viernes, 5 de diciembre de 2025

ENSAYO, El latín y su Literatura Clásica.

Ya de entrada, avisaremos de que a continuación, aunque no se van a tratar aspectos de la Historia de la literatura latina, sí se van abordar otros aspectos, que muy bien podrían determinar a la Historia de la literatura latina. Por ello, nos vamos a despachar largo y tendido sobre la Gramática latina. Pues, ¡bien!, así empezaremos este discurso. Una de las consecuencias metodológicas más interesantes que se pueden extraer de los gramáticos clásicos, especialmente los latinos, para la enseñanza de la Lingüística, es precisamente lo que podríamos titular "cómo se hace una gramática". Es imprescindible la Introducción, en la que se plantea la cuestión de si el lenguaje se origina por naturaleza, convención, analogía o anomalía y se discuten las interpretaciones de Platón y Aristóteles. La línea propiamente tradicional es aristotélica, convencionalista, y se mueve entre un analogismo mitigado y el anomalismo. La Gramática clásica se divide en sus partes tradicionales: Prosodia , Etimología , Analogía y Sintaxis . Los gramáticos anomalistas, más tarde, construyen una Etimología de tipo morfológico y lexicológico, que pierde sus aspectos analógicos de justificación semántica y engloba a la antigua Analogía. Lo esencial del tratamiento de esta parte, que pasará a llamarse Morfología , es el tratamiento de las ocho partes de la oración: nombre, verbo, participio, pronombre, adverbio, preposición, interjección, conjunción. El adjetivo sustituirá al participio (o convivirá con él), y lo mismo ocurrirá entre interjección y artículo. De este modo, el número de partes de la oración oscilará entre ocho y diez durante unos dieciséis siglos. Las partes de la oración son básicas en toda gramática no sólo para la Morfología, sino también para la Sintaxis. En el análisis morfológico se tienen en cuenta: 1) La categoría . 2) Sus consecuencias y accidentes, en las clases de nombre y verbo: nombre: género, número, caso, especie (para la clasificación de primitivos y derivados) y figura (para la división en simples o compuestos). verbo: modo, tiempo, número, persona, género, especie y figura. La Sintaxis tradicional sigue una concepción sintagmática, de unión de un vocablo con el antecedente o el siguiente. Las nociones fundamentales son las de régimen, que desarrollará Alexander de Villa Dei, en 1199, y concordancia. La importancia de la Retórica impone un apéndice en el que, según el modelo de Donato, se habla de barbarismo, solecismo, metaplasmo, esquemas oracionales y tropos. Su finalidad es prioritariamente normativa, más que estética. A partir del siglo V a.C. tenemos ya noticias de una preocupación acerca del lenguaje en el mundo griego. Esta preocupación está naturalmente vinculada a la especulación filosófica que, como se sabe, nace en la civilización helénica con mucha fuerza y tiene ya en el siglo IV a.C. con la figura de Platón (427-347 a.C.), a uno de los filósofos más notables de todos los tiempos. Al mismo tiempo, esta corriente de preocupación por el lenguaje se va plasmando en otro tipo de actividades, ahora no de carácter especulativo y teórico, sino de índole más práctica y dominio más restringido: nos referimos a la acción de todos los conservadores, transmisores y correctores de textos literarios, ocupados en fijar por escrito la gran literatura griega, transmitida originariamente por vía oral. No hay Literatura sin texto y, puesto que éste requiere para su interpretación una labor previa de fijación, o sea, de crítica textual, podemos decir que no hay Literatura sin Filología , en el sentido más amplio del término. Ya en el siglo I a.C., Dionisio el Tracio, al estudiar las partes de la Gramática, en la línea de su maestro, el célebre filólogo alejandrino Aristarco de Samotracia afirma que la sexta parte es la dedicada a examinar críticamente los poemas y la considera la culminación de las cinco anteriores. Tampoco olvidemos, porque está en el nombre mismo de la nueva técnica, que el nombre Gramática está directamente relacionado con la capacidad de escribir: gramma es una palabra griega que significa 'letra'. Los griegos supieron construir unos esquemas rigurosos, unos modelos que pudieron aplicarse, no sólo a las lenguas indoeuropeas, como el latín, las lenguas germánicas, bálticas o eslavas, sino a las lenguas indoamericanas, más tarde. Téngase en cuenta que no hablamos ahora de que ese modelo fuera perfecto y definitivo, desde el punto de vista científico, sino de que se tomó como tal y se mantuvo, básicamente, hasta nuestro siglo. La nueva ciencia se llamaría Lingüística . Arranca de los griegos un modelo teórico, lógico-filosófico, especulativo, junto con un modelo aplicado, normativo, escolar, vigente en lo fundamental hasta mediados del siglo XX y todavía no sustituido por completo. El primer modelo se preocupa por la conexión del lenguaje con el pensamiento, por las categorías universales, las partes de la gramática, mientras que el segundo se preocupa de la corrección, a partir del ejemplo que ofrecen las autoridades del idioma, los grandes autores, en un momento en el que todo lo que se escribe se considera en conjunto, sin establecer diferencias entre un texto científico y un texto literario. La obligación de cualquier escritor era hacerlo bien y para ello tenía que seguir unas normas, impuestas en la escuela. Roma heredará esta concepción y la transmitirá a las escuelas medievales. Aprender a leer será aprender también a conocer un texto modelo, una manera ejemplar de escribir y unas construcciones que se deben copiar. Los autores imitables, las autoridades del idioma, son los clásicos. No significa esto que el modelo especulativo no tuviera un carácter también aplicativo. Ni los conocimientos científicos de la época ni el modelo de sociedad permitían el desarrollo de un pensamiento teórico en el sentido de una lingüística inmanente, que, de hecho, será una de las grandes innovaciones de Saussure en el segundo decenio del siglo XX. La Filosofía, el Foro y la Literatura son los tres ejes en torno a los cuales gira esta especulación gramatical. Se trataba de una gramática, por una parte, de contenido, de relación de categorías mentales y categorías lingüísticas, y por otro lado de expresión. Para cumplir estas finalidades se dividía en cuatro partes: 1) La Prosodia trataba de los sonidos y lo significativo de las diferencias entre ellos, pero sin estudiar la oposición de unos a otros para aislar unidades, innovación que habrá de esperar hasta después de 1920, con la Fonología estructural. Podríamos definirla como un tipo de Fonética con algunos puntos de pre-fonología. 