lunes, 2 de diciembre de 2024

UNA NOVELA BREVE. Un presbítero y un sacerdote.

Hoy nos encontramos en el interior del seminario conciliar de Pamplona, con dos buenos amigos, con Rafael, un diácono de la Iglesia católica, y con Jorge, un sacerdote consagrado. Pero antes de proseguir hacia adelante con nuestro relato, surgen ya las primeras preguntas. Así, nos planteamos, en primer lugar: - ¿Qué diferencia hay entre un sacerdote y un diácono? Pregunta que será contestada por Rafael, pues a él le atañe la cuestión más que a nadie: - Un diácono puede bautizar, bendecir matrimonios, asistir a los enfermos con el viático, celebrar la liturgia de la Palabra, predicar, evangelizar y catequizar. No puede, a diferencia del sacerdote, celebrar el sacramento de la Eucaristía (misa), confesar o administrar el sacramento de la unción de los enfermos. Dicho lo cual, nos sobrecoge otra cuestión estremecedora, es decir: - ¿Qué es un diácono y para qué sirve? En boca de Rafael: - Un diácono está también llamado a enseñar y catequizar a otros católicos, ayudar en la preparación de quienes van a recibir los sacramentos, especialmente los adultos que buscan ser admitidos dentro de la familia de la Iglesia católica. Rafael, en el catolicismo, es un eclesiástico al que se le ha conferido, por el sacramento del orden, el tercer grado de la jerarquía eclesiástica. No obstante, insistimos: - ¿Qué es un diácono y para qué sirve? De nuevo, toma la palabra Rafael diciéndonos que: - Los diáconos son del clero, incluso los casados, pero no son sacerdotes y tampoco laicos. De acuerdo a la "Lumen Gentium", constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, "reciben la imposición de las manos 'no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio'". Y, ahora, nos viene a la cabeza la cuestión siguiente: - ¿Cuál es la diferencia entre un diácono y un sacerdote? Rafael nos dirá lo que sigue: - Los sacerdotes participan en el ministerio de los obispos de gobernar, enseñar y santificar. Y así ambos sirven in persona Christi capitis, o en la persona de Cristo, la cabeza. Los diáconos, por otro lado, participan en el ministerio de su obispo local, pero no sirven como Cristo, la cabeza. En este momento, nos hacemos la siguiente pregunta: - ¿Cuántos años se estudia para ser diácono? Muy enfervorizado, contesta Rafael lo siguiente: - Quienes quieran convertirse en diáconos permanentes deben enfrentar un camino de formación espiritual, humana, pastoral e intelectual que debe durar al menos cinco años. Inmediatamente nos rezuma en la cabeza otra interrogación, que dice: - ¿Cómo se le llama a una mujer diácono? Cuestión a la que de nuevo contesta Rafael en los siguientes términos: - El femenino, posible en Iglesias cristianas que admiten la ordenación de mujeres, es diaconisa, que deriva directamente del latín. Por otro lado, ahora nos preguntamos: - ¿Cómo se llama la esposa de un diácono? Prontamente, nos contesta Rafael: - Diakonissa es un título honorífico griego que se utiliza para referirse a la esposa de un diácono. Se deriva de diakonos, la palabra griega para diácono (literalmente, "servidor"). Pero nos planteamos, por último, la siguiente cuestión: - ¿qué dice la Biblia acerca de la esposa de un diácono? Según Rafael: - Las esposas de un diácono potencial deben ser “ dignas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo ”. “Dignificada” es similar a “dignidad” como se usa con los ancianos en el versículo 4. “Calumnia” como se usa aquí se refiere a toda forma de chisme, difamación y otras conversaciones maliciosas (1 Timoteo 5:14; 6:4). Así que, tras lo confesado por Rafael, por nuestra parte podemos afirmar que en el grado inferior de la jerarquía eclesiástica están los diáconos, a los que les imponen las manos para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio. En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las manos, significando así que el diácono está especialmente vinculado al obispo en las tareas de su "diaconía". Los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo. El sacramento del Orden los marcó con un sello, "carácter", que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir, servidor de todos. Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía, y en la distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los servicios de la caridad. Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el diaconado permanente, que puede ser conferido a los hombres casados. En otro sentido, dirigiéndonos ya a Jorge, quien ha pasado por un seminario mayor, le podemos plantear otra serie de preguntas. En principio, se llama seminario a la institución educativa de la Iglesia Católica destinada a la formación de los aspirantes al sacerdocio, y más específicamente al clero diocesano. El término se deriva de la palabra latina seminarium, que significa 'semillero'. La palabra fue usada oficialmente por primera vez en el concilio de Trento, aunque no fue allí donde se acuñó el término, sino que simplemente se aceptó tal y como venía siendo usado por hombres como el cardenal Reginaldo Pole (el primero que la usó en el sentido actual), san Juan Fisher y san Ignacio de Loyola. Generalmente se distingue seminario mayor -para los estudios de filosofía y teología- y seminario menor -para los jóvenes que estudian bachillerato. ¡Bien! Pero queremos conocer al respecto la doctrina del Concilio Vaticano II, por lo que, tras la oportuna pregunta, en este caso Jorge nos apunta lo siguiente: - El concilio Vaticano II se ocupó de la formación de los sacerdotes en dos documentos: en el decreto Presbyterorum ordinis, y en el decreto Optatam totius. Acogiendo las inquietudes surgidas en muchos ambientes sobre la necesidad de adaptar la formación de los sacerdotes a las nuevas condiciones de la sociedad, y para salir al paso de quienes abogaban, incluso, por su supresión, el Concilio afirma que "el seminario mayor es necesario para la formación sacerdotal" (OT, 4), aunque se pueden estudiar reformas y mejoras. Los criterios de fondo establecidos por el concilio son los siguientes: formación espiritual, formación doctrinal y formación pastoral. Las orientaciones generales del Concilio fueron concretizadas en el documento Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, emanada en 1970 por la Sagrada Congregación para la Educación Católica. En 1990 la Iglesia católica contaba en el mundo entero con 1.772 seminarios mayores. Por otra parte, nos preguntamos lo siguiente: - ¿Qué es un seminario interdiocesano? Ocurrencia a la que contesta Jorge de la siguiente manera: - Además existen los seminarios “interdiocesanos”, los cuales prestan servicio para diferentes diócesis de una región o país, bajo la tutela de la Conferencia Episcopal, que es la reunión nacional o regional de los obispos. Una pregunta que nos aturde es la que dice: - ¿Qué se estudia en el seminario? Jorge responde lo siguiente: - Los seminaristas estudian dos años de Filosofía y tres de Teología, que les da el título de Bachiller en Teología. Los estudios de los sacerdotes tienen reconocimiento civil. Todos los títulos los expide siempre una universidad. Aún hay algo más: - ¿Cuánto cuesta entrar al seminario? Jorge nos dice que: - Pagar el derecho de inscripción al Seminario, equivalente a 33.500 €, IVA incluido. El costo incluye los trámites administrativos ante la Secretaría de Educación Pública. Por otro lado, nos preguntamos: - ¿Qué es y en qué consiste el seminario? Muy acertadamente, Jorge señala que: - Un seminario es una reunión especializada que tiene naturaleza técnica y académica cuyo objetivo es realizar un estudio profundo de determinadas materias con un tratamiento que requiere una interactividad entre los especialistas. Además, mi cabeza se ve inundada por una multitud de preguntas, tal es: - ¿Cuánto paga un seminarista? Jorge responde escuetamente: - El coste anual de un seminarista que se forma en algunos de los seminarios diocesanos de nuestro país ronda los 7000 euros anuales. Pero me topo con la pregunta, de la preguntas, a saber: - ¿Qué ventajas tiene un seminario? Jorge, el Intrépido, no se ata la lengua: - Los seminarios son ideales para profundizar y capacitarse en diversos temas, durante estos eventos se producen debates, análisis colectivos y retroalimentaciones que giran en torno del mismo, haciendo de este un encuentro agradable en el cual se difunden y se incrementan los conocimientos de los asistentes. Me parece muy importante ver cómo los seminarios enfrentan la crisis vocacional y, como el narrador que soy, os planteo la cuestión de la siguiente manera: El Concilio Vaticano II marcó una renovación radical de la Iglesia católica y con él se creó una sacudida que generó un descenso en el número de candidatos al sacerdocio en todo el mundo católico. Pero las causas son más complejas. Ellas se deben buscar también en el proceso de secularización que se gestó durante todo el siglo xx, la separación de la Iglesia y el Estado en muchas naciones católicas, la