ENSAYO, La 'izquierda' política.
Introducción: presupuestos lógicos En el momento de disponernos al análisis de un concepto como el de «izquierda» (en sentido político) que es, de hecho, inseparable del concepto de «derecha» (política), aunque sea disociable de él, nos parece conveniente, por no decir necesario desde un punto de vista crítico, tratar de «poner sobre la mesa» un cierto conjunto de conceptos lógicos clasificatorios –conceptos propios de la lógica formal o material– que están embebidos en los conceptos que nos ocupan directamente y que, por consiguiente, tendremos que utilizar de un modo u otro. Principalmente: los conceptos de claridad / oscuridad y de distinción / confusión, o bien el concepto de concepto unívoco-sustancialista y el de concepto funcional o relacional, y acaso algún otro concepto concomitante (como pudiera serlo el concepto de perspectiva emic o etic, y el concepto de campo categorial de un concepto o Idea). Refirámonos, ante todo, a la cuestión de la claridad y de la distinción. Es práctica común considerar al concepto de izquierda política como correlativo al concepto de derecha política; pero no es fácil, al menos en muchas situaciones en las cuales los partidos de derecha o izquierda se unen en un «bloque histórico» (o simplemente, en una coalición electoral), establecer las diferencias. Y no falta quien llegue a pensar que si estas diferencias se hacen borrosas es debido a que las propias definiciones de lo que significa la izquierda y la derecha se han desdibujado en nuestros días. A. Toffler, por ejemplo, dice: «los términos derecha e izquierda son reliquias del periodo industrial que ahora han pasado ya a la historia. Derecha e izquierda tienen que ver con quién consigue qué: cómo se dividieron la riqueza y el poder del sistema industrial. Pero hoy día la lucha entre los mismos es algo parecido a una riña sobre unas tumbonas en un transatlántico que se hunde.» También Anthony Giddens, aunque desde otro punto de vista, cree que es posible situarse «más allá de la izquierda y de la derecha». Ahora bien: si es difícil establecer las diferencias entre dos conceptos que no son enteramente claros (como exigiría una conceptuación unívoca de los mismos), y si es difícil determinar las características que definen a cada concepto, es porque éstos son oscuros y confusos. En efecto, en la medida en que cualquier concepto o Idea está siempre «en sociedad» con otros conceptos o Ideas, podemos hablar de su «dintorno» y de su «entorno», separados ambos por un «contorno». Podemos decir entonces que un concepto será distinto cuando las líneas o notas que constituyen su dintorno se nos muestran con una mínima precisión (en caso contrario, estaríamos ante un concepto confuso); y un concepto será claro cuando las notas diferenciales respecto de otros conceptos de su entorno estén bien determinadas (en caso contrario, hablaremos de un concepto oscuro o, acaso, «borroso»). Por supuesto, la claridad y la distinción son «magnitudes» que admiten muchos grados y que pueden establecerse en diversos planos. Puede darse el caso además de que alguien utilice un concepto claro (al menos a ciertos efectos) que, sin embargo sea confuso (alguien puede utilizar con claridad el concepto de «célula» respecto del concepto «cristal», pero sin por ello poseer un concepto distinto de célula); y puede darse el caso de un concepto que, aun siendo oscuro, sea sin embargo distinto. Y, por su parte, caben conceptos que a la vez sean claros y distintos y conceptos que a la vez sean oscuros y confusos en un grado tan alto que su condición de concepto quede comprometida. Por nuestra parte, no afirmamos, en general, que los conceptos de izquierda y de derecha se presenten siempre como confusos y oscuros, sino todo lo contrario. Y desde determinados sistemas de premisas o axiomas, como podrían ser los del anarquismo tradicional o los del marxismo clásico, o también desde determinadas definiciones de formato unívoco que utilizan alguna característica abstracta («solidaridad», «optimismo hacia el futuro», etc.) para definir la izquierda, el concepto de izquierda puede considerarse formalmente como un concepto claro y distinto. Lo que ocurre es que estas distinciones claras y distintas desde determinadas premisas no son aplicables muchas veces al terreno político empírico (¿acaso no hay gente de derecha que es optimista, cara al futuro?). Y sobre todo estas distinciones «claras y distintas» son múltiples, y no de un modo complementario, sino muchas veces, incompatible, como incompatibles son las definiciones de izquierda que ofrece un anarquista, un leninista o un socialdemócrata. Y ocurre que la mera acumulación o superposición de definiciones claras y distintas de un «mismo» concepto convierte a tales definiciones en confusas y oscuras, de parecida manera a como las definiciones claras y distintas del Dios de las religiones monoteístas, por el hecho de ser diferentes y aun mutuamente incompatibles (unas veces Dios es Yahvé, otras veces es Alá, y otras, la Santísima Trinidad), convierten al Dios de las religiones superiores en un término «socialmente» confuso y oscuro. Ahora bien: si partiésemos de alguno de estos sistemas de premisas o de definiciones unívocas podríamos comenzar diciendo que el concepto de izquierda (o de derecha) es un concepto claro y distinto y que la tarea abierta, después de definirlo, consistirá en la rectificación o destrucción crítica o catártica de las restantes acepciones, que aparecerán como acepciones degeneradas. Dicho de otro modo, la oscuridad y confusión de los conceptos de «izquierda» y «derecha» habrá que atribuirlas a todas las definiciones que no se ajusten a la que está formulada desde el sistema de axiomas o desde el criterio unívoco de referencia. Y aunque no comencemos por afirmar que esta metodología sea absurda y propia de un dogmatismo o de un subjetivismo inadmisibles, si creemos necesario comenzar subrayando los peligros de una tal metodología en tanto ella depende de axiomáticas que, en ningún caso, tienen fuerza de convicción suficiente para obligar a dar por buena la crítica a los conceptos de izquierda y derecha mantenidos por quienes no comparten tales axiomáticas. Por ello nos parece más adecuada una metodología que parta de la constatación de la multiplicidad «empírica» de definiciones de izquierda y derecha. Y sólo contando con esa multiplicidad (sin suponerla a priori resultado de una degeneración del concepto originario), podremos iniciar el regreso a algún concepto que sea capaz de dar cuenta de la propia multiplicidad de definiciones; no necesariamente en el sentido de ponerlas a todas en el mismo plano, sino tratando de reconstruirlas y situarlas ordenadamente en los lugares que puedan considerarse más adecuados. Nuestro punto de partida, en la cuestión que nos ocupa, será la constatación misma de la oscuridad y confusión «social» del concepto de «izquierda», y correspondientemente, del concepto de «derecha», tal como se utilizan en nuestros días. Partimos así del supuesto de que nos encontramos ante conceptos sumamente confusos y oscuros, y de que quien crea poder utilizar el concepto de izquierda (o de derecha) como si fuera claro o distinto, es acaso quien en mayor oscuridad y confusión se encuentra, al menos desde el punto de vista que hemos llamado «social», en la medida en que no advierte que las premisas o criterios desde los cuales él puede ofrecer sus conceptos «claros y distintos» no son compartidos por los demás. Ni tampoco, por tanto, son aplicables fácilmente al material empírico. Los conceptos ofrecidos como claros y distintos resultan ser, por tanto, al menos socialmente, confusos y oscuros. Algunos (muchos) dirán que, en cualquier caso, no son las Ideas claras y distintas las que importaría tener en cuenta en el momento de definir a la «izquierda» o a la «derecha», sino los sentimientos o, como suele decirse, las sensibilidades (la «sensibilidad de la izquierda», por ejemplo). Transportando al terreno político la sentencia de Tomás de Kempis, dirán algunos que es «más importante sentir la izquierda que saber definirla». Pero al margen de la importancia relativa que ese sentimiento tenga como indicio de la cohesión del grupo, lo que aquí nos importa directamente es la definición de la izquierda y, por tanto, la determinación de sus diferencias con la derecha, supuesto que no aceptamos la conclusión de Toffler. Las diferencias entre izquierda y derecha son oscuras, al menos en muchas circunstancias; los conceptos de izquierda y de derecha serán borrosos. Por tanto, no habrá por qué esperar que la claridad exigible al hablar de izquierda, frente a derecha, tenga por qué ser la claridad propia de las distinciones dicotómicas o disyuntivas (en blanco y negro). En la España del año 2000, las diferencias entre el Partido Socialista (suponiendo que represente la izquierda) y el PP (suponiendo que represente la derecha, supuesto que él mismo no acepta) se oscurecen en todo lo que concierne a su política relativa al «Estado del bienestar», a la OTAN, a Europa, etc.; pero esto no significa que no existan diferencias; simplemente que éstas se mantienen muy oscuras, incluso encubiertas por diferencias que aparecen en la superficie (como puedan ser por ejemplo, las diferencias ante el Plan Hidrológico Nacional en un momento dado). Refirámonos ahora a los dos conceptos que tradicionalmente eran pensados como las dimensiones lógicas comunes a todo concepto, a saber, la dimensión de la intensión y la dimensión de la extensión. Estas dos dimensiones afectan, en principio, a los conceptos nomotéticos o universales (como «Nación»); porque lo que algunos (con Windelband) llaman conceptos idiográficos no tendrían propiamente extensión (sino a lo sumo denotación o referencia, como le ocurriría al concepto «España»); y porque otros conceptos, que podrían llamarse utópicos (como el concepto de hipercubo en el espacio euclidiano) no tendrían si quiera una extensión unitaria, sino nula (la propia de las clases vacías). Hay que reconocer que tanto la intensión como la extensión del concepto de izquierda (o de derecha) es muy indeterminada, por no decir escandalosamente indeterminada. Por de pronto, se viene observando, en las últimas décadas, la tendencia, al menos desde una perspectiva emic a considerar al concepto de derecha (descontando los grupúsculos de extrema derecha) como si tuviera una «extensión 0». O, dicho de un modo más llano, se viene observando que ningún partido político, ni sus militantes, quieren llamarse, ni ser llamados de derechas, sino de centro. Pero en todo caso, una simple ojeada a la variedad de autodenominaciones (emic, por tanto) de los partidos políticos de izquierdas, que además muchas veces se presentan como incompatibles entre sí (es decir, que rehusarían reconocerse como meras especies de un género), nos autorizará a llegar a la conclusión de que ni la intensión ni la extensión del concepto de izquierda (correlativamente, de derecha) están mínimamente definidas. Podremos escoger: «izquierda unida», «izquierda política», «izquierda social», «izquierda nacional», «nueva izquierda», «izquierda radical», «izquierda democrática», «izquierda republicana», «izquierda burguesa», «extrema izquierda», «izquierda