PRÓLOGO A 'MIS CUENTOS'.
En esta nueva andanada editorial, quiero obtener –para no variar- un libro de unas 300 páginas, titulado “Mis Cuentos”, que englobe tres –por lo menos- cuentos de mi propia factura, que serían: - Leyendas y sagas de la mitología nórdica. - Los vikingos y su mitología. - Y, por último, La vida desde los inicios, para niños. Pero, antes de desbrozar estos atractivos cuentos, voy a dedicar algunos renglones a hablar de la Literatura infantil. Se entiende por literatura infantil la literatura dirigida hacia el lector infantil, es decir, el conjunto de textos literarios que la sociedad ha considerado aptos para los más pequeños porque estos la pueden entender y disfrutar, al igual que todos los textos adoptados por los lectores más jóvenes como propios, pero que en origen se escribieron pensando en lectores adultos (por ejemplo Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro, El libro de la selva, o Platero y yo). Se puede definir, entonces, a la literatura infantil como aquella que también leen niños. Estimula potencialmente el pensamiento, el vocabulario, la discriminación auditiva, la formación de juicio, el crecimiento de los procesos básicos de aprendizaje (atención, memoria, concentración, habituación a la tarea, motivación, etc) Hacer comentarios y preguntas sobre un cuento, observar e interpretar imágenes influyen en el proceso de aprendizaje de la lecto-escritura. Los cuentos infantiles tienen elementos únicos que hacen de ellos una herramienta pedagógica excepcional y divertida. Se representa la literatura infantil como una expresión cultural y del lenguaje. La literatura infantil es principalmente una fuente de placer, pero también es un medio para enriquecer la experiencia de cada niño al utilizarla como herramienta para potenciar su imaginación y creatividad a partir de las lecturas de obras artísticas de ficción. Así también adoptan el hábito de la lectura por medio del acercamiento a los libros estimulando la creación de criterios de preferencia en la elección de las obras literarias, desarrollando un canon personal en cada uno. La literatura infantil es un instrumento didáctico importante para el desarrollo de las habilidades lingüísticas y de los procesos cognitivos superiores. Entonces, ¿qué es la literatura infantil? La literatura infantil es cualquier literatura que sea disfrutada por los niños y jóvenes. Más específicamente, se refiere a los libros escritos y publicados para jóvenes que aún no están interesados en la literatura para adultos o que pueden no tener las habilidades de lectura o la comprensión todavía. ¿Qué temas trata la literatura infantil? Contestaremos que la literatura infantil, tiene un compendio de géneros literarios, que van desde las obras clásicas, a textos ilustrados, con relatos de sencilla comprensión enfocados en los niños. Entre los géneros más frecuentes se encuentran: Los cuentos infantiles, las fábulas, el teatro, los mitos y las leyendas. Y, si nos preguntamos ¿qué objetivo tiene la literatura infantil?, debemos responder que le permite al niño conocer la cultura, la historia y la ciencia que le rodea, de esta manera se crea un fondo muy enriquecedor, aumenta su vocabulario y desarrolla su creatividad e imaginación. La literatura infantil es un género que se define, no tanto por sus rasgos propios, como por sus receptores. El nacimiento de la literatura infantil se relaciona con la pedagogía, la moralidad y el folklore. Son muy discutidos los orígenes de este género pero, como expone J. Cervera en su obra Teoría de la literatura infantil: la literatura infantil como tal, surge a partir del momento en que se empieza a considerar al niño como a un ser con entidad propia y no sólo como un futuro hombre. Situamos este momento en el siglo XVIII, en el que se empieza a pensar en el niño como en un ser autónomo con necesidades educativas propias y, siguiendo de nuevo al mismo autor, se puede afirmar que no pueden ser considerados como literatura infantil los libros didácticos cuyos orígenes se remontan hasta el siglo