ENSAYO, Cristo y el cristiano-catolicismo.
Cristo El título de Rey aplicado a Cristo se encuentra de diferentes formas en la Escritura: Rey de los siglos, Rey de Israel, Rey de los Judíos, Rey de Reyes, Rey de los santos y Soberano de los reyes de la Tierra. Pilato redactó y mandó poner en la cruz la inscripción INRI acrónimo de la frase latina IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, la cual se traduce al español como: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos". Para sorpresa de algunos, "Cristo" no es el apellido de Jesús. "Cristo" viene de la palabra griega Christos, que significa "ungido" o "elegido". Este es el equivalente en griego de la palabra hebrea Mashiach, o "Mesías". "Jesús" es el nombre de pila otorgado al Señor que le dio el ángel Gabriel a María. "Cristo" es su título, que significa que Dios envió a Jesús para ser Rey y Libertador. "Jesucristo" significa "Jesús el Mesías" o "Jesús el Ungido". En el antiguo Israel, cuando se le daba a alguien una posición de autoridad, se derramaba aceite sobre su cabeza para simbolizar que se le apartaba para el servicio de Dios. Reyes, sacerdotes y profetas eran ungidos de esa forma. La unción era un acto simbólico para indicar la elección de Dios. Aunque el significado literal de ungido se refiere a la aplicación de aceite, puede referirse también a la consagración de una persona por parte de Dios, incluso si no se utiliza un aceite en sentido literal. Hay cientos de pasajes proféticos en el Antiguo Testamento que se refieren a la venida de un Mesías que liberaría a Su pueblo. El antiguo Israel pensaba que su Mesías vendría con poderío militar para liberarlos de décadas de cautiverio en manos de reyes terrenales y naciones paganas. Sin embargo, el Nuevo Testamento revela una liberación mucho mejor ofrecida por Jesús el Mesías, una liberación del poder y el castigo del pecado. La Biblia dice que Jesús fue ungido con aceite en dos situaciones específicas por dos mujeres diferentes, pero la unción más significativa vino por medio del Espíritu Santo. El título de "Cristo" que tiene Jesús significa que es el Ungido de Dios, el que cumple las profecías del Antiguo Testamento, el Salvador Elegido que vino a rescatar a los pecadores, y el Rey de reyes que volverá de nuevo para establecer Su Reino en la tierra. En la Biblia, el titulo «Mesías» fue utilizado en el Libro de Daniel, que habla de un «Mesías Príncipe» en la profecía acerca de «las setenta semanas». También aparece en el Libro de los Salmos, donde se habla de los reyes y príncipes que conspiran contra Yahveh y contra su ungido. Pero fundamentalmente en el libro del profeta Isaías se expresa la llamada corriente mesiánica atribuida a Cristo según los escritos del Nuevo Testamento. El título «Mesías» fue utilizado en el Libro de Daniel, que habla de un «Mesías Príncipe» en la profecía acerca de «las setenta semanas». También aparece en el Libro de los Salmos, donde se habla de los reyes y príncipes que conspiran contra Yahveh y contra su ungido. Pero fundamentalmente en el libro del profeta Isaías se expresa la llamada corriente mesiánica atribuida a Cristo según los escritos del Nuevo Testamento. En otros libros bíblicos, concretamente en el Libro de Daniel se afirma que el mesías príncipe sería cortado, y no tendría nada.La antigua versión de Reina-Valera traduce ‘será muerto y nada tendrá’ y en el margen de la paráfrasis ‘será echado de la posesión’. Esto se cumplió cuando, en lugar de ser aceptado como Mesías por los judíos, fue rechazado, cortado, y no recibió ninguno de los honores mesiánicos que le pertenecían, aunque, con su muerte, echó los cimientos de su futura gloria en la Tierra, obrando la redención eterna para los salvos. En la Primera Carta a los Corintios san Pablo de Tarso escribió que así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, así es el Cristo: la cabeza y los miembros en el poder y la unción del Espíritu forman un solo cuerpo. En el Libro de Juan, este título es relacionado con el de Mesías, «llamado el Cristo». Habiendo sido rechazado como mesías en la tierra, él ha sido hecho, ya resucitado de los muertos, Señor y Cristo, y así se cumplen los consejos de Dios con respecto a él y al hombre en él. Se revela que los santos habían sido escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo. Todas las cosas en el cielo y en la tierra tienen que ser encabezadas en el Cristo, ya que el Cristo es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. En otros libros bíblicos, concretamente en el Libro de Daniel se afirma que el mesías príncipe sería cortado, y no tendría nada. La antigua versión de Reina-Valera traduce ‘será muerto y nada tendrá’ y en el margen de la paráfrasis ‘será echado de la posesión’. Esto se cumplió cuando, en lugar de ser aceptado como Mesías por los judíos, fue rechazado, cortado, y no recibió ninguno de los honores mesiánicos que le pertenecían, aunque, con su muerte, echó los cimientos de su futura gloria en la Tierra, obrando la redención eterna para los salvos. En la Primera Carta a los Corintios san Pablo de Tarso escribió que así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, así es el Cristo: la cabeza y los miembros en el poder y la unción del Espíritu forman un solo cuerpo. Habiendo sido rechazado como mesías en la tierra, él ha sido hecho, ya resucitado de los muertos, Señor y Cristo, y así se cumplen los consejos de Dios con respecto a él y al hombre en él. Se revela que los santos habían sido escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo. Todas las cosas en el cielo y en la tierra tienen que ser encabezadas en el Cristo, ya que el Cristo es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Cristo es una traducción del término hebreo «Mesías», que significa «ungido», y que se emplea como título o epíteto de Jesús de Nazaret en el Nuevo Testamento. En el cristianismo, Cristo se utiliza como sinónimo de Jesús. Los seguidores de Jesús son conocidos como «cristianos» porque creen y confiesan que Jesús es el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento, por lo cual le llamaban «Jesús Cristo», que quiere decir «Jesús, el Mesías”, o bien, en su uso recíproco: «Cristo Jesús» («El Mesías Jesús»). El título «Cristo» también está dentro del nombre personal «Jesucristo», y se menciona como un sinónimo de Jesús de Nazaret en la fe cristiana, que lo considera salvador y redentor de los hombres, el «Verbo» (o Palabra) de Dios encarnado , «el Hijo unigénito de Dios»“ y el primogénito de los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial, ” Las principales creencias cristianas acerca de Jesucristo incluyen su consideración como el Hijo de Dios, constituido como Señor; que fue concebido por el Espíritu Santo y que nació de la Virgen María; que fue crucificado, muerto y sepultado durante el mandato de Poncio Pilatos; que descendió a los infiernos y posteriormente resucitó de la muerte y subió a los cielos, donde se encuentra junto a Dios Padre y desde donde volverá para el Juicio Final. La cristología, un área de la teología, se ocupa principalmente de estudiar la naturaleza divina de la persona de Jesucristo, según los evangelios canónicos y los demás escritos del Nuevo Testamento. La palabra «ungir» ―del latín únguere― significa ‘elegir a alguien para un puesto o un cargo muy notable’ (como sumo sacerdote o rey). La concepción hebrea del ungido o entronizado proviene de la antigua creencia que establece que untar a una persona u olear un objeto con aceite otorga cualidades extraordinarias, incluso sobrenaturales, cuando estas provienen de una autoridad divina. En el Israel de la antigüedad, la costumbre de ungir a una persona otorgaba la potestad para ejercer algún cargo importante. El término Cristo no solo se utilizaba con los sacerdotes que eran mediadores entre Dios y la humanidad, sino también con los reyes teocráticos que eran representantes de Dios y adquirían de esa manera dignidad sacerdotal. Más tarde se aplicó a los profetas e incluso se vinculó con los patriarcas. Sin embargo, en la transformación del concepto mesiánico, el uso del término se restringió al redentor y restaurador de la nación judía. En el Nuevo Testamento, la palabra Cristo se utiliza como nombre común y como nombre propio. En ambas acepciones aparece con o sin artículo definido, en solitario o asociada a otros términos o nombres. Cuando se usa como nombre propio y, muchas veces, en los otros casos, designa a Jesús de Nazaret, el esperado Mesías de los judíos. De esta manera, para las confesiones cristianas, Jesucristo es el mesías, aquel que el Antiguo Testamento anunciaba que llegaría como plan de salvación de Dios para la humanidad. Otras religiones, sobre todo los musulmanes, judíos ortodoxos, conservadores, y reformistas, lo consideran solamente como un gran profeta o predicador de su pueblo ―el pueblo judío― y el fundador de la religión cristiana, en quien sus seguidores creen y afirman que es el hijo encarnado de Dios. La palabra salvador, a su vez, era el título calificativo que los judíos aplicaban a sus sacerdotes, reyes, y profetas, ya que estos debían ser ungidos con aceites como parte del rito que los consagraba a su labor. Los seguidores de Jesús de Nazaret, considerando que este era el Mesías prometido por las profecías mesiánicas de la Tanaj, le aplicaron este título a su líder, llamándole Cristo Jesús o el Salvador. A mediados del siglo II -unos cien años después de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret—se les comenzó a conocer por cristianos en Antioquía, ya que se decían seguidores del Cristo. Según algunas confesiones cristianas, como la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa, la Iglesia anglicana o las principales iglesias protestantes, la Salvación es una venida de Dios. Sustentan este punto de vista en las palabras del Apóstol Pedro: «Por el contrario, creemos que tanto ellos como nosotros somos salvados por la gracia del Señor Jesús». Esta gracia se obtiene a través de la fe y el obrar cristiano, según católicos y ortodoxos, o exclusivamente por la fe, según los protestantes, es decir, en