marxista», «izquierda anarquista», «izquierda transformadora», «tercera izquierda», «izquierda liberal», «izquierda cristiana», «centro izquierda», «izquierda verde», etc.; y otro tanto ocurriría con la derecha: «extrema derecha», «derechas autónomas», «derecha nacional», «derecha nacionalista», «derecha fascista», etc. Es cierto que muchos consideran que esta variedad de manifestaciones no excluye «la unidad de la izquierda» (o de la derecha), y que todas las diferencias son sólo matices del «arco multicolor de la izquierda eterna» (o de la «derecha de siempre»). Pero esta hipótesis es sólo un buen deseo, porque estos «matices» representan a veces diferencias irreconciliables entre las izquierdas, como lo fueron las diferencias entre Marx y Bakunin en la I Internacional o las diferencias entre comunistas y anarquistas en el Madrid de 1939. Y porque no es evidente que cuando se forma un «Frente Popular», sea, salvo en los discursos, la condición «izquierda» la que une a los partidos, sino acaso otros motivos coyunturales que determinan la formación de un «bloque histórico» ante terceros. (¿Qué tiene que ver con la «izquierda» la conjunción de socialistas y nacionalistas aragoneses en las manifestaciones del invierno del 2001 contra el Plan Hidrológico Nacional? ¿Acaso los proyectos técnicos sobre el trasvase del Ebro son de derechas?, etc.). Constituirá, según esto, una forma definitiva de confusión y oscuridad de conceptos el presuponer que la unión de las izquierdas sea su «destino manifiesto». Si nos referimos ahora al campo de los conceptos: salvo los conceptos (o mejor Ideas) llamados trascendentales (porque desbordan todo campo categorial), los conceptos tienen un campo categorial que hace imposible transportar, sin «error categorial», los conceptos de un campo a otro campo distinto, salvo por analogía. No puedo transportar el concepto de organismo, propio de la biosfera, al campo constituido por las coalescencias moleculares: en los colmillos de un lobo encontraremos moléculas de calcio o aminoácidos, pero en las moléculas de calcio o en los aminoácidos, no podríamos encontrar colmillos de lobo, ni nada semejante. Pero ¿está siquiera definido el campo de los conceptos de derecha y de izquierda? Según algunos, estos conceptos se aplicarían también a campos filosóficos o científicos. Así, ya a principios del siglo XIX se habló de la «izquierda hegeliana» y a mediados del siglo XX, E. Bloch definió la «izquierda aristotélica», en la que hizo militar tanto a Estratón de Lampsaco como a Avicena. Mas aún: se habla, de vez en cuando, por parte de los historiadores de la Física, de una «izquierda realista» (Planck, Einstein, Ehrenfest) y de una «derecha positivista» (la escuela de Copenhague-Gotinga, Bohr, Born, Heisenberg, Jordan...). Incluso algunos historiadores del pensamiento griego, Thompson por ejemplo, insinuaron que mientras la Geometría griega era una disciplina aristocrática (diríamos, de derecha), la Aritmética habría sido una disciplina democrática (de izquierda). Pero aun manteniéndonos en el campo de las categorías políticas habrá que preguntar por la legitimidad de utilizar los conceptos de izquierda y derecha más atrás del siglo XVIII. ¿Es legítimo hablar de izquierda o de derecha refiriéndonos a las sociedades esclavistas (en las que Mario y César representarían la izquierda, frente a Sila, a la derecha) o de la época moderna (Carlos I representaría la derecha y los comuneros la izquierda)? Y aún en la época contemporánea ¿qué alcance puede tener hablar etic de la «oposición de izquierda» (Trotsky, Preobazhenski) en la Unión Soviética de la época de Stalin, a quien habría que situar por el «automatismo posicional» en la derecha? O refiriéndonos a los Estados Unidos ¿qué alcance puede tener clasificar al partido republicano como partido de derecha y al partido demócrata como partido de izquierda? Por último, tendremos que referirnos a aquel aspecto de cualquier concepto que consideramos como «su formato lógico» por antonomasia, por cuanto afecta a la conformación interna misma de sus contenidos semánticos, hasta el punto de poder decirse que forma parte, y en primer grado, aunque parte genérica, sin duda, de tales contenidos semánticos. El formato lógico de un concepto, en efecto, sin perjuicio de su carácter genérico puede llegar a ser parte del constitutivo esencial del concepto, y la mejor prueba es que un concepto que está siendo interpretado desde un determinado formato lógico (por ejemplo, desde el formato de una clase booleana) cambia profundamente de significado cuando se le interpreta desde un formato lógico diferente (por ejemplo, desde el formato de un concepto relacional). No está de más constatar aquí la gran frecuencia con la que se utiliza una fórmula, que es propiamente lógica, por parte de quienes se disponen a responder a la pregunta: «¿Qué entiende usted por izquierda política?»; una fórmula que indica inequívocamente la intención (más o menos representada) de regresar previamente hacia los constitutivos formales del concepto de izquierda que va a ser ofrecido, como condición, e incluso como parte de la respuesta: «La izquierda (tal es la fórmula) es, ante todo, un concepto relativo.» No es ya tan evidente qué es lo que quiere decirse con esto. ¿Que es un concepto relacional (como mayor, o menor, o doble), o bien que es un concepto que expresa una correlación binaria posicional con la derecha, o bien que expresa una correlación ternaria posicional con respecto a terceros términos, respecto de los cuales es relativo (como ocurre al término «entre»)? ¿O acaso que es un concepto funcional cuyos valores son relativos a los valores de la variable independiente y de los parámetros? Lo que sí parece evidente es que quien se decide a definir comenzando por subrayar el carácter relativo del concepto de izquierda (o de derecha) está comenzando también por tener en cuenta, acertada o erróneamente, el «formato lógico» de este concepto. Consideraremos aquí tres tipos de formatos lógicos, por la incidencia que ellos tienen en los conceptos de izquierda y de derecha: el primero de ellos, es el formato propio de los conceptos unívocos (que corresponden aproximadamente a los conceptos sustancialistas de Cassirer); los otros dos tienen el formato propio de los conceptos relacionales. I. Un concepto con formato unívoco (absoluto, sustancial) es un concepto construido como si fuese una clase booleana (generalmente uniádica, aunque también podría ser diádica o n-ádica) –aunque podría también tratarse como si fuera un conjunto borroso en el sentido de Zadeh– definida por una intensión (o «acervo intensional») susceptible de reproducirse distributiva e indefinidamente en los diversos «elementos» de la clase, que constituyen la extensión del concepto. Los elementos de una clase están dados, por lo demás, a la «escala» establecida por la intensión de la propia clase. Los elementos de la clase aritmética de las unidades, a una escala dada (por ejemplo, los individuos humanos), no son los elementos de la clase de las parejas o de las ternas o de los grupos, más o menos extensos, susceptibles de ser constituidos a partir de aquellas unidades. Por lo demás, un concepto con formato de clase puede ser genérico respecto de otras subclases en él contenidas. La clase de los «militantes de partidos políticos» es genérica porque contiene tanto a la clase de los individuos que militan en partidos de izquierdas como a los que militan en partidos de derechas. La clase de los «partidos políticos de un Estado» tiene como elementos a los propios partidos políticos y es, por tanto, una clase distinta de la clase de los «militantes de partidos políticos». II. Lo que llamamos conceptos con formato posicional son conceptos de relación y, a veces, incluso de relación funcional sui generis. Un concepto puede, sin dejar de ser unívoco, ser un concepto de relación, ya sea binaria o ternaria, etc, ya sea simétrica, asimétrica o transitiva; pero un concepto de relación no tiene por qué ser funcional (la relación de madre a hijo no es «por sí misma» unívoca a la derecha). En general, supondremos que el formato posicional implica una relación binaria de oposición contraria (de distancia, de orientación o sentido del movimiento) que generalmente es tratada extensionalmente, de tal suerte que, sólo después de establecida la posición (o las coordenadas) del término, quede fijada, mediante una definición coordinativa, la posición del opuesto. El formato posicional puede aproximarse al formato funcional en el que se haya puesto entre paréntesis la característica de la función, quedando «libre» la regla de la determinación del término opuesto (la característica habrá sido encerrada entre paréntesis, no porque se haya eliminado, sino porque aparece confusamente envuelta con otras características). En una carretera unidimensional por la que circulan varios automóviles puedo determinar la posición relativa de cada uno de ellos respecto del mío, según el sentido de su movimiento (contrario o el mismo); si la carretera mantiene siempre su dirección (de norte a sur, por ejemplo) las diversas posiciones de distancia que mi automóvil va ocupando respecto de los demás describirá una trayectoria recta; pero si la carretera va cambiando de dirección el automóvil describirá una trayectoria en zigzag respecto de un sistema de coordenadas espaciales fijas. Análogamente ocurre con las relaciones topográficas «a mi izquierda» o «a mi derecha»: basta que yo gire 180 grados para que se inviertan diametralmente las relaciones a la izquierda o a la derecha; y, según los grados del giro, estas relaciones variarán siguiendo una trayectoria en zigzag. Acaso el ejemplo más notorio de conceptos con formato posicional puro sea el concepto de la relación enantiomorfa entre configuraciones tridimensionales (mi mano derecha, por ejemplo, respecto de mi mano izquierda) –o bidimensionales– cuando se suponga que los términos de la relación son iguales (desde el punto de vista métrico y coordinativo). Sin perjuicio de esta igualdad, los términos vinculados por la relación enantiomorfa serán incongruentes, es decir, «no superponibles». En estos casos, los términos opuestos no se diferenciarán por su contenido, que suponemos ser el mismo, sino solamente por su posición relativa, por su «orientación» (dextrógira o sinistrógira). Y ocurre muchas veces que los partidos de izquierda o de derecha, tal como se dibujan en una determinada democracia parlamentaria, llegan a asumir programas o actitudes tan semejantes o indiscernibles que sólo cabría diferenciarlos por su «orientación», como si la relación entre los partidos de izquierda y de derecha fuese una relación enantiomorfa, similar a la que media entre una mano derecha y su correspondiente mano izquierda. III. Por último, un concepto con formato funcional es aquel que no tiene un significado unívoco, sino varios significados o valores; pero no arbitrarios, sino determinados por otras variables dadas según una regla o característica propia de cada función. En el concepto funcional habrá que distinguir, por tanto, una característica de la función, y un campo de variables, independientes o dependientes; además tendremos que tener en cuenta los parámetros de la