moderna globalización de la economía y otros fenómenos que hicieron que en pocas décadas seminarios que antes tenían una cantidad considerable de estudiantes, estén en la actualidad casi vacíos. Esta situación se presenta de manera relevante sobre todo en Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia en donde el impacto secularización-globalización ha sido mayor y en donde el envejecimiento de la población dada la dramática reducción de la familia (un hijo), desmotivan la vocación sacerdotal. En Irlanda, para dar un caso, bastión tradicional internacional del catolicismo, se ordenaron solo tres sacerdotes en todo el país durante 2004. En España e Italia afectadas por la crisis vocacional europea, se resaltan sin embargo el surgimiento de nuevos movimientos religiosos que han contribuido enormemente a la animación vocacional. En Estados Unidos las vocaciones vienen actualmente de los grupos de inmigrantes, especialmente latinoamericanos e incluso asiáticos. Aunque el impacto determinó de igual manera una baja substancial de estadísticas en Latinoamérica, esta región presenta un comportamiento mucho más superior que Europa en número de vocaciones, constituyéndose además como la primera región católica del mundo. Sin embargo el efecto negativo similar al europeo se puede observar en diócesis argentinas, chilenas y uruguayas especialmente, mientras es constante o en progreso en diócesis mexicanas, centroamericanas, colombianas y cubanas, especialmente. Por otro lado, un dato sorprendente lo presentan territorios de misión como India y el Lejano Oriente (China, Filipinas, Vietnam, Timor Oriental), en donde aumenta el número de jóvenes dispuestos al sacerdocio, provenientes de pueblos de mayoría no cristiana. Llegados aquí, y en otro orden de cosas, Jorge nos ofrece unas consideraciones sobre el sacerdote: - Se trata de un término procedente del vocablo latino sacerdos, que designaba a la persona consagrada al servicio de la comunidad religiosa para la celebración de sacrificios y otras ceremonias ofrecidas al conjunto de fieles como vehículo de adoración, perdón, bendición y liberación. En el ámbito de la Iglesia católica, ortodoxa y anglicana, el sacerdote es la persona que tiene el poder de celebrar la misa por medio del sacramento del orden. Además, Jorge nos da a conocer la figura del sacerdote en las religiones no cristianas, lo cual se presta a la siguiente explicación: Desde los primeros momentos de la humanidad, la primera comunidad de tipo cultural fue el núcleo familiar, el cual se fue ampliando con el transcurso de tiempo hasta convertirse en clan, tribu, nación y, en algunos casos, imperio, como el romano y azteca. En estas primeras comunidades la función sacerdotal era ocupada po su jefe natural (paterfamilia, rey, caudillo, etc.), con un papel de mediador entre la divinidad y su respectivo grupo étnico-político. Pero, al igual que al padre le estuvo encomendado el papel de sacerdote en su grupo, lo mismo le ocurrió al rey respecto a su pueblo o nación, con lo que pronto surgieron monarcas con la misión sagrada de interceder ante los dioses, como por ejemplo en las comunidades sumerio-acadias, en la monarquía asiria y, sobre todo, en el Egipto faraónico, donde el faraón asumió pronto el papel de sumo sacerdote de su pueblo, gracias a su propia naturaleza divina. La imposibilidad de llevar a cabo de manera conveniente en sociedades cada vez más complejas todos los poderes y prerrogativas concentradas en su persona (potestad política, administrativa, militar, judicial y sacerdotal) obligó a estos monarcas a delegar parte de su poder en diversas personas o instituciones, surgiendo así los sacerdotes, jueces, funcionarios especializados y demás gente al servicio del rey. En lo que al sacerdocio se refiere, fue desempeñado, en algunos casos, por los primogénitos del rey, o, en su lugar, por los miembros de una familia sacerdotal concreta, además de por hombres convertidos en sacerdotes gracias a diversos procedimientos (compra, sorteo, venta, etc.). No obstante, el máximo jefe político conservó para sí algunas atribuciones propias del sacerdote, más que nada como freno político ante posibles intentos de usurpación del poder por parte de las cada vez más poderosas castas sacerdotales: el ofrecer sacrificios ante el pueblo congregado, la potestad para nombrar o deponer sacerdotes, etc. Así pues, la evidente naturaleza étnico-política del sacerdote comportó una serie de consecuencias importantes. En primer