VI d.C., aunque nos ocuparemos de estas obras como precedentes. Precisamente, si hemos afirrmado que en los orígenes de la literatura infantil está la moralidad, es porque durante mucho tiempo se consideraron como libros infantiles obras completamente alejadas de nuestro concepto actual, y así la literatura infantil era un cajón de sastre en el que cabían: recopilaciones de apólogos de tradición oriental con carácter moral, abecedarios, cartillas pedagógicas, libros de divulgación de historia sagrada (como el Antiguo Testamento para los niños (1549) de Hans Holbein), ejemplarios en la línea del Espejo del niño cristiano (dados fundamentalmente durante el siglo XVII en Inglaterra y Alemania) y tratados de educación de príncipes, de los que encontramos muestras desde la Edad Media hasta bien avanzado el siglo XVIII, en el que aparecen en Suecia las Cartas de un viejo a un joven príncipe (1751) escritas por Carl Gustav Tesin para la educación del príncipe Gustavo III. Antes del nacimiento de la literatura infantil como género autónomo, los niños se deleitaban con las mismas obras que los adultos escuchaban y leían: poemas épicos, romances y literatura de cordel. Esto no resulta extraño, ya que la literatura infantil también está relacionada con el folklore y la oralidad, cuyas manifestaciones exigían del público una ingenuidad casi infantil y una credulidad sin límites para aceptar la mezcla de lo natural y lo sobrenatural como algo cotidiano. Enzo Petrini, en su obra Estudio crítico de la literatura juvenil, ha llegado a la conclusión de que la incorporación del folklore a la literatura infantil reside sobre todo en lo "maravilloso" y en la interpretación ingenua de la realidad, donde lo trascendente toma la apariencia de los extraordinario y lo mágico. El niño se vale de estos procedimientos para salir de sí mismo y de su propia realidad, utilizando la ficción como evasión. Para Cervera, en Teoría de la literatura infantil, el folklore y lo imaginario coinciden en un mismo terreno: el de la ficción, ya sea ficción pasada, en el folklore, ya sea ficción presente o futura, en lo imaginario. Por disparatada que sea la ficción para el espíritu didáctico, ésta responde a la profunda necesidad del niño de no contentarse con su propia vida. Dentro de lo imaginario podemos incluir todas las modalidades distinguidas por Todorov: lo maravilloso, lo fabuloso, lo fantástico y lo mágico. Los precedentes de la Literatura infantil se encuentran en el Didactismo y los Cuentos de Hadas. Antes de ocuparnos de Perrault, distinguiremos un libro que revolucionó el mundo de la educación infantil, el Orbis Pictus o Mundo en imágenes de Comenius, aparecido en Alemania en 1658 y editado en latín, alemán, italiano y francés. Es un libro de imágenes en el que cada palabra lleva su dibujo. Este libro se sale de la monotonía de abecedarios y cartillas al uso y es muy avanzado, ya que en él se defiende la coeducación y se habla de la escuela maternal y del jardín de infancia. Perrault, a finales del siglo XVIII, en sus Cuentos de mi madre la oca o Cuentos de antaño (1697) recopila cuentos tradicionales franceses con influencias célticas, orientales e italianas, en los que predomina el elemento maravilloso bajo diferentes modalidades: encantamientos, hadas buenas y hadas malas, ogros sanguinarios, reminiscencias de épocas bárbaras y recuerdos de antiguos mitos. Aquí encontramos relatos inmortales, que acaban con una moralidad muy al gusto de la época, como: Griseldis, Los deseos ridículos, Piel de Asno, La Bella Durmiente del Bosque, Las hadas, Cenicienta, Caperucita Roja, Barba Azul, El Gato con Botas, Pulgarcito y Riquete el de Copete. Según Carmen Bravo Villasante en su obra Historia de la literatura infantil universal, estos cuentos recogen el mundo de lo maravilloso, la "féerie" y lo mirífico, que estaba de moda en esta corte de Luis XIV, "Rey Sol", donde también todo parecía una maravilla, aunque detrás se escondiesen monstruosidades. Estos cuentos son ejemplos que impresionan la imaginación en los que la fantasía