función. Los conceptos funcionales estrictos podrán considerarse como desempeñando un papel intermedio entre los papeles desempeñados por los conceptos unívocos absolutos y papeles desempañados por los conceptos relacionales-posicionales. En efecto, la característica de la función puede equipararse, en gran medida, a un concepto unívoco (en la función aritmética y=k+3x, definida en el campo de los números enteros, la característica de la función equivale, para k=0 al concepto unívoco «triple»); sin embargo, los valores de la función ya no constituyen directamente la extensión propia de un concepto clase unívoco, puesto que estos valores sólo alcanzan sentido como resultado de la aplicación de la función a los valores de la variable independiente, dados ciertos parámetros k (que, eventualmente, podrán ser igual a 0). Nos proponemos ensayar una clasificación de la considerable masa de conceptos de izquierda (o de derecha) que se han ido acumulando a lo largo de más de dos siglos, tomando como criterio principal los diferentes formatos lógicos que en ellos pudiesen ser determinados. Como hemos dicho, al hablar de la condición genérica del formato lógico de un concepto, la determinación de este formato lógico no nos dispensa del análisis de su contenido específico; simplemente ocurre que, en vez de atenernos a estos contenidos semánticos específicos, con abstracción, en la medida en que sea posible, de sus formatos lógicos, nos obligamos a mantener la perspectiva de ese formato, en cuanto perspectiva de alcance muy largo (incluso: sorprendentemente largo, para los analistas que aborrecen todo tipo de «reflexión lógica»). Distinguiremos de este modo tres tipos, según su formato lógico, de conceptos de izquierda (o de derecha): • Un tipo unívoco sustancialista de conceptos de izquierda (o de derecha). • Un tipo relacional-posicional de conceptos de izquierda (o de derecha). • Un tipo funcional de conceptos de izquierda (o de derecha). Por supuesto, si las diferencias de tipo lógico tienen siempre algo que ver con las diferencias en la materia (o contenido) de los conceptos, habrá que concluir que las confusiones y oscuridades que advertimos, una y otra vez, en los conceptos de izquierda o de derecha, cuanto a sus contenidos, requerirán un análisis que tenga en cuenta, entre otras cosas, las confusiones y oscuridades de los formatos lógicos correspondientes. I. Conceptos de izquierda y de derecha configurados según un formato unívoco absoluto ¿Cabe hablar de un concepto (o de conceptos) de izquierda, o de derecha, que estén conformados según el formato lógico que hemos descrito bajo la denominación de «formato unívoco-sustancialista»? Teniendo en cuenta la génesis topográfica de las denominaciones «izquierda» y «derecha» (dando por buena la opinión casi unánime de quienes ponen esta génesis en la Asamblea de 1789, cuando se puso a debate, a propuesta del diputado Mounier, el 4 de septiembre, la cuestión del veto regio: a la izquierda del presidente se situaron los jacobinos y los diputados no realistas, y a la derecha los fuldenses, que alcanzaban el número de 250) muchos sobreentenderán que el formato que originariamente habría que atribuir a estos conceptos ha de ser desde luego el formato posicional o relacional; por lo que el formato unívoco-absoluto, si existe, habría que considerarlo como resultado de una evolución (y aun de una degeneración, por sustantivación) posterior. Sin embargo, a nuestro entender, la cuestión hay que analizarla de otro modo, porque una cosa es la denominación de las corrientes o partidos que se formaron en la Asamblea Revolucionaria y otra cosa es el concepto de esas corrientes y partidos así denominados. La denominación se tomaba de un formato relacional, propio de una relación topográfica; pero esto no autoriza a considerar como relacional a los [8] conceptos designados por ella. La connotación relacional podría haberse añadido, sin duda, a un concepto absoluto, pero de un modo secundario, incluso accidental; originariamente acaso el concepto que se utilizó en la Asamblea francesa podría haber sido concebido según el formato unívoco-absoluto (sobre todo, cuando nos referimos al concepto de «derecha»). En efecto, lo que definía a quienes estaban situados topográficamente a la derecha del presidente era su identificación con el Antiguo Régimen, que en su estructura implicaba muchas instituciones, principalmente el Trono (absoluto) y el Altar (único). Pero este concepto de la sociedad política del Antiguo Régimen era, sin duda, un concepto unívoco o absoluto; un concepto que estaba constituido mucho antes de que la «oposición de izquierda» comenzase a perfilarse; aunque sin duda podrán citarse antecedentes o correlatos republicanos en la antigüedad clásica o en las ciudades italianas de la Edad Media. Solo que estos correlatos del Antiguo Régimen no tenían por qué estar presentes durante los siglos y siglos que duró el «régimen feudal» (que derivaba sus conceptos teóricos de los principios absolutos de la Teología dogmática). Otro tanto podrá decirse del concepto de «izquierda», en el momento en el cual representaba la soberanía del pueblo (de la Asamblea) frente al poder real y al poder aristocrático (el debate sobre la votación por brazos o por cabezas). También podría apelar a las épocas anteriores al Antiguo Régimen, más o menos legendarias, para apoyar la «sustantividad de estirpe» de sus posiciones. Más aún, las denominaciones topográficas directas de «izquierda» y de «derecha» no estaban «calculadas» en la Asamblea en el terreno de las relaciones directas entre los dos «partidos» enfrentados; estaban «calculadas» a partir de la relación topográfica de los grupos de diputados enfrentados con la presidencia, como centro topográfico de la Cámara. Lo que las denominaciones querían decir era esto: «Los que están a la derecha de la presidencia» y «los que están a la izquierda». En principio, los representantes podrían haberse situado en lugares opuestos a los ocupados de hecho; aunque es ya significativo que, en cualquier caso, los diputados que defendían la misma opción estuviesen agrupados. No hay que descartar la influencia del simbolismo tradicional de la «diestra» y la «siniestra» en el momento de la ocupación de los escaños, dada la circunstancia de que fuera práctica habitual en los templos cristianos el que los fieles de las clases más pudientes ocupasen los bancos de la derecha (respecto del Altar) y los fieles de las clases más «populares» ocupasen los bancos situados más a la izquierda del templo. Ahora bien, en la medida en que estas relaciones topográficas de los «partidos» con la presidencia eran transitivas, se comprende que muy pronto la izquierda de la presidencia tuviese que considerarse también a la izquierda de la derecha de la presidencia y recíprocamente. Muchas definiciones recientemente propuestas para expresar la «esencia» de la izquierda o de la derecha, como conceptos recortados en un campo político, están construidas de acuerdo con el formato unívoco. Suelen ser además definiciones que apelan a supuestas características intensionales que resultan ser de índole más bien etológica o psicológica que política. Características que, en todo caso, permitirían clasificar, en clases booleanas o borrosas, a los individuos según que éstos realicen o no tales características. Y como, en general, estas características se presentan como opuestas por contrariedad a otras dadas estaremos en condiciones de presenciar, por este procedimiento, la formación de pares de clases contrarias, de «díadas», como dice Bobbio (aunque de un modo más bien «empírico», porque el ilustre profesor italiano no profundiza en la estructura lógica de estas clases y, en consecuencia, no puede diferenciar entre unas «díadas unívocas» –ni entre unívocos que no tienen por qué venir emparejados en díadas– y unas díadas relacionales, como pudieran serlo las que se dibujaron en la política europea después de la «caída del Muro»). En cualquier caso, estas clases admiten grados intermedios y extremos, como cuando formamos las clases «animales con sangre fría» y «animales con sangre caliente». Así, quien define la izquierda por la no-violencia (como hacía G. Vattimo) y a la derecha por la violencia (tomando al fascismo como prototipo) está regresando en realidad a características de índole etológica o psicológica, capaces de clasificar a los hombres (y también a los animales) en dos clases extremas: «no violentos» (ya sean hombres, ya sean palomas) y «violentos» (ya sean hombres, ya sean halcones). Las clases resultantes, aunque por su oposición puedan formar pares de clases opuestas, no se constituyen a partir de esa oposición, porque la clase de los no-violentos o pacíficos podría darse, y aún se pretende que se dé, aunque no existiera la clase de los violentos (por lo menos cuando la extensión de esta clase llegase a ser próxima a cero). Así también, quien como M. Tournier (El espejo de las Ideas), supone que un hombre es de derechas si mira al pasado como al depósito de los valores más firmes, manteniendo gran recelo ante todo lo que es nuevo; mientras que un hombre será de izquierdas cuando mira hacia el futuro pensando que de allí vendrá el progreso y el remedio a las injusticias y miserias procedentes del pasado. Pero los anarquistas españoles que describe Brennan miraban con nostalgia, como la fuente de los valores políticos, al pasado remoto en el que los hombres comían los alimentos crudos y no conocían las diferencias entre lo tuyo y lo mío. El inconveniente de estas definiciones por características tan sencillas como abstractas, es que nos llevan a Ideas claras y distintas, sin duda, pero «cortas»; es decir, a Ideas de un alcance muy limitado. Porque tales definiciones son aplicables únicamente a aquellas corrientes de la derecha o de la izquierda que satisfagan el criterio, pero no son aplicables a otras corrientes de la izquierda o de la derecha que no lo satisfagan sin que se ofrezca justificación alguna de la exclusión (la derecha liberal y progresista, incluso el fascismo, por su reconocido «vanguardismo», mantiene actitudes literalmente opuestas a las que, según la definición de Tournier debieran corresponderle). Se realimentará esta concepción univocista y absoluta de la izquierda y de la derecha cuando, de un modo más o menos reconocido, se otorgue un alcance, por así decir «trascendental», a tales conceptos y a la disyuntiva entre ellos; porque entonces, además de sustantivos, estos conceptos se nos mostrarán como si fuesen eternos rivales correlativos y disyuntivos. De este modo la oposición «izquierda» o «derecha» llegará a desempeñar un papel análogo, en las sociedades parlamentarias, al papel que desempeñó la oposición entre el Ying y el Yang entre los chinos o la oposición entre la Luz y las Sombras entre los persas («maniqueos», suele decirse en la literatura politológica). Izquierda y derecha se entenderán, de hecho, como dos clases en las cuales habrá que clasificar a los hombres, casi al modo como, según Calvino, los hombres se clasifican o bien en la clase de los precitos o bien en la clase de los elegidos; clasificación calvinista que tanto juego ha dado en España a través de la célebre clasificación de los españoles que