sábado, 7 de febrero de 2026

ENSAYO, El latín y su Literatura Clásica.

Ya de entrada, avisaremos de que a continuación, aunque no se van a tratar aspectos de la Historia de la literatura latina, sí se van abordar otros aspectos, que muy bien podrían determinar a la Historia de la literatura latina. Por ello, nos vamos a despachar largo y tendido sobre la Gramática latina. Pues, ¡bien!, así empezaremos este discurso. Una de las consecuencias metodológicas más interesantes que se pueden extraer de los gramáticos clásicos, especialmente los latinos, para la enseñanza de la Lingüística, es precisamente lo que podríamos titular "cómo se hace una gramática". Es imprescindible la Introducción, en la que se plantea la cuestión de si el lenguaje se origina por naturaleza, convención, analogía o anomalía y se discuten las interpretaciones de Platón y Aristóteles. La línea propiamente tradicional es aristotélica, convencionalista, y se mueve entre un analogismo mitigado y el anomalismo. La Gramática clásica se divide en sus partes tradicionales: Prosodia , Etimología , Analogía y Sintaxis . Los gramáticos anomalistas, más tarde, construyen una Etimología de tipo morfológico y lexicológico, que pierde sus aspectos analógicos de justificación semántica y engloba a la antigua Analogía. Lo esencial del tratamiento de esta parte, que pasará a llamarse Morfología , es el tratamiento de las ocho partes de la oración: nombre, verbo, participio, pronombre, adverbio, preposición, interjección, conjunción. El adjetivo sustituirá al participio (o convivirá con él), y lo mismo ocurrirá entre interjección y artículo. De este modo, el número de partes de la oración oscilará entre ocho y diez durante unos dieciséis siglos. Las partes de la oración son básicas en toda gramática no sólo para la Morfología, sino también para la Sintaxis. En el análisis morfológico se tienen en cuenta: 1) La categoría . 2) Sus consecuencias y accidentes, en las clases de nombre y verbo: nombre: género, número, caso, especie (para la clasificación de primitivos y derivados) y figura (para la división en simples o compuestos). verbo: modo, tiempo, número, persona, género, especie y figura. La Sintaxis tradicional sigue una concepción sintagmática, de unión de un vocablo con el antecedente o el siguiente. Las nociones fundamentales son las de régimen, que desarrollará Alexander de Villa Dei, en 1199, y concordancia. La importancia de la Retórica impone un apéndice en el que, según el modelo de Donato, se habla de barbarismo, solecismo, metaplasmo, esquemas oracionales y tropos. Su finalidad es prioritariamente normativa, más que estética. A partir del siglo V a.C. tenemos ya noticias de una preocupación acerca del lenguaje en el mundo griego. Esta preocupación está naturalmente vinculada a la especulación filosófica que, como se sabe, nace en la civilización helénica con mucha fuerza y tiene ya en el siglo IV a.C. con la figura de Platón (427-347 a.C.), a uno de los filósofos más notables de todos los tiempos. Al mismo tiempo, esta corriente de preocupación por el lenguaje se va plasmando en otro tipo de actividades, ahora no de carácter especulativo y teórico, sino de índole más práctica y dominio más restringido: nos referimos a la acción de todos los conservadores, transmisores y correctores de textos literarios, ocupados en fijar por escrito la gran literatura griega, transmitida originariamente por vía oral. No hay Literatura sin texto y, puesto que éste requiere para su interpretación una labor previa de fijación, o sea, de crítica textual, podemos decir que no hay Literatura sin Filología , en el sentido más amplio del término. Ya en el siglo I a.C., Dionisio el Tracio, al estudiar las partes de la Gramática, en la línea de su maestro, el célebre filólogo alejandrino Aristarco de Samotracia afirma que la sexta parte es la dedicada a examinar críticamente los poemas y la considera la culminación de las cinco anteriores. Tampoco olvidemos, porque está en el nombre mismo de la nueva técnica, que el nombre Gramática está directamente relacionado con la capacidad de escribir: gramma es una palabra griega que significa 'letra'. Los griegos supieron construir unos esquemas rigurosos, unos modelos que pudieron aplicarse, no sólo a las lenguas indoeuropeas, como el latín, las lenguas germánicas, bálticas o eslavas, sino a las lenguas indoamericanas, más tarde. Téngase en cuenta que no hablamos ahora de que ese modelo fuera perfecto y definitivo, desde el punto de vista científico, sino de que se tomó como tal y se mantuvo, básicamente, hasta nuestro siglo. La nueva ciencia se llamaría Lingüística . Arranca de los griegos un modelo teórico, lógico-filosófico, especulativo, junto con un modelo aplicado, normativo, escolar, vigente en lo fundamental hasta mediados del siglo XX y todavía no sustituido por completo. El primer modelo se preocupa por la conexión del lenguaje con el pensamiento, por las categorías universales, las partes de la gramática, mientras que el segundo se preocupa de la corrección, a partir del ejemplo que ofrecen las autoridades del idioma, los grandes autores, en un momento en el que todo lo que se escribe se considera en conjunto, sin establecer diferencias entre un texto científico y un texto literario. La obligación de cualquier escritor era hacerlo bien y para ello tenía que seguir unas normas, impuestas en la escuela. Roma heredará esta concepción y la transmitirá a las escuelas medievales. Aprender a leer será aprender también a conocer un texto modelo, una manera ejemplar de escribir y unas construcciones que se deben copiar. Los autores imitables, las autoridades del idioma, son los clásicos. No significa esto que el modelo especulativo no tuviera un carácter también aplicativo. Ni los conocimientos científicos de la época ni el modelo de sociedad permitían el desarrollo de un pensamiento teórico en el sentido de una lingüística inmanente, que, de hecho, será una de las grandes innovaciones de Saussure en el segundo decenio del siglo XX. La Filosofía, el Foro y la Literatura son los tres ejes en torno a los cuales gira esta especulación gramatical. Se trataba de una gramática, por una parte, de contenido, de relación de categorías mentales y categorías lingüísticas, y por otro lado de expresión. Para cumplir estas finalidades se dividía en cuatro partes: 1) La Prosodia trataba de los sonidos y lo significativo de las diferencias entre ellos, pero sin estudiar la oposición de unos a otros para aislar unidades, innovación que habrá de esperar hasta después de 1920, con la Fonología estructural. Podríamos definirla como un tipo de Fonética con algunos puntos de pre-fonología. 2) La Etimología se ocupaba del origen de las palabras; pero no en el sentido que tiene ahora esta definición, sino en el de la relación entre los nombres y las cosas. Abarcaba así los problemas de la convención o motivación, anomalía y analogía en la relación entre el objeto, la cosa, y el nombre, así como el de las derivaciones, aunque de manera muy poco fiel, por falta de mecanismos de análisis. 3) La Sintaxis trataba de las frases en lo que hoy llamaríamos su estructura superficial: construcción de la oración y clases de oraciones. Es una sintaxis de tipo muy morfológico, a lo que ayuda también la estructura de la lengua griega, con la posibilidad de asignar funciones sintácticas a las formas gramaticales de los casos. No se trata de lo que podemos entender hoy por Sintaxis, que es más bien un sistema de reglas y principios. 4) La Analogía, por último, aunque está relacionada con las construcciones morfológicas y, con el paso del tiempo, será la ciencia que corresponde a la Morfología tradicional, no era en principio lo mismo. Ya desde el nombre arrancaba de un intento de explicar ciertos elementos lingüísticos de modo analógico, no convencional. Se trataba en ella de acercarse a los elementos o características motivados de la lengua natural a través del estudio de las partes de la oración, o sea, por la caracterización formal y funcional de los distintos elementos oracionales. No olvidemos que el problema fundamental era el del origen del lenguaje y el estudio de las estructuras lingüísticas era un modo de buscar una respuesta a esa pregunta. Más que de partes de la oración tendríamos que hablar de partes de la proposición lógica que enuncia un juicio: Ps, "predicado se da en sujeto", "Leónidas es hombre: la hombría se da en Leónidas". Todavía hoy se conserva esta notación en Lógica. De acuerdo con ello, Platón distingue ónoma 'nombre' de rhêma 'verbo', como sujeto y predicado lógicos. Aristóteles (384-322 a.C.), en su Poética, nos permite comprobar también que esa distinción es más lógica que morfológica: ónoma es el nombre como sujeto y rhêma es "siempre la expresión de aquello que se dice de otro, es decir, de un sujeto (sustrato) o de aquello que está en el sujeto". Los griegos no llegan a establecer unidades estrictamente lingüísticas, como habían hecho los gramáticos del indoario antiguo, quienes ya podían analizar una unidad mínima dotada de significado, es decir, un monema o morfema, que podían dividir en dos tipos, uno con significado léxico, o raíz, y otro con significado gramatical (flexivo), o desinencia. Los griegos, en cambio, tenían como unidades dos, procedentes del análisis de la lengua escrita: la letra y la palabra. La demostración de la propiedad de las palabras se consigue, según los interlocutores, aplicando el método etimológico. Estas etimologías, que llegan hasta la ciencia etimológica actual de modo mucho más científico y depurado, son en la Edad Antigua y Media, y todavía en la Moderna, una mezcla de suposiciones, supersticiones y confusiones. En la Lógica de Aristóteles se plantea ya de otra manera la relación entre el objeto y su expresión lingüística. Por un lado se advierte que las impresiones psíquicas, como imágenes de las cosas, "son las mismas en todos", la base que permite que todas las lenguas humanas sean intertraducibles. Los signos de esas impresiones psíquicas son las expresiones lingüísticas. La relación entre expresión lingüística e impresión psíquica, que se refiere a la cosa, es convencional, negándose expresamente el significado de los componentes. Como ciencia, la gramática efectúa pocos progresos, aunque en la Poética (cap. III especialmente) se desarrollan algunos puntos. No se divide la Gramática; pero sí se deslindan algunas categorías: "Las partes de toda suerte de habla son éstas: elemento, sílaba, nombre, verbo, palabra de enlace, artículo, caso, palabra". Una gran heterogeneidad preside la enumeración anterior. En ella, elemento viene a coincidir con "letra", sílaba es la combinación de vocal y semivocal o muda, sin significación. En lo que concierne a la definición de las voces, la conjunción o palabra de enlace es voz no significativa que une voces significativas, mientras que "artículo es una voz no significativa, la cual muestra el principio o el fin, o la distinción de la palabra; v. g.: Lo dicho, acerca de esto, etcétera". Ésta categoría sólo aparece en la Poética y en la Retórica , por lo que ya desde antiguo la crítica ha negado que fuera formulada por Aristóteles (Steinthal, en 1890). El nombre es voz significativa sin tiempo y compuesta de varios elementos, que no mantienen su significación separados. El verbo es voz significativa con tiempo, también compuesta. El caso (ptôsis) no es exactamente la flexión nominal y verbal, aunque así es como podemos interpretarlo; se refiere sencillamente a las variaciones que sufre la forma fundamental de una palabra, no solamente por flexión, sino también por traslación o cambio de categoría, la adverbialización por ejemplo, o por composición lexicológica. En cuanto a la palabra, definida como "voz compuesta significativa, de cuyas partes algunas significan por sí, más no siempre con tiempo, porque no toda palabra se compone de nombres y verbos", se trata en realidad de una definición sintagmática, que corresponde a una extensión amplia entre la unidad léxica y la unidad sintáctica. Nombre, verbo y palabra de enlace o conjunción (syndesmoi) son las categorías que parecen más claras en Aristóteles. Las cuatro partes, con el artículo, no aparecerán con claridad hasta los estoicos. A la generación anterior a su fundador pertenece Epicuro(341-270 a.C.), interesado en la discusión sobre el origen del lenguaje. El movimiento estoico corresponde a la época política postalejandrina. Su fundador, Zenón de Citio, era de origen semítico, fenicio y bilingüe. Autores como Robins han señalado el interés que este bilingüismo, con una lengua no indoeuropea, por otra parte, pudiera tener y su influencia en el desarrollo de su gramática. Desgraciadamente, los testimonios que tenemos de los estoicos son posteriores e indirectos, a través de la obra de Diógenes Laercio, De vitisphilosophorum. Con todo, sabemos que su especulación etimológica los lleva al origen natural del lenguaje, aunque son anomalistas para explicar la relación entre palabra o expresión lingüística y cosa u objeto en las lenguas humanas que conocen. El movimiento estoico, como las otras escuelas griegas posteriores, repercutirá además en la gramática latina. Si repasamos brevemente sus aportaciones, vemos enseguida que son mucho más concretas que las de Aristóteles. Restringen la flexión a los cinco casos del nombre, frente a la pluralidad de mutaciones que señalábamos en Aristóteles, por ejemplo, y se ocupan de las clases de verbos y sus accidentes, especialmente la voz, a la que se dedicaron Diógenes Babilonio y Crisipo (II a.C.). En el siglo I a.C., Antípater de Tarso añadió la voz media. Con ellos quedan configuradas, por tanto, las categorías morfológicas, de un lado, y las partes de la oración, de otro. A las primeras, para el sustantivo, corresponden número, género, caso, mientras que en las segundas tenemos el nombre, que es el nombre propio, para expresión de la cualidad individual, "ser Sócrates", el apelativo, para expresar la cualidad general, "ser un caballo", el verbo, la conjunción y el artículo, categoría a la que corresponden el artículo determinante del griego así como los personales y los posesivos. Lo que se va desarrollando, en consecuencia, es un modelo de análisis del lenguaje, más interpretativo que creativo. Este aspecto se completa en la parte especulativa con el desarrollo de las intuiciones aristotélicas en una primera