2) La Etimología se ocupaba del origen de las palabras; pero no en el sentido que tiene ahora esta definición, sino en el de la relación entre los nombres y las cosas. Abarcaba así los problemas de la convención o motivación, anomalía y analogía en la relación entre el objeto, la cosa, y el nombre, así como el de las derivaciones, aunque de manera muy poco fiel, por falta de mecanismos de análisis. 3) La Sintaxis trataba de las frases en lo que hoy llamaríamos su estructura superficial: construcción de la oración y clases de oraciones. Es una sintaxis de tipo muy morfológico, a lo que ayuda también la estructura de la lengua griega, con la posibilidad de asignar funciones sintácticas a las formas gramaticales de los casos. No se trata de lo que podemos entender hoy por Sintaxis, que es más bien un sistema de reglas y principios. 4) La Analogía, por último, aunque está relacionada con las construcciones morfológicas y, con el paso del tiempo, será la ciencia que corresponde a la Morfología tradicional, no era en principio lo mismo. Ya desde el nombre arrancaba de un intento de explicar ciertos elementos lingüísticos de modo analógico, no convencional. Se trataba en ella de acercarse a los elementos o características motivados de la lengua natural a través del estudio de las partes de la oración, o sea, por la caracterización formal y funcional de los distintos elementos oracionales. No olvidemos que el problema fundamental era el del origen del lenguaje y el estudio de las estructuras lingüísticas era un modo de buscar una respuesta a esa pregunta. Más que de partes de la oración tendríamos que hablar de partes de la proposición lógica que enuncia un juicio: Ps, "predicado se da en sujeto", "Leónidas es hombre: la hombría se da en Leónidas". Todavía hoy se conserva esta notación en Lógica. De acuerdo con ello, Platón distingue ónoma 'nombre' de rhêma 'verbo', como sujeto y predicado lógicos. Aristóteles (384-322 a.C.), en su Poética, nos permite comprobar también que esa distinción es más lógica que morfológica: ónoma es el nombre como sujeto y rhêma es "siempre la expresión de aquello que se dice de otro, es decir, de un sujeto (sustrato) o de aquello que está en el sujeto". Los griegos no llegan a establecer unidades estrictamente lingüísticas, como habían hecho los gramáticos del indoario antiguo, quienes ya podían analizar una unidad mínima dotada de significado, es decir, un monema o morfema, que podían dividir en dos tipos, uno con significado léxico, o raíz, y otro con significado gramatical (flexivo), o desinencia. Los griegos, en cambio, tenían como unidades dos, procedentes del análisis de la lengua escrita: la letra y la palabra. La demostración de la propiedad de las palabras se consigue, según los interlocutores, aplicando el método etimológico. Estas etimologías, que llegan hasta la ciencia etimológica actual de modo mucho más científico y depurado, son en la Edad Antigua y Media, y todavía en la Moderna, una mezcla de suposiciones, supersticiones y confusiones. En la Lógica de Aristóteles se plantea ya de otra manera la relación entre el objeto y su expresión lingüística. Por un lado se advierte que las impresiones psíquicas, como imágenes de las cosas, "son las mismas en todos", la base que permite que todas las lenguas humanas sean intertraducibles. Los signos de esas impresiones psíquicas son las expresiones lingüísticas. La relación entre expresión lingüística e impresión psíquica, que se refiere a la cosa, es convencional, negándose expresamente el significado de los componentes. Como ciencia, la gramática efectúa pocos progresos, aunque en la Poética (cap. III especialmente) se desarrollan algunos puntos. No se divide la Gramática; pero sí se deslindan algunas categorías: "Las partes de toda suerte de habla son éstas: elemento, sílaba, nombre, verbo, palabra de enlace, artículo, caso, palabra". Una gran heterogeneidad preside la enumeración anterior. En ella, elemento viene a coincidir con "letra", sílaba es la combinación de vocal y semivocal o muda, sin significación. En lo que concierne a la definición de las voces, la conjunción o palabra de enlace es voz no significativa que une voces significativas, mientras que "artículo es una voz no significativa, la cual muestra el principio o el fin, o la distinción de la palabra; v. g.: Lo dicho, acerca de esto, etcétera". Ésta categoría sólo aparece en la Poética y en la Retórica , por lo que ya desde antiguo la crítica ha negado que fuera formulada por Aristóteles (Steinthal, en 1890). El nombre es voz significativa sin tiempo y compuesta de varios elementos, que no mantienen su significación separados. El verbo es voz significativa con tiempo, también compuesta. El caso (ptôsis) no es exactamente la flexión nominal y verbal, aunque así es como podemos interpretarlo; se refiere sencillamente a las variaciones que sufre la forma fundamental de una palabra, no solamente por flexión, sino también por traslación o cambio de categoría, la adverbialización por ejemplo, o por composición lexicológica. En cuanto a la palabra, definida