de la invención se une a la moraleja, como en las fábulas poéticas. Los cuentos de hadas "a lo Perrault" tuvieron tanto éxito que fueron muy cultivados, especialmente por las mujeres. Así vemos como Jeane L'héritier y la baronera D'Aulnoy escribieron varios volúmenes de ellos. Sin embargo, podemos considerar estos cuentos más como ejercicios cortesanos que como composiciones con afán literario. Posteriormente, Madame Leprince de Beaumont escribió El almacén de los niños (1751), un libro con diversos contenidos donde se incluye uno de las narraciones más hermosas de la literatura fantástica: La bella y la bestia. Otra de las autoras francesas que escriben, aunque un siglo más tarde es la condesa de Ségur, pero lo hará con una intención mucho más moralista. Durante la época Ilustrada, predominan las obras de carácter moral que unen el deleite con la enseñanza. Este género deriva de las Las Fábulas de Lafontaine (1668), escritas para el Delfín, con lo que se inscriben dentro de la tradición del regimiento de príncipes, "Ad usum delphini". También Fenelón escribe textos pedagógicos para su discípulo, el nieto de Luis XIV. Lafontaine no es innovador en los temas, tomados de Fedro y Esopo, sino en el tratamiento, ya que considera las fábulas como el género más adecuado para que el niño distinga el bien del mal. En el siglo XVIII cambia la concepción del niño gracias a la influencia de la pedagogía suiza, representada por Rousseau y el pedagogo Pestalozzi. En este siglo dos libros influyen definitivamente en la literatura infantil, aunque en realidad no son libros infantiles: Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe y Los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift, ambos ingleses (no en vano, en Inglaterra, John Newberry había creado en 1726 la primera librería infantil). Estos libros marcan dos de los caminos que tomará posteriormente la literatura infantil, las aventuras y la invención fantástica, y señalan de paso el importante papel que tendrá Inglaterra en la literatura infantil durante los siglos XIX y XX. Robinson Crusoe adquiere su fama, principalmente, gracias al elogio que de ella realiza Rousseau en su Emilio (1762), novela de la educación en la que se establece un modelo de niño totalmente distinto al del siglo XVII. Rousseau no comprende la irracionalidad que hace a los niños aprenderse las fábulas de Lafontaine sin que éstos las entiendan, ya que piensa que no son nada sencillas. Dice odiar los libros y sólo salva el Robinson Crusoe por considerarlo un tratado de educación natural pues quiere que el niño logre aprender todo por su experiencia, al igual que Robinson, el cual va pasando por todos los estadios de la humanidad: logra el fuego, caza, pesca, curte la piel, siembra y recolecta. Los viajes de Gulliver están inspirados en Luciano, El Atalante de Bacon y Utopía de Moro. Ambos son libros de lectura simbólica y, sin embargo, Carmen Bravo Villasante ha visto en la obra anteriormente citada cómo los niños despejan todo este simbolismo para reducirlo a un simple cuento con el dinamismo de la acción y la invención. Robinson Crusoe tuvo gran influencia en la educación infantil y, durante mucho tiempo, los libros infantiles se escribieron conforme a esta nueva visión de la vida. El libro tuvo varias continuaciones del propia Defoe y dio origen a una serie de "robinsonadas": por ejemplo, El joven Robinson (1780), del alemán Campe y El robinsón suizo (1812) de Rudolf Wyss. Ambos libros son pretexto para divulgar conocimientos de botánica, zoología, artesanía, historia, geografía y viajes, y presentan una clara diferencia con su modelo inspirador, como señala Carmen Bravo Villasante en Historia de la literatura universal, ambos son robinsones en familia y ofrecen un modelo social en el cual el padre toma el papel del maestro que imparte las enseñanzas. El siglo XIX y el Romanticismo, con su exaltación del individuo, favorece el auge de la fantasía, y, con el interés por lo nacional, fomenta el folkore autóctono que lleva a los autores a buscar y recopilar antiguas