creer o confiar en que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Salvador y el Único Perdonador de pecados. En la carta de Pablo a los romanos se explica lo que es la salvación, pero con más precisión en la carta del apóstol Pablo a los Efesios: «Cristo, con su muerte y su Resurrección, es quien elimina la deuda del pecado humano y vehicula en su persona esa gracia redentora». Para el cristianismo la salvación está disponible para todos los que creen y actúan en consecuencia. Marcha por Jesús La Marcha por Jesús es una manifestación cristiana contemporánea organizada anualmente en varias ciudades del mundo.La marcha fue organizada en 1987, en Londres por las organizaciones evangélicas cristianas Juventud con una misión, las redes de becas cristianas Pioneer e Ichtus. El objetivo era reafirmar públicamente la fe cristiana en una sociedad percibida en camino a la descristianización. La marcha reunió a 15 mil personas: un desfile por las calles de Londres acompañado de oraciones por las principales instituciones públicas de la ciudad, bajo el lema «The City March: Prayer and Praisefor London» (Caminata por la ciudad: oración y alabanza por Londres).La marcha se estableció en varios países del mundo, en particular en Francia en 1991,45 en Estados Unidos en 1992 y en Brasil en 1993, donde reunió a 3 millones de personas en São Paulo en 2019, una de las reuniones cristianas más grandes del mundo. Información general: La Marcha por Jesús es una manifestación cristiana contemporánea organizada anualmente en varias ciudades del mundo. Resumen La marcha fue organizada en 1987, en Londres por las organizaciones evangélicas cristianas Juventud con una misión, las redes de becas cristianas Pioneer e Ichtus. El objetivo era reafirmar públicamente la fe cristiana en una sociedad percibida en camino a la descristianización. La marcha reunió a 15 mil personas: un desfile por las calles de Londres acompañado de oraciones por las principales instituciones públicas de la ciudad, bajo el lema «The City March: Prayer and Praisefor London» (Caminata por la ciudad: oración y alabanza por Londres). La marcha se estableció en varios países del mundo, en particular en Francia en 1991,45 en Estados Unidos en 1992 y en Brasil en 1993, donde reunió a 3 millones de personas en São Paulo en 2019, una de las reuniones cristianas más grandes del mundo. Tenga en cuenta que todos los estilos de texto de esta plantilla están disponibles en la pestaña Inicio de la cinta de opciones, en la galería de estilos. En el cuerpo del artículo se usa una sangría de primera línea de 1,27 cm con espaciado doble. En el estilo APA se usan hasta cinco niveles de título que se muestran en los párrafos siguientes. 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Orden de Cristo La Orden de Cristo (en portugués: Ordem de Cristo) fue una orden militar portuguesa, heredera de la Orden de los Caballeros Templarios en esta nación. En los siglos XII y XIII, en plena Reconquista, la Orden de los Caballeros Templarios (Orden del Templo) ayudó a los portugueses en las batallas contra los musulmanes. Como recompensa recibieron extensas tierras. Entre los votos que tenían que prometer estos caballeros, estaba el de obediencia al Rey, algo totalmente desconocido para la Orden del Templo. A principios del siglo XV, el Gran Maestre de la Orden, el Infante don Enrique, invirtió las ganancias de la Orden en la exploración marítima. Entre los votos que tenían que prometer estos caballeros, estaba el de obediencia al Rey, algo totalmente desconocido para la Orden del Templo. Son innumerables los municipios brasileños que tienen la imagen de la Cruz de la Orden de Cristo en su bandera o en su escudo de armas. El poder y la riqueza acumulados por la Orden la convirtieron en un posible peligro para el Estado. Por ello, en 1551, el título de Gran Maestre fue unido irrevocablemente al de rey de Portugal. En 1780 fue secularizada. La Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo (o Suprema Orden de Cristo) es la más elevada distinción pontificia creada para premiar especialísimos servicios prestados a la Iglesia católica. El cristianismo La creencia cristiana afirma que Dios se manifestó a los hombres en la persona de Jesús de Nazaret (en hebreo: Yeshúa), siendo el Hijo de Dios hecho hombre y, por tanto, el Mesías anunciado por los profetas en las escrituras, y ansiosamente esperado por Israel. De hecho, Jesús mismo afirmó en las Escrituras ser el Cristo. En el Evangelio de Marcos también se narra a Jesús afirmando ser el Mesías, cuando los sacerdotes del templo estaban interrogándolo. El cristianismo surgió como una comunidad, la Iglesia, inspirada en las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Según san Lucas, los discípulos de Jesús fueron llamados «cristianos» por primera vez en Antioquía de Siria. La misión que los unía era la prédica de estas enseñanzas por todo el mundo, prédica inicialmente llevada a cabo por sus discípulos directos, llamados apóstoles. Según los Evangelios, Dios preparó un pueblo, prefigurado en el pueblo de Israel, conducido por Moisés y los profetas y al que Cristo encabeza como jefe y salvador. Con este pueblo, Cristo realizaría una nueva alianza. El fin de este pacto es que todos conozcan a Dios Padre y a Jesucristo su Hijo y en Él tengan vida eterna. Según el cristianismo, Jesús de Nazaret es el Cristo (el Mesías), Hijo de Dios hecho hombre (según el Evangelio de Mateo), concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María. Después de la crucifixión, al tercer día resucitó y posteriormente subió al Cielo; y se espera su regreso al final de los tiempos en lo que se llama la «segunda venida de Cristo», o Parusía. El cristianismo explica que el sufrimiento de Jesús era necesario. Frecuentemente se cree que el padecimiento de Jesús se desarrolló en la cruz, en realidad su padecimiento comenzó desde el huerto de Getsemaní. En este pasaje se describe como Jesús lleno de angustia oraba intensamente, su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. La religión cristiana se inició en el seno del judaísmo como uno de tantos movimientos mesiánicos, centrado en la persona de Jesús de Nazaret. Sus seguidores extendieron su culto por todo el mundo basándose en la idea de que Jesús había resucitado. Los seguidores de Cristo en el mundo actual no forman un conjunto único y uniforme, sino que se agrupan en distintas confesiones, como las iglesias católica, ortodoxa, anglicana, luterana, bautista, anabaptista, menonita, presbiteriana, metodista, mormona, etc. Y aún los hay que no reconocen un vínculo con algún grupo. Existe un movimiento llamado ecumenismo, el cual trata de buscar la unidad de todos los seguidores de Cristo. A este respecto, dentro de la Iglesia católica, el Concilio Vaticano II, en su decreto Unitatisredintegratio, ha expresado, refiriéndose a la división de los cristianos, «abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo». Antes de su realización, el papa Juan XXIII creó el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Esta llamada ha sido continuada por los papas siguientes. En el cristianismo primitivo, Jesús de Nazaret fue visto por algunos de sus contemporáneos judíos como el Mesías que se profetizaba en el Tanaj, pero tiempo después, Jesús fue visto como la imagen de Dios, separándose del judaísmo y creando su propio libro sagrado, la Biblia. La mayoría de los cristianos tienen como dogma la Santísima Trinidad que representa a Dios, el teólogo Arrio discrepó de esa enseñanza y dijo que Jesús estaba subordinado a Dios Padre y por lo tanto no hace parte de Dios, ese modelo llevó a un movimiento llamado Unitarismo . El teólogo Nestorio indicaba que Jesús y Dios son de naturaleza divina pero separados. El binitarismo enseña que Dios son dos personas. En algunas ramas cristianas Jesús es Dios. La Iglesia católica medieval Genéricamente, por Iglesia se entiende la congregación de los fieles católicos regida por el Papa como vicario de Cristo en la tierra, con la misión de procurar la salvación de sus miembros. Como institución, la Iglesia ha ido evolucionando orgánicamente desde sus inicios, adaptándose plenamente a la evolución de la cultura europea. Puede, por tanto, hablarse de una Iglesia antigua, de una Iglesia medieval y de una Iglesia moderna. Durante su etapa antigua, en el mundo romano desde el edicto de Milán en el año 313, el cristianismo se fue adaptando a las estructuras culturales y políticas de la sociedad, hasta el punto de ser en Occidente el único poder europeo que se presenta unitario a los bárbaros invasores. Desde la perspectiva de la evolución de sus organismos, en esta primitiva etapa construye las formas fundamentales de su propia vida, e impone su doctrina y sus ideales frente a las desviaciones heréticas que introducen variantes dogmáticas o que niegan principios básicos. La Iglesia estableció una organización y una disciplina. La primera consistió en formar una comunidad estructurada en dos grupos, los fieles y los clérigos, divididos éstos en dos órdenes: los clérigos seculares y los clérigos regulares, según vivieran separados de la vida ordinaria sometidos a la disciplina establecida en una regla o practicasen el cristianismo viviendo la vida del siglo. El clero regular surge de la popularización del monacato como forma elegida por muchos cristianos europeos, que a imitación de los modelos orientales da lugar a numerosas órdenes monacales que se desarrollan por toda Europa, aportando a la vida medieval un dinamismo evangélico y cultural que sería la base de nuestra civilización. El clero se distinguió por la tonsura y desde el siglo V usó hábitos o vestimentas iguales para todos los pertenecientes a la misma comunidad; vivían el celibato, la pobreza y otras virtudes evangélicas, y se abstenían de las ocupaciones mundanas. La unidad organizativa estaba formada por la parroquia, regida por un párroco por encima del cual estaba el obispo, elegido por los fieles y por el clero. En un orden superior se encontraba el arzobispo y los primados, representante de la autoridad papal, ambos dependientes del Papa