como "voz compuesta significativa, de cuyas partes algunas significan por sí, más no siempre con tiempo, porque no toda palabra se compone de nombres y verbos", se trata en realidad de una definición sintagmática, que corresponde a una extensión amplia entre la unidad léxica y la unidad sintáctica. Nombre, verbo y palabra de enlace o conjunción (syndesmoi) son las categorías que parecen más claras en Aristóteles. Las cuatro partes, con el artículo, no aparecerán con claridad hasta los estoicos. A la generación anterior a su fundador pertenece Epicuro(341-270 a.C.), interesado en la discusión sobre el origen del lenguaje. El movimiento estoico corresponde a la época política postalejandrina. Su fundador, Zenón de Citio, era de origen semítico, fenicio y bilingüe. Autores como Robins han señalado el interés que este bilingüismo, con una lengua no indoeuropea, por otra parte, pudiera tener y su influencia en el desarrollo de su gramática. Desgraciadamente, los testimonios que tenemos de los estoicos son posteriores e indirectos, a través de la obra de Diógenes Laercio, De vitisphilosophorum. Con todo, sabemos que su especulación etimológica los lleva al origen natural del lenguaje, aunque son anomalistas para explicar la relación entre palabra o expresión lingüística y cosa u objeto en las lenguas humanas que conocen. El movimiento estoico, como las otras escuelas griegas posteriores, repercutirá además en la gramática latina. Si repasamos brevemente sus aportaciones, vemos enseguida que son mucho más concretas que las de Aristóteles. Restringen la flexión a los cinco casos del nombre, frente a la pluralidad de mutaciones que señalábamos en Aristóteles, por ejemplo, y se ocupan de las clases de verbos y sus accidentes, especialmente la voz, a la que se dedicaron Diógenes Babilonio y Crisipo (II a.C.). En el siglo I a.C., Antípater de Tarso añadió la voz media. Con ellos quedan configuradas, por tanto, las categorías morfológicas, de un lado, y las partes de la oración, de otro. A las primeras, para el sustantivo, corresponden número, género, caso, mientras que en las segundas tenemos el nombre, que es el nombre propio, para expresión de la cualidad individual, "ser Sócrates", el apelativo, para expresar la cualidad general, "ser un caballo", el verbo, la conjunción y el artículo, categoría a la que corresponden el artículo determinante del griego así como los personales y los posesivos. Lo que se va desarrollando, en consecuencia, es un modelo de análisis del lenguaje, más interpretativo que creativo. Este aspecto se completa en la parte especulativa con el desarrollo de las intuiciones aristotélicas en una primera posible teoría del signo, en la que por un lado se distingue el objeto y por otra el designador y lo designado, como significante-significado. Así se transmite esta diferencia ya en la obra de un pensador escéptico, Sexto Empírico, Adversusmathematicos, quien nos transmite los puntos de vista de los estoicos para discutir sobre ellos. El desarrollo del pensamiento de Aristóteles corresponde sin embargo más a otra escuela, la de los neoplatónicos, uno de cuyos representantes más ilustres, Porfirio, compuso uno de los libros más influyentes en ciertas corrientes de pensamiento medieval, la Eisagoge (introducción) a la teoría de las categorías de Aristóteles. Este libro, difundido gracias al comentario medieval de Boecio, es la base de la disputa de los universales. Paralelamente al desarrollo del movimiento estoico y el neoplatónico va evolucionando el movimiento helenístico. Sus dos escuelas principales, la de Alejandría y la de Pérgamo, difieren en que los primeros son analogistas, consideran esencial la regularidad del lenguaje humano, mientras que los segundos son anomalistas, más preocupados por la irregularidad. Téngase en cuenta que los filólogos, en la crítica textual, se enfrentaban con una gran variedad de formas, en principio merecedoras de atención y crítica, por formar parte de la tradición. Ante ellas no cabía propiamente el modelo normativo, sino que era necesario realizar una previa labor de recogida y clasificación. Se origina así el modelo descriptivo, que tan extraordinaria importancia tendrá en la evolución de la gramática y cuya validez todavía hoy es indiscutible. Aunque parece ser que los principios de esta escuela estaban ya establecidos en la obra de Aristarco de Samotracia, la Gramática de Dionisio el Tracio, donde ya aparece el título de Têchne ("arte" en la versión latina, pero claro antecedente de "técnica"), es la primera gran obra específica y explícitamente gramatical, al menos que conozcamos. Encontramos en esta obra seis apartados básicos, que corresponden a la lectura con pronunciación correcta, la explicación de giros, la transmisión de glosas y ejemplos mitológicos, la etimología, la analogía y el examen crítico de los poemas. Se presenta lo gramatical, pues, en relación con la crítica textual, o sea, lo filológico, dentro de una preocupación por la corrección que nos sitúa en los primeros desarrollos completos del modelo prescriptivo o normativo. Las partes de la oración son ya ocho: a las cuatro que conocemos —nombre, verbo, palabras de enlace y artículo— se añaden adverbio (epírrêma), preposición(próthesis), participio (metochê) y pronombre (antinymía). En lo que se refiere al artículo, ya desde los estoicos se encuentra la distinción entre definidos (risména) e indefinidos (aoristides). Entre los primeros se incluyen los personales, entre los segundos los relativos. El concepto de adverbio parece en principio una de las adiciones más interesantes; pero se queda en un cajón de sastre, por la excesiva amplitud de su definición: "adición al predicado". Tampoco queda muy clara la distinción entre preposición y relacionantes, que se interfieren continuamente. Gramáticos alejandrinos posteriores, como Apolonio Díscolo(s. II