leyendas y cuentos folklóricos. En Alemania destaca la labor de los hermanos Grimm (Wilhelm y Jakob), dos autores similares a Perrault que, en sus Cuentos para la infancia y el hogar (1812-1822), recogen narraciones populares buscando la información tanto en poetas cultos como en gente del pueblo. Entre ellos destacan Blanca Nieves, Hänsel y Gretel, Pulgarcito, Yorinda y Yoringel, y Rapunzel. Hay que señalar que, en su prólogo, todo un manifiesto romántico de exaltación de lo popular y de la fantasía, hacen notar que esos cuentos encierran todo lo que existe en el mundo y que, aunque el libro no está escrito para los niños, si a éstos les gustan, tanto mejor. No debemos olvidar tampoco, dentro de esta época, la labor de Hoffmann que escribió varios tomos de sus Cuadros fantásticos(1813) entre los que se encuentran, El cántaro de oro y El cascanueces. Destaca en Dinamarca la figura de Hans Christian Andersen con Cuentos para niños (1835). Perrault y los Grimm recogieron la tradición oral, sin embargo Andersen, aunque se basa en ella, hace una obra más personal, con mayor conciencia de autor, incluso encontramos algunos rasgos autobiográficos como el hecho de que su madre fuera obligada a mendigar en su infancia y luego sobreviviera a duras penas como lavandera. Sus cuentos son muy tristes, y en ellos se destaca la belleza y el alma de la naturaleza, insistiendo en la animación de los objetos inanimados. Entre ellos se encuentran: No servía de nada, El patito feo, La reina de las nieves, El soldadito de plomo, Los cisnes salvajes, Madre saúco, La niña de los fósforos y La sirenita. En Italia destaca algún tiempo después Carlo Collodi con su Pinocho (1883). Collodi había comenzado escribiendo libros educativos protagonizados por Gianettino, personaje con claras reminiscencias del Gianetto o Juanito, personaje creado por Parravicini años antes y entroncado aún con la literatura didáctica, pues se ofrecía como un modelo de comportamiento para el niño en sus deberes familiares y sociales. Pero Collodi alcanzará la fama con la historia de este muñeco que se convierte en niño de carne y hueso. Esto podemos interpretarlo como símbolo de la evolución hacia la toma de la conciencia del niño, símbolo tan universal que ha sido recreado multitud de veces en la actualidad, como en El nuevo Pinocho (1988) de la excelente autora Christine Nöstlinger o, en España, el Pinocho de Bartolozzi. También en el XIX se desarrolla una corriente de humanitarismo social, algo lacrimoso, representado principalmente por Corazón (1866) de Edmondo De Amicis, género que encontrará también una cierta representación en Mujercitas (1868-69) de Louise May Alcott en Estados Unidos. En Inglaterra se dan cuenta de que la excelente respuesta de los niños a los cuentos de hadas no es sino una muestra de su ilimitada fantasía y de su facilidad para pasar de lo real a lo fantástico. Edward Lear fue el iniciador del nonsense o literatura del absurdo, basándose en las nursery rhymes tradicionales, auténticas creaciones poéticas del absurdo, ripios sin sentido en los que predonima el arte por el arte. Como bien señala R. López Tamés en Introducción a la literatura infantil: el disparate, el nonsense infantil puede estar en el origen del hecho poético. Nada se dice en él, sólo ritmo y sonoridad. Los surrealistas lo sabían bien y quisieron volver a esa infancia de la libertad y del absurdo. Sería Lewis Carroll quien llevaría el nonsense hasta sus útlimas consecuencias en Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo y lo que Alicia vio allí (1872). Estos libros fueron escritos a petición de una niña, la verdadera Alicia, que le pidió un libro "lleno de nonsense" y esta petición demuestra la asimilación de este concepto en la infancia inglesa. Bajo esa apariencia de sinsentido se esconde una peculiar lógica derivada de la condición de matemático de Carroll. A finales de siglo, Oscar Wilde sigue con la tradición del cuento maravilloso, que siempre encierra un simbolismo profundo moralizador, en cuentos como El príncipe feliz, El