como Obispo de Roma. La reunión de los obispos se denominó concilio que, dependiendo del ámbito territorial al que se refiriera, podía ser diocesano, nacional o universal. Su unidad orgánica se institucionalizó con el reconocimiento de la primacía del obispo de Roma y la celebración de concilios ecuménicos que aunaran criterios y jerarquías. En el Concilio de Nicea (325), aunque se proclama la igualdad de los cuatro patriarcas de la Iglesia Universal (Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Roma), es el patriarca de Roma el que se consolida como el único de Occidente, cuya autoridad doctrinal se fundamenta en la "Sede Apostólica de Pedro" y adquiere la titularidad de Papa (Padre) de la Iglesia, sucesor de Pedro, reconocido por el poder temporal del emperador Teodosio como el custodio y garante de la verdadera fe y máxima autoridad eclesiástica. A medida que el Imperio occidental se va desplomando, para desaparecer en el año 476, la Iglesia aumenta su prestigio y autoridad, convirtiéndose en la única fuerza moral capaz de salvar a la civilización antigua frente a los pueblos bárbaros. La Iglesia hereda de Roma su organización administrativa y el prestigio de la capitalidad; Roma no es ya la decadente ciudad de los emperadores, sino la ciudad de los papas. A mediados del siglo V el Papa León I, primero que confiere al papado la primacía universal en la Iglesia católica, junto a San Gregorio Magno (590-604), crea el programa, cuyos principios son: el obispo de Roma ostenta la primacía sobre el resto de la jerarquía eclesiástica y la Santa Sede se configura como la autoridad que gobierna a las iglesias de Italia, España, norte de África y sur de las Galias; establece la independencia del poder espiritual respecto del temporal y pone las bases del poder territorial del Papado al considerar al Pontífice como el soberano temporal de la ciudad de Roma; configuran la pureza doctrinal del dogma del que desprende los añadidos heréticos; determina las líneas de la acción apostólica eclesiástica dirigiéndola hacia los pueblos bárbaros. Desde Constantino los emperadores se consideraron protectores de la Iglesia, lo cual implicaba la intervención del poder imperial en los asuntos espirituales, con el papel de guardián y valedor, no solo de la fe, sino también de los poderes eclesiásticos. La jerarquía de la Iglesia luchó constantemente contra esta tutela y sus éxitos se fueron fraguando en razón inversa a la decadencia del poder imperial en Occidente. A partir del siglo V el emperador de Bizancio pretendió ejercer una tutela sobre la Iglesia que, sobre todo, hizo efectiva en la de Oriente, en tanto que, con la iglesia romana, se enturbiaban las relaciones, primero por la herejía monofisita y después, durante los siglos VIII y IX, por la guerra iconoclasta. A fines del siglo IX (867) tiene lugar el Cisma de la Iglesia de Oriente, cuando el Patriarca de Constantinopla, Focio, se niega a reconocer la primacía del Papa y es depuesto por el emperador. Surge así la Iglesia ortodoxa bizantina. La ruptura definitiva entre ambas Iglesias se produjo con el Patriarca Miguel Cedulario, quien en el año 1054 reúne un concilio en el que la Iglesia oriental de Constantinopla se declaró independiente de la Iglesia de Roma. El catolicismo El término Iglesia, que procede del griego ekklesia (asamblea), designa la sociedad religiosa fundada por Jesucristo. Tras las divisiones a las que esta Iglesia cristiana primitiva ha dado lugar a lo largo de la historia, podemos aplicarle los calificativos de Iglesia Ortodoxa, Iglesia Evangélica, Iglesia Anglicana, etc; pero la palabra “Iglesia” designa por antonomasia a la Iglesia Católica de Roma, al menos en los países en los que el culto católico es mayoritario. El término católica (del griego katholou, que significa “todo”) la diferencia de las demás y alude a su pretensión de universalidad, acentuada tras producirse cismas como el que dio lugar a la división de la Iglesia de Oriente y la de Occidente, o el surgido de la reforma protestante encabezada por Lutero y otros reformadores en el siglo XVI. La Iglesia Católica se considera a sí misma como única heredera de la tradición y la doctrina de la Iglesia primitiva fundada por Jesucristo y, por lo tanto, como la única representante legítima de Cristo en la tierra, mediante la figura del Papa de Roma. La Iglesia Católica considera que tiene encomendada la misión de elaborar, impartir y propagar la enseñanza cristiana, así como de cuidar de la unidad de sus fieles bajo el primado del Papa de Roma, que es considerado como sucesor de San Pedro y heredero, por lo tanto, del mandato de Jesús para que cuidara de su Iglesia. Debe además dispensar la gracia de los Sacramentos a sus fieles, por medio del ministerio de sus sacerdotes. Pero la Iglesia se manifiesta además como organización jerárquica que, siguiendo una disciplina dispuesta según una estructura piramidal, debe cuidar de mantener la unidad y obediencia a su doctrina entre todos los fieles. Uno de los rasgos más característicos del catolicismo es precisamente la obediencia al pontífice romano, al que, en determinadas circunstancias, se le atribuye incluso la infalibilidad. La Iglesia Católica se ha manifestado históricamente como una institución enormemente conservadora en lo que respecta a su tradición pastoral. Esta tendencia se manifiesta en aspectos tales como la estricta observación de la disciplina jerárquica, o en el hecho de que no reconozca en sus fieles capacidad para que éstos interpreten personalmente el mensaje contenido en las Sagradas Escrituras, lo que la opone a otras Iglesias cristianas como la Evangélica. Su magisterio se expresa, de hecho, no sólo en las Escrituras, sino también en la tradición interpretativa que se ha ido acumulando a lo largo de la historia. El clero es el principal recurso de la Iglesia de Roma para impartir su magisterio y mantener así la unidad de creencias y de fines dentro del diversísimo mundo católico. Pero el magisterio eclesiástico no sólo se expresa en los textos de interpretación teológica, sino también en otros, como las encíclicas proclamadas por los diferentes papas. Por otra parte, en la historia de la Iglesia católica se plantea en ocasiones la necesidad de promulgar dogmas que unifiquen el credo de sus fieles manteniendo la fidelidad a la fe revelada por Jesucristo. Bajo la Iglesia de Roma se han venido cobijando a lo largo de la historia toda clase de fieles procedentes de países, tradiciones culturales y entornos sociales distintos. La Iglesia entiende, sin embargo, que la verdad es única y válida para todos, así que considera que le corresponde guiar a sus fieles al encuentro de esa única verdad, valiéndose para ello de sus pastores (obispos y sacerdotes) y, aunque en menor medida y siempre bajo el magisterio ortodoxo del clero, también de los grupos de fieles seglares, aunque esta última tendencia sólo ha empezado a ser aceptada ya en el siglo XX. Pero para mantener la unidad de criterios en el seno de la Iglesia, no basta con la disciplina y la obediencia debidas a la figura del Pontífice romano, ni siquiera con la elaboración de dogmas y de encíclicas. En una organización tan heterogénea, se manifiesta también como algo necesario la celebración de asambleas tales como los sínodos y los concilios, en los que el papa, los cardenales y los obispos procuran ponerse de acuerdo sobre la organización interna o sobre las líneas doctrinales que el magisterio de la Iglesia debe seguir. La Iglesia tiene como fin la santificación de sus fieles, pero esa santidad solamente resulta asequible y posible de alcanzar si se accede a ella por una vía santa, que en este caso significa lo mismo que verdadera. La Iglesia, tomándose a sí misma por depositaria de la verdad y, por lo tanto, de la santidad, se ve en la responsabilidad de guiar esa búsqueda. Los sacramentos, administrados por los sacerdotes, proporcionan al creyente la gracia necesaria para profundizar en el camino de la santidad y de la comprensión de la verdad revelada por Jesucristo, y le hacen accesible así la vía de la salvación eterna. El término "católico" tiene que ver con la universalidad del mensaje expresado por Jesucristo en el Evangelio, tanto en lo referente al tiempo como a la totalidad de la extensión de la Tierra, pues la Iglesia dirige su mensaje y su enseñanza a toda la historia y a los hombres de todos los pueblos. La misión de propagar la verdad revelada del Cristianismo y la de extender a todos los hombres de la tierra la enseñanza de Jesucristo, así como la de mostrar el camino de la santidad que conduce a aquél que lo sigue hasta la salvación, depende de la labor apostólica de la Iglesia. Esta misión fue ya encomendada a los apóstoles, que difundieron el mensaje del Evangelio por Europa y Asia Menor. Con el devenir de los siglos se fue convirtiendo en uno de los cometidos eclesiásticos que han sido desempeñados con mayor constancia. La Iglesia se considera constituida tras la ascensión a los cielos de Jesucristo. Con el descendimiento del Espíritu Santo sobre los apóstoles, en el día de Pentecostés, y el comienzo inmediato de la predicación de la verdad revelada, gracias al conocimiento y al simbólico don de lenguas que adquirieron en ese momento, comienza la actividad apostólica de la Iglesia. Es el comienzo del magisterio de aquéllos discípulos de Cristo que, en la cena pascual celebrada poco antes de su muerte, recibieron el encargo de conmemorarla en los tiempos sucesivos y de perpetuar la gracia de Dios mediante la consagración del pan y del vino como cuerpo y sangre de Cristo. Este pan y vino serían consumidos en comunión por los fieles cristianos. Esta Iglesia, que en un primer momento continúa desarrollándose dentro del ámbito del judaísmo, va a extender enseguida su magisterio a las zonas próximas, cuando sus primeros miembros convengan en que la verdad revelada sea también enseñada a los gentiles (los no judíos), de manera que éstos puedan llegar a formar parte de la Iglesia de Cristo. Las persecuciones a las que los primeros cristianos se vieron sometidos, ya desde los comienzos de la