posible teoría del signo, en la que por un lado se distingue el objeto y por otra el designador y lo designado, como significante-significado. Así se transmite esta diferencia ya en la obra de un pensador escéptico, Sexto Empírico, Adversusmathematicos, quien nos transmite los puntos de vista de los estoicos para discutir sobre ellos. El desarrollo del pensamiento de Aristóteles corresponde sin embargo más a otra escuela, la de los neoplatónicos, uno de cuyos representantes más ilustres, Porfirio, compuso uno de los libros más influyentes en ciertas corrientes de pensamiento medieval, la Eisagoge (introducción) a la teoría de las categorías de Aristóteles. Este libro, difundido gracias al comentario medieval de Boecio, es la base de la disputa de los universales. Paralelamente al desarrollo del movimiento estoico y el neoplatónico va evolucionando el movimiento helenístico. Sus dos escuelas principales, la de Alejandría y la de Pérgamo, difieren en que los primeros son analogistas, consideran esencial la regularidad del lenguaje humano, mientras que los segundos son anomalistas, más preocupados por la irregularidad. Téngase en cuenta que los filólogos, en la crítica textual, se enfrentaban con una gran variedad de formas, en principio merecedoras de atención y crítica, por formar parte de la tradición. Ante ellas no cabía propiamente el modelo normativo, sino que era necesario realizar una previa labor de recogida y clasificación. Se origina así el modelo descriptivo, que tan extraordinaria importancia tendrá en la evolución de la gramática y cuya validez todavía hoy es indiscutible. Aunque parece ser que los principios de esta escuela estaban ya establecidos en la obra de Aristarco de Samotracia, la Gramática de Dionisio el Tracio, donde ya aparece el título de Têchne ("arte" en la versión latina, pero claro antecedente de "técnica"), es la primera gran obra específica y explícitamente gramatical, al menos que conozcamos. Encontramos en esta obra seis apartados básicos, que corresponden a la lectura con pronunciación correcta, la explicación de giros, la transmisión de glosas y ejemplos mitológicos, la etimología, la analogía y el examen crítico de los poemas. Se presenta lo gramatical, pues, en relación con la crítica textual, o sea, lo filológico, dentro de una preocupación por la corrección que nos sitúa en los primeros desarrollos completos del modelo prescriptivo o normativo. Las partes de la oración son ya ocho: a las cuatro que conocemos —nombre, verbo, palabras de enlace y artículo— se añaden adverbio (epírrêma), preposición(próthesis), participio (metochê) y pronombre (antinymía). En lo que se refiere al artículo, ya desde los estoicos se encuentra la distinción entre definidos (risména) e indefinidos (aoristides). Entre los primeros se incluyen los personales, entre los segundos los relativos. El concepto de adverbio parece en principio una de las adiciones más interesantes; pero se queda en un cajón de sastre, por la excesiva amplitud de su definición: "adición al predicado". Tampoco queda muy clara la distinción entre preposición y relacionantes, que se interfieren continuamente. Gramáticos alejandrinos posteriores, como Apolonio Díscolo(s. II d.C.), en su Sintaxis, llegarán a establecer diecinueve tipos de relacionantes. El concepto de pronombre, por su parte, surge confundido con el de artículo, originariamente. Se distinguen los deícticos y los anafóricos. También se tenía en cuenta una forma que no se consideraba parte de la oración, la interjección, a la que llamaban álogoi 'excluida del discurso', si bien algunas de ellas, en la obra de Dionisio, figuraban entre los adverbios. Dionisio el Tracio y Apolonio, cuya obra fue continuada por su hijo Herodiano, influyeron directamente en la gramática latina. A partir de este momento nos movemos ya en una continuidad de tratadistas y de influencias. Habrán de pasar muchos siglos para que los tres modelos se alteren, y la gramática sea mayoritariamente especulativa o normativa; pero no faltarán muestras interesantes del modelo descriptivo. Será necesario esperar al siglo XIX, con antecedentes en el XVIII, para la incorporación del modelo comparativo y el tipológico tras él, sin que ninguno de los que desarrollaron los griegos desaparezca. El tratado De lingua latina de Varrón (116-27 a.C.), la primera muestra de la gramática latina, recoge influencias helenísticas, aunque no el influjo, al menos destacable, de su casi coetáneo Dionisio el Tracio. Para encontrar una versión completa adaptada al latín de la obra de éste habrá que esperar al siglo I d.C., con la obra también perdida, pero conocida, de Remmio Palemón. De los veinticinco libros del tratado de Varrón se nos conservan seis (5-10), suficientes para hacer lamentar la pérdida de los restantes, no sólo por su relativa, aunque interesante, originalidad, sino por las muchas noticias de otros gramáticos que, gracias a él, se nos conservan. Sabemos que dividió su obra en Etimología, Analogía y Sintaxis, aunque la última no se nos ha conservado. En lo que concierne a las partes de la oración, Varrón muestra su originalidad. Las divide, con un criterio morfológico que el lingüista danés Jespersen, muchos siglos después, encontrará ingenioso, en cuatro grupos, según la inflexión de caso y tiempo: a) Palabras con caso (nombres), categoría a la que corresponden el sustantivo, el pronombre y el adjetivo. b) Palabras con tiempo (verbos). c) Palabras con caso y tiempo (participios). d) Palabras sin caso ni tiempo (adverbios y partículas). Esta originalidad se extiende también a la terminología. Así, por ejemplo, para resolver la incomodidad del uso polisémico de verbum, que en latín significa tanto 'palabra' como 'verbo', acuñará el término verbum temporale, que hará fortuna, como muestra el alemán Zeitwort, que es su transposición exacta. Aunque los retóricos, como Quintiliano (I d.C.) y los padres de la Iglesia, posteriormente (como San Gregorio Niceno o San Agustín), se ocupan de cuestiones gramaticales, su importancia en este terreno es mucho menor que la de las dos grandes figuras que constituyen la transición de la Edad Antigua a la Media, Ælio Donato (IV d.C.) y el bizantino Prisciano (VI d.C.), en los que se realiza también la síntesis de la gramática greco-latina. La ArsGrammatica de Donato se convirtió en el manual elemental durante los siglos en los que —no lo olvidemos— aprender a leer era aprender a leer en latín y por tanto, cuando éste ya no era la lengua hablada, significaba "aprender latín". Cuando se habla del Donato se quiere significar, generalmente, la versión abreviada, la Arsminor, donde se ocupa de las ocho partes de la oración, con sus paradigmas, en forma de preguntas y respuestas, frente a la Arsmaior o versión completa, menos reproducida. La primera parte se dedica a vox, littera, syllaba, pedes, toni, posituræ, es decir, a la noción de palabra y las bases prosódicas necesarias para la métrica. En la segunda se tratan las clases de palabras (nombre, pronombre, verbo, adverbio, participio, conjunción, preposición, interjección); pero se suprimen los paradigmas y se amplía la discusión de problemas teóricos, bien sobre clasificaciones, o sobre cuestiones formales, como los comparativos irregulares. La tercera parte es una retórica y se dedica a barbarismos y solecismos, así como a tropos y otras figuras. Como incluye citas para ejemplificar cada punto estudiado se convirtió en un resumen de autoridades. El gran modelo, a partir del siglo VI y hasta las InstitutionesLatinæ de Elio Antonio de Nebrija (nótese el nombre latino inicial igual a Donato), serían las Institutionesrerumgrammaticarum de Prisciano, cuyos dieciséis primeros libros forman el Priscianusmaior y los dos últimos, dedicados a la constructio, se llaman Priscianusminor y se reprodujeron con frecuencia independientemente, como tratados de Sintaxis. Inicialmente tuvo más relevancia otra obra, la Institutio de nomine et pronomine et verbo, porque, entre otros méritos, clasifica con claridad las declinaciones, abandonando el complejo y oscuro sistema de géneros de Donato. Y, ahora sí, vamos a ver determinadas cuestiones de las Historias literarias, que bien podrían aplicarse al estudio de Historia de la literatura latina. En el pasado, bajo la denominación de literatura se incluía cualquier forma de texto o de mensaje codificado por medio de la escritura. La especialización del término en el sentido que hoy le damos sólo tuvo lugar ya entrado el siglo XVIII, cuando con literatura comenzó a aludirse a todos los escritos de una nación que respondían a impulsos de orden artístico o estético; con todo, sólo en el siglo XIX y a través de la profundización en los estudios de Estética, se asentaron las ideas desarrolladas por Kant en su KritikderUrteilskraft de 1790. Fueron los críticos románticos quienes acabaron de cimentar la idea de que la Literatura se interesa por las obras de arte del lenguaje, transmitidas por escrito o a través de la palabra pura. Mientras en el pasado habría sido imposible hablar de literatura oral, hoy la oralidad es uno de los ámbitos de estudio más gustados por los historiadores de la literatura y los filólogos. Aun después de dejar sentadas estas premisas, las dificultades continúan al delimitar el espacio propio de la Literatura, que no sólo ha oscilado a lo largo del tiempo sino que además muestra su inestabilidad en el presente; de hecho, resulta arduo establecer los límites del fenómeno literario en géneros como el ensayo, la escritura científica, la historiografía en sus diversas formas (particularmente la biografía), el periodismo y el arte epistolar. Los textos literarios son estudiados por varias disciplinas, generales o específicas: la primera de todas es la Gramática, desde el momento en que la obra literaria se atiene a las reglas de la lengua en que está compuesta; la segunda es la Retórica, que regula la composición de toda forma de discurso, y muy especialmente el literario por la riqueza y variedad de figuras de dicción y pensamiento de que se sirve; por fin, la Poética es exclusiva de los textos literarios y enseña a componer de acuerdo con unos determinados patrones genéricos. Estas tres ciencias para el estudio de la literatura nos revelan cuál es su esencia: el lenguaje, elaborado de un modo que lo convierte en una obra de arte, al superar su mera función informativa. Hay toda una serie de rasgos característicos de las obras literarias (como la función poética, estudiada por Jakobson) que permiten referirse al lenguaje literario en abstracto; sin embargo, las infinitas formas de plasmar dicho lenguaje determinan los lenguajes particulares de época, de género y de autor. En estos casos, y particularmente en el último, hablamos de estilo. Pertrechados de herramientas de tipo lingüístico, los autores abordan temas que, a nuestros ojos, revelan un grado de originalidad diverso, pues hay épocas y escuelas, como también hay géneros y artistas, que gustan de volver una y otra vez sobre unos mismos asuntos o motivos. Esto es lo que se desprende de una lectura amplia de los trovadores occitanos o de la lírica de los cancioneros castellanos del siglo XV; lo mismo cabe decir de buena parte de los poetas italianizantes del siglo XVI o, en su conjunto, del arte del siglo XVIII. Ciertamente, la búsqueda de la originalidad, de la novedad y de la sorpresa, tal como hoy las entendemos, es característica de determinadas épocas, como el Barroco o diversas generaciones artísticas desde el Romanticismo para acá; con todo, hay mucho de común en los creadores de una misma época, aunque haga falta la perspectiva que brinda el paso de los años para ser capaces de captar la coincidencia en las formas y los temas, en las tendencias y los gustos en general. Los modernos estudios de Antropología, con la Filología y la Historia de la Literatura, han mostrado hasta qué punto hay una continua recurrencia temática incluso en géneros que parecen de una riqueza inagotable, como el cuento popular o folklórico. Los rasgos distintivos del arte de cada época se captan tanto en la manifestaciones plásticas (pintura, escultura, arquitectura y otras formas) como en la literatura, por lo que un estudio conjunto resulta de lo más revelador, como proponen diversas escuelas. En todos esos códigos artísticos hay, en dosis diversas, un propósito estético y didáctico; en particular, a lo largo de los tiempos, la literatura ha perseguido un doble fin: entretener y moralizar; el triunfo de la estética sobre cualquier otra dimensión textual sólo se ha logrado (y eso como planteamiento teórico) a través de un proceso que continúa hasta nuestros días y en el que hay continuos vaivenes. Además, nos consta que cada época se ha acercado al arte, del pasado o contemporáneo, de la manera que más le convenía. En cualquier caso, hemos de aceptar que el arte de todos los tiempos recoge aquello que le interesa del pasado aceptándolo tal como es o distorsionándolo hasta llevarlo a coincidir con su estética propia; no obstante, nunca debe escapársenos que toda época tiene la razón (o, lo que es igual, no se equivoca) en lo que a su arte se refiere. Por ello, si queremos entender cualquier momento histórico, estamos obligados a considerar su producción literaria libres de prejuicios, con independencia de que su literatura coincida o no con los gustos actuales. La transmisión de los textos, desde el pasado hasta hoy mismo, se revela tan tortuosa como accidentanda, con una pérdida constante de obras que se debe a la fragilidad del soporte en que se transmiten, sea éste la pura voz (oralidad pura), la escritura (tradición libraria, manuscrita o impresa) o bien una combinación de ambas (tradición mixta). Las obras literarias nos transmiten la imaginación artística y la ideología de quien las escribió así como su percepción del mundo; no obstante, el autor suele estar supeditado a condicionantes que, en algunas ocasiones, hasta llegan a distorsionar sus principios estéticos e ideológicos. Por supuesto, la presión más fácil de percibir es la que ejerce el público o destinatario, sea uno o múltiple, pues el escritor en ningún caso pretende frustrar sus expectativas y, en definitiva, no suele arriesgarse a perderlo. La relación entre el autor, la obra y su público es diversa y nos transmite una ideología en la que destacan los conflictos de clases, grupos o estamentos; la defensa de