ENSAYO, El Griego y su Literatura Clásica.
Para empezar esta disertación, vamos a referirnos en primer lugar a la denominadas lenguas helénicas, que constituyen un subgrupo de lenguas dentro de la familia indoeuropea. Hasta el siglo IV a.C., fecha en la que surge la coiné o variedad estándar común, existieron diversos dialectos helénicos divididos en varios grupos: occidental (que comprendía los dialectos dórico, aqueo y eleo), noroccidental (epirota, acarnanio, etolio, locrio, focidio y ptiótico), central o eólico (beocio, tesalio y lésbico), arcado-chipriota y ático-jónico. Este último dialecto poseía un carácter marcadamente literario, lo cual fue fundamental para que sirviera de base al griego clásico, que con el tiempo daría lugar al griego moderno, la única variedad helénica que ha sobrevivido. A comienzos del II milenio a.C., una serie de pueblos indoeuropeos llegaron a la Península Griega y se asentaron en el Peloponeso y algunas de las islas de los alrededores. La lengua hablada por ellos fue la que posteriormente dio origen al dialecto jónico. En el siglo XI a.C. tuvo lugar una invasión de pueblos dóricos que ocasionó una considerable redistribución de la población griega, con la consiguiente dispersión de dialectos. Durante todos estos años apenas se produjeron testimonios escritos en alguna variante helénica. No fue hasta los ss. IX y VIII cuando se empezó a utilizar el dialecto jónico para la escritura de los poemas homéricos, mediante un nuevo sistema ortográfico que empleaba caracteres semíticos (descubiertos gracias a sus intercambios comerciales con los fenicios). Los griegos tuvieron el acierto de adoptar ciertos símbolos semíticos que no tenían correspondencia en su escritura para representar sus cinco vocales, creando de esta forma el primer alfabeto propiamente llamado de la historia. Más tarde, el jónico se asimiló al dialecto ático hablado en Atenas, y ello fue el origen de la variedad llamada ático-jónico, que sirvió de instrumento para la difusión de la literatura clásica griega a lo largo de un período creativo sin precedentes en todo el mundo occidental (con figuras de la talla de Platón, Aristóteles, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Demóstenes, Jenofonte, etc.). No obstante, conviene resaltar que el descifrado de las tablillas micénicas en líneal B (estudiado por Michael Ventris, en 1952) ha ampliado la documentación escrita del griego hasta el 1400 a.C. En la época en que aparecen los primeros textos epigráficos (siglo VII a.C.) todas las ciudades griegas tenían su dialecto. Los dialectos griegos pueden ser reunidos en cuatro grupos: 1) Jónico-ático, hablado en el Ática y Eubea, en las Cícladas, en la costa del Asia Menor, en la Magna Grecia, etc.; 2) Arcadio-chipriota; 3) Eólico, que comprende el dialecto de Lesbos, el tesálico y el beocio; 4) El dórico, hablado en Corinto, en la Argólida, Laconia, Mesenia y, fuera de la Grecia continental, en algunas de las Cícladas, en Creta, en la costa del Asia Menor, en Cirene, en Corfú, en Italia, en la Fócida, Lócrida, Acarnania y el Épiro. La formación de una lengua común (koiné), basada sustancialmente en el ático, se impuso con la superación de la fragmentación política gracias a Filipo y a Alejandro. De la koiné deriva la moderna lengua hablada en el país, la cual se subdivide en dialectos del sur y dialectos del norte. En suma, pues, podemos afirmar que el griego es una lengua indoeuropea formada por numerosos dialectos agrupados en cuatro familias que corresponden a las sucesivas oleadas de invasiones indoeuropeas en el mundo egeo: el aqueo, el eólico, el jónico y el dórico. El prestigio de Atenas condujo, a partir del dialecto ático, a una unificación lingüística, consagrada en el siglo IV por la koiné (lengua común), de la que deriva el griego moderno a través del griego cristiano y del bizantino. De todas maneras, lo aquí explicado nos da pie para entender lo siguiente: La lengua de los aqueos parece que dio origen al dialecto jónico. En cuanto a la lengua pelásgica , no era indoeuropea. La lengua de los micénicos (1500-1100 a.C.) fue puesta por escrito en el silabario Lineal B, derivada del Lineal A, descubierto en los palacios cretenses. Las invasiones dorias pusieron fin a esta etapa y al uso del Lineal B. El micénico es un dialecto griego, el más antiguo que se conoce. Cuando Arthur Evans encontró vestigios de tres escrituras en Creta para la Edad del Bronce, lineal A, lineal B y otra más antigua, consideró acertadamente esta última como anterior en el tiempo a lo que él denominó Lineales, pero erró al llamarlo jeroglífico o pictográfico por su parecido, a primera vista, con el jeroglífico egipcio. No es un sistema de escritura pictórico, sino que, juzgando por el número de símbolos que conocemos (unos cien), es un silabario. Sin embargo, es tan poco el material que se conserva y su contenido es tan breve y recurrente que es prácticamente imposible descifrarlo de momento. Se desconoce, por tanto, la lengua que se esconde detrás de esta escritura. El “jeroglífico” cretense coexistió con el Lineal A, por ejemplo en los archivos del palacio de Malia. El lineal A tiene unos diez signos que se pueden encontrar también en el “jeroglífico” cretense, con un parecido muy razonable. Por ello y por otras razones se sospecha que pueden estar emparentados, pero son sistemas de escritura distintos –tal vez- para diferentes lenguas habladas en el mismo lugar. El sistema de escritura lineal A es silábico y tuvo un lapso de uso que va desde el siglo XVIII a.C. al XV a.C. El sentido de la escritura es horizontal de izquierda a derecha. La escritura Lineal A (calificada de “lineal” porque el trazado de los signos pudo parecer menos “dibujado”, menos “realista” que el de los jeroglíficos cretenses) aparece sin duda ya hacia el siglo XVIII a.C. y se utiliza durante el período de los segundos palacios cretenses, de 1625 a 1450 a.C., aproximadamente. Sir Arthur Evans distinguió tres tipos de escritura usados en Creta durante la Edad del Bronce. Una de ellas es la Lineal B, otra es la pictográfica cretense y otra es la Lineal A. El sistema de escritura Lineal B es silábico y tuvo un lapso de uso que va desde el siglo XVI al XI a.C. El sistema de escritura es horizontal de izquierda a derecha. A diferencia del micénico que floreció en la Grecia continental, aquí [en Creta] se trataba de una civilización con doscientos años más de antigüedad que la micénica continental. A esta civilización, Sir Arthur Evans la denominó “minoica”. Así, pues, se dice micénico/ca de la cultura que se desarrolló en el mundo egeo durante el II milenio a.C. Además, el micénico es un dialecto griego, el más antiguo que se conoce. Micenas fue una antigua ciudad del Peloponeso, en la Argólida, gobernada, según la leyenda, por los Átridas, que dirigieron la guerra contra Troya. En la segunda mitad del II milenio a.C., conoció el poderío y el esplendor (civilización micénico, -ca). A partir del siglo IX a.C., fue rápidamente declinando primero con la pérdida del predominio sobre la Argólida y más tarde con su sometimiento a Argos. La tribus dóricas irrumpieron en Grecia entre los siglos XIII y XII a.C., causando la caída del poderío micénico. Antes de la substitución definitiva de todas las peculiaridades dialectales antiguas en favor de la koiné griega, los dialectos dóricos comprendían el NO de la península balcánica y la mayoría de los dialectos del Peloponeso (excepto Arcadia). El griego dórico fue la lengua de ciudades tan importantes como Esparta, Corinthos, Argos u Olympia. También fue la lengua de las colonias de ciudades de habla dórica: Tarentum, Heraclea (colonia de Laconia), Syracusa (colonia de Corinthos), Ithaca, Crotona, Sybaris, Metapontum (colonias de Achaea) o Cyrene. Con respecto a la lengua dórica, la anarquía ortográfica y la incoherencia de las formas epigráficas no permiten formarse una idea completa de la lengua. Una característica importante del dórico es la conservación de numerosos arcaísmos indoeuropeos que se han perdido en el resto de los dialectos (por esta razón el dórico se menciona con frecuencia en los estudios comparativos de lingüística indoeuropea). Los dialectos jónicos se expandieron a lo largo de las pequeñas islas del Egeo y las costas de Asia Menor, procedentes de la Grecia continental, de donde se vieron obligados a salir como consecuencia de las invasiones de los griegos dóricos. Los únicos jonios que quedaron en Grecia continental fueron los hablantes de los dialectos áticos (región alrededor de Atenas), que posteriormente fueron la base del griego clásico. Debido al liderazgo de Atenas en la historia, la política y la cultura griegas, el dialecto ático (base del griego clásico) adquirirá un lugar muy destacado entre los dialectos griegos. Ya en la Alejandría del siglo III a.C., que se convirtió en el principal centro de civilización helenística, los trabajos escritos por los autores áticos empiezan a ser considerados canónicos por lo que a léxico y gramática se refiere, con lo cual el griego ático acaba por convertirse –con ligeros cambios- en el griego clásico. También se establecieron numerosos inmigrantes jónicos en el sur de Italia, y en numerosos puntos sobre las costas del Mar Negro (PontusEuxinus). Nuestras principales fuentes del dialecto jónico destacan ciertas obras líricas y épicas, y la Historia de Herodoto. También los poemas homéricos muestran numerosas características jónicas (aunque también eólicas) y las obras de Hesiodo. El término “eolio” en sentido amplio designa el agregado de tres dialectos septentrionales de Grecia: el tesalio, el beocio y el dialecto de Lesbos. Se trata de un grupo de dialectos poco innovador y cercano al griego arcado-chipriota. Aunque la mayor parte de la historia griega estuvo marcada por Atenas (dialecto jónico-ático) y Esparta (dialecto dórico), las ciudades de lengua eólica, especialmente Tebas, tuvieron una breve hegemonía durante el siglo IV a.C. (anteriormente había habido importantes literatos en lengua eólica como Alceo y Safo, isla de Lesbos). El griego eólico nos es conocido sobre todo por las inscripciones de Asia Menor, y especialmente por las obras de los poetas de la isla de Lesbos: Alceo de Mitilene (finales del siglo VI a.C.) y Safo de Lesbos (comienzos del siglo VI a.C.); también destaca en poesía el poeta Corina. Los arcadios eran puramente aqueos, los primeros habitantes helénicos de Grecia. Se cree que los arcadios eran los descendientes de la gran civilización aquea que floreció hasta el siglo XII a.C. en el Peloponeso en las ciudades principales de Micenas, Tyrinthos y Argos. Por tanto, el arcadio puede considerarse descendiente directo del griego micénico. Después de las invasiones dóricas del siglo XII a.C., los aqueos fueron parcialmente eliminados, o bien parcialmente asimilados por los invasores dóricos. Tan solo permanecieron gentes aqueas en Arcadia, en el Ática, y en las islas del Egeo y Asia Menor. La lengua arcadia fue llevada durante la época de las invasiones dóricas a Pamphylia y Chipre por inmigrantes que huían de los dóricos, razón por la cual el dialecto se conoce como arcado-chipriota. El arcado-chipriota es el único de los grandes grupos dialectales griegos (dórico, jónico-ático, eólico y arcado-chipriota) que no dio lugar a un dialecto literario ampliamente usado. Al quedar aislado el arcadio en el Peloponeso central, mantuvo muchas de las características arcaicas del antiguo micénico. Dialectos antiguos Dialectos modernos Dórico Griego clásico Jónico-ático Griego helenístico (koiné) Eolio Griego bizantino Arcado-chipriota El ascenso del griego ático clásico se debe, sobre todo, a la importancia política de Atenas. A los espartanos sólo les interesa la guerra. Esto hará que el dialecto dórico de Esparta tenga una difusión mucho menor en el Egeo de la que tendrá el ático de Atenas. Además, la lengua de Atenas se convertirá en una importante lengua comercial, lo cual facilitará después su imposición bajo Alejandro Magno, como lengua de los negocios y la administración. Atenas adoptó el alfabeto jónico, basado en el semítico septentrional (fenicio), en una fecha tan temprana como el siglo V a.C. Los sistemas fonológicos de las lenguas griegas antiguas difieren notablemente de un período a otro. El sistema del griego clásico es prácticamente idéntico al del antiguo ático (del siglo VII al VI a.C.). El sistema del antiguo ático consta de 7 calidades vocálicas, para cada una de las cuales el griego tiene un signo alfabético diferente. Este sistema con ligeros cambios da lugar al sistema de 11 vocales del griego clásico; solo existen 7 signos alfabéticos para denotar estas 11 vocales, con lo cual el sistema de notación del griego no es perfecto en este aspecto. El griego es una lengua indoeuropea prototípica, en la que cada nombre o verbo está formado por una raíz que encierra el significado y una serie de sufijos (y prefijos) que expresan ciertas relaciones gramaticales independientes del significado del término. El nombre en griego clásico distingue entre tres géneros (masculino, femenino, neutro) y tres números (singular, dual, plural), el nombre también tiene 5 casos (nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo-ablativo) que se conjugan según 3 declinaciones (temas en –a, temas en –o, temas en consonante). Los temas en –a son masculinos o femeninos (con variaciones entre unos y otro en la declinación), los temas en –o mayoritariamente son masculinos y neutros (aunque también existen masculinos), la declinación es similar a la que encontramos en gótico (germánico), en latín (itálico) o en galo (celta). Los casos gramaticales en griego difieren poco de sus usos en latín o en sanscrito. En cuanto al uso del dual, se trata de un arcaísmo que encontramos en otras lenguas indoeuropeas, pero que tiende a desaparecer (el griego de la koiné carecerá del dual). En otras lenguas indoeuropeas con dual (o restos de él) como el sanscrito o el gótico también tiende a desaparecer en una fase bastante temprana de la evolución de estas lenguas, de tal manera que probablemente no exista ninguna lengua indoeuropea moderna con número dual. En griego clásico también tenemos artículo definido. También existe variación en número dual y en número plural. En cuanto al pronombre personal el griego distingue tres personas y tres números (el género solo se distingue en la tercera persona, como es típico en las lenguas indoeuropeas). En cuanto al verbo, en griego se distinguen 3 voces (activa / media / pasiva), 4 modos (indicativo, imperativo, subjuntivo, optativo), el indicativo distingue 7 tiempos: presente, imperfecto, perfecto, pluscuamperfecto, aoristo, futuro y futuro perfecto. Un verbo típico con todas sus categorías tiene unas 400 formas conjugadas (unas 200 existen en latín). Las terminaciones de persona son típicamente indoeuropeas. En cuanto a las preposiciones en griego encabezan sintagmas preposicionales que pueden ir en genitivo, en dativo-ablativo o en acusativo (tal como sucede en gótico, en latín las preposiciones solo van con el acusativo o con el ablativo, nunca con genitivo). Tal como sucede en latín unas pueden solo en alguno de estos tres casos, y otras pueden tomar sentidos diferentes según acompañen a un caso o a otro. Solo a partir del siglo III a.C., durante el período helenístico que siguió a las conquistas de Alejandro Magno y su posterior influencia griega sobre Oriente bajo los reinos diadocos, se empieza a encontrar cierta unidad en la lengua escrita de los pueblos griegos. A partir de este período una forma de griego hablado bastante uniforme reemplazará a los dialectos tras el desvanecimiento de las fronteras políticas previas a la unificación de Alejandro Magno. Anteriormente a este período solo se habían empleado los diversos dialectos jónico-ático y eolio (solo el dialecto arcado-chipriota carecía de su propio estándar literario en tiempos clásicos) entre los cuales existían algunas diferencias fonológicas y morfológicas menores, aunque eran inteligibles entre sí en alto grado. Numerosas inscripciones permiten trazar el progreso triunfal del griego helenístico a expensas de los dialectos antiguos, que van siendo substituidos, al menos como lengua de negocios y de la administración, aunque algunos dialectos rurales sobrevivieron hasta tan tarde como el siglo II a.C. Otras fuentes de información del griego de la Koiné son la traducción de la Biblia de los setenta (septuaginta) hecha en el siglo III a.C. para uso de la comunidad judía helenizada de Alejandría, el nuevo testamento (escrito en griego helenístico), y los escritos de unos pocos autores como el historiador Polibio (Polybios) y el filósofo Epicteto (Epiktetos) que lo utilizaron con preferencia al griego [ático] clásico. También como lengua cotidiana hablada se encuentra registrada en los papiros egipcios del siglo IV a.C. Debido al prestigio indisputado del dialecto ático este fue la base del griego helenístico, pero como medio de comunicación en los centros urbanos de Egipto, Siria y Asia Menor, este griego helenístico común absorbió numerosas características no áticas y sufrió cierto grado de simplificación gramatical (eliminación de la llamada “declinación ática”). En el oriente romano el griego fue la lengua administrativa indisputada e incluso pasó a ser la lengua materna de los emperadores. Desde que Constantino trasladara la capital administrativa del imperio a Constantinópolis (Byzantion), el griego se convierte en la principal lengua de la administración imperial. En el futuro los emperadores hablarán griego con el entorno de Palacio llegando incluso a tener dificultades para hablar latín. Por ejemplo, el historiador Ammiano califica el latín del emperador Juliano de aceptablemente bueno; obviamente, este comentario indica que Juliano no hablaba tan fluidamente como uno podría esperar de un emperador romano anterior. Pero este griego usado masivamente en