d.C.), en su Sintaxis, llegarán a establecer diecinueve tipos de relacionantes. El concepto de pronombre, por su parte, surge confundido con el de artículo, originariamente. Se distinguen los deícticos y los anafóricos. También se tenía en cuenta una forma que no se consideraba parte de la oración, la interjección, a la que llamaban álogoi 'excluida del discurso', si bien algunas de ellas, en la obra de Dionisio, figuraban entre los adverbios. Dionisio el Tracio y Apolonio, cuya obra fue continuada por su hijo Herodiano, influyeron directamente en la gramática latina. A partir de este momento nos movemos ya en una continuidad de tratadistas y de influencias. Habrán de pasar muchos siglos para que los tres modelos se alteren, y la gramática sea mayoritariamente especulativa o normativa; pero no faltarán muestras interesantes del modelo descriptivo. Será necesario esperar al siglo XIX, con antecedentes en el XVIII, para la incorporación del modelo comparativo y el tipológico tras él, sin que ninguno de los que desarrollaron los griegos desaparezca. El tratado De lingua latina de Varrón (116-27 a.C.), la primera muestra de la gramática latina, recoge influencias helenísticas, aunque no el influjo, al menos destacable, de su casi coetáneo Dionisio el Tracio. Para encontrar una versión completa adaptada al latín de la obra de éste habrá que esperar al siglo I d.C., con la obra también perdida, pero conocida, de Remmio Palemón. De los veinticinco libros del tratado de Varrón se nos conservan seis (5-10), suficientes para hacer lamentar la pérdida de los restantes, no sólo por su relativa, aunque interesante, originalidad, sino por las muchas noticias de otros gramáticos que, gracias a él, se nos conservan. Sabemos que dividió su obra en Etimología, Analogía y Sintaxis, aunque la última no se nos ha conservado. En lo que concierne a las partes de la oración, Varrón muestra su originalidad. Las divide, con un criterio morfológico que el lingüista danés Jespersen, muchos siglos después, encontrará ingenioso, en cuatro grupos, según la inflexión de caso y tiempo: a) Palabras con caso (nombres), categoría a la que corresponden el sustantivo, el pronombre y el adjetivo. b) Palabras con tiempo (verbos). c) Palabras con caso y tiempo (participios). d) Palabras sin caso ni tiempo (adverbios y partículas). Esta originalidad se extiende también a la terminología. Así, por ejemplo, para resolver la incomodidad del uso polisémico de verbum, que en latín significa tanto 'palabra' como 'verbo', acuñará el término verbum temporale, que hará fortuna, como muestra el alemán Zeitwort, que es su transposición exacta. Aunque los retóricos, como Quintiliano (I d.C.) y los padres de la Iglesia, posteriormente (como San Gregorio Niceno o San Agustín), se ocupan de cuestiones gramaticales, su importancia en este terreno es mucho menor que la de las dos grandes figuras que constituyen la transición de la Edad Antigua a la Media, Ælio Donato (IV d.C.) y el bizantino Prisciano (VI d.C.), en los que se realiza también la síntesis de la gramática greco-latina. La ArsGrammatica de Donato se convirtió en el manual elemental durante los siglos en los que —no lo olvidemos— aprender a leer era aprender a leer en latín y por tanto, cuando éste ya no era la lengua hablada, significaba "aprender latín". Cuando se habla del Donato se quiere significar, generalmente, la versión abreviada, la Arsminor, donde se ocupa de las ocho partes de la oración, con sus paradigmas, en forma de preguntas y respuestas, frente a la Arsmaior o versión completa, menos reproducida. La primera parte se dedica a vox, littera, syllaba, pedes, toni, posituræ, es decir, a la noción de palabra y las bases prosódicas necesarias para la métrica. En la segunda se tratan las clases de palabras (nombre, pronombre, verbo, adverbio, participio, conjunción, preposición, interjección); pero se suprimen los paradigmas y se amplía la discusión de problemas teóricos, bien sobre clasificaciones, o sobre cuestiones formales, como los comparativos irregulares. La tercera parte es una retórica y se dedica a barbarismos y solecismos, así como a tropos y otras figuras. Como incluye citas para ejemplificar cada punto estudiado se convirtió en un resumen de autoridades. El gran modelo, a partir del siglo VI y hasta las InstitutionesLatinæ de Elio Antonio de Nebrija (nótese el nombre latino inicial igual a Donato), serían las Institutionesrerumgrammaticarum de Prisciano, cuyos dieciséis primeros libros forman el Priscianusmaior y los dos últimos, dedicados a la constructio, se llaman Priscianusminor y se reprodujeron con frecuencia independientemente, como tratados de Sintaxis. Inicialmente tuvo más relevancia otra obra, la Institutio de nomine et pronomine et verbo, porque, entre otros méritos, clasifica con claridad las declinaciones, abandonando el complejo y oscuro sistema de géneros de Donato. Y, ahora sí, vamos a ver determinadas cuestiones de las Historias literarias, que bien podrían aplicarse al estudio de Historia de la literatura latina. En el pasado, bajo la denominación de literatura se incluía cualquier forma de texto o de mensaje codificado por medio de la escritura. La especialización del término en el sentido que hoy le damos sólo tuvo lugar ya entrado el siglo XVIII, cuando con literatura comenzó a aludirse a todos los escritos de una nación que respondían a impulsos de orden artístico o estético; con todo, sólo en el siglo XIX y a través de la profundización en los estudios de Estética, se asentaron las ideas desarrolladas por Kant en su KritikderUrteilskraft de 1790. Fueron los críticos románticos quienes acabaron de cimentar la idea de que la Literatura se interesa por las obras de arte del lenguaje, transmitidas por escrito o a través de la palabra pura. Mientras en el pasado habría sido imposible hablar de literatura oral, hoy la oralidad