historia de la Iglesia, no hicieron sino dotar de mayor ímpetu a los seguidores y propagadores de la nueva fe. Con la incorporación de Pablo de Tarso, la comunidad de los creyentes en Cristo adquiere una conciencia de su misión apostólica que la caracterizará en los siglos venideros. En sus viajes, San Pablo introdujo y consolidó la fe cristiana en el mundo helénico y parte del oriental, y comenzó además a preocuparse por seguir, incluso desde la lejanía, la evolución de las comunidades cristianas que iba dejando instituidas. Para ello se valió de cartas (epístolas) en las que se refería particularmente a los problemas de cada comunidad, procurando además mantener vivo el espíritu de sus primeras enseñanzas. San Pedro, el apóstol considerado como cabeza de la Iglesia, se puso al frente de la comunidad cristiana constituida en Roma hasta su martirio a mediados del siglo I. Ya desde sus comienzos, las recién nacidas comunidades sufrieron las persecuciones de las sociedades en las que se desarrollaban, y que a menudo las consideraban como subversivas. Pero estas persecuciones parecen haber dotado a la nueva fe de mayor popularidad, en lugar de impedir su propagación. El emperador romano Constantino, con el edicto de Milán, promulgado en 313, ejercerá por fin la tolerancia, concediendo a las comunidades cristianas libertad para desarrollarse bajo el imperio de Roma. El emperador Teodosio terminará por transformar esa libertad en monopolio de culto a finales del siglo IV. Para ese momento la Iglesia ha desbordado ya las fronteras del Imperio Romano, sobre todo las orientales, y ha consolidado con ello su presencia en Asia Menor, Egipto, Creta y numerosas regiones del norte de África, así como en Persia, Armenia, la región que hoy coincide con Georgia e, incluso, algunas partes de la India. Jerárquicamente, la Iglesia se había ido organizando según una estructura piramidal en cuyo vértice se encontraba el Papa, y en los escalones inmediatamente más bajos los obispos. En un primer momento había un obispo en cada ciudad romana. Cuando surgía algún conflicto se celebraban concilios, como los de Cartago (251) o Roma (262). Sin embargo, ya desde los comienzos de la historia de la Iglesia comienzan a darse disensiones y herejías, como el arrianismo, el pelagianismo y otras. Para evitarlas se hace necesaria la unificación de la doctrina unitaria de la comunidad cristiana, y esta labor la llevan a cabo los que hoy conocemos como Padres de la Iglesia: Atanasio, Cirilo, Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo, Hilario, Ambrosio , Agustín y Jerónimo. Su literatura se conoce bajo el nombre de Patrística. Con el aumento del número de fieles y la propagación del culto cristiano, se hizo necesaria la ampliación de las estructuras jerárquicas, y se fundaron así nuevas diócesis que se agruparon en provincias, y éstas en patriarcados. Los concilios ecuménicos siguen sucediéndose (Nicea en el 325, Constantinopla en el 381, etc.). La liturgia va también fijando sus formas y comienza a organizarse la celebración de festividades dedicadas a los santos en el ciclo del año litúrgico. El culto a la Virgen adquiere una gran popularidad. Mientras, en Oriente, comienza a aparecer el fenómeno del monacato, como reacción al enfriamiento que se comenzaba a observar entre los fieles con respecto a las primitivas enseñanzas de la fe cristiana. Pero las crecientes divergencias que poco a poco se iban creando entre las comunidades cristianas de Oriente y Occidente resultaban cada vez más difíciles de solucionar tan sólo a base de concilios ecuménicos, e iban a dar lugar a la aparición de grandes patriarcados en Oriente, mientras que el patriarca de Occidente, el papa de Roma, procuraba no perder su supremacía. La labor evangelizadora prosiguió a lo largo de los siglos en Occidente, a pesar de las dificultades políticas suscitadas. La calidad en la propagación de la fe iba, sin embargo, decreciendo, confundidas las creencias cristianas con los sustratos culturales supersticiosos de muchos de los pueblos evangelizados. Mientras tanto, en Roma las preocupaciones se dirigían más bien a salvaguardar los poderes temporales. Esto lleva, en el VIII, a la creación de los Estados Pontificios, bajo los auspicios del rey de los francos, Carlomagno, y como defensa ante la amenaza de los lombardos. Ya en el siglo IX, el mundo cristiano se nos presenta dividido en tres zonas: La de los países conquistados por el Islam, la del Imperio Bizantino, al Oriente, que se encuentra cada vez más alejado de Roma, y la del Occidente latino, que seguirá fiel al Pontífice romano. El papado había alcanzado unos niveles de corrupción y decadencia sin precedentes, con escándalos tales como la elección como papa de Juan XII, que no había cumplido ni veinte años. La simonía, o venta de cargos eclesiásticos había llegado a convertirse en una práctica corriente. En ocasiones llegó a haber dos papas a la vez. A finales del siglo X se experimenta una pequeña mejoría, con las figuras de Gregorio V y de Silvestre II, pero la verdadera reforma no llegará hasta mediados del siglo XI, con el Papa Gregorio VII. Este papa resultó ser, ante todo, un hombre santo, pero además demostró estar dotado de gran capacidad de decisión y de organización. Durante su pontificado procuró combatir la simonía y otras manifestaciones de corrupción, como el nicolaísmo. Inició además una reforma que pudiera asegurar la unidad y la independencia de la Iglesia frente a los poderes temporales, lo que ocasionó numerosos conflictos con los gobernantes de su época, especialmente con el emperador de Alemania, Enrique IV. Los puntos en común entre la Iglesia oriental y occidental iban siendo menos según pasaban los siglos. La tendencia a la diferenciación, sin embargo, tendía a ser cada día mayor. Los vínculos entre el Imperio bizantino y Roma se debilitaban sin que ningún concilio ecuménico pudiera ya conseguir la unidad entre las dos Iglesias. El cisma de Focio, surgido en 863, pudo aún ser superado, pero en 1054 tiene lugar la ruptura definitiva, con el cisma de Miguel Cerulario. Desde entonces la Iglesia de Roma y la de Bizancio seguirán caminos diferentes; la primera bajo el papado romano, la segunda bajo la figura del Patriarca de Costantinopla. En Occidente, asolado por la inestabilidad política y permanentemente angustiado por los ataques de los pueblos bárbaros, así como por la amenaza constante del Islam, la Iglesia se siente llamada a desempeñar una función civilizadora que sea capaz de dotar a los reinos recién nacidos de la unidad, esperanza, y seguridad suficientes para enfrentarse a las dificultades que se les plantean. Pero la Iglesia no sale tampoco indemne de la colaboración con los reinos mundanos, sino que se sume en la contaminación de las intrigas políticas y económicas que no formaban parte en absoluto del espíritu de las primeras comunidades cristianas. Las órdenes religiosas se van propagando con el fin de recobrar ese espíritu primitivo y desempeñan, además, la labor de servir como depositarias de la cultura. Sin embargo, también a ellas termina por afectarlas la corrupción, representada en forma de intereses económicos y de competencia con otras órdenes y señoríos terrenales por conseguir mayor poder o, sencillamente, mayores y más ricas extensiones de territorio bajo sus dominios. De hecho, durante siglos se había vivido en común en los monasterios, pero manteniendo la dispensa del voto de pobreza. En los grandes monasterios el abad era incluso nombrado por el rey, mientras que en otros más pequeños este nombramiento lo llevaba a cabo la nobleza. Con la fundación del monasterio de Cluny bajo la regla de San Benito, se procuró volver a una vida independiente de todo poder temporal, sólo ligada a la autoridad del Papa y tanto fue el éxito de esta nueva reforma que por toda Europa se extendieron monasterios que pretendían imitar la organización y las formas de vida cluniacenses. A finales del siglo XI, bajo el pontificado de Urbano II, tiene lugar el conflicto con el antipapa Clemente III, que al final queda resuelto sin que el cisma apenas surgido de él adquiera mayor importancia en la historia de la Iglesia. Se trata del mismo Papa Urbano II que ha pasado a la posteridad por haber predicado la primera Cruzada, una empresa que, al dotar a la cristiandad de un objetivo común, tiene el efecto inmediato de atenuar, al menos de un modo pasajero, las rivalidades que cuarteaban el mundo cristiano. Este efecto no resultaría tan evidente, sin embargo, en las Cruzadas posteriores, que cada vez tendrían un carácter menos aglutinador de la identidad europea. Las órdenes militares como la del Temple, la de los Caballeros Teutónicos, o la de los Hospitalarios, surgen y se desarrollan a medida que se van sucediendo estas expediciones. Pero las Cruzadas no sirven para atajar totalmente las rivalidades entre el Papado y el Imperio que a comienzos del siglo XII parecen favorecer al primero. A lo largo del siglo XII, la orden cluniacense comienza a experimentar su decadencia, mientras surgen otras, como la de los monjes cartujos, que se distinguen por el carácter más contemplativo de su regla. Es también la época en que comienza a surgir otra reforma, la del Císter, guiada por san Bernardo de Claraval, cuyas pretensiones son las de fundar una orden en la que se aplique con verdadera severidad la regla de san Benito. En el siglo XIII tiene lugar de nuevo este fenómeno recurrente de la vuelta al ascetismo en la vida monástica, con la institución de órdenes monásticas mendicantes como la de los Dominicos y la de los Franciscanos. Es la época en la que, por otra parte, va teniendo lugar una transición desde la idea de las Cruzadas como medio para extender el cristianismo, hacia los viajes de los misioneros, portadores de la misión de extender la doctrina cristiana por los lugares más remotos. La jerarquía eclesiástica no acaba de librarse, mientras tanto, de los males que la corroen, y así se pondrá de manifiesto cuando, en el año 1309, el Papa Clemente V tome la decisión de abandonar Roma con la excusa de huir de los frecuentes disturbios