occidente, no era el mismo griego clásico que conocemos de otras fuentes. Durante los primeros siglos de nuestra era, influyentes escuelas como la de los aticistas contempló la divergencia gradual a partir del modelo de lengua utilizado por Platón o Demóstenes fue visto como una especie de decadencia lingüística. Los aticistas (defensores del modelo de lengua ática), por ejemplo, censuraban el uso por parte de los escritores de formas propias de la koiné. Pero a pesar de esa oposición de algunos intelectuales en la parte oriental del imperio romano el griego helenístico (koiné) se había convertido en la lengua administrativa indisputada, si bien la tradición ática favoreció la permanencia en la lengua administrativa de ciertos rasgos arcaizantes. La inmensa mayoría de la población griega o helenizada usaba también este griego helenístico y, en ciertos casos, el griego clásico era usado en textos cultos. Como se ha dicho, la lengua administrativa se distinguió por su esfuerzo arcaizante basado en la antigua tradición aticista que se remonta al período clásico romano. Pero la lengua hablada en las calles de Constantinopla y las demás ciudades del Imperio es una lengua claramente diferenciada del griego clásico que denominamos griego bizantino, una forma de griego similar al griego helenístico pero más evolucionada en dirección a lo que hoy en día es el griego moderno. Sin embargo, a diferencia de lo que pasó en Italia y en otras regiones del occidente romano, Bizancio jamás produjo un escritor de la talla e influencia de Dante Alighieri, que escribiera influyentes obras en el griego vernáculo de la época, razón por la cual el griego bizantino popular nunca alcanzó el debido prestigio. El griego bizantino continuó usando el alfabeto griego clásico, aunque debido a cambios fonéticos algunos signos tenían una lectura ligeramente diferente. La mayoría de textos bizantinos intentan imitar la lengua arcaica, recomendada por los manuales y gramáticos de la escuela aticista. Sin embargo, existen unas pocas crónicas, que muestran un tipo de lengua muy influido por la lengua hablada como la Crónica de Malalas (siglo VI d.C.) o la Crónica de Morea (siglo XIII d.C.); esta última muestra muy pocas diferencias con el griego moderno y es un excelente ejemplo de cómo debía ser el griego bizantino coloquial. Con respecto a la lengua popular de Bizancio podemos seguir su evolución hasta cierto punto en los textos de algunos de los cronistas y hagiógrafos menos cultos, como por ejemplo Malaquías (siglo VI). Además, hacia los últimos siglos de existencia del imperio bizantino, debido al clima de inestabilidad política y militar reinante que acompañó a la crisis financiera del imperio, el nivel educativo descendió y también las exigencias de la lengua escrita, eso nos permitió el afloramiento de obras poco elaboradas, escritas en la lengua coloquial, y alejadas de la tradición aticista . Para el lingüista o historiador interesado en la lengua cotidiana hablada del imperio estos textos son un verdadero tesoro lingüístico a pesar de que ocasionalmente aparecen incluso dentro de estas obras cierto número de cultismos ausentes del habla coloquial. A partir del siglo XII empiezan a aparecer textos escritos en la lengua popular de Bizancio. Uno de estos textos es la Crónica de Morea (siglo XIII) escrita en un griego que difiere ya bastante poco del griego moderno. El griego bizantino va un paso más allá que el griego helenístico y se dan nuevas evoluciones fonéticas hasta llegar al griego moderno. El moderno lenguaje difiere muy poco del griego antiguo; sus principales modificaciones consisten en la frecuente sustitución de la iota por varias formas de diptongos, el uso del acento tónico en lugar del viejo acento melódico y la simplificación general de las inflexiones nominales y verbales. Como ya se ha dicho, las lenguas griegas constituyen la subfamilia helénica de la familia indoeuropea. Con un registro escrito de unos 3400 años, es la lengua (propiamente grupo de lenguas), cuyo desarrollo histórico puede seguirse durante un mayor período, rivalizando globalmente tan solo con los escritos en lenguas chinas y egipcias. Durante el curso del segundo milenio a.C. llegó a la península griega, y algunas islas del Egeo la primera oleada de hablantes de dialectos griegos. Homero llama a estos primeros griegos achaioi (aqueos) que son citados en las fuentes hititas como ahhiyawe. El habla de estos aqueos parece ser la base de lo que más tarde constituyó la base de los dialectos jónico-áticos. Se conoce muy poco sobre los pelasgos, habitantes pre-griegos de la península griega, que fueron o bien desplazados o bien adsorbidos por hablantes griegos. La presencia de los grupos –nth- y –ss- que proliferan en la toponimia de Grecia: Knossos, Korinththos, Zakinthos, y en los nombres de plantas: akantha “arbusto espinoso”, kyparissos “ciprés”, etc., son de origen pelásgico (que posiblemente fuera una lengua no-indoeuropea, aunque es posible que se tratara de una lengua con cierta base indoeuropea). Tampoco sabemos mucho sobre los minoicos de Creta, que nos dejaron numerosas inscripciones en Lineal A, una lengua muy probablemente no indoeuropea. Estos aqueos dieron lugar a la importante civilización micénica durante la Edad de Bronce, que abarca desde el 1500 a.C. al 1100 a.C.; del griego de estas gentes tenemos las inscripciones en Lineal B, basado en el modelo no indoeuropeo del lineal A. La lengua de estas inscripciones es claramente una forma de griego, bastante uniforme a lo largo de todo su dominio que se conoce como dialectos arcadio-chipriotas. En el siglo XI a.C., la civilización minoica llega a su fin a causa de las invasiones de otro grupo griego, hablantes de dialectos dóricos, que ocuparon el Peloponeso y Grecia Oriental. A esta época le sigue una importante redistribución de pueblos griegos, y el lineal B deja de usarse, entrándose en una época oscura de la que se carecen de testimonios escritos directos. Si articulamos la realidad griega, aunque sea someramente, tendremos que recordar que la civilización griega surgió en la zona oriental del mar Mediterráneo . Se extendió por tres espacios fundamentales: la península de los Balcanes, las numerosas islas de los mares Jónico y Egeo, y las costas occidentales de Asia Menor (en la actual Turquía). Los griegos fundaron una serie de colonias a lo largo del Mediterráneo occidental (por ejemplo, a partir del siglo VII a.C. fundación de Mainake, Emporion y Rhode en la península Ibérica), a través de las cuales expandieron su cultura, sentando los cimientos de la civilización occidental. Las colonias mantenían unas relaciones muy estrechas con sus correspondientes metrópolis. Y, acerca, de las polis anotamos que esta voz griega se traduce como ciudad-estado. Sus orígenes se sitúan en la época en que la monarquía se estaba debilitando, hacia el 800 a.C., y decayó en el siglo IV, con el Imperio de Alejandro Magno y la formación de los reinos helenísticos, si bien caracterizó la historia de Grecia hasta la conquista romana. La aparición de ciudades y su constitución en ciudades-estado, que transformó Grecia y sus asentamientos en Asia, se ha explicado a partir de varios factores, entre ellos el desarrollo de la metalurgia del hierro y el del comercio , así como el papel desempeñado por los cultos religiosos en la formación de identidades locales autónomas. La polis (término que inicialmente designaba una ciudad elevada y fortificada), se fue configurando como un Estado antimonárquico. Aun cuando es imposible generalizar, debido al particularismo político griego -había varios cientos de polis, la mayoría de tamaño muy reducido- se puede indicar algunos de los rasgos considerados más característicos de la polis griega. La monarquía vitalicia fue sustituida gradualmente por una Asamblea del pueblo, un Consejo y una Magistratura, cuyo peso relativo varió según los regímenes (aristocracia , oligarquía , democracia ). También hubo períodos de tiranía . La polis incluía la ciudad y un territorio, y en ambos residían los ciudadanos, si bien el gobierno se concentra en la ciudad. En ésta (sólo había una ciudad en cada polis) siempre había una ciudadela o parte alta (acrópolis ) y un ágora (plaza del mercado). Tanto en los regímenes aristocráticos como en los oligárquicos y democráticos, eran los ciudadanos los que gobernaban la polis. Siempre había una parte de la población que no pertenecía al Estado: esclavos, extranjeros (metecos), capas más bajas de la sociedad, habitantes de los distritos de la periferia, etc. El conjunto de ciudadanos constituía el Estado (la polis), y éstos no eran tanto considerados como individuos como en cuanto miembros de comunidades más pequeñas que el Estado, definidas por el parentesco, el culto religioso y la localidad de origen. Cada ciudadano estaba ligado a esas comunidades y a la polis. A esta última estaba vinculado por la adherencia a sus cultos y la obediencia a sus leyes así como por un servicio militar y económico. La polis fue el punto de referencia, en el siglo IV a.C., de la teoría política de Aristóteles y del Estado ideal de Platón. Aunque los momentos más brillantes de la civilización griega coinciden con el período clásico (siglo V a.C.), la historia griega atravesó diversas fases: 1) La Época Arcaica; 2) La Época Clásica; y 3) La Época Helenística. La Época Arcaica (siglos VIII-VI a.C.) Tras un largo período conocido por los historiadores como “Época oscura”, iniciada con la invasión de los dorios , pueblo procedente del norte que destruye la civilización aquea, se inaugura, a partir del año 800 a.C., la Época Arcaica. En el transcurso de la misma nacen las polis, ciudades-estado independientes gobernadas por una minoría de personas de sangre noble, los denominados aristoi (“los mejores”), a la cabeza de los cuales existía un rey. Esta forma de gobernar recibe el nombre de oligarquía , es decir, el “gobierno de unos pocos”. Los aristoi eran propietarios de la mayor parte de la tierra cultivable, que era trabajada por esclavos, en tanto que el número de los campesinos libres, o periecos , era reducido. Otro grupo social estaba conformado por los jornaleros, que eran más pobres que los anteriores; trabajaban la tierra de los nobles. Aunque eran personas libres, tenían muy pocos derechos. Por último, se encontraban los esclavos, que no tenían ningún derecho. Con el aumento de la población de las polis, los problemas se empezaron a agudizar, porque no había tierras cultivables para todos. Las tierras de los nobles, que no podían ser divididas, resultaban insuficientes para todos. Además, había entre los aristoi, personas que estaban disconformes con su situación, porque eran hermanos menores y eran muchos viviendo dicha situación, lo que la agravaba mucho más, porque, aunque no tenían muchas parcelas productivas, sus parcelas eran más pequeñas y menos productivas que las de los aristoi. Estas familias debían endeudarse, y algunos miembros terminaban esclavizándose. Esta situación desencadenó la crisis de la polis, como los historiadores la llamaron, crisis que ocurrió en el siglo VIII a.C., momento en el que todas las polis se vieron con muchos problemas internos, y debieron empezar a buscar formas para solucionar estos problemas. Además, durante la Época Arcaica (siglos VIII y VI) tuvo lugar un hecho decisivo para la historia de Grecia: la colonización del mar Mediterráneo. Las causas de este fenómeno hay que atribuirlas a la crisis económica en la que se encontraron inmersos los griegos: la población no cesaba de crecer y las tierras dejaron de ser suficientes para alimentarla. Muchos griegos se vieron obligados a emigrar y a fundar sus propias colonias o ciudades . Éstas eran independientes respecto a sus antiguas polis madre, aunque siempre mantuvieron estrechos lazos económicos, culturales y políticos con ellas. La expansión se distribuyó por dos ámbitos geográficos: 1) Por el oeste: mar Jónico, sur de Italia, sur de Francia y norte de África (en la actual Libia). 2) Por el este: alrededor del mar Negro y la costa oriental del Mediterráneo (en la actual Turquía). La colonización expandió la cultura griega más allá de sus fronteras originales, poniéndola en contacto con otros pueblos, como los egipcios, fenicios y etruscos. Entre los siglos IX y VIII a.C., se escribieron los poemas homéricos (basados en una tradición oral anterior, la Ilíada y la Odisea, que se remontaría a la época micénica). Estos poemas fueron escritos en una mezcla de dialectos eolios y dialectos jónicos y en un alfabeto basado en un modelo fenicio, en el que se reutilizaron ciertos símbolos alfabéticos correspondientes a laringales inexistentes en griego como símbolos para escribir las vocales (en una lengua semítica las vocales no resultan tan necesarias para la comprensión de lo escrito y eso explica en parte porque los alfabetos semíticos suelen carecer de ellas). Este alfabeto griego sería adoptado por los diversos pueblos griegos y en una de sus versiones fue adaptado por los etruscos y de ellos pasó a los latinos, convirtiéndose en el sistema de escritura más universal. El dialecto ático de Atenas con una fuerte influencia jónica (llamado también jónico-ático) es la base del griego clásico, la lengua de un período de creatividad literaria sin parangón, que constituyó una importante fuente de la tradición cultural occidental, y que comprende a autores como: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Safo, Anacreonte, Píndaro, Menandro, Platón, Aristóteles, Demóstenes, Herodoto, Tucídides y Jenofonte. Hacia los primeros años de nuestra era, este griego clásico había sufrido ciertos cambios fonéticos y, además, había tomado formas de otros dialectos, y se habían ido eliminando ciertas peculiaridades que distinguían el área dialectal de Atenas, dando lugar a una forma de griego conocida como hê koiné dialectos (lengua común) o griego helenístico utilizado por los autores de Alejandría y Bizancio , que llegó junto con el latín; eran las dos lenguas oficiales del Imperio. Durante el período Bizantino se registran ciertos cambios fonéticos que harán evolucionar este griego helenístico hacia lo que se conoce como griego bizantino, la lengua popular de Bizancio, que es la base del moderno griego. Este ensayo recoge, entre otras cosas, en toda su dimensión el fenómeno histórico-artístico del teatro clásico, que desde hace tres mil años ha llevado a hombres y mujeres a revivir la magia de la recreación de la tragedia humana. Se cuenta la historia de todos aquellos que dieron vida en sus mentes a unos personajes, cuyos avatares trasladaron a un teatro por medio del lenguaje, es decir, a los artífices de lo que llamamos literatura dramática. Pero también la de los escenarios donde se pusieron en pie situaciones y caracteres que conmovieron a generaciones y generaciones de espectadores. Y la vida de aquellos que supieron encarnar sus personajes con tal veracidad que se desdoblaron en otros hasta olvidarse de dónde acababan ellos mismos. La literatura, contemplada con demasiada frecuencia como perteneciente al reino de lo inefable, está hecha por hombres y mujeres que sufren, gozan, viven y mueren en un mundo que unas veces los desprecia y otras los encumbra. La creación no es sólo el anhelo de crear, ni la posteridad un ejercicio de voluntarismo. Todo lo que rodea a la literatura, desde la vocación hasta el éxito o el fracaso, se concentra en la figura del escritor como espejo, a la vez, de su tiempo y de sí mismo. Este libro, explica por tanto, de la mano de alguien que lo sabe muy bien, las claves del oficio de escribir , de su materialidad y su trascendencia, de sus aspectos más luminosos y más oscuros. Por otra parte, en el intento de definir el mito , alguien lo ha comparado al pez esquivo en las aguas de la mitología que se escapa eternamente entre los dedos de quienes pretenden atraparlo. Por su parte, Píndaro constata que los mitos, oportunamente adornados con bellas mentiras por parte de los poetas, triunfan sobre la verdad a los ojos de la opinión pública. Herodoto, a su vez, utiliza la palabra mito para desacreditar una explicación inverificable o una serie de aventuras increíbles. Imitando en esto a Tucídides, los historiadores de la Antigüedad opusieron siempre el mito a la historia. Pero para los griegos no hay ruptura total entre el mito considerado como una ficción y la historia como narración de la verdad histórica. Para ellos, el tiempo de los dioses y el tiempo de los hombres se inscriben en el mismo continuum. Los clásicos, lejos de conformar una herencia única e inmutable, han visto alterado su significado y transcendencia a lo largo de la historia. Lo que este ensayo, en definitiva, se propone ex explicar, con la necesaria brevedad, cuál es la herencia, por qué y cómo ha influido en las épocas sucesivas y, sobre todo, qué ha querido ver cada época en ella. A partir de un lugar concreto, el autor guía al lector por un camino que recorre la aventura del conocimiento, traza el esbozo de un mundo, el clásico, que está dentro del nuestro y siempre lo ha estado. Por último, y por lo general, conocemos más de la Grecia antigua que de la moderna: Sócrates y Pericles nos son más familiares que Venizelos o Papandreu. Este libro, en apretada y muy lograda síntesis, repasa la historia clásica de este singular país, deteniéndose, además en la política, en la cultura, la idiosincrasia y hasta la gastronomía. Grecia, nación antigua y muy joven (como Estado moderno aún no ha cumplido los dos siglos), “país pobre de gente rica”, en continuo conflicto con los Balcanes y Turquía, de religión decididamente ortodoxa… aparece fielmente reflejada en este libro, que no defraudará al lector. Dicho lo cual, subrayaremos que el hombre moderno está más o menos habituado a distinguir una novela de una comedia o de un libro de poesía. En nuestra cultura esto no ha sido desde siempre así. Los distintos