es uno de los ámbitos de estudio más gustados por los historiadores de la literatura y los filólogos. Aun después de dejar sentadas estas premisas, las dificultades continúan al delimitar el espacio propio de la Literatura, que no sólo ha oscilado a lo largo del tiempo sino que además muestra su inestabilidad en el presente; de hecho, resulta arduo establecer los límites del fenómeno literario en géneros como el ensayo, la escritura científica, la historiografía en sus diversas formas (particularmente la biografía), el periodismo y el arte epistolar. Los textos literarios son estudiados por varias disciplinas, generales o específicas: la primera de todas es la Gramática, desde el momento en que la obra literaria se atiene a las reglas de la lengua en que está compuesta; la segunda es la Retórica, que regula la composición de toda forma de discurso, y muy especialmente el literario por la riqueza y variedad de figuras de dicción y pensamiento de que se sirve; por fin, la Poética es exclusiva de los textos literarios y enseña a componer de acuerdo con unos determinados patrones genéricos. Estas tres ciencias para el estudio de la literatura nos revelan cuál es su esencia: el lenguaje, elaborado de un modo que lo convierte en una obra de arte, al superar su mera función informativa. Hay toda una serie de rasgos característicos de las obras literarias (como la función poética, estudiada por Jakobson) que permiten referirse al lenguaje literario en abstracto; sin embargo, las infinitas formas de plasmar dicho lenguaje determinan los lenguajes particulares de época, de género y de autor. En estos casos, y particularmente en el último, hablamos de estilo. Pertrechados de herramientas de tipo lingüístico, los autores abordan temas que, a nuestros ojos, revelan un grado de originalidad diverso, pues hay épocas y escuelas, como también hay géneros y artistas, que gustan de volver una y otra vez sobre unos mismos asuntos o motivos. Esto es lo que se desprende de una lectura amplia de los trovadores occitanos o de la lírica de los cancioneros castellanos del siglo XV; lo mismo cabe decir de buena parte de los poetas italianizantes del siglo XVI o, en su conjunto, del arte del siglo XVIII. Ciertamente, la búsqueda de la originalidad, de la novedad y de la sorpresa, tal como hoy las entendemos, es característica de determinadas épocas, como el Barroco o diversas generaciones artísticas desde el Romanticismo para acá; con todo, hay mucho de común en los creadores de una misma época, aunque haga falta la perspectiva que brinda el paso de los años para ser capaces de captar la coincidencia en las formas y los temas, en las tendencias y los gustos en general. Los modernos estudios de Antropología, con la Filología y la Historia de la Literatura, han mostrado hasta qué punto hay una continua recurrencia temática incluso en géneros que parecen de una riqueza inagotable, como el cuento popular o folklórico. Los rasgos distintivos del arte de cada época se captan tanto en la manifestaciones plásticas (pintura, escultura, arquitectura y otras formas) como en la literatura, por lo que un estudio conjunto resulta de lo más revelador, como proponen diversas escuelas. En todos esos códigos artísticos hay, en dosis diversas, un propósito estético y didáctico; en particular, a lo largo de los tiempos, la literatura ha perseguido un doble fin: entretener y moralizar; el triunfo de la estética sobre cualquier otra dimensión textual sólo se ha logrado (y eso como planteamiento teórico) a través de un proceso que continúa hasta nuestros días y en el que hay continuos vaivenes. Además, nos consta que cada época se ha acercado al arte, del pasado o contemporáneo, de la manera que más le convenía. En cualquier caso, hemos de aceptar que el arte de todos los tiempos recoge aquello que le interesa del pasado aceptándolo tal como es o distorsionándolo hasta llevarlo a coincidir con su estética propia; no obstante, nunca debe escapársenos que toda época tiene la razón (o, lo que es igual, no se equivoca) en lo que a su arte se refiere. Por ello, si queremos entender cualquier momento histórico, estamos obligados a considerar su producción literaria libres de prejuicios, con independencia de que su literatura coincida o no con los gustos actuales. La transmisión de los textos, desde el pasado hasta hoy mismo, se revela tan tortuosa como accidentanda, con una pérdida constante de obras que se debe a la fragilidad del soporte en que se transmiten, sea éste la pura voz (oralidad pura), la escritura (tradición libraria, manuscrita o impresa) o bien una combinación de ambas (tradición mixta). Las obras literarias nos transmiten la imaginación artística y la ideología de quien las escribió así como su percepción del mundo; no obstante, el autor suele estar supeditado a condicionantes que, en algunas ocasiones, hasta llegan a distorsionar sus principios estéticos e ideológicos. Por supuesto, la presión más fácil de percibir es la que ejerce el público o destinatario, sea uno o múltiple, pues el escritor en ningún caso pretende frustrar sus expectativas y, en definitiva, no suele arriesgarse a perderlo. La relación entre el autor, la obra y su público es diversa y nos transmite una ideología en la que destacan los conflictos de clases, grupos o estamentos; la defensa de nacionalismos, de determinadas dinastías o linajes; en último término, la escritura se revela como un instrumento perfecto para la preservación de una religión o una ley así como para la constitución de castas religiosas. Existen formas de escritura para el gran público (o literatura de masas), manifestaciones populares o folklóricas (transmitidas por cauces orales) y textos nacidos para alcanzar a un puñado de destinatarios (que pretenden complacer a la persona a quien van dedicadas y no circularon posteriormente) o a un grupo selecto de iniciados (como