que tenían lugar en la ciudad que hasta entonces había sido sede pontificia. El destino de la corte papal será Aviñón, y allí permanecerán los papas hasta 1367, cuando, cediendo a la opinión de buena parte de la jerarquía eclesiástica ajena al poder francés y también a la de la nobleza y gobernantes de otros reinos, la sede papal vuelva a ser trasladada a Roma. La estancia de los papas en Aviñón, que en un principio iba a ser provisional, estaba tomando visos de convertirse en permanente, y eso significaba el sometimiento de los pontífices y de los escalones más altos de la jerarquía eclesiástica a las presiones del rey francés. Tras la vuelta del Papa a Roma tiene lugar el cisma de Occidente, que se prolongará durante setenta y un años, hasta 1419. Durante este tiempo convivirán un papa romano, Urbano VI, y otro de origen francés, Clemente VII. La cristiandad quedó también dividida en dos facciones. Para solucionar este conflicto se celebran varios concilios de los cuales el más importante es el de Constanza (1413-1418). En 1417 es elegido por fin un papa único que toma el nombre de Martín V. Junto al cisma y al ambiente general de degradación, que se hacía cada día más evidente en el seno de la Iglesia, la herejía constituía en esta época un factor más de división. La Iglesia estaba demostrando que sus preocupaciones se dirigían más hacia los aspectos políticos y relacionados con el poder temporal que hacia la siempre necesaria actualización y predicación de su doctrina, con lo que la proliferación de grupos de iluminados era constante, pese a la represión que se ejercía contra ellos. Por otra parte, el pueblo observaba la degradación de las costumbres que imperaba entre buena parte del clero, mientras que en las clases más cultivadas y entre algunos miembros de las órdenes religiosas más inquietos intelectualmente, se extendía un sentimiento de frustración, inevitable si consideramos que ese mismo clero cuya médula estaba corrompida por la impiedad y por el ansia de bienes materiales era el que seguía manteniendo la interdicción a los fieles para que éstos pudieran acceder al conocimiento personal de la doctrina cristiana, como siempre ha sostenido la Iglesia católica. El magisterio de una Iglesia corrompida seguía imponiéndose a aquéllos que se desviaban de su doctrina. Todo esto tenía necesariamente que llegar a una situación como la que protagonizó el alemán Martín Lutero, que lleva su Reforma allí donde reformadores anteriores, como Wycliff o Hus, no habían sido capaces de llegar. No hay que olvidar tampoco a otros reformadores contemporáneos de Lutero, como Calvino o Zwinglio. La reforma luterana será, sin embargo, la única que realmente provoque una división de Europa entre los países que permanecerán fieles a la figura del Papa y aquellos otros que, al compás de la frase “Cuius regio, eius religio”, adoptarán como propia la recién nacida Iglesia Evangélica. En 1546, el mismo año en que muere Lutero, la Iglesia de Roma llama a sus cardenales para la celebración de un concilio en la ciudad de Trento. Este concilio durará hasta el año 1563 y de él saldrá todo un conjunto de medidas disciplinares y doctrinales que constituirá la Contrarreforma. Este movimiento viene a ser la respuesta de la Iglesia de Roma a las ideas de los reformadores del norte, y las doctrinas y actitudes que de él emanan se impondrán, antes o después, en Italia, España, Portugal, el Austria de los Habsburgo, Polonia y los obispados de Maguncia, Tréveris y Colonia, así como en buena parte de Francia, Bohemia y Hungría. Inglaterra protagonizó su cisma particular, con la creación de la Iglesia Anglicana, causada, en este caso, más por la rebeldía de la monarquía inglesa contra el papado que por razones ideológicas. De la reforma católica que comienza en Trento surgirá una Iglesia centrada en la espiritualidad y en su labor pastoral, aunque todavía en los siglos posteriores se manifestarán en ella inevitables tendencias a confundirse con los poderes temporales. En todo caso, sí resulta muy evidente el mayor acercamiento al pueblo gracias a los intentos de revitalización de la estructura parroquial. Otro fenómeno importante en estos siglos es la propagación de la doctrina católica en pueblos no europeos, llevada a cabo por diversas órdenes religiosas, cuyos métodos han dado lugar a muchas críticas, a las que cabe oponer el hecho de que, ya en 1659, la Iglesia llegara a publicar unas Instrucciones dirigidas a sus misioneros para que respetaran las culturas indígenas, mantuvieran la independencia con respecto a las potencias europeas, dedicaran sus esfuerzos a la formación de un clero indígena y otras ideas que, aún hoy, permanecen vigentes, pero que no siempre fueron respetadas. Fenómenos como las continuas disensiones con la Compañía de Jesús (orden religiosa de gran personalidad intelectual cuyos métodos terminaron por provocar el disgusto de Roma y su supresión en 1773, aunque será restablecida en 1814), así como los cambios en la mentalidad europea de la época, acentuados por el florecimiento de corrientes de pensamiento tales como el jansenismo, provocaron un ambiente de desinterés por la doctrina eclesiástica a lo largo del siglo XVIII. El siglo XIX es época de intensos cambios sociales. Por una parte, el desmoronamiento del Antiguo Régimen da lugar a un cambio en las relaciones de la Iglesia con unos Estados que van dejando de reconocerse como confesionales. Estas relaciones se regularán a partir de entonces mediante concordatos. El XIX es también el siglo del nuevo concilio, el Vaticano I, que fija el dogma de la infalibilidad pontificia. Por otra parte, la Iglesia se ve obligada a dar una respuesta a las transformaciones que se originaron como consecuencia de la revolución industrial. Es a partir de este siglo cuando comienza a tener sentido la idea de un auténtico pensamiento social cristiano, auspiciado por los mismos papas ya desde que, en 1891, León XIII publica la encíclica Rerum novarum. Esta idea se seguirá desarrollando durante el siglo XX con la publicación de otras encíclicas y mensajes doctrinales que responden también a las preocupaciones sociales y que insisten en el espíritu de la primera. A pesar de los esfuerzos que la Iglesia ha estado haciendo por acercarse al pueblo y a sus preocupaciones derivadas del nuevo orden social, la Iglesia sigue expresándose en el siglo XX mediante un lenguaje y según unos ritos que ya nada tienen que ver con la capacidad de comprensión de buena parte del pueblo que los presencia. El pontificado de Pío XII, ha contribuido a mantener la imagen de independencia de la Iglesia con respecto a los poderes temporales, y esto en una época tan conflictiva en Europa como la que corresponde a la Segunda Guerra Mundial. Pero será bajo el papado de su sucesor, Juan XXIII, cuando la Iglesia emprenda la tarea de acercarse decididamente al pueblo y, en definitiva, a los fieles a los que dirige sus enseñanzas. Pero es tan grande la labor de distinguir y desbrozar el auténtico espíritu de la doctrina cristiana, para despojarlo así del poso de varios siglos de tradición y de adherencias de toda índole, que esta tarea no puede ser llevada a cabo más que por un concilio. El concilio Vaticano II desarrolla su labor entre los años 1963 y 1965, y a sus reuniones asisten observadores delegados por diversas Iglesias separadas de la católica, lo que da una idea del espíritu ecuménico que anima sus trabajos. Este espíritu de conciliación con otras Iglesias cristianas se extiende en realidad hasta nuestros días, pero en el momento en que se celebró el concilio resultaba sumamente innovador. Otro de los logros del concilio Vaticano II es el haber dado lugar a una renovación en las formas de organización de la Iglesia, así como en la expresión de los ritos y ceremonias. Este proceso de renovación lo llevará a cabo la Iglesia católica a costa, a veces, de perder parte de su tradición estética, pero ganando a cambio en adecuación a la mentalidad de los nuevos tiempos. Como imagen simbólica de las reformas conciliares sirve el hecho de que la Iglesia, hasta ese momento, se había dirigido a su pueblo sirviéndose de una lengua muerta, el latín, que resultaba incomprensible para buena parte de sus fieles, mientras que desde entonces se servirá de las lenguas propias de cada comunidad. El sucesor de Juan XXIII, Pablo VI, inicia la nueva práctica de los viajes pastorales, que contribuirán a acercar la figura del Papa al pueblo que pastorea, así como a sacarlo de su aislamiento en el Vaticano y a aproximarlo a la realidad del mundo en el que vive así como a los problemas y características peculiares de las comunidades religiosas que se encuentran bajo su responsabilidad y su mandato. La práctica de los viajes pastorales fue recogida y llevada a cabo con enorme ímpetu por parte de Juan Pablo II, primer papa polaco de la historia, que accedió al pontificado romano tras el brevísimo mandato de Juan Pablo I. La personalidad de este Papa, procedente de un universo histórico y cultural tan diferente de aquel del que habían surgido sus predecesores, resultó para algunos excesivamente conservadora en ciertos aspectos relacionados con la moral personal de los fieles. Sin embargo no cabe duda de su dedicación a extender el magisterio de la Iglesia y a conciliar posturas divergentes, dentro de su seno o fuera de éste, como los conflictos provocados por las diferentes interpretaciones acerca del grado y las características del compromiso que la Iglesia debe mantener con los pueblos entre los que imparte su magisterio (Teología de la liberación en América Latina). La disposición constante de Juan Pablo II para el encuentro ecuménico con otras Iglesias, así como su fructífera mediación en conflictos internacionales como los que dieron lugar a la caída de los regímenes comunistas, resultan ser otros valores y novedades de su pontificado. Todo esto hace que a lo largo del siglo XX, a pesar de la crisis de espiritualidad que vive el mundo occidental, la Iglesia no haya visto devaluado su prestigio como institución, si bien es probable que tampoco en los últimos años se haya