géneros literarios no coexistían. Han sido una creación de la literatura griega, y su aparición y florecimiento se produjo en un determinado orden y en una secuencia concreta. Primero fue la épica, luego vendría la lírica, más tarde el teatro, el diálogo filosófico, la historia y la novela. Cada uno de ellos fue convencionalmente respetando unas determinadas leyes, que aunque nunca escritas ni redactadas, se mantuvieron largo tiempo vivas en la colectividad cultural, y así por ejemplo, el poeta que deseaba componer un poema épico o una tragedia debía atenerse a ciertas formalidades. Sin embargo, como en cualquier otra civilización, los primeros usos de la recién descubierta escritura en Grecia fueron de índole práctica; si se analizan los primeros documentos escritos en griego (las tablillas de Micenas escritas en el denominado Lineal B), se observa que, por lo general, no son más que los asientos de un minucioso archivo palaciego. De ese modo, se comprueba que ya desde el segundo milenio a.C. había un interés por consignar por escrito datos de especial relevancia. Esta práctica se hizo habitual más tarde en algunas ciudades-estado griegas, con lo que estas listas o archivos cronológicos hacían las veces de pseudo-historias, muy distintas de una verdadera historia (en la que los datos se engarzan dentro de una estructura narrativa cuidada y persigue una especial función literaria y social). De todos modos, estos primeros anales no son por sí mismos relevantes para explicar las raíces de la historiografía en Grecia, que no tiene un origen unitario, pues son distintas las vías que llevan a este mismo puerto (la afición por la filosofía, el espíritu crítico, el gusto por la geografía o por la etnografía, etc.). La historia no surge en realidad hasta el siglo VI a.C. como fruto de la renovación racionalista que sacudió el oriente griego, caracterizada por el deseo del conocimiento por sí mismo y alejado de todo interés práctico. Es curioso comprobar además cómo la historia no nació en ninguna de las ciudades de la Grecia continental sino que sus gérmenes brotaron en las pequeñas colonias griegas de la costa de Asia menor, donde el contacto permanente con el mundo oriental produjo un cierto escepticismo sobre las creencias tradicionales de los mitos; de ese modo, basta recordar que la palabra "historia" significa en griego "indagación", búsqueda de la verdad, por lo que, en un principio, esta disciplina estuvo muy próxima a la "filosofía" (amor al conocimiento). Sin embargo, frente al carácter abstracto de esta última, que puede llevar a la pura especulación, la historia nace para dar una respuesta racional sobre las causas y los motivos de las cosas y de los acontecimientos humanos; de ese modo, tras la senda de los estudiosos jonios (físicos y geógrafos), los primeros logógraphoi o escritores en prosa adoptaron una actitud crítica frente al legado de la mitología y la poesía, verdaderas fuentes para el conocimiento del pasado remoto (no hay que olvidar que dentro de la poesía épica había una importante carga histórica, pero ésta se distorsionaba en un relato donde el tiempo era inasible y demasiado remoto). La tradición ha transmitido el nombre de unos treinta logógrafos, no así sus obras, y las opiniones que autores posteriores vierten sobre ellos hacen pensar que, en realidad, sus escritos tenían poco que ver con lo que nosotros consideramos hoy una historia: a pesar de su deseo de crítica, muchos de ellos siguieron aceptando la validez general de los mitos y las tradiciones. Los relatos en prosa de estos primeros autores estaban alejados de cualquier ornato, pues su intención no era deleitar sino descubrir la verdad de lo visto o de lo que habían visto otros, para lo que debían aplicar una cierta crítica a las informaciones recibidas sobre el pasado o el presente (el medio más adecuado para conseguir esos datos eran los viajes, que daban ocasión de conocer otros pueblos y otras costumbres, lo que servía de elemento de contraste). Entre estos escritores, destaca por méritos propios Hecateo de Mileto, al que se le atribuyen dos obras: unas Genealogías sobre algunas leyendas locales y su Periegesis, donde se recogen sus impresiones de viajero por el mundo; esta obra era, en realidad, un comentario a un mapa del mundo que él había elaborado a la manera de Anaximandro, en el que los datos geográficos, enumerados de manera árida, se acompañaban de abundante material etnográfico. La obra fue utilizada con posterioridad por Heródoto, sobre todo en sus relatos sobre Egipto, donde se transmite una anécdota de Hecateo con los sacerdotes egipcios (II,143). Tras la senda de Hecateo y ya en tiempos de Heródoto, escribieron relatos en prosa otros logógrafos, cuyas obras son muy diversas, pues van desde el tratado de mitología hasta las historias de ciudades (en las que ocupan un lugar especial las leyendas y mitos fundacionales) sin olvidar los tratados sobre geografía y las obras de cronología, en las que se incluyen tablas basadas en las listas (verdaderas o ficticias) de reyes, magistrados, etc. Así, Janto, contemporáneo de Heródoto, fue autor de una Historia lidia en cuatro libros, que luego fue ampliada en época helenística. Helánico es otro de los autores contemporáneos de Heródoto perteneciente al grupo de los logógrafos. Éste fue ante todo un gran polígrafo, pues entre sus obras hay tratados de materia mitológica como la famosa Troiká, donde daba cuenta de la historia de Troya tras su caída, por lo que narraba las peripecias de Eneas y sus viajes (esta obra fue seguida por Dionisio de Halicarnaso y por Apolodoro); escribió también historias locales como Lesbiaká o Persiká y estudios sobre cronología. A los autores citados, hay que añadir también a Acusilao de Argos, Antíoco de Siracusa y Ferécides de Atenas, que escribieron relatos de carácter histórico y mitológico. La historia tal y como se entiende hoy no hizo su aparición en la literatura griega hasta Heródoto, quien, a pesar de todo, siguió muy de cerca los pasos de Hecateo y se mostró próximo a la tradición de la etnografía jonia (esto se observa, sobre todo, en sus digresiones sobre Egipto en el libro segundo, sobre los escitas en el libro cuarto y sobre Libia en ese mismo libro). Pero Heródoto fue mucho más allá según descubre en el exordio de su obra, pues su intención última era buscar la causa por la que griegos y persas entraron en guerra al tiempo que dejar memoria de los hechos gloriosos de los hombres. De este modo, el hombre (sobre todo el político y el militar) se convierte en el centro de su relato (y no las bellezas naturales y animales, que son temas propios de los relatos geográficos de los autores anteriores); con ello, su historia adquiere una nueva dimensión, fruto de un espíritu más refinado que desea ofrecer respuestas. Hay que destacar también el manejo que hizo Heródoto de las fuentes: así, cuando se sirve de algún autor, lo revela y no descarta recoger las diferentes tradiciones (orientales y occidentales) de unos mismos hechos, con lo que se pone de manifiesto su espíritu crítico y su deseo de objetividad. Este deseo de ser fiel a la verdad le llevó también a separar los datos conseguidos gracias a su investigación personal de los obtenidos a partir de fuentes escritas u orales. En cuanto al contenido de su obra, a pesar de que Atenas, con su ideal de libertad, ocupaba un lugar destacado, Heródoto no fue del todo hostil a los persas: en realidad, Heródoto se sintió atraído por este pueblo y por sus monarcas, lo que explica que su obra, de acuerdo con un principio de composición asociativo, recogiese la historia de diversos pueblos a medida que éstos iban entrando en contacto con el imperio medo, con lo que la presencia de los persas y las alabanzas hacia su carácter son frecuentes. Esta actitud favorable de Heródoto hacia los vencidos y el escaso análisis que ofrecía en su obra sobre la realidad política de Atenas y sobre su marcado imperialismo no satisfacían por completo las necesidades literarias e intelectuales de sus sucesores. Para dar respuestas a estos asuntos, surgieron dos formas nuevas de hacer historia: • La historia científica o pragmática, encabezada por Tucídides. • La historia propagandística y panfletaria, que se centraba en asuntos de interés político y local desde un punto de vista conservador. En este tipo de historias eran frecuentes las críticas contra los logros de la Atenas democrática y contra sus líderes, y abundaban las visiones idealistas del pasado. Entre los autores de estos panfletos, se puede citar a Estesímbroto de Tasos. Junto a estas dos tendencias innovadoras, se mantenía aún vigente la tradición de los logógrafos jonios y sus especulaciones sobre los mitos y sus posibles explicaciones alegóricas. Al mismo tiempo, por aquella época surgió una nueva forma de hacer historia, que nace de nuevo en las costas orientales: las memorias o relatos autobiográficos como los de Ión de Quíos con su Epidemias. Frente a los panfletos y relatos de propaganda política, la obra de Tucídides, una monografía sobre la Guerra del Peloponeso, es la que sienta las bases de la nueva manera de hacer historia. Con él apareció la llamada historia científica o historia pragmática, que habría de tener numerosos seguidores. Para Tucídides, el fin último y primordial de la historia era la búsqueda de la verdad, que se consigue a partir de una extrema objetividad del historiador. Con este fin, el análisis y estudio de la fuentes (documentos, inscripciones, restos arqueológicos, etc.) ha de ser minucioso y el historiador debe mostrarse escéptico respecto de lo dicho antes por otros si no existe una comprobación previa. Sorprende ante todo el juicio crítico de Tucídides y su conciencia de estar escribiendo un nuevo tipo de historia, lo que le llevó a exponer su método en los capítulos I, 20-22. Allí habla de su manera de componer los numerosos discursos que pueblan la obra, en los que, sin reproducir las palabras exactas, hay un respeto absoluto hacia su sentido global en el momento en que fueron pronunciados. Tampoco sus fines eran los mismos que los de su predecesor Heródoto, pues no pretendía ganarse al público con sus novelas y relatos sino que se dirigía a un grupo más restringido de personas que deseaban aprender sobre el futuro a partir de un conocimiento certero del pasado. De vuelta a los discursos insertos en la obra, éstos desempeñaban un papel muy importante, pues servían para exponer las causas de los sucesos y los motivos de la acción de una manera aséptica, ya que Tucídides quiso evitar en todo momento los juicios personales, que, de acuerdo con el ideal de objetividad, sólo aparecían en muy contadas ocasiones. A comienzos del siglo IV a.C. la impronta dejada por Tucídides se deja sentir en la historiografía, pero no sólo por haber impuesto su método crítico sino también por descubrir en ciertos pasajes que había otros hechos (y no los meramente políticos) susceptibles de recibir la atención del historiador, como sucedía con su admirable descripción de los síntomas de la peste en Atenas; al mismo tiempo, continuaba la insatisfacción con la política, con la sociedad y se incrementaba el interés por el exotismo de los países del entorno (de acuerdo con esta moda, Ctesias de Cnido escribió sobre oriente). En verdad, se puede decir que ninguno de los historiadores del siglo IV puede llamarse con propiedad heredero directo de Heródoto o de Tucídides. El peso de las nuevas escuelas filosóficas y de los nuevos maestros como Platón, Isócrates y Aristóteles va a influir mucho en un nuevo tipo de escritos historiográficos: la moralidad y la necesidad de aleccionar por medio de la historia a través de sus ejemplos son los nuevos objetivos del relato. Por otro lado, la retórica, que en Tucídides aparecía en algunos discursos, se convierte de la mano de Isócrates y de sus seguidores en una nueva seña de identidad de la historia: la historia debe ahora cautivar al público; este ideal la hace acercarse a la tragedia en la manera de exponer los materiales, ya que de este modo el lector puede participar de una manera más directa del dramatismo histórico. Con la combinación de todos estos ingredientes, Jenofonte, Teopompo y Éforo crearán un nuevo tipo de historia. De este modo, Jenofonte supo combinar los elementos novelescos con los históricos en obras como la Anábasis, donde hay numerosos ingredientes autobiográficos, o la Ciropedia, verdadera novela histórica sobre Ciro el Viejo. También intentó seguir las huellas de Tucídides en su obra más importante, las Helénicas, donde se narra la historia de Grecia desde el 411 (fecha en que concluía el relato de Tucídides) hasta el 362 a.C. Este autor es igualmente innovador en su acercamiento a la biografía con obras como Agesilao o su Apología de Sócrates, en que se muestra muy cercano a las ideas socráticas sobre el didactismo de la historia. Teopompo, por su parte, también intentó continuar la historia que Tucídides había dejado incompleta, pero, para ello, se dejó llevar de las enseñanzas retóricas de Isócrates. Por otro lado, Éforo, discípulo también de Isócrates, adquirió fama por haber sido el primero en compilar una historia universal en sus Historias, que comenzaban con la conquista del Peloponeso por los dorios y llegaban hasta la época de Filipo de Macedonia; de este modo, la época mítica quedaba relegada, indicio de su fuerte racionalismo, que se combinaba con un deseo moralizante presente sobre todo en los proemios. Junto a estos grandes historiadores, surge en Atenas una escuela menor que se puede engarzar con la historiografía científica: se trata de las historias de ciudades basadas, ante todo, en los testimonios documentales. Así, Clidemo y Androción escribieron sendas historias de la ciudad de Atenas, con lo que, tras la senda de Helánico, se unían al grupo de atidógrafos o historiadores de Atenas. Al mismo tiempo, surgió un interés por recuperar y transmitir los documentos y aparecieron numerosos trabajos eruditos que se ocupaban de la edición de los mismos: autores como Aristóteles o Filócoro publicaron memoriales de instituciones públicas o religiosas, listas de competiciones literarias, etc. Estas nuevas tendencias fueron recuperadas con fuerza durante el helenismo, aunque aquí tendrán un valor distinto al no prestar los autores tanta atención a los documentos como al ropaje externo del relato, una de cuyas funciones primordiales era agradar al público y, así, enseñarle. De todos modos, el final del siglo IV a.C. estuvo marcado por la gran figura de Alejandro Magno, que se convirtió en el tema principal o secundario de numerosas historias y biografías. El propio Alejandro se preocupó de que su vida, con visos de novela, quedara en la memoria de la posteridad. Así, surgió una nueva tradición biográfica: la vida de los grandes personajes narrada con grandes dosis novelescas y adornada de un sinfín de anécdotas. Aristóbulo, Nearco o Ptolomeo fueron historiadores oficiales de Alejandro Magno, pero el más influyente de todos ellos fue Calístenes, al que seguiría mucho más tarde Quinto Curcio. Con el helenismo y con la dispersión de los centros emanadores de cultura, se manifestaron dos formas fundamentales de entender, interpretar y escribir historia: la isocrática y la peripatética o dramática, hijas ambas de las grandes escuelas filosóficas del siglo V y IV, que, en realidad, muestran numerosas afinidades entre sí. Mientras que los isocráticos, sin renunciar a la búsqueda de la verdad y a la función didáctica de la historia, hacían hincapié en la apariencia externa del relato, que debía ser efectista y elaborado conforme a las reglas retóricas, los peripatéticos desarrollaron el concepto de la historia dramática; esta idea partía de una interpretación un tanto errónea de un pasaje de la Poética de Aristóteles en que se exponía la primacía de la poesía sobre la historia. De ese modo, autores como Duris de Samos y Filarcoconsideraron que las historias de Éforo y Teopompo (representantes de la escuela isocrática) no cumplían con su cometido al no lograr la mímesis. Para estos autores, que rechazaban la necesidad de una historia marcada sobre todo por su finalidad didáctica y moralizadora, era preciso que el público participase de la acción, por lo que dramatizaban sus relatos sirviéndose de los procedimientos de la tragedia y olvidándose, en ocasiones, de la realidad histórica. De todos modos, es demasiado poco lo que se conserva de las obras de Duris y de Filarco como para hacernos una idea exacta del problema; en realidad, la enorme abundancia de escritos históricos durante el helenismo muestra una gran riqueza de tradiciones que se entremezclan entre sí y en las que la separación entre historias en las que prima una función didáctica o puramente estética no es tan clara como se presumía. A medida que avanzó el siglo III, en que el poder cultural del mundo helenístico no se asentó sólo en Alejandría, renació con fuerza, como se dijo más arriba, un tipo de historia local y se renovó el interés por los mundos alejados y exóticos. En esta época, aparecieron historias de lugares lejanos escritas en griego por autores foráneos: Manetón de Sebennito, sacerdote en Heliópolis, escribió las Egipcíacas y Beroso, sacerdote de Marduk, escribió las Babiloniaká. Al mismo tiempo, el despertar de Roma y sus luchas con Cartago hicieron volver las miradas de los griegos hacia el Occidente: así, Timeo de Tauromenio escribió una historia del occidente griego desde sus comienzos hasta la primera guerra púnica. Frente a estas tendencias, surgió también en este período (siglos III-II a.C.) una nueva forma de hacer historia, representada por Polibio, quien pretendía recuperar el espíritu de Tucídides: para él, la historia había perdido su auténtico cometido de investigar y conservar la verdad a causa de un excesivo retoricismo. Polibio afirmaba que la finalidad fundamental y única de la historia, que él