nacionalismos, de determinadas dinastías o linajes; en último término, la escritura se revela como un instrumento perfecto para la preservación de una religión o una ley así como para la constitución de castas religiosas. Existen formas de escritura para el gran público (o literatura de masas), manifestaciones populares o folklóricas (transmitidas por cauces orales) y textos nacidos para alcanzar a un puñado de destinatarios (que pretenden complacer a la persona a quien van dedicadas y no circularon posteriormente) o a un grupo selecto de iniciados (como la lírica de la segunda mitad del siglo XX, restringida a un puñado de creadores y lectores avezados). Arriba nos referíamos a la Poética como ciencia que atiende a los principios de creación de las obras literarias; ahora procede señalar que, con independencia de que haya o no una preceptiva escrita, los autores de cualquier época cuentan con una serie de modelos o patrones heredados que les brinda la tradición y que son sometidos a una transformación paulatina, con aciertos y errores, con avances y retrocesos, lo que en definitiva marca los derroteros de la literatura a lo largo de los siglos. Esos modelos de creación (desde la perspectiva del escritor) o pistas para una recepción adecuada (desde el punto de vista del público) son los géneros literarios, que se sirven de la prosa, del verso o de otras formas de escritura híbridas, como el prosímetro, la prosa rimada o el cursus. Los géneros llamados naturales son los que se engloban en la lírica, la épica y el teatro; con todo, hoy hay otro mucho más pujante a pesar de su ausencia de la vieja preceptiva, la novela, junto a otros que, como la sátira muestran su vigor en un determinado momento histórico o a lo largo de los siglos. El estudio de los características del arte de cada momento hace posible la periodización literaria, con la delimitación de grupos o de generaciones, atendiendo a criterios comunes a todas las artes o específicos de la literatura. Éste y los problemas previos entran dentro del ámbito de la Teoría de la Literatura, que también atiende a las numerosas corrientes de crítica literaria que desde la Antigüedad se han aproximado al fenómeno literario. Como se deriva de sus diferentes acepciones, el término “literatura” es claramente polisémico. En su origen, esta voz no tenía el valor específico que limita su uso a las bellas letras, que atañe tan sólo a aquellos escritos que se presentan como obras de arte del lenguaje y cuyo fin es fundamentalmente estético o poético. El Diccionario de Autoridades (1732) recoge aún claramente este valor no restringido o especializado de literatura, pues nos da como acepción primera la que sigue: “El conocimiento y ciencia de las letras”; sobre su étimo, añade: “Es voz puramente latina”. Aunque los diccionarios modernos poco o nada dicen sobre este significado genérico, desde que se documenta por vez primera hasta finales del siglo XVIII, con literatura se aludía, de un forma amplia, a cualquiera de las múltiples manifestaciones del pensamiento humano expresado en términos lingüísticos y plasmado en forma escrita. La palabra littera, 'letra', en su forma plural (litterae) significaba lo mismo que el latín epistula o el castellano carta; al mismo tiempo, dicho significado se extendía a cualquier modalidad de escritura y se aplicaba a los textos literarios propiamente dichos, esto es, a las bellas o buenas letras, aquello que hoy se entiende por literatura sin ningún tipo de ambages. Cuando litteratura surge en latín, lo hace en relación absoluta con el griego grammatiké, voces éstas que servían para aludir a una misma ciencia o técnica, relativa a las letras, la lectura y la escritura. Resulta de lo más revelador que, en el mundo latino, litterator fuese un sinónimo de grammaticus, palabra con la que se designaba también a aquellos profesionales que enseñaban el alfabeto, las letras o la gramática en los niveles más elementales o primarios; no obstante, como veremos en otro apartado posterior, era precisamente la Gramática la disciplina que se ocupaba del estudio de los textos literarios o poetarumenarratio, razón esta por la que al grammaticus le correspondían también los niveles más avanzados. La evolución semántica de literatura y términos equivalentes en otras lenguas aconteció, como se ha indicado, en el siglo XVIII. Los primeros testimonios de este cambio nos los ofrecen las culturas italiana y francesa, desde la primitiva Storiadellaletteratura italiana de GirolamoTiraboschi de 1772 y la Histoirelittéraire de la France compilada por los benedictinos de Saint-Maur en 1773. Desde esas fechas, el concepto comienza a fijarse por toda Europa, aunque todavía hoy haya enormes dificultades para deslindar el ámbito de lo literario. Durante el siglo XIX, los eruditos (filólogos y folkloristas) se sirvieron del término para acoger también aquellas manifestaciones del lenguaje artístico transmitidas por vía puramente oral, con un uso que continúa hasta el presente y que nos obliga a su consideración pormenorizada algo más adelante. Los estudios literarios encuentran en las composiciones transmitidas por vía oral un objeto de investigación tan legítimo como el que ofrecen aquellas otras salvaguardadas gracias a la escritura. La literatura o (su sinónimo o cuasi-sinónimo de acuerdo con su definición primaria) la escritura nació imbuida del poder que le confería su condición de arcano, de herramienta manejada exclusivamente por un puñado de iniciados, pertenecientes por lo general a las castas privilegiadas del funcionariado regio o del sacerdocio. En cualquier cultura, los primeros textos escritos documentados caen comúnmente en la órbita de la religión, la historia o el derecho; a veces incluso, dichos documentos pertenecen a esos tres ámbitos a un mismo tiempo, como ocurre en el caso del pueblo judío y su Biblia, una obra que es leída como crónica de los principales hechos del pasado, que constituye el texto sagrado por excelencia y que es considerado como la Ley, por lo que frecuentemente recibe esta misma denominación, “La Ley”. Los textos primitivos adoptan comúnmente la forma de prosa, pero tampoco rehúyen el verso, especialmente idóneo por sus ventajas mnemotécnicas y por resultar de lo más apropiado para géneros como la épica y la lírica, dos modalidades de poesía que suelen aparecer entre los testimonios más madrugadores. La escritura tampoco es ajena a los textos religiosos, como se desprende de varios ejemplos bíblicos o del Carmen fratrumArvalium y el Carmen Saliorum, piezas pertenecientes al siglo V o VI a.C. La célebre Ley de las Doce Tablas latina del siglo V a.C. nos enseña que el carmen (término procedente del verbo latino cano, “cantar”), que en realidad es prosa rítmica, con miembros ponderados, aliteración y hasta rima, aparece incluso en el mundo de la antigua legislación. Tampoco es nada raro que, en las literaturas primitivas, se entremezclen los ejemplos en prosa y verso, según se comprueba en las viejas crónicas de Castilla, como el Chroniconmundi latino de Lucas de Tuy (1236), o la Crónica de la población de Ávila vernácula (hacia mediados del siglo XIII), donde se inserta un par de cantarcillos populares primitivos: la derrota de Almanzor en Calatañazor y el panegírico de un héroe local, Zorraquín Sancho, respectivamente. Desde sus orígenes, la escritura y las artes literarias revestían a quienes las cultivaban de una dignidad especial, ya que sólo ellos se mostraban capaces de preservar los más elevados ideales, aquellos que facilitaban y animaban la cohesión de un pueblo; por otra parte, la memoria hubo de buscar el auxilio de la escritura para perpetuar cualquier tipo de conocimiento, lo que condujo a que el libro, en cualquiera de sus formas, se constituyese en el instrumento imprescindible del intelectual o sabio, ya fuese para consultar lo que otros habían dicho previamente o salvaguardar su propio pensamiento y transmitirlo a las generaciones futuras. Los tres grandes modelos humanos en toda sociedad, de acuerdo con Max Scheller, son los que nos brindan el santo, el héroe y el sabio; por lo que a este último se refiere, queda claro que su figura iba indefectiblemente unida a los libros, que le brindaban autoridad y que incluso ayudaban a identificarlo. Por ello, la escritura por sí sola despertaba un sentimiento de profundo respeto y hasta de veneración, con independencia de la materia recogida por medio de su uso; obviamente, esto resulta especialmente comprensible en el caso de los textos legales y, sobre todo, en el de las escrituras sagradas de las religiones monoteístas, que encuentran su fundamento en un libro que recoge la palabra divina (en las religiones judía, cristiana y musulmana). A este respecto, debe considerarse la solemnidad con la que es tratada la Torá), al copiarla (siempre en forma manuscrita, desde el pasado hasta el día hoy), al leerla (con la ayuda de un puntero), al custodiarla para el culto (en un armario, llamado “arca sagrada” o ´aron ha-qodes) o al guardarla tras su envejecimiento y deterioro por el uso continuo (en un archivo de libros o guenizá). Sin ninguna duda, el arte de leer y escribir fue especialmente apreciado y hasta sublimado en sociedades mayoritariamente analfabetas como las antiguas; en Roma, por ejemplo, el analfabetismo era generalizado, pues incluso sabemos que la mayoría de los lectores sólo se sentían capaces de reconocer los caracteres de inscripciones epigráficas, se defendían con la lectura de algunos documentos y nunca habrían osado enfrentarse con un papiro de contenido literario; la mayor parte, además, nunca había garabateado una sola letra. El panorama cambió poco a poco, con un notable avance en términos cuantitativos y cualitativos a partir del siglo II. En el Medievo, percibimos este avance, aunque con una lentitud extrema; de hecho, la tasa de lectores en potencia en España hacia el cierre de la Edad Media debía rondar como mucho el diez por ciento de la población; todavía en pleno siglo XVII, los cálculos de los estudiosos nunca llegan más allá de un veinte por ciento de posibles lectores. La transformación de este panorama sólo se produjo, y de un modo ciertamente paulatino, desde el siglo XVIII y con notable celeridad a lo largo del siglo XX. El destierro del analfabetismo en el mundo civilizado sólo ha tenido lugar en el último cuarto de esta última centuria, aunque todavía haya un número muy pequeño de analfabetos profundos y un porcentaje notablemente mayor de semianalfabetos; en el Tercer Mundo y algunos países en vías de desarrollo, el analfabetismo alcanza a una gran parte o a casi la totalidad de la población. Así las cosas, se explica claramente el prestigio de la literatura o la escritura, en sus diferentes modalidades, y el de sus cultivadores, desde los primeros letrados (litterati), que dominaban ambas técnicas, hasta alcanzar a los eruditos de las especialidades más diversas. El prestigio de la cultura libraria fue, desde la Antigüedad hasta el presente, mucho mayor que el de la cultura oral, única vía para la instrucción y transmisión del saber común del pueblo llano, mayoritariamente iletrado a lo largo de los siglos. Ello no es óbice, no obstante, para que, a lo largo de los tiempos, surjan ejemplos de rechazo de la escritura en beneficio de la palabra hablada y la memoria: bien conocido es el caso de Sócrates, cuyo pensamiento se ha salvaguardado tan sólo porque Platón sí apreciaba las ventajas de la escritura; no obstante, el propio Platón, en su Fedro y en República, nos pone en guardia sobre los excesos que supone el recurso continuo a la palabra escrita, que puede suponer un debilitamiento peligroso de la memoria al no ejercitarse. También es revelador el hecho de que, entre las primeras comunidades cristianas, los ágrafa, o lo que es igual, las palabras de Cristo que no se habían transmitido por escrito, se confiasen exclusivamente a la memoria; de hecho, a comienzos del siglo II, el obispo frigio Papías (ca. 65-ca. 155) todavía les preguntaba a los presbíteros si sabían las frases recogidas por los discípulos del Señor, porque había más sustancia en la palabra viva que en la transmitida por los libros. Incluso en las denominadas "religiones del Libro" (esto es, la cristiana, la judía y la musulmana), existe toda una rica y compleja tradición oral que en ningún caso debe soslayarse. Por otra parte, la consideración de otras creencias en el Mundo Antiguo permite concluir que los misterios religiosos, por lo general, se recogen por escrito en fases tardías, pues lo más normal es que su preservación dependa de forma exclusiva de la memoria de los iniciados. Sin decirlo todo, pero teniendo que decirlo, seguidamente os trasladaré un esquema de la Literatura latina, que, puede decirse que, es el meollo de la cuestión. Esto, pero bien ampliado, es propiamente el contenido general de este ensayo, aunque entrando en todo tipo de pormenores. ¡Bueno! A partir de su emplazamiento en el centro de Italia, los romanos construyeron en torno al Mediterráneo el más sólido imperio de la Antigüedad. Los poderosos conquistadores, sin embargo, fueron conquistados desde un punto de vista cultural por la sometida Grecia. Las grandes obras de la literatura latina son el producto de esta fusión de civilizaciones, conocida como cultura grecolatina. EL TEATRO: PLAUTO Y TERENCIO El género de desarrollo más temprano en Roma es el teatral. Parte de tradiciones propias, pero sólo madurará tras su contacto con la Comedia Nueva griega. La comedia latina combina la ambientación griega con el carácter y el lenguaje coloquial latino. Las tramas, muy recargadas y protagonizadas por las clases medias urbanas, giran siempre sobre los mismos motivos y figuras: Penas amorosas de dos jóvenes ayudados por un ingenioso esclavo. Mercaderes, viejos verdes o soldados fanfarrones burlados. Niños perdidos y hallados años después. El más importante y prolífico comediógrafo romano es Plauto (254-184 a.C.). Su intención fundamental es hacer reír, para lo que no duda en recurrir a los obsceno y grotesco. En sus diálogos se refleja el lenguaje popular latino. Entre sus numerosas obras destacan: La olla: un avaro es engañado por su hija y su novio. Anfitrión: Júpiter, para seducir a una mujer, toma el aspecto de su marido, con el consiguiente enredo y conflicto entre la pareja. Las comedias de Terencio (184-159 a.C.), como El eunuco o Heautontimorúmenos, son de acción más sencilla y de personajes menos grotescos y más cuidados psicológicamente. Su latín es mucho más elegante que el de Plauto y fue modelo en las escuelas. La tragedia tendrá menos importancia. El único nombre destacable, ya de época imperial, es Séneca (4 a.C.