lugar, su adaptación a la propia trayectoria y evolución del Estado como poder político; además del destino supraindividual-nacional de las funciones sacerdotales, es decir, que tanto el sujeto como el destinatario de los actos del culto era la propia comunidad; la aparición de un funcionariado sacerdotal de naturaleza pública y estatal, los cuales ofrecen sus necesarios servicios en beneficio exclusivo de su nación, de ahí que su nombramiento lo realizase la autoridad política suprema, la cual le confería al sacerdote una serie de privilegios por sus servicios prestados; el establecimiento de colegios sacerdotales y la consiguiente conciencia de pertenencia a un grupo sacerdotal concreto y cerrado para salvaguardar sus intereses; el sacerdocio común del pueblo, por el que todos los miembros, en cuanto integrantes de la misma comunidad político-cultural, están revestidos, al menos en el plano teórico, del sacerdocio. El tipo de vida nómada y pastoril, y la constitución patriarcal de las células familiares en los pueblos de religión étnico-política, junto con su fe en una divinidad masculina, celeste y trascendente, completó la definitiva fisonomía del sacerdote. A las consecuencias o características anteriormente citadas se le añadieron otros elementos, tales como el predominio absoluto masculino en el sacerdocio, donde la única intervención de la mujer se debió a la propia estructuración familiar de algunos sacerdotes, mediante la asociación real o simbólica de la esposa al esposo; el sacerdocio de divinidades celestes; un acusado enriquecimiento ritual como réplica perfecta de la trascendencia de los dioses celestes y el efecto del predominio de lo tremendo en el trato con las divinidades; y la cada vez más generalizada práctica de una monogamia entre los miembros del sacerdocio o prohibición de contraer segundas nupcias. No obstante, en cuanto al sacerdote en el Antiguo Testamento, Jorge nos precisará lo siguiente: - El término usado en el lenguaje hebreo para designar al sacerdote, tanto los israelitas como los paganos, es el de kohen, nombrado en la Sagradas Escrituras 750 veces. Su origen, de etimología incierta, designaba a los hombres que ejercían las funciones del culto en los santuarios dedicados a Yahvé. Fue Moisés quien, por expreso mandato de su dios, trazó las líneas maestras del sacerdocio judío, cuyo mantenimiento del culto transfirió a la tribu de Leví, encargando a su hermano Aarón y a sus descendientes las funciones sacerdotales más elevadas de dicho culto (Ex. 32, 25-29; 29, 9; Dt. 33, 8-11). - Antes de que Moisés promocionase a la tribu de Leví en el primer lugar del sacerdocio judío, en los mismos orígenes del pueblo hebreo era el cabeza de familia el encargado de ofrecer el sacrificio a la divinidad, como puede comprobarse en las tradiciones sobre los patriarcas. Al igual que en la Arabia preislámica, los santuarios locales disponían de un cierto número de personas encargadas del cuidado y mantenimiento del lugar santo (haram), que tenían ciertos poderes videntes (Ge. 25, 22 y ss.). El único sacerdote al que se menciona por su nombre de pila es Melquisedec, rey sacerdote de Jerusalén, al que Abraham pagó un diezmo (Gen. 14, 18-20). - El Libro de los Números proporciona una información explícita sobre la condición sacerdotal de que gozó la tribu de Leví. Parece ser que esta comunidad fue separada del resto de las tribus de Israel para que se dedicara exclusivamente al culto religioso (Num. 1, 49-53). Los levitas se encargaron de todo lo relativo al culto, dividiéndose, al poco tiempo, en dos facciones o categorías sacerdotales: los grandes sacerdotes de la nación, cuyos cargos se transferían de padre a hijo, y el resto, ocupados en funciones secundarias del culto. - La centralización del sacerdocio en la tribu de Leví no se llevó a cabo de una forma clara y completa. En Palestina, los hebreos adoptaron los lugares de culto cananeos, además de prácticas rituales ajenas por completo a su propia religión. El pueblo hebreo no podía olvidar su origen nómada y pastoril, ni la asimilación cultural de la que fue objeto por parte de los pueblos limítrofes. Por lo tanto, las antiguas costumbres de adoración y prácticas sacrificales por parte del cabeza de familia siguieron manteniéndose, en mayor o menor medida, dependiendo de la zona de asentamiento, una vez de regreso del cautiverio egipcio. En la época de los Jueces, aún había jefes de familia ejerciendo el culto (Ju. 6, 14-24; 13, 19; 17, 4-6). No