definía como magistra vitae, era la utilidad; para conseguir este propósito, el historiador debía buscar ante todo la verdad objetiva, que no admitía ningún tipo de adornos, ni siquiera la elaboración de discursos (algo que, como vimos, aceptaba el propio Tucídides). De este modo, Polibio consideraba que la tarea del historiador constaba de tres partes: • Examen de las fuentes escritas. • Conocimiento de la geografía. • Comprensión del fenómeno político, que es lo que en definitiva proporciona las enseñanzas para el futuro. La obra de Polibio, que engarzaba cronológicamente con la de Timeo de Tauromenio, influyó notablemente en la historiografía posterior no sólo griega sino también romana, pues dentro de su relato la presencia de Roma era omnipresente con sus análisis sobre su peculiar constitución mixta y sobre su posible destino: Polibio consiguió con su obra que los griegos se familiarizaran con las instituciones romanas y que vieran en Roma una garantía de paz futura. Continuador de esta ideología fue Posidonio, quien dio paso a los compiladores y epitomistas como Diodoro de Siciliao Nicolás de Damasco en las últimas décadas del dilatado período helenístico (que llega más o menos hasta el año 30 a.C.). En esta última época no surgió ningún historiador de categoría y la tendencia dominante fue la compilación de elementos y datos a partir de toda la literatura anterior así como un renovado interés por la geografía y la historia de pueblos extraños. Diodoro de Sicilia narró sincrónicamente la historia de Grecia y Roma en los 40 libros de su Biblioteca, obra dirigida a un público muy numeroso, lo que explicaría la inclusión de numerosos relatos míticos. Acerca de la originalidad de su obra, se descubren con facilidad sus fuentes: para la época clásica, Éforo; Duris, Filarco y Polibio le suministran los datos para las épocas siguientes; en cuanto a los mitos, Diodoro se limitó a seguir un manual mitográfico. Nicolás de Damasco se decantó también por la historia universal en sus Historias, una obra de 144 libros, que se iniciaba con los grandes imperios de Oriente, la historia de la primitiva Grecia y llegaba hasta la época de Herodes. No obstante, nos interesa mucho más que se conozca la historia de la Grecia antigua, aunque aquí hemos de limitarnos a desarrollar una narración muy simple, pero que es suficiente para seguir los pasos literarios de sus protagonistas. Así pues, ¡pongamos manos a la obra! La Prehistoria se conoce en el Egeo como Edad del Bronce y abarca, aproximadamente, desde el IV milenio a.C. hasta el 1100 a.C. Los primeros asentamientos humanos en Grecia datan del Paleolítico Medio, pero los restos más abundantes pertenecen al Neolítico, período en el que se desarrolló una civilización agrícola y pastoril, sobre todo en Tesalia . A comienzos de la Edad del Bronce aumentó la población y se produjo un rápido progreso técnico, especialmente en las islas Cícladas, en el que destacaron las actividades marítimas, el trabajo de la piedra y los metales y el perfeccionamiento en las técnicas agrícolas, es la llamada civilización Cicládica. Hacia el 2100 a. C. la uniformidad cultural de la cuenca del Egeo cambió con la llegada de invasores indoeuropeos , que introdujeron, entre otras cosas, el caballo y una lengua y cultura diferentes; constituían la avanzadilla de pueblos seminómadas eurasiáticos, en constante movimiento desde principios de la Edad de Bronce. De la fusión de los indoeuropeos con las poblaciones del Egeo y de la síntesis cultural y espiritual entre ambas comunidades nacerían con el tiempo los griegos y su civilización. La isla de Creta quedaría al margen de la invasión de los pueblos indoeuropeos. Las excavaciones llevadas a cabo en la isla han descubierto restos de una brillante civilización que se remonta al 2600 a.C. Los cretenses construyeron grandes palacios y bajo la autoridad de sus reyes la isla prosperó económica y artísticamente. Creta creó una potente flota (talasocracia) y mantuvo estrechas relaciones comerciales con los grandes imperios de Oriente Medio, sobre todo con Egipto. Esta avanzada civilización fue llamada Minoica , en honor de su legendario rey Minos, y estaba centrada especialmente en el palacio de Cnosos. Los palacios estaban formados por cientos de habitaciones construidas en torno a patios. Había zonas de residencia, religiosas, de almacenamiento… Los frescos de los muros nos muestran una decoración exuberante así como aspectos de la vida cotidiana: vestimentas, aficiones…La estructura intrincada de estos edificios originó la leyenda del laberinto de Creta. La monarquía minoica era burocrática y centralista, y empleaba como instrumento de administración un sistema de escritura propio, el silabario Lineal A. Su influencia cultural y técnica se extendía por todo el Egeo, especialmente en las costas de la Grecia peninsular, donde establecieron relaciones fructíferas con los nacientes reinos aqueos, también llamados micénicos. Hacia el año 1626 a.C. el volcán de la isla de Tera entró en erupción y ocasionó un gran cataclismo en la isla, también Creta se vio seriamente afectada y su influencia en el Egeo fue desapareciendo. Durante la Edad Oscura, las perturbaciones causadas por los dorios junto con la inestabilidad reinante en la península provocaron grandes desplazamientos de población en toda la cuenca del Egeo a cuyo término quedó definitivamente fijado el mapa étnico-lingüístico de los pueblos griegos: • Los eolios poblaban Tesalia, Beocia y la isla de Lesbos. • Los jonios Ática, Eubea, las islas Cícladas y la franja central costera de Asia Menor. • Los dorios el Noroeste de Grecia, el Peloponeso, Creta, Rodas y la franja sur de Asia Menor. Por primera vez el Egeo se convirtió en un mar interior griego, debido a la colonización de las costas de Asia Menor. En esta época se dieron cambios decisivos: • En las costumbres funerarias. • En el vestido. • En la metalurgia: el hierro desplazó al bronce, con lo que el ejercicio de las armas dejó de ser patrimonio exclusivo de la nobleza. • En el arte: estilo geométrico de la cerámica. En la organización socio-política: creación de las bases de un marco de convivencia peculiar que los griegos llevaron consigo a todas partes y perduró varios siglos: la polis tuvo su origen en la fortaleza del jefe local, en la que se refugiaba la población en caso de peligro. La polis, ciudad-estado de escasa extensión y poca población, estaba formada por el centro urbano (con sus murallas, templos, ágora, acrópolis …) y por el territorio circundante. Sus habitantes eran muy celosos de su independencia, lo que determinó su individualismo, su intensa participación en la vida política y el fin de la organización de su sociedad basada en clanes familiares. En cada comunidad había un rey asistido por un consejo aristocrático. No existía aparato administrativo, código legal ni constitución. Las relaciones del rey con la nobleza eran inestables, y con el paso del tiempo los nobles lograron desbancar la autoridad real; en su lugar crearon magistraturas electivas y renovables cada año, ejercidas por ellos mismos. En la base de la sociedad estaban los campesinos, algunos artesanos y amplias masas de aparceros que trabajaban en condiciones muy duras para el noble local. La economía era autárquica y se basaba casi exclusivamente en la agricultura y la ganadería. Las relaciones comerciales eran casi exclusivamente bélicas, aparte de un escaso comercio de metales y materias primas suministrados por los fenicios, quienes en esta época controlaban las rutas del Mediterráneo. De ellos recibieron los griegos el alfabeto, que, adaptado a la lengua griega, acabó con tres siglos de ausencia de escritura. Su difusión fue muy rápida. En la primera etapa de la Época Arcaica Grecia recibió importantes influencias de Oriente: en el arte (estilo orientalizante), en la técnica, los cultos... Esta fue una época de graves crisis políticas y sociales, en las que las regiones costeras del Istmo de Corinto y Asia Menor evolucionaron más rápidamente que las del interior. Las estructuras socioeconómicas empezaron a tomar formas nuevas y los procesos más característicos de este período fueron la consolidación de la polis y la gran extensión del mundo helénico. Los regímenes oligárquicos instaurados tras la desaparición de las monarquías usaron todos los medios para mantenerse en el poder e impedir el paso al resto de la comunidad. La concentración de riqueza y poder político en manos de unos pocos, junto con la superpoblación de las ciudades, el escaso rendimiento de la tierra, el deterioro de la convivencia política y la necesidad de materias primas y alimentos fueron el detonante de la crisis. La situación conflictiva se alivió inicialmente mediante expediciones colectivas a distintos puntos costeros del Mediterráneo y del Mar Negro, para proporcionar tierras a los desheredados: El proceso de las colonizaciones duró aproximadamente dos siglos (750-550 a.C.). Las colonias eran independientes de sus respectivas metrópolis, pero solían mantener con estas relaciones amistosas basadas en el comercio, el culto y las tradiciones comunes. La colonización ensanchó las fronteras del mundo helénico y dio a los griegos una mayor conciencia de su pertenencia a una misma comunidad, diferenciada de las demás culturas con las que entraron en contacto (conciencia Panhelénica). Las relaciones de poder en las polis de Grecia se vieron profundamente alteradas con el intenso intercambio comercial con las colonias, por el perfeccionamiento de las técnicas navales, artesanales y metalúrgicas y por la introducción de la moneda, que alteró la naturaleza de la riqueza. También tuvo lugar la aparición de un nuevo tipo de organización militar, la falange de los hoplitas, que implicaba a mayor número de ciudadanos en la defensa de la polis. Todo ello minó las bases económicas del poder político de la nobleza terrateniente y preparó el terreno para una evolución a regímenes políticos más democráticos. La Época Clásica abarca desde el inicio del siglo V a.C., con los enfrentamientos de las ciudades griegas con el vecino Imperio persa, hasta la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. Desde mediados del siglo VII, los jonios de Asia Menor estaban en estrecho contacto con la vecina Lidia y habían adquirido un gran desarrollo económico y cultural; pero la llegada de los persas desde Oriente a Asia Menor causó un gran impacto en los pueblos griegos de la costa. Muchos jonios no se sometieron a las tiranías impuestas por los persas y huyeron a Occidente, donde fundaron nuevas colonias; el comercio griego sufrió un duro golpe por el bloqueo de sus fuentes de materias primas; la independencia política de los griegos estaba amenazada. Hacia el 500 a. C. los jonios se sublevaron contra el imperio persa y pidieron ayuda a los griegos del otro lado del Egeo; tras varios años de guerra fueron sometidos y duramente castigados. Los reyes de Persia, decididos a evitar nuevas revueltas, emprendieron la conquista de Grecia. • Primera guerra Médica (490 a.C.). Los atenienses dirigidos por el general Milcíades rechazaron el ataque del rey Darío en la llanura ática de Maratón. • Segunda guerra Médica (480 a.C.). Diez años después los persas hicieron una nueva invasión de Grecia con enormes efectivos; la acción conjunta de la mayoría de los griegos, con Atenas y Esparta a la cabeza, logró la liberación de Grecia: batalla terrestre de Las Termópilas, con el rey espartano Leónidas al frente, y batallas navales de Salamina, dirigida por Temístocles, Platea… Al acabar las Guerras Médicas, Atenas y las ciudades jonias crearon una alianza, la Liga Marítima Délico-Ática, con sede en la isla de Delos, para defenderse de futuros ataques persas. Al cabo de poco tiempo, esta alianza se transformó en un imperio al servicio de los intereses atenienses, pues éstos obligaron a varias polis a integrarse en la Liga, reprimieron duramente cualquier deserción, instalaron colonias militares de vigilancia, trasladaron los fondos de la Liga a Atenas y los administraron con absoluta libertad y, finalmente, promovieron la instauración de regímenes democráticos . Asimismo, Atenas comenzó la reconstrucción de la Acrópolis, la construcción de los Largos Muros desde Atenas al puerto del Pireo, se dio un gran desarrollo de la vida literaria y artística y hubo una gran afluencia de intelectuales y pensadores que acudían a la ciudad procedentes de todos los lugares de Grecia. El progreso democrático fue rápido debido al papel desempeñado por las clases populares en su victoria sobre los persas. Pericles y Efialtes introdujeron reformas constitucionales por las que el pueblo asumió mayores responsabilidades en la Asamblea y los Tribunales populares, los miembros de las instituciones recibían remuneración salarial, el Consejo aristocrático y el Areópago perdieron poder político. De este modo Atenas robusteció su democracia y mantuvo la supremacía sobre el resto de Grecia, debido a su poderío naval. Para mantener sus privilegios sociales y económicos los ciudadanos impusieron leyes restrictivas de acceso a la ciudadanía a quienes no lo eran (metecos , extranjeros, esclavos). El imperialismo ateniense propició el alejamiento del peligro persa, seguridad en la navegación, unidad entre los griegos del Egeo (unidad monetaria, jurídica, política, cultural, lingüística...), pero también suprimió la autonomía de los aliados y entró en conflicto con los intereses comerciales de los aliados de Esparta: Corinto y Megara. El enfrentamiento entre la Liga Délico-Ática (Atenas y sus aliados) y la Liga del Peloponeso (Esparta y sus aliados) fue el más largo y cruento que padecieron los griegos. A su término, Grecia quedó agotada e inició un proceso continuado de decadencia. • Primer Periodo (431-421 a.C.): los diez primeros años de la guerra, conocidos como guerras Arquidámicas, fueron una sucesión de éxitos y fracasos para ambos bandos. Los espartanos invadieron el Ática; los habitantes de la zona se refugiaron en Atenas, donde se produjo una epidemia, víctima de la cual murió Pericles. Los atenienses firmaron una efímera paz con Esparta, la paz de Nicias. • Segundo Periodo (415-412 a.C.): En el 415 a.C. los atenienses intentaron conquistar Sicilia,, con el fin de atacar a Esparta en dos frentes; el más interesado en esta expedición fue el joven Alcibíades. La expedición resultó un completo fracaso y provocó grandes conmociones en Atenas y su imperio. • Tercer Periodo (412-404 a.C.): La guerra duró diez años más, con deserciones en el bando de Atenas, hasta que Esparta, gracias a la ayuda económica de Persia, venció a la flota ateniense en la batalla naval de Egospótamo, junto al Helesponto (404 a.C.). Esparta impuso su hegemonía sobre los griegos e instauró gobiernos oligárquicos, en Atenas el gobierno de los Treinta Tiranos instauró un régimen de terror que propició la vuelta de la democracia. En otras ciudades hubo también revueltas antiespartanas y Esparta llegó a aliarse con los persas para poder mantener su hegemonía sobre los griegos. Pero su poderío se vio dañado también por la corrupción de sus instituciones y el descenso democrático. La Liga Beocia, comandada por Tebas y dirigida por Pelópidas y Epaminondas, venció al poderoso ejército espartano en la batalla de Leuctra (371 a. C.) La hegemonía de Tebas desapareció con la muerte de Epaminondas en la batalla de Mantinea. Atenas consiguió recuperarse, pero no volvió a tener fuerza suficiente para liderar al resto de Grecia, la crisis de las polis se agravaba cada vez más. En ese momento entró en escena una nueva potencia: la Macedonia de Filipo II, rey enérgico, tenaz e inteligente. En pocos años reorganizó su reino y sus ejércitos y se impuso a los estados griegos: conquistó Tesalia y Calcídica, intervino en Grecia Central y venció a sus opositores, encabezados por Atenas, en la batalla de Queronea (338 a. C.). Desde entonces, los griegos perdieron su independencia política y estuvieron bajo la autoridad de los reyes macedonios. Macedonia se impuso con facilidad en Grecia debido a la crisis de las polis, con continuos conflictos internos y externos, agudización de las luchas entre ricos y pobres y desinterés por participar en la política. Tras el asesinato de Filipo II, su hijo Alejandro sofocó los levantamientos de algunas ciudades griegas contra Macedonia y dirigió su ejército contra el Imperio Persa tras cruzar el Helesponto. En el curso de once años, Alejando Magno derrotó a los persas en una serie de impresionantes victorias: Gránico, Isos, expedición a Egipto, Gaugamela... Tras la toma de Persépolis inició una gran expedición hacia el Este para conocer los límites de su enorme imperio, que se extendía desde los Balcanes hasta Afganistán y desde Egipto al Indo. El desarrollo económico de los principales centros urbanos determinó una mayor movilidad social y la exigencia por parte de los sectores populares de una satisfacción a sus reivindicaciones políticas y sociales: codificación de las leyes, mayor participación en la vida política, abolición de las deudas y repartos de tierras. Para solucionar estos problemas fue decisiva la contribución de dos figuras políticas características de esta época, el legislador y el tirano. Los sectores sociales enfrentados se pusieron de acuerdo para otorgar amplios poderes a una persona prestigiosa que hiciera de mediadora y árbitro en la lucha social y pusiera por escrito todo un conjunto de leyes que obligasen por igual a todos y cada uno de los ciudadanos. De los legisladores griegos el más famoso fue Solón de Atenas. Cuando las reformas legales no solucionaban la crisis, el régimen oligárquico fue suplantado por las tiranías. El tirano, apoyándose en las masas populares y sin abolir las instituciones heredadas, acabó con el poder de los nobles, repartió tierras e impulsó la economía y la cultura de su polis. De este modo, una vez resuelta la crisis, la