-65 d.C.), cuyas piezas imitan a Eurípides. Filósofo estoico, es autor también de las Cartas a Lucilio. PROSA: ORATORIA E HISTORIOGRAFÍA La oratoria era fundamental en la educación de los jóvenes que aspiraban a la política en época republicana, si bien perdió importancia, como es lógico, al llegar el período imperial. El mejor orador latino fue Cicerón (106-54 a.C.), que llegó a ser cónsul y escribió tratados filosóficos como Discusiones tusculanas o De la vejez. Sus Catalinarias y Filípicas son modelos de discursos contra las amenazas de la tiranía. La historia es el otro gran género de la prosa latina. Uno de sus primeros cultivadores fue el general y político Julio César (100-44 a. C.), al escribir sobre sus propias campañas militares los Comentarios a la guerra de las Galias y Comentarios a la guerra civil. Otro historiador del periodo republicano es Salustio (86-35 a. C.). En época imperial destacan dos nombres: Tito Livio (59 a. C.-35 d. C.), es autor de una monumental crónica, Desde la fundaciónde Roma, cuyo objetivo es la exaltación patriótica del pasado latino, que culmina con el emperador Augusto. Tácito (55-120 d. C.), por el contrario, describe en sus Historias y Anales los crímenes y luchas por el poder de los emperadores del siglo I, con mayor objetividad y un tono pesimista. LA GRAN POESÍA LATINA La épica y la lírica griegas son la base de la poesía latina. Ésta, sin embargo, será de carácter culto y de transmisión escrita, frente al carácter oral y cantado de la poesía griega. Los dos poetas más destacados de la época republicana son: Lucrecio (¿99-55 a.C.?), autor de un extenso poema científico, De la naturaleza, donde expone la filosofía epicúrea y atomista. Catulo (84-54 a.C.) escribió refinadas poesías en las que explora la psicología amorosa como mezcla de exaltación y sufrimiento. El reinado de Augusto coincidió con una auténtica edad de oro de la poesía latina. Sus principales protagonistas fueron: Virgilio (70-19 a. C.), el poeta nacional romano, autor de: Bucólicas, poemas pastoriles que cantan la sencilla vida rural. Geórgicas, poema didáctico sobre diversas técnicas agrícolas Eneida, el gran poema épico latino. Horacio (65-8 a. C.), quizá el mayor lírico latino, trata temas muy variados (sátira, filosofía, canto a la vida sencilla, crítica literaria) en sus Odas y Epístolas. Ovidio (43 a. C.-17 d. C.). Ejemplo de poeta consagrado a su arte, escribió el Arte deamar (consejos para triunfar en el amor) y las Metamorfosis (recopilación de leyendas mitológicas). Desterrado de Roma, expresa su desesperación en Tristes. Tíbulo (60-19 a. C.) y Propercio (47-14 a. C.), los llamados poetas elegíacos, de estilo grave y sentencioso, que tratan temas amorosos. Otros nombres destacables de la poesía latina son Lucano (39-65), autor del poema épico Farsalia, el fabulista Fedro (10 a. C.-50 d. C.), o los poetas satíricos Marcial (40-104), famoso por sus epigramas, breves y agudas composiciones festivas, y Juvenal (50-140). De origen campesino y poco dotado para la vida social, Virgilio vivió siempre retirado y dedicado al estudio. Gracias a la redacción de sus Bucólicas, logró salvar de la confiscación las tierras de su familia. Perfeccionista incansable, trabajó más de diez años en la Eneida y en su lecho de muerte, aún insatisfecho, pidió sin éxito el manuscrito para quemarlo. ALGUNOS AUTORES IMPORTANTES DE LA LITERATURA ROMANA Tito Maccio Plauto (251a.C.-184 a.C.) Nació en Sarsina, actual Italia, en 251 a.C. y murió en Roma en el año 184 a.C. Fue un comediógrafo latino. A pesar de que los datos sobre su vida son inciertos, se cree que trabajó en Roma durante su juventud en una compañía teatral, quizá como actor cómico, y que, habiendo ahorrado un poco de dinero, lo invirtió sin éxito en una especulación comercial. Empobrecido, se dice que trabajó como molinero mientras escribía sus primeras obras en sus ratos de ocio. Sus comedias comenzaron a representarse en Roma a partir del 210 a. C., en medio de un gran éxito de público, hecho que se tradujo, tras su muerte, en una abundante circulación de obras. Son más de 130 las comedias atribuidas a Plauto, aunque el crítico Varrón, en el siglo I a. C., consideró que sólo 21 eran auténticas, las mismas que han llegado hasta hoy. Plauto se dedicó exclusivamente a la comedia, tomando como modelo a Menandro, Dífilo, Filemón y otros autores de la nueva comedia griega, que él adaptó al gusto romano y que al parecer contrastó con otras obras romanas contemporáneas, mezclando personajes y situaciones. Si bien partía de situaciones completamente convencionales, Plauto supo combinar con gran maestría la acción y el diálogo, pasando con un ritmo vivo de la intriga al retrato de costumbres, y supo imprimir a sus textos una dosis importante de lirismo y fantasía. Su gran contribución literaria, sin embargo, reside ante todo en su lenguaje, vivo y de gran riqueza, con una gran variedad de recursos que empleó para crear una lengua original que constituye una de las más excelsas muestras de latín literario. Su influencia se ha mantenido viva desde la Antigüedad tardía hasta hoy, haciéndose presente en las divertidas versiones de Boccaccio, Ariosto, Shakespeare o, más modernamente, Molière, John Dryden o Gotthold Ephraim Lessing. Publio Terencio (185 a.C.-159 a.C.) Terencio nació en Cartago, hoy desaparecida, actual Túnez, en el año 185 a.C. y no se sabe donde murió, pero se conserva la fecha, en 159 a.C. Fue un comediógrafo latino, el más grande después de Plauto, autor de seis comedias en verso consideradas durante mucho tiempo como modelo del latín más puro. Estudiada y analizada a lo largo de la Antigüedad, su obra tuvo gran influencia en la educación romana y más tarde en el teatro europeo como fundamento de la comedia moderna de costumbres. De acuerdo con los pocos datos que se tienen de su vida, fue comprado como esclavo por el senador Terencio Lucano, quien le dio la libertad, el nombre y la oportunidad de introducirse en el ambiente de la nobleza romana. Se relacionó con el círculo de los Escipiones, lo cual le granjeó bastantes enemistades, y desde muy joven se dedicó a la labor literaria. Escribió seis comedias que fueron estrenadas entre los años 166 y 160 a.C., a pesar de la oposición inicial de sus enemigos: Andria, La suegra (de la que posteriormente hizo dos nuevas versiones), Formión, El eunuco, Heautontimoroumenos (El que se atormenta a sí mismo) y Los adelfos. Andria (166) está pieza inspirada en dos comedias del griego Menandro; tal "contaminación" de obras diversas le llevó a una polémica con otros escritores dramáticos. En 165 presentó La suegra, que resultó un fracaso; según parece, el público abandonó el teatro para dirigirse a un espectáculo de saltimbanquis. En 163 llegó a la escena Heautontimoroumenos, cuyo éxito correspondió en parte al famoso actor Ambivio Turpion. En 161 Terencio hizo representar con fortuna El eunuco y Formión, y el año siguiente, con motivo de los juegos funerarios dedicados a Emilio Paulo, Los adelfos. En esta misma ocasión el autor ofreció otra vez al público, y también sin éxito, La suegra, que finalmente encontró el favor en su tercera representación, llevada a cabo en los juegos romanos de septiembre del mencionado año. Terencio marchó luego a Grecia, posiblemente en 159, y allí parece haber muerto, en Arcadia, entristecido por la pérdida, en un naufragio, de un conjunto de traducciones de textos de la "comedia nueva" correspondientes a Menandro. Las comedias de Terencio, como las de Plauto, siguen los cánones de la nueva comedia griega, con mayor profundidad psicológica en los caracteres y un tono más clásico en la presentación de la trama. La lengua utilizada es sobria y su versificación correcta, aunque poco variada. Su interés en dotar a los caracteres de mayor realismo y veracidad psicológica es en parte el motivo por el cual sus obras se acercan más al drama, en lo que tienen de contenido moral y de reflexión sobre el sufrimiento, que a la comedia del modo como era practicada por Menandro o Plauto. Diferencia relevante entre la técnica de Terencio y la de Plauto fue el tratamiento del prólogo, que Terencio utilizó como un medio para la reflexión literaria o de propaganda de sus métodos de reelaboración de los modelos griegos. Éstos tenían prólogos explicativos, que informaban al público de hechos vitales, pero Terencio renunció a ellos y realizó siempre la introducción a la acción o exposición en forma de una escena. Con su renuncia al prólogo al estilo antiguo, restringió la información previa para el espectador e hizo así que el público compartiera la misma ignorancia de los personajes, y ganó en eficacia teatral. Esta particularidad, sin embargo, también presentó evidentes desventajas, como lo muestran los dos fracasos sufridos con La suegra, que exigía al espectador permanecer en la incertidumbre sobre demasiados puntos. La eliminación del prólogo, además, obligó al autor a introducir, en varias ocasiones, elementos expositivos en otras partes de la acción y a ponerlos, en detrimento de la verosimilitud, en boca de personajes que no tenían por qué poseer tal información. Por otra parte, y a diferencia de Plauto, Terencio no se permitió romper la ilusión escénica, dirigiéndose directamente al público. Mostró también predilección por las reflexiones y observaciones, y a menudo adoptó el tono de los proverbios. Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.) Séneca nació en Córdoba, en el año 4 a.C. y murió en Roma, en 65 d.C. Fue un filósofo hispanorromano. Perteneció a una familia acomodada de la provincia Bética del Imperio Romano. Su padre fue un retórico de prestigio, cuya habilidad dialéctica fue muy apreciada luego por los escolásticos, y cuidó de que la educación de su hijo en Roma incluyera una sólida formación en las artes retóricas, pero Séneca se sintió igualmente atraído por la filosofía, recibiendo enseñanzas de varios maestros que lo iniciaron en las diversas modalidades de la doctrina estoica por entonces popular en Roma. Emprendió tempranamente la carrera política, se distinguió como abogado y fue nombrado cuestor. Su fama, sin embargo, disgustó a Calígula, quien estuvo a punto de condenarlo en el 39. Al subir Claudio al trono en el año 41, Séneca fue desterrado a Córcega, acusado de adulterio con una sobrina del emperador. Ocho años más tarde fue llamado de nuevo a Roma como preceptor del joven Nerón, y cuando éste sucedió a Claudio en el 54, se convirtió en uno de sus principales consejeros, cargo que conservó hasta que en el 62, viendo que su poder disminuía, se retiró de la vida pública. En el 65 fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, con la perspectiva, según algunas fuentes, de suceder en el trono al propio Nerón; éste le ordenó suicidarse, decisión que Séneca adoptó como liberación final de los sufrimientos de este mundo, de acuerdo con su propia filosofía. En general, su doctrina era la de los antiguos estoicos, aunque, en numerosos aspectos, incorporó a ella su propia visión personal y hasta la de pensadores de escuelas antagónicas, como Epicuro, al que cita a menudo en términos aprobatorios; con ello no hizo sino ejemplificar el espíritu ecléctico y sintético característico del «estoicismo nuevo» propio de su época, del cual fue el máximo exponente. La filosofía era, para él, un asunto fundamentalmente práctico, cuyo principal objetivo era el de encaminar a los hombres hacia la virtud, comunicándoles el conocimiento de la naturaleza del mundo y de su propio lugar en él para que ello los hiciera capaces de guiar sus vidas de acuerdo con la voluntad divina. En este sentido, la lógica y la física proporcionan un fundamento a la ética pero no ocupan su lugar, sino que están subordinadas a ella como lo estaban ya en el antiguo estoicismo; a este último, Séneca aporta esfuerzo, que aplica a persuadir del deber de obrar y pensar rectamente, más que a demostrar la verdad de un conjunto de enunciados éticos normativos. Se vale, para ello, de la descripción vívida de los beneficios de la virtud y las desventajas del vicio; en la comprensión de que todos los bienes y males de este mundo son transitorios radica la autosuficiencia del verdadero sabio, quien, para conseguirla, debe liberarse de sus emociones, juicios equivocados acerca del valor de las cosas. El tono moral de Séneca está cargado de acentos religiosos que lo aproximan al teísmo y llevaron a pensar en la posibilidad de que fuera cristiano, circunstancia que trató de probarse a través de una supuesta correspondencia con San Pablo, que resultó ser apócrifa. En sus escritos sobre ciencias naturales trató, en particular, de los terremotos y su relación con los volcanes; aunque, en general, recogió las opiniones de los antiguos sobre diversos temas, añadió algunas reflexiones personales interesantes, como el vaticinio de una futura explicación de los cometas como verdaderos cuerpos celestes. Fue también autor de nueve piezas dramáticas, inspiradas en modelos griegos clásicos y que son, de hecho, estudios de las tensiones emocionales a que se ven sometidos los personajes, destinadas a ser leídas más que representadas; escribió así mismo una magistral y mordaz sátira de la deificación del emperador Claudio. Tito Livio (64 a.C.