sábado, 6 de diciembre de 2025

ENSAYO, La Iglesia Católica medieval y la Biblia

La Iglesia Católica medieval Este libro responde a los sucesivos términos con cierta brevedad, por lo que se mitiga cualquier estudio histórico. No obstante, no hay que olvidar que todos los acontecimientos están sujetos a unas coordenadas espacio-temporales. Pues ¡bien! Genéricamente, por Iglesia se entiende la congregación de los fieles católicos regida por el Papa como vicario de Cristo en la tierra, con la misión de procurar la salvación de sus miembros. Como institución, la Iglesia ha ido evolucionando orgánicamente desde sus inicios, adaptándose plenamente a la evolución de la cultura europea. Puede, por tanto, hablarse de una Iglesia antigua, de una Iglesia medieval y de una Iglesia moderna. Durante su etapa antigua, en el mundo romano desde el edicto de Milán en el año 313, el cristianismo se fue adaptando a las estructuras culturales y políticas de la sociedad, hasta el punto de ser en Occidente el único poder europeo que se presenta unitario a los bárbaros invasores. Desde la perspectiva de la evolución de sus organismos, en esta primitiva etapa construye las formas fundamentales de su propia vida, e impone su doctrina y sus ideales frente a las desviaciones heréticas que introducen variantes dogmáticas o que niegan principios básicos. La Iglesia estableció una organización y una disciplina. La primera consistió en formar una comunidad estructurada en dos grupos, los fieles y los clérigos, divididos éstos en dos órdenes: los clérigos seculares y los clérigos regulares, según vivieran separados de la vida ordinaria sometidos a la disciplina establecida en una regla o practicasen el cristianismo viviendo la vida del siglo. El clero regular surge de la popularización del monacato como forma elegida por muchos cristianos europeos, que a imitación de los modelos orientales da lugar a numerosas órdenes monacales que se desarrollan por toda Europa, aportando a la vida medieval un dinamismo evangélico y cultural que sería la base de nuestra civilización. El clero se distinguió por la tonsura y desde el siglo V usó hábitos o vestimentas iguales para todos los pertenecientes a la misma comunidad; vivían el celibato, la pobreza y otras virtudes evangélicas, y se abstenían de las ocupaciones mundanas. La unidad organizativa estaba formada por la parroquia, regida por un párroco por encima del cual estaba el obispo, elegido por los fieles y por el clero. En un orden superior se encontraba el arzobispo y los primados, representante de la autoridad papal, ambos dependientes del Papa como Obispo de Roma. La reunión de los obispos se denominó concilio que, dependiendo del ámbito territorial al que se refiriera, podía ser diocesano, nacional o universal. Su unidad orgánica se institucionalizó con el reconocimiento de la primacía del obispo de Roma y la celebración de concilios ecuménicos que aunaran criterios y jerarquías. En el Concilio de Nicea (325), aunque se proclama la igualdad de los cuatro patriarcas de la Iglesia Universal (Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Roma), es el patriarca de Roma el que se consolida como el único de Occidente, cuya autoridad doctrinal se fundamenta en la "Sede Apostólica de Pedro" y adquiere la titularidad de Papa (Padre) de la Iglesia, sucesor de Pedro, reconocido por el poder temporal del emperador Teodosio como el custodio y garante de la verdadera fe y máxima autoridad eclesiástica. A medida que el Imperio occidental se va desplomando, para desaparecer en el año 476, la Iglesia aumenta su prestigio y autoridad, convirtiéndose en la única fuerza moral capaz de salvar a la civilización antigua frente a los pueblos bárbaros. La Iglesia hereda de Roma su organización administrativa y el prestigio de la capitalidad; Roma no es ya la decadente ciudad de los emperadores, sino la ciudad de los papas. A mediados del siglo V el Papa León I, primero que confiere al papado la primacía universal en la Iglesia católica, junto a San Gregorio Magno (590-604), crea el programa, cuyos principios son: el obispo de Roma ostenta la primacía sobre el resto de la jerarquía eclesiástica y la Santa Sede se configura como la autoridad que gobierna a las iglesias de Italia, España, norte de África y sur de las Galias; establece la independencia del poder espiritual respecto del temporal y pone las bases del poder territorial del Papado al considerar al Pontífice como el soberano temporal de la ciudad de Roma; configuran la pureza doctrinal del dogma del que desprende los añadidos heréticos; determina las líneas de la acción apostólica eclesiástica dirigiéndola hacia los pueblos bárbaros. Desde Constantino los emperadores se consideraron protectores de la Iglesia, lo cual implicaba la intervención del poder imperial en los asuntos espirituales, con el papel de guardián y valedor, no solo de la fe, sino también de los poderes eclesiásticos. La jerarquía de la Iglesia luchó constantemente contra esta tutela y sus éxitos se fueron fraguando en razón inversa a la decadencia del poder imperial en Occidente. A partir del siglo V el emperador de Bizancio pretendió ejercer una tutela sobre la Iglesia que, sobre todo, hizo efectiva en la de Oriente, en tanto que, con la iglesia romana, se enturbiaban las relaciones, primero por la herejía monofisita y después, durante los siglos VIII y IX, por la guerra iconoclasta. A fines del siglo IX (867) tiene lugar el Cisma de la Iglesia de Oriente, cuando el Patriarca de Constantinopla, Focio, se niega a reconocer la primacía del Papa y es depuesto por el emperador. Surge así la Iglesia ortodoxa bizantina. La ruptura definitiva entre ambas Iglesias se produjo con el Patriarca Miguel Cerulario, quien en el año 1054 reúne un concilio en el que la Iglesia oriental de Constantinopla se declaró independiente de la Iglesia de Roma. Por otra parte, tengamos en cuenta que el cristianismo aparece en la historia tras la predicación desarrollada por Jesús de Nazaret, quien se presentó a sí mismo como el Mesías, el Cristo esperado. La predicación de Jesús anunciaba la instauración del reino de Dios; presentaba como novedad la existencia de una única