tiranía desapareció a finales del siglo VI a. C. Esparta es el mejor ejemplo de sumisión de la ciudadanía a los intereses totalitarios del Estado. Los grupos sociales solucionaron sus conflictos mediante acuerdos y el ejército conquistó el territorio de los mesenios en el siglo VII a. C, a los que sometieron a una dura servidumbre (Ilotas). Las continuas revueltas de Mesenia motivaron el deliberado aislamiento de los espartanos respecto a las demás polis. Establecieron una educación de tipo militar, lo que hizo de Esparta la primera potencia terrestre de Grecia durante tres siglos; acataron la ley y se mostraron inflexibles en el mantenimiento de sus arcaicas tradiciones. Tal forma de vida condicionó su política exterior: el deseo de alejar de su territorio a todos los potenciales enemigos que pudieran alterar su régimen de vida. Para ello creó una red de aliados en el Peloponeso, combatió las tiranías y la democracia y trató de implantar regímenes oligárquicos. Atenas, ante la crisis política, encargó a Solón la redacción de una constitución, base del desarrollo político posterior. Pero la sociedad seguía descontenta y más tarde fue gobernada por el tirano Pisístrato, impulsor de la prosperidad económica y cultural de la ciudad (copias de las obras de Homero, concursos teatrales). Tras la expulsión de los hijos de Pisístrato, Clístenes llevó a cabo una serie de reformas que eliminaron el poder territorial de los aristócratas y pusieron en manos del pueblo instrumentos efectivos para controlar a los dirigentes (el ostracismo). El pueblo ateniense se encaminaba ya hacia la democracia. La Época Helenística comprende desde la muerte de Alejandro, en el 323 a. C. hasta el 31 a. C. A lo largo de medio siglo, los generales de Alejandro se vieron envueltos en continuas guerras por el poder (guerras de los Diádocos), hasta que finalmente el imperio quedó dividido en grandes reinos, entre los que sobresalieron : • Egipto. Dinastía de los Ptolomeos. • Siria y Asia. Reino de los Seleúcidas. • Macedonia y Grecia. Reino de los Antigónidas. • Surgieron también reinos menores: Épiro, Pérgamo, Bactria, Capadocia, Ponto…. En todos estos reinos encontramos rasgos comunes: • En el orden político, el Estado está representado por la voluntad soberana de un rey, un rey divinizado, que disponía de un ejército propio de mercenarios y monopolizaba las explotaciones agrícolas y mineras. La actividad política de las ciudades desapareció. • En el orden económico hubo una decadencia generalizada de la agricultura, excepto en Egipto. La industria se estancó, pero floreció el comercio; se difundió la economía monetaria y se fundaron sociedades crediticias y mercantiles que potenciaron las relaciones económicas en el Mediterráneo. • En la sociedad. Una clase dirigente cosmopolita (griegos e indígenas helenizados) se asentó en los grandes núcleos urbanos. Las poblaciones campesinas asimilaron sólo superficialmente la cultura griega dominante y mantuvieron sus costumbres y tradiciones ancestrales. • En el aspecto cultural, Atenas dejó de ser el centro más importante del mundo helénico y con ella rivalizaron Alejandría, Antioquía, Pérgamo, Éfeso y Rodas. Gracias a la iniciativa de los reyes se desarrolló una intensa actividad intelectual y científica, plasmada en la creación de bibliotecas, museos, gimnasios y teatros, y en el incremento de la ciencia especulativa y experimental. Durante estos siglos se difundió la cultura entre grandes masas de población y aparecieron nuevas formas artísticas más ricas y expresivas, indicadoras de una nueva sensibilidad para los aspectos cotidianos de la vida. • En lo religioso y moral, la desaparición de la polis como forma de organización política, acarreó la desaparición de la religión estatal. Las creencias religiosas dejaron de ser patrocinadas por el Estado y se convirtieron en asunto propio de la conciencia individual. Por otra parte, surgieron religiones universalistas, que se dirigían a toda clase de personas, religiones en las que abundaban elementos mistéricos, mágicos y supersticiosos. • Las corrientes filosóficas más importantes (epicureísmo, estoicismo y cinismo ) predicaban la felicidad individual y el alejamiento de los asuntos mundanos. El individualismo triunfa en forma definitiva y el particularismo es reemplazado por el universalismo (cosmopolitismo). En contraste con la prosperidad de los reinos helenísticos, la Grecia propiamente dicha se hundía cada vez más en la miseria, tras la euforia inicial del progreso económico posterior a las conquistas de Alejandro Magno y a la estabilidad del imperio conquistado, debido a que las rutas comerciales se desviaron y el Oriente se autoabastecía. Las tierras estaban en manos de unos pocos ricos y había abundante mano de obra esclava, lo que llevó al empobrecimiento de las clases más bajas y provocó agitaciones sociales. Políticamente los griegos estaban sujetos a los reyes de Macedonia, con quienes estuvieron en continuos conflictos; solo algunos estados del interior consiguieron cierto poder militar con la creación de las Ligas de estados (Liga Etolia, Liga Aquea). Hacia el 200 a.C. los romanos, que ya habían conquistado Italia y Sicilia, comenzaron a intervenir en los asuntos internos de Grecia a favor de unos u otros, según sus intereses. En el 166 a.C. acabaron con la dinastía de Macedonia y en el 146 a.C. (destrucción de Corinto) pusieron fin a la ficción de una Grecia independiente y la transformaron en una provincia más de su imperio. Lo mismo sucedió con los reinos y las ciudades de Asia. En el año 31 a.C. el emperador Augusto se anexionó Egipto, tras vencer a Cleopatra y Marco Antonio en la batalla de Accio. Egipto era el último reino helenístico aún independiente. La cultura de la antigua Grecia influyó poderosamente en los escritores, artistas e intelectuales de Roma; así, el emperador Adriano construyó en Atenas una biblioteca y mandó terminar un imponente templo comenzado en época del tirano Pisístrato: el Olimpeion. La propagación del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era comenzó en Grecia, ya que san Pablo visitó ciudades como Corinto, Atenas, Tesalónica, Filípolis… Y, para no perdernos en el laberinto, seguidamente se ofrece una biografía de Alejandro Magno. Este personaje es una de las más destacadas figura de la Antigüedad. Extraordinario estratega militar (el mejor, según se cuenta que opinaba Aníbal), sus conquistas tuvieron una gran trascendencia histórica y cultural: con ellas se inició el llamado periodo helenístico, en el que la cultura clásica extendió su influencia y a la vez se vio enriquecida con las aportaciones orientales. La helenización de Asia nunca llegó a ser profunda debido a la rápida división del Imperio de Alejandro, pero sus efectos perduraron en los reinos que surgieron de la disolución. La figura del macedonio Alejandro Magno perduró en la imaginación de los pueblos rodeada del halo legendario que le proporcionaba la magnitud de sus hazañas y la consideración de ser uno de los más grandes conquistadores de la historia. En la numerosa bibliografía que compone su leyenda aparece representado unas veces como un ser casi divino, y otras como un héroe de audacia sobrehumana, empeñado en las empresas más arduas y temerarias. Ni los biógrafos actuales, mucho menos inclinados a la exageración, han podido sustraerse a la fascinación que suscita el personaje. Para la historia de la civilización antigua las hazañas de Alejandro Magno supusieron un torbellino de tales proporciones que aún hoy se puede hablar sin paliativos de un antes y un después de su paso por el mundo. Y aunque su legado providencial (la extensión de la cultura helénica hasta los confines más remotos) se vio favorecido por todo un abanico de circunstancias favorables que reseñan puntualmente los historiadores, su biografía es en verdad una auténtica epopeya, la manifestación en el tiempo de las fantásticas visiones homéricas y el vivo ejemplo de cómo algunos hombres descuellan sobre sus contemporáneos para alimentar incesantemente la imaginación de las generaciones venideras. Para la historia de la civilización antigua las hazañas de Alejandro Magno supusieron un torbellino de tales proporciones que aún hoy se puede hablar sin paliativos de un antes y un después de su paso por el mundo. Y aunque su legado providencial (la extensión de la cultura helénica hasta los confines más remotos) se vio favorecido por todo un abanico de circunstancias favorables que reseñan puntualmente los historiadores, su biografía es en verdad una auténtica epopeya, la manifestación en el tiempo de las fantásticas visiones homéricas y el vivo ejemplo de cómo algunos hombres descuellan sobre sus contemporáneos para alimentar incesantemente la imaginación de las generaciones venideras. Hacia la segunda mitad del siglo IV a.C., un pequeño territorio del norte de Grecia, menospreciado por los altivos atenienses y tachado de bárbaro, inició su fulgurante expansión bajo la égida de un militar de genio: Filipo II, rey de Macedonia. La clave de sus éxitos bélicos fue el perfeccionamiento del "orden de batalla oblicuo", experimentado con anterioridad por Epaminondas. Consistía en disponer la caballería en el ala atacante, pero sobre todo en dotar de movilidad, reduciendo el número de filas, a las falanges de infantería, que hasta entonces sólo podían maniobrar en una dirección. La célebre falange macedónica estaba formada por hileras de dieciséis hombres en fondo con casco y escudo de hierro, y una lanza llamada sarissa. Alejandro Magno Alejandro nació en Pela, capital de la antigua comarca macedónica de Pelagonia, en octubre del 356 a.C. Ese año proporcionó numerosas felicidades a la ambiciosa comunidad macedonia: uno de sus más reputados generales, Parmenión, venció a los ilirios; uno de sus jinetes resultó vencedor en los Juegos celebrados en Olimpia; y Filipo tuvo a su hijo Alejandro, que en su imponente trayectoria guerrera jamás conocería la derrota. Quiere la leyenda que, el mismo día en que nació Alejandro, un extravagante pirómano incendiase una de las Siete Maravillas del Mundo, el templo de Artemisa en Éfeso, aprovechando la ausencia de la diosa, que había acudido a tutelar el nacimiento del príncipe. Cuando fue detenido, confesó que lo había hecho para que su nombre pasara a la historia. Las autoridades lo ejecutaron, ordenaron que desapareciese hasta el más recóndito testimonio de su paso por el mundo y prohibieron que nadie pronunciase jamás su nombre. Pero más de dos mil años después todavía se recuerda la infame tropelía del perturbado Eróstrato, y los sacerdotes de Éfeso, según la leyenda, vieron en la catástrofe el símbolo inequívoco de que alguien, en alguna parte del mundo, acababa de nacer para reinar sobre todo el Oriente. Según otra descripción, la de Plutarco, su nacimiento ocurrió durante una noche de vientos huracanados, que los augures interpretaron como el anuncio de Júpiter de que su existencia sería gloriosa. Predestinado por dioses y oráculos a gobernar a la vez dos imperios, la confirmación de ese destino excepcional parece hoy más atribuible a su propia y peculiar realidad. Nieto e hijo de reyes en una época en que la aristocracia estaba integrada por guerreros y conquistadores, fue preparado para ello desde que vio la luz. En el momento de nacer, su padre, Filipo II, general del ejército y flamante rey de Macedonia, a cuyo trono había accedido meses antes, se encontraba lejos de Pela, en la península Calcídica, celebrando con sus soldados la rendición de la colonia griega de Potidea. Al recibir la noticia, lleno de júbilo, envió en seguida a Atenas una carta dirigida a Aristóteles, en la que le participaba el hecho y agradecía a los dioses que su hijo hubiera nacido en su época (la del filósofo), y le transmitía la esperanza de que un día llegase a ser discípulo suyo. La reina Olimpias de Macedonia, su madre, era la hija de Neoptolomeo, rey de Molosia, y, como su padre, decidida y violenta. Vigiló de cerca la educación de sus hijos (pronto nacería Cleopatra, hermana de Alejandro) e imbuyó en ellos su propia ambición. El príncipe tuvo primero en Lisímaco y luego en Leónidas dos severos pedagogos que sometieron su infancia a una rigurosa disciplina. Nada superfluo. Nada frívolo. Nada que indujese a la sensualidad. De natural irritable y emocional, esa austeridad convino, al parecer, a su carácter, y adquirió un perfecto dominio de sí mismo y de sus actos. Cuando, al cumplir los doce años, el rey, alejado hasta entonces de su lado debido a sus constantes campañas militares, decidió dedicarse personalmente a su educación, se maravilló de encontrarse frente a un niño inteligente y valeroso, lleno de criterio, extraordinariamente dotado e interesado por cuanto ocurría a su alrededor. Era el momento justo de encargarle a Aristóteles la educación de su hijo. A partir de los trece años y hasta pasados los diecisiete, el príncipe prácticamente convivió con el filósofo. Estudió gramática, geometría, filosofía y, en especial, ética y política, aunque en este sentido el futuro rey no seguiría las concepciones de su preceptor. Con los años, confesaría que Aristóteles le enseñó a «vivir dignamente»; siempre sintió por el pensador ateniense una sincera gratitud. Aristóteles le enseñó a además amar los poemas de Homero, en particular la Ilíada, que con el tiempo se convertiría en una verdadera obsesión del Alejandro adulto. El nuevo Aquiles fue en cierta ocasión interrogado por su maestro respecto a sus planes para con él cuando hubiera alcanzado el poder. El prudente Alejandro contestó que llegado el momento le daría respuesta, porque el hombre nunca puede estar seguro del futuro. Aristóteles, lejos de alimentar suspicacias respecto a esta reticente réplica, quedó sumamente complacido y le profetizó que sería un gran rey. Alejandro fue creciendo mientras los macedonios aumentaban sus dominios y Filipo su gloria. Desde temprana edad, su aspecto y su valor fueron parangonados con los de un león, y cuando contaba sólo quince años, según narra Plutarco, tuvo lugar una anécdota que anticipa su deslumbrante porvenir. Filipo quería comprar un caballo salvaje de hermosa estampa, pero ninguno de sus aguerridos jinetes era capaz de domarlo, de modo que había decidido renunciar a ello. Alejandro, encaprichado con el animal, quiso tener su oportunidad de montarlo, aunque su padre no creía que un muchacho triunfara donde los más veteranos habían fracasado. Ante el asombro de todos, el futuro conquistador de Persia subió a lomos del que sería su amigo inseparable durante muchos años, Bucéfalo, y galopó sobre él con inopinada facilidad. Sano, robusto y de gran belleza (siempre según Plutarco), Alejandro encarnaría, a los dieciséis y diecisiete años, el prototipo del mancebo ideal. En plena vigencia del amor dorio, ya enriquecido por Platón con su filosofía, y descendiente él mismo de dorios con un maestro que, a su vez, había sido durante veinte años el discípulo predilecto de Platón, no es difícil imaginar su despertar sexual. Ya mediante la recíproca admiración con el propio Aristóteles, ya proporcionándole éste otros muchachos como método formativo de su espíritu, no habría sino caracterizado, en la época y en la sociedad guerrera en que vivió, el papel correspondiente a su edad y condición. Si, como sostenía Platón, este tipo de amor promovía la heroicidad, en Alejandro, durante esos años, el despertar del héroe era inminente. A sus dieciséis años se sentía capacitado para dirigir una guerra, y con dominio y criterio suficientes para reinar. Pudo muy pronto probar ambas cosas. Herido su padre en Perinto, fue llamado a sustituirlo. Era la primera vez que tomaba parte en un combate, y su conducta fue tan brillante que lo enviaron a Macedonia en calidad de regente. En 338 marchó con su padre hacia el sur para someter a las tribus de Anfisa, al norte de Delfos. Desde el año 380 a.C., un griego visionario, Isócrates, había predicado la necesidad de que se abandonaran las luchas intestinas en la península y de que se formara una liga panhelénica. Pero décadas después, el ateniense Demóstenes mostraba su preocupación por las conquistas de Filipo, que se había apoderado de la costa norte del Egeo. Demóstenes, enemigo declarado de Filipo, aprovechó el alejamiento para inducir a los atenienses a que se armasen contra los macedonios. Al enterarse el rey, partió con su hijo a Queronea y se batió con los atenienses. Las gloriosas falanges tebanas, invictas desde su formación por el genial Epaminondas, fueron completamente devastadas. Hasta el último soldado tebano murió en la batalla de Queronea, donde el joven Alejandro capitaneaba la caballería macedonia. Alejandro supo ganarse la admiración de sus soldados en esta guerra y adquirió tal popularidad que los súbditos comentaban que Filipo seguía siendo su general, pero que su rey ya era Alejandro. Quinto Curcio Rufo cuenta que después del triunfo en Queronea, en donde el príncipe había dado muestras, pese a su juventud, de ser no sólo un heroico combatiente sino también un hábil estratega, su padre lo abrazó y con lágrimas en los ojos le dijo: «¡Hijo mío, búscate otro reino que sea digno de ti. Macedonia es demasiado pequeña!» Terminadas las campañas contra tracios, ilirios y atenienses, Alejandro, Antípatro y Alcímaco fueron nombrados delegados de Atenas para gestionar el tratado de paz. Fue entonces cuando vio por vez primera Grecia en todo su esplendor. La Grecia que había aprendido a amar a través de Homero. La tierra de la cual Aristóteles le había transmitido su orgullo y su pasión. En su breve permanencia le fueron tributados grandes honores. Allí asistió a gimnasios y palestras y se ejercitó en el deporte del pentatlón, bajo la atenta y admirativa mirada de los adultos, que transformaban estos centros en verdaderas «cortes de amor». Allí estuvo en contacto directo con el arte en pleno apogeo de Praxíteles y con los momentos