-17 d.C.) Tito Livio nació en Patavium, hoy Padua, Italia, hacia el 64 a.C. y murió en el mismo lugar, en el año 17 d.C. Fue un historiador latino. Instalado en Roma probablemente a partir del año 30 a.C., se interesó por la retórica y escribió diálogos morales, que después dejó de lado para consagrarse a la redacción de una gran historia de Roma, Ab urbe condita libri (más conocida como las Décadas), que le valió el favor del emperador Octavio Augusto. Sólo se conservan 35 libros de los 142 que componían la obra, que cubre desde la fundación de la ciudad hasta el año 9 a.C. Pieza cumbre de la prosa latina del final del período clásico, para su composición se sirvió de archivos y de historiadores antiguos a los que rara vez cita (por lo que su obra carece de fiabilidad respecto a algunas épocas) e intercaló pequeñas reflexiones en medio de la narración, marcada por un tono épico y dramático. Livio concebía la historia desde un punto de vista moral, y, más que una obra científicamente construida, la suya es la aportación de un poeta que canta con entusiasmo el esplendor del pueblo romano. Muy admirado por sus contemporáneos, sirvió de modelo a historiadores posteriores e influyó en los poetas épicos. Descendiente de una familia acomodada, Tito Livio adquirió una buena formación cultural en Grecia, y estudió retórica y filosofía en Padua y más tarde en Roma. Su infancia coincidió con los últimos acontecimientos que precipitaron la crisis republicana hacia la monarquía cesariana; asumió la toga viril cuando Padua, junto con toda la Galia Cisalpina, fue incorporada por Augusto a los dominios de Roma. En adelante, el futuro historiador vería en Roma a la madre común. La "patavinitas" ("paduanidad" o peculiaridades propias de Padua) que en Tito Livio o más probablemente en su lenguaje vislumbraba Asinio Polión permite creer que su cultura debió de formarse sobre todo en la ciudad natal; en ella habría madurado el espíritu conservador debido al cual mantendría ciertas simpatías pompeyanas y afirmaría no saber si el nacimiento del César había de considerarse un bien o un mal para Roma. Con todo, tal inclinación conservadora, poco personal y todavía menos partidista, no fue sino consecuencia de una ética patriótica que le sitúa en la misma tradición de Horacio y Virgilio, como cantor de las antiguas glorias republicanas y, al mismo tiempo, de la paz restaurada por el príncipe. Livio fue amigo de Octavio Augusto, quien le llamaba "pompeyano" por el espacio que dedicó en su obra a las grandes figuras de la República. De su fama y prestigio dan cuenta Plinio el Joven y Plinio el Viejo, Séneca, Quintiliano, Marcial y Tácito. Se han perdido sus obras filosóficas, recordadas por Séneca, y la carta al hijo donde habla de Cicerón como modelo de oratoria. En su madurez, Livio vivió al margen de la política, dedicado a redactar, entre el 28 a.C. y el 17 d.C., su extensa obra histórica Ab urbe condita (Desde la fundación de la ciudad). En ella desarrolló la historia de Roma desde su fundación hasta el año 9 a.C. De los 142 libros que originalmente la componían sólo se han conservado los diez primeros, que abarcan desde Rómulo y el período de los siete reyes hasta el año 293 a.C., y los comprendidos entre el libro XXI y el XLV, que tratan sobre las campañas de Aníbal, la segunda guerra púnica, la tercera guerra macedónica y los sucesos ocurridos hasta el año 170 a.C. Livio ordenó la historia año por año, siguiendo la técnica analítica, y articulando el relato en bloques de cinco libros o "péntadas". Se basó en historiadores como Polibio de Megalópolis, utilizó numerosos recursos formales y de contenido, y usó la lengua latina posterior a Cicerón. Alternó, sin mezclarlos, hechos civiles de carácter político y social con episodios militares o diplomáticos, y aunque a menudo se valió de un estilo propangandístico y moralizante para exaltar el pasado de Roma, logró a lo largo de la obra una admirable unidad y una cuidada organización. Para conseguir viveza en la narración recurrió al relato, a los discursos, a la descripción de personajes y a determinados episodios dramáticos, logrando una magistral exposición de los hechos. Fue al parecer al día siguiente de la batalla de Actium, que devolvió la paz y concordia al imperio romano agitado por un siglo de guerras civiles, cuando Tito Livio concibió el proyecto de narrar la historia de Roma en una obra que por su amplitud de líneas, elevación de miras y nobleza de forma fuese digna de la grandeza del tema; de estas cualidades carecían las narraciones, por lo demás extensas, de los analistas de la época ciceroniana. En el 27 o 26 a. de C., Livio publicaba los primeros libros de su obra, que le granjearon la admiración universal; y ya después consagró a su gigantesco empeño el resto de su vida. Los 142 libros que llegó a componer constituyen la obra más voluminosa de toda la literatura latina. De la parte perdida de la obra se conservan poquísimos fragmentos, y, de todos los libros, los sumarios (Periochae) hechos bastante tarde, quizá sobre un epítome del siglo primero, del que se valieron escritores como Paulo Orosio y Julio Floro. Livio, que tenía educación de retórico, como la mayoría de los historiadores romanos, estaba lejos de una concepción científica del trabajo historiográfico: su ideal no era la búsqueda ni la crítica de documentos, sino la fusión de la tradición literaria existente en una unidad armónica. Por esto el valor histórico de la narración de Livio depende del valor de las fuentes, que reelaboró libremente según sus exigencias artísticas, sin tener en cuenta su valor intrínseco. Allí donde descubría contradicciones o falsificaciones, indicaba las distintas opiniones ajenas o sus propias dudas, pero no entraba en discusiones, que habrían turbado la unidad artística de su obra o habrían retrasado su continuación. A las obras más antiguas, pero pobres de materiales, prefirió, pues, las producidas por la más reciente analítica, llenas de invenciones pero difusas, y pasó sin entretenerse sobre las épocas arcaicas. Los diez primeros libros de Ab urbe condita comprenden desde los orígenes hasta el año 293, mientras que los otros que han llegado hasta nosotros (del XXI al XLV, este último incompleto) van desde el 218 hasta 167; la narración va ampliándose más y más a medida que el autor se aproxima a su tiempo. Y esto se verificaba también en la parte ahora perdida, con real ventaja para el valor histórico del relato. Por lo demás, Livio no experimentaba por las edades más remotas la curiosidad del arqueólogo, sino más bien una sensación entre romántica y religiosa de admiración, que le hacía encontrar un arcano significado de amonestación en las leyendas sobre la infancia de un imperio amado por los dioses. La romántica contraposición de la vida heroica y sencilla de un Lacio remotísimo con las pompas y los vicios de su edad, junto con la firme convicción de un designio divino, infunde a su exposición de la historia arcaica una emoción poética tanto más comunicativa cuanto menos se expresa en efusiones retóricas; puede a lo sumo notarse algún eco de poesía en el léxico o en la gramática. Con sólo su propia emoción, Livio consiguió los medios para infundir una insuperable vitalidad artística a los héroes de la leyenda: Coriolano (Libro II), Cincinato (L. III), Camilo (L. V). Y también a las heroínas en las que se compendiaban las virtudes de una estirpe: Lucrecia (L. I), Clelia (L. II), Virginia (L. III). El autor no quiere recrear a estos y otros personajes prestándoles una individualidad personal, que forzosamente habría sido ficticia y nada convincente (como las prolijas y vacuas prosopopeyas de Dionisio de Halicarnaso), sino que, con el lenguaje que les presta, los reviste de una nobleza de sentimientos toda ella romana que, si bien los hace algo impersonales, los eleva de la realidad cotidiana a la región de la poesía y la leyenda. Pero la parte más inspirada de toda la obra es la tercera década, dedicada a la guerra de Aníbal. Livio participa con intensa emoción en los dramáticos hechos de esta guerra: el historiador, que por su viva fe en el destino dominador de la ciudad no se para a buscar una causalidad terrena, ve cumplirse más claramente la voluntad divina en la heroica resistencia de Roma. Su lenguaje, siempre elevado, retrata hombres y acontecimientos en toda su grandeza. El paso de Aníbal a través de los Alpes helados, las grandes batallas en las que perecía la flor de la juventud de Italia, y el cambio gradual de las suertes hasta que, gracias al genio de Escipión el Africano, del repentino hundimiento del sueño de Aníbal salió la fortuna imperial de Roma, hallan en Livio un narrador apasionado que sin hechizo de artificios, con su misma sobriedad de expresión, arrastra al lector a compartir su fe en Roma. La emoción llega quizás a su punto culminante en la narración del primer gran éxito conseguido en Italia sobre los cartagineses en la batalla del Metauro. Con dramática rapidez, el escritor pasa de la temeraria marcha de Claudio Nerón a la expectación que se apodera de Roma, a la aglomeración del pueblo a lo largo de las calles recorridas en su fantástica marcha por los legionarios: votos, plegarias y loores expresan cuánta esperanza de salvación pone en ellos la patria. Y, después de la batalla, llegan a Roma las primeras noticias. El pueblo, desde la aurora al ocaso, durante días y días había permanecido en el Foro, ansioso de nuevas, y el Senado había aguardado, en sesión permanente en la Curia, el anuncio de la victoria después de tantas derrotas. La noticia del triunfo no fue creída en un primer momento, por lo que más ardientemente estalló luego al confirmarse la alegría y la gratitud hacia los dioses y los hombres que, por fin, recibían con la victoria el premio de tan largos y tenaces sufrimientos. En el campo enemigo, Aníbal, al serle presentada la cabeza cortada de su hermano Asdrúbal, tiene en su inmenso dolor el presentimiento de la catástrofe y exclama que reconoce el destino de Cartago. Desde aquí empieza, en efecto, el desquite romano, culminado en Zama. Si el relato de esta batalla, al igual que el de las precedentes, carece en Livio de brillantez e interés, debido ya sea a las fuentes, ya a la poca competencia del escritor en temas militares, el arte con que Livio hace sentir al lector la grandeza del momento que decide la historia del Mediterráneo y del mundo alcanza en compensación las más altas cimas de la fuerza dramática. El relato termina con la contraposición de la risa desesperada de Aníbal ante el ruin egoísmo de sus conciudadanos y el triunfo de Escipión el Africano; pero sobre el consuelo de este instante tan esperado proyectan una sombra las palabras de Aníbal a los cartagineses: "Ninguna gran ciudad puede descansar por mucho tiempo; si no tiene enemigos en el exterior, los encuentra dentro de sí misma, como los cuerpos más robustos, que mientras parecen protegidos contra toda fuerza exterior, son atacados por su propia vitalidad". Tal es el destino que aguarda a Roma cuando haya triunfado de todos los pueblos del Mediterráneo. La cuarta década comienza con un parangón famoso, en el que Livio se compara a sí mismo con el que, entrando en el mar, va avanzando hacia adentro; a cada paso que da, el agua va subiendo, lo que hace cada vez más difícil su avance. De igual modo para el escritor, el material que le ofrecía la historia de Roma parecía aumentar continuamente, y más ahora que se disponía a narrar la conquista del mundo. En esta parte (en la que Livio, sobre las grandes guerras orientales, reproduce sustancialmente a Polibio, de quien conservamos extensos fragmentos) aparece a lo vivo su método de trabajo. Traduce la fuente con bastante fidelidad, enriqueciendo el relato con un bello ropaje de estilo que en vano había buscado Polibio. Pero es también notoria la preocupación de Livio por no ofuscar la visión de la grandeza romana. En efecto, no sólo omite todo lo que no atañe directamente a Roma, sino también los hechos, a veces bastante importantes para la comprensión histórica, por los que la conducta o los hombres de Roma podrían aparecer, en guerra o en política, mezquinos. Exceptuadas estas omisiones, la elaboración personal no es profunda. La excelencia de las fuentes disuadía ciertamente a Livio de modificar demasiado sus datos. Pero son excesivamente ligeros los discursos puestos, como en las otras partes de la obra, en boca de hombres de estado, generales, etc. En estos discursos libremente construidos no sólo hace Livio trabajo de retórico, sino que expresa en forma objetiva las condiciones en que se desarrollaron los hechos, ya que hace decir a los personajes aquello que la situación le parece cada vez exigir, con lo que da así a la narración un fundamento pragmático. Es de observar cómo, al lado de los grandes éxitos de la política y de las guerras externas, aparece siempre en mayor contraste la corrupción de costumbres, consecuencia de la misma prosperidad fruto de las conquistas. Livio, que desde el prólogo ha establecido la comparación entre la grandeza moral antigua y las miserias del presente, en el que los romanos no pueden soportar los males que los afligen ni sus remedios, siente con dolida intensidad, como efecto de su misma elevación moral, la doctrina ni original ni profunda que, indicando la razón de los cambios de los estados en los cambios de las costumbres, anunciaba para Roma una próxima decadencia, puesto que las riquezas de la conquista habían hecho olvidar, junto con la sobriedad, la disciplina y la devoción a la patria, el secreto de la victoria. Incluso la parte menos feliz de la obra de Livio, la narración de las más antiguas guerras, que las fuentes habían modelado sobre las luchas de los gracos, está animada por el presentimiento de la lejana catástrofe que precipitaría a Roma en las guerras civiles. Del mismo modo que en la parte correspondiente a la guerra de Julio César y Pompeyo, hoy perdida, no temía expresarse en favor del segundo, Livio no podía simpatizar con los demagogos e innovadores al tratar de las luchas de clase. Pero ni aquí ni en ningún otro lugar puede sorprendérsele falseando deliberadamente los hechos; tan profundos y sinceros eran en Livio el entusiasmo y la fe en el destino de Roma. Su estilo, armonioso y fluido, sabe alejarse sin esfuerzo de toda monotonía, adaptándose mediante imperceptibles transiciones a las más diversas situaciones: ora nervioso y dramático, ora solemne, ora evocativo y escultórico, ora abundante, coloreado y pintoresco. La obra de Livio fue verdaderamente digna de la grandeza de Roma por el sentido religioso y el ethos que la anima, no menos que por sus bellezas artísticas y por su probidad histórica. Como historiador, Tito Livio aparece inserto hasta cierto punto en la tradición de los antiguos analistas, cuyos procedimientos repite en varias partes sumarias, en la división del relato por años, en la indiferencia respecto a los datos documentales, en la ingenua reconstitución de las fuentes y en su actitud frente a las leyendas; sin embargo, tales principios de cronista, en realidad sólo externos, provienen de una consideración ideal del Imperio romano como fruto de un proceso fatal cuya razón se halla en la religiosidad y el