divinidad, como en la religión judía, y la igualación de los hombres ante Dios. Su doctrina rápidamente tuvo seguidores, especialmente un grupo de elegidos, denominados los Apóstoles, que expandieron su doctrina tras la muerte de su maestro. Cincuenta días después de la muerte de Jesús, en la festividad de Pentecostés, se formó la primera comunidad judeocristiana dirigida por Santiago el Mayor, que emprendió la tarea de extender la doctrina aprendida de Jesús. En principio, los discípulos vivieron en comunidad, dirigidos por los propios apóstoles, atendidos por los diáconos o ministros, y predicando en las áreas cercanas a Jerusalén; pero aprovechando la natural tendencia expansiva de los judíos por Oriente, se crearon las primeras comunidades cristianas en el Asia Menor. Fundamental en la expansión de la nueva religión fue el año 36, en el que Saulo, judío de Tarso, fue enviado por el Sanedrín a Damasco para perseguir a las comunidades cristianas allí existentes. De forma casual se convirtió en el camino, y a partir de entonces dedicó el resto de su vida a la predicación de la doctrina cristiana. Con el nombre de Pablo, viajó por numerosos países; primeramente a Arabia, donde consiguió gran cantidad de adeptos. Cuando volvió de nuevo a Tarso, Bernabé le llamó a Antioquía, desde donde los dos realizaron su primer viaje, en el año 45, predicando y bautizando a muchos gentiles a los que se les empezó a dar el nombre de cristianos. Con el concilio apostólico de Jerusalén, celebrado en el año 48, se hizo una distribución de los territorios en donde debía desarrollarse la predicación: Pablo y Bernabé fueron destinados a la conversión de los gentiles, en tanto que los restantes apóstoles se esparcieron por todas las regiones especialmente dedicados a los judíos. El apóstol Pedro, después de haber predicado en Oriente, se trasladó a Roma y fue considerado como el primer obispo desde el año 42. Santiago el Mayor predicó en Palestina y dice tradición que vivió en España antes de ser ejecutado en el año 44. San Juan, que había salido ileso de la persecución desatada por Domiciano, fue desterrado a Patmos, donde escribió el Apocalipsis y, de regreso a Éfeso, redactó su Evangelio. Pablo y Bernabé realizaron dos nuevos viajes a Corinto y a Éfeso, durante los cuales escribieron numerosas epístolas o cartas a las comunidades que San Juan había visitado. En el año 61 fue apresado en Cesárea y enviado a Roma. Con Pedro y Pablo en la capital del Imperio, ésta se transformó para los cristianos en la cabeza de la Iglesia occidental, desde donde se ejerció a partir de entonces el Pontificado hacia el resto de los cristianos. Pero la nueva religión destruía el mundo social y las creencias de los romanos: igualaba a los esclavos con los señores, negaba el culto al emperador divinizado y chocaba con las prácticas religiosas de las numerosas sectas existentes en Roma. Por eso, no es extraño que pronto se extendieran sentimientos anticristianos, primero entre los grupos sociales que se veían amenazados y después desde el mismo Estado. El primer gran perseguidor fue Nerón: bajo su gobierno sufrieron martirio Pedro y Pablo en el año 64. El primero murió crucificado en el monte del Vaticano y el segundo decapitado en el camino de Ostia. Los emperadores de la dinastía de los Flavios fueron más benévolos. No obstante, con Domiciano (81-96) se reiniciaron las persecuciones y el apóstol Juan fue desterrado de Roma. Durante el siglo II, en la época de Trajano (98-117), continuaron las persecuciones, lo mismo que con Marco Aurelio, aunque no fueron generalizadas por todo el Imperio. En el siglo III se hicieron más radicales: concluida la era pacífica de los Antoninos, se reanudó la represión con Septimio Severo (202), Máximo (235) y, sobre todo, con Decio, quien pretendía restaurar las tradiciones romanas. Éste desató la primera gran persecución contra los cristianos en todos los territorios del Imperio: se desarrolló entre los años 249 y 251, y tuvo como balance el exterminio de muchos de ellos y que otro número muy elevado renunciase a sus creencias y aceptara el libelo (certificado de haber hecho sacrificios a los dioses paganos) para evitar el martirio. Pese a esta continua represión, el numero de cristianos no dejó de crecer, especialmente entre las clases sociales más oprimidas. Se veían obligados a celebrar sus reuniones litúrgicas en secreto, en las catacumbas o cementerios subterráneos; hasta que Galieno, desbordado por la situación, promulgó en el año 260 el primer edicto de tolerancia a los cristianos. Sin embargo, Diocleciano inició en el año 303 una nueva persecución, que duró ocho años y se desarrolló tanto en Occidente como en Oriente, donde se prolongó durante dos años más, hasta el año 313. El cristianismo se había extendido a todas las capas sociales y el número de seguidores había aumentado de tal forma que los administradores del Estado tomaron conciencia de la imposibilidad de luchar contra la nueva religión; se inició así un proceso de rectificación. En el año 312, Galerio y Licinio, Valerio Liciniano. Emperador de Roma promulgaron edictos revocando las medidas persecutorias y tolerando el culto de los cristianos. Al año siguiente, en el 313, el emperador Constantino, convertido al Cristianismo, promulga el Edicto de Milán por el que se concede libertad religiosa e igualdad de derechos a los cristianos, a la par que se devuelven a la Iglesia los bienes expropiados. El 27 de febrero del año 380 el emperador Teodosio I, promulgó un edicto por el que declaró al cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. La vida de la Iglesia durante sus primeros tiempos de libertad fue muy fructífera. Las comunidades locales se multiplicaban, y las principales ciudades destacaron como centros de mayor influencia. Los llamados Primeros Padres de la Iglesia (Ireneo, Tertuliano, Hipólito, Cipriano, Clemente y Orígenes) unieron a la doctrina del Cristianismo las ideas griegas, reforzando así la universalidad de las creencias. No obstante, esta unidad pronto se vio rota por la aparición de herejías como la de Arrio, presbítero de Alejandría que da lugar al arrianismo. Frente a estas desviaciones doctrinales, la