la lírica de la segunda mitad del siglo XX, restringida a un puñado de creadores y lectores avezados). Arriba nos referíamos a la Poética como ciencia que atiende a los principios de creación de las obras literarias; ahora procede señalar que, con independencia de que haya o no una preceptiva escrita, los autores de cualquier época cuentan con una serie de modelos o patrones heredados que les brinda la tradición y que son sometidos a una transformación paulatina, con aciertos y errores, con avances y retrocesos, lo que en definitiva marca los derroteros de la literatura a lo largo de los siglos. Esos modelos de creación (desde la perspectiva del escritor) o pistas para una recepción adecuada (desde el punto de vista del público) son los géneros literarios, que se sirven de la prosa, del verso o de otras formas de escritura híbridas, como el prosímetro, la prosa rimada o el cursus. Los géneros llamados naturales son los que se engloban en la lírica, la épica y el teatro; con todo, hoy hay otro mucho más pujante a pesar de su ausencia de la vieja preceptiva, la novela, junto a otros que, como la sátira muestran su vigor en un determinado momento histórico o a lo largo de los siglos. El estudio de los características del arte de cada momento hace posible la periodización literaria, con la delimitación de grupos o de generaciones, atendiendo a criterios comunes a todas las artes o específicos de la literatura. Éste y los problemas previos entran dentro del ámbito de la Teoría de la Literatura, que también atiende a las numerosas corrientes de crítica literaria que desde la Antigüedad se han aproximado al fenómeno literario. Como se deriva de sus diferentes acepciones, el término “literatura” es claramente polisémico. En su origen, esta voz no tenía el valor específico que limita su uso a las bellas letras, que atañe tan sólo a aquellos escritos que se presentan como obras de arte del lenguaje y cuyo fin es fundamentalmente estético o poético. El Diccionario de Autoridades (1732) recoge aún claramente este valor no restringido o especializado de literatura, pues nos da como acepción primera la que sigue: “El conocimiento y ciencia de las letras”; sobre su étimo, añade: “Es voz puramente latina”. Aunque los diccionarios modernos poco o nada dicen sobre este significado genérico, desde que se documenta por vez primera hasta finales del siglo XVIII, con literatura se aludía, de un forma amplia, a cualquiera de las múltiples manifestaciones del pensamiento humano expresado en términos lingüísticos y plasmado en forma escrita. La palabra littera, 'letra', en su forma plural (litterae) significaba lo mismo que el latín epistula o el castellano carta; al mismo tiempo, dicho significado se extendía a cualquier modalidad de escritura y se aplicaba a los textos literarios propiamente dichos, esto es, a las bellas o buenas letras, aquello que hoy se entiende por literatura sin ningún tipo de ambages. Cuando litteratura surge en latín, lo hace en relación absoluta con el griego grammatiké, voces éstas que servían para aludir a una misma ciencia o técnica, relativa a las letras, la lectura y la escritura. Resulta de lo más revelador que, en el mundo latino, litterator fuese un sinónimo de grammaticus, palabra con la que se designaba también a aquellos profesionales que enseñaban el alfabeto, las letras o la gramática en los niveles más elementales o primarios; no obstante, como veremos en otro apartado posterior, era precisamente la Gramática la disciplina que se ocupaba del estudio de los textos literarios o poetarumenarratio, razón esta por la que al grammaticus le correspondían también los niveles más avanzados. La evolución semántica de literatura y términos equivalentes en otras lenguas aconteció, como se ha indicado, en el siglo XVIII. Los primeros testimonios de este cambio nos los ofrecen las culturas italiana y francesa, desde la primitiva Storiadellaletteratura italiana de GirolamoTiraboschi de 1772 y la Histoirelittéraire de la France compilada por los benedictinos de Saint-Maur en 1773. Desde esas fechas, el concepto comienza a fijarse por toda Europa, aunque todavía hoy haya enormes dificultades para deslindar el ámbito de lo literario. Durante el siglo XIX, los eruditos (filólogos y folkloristas) se sirvieron del término para acoger también aquellas manifestaciones del lenguaje artístico transmitidas por vía puramente oral, con un uso que continúa hasta el presente y que nos obliga a su consideración pormenorizada algo más adelante. Los estudios literarios encuentran en las composiciones transmitidas por vía oral un objeto de investigación tan legítimo como el que ofrecen aquellas otras salvaguardadas gracias a la escritura. La literatura o (su sinónimo o cuasi-sinónimo de acuerdo con su definición primaria) la escritura nació imbuida del poder que le confería su condición de arcano, de herramienta manejada exclusivamente por un puñado de iniciados, pertenecientes por lo general a las castas privilegiadas del funcionariado regio o del sacerdocio. En cualquier cultura, los primeros textos escritos documentados caen comúnmente en la órbita de la religión, la historia o el derecho; a veces incluso, dichos documentos pertenecen a esos tres ámbitos a un mismo tiempo, como ocurre en el caso del pueblo judío y su Biblia, una obra que es leída como crónica de los principales hechos del pasado, que constituye el texto sagrado por excelencia y que es considerado como la Ley, por lo que frecuentemente recibe esta misma denominación, “La Ley”. Los textos primitivos adoptan comúnmente la forma de prosa, pero tampoco rehúyen el verso, especialmente idóneo por sus ventajas mnemotécnicas y por resultar de lo más apropiado para géneros como la épica y la lírica, dos modalidades de poesía que suelen aparecer entre los testimonios más madrugadores. La escritura tampoco es ajena a los textos religiosos, como se desprende de varios ejemplos bíblicos o del Carmen fratrumArvalium y el Carmen Saliorum, piezas pertenecientes al siglo V o VI a.C. La célebre Ley de las Doce Tablas latina del siglo V a.C. nos enseña que el carmen (término procedente del verbo latino cano, “cantar”), que en realidad es prosa rítmica, con miembros ponderados, aliteración y hasta rima, aparece incluso en el mundo de la antigua legislación. Tampoco es nada raro que, en las literaturas primitivas, se entremezclen los ejemplos en prosa y verso, según se comprueba en las viejas crónicas de Castilla, como el Chroniconmundi latino de Lucas de Tuy (1236), o la Crónica de la población de Ávila vernácula (hacia mediados del siglo XIII), donde se inserta un par de cantarcillos populares primitivos: la derrota de Almanzor en Calatañazor y el panegírico de un héroe local, Zorraquín Sancho, respectivamente. Desde sus orígenes, la escritura y las artes literarias revestían a quienes las cultivaban de una dignidad especial, ya que sólo ellos se mostraban capaces de preservar los más elevados ideales, aquellos que facilitaban y animaban la cohesión de un pueblo; por otra parte, la memoria hubo de buscar el auxilio de la escritura para perpetuar cualquier tipo de conocimiento, lo que condujo a que el libro, en cualquiera de sus formas, se constituyese en el instrumento imprescindible del intelectual o sabio, ya fuese para consultar lo que otros habían dicho previamente o salvaguardar su propio pensamiento y transmitirlo a las generaciones futuras. Los tres grandes modelos humanos en toda sociedad, de acuerdo con Max Scheller, son los que nos brindan el santo, el héroe y el sabio; por lo que a este último se refiere, queda claro que su figura iba indefectiblemente unida a los libros, que le brindaban autoridad y que incluso ayudaban a identificarlo. Por ello, la escritura por sí sola despertaba un sentimiento de profundo respeto y hasta de veneración, con independencia de la materia recogida por medio de su uso; obviamente, esto resulta especialmente comprensible en el caso de los textos legales y, sobre todo, en el de las escrituras sagradas de las religiones monoteístas, que encuentran su fundamento en un libro que recoge la palabra divina (en las religiones judía, cristiana y musulmana). A este respecto, debe considerarse la solemnidad con la que es tratada la Torá), al copiarla (siempre en forma manuscrita, desde el pasado hasta el día hoy), al leerla (con la ayuda de un puntero), al custodiarla para el culto (en un armario, llamado “arca sagrada” o ´aron ha-qodes) o al guardarla tras su envejecimiento y deterioro por el uso continuo (en un archivo de libros o guenizá). Sin ninguna duda, el arte de leer y escribir fue especialmente apreciado y hasta sublimado en sociedades mayoritariamente analfabetas como las antiguas; en Roma, por ejemplo, el analfabetismo era generalizado, pues incluso sabemos que la mayoría de los lectores sólo se sentían capaces de reconocer los caracteres de inscripciones epigráficas, se defendían con la lectura de algunos documentos y nunca habrían osado enfrentarse con un papiro de contenido literario; la mayor parte, además, nunca había garabateado una sola letra. El panorama cambió poco a poco, con un notable avance en términos cuantitativos y cualitativos a partir del siglo II. En el Medievo, percibimos este avance, aunque con una lentitud extrema; de hecho, la tasa de lectores en potencia en España hacia el cierre de la Edad Media debía rondar como mucho el diez por ciento de la población; todavía en pleno siglo XVII, los cálculos de los estudiosos nunca llegan más allá de un veinte por ciento de posibles lectores. La transformación de este panorama sólo se produjo, y de un modo ciertamente paulatino, desde el siglo XVIII y con notable celeridad a lo largo del siglo XX. El destierro del analfabetismo en el mundo civilizado sólo ha tenido lugar en el último cuarto de esta última centuria, aunque todavía haya un número muy pequeño de analfabetos profundos y un porcentaje notablemente mayor de semianalfabetos; en el Tercer Mundo y algunos países en vías de desarrollo, el analfabetismo alcanza a una gran parte o a casi la totalidad de la población. Así las cosas, se explica claramente el prestigio de la literatura o la escritura, en sus diferentes modalidades, y el de sus cultivadores, desde los primeros letrados (litterati), que dominaban ambas técnicas, hasta alcanzar a los eruditos de las especialidades más diversas. El prestigio de la cultura libraria fue, desde la Antigüedad hasta el presente, mucho mayor que el de la cultura oral, única vía para la instrucción y transmisión del saber común del pueblo llano, mayoritariamente iletrado a lo largo de los siglos. Ello no es óbice, no obstante, para que, a lo largo de los tiempos, surjan ejemplos de rechazo de la escritura en beneficio de la palabra hablada y la memoria: bien conocido es el caso de Sócrates, cuyo pensamiento se ha salvaguardado tan sólo porque Platón sí apreciaba las ventajas de la escritura; no obstante, el propio Platón, en su Fedro y en República, nos pone en guardia sobre los excesos que supone el recurso continuo a la palabra escrita, que puede suponer un debilitamiento peligroso de la memoria al no ejercitarse. También es revelador el hecho de que, entre las primeras comunidades cristianas, los ágrafa, o lo que es igual, las palabras de Cristo que no se habían transmitido por escrito, se confiasen exclusivamente a la memoria; de hecho, a comienzos del siglo II, el obispo frigio Papías (ca. 65-ca. 155) todavía les preguntaba a los presbíteros si sabían las frases recogidas por los discípulos del Señor, porque había más sustancia en la palabra viva que en la transmitida por los libros. Incluso en las denominadas "religiones del Libro" (esto es, la cristiana, la judía y la musulmana), existe toda una rica