obstante, se dio una promoción gradual de los levitas como especialistas del culto. Con el tiempo, esta preferencia se hizo más evidente, hasta su definitiva instauración. - Con la conquista total de Palestina por los judíos, y con la transformación de los santuarios cananeos por yahvistas, las disposiciones de la Ley de Moisés pudieron llevarse a cabo en su totalidad, reservando las funciones sacerdotales a la tribu de Leví. El culto familiar fue cediendo en favor del local. Las funciones ejercidas por los sacerdotes fueron variadas y no tuvieron todas la misma importancia en las diversas épocas de la historia de Israel. En la antigüedad más remota, la función más relevante del sacerdote era la oracular, encargado de hacer las consultas precisas a Yahvé, tanto de naturaleza religiosa como cotidiana. Esta función oracular fue perdiendo arraigo a medida que la sociedad israelí y su entorno cambiaba, hasta llegar a la época del reinado de David, que quedó asumida por el profetismo, cada vez más en alza. - El libro deuteronomista fue el encargado de precisar las funciones de los sacerdotes (Dt. 33, 8-11; 31, 9-13; 33, 10). Junto a la función oracular, el sacerdote tenía la función docente por su calidad de interprete nato de la Ley. Eran los portadores de las "suertes sagradas" (urim y tummim), y los encargados de ofrecer todos los sacrificios. El destierro babilónico señaló el declinar de estas funciones. Con la restauración de nuevo en Palestina, llevada a cabo por Esdrás, los escribas y doctores de la Ley se ocuparon de la enseñanza, que dejó de impartirse en el Templo para ser llevada a las propias sinagogas. El profeta Oreas les reprochó enérgicamente el haber traicionado su misión. - Tras la centralización del culto en torno al Templo de Jerusalén, iniciada por David y finalizada por su hijo Salomón, el sacrificio concentró la vida y práctica religiosa de la nación judía, con el consiguiente desarrollo del cuerpo sacerdotal y el declive de los santuarios locales. El sacerdote se convirtió en el único ejecutor valido y legítimo del culto. Por eso, en las últimas etapas de la monarquía y durante el transcurso de la restauración postexílica se produjo una valoración creciente de la función sacrifical del sacerdote, la cual no es sólo exclusividad sacerdotal, sino la expresión más alta y excelente de la religión en el Antiguo Testamento. Una ascensión semejante de poder y atribuciones no se produjo sin lucha, como lo muestran las diversas sublevaciones protagonizadas por Coré, Datón y Abirón (Núm. 16-17). - Hacia el año 200 a.C, el sumo sacerdote Simón ejerció con brillantez su misión (Eclo. 50), aunque la crisis política y religiosa resultante del proceso helenizante de Palestina provocó la ruina de la dinastía legítima en provecho de los sacerdotes asmoneos, con el consiguiente escándalo del Maestro de Justicia, que fundó la comunidad de los esenios. La política, cada vez más secular y comprometida con los poderes laicos de los asmoneos, provocó la recesión del Maestro de Justicia, que fundó en Qumrán una comunidad sacerdotal con sus partidario esenios, basada en la oración y en la expiación, esperando poder repetir los sacrificios en el Templo de Jerusalén. En la misma época hicieron su aparición los fariseos, cuya autoridad doctrinal se fue afirmando en detrimento de la del gran sacerdote, confinado a una funciones puramente litúrgicas. - Durante la dominación romana, el nombramiento de los sumos sacerdotes cayó bajo el control del poder político; a los largo de todo un siglo (63 a.C a 70 d.C) se nombraron un total de 28 sumos sacerdotes. Frente a una aristocracia sacerdotal, con frecuencia corrupta (saduceos), los fariseos se convirtieron en los depositarios y guardianes celosos de la Ley, y en los verdaderos maestros de Israel. El sacerdocio se encontró, pues, limitado al ejercicio del culto en detrimento de su función tradicional de custodios de la Torá. La riqueza de las grandes familias sacerdotales contrastaba con la miseria en la que se desenvolvían los miles de sacerdotes que, repartidos en 24 clases, aseguraban, por riguroso turno, el servicio religioso durante una semana (Lc. 1, 8). La destrucción del templo, en el año 70, por parte de las tropas imperiales de Tito, puso fin al ejercicio del sacerdocio en Israel. Pero en cuanto al sacerdote en el Nuevo Testamento, sobre su establecimiento e institución, nuestro amigo Jorge nos plantea sus puntos de vista de la siguiente manera: - La palabra hiereus nunca