Iglesia, por obra de Constantino y del obispo cordobés Osio, reaccionó convocando en el año 325 el Concilio de Nicea para declarar la identidad entre el Padre y el Hijo, y formular los principios de la profesión de fe. Este Credo del cristiano fue posteriormente confirmado por el Concilio ecuménico de Constantinopla del año 381. Hasta la desaparición del Imperio de Occidente se cuentan cuarenta y seis pontífices, muchos de ellos, sobre todo en los primeros tiempos, mártires. Muy notables son, al final de esta época, Silvestre I, el español Dámaso y el gran Papa de mediados del siglo V: León I el Magno. Junto a ellos surgieron una serie de figuras en Occidente que contribuyeron a cimentar las doctrinas cristianas con su defensa de las relaciones entre la razón y la fe y su hacer de la gracia divina la sola fuente de salvación personal. Son los denominados Padres de la Iglesia: San Jerónimo (345-420), primer traductor de la Biblia al latín (la Vulgata); San Ambrosio (340-397), obispo de Milán, nacido en la Galia, que elaboró una doctrina sobre las obligaciones cristianas; y San Agustín (354-430), romano nacido en Tagasta, actual Argelia, que tras su conversión en el año 386 fue nombrado obispo en Hipona, autor de numerosas obras entre las que destacan las Confesiones y De civitate Dei. Dicho lo cual, seguidamente vamos a destripar la Biblia, pues en su interior se encierran mil significados ocultos, mil detalles que normalmente no tenemos en cuenta. La Biblia Biblia es un nombre griego que significa “Libros”, con el que se designa al conjunto de escritos que judíos y cristianos, cada uno con sus matizaciones propias, consideran como "inspirados por Dios". El número de libros a los que se aplica esta denominación es diferente según se trate de los judíos o de las distintas confesiones cristianas. A los libros originariamente escritos en hebreo (y pequeñas secciones en arameo) que forman la Biblia judía se sumaron otros libros escritos en griego a los que se aplica el nombre de deuterocanónicos (o sea, de un segundo canon, refiriéndose al que se pensaba fue utilizado en Alejandría), que ni los judíos ni algunas confesiones cristianas (para las que son apócrifos) reconocen como revelados, pero que sí lo son para los católicos y ortodoxos. Todos los cristianos coinciden en dar al conjunto de esos libros el nombre de "Antiguo Testamento" (o "Alianza antigua"), incluyendo junto a ellos con la misma categoría los escritos griegos del "Nuevo Testamento", que tratan sobre la vida de Jesús y los primeros cristianos. Los cristianos tomaron como "inspirados" todos los libros hebreos reconocidos como tales por los judíos; se plantearon al menos la posibilidad de ampliar ese número aceptando algunos más, y añadieron los 27 libros del Nuevo Testamento. En general, y salvo grupos minoritarios de judeocristianos, los primeros cristianos no estaban familiarizados con la lengua hebrea, por lo que conocieron desde el principio el texto bíblico en lengua griega, según la traducción de la Septuaginta hecha en Alejandría. En el ambiente más abierto de esa ciudad se incluyeron en los manuscritos con frecuencia, además de los libros traducidos del hebreo, varios libros más, a los que la tradición cristiana concedió a veces una categoría muy especial. Hay entre ellos un grupo particular, el de los llamados deuterocanónicos, que se consideran pertenecientes a un "segundo canon", el alejandrino (aunque nunca existió como tal), y que generalmente están incluidos en las traducciones griegas de la Biblia. Son los siguientes: Sabiduría de Salomón, Ben Sira o Eclesiástico, Judit, Tobías, Baruc, Carta de Jeremías, los dos primeros libros de los Macabeos, y adiciones griegas a Daniel y Ester. Todos esos libros son aceptados por la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa como inspirados; en cambio, las Iglesias Protestantes suelen considerarlos apócrifos. Mientras el judaísmo rabínico resolvía ya qué libros se consideraban "bíblicos" en el siglo II, la lista de libros admitidos en el canon cristiano no quedó cerrada hasta el siglo IV. El Nuevo Testamento, considerado por todos los cristianos como parte de la Biblia, incluye los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de Pablo y otros apóstoles (católicas) y el libro del Apocalipsis. Todos estos libros están escritos en griego del tipo koiné, aunque con numerosos semitismos y otros influjos resultantes de la situación de bilingüismo que por entonces se daba en todo el Próximo Oriente. El Libro de los Hechos de los Apóstoles es un Libro del Nuevo Testamento, continuación del evangelio de san Lucas, en el que se narra -de manera viva y detallada pero parcial- la vida de la primitiva iglesia, desde la Ascensión y Pentecostés hacia el año 30, hasta la llegada de Pablo a Roma hacia el año 61. La tradición es unánime en aceptar a Lucas como autor del libro de los Hechos. Así lo demuestra el prólogo del libro, en el que el autor dedica su escrito al mismo Teófilo del prólogo del evangelio, y remite a esta obra para retomar los últimos acontecimientos y continuar la narración. También el manejo de la lengua original -el griego- revela la unidad de autor. Ambas obras aparecen, pues, como dos partes de una que hoy en día podríamos titular "Orígenes del Cristianismo". Muy pronto el segundo libro empezó a conocerse bajo el título "Hechos de los Apóstoles", según la moda de la literatura helenística en la que se conocían obras como los "Hechos" de Aníbal o los "Hechos" de Alejandro. El autor es un cristiano de la generación apostólica, compañero muy querido de Pablo, que está a su lado durante su cautiverio (Col 4,14; Flm 24; 2 Tm 4,11), de origen pagano y médico de profesión (Col 4,10-14). Puesto que Hechos apareció después del evangelio de Lucas, parece razonable pensar que fuera compuesto entre los años 80-85. No se sabe dónde fue escrita, pero pudo ser en Antioquía o en Roma. En primer lugar, Lucas disponía de su propia experiencia y de conocimientos directos, como miembro que era de una comunidad primigenia. Además, pudo recavar muchos datos de Pablo, de quien fue compañero durante algún tiempo, y quizás también de otros apóstoles. El propio