y compleja tradición oral que en ningún caso debe soslayarse. Por otra parte, la consideración de otras creencias en el Mundo Antiguo permite concluir que los misterios religiosos, por lo general, se recogen por escrito en fases tardías, pues lo más normal es que su preservación dependa de forma exclusiva de la memoria de los iniciados. Sin decirlo todo, pero teniendo que decirlo, seguidamente os trasladaré un esquema de la Literatura latina, que, puede decirse que, es el meollo de la cuestión. Esto, pero bien ampliado, es propiamente el contenido general de este ensayo, aunque entrando en todo tipo de pormenores. ¡Bueno! A partir de su emplazamiento en el centro de Italia, los romanos construyeron en torno al Mediterráneo el más sólido imperio de la Antigüedad. Los poderosos conquistadores, sin embargo, fueron conquistados desde un punto de vista cultural por la sometida Grecia. Las grandes obras de la literatura latina son el producto de esta fusión de civilizaciones, conocida como cultura grecolatina. EL TEATRO: PLAUTO Y TERENCIO El género de desarrollo más temprano en Roma es el teatral. Parte de tradiciones propias, pero sólo madurará tras su contacto con la Comedia Nueva griega. La comedia latina combina la ambientación griega con el carácter y el lenguaje coloquial latino. Las tramas,muy recargadas y protagonizadas por las clases medias urbanas, giran siempre sobre los mismos motivos y figuras: • Penas amorosas de dos jóvenes ayudados por un ingenioso esclavo. • Mercaderes, viejos verdes o soldados fanfarrones burlados. • Niños perdidos y hallados años después. El más importante y prolífico comediógrafo romano es Plauto (254-184 a.C.). Su intención fundamental es hacer reír, para lo que no duda en recurrir a los obsceno y grotesco. En sus diálogos se refleja el lenguaje popular latino. Entre sus numerosas obras destacan: • La olla: un avaro es engañado por su hija y su novio. • Anfitrión: Júpiter, para seducir a una mujer, toma el aspecto de su marido, con el consiguiente enredo y conflicto entre la pareja. Las comedias de Terencio (184-159 a.C.), como El eunuco o Heautontimorúmenos, son de acción más sencilla y de personajes menos grotescos y más cuidados psicológicamente. Su latín es mucho más elegante que el de Plauto y fue modelo en las escuelas. La tragedia tendrá menos importancia. El único nombre destacable, ya de época imperial, es Séneca (4 a.C.-65 d.C.), cuyas piezas imitan a Eurípides. Filósofo estoico, es autor también de las Cartas a Lucilio. PROSA: ORATORIA E HISTORIOGRAFÍA La oratoria era fundamental en la educación de los jóvenes que aspiraban a la política en época republicana, si bien perdió importancia, como es lógico, al llegar el período imperial. El mejor orador latino fue Cicerón (106-54 a.C.), que llegó a ser cónsul y escribió tratados filosóficos como Discusiones tusculanas o De la vejez. Sus Catalinarias y Filípicas son modelos de discursos contra las amenazas de la tiranía. La historia es el otro gran género de la prosa latina. Uno de sus primeros cultivadores fue el general y político Julio César (100-44 a. C.), al escribir sobre sus propias campañas militares los Comentarios a la guerra de las Galias y Comentarios a la guerra civil. Otro historiador del periodo republicano es Salustio (86-35 a. C.). En época imperial destacan dos nombres: • Tito Livio (59 a. C.-35 d. C.), es autor de una monumental crónica, Desde la fundaciónde Roma, cuyo objetivo es la exaltación patriótica del pasado latino, que culmina con el emperador Augusto. • Tácito (55-120 d. C.), por el contrario, describe en sus Historias y Anales los crímenes y luchas por el poder de los emperadores del siglo I, con mayor objetividad y un tono pesimista. LA GRAN POESÍA LATINA La épica y la lírica griegas son la base de la poesía latina. Ésta, sin embargo, será de carácter culto y de transmisión escrita, frente al carácter oral y cantado de la poesía griega. Los dos poetas más destacados de la época republicana son: • Lucrecio (¿99-55 a.C.?), autor de un extenso poema científico, De la naturaleza, donde expone la filosofía epicúrea y atomista. • Catulo (84-54 a.C.) escribió refinadas poesías en las que explora la psicología amorosa como mezcla de exaltación y sufrimiento. El reinado de Augusto coincidió con una auténtica edad de oro de la poesía latina. Sus principales protagonistas fueron: • Virgilio (70-19 a. C.), el poeta nacional romano, autor de: - Bucólicas, poemas pastoriles que cantan la sencilla vida rural. - Geórgicas, poema didáctico sobre diversas técnicas agrícolas Eneida, el gran poema épico latino. • Horacio (65-8 a. C.), quizá el mayor lírico latino, trata temas muy variados (sátira, filosofía, canto a la vida sencilla, crítica literaria) en sus Odas y Epístolas. • Ovidio (43 a. C.-17 d. C.). Ejemplo de poeta consagrado a su arte, escribió el Arte deamar (consejos para triunfar en el amor) y las Metamorfosis (recopilación de leyendas mitológicas). Desterrado de Roma, expresa su desesperación en Tristes. • Tíbulo (60-19 a. C.) y Propercio (47-14 a. C.), los llamados poetas elegíacos, de estilo grave y sentencioso, que tratan temas amorosos. Otros nombres destacables de la poesía latina son Lucano (39-65), autor del poema épico Farsalia, el fabulista Fedro (10 a. C.-50 d. C.), o los poetas satíricos Marcial (40-104), famoso por sus epigramas, breves y agudas composiciones festivas, y Juvenal (50-140). De origen campesino y poco dotado para la vida social, Virgilio vivió siempre retirado y dedicado al estudio. Gracias a la redacción de sus Bucólicas, logró salvar de la confiscación las tierras de su familia. Perfeccionista incansable, trabajó más de diez años en la Eneida y en su lecho de muerte, aún insatisfecho, pidió sin éxito el manuscrito para quemarlo. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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