuvres meslées. Pero es en 1697 cuando salió a la luz la importantísima colección de Charles Perrault (1628-1703) titulada Histoires ou Contes du temps passé (Historias o cuentos de tiempos pasados), conocida también como Contes de ma mère l'Oye (Cuentos de mi madre la Oca), tomada de fuentes puramente folclóricas, y sólo moderadamente reelaborada y retocada por el compilador, que incluyó títulos tan importantes como La bella durmiente del bosque, Barba Azul, El gato con botas o Cenicienta. La obra de Perrault abrió horizontes nuevos y prometedores a la recopilación y edición de cuentos folclóricos. Casi inmediatamente después de su publicación, la condesa Madame d'Aulnoy (1650-1705) publicó sus Contes nouveaux ou les Fées à la mode (Cuentos nuevos o las Hadas de moda) (1698). Los cuentos folclóricos en el siglo XIX Tras el paréntesis del siglo XVIII, llamado de la Razón o de la Ilustración, que silenció y marginó sistemáticamente la mayoría de las manifestaciones literarias de la inventiva popular, incluido el cuento folclórico (aunque en Alemania vieron la luz algunas publicaciones menores de cuentos de hadas), el Romanticismo vino a rescatar este género no sólo desde el punto de vista de la recolección y documentación, sino también desde el punto de vista del estudio, análisis e interpretación. Tras el paréntesis del siglo XVIII, llamado de la Razón o de la Ilustración, que silenció y marginó sistemáticamente la mayoría de las manifestaciones literarias de la inventiva popular, incluido el cuento folclórico (aunque en Alemania vieron la luz algunas publicaciones menores de cuentos de hadas), el Romanticismo vino a rescatar este género no sólo desde el punto de vista de la recolección y documentación, sino también desde el punto de vista del estudio, análisis e interpretación. Entre 1812 y 1815, los hermanos Grimm -Jakob(1785-1863) y Wilhelm (1786-1859)- publicaron sus Kinder-und Hausmärchen (Cuentos de los niños y del hogar), amplia e importantísima recopilación pionera de la recolección moderna, a la que añadieron comentarios y reflexiones que inauguraron los estudios modernos sobre el cuento folclórico. Entre sus conclusiones, había dos de enorme trascendencia para la época: la de que el origen de muchos cuentos remontaba a una arcaica y evolucionada tradición indoeuropea, y la de que la filología comparada podía reconstruir parcialmente prototipos perdidos a través del análisis y contraste de versiones recogidas en tradiciones diversas. Las tesis indoeuropeístas pioneras de los hermanos Grimm serían perfeccionadas por el filólogo alemán Theodor Benfey (1809-1881) y por el escritor escocés William Clouston (1843-1896), quienes defendieron el papel que los viajeros que volvían de Oriente habían jugado en la difusión de los cuentos en Occidente. Estas teorías, que los especialistas modernos han aprovechado por un lado y criticado por el otro, abrieron la vía para que otros autores que escribieron en la segunda mitad del siglo XIX, como Max Müller, Angelo de Gubernatis, John Fiske o Sir George Cox, elaborasen teorías cada vez más sofisticadas, y en ocasiones hasta pintorescas y aberrantes, sobre el origen y la evolución de los cuentos. Las más representativas fueron probablemente las del filólogo germano-británico Max Müller(1823-1900), quien defendió que la protolengua originaria de la gran mayoría de los cuentos había sido el sánscrito. A mediados y en la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a aparecer en toda Europa colecciones de cuentos recogidos y estudiados con criterios cada vez más precisos y científicos. A partir de 1840 aparecieron los Narodnye russkie skazki (Cuentos rusos) de Aleksandr Nikolajewitsch Afanassiev; en 1842 vieron la luz los Norske folkeeventyr (Cuentos folclóricos noruegos) de P.