designó al sacerdote cristiano tal como hoy día se concibe. La mayoría de las veces se utilizaron términos típicamente hebreos, como la palabra ya conocida kohen. Por ejemplo, el evangelista Lucas evocó el sacerdocio de Zacarías, padre de Juan el Bautista (Lc. 1). En ministerios predicativos, Jesucristo criticó abiertamente las tradiciones impuestas y enseñadas por el grupo de los fariseos, pero se cuidó muy mucho de atacar a los sacerdotes y levitas (Lc, 10, 29-37). El pasaje bíblico de la expulsión de los vendedores del Templo fue tomado por los sumos sacerdotes como una afrenta y puesta en cuestión de sus funciones sagradas, siendo ellos los principales responsables del posterior arresto de Jesús (Jn. 11, 47-54). Después de Pentecostés, los Apóstoles siguieron frecuentando el Templo y su culto, si bien los saduceos intentaron de nuevo suspender sus predicaciones. Con todo, hubo sacerdotes que abandonaron la creencia en la Antigua Alianza por la Nueva predicada por Jesús. - Desde un principio, los cristianos se reunían en sus casas particulares o en los cementerios subterráneos para la fracción del pan ácimo y para orar. Dependiendo de cada comunidad, sus responsables recibieron nombres distintos: ancianos (presbyteroi) en las comunidades judeocristianas; obispos (episcopus) y diáconos (diaconoi) en las comunidades gentiles y de origen griego. Las numerosas cartas pastorales dan testimonio de la progresiva organización de los ministerios. Pero hubo que esperar a los primeros autores cristianos (Clemente de Roma, Hipólito, Tertuliano, etc.) para que se produjese una transferencia del vocabulario sacerdotal tradicional a los ministros del evangelio. - Concretamente, la Epístola a los Hebreos es el único texto del Nuevo Testamento que desarrolló el sacerdocio de Cristo, basándose para ello en el Salmo 110. La finalidad primordial de la epístola fue la de describir la grandeza de la salvación cristiana operada por Cristo, partiendo del hecho básico de Cristo muerto y luego resucitado, por quien Dios concedió a los hombres el perdón de los pecados y como causa de salvación eterna para los creyentes. Los antecedentes de la doctrina sacerdotal sobre Cristo fueron establecidos en todo el corpus de San Pablo, para el que la muerte de Cristo y su posterior resurrección formaban parte de los actos formales del sacrificio como antecedentes inmediatos y directos de la doctrina acerca del sacerdocio de Cristo. La Epístola a los Hebreos tan sólo se preocupó por desarrollar ampliamente esta doctrina: Cristo no sólo como víctima sacrifical que quita el pecado al hombre, sino también como el sacerdote que se ofrece a sí mismo, de una vez para siempre, a fin de expiar los pecados de la humanidad (Heb. 7, 27; 9, 14, 25, 28; 10, 12). - A su vez, Hebreos 5 estableció una serie de rasgos que debían caracterizar a todo sacerdote: debía ser un hombre solidario para con los demás, ser destinado al cargo por Dios y, por último, tener como misión la de ofrecer dones y sacrificios por los pecados cometidos. Pero Jorge aún nos plantea la Teología dogmática del sacerdocio cristiano, utilizando las siguientes palabras: - El sacerdote y su ministerio en la Nueva Revelación cristiana constituye una tarea de mediación y unión entre Dios y los hombres constituidos en su Iglesia. El sacerdote, en su papel de mediador, ofrece a Dios un verdadero sacrificio de expiación por las culpas humanas. A lo largo de todo el Antiguo Testamento, Dios hizo surgir en Israel diversas figuras que realizaron ese papel de mediadores, y entre ellos un sacerdote pertenenciente a la tribu de Leví (Num. 1, 49-53; 18, 1-7). Cristo es el perfecto mediador (Tim. 2, 5) y, como consecuencia de esto, perfecto y sumo sacerdote que consumó con su muerte en la cruz un sacrificio perfecto. La Iglesia participa del único sacerdocio de Jesucristo y constituye una comunidad sacerdotal de salvación, mediadora entre Dios y los hombres. Esta participación es del todo orgánica y diferenciada, dando lugar a dos formas de sacerdocio distintas, no sólo de grado, sino también en esencia: el sacerdocio ministerial o jerárquico (obispo, presbítero, diácono) y el sacerdocio de los fieles (Iglesia en todo su conjunto, como órgano compuesto por sus fieles). - En cuanto al primer sacerdocio, el ministerial, éste contiene una serie de rasgos que confieren una personalidad propia al llamado sacerdote. El primero de ellos es la condición de consagrado, por la que recibe una serie de dignidades provenientes