incrementado su popularidad. Religión El concepto de religión nos dice que es el conjunto de creencias y de prácticas rituales que ponen en relación con lo sagrado a las personas, comunidades y sociedades humanas. De la palabra religión han sido propuestas etimologías diferentes a lo largo de la historia. Cicerón la relacionaba con relegere ('releer o repasar cuidadosamente') todo lo que se refiere a lo sagrado; Lactancio con religare ('vincular nuevamente') al Dios del que antes nos habíamos separado; San Agustín con reeligere ('reelegir de nuevo') a Dios, tras un período de separación causada por el pecado; Macrobio con relinquere ('dejar') como herencia de los antepasados la tradición del Dios revelado. Aunque las características que revisten las creencias y experiencias religiosas en cada momento histórico y en cada lugar geográfico son extremadamente variables, pueden establecerse como fundamentos generales de los fenómenos religiosos: - La creencia en un mundo invisible y superior, con existencia inmanente en lo más profundo del ser humano (como defiende el budismo) o con existencia trascendente fuera del ser humano (como defiende el cristianismo). En cualquier caso, ese ámbito sagrado no está sujeto a las leyes de espacio y tiempo. - La conciencia de relación con ese mundo invisible y superior, del que el hombre procede y al que regresa al final de su vida. - La creencia en dioses o númenes protectores o salvadores que pueden ejercer su influencia desde ese mundo sagrado hacia el mundo de los humanos. Esos dioses o Manes pueden ser uno (en las religiones monoteístas) o varios (en las religiones politeístas), y tener diversos tipos de mediadores (ángeles, divinidades menores, semidioses, santos, sabios o héroes culturales). La función esencial de los mediadores es la de proteger, guiar e instruir a los hombres en el conocimiento de las técnicas religiosas. - La creencia en dioses o númenes negativos y destructores que actúan como réplica y contrapeso de los númenes protectores y salvadores. Aunque esos númenes suelen estar dirigidos por un personaje supremo que actúa como anti-Dios (Satanás en la tradición cristiana, Iblis en la musulmana, Mara en la budista, etc.), se organizan por lo general en grupos de demonios, diablos, genios, brujas, etc, que tienen funciones antitéticas a las de los mediadores sagrados. - La conciencia de posible comunicación en vida con el mundo de lo sagrado, a través de determinadas acciones que se deben repetir ritualmente, de forma individual o de forma colectiva, y en ocasiones bajo la dirección de un guía espiritual. Estas acciones pueden estar basadas en la actividad mental (meditación, concentración), en la actividad del lenguaje (canto, oración), en la actividad gestual y corporal (inclinaciones, prosternaciones, abluciones, danzas sagradas), y en la actividad ritual compleja, que puede expresarse mediante formas muy diversas de culto (adoración, peregrinación, etc.) o de prácticas socializadoras (de iniciación, de agregación, de sacrificio, de comunión, etc.). La práctica de todas estas acciones rituales exigen, implican o procuran, por lo general, una predisposición o una calidad moral positiva. - La conciencia de posible comunicación en vida con el mundo de lo sagrado a través de la utilización ritual de objetos o de lugares especialmente propicios o adecuados para que el Dios o los númenes protectores o salvadores se manifiesten o entren en comunicación con los hombres. - La conciencia de posible salvación, de posible condenación y de nueva vida tras la muerte corporal. La consecución de cada una de estas posibilidades está estrechamente vinculada con el comportamiento y la calidad moral del ser humano, y con la fiel observancia de las prescripciones y normas rituales de cada tradición religiosa. - La conciencia de reunión de creyentes alrededor de una tradición y de un culto común. Aunque puede haber formas de religiosidad individual, la religión es un fenómeno que tiene una importante dimensión social. En su proceso de evolución histórica va desarrollando estructuras de jerarquía, dirección, especialización de funciones y relación con todos los elementos, estamentos e instituciones de la sociedad. - La creencia de que los conceptos, conocimientos y técnicas religiosas emanan de los propios seres sagrados y del propio mundo superior, a través de la revelación, de la tradición o de la meditación. La transmisión de estos conocimientos y técnicas puede realizarse por tradición oral y por tradición escrita (a través de escrituras sagradas). Las creencias religiosas son, por lo general, fenómenos complejos y dinámicos que no admiten categorías cerradas. Se pueden distinguir, en todo caso, clases no absolutas ni estáticas, como las siguientes: Religiones naturales son las que se basan en la creencia de que la mayoría de los elementos y fenómenos naturales están animados por espíritus que pueden influir en la vida personal y social del hombre, y que requieren, por tanto, contemplación, conocimiento y adoración. Coinciden en buena medida con las religiones primitivas o elementales. Religiones positivas son las que se basan en la creencia de que el conocimiento y adoración de lo sagrado no puede realizarse de modo directo e intuitivo a través de la naturaleza, sino de conceptualizaciones intelectuales y abstractas. No se oponen a las naturales, sino que las desarrollan en un proceso gradual que hace que, en la práctica, no exista ninguna religión que sea puramente natural ni puramente positiva. Coinciden en buena medida con las religiones superiores o complejas. Religiones primitivas o elementales son las de los pueblos primitivos y no desarrollados, tanto de la antigüedad (pueblos prehistóricos o protohistóricos) como de la edad contemporánea (pueblos primitivos contemporáneos). Coinciden en buena medida con las religiones naturales. Religiones superiores o complejas son las de los pueblos de civilización desarrollada y avanzada, tanto de la antigüedad como de la edad contemporánea. Nacen, se consolidan y adquieren grados crecientes de complejidad y estamentalización a medida que la sociedad va perfeccionando también sus estructuras y desarrollando clases especializadas. Coinciden en buena medida con las religiones positivas. Religiones particularistas son las que se identifican fuertemente con grupos étnico-culturales particulares, actúan como elementos máximos de cohesión social interna, y no tienen vocación de hacer proselitismo ni de proyectarse hacia otros grupos. Coinciden esencialmente con las religiones naturales, primitivas, y con algunas que han sobrevivido hasta la edad contemporánea, como el judaísmo. Religiones universalistas son las que no se identifican con grupos étnico-culturales particulares, y tienen carácter proselitista y de proyección abierta hacia otros grupos. Coinciden esencialmente con la mayoría de las religiones complejas (entre ellas el cristianismo y el islamismo) y con numerosos movimientos religiosos modernos, incluidas las sectas proselitistas. Religiones tradicionales son aquellas cuyos orígenes se encuentran en una tradición que remonta a tiempo inmemorial, y no en actos de revelación concreta. El hinduismo es la más importante de las religiones tradicionales. Religiones fundadas o reveladas son aquellas cuyos orígenes remontan a un acto concreto de revelación de Dios a uno o varios seres humanos. La mayoría de las religiones universales (budismo, cristianismo, islamismo) están fundadas en la revelación de Dios a Buda, Cristo o Mahoma. Religiones teístas son las que están basadas en la creencia en un Dios personal, creador del mundo, gobernador de la naturaleza, y emanador de las normas morales y religiosas que deben regir la moral y el comportamiento humano. Religiones teístas son el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Religiones no teístas son las que están basadas en la creencia de que el mundo y el hombre no fueron creados por un Dios personal, sino que forman parte de un orden cósmico eterno, superior y sagrado por sí mismo. Religiones no teístas son el budismo y el taoísmo. Religiones ateístas son las que están basadas en cosmovisiones de tipo físico y materialista, afirman que todo en el universo tiene vida por sí mismo, y niegan explícitamente la existencia de un Dios creador del mundo y del hombre. Una religión ateísta es el jainismo. Religiones politeístas son las que están basadas en la creencia de que no hay un único Dios creador y regulador del mundo y de la vida humana, sino varios, con funciones separadas y especializadas. Religiones politeístas fueron las de los antiguos Egipto, Grecia y Roma. Religiones animistas son las que están basadas en la creencia de que todos los seres, objetos y elementos del mundo físico tienen alma o espíritu individual capaz de influir en el mundo de los hombres. Coinciden en buena medida con las religiones naturales y primitivas. Religiones chamánicas son una tipología específica de las religiones animistas, propia sobre todo de diversos pueblos uraloaltaicos de Asia, y también de los indios norteamericanos y de los aborígenes australianos, basada en la creencia en el espíritu individual de los elementos naturales y en el poder mediador de la figura del chamán (mago-sacerdote) entre ese mundo de los espíritus y el mundo de los hombres. Además de tipologías religiosas como las anteriores, puede hablarse también de creencias que no llegan a constituirse en sistemas ni unidades religiosas concretas ni completas, pero que pueden hallarse, de un modo o de otro, en el trasfondo de diversas religiones. Entre ellas cabe citar las: Creencias panteístas (panteísmo) son las que están basadas en el principio de la identidad absoluta entre Dios y el mundo, y de que Dios se halla de modo inmanente en la naturaleza. La adoración de la naturaleza se identificaría, por tanto, con el culto a Dios. La filosofía estoica griega y ciertas dimensiones del hinduismo y del budismo entrarían dentro de la categoría panteísta. En el terreno filosófico, Baruch Spinoza (1632-1671) formuló también un sistema que identificaba a Dios con la