Antonio Machado tuvo a bien habilitar: «una de las dos Españas ha de helarte el corazón.». Ahora bien, uno de los motivos por los cuales puede tener interés la constatación del formato unívoco y absoluto de muchos conceptos de izquierda y de derecha es que ella nos permite reinterpretar algunos conceptos de izquierda o de derecha que pasan como conceptos derivados, incluso como de-generados (como si fueran el resultado de la sustantivación de alguna relación o función interpretada a título de concepto originario). De hecho, el formato unívoco del concepto de izquierda sigue vivo en nuestros días, incluso en su forma trascendental o «cósmica». Aún hoy interpretan muchos la condición de pertenecer a la izquierda como si estuviese derivada de ciertos atributos trascendentales constitutivos de la propia personalidad. Muchos de quienes aún hoy en día se definen, con convicción cuasi mística, como «de izquierdas de toda la vida» (incluyendo en esa vida a la tradición familiar), y muchos de quienes entienden su condición de «izquierdas» (no ya de «comunista» o de «anarquista») como una concepción del mundo que colorea y penetra todos los aspectos y detalles de su vida (algo similar a lo que para otros significa la condición de «cristiano viejo» o de «musulmán chiíta») están utilizando el formato absoluto. Y así fue interpretado el concepto de «izquierda», hace décadas, por hombres como Lukacs, Lefebvre, Sartre. El «ser de izquierdas» se presenta entonces como un atributo capaz incluso de conferir un sentido a la vida; un atributo que permitiría situar a los hombres en el puesto real que les corresponde en el Mundo, y ello aunque su vida transcurra en lujosos apartamentos o en la vida social de los círculos más aristocráticos: «video meliora proboque, deteriora sequor.» (¿No le ocurre otro tanto al cristiano viejo o al chiíta pecador?) Se comprende también así la paradoja que, a medida en que las circunstancias históricas o la real politik arroje a los militantes de partidos de izquierda a formas de vida muy próximas, y aun de mayor calidad de vida que las de tantos y tantos militantes de la derecha, es decir, a medida que se vacíen más y más de contenido las diferencias positivas o empíricas entre los militantes de izquierda y los de derecha, se aducirá con mayor énfasis la condición de su pertenencia a una izquierda unívoca, absoluta y casi meta-política (por no decir metafísica). Esto tendrá lugar ya, por ejemplo, cuando los contenidos positivos, tradicionalmente asignados a la derecha (por ejemplo el Trono y el Altar), hayan sido asimilados también por la izquierda. La izquierda española, después de la transición del 78, votó al Trono en la forma constitucional, y apoyó inequívocamente al Altar (a través, entre otros procedimientos, del llamado «impuesto religioso»). Se explicará la legitimidad de estas asimilaciones, aun dentro del formato unívoco, subrayando que si bien el Antiguo Régimen implicaba las instituciones del Trono y el Altar, en cambio estas instituciones no implican el Antiguo Régimen, siempre que se las transforme adecuadamente. Porque en todo caso, se dirá, Trono y Altar –y ahora se acudirá al análisis marxista– son superestructuras, siendo así que la verdadera estructura del Antiguo Régimen no se define en la superficie de esas instituciones, «accidentales», del Trono y del Altar, sino en las «relaciones de clase» que subyacen a ellas. Se añadirá: la «izquierda revolucionaria», que se mantuvo en el terreno de la «izquierda burguesa», en realidad sustituyó a la clase dominante explotadora del Antiguo Régimen por la nueva clase explotadora del régimen capitalista, lo que no le impidió recuperar las «superestructuras» del Trono (de Napoleón) y del Altar (¿no estuvo el Papa Pío VII presente durante su coronación en París el día 2 de diciembre de 1804?). En cualquier caso, la condición de «izquierda» corresponderá ahora a los herederos de las clases revolucionarias. La izquierda no se definirá en función del Trono y del Altar, sino en función de las clases explotadas y explotadoras, en función de los herederos de los sans culottes y del nuevo proletariado industrial, es decir, en función de los «pobres del mundo». Este será el «nivel de la izquierda» establecido por la I Internacional, como concepto absoluto o unívoco; concepto que, más tarde, evolucionará en la II Internacional («la izquierda es la socialdemocracia»), o en la III Internacional («la izquierda es el partido comunista de la URSS y los partidos hermanos»). Un proceso paralelo al que ocurre en Europa, tendrá lugar en España. Después de las Cortes de Cádiz y de la «ominosa década», los liberales, en cuanto opuestos al Trono absoluto, y limitadores, aunque muy débilmente del Altar, serán considerados más tarde, retrospectivamente, por sus sucesores republicanos, como la izquierda, en cuanto opuestos al absolutismo de los «serviles». En realidad, el concepto de izquierda no aparece en España, como denominación parlamentaria formal, hasta 1871, cuando en una sesión del Congreso de los Diputados el Ministro de la Gobernación, don Francisco de Paula Candau, y a propósito precisamente de la I Internacional dijo: «Creo que en este momento no hay más que dos caminos, no hay más que dos puertas: del lado de acá, los que están con la I Internacional; del lado de allá los que están con la sociedad en peligro: escoged.» El Diario de sesiones anota: «Aplausos en la derecha, murmullos en la izquierda.» II. Concepto de izquierda o de derecha conformado según el formato lógico posicional El formato posicional, aunque no hubiera sido el originario, llegará a tener un peso decisivo en la conformación histórica de los nuevos conceptos de izquierda y de derecha. Aquel, que antes hemos citado, que acostumbra a comenzar su respuesta a quien le pregunta: «¿Qué es la izquierda?», diciendo: «Izquierda es un concepto relativo», está casi siempre inspirado por este formato posicional. Sin embargo se diría que la «presión» del formato relacional es tanto más ejercida que representada; porque quien se define como de izquierdas se nos aparecerá siempre como envolviéndose en alguna ideología, o «nebulosa ideológica» de signo univocista-trascendental, mejor o peor controlada. Pero prácticamente, lo que confiere una cierta precisión positiva a las líneas de su definición será su posición frente a los adversarios políticos considerados como de derechas y, correspondientemente, a su posición junto a los militantes o jefes de su propio partido. En periodo electoral, sobre todo, rige la regla: «El que no está conmigo está contra mi.» El concepto posicional de izquierda (correspondientemente, el concepto de derecha) podría considerarse derivado de un concepto unívoco absoluto. En efecto, como hemos dicho, el concepto absoluto de derecha y, en su caso, el de izquierda, sería absoluto primariamente; pero secundariamente, de cada concepto absoluto se obtendría por derivación interna (como si fuera un proprium), la relación de oposición de contrariedad al otro concepto absoluto correlativo (relación que sería la que se representa topográficamente como relación de izquierda o de derecha). Ahora bien, la relación topográfica de izquierda y de derecha, medida a través del centro topográfico, puede considerarse como una relación transitiva, si se tiene en cuenta que el centro o presidencia estaba él mismo a la derecha de la izquierda y a la izquierda de la derecha. La izquierda de la izquierda es la izquierda, y la derecha de la derecha es la derecha; por lo que la derecha y la izquierda de la cámara podrían considerarse como posiciones directas y no como posiciones mediadas por el centro. En el momento en el que esta posición, que consideraríamos como derivativa o secundaria respecto del formato absoluto, se utilice como criterio inmediato o primario, por motivos prácticos, en este mismo momento, el concepto de izquierda y el de derecha se transformarán en conceptos posicionales. En su virtud, muchos, si no todos los contenidos de los conceptos unívocos originarios irán situándose poco a poco en un plano oblicuo, cada vez más oscuro y confuso, «nebuloso», sobre todo a medida en la que los propios contenidos, instituciones, planes, programas, vayan evolucionando y conformándose. En muchas ocasiones, el formato posicional inspira ciertos usos del concepto de izquierda (que desbordan, desde luego, el campo de la política, aunque sin necesidad de destruirlo) en los cuales este concepto se utiliza en realidad analógicamente, según una analogía de proporción fundada en una relación de oposición entre determinadas posiciones conservadoras (a la derecha) y otras renovadoras (a la izquierda), poniendo de hecho entre paréntesis los contenidos que se pretenden conservar o renovar. Es muy frecuente considerar, incluso tratándose de contenidos religiosos, como «derechas» a las posiciones de los conservadores u «ortodoxos», y como «izquierdas» a las posiciones de los revolucionarios o «heterodoxos» (aunque estos sean, desde otros puntos de vista, mucho más «reaccionarios» e irracionales que aquellos). Así, dentro del cristianismo es frecuente considerar a los «herejes» o «radicales» como «izquierdas», frente a los ortodoxos que representarían la derecha (en la novela de Delibes, El hereje, se procede como si los «intelectuales luteranos» de la Valladolid del siglo XVI anticipasen la «izquierda progresista» española); los talibanes afganos, como los chiítas iraníes de Jomeini, suelen ser considerados como «movimientos de izquierda revolucionaria», aunque políticamente representen la reacción conservadora más fanática propia de las derechas más negras. Pero, en ningún caso, la definición posicional podría considerarse como una definición autosuficiente. El formato posicional de los conceptos de izquierda y derecha no es un formato puro, pues ello implicaría que los contenidos de las corrientes de izquierda y las de derecha habrían llegado a ser los mismos, sin perjuicio de la permanencia de la oposición posicional e irreductible propia de los opuestos enantiomorfos idénticos pero incongruentes, de los que hemos hablado, pero en el terreno de la política («cristianos y marxistas podemos ir juntos hasta la muerte: allí nos separaremos, ustedes irán al cielo y nosotros al infierno»). Lo cierto es que históricamente la definición posicional de la izquierda (o la de la derecha) sólo de un modo muy confuso y oscuro podría ser aplicada globalmente (a la manera como se aplica a los cuerpos enantiomorfos). Pero los contenidos (instituciones, planes, programas, etc.) englobados en los conceptos de izquierda o de derecha no se opondrán de modo global, sino, por decirlo así, analítico, es decir, desplegándose en conjuntos o series de puntos (puntos programáticos, por ejemplo) sobre los cuales se aplicará la relación oposicional. El análisis de estos puntos puede tener lugar desde muy diversas perspectivas, principalmente desde estas dos: (I) La perspectiva global, la que da por supuesta una posición global previa, que podría representarse gráficamente por dos líneas continuas gruesas, dotadas de incurvaciones, pero exteriores entre sí, y a partir de las cuales habría que ir determinando los puntos sobre los cuales haríamos incidir la confrontación. (II) Una