autor de los Hechos declara "haber investigado diligentemente todo desde los orígenes" (Lc 1,3). Ello hace suponer que ha buscado informaciones precisas y que ha aprovechado relatos ya existentes. Los doce primeros capítulos del libro refieren la vida de la primera comunidad reunida en torno a Pedro después de la Ascensión y los comienzos de su expansión a raíz de las iniciativas misioneras de Felipe y de los "helenistas". Las tradiciones "petrinas" subyacentes se emparentarían con el "Evangelio de Pedro", conocido en la literatura de la Iglesia primitiva. Para la segunda parte de los Hechos, el autor habría utilizado relatos de la conversión de Pablo, de sus viajes misioneros y de su viaje a Roma como prisionero. En su relato, Lucas emplea en tres ocasiones la primera persona del plural -"nosotros"- (16,10-17; 20,5-21,18; 27,1-28,16). Ello puede significar o bien que Lucas acompañó a Pablo en sus viajes misioneros segundo y tercero y en su viaje por mar a Roma, o bien que se sirvió de un diario de viaje hecho por un compañero de Pablo. Una vez reunido este material, Lucas le dio unidad literaria, distribuyendo de la mejor manera los diversos datos históricos, pero subordinándolos a su plan literario y sobre todo a sus intereses teológicos. Su texto griego ha llegado hasta nosotros en dos formas: el texto "alejandrino" (o egipcio) y el texto "occidental". El primero es el más conocido y utilizado. El segundo, una décima parte más largo que el anterior, parece ser una revisión deliberada o un reajuste del alejandrino. El estilo del Libro de los Hechos es muy parecido al del evangelio de Lucas. Tiene como objetivo exponer la actuación de algunos de los testigos, especialmente de Pedro y Pablo, y el comienzo y desarrollo de la comunidad inicial, paradigma y norma de las comunidades futuras. En cuanto al género literario, una mirada superficial lo caracterizaría como la historia de los primeros tiempos de la Iglesia. Ciertamente, narra acontecimientos de los 30 primeros años de la vida del cristianismo, pero la intención del autor va más allá de la mera historia. Tampoco es un relato de los hechos de todos los apóstoles, sino que se limita, prácticamente, a Pedro en la primera parte y a Pablo en el resto. De lo que aquí se trata es de una teología narrativa, es decir, una teología expuesta a través de sucesos históricos. No se trata de una crónica histórica de toda la trayectoria de la Iglesia, sino que el autor selecciona los episodios y las comunidades; en muchos casos idealiza, simplifica y esquematiza. En el fondo, lo que Lucas pretende es mostrar a los cristianos de la segunda generación, unos rasgos teológicos fundamentales y un modelo de vivencia de las enseñanzas de Jesús en el interior de las comunidades apostólicas. Lo primero que salta a la vista en el libro de los Hechos es la presencia e intervención del Espíritu Santo. Él es quien conforma a los verdaderos testigos de la resurrección, impulsa a la difusión de la fe y a la conformación de comunidades eclesiales. Con razón el libro de los Hechos es denominado también "El evangelio del Espíritu". Por último, otro de los elementos fundamentales es la vida de las comunidades cristianas; pintada con matices idealistas e incluso utópicos, transmite los recuerdos más límpidos de la primera comunidad: vida de oración y reparto de bienes; administración del bautismo de agua y del bautismo en el Espíritu; celebración de la Eucaristía; esbozos de organización eclesiástica en los "profetas", los "doctores" o en los "presbíteros" que presiden la iglesia de Jerusalén y que Pablo establece en las iglesias que él funda. El Libro del Apocalipsis es el Libro con el que se cierra el Nuevo Testamento y que representa un género especial de la apocalíptica cristiana. Como tal, incluye revelaciones, sueños y visiones, especulaciones sobre el fin de los tiempos y los hechos del mundo futuro, desde una perspectiva de la historia en la que se enfrentan las fuerzas del Mal a las del Bien, aunque Dios acabará imponiéndose y castigando a los malvados. El libro, inspirado en otras obras apocalípticas judías, se atribuye en la tradición más antigua al apóstol Juan, el Zebedeo. Se escribió en realidad a finales del siglo I, tal vez en la isla de Patmos, como se indica en el texto, y es posible que bajo la persecución de Domiciano (81-96). No sabemos quién fue su autor. El redactor trataba de consolar a los cristianos que sentían la angustia de la persecución. Recoge las esperanzas de un fin inminente tal como se daban en ciertos círculos judeo-cristianos de Asia Menor. El plan de Dios está ya fijado y nada podrá detenerlo. El cielo y la tierra dejarán paso a los nuevos cielos y la nueva tierra. En sus visiones se entrevé la llegada del Mesías que derrotará a todas las fuerzas satánicas. Al combate escatológico, del que Cristo saldrá victorioso, seguirá un reinado de mil años, en el que el Mal estará de nuevo en libertad para combatir al Bien. Pero ése será el comienzo de la derrota definitiva del Mal, de los tiempos nuevos y de la Jerusalén celeste. Pero siguiendo con la narración que dejamos al hablar de los Hechos de los Apóstoles, diremos por tanto, ahora, que los Evangelios incluidos en el Nuevo Testamento son cuatro: los tres llamados "sinópticos", atribuidos a los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas, con paralelos y elementos comunes, y el de Juan, con una estructura sensiblemente distinta. El más antiguo es el que la tradición cristiana atribuye a Marcos, que pudo escribirse antes del año 70. El evangelio que lleva el nombre de Mateo se escribió a fines del siglo I y en él se recoge en buena parte la problemática de los judeo-cristianos. El tercer evangelio se atribuye al médico y colaborador de Pablo, Lucas, que pudo escribirlo en las últimas décadas del siglo I de nuestra era, y continuaría su relato en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El cuarto evangelio, que se adscribe a Juan el Zebedeo, parece también haber sido escrito muy a finales del siglo I por un judío helenista en medio del revuelto ambiente cultural y filosófico de la época. Los Hechos de los Apóstoles relatan desde la misma perspectiva