gigante egoísta y El ruiseñor y la rosa, de fuerte contenido estetizante. En cuanto a libros de aventuras, podemos destacar por encima de todos a Stevenson con La isla del tesoro (1882), a Rudyard Kipling con El libro de la selva (1894) y a Rider Haggard, todos en Inglaterra. En Alemania a Karl May y, en Italia, a Emilio Salgari. En Francia ocupan un papel fundamental las novelas de Julio Verne, que combinan la aventura y el misterio con la anticipación científica. Mark Twain, en Norteamérica, con Las aventuras de Tom Sawyer (1876), narra las aventuras de un niño corriente con sucesos verosímiles que se aleja del modelo del niño bueno, presentando al niño travieso que triunfa y es feliz. Éste suele ser considerado el precedente de los muchachos despiertos y con mucho sentido del humor que veremos luego en Emilio y los detectives (1929) del alemán Erich Kästner y el Guillermo de Richmal Crompton. Procede de Inglaterra otro personaje que se convierte en un prototipo universal, al igual que Pinocho. Es Peter Pan (1904) de J.M Barrie, que apareció primero como obra de teatro y luego se convirtió en libro. Es la historia de un niño que no quiere crecer, que habla con los animales, escucha a los elfos que viven en el parque y conoce el mundo secreto que se esconde tras la realidad. Estiliza tópicos de libros infantiles, aventuras, indios, e intrigas policiacas, colocando todo ello al servicio del anhelo universal y secreto de los adultos de no crecer y vivir libres de responsabilidades, en lo que precisamente reside su éxito. También en el mundo anglosajón destacan, en el último tercio del XIX y comienzos del XX, obras como: El viento en los sauces (1908) de Kenneth Grahame, El mago de Oz (1900) de L. Frank Baum, la serie de libros autobiográficos The little house (1932-1934) de Laura Ingalls Wilder, las obras de Beatrix Potter, ilustradora y escritora, con sus pequeños libros sobre animales escritos entre 1900 y 1930, El pequeño Lord (1885) y El jardín secreto (1912) de Frances Hodgson Burnett, El mundo de Puff (Winnie the Pooh) de A. Milne, creador del famoso osito de felpa, la serie de la peculiar institutriz inglesa Mary Poppins (1935) de Pamela Travers, la serie de Guillermo el travieso del anteriormente citado Richmal Crompton y las más de cuatrocientas obras de Enyd Blyton (1900-1968), de las que destacan sus famosos relatos de aventura y misterio protagonizados por la pandilla de Los cinco, entre otras. Pero la gran revolución en la literatura infantil y juvenil la marcará Tolkien con El Hobbit (1938) y, ya en la postguerra, con El señor de los anillos (1953-55), en el que recrea todo un mundo mitológico imaginario poblado de seres que han pasado la historia, como los elfos y hobbits. Suecia es un país de gran tradición en literatura infantil y, a comienzos del siglo, destaca Selma Lagerlof con Los maravillosos viajes de Nils Holgerson a través de Suecia (1906- 1907), libro que ha sido calificado como el "quijote" de los niños. Nils es miniaturizado por un duende maligno y transportado a través del país montado en un ganso, allí conoce los secretos de la naturaleza y habla con los animales. La autora realiza un esfuerzo por comprender el mundo de los animales similar al que hizo Rudyard Kipling en El libro de la selva. Hemos de destacar también a Astrid Lindgren con Pippi Calzaslargas (1945), a María Gripe, que ejerce un auténtico magisterio en la literatura infantil desde los años setenta con títulos como ¡Elvis, Elvis! (1973), Los escarabajos vuelan al atardecer (1979) y Agnes Cecilia (1981) y a Elsa Beskow. En Francia destaca la obra del dibujante Jean de Brunhoff, creador del elefante Babar que aparece en 1932 en Historia de Babar. El libro, con sencillos textos de Arturo Celeste, tiene gran éxito y le siguen otros libros de la misma serie. Tras la muerte de Jean de Brunhoff será su hijo Laurent el que tomará el relevo. Otro libro capital de la literatura infantil es El Principito (1943) de Antoine de St. Exupèry, narración profundamente alegórica. Actualmente ejercen una gran influencia autores como Gianni Rodari con Cuentos por teléfono (1962), Michael Ende con Momo (1973) y La historia interminable (1979), J.L. Sempé con la serie iniciada con El pequeño Nicolás (1962) y Ángela Sommer-Bondenburg con la serie de El pequeño vampiro (1985). Además son destacados: Roald Dahl con El gran gigante bonachón (1982) y Las brujas (1983) entre otros títulos, las norteamericanas, Judy Blume con ¿Estás ahí, Dios?, Soy Margaret (1970) y Susan E. Hinton con libros sobre la problemática juvenil como La ley de la calle (1975), Margaret y la inglesa Anne Fine, preocupada por temas de convivencia familiar con obras como Señora Doubfire (1987), aparte de las ya citadas Christine Nöstlinger y María Gripe. Para acabar con este panorama, señalaremos que en Suiza, patria del personaje Heidi de Joahna Spyri y país de gran tradición pedagógica, se crea, en 1954, el International Board on Books for Young People (IBBY) que integra a escritores, ilustradores, libreros, pedagogos, etc. Este organismo concede todos los años la Medalla Andersen, que puede ser considerada como el premio Nobel de la Literatura Infantil, a un escritor y a un ilustrador. Dicho lo cual, metiéndonos en nuestra producción, señalaremos que la obra titulada Leyendas y sagas de la mitología nórdica puede considerarse Literatura juvenil, que viene a ser el conjunto de obras literarias destinadas a los jóvenes y capaces de interesarles por su temática y héroes juveniles. Suelen promover una experiencia vital educativa. En este campo entran relatos de aventuras, novelas rosa, narraciones de ciencia-ficción, etc. Por otra parte, la saga constituye un género de narraciones en prosa, de contenido épico-legendario, de composición y transmisión preferentemente orales, que fueron puestas por escrito en Islandia entre el final del siglo XII y los inicios del XIV. La palabra saga (plural sögur, de segja 'decir') significa 'narración' en antiguo islandés, sin distinción de tema, forma, extensión, etc., aunque connota un tipo de transmisión oral. La acepción literaria especializada se refiere, sin embargo, a relatos en prosa que combinan lo histórico con lo legendario y que intentan la reconstrucción del pasado, especialmente del referido a determinados clanes o familias. En realidad, en la Escandinavia antigua, saga podía referirse a cualquier tipo de relato, pero en la tradición islandesas posterior al siglo XII cobró un sentido genérico más especializado. Las sagas constituyen uno de los tres géneros principales de la literatura antigua islandesa, junto con las llamadas poesía éddica (Eddas) y la poesía escáldica (compuesta por los poetas escaldas). En otro sentido, la obra titulada Los vikingos y su mitología sí pertenece a la Literatura infantil, que es el conjunto de obras literarias destinadas a los niños. También se dedican a la lectura infantil obras de la tradición popular como los cuentos de hadas. Por lo común, en la literatura infantil los personajes son niños que viven aventuras maravillosas, en muchos casos, con seres sobrenaturales (hadas, ogros, brujas, duendes…). Además, podemos preguntarnos ¿qué significa ser un vikingo?, a lo que contestaremos que los vikingos son de los pueblos navegantes escandinavos que entre los siglos VIII y XI realizaron incursiones por las islas del Atlántico y por casi toda la Europa occidental. Y, por último, el tercer libro es el titulado La vida desde los inicios, para niños. Este libro, dentro de la mentalidad de un niño, está dentro de la ciencia-ficción, que es una forma literaria fantástica, variante del relato de aventuras, en la que prima la incorporación de los últimos desarrollos científico-tecnológicos y que suele enmarcarse en el futuro. Se ha popularizado a partir de la Segunda Guerra Mundial y se concreta en novelas, cuentos, historietas, películas, etc. A Julio Verne se le considera el iniciador de la ciencia-ficción. Dicho lo cual, nos ocuparemos personalmente del traslado de estos tres cuentos a las páginas de este libro.

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