preliminares de la escuela ática. Filipo, entretanto, había reunido bajo su autoridad a toda Grecia, con excepción de Esparta. En el 337, a los cuarenta y cinco años, arrastraba una pasión desde su paso por las montañas del Adriático, y no dudó en volver a Iliria en busca de Atala, la princesa de quien se había enamorado. Después de veinte años de matrimonio (aunque muy pocos de ellos estuvo cerca de su mujer y las desavenencias fueron cada vez más crecientes), tampoco dudó en repudiar a Olimpias y celebrar una nueva boda con Atala. Alejandro, que amaba a su madre, no soportó aquella ofensa que el rey infería a su legítima esposa. A pesar de ello, fue obligado a asistir al banquete nupcial. Durante la ceremonia criticó la actuación de su padre, y éste, ebrio, llegó a amenazarlo con su espada. Indignado, herido en su amor propio, el príncipe corrió al lado de su madre y le rogó que huyese con él. Con algunas pocas personas fieles, madre e hijo dejaron Pela para refugiarse en el palacio de su tío Alejandro, rey de Molosia en sucesión de su abuelo materno. Allí vivieron hasta que Filipo, dando muestras de arrepentimiento, prometió tributar a la reina los honores que le correspondían. Sin embargo, aunque Olimpias accedió, es muy posible que ya conspirara con Pausanias para la perpetración de su venganza contra Filipo y la cristalización de sus ambiciones de regencia. Pocas semanas después (era ya la primavera del año 336) regresaron todos a Epiro, incluido Filipo. Se celebraba la boda de su hija Cleopatra con Alejandro de Molosia, tío de la novia. Durante la procesión nupcial, Filipo II fue asesinado por Pausanias. Parece claro que Olimpias participó (acaso fue la mentora) en el asesinato del rey. Pero Alejandro, ¿fue ajeno? A sus veinte años se hacía con el reino de Macedonia: casi un designio divino para comenzar por fin la vida de gloria a la que se sentía destinado. Y en seguida puso manos a la obra. En primer término (aquí Quinto Curcio Rufo dice que «dio castigo, por él mismo, a los asesinos de su padre», pero no parece fiable), hizo eliminar a todos aquellos que pudieran oponérsele. No había acabado el año 336 cuando en la asamblea popular de Corinto se hizo designar «Generalísimo de los ejércitos griegos». Al comenzar el año 335, el levantamiento de Tracia e Iliria le exigió una breve campaña durante la cual consiguió la conquista y sumisión de ambas regiones. No acababa de regresar a su reino cuando la sublevación de los tebanos, unida a la de los atenienses, tras correr el rumor de su muerte en Icaria, demandaron una nueva y urgente batalla para impedir la total coalición. Pero el sitio de Tebas no fue fácil; Tracia e Iliria habían sido, en comparación, un juego de niños. Ante la resistencia de la ciudad, Alejandro decidió tomarla por asalto. Pasó a cuchillo, de uno en uno, a más de seis mil ciudadanos, redujo a esclavitud a una guarnición compuesta por treinta mil soldados y ordenó la total demolición de la ciudad, aunque, en un acto más que elocuente de su respeto por el arte y la cultura, ordenó salvar del derribo la casa en que había vivido Píndaro, el poeta griego de Cinocéfalos, que cantó con gran belleza lírica a los atletas en sus Epinicios (o «cantos de la palestra deportiva») y que se contaba entre sus poetas favoritos. Atenas se sometió sin resistirse. Al regresar a Macedonia, trabajó en la preparación de la guerra contra el Imperio persa, campaña comenzada por su padre (para quien había sido el sueño de toda su vida), y que se había visto interrumpida tras su muerte. Es posible que entre los meses finales de 335 hasta la primavera de 334 hubiera realizado distintos viajes a Epiro y Atenas. En Epiro reinaba su hermana Cleopatra, la reina de Molosia, quien contó con su consejo. En Atenas Lisipo, el escultor de Sicione y amigo de Alejandro, hizo de él varios bustos, algunos de los cuales podrían datar de esa época. Mientras preparaba su partida hacia Persia le comunicaron que la estatua de Orfeo, el tañedor de lira, sudaba, y Alejandro consultó a un adivino para averiguar el sentido de esta premonición. El augur le pronosticó un gran éxito en su empresa, porque la divinidad manifestaba con este signo que para los poetas del futuro resultaría arduo cantar sus hazañas. Después de encomendar a su general Antípatro que conservara Grecia en paz, en la primavera del año 334 a.C. cruzó el Helesponto con treinta y siete mil hombres dispuestos a vengar las ofensas infligidas por los persas a su patria en el pasado. No regresaría jamás. Alejandro ocupó Tesalia y declaró a las autoridades locales que el pueblo tesalo quedaría para siempre libre de impuestos. Juró también que, como Aquiles, acompañaría a sus soldados a tantas batallas como fueran necesarias para engrandecer y glorificar a la nación. Cuando llegaron a Corinto, Alejandro sintió deseos de conocer al gran filósofo Diógenes, famoso por su proverbial desprecio por la riqueza y las convenciones, quien, aunque rondaba los ochenta años, conservaba sus facultades intelectuales. Sentado bajo un cobertizo, calentándose al sol, Diógenes miró al rey con total indiferencia. Según Plutarco, cuando el monarca le dijo: «Soy Alejandro, el rey», Diógenes le contestó: «Y yo soy Diógenes, el Cínico». «¿Puedo hacer algo por ti?», le preguntó Alejandro, y el filósofo respondió: «Sí, puedes hacerme la merced de marcharte, porque con tu sombra me estás quitando el sol». Más tarde el rey diría a sus amigos: «Si no fuese Alejandro, quisiera ser Diógenes». Tiempo después, otra anécdota singular ofrece un nuevo diálogo legendario, pero esta vez con Diónides, pirata famoso entre los carios, los tirrenos y los griegos, quien, capturado y conducido a su presencia, no se arredró ante la amonestación del rey cuando éste le dijo: «¿Con qué derecho saqueas los mares?» Diónides le respondió: «Con el mismo con que tú saqueas la tierra»; «Pero yo soy un rey y tú sólo eres un pirata». «Los dos tenemos el mismo oficio -contestó Diónides-. Si los dioses hubiesen hecho de mí un rey y de ti un pirata, yo sería quizá mejor soberano que tú, mientras que tú no serías jamás un pirata hábil y sin prejuicios como lo soy yo.» Dicen que Alejandro, por toda respuesta, lo perdonó. En junio de 334 logró la victoria del Gránico, sobre los sátrapas persas. En la fragorosa y cruenta batalla Alejandro estuvo a punto de perecer, y sólo la oportuna ayuda en el último momento de su general Clito le salvó la vida. Conquistada también Halicarnaso, se dirigió hacia Frigia, pero antes, a su paso por Éfeso, pudo conocer al célebre Apeles, quien se convertiría en su pintor particular y exclusivo. Apeles vivió en la corte hasta la muerte de Alejandro.A comienzos de 333, Alejandro llegó con su ejército a Gordión, ciudad que fuera corte del legendario rey Midas e importante puesto comercial entre Jonia y Persia. Allí los gordianos plantearon al invasor un dilema en apariencia irresoluble. Un intrincado nudo ataba el yugo al carro de Gordio, rey de Frigia, y desde antiguo se afirmaba que quien fuera capaz de deshacerlo dominaría el mundo. Todos habían fracasado hasta entonces, pero el intrépido Alejandro no pudo sustraerse a la tentación de desentrañar el acertijo. De un certero y violento golpe ejecutado con el filo de su espada, cortó la cuerda, y luego comentó con sorna: "Era así de Cruzó el Taurus, franqueó Cilicia y, en otoño del año 333 a.C., tuvo lugar en la llanura de Issos la gran batalla contra Darío III, rey de Persia. Antes del enfrentamiento arengó a sus tropas, temerosas por la abultada superioridad numérica del enemigo. Alejandro confiaba en la victoria porque estaba convencido de que nada podían las muchedumbres contra la inteligencia, y de que un golpe de audacia vendría a decantar la balanza del lado de los griegos. Cuando el resultado de la contienda era todavía incierto, el cobarde Darío huyó, abandonando a sus hombres a la catástrofe. Las ciudades fueron saqueadas y la mujer y las hijas del rey fueron apresadas como rehenes, de modo que Darío se vio obligado a presentar a Alejandro unas condiciones de paz extraordinariamente ventajosas para el victorioso macedonio. Le concedía la parte occidental de su imperio y la más hermosa de sus hijas como esposa. Al noble Parmenión le pareció una oferta satisfactoria, y aconsejó a su jefe: "Si yo fuera Alejandro, aceptaría." A lo cual éste replicó: "Y yo también si fuera Parmenión."sencillo." Alejandro afirmó así sus pretensiones de dominio universal. Cruzó el Taurus, franqueó Cilicia y, en otoño del año 333 a.C., tuvo lugar en la llanura de Issos la gran batalla contra Darío III, rey de Persia. Antes del enfrentamiento arengó a sus tropas, temerosas por la abultada superioridad numérica del enemigo. Alejandro confiaba en la victoria porque estaba convencido de que nada podían las muchedumbres contra la inteligencia, y de que un golpe de audacia vendría a decantar la balanza del lado de los griegos. Cuando el resultado de la contienda era todavía incierto, el cobarde Darío huyó, abandonando a sus hombres a la catástrofe. Las ciudades fueron saqueadas y la mujer y las hijas del rey fueron apresadas como rehenes, de modo que Darío se vio obligado a presentar a Alejandro unas condiciones de paz extraordinariamente ventajosas para el victorioso macedonio. Le concedía la parte occidental de su imperio y la más hermosa de sus hijas como esposa. Al noble Parmenión le pareció una oferta satisfactoria, y aconsejó a su jefe: "Si yo fuera Alejandro, aceptaría." A lo cual éste replicó: "Y yo también si fuera Parmenión." Alejandro ambicionaba dominar toda Persia y no podía conformarse con ese honroso tratado. Para ello debía hacerse con el control del Mediterráneo oriental. Destruyó la ciudad de Tiro tras siete meses de asedio, tomó Jerusalén y penetró en Egipto sin hallar resistencia alguna: precedido de su fama como vencedor de los persas, fue acogido como un libertador. Alejandro se presentó a sí mismo como protector de la antigua religión de Amón y, tras visitar el templo del oráculo de Zeus Amón en el oasis de Siwa, situado en el desierto Líbico, se proclamó su filiación divina al más puro estilo faraónico. Aquella visita a un santuario, cuyo dios titular no era puramente egipcio, tenía una indudable finalidad política. Alejandro Magno, como buen político, no podía dejar pasar la oportunidad de aumentar su prestigio y popularidad entre los helenos, muchos de los cuales eran reacios a su persona. Se cuenta que después de haber solicitado la consulta del oráculo, el sacerdote le respondió con el saludo reservado a los faraones tratándole como "hijo de Amón". A continuación (sigue la leyenda), penetró solo en el interior del edificio y escuchó atentamente la respuesta "conforme a su deseo", como el propio Alejandro declararía. Sobre esta visita y sobre el alcance de la profecía se han vertido ríos de tinta. La mayoría de los historiadores coinciden en señalar que allí el oráculo habría informado al macedonio de su origen divino, y predicho la creación de su Imperio Universal. El hecho es que no se conoce ningún texto que proporcione información acerca de las palabras del oráculo. Al regresar por el extremo occidental del delta, fundó, en un admirable paraje natural, la ciudad de Alejandría, que se convirtió en la más prestigiosa en tiempos helenísticos. Para determinar su emplazamiento contó con la inspiración de Homero. Solía decir que el poeta se le había aparecido en sueños para recordarle unos versos de la Ilíada: "En el undoso y resonante Ponto / hay una isla a Egipto contrapuesta / de Faro con el nombre distinguida." En la isla de Faro y en la costa próxima planeó la ciudad que habría de ser la capital del helenismo y el punto de encuentro entre Oriente y Occidente. Como no pudieron delimitar el perímetro urbano con cal, Alejandro decidió utilizar harina, pero las aves acudieron a comérsela destruyendo los límites establecidos. Este acontecimiento fue interpretado como un augurio de que la influencia de Alejandría se extendería por toda la Tierra. En la primavera de 331 ya hacía tres años que había dejado Macedonia, con Antípatro como regente; pero ni entonces ni después parece haber pensado en regresar. Prosiguió su exploración atravesando el Éufrates y el Tigris, y en la llanura de Gaugamela se enfrentó al último de los ejércitos de Darío III, llevando a su fin, en la batalla de Arbelas, a la dinastía aqueménida. Las impresionantes tropas persas contaban en esta ocasión con una aterradora fuerza de choque: elefantes. Parmenión era partidario de atacar amparados por la oscuridad, pero Alejandro no quería ocultar al sol sus victorias. Aquella noche durmió confiado y tranquilo mientras sus hombres se admiraban de su extraña serenidad. Había madurado un plan genial para evitar las maniobras del enemigo. Su mejor arma era la rapidez de la caballería, pero también contaba con la escasa entereza de su contrincante y planeaba descabezar el ejército a la primera oportunidad. Efectivamente, Darío volvió a mostrarse débil y huyó ante la proximidad de Alejandro, sufriendo una nueva e infamante derrota. Todas las capitales se abrieron ante los griegos. Mientras entraba en Persépolis, Alejandro mandó ocupar casi de forma simultánea Susa, Babilonia y Ecbatana. En julio de 330, Darío moría asesinado. Beso, el sátrapa de Bactriana, había ordenado su ejecución después de derrocarle. Alejandro sometió entonces las provincias orientales y prosiguió su marcha hacia el este. Muchas fueron las anécdotas y leyendas que a partir de entonces fueron acumulándose alrededor de este semidiós que parecía invencible. La historia da cuenta de que vistió la estola persa, ropaje extraño a las costumbres griegas, para simbolizar que era rey tanto de unos como de otros. Sabemos que, movido por la venganza, mandó quemar la ciudad de Persépolis; que, iracundo, dio muerte con una lanza a Clito, aquel que le había salvado la vida en Gránico; que mandó ajusticiar a Calístenes, el filósofo sobrino de Aristóteles, por haber compuesto versos alusivos a su crueldad, y que se casó con una princesa persa, Roxana, contraviniendo las expectativas de los griegos. Alejandro incluso se internó en la India, donde hubo de combatir contra el noble rey hindú Poros. Como consecuencia de la trágica batalla, murió su fiel caballo Bucéfalo, en cuyo honor fundó una ciudad llamada Bucefalia. Pero su ejército, a medida que se iban fundando nuevas Alejandrías a su paso, fue perdiendo hombres. Éstos se sentían agotados, debilitados, hasta que en 326, al llegar a Hifasis (el punto más oriental que llegaría a alcanzar), tuvo que reemprender el camino de regreso tras el amotinamiento de sus soldados. Durante el regreso, el ejército se dividió: mientras el general Nearco buscaba la ruta por mar, Alejandro conducía el grueso de las tropas por el infernal desierto de Gedrosia. Miles de hombres murieron en el empeño. La sed fue más devastadora que las lanzas enemigas. Aunque diezmado, el ejército consiguió llegar a su destino, y con la Ya en Babilonia, no dudó en mandar ejecutar a los macedonios que se le oponían. Tenía como proyecto la creación de un nuevo ejército formado por helenos y bárbaros para abortar así las tradiciones de libertad macedonias. Quería construir una nación mixta, y asumió el ritual aqueménida mientras buscaba y obtenía el apoyo de familias orientales. Creía asegurar de esta forma el éxito de sus planes de dominación universal. A pesar de que prosiguió sus campañas y continuó proyectando otras nuevas hasta que, en su lecho de muerte, ya no pudo hablar, hubo un hecho, sin embargo, que desmoronaría todas sus certezas: la muerte de Hefestión. Alejandro se había casado con Roxana durante una campaña en Bactra, de cuya unión nacería póstumamente Alejandro IV, su único hijo. También se casó con Estatira, en Susa, cuando, llevado por su afán de integración racial, hizo celebrar varios matrimonios entre sus soldados macedonios y mujeres orientales. Estatira era la hija mayor de Darío III; Dripetis, casada también entonces con Hefestión, la menor. Confiaba en Tolomeo, pariente suyo (quizá su hermanastro) y oficial de su alto mando. También tenía en Nearco, uno de sus oficiales, un camarada y amigo desde la infancia. Pero Hefestión había sido más que todos ellos: su amigo, tal vez su amante, pero sobre todo un hombre inteligente que compartía sus ideas de estadista; ambos experimentaban una admiración recíproca. La muerte de Hefestión en octubre de 324, mientras se hallaban en Ecbatana, le causó un dolor tan hondo que él mismo fue decayendo hasta su propia muerte, ocurrida pocos meses después. En 325, al volver de la India, durante su marcha a lo largo del Indo había recibido una peligrosa herida en el pecho; su regreso por el desierto de Gedrosia en condiciones extremas volvió a quebrantar su salud. Casi al final del verano de 324, decidió descansar una temporada y se instaló en el palacio estival de Ecbatana, acompañado por Roxana y su amigo Hefestión. Su esposa quedó embarazada. Su amigo enfermó repentinamente y murió. Alejandro llevó el cuerpo a Babilonia y organizó el funeral de Hefestión. Inició de inmediato una nueva campaña explorando las costas de Arabia. Mientras navegaba por el Bajo Éufrates contrajo una fiebre palúdica que sería fatal. Antes de morir, en junio de 323, en un todavía imponente pero ya derruido zigurat de Bel-Marduk, Alejandro, ya menos imponente, entregó su anillo real a Pérdicas, su lugarteniente desde la muerte de Hefestión. Alejandro tenía treinta y tres años. A su lado estaba Roxana. Estatira permanecía en Susa, en el harén del palacio de su abuela Sisigambis. Tras las murallas que guardaban la ciudad interior, seguía fluyendo el Éufrates. Aquel mismo día, libre de fabulosas esperanzas, sin nada que legar a los hombres excepto su mísero tonel, con casi noventa años, moría también en Corinto su desabrida contrafigura, el ceñudo filósofo Diógenes el Cínico. El extraño fenómeno de la