del propio Cristo que le facultan para desempeñar con corrección su ministerio. El sacerdote anuncia y enseña con autoridad el mensaje de Cristo, renueva su sacrificio en la celebración de la misa, perdona en su nombre los pecados y reconcilia a las almas con Dios, y, como pastor, orienta al pueblo cristiano hacia Dios. El segundo rasgo del sacerdote le viene dado por el carácter impreso en el Sacramento de la Orden, consagración que es indeleble y permanente (sacerdos in æternum). El tercer rasgo distintivo alude al ministerio principal de los sacerdotes, la celebración de la santa misa, en la que todo el ministerio sacerdotal encuentra su total plenitud, sentido, centro y eficacia. El cuarto rasgo es la misión de hacer perenne y actual la obra redentora del Salvador, gracias a esa específica participación en la mediación sacerdotal de Cristo. El sacerdote es mediador entre Dios y los hombres para comunicar a éstos la gracia de Dios y para dar en nombre de los hombres, y en misión con ellos, culto a Dios. Por último, el quinto y definitivo rasgo del sacerdote es la necesidad de que sea y se muestre, en todo momento, como un hombre pleno de Dios, que ejercite santamente su ministerio santo. - Por su parte, las diferentes iglesias luteranas, en su mayoría, han desdibujado la doctrina y el papel del sacerdote cristiano al negar su carácter de sacramento, considerando al sacerdote como un mero delegado de la comunidad y rechazando su misión como mediador entre Dios y los hombres. Yo, que soy el narrador, os aclaro que el clero secular, también denominado clero diocesano, designa al clero compuesto por el obispo y su presbiterio, es decir, por todos aquellos sacerdotes y diáconos que no están vinculados a ninguna orden religiosa católica y no viven regidos por ninguna de sus reglas monásticas, sino que se encuentran directamente a las órdenes de su obispo. Se denominan 'seculares' porque viven en medio del 'siglo' o 'sécolo', términos que derivan del latín saeculum, aquí con el significado de 'mundo'. Se distinguen de este modo del llamado clero regular, cuyos miembros viven según una regla, inicialmente dentro de un monasterio y apartados, por tanto, del mundo; si bien con posterioridad y hasta la actualidad se ha ampliado el sentido del término 'clero regular' para abarcar a todos los sacerdotes que son miembros de órdenes y congregaciones religiosas y no dependen, por tanto, de la autoridad de los obispos, puesto que tienen sus propios superiores. Si cedemos la palabra a Jorge, éste nos hará la matización siguiente: - A diferencia del clero regular, el clero secular no realiza votos religiosos: tan solo deben prometer obediencia a su obispo, y vivir en celibato. Si bien esta última característica no se exige ni a los diáconos que se ordenan ya previamente casados, ni al clero secular de las iglesias católicas de rito no latino u oriental. El mismo Jorge nos matizará también que: - El celibato es exigido por la Iglesia católica para ambos tipos de clero. Aunque en el caso del clero regular se presupone, puesto que sus sacerdotes ya han profesado antes sus votos religiosos, y entre ellos está el llamado 'voto de castidad'; el significado de este término tiene un matiz diferente del de 'celibato', pero en la práctica supone lo mismo. Pero antes de irnos, diremos que el término clero procede del latín tardío, CLERUS, y éste del griego, KLERÓS, cuyo significado etimológico es elección o suerte. En el contexto religioso, el vocablo se aplica para designar el conjunto de personas que, por medio de la asunción de las órdenes sagradas, conforman el grupo de fieles oficialmente aplicados al desarrollo y propagación del culto. Así mismo, el término clero y su equivalente, sacerdote, también se refiere al cuerpo de ministros de otras religiones, como el de la judía y el de las iglesias derivadas de la Reforma protestante. Acerca del clero de la Iglesia católica, como no cabía esperar menos, nuestro amigo el diácono Rafael nos precisará lo siguiente: - Con la definitiva consolidación y la consiguiente expansión del cristianismo bajo el gobierno imperial de Constantino I el Grande, la demanda de sacerdotes o clero para hacerse cargo de los ritos aumentó progresivamente. El clero fue eximido de todo tipo de impuestos, tanto imperiales como municipales. La exención de cargas fiscales, el prestigio social conferido por la nueva religión y el creciente aumento del número de fieles situó al clero en una situación política y religiosa