del Evangelio de Lucas los hechos que siguen a la despedida de Jesús, la predicación de Pedro en Jerusalén, Judea y Antioquía, y los viajes de Pablo llevando el evangelio por las costas mediterráneas hasta Roma. Entre las Epístolas hay un total de catorce llamadas paulinas, de las cuales se sabe que algunas fueron escritas directamente por el apóstol Pablo a diversas comunidades cristianas, o dictadas a su amanuense, mientras que otras tienen tan sólo una relación lejana con el espíritu del apóstol, como es el caso de la Epístola a los Hebreos. Son particularmente largas e importantes la Carta a los Romanos, las dos Cartas a los Corintios, etc. Otro grupo de cartas o epístolas se atribuyen a diversos apóstoles cristianos y reciben el nombre de "católicas", porque no van dirigidas a comunidades concretas, sino a toda la cristiandad. Una de esas cartas se atribuye tradicionalmente a Santiago, otra a Judas, dos a Pedro y tres a Juan, aunque no es muy probable que ninguno de los doce apóstoles tuviera que ver con la redacción de estas epístolas. Varias de ellas pudieron escribirse a comienzos del siglo II. La Epístola a los Romanos es una Carta de Pablo a la Iglesia de Roma, que constituye, probablemente, la exposición doctrinal más amplia y orgánica de su evangelio. Se trata de la primera de sus epístolas en el Nuevo Testamento pero, cronológicamente, es la sexta. Fue redactada en Corinto, quizás en la época que el apóstol pasó en Grecia (año 57-58). Está dirigida a los romanos, comunidad que él no había fundado pero que pensaba visitar en breve, de paso para España. El tema de la epístola se justifica por la necesidad de definir el evangelio que predicaba entre los gentiles; de ahí que se detenga detalladamente en la cuestión de la salvación, para fortalecer la fe de los cristianos y prevenirlos contra el error. Es evidente que su intención es exponer objetivamente sus instrucciones, para lo cual elige una comunidad con la que no tiene ninguna relación y, por tanto, nada podía, en principio, apartarle del tema. Si la Epístola a los Gálatas constituye la carta magna de la libertad cristiana, la Epístola a los Romanos expone los principios fundamentales de la fe. Después del saludo y la acción de gracias se propone el tema: la justicia de Dios se manifiesta en el evangelio y es acogida por la fe, tanto por los judíos como por los griegos. La parte parenética, después de exhortar a ofrecer la propia existencia como sacrificio a Dios, trata de los carismas, de la caridad, de las autoridades civiles y del día del Señor, y exhorta, finalmente, a ser firmes en la fe. Termina con los saludos habituales y la doxología final. La autenticidad de la carta nunca ha sido seriamente cuestionada y la autoría de Pablo es hoy aceptada de modo general. Esta epístola ha jugado un importantísimo papel en la historia de la Iglesia; su influencia fue inmensa en Agustín de Hipona y en los Reformadores, y siempre que ha habido un "renacimiento" genuinamente bíblico. En otro sentido, la Epístola a los Colosenses es un escrito del Nuevo Testamento atribuido tradicionalmente a san Pablo, por lo que en las ediciones de la Biblia forma parte del bloque de las Cartas del mismo. La carta a los Colosenses forma parte del grupo denominado cartas "deuteropaulinas", junto con la segunda a los Tesalonicenses, Efesios y las cartas Pastorales. Si bien es cierto que existen bases objetivas para dudar de que estas cartas hayan sido escritas directamente por Pablo, también es verdad que éste se halla detrás de todas ellas, bien sea porque hayan sido redactadas por alguno de sus discípulos, seguidores o imitadores, bien porque desarrollan el pensamiento paulino. Este hecho no afecta para nada ni a su pertenencia al canon de los libros inspirados, ni a la autenticidad y a la riqueza del mensaje transmitido. Colosas era una ciudad situada al sur de la antigua Frigia, a unos 180 km al este de Éfeso, en el valle del río Lico. En tiempos de Pablo era una pequeña población que sufrió un terremoto en el año 61. La ciudad no fue evangelizada directamente por Pablo, sino por su discípulo Epafras, a quien Pablo convirtió al cristianismo probablemente en Éfeso y quien aparece junto a Pablo en la carta (Col 1,7; 4,12). La comunidad de Colosas estaba compuesta por miembros convertidos del paganismo y del judaísmo. Probablemente, el enfrentamiento entre ambas mentalidades fue el origen de los grandes errores que se propagan en dicha comunidad. No se puede señalar con certeza cuáles eran esos errores, pero cabe suponer, a tenor de las enseñanzas de la carta, que se trataba de observaciones legalistas de tipo judaizante, de ciertas especulaciones concernientes a la existencia de seres intermedios entre Dios y el mundo, llamados "elementos del mundo", principados, potestades y ángeles (2,10.15.18), de una serie de prácticas y ritos de iniciación de índole mágica provenientes de las religiones mistéricas. Tendencias que, entrado ya el siglo II, desembocarán en la doctrina gnóstica. Aparentemente, la carta presenta las dos grandes secciones típicas de las cartas paulinas: una de carácter doctrinal (Col 1-2), precedida por el acostumbrado saludo, con su acción de gracias y súplica (Col 1,1-14), y otra de carácter exhortativo (Col 3-4), seguida de los avisos, noticias y saludos de rigor con que concluye la carta. Sin embargo, considerándola más detenidamente, se observan tres momentos bien diferenciados: primero, exposición doctrinal (Col 1,15-1,5); segundo, un llamado de atención frente a los errores de los falsos maestros (Col 2,6-23); y, tercero, una exhortación práctica (3,1-4,1). En relación con las primeras cartas paulinas, Colosenses muestra ya una cierta evolución en temas que se refieren a la figura de Cristo, a la Iglesia, al papel del apóstol y a la esperanza cristiana. Por otra parte, las Epístolas a los Corintios constituyen cartas que el apóstol san Pablo envió a los cristianos de la ciudad de Corinto, recogidas en el Nuevo Testamento con los nombres de 1ª y 2ª carta a los Corintios. La primera fue escrita en Éfeso, probablemente en la primera mitad del año 56, y la segunda a finales del 57. Corinto era una importante ciudad