tradicionalismo del pueblo de Roma, fiel a sus dioses y celoso custodio del "mos maiorum", y en la fortaleza de su espíritu, sereno ante las adversidades y generoso en el uso de la buena fortuna. Así, la distribución por períodos queda superada por la concepción parabólica del curso de la historia de Roma con relación a sus costumbres, el punto culminante de la cual sitúa el autor en las guerras púnicas, en tanto que considera la expansión hacia Oriente como inicio de la decadencia y del relajamiento de la antigua severidad latina. Este lugar común de una tendencia conservadora que evoca la polémica de Catón el Censor no concuerda, en Livio, con el sentimiento nacionalista que, en la tradición de los poetas de Augusto, exalta en los triunfos militares de Roma el cumplimiento de una misión en el mundo. En Livio se da la contradicción entre el historiador opuesto a las supersticiones del vulgo y el analista que registra escrupulosamente prodigios y acontecimientos maravillosos, hasta el punto de que, si bien el autor reivindica a veces los derechos de la razón y de la realidad, en otras ocasiones confiesa una mentalidad antigua frente a ciertos relatos legendarios y el escrúpulo de callar lo que los antepasados admitieron como verdadero y transformaron en motivo inspirador de un conducto político. Lo maravilloso, sin embargo, es también un elemento poético; y así, conviene recordar que se ha llamado "poeta de la historia" a Livio. Para él, el mito conserva una verdad ideal y perenne en el símbolo, en él encerrado, de la virtud romana personificada en las distintas figuras legendarias. El mito, en definitiva, adquiere en este autor un valor normativo y educativo, adecuado al concepto de la historia como "magistra vitae" y a la misión del historiador antiguo, que, según Cicerón, consistía en dar color "rhetorice et tragice" a los hechos para la mejor consecución de tal objetivo. Con todo, Tito Livio es un historiador esencialmente honrado y ajeno a las audaces exageraciones de ciertos analistas; su imparcialidad sólo cede al sentimiento cuando aparecen enfrentados romanos y extranjeros. En vano se ha intentado hallar en él a un filósofo de la historia; se halla demasiado envuelto en el fatalismo del Imperio de Roma para profundizar en las causas humanas y en las conexiones de los acontecimientos a la manera de Polibio, quien, no obstante, fue una de sus fuentes. Más que razonados, Livio ofrece los hechos dramatizados y bajo tonos patéticos; o, también, nos introduce en la psicología de los personajes a través de sus mismas palabras y actuaciones. En él, pues, hay que buscar no crítica histórica o política, sino la evidencia del relato y el noble idealismo animador de la obra. Cayo Cornelio Tácito (55-117) Tácito tal vez naciera en Roma, hacia el año 55, y no se sabe donde murió, pero fue hacia 117. Fue un historiador romano. Los pocos datos que se conocen de su vida indican que desarrolló una brillante carrera política que lo llevó al Senado, así como a ejercer el cargo de cónsul. También es conocida su boda en el año 78 con una hija de Cneo Julio Agrícola, general romano que luchó en Britania, de quien Tácito escribió una biografía: Agrícola. Otra obra importante que hay que resaltar es Sobre el origen y el país de los germanos, más conocida como Germania, en la cual traza una viva representación de la vida y cultura de los germanos. Con todo, sus obras más famosas son los Anales, una historia de los emperadores de la dinastía Julio-Claudia a partir de Tiberio, y las Historias, sobre la dinastía Flavia. Ambas obras representan un grandioso esfuerzo por recrear un período convulso de la historia de Roma, y en ellas ofrece un retrato implacable de los grandes personajes de la época, poniendo de relieve sus flaquezas. El tono del autor refleja también una cierta nostalgia por los tiempos de la República y de la grandeza romanas. Pese a ser probablemente el más grande historiador latino y uno de los mayores estilistas en prosa latina, apenas nada se sabe con certeza de los orígenes de Tácito; es posible que naciera en territorio italiano, o bien en la Galia Cisalpina o en la Galia Narbonensis (actual sudeste de Francia). En su juventud fue abogado y orador renombrado. Vivió la mayor parte de su vida en Roma, donde pronto se introdujo en la sociedad imperial. Participó activamente en la vida política al tiempo que fue perfeccionando su oratoria. Después de haber desempeñado diversos cargos públicos (cuestor entre el 81-82, pretor en el 86 y cónsul en el 97) abandonó la carrera pública y la oratoria para dedicarse a la historia. Las obras de Tácito se han conservado en forma fragmentaria y bastante incompleta. Sin embargo, aunque mutiladas, producen en quien las lee una profunda emoción suscitada por la poderosa representación que hace su autor de hombres y acontecimientos en un estilo particular, tal vez el más original de la literatura latina, que acierta a reelaborar la enseñanza de los retóricos en el uso de la metáfora y en la sutileza epigramática. En el cuidadoso desarrollo de un estilo propio, guiado por un implícito rigor analítico en el uso de las palabras que empleó para decir de modo preciso, Tácito convierte a su prosa en creación poética. Dos obras breves pero importantes, escritas en el 98 (la Vida de Agrícola, una encomiástica biografía de su suegro Julio Agrícola, ex gobernador de Britania, y Sobre el origen y el país de los germanos), constituyeron un aprendizaje para la composición de sus grandes obras históricas. La primera monografía contiene, además del homenaje a Agrícola, víctima de los celos de Domiciano, un esbozo de la vida en la corte imperial y del mundo bárbaro de los britanos. La segunda, conocida a menudo como Germania, muestra el interés del autor por aquellos pueblos que desde hacía más de dos siglos constituían una amenaza para Roma, enfatizando la virtud simple y los vicios primitivos de las tribus germánicas en contraste con la laxitud moral de la Roma contemporánea. Se sabe que las dos grandes obras históricas de Tácito, la Historias y los Anales, comprendían en su conjunto treinta libros, que debían formar un todo en una narración continua. De los catorce libros de Historias sólo se conservan los primeros cuatro y gran parte del quinto. Aparecida en el 109, la obra debió de ser comenzada a redactar cinco años antes. Aunque su estudio original cubriría el marco cronológico comprendido entre el 1 de enero del 69 (principio del fin del gobierno del emperador Galba) y el 16 de septiembre del 96 (asesinato del emperador Domiciano), es decir, el acceso al poder y el reinado de la dinastía de los Flavios, o Flavia, el material de que se dispone en la actualidad tan sólo llega hasta los primeros meses del 70. De los manuscritos correspondientes a los dieciséis libros de Anales se conservan también sólo los cuatro primeros, un fragmento del quinto, parte del sexto y los libros XI a XVI. En los Anales trató la historia romana desde la ascensión al poder de Tiberio en el 14 d.C. hasta la muerte de Nerón en el 68 d.C., es decir, del periodo inmediatamente anterior a las Historias. Tácito tiene por objeto escribir la historia de los acontecimientos con una finalidad moralista e instructiva, y lo hace con un peculiar e intransferible estilo literario repleto de agudeza dramática y concisión. Su gran poder como historiador radica en su perspicacia psicológica y en la brillantez de sus retratos de personajes. Su estilo es una combinación eficiente de expresiones concisas y pintorescas. Ensalzó los ideales de la República romana y realizó descripciones críticas muy profundas de muchos de los emperadores romanos. Su gran obra historiográfica, que quiso narrar objetivamente la historia de la Roma imperial del siglo I, se considera todavía hoy paradigmática. Tito Lucrecio Caro (94 a.C.-53 a.C.) Lucrecio tal vez naciera en Roma hacia 94 a.C. y murió en el 53 a.C., aunque se desconoce el lugar en que falleció. Fue un poeta latino. Aunque se tienen pocos datos de su vida, se sabe que Lucrecio pertenecía a una familia aristocrática y que murió en torno a los cuarenta años, al parecer por suicidio. Lucrecio fue autor de uno de los poemas didácticos más valorados de la tradición latina, titulado Sobre la naturaleza de las cosas (De rerum natura). La obra recoge y vulgariza en gran medida la doctrina materialista de Epicuro, según la cual el mundo está constituido por átomos, elementos indivisibles que, por ser extremadamente tenues, escapan a nuestros sentidos y cuyo número es infinito. El hombre es mortal, y su felicidad depende de aceptar este hecho y de perder el miedo a los dioses. Aunque el estoicismo tuvo mayor repercusión en Roma que el epicureísmo, los contemporáneos de Lucrecio conocían bien el poema, lo que indica la amplia divulgación de esta obra, que sería rescatada durante el Renacimiento. Cayo Valerio Catulo (87 a.C.-54 a.C.) Catulo nació en Verona, actual Italia, hacia 87 a.C. y murió en Roma hacia 54 a.C. Fue un poeta latino. De familia acomodada, a partir del año 70 a.C. frecuentó en Roma el círculo de los «nuevos poetas», deudores de la poesía alejandrina, cuyo tema poético principal es el amor, expresado en metros nuevos. Los versos de Catulo, especialmente los dedicados a su amor por Lesbia (seudónimo de Clodia, hermana del tribuno Clodio), son de gran realismo y fuerza expresiva. Llamado doctus por su gran dominio de la poesía griega, conoció la obra de Safo, que influyó en la suya, y dejó 116 poemas de valor e inspiración muy desiguales. Junto a poemas cultos y mundanos como Las bodas de Tetis y Peleo, en el que rivalizó con Calímaco, compuso numerosos epigramas satíricos, así como epitalamios y poemas de tema mitológico. Sin embargo, la importancia de su poesía reside principalmente en las elegías amorosas; por otra parte, fue el fundador de la elegía romana, que se distingue de la griega por su carácter autobiográfico e intimista. Tanto en el aspecto formal como en su variedad temática, la obra de Catulo ejerció una considerable influencia no solamente en la poesía latina posterior (especialmente en Ovidio y Horacio), sino también en el renacimiento inglés (Ben Jonson, Edmund Spenser) y en poetas neoclásicos españoles como Juan Antonio Meléndez Valdés y Alberto Lista. Publio Virgilio Marón (70 a.C.-19 a.C.) Virgilio nació en Andes, hoy Pietole, actual Italia, en el año 70 a.C. y murió en Brindisi, actual Italia, en 19 a.C. Fue un poeta latino. Aunque hijo de padres modestos, Virgilio estudió retórica y lengua y filosofía griegas en Cremona, Milán, Roma y Nápoles. Si bien no intervino de modo directo en la vida política, desde muy pronto Virgilio disfrutó del apoyo de mecenas y amigos, como Cayo Mecenas, el poeta Horacio e incluso Octavio (el futuro emperador Augusto), en parte propiciado por el éxito de su primera obra mayor, las Bucólicas, en las que desarrolla muchos temas de la tradición pastoril, tomados sobre todo de los Idilios de Teócrito, aunque introdujo numerosas alusiones a personajes y situaciones de su época. Incitado por sus protectores, escribió las Geórgicas, en apoyo de la política imperial de relanzar la agricultura en Italia; en las Geórgicas, Virgilio recrea la belleza de la vida campesina y sus distintos aspectos: labranza, ganadería y apicultura. La vertiente pública de la poesía de Virgilio llegó a su cima cuando afrontó la tarea de escribir un ambicioso poema patriótico a imagen de las grandes epopeyas de Homero: la Eneida, que debía cantar las virtudes del pueblo romano y cimentar una mitología propia para la nación. Para ello escogió la conocida figura legendaria del héroe troyano Eneas. Durante otros doce años trabajó en la composición de esta obra maestra, un poema épico compuesto de doce cantos que toma el nombre de su protagonista. Al principio, Eneas logra huir del desastre de Troya llevando sobre los hombros a su anciano padre, Anguises, y a su hijo Ascanio de la mano; reúne una flota y zarpa con los supervivientes troyanos rumbo a Tracia, Creta, Epiro y Sicilia, antes de abordar las costas de África. Luego relata los amores de la reina de Cartago, Dido, con Eneas, y el suicidio de ella tras la partida del héroe. Tras un interludio, la última parte narra la llegada de Eneas a Italia, y la guerra que sostiene con Turno, rey de los rútulos; la victoria le otorga la mano de Lavinia, princesa del Lacio. Según Virgilio, el linaje romano procede del hijo de Eneas, Ascanio, que habría fundado la ciudad de Roma. El modelo homérico está presente tanto a nivel formal como temático, aunque es visible también la influencia del poeta griego Apolonio de Rodas y de poetas romanos como Ennio y Lucrecio. El verso de Virgilio en la Eneida fue considerado en su propia época, y a partir de entonces, como modelo de perfección literaria tanto por su equilibrio métrico como por su musicalidad. Sin embargo, el poeta no pudo terminar su obra, pues en el 19 a.C. emprendió un viaje por Grecia y Asia con la intención de corroborar sobre el terreno las referencias paisajísticas y geográficas de su obra maestra, práticamente finalizada para entonces, y para profundizar en el estudio de la filosofía. Durante el viaje enfermó gravemente, y en su lecho de muerte pidió a sus amigos Vario y Plocio que destruyeran la Eneida, por considerarla imperfecta, ruego que no fue atendido por orden de Augusto. Se atribuye asimismo a Virgilio la composición de un conjunto de obras menores de carácter épico, elegíaco y didáctico, conocido como el Appendix vergiliana, que quizás podrían ser obras de juventud, aunque no está bien dilucidada su autoría. El renombre de que gozó fue enorme no sólo en su época, sino a lo largo de toda la Edad Media, que le consideró como un cristiano anticipado; incluso se llegó a ver en una de sus Bucólicas una profecía de la llegada de Jesucristo. En La Divina Comedia, Dante lo convirtió en su guía a través del Infierno y el Purgatorio, y lo consideró su maestro. Quinto Horacio Flaco (65 a.C.