de indudable privilegio respecto al resto, situación que provocó el solapamiento del poder político, ambicioso y materialista, con la motivación puramente religiosa. Tanto los primeros padres de la Iglesia como los diferentes ministros de la Iglesia vieron la necesidad de parar tal circunstancia, estableciendo unas bases jurídicas para la admisión a la condición clerical. El concilio celebrado en la ciudad de Cesarea estableció la edad mínima de treinta años para obtener el estatus clerical. También surgieron escuelas para clérigos, siguiendo el ejemplo de San Agustín de Hipona. El concilio hispano de Elvira, celebrado a mediados del siglo IV, sancionó como condición obligatoria el celibato estricto de los miembros dedicados al culto. Así se llegó a fines del siglo IV, fecha en la que se impuso una jerarquía o categorías estratificadas del clero, con toda una serie de normas y preceptos a seguir que regulaban la admisión o repulsa del candidato. A parte de los obispos, diáconos y presbíteros, fue necesaria la creación de nuevos cargos, como el de arzobispo y el de archidiácono, encargados, grosso modo, de supervisar al clero parroquial. - Con la disolución del Imperio romano occidental, la cristiandad de Occidente se vio abocada a un proceso continuo de sacralización a todos los niveles. El sacerdote ganó en prestigio y autoridad por su condición de conocedor de lo misterioso y por su dedicación al mundo de las letras, lo cual le facilitó el dominio sobre la educación de los fieles y la predicación. La acumulación de beneficios y el peligro de ataques contribuyó a unir al estamento clerical con el feudal, lo que facilitó la aparición de ciertas degradaciones y vicios dentro del estamento clerical (simonía, nicolaísmo, etc) que trajo consigo un progresivo debilitamiento del estamento clerical. En muchos casos, sobre todo con la aparición de las monarquías de corte autoritario, el clero pasó a convertirse en meros funcionarios y resortes de poder de los reyes. A esta situación intentó poner fin el concilio de Trento (1545-1563), con la instauración obligatoria de los seminarios, encauzados a la preparación doctrinal de los candidatos al sacerdocio. También se regularon los actos más fundamentales de la vida del sacerdote en sus actividades extraculturales, y se aseguró un sistema de mantenimiento para evitar la mendicidad o el exceso de lujo entre el clero. Esta reforma clerical, con cierta evolución, ha perdurado hasta hoy día. Por último, debiéramos echar un vistazo al clero en las iglesias protestantes. De nuevo, Jorge hará valer sus planteamientos, y un tanto escuetamente nos confesará que: - La organización estructural de la Iglesia luterana tiene como núcleo central la Congregación, integrada por el conjunto de los fieles, el pastor y los diferentes oficiales. En la Iglesia luterana no existe la figura del sacerdote, sino la del ministro, que es aquella persona que realiza ciertas funciones que la masa de fieles no puede ejecutar. El ministro protestante ejerce una función de delegación y organización de las actividades de la comunidad, al igual que las primeras comunidades cristianas regidas por los diáconos y presbíteros, además de no tener el cargo un carácter vitalicio ni practicar el celibato, circunstancias éstas que le distinguen del clero católico, el cual además posee un carácter sacrifical muy marcado del que carece por completo el ministro protestante. - Aún así, la estructuración orgánica de muchas de estas iglesias protestantes, en particular la Iglesia anglicana, es netamente jerárquica, ofreciendo una clara distinción entre ordenados y miembros seglares de la comunidad. Otras iglesias, como la presbiteriana y la metodista, el clero no requiere ningún tipo de ordenación para desarrollar la acción pastoral. La característica que las define y une, excepto la anglicana, es que el sacerdocio incumbe por igual a todos los fieles, en claro contraste con el sacerdocio ordenado católico. Y, una vez llegados a este punto, resulta que hemos mantenido un entretenido diálogo sobre el presbítero, los seminarios y el sacerdocio, acercándonos también al término clero, para distinguir entre clero secular y clero regular. Lo cierto es que cuando nos levantamos de las sillas del seminario de Pamplona, se nos ha pasado el rato volando. Nos damos un fuerte apretón de manos y nos despedimos hasta la próxima ocasión. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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