no corrupción del cuerpo de Alejandro, más notable aún con el calor imperante en Babilonia, habría dado pie, en tiempos cristianos, al creer que se trataba de un milagro, a santificarlo. En el siglo IV a.C. no existía una tradición semejante que atrajera la atención de los hagiógrafos. Tal vez la explicación más acertada es que su muerte clínica ocurrió mucho después de lo que se creyó entonces. Alejandro IV, su hijo, y Roxana, su esposa, fueron asesinados por Casandro cuando el niño tenía trece años, en el 310 a.C. Casandro era el hijo mayor de Antípatro, regente al partir Alejandro Magno al Asia, y después de ese asesinato fue rey de Macedonia. Cleopatra, su hermana, siguió gobernando Molosia durante muchos años después de que el rey Alejandro muriese. Olimpias, su madre, disputó la regencia de Macedonia con Antípatro y en el 319 a.C. se alió con Poliperconte, el nuevo regente; cuando había conseguido el objetivo perseguido durante toda su vida, fue ejecutada en el 316 a.C. en Pidnia. A Ptolomeo, oficial de su alto mando, se debe una Historia de Alejandro; Ptolomeo sería más tarde rey de Egipto, donde inició una dinastía, la de los Ptolomeos, que perduraría hasta el 30 a.C., año de fallecimiento de la célebre Cleopatra, la última reina de Egipto. Dicho lo cual, espero que se me permita dedicar unas palabras para comentar algunos puntos SOBRE SUS CONQUISTAS. Pues ¡bien! Manos a la obra. La conquista del Imperio persa por parte de Alejandro fue mucho más que un simple episodio bélico entre griegos y persas. Ya fuera por la magnitud de la empresa, ya por su éxito, el mundo antiguo no volvió a ser igual después de esos diez años de campañas ininterrumpidas de los macedonios y sus aliados por Oriente. Las razones de Alejandro Magno para llevar a cabo una campaña de tal envergadura y dificultad nos son desconocidas. Él mismo arguyó su deseo de vengar las invasiones persas de más de un siglo antes, aunque no hay duda de que, en parte, existía la voluntad de unir las heterogéneas ciudades-estado griegas, antes enfrentadas a Macedonia y entonces bajo su dominio, en una empresa común que aunase esfuerzos y evitase disidencias. Se trataría de buscar un enemigo exterior para evitar que se acabase pensando que el verdadero enemigo era la monarquía macedonia. Con un ejército compuesto por unos cuarenta mil hombres y el firme propósito de liberar las ciudades griegas sometidas por los persas, Alejandro atravesó el Helesponto en la primavera de 334 a.C., iniciando su marcha contra el Imperio persa y dejando su reino en manos de Antípatro. Precisamente la composición de su ejército, unida a su indiscutible talento como estratega y a la hábil elección de hombres capacitados y de confianza como generales, constituyó la clave de sus victorias. Ya en la configuración de su primer ejército se reunía un conjunto equilibrado de efectivos con armas diferentes. Este conjunto lo constituían la infantería pesada, integrada por contingentes griegos enviados por la Liga de Corinto y por mercenarios; la falange macedonia de armamento pesado, con la característica sarissa (lanza de unos cinco metros de longitud); la infantería ligera, compuesta por macedonios, tracios y peonios dotados de jabalina; el cuerpo de arqueros cretenses; y, ocupando una posición relevante, la caballería pesada macedonia, principal cuerpo de choque de su ejército, apoyados por la caballería ligera de tesalios y tracios. Cuando arribó a tierras asiáticas, Alejandro inauguró una serie de acciones rebosantes de carga simbólica e ideológica, como su visita en Troya de la tumba del mítico Aquiles, el héroe de la Ilíada. Casi de inmediato se enfrentó a las tropas persas, que eran superiores en número, junto al río Gránico, obteniendo una rotunda victoria y enviando a Atenas trescientas armaduras de los vencidos como ofrenda a la diosa Atenea. ALEJANDRO MAGNO Esta primera victoria no sólo asestaba un duro golpe al Imperio persa, sino que validaba el poder y las fuerzas de Alejandro y consolidaba su posición frente a los griegos. Nada podía detener ya su avance hacia las ciudades griegas de la costa de Asia Menor, que se concretó en la toma de Sardes y Éfeso, y en una fácil neutralización de la resistencia ofrecida por Mileto y Halicarnaso, animada por el rodio Memnón, aliado de los persas. Ante estas ciudades se presentó como libertador, instaurando sistemas pretendidamente democráticos, si bien bajo su control. En su marcha hacia el interior, por Licia y Panfilia, llegó a Gordión, en Frigia, donde se hallaba el célebre nudo que, según la leyenda, otorgaría el dominio de Asia a aquel que fuera capaz de deshacerlo. Alejandro lo resolvió cortándolo con un golpe de espada, incorporando otro acto repleto de simbolismo a sus acciones de confirmación y alarde de su poder y de legitimación de sus ambiciones. A través de Capadocia dirigió su ejército hacia Siria, alcanzando en la región de Cilicia la ciudad de Tarso, donde se vio retenido por una grave enfermedad. Pero apenas se hubo restablecido continuó con la conquista de las ciudades próximas, como Solos y Malos. Encaminándose hacia el norte de Siria, en el otoño del año 333 a.C. llegó a enfrentarse con el propio rey aqueménida, Darío III, en Issos. En esta batalla infligió una nueva derrota a las tropas persas, obligando al gran rey a retirarse más allá del Éufrates y quedando a merced de Alejandro el campamento en el que se encontraba la familia real: la esposa, los hijos y la madre de Darío. Comenzó así una nueva etapa en la que consolidó su control en Asia Menor (en cuyas costas sucumbieron los últimos focos de resistencia persa), mientras las islas del Egeo eran liberadas por la flota macedonia, y abrió nuevas posibilidades de conquista en la región siriopalestina, cerrando las salidas al mar del Imperio persa. Al mismo tiempo lograba acallar las voces de determinados sectores griegos que aún se alzaban en su contra. Las ciudades fenicias de la costa, desde Arados a Sidón, se entregaron sin presentar oposición alguna ante el irrefrenable avance del macedonio. Simultáneamente, Alejandro rehusaba las ventajosas propuestas de Darío III, que le ofrecía los territorios asiáticos al otro lado del Éufrates, así como una de sus hijas en matrimonio y diez mil talentos, a cambio de la paz y de la liberación de su familia (cuyos integrantes sí que restituyó al rey persa). Empeñado en su campaña de conquista, llegó ante las puertas de la ciudad de Tiro, cuya larga resistencia se reveló inútil, siendo castigada su población de forma ejemplar, al igual que la de Gaza. En el invierno del año 332 a.C. había culminado ya la conquista de Palestina y se dirigía hacia Egipto. Ante la población egipcia, Alejandro se convirtió en el auténtico artífice de su liberación del yugo aqueménida; por ello, al alcanzar el delta del Nilo, no encontró demasiadas dificultades para vencer al sátrapa persa, aislado y sin el apoyo del pueblo egipcio. A su llegada a Menfis fue aclamado como libertador e investido con el poder y la corona del faraón. Precisamente, una de sus primeras medidas fue la fundación de una ciudad en el delta del Nilo, a la que dio su propio nombre, Alejandría. Después se dirigió a través del desierto hasta el santuario oracular de Amón, en el oasis de Siwa, donde fue proclamado por los sacerdotes como "hijo de Amón", dios ya identificado con Zeus por los griegos. Con ello consolidaba su propia ascendencia divina como descendiente de la dinastía argéada, que se remontaba a Heracles y, por ende, al propio Zeus. Alejandro no se demoró mucho tiempo en Egipto, sino que retrocedió sobre sus pasos para llegar a las costas fenicias, desde donde partió hacia Mesopotamia en el verano del año 331 a.C. Habiendo dejado atrás el río Éufrates y después de atravesar el Tigris, se encontró en Gaugamela con el ejército de Darío, quien había renovado sin éxito su propuesta de paz. La victoria en esta batalla resultó decisiva, pues la retirada desordenada de los persas y la huida del rey dejaron indefensos muchos de los centros vitales del Imperio persa. Babilonia fue fácilmente sometida y Alejandro se apoderó del magnífico tesoro real; en Persia sucumbieron una tras otra las ciudades de Susa, Persépolis (donde incendió el palacio real) y Pasargada. Los continuos éxitos de Alejandro se vieron transitoriamente ensombrecidos por la sublevación de Esparta, secundada por otras ciudades antimacedonias, que fue finalmente reprimida por Antípatro. En la primavera del año 330 a.C., Alejandro reemprendió la marcha en pos de Darío hacia Media. Al llegar a Ecbatana, el persa se había escabullido de nuevo, refugiándose en Bactriana. Antes de reanudar la persecución, Alejandro decidió reorganizar sus tropas, relevando a los efectivos griegos (recompensados con magnanimidad) y encomendando al macedonio Harpalo la custodia de las ingentes riquezas obtenidas en los botines. En su enconado acoso al rey persa se adentró en la región del nordeste, atravesando las Puertas Caspias. Entre tanto, Darío había sido derrocado por Beso, el sátrapa de Bactriana, quien ante el avance de Alejandro ordenó dar muerte a Darío, proclamándose soberano él mismo con el nombre de Artajerjes. Habida cuenta de la inesperada forma en que se habían precipitado los acontecimientos y se había transformado la situación en ese verano del año 330 a.C., no resulta extraño que Alejandro se hiciera cargo de los restos de su difunto enemigo, ordenando su sepultura en la tumba real de Persépolis. Con este aparente gesto de benevolencia subrayaba en realidad su condición de legítimo sucesor de Darío III. Como tal, debía acabar con el usurpador del trono y conquistar los territorios orientales del Imperio persa. En la región sudoriental del mar Caspio y en el área irania fueron sometidos diversos pueblos, así como los territorios de Partia. Marchó entonces Alejandro hacia Oriente, conquistando sucesivamente Aria, Drangiana y Aracosia, donde se detuvo en la primavera del año 329 a.C. antes de atravesar el Paropámiso y la cordillera del Hindu Kush. Sin que las imponentes alturas supusieran un obstáculo, llegó a Bactriana, el refugio del usurpador, que, sin embargo, se había dado a la fuga. Siguiéndole con tenaz empeño por el territorio de Sogdiana, Beso fue finalmente capturado y ejecutado. Infatigable en su afán de conquista, Alejandro continuó con su ejército en Sogdiana, tomando la capital, Maracanda (Samarcanda). Una revuelta surgida en esta ciudad, encabezada por Espitámenes, fue sofocada con prontitud, con la consiguiente muerte del insurrecto. Se alcanzaba así el límite del Imperio persa en el río Yaxartes. Sin embargo, la búsqueda de un confín natural explica su posterior campaña en la India, en la región del río Indo, concretamente en la conocida como de los "cinco ríos" (Punjab). En la primavera del año 326 a.C., llegó a las riberas del Indo, granjeándose pronto el apoyo del rey Taxiles y de otros príncipes de la región del río Hidaspes, incluso en su enfrentamiento con el rey Poros, que dominaba la región que quedaba comprendida entre el Hidaspes y el río Acesines. Finalmente alcanzó el río Hifasis, el más oriental de todos, obteniendo de esta forma la sumisión de la región. Disuadido, ante la negativa del ejército, de seguir avanzando hacia el este, y tras convertir este curso fluvial en el límite oriental del imperio, emprendió el regreso. En la región del Hidaspes, donde se detuvo el ejército en el invierno de 325 a.C. para construir una flota, se produjo el enfrentamiento con los malios, en el que Alejandro resultó gravemente herido por una flecha. En el verano del mismo año se emprendió el retorno, dividiendo el ejército con el fin de seguir un doble itinerario, uno por tierra, a lo largo de la costa y bajo el mando de Alejandro, y otro por mar, con la flota construida para la expedición a través del océano Índico y del golfo Pérsico, dirigido por Nearco. En el itinerario seguido por Alejandro, destaca su enconado empeño de atravesar el desierto de Gedrosia (Beluchistán), emulando al propio Ciro, pero con un elevado coste en vidas entre las filas de su ejército. En la primavera del año 324 a.C. llegaba a Susa, dirigiéndose durante el verano a la ciudad de Opis y llegando en el invierno del mismo año, por fin, a Babilonia, convertida en capital de su efímero imperio. Desde allí se afanaba en sus planes para preparar una amplia expedición de conquista a Arabia, que quedó truncada por su prematura muerte el 13 de junio del año 323 a.C., provocada por la fiebre, acaso originada por anteriores y crónicas afecciones nunca curadas. Y, por último, vamos a hacer algunas apreciaciones sobre EL IMPERIO que fundó Alejandro Magno. Señalaremos que: Las ininterrumpidas conquistas de Alejandro Magno supusieron la anexión de un vasto e inmenso ámbito territorial que conformaba un imperio universal. La organización administrativa de los nuevos territorios fue asumida por Alejandro desde sus primeras victorias, con una política plural, divergente y compleja, merced a la propia heterogeneidad de las condiciones y circunstancias en las que se encontraban los pueblos y ámbitos incluidos en sus dominios. Así, otorgó el mando civil y militar de las diferentes regiones de Anatolia y Siria a jefes militares macedonios, a excepción de Caria, cuyo gobierno civil confió a Ada, hermana de Mausolo. En cambio, en el corazón del Imperio persa, en el ámbito mesopotámico e iranio, actuaba deliberadamente como sucesor del gran rey aqueménida, manteniendo la circunscripción administrativa de las satrapías y confiando los cargos de sátrapas tanto a macedonios como a leales súbditos persas. Paralelamente, en los territorios de la India organizó los pequeños reinos existentes como reinos vasallos, conservando en el trono a los príncipes locales que acataron la sumisión a la autoridad suprema del rey macedonio. En todo caso, la salvaguarda de estos territorios quedaba garantizada por las guarniciones, siempre bajo el mando de macedonios, situadas en puntos estratégicos y diseminadas por todo el imperio. Esta hábil política permitió la administración del imperio con relativa facilidad, pues una estructura más homogénea habría tropezado con enormes dificultades, irresolubles en esas circunstancias y en tan corto lapso de tiempo. No obstante, sí que introdujo novedades en su política económica, al establecer una administración financiera y tributaria ajena a las satrapías, que englobaba amplias regiones bajo el control de hombres de confianza. En buena medida, consiguió articular la administración territorial sin hacer coincidir el gobierno político y el poder económico, evitando de esta forma la excesiva acumulación de poderes en las mismas manos. Con respecto a las ciudades griegas, como en sus primeras iniciativas, adoptó un criterio de continuidad de la política inaugurada por su padre. Imbuido por la cultura griega de la ciudad, respetó la autonomía de las polis, si bien limitando su potestad con su propia hegemonía. Sin duda, Alejandro supo instrumentalizar la idea panhelénica y el interés común de acabar con la amenaza persa, pero cuando fueron necesarios otros medios de persuasión para silenciar y aplacar los movimientos antimacedonios en su contra, no dudó, como en Tebas, en emplear la fuerza y la represión ejemplar, o bien en cambiar sistemas y facciones políticas ciudadanas que mostraban resistencia. Él mismo pretendió propagar el modelo de ciudad griega en el ámbito oriental, al jalonar el itinerario de sus conquistas con la fundación de ciudades, a las que solía designar con su propio nombre, proliferando por doquier las "Alejandrías". Además de la ciudad del delta del Nilo, fundó, entre otras, la Alejandría de Aria, la de Aracosia, la de Bactra, la de Alejandría Eschata ("la extrema"), la Alejandría Nikaia ("de la Victoria") y la Alejandría Bucéfala o Bucefalia (en recuerdo de su caballo, Bucéfalo). Esta política de establecimiento de ciudades y de colonos greco-macedonios, además de servir como estrategia de defensa y de control de rutas comerciales, constituyó la avanzadilla de su proyecto de helenización del imperio, siendo imitada en época helenística, aunque con una repercusión restringida. No obstante, surgieron algunos problemas que amenazaban con quebrar la unidad y la estabilidad. A las sublevaciones en los territorios recientemente conquistados de algunos sátrapas persas de Media, Persia y Carmania se sumó un problema aún más grave: la oposición surgida en el seno de los propios macedonios, motivada en parte, al parecer, por la adopción de Alejandro del ceremonial persa con el que los súbditos agasajaban a sus soberanos, que incluía la prosternación (la proskynesis). Los primeros problemas que tuvieron lugar en el entorno de Alejandro parecieron confirmarse en el año 330 a.C., cuando Filotas, su amigo de infancia, comandante de la caballería e hijo de Parmenión, fue acusado de traición y ejecutado, al parecer, por silenciar una conjura contra Alejandro. La condena alcanzó al propio Parmenión, que había permanecido con parte del ejército en Ecbatana, ante los recelos del macedonio. Algo después, en el año 328 a.C., llevado de un ataque de ira, él mismo asesinó a su amigo Clito, que había manifestado abiertamente su disconformidad con algunos aspectos del comportamiento de Alejandro. Otras conjuras y movimientos de oposición fueron acallados con idéntica violencia y determinación. De regreso de sus campañas de conquista, este clima cargado de problemas latentes explica acaso su supuesta política de fusión. Así, el matrimonio múltiple celebrado en Susa en el año 324 a.C. parecía propiciar una política de integración basada en las uniones mixtas: él mismo y unos ochenta generales y oficiales de su ejército contrajeron matrimonio con princesas y nobles iranias. Alejandro (cultivando la poligamia, habitual en la dinastía macedonia), después de tomar como esposa a la princesa bactriana Roxana, se unía ahora con Estatira, hija