-8 a.C.) Horacio vino al mundo en Venusia, actual Italia, en el 65 a.C. y murió en Roma, en el año 8 a.C. Fue un poeta latino. Hijo de un esclavo liberto, tuvo la oportunidad de seguir estudios en Roma, y posteriormente en Atenas, adonde se trasladó para estudiar filosofía. Una vez allí, fue acogido por Bruto, el asesino de Julio César, y nombrado tribuno militar de su ejército. Sin embargo, en la batalla de Filipos (42 a.C.) se evidenció su falta de aptitud para el arte militar y decidió regresar a Roma. Empezó a trabajar como escribano de la cuestura, cargo que le dejaba tiempo libre para dedicarse a escribir versos. Por entonces conoció a Virgilio, quien lo introdujo en el círculo de Mecenas, donde paulatinamente ganó relevancia y afianzó la amistad con su protector. Mecenas lo presentó a Octavio Augusto, y Horacio consiguió también la protección del emperador, que incluso le ofreció el cargo de secretario personal suyo, puesto que rechazó por no adecuarse a los principios de su moral epicúrea. Personaje muy respetado en los altos círculos romanos, tanto literarios como políticos, se mantuvo siempre bajo el amparo de Mecenas, junto con quien está enterrado. Su poesía se divide en cuatro géneros que dan nombre a sus obras: Sátiras, invectivas personales y retratos irónicos de su tiempo divididos en dos libros y escritos en hexámetros; Épodos, diecisiete poemas yámbicos de temática variada e influencia helenística, en especial de Arquíloco; Odas (Carmina), también en hexámetros; y las Epístolas, su última obra, en la que, coincidiendo con una actitud vital y literaria más calma y más propicia a la reflexión moral que a la invectiva y la sátira mordaz que caracterizaron sus obras primeras, optó por la ficción epistolar sin abandonar la escritura en hexámetros. Entre las Epístolas se encuentra la célebre Arte poética, que marcó las pautas de la estética literaria latina. La poesía horaciana, con su variedad de temas nacionales y, sobre todo, su perfección formal, signo de equilibrio y serenidad, fue identificada en el Renacimiento como la máxima y más excelsa expresión literaria de las virtudes clásicas, y su influencia se ha mantenido hasta hoy. Publio Ovidio Nasón (43 a.C.-17 d.C.) Ovidio nació en Sulmona, actual Italia, en 43 a.C. y murió en Tomis, hoy Constanza, actual Rumania, en el 17 d.C. Fue un poeta latino. Educado en las artes de la política, Ovidio estudió en Roma y completó su formación en diversas ciudades del mundo griego, pero pronto abandonó la política para dedicarse por entero a la poesía, convertido en un hombre adinerado tras heredar la hacienda de su padre. Tuvo numerosas amantes, y se casó tres veces (con dos divorcios), y algunas de sus peripecias amorosas aportaron el material poético para sus Amores, una serie de poemas que narran los incidentes de sus relaciones con Corina, personaje en el que seguramente condensó diversas figuras femeninas. Ovidio perteneció a una serie de poetas que no conocieron las guerras civiles que asolaron Roma durante el siglo I a. C. Los antiguos poetas augusteos, como Virgilio y Horacio, con sus valores patrióticos y su estética clasicista, estaban ya muy lejos de la generación de Ovidio, heredero de la estética helenística que representa el gusto por la erudición y por la despreocupación política y social. En Roma, donde residió hasta los cincuenta años de edad, se relacionó con la más alta sociedad, incluido el emperador Octavio Augusto. Sin embargo, en el año 8 d. C. cayó en desgracia y fue desterrado hasta su muerte en Tomis, en el Ponto Euxino, cerca del Mar Negro, sin que se sepa cuál fue exactamente el motivo; el propio Ovidio supone que se debió al tono libertino de algunas de sus obras, que se habría interpretado como un ataque a la política de reforma moral y a la estética del emperador Augusto, quien llegó a castigar el adulterio como si fuese una ofensa contra el Estado o la religión, incluso más allá de la propia tradición romana. Sin embargo, estas obras circulaban desde hacía tiempo, por lo que se ha especulado también con la posibilidad de que el poeta conociera un escándalo en el que estaba implicada la hija del emperador. En su primera etapa, la poesía de Ovidio tiene un tono desenfadado y gira alrededor del tema del amor y el erotismo. Amores, Arte de amar (considerada por algunos su obra maestra) y Remedios de amor destacan por la maestría técnica en el manejo del dístico elegíaco y la facilidad brillante y a veces pintoresca del verso. El propósito didáctico, los consejos y ejemplos sobre cómo seducir a las mujeres y relacionarse con ellas, se mezcla en estas obras con la anécdota burlesca y un costumbrismo teñido de sátira; a los ojos modernos, más que de amor se trata de erotismo, o incluso de un simple repertorio de anécdotas picantes, aunque debe tenerse en cuenta que lo que en la Antigüedad se entendía por amor se acerca más a lo que hoy llamaríamos erotismo. Por ello, cuando estos libros influyan en el amor cortés trovadoresco (siglo XII), las diferencias serán también notorias. A la obra de madurez del poeta corresponden Las metamorfosis, extenso poema en hexámetros que recoge diversas historias y leyendas mitológicas sobre el tema de las metamorfosis o transformaciones. Se trata de un poema escrito con la voluntad de competir con Virgilio, aunque a la solemnidad de la Eneida opone Ovidio el guiño, la broma y el refinamiento, y a la épica armónica y ática del excelso Virgilio, la variedad pasional y helenística. Durante la Edad Media y el Renacimiento, Las metamorfosis circuló casi como una enciclopedia sobre mitología clásica. Las obras compuestas durante el tiempo de exilio se caracterizan por la melancolía; destacan los Tristes, cinco libros de elegías que relatan su infeliz existencia en Tomis y apelan a la clemencia del emperador Augusto. Albio Tibulo (55 a.C.-19 ó 18 a.C.) Tibulo nació en Gabios, circa 55 a.C. y murió en 19 ó 18 a.C., aunque se desconoce el lugar exacto. Fue un poeta elegíaco latino. Es autor de una obra poética de estilo simple y armonioso, caracterizada por la ausencia en ella de alusiones mitológicas eruditas. Era miembro de una acaudalada familia del orden ecuestre. Fue amigo de Horacio, Virgilio, Propercio y Ovidio, quien compuso para su tumba una conmovedora elegía. Es autor de dos libros de Elegías, titulados Delia y Némesis, en los que canta a su amada, Delia, y a una cortesana, Némesis, por la que sintió un capricho violento y efímero. También escribió algunas de las poesías del Corpus Tibullianum. Sexto Propercio (47 a.C.-15 a.C.) Propercio nació en Umbría, circa 47 a.C. y se desconoce el lugar donde falleció, circa 15 a.C. Fue un poeta latino. Sus versos le granjearon la ayuda de Augusto y de Mecenas y la amistad de poetas como Ovidio y Virgilio. Imitó a los alejandrinos, especialmente a Calímaco, de quien tomó el afán por la erudición y el estilo preciosista. Dio a la mitología un valor artístico, de tal manera que los temas cobran nueva forma y sentido a través de su pasión de poeta, de su concepto trágico del amor y de su imaginación llena de patetismo. Su obra se compone de cuatro libros de Elegías, que contienen sus poemas amorosos (dedicados a Cintia), anacreónticos y de circunstancias, así como cartas. Considerado por muchos especialistas el más fascinante de los líricos romanos, el lenguaje atrevido y original del poeta elegíaco latino Sexto Propercio marcó un nuevo rumbo en la literatura latina. En el primer poema del libro IV de las Elegías nos proporciona el mismo Propercio las pocas noticias seguras que poseemos sobre su vida. De niño hubo de ser temeroso testigo de la sangrienta guerra de Perugia, desatada en el año 40 a. de C. entre Octavio Augusto y Marco Antonio. Su padre, de noble estirpe, murió por aquel entonces, y muy pronto la familia quedó afectada por el reparto de tierras a los veteranos de Octavio Augusto; en el 34 dejó Umbría con su madre para establecerse en Roma. Tomada la toga viril, Propercio se abstuvo de participar en la vida política y renunció a una carrera pública para dedicarse a los estudios literarios y a la poesía. Amó a diversas mujeres, entre otras a una esclava, Licina. En 29 a. de C. encontró a la única mujer que le inspiró un amor total: Hostia. Ella era quizá casada y ciertamente mayor que el poeta, el cual se complugo en llamarla Cintia por su cultura no común y por su refinado gusto. Los graffiti hallados en las paredes de Pompeya atestiguan la popularidad de que gozó Sexto Propercio ya en su tiempo. Su primera colección de elegías tuvo inmediato éxito, por lo que el influyente patrocinador Mecenas lo invitó a participar de su círculo, al que pertenecían prominentes figuras literarias como Virgilio, Horacio y Ovidio, quienes ejercieron gran influencia en el autor. Propercio se inspiró sobre todo en poetas alejandrinos como Calímaco y Filetas y trató los temas latinos a la manera alejandrina. Los artificios propios de Calímaco no consiguieron, sin embargo, ocultar su robusto temperamento ni ahogar su ardor amoroso. Sobre todo dos virtudes del poeta impresionaron a sus contemporáneos: la blanditia (término con que aludieron a la suavidad y colorida calidez de sus trazos, a su elegante y casi voluptuoso sentido de la belleza y a su melancólica ternura) y su dominio de un extenso vocabulario que empleó de forma audaz y original. Propercio alternó abruptamente latinismos poéticos y coloquiales, y en su búsqueda de una expresión original frecuentemente forzó el idioma al borde de la ruptura. Es, sin duda, uno de los poetas latinos más difíciles porque abunda en pasajes oscuros; pero en esta misma dificultad radica parte de su fascinación poética, fruto muchas veces de la expresión concisa, epigramática. De los cuatro libros de Elegías, compuestas en el metro tradicional del dístico (hexámetro seguido de pentámetro), el primero fue publicado en el año 28; el segundo entre el 28 y el 25; el tercero entre el 25 y el 22; el cuarto en los años siguientes, hasta el 15 o el 14. En los dos primeros predomina Cintia, la mujer amada; en el tercero el amor cede el sitio a la glorificación de personalidades romanas. En el cuarto la tendencia encomiástica y política se precisa e intensifica al tratar las antiguas leyendas de Roma y la victoria de Augusto. El amor por Cintia, bella, culta y de distinguida familia, duró cinco años sin interrupción, con sus altercados y reconciliaciones, sus infidelidades y embriagueces. Tales pasiones forman, a través de los cuatro libros, una especie de novela en escenas episódicas descritas por el poeta sin ninguna unidad preconcebida. Como el amor de Catulo, así también el de Propercio conoce la ansiedad, el enojo, los celos, pero también la alegría del retorno y de la reconciliación. La figura de la amada domina en los dos primeros libros de las Elegías, ya porque el poeta la proclame manantial único de su inspiración, ya porque describa en éxtasis su belleza, ya porque reafirme su amor apasionado y exclusivo, aunque ella le sea infiel. Pero gradualmente se produce un enfriamiento en el corazón de Propercio, debido probablemente a los repetidos devaneos de la amada; el relato poético pierde viveza dramática, al paso que los análisis psicológicos y las reflexiones se hacen más profundos. Afloran entonces nuevos motivos a su fantasía, documentados por los poemas del libro III, cuyos dos últimos, el XXIV y el XXV, constituyen un himno a la liberación; la navecilla del poeta llega finalmente a un puerto de paz después de los episodios, a menudo tempestuosos, de un amor que ha durado cinco años. Se dedica entonces a los antiguos mitos del Lacio, siguiendo los deseos de su amigo Mecenas, e inspirándose en los alejandrinos Calímaco y Fileta y en el contemporáneo Virgilio, cuya gloria futura anuncia en términos entusiastas, canta las transformaciones del dios Vertumno, el mito de Tarpeya, el de Hércules y Caco, y el de Júpiter Feretrio. Después de la muerte de Cintia, enterrada en su villa de Tívoli, la piedad reaviva en el poeta la antigua llama. Cintia se le aparece en sueños como había sido amada y deseada en vida, con parte del vestido y el anillo consumidos por el fuego y los labios rozados por el agua del Leteo. Ella se lamenta del olvido en que la tiene el poeta; le confía, con exquisita feminidad, encargos para las esclavas fieles, y le ruega que quite del sepulcro la hierba que envuelve sus huesos. "Ahora te poseen también otras mujeres; después te tendré yo sola; estarás conmigo y nuestros huesos se reunirán para siempre". Cayo Julio Fedro (mediados siglo I d.C.) Fedro nació en Macedonia, hacia 20-15 a.C. y murió hacia 50 d.C. Fedro fue un fabulista latino de la época imperial, autor de cinco libros de fábulas en verso. Los pocos datos que se conocen de su biografía nos han llegado a través de su propia obra. Nació durante el principado de Augusto (entre los años 20 y 15 a.C.), en la provincia romana de Macedonia, posiblemente en Pieria, según se lee en el prólogo al libro III, vv. 17-20, donde el poeta se muestra orgulloso de haber nacido en la tierra patria de las Musas (en el monte Pierio). Aunque era esclavo, Fedro recibió una esmerada educación desde joven (sobre todo en latín, puesto que su lengua natal era el griego). Esto hace suponer a los críticos que fue llevado a Roma siendo todavía niño y que allí entró a formar parte del grupo de esclavos de Augusto, del que luego fue liberto. Este dato se encuentra en el título del principal manuscrito de Fedro (Codex Pithoeanus, del siglo IX), que lo presenta como "liberto de Augusto". Bajo el gobierno de Tiberio se ganó la enemistad del poderoso ministro Sejano, quien le acusó de haber hecho maliciosas alusiones personales tras la máscara anónima de los animales de sus dos primeros libros de fábulas. Fue condenado por ese supuesto delito y cayó en desgracia. Su estado de absoluta precariedad económica lo llevó a pedir el apoyo de libertos ricos e influyentes como Eutico y Particulón, a quienes dedicó dos de sus libros. Escribió sus tres últimas obras ya mayor y vivió hasta la época del emperador Claudio (41-54 a.C.) o, en todo caso, del emperador Nerón (54-58 a. C), si bien se ignora el año exacto. De Fedro se conserva más de un centenar de fábulas en verso (122 aproximadamente), agrupadas en cinco libros. Estas breves historias de animales se expresan en senarios yámbicos (el verso usado en la comedia palliata de época republicana). Algunos de los libros son especialmente breves; así, el libro II consta sólo de ocho fábulas; y el libro V, de diez. A estos cinco libros hay que añadir 30 nuevas fábulas, conocidas como Appendix Perottina en las ediciones modernas, que fueron publicadas por el humanista italiano Niccolò Perotti en su edición de la obra de Fedro (hacia 1465). Aunque con anterioridad autores como Hesíodo, Herodoto, Platón, Calímaco