-C. Asbjornsen y J. Moe; en 1860, F. J. Campbell publicó los Popular Tales of the West Highlands (Cuentos populares de las Tierras Altas occidentales); y en 1876, Sven Grundtvig editó los Danske Folkeeventyr (Cuentos folclóricos daneses). En Francia, la colección de Contes bretons (Cuentos bretones) publicada en 1870 por E. M. Luzel abrió el camino a numerosísimas recopilaciones que vieron la luz en revistas como Mélusine (1877-1901), la Revue des Traditions Populaires (1888-1919) y muchas otras; a colecciones como los 47 volúmenes de Les Littératures populaires de toutes les nations (Las literaturas populares de todas las naciones) (1883-1903); o a recopilaciones como las que Emmanuel Cosquin hizo de cuentos de la Lorena, François-Marie Luzel de cuentos de la Baja Bretaña, Paul Sébillot de la Alta Bretaña, Jean-François Bladé de Gascuña, Achille Millien de Nivernais, etc. En las últimas décadas de siglo XIX, el gran arabista René Basset fue publicando artículos sobre cuentos folclóricos árabes que luego reuniría en su magna colección de 1001 contes: Récits et légendes arabes (París, 1926). Y Joseph Bédier publicó en 1894 su monumental trabajo sobre Les fabliaux (Los cuentos) medievales franceses y su influencia en el resto de los géneros literarios de aquella época. Al mismo tiempo, el "descubrimiento" romántico del cuento folclórico hizo que muchos autores cultos elaborasen obras personales y originales estrechamente dependientes del estilo y el mundo tradicional popular. Autores representativos de esta corriente fueron sin duda el alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), o el danés Hans Christian Andersen (1805-1875). En el ámbito español, el escritor norteamericano Washington Irving(1783-1859) publicó en 1832 una colección de cuentos personales, The Alhambra (Cuentos de la Alhambra) inspirados lejanamente en tradiciones literarias y populares, que alcanzó también un enorme éxito. Otros autores que obraron de modo parecido fueron, por ejemplo, el padre Luis Coloma (1851-1914), autor de cuentos popularizantes de corte sentimental y edificante. Los cuentos folclóricos en el siglo XX En el siglo XX, la recolección y el estudio del cuento folclórico han experimentado una extraordinaria expansión en todo el mundo. Desde sus inicios comenzó a fraguarse la llamada escuela geográfico-histórica, impulsada por el folclorista finlandés Antti Aarne (1867-1925) y, posteriormente, por el norteamericano Stith Thompson (1885-1976), que se propusieron catalogar todas las variantes cuentísticas conocidas en el mundo para poder deducir sus tipos, motivos y características principales. Entre sus máximos logros figuran la elaboración de dos catálogos fundamentales de los motivos y de los tipos cuentísticos universales: el Motif-Index of Folk Literature (Índice de motivos de la literatura folclórica) (1955-1958) de Stith Thompson, y la edición aumentada y revisada de The Types of the Folktale: a Classification and Bibliography (Los tipos del cuento folclórico: Clasificación y Bibliografía) (1981) de Aarne y Thompson. También a principios del siglo XX, Johannes Bolte y Georg Polívka publicaron un gigantesco estudio (1913-1932) que recogía variantes de todo el mundo de los cuentos de los hermanos Grimm. Desde entonces, numerosísimos especialistas de todo el mundo han seguido el método y las clasificaciones geográfico-históricas en sus estudios sobre el cuento universal para realizar estudios y catálogos sobre distintas tradiciones de cuentos. Entre los catálogos tipológicos más importantes cabe mencionar el italiano de Alberto M. Cirese y Liliana Serafini, Tradizioni orali non cantate. Primo inventario nazionale per tipi, motivi o argomenti di fiabe... (Tradiciones orales no cantadas. Primer inventario nacional de tipos, motivos y argumentos de cuentos) (1975), el francés de Paul Delarue y Marie-Louise Tenèze, Le conte populaire français (El cuento popular francés) (1976-1985), el español de Maxime Chevalier y Julio Camarena Laucirica, Catálogo tipológico del cuento folklórico español, iniciado en 1995, o índices como los de Heda Jason, Types of Oral Tales in Israel (Tipos de los cuentos orales en Israel) (1975) y Folktales of the Jews of Iraq (Cuentos folclóricos de los judíos de Iraq) (1988). En 1928 se produce el hecho trascendental de la publicación de la Morfologija skazki (Morfología del cuento) del ruso Vladimir Propp (1895-1970), que inauguraba los estudios estructural-funcionalistas y que, cuando décadas después se tradujo a las lenguas occidentales, causó una profunda conmoción entre los especialistas. En esta obra y en otras posteriores, Propp demostraba la homogeneidad estructural de los cuentos de todo el mundo, y aislaba las 31 funciones fijas que, según él, pueden combinarse en las narraciones maravillosas de todo el mundo, desarrolladas por una tipología también precisa de personajes. Entre los críticos que desarrollaron las teorías de Propp figuran el también ruso Eleazar M. Meletinskij, autor del estudio Strukturno-tipologi_eskoe izu_enie skazki (El estudio tipológico-estructural de la fábula) incorporado a la reedición rusa de la Morfologija de Propp que apareció en 1969, y que trazaba un panorama exhaustivo de las investigaciones de tipo estructural-funcionalista estimuladas por la investigación de Propp tanto en Rusia como en Occidente. A estas dos escuelas fundamentales de la crítica del siglo XX sobre el género cuentístico se pueden añadir algunas otras como la psicoanalítica, representada fundamentalmente por el estadounidense de origen húngaro Géza Róheim (1891-1951) y por el también estadounidense de origen austríaco Bruno Bettelheim (1903-1990), autor del fundamental libro The Uses of Enchantment (Psicoanálisis de los cuentos de hadas) (1976). Los etnólogos y antropólogos culturales han prestado también mucha atención a los cuentos de los pueblos primitivos contemporáneos. Desde los difusionistas alemanes de finales del siglo XIX y comienzos del XX, o desde las colecciones de Franz Boas (1858-1942) de cuentos de los indios norteamericanos y las de sir Edward Evan Evans-Pritchard (1902-1973) de cuentos de la etnia zandé africana, han sido numerosísimas las recopilaciones de cuentos de muchas poblaciones tradicionales de África, Asia, Oceanía y América, que han ofrecido datos muy relevantes sobre las relaciones del cuento con el mito, su función social e ideológica, etc. Las investigaciones semióticas del cuento están representadas por obras como las de Claude Brémond, Logique du Récit (La lógica del relato) (1973), o los acercamientos de Algirdas Julien Greimas en su Sémantique structurale (1966), quien ha utilizado los métodos de Propp y de Lévi-Strauss. Este último ha intentado deducir una semiótica general del cuento y explorar los mecanismos de generación de su sentido. Los valores pedagógicos y sociológicos del cuento han sido investigados por autores como Gianni Rodari. Dicho lo cual, vamos a ver los dos cuentos que nos traemos entre manos. En La niña y el osito de peluche, el cuento se suele caracterizar comparándolo con otros textos narrativos; comúnmente se relaciona con la novela, por lo que se define como relato de poca extensión. Su brevedad condiciona también el reducido elenco de personajes que tienden a manifestarse como tipos, el marco temporal y la acción, que suelen ser simples, y el enfoque, único de tono y técnica. Tiene origen popular y se desarrolla partiendo de situaciones narrativas simples. Y, por último, Historias de dragones. A la vez que los dichos, las adivinanzas, las condiciones, etc., el cuento popular forma parte de la literatura tradicional de transmisión oral. Desde el punto de vista temático resulta difícil su clasificación: los hay maravillosos o de encantamiento, de animales, de grandes héroes, de temática religiosa… Se suele aceptar que provienen de mitos y leyendas primitivas adaptadas a su nuevo ámbito sociocultural. Propp, después del análisis de cien cuentos maravillosos, concluyó que todos surgen a partir de la combinación de unn número invariable de elementos o funciones. En los cuentos populares, los personajes suelen ser anónimos (el rey, la princesa, el dragón, el hada, el cura, etc.) con frecuencia comienzan mediante cierta fórmula introductoria del tipo de “Érase una vez”, que remite el relato a un pasado indefinido. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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