griega, ubicada en el istmo del mismo nombre que une la península del Peloponeso con el resto de Grecia, y que separa los mares Egeo y Adriático. Poseía dos puertos: uno hacia el oriente, en el mar Egeo, llamado Cencreas, y otro hacia el oeste, en el mar Jónico, llamado Lequeo. Esta estratégica situación geográfica la convirtió en una ciudad cosmopolita, populosa y comercial. Pablo llegó a Corinto en su segundo viaje apostólico, hacia el año 50; allí predicó el evangelio durante un año y medio, dejando al partir una nutrida y floreciente comunidad cristiana. Por aquel entonces, Corinto tenía una población que los historiadores calculan en unos 600.000 habitantes, entre libres y esclavos. Constituía un importante centro comercial, cultural y religioso, pues allí convergía el culto a las divinidades griegas, romanas y orientales. Corinto era famosa, sobre todo, por el desenfreno sexual que se justificaba con la prostitución sagrada practicada en el templo de Afrodita, la diosa del amor, donde más de mil prostitutas ejercían su profesión abiertamente. Todo esto no había de facilitar, lógicamente, el crecimiento de la comunidad cristiana, de forma que muy pronto surgieron problemas. Después de la primera predicación de Pablo, llegó a Corinto Apolo, quien sobresalía por la explicación alegórica de las escrituras. Más tarde vino también un grupo de palestinos que se decían discípulos de Pedro. Otros no necesitaban ningún maestro: simplemente se presentaban como discípulos directos de Cristo. Así fue como la comunidad de Corinto se dividió en varios grupos, apelando cada cual a su maestro. Esta situación hizo que Pablo enviase a Corinto a Timoteo y, un poco más tarde, escribiera una "segunda" carta (la que hoy conocemos como primera). Ni la visita de su mensajero, ni la segunda carta acabaron con los problemas. Ante esta situación, Pablo se trasladó personalmente a Corinto, pero tampoco su presencia mejoró la situación. Posteriormente envió a Tito con una tercera carta -conocida como la carta de las lágrimas-, que no ha llegado a nosotros, pero que parece logró apaciguar los ánimos y que la autoridad de Pablo fuera nuevamente aceptada. Lleno de alegría, Pablo volvió a enviar a Tito, con otros dos hermanos, portadores de la que hoy conocemos como segunda carta. Con razón cabe decir que ninguna de las comunidades fundadas por Pablo le proporcionó tantos sinsabores y quebraderos de cabeza como ésta, ni tampoco con ninguna mantuvo tan intensas y, a veces, tormentosas relaciones. Las dos cartas que han llegado hasta nosotros fueron provocadas por circunstancias muy concretas, hecho que, sin embargo, no impide que el apóstol recurra a los grandes principios teológicos para resolver los problemas, principios válidos para iluminar los conflictos de nuestras comunidades actuales. Igualmente, ambas cartas son un valiosísimo testimonio histórico, pues nos ofrecen un retrato fiel de una comunidad joven, entusiasta, inmadura, con dificultades graves, discordias, celos, rivalidades, desigualdades... Pero junto a este panorama desolador, el gozo de la presencia del Espíritu con todos sus carismas. En ellas manifiesta Pablo su amor apasionado, su fina ironía, la transparencia de su espíritu, el dolor ante el fracaso de la predicación del evangelio debido a los falsos hermanos, la lealtad inquebrantable a su vocación apostólica. Volviendo sobre nuestros pasos, ahora afirmaremos que el Apocalipsis, libro con el que concluye el Nuevo Testamento, representa un género especial de la apocalíptica cristiana, con numerosas revelaciones, sueños, visiones y especulaciones sobre el fin de los tiempos y lo que ocurrirá en el mundo futuro. Se escribió a finales del siglo I, posiblemente en la isla de Patmos y bajo la persecución de Domiciano (81-96). No sabemos quién fue su autor. Los manuscritos griegos cristianos más antiguos conservan los libros bíblicos en un orden que discrepa del de los libros hebreos y que no siempre es uniforme (así, en el códice Vaticano, del siglo IV, los Profetas van al final, mientras que en el Alejandrino, del siglo V, se sitúan después de los libros históricos). Por convención, se ha hecho usual entre las diversas confesiones cristianas agrupar los libros temáticamente: al Pentateuco siguen los Libros históricos, los Libros proféticos, los Libros poéticos y los Libros sapienciales, con las variantes que deseen introducir los distintos editores. Antes de que los rabinos judíos decidieran qué libros formaban parte de la Biblia judía, la Iglesia cristiana había iniciado su marcha independiente y había comenzado a aceptar como "inspirados" los libros del Nuevo Testamento. Los primeros Padres de la Iglesia contribuyeron a la fijación del número de libros reconocidos como sagrados por la comunidad cristiana: Ireneo, Clemente de Alejandría, Orígenes e Hipólito de Roma se preocuparon por este tema en los siglos II y III, lo mismo que Eusebio de Cesárea y Atanasio en el siglo IV. Por ese tiempo se fija ya el número de 27 para los libros canónicos del Nuevo Testamento, lo que será confirmado en el Concilio de Calcedonia. El Concilio de Florencia, en 1441, enumera los libros del canon bíblico incluyendo los libros deuterocanónicos. En el momento de la Reforma, Lutero se enfrenta con Roma en ese punto, y reconoce únicamente como canónicos los libros del Antiguo Testamento que figuran en el canon hebreo, reservando el calificativo de "apócrifos" para los restantes. Ése será el criterio que, de manera generalizada, aceptan las Iglesias Protestantes. El Concilio de Trento establece definitivamente el canon católico, compuesto de los libros protocanónicos y deuterocanónicos (45 en total) y establece que los 27 libros del Nuevo Testamento tienen una categoría equivalente. El Concilio Vaticano I en 1870 insistió de nuevo en estos puntos de vista. Son más de cinco mil los manuscritos medianamente completos que se conservan del Nuevo Testamento griego, unos escritos sobre papiro, otros sobre pergamino y otros sobre papel. Los hay escritos en letras mayúsculas (unciales) y en cursiva o minúscula. Son numerosos los leccionarios, con selecciones de textos para las lecturas litúrgicas. Unos 125 de los citados manuscritos provienen de los cinco primeros siglos de nuestra era, mientras que la mayoría son de los siglos XI al XV. La primera impresión del texto completo del Nuevo Testamento se hizo en Alcalá de Henares, en 1514, como volumen V de la Biblia Políglota Complutense impulsada por el Cardenal Cisneros. Debido a dificultades de distribución por razones administrativas, se difundió antes la edición que preparó en 1516 en Basilea Erasmo de Rotterdam. Ante la abundancia de manuscritos y las consiguientes variantes textuales, las dificultades de establecer un texto crítico neotestamentario son muy grandes. Se han reconocido diferentes tipos textuales, probablemente utilizados en distintas localizaciones geográficas: Alejandría, Siria, Cesarea y Occidente. Un equipo de expertos de la Universidad de Münster lleva muchos años trabajando sobre los manuscritos con objeto de reconstruir en lo posible la historia del texto y publicar una edición crítica fiable del texto griego del Nuevo Testamento. En 1993 apareció la 27ª edición del Novum Testamentum Graece, obra del equipo encabezado por E. Nestle y K. Aland. El texto griego de la Septuaginta, convertida en el texto habitual del Antiguo Testamento para los cristianos, fue sometido en Cesarea a una profunda labor de revisión por Orígenes en el siglo III, mientras que en Antioquía a finales del siglo IV se seguía la recensión de Luciano, y en Egipto la de Hesiquio. De la Septuaginta se hicieron diversas traducciones a distintas lenguas: las primeras, en los primeros siglos critianos, al siriaco (Pesitta, que algunos ven, en parte al menos, como de origen judío más que cristiano), y al latín (Vetus Latina). Más adelante se realizarían asimismo versiones del griego al copto, a la lengua gótica, al armenio, al georgiano, al eslavo, al etiópico y, también, al árabe. En 382, con objeto de unificar el excesivo número de textos latinos de la Biblia que circulaban, el papa Dámaso encargó una revisión de los Evangelios a Jerónimo, que conocía bien el latín y el griego y aprendió el hebreo de rabinos judíos. Después se ampliaría esa revisión a la mayor parte de los libros bíblicos, a veces con intervención de alguno de sus discípulos. Así se elaboró la Vulgata, traduciendo a partir del original hebreo la mayoría de los libros del Antiguo Testamento, aunque para los Salmos y algunos libros deuterocanónicos siguió el texto griego, en ocasiones limitándose a revisar la Vetus Latina. La Iglesia Católica le reconoció un valor muy especial entre las demás versiones en el Concilio de Trento (1546). Las traducciones de la Biblia a las lenguas modernas han sido innumerables. En la Europa renacentista, la traducción de Lutero al alemán (en 1522 apareció el Nuevo Testamento y en 1534 la Biblia completa) tuvo una importancia muy particular por su enorme difusión y su repercusión en la propia lengua alemana. En inglés, la versión más extendida fue la "autorizada", llamada King James (1604), realizada por un amplio grupo de expertos en Oxford y Cambridge. En español, las prohibiciones inquisitoriales lograron en un principio frenar las traducciones, por lo que la primera versión completa que se imprimió fue la protestante de Casiodoro de Reina (1569, llamada Biblia del Oso), revisada por Cipriano de Valera en 1602. Entre las muchas que han aparecido en la segunda mitad del siglo XX merece destacarse, por su exactitud y buen criterio, la de F. Cantera (2ª ed., Madrid, BAC major, 1979). Capítulo aparte merecen las Biblias Políglotas que se publicaron en la Europa Occidental a partir del siglo XVI, incluyendo los textos originales y las principales versiones antiguas de la Biblia. La primera fue iniciativa del Cardenal Jiménez de Cisneros: la Biblia Políglota Complutense, que vio la luz en Alcalá de Henares entre 1514 y 1517. Medio siglo más tarde, el impresor francés Cristóbal Plantino, afincado en Amberes, logró el apoyo de Felipe II para publicar una nueva Políglota, de cuya dirección filológica se encargó el español Benito Arias Montano (Biblia Políglota de Amberes o Biblia Regia, 1569-1573). En el siglo XVII se editarían dos nuevas Políglotas en París (1628-45) y en Londres (Walton, 1653-57). Hacia mediados del siglo II comienzan los cristianos a interesarse por los comentarios de la Escritura, pero es en el siglo III cuando Hipólito en Roma y Orígenes en Alejandría dejan escritas importantes y numerosas obras exegéticas. La escuela alejandrina iniciada por Orígenes se caracteriza por su exegesis alegórica de la Escritura. Frente a ese tipo de exegesis, se desarrolla en Antioquía a fines del siglo IV y comienzos del siglo V una exegesis literal, sólidamente fundada, representada por Teodoro de Mopsuesta y Teodoreto de Ciro. Entre los Padres latinos, Agustín trata en sus obras no pocos temas relacionados con la Biblia. Jerónimo, además de traducir la Vulgata, hizo una importante labor como comentarista de diversos libros bíblicos desde la perspectiva que le daba un buen conocimiento filológico. Gregorio Magno (siglos VI-VII), Isidoro de Sevilla (siglo VII) y Veda el Venerable (siglo VIII), figuran entre los exegetas más conocidos de la Alta Edad Media, partidarios sobre todo de una exegesis alegorista. Durante el Medievo se desarrolla en la Europa occidental la teoría de los "cuatro sentidos" de la Escritura que, junto al literal y el alegórico, incluye el moral y el místico. Hugo de San Víctor y sus discípulos en París (siglo XI) dieron un nuevo impulso a la exegesis bíblica en la línea más literal, en la que coincidirán también los escolásticos, como Alberto Magno y Tomás de Aquino en el siglo XIII. El conocimiento del hebreo permite una exegesis renovada a partir del siglo XIV, sobre todo en la obra del franciscano francés Nicolás de Lyra. Característica común de los exegetas cristianos del Renacimiento es la importancia que se concede a la vuelta a las lenguas originales de la Biblia y al empleo de adecuados métodos filológicos para la interpretación de los textos. En general, la exegesis cristiana de la Biblia se desarrolló al margen de la judía. Puede decirse, para ser más exactos, que a lo largo de los siglos se ignoraron mutuamente, a no ser en los