o Lucilio habían insertado fábulas en sus obras, el autor prefirió seguir la tradición griega atribuida a Esopo. Fue así el primero de los poetas antiguos en escribir fábulas en verso con la intención de que fueran leídas en forma autónoma. En el prólogo de su primer libro justificó la elección del género con su intención de reflejar la situación social de los más desprotegidos. Alabó la astucia del débil como el único recurso frente al poderoso, y la conveniencia de adaptarse a las circunstancias para sortear los peligros. En el prólogo de su tercer libro confesó que su objetivo no era "censurar individuos, sino describir la vida misma y las costumbres de los hombres". El contenido de las fábulas de Fedro obedece, en efecto, a una doble intención: instruir a su público y deleitarle a un tiempo. El carácter moralizante se manifiesta expresamente en una sentencia ético-filosófica, o moraleja, emplazada bien al principio de la historia (promithyon), bien al final de la misma (epimithyon). Por otra parte, a esta intención explícita de divertir y enseñar se une la crítica sociopolítica. En efecto, Fedro imprime a sus obras un carácter satírico que pone en evidencia los vicios y defectos de la sociedad de su tiempo, aunque siempre de manera general y sin citar casos específicos ni personas concretas. Por ello su obra a menudo se convirtió en blanco para los reproches de sus detractores. El estilo de Fedro es simple y claro. Se caracteriza por la brevedad, la variedad y el cuidado de la expresión. A pesar de las expresiones cultas, también refleja Fedro intencionadamente en sus composiciones elementos del lenguaje hablado. Así simpatiza con las clases populares y el mundo marginal en el que creció. Todos estos elementos explican la popularidad de su obra. Aún en nuestros días, es difícil no conocer las fábulas de El lobo y el cordero, La zorra y las uvas o La zorra y el cuervo. El fabulista latino reconoció a Esopo como "inventor" del género literario de la fábula y se consideró heredero de los temas que las colecciones helenísticas habían transmitido en prosa desde el s. IV a.C. Así, admite su dependencia respecto a Esopo en cuanto a las historias, ya que en lo referente a la forma literaria (en especial, el uso del senario yámbico) reivindica su originalidad. Su obra fue ignorada en su época, pero a partir de la Edad Media empezaron a circular, con el nombre de Romulus, diversas prosificaciones de las fábulas de Fedro. En la segunda mitad del siglo XV, en los albores del Humanismo, Nicolò Perotti reunió los cinco libros de fábulas, así como unas 30 inéditas (el llamado Appendix Perottina) de un manuscrito hoy perdido. En 1596 Fedro abandona definitivamente el anonimato, al ser editado por Pierre Pithou. A partir de entonces encontró un lugar junto a Esopo en las grandes antologías, como, por ejemplo, la reunida por Isaac Nevelet, Mythologia Aesopica, en 1610. Desde el siglo XVII las fábulas de Fedro suscitaron mayor interés. El movimiento neoclásico apreció el carácter edificante del género. Empezaron a ser imitadas en prosa y en verso, y se usaron, como solía hacerse en la Antigüedad y en la Edad Media, como texto escolar. Por otra parte, en este siglo nació el más fiel imitador de Fedro de todos los tiempos, el francés Jean de La Fontaine, que publicó sus Fables en 1668. Al siglo XVIII pertenecen igualmente insignes fabulistas españoles, como Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte, que, aunque imitando directamente a La Fontaine, recogen la herencia literaria de Fedro. Marco Valerio Marcial (40-104) Marcial nació en Bílbilis, hoy Catayud, actual España, hacia 40 y falleció en el mismo lugar de Nacimiento, hacia 104. Fue un escritor latino. Marcial se trasladó hacia el año 64 a Roma, donde residiría buena parte de su vida. Tras varios años de penurias económicas, logró allí la protección de algunos personajes nobles y el favor del emperador Tito, así como el de su hermano y sucesor, Domiciano. Su obra está formada por quince libros agrupados bajo el título genérico de Epigramas, aunque los libros I (Liber spectaculorum), XIII (Xenia) y XIV (Apophoreta) no se ajustan a esta forma y son de carácter conmemorativo. En los doce restantes fijó la forma definitiva del epigrama, breve poema satírico y mordaz que muestra su aguijón en un final imprevisto. Sin constituir una verdadera crítica social, estos poemas, de expresión natural y sobria, reflejan con ironía y realismo las costumbres y las debilidades de la sociedad romana de su tiempo. Décimo Junio Juvenal (60-128) Juvenal nació en Aquino, actual Italia, hacia el año 60 y murió en Roma, hacia 128. Fue un poeta latino. Resentido con el emperador Domiciano porque no le había concedido un puesto administrativo a su servicio, escribió una sátira que le valió el destierro a la ciudad egipcia de Syene, la posterior Asuán. No pudo regresar a Roma hasta la defunción de Domiciano, en el año 97; al parecer, en sus últimos años contó con la protección del emperador Adriano. Por su amargura y pesimismo, sus composiciones, todas ellas de carácter satírico, están más próximas a la gravedad de Persio que a la ironía de Horacio, pese a que Juvenal se declaró influido por este último. Su obra, de tono patriótico y retrospectivo, se reduce a dieciséis Sátiras en verso hexamétrico repartidas en cinco libros. Inspiradas en los clásicos latinos y valoradas por sus sentencias y versos lapidarios, Juvenal denunció en ellas la decadencia y la corrupción que imperaban en la sociedad romana del siglo I. Relegadas al olvido tras la muerte del poeta, fueron revalorizadas a partir del siglo IV y admiradas de forma especial por los escritores cristianos. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Diseño de portada Nombre del autor: Ignacio Ramón Echeburúa Estévez Nombre del autor en la portada: Ignacio R. Echeburúa Título de la obra: El latín y su Literatura Clásica. Texto solapa portada (máximo 400 caracteres más espacios). Biografía del autor: Sólo voy a citar mis últimas publicaciones. En esta última órbita, se sitúa el libro titulado “El Griego y su Literatura Clásica”, que sacó a la calle la Editorial pc de Palma de Mallorca, en su sede de Barcelona. Le siguió un libro sobre “ASTRONOMÍA”, que editó en junio de 2022, la Editorial Autografía de Barcelona. Asimismo, los tres libros siguientes han sido publicados por la Editorial Autografía. En junio de 2023 vio la luz el libro titulado “Historia de la física”. Este libro tiene 282 páginas y forma parte de la colección Fondo de la editorial. Se puede adquirir en librerías online como Librería Oxford, Buscalibre y Agapea. En enero de 2024 salió a la calle el libro titulado “JOSÉ ORTEGA Y GASSET y la razón histórica”. Ortega nos dice que necesitamos una razón que sea capaz de describir los sentidos del mundo humano, que nos permita entender la realidad humana. A la razón pura le es imposible captar al hombre en su singularidad, en sus realizaciones históricas, la razón pura no nos sirve; la razón matematizante... Por otro lado, “Mis Relatos” es mi única obra de narrativa, la cual contiene tres relatos cortos, como son “¡Una boda que se las trae!”, “Aires de romería: El Rocío” y, para terminar, “Con faldas y ¡a lo loco!”. Fue puesta en la calle en marzo de 2025 por la mencionada Editorial Autografía, en la categoría de Ficción. Ya está en la editorial el libro titulado “Nuevos Relatos”, que saldrá a la calle en septiembre de este año y contendrá cinco narraciones, cuyos títulos son: a) El Gernika; b) EL suicidio de un filósofo; c) En una casa que no quiero recordar; d) San Juan de Gaztelugatxe, y e) Deporte Rural Vasco. Por último, quiero indicar que Ediciones Europa acaba de enviarme una propuesta editorial por la que se compromete a publicarme el título “Mis Cuentos”, que se integra por las narraciones siguientes: a) Leyendas y sagas de la mitología nórdica, b) Los vikingos y su mitología, y c) La vida desde los inicios, para los niños. Su correo electrónico es: editor3@grupoeditorialeuropa.es/ Sin embargo, tengo redactada mi primera novela, de la que no falta ni un detalle, que se titula “Una comunidad de Carmelitas descalzas”, incorporando este título sendas fotografías. Son sus dos personajes centrales Jorge y Luis Enrique, quienes con diálogos llenos de frescura y sinceridad nos abren las puertas del convento de Santa Teresa de San Sebastián. Dicha novela se encuentra en la bandeja de entrada, pero aún no tiene un destinatario concreto. Y, últimamente, se ha redactado otra novela, titulada Un catamarán nuevo, con una extensión parecida a la anterior, aunque el nº de capítulos se queda en seis. Texto de la contraportada (máximo 500 caracteres con espacios). Sinopsis: La literatura romana en el latín va de la mano de dos partes muy marcadas que son la literatura indígena y la imitada. • La literatura romana indígena: Ha dejado muy pocos vestigios y solo nos ofrece fragmentos, que proceden del origen de Roma y ensayos de arcaísmos que proceden fundamentalmente de tiempos de la República, de los emperadores y principalmente de los Antoninos. • La literatura romana imitada: Ha producido composiciones en que la inspiración individual se junta a la imitación más feliz, obras numerosas y elegidas que nos han llegado entera. A veces se ha solido confundir las obras de origen italiano, producciones más toscas del genio agrícola o religioso de los primitivos romanos (que ofrecen un carácter más original), con las copias latinas de las obras maestras de Grecia, que ofrecen un encanto, una elegancia y una suavidad correspondientes a una civilización culta y refinada. Texto solapa contraportada (máximo 300 caracteres con espacios): La literatura romana es principalmente literatura latina, influenciada por la cultura griega, que abarca desde el siglo III a.C. hasta el siglo V d.C. y comprende poesía, teatro, prosa, historia, oratoria y filosofía. La literatura romana se desarrolla en latín, lengua que debe su nombre a la región del Lacio, donde se localiza Roma, aunque algunos autores romanos escribieron también en griego. Los primeros textos literarios eran traducciones o adaptaciones de obras griegas, especialmente de poesía épica y dramática. ¿Qué concepto –o conceptos- pretende transmitir en su Libro? La cultura romana miró siempre a la cultura griega y, en el ámbito de la literatura, los autores romanos imitaron a conciencia a los poetas griegos. Los grandes géneros cultivados por la literatura romana, la epopeya, el teatro y la poesía lírica, fueron heredados de los griegos y modificados por los romanos para adecuarlos a sus propios valores e historia. Algunos pensadores consideran que no se debería hablar de literatura griega por un lado y literatura romana por el otro. Puesto que gracias al ingenio de los griegos y luego a la universalidad que le dio el Imperio romano a su cultura, las ideas grecolatinas llegaron a tener la influencia que tienen en todo el mundo occidental. ¿Qué significa el título del Libro? La poesía lírica se ocupa de las emociones y subjetividad de los poetas. En Roma no se tienen noticias de poetas de interés anteriores al siglo I a. C. Después de ese siglo, algunos de los mayores representantes fueron: • Lucrecio (98-55 a.C.) y Catulo (87-54 a.C.): Fueron los primeros líricos conocidos. De Lucrecio se conoce únicamente un poema extenso, escrito en hexámetros, llamado De la naturaleza. En él, el poeta retoma las ideas filosóficas, morales y religiosas de su maestro Epicuro. Catulo, por su parte, era miembro de la aristocracia romana y muchos de sus poemas tratan sobre sus amores con Clodia y describen a la sociedad de su tiempo. • Virgilio (71-19 a.C.): Fue el gran poeta romano y escribió poesía lírica y épica. Dentro de la poesía lírica se destacan las Bucólicas, un conjunto de diez églogas que tratan sobre la vida pastoril en la irreal Arcadia. También escribió las Geórgicas, un poema dividido en cuatro libros que trata sobre la agricultura, el cultivo de los campos, de los árboles, los animales y las abejas. • Horacio (65-8 a.C.): Es considerado el mejor poeta en lengua latina. Publicó el Libro de Epodos, dos libros de Sátiras, pero sus obras más reconocidas son sus Odas. Según los estudiosos, en estas poesías se alcanza la más bella expresión de la lírica latina. Horacio logra convertir lo cotidiano en poesía, y se conmueve ante un objeto, la luna, un pino o un ánfora. Más adelante escribió su Ars poética que es una pieza fundamental para comprender la mentalidad de los escritores clásicos ante la literatura. • Tibulo (60-19 a.C.) y Propercio (50-15 a.C.): Fueron dos poetas romanos que tomaron la elegía griega y la transformaron en algo más íntimo y subjetivo. De Tibulo se conocen dos libros de Elegías dedicadas a sus amores con distintas mujeres en un estilo elegante y delicado, mientras que Propercio presenta un estilo mucho más apasionado en sus Elegías a su amada Cintia. • Ovidio (43 a.C.-18 d.C.): Fue uno de los poetas más importantes e influyentes de la literatura romana. Escribió poemas eróticos, dedicados al amor, llenos de sutilezas e ironías, como El arte de amar o Remedios de amor, en los que aconseja a los hombres y mujeres en el arte amatorio. También escribió el poema Metamorfosis, en el que se remonta a la creación del mundo y llega hasta la muerte de César a partir de la narración de 250 leyendas en las que aparece algún tipo de transformación o metamorfosis. ¿Cuál es el público principal al que va dirigido el Libro? Sobre la épica anotaremos que: La poesía épica se ocupa de narrar en verso los hechos legendarios del pasado y tiene como protagonistas a los héroes, que son el reflejo de lo que la sociedad que los crea tiene como modelo. El más grande poeta épico latino fue Publio Virgilio Marón (71-19 a. C.) quien escribió La Eneida para dotar a Roma de un pasado legendario y emparentar al emperador Augusto con Eneas, hijo de Venus. Virgilio era un escritor culto y basó su obra en las dos mayores epopeyas griegas: La Ilíada y La Odisea. En La Eneida se narra la historia de Eneas, un héroe troyano que escapa de Troya cuando es destruida por los aqueos y, después de un viaje lleno de aventuras, llega a Italia, su tierra prometida, donde deberá enfrentarse a distintos enemigos para obtener el trono. Describa el Libro en tres palabras: Lo Clásico es inmortal. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio