SOLAPAS Y CONTRASOLAPA de 'MIS CUENTOS'.
En esta contrasolapa, vamos a desarrollar la Literatura Infantil en España. Por ello, sin más dilaciones diremos que, si en la literatura infantil podemos distinguir los tres géneros: poesía, prosa y teatro, Arturo Medina en el artículo: "La tradición oral como vehículo literario infantil: sus valores educativos", ha encontrado raíces folclóricas para todos ellos. Para el verso, las raíces residen en las manifestaciones líricas (nanas, villancicos, canciones...), epigramáticas (adivinanzas, retahílas, trabalenguas...), de juego (corro, comba, filas, columpio...), burlescas (patrañas, disparates, rechiflas, sarcasmos, cuentos de nunca acabar...), petitorias (aguinaldos, coplas del tiempo, piñatas, etc), cabalísticas (conjuros, ensalmos, invocaciones, pronósticos...), y didácticos (consejos, refranes, aleluyas...). Para la prosa, la originaria manifestacion folclórica son los cuentos ya sean realistas, maravillosos o realista-fantásticos.Y para la expresión dramática, hay manifestaciones folclóricas sin participación oral (mimos, máscaras, bailes) o con ella (auroras, albadas, refranes, pregones, serenatas, mayas y juegos). La recopilación de estos aspectos folclóricos se produce ya desde finales del siglo XIX por influencia romántica con autores como: Fernán Caballero que, a imitación de la labor realizada por los hermanos Grimm en Alemania, publica sus Canciones, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (1874); Rodríguez Marín, que publica Cuentos populares españoles (1882); Antonio Machado Álvarez, padre de los hermanos Machado, publica en 1883 once tomos de Folclore infantil en la Biblioteca de Tradiciones Populares españolas, o el Padre Sixto Córdova con su Cancionero Infantil español comenzado en 1885. Todas estas recopilaciones serán bien conocidas por Federico García Lorca, como demostrará en sus trabajos sobre la relación entre la literatura popular oral y la música, especialmente en su conferencias sobre Las nanas infantiles.También demuestra su interés por este género, la chilena Gabriela Mistral, y en Argentina se publica una Antología Folclórica argentina para las escuelas primarias. La labor recopiladora se sigue manteniendo durante todo el siglo XX gracias a autores como Santiago y Gadea con su Lolita, Canciones y juegos para las niñas (1901) y Fernando Llorca, Lo que cantan los niños (1915). En los años treinta, autores como Sánchez Trincado y Rafael Olivares Figueroa en Poesia infantil recitable (1934) demuestran lo cercanos que están los creadores de vanguardia (modernismo, ultraísmo, suprarrealismo) a los intereses de la infancia, en su utilización libre del lenguaje. En cuanto a la poesía infantil, que no se vincula directamente al folclore, encontramos las primeras manifestaciones del siglo XIX con sus odas a las progresos de la ciencia, a las peculiaridades hispánicas y sus apólogos. Ya a comienzos del XX, las obras de los grandes autores modernistas, como Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Francisco Villaespesa o Salvador Rueda, atraídos por las posibilidades sonoras del lenguaje, incluyen poemas infantiles. Federico García Lorca tiene una parte de Canciones infantiles en sus Canciones (1927) y Alberti también le dedica atención a la infancia en ciertos poemas de Marinero en tierra (1925). Ya después de la guerra, grandes autoras, como Gloria Fuertes, centran la mayoría de su producción en la infancia con Canciones para niños (1952) y Pirulí (Versos para párvulos en 1955). Otras obras de poesía infantil de esa época son: El sol, la luna y las estrellas (1954) de Salvador de Madariaga y Columpio de luna a sol (1952) de Pura Vázquez. A partir de los años sesenta encontramos manifestaciones distintas a la sencilla y esquemática poesía infantil que utilizaba el verso octosílabo propio de los romances y de los cuartetos, en obras como: Nana para domir muñecas (1963) de Julio Alfredo Egea, Tarde de circo (1966) de Jaime Ferrán, La princesita de la sal (1967) de Mª Luisa Muñoz de Buendía y Molino de papel de Elvira Lacaci (1968). Abundan también las antologías poéticas con fines pedagógicas: Versos para niños (1950) de Antonio Fernández, Selección de poesía para niños (1961) de Juan Miguel Roma y, sobre todo, las muy populares y usadas en las escuelas: El silbo del aire (1965) del ya citado Arturo Medina y Poesía española para niños (1969) de Ana Pelegrín, autores que han destacado además por sus estudios teóricos. En un estadio primitivo de la literatura no existía literatura infantil, y los niños y adultos escuchaban las mismas cosas y tenían las mismas lecturas. Este hecho se explica por la ingenuidad de los orígenes de todas las literaturas, como ya hemos comentado. Obras como: Los milagros de nuestra señora, Las Cantigas de Santa María, las proezas de los héroes grecorromanos como El libro de Alexandre, El Poema del Mío Cid y los Romances, especialmente los de Rosaflorida o El conde Olinos, parecen cuentos de hadas y ejemplos de poesía infantil en los que detectamos la presencia de lo maravilloso. En España tuvimos buena muestra de ejemplarios, castigos y libros pedagógicos, que se escribieron en su época pensando en los niños y en los adultos a la vez. La pedagogía y lo didáctico se desarrolla, bien a través de colecciones de apólogos de clara raigambre oriental o bien a través de tratados pedagógicos. - Los apólogos didácticos de tradición oriental se manifiestan en la traducción y adaptación del árabe del Calila e Dinna, aparecida con el título de Exemplario contra los peligros y peligros del mundo (1493) y en el Libro de los Exemplos o en Libro de los gatos, ambos del siglo XIV, versiones romances de fabularios protagonizados por animales. Siguiendo esta misma tradición está el Libre de las besties de Ramón Llull (1235-1315), que además escribió el Ars Puerilis y Proverbis de enseyement en dísticos, dedicado a la educación de los niños, que contiene algunos trozos fabulísticos. También pertenece a la tradición del apólogo y didáctico, El conde Lucanor o Libro de Patronio (1335), escrito por don Juan Manuel. En él encontramos cincuenta apólogos, muchos de ellos de tradición oriental dirigidos a grandes y pequeños que acaban con una moraleja en verso. Entre ellos, encontramos motivos populares como: "El mancebo que casó con una mujer muy fuerte et muy brava", que daría origen a La fierecilla domada de Shakespeare; Doña Truhana, que es una versión de el cuento de la lechera; o El rey con los burladores que ficieron el paño, cuyo tema es el mismo que daría origen al Paño engañoso de Andersen, aunque, por supuesto, éstas no son influencias directas, sino tradiciones comunes que se han ido recogiendo y tomando cuerpo de manera distinta a lo largo de toda la literatura universal. - Encontramos también una serie de libros didácticos en los que se toma como pretexto al niño. Eran libros que los reyes solían encargar a los escritores y poetas para la educación de los príncipes, como Los Proverbios (1437) del marqués de Santillana, escritos por encargo del rey Juan II para su hijo. El Libro de los estados o Libro del infante (1337), escrito por Don Juan Manuel y el Regimiento de Príncipes, de Francisco de Eximenis (1484), ya en época de la imprenta. También con la llegada de la imprenta destaca el Isopete historiado (1489), fábulas de Esopo ilustradas con grabados en madera, que incluían la explicación de su significado al final de cada fábula. Y, gracias al testimonio de Santa Teresa de Jesús, sabemos que los niños además leían libros de caballerías y milagrosos como el Flos sanctorum. Ya hemos comentado que, hasta el siglo XVIII, no se puede decir que exista literatura infantil propiamente dicha. En el siglo XVI y XVII sólo encontramos algunas recopilaciones de folclore infantil, como Juegos de Nochebuena a lo divino, de Alonso de Ledesma (1562- 1623) o Fabulario de cuentos antiguos y nuevos (1613) de Sebastián Mey. En el siglo XVIII ya se considera que el niño merece una atención especial, aunque sigue predominando la intención didáctica. De modo similar a como se hacía en la Edad Media, se escriben libros para niños por encargo oficial. Ahora los patrocinadores son los ministros ilustrados. Así, Tomás de Iriarte escribe por petición de Floridablanca sus Fábulas literarias (1782). Estas fábulas, protagonizadas por animales, como se hizo desde tiempos clásicos, están escritas en verso para facilitar el aprendizaje. Según Iriarte, el mal está en que los niños que se aficionan a lo maravilloso, por más falso o inverosimil que sea, posponen lo verdadero, lo provechoso y lo necesario. Félix María de Samaniego compone sus Fábulas (1781) por encargo de Peñaflorida. Procura hacer versos fáciles con estilo sencillo y claro, e intenta adaptarse a la mentalidad infantil criticando las fábulas de Lafontaine, de las que dice que no se conocen sino cinco o seis fábulas, en las que brille con eminencia la sencillez pueril. Ya hemos mencionado la labor recopiladora de Fernán Caballero, que se lleva a cabo en periódicos como La Educación Pintoresca o La Ilustración de la Infancia, en los que colaboran Joaquina Balmaseda, Ángela Grassi o Hartzenbusch y Campoamor, entre otros. Antonio Trueba destaca con sus Cuentos campesinos, cuentos de color de rosa y cuentos populares. El Padre Coloma con su Colección de lecturas recreativas (1884), historias entre las que se encuentra El Ratón Pérez, y una novela novela histórica dirigida a los niños, Jeromín (1902). En 1876 se funda la editorial Calleja, que recoge cuentos inspirados en tradiciones populares con una ligera intención instructiva y moral, y también los cuentos clásicos de Perrault, Grimm y Andersen. Sus libritos, los famosos Cuentos de Calleja, son de formato pequeño, muy baratos e ilustrados con vivos colores. Llegaron a hacerse tan conocidos que originan el dicho "Tienes más cuento que Calleja". Además tiene otra colección de libros de gran formato, la Biblioteca Perla en la que se incluyen Las mil y una noches, Los viajes de Gulliver o Las aventuras de Robinson Crusoe. Emilia Pardo Bazán se quejaba de la poca tradición de cuento español y de la importación de temas desde Francia y Alemania "porque nos envían cosas muy raras y opuestas a las índoles de nuestro país, y en vez de nuestras clásicas brujas, hadas, gigantes y encantadores nos hacen trabar conocimiento con ogros, elfos y otros seres de la mitología y demonología septentrional", por lo que propone la inspiración en el folclore popular español. Eso hará en parte José Ortega y Munilla (1856-1923) que, si no se ocupa del folclore popular, sí se ocupa, al menos, de la situación de los niños españoles en cuentos como Los tres sorianitos, en los que se describen las aventuras de tres niños obligados a emigrar de Soria a América. Ya en la primera mitad del siglo XX destacan tres autores: Salvador Bartolozzi, Elena Fortún y Antoniorrobles. Salvador Bartolozzi comienza a publicar, en la segunda etapa de la editorial Calleja, nuevas aventuras de Pinocho (1917), ilustradas por él mismo. Su Pinocho es idealista y desinteresado y, como si de un Quijote se tratara, tiene su contrapunto en el muñeco Chapete. El mismo autor también publicó varias obras protagonizadas por Pipo y Pipa. Magda Donato y Manuel Abril colaboran con él en un intento de dirigirse al niño auténtico para lo que cultivan una literatura del absurdo. También estos autores publican en El Teatro de Pinocho piezas dramáticas para que los niños las pudieran representar en su casa. Elena Fortún, pseudónimo de Encarnación Aragoneses, alcanza la fama con su serie de Celia y de Cuchifritín y Matonkiki, primero en Gente menuda (1928-1936), el suplemento infantil de Blanco y Negro, y, a partir de 1933, en libros de la editorial Aguilar. De modo similar a lo que había hecho Richmal Crompton con su Guillermo, se pone en la perspectiva infantil y reproduce de modo acertado, a través de las aventuras de esta niña perteneciente a la burguesía madrileña, el lenguaje y carácter de la infancia a la vez que ridiculiza a los mayores y les invita a entrar en el juego, aunque no se libre a veces de cierto didactismo. Antoniorrobles, pseudónimo de Antonio J. Robles Soler, comienza su publicación en prensa infantil y luego publica sus 26 cuentos en orden alfabético (1930), Cuentos de juguetes vivos (1931) y Hermanos monigotes (1935). Expone su teoría de la literatura infantil en libros publicados en su exilio mejicano como son: ¿Se comió el lobo a Caperucita? (1942) y Rompetacones y cien cuentos más (1962). En la postguerra se trunca este panorama y se intenta usar la literatura en los dos bandos para aleccionar ideológicamente a los niños. Muchos de los autores anteriores como Bartolozzi, Elena Fortún, Magda Donato y Antoniorrobles parten al exilio, mientras que autoras conservadoras como Josefina Bolinaga, Carmen Martel y Matilde Ras, entre otros, intentan ofrecer lecturas convenientes para el niño de la nueva España. Los intentos de calidad por renovar la literatura infantil en todos los géneros pasan inadvertidos. Estos intentos son realizados por autoras que habían destacado en literatura adulta, como Elisabeth Mulder con sus Cuentos del viejo reloj (1941), Mª Luz Morales con Maribel y los elefantes (1945), Carmen Conde con Doña Centenito, gata salvaje (1943) y Aladino (1944), teatro infantil, y Celia Viñas con sus poemas, Canción tonta del sur. Se imponen, por el contrario, los modelos para niños en la línea didáctica del Juanito de Parravicini del siglo XVIII, diferenciando por supuesto los modelos para niñas y para niños. Son: Cuto de Jesús Blasco, Chatillo de José Mª Huertas y Mari Pepa de Emilio Cotarelo, y Mari-Sol de Josefina Álvarez de Toledo. Incluso Elena Fortún intenta mantener a su heroína Celia, pero dentro de unos parámetros más adecuados a la nueva situación, con entregas como Celia madrecita (1939). Borita Casas con Antoñita La Fantástica (1948), personaje aparecido en la radio, rivalizará años después con la popularidad de Celia. Antoñita, niña de gran imaginación, es otra representante de la clase media acomodada que establece un contraste con su criada Nicerata. Borita Casas también escribe en la revista Chicas una sección humorística llamada "La página tonta de Juana la lista". En la década siguiente se consagra la literatura infantil y, en 1958, se crea el premio Lazarillo, que intenta ser un premio Andersen a la española y posteriormente se crea el Premio Doncel. Destacan en esta época María Luisa Gefaell, que obtuvo el premio Nacional de Literatura en 1950, con La princesita que tenía los dedos mágicos (1953) y Antón Retaco (1955), y José María Sánchez Silva con Marcelino Pan y vino (1952), historia de un niño recogido por los frailes que hablaba con Cristo. Esta obra se convirtió en un auténtico fenómeno sociológico, su éxito llegó a tal punto que eclipsó a su autor, a pesar de que había escrito una numerosa obra. Este autor recibió el premio Andersen en 1968. En los años sesenta destacan: Ana María Matute con obras como El polizón del Ulises, premio Lazarillo 1960; Elisabeth Mulder con Las noches del gato verde (1963); Carmen Kurtz, creadora de un personaje llamado Óscar que ganó varios premios, como el CCEI con Óscar Cosmonauta (1964) y también en el mismo año el premio Lazarillo con Color de fuego; Montserrat del Amo, premio Lazarillo con Rastro de Dios en 1960, que continúa publicando en los años ochenta; Carmen Vázquez Vigo con Mambrú no fue a la guerra (1970), Caramelos de menta (1973) y El muñeco de don Bepo (1983), y Jaime Ferrán con Ángel en la luna (1976). A partir de los años 70 la literatura infantil conoce un auténtico boom en España, favorecido por varios factores que han sido señalados por Alfonso García en el artículo: "La literatura infantil en la E.G.B". - Las influencias de Gianni Rodari, María Gripe y Michael Ende, quienes han marcado la línea hacia una literatura imaginativa que podemos ver en obras de Juan Manuel Gisbert o Consuelo Armijo, por ejemplo. - La influencia del cambio educativo iniciado en los 70 que establece un planteamiento activo en la enseñanza de la lengua. - El boom editorial, con la aparición de editoriales y colecciones como Miñón, Alfaguara, Noguer, Anaya, Júcar, Ala Delta, etc. - La influencia de las corrientes novelescas de los años 60, que se manifiesta en la renovación temática (huída del tópico y temas cercanos a los niños), y en los procedimientos narrativos (con obras que juegan con doble plano narrativo, introspección, puntos de vista variados), requiere una mayor preparación del maestro. - Respecto a los temas, encontramos: la problemática concienciadora, lo fantástico, la visión desmitificadora de los esquemas del cuento tradicional, las aventuras que disminuyen quizás en su sentido tradicional, biografías aunque contextualizadas en su tiempo, el tema ecológico, la vuelta al cuento de narración folclórica, etc. Destacan en estos años, autores como: Fernando Alonso con El hombrecito vestido de gris (1978), Consuelo Armijo con la serie que se inicia con Los Batautos (1974), que representan el nonsense español, El Pampinoplas (1979) y Aniceto vencecanguelos (1981); Joan Miguel Gisbert con obras fantásticas y de ciencia ficción como El misterio de la isla de Tokland, (premio Lazarillo en 1974) y Escenarios fantásticos (1979); Jordi Serra y Fabra con El joven Lennon (1988) y Noche de viernes (1994), y Juan Farias con Algunos niños, tres perros y más cosas (premio Nacional de Literatura infantil en 1981). Abundan, además, autores que combinan la narrativa para adultos con la infantil, como: José María Merino con su trilogía sobre el tema americano compuesta por: El oro de los sueños (1986), La tierra del tiempo perdido (1987) y Las lágrimas del sol (1989); Andreu Martín con Vampiro a mi pesar (1992), que en colaboración con Jaume Ribera escribe su serie sobre el detective infantil Flannagan, que se inicia con No pidas sardina fuera de temporada (1988); Rosa Montero con El nido de los sueños (1991); Antonio Martínez Menchén, con Fosco (1985) y El despertar de Tina (1988) y La espada y la rosa (1993), o Carmen Martín Gaite con El jardín de las tres murallas (1981) y Caperucita en Manhattan (1990). Una de las últimas incorporaciones de mayor éxito es la de Elvira Lindo, con su serie protagonizada por Manolito, que se abre con Manolito Gafotas (1994), un niño de Carabanchel que se abre con un personaje que, al igual que Antoñita la Fantástica, antes de convertirse en libro apareció en un programa de radio y luego en el suplemento infantil de El País. El auge editorial lleva también consigo un gran esplendor en el mundo de la ilustración, siendo considerada la española como una las mejores del mundo en este campo. Entre sus representantes destacan: Miguel Calatayud, Alfonso Ruano, Carmé Solé, Asún Balzola, Arcadio Lobato, Alicia Cañas y Javier Serrano. El interés por el teatro infantil se manifiesta a principios de siglo en obras como: Farsa infantil de la cabeza del dragón (1910) de Valle Inclán, o en los intentos de Jacinto de Benavente de conseguir "El Teatro de los niños", en los que representaba obras de otros autores, como la citada de Valle o las de Sinesio Delgado y Marquina, aunque no tuvo demasiado éxito. En los años treinta, Elena Fortún publicó teatro en Gente Menuda que fue recogido posteriormente en 1942, en su Teatro para niños. Y también conoce su época dorada un teatro que recibe aportaciones de los maestros como El lindo don Gato (1932?) de Casona y La farándula niña (1929) de Fernando J. de Larra; Federico García Lorca con La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón (1923), y Rafael Alberti con La pájara pinta (1932). Tras la guerra civil, la labor teatral quedó truncada en buena medida, aunque encontramos a final de los años cuarenta las representaciones de María Luisa Villardefrancos, con La princesa del salón secreto (1949) y El príncipe que no tenía corazón (1949), y Juan Antonio de la Iglesia con El rey cobarde (1949). También destaca la labor realizada por la Sección Femenina con varias publicaciones y la compañía "El carro de la farándula", en la que colaboraba Carola Soler, además de la compañía "Teatro Nacional de Lope de Rueda". En los años cincuenta se consolidan otras compañías de teatro infantil: "Los Tïteres" y "El teatro popular infantil " en el que colabora Lauro Olmo, que recogió sus obras en el volumen Teatro infantil (1969), y destaca Alfonso Sastre con Historia de una muñeca abandonada (1964) para elialo que se basa en Bertold Brecht. Posteriormente se creó el CNINAT (Centro Nacional de Iniciación del Niño y del Adolescente al Teatro), y colecciones como "Teatro juego de equipo", en el que dramatizan textos infantiles. "Escuela española" se ocupa en los años ochenta de obras como Las tres reinas magas (1979) de Gloria Fuertes o Pecas, Dragoncín y el tesoro de Carmen Bravo Villasante. Últimamente ha destacado Luis Matilla con su Teatro para armar y desarmar (1985) y La fiesta de los dragones (1986). ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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