de Darío III. Con todo, el pretendido deseo de fusión entre griegos y orientales y de concordia universal no fue más que un acto simbólico, que servía a los propios intereses de Alejandro, en su afán por consolidar su condición de legítimo sucesor de Darío y de asumir rasgos emblemáticos, al emparentarse con la propia familia aqueménida. Servía también a sus fines políticos en otra dimensión, al constituir un gesto simbólico de amistad con las aristocracias iranias. En la misma línea se explica su decisión de incluir treinta mil jóvenes nobles persas en su ejército. Con esta medida lograba varios fines: por un lado, reforzaba los efectivos militares de su ejército; por otro, al dispensar este honor afianzaba su relación con las élites persas. Y, sobre todo, lograba mermar el poder de coacción de los macedonios, al no ser ya indispensable el apoyo de su ejército. Pronto se pudo comprobar su efectividad en Opis, cuando el rechazo provocado por su decisión entre los macedonios llevó el ejército al amotinamiento. La presencia de las tropas persas y, según las fuentes, la elocuencia de su discurso, acabaron con la sublevación, saldada con el ajusticiamiento de los líderes de la rebelión y el licenciamiento de diez mil veteranos, cansados de una década de continuas campañas. Su viaje de regreso a Macedonia, bajo el mando de Crátero, coincidió con la muerte de Alejandro, sirviendo para reducir los nuevos focos de sublevación que había entre los griegos. En la práctica, la fusión y el mestizaje nunca se produjeron a gran escala, pues era habitual la coexistencia paralela de las comunidades greco-macedónicas e indígenas. La política de Alejandro, en este sentido, si bien provocaba ciertos descontentos y hostilidades entre los macedonios, le permitía granjearse la amistad y el respaldo de las poblaciones orientales, especialmente de sus élites, y reforzaba su poder al neutralizar las disensiones existentes entre los suyos. Buena parte de sus iniciativas parecían orientarse en la misma dirección: modelar la idea y la imagen del "rey universal" que extiende su dominio sobre la ecúmene. Aspiraba así a una nueva forma de poder, con un marcado carácter autocrático, abandonando incluso el título de "Rey de los macedonios", que fue sustituido por el de "el Rey Alejandro", con nuevas connotaciones ideológicas en la imprecisión del título. Con el mismo fin asumió elementos propios del despotismo oriental en virtud de su sucesión al trono aqueménida, exhibiendo un fuerte personalismo no exento de conexiones divinas. Al incorporar rasgos de la realeza oriental, se convirtió en depositario del derecho divino de las soberanías egipcia o persa que, sumado a las elaboraciones de su ascendencia divina, le atribuían una aureola deífica; todo ello al margen de las especulaciones sobre la exigencia de Alejandro de recibir honores divinos de las ciudades griegas, que en determinados casos no le fueron denegados. La muerte de Alejandro Magno truncó las grandes expectativas desplegadas por sus conquistas y su poder. Alejandro legaba un imperio universal, pero la ausencia de un líder indiscutible generó un vacío en el que de inmediato se abrieron fisuras; pronto se manifestaron la discordia y las ambiciones contrapuestas entre sus compañeros y generales. La sucesión parecía garantizada por el nacimiento de su hijo varón, Alejandro IV, fruto de su unión con Roxana, acordándose entonces la regencia de Arrideo, el hermanastro del propio Alejandro (según las fuentes, con evidentes indicios de deficiencia mental). Sin embargo, la rivalidad entre los denominados diádocos (generales de Alejandro) se agudizó, al dividirse entre ellos los poderes y las áreas de control, surgiendo los enfrentamientos armados alentados por las ambiciones personales y dando al traste con la idea de la unión del imperio. El legítimo heredero, Alejandro IV, fue asesinado en 310 a.C. junto a su madre, por orden del regente Casandro. Con todo, y a pesar de la tendencia disgregadora, los vastos territorios conquistados por Alejandro se conservaron, convertidos en estados helenísticos. Ello puso de manifiesto otro de los legados del macedonio: la propia institución de la monarquía, que acabarían asumiendo los diádocos, lo que implicaba la instauración dentro de los reinos helenísticos de dinastías de origen macedonio que en ocasiones tuvieron largo recorrido. Es el caso de la dinastía ptolemaica fundada por Ptolomeo I Soter, que se mantuvo en el poder hasta la muerte en el año 30 a.C. de su última soberana, la célebre Cleopatra, o de la dinastía seléucida de Seleuco I Nicátor, que se prolongó también hasta el siglo I a.C. Por otra parte, la excepcionalidad de los logros de Alejandro, su carismática personalidad y su prematura muerte dieron alas al mito de aquel que en vida se había convertido en un héroe. Divinizado a su muerte, recibía culto en su tumba de Alejandría, prestándose su imagen sobrehumana a todo tipo de leyendas que se fueron transmitiendo de generación en generación. Convertido en arquetipo, su mito se desarrolló en múltiples relatos que, a partir de sus hazañas, se veían plagados de anécdotas y aventuras fantasiosas, tomando forma de epopeyas y fábulas que llegaron a gozar de una extraordinaria popularidad. Su imagen idealizada adquirió nuevos matices, en ocasiones contradictorios, enriqueciendo y alimentando el mito, que llegó a proyectarse con un éxito extraordinario no sólo durante la Antigüedad, sino también en la Edad Media y en la posteridad. No en vano algunos pobladores de las montañas afganas remontan aún hoy su ascendencia a Alejandro. Dicho lo cual, hemos puesto así el broche al actual ensayo, que se titula El Griego y su Literatura Clásica. Diseño de portada Nombre del autor: Ignacio Ramón Echeburúa Estévez Nombre del autor en la portada: Ignacio R. Echeburúa Título de la obra: El Griego y su Literatura clásica. Texto solapa portada (máximo 400 caracteres con espacios). Biografía del autor: Sólo voy a citar mis últimas publicaciones. En esta última órbita, se sitúa el libro titulado “El Griego y su Literatura Clásica”, que sacó a la calle la Editorial pc de Palma de Mallorca, en su sede de Barcelona. Le siguió un libro sobre “ASTRONOMÍA”, que editó en junio de 2022, la Editorial Autografía de Barcelona. Asimismo, los tres libros siguientes han sido publicados por la Editorial Autografía. En junio de 2023 vio la luz el libro titulado “Historia de la física”. Este libro tiene 282 páginas y forma parte de la colección Fondo de la editorial. Se puede adquirir en librerías online como Librería Oxford, Buscalibre y Agapea. En enero de 2024 salió a la calle el libro titulado “JOSÉ ORTEGA Y GASSET y la razón histórica”. Ortega nos dice que necesitamos una razón que sea capaz de describir los sentidos del mundo humano, que nos permita entender la realidad humana. A la razón pura le es imposible captar al hombre en su singularidad, en sus realizaciones históricas, la razón pura no nos sirve; la razón matematizante... Por otro lado, “Mis Relatos” es mi única obra de narrativa, la cual contiene tres relatos cortos, como son “¡Una boda que se las trae!”, “Aires de romería: El Rocío” y, para terminar, “Con faldas y ¡a lo loco!”. Fue puesta en la calle en marzo de 2025 por la mencionada Editorial Autografía, en la categoría de Ficción. Ya está en la editorial el libro titulado “Nuevos Relatos”, que saldrá a la calle en septiembre de este año y contendrá cinco narraciones, cuyos títulos son: a) El Gernika; b) EL suicidio de un filósofo; c) En una casa que no quiero recordar; d) San Juan de Gaztelugatxe, y e) Deporte Rural Vasco. Por último, quiero indicar que Ediciones Europa acaba de enviarme una propuesta editorial por la que se compromete a publicarme el título “Mis Cuentos”, que se integra por las narraciones siguientes: a) Leyendas y sagas de la mitología nórdica, b) Los vikingos y su mitología, y c) La vida desde los inicios, para los niños. Su correo electrónico es: editor3@grupoeditorialeuropa.es/ Sin embargo, tengo redactada mi primera novela, de la que no falta ni un detalle, que se titula “Una comunidad de Carmelitas descalzas”, incorporando este título sendas fotografías. Son sus dos personajes centrales Jorge y Luis Enrique, quienes con diálogos llenos de frescura y sinceridad nos abren las puertas del convento de Santa Teresa de San Sebastián. Dicha novela se encuentra en la bandeja de entrada, pero aún no tiene un destinatario concreto. Y, últimamente, se ha redactado otra novela, titulada Un catamarán nuevo, con una extensión parecida a la anterior, aunque el nº de capítulos se queda en seis. Texto de la contraportada (máximo 500 caracteres con espacios). Sinopsis: La literatura griega es aquella escrita por autores autóctonos de Grecia (alrededor de los años 2000 a. C.) y áreas geográficas de influencia, muchas compuestas en sus dialectos. Se extiende a lo largo de todos los periodos de escritores de ese origen o de ese momento. Los géneros más destacados de esta literatura son la comedia —en la cual tomaban el lado más burlesco de algo específico y cuyo mayor representante es Aristófanes— y la tragedia —en donde se relataba un hecho generalmente de un héroe que pasa por un secuencia de hechos catastróficos, y cuyos mayores representantes son Eurípides, Sófocles y Esquilo—. La mayoría de estos escritos eran realizados por un rapsoda y transmitidos oralmente por un aedo. Por otro lado, la Grecia Clásica o Época Clásica es el período de la historia de Grecia comprendido entre la revuelta de Jonia (año 499 a. C., cuando termina la Época arcaica) y el reinado de Alejandro Magno (336 a. C.-323 a. C., cuando comienza la Época Helenística), o de un modo más genérico, los siglos V y IV a. C. El teatro fue el género literario más desarrollado de todo el periodo. Abundaron los escritores de tragedias, género en el que los principales autores fueron Esquilo, Sófocles y Eurípides. En la comedia se destacó Aristófanes. En el siglo V a. C., era clásica, surgió el drama a partir de los misterios dionisíacos. De los centenares de tragedias escritas e interpretadas durante la época clásica solo ha sobrevivido un número limitado de obras: • Esquilo (525 a. C.-456 a. C.), considerado creador de la tragedia, escribió Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes y la trilogía de la Orestíada (Agamenón, Las Coéforas, Las Euménides). • Sófocles (495 a. C.-406 a. C.) limitó el coro, aumentó a tres los actores, con lo que dio mayores posibilidades al diálogo. Se conservan siete tragedias completas: Antígona, Edipo Rey, Áyax, Las Traquinias, Filoctetes, Edipo en Colono y Electra. • Eurípides (485 a. C.-406 a. C.) destacó por la penetración psicológica de los personajes. Obras: Alcestis, Medea, Los Heráclidas, Hipólito, Andrómaca, Hécuba, Las suplicantes, Electra, Heracles, Las troyanas, Ifigenia en Táuride, Ion, Helena, Fenicias, Orestes, Las bacantes e Ifigenia en Áulide. La comedia antigua surgió del culto a Dioniso, pero en este caso las obras estaban llenas de una franca obscenidad, abusos e injurias. Autor destacado fue • Aristófanes (444 a. C.-385 a. C.). Aristócrata, atacó la charlatanería tanto filosófica como política. Los caballeros, Las nubes (contra los filósofos), Las avispas, Las aves, Lisístrata (contra la guerra), Las ranas, La asamblea de las mujeres. Texto solapa contraportada (máximo 300 caracteres con espacios): Esquilo nació en Eleusis, actual Grecia, en el año 525 a.C. y murió en Gela, Sicilia, en 456 a.C. Fue un Trágico griego. Esquilo vivió en un período de grandeza para Atenas, tras las victorias contra los persas en las batallas de Maratón y Salamina, en las que participó directamente. Tras su primer éxito, Los persas (472 a.C.), Esquilo realizó un viaje a Sicilia, llamado a la corte de Hierón, adonde volvería unos años más tarde para instalarse definitivamente. Por otro lado, de las noventa obras que escribió Esquilo, sólo se han conservado completas siete, entre ellas una trilogía, la Orestíada (Agamenón, Las coéforas y Las Euménides, 478 a.C.). Se considera a Esquilo el fundador del género de la tragedia griega, a la que dio forma a partir de la lírica coral introduciendo un segundo actor en escena, lo cual permitió independizar el diálogo del coro, aparte de otras innovaciones en la escenografía y la técnica teatral. Por otra parte, Esquilo llevó a escena los grandes ciclos mitológicos de la historia de Grecia, a través de los cuales reflejó la sumisión del hombre a un destino superior incluso a la voluntad divina. Tal destino es una fatalidad eterna (moira) que rige la naturaleza y contra la cual los actos individuales son estériles, puro orgullo (hybris, desmesura) abocado al necesario castigo En sus obras el héroe trágico, que no se encuentra envuelto en grandes acciones, aparece en el centro de este orden cósmico; el valor simbólico pasa a primer término, frente al tratamiento psicológico. El género trágico representó una perfecta síntesis de las tensiones culturales que vivía la Grecia clásica entre las creencias religiosas tradicionales y las nuevas tendencias racionalistas y democráticas. En otro sentido Esquilo fue el primero de la tríada de grandes dramaturgos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) que, a lo largo del siglo V a.C., llevarían la tragedia griega a su máximo esplendor. Amén de las citadas, las tragedias de Esquilo que se han conservado son Las suplicantes (c. 490), Los siete contra Tebas (467) y Prometeo encadenado, obra sobre cuya autoría existen aún dudas. ¿Qué concepto -o conceptos- pretende transmitir en su Libro? El teatro, o más específicamente, el teatro de la Antigüa Grecia, es la cultura teatral que floreció en la antigua Grecia entre 550 a.C. y 220 a.C., época en que las polis griegas comenzaron a caer bajo dominio de Roma. Todos los grandes teatros se encuentran al aire libre. Así pues, el desarrollo del espectáculo se daba en un espacio al aire libre llamado orchestra, en el que se ejecutaban una gran variedad de espectáculos artísticos (danzas, recitados y piezas musicales), así como eventos cívicos y religiosos. Fue a través del teatro griego que se presentaron, por primera vez, los géneros teatrales (drama, comedia y tragedia), inspirados, principalmente, en aspectos de la sociedad, como las guerras entre las polis, las guerras médicas, o el conjunto de creencias sobre la mitología griega y los dioses olímpicos. Las construcciones se llevaban a cabo sobre superficies planas y con estructuras que permitiesen la acústica (en griego, acusticó), que, a diferencia de los teatros actuales, permitían una visualización de más de 170°. Dicha disposición acústica y visual permitían la representación de cantos corales mixtos, es decir, interpretaciones musicales, una de cuyas variedades, el ditirambo, fue el progenitor de la tragedia ática. ¿Qué significa el título del Libro? La democracia y el teatro fueron consustanciales con la ciudad de Atenas y, en tal sentido, consta que este último ejerció un papel de verdadero laboratorio político para los ciudadanos de las polis durante el siglo V a. C. Fue el tirano Pisístrato (543 a. C.), cuando la palabra tirano aún no tenía una connotación peyorativa, quien instituyó los primeros certámenes dramáticos buscando, de cierta manera, atraerse el favor del pueblo ateniense. Tras las primeras tentativas a cargo de Solón y Clístenes (ca. 500 a. C.), fue perspicacia del estadista Pericles (en pleno Siglo de Oro ateniense) llegar al convencimiento de que el ciudadano de Atenas podía ser educado políticamente mediante el teatro, y fue él precisamente quien ilusionó al pueblo con los ideales de coparticipación en la toma de decisiones y la corresponsabilidad en las mismas, esto es, con los conceptos de "igualdad ante la ley" (isonomía) y de "libertad de expresión" (parresía, isocracia). Así, frente a los antiguos ideales aristocráticos de un poeta como Píndaro, que ensalzaban los triunfos de las clases nobles y adineradas, en el teatro se naturaliza el nuevo régimen democrático. Los integrantes del coro dramático eran ciudadanos corrientes de Atenas, que recibían un módico salario por participar en los concursos que se celebraban como parte de festivales populares. ¿Cuál es el público principal al que va dirigido el Libro? Durante las representaciones de las tragedias, la ciudad de Atenas se convertía en un auténtico escaparate para el resto del mundo, ya que a ella acudían vecinos de la región del Ática y del resto de las ciudades estado de toda Grecia. En ocasiones, los poetas, de acuerdo con los dirigentes políticos y para halagar a los ciudadanos, trasladan el escenario de la acción a la ciudad de Atenas. Por ejemplo, las dos primeras piezas de la trilogía de Orestes (Agamenón y Las Coéforas, de Esquilo) se desarrollan convencionalmente en Argos, en un pasado alejado y en relación con aspectos más primitivos del mito; en cambio la tercera pieza, Las euménides, representa un decorado ateniense, ante unos espectadores atenienses y en defensa de una institución ateniense tan noble como son los nuevos y más humanos tribunales de justicia. Gracias a las representaciones teatrales, tanto de la tragedia como de la comedia, géneros literarios esencialmente ciudadanos y específicos atenienses, el teatro fue un importante vehículo que contribuyó a difundir y hacer enraizar los nuevos ideales democráticos entre el pueblo. Por ejemplo, en una obra tan temprana como Los persas, puesta en escena por Esquilo en el año 472 a. C. y costeada probablemente por el propio Pericles, se trasladó al pueblo ateniense el sentimiento de honor político/ cívico de la polis, frente a los antiguos, insolidarios y particulares honores y privilegios aristocráticos del siglo anterior. Describa el Libro en tres palabras: También en Eurípides se encuentran pasajes de educación cívica. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

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