naturaleza. Creencias panenteístas (Panenteísmo) constituyen una categoría del panteísmo que defiende que el mundo forma parte o está incluido en Dios, pero que Dios es una unidad superior al mundo. Creencias monistas (Monismo) son las que se basan en el principio de que todo en la naturaleza constituye una unidad, pero que no precisa de culto ni de adoración, ya que todo se reduce en último término a materia. Cuando el monismo se combina con la creencia en Dios se convierte en panteísmo o en panenteísmo. Creencias dualistas (Dualismo) son las que se basan en el principio de que el mundo y Dios son fenómenos separados, de que el mundo es resultado de la oposición de dos principios distintos, el bien y el mal, y de que el hombre es también el resultado de la composición del alma y el cuerpo. La creencia en la oposición del bien y del mal está particularmente arraigada en el zoroastrismo, en la religión del antiguo Egipto y en el hinduismo, y en menor medida en el judaísmo y en el cristianismo, aunque desempeñe un papel particularmente relevante dentro del sistema ideológico de sectas como el maniqueísmo y otras. Creencias pluralistas (Pluralismo) son las que se basan en el principio de que Dios no interviene en los acontecimientos del mundo, por lo que sólo la intuición y la razón natural, y no la revelación ni la tradición, pueden ser fuente de la experiencia y del conocimiento religioso. El deísmo fue, más que una religión formal, un sistema estético-filosófico que fue formulado y defendido por los grandes pensadores de la Ilustración europea: Voltaire (1694-1778), Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), Thomas Hobbes (1588-1679) o John Locke (1632-1704). Creencias agnósticas (Agnosticismo) son las que se basan en el principio de que la razón humana no puede probar la existencia ni acceder al conocimiento de Dios ni de lo trascendente y sagrado. Su precursor en el campo de la filosofía fue Immanuel Kant (1724-1804), y tuvo entre sus más importantes formuladores a Thomas Henry Huxley (1825-1895). Creencias antropomórficas (Antropomorrfismo) son las que identifican a Dios o a los dioses con la imagen, el lenguaje, las categorías mentales y las actividades de los hombres. Creencias zoomórficas (Zoomorfismo) son las que identifican a Dios o a los Dioses con la imagen de los vegetales. Creencias fitomórficas (Fitomorfismo) son las que identifican a Dios o los dioses con la imagen de diversos astros. Creencias astrales (Astromorfismo) son las que identifican a Dios o a los dioses con la imagen de diversos astros. Creencias fetichistas (Fetichismo) son las que identifican a Dios o a los dioses con diversos objetos naturales o artificiales (estatuas, piedras, árboles, talismanes), a los que se hace objeto de veneración religiosa. De la religión se han dado tantas definiciones como escuelas y tradiciones (míticas, teológicas, historicistas, antropológicas, sociológicas, simbólicas, psicológicas, psicoanalíticas, etc.) e incluso especialistas particulares se han ocupado de su estudio. He aquí algunas: -"Una religión es un sistema unificado de creencias y de prácticas relativas a las cosas sagradas, es decir, a las cosas que se ponen aparte y se prohíben; y un sistema de creencias y de prácticas que unen dentro de una comunidad moral única llamada Iglesia a quienes se adhieren a Jesucristo" (Emile Durkheim, 1915). -"Una religión es un sistema de ideas, de actitudes, de creencias y de actos basados en lo sobrenatural" (Norbeck, 1961). -"Una religión es un conjunto de formas y de actos simbólicos que vinculan al hombre con las condiciones últimas de su existencia" (Bellah, 1964). -"La religión es un conjunto de rituales, racionalizados mediante el mito, que convoca a las fuerzas sobrenaturales con el objeto de alcanzar o de evitar transformaciones en el status del hombre y de la naturaleza" (Wallace, 1966). -"La religión es una institución que consiste en la interacción de patrones culturales con patrones que extienden lo cultural a los seres sobrehumanos" (Spiro, 1966). -"La religión es un sistema de símbolos que funciona para establecer potentes, intensas y duraderas actitudes y motivaciones en el hombre mediante la formulación de conceptos de orden general acerca de la existencia, y de la atribución a estos conceptos de tal aura de posibilidad que las actitudes y motivaciones parecen enteramente reales" (Geertz, 1966). -"La religión se refiere a todas las nociones e ideas, explícitas e implícitas, aceptadas como verdaderas, que se relacionan con una realidad que no puede ser verificada empíricamente" (Van Baal, 1971). -"La religión es un sistema de símbolos que orientan su acción en referencia a necesidades últimas y a una realidad de orden superior... La religión es tanto una ideología como el sistema de símbolos y de instituciones en las que vive y en las que es comunicada" (Feuchtwang, 1984). Seguidamente vamos a ver las ciencias fundamentales de la Religión: • Historia de las Religiones: Estudia e interpreta los orígenes, la evolución histórica y las interrelaciones entre las diversas tradiciones religiosas. • Antropología de las Religiones: Estudia e interpreta los aspectos y elementos rituales, mágicos, simbólicos y culturales del pensamiento religioso y de cada tradición religiosa. • Sociología de la Religión: Estudia la dimensión comunitaria, institucional, política y social de la religión. • Filosofía o fenomenología de la Religión: Estudia los aspectos metafísicos , fenomenológicos, ideológicos y éticos de la religión. • Teología: Estudia la dimensión institucionalizada, ritualizada y normalizada, a través de asociaciones sacerdotales y eclesiales complejas, de la religión. En la actualidad, numerosos especialistas defienden la unión disciplinar de la Historia, la Antropología, la Sociología, la Fenomenología y la Psicología de las Religiones, en una Ciencia de las Religiones general, de intereses y métodos multidisciplinares, como único medio de aprehender la compleja dimensión de los fenómenos religiosos. A partir del siglo VI antes de Cristo, el tiempo eje según Karl Jaspers, fueron apareciendo las grandes religiones, o religiones universales, que han perdurado hasta la actualidad y que acogen a los creyentes actuales. En ellas pueden distinguirse dos grandes familias. La primera familia comprende las religiones del Extremo Oriente (hinduismo y budismo), llamadas religiones de orientación mística, que se caracterizan por tender a representar lo divino como el fondo absoluto de la realidad con el que el hombre, tras una laboriosa purificación, debe identificarse o en el que debe disolverse. La segunda gran familia abarca las religiones nacidas en el Medio Oriente, y difundidas después hacia Occidente (judaísmo, cristianismo y islamismo), las llamadas religiones proféticas, y se caracterizan por la forma marcadamente personal de representarse lo divino y la tendencia a describir la relación con Dios en términos de diálogo, alianza, amor y obediencia personales. La tarea problemática de definir la religión está en relación sobre todo con el método empleado en los estudios histórico-religiosos. El panorama que presentan hoy los estudios de la religión muestra que en el método aplicado en este campo se reflejan la multitud de apriorismos y reduccionismos, la posibilidad de descripciones y comprensiones valorativas, la legitimidad de una definiciones esenciales y normativas, el significado de la autonomía y especificidad de la religión y, en fin, el de la función social y cultural que la misma religión asume. Las diversas escuelas y tendencias de la historia de las religiones están vinculadas a diversas definiciones, con lo cual quedará claro que definir la religión no es nunca una operación ingenua e inocente, sino fruto de una opción que tiende con frecuencia a traducirse en una apuesta sobre la validez de una determinada perspectiva metodológica. Desde la antropología, la definición de religión ha resultado compleja e insatisfactoria para la mayoría de los autores como lo pone de relieve la querella que en los orígenes mismos de esta disciplina se originó en el intento de lograrla. Además, en el caso de la religión se da especialmente la presencia de una especial y subjetiva perspectiva biográfica. Por ello, las definiciones antropológicas de religión no son nunca neutras, objetivas y universalmente válidas, sino perspectivistas. De hecho una definición de religión que abarcara todas las tradiciones y puntos de vista sería una definición diluida que no complacería a nadie. El carácter funcionalista de muchos antropólogos les ha llevado a no pretender formular definiciones esencialistas de la religión, sino que se han dado por satisfechos con definir su función social o cultural; es decir, para el antropólogo social, la religión es lo que la religión hace. Desde la sociología de la religión, se han distinguido varios tipos de definiciones de religión, como las evaluativas (que describen lo que en opinión de tal o cual autor debe ser la religión, exponiéndolo frecuentemente con expresiones como "lo que la religión es realmente" o "lo que la religión es fundamentalmente"), y las descriptivas o esencialistas, que designan ciertos tipos de creencias o prácticas como religiosas, absteniéndose de valorarlas o de explicar su función e intentar descubrir si otras creencias y prácticas realizan funciones semejantes. Bajo la influencia de Durkheim, los sociólogos de la religión elaboraron una definición de la religión llamada funcional. Consiste en definir la religión en términos de su función social, concretamente en proporcionar la matriz del significado a la sociedad. La religión sería así un sistema para la interpretación del mundo que articula la autocomprensión de la comunidad, su lugar y la tarea que le corresponden en el universo, y enmarca la perspectiva en que las personas se ven a sí mismas y sus relaciones con la sociedad y la naturaleza. La religión es el símbolo que ofrece una interpretación total del mundo y relaciona a las personas con las condiciones últimas de su existencia. Esta definición funcional de la religión presenta