casos en que se atacaron. El comentarista judío que más impacto causó entre los cristianos fue sin duda Rasi, que a través de los Victorinos y sobre todo de Nicolás de Lyra, influirá notablemente en la exegesis cristiana del Renacimiento. A partir de la segunda mitad del siglo XVII toman fuerza en el ambiente cristiano corrientes críticas y racionalistas que dan un nuevo enfoque al estudio de los libros bíblicos. Richard Simon (1678), Renan y, ya en el siglo XIX, J. Wellhausen, así como otros muchos expertos, sientan las bases de ese estudio moderno aplicando a la Biblia los métodos de la crítica literaria y la distinción de fuentes. En el siglo XX se inauguraron nuevos métodos de trabajo, como la Historia de las formas (H. Gunkel, R. Bultmann), la Historia de la redacción, el estructuralismo, etc. El impacto de la Biblia en la cultura occidental difícilmente puede exagerarse. No sólo ha servido de fundamento para la fe y la conducta de judíos y cristianos, y ha inspirado la legislación y las normas sociales por las que se rigen numerosos países occidentales; ha dejado además su huella en muchos terrenos no específicamente religiosos: la lengua, la literatura, el arte y la música de Occidente están llenos de motivos e imágenes bíblicas. Aparte de gran número de nuestros nombres propios, baste recordar una pequeña muestra de títulos: en el campo literario, Los nombres de Cristo de Fray Luis de León, Pastores de Belén o La hermosa Ester de Lope de Vega, La venganza de Tamar de Tirso de Molina, La cena de Baltasar o A tu prójimo como a ti de Calderón, el Paraíso perdido de Milton, el Ester de Racine, El Sansón nazareno de Antonio Enríquez Gómez, El Macabeo de Miguel de Sylveira, José y sus hermanos de Thomas Mann, Jeremías de Stefan Zweig, La anunciación a María de Paul Claudel, etc.; en las artes plásticas, el Moisés, el David o la Capilla sixtina de Miguel Ángel, Judit con la cabeza de Holofernes de Boticelli, El Profeta Isaías de Rafael, Lot y sus hijas o Adán y Eva de Durero, San Juan Evangelista en Patmos de Velázquez, Adán y Eva del Greco, Sansón cegado por los filisteos de Rembrandt, Moisés salvado de las aguas de Veronés, las Doce tribus de Marc Chagall; en el terreno de la música, la Pasión según San Mateo de Bach, Israel en Egipto de Haendel, Judith triunfante de Vivaldi, El Mesías de Haendel, La creación de Haydn, Las bienaventuranzas de C. Franck, Sansón y Dalila de Saint-Saëns, etc. Terminaremos dedicando unas palabras al Libro del Génesis, que es el libro de la Torá o Pentateuco de la Biblia hebrea. Se ha generalizado el empleo de este nombre, procedente del griego g?nesij 'origen, inicio', si bien el hebreo originario está tomado de la primera palabra del libro: be-reshit 'en el comienzo'. El libro comienza, en efecto, con los relatos sobre la creación del mundo y del hombre, sigue con la historia de los primeros tiempos de la humanidad, incluyendo la época de los patriarcas, y concluye con la muerte de Jacob y de José. Las fuentes o hilos literarios que han servido de base para la forma actual del libro son los mismos que para los restantes libros de la Torá. Los expertos suelen reconocer materiales procedentes de las más antiguas fuentes "yahwistas", del "elohísta" y del "código sacerdotal", muchas veces con claros paralelos en las fuentes extrabíblicas, en la literatura religiosa y mitológica de Egipto, Mesopotamia y Canaán. El libro tiene ante todo distintas secciones narrativas, aunque también algunas de consecuencias legales. Algunos de esos materiales son de gran antigüedad (como, por ejemplo, el matrimonio de los "hijos de Dios" [o "de los dioses"] con las hijas de los hombres, el episodio de "la torre de Babel", el poema arcaico de las bendiciones de Jacob, si bien la forma definitiva del libro, al igual que la de todo el Pentateuco, debió de fijarse como muy pronto en la época del Exilio de Babilonia. El libro comienza relatando los orígenes del mundo y de la humanidad: creación del mundo y de los primeros hombres según el código sacerdotal, o según fuentes "yahwistas", incluyendo el primer pecado; Caín y Abel y los descendientes de Set; Noé y el diluvio; genealogías y torre de Babel; la historia de Abraham, y de los otros patriarcas, Isaac y Jacob; el relato sobre José y sus hermanos en Egipto; las bendiciones y muerte de Jacob; la muerte de José. El influjo del libro del Génesis en la historia de las religiones ha sido muy destacado: algunos de sus elementos doctrinales han tenido una importancia decisiva en el desarrollo ulterior del judaísmo y de las religiones monoteístas emparentadas, como el cristianismo y el islam: el Dios que crea el mundo de la nada, y se ocupa de él y de la historia, el primer pecado y sus consecuencias para la humanidad, la alianza de Noé, la alianza de Abraham, la elección, la promesa del país, etc. Muchos de los temas que aparecen en este libro han servido de inspiración para los escritores y artistas de todo género: Adán y Eva, el paraíso perdido, Caín y Abel, la torre de Babel y el Diluvio, las figuras de los Patriarcas, el sacrificio de Isaac, Sodoma y Gomorra, la historia de José, etc. pertenecen ya a la historia cultural de la humanidad. Las Epístolas Católicas son siete libros del Nuevo Testamento en forma de carta o epístola (de género similar a las Epístolas de Pablo), atribuidos a diversos apóstoles cristianos. Al revés que las relacionadas con la persona de Pablo, no se suele indicar en estas epístolas quiénes eran sus destinatarios, por lo que el nombre de «católicas» indicaría que van dirigidas a toda la cristiandad. Una de esas cartas se atribuye tradicionalmente a Santiago, otra a Judas, dos a Pedro y tres a Juan, aunque no es muy probable que ninguno de los doce apóstoles tuviera que ver con la redacción de estas epístolas. Las cartas atribuidas a Juan pueden haber sido redactadas por discípulos del autor del evangelio del mismo nombre. Las «epístolas católicas» son, en general, más recientes que las atribuidas a Pablo, algunas tal vez se escribieran a comienzos del siglo II. ---------------------------------------------------------------------------------

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