perspectiva puntual, gráficamente representada por pares de puntos discretos susceptibles de ser unidos en su momento por una línea. Por lo demás y casi siempre, cada punto ha de considerarse como intersección de dos líneas; por lo que la representación desde la perspectiva global (y con arreglos pertinentes desde la puntual) podrá tomar la forma de dos líneas enfrentadas cortadas por otras líneas paralelas o convergentes, cuyas intersecciones determinasen los puntos opuestos. Estas líneas pueden ser muy numerosas. En otro lugar propusimos hasta treinta líneas diferentes a título de «discriminadores semánticos». Unos, con un significado formalmente político («Trono», «Altar», «Estado», «constitución democrático-parlamentaria», «tolerancia», «Nación», «poder legislativo», «iniciativa popular», «sindicato», «ejército»); otras, con una significación materialmente política («matrimonio», «sexo», «homosexualidad», «eutanasia», «aborto», «pena de muerte», «manicomio», «diálogo», «ecología», «redistribución de la riqueza»), y unas terceras con significación política oblicua (teísmo, agnosticismo, cristianismo...). Cuando adoptamos la perspectiva global (I), la definición posicional (o cada definición posicional) de izquierda o de derecha se nos presenta como un desarrollo puntual de una oposición global presupuesta, que confiere unidad y aun coherencia a los diversos «puntos» determinados; pero cuando adoptamos la perspectiva analítica (II), la definición posicional de izquierda o de derecha se nos muestra, ante todo, como un «agregado» de pares de posiciones cuya unidad, representada por la línea que los une no puede considerarse asegurada de antemano. En la medida en la que impugnemos el significado objetivo de esa línea globalizadora, la oposición izquierda / derecha se disolverá en una multitud de oposiciones independientes (cuanto a su génesis social, su alcance, etc.). Sólo desde supuestas ideologías ad hoc podrían aparecer estas oposiciones como participantes de una misma y coherente oposición. Ahora bien, en tanto los puntos opuestos que podamos ir determinando no estén dados simultáneamente, sino sucesivamente, la línea globalizadora representativa de la izquierda irá discurriendo sobre puntos que no tienen por qué estar situados en una recta, es decir, tomará la forma de una línea en zigzag. (A veces, la posicionalidad del partido político de izquierda resulta ser puramente verbal, aunque pueda ser muy intensa: se subrayará la oposición a las posiciones de la derecha, pero sin que las alternativas políticas ofrecidas sean eficaces, o sean alternativas más propias de una ONG que de un partido político.) «Ser de izquierda es no ser de derecha.» Esta definición, que ha sido muy celebrada, contiene una ironía demasiado sutil para ser advertida por quienes no quieren saber nada de «formatos lógicos». Es una definición, que no podría ser otra cosa sino tautología evasiva (o a lo sumo «metafísica cósmica»), cuando es interpretada en el contexto del formato unívoco absoluto. Pero cuando es interpretada en el contexto del formato posicional, se transforma en una definición operatoria, práctica, y que nada tiene ya de forma tautológica o evasiva. Porque ahora la fórmula «no ser de derechas» equivale a la regla práctica que utilizan los dirigentes o los militantes de partidos de izquierda para fijar las posiciones diferenciales en zigzag respecto de la derecha: ser de izquierda como un modo de ser diferente del que es propio de la derecha, es adoptar sistemáticamente las posiciones opuestas a las que ha adoptado la derecha (dentro de un marco común presupuesto): si se trata del marco de un Plan Hidrológico Nacional y la derecha ha proyectado el trasvase del Ebro, ser de izquierda implicará oponerse a ese trasvase. Y en la medida en que las «posiciones de derecha» hayan ido evolucionando en zigzag, también tienden a evolucionar las de la izquierda. Como procedimiento más expeditivo, la «izquierda» utilizaría muchas veces el procedimiento que podría describirse por la fórmula «primero disparar, y luego apuntar». Primero se definirá posicionalmente el proyecto de izquierda por su oposición a algún proyecto propuesto por el adversario de derecha (o de centro); a continuación se buscaraá una interpretación ad hoc tratando de derivar el «proyecto de oposición» de los principios, aunque esta derivación sea gratuita porque habrá de comenzar fingiendo que se conocen ya los efectos del «proyecto de la derecha». Por ejemplo, un gobierno de centro derecha propone una reforma de la política educativa cuyo núcleo sea la eliminación de la selectividad; este proyecto podrá, en abstracto, ser reivindicado por partidos de izquierda que son opuestos a todo lo que implique «selección elitista» de los estudiantes que aspiran a una carrera universitaria. En cualquier caso, los efectos de la eliminación proyectada no son fáciles de preveer. Pero los partidos de izquierda, una vez tomada la decisión de oponerse, desde luego, al proyecto de un gobierno de derechas, buscarán una justificación teórica (ideológica) y la encontrarán enseguida: «la eliminación de la selectividad es una medida tomada por el gobierno para favorecer a los estudiantes pertenecientes a las familias burguesas». Pero esto es precisamente lo que se trata de demostrar. La izquierda, sin embargo, en la medida en que tienda a mantener el formato unívoco de su definición, yuxtaponiéndola al formato posicional, práctico, tendrá que apelar a su comunidad de estirpe, a la genealogía de la «línea en zigzag». Cabría aplicar entonces a la izquierda la fórmula con la que Plotino explicaba la unidad de los heraclidas: «las izquierdas mantienen su unidad, no porque sean semejantes, sino porque proceden de un mismo tronco. III. Hacia un concepto funcional de “izquierda política” El concepto funcionalista de izquierda (o de derecha) se mantendrá, por lo que tiene de concepto funcionalista, en un lugar intermedio entre los conceptos unívocos y los conceptos posicionales. Ahora bien, la construcción de un concepto funcional de izquierda (o de derecha) requiere, ante todo, determinar la característica de la función; y esta característica, por lo que tiene de invariante, al menos en un plano abstracto, será lo que asemeje el concepto funcional de izquierda a los conceptos unívocos. Sin embargo, y teniendo en cuenta que la característica de la función ha de ser muy abstracta (por decirlo así, metamérica, respecto de las acepciones posicionales a las cuales, en principio, debiera poder recuperar a título de valores de la función) el concepto funcional se asemejará también a los conceptos posicionales, en la medida en que logre incorporarlos (el concepto funcional de izquierda política no ha de confundirse con la característica de la función, sino con cada uno de los valores resultantes de aplicar esta característica a las variables, dados los parámetros) y, además, dar cuenta de ello a partir de la reivindicación del campo de variables independientes. Si entre estas variables independientes, o incluso entre los parámetros, fuera posible establecer un orden histórico, el «abanico» de valores-acepciones del concepto funcional, es decir, de los conceptos funcionales de izquierda nos permitiría también establecer una ordenación de estos valores, algo más que la mera de una multiplicidad de valores distributivos. La característica del concepto funcional que buscamos sólo puede interpretarse, en cuanto concepto político, como un «concepto incompleto» o indeterminado que necesitará, por tanto, determinarse a través de los parámetros de la función y de las variables independientes. En este sentido el concepto funcional de izquierda que buscamos sólo puede pretender, en principio, la condición de un canon o modelo heterológico-distributivo (a la manera como decimos que la fórmula del desarrollo en serie de Tylor es un canon para el análisis de polinomios). Un canon que puede servir de guía para la investigación empírica o histórica, es decir, para la determinación crítica de diversos valores de la función, así como también de las variables históricas que la determinaron. No se trata, por tanto, de un canon meramente «semántico» o «lingüístico»; se trata de un canon metodológico utilizable en la investigación de materiales empíricos, pongamos por caso, en la investigación de los diferentes valores o acepciones que la izquierda pudo alcanzar en España durante el siglo que se extiende desde 1873 hasta 1978. La característica de la función que buscamos habrá de mantenerse, como decimos, en un plano de abstracción situado genéricamente muy por encima de las especificaciones positivas que pueden haber ido determinando los conceptos posicionales (especificaciones referidas al Trono, o al Altar). Mientras que las connotaciones obtenidas de estas especificaciones (tales como «republicano», «monárquico», etc.) tienen en general un significado explícitamente político, y se mantienen en una perspectiva diamérica respecto de las instituciones planes o programas políticos, en cambio, la característica de la función que buscamos se configura en un plano metamérico respecto de estos contenidos políticos. Pero esto es tanto como decir que la «definición funcional de la izquierda» (o de la derecha), por su característica metamérica, pierde propiamente su significado político específico o material, precisamente por el regressus que tal definición se ve obligada a llevar a cabo hacia un terreno «antropológico genérico», que es sin duda esencial pero no específicamente político (aunque pueda servir de nexo de unión con las concepciones «trascendentales» sobre la «transformación de la realidad» que suelen acompañar siempre, como una nebulosa política, al concepto de izquierda). Para recuperar el significado específicamente político de la izquierda será preciso reintroducir las variables, y, sobre todo, los parámetros, no sólo los parámetros nomotéticos («Nación») sino también los idiográficos («Nación española», por ejemplo). De este modo podremos redefinir los conceptos de izquierda y de derecha sólo que ya no en la forma que nos lleva a un concepto unívoco-unitario, sino en la forma que nos lleva a diversos conceptos o valores de la izquierda (que, además, no tienen por qué ser compatibles entre sí). Y esto no constituye en principio un fracaso de la Idea de función. Los valores de una función no tienen por qué ser uniformes, si la función admite inflexiones. De hecho, la Idea de «izquierda», pensada como si tuviese un campo uniforme, es sólo un fantasma que hay que comenzar a resolver en el conjunto de «las izquierdas» (sin perjuicio de mantener el proyecto de una definición funcional común). La característica de una definición funcional ha de ser, sin duda, abstracta; pero esto no quiere decir que la característica de la función, si ha de ser operatoria, no tenga necesidad de engranar con los materiales políticos, empíricos o históricos. Aunque no represente por sí misma sus «figuras», habrá de ser capaz de conducir a ellas, apoyándose, es cierto, en los parámetros y las variables. Tampoco la característica de la función y2=2px nos ofrece por sí misma la «figura» de la parábola, pero constituye una guía o un canon de las operaciones que, partiendo de un campo de variables