cierta afinidad con la idea de 'preocupación última' propuesta por Paul Tillich, al que Parsons y Bellah citan. Pero Tillich utiliza la noción de 'preocupación última' en sentido normativo. La única preocupación última auténtica y no contradictoria es para Tillich la idea de Dios más allá del Dios empañado por el lenguaje y las instituciones. Peter Berger ha mantenido a veces también esta manera de pensar funcionalista sobre la religión, si bien advierte a los sociólogos contra su uso indiscriminado. Berger no se sitúa plenamente en la línea de la definición funcional, al constatar que el hecho religioso se relaciona con una realidad sagrada que se sitúa más allá del tiempo. La religión para Berger es el palio sagrado extendido sobre la fragilidad y la vulnerabilidad de la existencia humana, cuyo paradigma es la misma muerte. Al igual que Heidegger, Berger ve en la angustia del hombre ante la muerte y la mortalidad el rasgo definitorio de la existencia humana. La única fuerza capaz de hacer frente a esta angustia es la religión, pues sólo la religión habla de dioses inmortales, de un mundo superior, de un ámbito trascendente. Es lo que los sociólogos ha llamado definición sustantiva de la religión. Los sociólogos que mantienen la definición sustantiva reconocen claramente el impacto social de la religión, pero atribuyen a ésta como característica esencial la relación que ésta establece con el mundo invisible, definición más acorde con el uso común del término. Así para Weber, el conocimiento de la religión permanece incompleto mientras no se atienda al significado que tiene para los creyentes. Y el mismo Parsons, que había desarrollado la postura funcionalista, observa que ésta lleva fácilmente a olvidar que la religión no se agota en su dimensión social y que entraña de hecho una referencia al mundo invisible. Las principales definiciones y aproximaciones actuales a la definición de religión pueden bosquejarse en torno a las siguientes tendencias: tendencia histórico-positiva europea, la escuela de Marburgo, la escuela de Chicago, la escuela de Lancaster y el grupo de Groninga. Tendencia histórico-positiva europea La primera gran tendencia en el estudio de la historia de las religiones está hoy representada por varios eminentes estudiosos europeos, entre los que destacan el italiano U. Bianchi y el alemán K. Rudolph, discípulos, respectivamente, de R. Petazzoni y W. Baetke. El enfoque que sigue esta tendencia de carácter histórico-positivo, con el correspondiente problema de llegar a una definición de religión, ha sido expuesto varias veces por el propio U. Bianchi, el cual ha destacado especialmente que la investigación positiva de la religión exige la problematización de toda definición previa de religión. Es una aporía inherente a cualquier estudio histórico-religioso llegar a formar por sí mismo un concepto de religión, y que al mismo tiempo se deba presuponer necesariamente alguna definición del objeto para iniciar la investigación. Por eso, para Bianchi, toda posible definición de religión tiene que nacer de la concepción presente en lo que la propia cultura llama religión, punto de partida del camino del estudio y del punto de llegada de la propia investigación histórica. Para llegar a una definición no apriorística de religión hay que situarse en un contexto en que la definición se confronte continuamente con el progreso que proporciona el conocimiento histórico del objeto. La religión resultará así un análogo o un universal histórico. No se da aquí, pues, propiamente hablando, una auténtica definición, sino únicamente una definición que se va formando en la relación concreta con la historia y en la consideración de las afinidades y analogías entre los hechos religiosos. En este contexto, toda definición concreta resulta sospechosa, ya que podría contaminar o disipar por completo la investigación histórico-positiva al introducir, de manera más o menos camuflada, una serie de apriorismos y reductivismos que no forman parte de la realidad de la historia. Esta caracterización de la religión dentro de los estudios histórico religiosos y la consiguiente postura metodológica son compartidas sustancialmente por A. Brelich, G. Lanczkowski, H. Ringgren, Z. Werblowski, G. Widengren y el citado K. Rudolph. La escuela histórico-positiva Esta escuela se sitúa en el lado opuesto de la objetividad en la investigación histórico-religiosa. Nacida por los años veinte bajo el influjo de la R. Otto y su obra Lo santo, pone su ideal de la comprensión y participación y piensa que la religión debe ser estudiada a partir de su verdadero núcleo, es decir, de la experiencia religiosa. Esta escuela propone una definición intuitiva, esencial, ostensiva y hermenéutico-teológica de la religión, encargándose de aproximar la historia de las religiones a la teología de las religiones, con el convencimiento de que comprender la esencia de la religión significa participar en su verdad. El recurso a la compenetración y a la comprensión como criterios fenomenológico-hermenéuticos hace que esta escuela no hable de definir, como si la religión fuera un objeto entre otros, sino de comprender, intuir y participar el mundo religioso. Estas actividades señalan como líneas maestras de la comprensión de la religión las siguientes: el convencimiento de que la religión se entiende a partir de la experiencia religiosa y del presupuesto de que tal experiencia es significativa para el hombre que la vive; la tesis de que, si la religión es experiencia religiosa, el estudioso de la religión debe compenetrarse con el hombre religioso ya que sólo dentro del campo de escucha religioso es posible captar significados religiosos; la experiencia religiosa se caracteriza como sentido de lo sagrado, lo cual le distancia de todos los reduccionismos psicológicos, sociológicos, históricos o económicos; y el sentido de lo sagrado posee su propia intencionalidad real, es decir, es un sentimiento al que responde una auténtica realidad. La escuela de chicago Se puede afirmar, a partir de ciertos rasgos, que la escuela de Chicago nace como continuidad de la de Marburgo, por el programa hermenéutico que ambas desarrollan. Históricamente nació a partir de la actividad de J. Wach, discípulo de Heiler, quien emigró de Alemania a los Estados Unidos y allí imprimió su huella en los estudios de historia de las religiones que ha emergido con su mayor relieve con Mircea Eliade. No es posible buscar una definición de religión en M. Eliade ya que para él la religión tiene una identidad propia que se reconoce intuitivamente y cuyas estructuras no son funciones de una cultura particular, sino el sustrato profundo de la misma antropología. La concepción fundamental sigue siendo la de Marburgo: lo sagrado como experiencia primordial, auténtica, irreducible, de la que es necesario extraer una teoría comprensiva del homo-religiosus. No obstante, en general, en la escuela de Chicago hay un mayor afinamiento de los criterios hermenéuticos para abordar el mundo religioso, una nota más antropológica, en cuanto que tiende a entroncar lo sagrado y sus representaciones en las dimensiones humanas más profundas, una mayor gama tipológica, descriptiva y paradigmática, de las formas religiosas. En el prólogo de su obra, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, M. Eliade ofrece una cuasi definición positiva de la religión en el marco de la investigación histórico-religiosa: "En historia de las religiones, toda manifestación de lo sagrado es importante. Todo rito, todo mito, toda creencia o figura divina refleja la experiencia de lo sagrado, y por ello mismo implica las nociones de ser, de significación y de verdad". El grupo de Lancaster Una línea importante para los estudios y definición de la religión es la surgida en 1967, en el Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Lancaster, bajo la dirección de N. Smart. El concepto de religión con que trabaja esta tendencia se distingue en su enfoque multidisciplinar, al considerar la religión como una experiencia religiosa que afecta al hombre en su totalidad, con lo cual se hace intervenir a todas las ciencias humanas, incluida la historia de las religiones, y por utilizar una definición axiológica de la religión sin comprometerse por ello en lo que afecta al valor de verdad de la religión misma. El grupo de Groninga La GroningerArbeitsgemeinschaft zum StudiumderGrundfragenundMethodenderReligionswissenschaft ha llevado a cabo una revisión global de la ciencia de las religiones. Una de las principales publicaciones de este grupo es Religion, Culture and Methodology, dirigida por Th. P. Baaren y H. J. W. Drijvers. El grupo está sustancialmente de acuerdo en definir la religión como función de la cultura, reuniendo elementos de la definición dada por C. Geertz y E. Spiro. Se trata de una definición con trasfondo sociológico, pero que no quiere reducir la religión a su elemento social, sino más bien constituir una protesta contra el absolutismo teológico. Así, afirma que, para poder estar en condiciones de hablar de religión, es necesario que exista un grupo de personas con un mínimo de institucionalización y un mínimo de formas rituales. Sólo mediante la observación del comportamiento en el ámbito de la sociedad, se puede recuperar un carácter científico objetivo en el estudio de la religión. Por ello el grupo rechaza todo intuicionismo en este campo como inútil en una discusión científica y sin carácter operativo en la investigación científica. La exclusión de todo presupuesto filosófico o religioso debería ser el punto de partida y el primer compromiso para la seriedad de cualquier estudio de la religión. No obstante, la unanimidad entre el grupo no es total ya que Waardenburg, uno de sus más destacados representantes, preocupado por el significado de la religión en la cultura, considera que éste no puede ser un dato objetivo, sino que se comprende en relación con el sentido último de la vida y constituye simbólicamente la autoexpresión de la existencia humana. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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