x y de parámetros p, dados en un plano ordenado nos conducirán a los valores de la función. Cabría decir que la característica de la función desempeña los papeles de una esencia o estructura, mientras que cada uno de sus valores representa el papel de un fenómeno. Por lo demás, la conveniencia del regressus hacia alguna característica abstracta (genérica y en cierto modo metapolítica), desde la cual fuera posible, en el progressus definir la izquierda (o la derecha), lejos de ser una propuesta particular nuestra podría ser confirmada por el análisis del proceder de casi todos los que han buscado una definición política de la izquierda, comenzando por los propios revolucionarios franceses que, en el momento mismo de llevar a cabo la transformación del concepto de izquierda, como concepto topográfico, en un concepto político, pusieron entre paréntesis el parámetro o plataforma desde la cual actuaban (y que nosotros identificaremos después con la Nación política) y regresaron hasta las ideas genéricas, aunque sin duda esenciales, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ahora bien, estas Ideas, sólo genéricamente pueden considerarse como guías políticas; por sí mismas son demasiado indeterminadas a efectos de establecer planes y programas políticos. Pero pueden interpretarse (como nosotros lo haremos) como características de Ideas funcionales en el sentido dicho. Y como la libertad, la igualdad y la fraternidad no son Ideas mutuamente reducibles, puesto que gozan de una gran independencia en cuanto a la variación de sus grados (en otra ocasión hemos comparado los tres principios de la gran revolución con los tres axiomas de la Mecánica de Newton), y como estas Ideas genéricas, desde el punto de vista político, son no-paramétricas, se comprende que cada una de estas Ideas por separado haya podido ser ensayada como característica intensional para construir una definición que podríamos considerar de naturaleza funcional. Ante todo, se ha ensayado la libertad (o bien, la libertad en una de sus expresiones políticas más comunes, a saber, la del liberalismo o el neoliberalismo). Según esto, la izquierda se caracterizaría por una suerte de «liberalismo» o «libertarismo constitucional» (Philiph Pettit, en su obra Republicanismo, 1997, mantiene esta idea) que se opondría al autoritarismo tradicional, mediante el cual podría ser definida la derecha (así procede Isaiah Berlin). Louis Blanc, en su Histoire de la Révolution Française, ya interpretaba (aunque críticamente) el «principio de la libertad», enarbolado sobre todo por los Girondinos, como un principio inspirado en la tradición individualista (en la que él hace figurar a Lutero, Voltaire, D´Alembert, Helvetius... Condorcet) y orientado hacia un federalismo muy propio de una república burguesa, oligárquica o censitaria. La izquierda se definirá en esta línea, a lo sumo, por la democracia, decidida dentro del Estado de derecho. Pero esta definición, al margen de que deja fuera las izquierdas autoritarias, o incluso totalitarias (al modo de los partidos comunistas de tradición leninista, estalinista y aún maoísta) no sirve para diferenciar, dentro de un Estado de derecho democrático, tal como se define al Estado español en 1978, los partidos de izquierda y los partidos de derecha, salvo que éstos sean interpretados como «pseudo demócratas» (o, para dar parámetros idiográficos, como «cripto franquistas»). La definición de la izquierda por la libertad es, por tanto, muy indeterminada, porque el liberalismo o el libertarismo entendido frente al poder político, salvo que se vaya determinando por medio de restricciones ad hoc (y que son prácticamente meramente posicionales) recubre tanto al anarquismo radical (la «auténtica izquierda» sería la izquierda bakuninista) como al liberalismo burgués, defendido por la derecha burguesa o por los popperianos defensores de la sociedad abierta (como concepto fundamentalmente negativo, anticomunista o antifascista). Ha sido, sin embargo, la igualdad la característica más comúnmente utilizada como definición de la izquierda. Es el criterio que propone Norberto Bobbio, si tenemos en cuenta que la igualdad, tal como él la utiliza, le sirve para cubrir tanto a la extrema izquierda como al centro izquierda (prácticamente: al comunismo y a la socialdemocracia), puesto que diferencia a la izquierda de la derecha, tanto de la extrema derecha (el fascismo) como del centro derecha. Bobbio hace intervenir también, sin duda, en sus definiciones, a la libertad (frente al autoritarismo); pero estas intervenciones tienen lugar en un rango subordinado al que ocupa la igualdad: la igualdad discriminaría izquierdas y derechas, mientras que la libertad subdividiría a la izquierda (en extrema y centro) y a la derecha (en extrema y centro). Esto demuestra el carácter artificioso de la construcción de Bobbio, y su imperfección lógica: su definición de izquierda está hecha a la medida de la socialdemocracia y, por ello, tiene que recurrir al concepto de centro, oponiéndolo a la izquierda, para evitar que en las subdivisiones hubiera que reduplicar o complicar los conceptos: «izquierda izquierda», «centro izquierda» y «derecha izquierda». En todo caso, la «igualdad» carece, en su estado de abstracción, de definición política y en ella se confunden, por tanto, no solamente posiciones como las de los «iguales» de Babeuf, sino también las posiciones de quienes entienden la igualdad política «aritmética y distributiva», ya sea como una característica subordinada a la fraternidad (en el sentido del inigualitarismo de Marx: «a cada cual, según sus necesidades»), ya sea como una «igualdad de participación», según las posibilidades de cada miembro de la sociedad política. También la fraternidad (o su hijuela, la solidaridad) ha sido utilizada muchas veces como característica definitoria de la izquierda. Según Blanc, el «principio de fraternidad», que representaría el futuro de la Revolución (así como el «principio de libertad» representó su presente, frente al «principio de autoridad», emblema del Antiguo Régimen) habría sido el principio que inspiró a los «Hombres del terror» (Robespierre, Danton...). Se inició ya en La Montaña; algunos atribuyeron a este principio un origen evangélico (transmitido a través de Rousseau, Mably, Morelly, e incluso Necker). Los autores de la Histoire Parlamentaire de la Revolution vieron ya a los Jacobinos (y a Robespierre principalmente) como inspirados por un «catolicismo inconsciente» (Blanc pretende ver en el «principio de fraternidad de los jacobinos» una anticipación del socialismo). Pero la fraternidad es, por sí misma, un concepto metapolítico de límites indefinidos, que oscilan desde el reconocimiento de los miembros de la misma especie (homo sapiens) hasta otros reconocimientos que comprometen los límites de esta especie (la fraternidad, en su sentido zoológico habría que extenderla, según muchos etólogos, a nuestros «hermanos póngidos», en el sentido del Proyecto Gran Simio). En todo caso, la fraternidad (que puede también circunscribirse a los límites de una raza, como es el caso de la raza aria de los nazis) es una característica de cuño religioso (los «Hermanos de Cristo», o los «Hermanos musulmanes»). La fraternidad es, de hecho, un criterio utilizado por los fundamentalismos islámicos o cristianos que, de ningún modo, podrían considerarse como de izquierdas. En cualquier caso el «principio de fraternidad» aparece de hecho utilizado en muchas situaciones de nuestros días que tienen que ver con la política práctica más perentoria. En Europa y en España la «izquierda» suele tomar la bandera de los inmigrantes y el dirigente de un partido político de izquierda declara en marzo de 2001: «La derecha distingue entre inmigrantes legales e ilegales; la izquierda no.» Ahora bien, en el momento en el cual alguien no hace esta distinción, en nombre de la fraternidad humana, se está situando al margen de las categorías políticas y actúa antes como miembro de una ONG, o de una Iglesia que como miembro de un partido político: porque la izquierda, si es política, tiene que saber que los inmigrantes, no por ser hombres, tienen derecho a ser ciudadanos de un Estado. De un Estado que no podría, sin hundirse, conceder su ciudadanía a los 6.000 millones de individuos que están protegidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En cualquier caso, ni la fraternidad ni la solidaridad (que implica siempre unión, pero unión contra terceros) implican la igualdad: el pater familias, o el hermano mayor, pueden ser solidarios con sus hijos o con sus hermanos menores, pero dentro de un orden jerárquico que presupone la desigualdad; los obreros pueden ser solidarios contra los patronos, y los patronos pueden ser solidarios contra los obreros. Ahora bien: partimos del supuesto (apoyado en motivos históricos) de que la construcción de las Ideas políticas de «izquierda» y «derecha» tuvo lugar en Asamblea de 1789. Los conceptos de izquierda y de derecha, como conceptos políticos, son propios de la «Edad Contemporánea» (cuando utilizamos como criterio de esta categoría histórica a la Revolución francesa). Esta suposición implica, a su vez, la afirmación de que en las sociedades políticas del Antiguo Régimen no es posible encontrar una oposición entre corrientes o partidos políticos estructuralmente idéntica a la que ulteriormente se constituirá por la oposición entre izquierdas y derechas. Sólo por analogía, o muy genéricamente, podríamos retrotraer estas denominaciones a las sociedades anteriores a la Edad Contemporánea. Según esto, las denominaciones de «izquierda» y «derecha» de la época contemporánea, no serían denominaciones de tendencias divergentes, incluso de partidos políticos que, con otro nombre, podrían haber sido conceptualizados del mismo modo con el que conceptualizamos la «izquierda» y la «derecha» en la Época contemporánea. Con esta afirmación nos oponemos, obviamente, a quienes opinan lo contrario. Por ejemplo, a quienes consideran perfectamente legítimo conceptualizar (más allá del terreno de las analogías) a los conflictos entre patricios y plebeyos de la República romana, ya en los tiempos de Menenio Agripa, como conflictos entre una derecha política (patricios) y una izquierda (plebeyos); o bien, a quienes consideran legítimo ver en la política de Sila una orientación derechista (aristocrática) frente a la política de Mario (y luego de César) que habría que calificar de izquierdista (e incluso democrática). Otro tanto ocurriría en las sociedades políticas medievales: los movimientos de los albigenses o los de los apostólicos, serían de izquierda; y los movimientos a la contra, inspirados por la Iglesia romana o por el Imperio, serían de derechas. (San Roque sería de izquierdas y Santo Tomás de derechas.) La izquierda, en la época del Renacimiento, estaría representada por los comuneros de Castilla, en sus guerras contra los imperiales de Carlos I, que se harán corresponder con la derecha. Es obvio que estas extensiones retrospectivas (de indudable valor analógico) de los términos izquierda y derecha reciben un apoyo decisivo desde las coordenadas dualistas, desde la visión de la historia, como el proceso del conflicto entre dos clases, la clase explotadora (representada por la derecha), y la clase explotada (representada por la izquierda). Pero una visión dualista semejante es tan sólo una simplificación didáctica, cuasi infantil, del materialismo histórico. A nuestro juicio, la extensión retrospectiva de los conceptos contemporáneos (modernos según otros) de «izquierda» y «derecha» es fuente inagotable de anacronismos insostenibles (sin perjuicio de las analogías o de los rasgos genéricos, con fundamento in re, en las que estas extensiones retrospectivas puedan apoyarse). Y no es sólo esto: lo más grave es que tales extensiones retrospectivas impiden o bloquean las posibilidades de dar razón histórica de la novedad que representan precisamente los conceptos de «izquierda» y de «derecha» como conceptos surgidos precisamente en la Edad contemporánea. Son analogías que impiden reconocer el verdadero parámetro que determinará el primer valor específico del concepto funcional de izquierda. Una sociedad política implica siempre divergencias de corrientes que obran en su seno en torno a planes y programas objetivos; hasta el punto de que si estas divergencias no existieran en absoluto, no podríamos hablar siquiera de «sociedades políticas». Lo que ocurre es simplemente que las divergencias propias de las sociedades antiguas o modernas no tendrían por qué tener el alcance de las divergencias que se abrieron en la sociedad política contemporánea con el nombre de izquierdas y de derechas. Para decirlo brevemente: en el Antiguo Régimen, el Trono y el Altar no representaron un punto de divergencia, por la sencilla razón de que constituían la esencia misma del Antiguo Régimen. Pero en la Asamblea Revolucionaria, será el mismo Antiguo Régimen (y no «corrientes» dadas en su seno), aquello que se pondrá en cuestión a través de la oposición entre izquierdas y derechas. Es ahora cuando se constituirá propiamente el concepto político que en otra ocasión hemos considerado como el concepto más revolucionario en la historia de las categorías políticas, a saber, el concepto de Nación política. Porque la Nación política, en cuyo ámbito se constituiría precisamente la diferenciación entre los conceptos de derecha e izquierda, no sólo habría puesto en tela de juicio las instituciones del Antiguo Régimen o de las sociedades políticas anteriores a él. La Nación política, a lo largo de su desarrollo histórico manifestará, como virtualidad propia, la capacidad de poner en cuestión la misma Idea del Estado, ya sea a partir del proyecto de un inter-nacionalismo conducente a un Estado universal, ya sea a partir del proyecto anarquista. Y es este punto por el cual deberán pasar las fronteras entre la derecha y la izquierda en sus versiones más radicales. De donde podemos concluir que no cabe considerar por ejemplo al conflicto entre patricios y plebeyos de la Roma republicana como un conflicto entre derechas e izquierdas, porque tanto unos como otros estaban concertados para consolidar el Estado esclavista, representado por el «cuerpo viviente» del apólogo de Menenio (ni Espartaco podrá considerarse después como un «revolucionario de izquierdas», que buscaba subvertir el orden aristocrático, cuando lo que quería simplemente era escapar de ese orden). Y otro tanto diríamos de los grandes conflictos entre las corrientes políticas medievales. Los conflictos planteados en el terreno político se reducían muchas veces al tablero milenarista, que introducía en sus cálculos nada menos que el fin (metapolítico) de la vida en la Tierra. Si a los comuneros de Castilla no se les puede llamar de izquierdas (aunque algunos partidos de la izquierda española del siglo XIX o XX los hayan tomado o sigan tomándolos como bandera de su propio ideario), será porque ellos tampoco pretendieron subvertir el orden político, sino frenar los abusos de los grandes, cambiar de dinastía y acaso instaurar una forma distinta de Estado; una vez fracasadas sus ideas utópicas (la construcción de unas repúblicas urbanas, a semejanza de las repúblicas italianas), estuvieron dispuestos a extender el Imperio de Carlos I por el Nuevo Mundo, antes que por Europa. Como característica genérica de la «función izquierda» tomaremos aquí la Idea del «racionalismo universalista». Generalizamos así la definición de la característica de la «función izquierda». En aquella ocasión, y en las coordenadas «nacionales» en las cuales se mantenía el debate de entonces, nos acogimos a los conceptos de «racionalismo» y de «socialismo», como componentes más significativos de la característica que buscábamos. En la presente ocasión, mantendremos el «racionalismo», pero sustituiremos el «socialismo» por uno de los componentes más genuinos del concepto de socialismo racionalista, a saber, el «universalismo». El término «socialismo» (una vez desaparecido el «socialismo realmente existente», en la forma en que se presentó en la Unión Soviética), ha ido hoy aproximándose indisolublemente, en España y en Europa, a determinados partidos políticos (los partidos socialdemócratas) que, tras su gestión en el gobierno (que introdujo a España en la OTAN y en la Europa del «Estado del bienestar» y de la «calidad de vida») no tendrían por qué tomarse como la izquierda por antonomasia. El racionalismo, como componente de la característica de la función «izquierda» implica, negativamente, la exclusión de todo principio revelado de carácter praeter racional; y positivamente, el entendimiento de la racionalidad como una característica vinculada a los sujetos corpóreos operatorios (antes que a las mentes-espíritus, o incluso a los cerebros dotados de «facultades emergentes superiores»). Es decir, al logos inherente a las estructuras mismas de las construcciones con cuerpos llevadas a cabo por los sujetos operatorios. El racionalismo, así entendido, es una característica que puede ser asignada a las sociedades humanas desde los primeros días de su diferenciación respecto de las sociedades precursoras (sin duda con fronteras muy borrosas). Es cierto que el «racionalismo» al que nos referimos (un racionalismo que tiene lugar no sólo en el campo técnico, sino en el moral y el político) sólo podría desarrollarse y abrirse camino en el seno de las «nebulosas mitológicas» que intervienen, también desde el principio, en la construcción de la realidad. Lo que se pretende significar con la característica del universalismo, como componente de la característica de una Idea funcional, es precisamente la misma virtualidad reconocida a la racionalidad, en el sentido dicho, de extenderse por el espacio íntegro constituido por el conjunto de los hombres. Ahora bien: el racionalismo implica universalidad, aunque la universalidad no implica racionalismo. Ni la capacidad de universalización implica igualdad uniforme de todos los hombres, tal como la concibieron los averroístas en su doctrina del Entendimiento agente (o como la conciben algunos ideólogos del Genoma de nuestros días). La «propagación de la racionalidad» habría que entenderla antes que como una propagación de patrones uniformes, o de rutinas uniformes, como un entretejimiento de las posibilidades combinatorias que resultan de una misma condición lógica (logos = ensamblaje), la que es propia del «animal racional»; diversidades que implican la heterogeneidad y aun la inconmensurabilidad de muchas de las construcciones. La «universalidad del logos» no se reduce, por tanto, a la uniformidad «cartesiana» del «logos geométrico», ni menos aún a la universalidad del «logos lingüístico» (del dia-logo). Desde una perspectiva materialista, es preciso contar desde el principio con la pluralidad de las categorías racionales y con su inconmensurabilidad (y, en particular, con la pluralidad misma y la inconmensurabilidad de los «propios lenguajes» en cuyo marco puede establecerse un diálogo). La racionalidad lógica es, desde una perspectiva materialista, una racionalidad dialéctica. Y desde este punto de vista la virtualidad universalista (o social) de la racionalidad habrá que entenderla ante todo como una capacidad de incorporación de los nuevos individuos y grupos (los individuos de otras culturas, o los individuos de las nuevas generaciones que van llegando dentro de una misma cultura) a los círculos de racionalidad que hayan podido ya consolidarse, tanto en el terreno tecnológico como en el social. Por este motivo, los límites de este racionalismo universal no pueden darse como definidos a priori, circunscribiéndolos, por ejemplo, al territorio del homo sapiens; ni puede descartarse tampoco a priori que el proceso de propagación de esta racionalidad universal puede desbordar las fronteras biológicas del homo sapiens para comenzar a extenderse en el futuro por el terreno de sus «hermanos simios», con todas las consecuencias políticas que ello implicaría. En consecuencia, la extensión universal de la racionalidad será considerada como una virtualidad de ella misma, de resultados heterogéneos, desiguales, no uniformes, y no siempre compatibles entre sí. La racionalidad no tiene necesariamente que ser considerada como una característica inicial que implique la igualdad, lo que obligaría a establecer un postulado de «igualdad originaria» (como hace Rawls). Y ello nos obligará a concluir que la característica de la universalidad es compatible con un «postulado de desigualdad originaria», que se cumpliría no sólo en la «filogenia» de la Humanidad, sino en su renovación constante en la «ontogenia» (en las nuevas crías humanas). La característica de la «función izquierda», como constituida por los principios de la racionalidad y de la universalidad, tampoco tiene por qué determinarse sobre la naturaleza de su despliegue, sobre si el «despliegue» ha de concebirse como un proceso gradual y pacífico, o bien si ha de concebirse como teniendo lugar a través de inflexiones violentas, revolucionarias. Estas alternativas, ofrecidas en el despliegue de la característica de referencia, permitirían hablar de «bifurcaciones» de la izquierda. Y no ya episódicas, sino radicales; bifurcaciones que podríamos denominar, a partir de los habituales recursos del simbolismo cromático, como «izquierda blanca» o «izquierda roja». Una bifurcación que puede también formularse por medio de la distinción entre las categorías lógico materiales de participación distributiva y de la igualdad de participación atributiva. No es lo mismo la igualdad de los individuos derivada de su condición de hombres (a los que, a su vez, se les atribuye la iniciativa del contrato social o del plebiscito cotidiano) y la igualdad de los individuos derivaba de su condición de ciudadanos, igualdad que presupone ya dada la ciudad, es decir, el Estado, y por tanto, la multiplicidad de otras ciudades o Estados (así como la presencia de los conflictos entre Estados, como canal principal a través del cual los propios conflictos de clase, dados dentro de cada Estado, se manifiestan). Si faltase alguno de los componentes (racionalidad, universalidad) del polígono de fuerzas cuya resultante venimos considerando como la característica de la función izquierda, la función misma se desvanecería. Un partido, grupo o individuo que enarbola la bandera de la racionalidad, pero la reduce a propiedad de una elite, de una raza o de una cultura, no podría ser considerado de izquierdas. Un partido, grupo o individuo que enarbola la bandera de la universalidad o del socialismo, pero como efecto de una inspiración divina (como es el caso de algunas repúblicas islámicas de nuestros días), tampoco puede considerarse de izquierdas, según la definición de la característica de la «función izquierda» propuesta. La característica de la «función derecha» quedaría correlativamente constituida por estos dos conceptos: el concepto de «intuicionismo praeterracional» y el concepto de particularismo. Por su componente intuicionista, las «derechas» se autoconcebirán como alternativas políticas prácticas cuyos principios se dicen inspirados en alguna revelación, ya sea dada a una elite, a un pueblo, o a un individuo («genialismo» de Fichte, «individuo carismático» de Weber). Por su componente particularista las derechas se autoconcebirán principalmente como alternativas políticas orientadas al fortalecimiento de un grupo, raza, pueblo o clase social (sin que sea por ello necesario que la derecha haya de considerar a los demás grupos razas o pueblos como «cantidades despreciables»). La «derecha blanca» o incluso la «amarilla», pueden guiarse también por la «regla de Ford»: «El bienestar de los trabajadores forma parte del bienestar de los empresarios.» La característica de la función «izquierda» (correspondientemente, de la función derecha) que hemos creído poder determinar en nuestro regressus, es tan abstracta que propiamente carece por sí misma de significado político estricto. Su significado es más bien «antropológico», y sólo genéricamente (no específicamente) llega a ser político; lo que no quiere decir que no sea esencial. Para cobrar o «recuperar» su significado político será preciso aplicar estas características a determinados campos de variables de significado político, dotados de pertinentes parámetros. Sólo entonces los valores de la función podrán alcanzar un significado político estricto, los conceptos contenidos en esa característica abstracta. La característica algebraica de la función de las cónicas carece por sí misma de significado geométrico; ella es un simple polinomio abstracto (respecto de las curvas geométricas de referencia) y su significado geométrico sólo podrá comenzar a manifestarse cuando, aplicando la característica a los puntos dibujados en un plano coordenado, una vez determinados los parámetros pertinentes, comiencen a aparecer gráficamente las figuras-valores de la función (las parábolas, las elipses o las hipérbolas) La aplicación de la característica de la función a campos de variables que puedan ser determinados empíricamente (a la escala, por ejemplo de las «líneas» que anteriormente hemos tenido en cuenta, tales como «Trono», «Altar»...; o bien a una escala más tupida, que no deje fuera a determinaciones que tengan que ver con la sucesión dinástica, con una «encíclica social» o con una huelga sindical) nos permitirá ensayar sus virtualidades como canon para el análisis, desde su perspectiva, del significado izquierdista, derechista o neutro de tales variables. Pero es obvio que dada la heterogeneidad de las mismas, en épocas y situaciones, nos veremos obligados en cada caso a desarrollar la característica funcional según sus componentes de racionalidad y de universalidad mediante reinterpretaciones del alcance de los valores obtenidos en contextos sociales, históricos y políticos más amplios. El uso de la función, a título de canon, demuestra que su propio concepto, lejos de mantenerse como si fuese una característica previa e inmutable (unívoca), va incorporando determinaciones nuevas y «enriqueciéndose» con ellas. La heterogeneidad de las variables que pueden irse analizando y acumulando, y la diversidad de las escalas desde las cuales es posible determinar los valores, puede conducir a una exposición desordenada, caótica o «empírica» de los valores-acepciones dela Idea de izquierda o de derecha. Una exposición que servirá, en todo caso, para preservarnos de una interpretación simplista de la Idea de izquierda (o de derecha), a costa, eso sí, de perder cualquier indicio de ese sistematismo en el desarrollo del concepto de izquierda (o de derecha) que parece imprescindible en cualquier exposición. Que la exposición quiera subrayar la perspectiva histórica, no excluye a priori la posibilidad de aproximarnos al análisis del proceso de desarrollo conceptual implicado en toda la clasificación «evolutiva». Lo que no podemos esperar de la simple consideración de las variables podemos, sin embargo, esperarlo de la consideración de los parámetros, en la medida en que éstos no sean enteramente externos a la característica de la función que estamos utilizando. Y la razón es que, en una cierta medida, puede decirse que los componentes de la característica de la función han debido «pasar», en muchos casos, por los mismos parámetros de la función (o por una cierta familia de parámetros) para perfilarse como tales. El racionalismo universalista, con sentido político, en efecto sólo a través de la constitución de la Nación política habría podido madurar, tanto o más como él habría necesitado pasar a través del «Derecho de gentes», de la «Geometría analítica» o de la «Mecánica racional». En la medida en que los parámetros puedan ofrecerse como «derivados» de algún modo unos de otros, entonces el «concepto funcional paramétrico» de izquierda se aproximará a un concepto plotiniano; un concepto capaz de ponernos delante de unos valores que no estarán ya enteramente desvinculados, por modo distributivo entre sí, sino determinados, según un orden, unos a otros. El término «Nación» no es unívoco sino multívoco; pero esta multivocidad de acepciones no es caótica, meramente aleatoria o equívoca. Existen conexiones internas entre las múltiples acepciones del término «Nación», que permiten interpretar este término como un análogo, ante todo, de proporción simple. Más aún, estas conexiones internas entre las diversas acepciones del término «Nación» son, en gran medida (por no decir: en toda medida), conexiones genéticas, de derivación (por inflexiones, ampliaciones, cambios de parámetro, etc.) de unas acepciones dadas a partir de otras previas, que, sin embargo, pueden subsistir (al igual que ocurre en la evolución o derivación de unas especies biológicas a partir de otras). En este sentido, y aun cuando demos por supuesto que «evolución» en sentido estricto, ha de entenderse como «evolución orgánica», sin embargo, en un sentido lato, «evolución» puede entenderse también analógicamente como transformación de unas morfologías en otras y, en nuestro caso, como transformación de unas acepciones del término «Nación» en otras. Situados en esta perspectiva puede ser útil considerar a las múltiples y variadas acepciones del término «Nación» como un orden de conceptos concatenados, susceptibles de ser clasificados, en una suerte de taxonomía evolutiva, en géneros, y estos, a su vez, en especies. (Por supuesto, no habrá que exigir que la evolución de los géneros o de las especies dentro de un género, haya que entenderla linealmente; mucho más probable es una evolución «ramificada».) Simplificando al máximo, distinguiremos, dentro de este orden de acepciones del término «Nación» tres géneros de acepciones que denominamos: I. Género de las acepciones «biológicas» del término «Nación». II. Género de las acepciones étnicas (en el sentido más amplio del término «etnia», en el que subrayamos los contenidos sociales, culturales e históricos, sobre los estrictamente raciales). III. Género de las acepciones políticas (tomando como criterio de la política al Estado). Dentro de estos Géneros, de su conjunto, podremos a su vez distinguir, con suficiente precisión, siete especies (dos, dentro del primer Género; tres, dentro del segundo; y otras dos, dentro del tercer Género). I. El primer género de acepciones del término «Nación» tiene que ver con la generación biológica, con los nacimientos (nascor); nacimiento o «nación» que, obviamente habrá de ser conceptualizado oblicuamente desde la morfología resultante de ese mismo nacimiento. Múltiples especies, agrupables en subgéneros, podríamos distinguir. Por ejemplo, las especies del subgénero que engloba la «nación» de los organismos individuales (la «nación» de una oveja) y las especies del subgénero que englobe la «nación» de partes u órganos de esos individuos (la «nación» de sus dientes, natio dentium). II. El segundo género de acepciones del término «Nación», el que engloba a las acepciones étnicas, puede considerarse como derivado del primero mediante la extensión (analógica) del concepto biológico de nacimiento orgánico (individual) al campo «superorgánico» de las realidades sociales constituidas por grupos de individuos; y no solamente esto, sino cuando nos refiramos a realidades sociales de carácter antropológico, puesto que si nos refiriésemos solamente al nacimiento de un rebaño de ovejas nos mantendríamos, sin perjuicio del sesgo analógico de la nueva acepción, en un terreno más biológico que étnico-antropológico. Nación, en sentido étnico, es también un concepto originariamente oblicuo, en tanto está conformado desde una plataforma determinada que suponemos siempre de naturaleza política. Esta circunstancia permite dar cuenta de la ambigüedad constante que acompaña a los conceptos étnicos de Nación, puesto que ellos, aunque no tienen, según nuestra tesis, estructura política, están siempre «envueltos» o acompañados por alguna estructura política o, si se prefiere, se dan siempre en función de una sociedad política (aunque precisamente con la intención de mantenerse en un plano distinto de aquel en el que se constituye la propia sociedad política de referencia). Según las relaciones que la plataforma «sociedad política» mantenga con la Nación étnica cabría distinguir tres especies principales de Nación étnicas (con sus correspondientes variables), según que la Nación mantenga con la plataforma relaciones «extra políticas» (al menos, por parte de uno de los términos de la relación, del término «Nación») o bien mantenga relaciones «intra políticas» o, por último, mantenga relaciones «inter-políticas» (lo que sólo podrá ocurrir si entra en juego no una sola sociedad política, sino varias). (1) La primera especie del género Nación étnica englobará a las acepciones más primitivas de este género, a saber, aquellos casos en los cuales las naciones son vistas desde el Estado, como grupos sociales (étnicos) que permanecen en los bordes de la sociedad política de referencia, sin integrarse propiamente en ella, como partes formales suyas (aunque pueda suministrar efectivos, a título de soldados o de esclavos). [18] En la obra de Arnobio (época de Diocleciano) Adversus nationes, el término «Nación» podría interpretarse como una variedad de esta primera especie del género Nación étnica (natio, se corresponde aquí a gens: San Jerónimo tradujo la obra de Arnobio con el título Adversus gentes). Una variante muy significativa de esta Nación étnica se constituirá cuando se amplíe la acepción oblicua originaria a su inflexión sustantiva o refleja, lo que tiene lugar sobre todo, en un contexto geográfico (natio, genus, hominum qui non aliunde venerunt sed ibi

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